AGRADECIMIENTOS ?C'omo se divulga la noticia cuando hay una fuga de informaci'on en un ordenador? Hay quien no dice nada por temor a que, si se cuenta a la gente c'omo mezclar explosivos, se la estimula a fabricar bombas. En este libro describo expl'icitamente algunos de dichos problemas, consciente de que ya son del dominio de los individuos de sombrero negro. He procurado reconstruir este incidente tal como lo he vivido. Mis principales fuentes de informaci'on son mis cuadernos y diarios, cotejados con otros que han participado en el caso y comparados con sus informes. Algunos personajes aparecen bajo seud'onimo, varios n'umeros de tel'efono han sido cambiados y algunas conversaciones narradas de memoria, pero sin noveler'ia. Por su apoyo durante mi investigaci'on y redacci'on, doy las gracias a mis amigos, colegas y parientes. Regina Wiggen ha sido mi trampol'in editorial; expreso tambi'en mi agradecimiento a Jochen Sperber, Jon Rochlis, Dean Chac'on, Donald 'Alvarez, Laurie MacPherson, Rich Muller, Gene Spafford, Andy Goldstein y Guy Consolmagno. Remit'i una nota a diversas redes inform'aticas en la que ped'ia sugerencias para el t'itulo y recib'i centenares de bufonadas del mundo entero. Gracias a Karen Anderson, de San Francisco, y a Nigel Robcrts, de Munich, por el t'itulo y el subt'itulo. Los esforzados editores David Gernet y Scott Ferguson me han ayudado en todo momento. A ellos, as'i como a mi representante, John Brockman, gracias por su constante aliento y sabios consejos. Estoy en deuda con todos ellos; a la mayor'ia tambi'en les debo cajas de bombones. En todo momento he contado con el apoyo del Lawrence Berkeley Laboratory; el personal del Smithsonian Astrophysical Observatory, particularmente Joe Schwarz y Steve Murray, me ha brindado su amabil'isimo apoyo durante la redacci'on de este libro. Mi profundo agradecimiento a mis amigos de ambos institutos, con mi esperanza de poder regresar ahora a la astronom'ia. Ten'ia diez a~nos cuando Ernst Both, del Museo de la Ciencia de Buffalo, me invit'o a mirar por un telescopio, con lo que para m'i se abri'o un universo de astronom'ia. No s'e si jam'as podr'e agradec'erselo como es debido. No necesito dar las gracias a mi querid'isima esposa, Martha Matthews. Ha participado tanto en la redacci'on del libro como en la propia historia. Cliff Stoll Electronic mail addresses: Internet: cliff@cfa.harvard.edu CompuServe: 71660,3013 Genie: Cliff-Stoll AOL: cliffstoll Bibliografia Si a alguien le interesan los detalles t'ecnicos en los que se basa esta obra, puede leer mi art'iculo <>, publicado en el ejemplar de mayo de 1988 de Communications of the ACM. Se trata de un art'iculo sobrio y cient'ifico que subraya las t'ecnicas utilizadas por el hacker para infiltrarse en los ordenadores. Tambi'en describ'i c'omo seguir la pista de los hackers en <>, publicado en Actos de la d'ecima conferencia nacional de seguridad inform'atica (septiembre de 1987). Debido a que cuando escrib'i este art'iculo, el hacker se infiltraba todav'ia activamente en nuestros ordenadores, trata s'olo de c'omo efectuar seguimientos en las redes, sin mencionar nuestros problemas. Para m'as detalles sobre la NSA, incluidos algunos de sus problemas de seguridad inform'atica, v'ease The Puzzle Palace, por James Bamford. Bamford describe la contienda entre los codificadores y los decodificadores; debi'o de divertirse extrayendo dichos detalles de la agencia super secreta. El libro The codebreakers, de David Kahn, es una fascinante descripci'on de la historia de las claves, en el que se habla del uso de la criptograf'ia en los ordenadores para proteger la informaci'on archivada en los mismos. En Deep Black, William E. Burrows trata principalmente de observaciones secretas desde sat'elites esp'ias, pero tambi'en insin'ua el uso de los ordenadores en el espionaje. Para una descripci'on m'as mundana, pero 'util, de los problemas y t'ecnicas de la seguridad inform'atica, v'ease Defending Secrets, Sharing Data, que se puede obtener en la Oficina de Asesoramiento Tecnol'ogico, Congreso de Estados Unidos, OTA-CIT-310. Para una descripci'on todav'ia m'as t'ecnica, v'ease Cryptography and Data Security de Dorothy Denning. Probablemente el hacker no se habr'ia infiltrado en nuestro sistema si hubi'eramos le'ido (o empleado) Unix System Security, de Wood y Kochan. Los problemas de seguridad inform'atica suelen mencionarse por primera vez en las conferencias de las redes Internet y Usenet. Operan ambas como boletines electr'onicos de alcance mundial, donde suelen mencionarse los primeros rumores cuando aparecen problemas. Para enterarse de los 'ultimos problemas de seguridad inform'atica v'eanse las conferencias Unix-wizards, Info-vax, Security, TCP-IP y Virus-L. La conferencia Risks-forum presenta una discusi'on animada y moderada en la que los participantes tratan de temas sociales relacionados con la inform'atica. Existen tambi'en algunas conferencias de seguridad privadas; el hecho de que <> puedan participar en las mismas, indica el nivel de paranoia que impera en el campo. Existen tambi'en boletines electr'onicos an'onimos y piratas en los que raramente aparece informaci'on 'util, pero exponen la opini'on de un sector de la poblaci'on. Gracias A 3PUBnoff por colaborar en las correcciones ortogr'aficas del libro. Epilogo Al tiempo que intentaba desesperadamente atar los 'ultimos cabos sobre la persecuci'on del hacker, progresaba tambi'en el plan de nuestra boda. Fue una 'epoca muy ajetreada, durante la que maldec'ia mi trabajo (y a Hess) por el trastorno que supon'ia en mi vida dom'estica. Nuestra boda estaba prevista para fin de mayo, por lo que las revelaciones de abril fueron particularmente perturbadoras, obligando a Martha a ocuparse de gran parte de los preparativos. Sin embargo estaba firmemente decidida a que la boda fuera fiel a nuestra forma de ser. Imprimimos serigr'aficamente nuestras propias invitaciones, en nuestro nombre y en el de nuestras respectivas familias. Como era de suponer, se nos corri'o un poco la tinta y en la mitad de las invitaciones aparec'ian nuestras huellas dactilares, pero as'i son las cosas hechas en casa. ?Martha ataviada con un vestido blanco y un velo, y yo de esmoquin? Absurdo. ?Y Laurie vestida de dama de honor? Nadie hab'ia logrado, en modo alguno, que Laurie se pusiera jam'as un vestido. De alg'un modo nos las arreglamos. Laurie visti'o pantal'on blanco de algod'on y una chaqueta sastre, Martha se confeccion'o un sencillo vestido amarillo claro y yo cos'i mi propia camisa de algod'on. (Intentad confeccionar alguna vez una camisa. Aprender'eis a respetar a los sastres, especialmente despu'es de coser los pu~nos al rev'es.) Llovi'o el d'ia de la boda y no hab'ia d'onde refugiarse en el jard'in de las rosas. El cuarteto de cuerda de Claudia despleg'o un hule para proteger los violines del chaparr'on. Mi hermana Jeannie se present'o, despu'es de su 'ultima clase en la academia de guerra de la armada y entabl'o inmediatamente una discusi'on pol'itica con Laurie. Evidentemente, despu'es de la ceremonia, desaparecimos en coche, para dirigirnos a una remota posada junto al oc'eano. Fue maravilloso a pesar de todo. Que cada uno diga lo que quiera sobre el matrimonio, pero aqu'el fue el d'ia m'as feliz de mi vida. Claro que pod'ia haber seguido viviendo con Martha sin comprometerme nunca m'as all'a del pr'oximo alquiler. Hab'ia vivido de aquel modo con otras personas, afirmando que nos am'abamos, pero siempre dispuestos a partir peras si se complicaban las cosas. Engalan'abamos nuestra actitud con palabras de apertura y de libertad de las convenciones opresivas, pero para m'i no era m'as que un pretexto. La verdad era que nunca me hab'ia atrevido a entregarme plenamente a otra persona, comprometi'endome a que nuestra relaci'on funcionara ante cualquier circunstancia. Pero ahora hab'ia encontrado a alguien a quien amaba y en quien confiaba lo suficiente para reunir mi valor y apoyarla, no s'olo ahora sino para siempre. Sin embargo, la felicidad dom'estica no soluciona todos los problemas; todav'ia ten'ia que decidir lo que har'ia a continuaci'on. Con Hess desenmascarado, pod'ia volver a la astronom'ia, o por lo menos a la inform'atica. No ser'ia como perseguir un c'irculo internacional de esp'ias, pero hay muchos campos por investigar. Lo mejor de ello es no saber adonde le conducir'a a uno la ciencia. Ya no era lo mismo. Los inform'aticos consideraban que hab'ia perdido el tiempo, durante los dos 'ultimos a~nos, relacion'andome con esp'ias. A los esp'ias no les era de gran utilidad: ?qui'en necesita a un astr'onomo? Y los astr'onomos sab'ian que hab'ia pasado dos a~nos alejado de la astronom'ia. ?Qu'e direcci'on pod'ia tomar? Martha hab'ia aprobado los ex'amenes de fin de carrera y trabajaba para un juez al otro lado de la bah'ia, en San Francisco. Le encantaba el trabajo, tomando notas en los juicios, investigando precedentes y ayudando a tomar decisiones escritas. Era como hacer un doctorado en leyes. Le sali'o otro empleo semejante en Boston, a partir de agosto de 1988, de cuyas posibilidades me habl'o mientras tom'abamos unos batidos de leche y fresa. -Trabajar'ia para la audiencia de Boston. Es un cargo m'as acad'emico; sin juicios, s'olo apelaciones. Puede ser divertido. -?Y las alternativas? -Podr'ia volver a la facultad y acabar mi licenciatura en jurisprudencia. Supondr'ia unos cuantos a~nos de estudio. Siempre dispuesta a estudiar. ?Abandonar'ia Berkeley para ir con ella a Massachusetts? La decisi'on era simple: la seguir'ia al fin del mundo. Si ella iba a Boston, yo encontrar'ia alg'un trabajo en aquella zona. Por suerte, el centro de astrof'isica del Harvard Smithsonian buscaba a un experto en astronom'ia e inform'atica para que se ocupara de la base de datos de la astronom'ia de rayos X. Era tan capaz como cualquiera de manejar una base de datos y no les importaba el tiempo que hab'ia pasado alejado de la astronom'ia. Adem'as, como buenos astr'onomos, ya estaban acostumbrados a que la gente llegara tarde y durmiera bajo la mesa. No fue f'acil abandonar Berkeley (las fresas, los vendedores ambulantes, el sol radiante), pero firmamos un pacto de no agresi'on con nuestros coinquilinos, que nos permitiera visitarlos en cualquier momento sin que nos obligaran a lavar los platos. A cambio, podr'ian alojarse con nosotros en Massachusetts siempre y cuando nos trajeran algunos kiwis californianos. Lo m'as dif'icil fue separarse de Claudia. Me hab'ia acostumbrado a la m'usica de Mozart que ensayaba a altas horas de la noche (!nada que ver con los conciertos de Grateful Dead en Berkeley!). Todav'ia no se hab'ia decidido por ning'un compa~nero fijo, aunque la rondaban varios m'usicos prometedores cuando nos marchamos. ?El 'ultimo chismorreo? Hay un apuesto director de orquesta que est'a aut'enticamente perdido por ella... De modo que en agosto de 1988 empaquetamos un par de maletas, para pasar un a~no en Massachusetts. Desarraigarse de un lugar, para ir a la costa este, ten'ia ciertas ventajas. Cambi'o mi direcci'on inform'atica..., afortunadamente, puesto que varios hackers hab'ian intentado infiltrarse en la misma, desde la publicaci'on de mi art'iculo. Un par de ellos hab'ian llegado a amenazarme y era preferible no ofrecerles un blanco inm'ovil. Asimismo, varias agencias de tres siglas dejaron de llamarme, para pedirme consejos, opiniones y rumores. Aqu'i, en Cambridge, pod'ia concentrarme en la astronom'ia y olvidarme de la seguridad inform'atica y de los hackers. A lo largo de los dos 'ultimos a~nos me hab'ia convertido en un experto en seguridad inform'atica, pero no hab'ia aprendido nada sobre astronom'ia. Peor todav'ia: la f'isica de la astronom'ia de rayos X me era totalmente desconocida; me hab'ia acostumbrado a la ciencia planetaria y los planetas no emanan rayos X. ?Qu'e observan entonces los astr'onomos de rayos X? El Sol, estrellas y quasars y galaxias en explosi'on. -?Galaxias en explosi'on? -pregunt'e a Steve Murray, mi nuevo jefe en el centro de astrof'isica-. Las galaxias no hacen explosi'on. Est'an simplemente ah'i, en forma de espiral. -Veo que aprendiste tu astronom'ia en los a~nos setenta -respondi'o Steve-. Nosotros observamos las estrellas cuando hacen explosi'on para convertirse en supernovas, las emanaciones de rayos X de las estrellas de neutrones, e incluso el material absorbido por los agujeros negros. Qu'edate con nosotros alg'un tiempo y te ense~naremos astronom'ia de verdad. No bromeaban. En una semana estaba instalado junto a un ordenador, construyendo bases de datos sobre las observaciones de rayos X. La inform'atica era cl'asica, pero la f'isica extraordinaria. !Diablos! Realmente existen los agujeros negros en el centro de las galaxias. He visto los datos. El Smithsonian Astrophysical Laboratory y el observatorio de Harvard comparten el mismo edificio. Por supuesto, todo el mundo ha o'ido hablar del observatorio de Harvard, pero ?qui'en conoce el Smithsonian? ?No es en Washington donde se encuentra? S'olo despu'es de trasladarme a Cambridge, me di cuenta de que el Smithsonian ten'ia una important'isima secci'on de astronom'ia, el centro de astrof'isica. En todo caso, poco me importaba, a condici'on de que el trabajo astron'omico fuera de primera calidad. Es cierto que Cambridge, Massachusetts, est'a en el otro extremo del pa'is, pero desde un punto de vista cultural se encuentra muy cerca de Berkeley. Muchos hippys de los sesenta, pol'itica izquierdista, librer'ias y caf'es. Casi todas las noches hay m'usicos por las calles y se oyen guitarras y mandolinas en las estaciones de metro. Y hay barrios donde las casas tienen un siglo de existencia. Circular en bicicleta por Cambridge es muy emocionante, los coches van directamente contra uno. Historia, gente rara, buena astronom'ia, pizzas baratas..., todos los ingredientes necesarios para vivir a gusto. ?El matrimonio? A excepci'on de que Martha me proh'ibe acercarme al microondas, es maravilloso. El mi'ercoles, 2 de noviembre de 1988, Martha y yo estuvimos leyendo una novela en voz alta y nos acostamos tarde. A eso de la medianoche, nos cubrimos con el edred'on y nos quedamos dormidos. So~naba que flotaba por los aires, sobre la hoja de un roble, cuando son'o el tel'efono. !Maldita sea! En la pantalla del reloj digital se le'ia: 2.25. -Hola, Cliff. Soy Gene, Gene Miya, del laboratorio Ames de la NASA. No me disculpo por despertarte. Nuestros ordenadores son objeto de un ataque. La emoci'on de su voz logr'o despertarme. -Despierta y comprueba tu sistema -agreg'o Gene-. O, mejor todav'ia, qu'edate dormido y compru'ebalo. Pero ll'amame si descubres algo extra~no. Hac'ia diez segundos que hab'ia colgado el tel'efono, cuando son'o de nuevo. En esta ocasi'on o'i s'olo un pitido, en Morse. Me llamaba mi ordenador; reclamaba mi atenci'on. !Diablos! No hay forma de esconderse. Me dirig'i a mi viejo y fiable Macintosh, llam'e al ordenador del observatorio y di el nombre de mi cuenta: Cliff, seguido de una contrase~na que no figura en el diccionario: <>. La conexi'on se hac'ia con mucha lentitud. Al cabo de diez minutos lo dej'e correr. Mi ordenador no respond'ia. Algo iba mal. Aprovechando que estaba despierto, decid'i averiguar lo que ocurr'ia en la costa oeste. Puede que hubiera correspondencia electr'onica para m'i. Conect'e, a partir de Tymnet, con el Lawrence Berkeley Laboratory; las llamadas telef'onicas a larga distancia no eran para m'i. El sistema Unix de Berkeley funcionaba tambi'en con lentitud, con una lentitud frustrante, aunque s'olo otra persona lo utilizaba: Darren Griffiths. Por pantalla intercambiamos un par de notas: Hola, Darren--Soy Cliff. C'omo te va :-) Cliff, ll'amame inmediatamente por tel'efono. Nos est'an atacando OK O-O 0-0 significa corto y cierro. Y los s'imbolos :-) son el esbozo de un rostro sonriente; si uno lo mira de costado, comprobar'a que le sonr'ie. Las dos y cuarto de la madrugada en Berkeley, son menos de medianoche en Berkeley. Darren no estaba ni mucho menos dormido. -Hola, Darren. ?Qu'e es eso de un ataque? -Algo est'a consumiendo nuestro sistema, con la puesta en funcionamiento de muchos procesos, que hacen que el sistema act'ue cada vez con mayor lentitud. -?Un hacker? -No. Creo que es un virus, pero no estoy seguro todav'ia -dec'ia lentamente Darren, mientras tecleaba-. Hace diez minutos que lo investigo y a'un no lo s'e. -Al laboratorio Ames de la NASA les est'a ocurriendo lo mismo -le dije, recordando la llamada de Gene Miya. -Apuesto a que el ataque procede de Arpanet. !Observa las conexiones en dicha red! No pod'ia verlas. Mientras hablaba por tel'efono, mi ordenador estaba desconectado y, por consiguiente, a ciegas. Con una sola l'inea telef'onica, pod'ia hablar por tel'efono o dejar que mi Macintosh lo hiciera con otro ordenador, pero no ambas cosas. Colgu'e y llam'e a mi ordenador de Harvard, un PC fabricado por Sun. Lento. Algo lo estaba consumiendo. Observ'e los procesos en funcionamiento (con una orden ps, como me hab'ia ense~nado el hacker). Ah'i estaba el virus. Pero no se limitaba a activar una o dos operaciones, sino centenares de conexiones a otros ordenadores. Cada proceso intentaba comunicarse con alg'un otro ordenador. Las conexiones proced'ian de todos lados, algunas de los sistemas pr'oximos a Harvard y otras de ordenadores lejanos de Arpanet. Con la misma rapidez con que anulaba un programa, otro lo reemplazaba. Los cancel'e todos al mismo tiempo y en menos de un minuto apareci'o otro. Al cabo de tres minutos eran ya una docena. !Santo cielo! ?Qu'e era lo que carcom'ia mi ordenador? Un virus biol'ogico es una mol'ecula que se infiltra en una c'elula y la convence para que reproduzca la mol'ecula v'irica, en lugar de las mol'eculas de ADN propias de la c'elula. Una vez duplicado, el virus sale de dicha c'elula para infectar otras c'elulas. Asimismo, un virus inform'atico es un programa que se reproduce por s'i solo. Al igual que su hom'ologo biol'ogico, penetra en un sistema, se duplica a s'i mismo y transmite copias de s'i mismo a otros sistemas. Para el ordenador infiltrado, el virus son una serie de 'ordenes, de aspecto perfectamente leg'itimo, pero con desastrosas consecuencias. A menudo dichas 'ordenes est'an ocultas en programas comunes, aletargadas hasta que dicho programa se ejecuta. Cuando se activa el programa infectado, todo parece normal hasta que se ejecuta el virus. Entonces el ordenador es v'ictima de un enga~no que lo obliga a copiar las instrucciones del virus en otros lugares ?D'onde? Probablemente las instrucciones del virus se copien en otro programa del mismo ordenador, con lo que se dificulta enormemente su eliminaci'on. O quiz'a en otro disco, de modo que alguien lo traslade a otro ordenador. Puede que el virus se limite a duplicarse a s'i mismo en otros programas. Sin embargo, un virus particularmente malicioso puede producir efectos secundarios: <> Los virus inform'aticos se reproducen con mayor facilidad en los ordenadores personales debido a que sus sistemas operativos no tienen ninguna protecci'on incorporada. En un PC se puede ejecutar el programa que uno desee y cambiar cualquier parte de la memoria. En los ordenadores peque~nos es dif'icil saber si un programa ha sido modificado en el disco. En los ordenadores de mayor capacidad, como los sistemas Unix, la resistencia es mayor. Su sistema operativo a'isla a un usuario de los dem'as y limita las modificaciones que uno puede introducir. Adem'as, no se pueden cambiar los programas del sistema sin autorizaci'on, ya que los muros del sistema operativo a'islan esas susceptibles 'areas. El creador de un virus debe adaptar meticulosamente el programa al ordenador elegido como objetivo. Un programa que funcione en un PC IBM, no lo har'a en mi Macintosh, ni en el sistema Unix de mi laboratorio. Por otra parte, el programa v'irico no puede ocupar mucho espacio, ya que ser'ia f'acilmente descubierto y eliminado. Un virus es un buen lugar donde ocultar bombas de relojer'ia. No es dif'icil dise~nar un virus cuyas instrucciones funcionen como sigue: Reprod'ucete en otros cuatro programas. Espera hasta el 13 de febrero. Borra todos los archivos del sistema. El virus debe encontrar una forma de propagarse. Limitarse a infectar los programas de un ordenador determinado perjudicar'a 'unicamente a una sola persona. Lo que el creador de un virus malicioso se propone es infectar centenares de sistemas. ?C'omo se distribuye un programa a centenares de ordenadores? La gente intercambia discos de software. Si en un disco hay un programa infectado, contaminar'a todos los sistemas en los que se utilice dicho programa. Puesto que el disco suele pasar de despacho en despacho, docenas de ordenadores pueden quedar infectados y posiblemente borrados. Los boletines electr'onicos p'ublicos tambi'en se utilizan para intercambiar software. Estos ordenadores telef'onicos son utilizados por aficionados, escuelas y algunas empresas. Basta con marcar su n'umero de tel'efono para copiar programas del bolet'in al ordenador que tenemos en casa. Con la misma facilidad se puede realizar la operaci'on inversa. Entonces el programa que hemos introducido en el bolet'in esperar'a a que alguien lo solicite. Y en el caso de que tenga un virus oculto en su interior, no se descubrir'a hasta que sea demasiado tarde. De modo que los virus inform'aticos se distribuyen intercambiando programas. Alguien trae un programa infectado, que puede ser el de un divertido juego, y lo utiliza en la oficina. El virus se copia a s'i mismo en el programa de procesamiento de textos. En otro momento, entregamos a alg'un amigo el programa de procesamiento de textos y el ordenador del amigo se contamina. Hay que destacar que los programas parecen funcionar a la perfecci'on. Pero cuando llega el d'ia 13 de febrero... La forma m'as evidente de evitar los virus consiste en no intercambiar programas. No acept'eis caramelos de los desconocidos ni programas que no sean de plena confianza. Si mantenemos el ordenador aislado de los dem'as, ning'un virus podr'a infectarlo. Esta sabidur'ia can'onica no tiene en cuenta nuestras necesidades cotidianas. Si no intercambiamos programas e informaci'on, nuestros ordenadores no nos ser'an de gran utilidad. Existe una gran abundancia de software de dominio p'ublico, en gran parte ideal para resolver nuestros problemas. Los virus y las bombas l'ogicas envenenan dicha reserva colectiva. La gente deja de confiar en el software p'ublico y dichas fuentes acaban por secarse. Pero existe otra forma de propagaci'on para el virus: directamente a partir de alguna red. Arpanet interconecta ochenta mil ordenadores a lo largo y ancho del pa'is. A trav'es de la misma se puede mandar correspondencia a cualquier usuario de dichos ordenadores, mandar o recibir archivos, o (como lo demostr'o Markus Hess) conectar interactivamente con los ordenadores de la red. ?Pod'ia propagarse un virus mediante Arpanet? Un programa que se copiara a s'i mismo a partir de un ordenador, pasara a la red, a otro sistema... Ya lo hab'ia pensado, pero era una posibilidad que siempre hab'ia descartado. Los ordenadores de Arpanet tienen defensas contra los virus: se necesitan contrase~nas para conectar con los mismos. ?Pod'ia un virus adivinarlas? A las tres y media de la madrugada, temblando junto al Macintosh, llam'e desde mi casa al ordenador de mi laboratorio. Se trata de una terminal Sun, con la popular versi'on Unix de Berkeley. Hab'ia centenares de proyectos todav'ia en funcionamiento..., mi sistema estaba terriblemente saturado. No hab'ia ning'un hacker conectado. Yo era el 'unico usuario. Los mismos s'intomas que en el Lawrence Berkeley Laboratory y en el Ames de la NASA. Ol'ia a virus. Llam'e a Darren Griffiths, al laboratorio de Berkeley. -Es un virus -afirm'o-. Puedo ver c'omo se reproduce. Intentas destruir los programas y simplemente reaparecen. -?De d'onde procede? -He identificado cinco conexiones: Stanford, la Universidad de Rochester, Aerospace Company, la Universidad de Berkeley y un lugar llamado BRL. -Esto es el laboratorio de investigaci'on bal'istica del ej'ercito -dije, recordando una conversaci'on con Mike Muuss, de dicho laboratorio-. ?C'omo se introduce el virus en tu sistema? -No lo s'e, Cliff. Las conexiones son todas de la red Arpanet, pero no se realizan en la forma habitual de conectar con el sistema. Parece que el virus se introduce a trav'es de una brecha en el sistema de correspondencia. Alguien hab'ia construido un virus que se aprovechaba de una brecha en los sistemas de seguridad del Unix. La brecha estaba en el sistema de correspondencia y el virus se distribu'ia por la red. ?Qu'e hac'ia el virus en cuesti'on? ?Se limitaba a reproducirse o llevaba incorporada una bomba de relojer'ia? Eran las cuatro de la madrugada. ?Qu'e pod'ia hacer? Mejor llamar a los controladores de Arpanet para ponerlos sobre aviso. Hay un oficial de guardia en el centro de operaciones que vigila d'ia y noche la red. Aquella ma~nana, no sab'ia nada del virus. -M'as vale que empieces a hacer llamadas, porque a las nueve de la ma~nana el virus estar'a por todas partes. El centro de operaciones no estaba al corriente de lo que ocurr'ia. El virus s'olo ten'ia unas horas de vida. Ahora lo ve'ia llegar de una docena de lugares distintos. Virulento. Por la ma~nana habr'ia contaminado decenas o quiz'a centenares de sistemas. Ten'iamos un problema en nuestras manos. Un grave problema. Una epidemia. Lo importante era comprender el virus y divulgar la noticia. Durante las pr'oximas treinta y seis horas procurar'ia por todos los medios comprenderlo y derrotarlo. Sab'ia que no estaba solo. Al mismo tiempo, equipos de Berkeley, el MIT y la Universidad de Pardue le segu'ian la pista de cerca. Aqu'i me limito a describir lo que vi, pero mi contribuci'on fue m'inima, comparada con la de genios del Unix como Keith Bostic, Peter Yee, Gene Spafford, Jon Rochlis, Mark Eichin, Donn Seeley, Ed Wang y Mike Muuss, repartidos por todo el pa'is. La m'ia s'olo fue una peque~na parte de la reacci'on no organizada, pero tenaz, ante dicho desastre. Penetr'e en busca del c'odigo en mi sistema de Cambridge y descubr'i inmediatamente dos versiones del virus. Una adaptada a los ordenadores Vax que utilizaran Unix y la otra para term'inales Sun. Cada archivo ten'ia una extensi'on de unos cuarenta y cinco mil bytes. De haberse tratado de texto en ingl'es, habr'ia ocupado unas treinta p'aginas. Pero no era ingl'es. Imprim'i el archivo y parec'ia un galimat'ias. No ten'ia siquiera el aspecto de c'odigo m'aquina. Esto no ten'ia sentido: los programas de ordenador tienen el aspecto de c'odigo m'aquina. 'Este no lo ten'ia. No llevaba ning'un t'itulo informativo y s'olo unas pocas 'ordenes que yo reconoc'ia. El resto era guacamole. Con paciencia intent'e comprender la funci'on de aquellas pocas 'ordenes. ?C'omo reaccionar'ia en el supuesto de que yo fuera una terminal Sun y alguien me transmitiera dichas 'ordenes? Con papel y l'apiz, una calculadora dom'estica y un manual de instrucciones m'aquina, comenc'e a desenmara~nar el c'odigo del virus. Las primeras 'ordenes serv'ian s'olo para descifrar la codificaci'on del resto del virus. 'Esta era la raz'on por la que el virus ten'ia un aspecto extra~no. Sus propias 'ordenes hab'ian sido deliberadamente ofuscadas. Claro, su autor hab'ia ocultado el virus, procurando impedir que otros programadores comprendieran su c'odigo. Equival'ia a arrojar clavos en la carretera para entorpecer a sus perseguidores. !Diab'olico! Decid'i llamar de nuevo a Darren. Eran las cinco de la madrugada y nos dedicamos a comparar notas; 'el hab'ia descubierto lo mismo que yo, entre otras cosas: -He desenmascarado parte del virus y veo c'omo se introduce por el sistema de correspondencia. A continuaci'on utiliza finger y telnet para llegar a otros ordenadores. Usa la fuerza bruta para descifrar contrase~nas. Juntos, por tel'efono, desglosamos el programa. Su 'unico prop'osito era el de reproducirse en otros ordenadores. Buscaba las conexiones de la red a ordenadores cercanos, sistemas lejanos y todo lo que pudiera alcanzar. Cuando el programa v'irico descubr'ia un ordenador en la red, intentaba infiltrarse en el mismo utilizando algunas rec'onditas brechas en el sistema operativo Unix. ?Brechas en el Unix? Por supuesto. Cuando se manda correspondencia electr'onica de un ordenador Unix a otro, el programa Sendmail realiza la transferencia. Llega un mensaje por la red y Sendmail lo transmite a su destinatario. Es como una oficina electr'onica de distribuci'on de cartas. Sendmail tiene una brecha. Normalmente, otro ordenador manda mensajes a dicho programa y todo el mundo est'a satisfecho. Pero si hay alg'un problema, se le puede ordenar que pase al modo de eliminaci'on de errores: puerta trasera del programa. En dicho modo, Sendmail permite utilizar las 'ordenes normales del Unix desde otro ordenador. Por ejemplo, <>. De modo que as'i era c'omo el virus diseminaba sus copias. Mandaba copias de s'i mismo a otros ordenadores y les ordenaba que ejecutaran el programa. Una vez activado el programa v'irico, buscaba otros ordenadores a los que infectar y les mandaba mensajes por correo electr'onico. En algunos sistemas, Sendmail hab'ia sido reparado. De ser as'i, el virus exploraba todav'ia otro agujero: la orden finger. Para saber si yo he utilizado determinado sistema Unix, otra persona puede dar la orden finger cliff. Si he estado conectado a dicho ordenador, Unix responder'a con mi nombre, n'umero de tel'efono y actividad. Es muy 'util dentro de la red; con frecuencia lo utilizo, antes de llamar a alguien por tel'efono. El virus se infiltraba mediante el programa que se ocupa de las solicitudes. Dicho programa tiene capacidad para quinientos doce caracteres y el virus mandaba quinientos treinta y seis. ?Qu'e ocurr'ia con los veinticuatro caracteres sobrantes? Se ejecutaban como 'ordenes en el Unix. Sobrecargando el programa, el virus dispon'ia de una segunda forma de cumplir la orden <> en un ordenador ajeno. Si con ello no le bastaba, el virus llevaba incorporado un adivinador de contrase~nas. Intentaba conectar con ordenadores confiados, utilizando unos centenares de contrase~nas comunes. Si adivinaba una contrase~na v'alida, se copiaba a s'i mismo en dicho ordenador y empezaba de nuevo. !Diablos! Por cualquiera de dichos m'etodos pod'ia impregnar un mont'on de ordenadores. En conjunto, el virus se convert'ia en un enemigo formidable. Como buen aprendiz de brujo, el programa se reproduc'ia a s'i mismo de un ordenador a otro. Se borraba una copia y otra ocupaba inmediatamente su lugar. Se tapaba un agujero y el virus se introduc'ia por otro. ?He dicho virus? -?Sabes, Cliff? Un virus modifica otros programas cuando se activa. Esto no los cambia, se limita a reproducirse -explic'o Darren-. No es realmente un virus, sino un gusano de la red. Un virus se copia a s'i mismo en otros programas, modificando el propio programa. Un gusano se copia a s'i mismo de ordenador en ordenador. Ambos son contagiosos y capaces de causar estragos. Los virus suelen infectar ordenadores personales a partir de disquetes y programas copiados. Los gusanos atacan las redes distribuy'endose por las mismas conexiones utilizadas para la correspondencia y comunicaciones electr'onicas. Pero a las cinco de la madrugada, lo 'unico que sab'ia era que mis ordenadores estaban abrumados a causa de dicho programa autorreproductor. Un cuco que pon'ia sus huevos en nidos ajenos. Gusano o virus, su autor lo hab'ia llenado deliberadamente de barreras para impedir que los dem'as lo comprendieran. El c'odigo estaba ofuscado para ocultar sus tablas internas y destru'ia las huellas de su procedencia. Simulaba mandar un mensaje a un ordenador de Berkeley, cuando en realidad no lo hac'ia, intentando as'i distraer la atenci'on de la aut'entica fuente del programa. A las seis de la madrugada del jueves, reflexionaba sobre los efectos de dicho gusano: se fraguaba un verdadero desastre y era necesario comunic'arselo a alguien. ?A qui'en? Ya hab'ia hablado con el centro de operaciones de la red Arpanet. No pod'ian hacer gran cosa: aunque cerraran completamente la red, el gusano no dejar'ia de reproducirse, circulando por las redes locales. Mejor llamar al centro nacional de seguridad inform'atica. ?A qui'en conoc'ia? A Bob Morris, el jefe cient'ifico. Sab'ia que Bob Morris estaba junto a su ordenador, a las seis y media de la madrugada del jueves. Pod'ia verle conectado al ordenador Dockmaster de la NSA. Despu'es de mandarle un mensaje electr'onico, le llam'e por tel'efono. -Hola, Bob. Tenemos problemas. Se est'a extendiendo un virus por Arpanet, que infecta los ordenadores Unix. -?Cu'ando ha empezado? -Creo que alrededor de medianoche. Tal vez antes, no lo s'e. He pasado toda la noche en vela intentando comprenderlo. -?C'omo se propaga? -A partir de una brecha en el programa de correspondencia del Unix. -Supongo que te refieres al Sendmail. !Mierda, hace a~nos que lo conozco! Puede que Bob Morris lo conociera, pero nunca me lo hab'ia dicho. -Quienquiera que haya creado ese virus debe estarse tronchando de risa, pero va a ser un d'ia muy duro para todos nosotros. -?Se te ocurre qui'en puede haberlo iniciado? -Ni idea. -No te preocupes. Lo estudiar'e y ver'e lo que puedo hacer. Charlamos un rato antes de colgar. Bien, ya hab'ia avisado a las autoridades. Como jefe cient'ifico del centro nacional de seguridad inform'atica, Bob dispon'ia de unas horas para reunir la tropa y reflexionar sobre la naturaleza del virus. Despu'es de contemplar un rato la pantalla, cubierto con mi bata de ba~no, ca'i dormido sobre el teclado. Al cabo de dos horas son'o el tel'efono. Era Don Alvarez, del MIT. -Hola, Cliff. Est'a ocurriendo algo muy extra~no -dijo-. Hay un centenar de programas funcionando en nuestro ordenador. Huele a virus. -?Vosotros tambi'en? Comparamos notas y comprendimos r'apidamente que los sistemas Unix de todo el pa'is deb'ian de estar infectados. No se pod'ia hacer gran cosa, aparte de reparar los desperfectos de los sistemas. -S'olo hay dos formas de comprender este virus -agreg'o Don-. El m'as evidente consiste en desmenuzarlo. Seguir paso a paso el c'odigo y averiguar lo que hace. -Eso -le dije- ya lo he probado y no es f'acil. ?Cu'al es la otra forma? -Tratarlo como una caja negra. Observar las se~nales que manda a otros ordenadores y calcular lo que hay en el interior de la misma. -Hay una tercera forma, Don. -?Cu'al? -Descubrir qui'en lo ha escrito. Repas'e las noticias de la red. Peter Yee y Keith Bostic, de la Universidad de California, en Berkeley, estaban desenmascarando el virus: hab'ian descrito las brechas del Unix e incluso explicado una forma de reparar el software. !Enhorabuena! Durante el transcurso del d'ia Jon Rochlis, Stan Zanarotti, Ted Ts'o y Mark Eichin, del MIT, se dedicaron a desmenuzar el programa, para traducir los bits y bytes en ideas. El jueves por la noche, cuando todav'ia no hab'ian transcurrido veinticuatro horas desde su aparici'on, los grupos del MIT y de Berkeley hab'ian identificado el c'odigo y les faltaba poco para comprenderlo. Mike Muuss, del laboratorio de investigaci'on bal'istica, tampoco se quedaba atr'as. En pocas horas hab'ia construido una c'amara de pruebas para el virus y utilizaba sus instrumentos inform'aticos para examinarlo. Sus experimentos le permitieron averiguar c'omo se extend'ia y qu'e brechas utilizaba para infectar otros ordenadores. Pero ?qui'en lo hab'ia escrito? A eso de las once de la ma~nana, alguien del centro nacional de seguridad inform'atica de la NSA me llam'o por tel'efono. -Cliff, acabamos de celebrar una reuni'on sobre el virus -me dijo-. S'olo deseo formularte una pregunta: ?lo has escrito t'u? Me dej'o at'onito. ?Yo? ?Escribir un virus? -!Maldita sea, claro que no! He pasado la noche intentando destruirlo. -Un par de personas en la reuni'on han sugerido que t'u eras el creador m'as probable. S'olo quer'ia comprobarlo. Deb'ia de estar bromeando. ?Yo? ?Qu'e pod'ia haberles hecho pensar que yo lo hab'ia escrito? Despu'es lo comprend'i. Yo hab'ia mandado el mensaje a su ordenador. Hab'ia sido el primero en llamarlos por tel'efono. !Menuda paranoia! Su llamada me oblig'o a reflexionar. ?Qui'en hab'ia escrito el virus? ?Por qu'e? Un virus no se escribe accidentalmente. 'Este era la labor de varias semanas de trabajo. Ya avanzada la tarde del jueves, llam'e de nuevo a Bob Morris. -?Alguna novedad? -En esta ocasi'on voy a ser sincero contigo -dijo Bob-. S'e qui'en ha escrito el virus. -?Vas a dec'irmelo? -No. A eso se le llama eficacia. Diez horas despu'es de recibir mi llamada, el centro nacional de seguridad inform'atica hab'ia descubierto al culpable. Pero yo no. Para m'i era todav'ia un misterio y decid'i seguir investigando las redes. Ojal'a pudiera descubrir el primer ordenador que hab'ia sido infectado. !Imposible: hab'ia millares de ordenadores conectados a la red! John Markoff, periodista del Times de Nueva York, me llam'o por tel'efono: -Se rumorea que las in'iciales del autor del virus son R.T.M. ?Te dice algo? -De momento no, pero lo comprobar'e. ?C'omo encontrar a alguien con esas in'iciales? Claro..., consultando la gu'ia de la red. Conect'e con el centro de informaci'on de la red en busca de alguien cuyas in'iciales fueran R.T.M. Apareci'o un individuo: Robert T. Morris. Direcci'on: Universidad de Harvard, laboratorio Aiken. Aiken. Me sonaba de algo. El lugar se encuentra a tres manzanas de mi casa. Por qu'e no acercarse al mismo dando un paseo. Me puse el abrigo y ech'e a andar por la calle Kirkland y a continuaci'on por Oxford Street, donde las aceras son de ladrillo. Al otro lado de la calle, frente al laboratorio Cyclotron de Harvard, hab'ia un vendedor ambulante de comida del Cercano Oriente. A treinta metros, el laboratorio inform'atico Aiken, un feo edificio moderno de hormig'on, rodeado de obras maestras victorianas. -Hola, estoy buscando a Robert Morris -le dije a una secretaria. -Nunca he o'ido hablar de 'el -respondi'o-. Pero consultar'e el ordenador -agreg'o, mientras tecleaba en su terminal. Finger Morris Su ordenador responde: Nombre conexi'on: rtm Nombre real: Robert T. Morris Tel'efono: 617/498-2247 'Ultima conexi'on jueves 3 de noviembre 00:25 en ttyp2 desde 128.84.254.126 Pues bien, la 'ultima vez que Robert Morris hab'ia utilizado el ordenador de Harvard, hab'ia sido veinticinco minutos despu'es de medianoche, el d'ia en que hab'ia atacado el virus. Pero no estaba aqu'i, en Massachusetts. La direcci'on 128.84.254.126 correspond'ia a la Universidad de Cornell. Hab'ia conectado con el sistema de Harvard, desde un ordenador de dicha universidad. Curioso. -Probablemente estudi'o aqu'i en otra 'epoca -dijo la secretaria, despu'es de observar el mensaje-. Este tel'efono corresponde a la habitaci'on 111. Me dirig'i a la habitaci'on en cuesti'on, llam'e a la puerta y se asom'o un estudiante con una camiseta. -?Conoces a Robert Morris? -le pregunt'e. -S'i, pero ya no est'a aqu'i -respondi'o con el rostro muy p'alido, antes de cerrarme la puerta en las narices. Me alej'e por el pasillo, reflexion'e y volv'i a llamar a la puerta. -?Has o'ido hablar del virus? -R.T.M., no puede haberlo hecho. Estoy seguro. Un momento. Ni siquiera le hab'ia preguntado si Morris lo hab'ia escrito y ese individuo lo negaba. Hab'ia una forma sencilla de poner a prueba su veracidad. -?Cu'ando utiliz'o Morris, por 'ultima vez, los ordenadores de Harvard? -El a~no pasado, cuando estudiaba aqu'i. Ahora est'a en Cornell y ya no conecta con nuestros ordenadores. La versi'on de aquel individuo no coincid'ia con el registro de logs de su ordenador. Uno de ellos ment'ia. Apuesto a que no era el ordenador. Charlamos unos cinco minutos y me cont'o que era un buen amigo de Morris, que trabajaban en el mismo despacho y que R.T.M., jam'as escribir'ia un virus inform'atico. -Claro, por supuesto. Me march'e pensando que el antiguo compa~nero de Morris hac'ia todo lo posible para encubrirle. Morris deb'ia de estar en contacto con 'el y estaban ambos asustados. Yo tambi'en lo estar'ia, dadas las circunstancias. La mitad del pa'is estaba buscando al creador del virus. ?D'onde hab'ia empezado el virus? Examin'e otros ordenadores en Cambridge, en busca de conexiones con Cornell. En un aparato del laboratorio de inteligencia artificial del MIT hab'ia registrada una conexi'on ya avanzada la noche, desde el ordenador de Robert Morris en Cornell. Ahora todo ten'ia sentido. El virus hab'ia sido dise~nado y construido en Cornell. A continuaci'on, su creador se hab'ia servido de Arpanet para conectar con el MIT y soltarlo. Al cabo de un rato le hab'ia entrado p'anico, cuando se dio cuenta de que estaba descontrolando. Conect'o con el ordenador de Harvard, ya fuera para comprobar el progreso del virus, o para pedir ayuda a su amigo. Sin embargo, el chiste era a costa m'ia. No se me hab'ia ocurrido que Robert T. Morris era el hijo de Bob..., claro, Robert Morris, hijo de Bob Morris, que s'olo ayer me hab'ia dicho que conoc'ia la brecha del Sendmail desde hac'ia a~nos. Bob Morris, el gran jefazo que me hab'ia acribillado a preguntas de astrof'isica, antes de casi asfixiarme con el humo de sus cigarrillos. De modo que el hijo de Bob Morris hab'ia paralizado dos mil ordenadores. ?Por qu'e? ?Para impresionar a su padre? ?Para celebrar la fiesta de Halloween? ?Para exhibir su talento ante dos mil programadores? Sea cual sea su prop'osito, no creo que lo hiciera en complicidad con su padre. Se rumorea que trabaj'o con un par de amigos del departamento de inform'atica de Harvard (un estudiante llamado Paul Graham le hab'ia mandado una nota electr'onica, preguntando por <>), pero dudo de que su padre alentara a alguien para crear un virus. -Esto no es exactamente una buena recomendaci'on para hacer carrera en la NSA -dijo el propio Bob Morris. Despu'es de desmenuzar el c'odigo, Jon Rochlis, del MIT, afirm'o que el virus <>. Era singular en cuanto a que atacaba ordenadores por cuatro caminos: errores en el Sendmail del Unix, el programa finger, adivinando contrase~nas y aprovech'andose de los canales de confianza entre ordenadores. Adem'as, Morris hab'ia enmascarado el programa de varias formas, para evitar su detecci'on. Pero tambi'en hab'ia cometido varios errores de programaci'on, como el de fijar un ritmo err'oneo de reproducci'on, y parec'ia probable que el gusano fuera obra de varios estudiantes o programadores. Lo 'unico que se necesita es un conocimiento de los defectos del Unix y carecer de sentido de la responsabilidad. Conociendo la forma en que dicho gusano v'irico infectaba los ordenadores, la cura era evidente: reparar el Sendmail y el programa finger, cambiar las contrase~nas y eliminar todas las copias del virus. Evidente, pero no f'acil. Divulgar la noticia no es f'acil, cuando todo el mundo cierra las puertas de su sistema de correspondencia electr'onica. Despu'es de todo, as'i era como el gusano diseminaba sus reto~nos. La informaci'on se divulg'o lentamente utilizando redes alternativas y llamadas telef'onicas. En un par de d'ias, el gusano de Morris estaba pr'acticamente extinguido. Pero ?c'omo protegerse de otros virus? Las perspectivas no son muy halag"ue~nas. Puesto que el virus simula sectores de un programa leg'itimo, es dif'icil detectarlo. Peor a'un, cuando ha infectado el sistema, es un bicho dif'icil de comprender. El operador se ve obligado a descomponer el c'odigo, tarea larga y aburrida. Afortunadamente, los virus inform'aticos no son comunes. A pesar de que se ha puesto de moda, atribuirle los problemas del sistema a alg'un virus, en general suelen afectar a los que intercambian software y utilizan los boletines inform'aticos. Por suerte. Afortunadamente, por lo general, son personas bien informadas que hacen copias de seguridad de sus discos. Un virus inform'atico est'a especializado: si funciona en un PC IBM, no lo har'a en un Macintosh, ni en un ordenador Unix. Asimismo, el virus de Arpanet s'olo pod'ia afectar a los ordenadores que utilizaran el sistema Unix de Berkeley. Los ordenadores con otros sistemas operativos, como el Unix de ATT, el VMS o el DOS, estaban totalmente inmunizados. De modo que la diversidad act'ua como protecci'on contra los virus. Si todos los sistemas de Arpanet hubieran utilizado el Unix de Berkeley, el virus los habr'ia paralizado a todos. Sin embargo, s'olo afect'o a unos dos mil ordenadores. Los virus biol'ogicos est'an igualmente especializados: un perro no puede contagiarnos la gripe. Los bur'ocratas y los ejecutivos no dejan de insistir en la conveniencia de estandarizar el sistema, que todas las terminales sean Sun, o todos los ordenadores IBM. Sin embargo, nuestro colectivo inform'atico lo constituyen comunidades diversas, con aparatos de Data General junto a Vax de Digital, e IBM conectado a Sony. Al igual que nuestros barrios, las comunidades electr'onicas se enriquecen gracias a la diversidad. Entretanto, ?qu'e hac'ia en el campo de la astronom'ia? Nada. Hab'ia trabajado durante treinta y seis horas en la desinfecci'on de ordenadores. A continuaci'on vinieron las reuniones y los informes, as'i como un par de imitadores, fabricantes de virus, afortunadamente ninguno tan astuto como el original. Seg'un mis 'ultimas noticias, Robert T. Morris estaba semiescondido, no conced'ia entrevistas y le preocupaba la posibilidad de que le procesaran. Su padre sigue en la NSA, como jefe cient'ifico del centro de seguridad inform'atica. ?Cu'al era el da~no causado? Estudi'e la red y descubr'i que dos mil ordenadores hab'ian sido infectados en un per'iodo de quince horas. Todos aquellos aparatos quedaron totalmente inutilizados hasta haber sido desinfectados. Y para ello, en la mayor parte de los casos, se necesitaron dos d'ias. Supongamos que alguien inutilizara dos mil autom'oviles, por ejemplo, deshinchando los neum'aticos. ?C'omo se medir'ian los da~nos causados? Seg'un como se mire, no habr'a habido ning'un da~no: los coches siguen intactos y lo 'unico que hay que hacer es hinchar las ruedas. O podr'ian medirse los da~nos, por el hecho de no disponer del veh'iculo. Por ejemplo, ?qu'e pierde un individuo determinado si su coche est'a inutilizado durante un d'ia? ?El coste de la gr'ua? ?El de un coche de alquiler? ?O de la cantidad de trabajo perdido? Es dif'icil de evaluar. Puede que uno le quede agradecido a quien le haya deshinchado los neum'aticos y le conceda una medalla por llamar su atenci'on a la seguridad del autom'ovil. En este caso, alguien paraliz'o dos mil ordenadores durante dos d'ias. ?Cu'ales eran las p'erdidas? Programadores, secretarias y ejecutivos no pudieron trabajar. No se recopilaron datos. Se retrasaron los proyectos. 'Este fue, por lo menos, el da~no causado por el autor del virus. Adem'as de da~nos m'as profundos. Alg'un tiempo despu'es del ataque, algunos astr'onomos y programadores hicieron una encuesta. Algunos de los inform'aticos consideraron que el virus hab'ia sido una broma inofensiva, uno de los mejores chistes de la historia. El punto de vista de los astr'onomos era otro: durante dos d'ias, no hab'ian podido trabajar. Sus secretarias y sus investigadores tampoco trabajaron. Las propuestas y los art'iculos no se escribieron. Nosotros pagamos por las conexiones de la red con el dinero de nuestro bolsillo y lo sucedido dificult'o todav'ia m'as la expansi'on de las redes astron'omicas. Para algunos programadores, aquel virus fue un ejercicio 'util a fin de incrementar el conocimiento sobre seguridad inform'atica. Su autor merec'ia que se le dieran las gracias. No faltar'ia m'as. Era como llegar a un pueblo y forzar las puertas de sus casas para que sus habitantes comprendieran la necesidad de comprar cerrojos m'as seguros. En otra 'epoca yo tampoco habr'ia visto nada de nocivo en el virus. Pero en los dos 'ultimos a~nos, mi inter'es hab'ia cambiado, de un micro problema (una discrepancia de setenta y cinco centavos) a temas macro dimensionales: el buen funcionamiento de nuestras redes, un sentimiento de conducta ecu'anime, las consecuencias legales de la infiltraci'on inform'atica, la seguridad de las empresas con contratos gubernamentales, la 'etica comunitaria en la inform'atica... !Dios m'io! Al o'ir mis propias palabras, me doy cuenta de que me he convertido en un adulto (!carroza!), en una persona con participaci'on en el negocio. Mi mentalidad estudiantil de anta~no me permit'ia ver el mundo como un mero proyecto de investigaci'on; algo para ser estudiado, extraerle datos y observar sus pautas. De pronto hay conclusiones a extraer, conclusiones con un contenido 'etico. Supongo que he alcanzado la mayor'ia de edad. La mejor pel'icula <> de todos los tiempos, The Blob, acaba cuando el monstruo maligno es trasladado a la Ant'artida, inofensivo cuando est'a congelado. Entonces la palabra <> aparece en la pantalla, pero en el 'ultimo momento sale un deforme interrogante. El monstruo no est'a muerto, s'olo duerme. Eso fue lo que sent'i cuando por fin desmantel'e mis monitores, escrib'i la 'ultima anotaci'on en el cuaderno y me desped'i de la persecuci'on nocturna de Markus Hess. El monstruo sigue ah'i, dispuesto a resucitar. A la espera de que alguien se sienta lo suficientemente atra'ido por el dinero, el poder, o la simple curiosidad para robar contrase~nas y deambular por las redes. Siempre y cuando alguien no olvide que las redes en las que le gusta jugar son fr'agiles y s'olo podr'an existir mientras impere la confianza entre la gente. Mientras a alg'un estudiante amante de la broma no se le ocurra infiltrarse en los sistemas para jugar (como yo pude haberlo hecho en otra 'epoca), olvidando que invade la intimidad de otros, pone en peligro la informaci'on que otra gente ha sudado para conseguir y siembra la desconfianza y la paranoia. Las redes no est'an formadas por circuitos impresos, sino por gente. En estos momentos, mientras escribo, mediante mi teclado puedo llegar a infinidad de gente: amigos, desconocidos, enemigos. Puedo hablar con un f'isico en Jap'on, un astr'onomo en Inglaterra o un esp'ia en Washington. Puede que opte por chismorrear con un amigo de Silicon Valley o alg'un catedr'atico de Berkeley. Mi terminal es la puerta de acceso a incalculables y complejos caminos que conducen a una inconmensurable cantidad de vecinos. Millares de personas tienen la suficiente confianza en los dem'as como para conectar entre ellos sus respectivos sistemas. Cientos de millares de personas utilizan dichos sistemas sin pensar en lo delicadas que son las redes que los unen. Como en la peque~na ciudad de una pel'icula invadida por monstruos, esa gente trabaja y juega sin percatarse de lo fr'agil y vulnerable que es su comunidad. Podr'ia ser aniquilada completamente por un virus o, todav'ia peor, ser consumida por su propia desconfianza, convertirse en v'ictima de cerrojos, controles de seguridad y vigilancia; marchitarse por tal exceso de fronteras y burocracia que ya no apeteciera a nadie. Pero tal vez, si Hess ha sido excepcional, si entre todos nos esforzamos lo suficiente para mantener las redes seguras y libres, habr'a acabado la pesadilla. Yo, por mi parte, puedo volver finalmente a la astronom'ia y a pasar el tiempo con mi sufrida esposa. No tengo vocaci'on de poli inform'atico. No quiero que nuestras redes necesiten polis. Suena mi tel'efono. Es el Lawrence Livermore Laboratory, un lugar que he evitado, porque en 'el se dise~nan bombas at'omicas. Un hacker se est'a infiltrando en su ordenador. Quieren que los ayude. Me toman por un genio. FIN. NOTAS - EXPRESIONES EN INGLES ^[1] LEMM: Lee el maldito manual, del ingl'es RTFM, Read The Fucking Manual ^[2] EUFMP: En un futuro muy pr'oximo, del ingl'es RSN, Real Soon Now. Una medida de tiempo imprecisa empleada generalmente en el 'ambito inform'atico. Se utiliza con sarcasmo para indicar que el producto ha perdido una o varias fechas de entrega prometidas. Para evitar situaciones embarazosas con el anuncio y la falta de otro plazo en concreto, simplemente se informa de que estar'a listo "en un futuro muy pr'oximo". ^[3] Invitado ^[4] ?Qui'en? ^[5] Juego de palabras que hace el autor entre la definici'on oficial de CID Criminal Investigation Department con una de su invenci'on Chestnut Inspection Department ^[6] Del ingl'es IOTTMCO, Intuitive Obvious To The Most Casual Observer ^[7] https://www.ccc.de ^[8] EUFMP: En un futuro muy pr'oximo, del ingl'es RSN, Real Soon Now. Una medida de tiempo imprecisa empleada generalmente en el 'ambito inform'atico. Se utiliza con sarcasmo para indicar que el producto ha perdido una o varias fechas de entrega prometidas. Para evitar situaciones embarazosas con el anuncio y la falta de otro plazo en concreto, simplemente se informa de que estar'a listo "en un futuro muy pr'oximo". ^[9] ?Qui'en? ^[10] http://www.rodoval.com/heureka/seriesnum.html#expli_lookandsay: 1, Un 1; Dos 1; Un 2 Dos 1; Un 1 Un 2 Dos 1;... ^[11] Nota: En b'eisbol, jugada defensiva en el que se registran dos outs en una sola combinaci'on. ^[12] Nota: Combinaci'on de jugada double-play en el equipo de baseball Chicago Cubs desde 1903 hasta 1910. Esta se inmortaliz'o en el poema Baseball's Sad Lexicon que el cronista deportivo Franklin Pierce Adams escribi'o en su columna del peri'odico New York Evening Mail. ^[13] En este contexto es un juego de palabras en el que se intenta dejar claro la gran diferencia que hay en el precio de las tarifas tel'efonicas entre las compa~n'ias alemanas y las norteamericas. Su forma correcta escrita ser'ia Bundespost. ^[14] Juego de palabras que hace el autor con las siglas NSA, en el original <> 1 Yo, ?un genio? Hasta hace una semana era astr'onomo, consagrado felizmente al dise~no de 'optica telesc'opica. Retrospectivamente, me doy cuenta de que viv'ia en un para'iso intelectual. Tantos a~nos sin pensar en el futuro, hasta el d'ia en que acab'o mi subvenci'on. Por suerte para m'i, mi laboratorio reciclaba a los astr'onomos usados. En lugar de mandarme a la oficina de empleo, me trasladaron del Keck Observalory, en el Lawrence Berkeley Laboratory, al centro de inform'atica en el s'otano del mismo edificio. !Diablos! Pod'ia fingir que sab'ia bastante sobre ordenadores para impresionar a los astr'onomos y quiz'a aprender con suficiente rapidez para que mis colegas no lo descubrieran, pero... ?un genio de la inform'atica? De ning'un modo; yo soy astr'onomo. ?Y ahora qu'e? Mientras contemplaba ap'aticamente la pantalla de mi terminal, pensaba todav'ia en 'orbitas planetarias y en astrof'isica. Como reci'en llegado al departamento, me dieron a elegir entre una cabina con una ventana que daba al Golden Gate Bridge, o un despacho sin ventilaci'on, con una pared llena de estanter'ias para libros. Decid'i hacer caso omiso de mi claustrofobia y eleg'i el despacho, con la esperanza de que nadie se dar'ia cuenta cuando echara un sue~necito bajo la mesa. A ambos lados se encontraban los despachos de dos especialistas de sistemas: Wayne Graves y Dave Cleveland, los veteranos de la empresa. Pronto llegu'e a conocer a mis vecinos por sus ri~nas. Wayne, que estaba interrelacionado con el resto del personal, consideraba vagos o incompetentes a todos los dem'as. Sin embargo conoc'ia 'intimamente el sistema, desde los discos de software hasta las antenas de microondas. Wayne se hab'ia formado con los ordenadores Vax, de Digital Equipment, y no toleraba nada inferior a los mismos; ni IBM, ni Unix, ni Macintoshes. Dave Cleveland, nuestro sereno Buda de los Unix, escuchaba pacientemente las interminables comparaciones de Wayne de distintos ordenadores. -Todos los cient'ificos prefieren Vax, con sus doce modos de elaborar fuertes programas -afirmaba categ'oricamente Wayne. -En tal caso -replicaba Dave-, t'u te ocupas de mantener contentos a los adictos a Vax y yo me ocupar'e del resto del mundo. Dave nunca le dio la satisfacci'on de perder los estribos y las quejas de Wayne acabaron por convertirse en un susurro. !Fant'astico! Mi primer d'ia de trabajo entre dos personajes que destru'ian ya mis ilusiones con sus peri'odicas disputas. Por lo menos nadie podr'ia quejarse de mi aspecto. Vest'ia el uniforme corporativo habitual de Berkeley: camisa mugrienta, vaqueros deste~nidos, pelo largo y zapatillas baratas. De vez en cuando los directores usaban corbata, pero la producci'on decrec'ia cuando lo hac'ian. Entre Wayne, Dave y yo ten'iamos la misi'on de hacer funcionar los ordenadores como servicio para todo el laboratorio. Dispon'iamos de una docena de ordenadores mainframe, m'aquinas con una capacidad gigantesca para solucionar problemas de f'isica, con un valor conjunto de unos seis millones de d'olares. El prop'osito era que los cient'ificos pudieran utilizarlos como sistema inform'atico simple y poderoso, tan fiable como el suministro de luz el'ectrica. Esto significaba que los ordenadores ten'ian que funcionar permanentemente, d'ia y noche. Y al igual que la compa~n'ia el'ectrica, se les cobraba cada ciclo inform'atico que utilizaban. Entre los cuatro mil empleados del laboratorio, aproximadamente una cuarta parte utilizaba los ordenadores principales. Todos los d'ias se hac'ia el balance de esas mil cuentas, cuyos saldos se conservaban en la memoria del ordenador. A trescientos d'olares por hora de computaci'on, nuestra contabilidad ten'ia que ser exacta, por lo que control'abamos cada p'agina que se imprim'ia, el espacio de todos los discos y cada minuto de procesamiento. Un ordenador independiente compaginaba dichas estad'isticas y mandaba cuentas mensuales a los departamentos del laboratorio. Y as'i fue como en mi segundo d'ia de trabajo Dave entr'o en mi despacho mascullando algo sobre un peque~no contratiempo en el sistema de contabilidad del Unix. Alguien hab'ia utilizado unos segundos de computaci'on sin pagar. Los libros del ordenador no acababan de cuadrar; en la cuenta del 'ultimo mes, de 2387 d'olares, hab'ia un error de 75 centavos. Ahora bien, un error de millares de d'olares resulta evidente y no es dif'icil de localizar. Pero los errores en la columna de los centavos proceden de problemas muy hondos cuya localizaci'on pone a prueba la pericia del genio m'as avispado de la inform'atica. Dave sugiri'o que pensara en ello. -!Vaya desfalco! ?No te parece? -respond'i. -Aver'igualo t'u, Cliff, y asombrar'as a todo el mundo -dijo Dave. El proyecto parec'ia divertido y me introduje en el programa de contabilidad. Descubr'i que nuestro software de contabilidad consist'ia en un conglomerado de programas, escritos hac'ia tiempo por estudiantes durante sus vacaciones veraniegas. En todo caso, la mezcolanza funcionaba lo suficientemente bien como para no preocuparse por ella. Cuando examin'e el revoltijo de programas, vi que estaban escritos en Assembler, Fortran y Cobol, los m'as anticuados entre los lenguajes inform'aticos. Pod'ia perfectamente haberse tratado de griego cl'asico, lat'in y s'anscrito. Como en la mayor parte de los casos de programaci'on casera, nadie se hab'ia preocupado de documentar nuestro sistema de contabilidad. S'olo un loco investigar'ia aquel laberinto sin un mapa en la mano. No obstante ser'ia una forma divertida de pasar la tarde, que me brindar'ia la oportunidad de explorar el sistema. Dave me mostr'o c'omo el sistema grababa cada intervenci'on en el ordenador, con el nombre y terminal del usuario. Grababa tambi'en la hora de cada conexi'on, la tarea ejecutada, los segundos de procesamiento y la hora de desconexi'on. Dave me explic'o que dispon'iamos de dos sistemas de contabilidad independientes. Los programas ordinarios de Unix se limitaban a introducir las entradas cronol'ogicamente en un fichero. Pero para satisfacer a alg'un bur'ocrata, Dave hab'ia elaborado un segundo sistema de contabilidad, en el que se conservaban detalles m'as espec'ificos del usuario. A lo largo de los a~nos, una sucesi'on de aburridos estudiantes hab'ia escrito programas para analizar toda aquella informaci'on de contabilidad. Uno de dichos programas recopilaba los datos y los introduc'ia en un archivo. Un segundo programa le'ia dicho archivo y calculaba el precio de la sesi'on. Un tercer programa compaginaba dichos gastos e imprim'ia las facturas que se mandaban a cada departamento. El 'ultimo programa sumaba las cuentas de todos los usuarios y comparaba el total con el resultado del programa interno de contabilidad del ordenador. Dos ficheros de contabilidad, mantenidos en paralelo por distintos programas, deb'ian producir el mismo resultado. Durante un a~no, aquellos programas hab'ian funcionado sin tropiezo alguno, pero aquella semana no acababan de cuadrar. Lo m'as evidente era pensar en un error decimal. Probablemente todas las entradas eran correctas, pero, al sumarlas, el total de las diferencias de d'ecimos de centavo constitu'ia el error de setenta y cinco centavos. Me propuse demostrarlo analizando el funcionamiento de los programas, o verific'andolos con distintos datos. En lugar de intentar comprender el c'odigo de cada programa, escrib'i un programa breve para verificar los archivos de datos. En unos minutos hab'ia verificado el primer programa y comprobado que recog'ia correctamente los datos de contabilidad. Ning'un problema con el primer programa. Me cost'o un poco m'as descifrar el segundo programa. En una hora hab'ia acumulado la cantidad suficiente de c'odigos provisionales, para demostrar que realmente funcionaba. Se limitaba a sumar los intervalos de tiempo y a multiplicarlos por la tarifa vigente. De modo que el error de setenta y cinco centavos no proced'ia de este programa. Y el tercer programa funcionaba a la perfecci'on. Verificaba la lista de usuarios autorizados, localizaba su cuenta en el laboratorio e imprim'ia la factura. ?Error de aproximaci'on? Tampoco. Todos los programas controlaban el dinero hasta una cent'esima parte de un centavo. !Curioso! ?De d'onde proced'ia aquel error de setenta y cinco centavos? Hab'ia pasado un par de horas intentando descifrar un problema superficial y comenzaba a obcecarme. !Maldita sea! Me quedar'ia hasta medianoche si era necesario. Despu'es de otros tantos programas de verificaci'on, comenc'e realmente a confiar en la mezcolanza de programas de contabilidad de fabricaci'on casera. Segu'ian sin cuadrar los saldos, pero los programas, aunque no a prueba de bombas, no perd'ian un solo centavo. A estas alturas hab'ia encontrado las listas de usuarios autorizados y averiguado c'omo los programas utilizaban las estructuras de datos, para cargar los gastos en las cuentas de distintos departamentos. A eso de las siete de la tarde, un usuario llamado Hunter me llam'o la atenci'on: no dispon'ia de ninguna direcci'on v'alida donde cargar sus gastos. !Pillado! Hunter hab'ia utilizado setenta y cinco centavos de tiempo el mes pasado, pero nadie lo hab'ia pagado. He ah'i la causa de nuestra diferencia de saldos. Alguien hab'ia metido la pata al introducir un nuevo usuario en nuestro sistema. Un problema superficial causado por un error superficial. Hab'ia llegado el momento de celebrarlo. Cuando escrib'ia este peque~no primer triunfo en las p'aginas iniciales de mi cuaderno, mi querida Martha pas'o por mi despacho y, ya avanzada la noche, decidimos celebrarlo con unos caf'es con leche en el caf'e Roma, de Berkeley. Un verdadero genio habr'ia resuelto el problema en pocos minutos. Para m'i era territorio desconocido y no me hab'ia resultado f'acil abrirme camino en el mismo. Como consuelo, hab'ia aprendido algo del sistema de contabilidad y practicado un par de lenguajes obsoletos. Al d'ia siguiente mand'e un mensaje electr'onico a Dave, se~nal'andole el problema como muestra de mi pericia. Alrededor del mediod'ia Dave pas'o por mi despacho con un mont'on de manuales y mencion'o, de paso, que no hab'ia introducido a ning'un usuario llamado Hunter; debe haber sido uno de los otros administradores de sistemas. -No fui yo. LEMM^1 -se limit'o a responder Wayne. Casi todas sus frases acababan con algunas siglas, que en este caso significaban <>. Pero ya los hab'ia le'ido. Los operadores no estaban autorizados a introducir a ning'un nuevo usuario sin una cuenta. En otros centros inform'aticos bastaba con conectar con una cuenta privilegiada y ordenar al sistema que introdujera a un nuevo usuario. En nuestro caso, puesto que tambi'en hab'ia que organizar varias entradas de contabilidad, no cab'ia utilizar aquel atajo. Nuestro sistema era lo suficientemente complejo como para disponer de programas especiales que se ocupaban autom'aticamente de la administraci'on y coordinaci'on de sistemas. Me dediqu'e a formular preguntas y todo el mundo coincidi'o en que, dada la superioridad del sistema autom'atico, nadie habr'ia introducido manualmente a un nuevo usuario. Y el sistema autom'atico no cometer'ia aquel error. No lograba averiguar qui'en era el responsable de aquella metedura de pata. Nadie conoc'ia a Hunter y no hab'ia ninguna cuenta prevista para 'el. De modo que opt'e por eliminar su nombre del sistema; cuando protestara, lo introducir'iamos debidamente en el mismo. Al d'ia siguiente un enigm'atico ordenador llamado Dockmaster nos mand'o un mensaje electr'onico. Su administrador de sistemas alegaba que, durante el fin de semana, alguien hab'ia intentado introducirse en su ordenador desde nuestro laboratorio. Dockmaster pod'ia haber estado situado en cualquier lugar, pero ciertos indicios apuntaban a Maryland. El mensaje electr'onico hab'ia pasado por una docena de ordenadores y cada uno hab'ia dejado su huella. Dave se hab'ia limitado a responder con un comedido: <> Por supuesto. Lo har'iamos cuando hubi'eramos resuelto todos los dem'as problemas. Los ordenadores de nuestro laboratorio est'an conectados a millares de sistemas mediante una docena de redes. Uno cualquiera de los cient'ificos del laboratorio puede entrar en nuestro ordenador y a continuaci'on establecer contacto con otro ordenador lejano. Una vez conectado, puede introducirse en el ordenador lejano con un nombre de cuenta y una contrase~na. En principio, lo 'unico que protege a la red de ordenadores es la contrase~na, ya que los nombres de las cuentas son f'aciles de averiguar. (?C'omo se averiguan? Basta consultar el list'in telef'onico; la mayor'ia de la gente utiliza su propio nombre en los ordenadores.) El mensaje electr'onico de Dockmaster era una curiosidad y Dave se lo pas'o a Wayne, a quien pregunt'o: <> Wayne me lo transmiti'o a m'i, con la conjetura: <> Por fin Wayne dej'o el asunto en mis manos. Sospechaba que Dockmaster deb'ia de ser alg'un astillero de la Armada. Era un caso sin importancia, pero merec'ia dedicarle unos minutos. El mensaje daba la fecha y hora en que alguien desde nuestro ordenador Unix hab'ia intentado introducirse en el ordenador de Dockmaster. Puesto que acababa de hurgar en los sistemas de contabilidad, repas'e los ficheros en busca de alguna grabaci'on correspondiente a las 08:46 del s'abado por la ma~nana. De nuevo los sistemas de contabilidad no coincid'ian. El fichero de contabilidad del Unix mostraba la presencia de un usuario, Sventek, que se hab'ia introducido a las 08:25, hab'ia permanecido media hora sin hacer nada y entonces hab'ia desconectado. Ninguna actividad grabada durante dicho per'iodo. Nuestros programas caseros tambi'en registraban la actividad de Sventek, pero indicaban que hab'ia utilizado la red desde las 08:31 hasta las 09:01 de la ma~nana. !Maldita sea, otro problema de contabilidad! Las horas no coincid'ian. Una cuenta reflejaba actividad, cuando seg'un la otra todo estaba tranquilo. Parec'ia haber otras cosas m'as urgentes y abandon'e el problema. Despu'es de perder una tarde intentando aclarar el error de alg'un operador, no estaba dispuesto a examinar de nuevo el sistema de contabilidad. Durante el almuerzo coment'e a Dave que Sventek era el 'unico conectado al sistema, cuando el presunto intento de penetraci'on en Dockmaster hab'ia tenido lugar. -?Joe Sventek? -dijo, mir'andome fijamente-. Est'a en Cambridge. Cambridge, Inglaterra. ?Por qu'e habr'a regresado? Result'o que Joe Sventek hab'ia sido el gran maestro del Unix en el laboratorio, un genio del software que hab'ia elaborado una docena de importantes programas a lo largo de la 'ultima d'ecada. Hac'ia un a~no que se hab'ia marchado a Inglaterra, dejando tras de s'i una gloriosa reputaci'on entre la comunidad inform'atica de California. Dave no pod'ia creer que Joe hubiera regresado, ya que ninguno de sus amigos hab'ia tenido noticias suyas. -Debe de haber entrado en nuestro ordenador mediante alguna red -dijo. -?Entonces crees que Joe es responsable de este problema? -le pregunt'e. -De ning'un modo -respondi'o Dave-. Joe es un hacker de la vieja escuela. Es un programador experto, inteligente y r'apido. No uno de esos gamberros que han mancillado el t'ermino <>. En todo caso, Sventek no intentar'ia introducirse en alg'un ordenador de Maryland. Y si lo hiciera, lo lograr'ia sin dejar ninguna huella. Curioso: hace un a~no que Joe Sventek est'a en Inglaterra, pero aparece el s'abado a primera hora de la ma~nana, intenta introducirse en un ordenador de Maryland, desconecta y deja una cuenta pendiente en el sistema de contabilidad. En el pasillo se lo comento a Wayne, que tiene entendido que Joe est'a de vacaciones en Inglaterra, oculto en alg'un lugar reservado y alejado de los ordenadores. -Olvida el mensaje de Dockmaster. Sventek tiene prevista una visita a Berkeley EUFMP^2 y nos lo aclarar'a. ?EUFMP? En un futuro muy pr'oximo. 'Esta era la forma de Wayne de decir: <> Lo que me preocupaba no era Sventek, sino las cuentas que no cuadraban. ?Por qu'e los dos sistemas de contabilidad reflejaban tiempos distintos? ?Y por qu'e en un fichero se hab'ia grabado cierta actividad, sin que apareciera en el otro? Otra tarde inmerso en el sistema de contabilidad. Descubr'i que la diferencia de cinco minutos proced'ia de las variaciones de los relojes de nuestros ordenadores a lo largo de los meses. El reloj de uno de nuestros ordenadores retrasaba varios segundos cada d'ia. Sin embargo, todas las actividades de Sventek deb'ian haber coincidido en ambos archivos. ?Tendr'ia esto alguna relaci'on con el problema de contabilidad de la semana anterior? ?Habr'ia cometido alg'un error manipulando los programas? ?O hab'ia otra explicaci'on? 2 Pas'e la tarde en una conferencia, impresionantemente aburrida, sobre la estructura de las galaxias. No s'olo era eminentemente mon'otona la voz del ilustre catedr'atico, sino que cubri'o la pizarra con un laberinto de ecuaciones matem'aticas. Para no quedarme dormido me dediqu'e a pensar en los problemas con que me hab'ia tropezado. Alguien hab'ia metido la pata al abrir una nueva cuenta. Al cabo de una semana Sventek conecta con nuestro ordenador e intenta penetrar en alg'un ordenador de Maryland. EL archivo de contabilidad de dicho suceso parece confuso. Sventek est'a en alg'un lugar inaccesible. Algo no encaja. Da la impresi'on de que alguien elude el programa de contabilidad. ?Qu'e ser'ia preciso, me preguntaba, para utilizar gratis nuestros ordenadores? ?Habr'ia descubierto alguien la forma de eludir nuestro sistema de contabilidad? Los grandes ordenadores tienen dos tipos de software: los programas del usuario y el software de los sistemas. Los programas que uno escribe o introduce uno mismo son los programas del usuario, como por ejemplo mis rutinas astron'omicas, que analizan la atm'osfera de un planeta. Por s'i solos, los programas del usuario no pueden hacer gran cosa. No se comunican directamente con el ordenador, sino que lo hacen mediante el sistema operativo. Cuando mi programa de astronom'ia quiere escribir algo, la palabra no aparece directamente en la pantalla, sino que la pasa al sistema operativo, que es el que da las instrucciones necesarias al ordenador para que la escriba. El sistema operativo, junto con los editores, los archivos y los int'erpretes de lenguajes, constituyen el software de los sistemas. Uno no escribe dichos programas, sino que ya vienen incorporados en el ordenador y, una vez creados, nadie deber'ia interferir en ellos sin autorizaci'on. El programa de contabilidad pertenece al software de los sistemas. Para modificarlo o eludirlo, uno debe ser administrador del sistema o haber adquirido una posici'on privilegiada en el sistema operativo. Pero ?c'omo se adquiere dicha posici'on privilegiada? La forma m'as evidente consiste en introducirse en nuestro ordenador con la contrase~na del usuario root. No hab'iamos cambiado la contrase~na en varios meses, pero nadie la habr'ia divulgado. Y ning'un desconocido adivinar'ia nuestra contrase~na secreta <>. ?A qui'en se le ocurrir'ia pensar en un drag'on alado mitol'ogico, intentando adivinar nuestra clave? Pero aunque llegaras a ser administrador del sistema, no jugar'ias con los programas de contabilidad; son demasiado enigm'aticos y no est'an lo suficientemente bien documentados. Adem'as, hab'ia comprobado que funcionaban. Nuestros programas de fabricaci'on casera funcionaban debidamente. Alguien hab'ia introducido una nueva cuenta sin utilizarlos. Tal vez no sab'ia que existieran. Si alguien se hubiera introducido desde el exterior, no ser'ia consciente de nuestras peculiaridades locales. Nuestros administradores de sistema y operadores lo sab'ian. Joe Sventek, aunque estuviera en Inglaterra, evidentemente tambi'en lo sab'ia. Pero ?y si se trataba de alguien totalmente ajeno, de un hacker? La palabra <> tiene dos significados distintos. Las personas a las que yo conoc'ia que se autodenominaban hackers eran genios del software, capaces de salirse de situaciones dif'iciles gracias a su creativa programaci'on. Conoc'ian todos los recovecos del sistema operativo. No eran como los ins'ipidos ingenieros de programaci'on que trabajaban cuarenta horas a la semana, sino programadores creativos incapaces de abandonar el ordenador hasta que la m'aquina estuviera satisfecha. Un hacker se identifica con el ordenador y lo conoce como si de un amigo se tratara. -Cliff no es un gran astr'onomo -sol'ian decir de m'i los dem'as astr'onomos-. !Pero es un verdadero hacker del ordenador! (Evidentemente los inform'aticos ten'ian otro punto de vista: para ellos no era un gran programador, pero s'i un magn'ifico astr'onomo. En el mejor de los casos, en la universidad me hab'ian ense~nado a enga~nar a ambos bandos.) Sin embargo, en el lenguaje com'un, un hacker es alguien que irrumpe en ordenadores ajenos. En 1982, despu'es de que un grupo de estudiantes utilizara terminales, modems y l'ineas telef'onicas a larga distancia para irrumpir clandestinamente en los ordenadores de Los 'Alamos y del Columbia Medical Center, de pronto los inform'aticos se dieron cuenta de la vulnerabilidad de nuestros sistemas conectados a la red. ?Cu'al es el t'ermino que describe a alguien que irrumpe en los ordenadores? A los antiguos genios del software los enorgullece que los denominen hackers y los ofende que los burladores de la ley se hayan apropiado de dicho t'ermino. En las redes inform'aticas, los calificativos que los expertos utilizan para esos golfos de nuestra era electr'onica son los de <> o <>. En Holanda utilizan el t'ermino <>, que significa literalmente trastornar la paz del ordenador. En lo que a m'i se refiere, la idea de que alg'un gamberro irrumpa en mi ordenador me hace pensar en t'erminos como <>, <> y <>. Cada pocos meses o'ia rumores de una nueva intrusi'on en alg'un sistema, que sol'ia ser el de alguna universidad y habitualmente se acusaba a estudiantes o adolescentes. <>. Generalmente no causaba da~no alguno y el incidente se olvidaba, atribuy'endolo a la broma de un hacker. ?Pod'ia una pel'icula como Juegos de guerra ocurrir en realidad? ?Pod'ia un hacker adolescente introducirse en el ordenador del Pent'agono y empezar una guerra? Lo dudaba. Sin duda no era dif'icil manipular los ordenadores de las universidades, donde la seguridad era innecesaria. Despu'es de todo, en las facultades raramente se cierran las puertas de los edificios. Pero imaginaba que los ordenadores militares eran algo completamente distinto; estar'ian tan protegidos como una base militar. Y aunque uno lograra introducirse en un ordenador militar, era absurdo suponer que pudiera desencadenar una guerra. Esas cosas no las controlaba un ordenador, seg'un cre'ia. Nuestros ordenadores en el Lawrence Berkeley Laboratory no eran particularmente seguros, pero nuestra misi'on era la de impedir que en los mismos irrumpiera personal ajeno y procurar que no se usaran indebidamente. No nos preocupaba el da~no que alguien pudiera causar a nuestros ordenadores, lo que pretend'iamos era satisfacer los deseos del Departamento de Energ'ia, de donde proced'ia nuestra subvenci'on. Si lo que deseaban era que pint'aramos los ordenadores de color verde, comprar'iamos brochas y pintura. Pero para contentar a los cient'ificos que nos visitaban, dispon'iamos de varias cuentas inform'aticas para invitados. Con la palabra <>^3 como nombre de cuenta y <> como contrase~na, cualquiera pod'ia utilizar el sistema para resolver sus problemas, a condici'on de que s'olo utilizara unos pocos d'olares de tiempo inform'atico. A cualquier hacker le ser'ia muy f'acil introducirse en dicha cuenta: estaba completamente abierta. Sin embargo no le permitir'ia hacer gran cosa, ya que s'olo dispondr'ia de un minuto. Pero desde dicha cuenta podr'ia examinar el sistema, leer los archivos p'ublicos y ver qui'en figuraba en los mismos. En nuestra opini'on, aquel peque~no riesgo quedaba sobradamente compensado por la conveniencia. Cuanto m'as reflexionaba sobre la situaci'on, mayores eran mis sospechas de que un hacker merodeara por mi sistema. !Maldita sea! ?A qui'en le interesa la f'isica subat'omica? La mayor'ia de nuestros cient'ificos estar'ian encantados si alguien leyera sus art'iculos. Aqu'i no hay nada que pueda tentar a un hacker: ning'un espectacular superordenador, ni secretos comerciales de 'ambito sexual, ni informaci'on reservada. A decir verdad, lo mejor de trabajar en el Lawrence Berkeley Laboratory es su ambiente abierto e intelectual. A 80 kil'ometros el Lawrence Livermore Laboratory realiza trabajo reservado, relacionado con el desarrollo de bombas nucleares y proyectos de la Guerra de las Galaxias. 'Este podr'ia ser perfectamente el objetivo de un hacker. Pero el ordenador del Livermore no est'a conectado con el mundo exterior y, por consiguiente, no se puede entrar en el mismo por v'ia telef'onica. Su informaci'on reservada est'a protegida por la fuerza bruta: el aislamiento. Si alguien lograba introducirse en nuestro sistema, ?qu'e conseguir'ia? Podr'ia leer cualquier archivo p'ublico. Casi todos nuestros cient'ificos archivan as'i sus datos, para que puedan leerlos sus colaboradores. Parte del software de los sistemas era tambi'en p'ublico. Aunque la denominemos p'ublica, no significa que dicha informaci'on deba estar al alcance de cualquier desconocido. Parte de la misma est'a protegida por la ley de la propiedad intelectual, al igual que nuestros archivos de software y programas de procesamiento de textos. Otras bases de datos -los domicilios de nuestros empleados y los informes incompletos del trabajo que realizan- tampoco son para el dominio p'ublico. No obstante, dif'icilmente pueden calificarse de material sensible y est'an muy lejos de constituir informaci'on reservada. No, lo que me preocupaba no era que alguien se introdujera en nuestro ordenador en calidad de invitado y averiguara el n'umero de tel'efono de alg'un empleado. Mi preocupaci'on se centraba en un problema de mucha mayor envergadura: ?podr'ia un desconocido convertirse en superusuario? A fin de satisfacer simult'aneamente a un centenar de usuarios, el sistema operativo del ordenador distribuye los recursos del aparato aproximadamente del mismo modo en que un edificio se divide en apartamentos. Cada apartamento funciona independientemente de los dem'as. Mientras un inquilino mira la televisi'on, puede que otro hable por tel'efono y un tercero est'e lavando los platos. El complejo suministra servicios como la electricidad, el tel'efono interior y el agua. Los inquilinos se quejan de la lentitud de los servicios y de los alquileres desorbitados. Simult'aneamente, en el ordenador un usuario puede estar resolviendo un problema matem'atico, mientras otro manda un mensaje electr'onico a Toronto y un tercero escribe una carta. El software de los sistemas y el sistema operativo suministran los servicios del ordenador; todos los usuarios se quejan de la poca fiabilidad del software, lo enigm'atico de la documentaci'on y lo exorbitante de los costes. La intimidad en el interior del edificio se regula con llaves y cerrojos. Ning'un inquilino puede entrar en el apartamento de otro sin la correspondiente llave y (si las paredes son lo suficientemente s'olidas) las actividades de uno no molestan a los dem'as. En el ordenador es el sistema operativo lo que garantiza la intimidad de cada usuario. Uno no puede invadir la zona de otro sin la contrase~na apropiada y (si el sistema operativo distribuye equitativamente los recursos) los programas de un usuario no se mezclan con los de los dem'as. Pero las paredes de los edificios nunca son lo suficientemente s'olidas y las fiestas de mis vecinos retumban en mi dormitorio. Asimismo, la velocidad de mi ordenador decrece cuando, en un momento dado, lo utilizan m'as de un centenar de usuarios. Por consiguiente, nuestros edificios necesitan superintendentes y nuestros ordenadores necesitan administradores de sistema o superusuarios. Con una contrase~na, el superintendente puede entrar en cualquier piso. Desde una cuenta privilegiada, el administrador del sistema puede leer o modificar cualquier programa o dato en el ordenador. Los usuarios privilegiados pueden evitar las protecciones del sistema operativo y adquirir pleno control del ordenador. Necesitan este poder para el mantenimiento del software de los sistemas (<>), equilibrar las prestaciones del sistema operativo (<>) y permitir que la gente utilice el ordenador (<>). Los usuarios privilegiados aprenden a operar con sigilo. El da~no que pueden causar es m'inimo, si a lo 'unico que su privilegio los autoriza es a leer archivos. Sin embargo, los permisos del superusuario le permiten cambiar cualquier parte del sistema; no hay protecci'on alguna contra los errores de los superusuarios. En realidad, el superusuario es todopoderoso: controla la horizontal y la vertical. Cuando cambia la hora, ajusta el reloj del sistema. ?Una nueva unidad de discos magn'eticos? 'El es el 'unico que puede introducir el software necesario en el sistema. Las cuentas privilegiadas reciben diversos nombres en distintos sistemas operativos -<>-, pero dichas cuentas deben ser celosamente protegidas de los intrusos. ?Qu'e ocurrir'ia si un hacker externo se hab'ia convertido en usuario privilegiado en nuestro sistema? Una de las cosas que podr'ia hacer seria crear cuentas para nuevos usuarios. Un hacker con privilegios de superusuario tendr'ia el ordenador secuestrado. Con la llave maestra de nuestro sistema podr'ia cerrarlo a su antojo y convertir el sistema en tan poco fiable como lo deseara. Podr'ia leer, escribir o modificaar cualquier informaci'on en el ordenador. Ning'un archivo de usuario estar'ia protegido de 'el, cuando operara desde su posici'on de privilegio. Los archivos del sistema estar'ian tambi'en a su disposici'on; podr'ia leer la correspondencia electr'onica antes de que llegara a su destino. Podr'ia incluso modificar los ficheros de contabilidad para eliminar sus propias huellas. El profesor de estructura gal'actica hablaba de ondas gravitacionales. De pronto despert'e, despert'e a lo que ocurr'ia en nuestro ordenador. Esper'e a que terminara la conferencia, formul'e una pregunta simb'olica, mont'e en mi bici y emprend'i camino cuesta arriba, hacia el Lawrence Berkeley Laboratory. Un hacker superusuario. Alguien irrumpe en nuestro sistema, encuentra las llaves maestras, se otorga privilegios a s'i mismo y se convierte en superusuario. ?Qui'en? ?C'omo? ?Desde d'onde? Y, sobre todo, ?por qu'e? 3 Hay menos de medio kil'ometro de la Universidad de California al Lawrence Berkeley Laboratory, pero Cyclotron Road es una calle tan empinada que el desplazamiento en bicicleta dura quince minutos. Mi vieja m'aquina de diez velocidades no ten'ia una velocidad lo suficientemente corta y en los 'ultimos metros me flaqueaban las rodillas. Nuestro centro de inform'atica est'a situado entre tres aceleradores de part'iculas: el ciclotr'on de 467 cent'imetros, en el que Ernest Lawrence purific'o por primera vez un miligramo de uranio fisionable; el Bevatron, donde tuvo lugar el descubrimiento del antiprot'on, y el Hilac, lugar de nacimiento de otra media docena de nuevos elementos. Hoy d'ia dichos aceleradores se han convertido en obsoletos, con sus voltajes energ'eticos en megaelectrones sobradamente superados por los voltajes en gigaelectrones de los colisionadores de part'iculas. Ya no ganan ning'un premio Nobel, pero los f'isicos y estudiantes post licenciados aguardan todav'ia seis meses para poder servirse de un acelerador. Despu'es de todo, nuestros aceleradores son perfectamente adecuados para el estudio de part'iculas nucleares ex'oticas y la b'usqueda de nuevas formas de la materia, con nombres tan esot'ericos como plasmas de quark-gluon o condensaciones de pi'on. Y cuando los f'isicos no los utilizan, se usan para la investigaci'on biom'edica, incluida la terapia del c'ancer. Durante la segunda guerra mundial, en la 'epoca del provecto Manhattan, el ciclotr'on de Lawrence era la 'unica forma de medir las transversales de las reacciones nucleares y 'atomos de uranio. Naturalmente, el laboratorio estaba sumido en el m'as absoluto secreto; serv'ia de modelo para la construcci'on de plantas de bombas at'omicas. Durante los a~nos cincuenta, el Lawrence Berkeley Laboratory permaneci'o reservado, hasta que Edward Teller fund'o el Lawrence Livermore Laboratory a una hora de distancia. Todo el trabajo secreto se traslad'o al Livermore y Berkeley se destin'o a la investigaci'on cient'ifica no reservada. Quiz'a para aumentar la confusi'on, ambos laboratorios llevan el nombre del primer galardonado con el premio Nobel de California, en ambos se trabaja en f'isica at'omica y est'an ambos subvencionados por el Departamento de Energ'ia, descendiente directo de la Atomic Energy Commission. Y 'este es, m'as o menos, el fin de las similitudes. No necesitaba el visto bueno de los servicios de seguridad para trabajar en el laboratorio de Berkeley; no se realiza ninguna investigaci'on secreta ni se vislumbra contrato militar alguno. El Livermore, por otra parte, es un centro de dise~no de bombas nucleares y de rayos l'aser para la Guerra de las Galaxias. Est'a lejos de ser el lugar indicado para un melenudo ex hippy. As'i como el laboratorio de Berkeley sobreviv'ia a base de paup'errimas asignaciones cient'ificas y una financiaci'on universitaria poco fiable, el Livermore crec'ia permanentemente. Desde que Teller dise~n'o la bomba H, la investigaci'on secreta del Livermore no ha andado nunca escasa de fondos. Berkeley ya no recibe gigantescos contratos militares, pero el hecho de ser un lugar abierto tiene sus ventajas. Como puros cient'ificos, se nos alienta a que investiguemos todo fen'omeno curioso y siempre podemos publicar nuestros resultados. Puede que nuestros aceleradores sean como tirachinas comparados con los mastodontes de CERN, en Suiza, o Fermilab, en Illinois, pero siguen generando enormes cantidades de informaci'on y disponemos de respetables ordenadores para analizarla. En realidad, nos sentimos muy orgullosos de que algunos f'isicos, despu'es de obtener sus datos en otros aceleradores, vengan al Lawrence Berkeley Laboratory para analizar sus resultados en nuestros ordenadores. En potencia num'erica bruta, los ordenadores del Livermore son muy superiores a los nuestros. En todo momento han comprado los Cray de mayor capacidad, m'as r'apidos y m'as caros, necesarios para dilucidar lo que ocurre en los primeros nanosegundos de una explosi'on termonuclear. Debido a la naturaleza secreta de su investigaci'on, la mayor parte de los ordenadores del Livermore est'an aislados. Evidentemente, tambi'en disponen de algunos sistemas no reservados, destinados a la ciencia ordinaria. Pero en cuanto a su trabajo secreto, no est'a a la vista de cualquier mortal. Los ordenadores utilizados para dicha tarea no est'an conectados al mundo exterior. Es igualmente imposible introducir informaci'on en el Livermore. Alguien que trabaje en el dise~no de detonadores de bombas nucleares y utilice los ordenadores reservados del Livermore, debe acudir personalmente al laboratorio y llevar consigo los datos en cinta magn'etica. No puede utilizar las docenas de redes existentes en todo el pa'is, ni conectar desde su casa para ver c'omo progresa su programa. Puesto que sus ordenadores acostumbran ser los primeros de la l'inea de producci'on, habitualmente Livermore tiene que elaborar sus propios sistemas operativos, construyendo una extra~na ecolog'ia de software, invisible al mundo exterior. He ah'i el coste de vivir en un mundo secreto. Aun sin disponer de la potencia bruta de los del Livermore, nuestros ordenadores tampoco se quedaban cortos. Nuestros ordenadores Vax eran r'apidos, de f'acil manejo y populares entre los f'isicos. No ten'iamos necesidad de inventar nuestro propio sistema operativo, ya que compr'abamos el VMS de Digital y utiliz'abamos el Unix del campus. Como laboratorio abierto, nuestros ordenadores pod'ian estar conectados a cualquier red y ayud'abamos a cient'ificos en todos los confines del mundo. Cuando aparec'ia alg'un problema en plena noche, me limitaba a llamar por tel'efono al ordenador del laboratorio desde mi casa, sin tener que coger mi bicicleta, cuando una simple llamada pod'ia solucionarlo. Pero heme ah'i, dirigi'endome al trabajo en bicicleta, mientras me preguntaba si alg'un hacker se habr'ia introducido en nuestro sistema. Puede que esto explicara algunos de mis problemas de contabilidad. Si alg'un intruso hab'ia forzado los cerrojos del sistema operativo de nuestro Unix y adquirido privilegios de superusuario, tendr'ia poder para borrar selectivamente los datos de contabilidad. Y lo peor era que podr'ia utilizar nuestras conexiones con distintas redes para atacar otros ordenadores. Apoy'e la bici en una esquina y fui corriendo al laberinto de cabinas. Pasaba ya bastante de las cinco y la gente normal se hab'ia ido a su casa. ?C'omo pod'ia averiguar si alg'un hacker se hab'ia introducido en nuestro sistema? Una de las posibilidades era mandar un mensaje electr'onico a la cuenta sospechosa, diciendo algo parecido a: <> O pod'iamos cerrar la cuenta de Joe y ver si as'i terminaban nuestros problemas. Dej'e de pensar en el hacker cuando llegu'e a mi despacho y me encontr'e con una nota: el grupo de astronom'ia necesitaba saber c'omo se degradaban las im'agenes telesc'opicas, si relajaban las especificaciones de los espejos. Esto significaba pasar una velada elaborando un modelo, todo ello dentro del ordenador. Oficialmente ya no trabajaba para ellos, pero la sangre es m'as espesa que el agua...; a medianoche ten'ia los cuadros que deseaban. Por la ma~nana habl'e a Dave Cleveland de mis sospechas. -Apuesto galletas contra bu~nuelos a que se trata de un hacker -le dije, entusiasmado. -S'i, galletas sin duda -susurr'o Dave, acomod'andose en su silla y cerrando los ojos. Su acrobacia mental era casi palpable. Dave dirig'ia su sistema Unix con un estilo relajado. Puesto que para atraer a los cient'ificos compet'ia con los sistemas VMS, nunca hab'ia reforzado los cerrojos de su sistema, convencido de que a los f'isicos los molestar'ia y trasladar'ian sus negocios a otro lugar. Con la confianza depositada en sus usuarios, dirig'ia un sistema abierto y, en lugar de incrementar la seguridad, se dedicaba a mejorar el software. ?Hab'ia alguien que le traicionara? Marv Atchley era mi nuevo jefe. Discreto y sensible, Marv dirig'ia un holgado grupo que de alg'un modo se las arreglaba para mantener los ordenadores en funcionamiento. Roy Kerth, jefe de nuestra divisi'on, era harina de otro costal. Con sus cincuenta y cinco a~nos, Roy se parec'ia a Rodney Dangerfield, profesor universitario. Practicaba la f'isica al gran estilo del Lawrence Laboratory, proyectando simult'aneamente protones y antiprotones, y observando el resultado de dichas colisiones. Roy trataba a sus estudiantes y subalternos como si fueran part'iculas subat'omicas: los manten'ia disciplinados, les infund'ia energ'ia y a continuaci'on los proyectaba contra objetos inm'oviles. Para su investigaci'on se precisaba mucha potencia inform'atica, ya que su laboratorio generaba millones de sucesos cada vez que se pon'ia en funcionamiento el acelerador. A~nos de retrasos y pretextos le hab'ian predispuesto contra los profesionales de la inform'atica, de modo que cuando llam'e a su puerta quise asegurarme de que habl'aramos de f'isica relativista, pero no de ordenadores. -?Por qu'e diablos hab'eis dejado las puertas abiertas de par en par? -fue la reacci'on de Roy ante el problema, como Dave y yo lo hab'iamos previsto. Pero ?cu'al deb'ia ser nuestra reacci'on? El primer impulso de Dave fue el de clausurar la cuenta sospechosa y olvidar el asunto. Yo me inclinaba por mandarle una severa nota electr'onica al intruso, advirti'endole que si reincid'ia avisar'iamos a sus padres. Despu'es de todo, si hab'ia un intruso, deb'ia de tratarse de alg'un estudiante del campus. Pero tampoco est'abamos seguros de que alguien hubiera irrumpido en nuestro sistema. Desde luego explicar'ia algunos de nuestros problemas de contabilidad: alguien descubre la palabra clave del usuario root, conecta con nuestro ordenador, crea una nueva cuenta y manipula el sistema de contabilidad. Pero ?para qu'e crear una nueva cuenta cuando ya tiene acceso a la del usuario root? A nuestro jefe nunca le gustaba o'ir malas noticias, pero nos armamos de valor y le pedimos que se reuniera con nosotros a la hora del almuerzo. No ten'iamos pruebas definitivas de la presencia de un hacker, s'olo indicaciones circunstanciales, deducidas de errores superficiales de contabilidad. Si hab'ia un intruso, no sab'iamos hasta d'onde hab'ia llegado, ni de qui'en se trataba. -?Por qu'e me hac'eis perder el tiempo? -exclam'o Roy Kerth-. No ten'eis ninguna informaci'on, ni pod'eis demostrar nada. Volved al trabajo y averiguadlo. Mostradme pruebas. Pero ?c'omo encuentra uno a un hacker? Pens'e que ser'ia cosa f'acil: esperar'iamos a que alguien utilizara las cuentas de Sventek e intentar'iamos localizar su procedencia. Pas'e el jueves observando a los que conectaban con nuestro ordenador. Hab'ia escrito un programa que hiciera sonar la alarma en mi terminal cada vez que alguien conectaba con el Unix. No pod'ia ver lo que hac'ia cada usuario, pero s'i su nombre. Aproximadamente cada dos minutos sonaba la alarma y comprobaba qui'en acababa de conectar. Algunos eran amigos m'ios, astr'onomos que preparaban art'iculos cient'ificos o estudiantes post licenciados que trabajaban en su tesis. Pero la mayor parte de las cuentas eran de desconocidos y me pregunt'e c'omo saber cu'al de ellos pod'ia ser un hacker. A las 12.33 del jueves por la tarde Sventek conect'o. Sent'i una explosi'on de adrenalina, seguida de una profunda decepci'on, cuando desconect'o en menos de un minuto. ?D'onde estaba? La 'unica huella que hab'ia dejado era la identificaci'on de su terminal: tt23. Sentado frente a una terminal, con los dedos sobre el teclado, alguien conectaba con nuestro laboratorio. Mi ordenador Unix le hab'ia asignado la direcci'on tt23. Algo era algo. El problema que se me planteaba ahora era el de averiguar qu'e cables f'isicos correspond'ian a la asignaci'on l'ogica tt23. Las terminales de nuestro laboratorio y los modems de las l'ineas telef'onicas reciben la asignaci'on <>, mientras que las conexiones por red se manifiestan como <>. Deduje que el intruso estaba en nuestro laboratorio o llamaba por tel'efono a trav'es de un modem. Durante unos segundos tuve la sensaci'on de que el intruso titubeaba. En teor'ia, es posible seguir la pista de ordenador a ser humano. Al otro extremo de la conexi'on debe haber alguien. Tardar'ia seis meses en seguir aquella pista, pero mi primer paso consisti'o en averiguar que la conexi'on se hac'ia desde el exterior de nuestro edificio. Sospechaba que alguien utilizaba un modem, conectado a la l'inea telef'onica, aunque tambi'en cab'ia la posibilidad de que se hiciera desde el interior del laboratorio. A lo largo de los a~nos se hab'ian conectado m'as de quinientas terminales y la 'unica persona que llevaba el control era Paul Murray. Con un poco de suerte, las conexiones de nuestro hardware casero estar'ian mejor documentadas que las del software de contabilidad. Paul es un reservado t'ecnico de hardware que se oculta entre montones de cable telef'onico. Le encontr'e tras unos cuadros electr'onicos conectando un detector de part'iculas a la red de conexiones del laboratorio. Los cables ethernet son tuber'ias electr'onicas que conectan centenares de peque~nos ordenadores. Varios kil'ometros de cables ethernet de color naranja serpenteaban por nuestro laboratorio y Paul los conoc'ia cent'imetro a cent'imetro. Despu'es de maldecirme por haberle sorprendido soldando un cable, se neg'o a facilitarme cualquier ayuda, antes de demostrarle que ten'ia una necesidad leg'itima de conocer la informaci'on que solicitaba. !Maldita sea! Los t'ecnicos de hardware desconocen los problemas de software y los expertos en software no saben nada de hardware. Muchos a~nos de radioaficionado me hab'ian permitido aprender a soldar, por lo que Paul y yo ten'iamos por lo menos algo en com'un. Cog'i su soldador de repuesto y, a rega~nadientes, acab'e por ganarme su respeto, despu'es de varios minutos quem'andome los dedos y forzando la vista. Por fin decidi'o salir del laberinto de mangueras, para mostrarme el cuadro de comunicaciones del laboratorio. En este cuarto lleno de cables, los tel'efonos, intercomunicadores, radios y ordenadores est'an interconectados por una mara~na de cables, hilos, fibras 'opticas, y paneles de conexi'on. El sospechoso tt23 entraba en esta sala y un ordenador secundario lo conectaba a una de las mil terminales posibles. A cualquiera que llamara a nuestro laboratorio se le asignaba al azar una terminal del Unix. La pr'oxima vez que detectara a un personaje sospechoso tendr'ia que ir corriendo a la sala de conexiones y localizar la conexi'on mediante el ordenador de la centralita. Si desaparec'ia antes de que pudiera localizarlo, tendr'ia que resignarme. Y aunque lo lograra, lo 'unico que sabr'ia ser'ia cu'ales eran los cables a trav'es de los que se introduc'ia en el laboratorio. Seguir'ia estando muy lejos del hacker. La suerte quiso, sin embargo, que la conexi'on del mediod'ia hubiera dejado ciertas huellas. Paul hab'ia estado recopilando datos estad'isticos sobre la cantidad de gente que utilizaba la sala de conexiones. Afortunadamente hab'ia grabado los n'umeros de terminal de cada una de las conexiones durante el 'ultimo mes. Puesto que sab'ia la hora de la conexi'on de Sventek en la terminal tt23, pod'iamos averiguar de d'onde proced'ia. En la impresi'on de la estad'istica aparec'ia una conexi'on de un minuto de 1200 baudios a las 12,33. ?1200 baudios? Esto era significativo. Los baudios miden la velocidad con que fluye la informaci'on por una l'inea determinada. Y 1200 baudios significaba 120 caracteres por segundo; es decir, unas cuantas p'aginas de texto por minuto. Los modems a trav'es de l'ineas telef'onicas funcionan a 1200 baudios. Cualquier empleado del laboratorio funcionar'ia a una velocidad muy superior, de 9600 o 19200 baudios. S'olo alguien que llamara a trav'es de un modem dejar'ia que su informaci'on goteara a 1200 baudios. Adem'as, el anonimato y la conveniencia de las l'ineas telef'onicas suponen un gran atractivo para los intrusos. De modo que las piezas empezaban a encajar. No pod'ia demostrar que tuvi'eramos un hacker en el sistema, pero alguien hab'ia llamado por tel'efono al laboratorio y utilizado la cuenta de Sventek. Aun as'i, la conexi'on de 1200 baudios estaba muy lejos de constituir una prueba de que hubiera penetrado un hacker en nuestro sistema. Con una investigaci'on incompleta, especialmente cuando no iba m'as all'a de mi propio edificio, nunca lograr'ia convencer a mi jefe de que algo, algo extra~no, estaba ocurriendo. Ten'ia que hallar alguna prueba irrefutable de la existencia del hacker. Pero ?c'omo? Roy Kerth me hab'ia mostrado los detectores de part'iculas de alta energ'ia conectados al Bevatron, que localizan miles de millones de interacciones subat'omicas, el 99,99 por ciento de las cuales son explicables seg'un las leyes de la f'isica. Explorando las huellas de cada una de las part'iculas, se llega a la conclusi'on de que 'estas se ajustan a la f'isica conocida y de que no queda nada por descubrir. O, por el contrario, uno puede desechar todas las interacciones explicables y preocuparse exclusivamente de aquellas que no satisfacen las normas establecidas. Los astr'onomos, primos lejanos de los f'isicos de alta energ'ia, siguen una norma parecida. La mayor parte de las estrellas son aburridas. El progreso tiene lugar estudiando las inusuales -quasars, pulsars, lentes gravitacionales- que no encajan en los modelos a los que estamos acostumbrados. Las estad'isticas de los cr'ateres de Mercurio revelan la frecuencia con que el planeta fue bombardeado. Sin embargo, el estudio de los pocos cr'ateres cortados por sierras y acantilados nos permite descubrir c'omo encogi'o el planeta al enfriarse durante sus primeros miles de millones de a~nos. De lo que se trata es de acumular nuevos datos y desechar lo previsible. Lo que queda supone un reto para nuestras teor'ias. Utilicemos ahora este punto de vista para observar a alguien que visita mi ordenador. En mi despacho tengo una terminal y puedo pedir otras dos prestadas. Supongamos que me dedico simplemente a observar el tr'afico de entrada en nuestro ordenador central. Hay aproximadamente quinientas l'ineas de entrada al sistema. La mayor parte funciona a 9600 baudios, que equivale a unas ciento cincuenta palabras por segundo. En el supuesto de que se utilicen la mitad de las l'ineas en un momento dado, tendr'ia que leer m'as de diez mil p'aginas por minuto. Evidente. Es imposible controlar este tipo de tr'afico desde mi terminal. Pero las l'ineas de alta velocidad son las del personal del laboratorio y ya hab'iamos localizado una conexi'on sospechosa en una l'inea de 1200 baudios. El n'umero de estas 'ultimas es inferior (no podemos permitirnos demasiadas l'ineas telef'onicas) y su velocidad m'as lenta. Cincuenta l'ineas a 1200 baudios podr'ian generar cien p'aginas por minuto, todav'ia demasiado r'apido para observarlo desde mi terminal. Puede que no fuera capaz de observar a cincuenta personas al mismo tiempo, pero podr'ia imprimir todas sus sesiones interactivas y leer el mont'on de documentos a m'i antojo. Algo impreso en papel constituir'ia una prueba irrefutable de la presencia de un intruso; si no encontr'abamos nada sospechoso, pod'iamos abandonar el proyecto. Grabar'ia todo lo que ocurriera durante cada conexi'on de 1200 baudios. Esto presentar'ia ciertas dificultades t'ecnicas, pero, puesto que no sab'ia por qu'e l'inea llamaba el hacker, tendr'ia que controlar cuatro docenas de l'ineas. M'as preocupante era el problema 'etico que supon'ia controlar nuestras comunicaciones. ?Ten'iamos derecho a observar el tr'afico que circulaba por nuestras l'ineas? Mi querida Martha estaba terminando su licenciatura de derecho. Mientras compart'iamos una pizza hablamos de las consecuencias de que alguien irrumpiera clandestinamente en un ordenador. Me preocupaba el l'io en el que pod'ia meterme por intervenir las l'ineas de entrada. -Esc'uchame -dijo, mientras se quemaba el paladar con la mozzarella vulcanizada-. T'u no eres el gobierno y, por consiguiente, no necesitas ning'un permiso judicial. En el peor de los casos se te podr'ia acusar de invadir la intimidad de un tercero. Adem'as, la gente que se comunica por tel'efono con un ordenador, probablemente no puede impedir al propietario del sistema que vigile. De modo que no veo por qu'e no puedes hacerlo. Con la conciencia tranquila, empec'e a construir un sistema de control. Ten'iamos cincuenta l'ineas de 1200 baudios y el hacker pod'ia utilizar una cualquiera de ellas. Tampoco dispon'ia de instrumentos dise~nados para controlar el tr'afico. Sin embargo existe una forma f'acil de grabar la actividad de un hacker. Basta con modificar el sistema operativo del Unix, de modo que cuando registre alguna conexi'on sospechosa el sistema grabe todos sus pasos. Esto era tentador, puesto que para ello s'olo ten'ia que agregar unas l'ineas de c'odigo a alguno de los demonios de Unix. Los demonios no son m'as que programas que trasladan la informaci'on del mundo exterior al sistema operativo: los ojos y o'idos del Unix. (Los demonios de la antigua Grecia eran divinidades inferiores, a mitad de camino entre los dioses y los hombres. En este sentido, mis demonios est'an a mitad de camino entre el todopoderoso sistema operativo y el mundo de los discos y terminales.) Pod'ia dividir en dos la salida de los demonios, como si se tratara de una conducci'on de agua, de modo que las operaciones del hacker pasaran simult'aneamente al sistema operativo y a una impresora. Las soluciones de programaci'on son simples y elegantes. -Si tocas los demonios -dijo Dave Cleveland-, lo haces por tu cuenta y riesgo. Sobre todo respeta sus necesidades cronom'etricas. -Oye, si metes la pata -me advirti'o Wayne-, trastornar'as con toda seguridad el sistema. Se convertir'a en una papilla y en modo alguno lograr'as controlar todo lo que ocurra. No me vengas llorando cuando en tu pantalla veas: "Panic kernel mode interrupt" -Si tu hacker tiene alguna experiencia con el Unix -agreg'o Dave-, no podr'a evitar darse cuenta del cambio en los demonios. Esto me convenci'o. Un operador inteligente se dar'ia cuenta de que hab'iamos modificado el sistema operativo. En el momento en que el hacker supiera que se le observaba, atacar'ia nuestras bases de datos y se escurrir'ia. Nuestra intervenci'on ten'ia que ser completamente indetectable, incluso para un omnipotente superusuario. Se precisaban controles silenciosos e invisibles para atrapar al hacker. Tal vez bastar'ia con magnet'ofonos en las l'ineas telef'onicas, pero no parec'ia lo adecuado, demasiado engorroso. Habr'ia que escuchar las cintas y no podr'iamos observar los pasos del hacker hasta mucho despu'es de que hubiera desconectado. Adem'as, ?de d'onde iba a sacar cincuenta magnet'ofonos? En realidad, el 'unico lugar que quedaba desde donde observar el tr'afico era entre los modems y los ordenadores. Los modems convert'ian el sonido telef'onico en pulsaciones electr'onicas, comprensibles para nuestros ordenadores y los demonios del sistemas operativo. Las l'ineas de dichos modems eran unos conductores planos de veinticinco cables que serpenteaban bajo la tarima de la sala de conexiones. Pod'ia conectarse un ordenador personal o una impresora a cada una de dichas l'ineas y grabar todos los pasos. ?Engorroso? Sin duda. ?Funcionar'ia? Tal vez. Lo 'unico que se necesitaba eran cincuenta teletipos, impresoras y ordenadores port'atiles. Fue f'acil conseguir los primeros, no hubo m'as que pedirlos en el mostrador de suministros. Davc, Wayne y los dem'as que formaban parte del grupo de los sistemas prestaron a rega~nadientes sus terminales port'atiles. Al final de la tarde del viernes hab'iamos conectado una docena de monitores en la sala de conexiones. Los otros treinta o cuarenta monitores aparecer'ian cuando todo el mundo abandonara el laboratorio. Fui de despacho en despacho, apropi'andome de los ordenadores personales de las mesas de las secretarias. El lunes se crear'ia una enorme confusi'on, pero era m'as f'acil pedir disculpas que solicitar permiso. Cubierto de cuatro docenas de teletipos en desuso y terminales port'atiles, el suelo parec'ia la pesadilla de un ingeniero de inform'atica. Me acost'e en medio de todos ellos, cuidando de los ordenadores e impresoras. Cada uno recog'ia datos de una l'inea distinta y, cuando alguien conectaba con nuestro sistema, me despertaba el tecleo de la impresi'on. Cada media hora, a alguno de los monitores se le acababa el papel o se quedaba sin espacio en disco y ten'ia que volver para recargarlo. -Bien, ?d'onde est'a tu hacker? -me pregunt'o Roy Kerth el s'abado por la ma~nana, sacudi'endome para despertarme. Todav'ia en mi saco de dormir, deb'ia de apestar como una cabra. Parpadeando adormecido, susurr'e algo sobre la necesidad de leer cincuenta montones de hojas. -Antes de empezar a examinar los impresos -refunfu~n'o-, devuelve esas impresoras. Has ido por ah'i como un maniaco secuestrando aparatos, utilizados por gente que trabaja. Has logrado enfurecer a una docena de astr'onomos. ?Has hecho t'u alg'un trabajo? No. ?Qu'e crees que es eso, tu letrina personal? Medio dormido, devolv'i cada una de las impresoras a sus leg'itimos due~nos. Las primeras cuarenta y nueve no mostraban nada de inter'es. De la quincuag'esima brotaban 26 metros de papel impreso. Durante la noche alguien se hab'ia colado por un agujero del sistema operativo. 4 Durante tres horas, un hacker hab'ia merodeado por mi sistema, leyendo todo lo que se le antojaba. Sin que 'el lo supiera, mi Decwriter de 1200 baudios hab'ia grabado su sesi'on, en 26 metros de papel inform'atico a un espacio. Ah'i estaban todas las 'ordenes que hab'ia dado, sus errores de mecanograf'ia y cada una de las respuestas del ordenador. La impresora demostraba que la llamada proced'ia de Tymnet. No me hab'ia dado cuenta antes, pero algunas de nuestras l'ineas de 1200 baudios no proced'ian de modems telef'onicos, sino de una empresa denominada Tymnet, que intercomunicaba ordenadores alrededor del mundo. En otra 'epoca el sistema Bell monopolizaba las comunicaciones. ATT era la 'unica forma de conectar Nueva York con Chicago. Con el uso de modems, el sistema telef'onico permit'ia la transmisi'on de datos, pero el ruido y el coste de las llamadas a larga distancia lo hac'ian inadecuado para los ordenadores. A fines de los a~nos setenta, unas pocas empresas decidieron arriesgarse a ofrecer servicios especializados, como los tel'efonos para datos. Tymnet cre'o una red para intercomunicar ordenadores en las ciudades principales. La idea de Tymnet era simple y elegante: la creaci'on de un eje de comunicaciones digitales, permitir que cualquiera se comunicara con dicho eje mediante una llamada urbana y entonces mandar la informaci'on a cualquier ordenador de la red. Tymnet comprim'ia la informaci'on de docenas de usuarios en un n'umero limitado de paquetes y los mandaba econ'omicamente a cualquier lugar del pa'is. El sistema estaba desprovisto de ruido y cada usuario pod'ia operar tan r'apido como quisiera. Los clientes ahorraban dinero porque pod'ian acceder a un ordenador lejano mediante una llamada urbana. A fin de satisfacer a los cient'ificos de todo el pa'is, el Lawrence Berkeley Laboratory se suscribi'o a Tymnet. Cuando un investigador de Stonybrook, Nueva York, deseaba conectar con nuestro ordenador, llamaba al n'umero de Tymnet en su ciudad. Cuando su modem estaba conectado a Tymnet, se limitaba a preguntar por nuestro laboratorio y operaba como si estuviera en Berkeley. A los f'isicos de lugares remotos les encantaba el servicio y a nosotros nos parec'ia muy bien que gastaran el dinero de su investigaci'on en nuestros ordenadores, en lugar de hacerlo en sus propios aparatos. Ten'iamos un intruso que utilizaba la l'inea de Tymnet. Puesto que la red de Tymnet cubr'ia todo el pa'is, nuestro hacker pod'ia estar en cualquier lugar. Sin embargo lo que me fascinaba en aquel momento no era su lugar de procedencia, sino lo que hab'ia hecho en tres horas. Mi intuici'on no me hab'ia traicionado: utilizaba la cuenta de Sventek para irrumpir en nuestro ordenador Unix. No se trataba de una simple irrupci'on: el hacker era un superusuario. Se hab'ia colado por un agujero de nuestro sistema, para convertirse en superusuario, sin siquiera conectar con la cuenta del usuario root. Su conducta era como la de un cuco. El cuco pone los huevos en los nidos de otros p'ajaros. Se reproduce por sistema parasitario: otro p'ajaro incuba sus huevos y cuida de sus peque~nos. La supervivencia de los peque~nos cucos depende de la ignorancia de otras especies. Nuestro misterioso visitante hab'ia puesto un programa/huevo en nuestro ordenador, y hab'ia dejado que 'este lo incubara y le otorgara privilegios. Aquella ma~nana, el hacker hab'ia escrito un breve programa para otorgarse privilegios. Normalmente, el Unix no aceptar'ia un programa semejante, ya que nunca otorga mayores privilegios que los asignados a cada usuario. Pero al introducirlo desde una cuenta privilegiada, le convert'ia a 'el en privilegiado. Su problema consist'ia en disimular dicho programa especial -el huevo del cuco- a fin de que el sistema lo incubara. Cada cinco minutos, el sistema Unix ejecuta su propio programa denominado atrun. Atrun asigna a su vez otras misiones y realiza tareas rutinarias de limpieza. Opera en modo privilegiado, con toda la potencia y confianza del sistema operativo. En el caso de sustituirlo por un atrun falso, se ejecutar'ia en el plazo de cinco minutos, con plenos privilegios en el sistema. 'Esta es la raz'on por la que atrun se encuentra en una zona protegida del sistema, a la que s'olo tiene acceso el administrador del mismo. Nadie salvo el administrador tiene permiso para manipular el atrun. Ah'i se encontraba el nido del cuco: durante cinco minutos cambiar'ia su huevo por el programa atrun del sistema. Para ello necesitaba encontrar la forma de introducir su programa/huevo en el nido protegido de los sistemas. Las barreras del sistema operativo est'an construidas especialmente para impedirlo. En condiciones normales, los programas de copia no pueden cruzarlas; no aceptan la orden: <>. Pero hab'ia un cabo suelto que nos hab'ia pasado por alto. Richard Stallman, programador aut'onomo, proclamaba a los cuatro vientos que la informaci'on deber'ia ser libre. Sus programas, que regala gratuitamente, son de una concepci'on brillante, elegantes y atractivos. A lo largo de la 'ultima d'ecada, Stallman cre'o un potente programa de edici'on llamado Gnu-Emacs. Pero Gnu-Emacs es mucho m'as que un simple editor de textos. Es f'acil adaptarlo a las preferencias personales de cada uno. Constituye los cimientos sobre los que pueden construirse otros programas. Incluso lleva incorporado su propio servicio de mensajer'ia. Naturalmente, nuestros f'isicos exig'ian Gnu y, con la esperanza de vender un mayor n'umero de ciclos inform'aticos, no tuvimos ning'un inconveniente en instalarlo. El 'unico problema era un bug en el software. Tal como hab'ia sido instalado en nuestro ordenador Unix, el editor Gnu-Emacs nos permite trasladar un archivo desde su propio directorio al de cualquier otro de un modo inusual. No comprueba qui'en lo recibe, ni siquiera si lo desea. Se limita a cambiar el t'itulo y propiedad del archivo en cuesti'on. As'i se transfiere la propiedad de un archivo de uno a otro. No supone ning'un problema que uno le mande un archivo a otro, siempre y cuando no pueda introducirlo en la zona protegida del sistema, donde s'olo se permite la entrada al administrador del mismo. El software de Stallman deber'ia haberlo tenido en cuenta. Pero Gnu no lo comprobaba. Permit'ia que cualquiera introdujera un archivo en los espacios protegidos del sistema. El hacker lo sab'ia, pero nosotros no. El hacker hab'ia utilizado Gnu para reemplazar la versi'on leg'itima del sistema por su propio archivo especial atrun. Al cabo de cinco minutos el sistema hab'ia incubado el huevo y ten'ia en sus manos las llaves del ordenador. Hab'ia utilizado dicha t'ecnica para enga~nar al ordenador y conseguir que le otorgara poder. Donde el ordenador esperaba encontrar el programa leg'itimo hab'ia introducido el falso. En el momento en que el Unix ejecut'o el atrun falsificado, se convirti'o en superusuario. La operaci'on depend'ia plenamente de su capacidad para trasladar un archivo donde se le antojara. Gnu era el agujero en nuestro sistema de seguridad. Un bug sutil en una secci'on rec'ondita de un programa popular. Instalado a ciegas por nuestros programadores de sistemas, a nadie se le hab'ia ocurrido que pudiera destruir por completo nuestro sistema de seguridad. Ahora lo comprend'ia. Nuestro amigo se hab'ia introducido en una cuenta de invitado, adquirido privilegios gracias al agujero del Gnu y a continuaci'on agregado una nueva cuenta al archivo del ordenador. En las primeras hojas impresas que ten'ia ante m'i se ve'ia c'omo el cuco preparaba el nido, pon'ia el huevo y esperaba a que incubara. A lo largo de los pr'oximos 20 metros de papel, el joven cuco pon'ia a prueba sus alas. En su calidad de superusuario, nuestro sistema estaba en sus manos. Lo primero que hizo fue eliminar sus huellas: volvi'o a conectar la copia leg'itima de atrun donde correspond'ia. A continuaci'on hizo un listado de la correspondencia electr'onica de todos nuestros usuarios, noticias, rumores y cartas de amor. Se enter'o de los cambios de equipo del mes pasado, las propuestas de subvenci'on, y las nuevas contrataciones. Busc'o cambios en los archivos de los gestores de sistema y descubri'o que yo acababa de ocupar el cargo. Revis'o mi salario y mi curr'iculo. Y lo m'as preocupante: comprendi'o que yo era administrador de sistema y descubri'o el nombre de mi cuenta. ?Por qu'e yo? ?Qu'e ten'ia de particular lo que hac'ia? En todo caso, de ahora en adelante, ser'ia preferible que utilizara otro nombre. Cada diez minutos, el hacker utilizaba la orden <>^4, para obtener un listado de todos los que estuvieran conectados con el ordenador. Al parecer le preocupaba que alguien fuera consciente de su presencia o le estuviera observando. M'as adelante examin'o el sistema operativo en busca de cambios; de haber modificado los demonios para grabar su sesi'on, como me lo propon'ia al principio, con toda segundad lo habr'ia descubierto. Me sent'ia como un chiquillo jugando al escondite, cuando el que busca pasa a pocos cent'imetros del lugar donde est'a uno oculto. Durante la primera hora, escribi'o un programa que inspeccionaba todos los mensajes electr'onicos en busca de cualquier menci'on referente a su actividad. Buscaba las palabras <> y <>. Un cient'ifico hab'ia iniciado un programa que recog'ia datos de un experimento durante el fin de semana. Con el t'itulo de <>, dicho programa se limitaba a recoger inocentemente informaci'on cada pocos minutos y grabarlo en un archivo. El hacker lo descubri'o, pas'o diez minutos intentando dilucidar lo que hac'ia y lo elimin'o. Admirable precauci'on la suya, mirando cada pocos minutos por encima del hombro, para comprobar que nadie le observaba y destruyendo cualquier programa que, a su entender, pudiera controlarlo. Examin'o la correspondencia para ver si alguien hab'ia dicho algo sobre hackers. Wayne ten'ia raz'on: de haberme mantenido al descubierto, habr'ia detectado mi presencia. De ahora en adelante tendr'iamos que ser precavidos e invisibles. Cuando no miraba por encima del hombro, el hacker le'ia archivos. Despu'es de estudiar las 'ordenes e instrucciones de varios cient'ificos, averigu'o c'omo introducirse en los ordenadores del laboratorio. Cada noche nuestros ordenadores llaman autom'aticamente a otros veinte ordenadores, para intercambiar correspondencia y noticias de la red. Cuando el hacker ley'o dichos n'umeros de tel'efono, descubri'o veinte nuevos objetivos. Del fichero de correspondencia de un ingeniero: ^Hola, Ed: Estar'e de vacaciones las dos pr'oximas semanas. Si necesitas cualquier informaci'on, conecta con mi cuenta en el ordenador Vax. El nombre de la cuenta es Wilson y la contrase~na <> (el nombre de mi esposa). !Divi'ertete! El hacker se divirti'o, aunque Ed no lo hiciera. Conect'o con el Vax a trav'es de nuestra red local y no tuvo dificultad alguna en introducirse en la cuenta de Wilson. 'Este no se enterar'ia de que el hacker le'ia sus archivos, ni probablemente tampoco le importar'ia. Estaban repletas de datos num'ericos, carentes de significado para cualquiera que no fuese f'isico nuclear. Nuestro visitante estaba familiarizado con la red interna de nuestro laboratorio. Nuestros doce grandes ordenadores estaban conectados a un centenar de ordenadores del laboratorio mediante cables ethernet, l'ineas serie y chicle. Cuando los f'isicos deseaban trasladar informaci'on del ordenador del ciclotr'on a nuestro gran ordenador, lo menos que les importaba era la elegancia. Se serv'ian de cualquier terminal, cualquier l'inea, cualquier red. A lo largo de los a~nos los t'ecnicos hab'ian construido una red de cables alrededor del laboratorio, interconectando la mayor parte de los ordenadores con cualquier cosa que pareciera funcionar. Esta red local se extend'ia a todos los despachos, conectando PCs, Macintoshes y terminales a los ordenadores centrales. A menudo estos ordenadores de la red interior estaban organizados para confiar entre ellos. Si un usuario merec'ia la confianza de uno, tambi'en sol'ia merecer la de otro. Con esto se ahorraba un poco de tiempo: bastaba a los usuarios una palabra clave para usar varios ordenadores. El hacker se aprovech'o de dicha confianza para introducirse en media docena de ordenadores. Como superusuario de nuestro Unix principal, disimul'o su presencia ocult'andose tras el nombre de alg'un otro usuario. Entonces llamaba a la puerta de otro aparato de la red y se le permit'ia entrar sin requisito alguno. Nuestro visitante no pod'ia saber para qu'e se utilizaban dichos sistemas, pero deambul'o por la red en busca de conexiones a ordenadores inexplorados. Hacia el final de la sesi'on, la cinta de la impresora se hab'ia quedado sin tinta. Pasando suavemente un l'apiz sobre el papel, logr'e discernir a duras penas las marcas de la cabeza de impresi'on: antes de desconectar, el hacker hab'ia copiado nuestro fichero de contrase~nas. La nota de un bajo de guitarra alej'o mi atenci'on de la pista del hacker. Los Grateful Dead tocaban al aire libre en el Berkeley Greek Theatre, a cien metros escasos del laboratorio. La polic'ia no hab'ia podido evitar que la gente se instalara en la colina desde la que se ve'ia el concierto y decid'i unirme al millar de personas con camisetas psicod'elicas. Agotados vendedores ambulantes, reminiscentes de los sesenta, deambulaban entre el p'ublico pidiendo entradas y vendiendo carteles, hierba y alucin'ogenos. El solo de la segunda bater'ia retumb'o desde Strawberry Canyon, agregando un curioso contrapunto apreciado s'olo por los goliardos desparramados por el prado. La vida era bella: ning'un hacker era tan importante como para perderse un concierto de los Dead. 5 El lunes por la ma~nana cumpl'i dos semanas en mi nuevo empleo. Era un aprendiz inform'atico, rodeado de expertos con demasiadas horas de trabajo y sin saber con exactitud cu'al era mi misi'on, me sent'ia un tanto inseguro. Algo divertido saldr'ia, pero entretanto lo mejor que pod'ia hacer era acabar con el proyecto del hacker. Al igual que cualquier f'isico novato del laboratorio, redact'e un informe sobre la actividad del fin de semana. No pensaba utilizarlo para nada, pero me brind'o la oportunidad de practicar con el procesador de textos en mi Macintosh. La norma fundamental del astr'onomo: si no hay constancia por escrito, no ha ocurrido. Entregu'e los resultados al equipo con la esperanza de que nadie se diera cuenta de que hab'ia dormido en la sala de conexiones. Cuando lleg'o el jefe, quiso verme inmediatamente. Sospechaba que estar'ia furioso por haberme apropiado de tantas terminales. En el equipo de inform'atica se nos permit'ia cierta libertad de movimiento, pero se supon'ia que no deb'iamos apropiarnos de un mont'on de aparatos del laboratorio sin pedir permiso a nadie. Sin embargo, Roy no mencion'o nada relacionado con las terminales. Quer'ia informaci'on sobre el hacker. -?Cu'ando apareci'o? -A partir de las cinco de la madrugada del domingo, durante tres horas. -?Borr'o alg'un archivo? -Destruy'o un programa que crey'o que le controlaba. -?Corremos peligro? -Es un superusuario. Puede eliminar completamente todos nuestros ficheros. -?Podemos cortarle el paso? -Probablemente. Hemos descubierto un agujero, bastar'ia con un peque~no remiendo. -?Crees que esto le detendr'a? Intu'ia la l'inea de su pensamiento. No era cerrarle la puerta en las narices lo que a Roy le preocupaba. Sab'ia que pod'iamos desactivar f'acilmente la cuenta robada de Sventck. Y ahora que lo comprend'iamos, tampoco era dif'icil tapar el agujero del Gnu-Emacs; bastaba con agregar un par de l'ineas de c'odigo que verificaran el 'indice del objetivo. ?Nos conven'ia m'as cerrar las puertas o dejarlas abiertas? Lo m'as evidente parec'ia cerrarlas. Sab'iamos c'omo hab'ia entrado aquel hacker en nuestro sistema y c'omo expulsarlo. Pero ?qu'e otros perjuicios pod'ia haber causado? ?Qu'e otros regalos nos habr'ia dejado el misterioso visitante? ?A cu'antas otras cuentas hab'ia accedido? ?En cu'antos otros ordenadores se hab'ia introducido? Ah'i estaba el problema. La impresi'on demostraba que el hacker era un competente programador, capaz de aprovecharse de bugs inauditos totalmente desconocidos para nosotros. ?Qu'e m'as habr'ia hecho? Un superusuario puede modificar cualquier archivo del sistema. ?Habr'ia alterado el hacker alg'un programa del sistema para dejar abierta alguna puerta trasera? ?Habr'ia modificado nuestro sistema para que reconociera alguna palabra m'agica? ?Habr'ia introducido alg'un virus inform'atico? En los ordenadores personales, los virus se reproducen al copiarse en otros programas. Cuando uno entrega a otro un programa infectado, el virus se traslada a los dem'as programas, esparci'endose de disco en disco. Si se trata de un virus benigno, ser'a dif'icil de detectar y probablemente no cause grandes desperfectos. Pero es f'acil construir virus malignos que se reproduzcan por s'i solos y a continuaci'on borren los archivos de datos. Tambi'en es f'acil crear un virus que permanezca aletargado durante varios meses y se active en alg'un momento futuro. Los virus son los seres que pueblan las pesadillas de los programadores. En su calidad de superusuario, el hacker pod'ia infectar nuestro sistema de tal modo que ser'ia casi imposible erradicar. Su virus podr'ia introducirse en el software de los sistemas y ocultarse en lugares rec'onditos del ordenador. Al copiarse de programa en programa, frustrar'ia nuestros esfuerzos por eliminarlo. A diferencia de un ordenador personal, en el que se puede reconstruir por completo el sistema operativo, nosotros hab'iamos introducido amplias modificaciones en el nuestro. No pod'iamos acudir al fabricante y pedirle una nueva copia del mismo. Una vez infectado, s'olo lograr'iamos reconstruirlo a partir de cintas magn'eticas duplicadas. Pero si hac'ia m'as de seis meses que hab'ia introducido el virus, nuestras cintas tambi'en estar'ian contaminadas. Puede que hubiera colocado una bomba l'ogica: un programa dise~nado para estallar en alg'un momento futuro. O tal vez ese intruso se hab'ia limitado a husmear nuestros archivos, destruir un par de proyectos y alterar la contabilidad. Pero ?c'omo saber que no hab'ia hecho algo mucho peor? Durante una semana nuestro ordenador hab'ia estado completamente a su disposici'on. ?Pod'iamos estar seguros de que no hab'ia alterado nuestras bases de datos? ?Pod'iamos confiar, de ahora en adelante, en nuestros programas y en nuestros datos? No. Intentar cerrarle las puertas no servir'ia de nada, puesto que encontrar'ia otra forma de entrar. Necesit'abamos averiguar lo que hab'ia hecho y lo que estaba haciendo. Y m'as que nada necesit'abamos saber qui'en hab'ia al otro lado de la l'inea. -Tiene que tratarse de alg'un estudiante del campus de Berkeley -dije a Roy-. Son aut'enticos genios del Unix y nos consideran unos zoquetes. -No estoy tan seguro -respondi'o Roy, acomod'andose en su silla-. Si se tratara de alguien de Berkeley, ?por qu'e llamar'ia a trav'es de Tymnet, cuando le bastar'ia con una llamada urbana para conectar directamente con nuestro sistema? -Puede que lo de Tymnet s'olo sea para confundirnos -repliqu'e-. Un lugar donde esconderse. Si llamara directamente al laboratorio, le localizar'iamos. Sin embargo ahora tenemos que localizar Tymnet y la llamada telef'onica. A pesar de mi gesticulaci'on, no logr'e convencer a mi jefe. Puede que debido a su experiencia cient'ifica, o quiz'a a su cinismo, Roy prefer'ia no formarse ning'un prejuicio: no se tratar'a de un estudiante hasta que le hayamos descubierto. Sin duda la actividad del fin de semana demostraba que se trataba de un buen programador, pero pod'iamos estar observando a un inform'atico competente de cualquier lugar del mundo. Para descubrir al individuo era preciso localizar las l'ineas telef'onicas. El coste de pruebas irrefutables era trabajar duro. Ante el rastro de nuestro visitante misterioso, Roy s'olo ve'ia huellas. Yo ve'ia a un intruso. Roy decidi'o no decidir. -Cerremos todas las conexiones de la red durante un d'ia. Ma~nana por la ma~nana hablar'e con el director del laboratorio y tomaremos una decisi'on. Pod'iamos retrasarlo, pero tarde o temprano tendr'iamos que empezar la tarea de localizar al hacker, o cerrarle las puertas. ?Me apetec'ia perseguir a alguien por la ciudad? Ser'ia distinto de la inform'atica cient'ifica. No ten'ia nada que ver con la astronom'ia ni con la f'isica. Y recordaba m'as bien al juego de polic'ias y ladrones, o el del escondite. Sin embargo, en su lado positivo, aprender'ia a intervenir tel'efonos y redes inform'aticas. Lo m'as emocionante era imaginar la expresi'on en el rostro de alg'un adolescente cuando irrumpi'eramos en la habitaci'on de su residencia estudiantil chillando: - !No te muevas! !Deja caer el teclado! El martes por la tarde me llam'o Roy. -El director dice que esto es terrorismo electr'onico. Que utilicemos todos los recursos necesarios para atrapar a ese cabr'on. C'ogete todo el tiempo que necesites. Tres semanas, si es necesario. !Atr'apale! Si lo que deseaba era atrapar al hacker, contaba con el apoyo de la direcci'on. 6 Regres'e a mi casa en bicicleta, pensando en diversas estratagemas para cazar al hacker. Sin embargo, al acercarme a mi casa, la idea que empez'o a ocupar mi mente fue la de la cena. Era maravilloso tener a alguien con quien compartir el hogar. Ahora hac'ia varios a~nos que Martha Matthews y yo viv'iamos juntos, y hac'ia casi diez a~nos que nos conoc'iamos. Hab'iamos llegado a conocernos tan a fondo, que me resultaba dif'icil recordar la 'epoca en que no la conoc'ia. Mis viejos amigos sacud'ian la cabeza. Nunca me hab'ian visto tanto tiempo con una misma mujer. Sol'ia enamorarme, pasar un par de a~nos con alguien, pero acab'abamos por cansarnos el uno del otro y seguir cada uno nuestro camino. Todav'ia conservaba la amistad de varias ex amantes, pero nuestros idilios no eran nunca duraderos. Siempre hab'ia sido c'inico y sarc'astico, procurando no intimar nunca excesivamente con nadie. Pero la vida con Martha parec'ia diferente. A lo largo del tiempo, lentamente, las barreras hab'ian ido derrib'andose una tras otra. Ella insist'ia en que habl'aramos de nuestras diferencias, exig'ia que le explicara las razones de mi genio y estados de 'animo, y que pens'aramos en la forma de compaginar mejor. A veces era insoportable -detestaba charlar cuando estaba furioso-, pero sol'ia funcionar. Descubr'i que sent'ia instintos hogare~nos. Una tarde perfecta consist'ia en quedarme en casa, instalando un interruptor, plantando bulbos o soldando el marco de una cristalera. Pasamos muchas noches tranquilas, cosiendo, leyendo o jugando al <>. Comenc'e a sentirme... ?Casado? ?Qui'en, yo? No. Definitivamente, no. El matrimonio era embrutecedor, una trampa para la gente convencional. Casarse creaba la expectativa de ser siempre igual, de no cambiar nunca, de no hacer jam'as nada nuevo. Habr'ia peleas y uno no podr'ia marcharse, acabar'ia por cansarse de la misma persona d'ia y noche. Limitador, mon'otono, artificial y convencional. Vivir juntos era otra cosa. Ambos 'eramos libres. Opt'abamos libremente por compartir nuestras vidas d'ia a d'ia, y tanto ella como yo pod'iamos marcharnos si nuestra relaci'on dejaba de ser satisfactoria. As'i era mejor y Martha parec'ia contenta. Maravilloso. Pero me preguntaba si seguir'ia tan alegre en el caso de que pasara las pr'oximas semanas durmiendo en el laboratorio. Tres semanas para capturar a un hacker. ?Cu'anto tardar'ia? Tal vez un par de d'ias para organizar el seguimiento, unos d'ias m'as para localizarle en las redes de comunicaciones y finalmente atraparle. Probablemente necesitar'iamos la cooperaci'on de la polic'ia y para ello habr'ia que agregar un par de d'ias m'as. Pod'iamos solucionarlo en un par de semanas y entonces volver'ia a dirigir un ordenador y, tal vez, a practicar un poco de astronom'ia. Ten'iamos que confeccionar una red lo suficientemente fina para atrapar al hacker, pero lo bastante gruesa para que nuestros cient'ificos pudieran cruzarla. Tendr'ia que detectar al hacker en el momento en que conectara y llamar a los t'ecnicos de Tymnet para localizar la llamada. Detectar al hacker ser'ia f'acil; s'olo ten'ia que quedarme en mi despacho con un par de terminales. Una para trabajar y otra para observar el sistema. Cada vez que alguien conectara con nuestro ordenador, dos pitidos me avisar'ian para que investigara al nuevo usuario. En el momento en que apareciera alg'un desconocido, ir'ia corriendo a la sala de conexiones para ver lo que hac'ia. En teor'ia, perfecto; en la pr'actica, imposible. Entre mil usuarios, conoc'ia a unos veinte. ?Y los novecientos ochenta restantes? Tendr'ia que investigarlos a todos. De modo que cada dos minutos saldr'ia corriendo por el pasillo creyendo haber cazado a alguien. Adem'as, puesto que desde mi casa no oir'ia la se~nal, tendr'ia que olvidarme de Martha y dormir en el despacho. La alfombra ol'ia tan mal como los asientos de los autobuses urbanos, y cada vez que o'ia el pitido de la terminal, al incorporarme, me golpeaba la cabeza en el caj'on inferior. Despu'es de un par de noches de porrazos en la frente, decid'i que deb'ia de haber otro sistema m'as pr'actico. Si supiera los nombres de las cuentas apropiadas, ser'ia f'acil elaborar un programa para observar al intruso cuando apareciera. No ser'ia necesario investigar a todas las personas que usaran el ordenador: bastar'ia con que sonara la alarma cuando se utilizara una de las cuentas apropiadas. Pero tambi'en recordaba lo que Wayne Graves me hab'ia advertido: era preciso permanecer invisible. Esto significaba no alterar el funcionamiento del ordenador principal. Pero pod'ia vigilar desde otro ordenador. Acab'abamos de instalar un nuevo ordenador, nuestro sistema Unix-8, que nadie hab'ia utilizado todav'ia y, por consiguiente, puede que no fuera seguro, pero sin duda no estaba contaminado. Pod'ia conectarlo a nuestra red local, protegerlo contra cualquier tipo de ataque y utilizarlo para vigilar los ordenadores Unix-4 y Unix-5. Proteger'ia mi castillo Unix-8 con un foso unidireccional. Permitir'ia que la informaci'on entrara, pero no que saliera. Dave Cleveland, muy emocionado ante la perspectiva de capturar a un hacker, me indic'o sonriente c'omo preparar el Unix-8 para evitar toda posibilidad de introducci'on en el mismo, permitiendo al mismo tiempo que controlara los dem'as Unix para detectar la presencia de alg'un intruso. El programa no era dif'icil: constaba tan s'olo de unas docenas de l'ineas de c'odigo que lo proteg'ian de los dem'as ordenadores del laboratorio. En honor a una antigua tradici'on, los astr'onomos programamos en Fortran y no me sorprendi'o que Dave me echara una mala mirada por utilizar un lenguaje tan anticuado. Me ret'o a programar en el lenguaje C y, en pocos minutos, resumi'o el programa a veinte l'ineas de c'odigo muy condensado. Pusimos el programa de vigilancia de Dave en funcionamiento en el ordenador Unix-8. A cualquiera que se interesara por su categor'ia se le invitaba a introducir sus datos, pero no pod'ia conectar con el mismo, porque el ordenador rechazaba a todo el mundo, excepto a Dave y a m'i. El hacker no tendr'ia por qu'e sospechar, ya que el ordenador no parec'ia estar conectado. Desde su privilegiada perspectiva, la red de mensajer'ia preguntaba a los dem'as ordenadores Unix qui'en estaba conectado al sistema y, una vez por minuto, el programa del Unix-8 analizaba los informes en busca del nombre de Sventek. Cuando 'este apareciera, sonar'ia la alarma de mi terminal y habr'ia llegado el momento de entrar en acci'on. Pero no bastar'ia con la alarma para capturar al hacker. Ser'ia preciso seguirle la pista a trav'es de nuestro sistema hasta llegar a su madriguera. Y a fin de protegernos, necesit'abamos saber lo que estaba haciendo. No ten'ia posibilidad alguna de apropiarme de nuevo de cincuenta impresoras, por lo que deb'ia limitarme a observar las l'ineas que probablemente utilizar'ia. El s'abado por la ma~nana se hab'ia introducido en el sistema mediante una de nuestras cuatro l'ineas de Tymnet, y 'este parec'ia un lugar adecuado por d'onde empezar. No pod'ia comprar, robar, ni alquilar cuatro impresoras durante varias semanas, por lo que tuve que recurrir a la mendicidad. Un catedr'atico de f'isica me dio una vieja Decwriter escacharrada, encantado de que alguien le sacara aquel trasto de diez a~nos de antig"uedad de las manos. Una secretaria me hizo donaci'on de un IBM PC de repuesto a cambio de que le ense~nara a utilizar los programas de hojas de c'alculo. Entre pasteles, halagos y connivencia consegu'i otras dos impresoras arcaicas. La operaci'on estaba de nuevo en marcha y grababa la totalidad de nuestro tr'afico con Tymnet. El mi'ercoles por la tarde hac'ia una semana que hab'iamos detectado por primera vez al hacker. Hac'ia sol en Berkeley, a pesar de que apenas lograba ver las ventanas a trav'es del laberinto de cub'iculos. El programa de vigilancia de Dave estaba alerta, las impresoras grababan todas y cada una de las pulsaciones, y yo divagaba pensando en las emisiones infrarrojas del conjunto estelar de Pl'eyades, cuando de pronto mi terminal emiti'o dos pitidos: acababa de activarse la cuenta de Sventek. Mi cuerpo se llenaba de adrenalina mientras corr'ia hacia la sala de conexiones; la parte superior del papel indicaba que el hacker hab'ia conectado a las 02:26 y permanec'ia activo. Letra por letra, la impresora grababa cada una de sus pulsaciones. Conectado al ordenador Unix-4 con el nombre de Sventek, lo primero que hizo fue obtener un listado de todo el mundo que estuviera conectado al sistema. Por fortuna s'olo apareci'o el grupo habitual de f'isicos y astr'onomos, mientras mi programa de vigilancia permanec'ia perfectamente oculto en el ordenador Unix-8. <>, pens'e. Lo siento, s'olo los astrof'isicos de costumbre -le susurr'e a mi terminal. No obstante examin'o todos los procesos que se estaban realizando. La orden <> del Unix muestra el estado de otros procesos. Por regla general, suelo dar la orden <>, cuyas tres ultimas letras ordenan al n'ucleo Unix que indique el estado de cada uno. Sin embargo, el intruso dio la orden <>. Extra~no. Nunca hab'ia visto a nadie utilizar el distintivo <>. No es que le sirviera de mucho: s'olo descubri'o unos cuantos programas de an'alisis cient'ifico, un programa absurdo de procesamiento de textos y... la conexi'on de la red al sistema Unix-8. Hab'ia tardado tres minutos en descubrir el ordenador Unix-8, vagamente conectado al sistema Unix-4. Pero ?lograr'ia entrar en el mismo? Lo intent'o media docena de veces con la orden rlogin, llamando a la puerta del Unix-8 con el nombre y palabra clave de Sventek. No lo consigui'o. Dave hab'ia dejado la puerta bien atrancada. Al parecer satisfecho de que nadie le observaba, orden'o un listado de las contrase~nas del sistema. No hab'ia gran cosa para ver; todas las contrase~nas se codifican y archivan. Una contrase~na codificada parece un galimat'ias; sin soluci'on y con una codificaci'on extraordinariamente compleja, la lista de contrase~nas no era m'as que un sue~no para el hacker. No se convirti'o en superusuario, pero en su lugar comprob'o que el archivo de Gnu-Emacs no hubiera sido modificado. Esto disip'o cualquier duda de que pudiera tratarse de otro hacker, ya que a nadie se le ocurrir'ia verificar la misma brecha en nuestro sistema de seguridad. A las 02:37, once minutos despu'es de haber conectado, desconect'o inesperadamente del ordenador Unix-4. Pero no antes de que hubi'eramos comenzado a seguirle la pista. !Tymnet! Hab'ia olvidado advertir a su centro de operaciones que tendr'ian que localizar ciertas conexiones. Ni siquiera les hab'ia preguntado si pod'ian localizar llamadas dentro de su propia red. Ahora, al ver en la impresora cada una de las teclas que el hacker pulsaba, dispon'iamos de pocos minutos para localizarle. Ron Vivier es el encargado de localizar las llamadas de Tymnet en el interior de Estados Unidos. Mientras hablaba con 'el por tel'efono, le o'ia pulsar las teclas de su terminal. Con la voz entrecortada, me pregunt'o por la direcci'on de nuestro n'odulo. Por lo menos ten'ia esto a mano. En un par de minutos, Ron hab'ia localizado la conexi'on desde la entrada de la red Tymnet al laboratorio, a la oficina de Tymnet en Oakland, desde donde alguien hab'ia llamado por tel'efono. Seg'un Ron, el hacker hab'ia llamado al modem de Tymnet en Oakland, a s'olo cinco kil'ometros del laboratorio. Es m'as f'acil llamar directamente a nuestro laboratorio de Berkeley que pasar por la oficina de Tymnet en Oakland. ?Por qu'e pasar por Tymnet cuando pod'ia haber llamado directamente a nuestro sistema? Llamando directamente se habr'ia ahorrado las conexiones intermedias de Tymnet y la fiabilidad de la l'inea habr'ia sido ligeramente superior. Sin embargo, llamando v'ia Tymnet, dificultaba un poco m'as la localizaci'on. El hacker hab'ia llamado al n'umero de acceso de Tymnet en nuestra zona, en lugar de hacerlo directamente al laboratorio. Era como coger un expreso interestatal para ir a la vuelta de la esquina. Quienquiera que estuviese al otro extremo de la l'inea sab'ia c'omo ocultarse. Ron Vivier dijo que lo lamentaba; lo que yo buscaba no era un n'umero de tel'efono de Tymnet, sino a una persona. En todo caso, est'abamos en camino, aunque 'este fuera accidentado. De alg'un modo tendr'iamos que localizar la llamada, pero para esto hac'ia falta una orden judicial. !Maldita sea! Cuando el hacker desconect'o, levant'e la mirada. Como si de un sabueso se tratara, Roy Kerth se hab'ia enterado de la noticia y apareci'o en la sala de conexiones. Tambi'en lo hicieron Dave y Wayne. -Ha llamado a Tymnet en Oakland -les dije cuando colg'o Ron-. Debe de ser de por aqu'i. Si viviera en Peoria, se ahorrar'ia dinero llamando al modem de Tymnet en su zona. -S'i, puede que est'es en lo cierto -dijo Roy, a quien no le atra'ia la perspectiva de perder una apuesta. -Lo que me intriga es su orden <> -agreg'o Dave, que no pensaba en localizar la llamada-. No s'e por qu'e, pero me huele mal. Tal vez sea pura paranoia, pero estoy seguro de haber visto antes esa combinaci'on. -!Al cuerno con el Unix! Nos lo merecemos por tener un sistema operativo tan defectuoso -observ'o Wayne, aprovechando para pinchar a Dave-. En todo caso, el fichero de contrase~nas no le ha servido de gran cosa, ?no os parece? -A no ser que disponga de un superordenador. Es lo que necesitar'ia para descifrar el c'odigo. El Unix no es como el VMS, pues sus sistemas de codificaci'on son los m'as perfectos que existen -replic'o Dave. Roy conoc'ia ya aquella melod'ia y se consideraba por encima de la guerra de sistemas operativos. -Vas a tener que localizar algunas llamadas, Cliff. No me gust'o que me cargara el mochuelo, pero efectivamente ten'ia raz'on. -?Se le ocurre por d'onde empezar? -Deja que caminen tus dedos. 7 Al d'ia siguiente de haber observado c'omo se introduc'ia el hacker en nuestro ordenador, el jefe se reuni'o por la ma~nana con Aletha Owens, abogada del laboratorio. A Aletha no le importaban los ordenadores, pero husmeaba problemas en el horizonte. No perdi'o tiempo alguno en llamar al FBI. En nuestra oficina local del FBI no se inmutaron. -?Nos llam'ais porque hab'eis perdido setenta y cinco centavos con el ordenador? -pregunt'o con incredulidad Fred Wyniken, agente especial de la agencia de Oakland. Aletha intent'o hablarle de la protecci'on de datos y del valor de nuestra informaci'on. -Esc'uchame -le interrumpi'o Wyniken-, si puedes demostrarme que hab'eis perdido m'as de un mill'on de d'olares, o que alguien ha obtenido acceso a informaci'on reservada, abriremos una investigaci'on. Hasta entonces, no os molest'eis en llamarnos. Seg'un c'omo uno lo mirase, nuestra informaci'on no val'ia nada, o ten'ia un valor de miles de millones de d'olares. ?Cu'anto vale la estructura de una enzima? ?Qu'e valor tiene un superconductor de alta temperatura? El FBI pensaba en t'erminos de fraudes bancarios, pero nosotros viv'iamos en el mundo de la investigaci'on. ?Informaci'on reservada? Lo nuestro no era una base militar ni un laboratorio de armamento at'omico. Sin embargo necesit'abamos la cooperaci'on del FBI. La pr'oxima vez que el hacker sacara su periscopio a la superficie, probablemente localizar'iamos el n'umero de tel'efono de acceso a Tymnet en Oakland. A partir de ah'i confiaba en que un seguimiento de la l'inea nos conducir'ia a la persona. Pero ten'ia entendido que la compa~n'ia telef'onica no realizar'ia dicho seguimiento sin una orden judicial y necesit'abamos al FBI para obtener dicha autorizaci'on. Ante la falta de cooperaci'on del FBI, Aletha llam'o a la fiscal'ia de nuestro distrito. El fiscal de Oakland no se anduvo con monsergas. -?Irrumpe alguien clandestinamente en vuestro ordenador? !Maldita sea! Pediremos una orden judicial para intervenir las l'ineas. Puede que al FBI no le preocupara, pero nuestra fiscal'ia se lo tom'o muy en serio. No obstante, todav'ia ten'ian que convencer al juez. Tardar'ian por lo menos una semana en obtener la autorizaci'on necesaria. Poco despu'es de las cinco, Dave pas'o por mi despacho y empez'o a hablar del problema. -Cliff, el hacker no es de Berkeley. -?C'omo lo sabes? -T'u viste c'omo ese individuo utilizaba la orden <>, ?no es cierto? -S'i, aqu'i lo tenemos impreso -respond'i-. No es m'as que una orden corriente del Unix para hacer un listado de todos los procesos activos; <> significa imprimir en pantalla y las otras cuatro letras modifican el formato. En cierto sentido son como los interruptores en un aparato de alta fidelidad: califican el funcionamiento de la orden. Eso significa que el hacker deseaba ver todo lo que estaba funcionando en el sistema. -De acuerdo, conoces la mitad de la historia. Pero dime: ?para qu'e sirven los distintivos <> y <>? Dave me dej'o en suspenso, hasta que confes'e mi ignorancia. -No lo s'e. -Se utiliza el distintivo <> cuando se desea que en la lista aparezcan tanto los procesos interesantes como los no interesantes. Con ello se incluyen los trabajos de poca importancia, como los de contabilidad. As'i como cualquier proceso oculto. -Y nosotros sabemos qu'e se oculta en el programa de contabilidad. -Lo cual nos conduce al distintivo -sonri'o Dave-, que no figura en ninguno de los Unix de Berkeley. Es la forma de los Unix de ATT para hacer un listado de los archivos de cada uno de los procesos. Nuestro amigo no conoce los Unix de Berkeley. Pertenece a la escuela de los antiguos Unix. El sistema de operaci'on Unix se invent'o a principios de los a~nos setenta, en los laboratorios Bell de ATT, en Nueva Jersey. A fines de los setenta, expertos de los laboratorios Bell visitaron el campus de Berkeley y perfeccionaron una nueva versi'on mejorada del Unix. Adem'as de sus balnearios, pol'itica izquierdista y el movimiento en pro de la libertad de expresi'on, Berkeley es conocido por el dise~no de su Unix. Se formaron dos bandos entre los partidarios del Unix m'as reducido y compacto de ATT y el sistema m'as sofisticado de Berkeley. A pesar de las conferencias, los niveles y las promesas, no se lleg'o a ning'un consenso y el mundo ha heredado dos sistemas Unix que compiten entre s'i. Evidentemente, como toda persona sensata, nuestro laboratorio utilizaba el sistema Unix de Berkeley. Se dec'ia que la gente de la costa este era m'as partidaria del Unix de ATT. Claro que ellos tampoco hab'ian descubierto los balnearios. Por una sola letra, Dave descart'o la totalidad de la poblaci'on inform'atica de la costa oeste. Era concebible que el hacker utilizara una orden anticuada, pero Dave desech'o dicha posibilidad. -Le estamos siguiendo la pista a alguien que nunca ha utilizado el Unix de Berkeley. Un hereje -susurr'o, despu'es de aspirar hondo. A Wayne le importaba un comino el Unix. Como entusiasta del VMS, era un ap'ostata. Adem'as, estaba convencido de que el hacker no aprender'ia nada de nuestro fichero de contrase~nas. -Estoy seguro de que nadie lograr'a descifrar esas contrase~nas. Lo 'unico que ha descubierto son nuestros nombres. ?Por qu'e preocuparse? Yo hab'ia estado reflexionando sobre el tema. Las contrase~nas son el n'ucleo de la seguridad en un gran ordenador. Los ordenadores personales no las necesitan; tienen un solo usuario. Quien maneje el teclado puede acceder a cualquier programa. Pero cuando diez o veinte personas utilizan el mismo sistema, el ordenador debe asegurarse de que el individuo que utiliza una terminal determinada no es un impostor. Como si se tratara de una firma electr'onica, la contrase~na verifica la autenticidad de determinada transacci'on. Los cajeros autom'aticos, las tarjetas de cr'edito telef'onico e incluso ciertos contestadores autom'aticos dependen de determinadas contrase~nas. Con el robo o falsificaci'on de contrase~nas, un hacker puede crear una fortuna fraudulenta, robar servicios o cubrir cheques sin fondos. Cuando el dinero se guardaba en las cajas fuertes, los atracadores forzaban la combinaci'on de las mismas. Ahora, que la seguridad son simples bits en la memoria de un ordenador, el objetivo de los ladrones son las contrase~nas. Cuando un ordenador tiene cincuenta o cien usuarios, lo m'as pr'actico es archivar la contrase~na de cada individuo en un fichero. Cuando alguien intenta conectar, el ordenador le pregunta por su contrase~na y la compara con la que figura en el fichero. En un ambiente amigable, no hay ning'un problema. Pero ?c'omo evitar que alguien le eche una ojeada al fichero de las contrase~nas? La soluci'on estriba en proteger dicho fichero de modo que s'olo el sistema pueda leerla. Aun protegiendo el fichero de contrase~nas, de vez en cuando todas los archivos se copian en cintas de seguridad. Entonces cualquier programador novato puede leer dichas cintas en otro ordenador y obtener una lista del contenido de los ficheros de contrase~nas. No basta con proteger el archivo. En 1975 Bob Morris y Fred Grampp, de los laboratorios Bell, desarrollaron un sistema de protecci'on de contrase~nas, incluso cuando el archivo no estaba en lugar seguro. En lugar de protegerlo, lo que hicieron fue codificarlo. Si uno elige la palabra <>, el ordenador no se limita a archivarla en el fichero de contrase~nas. Lo que hace el Unix es codificarla, para convertirla por ejemplo en <>. Lo que se archiva entonces es la palabra codificada, en lugar del texto original. El fichero de contrase~nas de un Unix puede parecerse al siguiente: Aaron: fnqs24lkcvs Blacker: anvpqwOxcsr Blatz: pn6yywersyq Goldman: mwe783Jcy12 Henderson: rp2d9c!49b7 Cada nombre va seguido de una contrase~na codificada. Como dijo Wayne, robar el fichero de contrase~nas s'olo sirve para obtener una lista de nombres. El programa que codifica la palabra <>, para convertirla en <>, est'a construido sobre una puerta giratoria algor'itmica; es decir, un proceso de f'acil realizaci'on, pero dif'icil de invertir. Cuando Sally Blatz conecta su terminal, escribe el nombre de su cuenta, Blatz, seguido de su contrase~na, <>. Entonces el sistema la codifica y la convierte en pn6yywersyq, y la compara con la que est'a archivada. Si las contrase~nas codificadas no coinciden, Sally es expulsada del ordenador. La comparaci'on no se hace con el propio texto, sino con su versi'on codificada. La seguridad de las contrase~nas depende de la funci'on de puerta giratoria. Las funciones de dicha puerta son trinquetes matem'aticos: capaces de girar en un sentido, pero no en el opuesto, codificando velozmente el texto. Para impedir que dichos cerrojos puedan forzarse, ha de ser imposible invertir el algoritmo. Nuestras puertas giratorias se basaban en el Data Encryption Standard (DES), creado por IBM y la National Security Agency. Circulaban rumores de que los expertos electr'onicos de la NSA hab'ian debilitado el DES lo suficiente para que ellos pudieran descifrarlo, pero conservando la dureza necesaria para que resistiera los esfuerzos de los meros mortales. Se dec'ia que de ese modo la NSA pod'ia descifrar el c'odigo y leer mensajes sin que nadie m'as fuera capaz de hacerlo. El programa criptogr'afico DES de nuestro ordenador Unix era p'ublico. Todo el mundo pod'ia estudiarlo. La NSA hab'ia analizado sus virtudes y debilidades, pero sus informes eran secretos. De vez en cuando circulaba el rumor de que alguien hab'ia descifrado el c'odigo, pero nunca se confirmaba. Hasta que la NSA publicara su an'alisis del DES, no nos quedaba m'as remedio que confiar en que nuestra codificaci'on era lo suficientemente segura. Wayne y yo hab'iamos visto c'omo el hacker irrump'ia clandestinamente en el ordenador y se apropiaba de nuestro fichero de contrase~nas. Ahora el hacker conoc'ia los nombres de unos centenares de cient'ificos. Tambi'en pod'ia haber consultado nuestro list'in telef'onico, en el que por lo menos se inclu'ian las direcciones. A no ser que dispusiera de un superordenador Cray, no lograr'ia invertir la funci'on de puerta giratoria y nuestras contrase~nas estar'ian a salvo. -Puede que ese individuo haya descubierto alguna forma brillante de invertir la funci'on de puerta giratoria -dijo Wayne, todav'ia preocupado-. Seamos precavidos y cambiemos nuestras contrase~nas importantes. Yo no ten'ia nada que objetar. Hac'ia m'as de dos a~nos que no se cambiaba el sistema de contrase~nas, durante los cuales algunos empleados hab'ian llegado y otros hab'ian sido despedidos. No me import'o cambiar mi contrase~na; para mayor seguridad, utilic'e una contrase~na distinta para cada ordenador. Si el hacker lograba descifrar mi contrase~na para el ordenador Unix-4, de nada le servir'ia para los dem'as ordenadores. Antes de montar en la bicicleta para regresar a casa, examin'e una vez m'as la impresi'on de la sesi'on del d'ia anterior. En aquellas diez p'aginas de papel impreso hab'ia pistas relacionadas con la personalidad, la procedencia y las intenciones del hacker. Pero las contradicciones eran excesivas; por una parte le hab'iamos localizado en la sucursal de Tymnet en Oakland, California, pero por otra Dave no cre'ia que fuera de Berkeley. Hab'ia copiado nuestro fichero de contrase~nas, cuando la codificaci'on las convert'ia en un galimat'ias indescifrable. ?Qu'e estaba haciendo con nuestras contrase~nas codificadas? En cierto modo, aquello era como la astronom'ia, en la que observamos pasivamente alg'un fen'omeno y a partir de pocas pistas intentamos descifrarlo y averiguar su procedencia. Los astr'onomos estamos acostumbrados a acumular pacientemente datos, generalmente muertos de fr'io detr'as de un telescopio, en la cima de una monta~na. Aqu'i los datos aparec'ian de un modo espor'adico y procedencia desconocida. En lugar de termodin'amica y 'optica, necesitaba comprender la criptograf'ia y los sistemas operativos. De alg'un modo exist'ia una conexi'on f'isica entre nuestro sistema y una terminal lejana. Aplicando la f'isica com'un, deber'ia ser posible comprender lo que ocurr'ia. La f'isica: he ah'i la clave. Anotar nuestras observaciones. Aplicar los principios f'isicos. Especular, pero confiar s'olo en las conclusiones demostradas. De la 'unica forma en que lograr'ia progresar ser'ia plante'andomelo como un problema elemental de f'isica. Hab'ia llegado el momento de actualizar mi cuaderno. 8 A la hora precisa, el mi'ercoles d'ia 10 de setiembre, a las 7.51 de la ma~nana, el hacker apareci'o en nuestro sistema durante seis minutos. Tiempo suficiente para que sonara la alarma en mi terminal, pero no para hacer algo al respecto. Aquella noche la hab'ia pasado en casa. -Cinco d'ias en el laboratorio es suficiente -me dijo Martha. No estaba en mi despacho para observarlo, pero la impresora hab'ia conservado tres p'aginas con las huellas del hacker. Hab'ia conectado con nuestro ordenador Unix-4 como Sventek. Parec'ia perfectamente comprensible, conoc'ia la clave de Sventek y hab'ia entrado a trav'es de Tymnet. Pero en lugar que permanecer en el Unix-4, se hab'ia limitado a utilizarlo como puente para pasar al Milnet. La existencia del Milnet no es ning'un secreto; forma parte de Internet, una red inform'atica conectada a otro centenar de redes. Desde nuestro ordenador Unix podemos llegar a Internet y de all'i al Milnet. El Milnet forma parte del Departamento de Defensa. El hacker conect'o con la direcci'on de Milnet 26.0.0.113, se introdujo como <>, comprob'o que dispon'ia de una copia de Gnu-Emacs y desapareci'o. Cuando llegu'e al despacho a eso de las doce del mediod'ia, no quedaba ninguna pista para seguir r'io arriba. Sin embargo, el hacker hab'ia dejado una pista indeleble en el sentido de la corriente. ?D'onde se encontraba aquella direcci'on de Milnet? El centro de informaci'on de la red me la decodific'o: Almac'en del ej'ercito de Estados Unidos en Anniston, Alabama, sede del complejo de misiles Redstone del ej'ercito, a 3200 kil'ometros de Berkeley. En un par de minutos hab'ia conectado con una base del ej'ercito mediante nuestro laboratorio. La impresi'on de sus movimientos dejaba poco lugar a dudas, en cuanto a que se trataba del hacker. Nadie, aparte de 'el, habr'ia utilizado la cuenta de Sventek. ?Y a qui'en se le habr'ia ocurrido verificar la brecha de seguridad en el Gnu-Emacs en un ordenador de Alabama? Puesto que no hab'ia nadie para imped'irmelo, llam'e al servicio de informaci'on de Anniston. Previsiblemente, hab'ia un centro de inform'atica en el almac'en del ej'ercito y por fin logr'e hablar con Chuck McNatt, experto del Unix en Anniston. -Hola, Chuck. T'u no me conoces, pero creo que hemos descubierto a alguien que merodeaba por tu ordenador. -?Qui'en eres? ?C'omo s'e que no eres t'u quien intenta introducirse clandestinamente? Despu'es de unos minutos de desconfianza, me pidi'o el n'umero de tel'efono, colg'o y me llam'o. Est'a claro que no confiaba en los desconocidos. ?O habr'ia preferido llamarme por una l'inea de seguridad? -Malas noticias -le dije-. Creo que he visto a alguien introduci'endose clandestinamente en tu sistema. -!Maldita sea! ?Se trataba de ese cabr'on de Hunter? -Eso es. ?C'omo lo sabes? -No es la primera vez que asoma el culo. Chuck McNatt me explic'o, con su fuerte acento de Alabama, que el arsenal de misiles Redstone del ej'ercito ten'ia su inventario archivado en un par de ordenadores Unix y que, a fin de procesar sus pedidos con rapidez, los hab'ian conectado al ordenador de Chuck en el dep'osito de Anniston. La mayor parte de su tr'afico lo constitu'ia la actualizaci'on de noticias y eran pocos los que conectaban desde lugares remotos. El s'abado por la ma~nana, para huir del calor veraniego, Chuck hab'ia ido a su oficina y comprobado los usuarios en su sistema. Alguien llamado Hunter estaba utilizando una cantidad desmesurada de tiempo en el ordenador. Sorprendido por la presencia de alguien un s'abado por la ma~nana, Chuck hab'ia mandado un mensaje a la pantalla de Hunter, dici'endole: <> El misterioso Hunter le hab'ia contestado: <> Chuck, que no pecaba de ingenuo, le hab'ia respondido: <> A lo que Hunter respondi'o: <> -De modo que le ech'e de la m'aquina -dijo Chuck-. Llamamos al FBI, pero no les import'o un comino. Entonces convencimos al CID para que localizara todas las llamadas a nuestras l'ineas telef'onicas. -?Qu'e es el CID?^5 ?El departamento de inspecci'on de casta~nas? -No digas bobadas -protest'o Chuck-. El CID es la polic'ia militar. La divisi'on de investigaci'on criminal. Pero no est'an haciendo gran cosa. -Claro, no deb'eis haber perdido ninguna informaci'on reservada. El FBI en Montgomery, Alabama, le cont'o a Chuck m'as o menos lo mismo que me hab'ian contado a m'i los de Oakland. Se pondr'ian a investigar cuando desapareciera un mill'on de d'olares. Hasta entonces no quer'ian que se los molestara. Los delitos inform'aticos carec'ian de atractivo sexual. -Lo m'as curioso -prosigui'o Chuck- es que he sorprendido a Hunter husmeando por mi ordenador en otras dos o tres ocasiones, pero en las grabadoras de las l'ineas telef'onicas no hab'ia rastro de 'el. -Apuesto a que s'e por qu'e. Se ha estado colando por la puerta trasera. Vuestra conexi'on con Milnet. Un hacker se ha estado introduciendo en nuestro sistema y ha llegado a tu ordenador esta ma~nana. Chuck ech'o una maldici'on, se hab'ia perdido los tres minutos de conexi'on. Hab'ia puesto trampas en todas sus l'ineas telef'onicas, pero no se le hab'ia ocurrido vigilar sus conexiones con la red. -Estamos intentando averiguar qui'en irrumpe clandestinamente en nuestro sistema -le dije-. Sospechamos que se trata de un estudiante aqu'i en Berkeley y estamos decididos a localizarle. Los primeros indicios apuntan a Oakland o Berkeley. -S'e c'omo te sientes. Aqu'i tambi'en todos sospechamos que se trata de un estudiante -respondi'o Chuck-. Pensamos en aislarnos, pero hemos decidido ir por 'el. Prefiero verle entre rejas que entre terminales. Por primera vez me preocup'o la seguridad de aquel hacker. Si el ej'ercito le atrapaba, pasar'ia un mal rato. -Oye, Chuck: estoy seguro de que esto te har'a gracia. Apuesto a que ese individuo se ha convertido en superusuario en vuestro sistema. -No. Puede que haya robado una cuenta, pero no lograr'ia en modo alguno convertirse en superusuario. Esto es una base militar y no una universidad de pacotilla. -He visto que se interesaba por vuestro archivo Gnu-Emacs -le dije, haciendo caso omiso de su indirecta referida a Berkeley. -?Y qu'e? -?Est'as familiarizado con el sistema de reproducci'on de los cucos? -agregu'e, explic'andole a continuaci'on el funcionamiento de la brecha de seguridad del Gnu-Emacs. Chuck se llev'o un buen susto. -?Quieres decir que hemos tenido esa brecha desde que White Sands nos mand'o ese archivo Gnu? -silb'o Chuck-. Me pregunto desde cu'ando merodea por nuestro sistema. Comprend'ia perfectamente la gravedad de la brecha y sus consecuencias. El hacker se hab'ia dedicado a obtener listados en el sistema de Anniston y, a juzgar por la fecha del archivo, merodeaba por sus ordenadores desde principios de junio. Durante cuatro meses un administrador de sistema clandestino hab'ia utilizado un ordenador del ej'ercito en Alabama. Y no hab'ia sido una bomba l'ogica ni la p'erdida de informaci'on lo que hab'ia permitido que se le descubriera, sino un mero accidente. No hab'ia da~nos aparentes. Al examinar meticulosamente las impresiones de aquella ma~nana, comprob'e que el hacker hab'ia ejecutado la orden de cambio de contrase~na. En el ordenador de Anniston hab'ia cambiado la contrase~na de Hunter para convertirla en <>. Por fin, una pista: entre miles de millones de posibles contrase~na, hab'ia elegido Hedges. ?Hedges Hunter? ?Hunter Hedges? ?Hedge-hunter? ?Se autodenominaba cazador furtivo? Hab'ia llegado el momento de consultar la H en el list'in telef'onico de Berkeley. Con tres llamadas telef'onicas a personas apellidadas Hunter, cuyo nombre empezaba tambi'en por H, nos encontramos con un Harold, una Heidi y una Hilda. -Buenos d'ias, ?le interesa una suscripci'on gratuita a la revista de inform'atica Computer Reviews? No hubo suerte. A ninguno de ellos le interesaba la inform'atica. ?Qu'e tienen en com'un un laboratorio de f'isica en Berkeley y un arsenal del ej'ercito en Anniston, Alabama? Era dif'icil imaginar polos m'as opuestos, desde un punto de vista pol'itico: una base militar tradicional y una ciudad radicalmente hippy. Sin embargo, desde un punto de vista t'ecnico, compart'iamos bastantes cosas. Tanto ellos como nosotros utiliz'abamos ordenadores Unix, conectados a la red Milnet. Pero hab'ia algo m'as: en Anniston utilizaban el sistema Unix de ATT, en lugar del dialecto de Berkeley. Si Dave Cleveland estaba en lo cierto, el hacker estaba en su elemento en el sistema de Anniston. ;Se tratar'ia de un sue~no? 9 Incapaz de seguir soportando las est'eriles luces fluorescentes de las salas del laboratorio, sal'i para admirar la vista panor'amica de la bah'ia que se extend'ia a mis pies. El campus de Berkeley se encontraba directamente debajo del laboratorio. En otro tiempo sede del movimiento en pro de la libertad de expresi'on y de protestas antib'elicas, la universidad se caracteriza todav'ia por su pol'itica extremista y diversidad 'etnica. Si estuviera m'as cerca, probablemente oir'ia a los j'ovenes republicanos provocando a los socialistas, mientras los miembros del club chino los observan asombrados. Alrededor de la universidad abundaban los caf'es llenos de humareda, donde macilentos licenciados escrib'ian apresuradamente sus tesis, con la ayuda de un buen expreso. En las helader'ias cercanas, risue~nas estudiantes de la hermandad femenina alternaban con punks, con chaquetas de cuero negro y pelo como un erizo. Pero lo mejor de Berkeley eran sus librer'ias. Desde la puerta del laboratorio, la vista alcanzaba m'as hacia el sur, hasta las agradables calles del norte de Oakland, donde viv'iamos. Yo compart'ia una casa con un divertido grupo de compa~neros. Al otro lado de la bah'ia, sumida en la niebla, estaba San Francisco: pa'is de las maravillas. Hac'ia tres a~nos que Martha se hab'ia trasladado aqu'i para estudiar derecho y yo la hab'ia seguido. Val'ia la pena cruzar el pa'is por ella. Era una compa~nera ideal para el excursionismo y la espeleolog'ia. Nos conocimos cuando acababa de caerme, desde una altura de diez metros, en el interior de una cueva; ella realiz'o un descenso para acudir en mi ayuda, donde un esguince y el magullamiento me manten'ian paralizado. Mis dolencias curaron gracias a su sopa de pollo, y mi afecto por aquella audaz muchacha que con tanto arrojo escalaba se transform'o en amor. Ahora viv'iamos juntos. Estudiaba derecho y en realidad le gustaba. No quer'ia ser abogada, sino fil'osofa jurista. Dispon'ia incluso de tiempo para practicar aikido, arte marcial japon'es, y a menudo llegaba a casa con cardenales, pero sonriente. Cocinaba, cuidaba del jard'in, remendaba edredones, practicaba la carpinter'ia y constru'ia vidrieras de colores. Con todas nuestras peculiaridades, disfrut'abamos de un bienestar domestico repugnantemente delicioso. Al llegar a casa en mi bicicleta, habl'e a Martha de la intrusi'on del hacker en Alabama, en un intento de deducir de qui'en podr'ia tratarse. -De modo que existen los gamberros tecnocr'aticos -respondi'o-. ?Hay que sorprenderse? -El hecho en s'i es sorprendente. En la actualidad los t'ecnicos tienen un poder incre'ible para controlar la informaci'on y las comunicaciones. -?Y qu'e? Siempre ha habido alguien que controlaba la informaci'on y otros que intentaban robarla. Lee a Maquiavelo. Conforme cambia la tecnolog'ia, la perfidia adquiere nuevas expresiones. Martha me estaba todav'ia dando una lecci'on de historia, cuando Claudia irrumpi'o en la sala, quej'andose de sus alumnos de quinto. Lo normal en Berkeley es compartir la vivienda con una o dos personas. En nuestro caso se trataba de Claudia, que era una perfecta compa~nera. Era alegre y generosa, y estaba m'as que dispuesta a compartir con nosotros su vida, su m'usica y sus inventos culinarios. Era una violinista profesional que lograba sobrevivir tocando en dos orquestas sinf'onicas y en un tr'io de c'amara, adem'as de dar lecciones. Era raro que Claudia estuviera quieta o callada. En el poco tiempo libre que sus trabajos le dejaban, se dedicaba simult'aneamente a cocinar, hablar por tel'efono y jugar con su perro. Al principio la escuchaba, pero su voz no tard'o en convertirse en un ruido de fondo semejante al parloteo de un lorito, mientras yo pensaba en la posible perversidad del hacker. ?C'omo saber lo que estar'ia haciendo, mientras yo estaba en casa? Claudia sab'ia c'omo obligarme a dejar de pensar en el hacker. Trajo un v'ideo titulado Plan 9 from Outer Space, en el que extraterrestres en platillos volantes de hojalata arrebataban vampiros de sus tumbas. Mi'ercoles, 17 de setiembre, d'ia lluvioso en Berkeley. Martha y yo, la 'unica pareja sin autom'ovil de California, tuvimos que enfrentarnos a la lluvia en bicicleta. De camino al laboratorio, pas'e por la sala de conexiones para comprobar si el hacker nos hab'ia visitado. Ten'ia la cabeza empapada y la tinta se borraba con el agua que ca'ia sobre el papel. Durante la noche alguien hab'ia conectado con nuestro ordenador y hab'ia intentado sistem'aticamente introducirse en el Unix-4. Primero hab'ia probado la cuenta de invitados, utilizando la contrase~na <> y a continuaci'on la de visitantes, con la contrase~na <>; acto seguido lo hab'ia intentado con root, system, manager, service y sysop. Al cabo de un par de minutos, se hab'ia retirado. ?Se tratar'ia de otro hacker? 'Este ni siquiera lo hab'ia intentado con alguna cuenta v'alida, como Sventek o Stoll. Se hab'ia limitado a probar con nombres evidentes y simples claves. Me pregunt'e con qu'e frecuencia tendr'ian 'exito los ataques de aquel g'enero. No mucha. El hacker ten'ia m'as probabilidades de que le tocara la loter'ia que de acertar una contrase~na de seis letras. Puesto que el ordenador desconecta autom'aticamente la llamada, despu'es de varios intentos fallidos, el atacante necesitar'ia toda la noche para probar unos pocos centenares de palabras posibles. No, un atacante no pod'ia entrar en mi sistema como por arte de magia. Tendr'ia que conocer por lo menos una contrase~na. A las 12.29, la mayor parte de mi ropa estaba seca, aunque mis zapatillas segu'ian empapadas. Iba por media rosquilla empapada y blanda y casi hab'ia acabado de leer un art'iculo de astronom'ia, sobre la f'isica de los sat'elites congelados de J'upiter, cuando son'o la alarma de mi terminal. Problemas en la sala de conexiones. Despu'es de una r'apida -aunque un tanto h'umeda- carrera por el pasillo, llegu'e a tiempo de ver c'omo con el nombre de Sventek el hacker conectaba con nuestro sistema. Una vez m'as sent'i c'omo me sub'ia la adrenalina; llam'e a Tymnet y me puse r'apidamente en contacto con Ron Vivier. Ron comenz'o a investigar la llamada, mientras yo me inclinaba sobre la Decwriter, donde se imprim'ian las 'ordenes del hacker. No perdi'o un solo instante. Orden'o que se imprimieran todos los usuarios en activo y programas en funcionamiento. A continuaci'on dispar'o Kermit. Kermit, h'eroe del mundo de los tele~necos, es el t'ermino universalmente aceptado para conectar distintos ordenadores. En 1980 Frank da Cruz, de la Universidad de Columbia, necesitaba mandar cierta informaci'on a distintos ordenadores. En lugar de escribir cinco programas diferentes e incompatibles, cre'o un patr'on 'unico para intercambiar archivos entre cualquier sistema. Kermit se ha convertido en el esperanto de la inform'atica. Mientras mord'ia despreocupadamente un bollo, vi c'omo el hacker transmit'ia un breve programa, sirvi'endose de Kermit, a nuestro ordenador Unix. L'inea por l'inea, el fidedigno Kermit lo reconstruy'o y no tard'e en poder leer el siguiente programa: echo -n "BIENVENIDO AL ORDENADOR LBL UNIX-4" echo -n "POR FAVOR CONECTE AHORA" echo -n "Login:" read nombre_cuenta echo -n "INTRODUZCA SU CONTRASE~NA:" (stty -echo; \ read clave; \ stty echo; \ echo ""; \ echo $nombre_cuenta $clave >> /tmp/.pub) echo "LO SIENTO, INT'ENTELO DE NUEVO" !Huy! !Ahora hab'ia un programa estra~no! Este programa, una vez instalado en nuestro ordenador, le pedir'ia al usuario que introdujera su nombre y contrase~na. Un usuario normal, al utilizar este programa, ver'ia lo siguiente en su pantalla: BIENVENIDO AL ORDENADOR LBL UNIX-4 POR FAVOR CONECTE AHORA Login: Entonces su terminal esperar'ia a que introdujera el nombre de su cuenta. Despu'es de mecanografiar su nombre, el sistema proseguir'ia: INTRODUZCA SU CONTRASE~NA: Entonces, naturalmente, el usuario mecanografiar'ia su palabra contrase~na. A continuaci'on el programa archiva el nombre y la contrase~na del pobre usuario y le responde: LO SIENTO, INT'ENTELO DE NUEVO. Acto seguido desaparece. La mayor'ia de la gente, creyendo que ha cometido un error de mecanograf'ia, se limita a intentarlo de nuevo, pero para entonces su clave ya ha sido robada. Hace cuatro mil a~nos, la ciudad de Troya cay'o en manos de los griegos, cuando 'estos lograron introducirse en la misma ocultos en el famoso caballo. Ofrecer un regalo de aspecto atractivo y robar al mismo tiempo la propia llave de seguridad. Agudizada por los milenios, esta t'ecnica sigue surtiendo efecto, a no ser que uno sea un aut'entico paranoico. El troyano del hacker coleccionaba contrase~na. Tan desesperado estaba por conseguir nuestras contrase~nas, que se arriesgaba a que le descubrieran al instalar un programa que ser'ia probablemente detectado. ?Era este programa un troyano? Quiz'a mejor llamarlo p'ajaro burl'on, por tratarse de un programa que, siendo falso, parec'ia aut'entico. No ten'ia tiempo de considerar la diferencia: en menos de un minuto, probablemente habr'ia instalado el programa en el 'area de los sistemas y empezar'ia a utilizarlo. ?Qu'e pod'ia hacer? Si lo anulaba sabr'ia que le estaba observando. Pero si no hac'ia nada, obtendr'ia una nueva palabra clave, cada vez que alguien utilizara el ordenador. Pero los superusuarios leg'itimos tambi'en tenemos cierto poder. Antes de que el hacker tuviera oportunidad de activar su programa, cambi'e una l'inea del mismo, como si se tratara de un error superficial, y a continuaci'on modifiqu'e un par de par'ametros del sistema, para que funcionara con mayor lentitud. Esto significaba que el hacker necesitar'ia unos diez minutos para reconstruir su programa, durante los cuales podr'iamos responder a su nuevo ataque. -?Qu'e se le da de comer a un troyano? -le chill'e por el pasillo al gur'u Dave. Dave lleg'o corriendo. Cambiamos el modo del ordenador rapidamente y preparamos una buena cantidad de cuentas y contrase~nas falsas. Sin embargo, nuestro p'anico era innecesario. El hacker reconstruy'o su troyano, pero no lo instal'o debidamente. Dave se dio cuenta inmediatamente de que lo hab'ia colocado en un directorio equivocado. Habr'ia funcionado de maravilla en el Unix de ATT, pero era incapaz de retozar en los prados del Unix de Berkeley. -No voy a insistir en que ya te lo dije -sonri'o Dave-, pero estamos contemplando a alguien que no ha estado nunca en California. Cualquier experto en inform'atica de la costa oeste utilizar'ia el estilo de 'ordenes de Berkeley, pero tu hacker sigue usando el del Unix de ATT. La ortograf'ia de sus 'ordenes es distinta a la del Unix de Berkeley -prosigui'o Dave, ape'andose de su caballo-, pero tambi'en lo es el estilo de su programaci'on. Es como el tipo de diferencia que percibes entre un escritor brit'anico y un norteamericano. Adem'as de ciertas palabras cuya ortograf'ia es distinta, se percibe la diferencia de estilo. -?Y cu'al es esa diferencia? -pregunt'e. -El hacker utiliza la orden <> para obtener informaci'on del teclado -sonri'o Dave-, mientras que cualquier programador civilizado utilizar'ia la orden <>. Para Dave, los programadores civilizados eran los que utilizaban el dialecto del Unix de Berkeley; todos los dem'as eran unos groseros. El hacker no era consciente de ello. Seguro de haber instalado su troyano en el prado adecuado, lo arranc'o como proceso en segundo plano y desconect'o. Antes de que lo hiciera, Ron Vivier hab'ia seguido su llamada por la red de Tymnet, hasta una l'inea telef'onica de Oakland, California. Al no disponer todav'ia de la necesaria orden judicial, no pudimos emprender el seguimiento telef'onico. El hacker se hab'ia retirado, dejando su troyano para que funcionara en segundo plano. Como Dave hab'ia pronosticado, no recogi'o ninguna contrase~na, porque hab'ia sido instalado en un lugar no incluido en las referencias al conectar. Como era de suponer, al cabo de veinte minutos reapareci'o el hacker, busc'o la lista de palabras claves y debi'o de sentirse decepcionado al comprobar que su programa hab'ia fracasado. -Mira, Dave: ese pobre chico necesita tu ayuda -dije. -De acuerdo. ?Crees que debemos mandarle un mensaje electr'onico dici'endole c'omo escribir un programa tipo troyano que funcione? -respondi'o Dave. -Controla perfectamente lo b'asico: imita nuestra secuencia de conexi'on, pide apellido y contrase~na y archiva la informaci'on robada. Lo 'unico que necesita son unas cuantas lecciones sobre el Unix de Berkeley. -Claro, ?qu'e se puede esperar? -coment'o Wayne, que hab'ia llegado a tiempo de ver fracasar al hacker-. Existen demasiadas variedades de Unix. La pr'oxima vez ofrecedles el sistema operativo VMS de Digital y les facilitar'eis la vida a esos ineptos hackers. EIPEOMD. ?EIPEOMD?^6 ?Evidentemente intuitivo para el observador m'as distra'ido. Wayne ten'ia raz'on. El ataque del hacker con su troyano hab'ia fracasado debido a que el sistema operativo no era exactamente id'entico al que estaba acostumbrado. Si todo el mundo utilizara la misma versi'on del mismo sistema operativo, una sola brecha en el sistema de seguridad permitir'ia que los hackers entraran en todos los ordenadores. Sin embargo existen m'ultiples sistemas operativos: el Unix de Berkeley, el Unix de ATT, el VMS de DEC, el TSO de IBM, el VM, el DOS, e incluso los de Macintosh y Atari. Esta variedad de software significaba que un mismo ataque no pod'ia tener 'exito contra todos los sistemas. Al igual que la diversidad gen'etica, que impide que una epidemia elimine en un momento dado a toda una especie, la diversidad de software es positiva. Dave y Wayne siguieron discutiendo al abandonar la sala de conexiones. Me qued'e unos minutos para cargar las impresoras. A la 01:30 de la tarde apareci'o de nuevo el hacker; yo estaba todav'ia calibrando la impresora, cuando comenz'o a operar. Esta segunda sesi'on era previsible. El visitante observ'o su archivo especial en busca de claves y no encontr'o ninguna. Hizo un listado de su programa del troyano y lo prob'o un par de veces. No funcionaba. Al parecer no ten'ia a nadie como Dave Cleveland para que le ayudara. Evidentemente frustrado, borr'o el archivo y desconect'o al cabo de un par de minutos. Pero a pesar de la brevedad de su conexi'on, Tymnet hab'ia logrado seguir una vez m'as la llamada hasta Oakland. Ron Vivier, que se hab'ia ocupado del seguimiento de las conexiones de Tymnet, al parecer agradec'ia cualquier emergencia que le permitiera librarse de alguna reuni'on y acudi'o encantado al tel'efono cuando le llam'e. Si logr'abamos que la compa~n'ia telef'onica prosiguiera con el seguimiento, resolver'iamos el caso en un par de d'ias. Para Dave cab'ia excluir a cualquiera de la costa oeste. Chuck, en Anniston, sospechaba que el hacker era de Alabama. Los seguimientos de Tymnet apuntaban a Oakland. ?Yo? Ni idea. 10 Los seguimientos de las l'ineas de Tymnet en Oakland nos condujeron alternativamente a los domicilios de Jack London, Ed M'eese y Gertrude Stein. A veinte minutos en bici del campus de Berkeley se encontraba el teatro Paramount de Oakland, con su sublime arquitectura modernista y deslumbrantes murales. A pocas manzanas, en el s'otano de un feo edificio moderno, Tymnet tiene alquilado un local con espacio para cincuenta modems telef'onicos. Ron Vivier hab'ia seguido la llamada del hacker desde nuestro laboratorio hasta dicho banco de modems. Ahora le tocaba el turno a la compa~n'ia telef'onica. Una manguera subterr'anea de cinco cent'imetros de di'ametro cruza Broadway, para conectar los modems de Tymnet a un edificio sin ventanas ni distintivos, donde la oficina de Franklin de Pacific Bell tiene instalada una central de diez mil l'ineas telef'onicas, con el prefijo territorial 415 y c'odigo local 430. Tymnet alquila cincuenta de dichas l'ineas. Desde alg'un lugar, el hacker hab'ia marcado el n'umero 415-430-2900. La pista de nuestro misterioso visitante conduc'ia al interruptor ESS-5 de Pac Bell. Al otro lado de la bah'ia de San Francisco, el despacho de Lee Cheng da a una mugrienta traves'ia de Market Street. Lee es el sabueso de Pac Bell; desde su despacho, o encaramado en un poste, se dedica a localizar l'ineas telef'onicas. Lee es licenciado en criminolog'ia, especializado en la causa y reconstrucci'on de accidentes. Pero ocho a~nos de experiencia en la localizaci'on de l'ineas le han proporcionado una visi'on de t'ecnico de la compa~n'ia telef'onica y de polic'ia en cuanto a la sociedad. Para 'el las comunidades se dividen en 'areas territoriales, centrales y l'ineas, adem'as de barrios y comisar'ias. Con la debida antelaci'on, Lee introduce un programa en el ordenador de la central telef'onica. Conecta con el canal de mantenimiento de ESS del centro de control, pone en funcionamiento el software de verificaci'on de condiciones y activa un programa trampa. Si la llamada se realiza desde un tel'efono cercano -correspondiente a la misma central-, el seguimiento es completo y su tarea f'acil. Con frecuencia las llamadas proceden de otra central y entonces Lee tiene que coordinar seguimientos, tal vez en otras cinco centrales telef'onicas. Cuando el t'ecnico de alguna central recibe una orden de seguimiento, abandona inmediatamente lo que est'e haciendo; las llamadas de seguimiento de Lee adquieren prioridad sobre todo lo dem'as, a excepci'on del control de incendios. Conecta con el ordenador de control, ordena a su ordenador que muestre en pantalla la condici'on del n'umero de tel'efono (ocupado, colgado, descolgado) y ejecuta el programa para averiguar la procedencia de la llamada ('indice radical, n'umero del 'area, nombre central adyacente). Con suerte, el seguimiento puede durar unos pocos segundos. Sin embargo, algunas centrales instaladas en los a~nos cincuenta funcionan todav'ia con conmutadores mec'anicos. Cuando realizamos una llamada a trav'es de dichas centrales, se oyen en el fondo unas suaves pulsaciones, conforme se activan las palancas de los conmutadores, correspondientes a los n'umeros que marcamos. Los veteranos de telef'onica se sienten orgullosos de esas antig"uedades y afirman que son los 'unicos conmutadores capaces de resistir un ataque nuclear. Pero dificultan la tarea de Lee; en estos casos tiene que encontrar a un t'ecnico que vaya de cuadro en cuadro siguiendo la llamada. Los tel'efonos locales s'olo se pueden localizar cuando est'an conectados. Al colgar el tel'efono, la conexi'on desaparece y deja de ser localizable. Por consiguiente, Lee realiza sus seguimientos contra reloj, para poder concluir antes de perder la conexi'on. Para las compa~n'ias telef'onicas, la localizaci'on de llamadas supone una p'erdida de tiempo. S'olo sus t'ecnicos m'as expertos saben c'omo seguir una conexi'on telef'onica. Pero lo peor del caso es que es caro, genera conflictos judiciales y molesta a los usuarios. Lee, evidentemente, ten'ia otro punto de vista. -Ayer se trataba de narcotraficantes, hoy de un fraude y ma~nana vamos a investigar una banda de atracadores. Llamadas obscenas en luna llena. 'Ultimamente nos hemos dedicado a investigar las agendas de azafatas privadas. Todo forma parte de la vida en la gran ciudad. No obstante, todav'ia se resiste a prestar ayuda extraoficial, por temor a los abogados. Nuestra conversaci'on en setiembre de 1986 fue escueta: -Hola, necesitamos localizar una llamada. -?Ten'eis una orden judicial? -No. ?Es imprescindible? -Si no hay orden, no hay localizaci'on. Fue as'i de breve. No har'iamos progreso alguno hasta que Aletha Owens consiguiera la orden judicial. Pero despu'es del ataque del d'ia anterior, no pod'iamos esperar. Mi investigaci'on mediante el list'in telef'onico era una p'erdida de tiempo. Un troyano m'as competente que el anterior podr'ia lograr que a mi jefe le cundiera el p'anico y decidiera cerrar la investigaci'on. En tal caso, mis tres semanas de plazo habr'ian quedado reducidas a diez d'ias. Sandy Merola era la mano derecha de Roy Kerth. Cuando la mala uva de Roy ofend'ia a alg'un empleado, Sandy le tranquilizaba. Durante una inspecci'on del campus, Sandy se percat'o de que en el sector p'ublico de la biblioteca hab'ia un conjunto de ordenadores personales IBM. Al igual que cualquier forofo de la inform'atica, se acerc'o a probarlos y, como ya sospechaba, descubri'o que estaban programados para marcar autom'aticamente el n'umero de Tymnet y conectar con el servicio de informaci'on de Dow Jones. ?Tymnet? Sandy pas'o unos minutos jugando con la terminal y descubri'o que le facilitaba los 'ultimos valores de la bolsa, as'i como los rumores financieros de The Wall Street Journal. Pero lo m'as importante ocurri'o cuando decidi'o desconectar del servicio de Dow Jones y la terminal le propuso autom'aticamente: <> No perd'ia nada por probarlo y escribi'o: <> Y, efectivamente, Sandy conect'o con los ordenadores de mi laboratorio. Puede que en aquellas terminales p'ublicas se hallara la explicaci'on. Cualquiera pod'ia usarlas: marcaban autom'aticamente el n'umero de Tymnet en Oakland y la biblioteca se encontraba a treinta metros escasos de Cory Hall, donde acostumbran reunirse los forofos del Unix de Berkeley. Correr, para Sandy, era como para otros practicar el catolicismo. Hizo una carrera hasta la cima de Cardiac Hill e inform'o a la polic'ia de su descubrimiento. He ah'i la forma de evitar el seguimiento telef'onico: la pr'oxima vez que apareciera el hacker, ir'iamos corriendo a la biblioteca y sorprender'iamos al cabr'on. Ni siquiera necesit'abamos una orden judicial. Sandy regres'o de la comisar'ia, todav'ia sudando, y me sorprendi'o practicando una filigrana con el yo-yo. -Deja de hacer el bobo, Cliff. La polic'ia est'a dispuesta a venir al campus y detener al que utilice esas terminales. Acostumbrados a las multas de aparcamiento y a las urgencias m'edicas, los polic'ias locales saben poco sobre ordenadores y desconf'ian de las intervenciones telef'onicas. Pero estaban dispuestos a detener a cualquiera que irrumpiera clandestinamente en un ordenador. -?No deber'iamos asegurarnos antes de que se trata realmente del hacker? Imagin'e a unos polic'ias de inc'ognito rodeando las terminales y metiendo a un bibliotecario en la mazmorra por consultar los valores industriales de Dow Jones. -Es f'acil. Ll'amame cuando aparezca de nuevo el hacker. Yo ir'e con la polic'ia a la biblioteca y veremos lo que hay en pantalla. Si se trata de informaci'on del laboratorio, lo dejaremos en manos de la polic'ia. -?Piensas vigilar furtivamente la terminal? ?Como en <>? ?A trav'es de un espejo unidireccional y con unos prism'aticos? -!Vamos, Cliff: d'ejate de bobadas! -dijo Sandy, antes de salir corriendo. Supongo que a los cient'ificos se los califica seg'un su nivel de seriedad. Esto me recordaba la ocasi'on en que rellen'e un formulario m'edico estudiantil y donde dec'ia dolencias escrib'i: <> El m'edico me llam'o a un lado y me amonest'o: -Hijo, aqu'i nos tomamos la salud en serio. No tard'o en presentarse la oportunidad de poner a prueba la teor'ia de Sandy. Dos d'ias despu'es del fracaso de su troyano, apareci'o de nuevo el hacker a las 12:42. La hora del almuerzo. El mejor momento para que un estudiante de Berkeley d'e un paseo hasta la biblioteca y utilice las terminales. Cuando son'o la alarma, llam'e a Sandy. Al cabo de cinco minutos apareci'o con dos agentes de polic'ia de inc'ognito, con traje, corbata y gabardina. Nada pod'ia ser m'as conspicuo en un campus de hippies, en pleno verano. A uno de ellos se le ve'ia un voluminoso rev'olver bajo la chaqueta. Era gente seria. Durante los pr'oximos veinticinco minutos, el hacker no hizo gran cosa. Se convirti'o en superusuario gracias a la brecha del Gnu-Emacs, hizo un listado de toda la correspondencia electr'onica del d'ia y examin'o nuestros procesos. Ron Vivier se qued'o sin almorzar, para localizar de nuevo la conexi'on de Tymnet en Oakland. Esperaba que, de un momento a otro, la impresora dejara de pronto de funcionar, indicando que Sandy y las fuerzas armadas hab'ian atrapado a nuestro hombre. Pero no fue as'i: el hacker se lo tom'o con tranquilidad y desconect'o a la 01:20. A los pocos minutos lleg'o Sandy con una expresi'on que no ocultaba nada. -No ha habido suerte, ?eh? -No hab'ia nadie en las terminales de la biblioteca. Ni siquiera cerca de las mismas. ?Est'as seguro de que el hacker hab'ia conectado? -Por supuesto: aqu'i est'an las copias de la impresora. Y Tymnet lo ha localizado una vez m'as en Oakland. Sandy estaba decepcionado. Nuestro atajo hab'ia acabado en un callej'on sin salida; ahora el progreso depend'ia del seguimiento telef'onico. 11 Aquella noche Martha deb'ia haber estado estudiando derecho constitucional, pero en realidad se dedic'o a remendar un edred'on estampado. Llegu'e a casa desalentado: la intervenci'on de la biblioteca parec'ia tan prometedora... -Olv'idate del hacker. Ahora est'as en casa. -Pero puede que en estos momentos est'e en mi sistema -respond'i, obsesionado. -De todos modos, no puedes hacer nada al respecto. Ac'ercate, enhebra una aguja y ay'udame con esta costura. Si la costura serv'ia a Martha para escapar del derecho, sin duda tambi'en funcionar'ia para m'i. Despu'es de veinte minutos de silencio, mientras ella estudiaba, mi costura empez'o a torcerse. -Cuando dispongamos de la orden judicial, tendremos que esperar hasta que el hacker se manifieste. Y a saber si eso ocurrir'a a las tres de la madrugada, cuando nadie le est'e observando. -Te he dicho que olvides al hacker. Ahora est'as en casa -insisti'o, sin siquiera levantar la mirada del libro. Efectivamente, al d'ia siguiente el hacker no hizo acto de presencia. Pero s'i lo hizo la orden judicial. Ahora era legal. Evidentemente, no se me pod'ia confiar algo tan importante como un seguimiento telef'onico; Roy Kerth hab'ia declarado expl'icitamente que s'olo 'el deb'ia hablar con la polic'ia. Hicimos un par de ensayos para asegurarnos de que sab'iamos a qui'en llamar y de que pod'iamos desenmara~nar nuestra propia red. Entonces me aburr'i y volv'i a escribir un programa destinado a analizar f'ormulas 'opticas para un astr'onomo. Por la tarde Roy convoc'o al personal de sistemas y a los operadores, para hablarnos de la necesidad de mantener secreta nuestra actuaci'on; no sab'iamos de d'onde proced'ia el hacker y, por consiguiente, no deb'iamos mencionar nuestro trabajo a nadie fuera del laboratorio. Pensando en que si el personal estaba al corriente de lo que ocurr'ia tendr'ia menos tendencia a divulgarlo, expliqu'e esquem'aticamente lo que hab'iamos visto y hacia donde nos encamin'abamos. Dave Cleveland intervino para explicar la brecha en el Gnu-Emacs y Wayne se~nal'o que cualquier noticia sobre el hacker deb'ia darse de viva voz, puesto que le'ia con regularidad nuestra correspondencia electr'onica. La reuni'on se clausur'o con imitaciones de Boris y Natasha. El martes a las 12:42 del mediod'ia se activ'o la cuenta de Sventek. Roy llam'o a la polic'ia del laboratorio, que quer'ia ocuparse del seguimiento telef'onico. Cuando Tymnet hab'ia puesto su red en funcionamiento, Roy chillaba por el auricular. Yo o'ia su parte de la conversaci'on. -Necesitamos que localicen un n'umero. Tenemos la correspondiente orden judicial. Ahora. Un momento de silencio, seguido de nuevos gritos: -!Me importan un comino sus problemas! !Empiece el seguimiento ahora mismo! Otro silencio. -Si no empieza el seguimiento inmediatamente, tendr'a que v'erselas con el director del laboratorio -exclam'o Roy, antes de colgar el tel'efono. El jefe estaba furioso; ten'ia el rostro morado. -!Maldita polic'ia! !No han hecho nunca ning'un seguimiento telef'onico y no saben a qui'en llamar en la compa~n'ia telef'onica! !Diablos! Por lo menos proyectaba su furor en otra direcci'on. En todo caso, tal vez lo ocurrido no ten'ia importancia. El hacker desconect'o al cabo de un par de minutos, despu'es de hacer un listado de los nombres de los usuarios en activo. Cuando hubieran comenzado la operaci'on de localizaci'on, no habr'ia habido ninguna conexi'on que localizar. Mientras el jefe se tranquilizaba, examin'e las hojas impresas con su reciente intervenci'on. No hab'ia gran cosa que resumir en mi cuaderno. El hacker se hab'ia limitado a conectar, obtener una lista de los usuarios y, a continuaci'on, desconectar. Ni siquiera hab'ia examinado la correspondencia. !Ah! Acababa de comprender por qu'e hab'ia desconectado tan apresuradamente. El operador del sistema estaba en activo. El hacker deb'ia de conocer su nombre. Hab'ia levantado el periscopio, visto al enemigo y desaparecido. Entonces comprob'e, al examinar las impresiones de intervenciones anteriores, que s'olo permanec'ia en el sistema cuando no hab'ia ning'un operador en activo. Paranoico. Habl'e con todos nuestros operadores para hacerles part'icipes de dicho descubrimiento. De ahora en adelante operar'ian de inc'ognito, utilizar'ian seud'onimos. El 16 de setiembre conclu'ia la segunda semana desde el comienzo de la investigaci'on. Intent'e trabajar en problemas de 'optica, pero mi mente volv'ia ineludiblemente a las sesiones del hacker. Y efectivamente, poco despu'es del mediod'ia, son'o la alarma de mi terminal: hab'ia regresado. Llam'e primero a Tymnet y a continuaci'on al jefe. En esta ocasi'on intercomunicamos todos los tel'efonos y yo escuchaba el seguimiento, mientras observaba c'omo el hacker deambulaba por nuestro sistema. -Hola, Ron. Soy Cliff. Necesitamos otro seguimiento en nuestra l'inea de Tymnet, LBL, Tymnet modulo 128, terminal 3. Un minuto de manipulaciones al otro extremo de la l'inea. -Parece que se trata del modem tercero en nuestro bloque de 1200 baudios. Esto la convertir'ia en la l'inea 2903; es decir, 415-430-2903. -Gracias, Ron. La polic'ia lo oy'o y pas'o la informaci'on a Lee Cheng, en la compa~n'ia telef'onica. -Esto procede del conmutador de Franklin. No se retiren. Estaba acostumbrado a que los funcionarios de telef'onica me dijeran que no me retirara. Vi como el hacker activaba el archivo de Gnu-Emacs. Se estaba convirtiendo en superusuario. Permanecer'ia por lo menos otros diez minutos en el sistema. Tal vez el tiempo suficiente para localizar la llamada. !'Animo, Pac Bell! Al cabo de tres minutos reapareci'o Lee. -No cabe duda de que la l'inea sigue activa y est'a conectada a una de las l'ineas principales de Berkeley. Tengo a un t'ecnico verific'andolo en este momento. Transcurrieron otros dos minutos. El hacker, convertido ahora en superusuario, va directamente a los ficheros de correspondencia del usuario root. -El t'ecnico de Berkeley se~nala que la l'inea est'a conectada a las l'ineas de larga distancia de ATT. No se retiren. Pero Lee no nos desconecta y oigo su conversaci'on con la oficina de Berkeley. El t'ecnico de Berkeley insiste en que se trata de una conexi'on a larga distancia. Lee le dice que vuelva a comprobarlo. Entretanto el hacker explora nuestro fichero de contrase~nas. Creo que la est'a editando, pero no quiero perderme lo que dicen los de la compa~nia telef'onica. -Se trata de nuestro grupo de conmutaci'on 369 y, !maldita sea!, est'a conectado a 5096MCLN. El t'ecnico de Berkeley parec'ia hablar en griego. -De acuerdo. Supongo que tendremos que llamar a Nueva Jersey -dijo Lee, aparentemente desalentado-. Cliff, ?sigues ah'i? -S'i. ?Qu'e ocurre? -No tiene importancia. ?Seguir'a conectado durante mucho rato? Examin'e las hojas impresas. El hacker hab'ia abandonado nuestro fichero de contrase~nas y estaba borrando sus archivos temporales. -No lo s'e. Sospecho que... !Vaya, ha desconectado! -Desconectado de Tymnet -dijo Ron Vivier, que hasta entonces hab'ia guardado silencio. -Ha desaparecido de la l'inea telef'onica -agreg'o Lee. -Bien, se~nores, ?qu'e hemos averiguado? -dijo entonces el oficial de polic'ia. -Creo que la llamada procede de la costa este -respondi'o Lee-. Existe una peque~na posibilidad de que se trate de una llamada local desde Berkeley, pero... no, es de ATT -dec'ia Lee, pensando en voz alta, como un estudiante en un examen oral-. Todas nuestras l'ineas Pacific Bell de corta distancia tienen tres d'igitos que las distinguen; s'olo las de larga distancia se identifican con cuatro d'igitos. Esa l'inea... Un momento que lo verifico. O'i c'omo Lee manipulaba su teclado. -Oye, Cliff -dijo Lee, al cabo de un momento-: ?conoces a alguien en Virginia? ?Tal vez en Virginia del norte? -No. Por all'i no hay ning'un acelerador de part'iculas. Ni siquiera laboratorios de f'isica. Claro que all'i vive mi hermana... -?Crees que tu hermana se introduce clandestinamente en tu ordenador? !Vaya disparate! Mi hermana trabajaba como redactora t'ecnica para la maldita Armada. Incluso estudiaba de noche en el Colegio B'elico de la Marina. -Si lo hace -le respond'i-, yo soy el papa de San Francisco. -En tal caso, hemos terminado por hoy. La pr'oxima vez har'e el seguimiento con mayor rapidez. Era dif'icil imaginar un seguimiento m'as r'apido. Yo hab'ia tardado cinco minutos en conseguir que todo el mundo acudiera al tel'efono. Hab'ian transcurrido otros dos minutos para que Ron Vivier localizara la llamada a trav'es de Tymnet, y en siete minutos Lee Cheng hab'ia realizado un seguimiento a trav'es de varias centrales telef'onicas. Sin manifestar nuestra presencia, en un cuarto de hora hab'iamos seguido al hacker a trav'es de un ordenador y dos redes de comunicaciones. He ah'i un buen rompecabezas. Sandy Merola present'ia que el hacker proced'ia del campus de Berkeley. Dave Cleveland estaba seguro de que proced'ia de cualquier lugar, a excepci'on de Berkeley. Chuck McNatt, en Anniston, sospechaba de alg'un intruso de Alabama. El seguimiento de Tymnet conduc'ia a Oakland, California. Y ahora la Pacific Bell hablaba de Virginia. ?O quiz'a Nueva Jersey? Con cada sesi'on crec'ia mi cuaderno. No bastaba con resumir lo que ocurr'ia. Empec'e a anotar las impresiones de cada una de las sesiones y buscar correlaciones entre las mismas. Quer'ia conocer a mi hu'esped: comprender sus deseos, pronosticar sus movimientos, averiguar su nombre y descubrir su direcci'on. Mientras intentaba coordinar el seguimiento, hab'ia hecho pr'acticamente caso omiso de lo que en realidad hac'ia el hacker. Cuando todo hubo concluido, me retir'e a la biblioteca con las hojas impresas de su 'ultima conexi'on. Para empezar era evidente que los quince minutos que hab'ia observado no eran m'as que la cola de la intervenci'on del hacker. Hab'ia estado conectado con nuestro sistema durante dos horas, pero s'olo me hab'ia percatado de su presencia durante el 'ultimo cuarto de hora. !Maldita sea! De haberme dado cuenta inmediatamente, dos horas habr'ian bastado para completar el seguimiento. Pero lo m'as fustrante era la raz'on por la que no le hab'ia detectado. Estaba pendiente de que se activara la cuenta de Sventek, pero, antes de utilizarla, el hacker se hab'ia servido de otras tres. A las 11.09 de la ma~nana un hacker hab'ia conectado con la cuenta de un f'isico nuclear, Elissa Mark. Se trataba de una cuenta v'alida, a cargo del departamento de ciencias nucleares, pero hac'ia un a~no que su due~na estaba de excedencia en Fermilab. Con una simple llamada telef'onica descubr'i que Elissa no sab'ia que alguien utilizara su cuenta inform'atica; ni siquiera sab'ia que todav'ia exist'ia. ?Se trataba del mismo hacker al que estaba persiguiendo o de otra persona? No ten'ia forma alguna de averiguar con antelaci'on que la cuenta de Mark hubiera sido indebidamente apropiada, pero el examen de las hojas impresas disip'o cualquier duda. La persona que utilizaba la cuenta de Mark se hab'ia convertido en superusuario col'andose por la brecha del Gnu-Emacs. Como administrador de sistema, busc'o entonces las cuentas que no hab'ian sido utilizadas en mucho tiempo y encontr'o tres: Mark, Goran y Whitberg. Las dos 'ultimas pertenec'ian a f'isicos que hab'ian abandonado desde hac'ia mucho el laboratorio. Edit'o el fichero de contrase~nas y resucit'o las tres cuentas muertas. Puesto que ninguna de ellas hab'ia sido cancelada, todas sus archivos e informaci'on contable segu'ian siendo v'alidos. Para utilizar dichas cuentas, el hacker necesitaba averiguar sus contrase~nas. Pero las contrase~nas estaban protegidas por la codificaci'on: nuestras funciones DES de puerta giratoria. Ning'un hacker pod'ia penetrar aquel blindaje. Con sus poderes usurpados de superusuario, el hacker hab'ia editado el fichero de contrase~nas y, en lugar de intentar descifrar la contrase~na de Goran, la hab'ia borrado. Ahora dicha cuenta carec'ia de palabra contrase~na y el hacker pod'ia conectar como Goran. Entonces hab'ia desconectado. ?Qu'e se propon'ia? No pod'ia descifrar las contrase~nas, pero como superusuario no ten'ia por qu'e hacerlo, pues le bastaba con editar el fichero donde se encontraban. Al cabo de un minuto apareci'o de nuevo como <> y eligi'o una nueva contrase~na para dicha cuenta: <>. La pr'oxima vez que Roger Goran intentara utilizar nuestro ordenador Unix, le frustrar'ia descubrir que su antigua contrase~na ya no funcionaba. Nuestro hacker hab'ia robado otra cuenta. He aqu'i la raz'on por la que el hacker robaba antiguas cuentas. Si hubiera usurpado cuentas que estaban en activo, los usuarios leg'itimos se habr'ian quejado de que sus antiguas contrase~nas hab'ian dejado de funcionar. De modo que mi adversario se apropiaba de cuentas que ya no se utilizaban. Robaba a los muertos. Ni siquiera como superusuario pod'ia deshacer la puerta giratoria DES, lo que le imped'ia averiguar las contrase~nas de los dem'as. Pero pod'ia borrar las contrase~nas con un troyano o usurpar por completo una cuenta cambiando la contrase~nas. Despu'es de robar la cuenta de Goran, se apropi'o de la de Whitberg. El hacker controlaba ahora por lo menos cuatro cuentas en dos de nuestros ordenadores Unix: Sventek, Whitberg, Goran y Mark. ?Cu'antas otras cuentas ten'ia en su poder? ?En qu'e otros sistemas? Operando con el seud'onimo de Whitberg, el hacker intent'o conectar mediante Milnet con tres sistemas de las fuerzas a'ereas. Despu'es de esperar un minuto a que respondieran aquellos lejanos ordenadores, se dio por vencido y empez'o a examinar archivos del personal del laboratorio. Se cans'o despu'es de leer algunos art'iculos cient'ificos, varias aburridas propuestas de investigaci'on y una descripci'on detallada de la forma de medir el di'ametro nuclear de cierto is'otopo de berilio. !Vaya aburrimiento! Estaba claro que irrumpir clandestinamente en ordenadores no era la clave del poder, la fama y la suprema sabidur'ia. El hecho de haberse introducido en nuestros dos sistemas Unix no hab'ia satisfecho a mi voraz contrincante. Hab'ia intentado cruzar el foso de nuestro reforzado Unix-8, pero no lo hab'ia logrado; Dave hab'ia aislado perfectamente la m'aquina. Entonces, frustrado, hab'ia obtenido una lista de los ordenadores remotos accesibles desde nuestro sistema. No era ning'un secreto; s'olo los nombres, n'umeros de tel'efono y direcciones electr'onicas de treinta ordenadores Berkeley. 12 Estaba convencido de que, con la luna llena, aumentar'ia el n'umero de intromisiones y me dispuse a dormir bajo la mesa de mi despacho. Aquella noche no apareci'o el hacker, pero s'i lo hizo Martha. Alrededor de las siete subi'o en su bicicleta, con unos termos de sopa de verduras y fragmentos de edred'on para mantenerme ocupado. No hay atajos para coser a mano un edred'on. Cada tri'angulo, rect'angulo y cuadrado debe ser cortado a medida, planchado, colocado y cosido a los dem'as. Examin'andolo de cerca, no es f'acil distinguir las piezas de los retales. El dise~no s'olo se hace visible despu'es de descartar los retales y embastar las piezas. Una forma muy parecida a la de comprender a ese hacker. Alrededor de las once y media di por finalizada mi guardia. Si al hacker le daba por aparecer a medianoche, las impresoras registrar'ian de todos modos sus pasos. Al d'ia siguiente, el hacker hizo una aparici'on que me perd'i, porque hab'ia preferido almorzar con Martha cerca de la universidad. Vali'o la pena; en la calle, una orquesta de jazz tocaba melod'ias de los a~nos treinta. -Todo el mundo quiere a mi nena, pero mi nena no quiere a nadie m'as que a m'i -cantaba el vocalista. -Esto es absurdo -dijo Martha en un descanso-. Si se analiza con l'ogica, el cantante debe ser su propia nena. -?Ah, s'i? A m'i me parec'ia perfecto. -F'ijate, <> incluye a mi nena y, dado que <>, mi nena se quiere a s'i misma, ?no es cierto? -Supongo que s'i -respond'i, procurando seguir su l'ogica. -Pero a continuaci'on dice <>. Por consiguiente mi nena, que debe quererse a s'i misma, no puede querer a nadie m'as. Por tanto mi nena debo ser yo. Tuvo que explic'armelo dos veces para que lo comprendiera. El cantante no hab'ia estudiado l'ogica elemental, ni yo tampoco. Cuando regres'e despu'es del almuerzo, hac'ia rato que el hacker hab'ia desaparecido, dejando sus huellas en el papel impreso. En esta ocasi'on no se hab'ia convertido en superusuario. Con su habitual paranoia, hab'ia inspeccionado al personal en activo y los procesos de control, pero no hab'ia entrado por la brecha del sistema operativo. Lo que s'i hizo fue ir de pesca al Milnet. Un ordenador aislado, que no est'e comunicado con el resto del mundo, es inmune a todo ataque. Pero un ordenador ermita~no es de una utilidad limitada, no puede mantenerse al corriente de lo que ocurre a su alrededor. A los ordenadores se les saca un mayor rendimiento cuando se relacionan rec'iprocamente con gente, mecanismos y otros ordenadores. Las redes permiten que la gente comparta informaci'on, programas y correspondencia electr'onica. ?En qu'e consiste una red de ordenadores? ?Qu'e tienen que comunicarse los ordenadores entre s'i? La mayor parte de los ordenadores personales satisfacen las necesidades de sus propietarios y no necesitan hablar con otros sistemas. Para el procesamiento de textos, el control de contabilidad y juegos, en realidad basta con un solo ordenador. Pero si se le agrega un modem, a trav'es del tel'efono se pueden obtener las 'ultimas noticias de la bolsa, valores y rumores. Conectar con otros ordenadores es una forma muy eficaz de mantenerse al corriente de las 'ultimas novedades. Nuestras redes forman barrios, cada uno con su sentido de comunidad. Las redes de f'isica nuclear transmiten gran cantidad de informaci'on sobre part'iculas subat'omicas, proyectos de investigaci'on, e incluso rumores sobre qui'en aspira al premio Nobel. Las redes militares no reservadas probablemente transmiten pedidos de zapatos, peticiones de fondos y rumores sobre qui'en ambiciona la comandancia de la base. En alg'un lugar, estoy seguro de que tambi'en existen redes secretas, en las que se intercambian 'ordenes militares y rumores confidenciales, como con qui'en se acuesta el comandante de la base. Estas comunidades electr'onicas est'an limitadas por los confines de sus protocolos comunicativos. Las redes m'as simples, como los boletines de informaci'on p'ublica, utilizan las formas de comunicaci'on m'as sencillas. Cualquiera que disponga de un ordenador personal y un tel'efono puede conectar con las mismas. En las redes m'as avanzadas hay que alquilar l'ineas telef'onicas y utilizar ordenadores especializados, donde se conectan centenares o millares de ordenadores. Estas diferencias f'isicas crean fronteras entre distintas redes. Las propias redes est'an conectadas entre s'i mediante ordenadores puente, que transmiten los mensajes reformados de una red a otra. Al igual que el universo de Einstein, la mayor parte de las redes son finitas pero ilimitadas. S'olo hay cierto n'umero de ordenadores conectados a las mismas, pero uno no llega nunca al l'imite de la red. Siempre hay otro ordenador m'as all'a. Por fin uno acabar'ia por completar el circuito y encontrarse de nuevo en el punto de partida. La mayor parte de las redes son tan complejas y sus interrelaciones tan extensas, que nadie sabe adonde conducen todas sus conexiones y todo el mundo ha de explorar para navegar por las mismas. Los ordenadores de nuestro laboratorio est'an conectados a una docena de redes. Algunas son locales, como la que conecta los ordenadores de un edificio con el laboratorio adjunto. Otras abarcan una comunidad m'as amplia, como la Bay Area Research Net, que enlaza una docena de universidades en el norte de California. Por 'ultimo, las redes nacionales e internacionales permiten a nuestros cient'ificos conectar ordenadores alrededor del mundo. Pero la red fundamental es Internet. A mediados de los a~nos cincuenta, en un alarde pol'itico de obras p'ublicas, el gobierno federal comenz'o a construir con fondos p'ublicos una red de carreteras interestatales. Con el recuerdo de la escasez de transporte durante la guerra, los jefes militares quisieron asegurarse de que existiera un sistema interestatal para la movilidad de tanques, armamento y transportes militares. Hoy d'ia, pocos son los que piensan en las carreteras interestatales como medio de transporte militar, pero son tan aptas para los tanques como para los camiones. Con la misma l'ogica, el Departamento de Defensa comenz'o a elaborar una red para interconectar los ordenadores militares. En 1969 los experimentos de la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA) cristalizaron en Arpanet y m'as adelante en Internet: red electr'onica que interconecta cien mil ordenadores alrededor del globo. En el mundo de la inform'atica, Internet es por lo menos tan eficaz como el sistema interestatal de carreteras. En ambos casos el 'exito ha superado toda previsi'on y su tr'afico cotidiano excede en mucho lo anticipado por sus dise~nadores. Ambos inspiran quejas sobre los atascos de tr'afico, los itinerarios inadecuados, la mala planificaci'on y el escaso mantenimiento. Sin embargo, incluso dichas quejas reflejan la inmensa popularidad de lo que, hace s'olo unos pocos a~nos, era un experimento incierto. Al principio, la red de DARPA no era m'as que un simple banco de pruebas, para demostrar la posibilidad de enlazar distintos ordenadores. Dado que el experimento se consider'o poco fiable, las universidades y los laboratorios lo utilizaron, pero los militares lo ignoraron. Al cabo de ocho a~nos, s'olo unos centenares de ordenadores estaban conectados a Arpanet, pero poco a poco otros se sintieron atra'idos por la fiabilidad y simplicidad de dicha red. Pretender hacer un censo de los ordenadores conectados a determinada red equivaldr'ia a querer contar los pueblos y ciudades que se pueden alcanzar por la red interestatal de carreteras; resulta dif'icil enumerar los lugares a los que se puede llegar por rutas indirectas. Las crecientes dolencias de las redes se reflejan en sus cambios de nombre. Inicialmente, Arpanet era una estructura b'asica que conectaba entre s'i algunos ordenadores de universidades, el ej'ercito y suministradores de material b'elico. Conforme aument'o la dependencia de los militares a dicha red, para la transmisi'on de mensajes y correspondencia, decidieron dividirla en una secci'on militar, Milnet, y otra de investigaci'on, Arpanet. Pero no hay mucha diferencia entre la red militar y la acad'emica, ya que existen puentes que permiten el flujo de informaci'on entre ambas. En realidad, cualquier usuario de Arpanet puede conectar con Milnet sin dificultad alguna. En conjunto, Arpanet, Milnet y otras cien redes constituyen Internet. Hay millares de ordenadores universitarios, comerciales y militares conectados mediante Internet. Al igual que los edificios de cualquier ciudad, cada uno tiene una direcci'on 'unica, la mayor parte de las cuales est'an registradas en el Network Information Center (NIC), en Menlo Park, California. Cada ordenador puede tener docenas o centenares de personas que lo utilizan y los usuarios est'an tambi'en registrados en el NIC. Los ordenadores del NIC disponen de un 'indice de usuarios; basta con conectar con el NIC y pregunt'arselo para que nos indique d'onde se encuentra alguien. Les resulta imposible mantener su informaci'on actualizada (los inform'aticos cambian frecuentemente de empleo), pero el NIC constituye, a pesar de todo, una buena gu'ia telef'onica del personal inform'atico. Mientras estaba almorzando, el hacker se introdujo en el NIC y la impresora grab'o la sesi'on, en la que buscaba la abreviaci'on <>: LBL> telnet NIC.ARPA # El hacker pregunta por el Network Information Center Trying... Connected to 10.0.0.51 Escape character is '"]' +------------------- DDN Network Information Center -------------------- | | For user and host information, type: WHOIS | For NIC information, type: NIC | +---------------------------------------------------------------------- ---------- @ whois wsmr # Busca a WSMR White Sands Missile Range WSMR-NET-GW.ARMY.MIL 26.7.0.74 White Sands Missile Range WSMR-TRAPS.ARMY.MIL 192.35.99.2 White Sands Missile Range WSMR-AIMS.ARMY.MIL 128.44.8.1 White Sands Missile Range WSMR-ARMTE-GW.ARMY.MIL 128.44.4.1 White Sands Missile Range WSMR-NEL.ARMY.MIL 128.44.11.3 ?WSMR? White Sands Army Range. Le hab'ian bastado dos 'ordenes y veinte segundos para descubrir cinco ordenadores en White Sands. Sunspot, en Nuevo M'exico, es conocido entre los astr'onomos como uno de los mejores observatorios solares. La claridad del firmamento y sus magn'ificos telescopios compensan el aislamiento de Sacramento Peale, a varios centenares de kil'ometros al sur de Albuquerque. La 'unica carretera que conduce al observatorio pasa por White Sands, donde el ej'ercito prueba sus misiles teledirigidos. En una ocasi'on, cuando estudiaba la corona solar, fui a realizar observaciones en Sunspot, pasando por la desolaci'on de White Sands. Los portalones cerrados y las garitas sirven para desalentar a los curiosos; si a uno no le achicharra el sol, lo har'an las alambradas el'ectricas. Hab'ia o'ido rumores de que el ej'ercito dise~naba cohetes para derribar sat'elites. Aunque los astr'onomos civiles s'olo podemos especular, pod'ia tratarse de un proyecto de la Guerra de las Galaxias. Puede que el hacker supiera m'as sobre White Sands que yo. Sin embargo, de lo que no cab'ia duda era de que deseaba obtener m'as informaci'on sobre White Sands. Pas'o diez minutos intentando conectar con cada uno de dichos ordenadores mediante Internet. En la impresora se grab'o lo siguiente: LBL> telnet WSMR-NET-GW.ARMY.MIL # Pide conexi'on a White Sands Trying... Connected to WSMR-NET-GW.ARMY.MIL 4.2 BSD UNIX Welcome to White Sands Missile Range login: guest # prueba cuenta guest Password: guest # guest como contrase~na Contrase~na inv'alida, prueba otra vez # no ha habido suerte login: visitor # prueba otra cuenta probable Password: visitor Contrase~na inv'alida, prueba otra vez # tampoco ha habido suerte login: root # prueba otra cuenta Password: root Contrase~na inv'alida, prueba otra vez # sigue sin suerte login: system # cuarta tentativa Password: manager Contrase~na inv'alida, desconectado tras 4 intentos En cada ordenador intent'o conectar como guest, visitor, root y system. Vimos c'omo fracasaba una y otra vez, conforme probaba distintas contrase~nas. Puede que aquellas cuentas fueran v'alidas, pero que el hacker no lograra penetrarlas por desconocer la contrase~na adecuada. Sonre'i mientras examinaba las hojas impresas. Era evidente que el hacker intentaba introducirse en White Sands. Pero no bromeaban con sus sistemas de seguridad. Entre alambradas el'ectricas y contrase~nas, exclu'ian tanto a los turistas como a los hackers. Alguien en White Sands hab'ia atrancado debidamente las puertas. Sin ocultar mi satisfacci'on, le mostr'e las tentativas a mi jefe, Roy Kerth. -?Qu'e hacemos? -le pregunt'e-. Ya que no ha podido entrar en White Sands, ?se lo decimos? -Por supuesto que se lo decimos -respondi'o Roy-. Si alguien intenta robar a mis vecinos, evidentemente que se lo cuento. Y aviso tambi'en a la polic'ia. Le pregunt'e a qu'e jurisdicci'on pertenec'ia Internet. -!Yo qu'e s'e! -exclam'o Roy-. Pero nuestra pol'itica ser'a la de informar a todo aquel que sea v'ictima de un ataque. No me importa que el hacker no haya logrado penetrar en su sistema. Ll'amalos por tel'efono y cu'entaselo. No se te ocurra hacerlo por v'ia electr'onica. Y averigua qu'e polic'ia tiene jurisdicci'on sobre la red. -S'i, se~nor. Bast'o con una llamada para averiguar que el FBI no era la polic'ia de Internet. -Dime, muchacho: ?has perdido m'as de medio mill'on de d'olares? -Pues, no. -?Informaci'on reservada? -Tampoco. -Entonces !l'argate, muchacho! Un nuevo intento de interesar a los federales hab'ia fracasado. Tal vez el Network Information Center sabr'ia a qu'e jurisdicci'on pertenec'ia su red. Llam'e a Menlo Park y acab'e hablando con Nancy Fisher. Para ella, Internet no era s'olo un conjunto de cables y programas. Era un ser viviente, un cerebro con neuronas que se extend'ia por el mundo entero, al que daban vida diez mil usuarios por hora. La visi'on de Nancy era fatalista. -Es una versi'on en miniatura de la sociedad que nos rodea. Tarde o temprano alg'un b'arbaro intentar'a destruirla. Al parecer no hab'ia ninguna polic'ia para proteger la red. Dado que Milnet -ahora denominado Defense Data Network- no estaba autorizado para transmitir informaci'on reservada, a nadie parec'ia importarle excesivamente su seguridad. -Tendr'ias que hablar con la oficina de las fuerzas a'ereas de investigaciones especiales -me dijo-. Son la brigada especial de la aviaci'on. Se ocupan de drogas y asesinatos. Lo suyo no suelen ser los delitos de guante blanco, pero no perder'as nada por hablar con ellos. Siento no poder ayudarte, pero en realidad el asunto no es de mi competencia. Despu'es de otras tres llamadas telef'onicas, me encuentro hablando simult'aneamente con el agente especial Jim Christy, de las fuerzas a'ereas (AFOSI), y el comandante Steve Rudd, de la Defense Communications Agency. Jim Christy me pon'ia nervioso: hablaba como suelen hacerlo los detectives. -Veamos si lo he comprendido. ?Un hacker ha irrumpido en vuestro ordenador, a continuaci'on ha penetrado en un ordenador del ej'ercito en Alabama y ahora intenta introducirse en la base de misiles de White Sands? -S'i, eso es lo que hemos visto -respond'i, sin hablarle de la brecha de seguridad en el Gnu-Emacs-. Todav'ia no hemos completado nuestras investigaciones; puede que proceda de California, Alabama, Virginia, o quiz'a Nueva Jersey. -Comprendo... No le hab'eis cerrado las puertas para poder atrapar a ese cabr'on -coment'o, anticip'andose a mis pensamientos. -Si se las cerr'aramos, entrar'ia en Internet por alg'un otro agujero. Steve Rudd, por otra parte, quer'ia deshacerse inmediatamente del hacker. -No podemos permitir que esto contin'ue. Aunque no transmita informaci'on reservada, la integridad de Milnet exige que se excluya a los esp'ias. ?Esp'ias? Aguc'e el o'ido. -Supongo que el FBI no ha movido ni un dedo -dijo el polic'ia. Resum'i nuestras cinco llamadas al FBI en una palabra. -El FBI no tiene obligaci'on de investigar todos los delitos -aclar'o Jim Christy en un tono casi conciliador-. Probablemente s'olo se ocupan de uno de cada cinco. Los delitos inform'aticos no son f'aciles; no como los secuestros o los atracos, donde hay testigos y p'erdidas evidentes. No hay que culparlos por eludir un caso dif'icil, sin una soluci'on clara. -Muy bien, el FBI no est'a dispuesto a hacer nada -insisti'o Jim-. ?Y la AFOSI? -Nosotros somos investigadores de delitos inform'aticos de las fuerzas a'ereas -respondi'o cautelosamente Jim-. Normalmente nos enteramos de que se ha cometido un delito cuando ya se han producido p'erdidas. 'Esta es la primera ocasi'on en que nos encontramos con un caso que est'a sucediendo... -Jim, t'u eres un agente especial -interrumpi'o Steve-. Lo 'unico que te diferencia del FBI es la jurisdicci'on. ?No cae esto en tu campo? -As'i es. Se trata de un caso curioso que cae en diversos campos -dec'ia Jim, mientras yo casi le o'ia pensar por tel'efono-. Sin duda nos interesa. No s'e si se trata de un problema grave o de una broma, pero vale la pena investigarlo. <> o <>. Cada cuenta ten'ia su propia clave, que nadie habr'ia podido acertar. No me gustaba el sistema de White Sands. Nunca lograba recordar las claves generadas por el ordenador y, por consiguiente, las escrib'ia en mi cartera, o junto a mi terminal. Era preferible que la gente pudiera elegir su propia palabra clave. Evidentemente, algunos escoger'ian palabras f'aciles de adivinar, como su propio nombre, pero por lo menos no se quejar'ian de tener que recordar palabras absurdas como <> y no las escribir'ian en ning'un lugar. Sin embargo, el hacker hab'ia logrado penetrar en mi sistema, mientras que el de White Sands le hab'ia rechazado. Puede que las palabras clave elegidas al azar, repulsivas y disonantes, ofrecieran mayor seguridad. No lo s'e. Hab'ia seguido las 'ordenes de mi jefe. El FBI no se interesaba por nosotros, pero los sabuesos de las fuerzas a'ereas se ocupaban del caso. Adem'as, hab'ia informado a White Sands que alguien intentaba entrar clandestinamente en sus ordenadores. Satisfecho de mi labor, me reun'i con Martha en un restaurante de pizzas vegetarianas y, mientras degust'abamos unas crujientes espinacas al pesto, le habl'e de los sucesos del d'ia. -Bien, Natasha, primera misi'on cumplida. -!Maravilloso, Boris, menuda victoria! Boris..., ?cu'al es la primera misi'on? -Hemos establecido contacto con la polic'ia secreta de las fuerzas a'ereas, Natasha. -?En serio, Boris? -Y hemos ordenado la pizza secreta. -Pero, Boris, ?cu'ando capturaremos al esp'ia? -Paciencia, Natasha. 'Esta es la segunda misi'on. No nos pusimos a hablar en serio hasta que empezamos a andar hacia casa. -Esto se pone cada vez m'as peliagudo -dijo Martha-. Empez'o como un juego, persiguiendo a alg'un bromista local, y ahora tratas con militares trajeados y sin sentido del humor. Cliff, no son tu tipo de gente. -Se trata de un proyecto inofensivo y posiblemente provechoso, que los mantendr'a ocupados -me defend'i malhumorado-. Despu'es de todo, esto es lo que se supone que deben hacer, excluir a los malos. -S'i, pero ?y t'u qu'e, Cliff? -insisti'o Martha-. ?Qu'e haces tratando con esa gente? Comprendo que hables con ellos, ?pero hasta qu'e punto te est'as involucrando? -Cada paso me parece perfectamente correcto desde mi punto de vista -respond'i-. Soy un administrador de sistemas que intenta proteger su ordenador. Si alguien penetra clandestinamente en el mismo, tengo que expulsarlo. Hacer caso omiso de ese cabr'on equivaldr'ia a permitirle que trastorne otros sistemas. Efectivamente, estoy cooperando con la polic'ia de las fuerzas a'ereas, pero esto no significa que est'e de acuerdo con todo lo que representan los militares. -S'i, pero tienes que decidir c'omo quieres vivir tu vida -dijo Martha-. ?Quieres dedicarte a ser polic'ia? -?Polic'ia? Claro que no, soy astr'onomo. Pero nos encontramos ante algo que amenaza con destruir nuestro trabajo. -Eso no lo sabemos -replic'o Martha-. Puede que, desde un punto de vista pol'itico, ese hacker est'e m'as cerca de nosotros que esos agentes secretos. ?No se te ha ocurrido que podr'ias estar persiguiendo a alguien de tu propio bando? Tal vez pretenda desenmascarar los problemas de la proliferaci'on militar. Una especie de desobediencia civil electr'onica. Mi propia opini'on pol'itica no hab'ia evolucionado mucho desde fines de los a~nos sesenta..., una especie de mescolanza confusa de nuevo izquierdismo. Nunca me hab'ia preocupado particularmente la pol'itica y me consideraba un no ide'ologo inofensivo, que procuraba eludir compromisos pol'iticos desagradables. Me resist'ia al dogmatismo de la izquierda radical, pero indudablemente tampoco era conservador. No sent'ia deseo alguno de confraternizar con los federales. Y sin embargo ah'i estaba, code'andome con la polic'ia militar. -La 'unica forma de averiguar qui'en se encuentra al otro extremo de la l'inea, consiste en seguir las conexiones -respond'i-. Puede que 'estas no sean nuestras organizaciones predilectas, pero las acciones concretas en las que cooperamos no son nocivas. No es como si me dedicara a transportar armas para la contra. -Anda con mucho cuidado. 13 Mis tres semanas hab'ian casi terminado. Si no capturaba al hacker en las pr'oximas veinticuatro horas, el laboratorio dar'ia por finalizada mi b'usqueda. Instalado en la sala de conexiones, daba un salto cada vez que se abr'ia una l'inea. -Entra en mi sal'on -le dijo la ara~na a la mosca. Y, efectivamente, a las 02:30 de la tarde, la impresora pas'o una p'agina y el hacker conect'o con el ordenador. A pesar de que en esta ocasi'on utilizaba una cuenta robada, la de Goran, estaba seguro de que se trataba del hacker; verific'o inmediatamente qui'en utilizaba el ordenador. Al darse cuenta de que no hab'ia ning'un operador presente, busc'o la brecha en el Gnu-Emacs y comenz'o a realizar una serie de delicadas piruetas, para convertirse en superusuario. Yo no le observaba. Un minuto despu'es de que conectara, llam'e a Ron Vivier de Tymnet y a Lee Cheng de la telef'onica. -Est'a conectado a tu terminal catorce y entra a Tymnet por Oakland -susurraba Ron, mientras yo tomaba notas-. Corresponde a nuestra terminal 322, que es, d'ejame ver... -dec'ia, al tiempo que le o'ia teclear-. S'i, eso es, el 2902. 430 2902. 'Este es el n'umero que ten'eis que localizar. -De acuerdo, lo estoy localizando -intervino Lee Cheng, a quien tambi'en o'i teclear, en esta ocasi'on con pitidos agregados-. No cabe duda de que la l'inea est'a abierta. Y procede de ATT. ATT en Virginia. No te retires, llamo a Nueva Jersey. Escuch'e mientras Lee hablaba con un empleado de ATT llamado Edsel (?o quiz'a Ed Sell?) en Whippany, Nueva Jersey. Al parecer todas las l'ineas de larga distancia de ATT se localizan a trav'es de Nueva Jersey. Sin comprender su jerga, escrib'i lo que o'i: <> -Voy a llamar a McLean -dijo otro t'ecnico. -Efectivamente -dijo entonces el t'ecnico de Nueva Jersey-. 5096 acaba en la regi'on 703. De pronto hab'ia seis personas en la l'inea. Las llamadas colectivas de telef'onica eran claras y potentes. La 'ultima en agregarse a la conferencia era una mujer que hablaba con cierto acento. -Est'ais todos conectados con McLean y aqu'i en C y P es casi hora de comer... -Seguimiento de emergencia en c'odigo de ruta 5096MCLN -interrumpi'o la voz entrecortada de Lee-, tu l'inea terminal 427. -Copio 5096MCLN l'inea 427. Seguimiento en marcha. Despu'es de un minuto de silencio, apareci'o de nuevo la voz de la mujer: -Aqu'i lo tenemos, muchachos. !Vaya, parece que procede del territorio 415! -!Magn'ifico! Felicidades desde la bah'ia de San Francisco -dijo Lee. -Grupo de larga distancia 5096MCLN, v'ia 427 concluye en 448 -dec'ia la mujer, sin hablar con nadie en particular-. Nuestro ESS4 en 448. ?Es un PBX? No -prosigui'o, respondiendo a su propia pregunta-, es circular. Marco veinticuatro. Estoy casi al borde de la manga. Aqu'i lo tenemos. Quinientos cable par, grupo tres n'umero doce... Esto es diez..., diez sesenta. ?Quieres que lo confirme con una peque~na interrupci'on? -Ha completado el seguimiento -dijo Lee, interpretando su jerga-. Para asegurarse de que ha localizado el n'umero correcto, quiere desconectar un segundo la l'inea. Si lo hace, ser'a como si hubieran colgado. ?Te parece bien? El hacker estaba ocupado leyendo la correspondencia electr'onica y dudaba de que le importara perderse algunas letras. -Por supuesto. Di le que lo haga, mientras yo compruebo lo que ocurre aqu'i. -!Listos! -exclam'o Lee, despu'es de hablar unos momentos con ella. Explic'o que cada l'inea telef'onica tiene una serie de fusibles en la central que protegen el equipo de los rayos y de los imb'eciles que conectan el tel'efono a la red el'ectrica. El t'ecnico de la central puede ir a la sala de conexiones y desconectar el fusible de una l'inea determinada, produciendo el mismo efecto que si colgaran el tel'efono. La comprobaci'on no era necesaria, pero confirmar'ia que hab'ian realizado correctamente el seguimiento. -Desconecto el fusible... -dijo al cabo de un momento el t'ecnico de la central- ahora. Efectivamente, el hacker qued'o desconectado, cuando estaba a medio transmitir una orden. Hab'ian localizado la l'inea correcta. -Es sin duda 1060. Eso es todo, muchachos -dijo la voz de la mujer-. Voy a mezclar algunos papeles y mandarlos al piso de arriba. Lee les dio las gracias a todos y o'i c'omo daba por terminada la conferencia. -El seguimiento ha concluido y el t'ecnico redacta el informe correspondiente. Cuando tenga la informaci'on, se la pasar'e a la polic'ia. No lo entend'ia. ?Por qu'e no se limitaba a decirme qui'en era el due~no del tel'efono en cuesti'on? Lee me explic'o que la compa~n'ia telef'onica trataba s'olo con la polic'ia y no con individuos. Adem'as, no conoc'ia los resultados de la localizaci'on. El t'ecnico encargado de la 'ultima etapa redactar'ia los informes pertinentes (!ah!, <>) y los entregar'ia a las autoridades competentes. -?No puedes saltarte la burocracia y decirme qui'en es el hacker? -protest'e. No. En primer lugar. Lee no dispon'ia de dicha informaci'on. Quien la ten'ia era el t'ecnico de Virginia y hasta que la compa~n'ia telef'onica de Virginia se la comunicara, Lee sab'ia tan poco como yo. Adem'as, se~nal'o tambi'en el problema de que la orden judicial s'olo era v'alida para California. Un tribunal californiano no pod'ia obligar a la compa~n'ia telef'onica de Virginia a entregar informaci'on. Necesit'abamos una orden judicial de Virginia o un mandato federal. -El FBI nos ha mandado cinco veces a fre'ir esp'arragos -protest'e-. Adem'as, es probable que ese individuo no quebrante ninguna ley en Virginia. ?No podr'ias limitarte a darme el n'umero de tel'efono, as'i, entre amigos? Lee no le conoc'ia. Llamar'ia a Virginia e intentar'ia convencerlos para que nos lo dieran, pero no albergaba muchas esperanzas. !Maldita sea! Al otro extremo de aquella l'inea hab'ia alguien que irrump'ia clandestinamente en ordenadores militares y nosotros no pod'iamos obtener su n'umero de tel'efono, diez segundos despu'es de haber sido localizado. El seguimiento hab'ia concluido, aunque no de un modo plenamente satisfactorio. ?C'omo obtener una orden judicial en Virginia? Mi jefe, Roy Kerth, se hab'ia ausentado para un par de semanas y decid'i llamar directamente a la abogada del laboratorio. Me sorprendi'o la seriedad con que Aletha se tom'o el problema. Se pondr'ia de nuevo en contacto con el FBI y ver'ia lo que pod'ia hacer en Virginia. Le advert'i que, como pe'on del sistema, no ten'ia siquiera derecho a hablar con ella, ni mucho menos a solicitar sus servicios jur'idicos. -No seas bobo -me respondi'o-. Esto es mucho m'as divertido que preocuparse de la ley de la propiedad intelectual. La polic'ia del laboratorio quer'ia saberlo todo acerca del seguimiento telef'onico. Les dije que se prepararan para tomar al asalto el estado de Virginia. A pesar de mi cinismo, simpatizaron sorprendentemente con mi problema referente a la orden judicial de Virginia y se ofrecieron para utilizar sus contactos personales, a fin de obtener la informaci'on por alg'un otro canal. Dudaba de que funcionara, pero ?por qu'e no dejar que lo intentaran? 14 La compa~n'ia telef'onica me ocultaba el n'umero de tel'efono del hacker, pero las copias de mi impresora mostraban todos y cada uno de sus movimientos. Mientras yo hablaba con los t'ecnicos de Tymnet y de telef'onica, el hacker hab'ia estado merodeando por mi ordenador. No satisfecho con examinar la correspondencia del usuario root, hab'ia le'ido tambi'en la de varios f'isicos nucleares. Despu'es de quince minutos leyendo correspondencia, hab'ia regresado a la cuenta robada de Goran, utilizando su nueva contrase~na: Benson. Puso en funcionamiento un programa que buscaba las contrase~nas en los archivos de nuestros usuarios; mientras 'este se ejecutaba, llam'o al centro de informaci'on de la red Milnet. Una vez m'as, sab'ia lo que estaba buscando: LBL>telnet Nic.arpa Trying... Connected to 10.0.0.51 +--------------------- DDN Network Information Center ----------------------| | For TAG news, type: TACNEWS | For user and host Information, type: WHOIS | For NIC Information, type: NIC +---------------------------------------------------------------------- -------------| SRI-NIC, TOPS-20 Monitor 6.1(734)-4 @ Whois cia Central Intelligence Agency (CIA) Office of Data Processing Washington, DC 20S05 These are 4 know members: Fischoff, J. (JF27) FISHOFF@A.ISI.EDU (703) 351-3305 Gresham, D. L (DLG33) GRESHAM@A.ISI.EDU (703) 351-2957 Manning, Edward J. (EM44) MANNDFG@BBN.ARPA (703) 281-6161 Ziegler, Mary (MZ9) MARY@NNS.ARPA (703) 351-8249 Hab'ia preguntado por el camino de entrada en la CIA. Pero en lugar de su ordenador, hab'ia descubierto a cuatro personas que trabajaban para la organizaci'on. Imaginaba a esos esp'ias de la CIA practicando sus juegos de capa y espada, mientras alguien se les colaba por la puerta trasera. Entonces me pregunt'e a m'i mismo si deber'ia dec'irselo. No. ?Para qu'e perder el tiempo cont'andoselo? ?Qu'e me importa que un esp'ia merodee por el patio trasero de la CIA? Hab'ian concluido las tres semanas que me hab'ian concedido para perseguir al hacker; momento de echar el cerrojo y concentrarme en los verdaderos problemas de f'isica y astronom'ia. El problema hab'ia dejado de ser de mi competencia. Sin embargo no me parec'ia justo. El hacker merodeaba por ordenadores militares sin que nadie se diera cuenta. La CIA no lo sab'ia. Al FBI no le importaba. ?Qui'en se ocupar'ia del caso cuando nosotros lo abandon'aramos? Cog'i el tel'efono para llamar a las personas que figuraban en la lista de la CIA, pero volv'i a colgarlo. ?Qu'e hac'ia un hippy de pelo largo llamando a la bofia? ?Qu'e dir'ia Martha? En todo caso, ?de parte de qui'en estaba yo? Desde luego no de la CIA. Pero, por otra parte, tampoco me entusiasmaba que alguien irrumpiera clandestinamente en nuestro sistema. O por lo menos eso cre'ia. !Vaya por Dios! Ese cretino intentaba colarse en otro ordenador, y si yo no los avisaba, nadie lo har'ia. Yo no era responsable de los actos de la CIA, s'olo lo era de mi propia conducta. Antes de cambiar de opini'on, marqu'e el n'umero de tel'efono del primer individuo de la CIA. Nadie contest'o. El segundo estaba de vacaciones; eso dijo su contestador autom'atico. El tercero... -Extensi'on 6161 -dijo una voz administrativa. -Mmm, hola -tartamude'e-. Deseo hablar con Ed Manning. -?S'i? No sab'ia por d'onde empezar. ?C'omo se presenta uno a un esp'ia? -Usted no me conoce, pero soy administrador de sistemas y hemos estado sigui'endole la pista a un hacker. -Comprendo. -El caso es que ha estado buscando la forma de introducirse en los ordenadores de la CIA, pero en su lugar ha encontrado su nombre y n'umero de tel'efono. No s'e lo que eso significa, pero alguien le est'a buscando. O puede que lo que busquen sea la CIA y su nombre haya aparecido accidentalmente -dije con la voz entrecortada, aterrorizado de mi interlocutor. -?Qui'en es usted? Se lo dije muy asustado, temiendo que mandara a un grupo de individuos de gabardina para ajustarme las cuentas. Le describ'i el laboratorio, asegur'andome de que comprendiera que la Rep'ublica Democr'atica de Berkeley no ten'ia oficialmente relaciones diplom'aticas con su organizaci'on. -?Puedo mandar a alguien ma~nana? No, espere, ma~nana es s'abado. ?Qu'e le parece el lunes por la tarde? !Maldita sea, los verdugos entraban en acci'on! Intent'e retractarme. -Es probable que no merezca la pena. Ese individuo no ha descubierto nada, aparte de cuatro nombres. No se preocupe, no creo que logre entrar en su ordenador. -Conozco la raz'on por la que mi nombre figura en la lista -respondi'o el se~nor Manning, que no estaba convencido-. El a~no pasado trabaj'e en unos ordenadores del laboratorio de investigaci'on bal'istica. Pero el caso nos interesa profesionalmente hablando y le agradecer'ia nos brindara la oportunidad de averiguar un poco m'as sobre el tema. Cabe la posibilidad de que el problema sea grave. ?Con qui'en estaba hablando? ?No eran 'esos los individuos que se entromet'ian en la pol'itica centroamericana y suministraban armas de contrabando a los asesinos derechistas? Sin embargo, el individuo con el que acababa de hablar no parec'ia un delincuente. Se expresaba como una persona normal, preocupada por un problema. ?Y por qu'e no lanzarlos en persecuci'on de alguien tan entrometido y destructivo, como siempre hab'ia cre'ido que lo eran ellos? Perseguir a un aut'entico delincuente brindar'ia a la CIA la oportunidad de hacer algo inofensivo, quiz'a incluso provechoso; evitar'ia que se metieran en l'ios mayores. De nada serv'ia discutir. Deb'ian saberlo y no se me ocurr'ia ninguna buena raz'on para ocult'arselo. Adem'as, no perjudicar'ia a nadie por el hecho de hablar con la CIA; no era como mandar armas a alg'un dictador militar. Despu'es de todo, ?no era 'ese su deber leg'itimo, el de protegernos de los malvados? Si no les contaba lo que estaba ocurriendo, ?qui'en lo har'ia? No pude evitar comparar la reacci'on inmediata de la CIA con las respuestas del FBI. Media docena de llamadas y siempre la misma contestaci'on: -!L'argate, muchacho! Acced'i a reunirme con sus agentes, a condici'on de que no usaran gabardina. -Ahora s'i que he metido la pata -dije para m'i-. No s'olo hablo con los de la CIA, sino que los invito a Berkeley. ?C'omo se lo cuento a mis amigos radicales? 15 Windmill Quarry est'a justo al otro lado del r'io Ni'agara desde Buffalo, Nueva York, donde yo me cri'e. S'olo hay que hacer 16 kil'ometros en bicicleta, cruzando a Canad'a por el Puente de la Paz y, siguiendo un camino con abundantes curvas, hasta el mejor lugar para nadar de la regi'on. Si uno sortea acertadamente los baches y habla con cortes'ia a los aduaneros estadounidenses y canadienses, llega sin problemas. Acababa de terminar el curso en el instituto, cuando un d'ia de junio de 1968 fui en mi bici a Windmill Quarry, para pasar la tarde del s'abado nadando. Otros dos amigos y yo quedamos agotados, intentando nadar hasta una balsa situada en medio del agua. Alrededor de las seis nos hartamos, montamos en nuestras bicicletas y emprendimos el camino de regreso a Buffalo. A 5 kil'ometros del Puente de la Paz, pedale'abamos por el costado pedregoso de un camino vecinal, cuando una camioneta nos oblig'o a salir de la carretera. Alguien desde su interior nos insult'o y arroj'o una lata de cerveza medio vac'ia, d'andole en la cabeza a la chica que pedaleaba. No se lastim'o, pero los tres est'abamos furiosos. 'Ibamos en bicicleta. No ten'iamos ninguna esperanza de alcanzar a esos hijos de su madre. Y aunque lo logr'aramos, ?qu'e pod'iamos hacer? Adem'as, nos faltaban todav'ia 5 kil'ometros para llegar a la frontera. Est'abamos indefensos, no pod'iamos contraatacar. Pero logr'e verles la matr'icula. Era del estado de Nueva York. Claro..., ellos tambi'en regresaban a Buffalo. Entonces se me ocurri'o una idea. Me detuve en la primera cabina telef'onica, donde afortunadamente hab'ia un list'in, y llam'e a los aduaneros estadounidenses. -Una camioneta Chevy color verde se dirige al Puente de la Paz -les dije-. No puedo asegur'arselo, pero creo que llevan drogas. El agente me dio las gracias y colgu'e el tel'efono. Los tres seguimos apaciblemente nuestro camino. Despu'es de cruzar el puente, mir'e al lado de la carretera y el coraz'on me dio un vuelco. Ah'i estaba efectivamente la camioneta verde, con el cap'o levantado, los asientos fuera del veh'iculo y sin dos de sus ruedas. Los aduaneros la estaban examinando a fondo, en busca de drogas. Bueno, hab'ia recuperado mi sentido de la dignidad. Hace a~nos no ped'i a aquel imb'ecil que nos arrojara una lata de cerveza, ni ahora hab'ia invitado al hacker a que invadiera mi ordenador. No era mi intenci'on la de perseguirle por distintas redes; prefer'ia dedicarme a la astronom'ia. Pero ahora que hab'ia elaborado una estrategia, s'olo pod'ia seguirle la pista con cautela y tenacidad. As'i como informando a las pocas autoridades que parec'ian interesarse. Por ejemplo, la CIA. Roy estaba de vacaciones y, por consiguiente, no s'olo no pod'ia ordenarme que abandonara la investigaci'on, ahora que mis tres semanas hab'ian concluido, sino que tampoco pod'ia impedir la visita de los agentes de la CIA. Su sustituto, Dennis Hall, ser'ia quien dar'ia la bienvenida a los fantasmas. Dennis es un maestro del Zen, tranquilo e introspectivo, cuyo trabajo consiste en conectar peque~nos ordenadores a superordenadores Cray. Para 'el las redes son conductos por los que circula poder inform'atico, de los laboratorios a los despachos. La funci'on de los peque~nos ordenadores es la de hablar con la gente y los grandes ordenadores se reservan para procesar cifras. Si el ordenador del despacho es demasiado lento, hay que trasladar el trabajo m'as duro a un ordenador mayor. En cierto sentido, Dennis es enemigo de los centros inform'aticos. Quiere que la gente utilice ordenadores sin el engorro de la programaci'on. Mientras existan magos y gur'us del software, Dennis no estar'a satisfecho con la distribuci'on del poder inform'atico. El suyo es un mundo de cables, fibra 'optica y v'inculos v'ia sat'elite. Otros profesionales miden la capacidad en megabytes de memoria y megaflops de velocidad: millones de puntos flotantes por segundo. Para Dennis, la capacidad viene determinada por el n'umero de ordenadores en la red; la velocidad se mide en megabytes por segundo: rapidez de comunicaci'on de los ordenadores entre ellos. El sistema no es el ordenador, sino la red. Para Dennis el asunto del hacker era un problema de 'etica social. -Siempre habr'a algunos cretinos metiendo las narices en nuestra informaci'on. Me preocupa que los hackers envenenen la confianza sobre la que se han construido nuestras redes. Despu'es de muchos a~nos intentando conectar un mont'on de ordenadores entre s'i, un pu~nado de imb'eciles pueden echarlo todo a rodar. -Las redes no son m'as que cables y conexiones -respond'i, convencido de que la confianza no ten'ia nada que ver con el tema. -?Y una carretera interestatal no es m'as que hormig'on, asfalto y puentes? -replic'o Dennis-. T'u s'olo ves la parte f'isica y basta del aparato, los cables y comunicaciones. La verdadera labor no consiste en instalar cables, sino en ponerse de acuerdo para conectar ordenadores aislados entre s'i. Convenir qui'en sufragar'a los gastos de mantenimiento y mejoras. Se trata de forjar alianzas entre grupos que desconf'ian el uno del otro. -?Como los militares y las universidades? -dije, pensando en Internet. -S'i, entre otros. Los convenios son extraoficiales y las redes est'an saturadas -respondi'o Dennis-. Adem'as, nuestro software es fr'agil; si construyeran las casas como nosotros los programas, el primer p'ajaro carpintero aniquilar'ia la civilizaci'on. Diez minutos antes de la llegada prevista de los agentes de la CIA, Dennis y yo hablamos de lo que deb'iamos decirles. No ten'ia ni idea de lo que quer'ian, a excepci'on de las copias de la actividad del 'ultimo viernes. Ya me lo imaginaba: un agente secreto parecido a James Bond, o un asesino a sueldo especializado en aniquilaciones. Evidentemente, tras ellos estar'ia el gran jefe, manipulando las cuerdas de las marionetas. Todos usar'ian gafas de sol y gabardina. -Cliff, diles lo que sabemos, pero sin especulaciones -orden'o Dennis-. Lim'itate a los hechos. -Eso est'a muy bien, pero supongamos que se traen a un verdugo dispuesto a eliminarme, porque he descubierto que son ellos quienes esp'ian a los militares. -Habla en serio -me dijo, como lo hac'ia todo el mundo-. Y, excepcionalmente, s'e educado. Ya tienen bastantes problemas, sin un loco melenudo de Berkeley. Y no se te ocurra hacerles ninguna demostraci'on con tu yo-yo. -De acuerdo, pap'a. Ser'e buen chico. Te lo prometo. -No te preocupes por ellos. Son como cualquiera de los que nos rodean, s'olo que un poco m'as paranoicos. -Y ligeramente m'as republicanos -agregu'e. De acuerdo, no llevaban gabardina. Ni siquiera gafas de sol. Pero s'i unos ins'ipidos trajes y corbatas. Deb'i haberles aconsejado que vistieran como los ind'igenas, con unos viejos vaqueros y camisa de franela. Wayne vio a cuatro individuos que se acercaban a la puerta principal y mand'o un mensaje a mi terminal: <> Si lo hubiera sabido... Los cuatro se presentaron. Un cincuent'on dijo que era el conductor y no dio su nombre; se limit'o a permanecer sentado y en silencio durante todo el rato. Supuse que el segundo esp'ia, Greg Fennel, era un experto en inform'atica, porque no parec'ia sentirse c'omodo en su traje. El tercer agente parec'ia un luchador. Teejay no mencion'o su apellido; ?o fue su nombre lo que call'o? Si entre ellos hab'ia un verdugo, era sin duda Teejay. El cuarto deb'ia de ser el mandam'as. Todos guardaban silencio cuando 'el hablaba. En conjunto, ten'ian m'as aspecto de bur'ocratas que de esp'ias. Permanecieron los cuatro sentados en silencio, mientras Dennis les describ'ia a grandes rasgos lo que hab'iamos observado. Ninguna pregunta. Yo me acerqu'e a la pizarra y les dibuj'e el diagrama que se reproduce en la p'agina siguiente. diagrama A Greg Fennel no le bast'o con mi dibujo. -Demu'estranos la conexi'on de la compa~n'ia telef'onica a Tymnet. Le describ'i el seguimiento telef'onico y las conferencias con Ron Vivier. Central telef'onica, Virginia ATT l'ineas larga distancia Central telef'onica Pacific Bell Entrada modem Oakland 415/430-2907 Red digital Tymnet. Arsenal del Ej'ercito de Estados Unidos Anniston, Alabama. Centro Informaci'on Red Arpanet. -Teniendo en cuenta que no borra nada, ?c'omo lo detectaste? -Una discrepancia en el sistema contable. Nuestras cuentas no cuadraban cuando... -?De modo que se ha convertido en superusuario en vuestro Unix? -interrumpi'o Greg, que parec'ia ser un experto en sistemas-. Malas noticias, ?no te parece? -Se trata de un bug en el Gnu-Emacs de edici'on -le dije, pensando que no val'ia la pena ocultar los detalles-. Su servicio de correspondencia funciona con privilegio de root. Los aspectos t'ecnicos eran f'aciles. Charlamos un rato sobre el Unix y el mandam'as comenz'o a jugar con su lapicero. -?Puedes describirnos a ese individuo? ?Qu'e edad tiene? ?Cu'al es su nivel profesional? -El caso es que s'olo hace tres semanas que le observamos y es dif'icil saberlo -respond'i; la pregunta no era f'acil-. Est'a acostumbrado al Unix de ATT y, por consiguiente, no es de la zona de Berkeley. Puede que se trate de un estudiante de bachillerato. Es bastante paranoico, no deja de mirar por encima del hombro, pero paciente y no muy creativo. -?Habla ingl'es? -Bien, en una ocasi'on le mand'o un mensaje electr'onico a nuestro director, en el que dec'ia <>. Despu'es de lo cual, nunca volvi'o a utilizar aquella cuenta. -?Graba sus sesiones? -pregunt'o Teejay, que hasta entonces hab'ia guardado silencio. -No lo puedo afirmar con absoluta seguridad, pero creo que toma notas en un cuaderno. O por lo menos tiene muy buena memoria. -?Qu'e tipo de palabras ha buscado? -pregunt'o el mandam'as, despu'es de asentir. -Busca palabras como contrase~na, nuclear, SDI y Norad. Y ha elegido algunas contrase~nas muy curiosas: Iblhack, hedges, jaeger, hunter y benson. Los nombres de las cuentas robadas, Coran, Sventek, Whitberg y Mark, no nos dicen mucho sobre 'el, puesto que son gente del laboratorio. De pronto a Teejay pareci'o encend'ersele una lucecita y le pas'o una nota a Greg. 'Este se la pas'o al mandam'as y 'este asinti'o. -Cu'entame lo que hizo en Anniston. -Mis copias muestran poca cosa relacionada con su intervenci'on en Anniston -respond'i-. Merode'o por su sistema durante varios meses, puede que todo un a~no. Ahora, como sabe que le han detectado, s'olo conecta moment'aneamente. El mandamas comenzaba a impacientarse ligeramente, lo que indicaba que la reuni'on estaba a punto de terminar. -?Qu'e m'aquinas ha atacado? -pregunt'o finalmente Greg. -La nuestra, por supuesto, y la de la base militar de Anniston. Ha intentado introducirse en la base de misiles de White Sands y en alguna base naval de Maryland. Creo que se llama Dockmaster. -!Mierda! -exclamaron simult'aneamente Greg y Teejay. El mandam'as les dirigi'o una intrigante mirada. -?C'omo sabes que atac'o Dockmaster? -pregunt'o Greg. -Al mismo tiempo en que alter'o nuestra contabilidad, recibimos un mensaje de Dockmaster dici'endonos que alguien hab'ia intentado entrar en su ordenador -respond'i, sin comprender a qu'e ven'ia tanto revuelo. -?Lo logr'o? -No lo creo. Pero, bueno, ?qu'e es ese Dockmaster? ?No son unos astilleros navales? Se hablaron entre s'i en voz baja y el mandam'as asinti'o. -Dockmaster no es una base naval -explic'o Greg-. Es un centro de la Agencia Nacional de Seguridad. ?Un hacker metiendo las narices en la NSA? Curioso. Ese individuo pretend'ia husmear en la CIA, la NSA, las bases de misiles del ej'ercito y el cuartel general de las fuerzas a'ereas norteamericanas. Sab'ia poco acerca de la NSA. Son sabuesos electr'onicos que se dedican a escuchar las transmisiones de radio extranjeras. Colocan sat'elites en 'orbita para escuchar las llamadas telef'onicas sovi'eticas. Hab'ia o'ido rumores (a los que no daba cr'edito) de que grababan todas las llamadas telef'onicas y telegramas con el extranjero. -La mayor parte del trabajo de la NSA consiste en recopilar y analizar transmisiones procedentes del extranjero -explic'o Greg, desde su punto de vista-. Pero tambi'en tienen una secci'on destinada a proteger la informaci'on perteneciente a Estados Unidos. -Claro -respond'i-; por ejemplo, elaborando c'odigos que, en vuestra opini'on, los rojos no puedan descifrar. Dennis me mir'o fijamente y en sus labios le'i: -Esos modales. -As'i es -dijo Greg-. Ese sector se ocupa de la seguridad inform'atica. Son ellos quienes utilizan el ordenador Dockmaster. -Me recuerda a Jano, el dios de las dos caras -coment'e-. Por una parte intentan descifrar la informaci'on extranjera y por la otra elaborar c'odigos indescifrables. Tirando siempre en direcciones opuestas. -Es un poco como nuestra propia agencia -dijo Greg, mirando con nerviosismo a su alrededor-. Se nos conoce por los trabajos sucios, pero somos fundamentalmente una organizaci'on de noticias. La mayor parte de nuestro trabajo consiste simplemente en recoger y analizar informaci'on. Pero intenta explic'arselo a los universitarios -agreg'o, levantando la mirada al cielo. Greg hab'ia sufrido lo suyo reclutando personal en las universidades. Sin saber por qu'e, aquel esp'ia me parec'ia razonable. No era arrogante, sino sensible y atento. Si ten'iamos que husmear en oscuros rincones, me sentir'ia m'as a gusto con 'el al mando. -En tal caso, ?c'omo se explica que pueda llegar a los ordenadores de la NSA desde mi ordenador, que evidentemente no es seguro ni secreto? Si yo pod'ia llegar hasta ellos, ellos pod'ian llegar hasta m'i. -Dockmaster es el 'unico ordenador de la NSA no reservado -aclar'o Greg-. Pertenece a su grupo de seguridad inform'atica, que en realidad es p'ublico. -No podemos hacer gran cosa sobre este asunto -comenz'o a decir lentamente el mandam'as-. Creo que no hay pruebas de espionaje extranjero. Un agente de servicio no le manda notas a su adversario. -Entonces -pregunt'e-, ?qui'en deber'ia ocuparse del caso? -El FBI. Lo siento, pero esto no es de nuestra competencia. En lo 'unico que nos afecta es en la divulgaci'on de cuatro nombres que, a decir verdad, eran ya del dominio p'ublico. Cuando ya se iban, mostr'e a Greg y a Teejay nuestros ordenadores Vax. -'Este es el problema m'as grave de intromisi'on inform'atica que he conocido -dijo Greg, rodeado de hileras de unidades de disco-. A pesar de lo que ha dicho el jefe, ?te importar'ia mantenerme informado? -Por supuesto -respond'i, decidido a confiar en 'el-. ?Quieres una copia de mi cuaderno? -S'i. M'andamelo todo. Aunque la agencia no pueda hacer nada, debemos ser conscientes de este tipo de amenaza. -?Por qu'e? ?Los fantasmas utiliz'ais tambi'en ordenadores? -Hemos perdido la cuenta -dijo, mientras 'el y Teejay soltaban una carcajada-. Nuestro edificio est'a flotando sobre ordenadores. -?Para qu'e puede utilizar la CIA los ordenadores? ?Pod'eis derrocar a un gobierno extranjero con software? Dennis no estaba presente para recordarme que conservara los buenos modales. -Deja de imaginarnos como bandoleros y piensa en nosotros como recopiladores de informaci'on. La informaci'on no tiene ning'un valor hasta que ha sido compaginada, analizada y resumida. S'olo esto ya significa mucho procesamiento de textos. -Apuesto a que lo resolv'eis con ordenadores personales. -No. No para hacerlo como es debido. Procuramos evitar una repetici'on de Pearl Harbor, y esto significa facilitar informaci'on a la persona adecuada con gran rapidez. Para ello se necesitan redes y ordenadores. Para analizar y pronosticar la conducta de gobiernos extranjeros, utilizamos modelos inform'aticos. Una vez m'as, necesitamos grandes ordenadores. En la actualidad, desde los pron'osticos financieros hasta el procesamiento de imagen, todo exige mucho poder inform'atico. Nunca se me hab'ia ocurrido que la CIA necesitara ordenadores realmente grandes. -?C'omo manten'eis seguros vuestros sistemas? -Aislamiento absoluto. No hay ning'un cable que los conecte al exterior. -?Puede cualquier agente de la CIA leer los archivos de los dem'as? -De ning'un modo -respondi'o Greg, soltando una carcajada, mientras Teejay permanec'ia perfectamente serio-. En nuestro mundo operamos todos en compartimientos estancos. De modo que si alguien resulta que no es, digamos, totalmente de fiar, el da~no que puede causar es limitado. -Pero ?c'omo imped'is que uno lea los archivos de los dem'as? -Utilizamos sistemas operativos fiables. Ordenadores con gruesos muros entre archivos individuales. Para leer el archivo de otro es preciso obtener permiso con antelaci'on. Teejay podr'ia contarte algunas an'ecdotas horripilantes. Teejay mir'o a Greg de reojo. -Cu'entaselo, Teejay -observ'o Greg-. La informaci'on ya es p'ublica. -Hace un par de a~nos -dijo Teejay-, cierta empresa construy'o una sala de conexiones centralizadas, a fin de conectar unos cuantos millares de terminales a algunos de nuestros ordenadores. -Comprendo. Algo parecido a la sala de conexiones de mi laboratorio. -Multiplica tu central por cincuenta y eso te dar'a una ligera idea -prosigui'o Teejay-. Todos los empleados de dicha empresa tuvieron que someterse a las mismas pruebas de seguridad que nuestros propios funcionarios. -Bien, el caso es que una de nuestras secretarias fue a pasar un mes de vacaciones. Cuando regres'o y conect'o con el ordenador, se dio cuenta de que alguien hab'ia utilizado su cuenta la semana anterior. Cada vez que alguien conecta con nuestros ordenadores, aparece la fecha de su conexi'on anterior. -Nos pusimos a investigar. El cabr'on que hab'ia conectado las terminales las hab'ia pinchado en nuestra sala de ordenadores. Se hab'ia apoderado de contrase~nas y texto, y entonces curioseaba en nuestros discos de claves. -?Le liquidasteis? -pregunt'e, consciente de lo f'acil que era vigilar el tr'afico desde la sala de conexiones de mi laboratorio e imaginando una misi'on nocturna con un arma silenciosa. -No bromees -replic'o Teejay, al tiempo que me dirig'ia una extra~na mirada-. En nuestro mundo <>. -Le tuvimos conectado a un detector de mentiras toda una semana -concluy'o Greg- y el FBI le llev'o ante los tribunales. Pasar'a mucho tiempo a la sombra. -No parece que la CIA est'e dispuesta a hacer gran cosa por m'i, ?no es cierto? -le dije a Teejay, cuando ya sal'iamos del laboratorio. -Si mi jefe no cree que sea grave, no es mucho lo que podemos hacer. Ed Manning tiene autoridad para hacer que ocurra algo. -?C'omo? Cre'i que Ed Manning era programador. -En absoluto. Es director de tecnolog'ia de la informaci'on. Llam'andole a 'el, tocaste un punto sensible. ?Un director que sab'ia c'omo circular por las redes inform'aticas? Se trataba, sin duda, de una organizaci'on inusual. No era sorprendente que hubieran mandado a cuatro individuos. Hab'ia alguien que mandaba m'as que el mandam'as en el cuartel general. -De modo que cuando inform'eis de que aqu'i no ocurre gran cosa, ?abandonar'eis el caso? -La verdad es que no podemos hacer gran cosa -respondi'o Greg-. Es competencia del FBI. -?Y no pod'eis instigarlos un poco para que investiguen? -Lo intentar'e, pero no albergo muchas esperanzas. Al FBI le gusta perseguir atracadores y secuestradores. En cuanto a los delitos inform'aticos, digamos que tienen otras preocupaciones. -Tengo la impresi'on de o'irte decir: <>. -No exactamente. T'u eres testigo de un amplio ataque contra nuestras redes inform'aticas. Alguien intenta llegar al propio n'ucleo de nuestros sistemas de informaci'on. Hace a~nos que estamos a la expectativa, ante la posibilidad de peque~nos ataques, pero nunca hab'ia o'ido nada de tanto alcance. La complejidad de las conexiones, la b'usqueda obsesiva de objetivos sensibles... Todo indica que se trata de un adversario decidido a introducirse en nuestros ordenadores. Si le cierras las puertas, descubrir'a otra forma de penetrar. -Entonces lo que me est'as diciendo es que siga investigando, aunque el FBI no nos haga ning'un caso. -No puedo obligar a mis jefes a que cambien de opini'on -dijo Greg, mirando a Teejay-. Pero est'as haciendo una importante labor de, llam'emosle, investigaci'on. El FBI acabar'a por interesarse. Hasta entonces, no lo abandones. Estaba at'onito. Esos individuos comprend'ian la gravedad de la situaci'on, pero no pod'ian hacer nada. ?O era s'olo lo que me contaban? Palabras de aliento de la CIA. 16 Habr'ia sido un buen espect'aculo para los fantasmas si el hacker hubiera aparecido mientras estaban de visita. Pero no hizo acto de presencia hasta el d'ia siguiente, a las 09:10 de la ma~nana. Una vez m'as empezamos a seguir la llamada a trav'es de Tymnet y de la compa~n'ia telef'onica, y por segunda vez tropezamos con un muro infranqueable en alg'un lugar de Virginia. Si nuestra orden judicial de California fuera v'alida para Virginia... Aquel d'ia al hacker no le faltaba confianza, ni siquiera arrogancia. Efectu'o sus manipulaciones habituales: verificar qui'en est'a utilizando el sistema, introducirse por la brecha de nuestro sistema operativo y hacer un listado de la correspondencia electr'onica. Antes comet'ia alg'un que otro error, cuando probaba nuevas 'ordenes. Hoy actuaba con pericia y decisi'on. Ninguna equivocaci'on. Como si hiciera una exhibici'on. Conect'o directamente con el arsenal del ej'ercito en Anniston e imprimi'o un peque~no archivo sobre la fiabilidad en combate de los misiles del ej'ercito. A continuaci'on intent'o conectar con el laboratorio de investigaci'on bal'istica del ej'ercito en Aberdeen, Maryland. En un segundo Milnet le hab'ia conectado, pero las contrase~nas de dicho laboratorio le impidieron introducirse en su ordenador. Me hizo perder el resto de la ma~nana, mientras examinaba el archivo de nuestros cient'ificos, en busca de contrase~nas. Entre la documentaci'on de un f'isico encontr'o un antiguo archivo que describ'ia la forma de introducirse en un superordenador Cray del Lawrence Livermore Laboratory. Para evitar que alguien adivinara las contrase~na de su superordenador, Livermore utilizaba tambi'en contrase~nas generadas al azar por el propio ordenador, como agnitfom o ngagk. Evidentemente, nadie es capaz de recordar semejantes palabras. ?Consecuencia? Hay quien las archiva en ficheros inform'aticos. ?De qu'e sirve un complejo cerrojo si se escribe la combinaci'on en la pared? Dave Cleveland, nuestro gur'u del Unix, observaba al hacker. -Por lo menos no podr'a introducirse en los ordenadores secretos de Livermore -dijo. -?Por qu'e no? -Su sistema secreto no tiene contacto alguno con la red. Est'a aislado. -En tal caso, ?a qu'e conduce la contrase~na? -En Livermore hay unos cuantos ordenadores que no son secretos, destinados a la investigaci'on de la energ'ia de fusi'on. -Esto me suena a fabricaci'on de bombas. A m'i cualquier tipo de fusi'on me hac'ia pensar en bombas. -Intentan construir reactores de fusi'on para generar electricidad barata. Ya sabes: reacciones de fusi'on dentro de campos magn'eticos en forma de bu~nuelo. -Por supuesto. Jugaba con uno cuando era ni~no. -Lo supon'ia. El caso es que, al no tratarse de investigaci'on b'elica, el ordenador en cuesti'on es accesible mediante las redes inform'aticas. -Habr'a que avisar a Livermore para que cancelen esa cuenta. -Espera un momento. Desde aqu'i no se puede conectar con el ordenador de energ'ia de fusi'on magn'etica. Ese hacker amigo tuyo quedar'a sin aliento intent'andolo. -Esto no va a gustar al guarda, Yogi... -Conf'ia en m'i. El hacker sigui'o husmeando durante algunos minutos y desconect'o. Ni siquiera intent'o conectar con Livermore. -Ya ves en qu'e ha quedado tu teor'ia -dijo Dave, encogi'endose de hombros. Con la esperanza de que se utilizaran como prueba pericial, Dave y yo firmamos las copias de la impresora. Dejamos las impresoras en la sala de conexiones y regres'e a mi despacho. Todav'ia no hab'ia transcurrido una hora cuando son'o la alarma en mi terminal; el hacker hab'ia regresado. Sin embargo, ninguna de las impresoras registraba su actividad. Verifiqu'e los sistemas Unix y vi que hab'ia conectado con el nombre de Sventek. Pero no hab'ia entrado por las terminales de Tymnet. Examin'e r'apidamente los modems: dos cient'ificos editando programas, un funcionario redactando el texto de un contrato y un estudiante que escrib'ia una carta de amor. Ni rastro del hacker. Regres'e a mi despacho para observar a los usuarios del Unix. Efectivamente, ah'i estaba Svenlek. Pero ?c'omo hab'ia entrado? La terminal a la que estaba conectado no era una l'inea com'un de 1200 baudios y por ello no se registraba su presencia en la sala de conexiones. No, proced'ia de nuestra propia red. Nuestros cables. La manguera verde que interconectaba un centenar de terminales y ordenadores personales por todo el laboratorio. Fui corriendo al despacho de Wayne y le dije: -!Observa: el hacker est'a en nuestra red local! -Tranquil'izate, Cliff. D'ejame ver. Efectivamente, ah'i est'a Sventek, en el Unix-4. ?Qu'e piensas hacer? -Es el hacker. Y est'a en nuestra red interior. -No tiene nada de asombroso. Hay una docena de modos distintos de introducirse en la misma -dijo Wayne, dirigi'endose a otra de las cinco terminales que ten'ia en su despacho- Conectar'e mi querido analizador de la red y veremos qui'en hace qu'e. Mientras Wayne introduc'ia los par'ametros, yo pensaba en las consecuencias de que el hacker se encontrara en nuestra red local. Se trataba de una l'inea que pasaba por todos y cada uno de los despachos. Era un mal augurio: significaba que pod'ia atacar incluso los ordenadores personales conectados a la red. Pero tal vez ten'ia tambi'en su lado bueno. Puede que el hacker viviera aqu'i, en Berkeley, y trabajara en el laboratorio. De ser as'i, ya casi le ten'iamos cercado. Wayne seguir'ia la red, hasta escasos metros de la fuente. -Aqu'i est'a tu conexi'on. Procede de... del ordenador que controla la red de energ'ia de fusi'on magn'etica. -?Me est'as diciendo que el hacker entra en nuestro laboratorio mediante la red de energ'ia de fusi'on magn'etica? -As'i es. Viene del Lawrence Livermore Laboratory. La red de energ'ia de fusi'on magn'etica. - !Oye, Dave! -chill'e por el pasillo-. ?A que no adivinas qui'en est'a de visita en Livermore? -No sab'ia que eso fuera posible -exclam'o Dave, levantando las cejas-. Tu hacker ha descubierto un camino para llegar al sistema Unix, que yo no sab'ia que existiera. Wayne lanz'o a Dave su habitual perorata contra el Unix. Yo los dej'e discutiendo y fui a llamar por tel'efono a Livermore. Tuve que realizar tres llamadas para encontrar a la directora del sistema de la red de energ'ia de fusi'on magn'etica. -Hola, t'u no me conoces, pero ten'eis un hacker en vuestro sistema. -?Ah, s'i? ?Y t'u qui'en eres? -Trabajo en el LBL. Hay alguien merodeando por mi ordenador y procede de la red de energ'ia de fusi'on magn'etica. Parece que ha conectado desde Livermore. -!Maldita sea! Voy a comprobar los usuarios... Hay s'olo una l'inea activa entre Livermore y Berkeley. Cuenta n'umero 1674..., pertenece a alguien llamado Cromwell. -Es 'el -le dije-. El hacker ha descubierto la contrase~na hace un par de horas. La ha encontrado en un fichero archivado aqu'i en Berkeley. -Voy a anular esa cuenta. Cromwell podr'a utilizar nuestro sistema cuando aprenda a guardar el secreto de las contrase~nas. Para ella se trataba de un problema de usuarios ignorantes y no de sistemas irracionales que obligaban a la gente a recordar palabras tan absurdas como agnitfom. -?Puedes localizar la conexi'on? -pregunte con la esperanza de que mantuviera la l'inea abierta el tiempo necesario para averiguar su procedencia. -No. No estamos autorizados a efectuar seguimientos. Tendr'as que hablar antes con la direcci'on. -Pero cuando alguien tome una decisi'on, el hacker ya se habr'a marchado. -Nosotros dirigimos una instalaci'on de alta seguridad -respondi'o-. Si alguien descubre la presencia de un hacker en Livermore, rodar'an cabezas. -A no ser que localices la procedencia del hacker, nunca podr'as estar segura de que te has librado de 'el. -Mi misi'on consiste en dirigir un ordenador y no en capturar delincuentes. D'ejame al margen de tu quim'erica persecuci'on. Decidi'o cortar todas las entradas y anular la cuenta robada. El hacker desapareci'o del ordenador de Livermore y del nuestro. Tal vez hizo lo m'as indicado. Aunque hubiera iniciado un seguimiento, yo no habr'ia podido comprobar lo que estaba haciendo el hacker. Detectaba, sin duda, su presencia en mi ordenador, pero la red de energ'ia de fusi'on magn'etica estaba conectada directamente al mismo, sin pasar por la sala de conexiones. Mis impresoras no captaban la actividad del hacker. Deprimido, decid'i ir a almorzar. En la cafeter'ia del LBL vi a Luis 'Alvarez sentado frente a m'i. Inventor, f'isico y ganador del premio Nobel, Luis era un personaje del renacimiento en pleno siglo 20. Exig'ia resultados en lugar de perder tiempo con la burocracia. Incluso desde su estratosfera, 'Alvarez se dignaba hablar con individuos tan insignificantes como yo: -?C'omo va la astronom'ia? ?Sigues en la construcci'on de aquel telescopio? -No, ahora trabajo en el centro de inform'atica. Lo que tendr'ia que hacer es escribir programas, pero he estado dedicando todo mi tiempo a la persecuci'on de un hacker. -?Ha habido suerte? -Juega al escondite por las redes. Al principio cre'i que proced'ia de Berkeley, despu'es de Oakland, a continuaci'on de Alabama y ahora de Virginia. 'Ultimamente le hemos localizado en Livermore. -?Hab'eis llamado al FBI? -Seis veces. Tienen cosas m'as importantes que hacer. Lo m'as frustrante es la falta absoluta de apoyo. A continuaci'on le cont'e lo ocurrido aquella ma~nana en Livermore. -Claro, tiene que preocuparse de su trabajo. -Pero, !maldita sea!, estoy intentando ayudarlos. No les importa que est'en robando a su vecino. -Deja de actuar como un cruzado, Cliff. ?Por qu'e no lo enfocas como un proyecto de investigaci'on? A nadie m'as le interesa; ni a Livermore, ni al FBI. !Diablos! En un par de semanas probablemente ni siquiera le interese a la direcci'on de nuestro laboratorio. -Me han concedido tres semanas, que ya se han cumplido. -A eso me refer'ia. Cuando uno investiga de verdad, nunca sabe lo que costar'a, cu'anto tiempo necesitar'a, ni qu'e descubrir'a. Lo 'unico que sabe es que se encuentra ante un territorio inexplorado y con la posibilidad de descubrir lo que el mismo encierra. -Para ti es f'acil hablar as'i, pero yo tengo tres directores a quienes contentar, programas que escribir y sistemas para dirigir. -?Y qu'e? Est'as siguiendo una pista fascinante. Eres un explorador. Piensa en qui'en pueda haber tras lodo eso. Tal vez un esp'ia internacional. -Es m'as probable que se trate de un estudiante de instituto que combate su aburrimiento. -En tal caso, olvida al causante de los problemas -dijo Luis-. No act'ues como un polic'ia, sino como un cient'ifico. Investiga las conexiones, las t'ecnicas, los agujeros. Aplica los principios de la f'isica. Busca nuevos m'etodos para resolver los problemas. Recopila estad'isticas, publica tus resultados y conf'ia s'olo en lo que puedas demostrar. Pero no excluyas soluciones improbables, mant'en una actitud abierta. -?Y qu'e hago cuando me encuentro con un muro infranqueable? -?Como la directora del sistema de Livermore? -pregunt'o Luis. -O la negaci'on de la compa~n'ia telef'onica a facilitarme los resultados de su seguimiento, o la del FBI a concederme una orden judicial, o el hecho de que nuestro propio laboratorio me ordene abandonar la investigaci'on en un par de d'ias. -Los callejones sin salida son ilusorios. ?Desde cu'ando has permitido que un letrero de <> te impida hacer lo que te propones? Sortea el muro. Si no puedes sortearlo, esc'alalo, o construye un t'unel. Pero no te rindas. -?Y qui'en me pagar'a a fin de mes? -Permisos; una bobada. Financiaci'on; olv'idalo. Nadie paga para que se investigue; lo 'unico que interesa son los resultados -dijo Luis-. Evidentemente, podr'ias escribir un proyecto detallado para la persecuci'on de ese hacker. En cincuenta p'aginas describir'ias lo que ya sabes, a lo que aspiras y la cantidad de dinero que ser'a necesaria. Incluyes los nombres de tres intelectuales reconocidos que te respalden, los beneficios con relaci'on al coste y los art'iculos que hayas publicado anteriormente. Ah, y no olvides la justificaci'on te'orica. -O puedes limitarte a seguir a ese cabr'on. Correr m'as r'apido que 'el. A mayor velocidad que el director del laboratorio. Actuando t'u mismo, sin esperar a nadie. Procura contentar a tu jefe, pero no permitas que te ate de pies y manos. No te conviertas en una diana inm'ovil. He aqu'i la raz'on por la que Luis hab'ia ganado un premio Nobel. No era tanto lo que hac'ia, sino c'omo lo hac'ia. Se interesaba por todo. A partir de un pu~nado de rocas ligeramente enriquecidas con iridio hab'ia deducido que la tierra deb'ia haber sido bombardeada por meteoritos (una de las fuentes del iridio), hac'ia unos sesenta y cinco millones de a~nos. A pesar del escepticismo de los paleont'ologos, reconoci'o que dichos meteoritos hab'ian causado la desaparici'on de los dinosaurios. Luis 'Alvarez nunca lleg'o a ver los fragmentos subat'omicos que le permitieron ganar el premio Nobel. Se hab'ia limitado a fotografiar sus huellas en c'amaras de ebullici'on. Analizadas las mismas, su longitud le hab'ia permitido calcular la duraci'on de la vida de dichas part'iculas, y de su curvatura hab'ia deducido su carga y su masa. Mi investigaci'on estaba muy lejos de la suya, pero ?qu'e ten'ia que perder? Puede que sus t'ecnicas funcionaran para m'i. Pero ?c'omo se investiga cient'ificamente a un hacker? A las 6.19 de aquella misma tarde apareci'o de nuevo el hacker. En esta ocasi'on, lo hizo a trav'es de Tymnet. No me molest'e en seguir la llamada: parec'ia absurdo llamar a todo el mundo a la hora de la cena, para que a fin de cuentas no me dieran el n'umero de tel'efono. En su lugar observ'e c'omo el hacker conectaba deliberadamente con el ordenador MX, un PDP-10 de los laboratorios de inteligencia artificial del MIT, en Cambridge, Massachusetts. Conect'o con el nombre de usuario Litwin y pas'o casi una hora aprendiendo a utilizar aquel ordenador. No parec'ia acostumbrado al sistema del MIT y apelaba con frecuencia a la ayuda autom'atica. En una hora hab'ia aprendido poco m'as que a hacer listados de archivos. Tal vez debido a lo arcano de la investigaci'on en inteligencia artificial, no encontr'o gran cosa. No cabe duda de que aquel anticuado sistema operativo no merec'ia mucha protecci'on; cualquier usuario pod'ia leer los archivos de todos los dem'as. Sin embargo, el hacker no se hab'ia dado cuenta de ello. La mera imposibilidad de comprender el sistema proteg'ia su informaci'on. Me preocupaba el uso que el hacker pudiera hacer de nuestras conexiones a la red durante el fin de semana. En lugar de acampar en la sala de ordenadores, decid'i desconectar todas las redes. A fin de cubrir mis huellas, dej'e un mensaje electr'onico para todos los usuarios que intentaran conectar: <> Esto aislar'ia sin duda al hacker del Milnet. El n'umero de quejas me indicar'ia la cantidad de gente que depend'ia de aquella red. Resultaron ser pocas, pero las suficientes para crearme problemas. -Cliff, estamos recibiendo muchas quejas porque la red no funciona -dijo Roy Kerth a primera hora-. Un par de docenas de personas protestan por no haber recibido la correspondencia electr'onica. ?Te importar'ia investigarlo? -Por supuesto -respond'i, comprendiendo que se hab'ia cre'ido lo del mensaje-. Voy a ver si la pongo en funcionamiento inmediatamente. Tard'e cinco minutos en reconectarlo todo y mi jefe crey'o que era un mago. Yo mantuve la boca cerrada. Pero cuando la red estaba desconectada, el hacker hab'ia hecho acto de presencia. La 'unica constancia era la copia impresa del monitor, pero bastaba. Hab'ia aparecido a las 5.15 de la madrugada y hab'ia intentado conectar con un ordenador del Milnet en Omaha, Nebraska. Al cabo de dos minutos hab'ia desaparecido. Gracias al directorio de la red descubr'i que a quien hab'ia intentado contactar era un suministrador de material de defensa, SRI Inc. Llam'e a Ken Crepea en SRI y no hab'ia detectado nada inusual. -Pero le llamar'e si descubro algo extra~no -me dijo. Al cabo de dos horas recib'i una llamada de Ken. -Cliff, no te lo vas a creer, pero he verificado la contabilidad y alguien ha irrumpido en mi ordenador. -?C'omo lo sabes? -pregunt'e, convencido de que estaba en lo cierto. -Aparecen conexiones durante el fin de semana desde distintos lugares, en cuentas que deber'ian estar inactivas. -?Desde d'onde? -Desde Anniston en Alabama y desde Livermore, California. Alguien ha utilizado nuestra vieja cuenta SAC. Sol'ia ser la del mando a'ereo estrat'egico, aqu'i en Omaha. -?Tienes alguna idea de c'omo ha logrado invadirla? -El caso es que no estaba protegida por ninguna contrase~na -respondi'o Ken-. Bastaba con la palabra SAC. Me temo que metimos la pata, ?verdad? -?Qu'e ha hecho? -Por la contabilidad no puedo saberlo. S'olo me consta el tiempo de conexi'on. Me dijo las horas y las anot'e en mi cuaderno. Para proteger su sistema, Ken cambiar'ia todas las contrase~nas de todas las cuentas y exigir'ia a todos los usuarios que se presentaran en persona para recibir su nueva contrase~na. El hacker pod'ia entrar en el Milnet por lo menos mediante otros dos ordenadores, el de Anniston y el de Livermore. Y probablemente el del MIT. El MIT. Hab'ia olvidado avisarlos. Llam'e a Karen Solhn del departamento de inform'atica y le habl'e de la intrusi'on del viernes por la noche. -No te preocupes -me dijo-, no hay gran cosa en ese ordenador y en un par de semanas dejaremos de utilizarlo. -Me alegro. ?Puedes decirme a qui'en pertenece la cuenta de Litwin? Quer'ia saber de d'onde hab'ia sacado el hacker aquella informaci'on. -Es un f'isico de plasma de la Universidad de Wisconsin -respondi'o-. Utiliza los grandes ordenadores de Livermore y transmite los resultados a nuestro sistema. Debi'o de dejar sus contrase~nas para el MIT en el ordenador de Livermore. Ese hacker segu'ia sigilosamente a los cient'ificos de un ordenador a otro, recogiendo las migas que abandonaban. Lo que no sab'ia era que alguien recog'ia tambi'en las suyas. 17 El hacker sab'ia c'omo moverse por el Milnet. Ahora me daba cuenta de lo in'util que ser'ia cerrarle las puertas de nuestros ordenadores. Se limitar'ia a utilizar otra entrada. Tal vez lograra impedirle el acceso a nuestro sistema, pero seguir'ia introduci'endose mediante otros sistemas. Nadie le detectaba. Sin impedimento alguno hab'ia penetrado sigilosamente en Livermore, SRI, Anniston y el MIT. Nadie le persegu'ia. El FBI ciertamente no lo hac'ia. La CIA y la oficina de investigaciones especiales de las fuerzas a'ereas no pod'ian, o no quer'ian, hacer nada. Bien, casi nadie. Yo le persegu'ia, pero no se me ocurr'ia c'omo capturarle. Los seguimientos telef'onicos no cuadraban. Adem'as, dado que utilizaba distintas redes, ?c'omo saber de d'onde proced'ia? Hoy pod'ia entrar por mi laboratorio e introducirse en un ordenador de Massachusetts, pero puede que ma~nana se introdujera en la red por Peoria para acabar en Padunk. Yo s'olo pod'ia seguirle los pasos cuando pasaba por mi sistema. Hab'ia llegado el momento de elegir entre abandonar la b'usqueda para volver a la astronom'ia y a la programaci'on, o de hacer que mi sistema le resultara tan apetecible que prefiriera utilizar Berkeley como punto de partida. Lo m'as sensato parec'ia abandonarlo. Mis tres semanas hab'ian concluido y se o'ian rumores de <>. Mientras la b'usqueda diera la impresi'on de ser fructuosa, el laboratorio parec'ia dispuesto a tolerarme, pero ten'ia que demostrar cierto progreso. Durante la 'ultima semana, el 'unico progreso era el que hab'ia realizado el hacker. -Investiga -me hab'ia dicho Luis 'Alvarez. De acuerdo: me dedicar'ia a observar a ese individuo y lo denominar'ia ciencia. Quedaba por ver lo que descubrir'ia acerca de las redes, de la seguridad inform'atica y tal vez del propio hacker. Abr'i de nuevo las puertas y, efectivamente, el hacker entr'o y comenz'o a merodear por el sistema. Encontr'o un archivo interesante en la que se describ'ian t'ecnicas para el dise~no de circuitos integrados. Observ'e su lanzamiento de Kermit, programa para la transferencia universal de ficheros, a fin de transmitir nuestro archivo a su ordenador. El programa Kermit no se limita a copiar un archivo de un ordenador a otro, sino que la verifica constantemente, para asegurarse de que no ha habido ninguna equivocaci'on en la transmisi'on. Por consiguiente, cuando vi que activaba nuestro programa Kermit, supe que iniciaba el mismo programa en su ordenador. No sab'ia d'onde se encontraba el hacker, pero estaba seguro de que utilizaba un ordenador y no una simple terminal. Esto, a su vez, significaba que pod'ia conservar todas sus sesiones en papel o en disco, sin necesidad de tomar notas en ning'un cuaderno. Kermit copia ficheros de un sistema a otro. Ambos ordenadores deben cooperar; uno manda el archivo y el otro la recibe. Kermit debe estar funcionando en ambos ordenadores: uno habla y otro escucha. Para asegurarse de que no se cometen errores, el Kermit que transmite hace una pausa despu'es de cada l'inea, d'andole la oportunidad al receptor de confirmar que la ha recibido debidamente y que puede pasar a la pr'oxima. Cuando el primer Kermit recibe la confirmaci'on, prosigue con la transmisi'on. Si aparece alg'un problema, el Kermit transmisor repite la operaci'on hasta recibir la debida confirmaci'on. Es algo muy semejante a una conversaci'on telef'onica, en la que el que escucha repite <> despu'es de cada frase. Mi equipo de control estaba instalado entre el Kermit de mi sistema y el del hacker. Para hablar con propiedad, no exactamente en el centro. Mi impresora grababa su di'alogo, pero desde el extremo de Berkeley de una larga conexi'on. Vi c'omo el ordenador del hacker se apoderaba de nuestra informaci'on y respond'ia con agradecimientos. De pronto se me ocurri'o. Era como estar sentado junto a alguien que daba gritos en un desfiladero. El eco le permite a uno calcular la distancia recorrida por el sonido. Para saber lo lejos que est'a la pared del desfiladero, no hay m'as que multiplicar el tiempo que tarda en llegar el eco por la mitad de la velocidad del sonido. Simple f'isica. Llam'e inmediatamente a nuestros t'ecnicos electr'onicos. Lloyd Bellknap sab'ia exactamente c'omo cronometrar los ecos. -Lo 'unico que necesitas es un osciloscopio. Y tal vez un contador. En pocos minutos se las arregl'o para encontrar un antiguo osciloscopio medieval, construido cuando estaban de moda los tubos de rayos cat'odicos. Pero con eso nos bastaba para ver las pulsaciones en cuesti'on. Observando la gr'afica, cronometramos los ecos. Tres segundos. Tres segundos y medio. Tres segundos y cuarto. ?Tres segundos para recorrer el camino de ida y vuelta? Si la se~nal se desplaza a la velocidad de la luz (que no es una mala suposici'on), eso significar'ia que el hacker se encontraba a una distancia de 449000 kil'ometros. -Seg'un las normas elementales de la f'isica -anunci'e a Lloyd con la consiguiente ostentaci'on-, he llegado a la conclusi'on de que el hacker debe vivir en la Luna. -Te dar'e tres razones por las que te equivocas -respondi'o Lloyd, buen conocedor de las t'ecnicas de comunicaci'on. -Ya conozco una de ellas -le dije-. Puede que las se~nales del hacker lleguen v'ia sat'elite. Las microondas tardan un cuarto de segundo en desplazarse de la Tierra al sat'elite y de regreso a la Tierra. Los sat'elites de comunicaciones est'an situados, en una 'orbita ecuatorial, a 37000 kil'ometros de la Tierra. -'Esta es, efectivamente, una de las razones -respondi'o Lloyd-. Pero necesitar'ias doce conexiones v'ia sat'elite para justificar los tres segundos de retraso. ?Cu'al es la verdadera raz'on del desfase? -Puede que el ordenador del hacker sea muy lento. -No puede ser tan lento. Aunque cabe la posibilidad de que el hacker haya programado su Kermit para que reaccione lentamente. 'Esta ser'ia la segunda raz'on. -!Ah! Ya s'e cu'al es la tercera. El hacker utiliza redes que transmiten la informaci'on agrupada en paquetes. Dichos paquetes est'an sometidos a constantes cambios de rumbo, descomposiciones y reagrupaciones. Cada vez que pasan por un n'odulo se retrasan un poco. -Exactamente. A no ser que puedas contar el n'umero de nodos, no podr'as calcular a qu'e distancia se encuentra. En otras palabras, <>. Lloyd bostez'o y volvi'o a la terminal que estaba reparando. Sin embargo exist'ia una forma de averiguar la distancia a la que se encontraba el hacker. Despu'es de que 'este desconectara, llam'e a un amigo de Los 'Angeles y le ped'i que conectara con mi ordenador, a trav'es de ATT y Tymnet. Puso Kermit en funcionamiento y cronometr'e los ecos, que resultaron ser muy breves, tal vez una d'ecima de segundo. A continuaci'on hice la misma prueba con otro amigo de Houston, Texas. Sus ecos eran de unas quince d'ecimas de segundo. Acto seguido experiment'e con Baltimore, Nueva York y Chicago, y los ecos en cada caso eran inferiores a un segundo. De Nueva York a Berkeley hay unos 3200 kil'ometros y el desfase era aproximadamente de un segundo. Por consiguiente, un desfase de tres segundos equivaldr'ia a unos 9600 kil'ometros, 1000 kil'ometros m'as o menos. Muy extra~no. La ruta del hacker deb'ia de ser m'as tortuosa de lo que imaginaba. -Supongamos que el hacker viva en California -le dije a Dave Cleveland, al aportarle mis nuevas pruebas- y llame a la costa este, para acabar conectando con Berkeley. Esto explicar'ia el prolongado desfase. -El hacker no es de California -respondi'o mi gur'u-. Ya te lo he dicho, no conoce el Unix de Berkeley. -Entonces debe de utilizar un ordenador muy lento. -Es improbable, dada su habilidad con el Unix. -?Puede haber retrasado deliberadamente los par'ametros de su Kermit? -Nadie lo har'ia; s'olo servir'ia para perder tiempo en la transferencia de ficheros. Reflexion'e sobre el significado de mis mediciones. Las muestras de mis amigos me indicaban el retraso provocado por Tymnet y ATT. Menos de un segundo. Quedaban dos segundos sin justificaci'on. Tal vez mi m'etodo era err'oneo. Puede que el hacker utilizara un ordenador lento. O quiz'a proced'ia de otra red, m'as all'a de las l'ineas telef'onicas de ATT. Alguna red que yo desconoc'ia. Cada nueva prueba apuntaba en una direcci'on distinta. Tymnet hab'ia se~nalado Oakland. La compa~n'ia telef'onica hablaba de Virginia. Pero sus ecos indicaban que se encontraba 6000 kil'ometros m'as all'a de Virginia. 18 A fines de setiembre el hacker aparec'ia a d'ias alternos. A menudo se limitaba a levantar el periscopio, echar una ojeada y retirarse al cabo de unos minutos. Nunca el tiempo necesario para localizar la llamada, ni para preocuparse excesivamente. Estaba nervioso y me sent'ia ligeramente culpable. A menudo me perd'ia la cena en casa, para quedarme un rato a vigilar al hacker. La 'unica forma de poder seguir control'andole consist'ia en fingir que me ocupaba de mi trabajo. Realizaba algunos trabajos gr'aficos para satisfacer a los astr'onomos y a los f'isicos, y a continuaci'on jugaba con las conexiones de la red para satisfacer mi propia curiosidad. En realidad deb'ia prestarle atenci'on a parte del software de nuestra red, pero generalmente me limitaba a jugar para aprender su funcionamiento. Llamaba a otros centros inform'aticos, ostensiblemente para resolver problemas de la red. Pero cuando hablaba con ellos, sacaba cautelosamente a relucir el tema de los hackers, para averiguar a qui'en afectaba dicho problema. Dan Kolkowitz, de la Universidad de Stamford, era consciente de la presencia de hackers en su ordenador. Estaba a una hora en coche de Berkeley, pero en bicicleta era un d'ia de viaje. Por consiguiente, decidimos comparar notas por tel'efono y nos preguntamos si ser'ia el mismo roedor quien mordisqueaba nuestros sistemas respectivos. Desde que hab'ia comenzado a observar mis monitores, de vez en cuando ve'ia a alguien que intentaba introducirse en mi ordenador. Cada dos o tres d'ias alguien llamaba por tel'efono al sistema e intentaba conectar con las palabras system o guest. Puesto que nunca lo lograban, no me molest'e en seguirles la pista. El caso de Dan era mucho peor. -Se dir'ia que todos los jovenzuelos de Silicon Valley intentan irrumpir clandestinamente en Stamford -se quejaba Dan-. Descubren las contrase~nas de cuentas estudiantiles legitimas, y abusan del tiempo de computaci'on y conexi'on. Es algo muy molesto, pero no nos queda m'as alternativa que soportarlo, mientras Stamford opere en un sistema relativamente abierto. -?No has pensado en apretar las tuercas? -Todo el mundo protestar'ia si reforz'aramos la seguridad -respondi'o Dan-. La gente desea compartir informaci'on y por ello permiten que todo el mundo en su ordenador pueda leer la mayor parte de los archivos. Se quejan cuando los obligamos a cambiar sus contrase~nas. Sin embargo exigen que su informaci'on sea privada. A la gente le preocupaba m'as cerrar el coche que proteger su informaci'on. Un hacker en particular molestaba a Dan. -Por si no le bastaba con encontrar un agujero para introducirse en el sistema Unix de Stamford, tuvo la osad'ia de llamarme por tel'efono. Habl'o conmigo durante dos horas, al tiempo que manipulaba los archivos de mis sistemas. -?Lograste localizarle? -Lo intent'e. Mientras estaba al tel'efono, llam'e a la polic'ia de Stamford y a la compa~n'ia telef'onica. Pero en dos horas no llegaron a encontrarle. Pens'e en Lee Ghong, de la Pacific Bell. Le hab'ian bastado diez minutos para realizar un seguimiento de un extremo a otro del pa'is. Y Tymnet verificaba su red en menos de un minuto. -El individuo que se introduce en mi sistema no causa ning'un da~no -le dije, comparando nuestros respectivos hackers-. Se limita a inspeccionar archivos y utilizar las conexiones de mi red. -Exactamente lo mismo que yo he observado. He cambiado mi sistema operativo para poder ver lo que est'a haciendo. Mis monitores eran PCs IBM, sin modificaciones en el software, pero el principio era el mismo. -?Le has visto robar archivos de contrase~nas y aplicaciones del sistema? -S'i. Utiliza el seud'onimo <>... Apuesto a que es un seguidor de Pink Floyd. S'olo act'ua de madrugada. En esto no coincid'ian. Yo ve'ia a mi hacker frecuentemente al mediod'ia. Al reflexionar, comprend'i que los que irrump'ian en Stamford eran otros. El hacker de Berkeley parec'ia preferir el nombre de <>, a pesar de que le conoc'ia por varios otros nombres de cuentas que hab'ia robado. Al cabo de tres d'ias, el 3 de octubre, los titulares del San Francisco Examiner proclamaban: <> Un periodista llamado John Markoff hab'ia husmeado la historia en Stamford. En el mismo art'iculo, el peri'odico mencionaba que aquel hacker se hab'ia introducido tambi'en en los ordenadores del LBL. ?Ser'ia cierto? La history describ'ia las trampas de Dan y su incapacidad para atrapar al hacker Pfloyd de Stamford. Pero el periodista confundi'o el seud'onimo y en el art'iculo dec'ia: <> Enojado por la divulgaci'on de la historia, me dispon'ia a echar los cerrojos, cuando Bruce Bauer, del departamento de polic'ia del laboratorio, llam'o para preguntarme si hab'ia visto el peri'odico. -S'i. !Vaya desastre! Ahora el hacker no volver'a a asomar las narices. -No est'es tan seguro -dijo Bruce-. Puede que 'esta sea la oportunidad que est'abamos esperando. -Nunca volver'a a aparecer, ahora que es consciente de que sabemos que hay un hacker en nuestro sistema. -Tal vez. Pero querr'a averiguar si le hab'eis cerrado las puertas de vuestro ordenador. Adem'as, probablemente conf'ia en ser capaz de sortear al personal de Stamford y de pasar por aqu'i sin que nosotros le detectemos. -S'i, pero seguimos estando muy lejos de localizarle. -'Esta es precisamente la raz'on de mi llamada. Tardaremos todav'ia un par de semanas en conseguir una orden judicial, pero me gustar'ia que dejaras las puertas abiertas hasta entonces. Despu'es de colgar, me pregunt'e por su inesperado inter'es. ?Lo habr'ia motivado el art'iculo del peri'odico? ?O tal vez el FBI hab'ia decidido finalmente tomar cartas en el asunto? Al d'ia siguiente, sin duda gracias a Bruce Bauer, Roy Kerth me dijo que siguiera vigilando al hacker, aunque tambi'en me indic'o inequ'ivocamente que mis obligaciones habituales deb'ian tener preferencia. Esto s'olo me incumb'ia a m'i. Cada vez que aparec'ia el hacker, pasaba una buena hora dilucidando lo que hac'ia y relacion'andolo con sus dem'as sesiones. Y a continuaci'on varias horas llamando por tel'efono, para divulgar las malas noticias. Acto seguido anotaba lo ocurrido en mi cuaderno. Cuando terminaba, hab'ia transcurrido pr'acticamente toda una jornada. Seguir a nuestro hu'esped se estaba convirtiendo en un trabajo permanente. En mi caso, la intuici'on de Bruce Bauer fue correcta. El hacker volvi'o una semana despu'es de que apareciera el art'iculo. Domingo, 12 de octubre, a la 1.41, intentaba resolver un problema de astronom'ia, algo relacionado con polinomios ortogonales, cuando son'o la alarma de mi terminal. Fui corriendo por el pasillo y descubr'i que el hacker hab'ia conectado mediante la antigua cuenta de Sventek. Utiliz'o mi ordenador durante doce minutos, para conectar a Milnet. De ah'i se dirigi'o a la base militar de Anniston, donde conect'o sin dificultad alguna como Hunt. Se limit'o a verificar sus archivos y desconect'o. El lunes recib'i una llamada de Chuck McNatt, de Anniston. -He examinado las cuentas del fin de semana y me he encontrado de nuevo con el hacker -dijo. -Efectivamente, entr'o unos minutos en tu sistema. S'olo el tiempo necesario para ver si alguien le observaba. Las copias de mi impresora reflejaban la historia completa. -Creo que lo mejor ser'a que le cierre las puertas -dijo Chuck-. Aqu'i el riesgo es excesivo y no parece que progresemos en nuestra operaci'on de captura. -?No puedes permanecer abierto un poco m'as? -Ha transcurrido ya un mes y me preocupa que borre mis archivos -respondi'o Chuck, consciente del peligro. -Bien, de acuerdo. Pero aseg'urate de que le cierras realmente las puertas. -Por supuesto. Cambiar'e todas las claves y comprobar'e todos los agujeros en el sistema operativo. No pod'ia quejarme. Otros no ten'ian la paciencia de permanecer abiertos. ?O era estupidez? Al cabo de diez d'ias apareci'o de nuevo el hacker. Llegu'e a la sala de conexiones en el momento en que intentaba conectar con Anniston: LBL> telnet ANAD.ARPA Connecting to 26.1.2.22 Bienvenido a Anniston Army Depot login: Hunt password: Jaeger Contrase~na incorrecta. Int'entelo de nuevo login: Bin password: jabber Bienvenido a Anniston Army Depot !Atenci'on a los intrusos! Desconfien de usuarios desconocidos Exijan a los extra~nos que se identifiquen Chuck hab'ia cancelado la cuenta de Hunt, pero no hab'ia cambiado la contrase~na de la cuenta de sistema, Bin. El mensaje de bienvenida advert'ia al hacker que alguien hab'ia detectado su presencia. Comprob'o r'apidamente sus archivos Gnu-Emacs y descubri'o que hab'ian sido borradas. Merode'o por el sistema de Anniston y encontr'o un archivo abierto el 3 de julio; un archivo que le otorg'o privilegios de superusuario. Estaba oculto en el directorio p'ublico /usr/lib, 'area en la que cualquier usuario pod'ia escribir. Lo hab'ia denominado <<.d>>, igual que los que ocultaba en nuestro sistema del LBL. Pero en lugar de ejecutar el programa, desconect'o del sistema de Anniston y a continuaci'on del LBL. Chuck no se hab'ia percatado de la existencia de aquel archivo especial. Por tel'efono me cont'o que hab'ia cambiado todas y cada una de las contrase~nas de los usuarios, que sumaban 200 en total. Pero no hab'ia cambiado ninguna de las contrase~na del sistema, como Bin, puesto que supon'ia que 'el era el 'unico que las conoc'ia. Tambi'en cre'ia haber eliminado por completo todos los archivos peligrosos, pero hab'ia olvidado unos cuantos. El archivo <<.d>> de Anniston era un punto importante de referencia. El hacker hab'ia puesto aquel huevo el 3 de julio y al cabo de tres meses recordaba exactamente d'onde lo hab'ia ocultado. No tuvo que adivinar ni buscar para hallar el archivo <<.d>>, sino que acudi'o directamente a 'el. Despu'es de tres meses soy incapaz de recordar d'onde he archivado un fichero determinado, por lo menos sin la ayuda de mi cuaderno. El hacker en cuesti'on deb'ia de registrar lo que hac'ia. Ech'e un vistazo a mi cuaderno. Alguien en alg'un lugar conservaba una copia id'entica del mismo. Un jovenzuelo que se dedique a hacer travesuras los fines de semana no conserva notas detalladas. Un bromista universitario no esperar'ia pacientemente tres meses antes de comprobar el efecto de su jugarreta. No, lo que observ'abamos era un ataque met'odico y deliberado por parte de alguien que sab'ia exactamente lo que hac'ia. 19 Aunque hay que pasar despacio junto a la garita del guarda, se pueden alcanzar los cincuenta kil'ometros por hora pedaleando colina abajo desde el LBL. El martes por la noche no ten'ia ninguna prisa, pero pedale'e de todos modos; es emocionante la sensaci'on del viento. Kil'ometro y medio de bajada, seguido de una cita en la bolera de Berkeley. La antigua bolera era ahora un gigantesco mercado de frutas y verduras, donde se encontraban los kiwis y las guayabas m'as baratos. Ol'ia todo el a~no a mangos, incluso en la secci'on del pescado. Junto a una pir'amide de sand'ias vi a Martha golpeando unas calabazas, en busca del relleno para la tarta de la fiesta de Halloween. -Hola, Boris. El microfilm secreto est'a oculto entre las calabazas. Desde mi primer contacto con la CIA, para Martha me hab'ia convertido en un esp'ia. Nos decidimos por una docena de calabacines para esculpir y una buena calabaza fresca para la tarta. Despu'es de colocarlas en nuestras mochilas, regresamos a casa en bicicleta. A tres manzanas del mercado de fruta, en la esquina de Fulton y Ward, hay cuatro se~nales de <>. Alguien hab'ia pintado una de ellas, en la que ahora se le'ia <> y otra <>. Martha sonri'o. Yo me puse nervioso y fing'i ajustarme la mochila. No necesitaba que alguien me recordara de nuevo la pol'itica de Berkeley. En casa, Martha me pas'o los calabacines y los guard'e en una caja. -Lo que necesitamos es una bandera -dijo, mientras me arrojaba el 'ultimo calabac'in, bajo y ladeado-. Alg'un tipo de insignia que simbolice la caza de hackers -agreg'o agach'andose y sacando del armario un pend'on del tama~no de una camisa, con una serpiente enroscada alrededor de un ordenador, en el que se le'ia: <>-. Me sobraba un poco de tela de mi disfraz y he confeccionado esto. Durante las 'ultimas semanas antes de la fiesta de Halloween, cos'iamos desesperadamente para confeccionar nuestros disfraces. El m'io era un atuendo de cardenal, con mitra, cetro y c'aliz incluidos. Martha, evidentemente, guardaba el suyo escondido; todas las precauciones son pocas cuando se comparte la m'aquina de coser con el compa~nero de habitaci'on. Al d'ia siguiente ic'e mi bandera de cazador de hackers sobre los cuatro monitores que controlaban las l'ineas de entrada de Tymnet. Hab'ia comprado un marcador telef'onico autom'atico muy barato de Radio Shack y lo conect'e a un analizador l'ogico caro pero obsoleto. Entre ambos esperaban pacientemente a que el hacker tecleara su contrase~na y marcaban silenciosamente mi n'umero de tel'efono. Como era de suponer, la bandera se cay'o y se enred'o en la impresora, precisamente cuando apareci'o el hacker. Extraje r'apidamente las trizas de papel y ropa, en el momento justo de ver c'omo el hacker cambiaba sus contrase~nas. Al parecer no le gustaban las antiguas: hedges, jaeger, hunter y benson, y las cambi'o todas ellas por una sola: lblhack. Por lo menos coincid'iamos en lo que estaba haciendo. Eligi'o la misma contrase~na para cuatro cuentas distintas. De haberse tratado de cuatro personas, cada una habr'ia tenido su propia cuenta y contrase~na distinta de las dem'as. Pero ahora, en una sola sesi'on, las cuatro cuentas hab'ian cambiado. Deb'ia de estar persiguiendo a una sola persona. Alguien con la tenacidad necesaria para volver una y otra vez a mi ordenador. Con bastante paciencia para ocultar un archivo envenenado en la base militar de Anniston y volver al mismo al cabo de tres meses. Y singular en su elecci'on de objetivos militares. Eleg'ia sus propias contrase~na. <> era evidente. Hab'ia consultado el list'in telef'onico de Berkeley en busca de Jaeger y Benson; tal vez deber'ia consultar el de Stanford. Me detuve en la biblioteca. Maggie Morley, nuestra directora de documentaci'on, de cuarenta y cinco a~nos, es una excelente jugadora de <>. De su puerta cuelga una lista con todas las palabras de tres letras autorizadas en dicho juego. Para poder entrar hay que preguntarle por una de ellas. -As'i las mantengo frescas en mi memoria -afirma. -Hez -exclam'e. -Pasa. -Necesito un list'in telef'onico de Stanford -le dije-. Estoy buscando a todos los Jaeger o Benson de Silicon Valley. -Necesitas los listines de Palo Alto y de San Jos'e -respondi'o Maggie sin necesidad de consultar los archivos del cat'alogo-. Lo siento, pero no los tenemos. Tardaremos m'as o menos una semana en conseguirlos. Poco importaba una semana, al ritmo que avanzaba. -Jaeger es una palabra que me ha sido muy 'util -sonri'o Maggie-. Vale diecis'eis puntos, pero en una ocasi'on me permiti'o ganar el juego, cuando la <> coincidi'o con un cuadro de triple puntuaci'on. Se convirti'o en setenta y cinco puntos. -El caso es que a m'i me interesa porque es la contrase~na que utiliza el hacker. A prop'osito, no sab'ia que los nombres propios fueran legales en el juego. -Jaeger no es un nombre propio. Bueno, puede que lo sea. Tenemos por ejemplo el caso del famoso ornit'ologo Ellsworth Jaeger, pero en realidad es cierto tipo de p'ajaro. Es una palabra alemana que significa lo mismo que <>, es decir, cazador. -?C'omo? ?Has dicho <>? -Efectivamente. Los jaegers son p'ajaros cazadores que molestan a otros p'ajaros cuando tienen el pico lleno. Atosigan a las aves m'as d'ebiles hasta obligarlas a soltar su presa. -!Por lodos los santos! Has contestado a mi pregunta. Ya no necesito el list'in telef'onico. -?Puedo ayudarte en algo m'as? -?Sabr'ias explicarme la relaci'on entre las palabras hedges, jaeger, hunter y benson? -Jaeger y Hunter son evidentes para todo aquel que sepa ingl'es y alem'an. Ambas significan cazador. Y todos los fumadores conocen los cigarrillos Benson & Hedges. !Santo cielo! Mi hacker fumaba Benson & Hedges. Maggie hab'ia ganado con triple puntuaci'on. 20 Lo ten'ia lodo listo por la ma~nana del d'ia de Halloween. Hab'ia acabado de confeccionar mi atuendo de cardenal, mitra incluida. La fiesta ser'ia fant'astica: pasta con una docena de lun'aticos, seguida de la extraordinaria tarta de calabaza que preparaba Martha y de una excursi'on al distrito de Castro en San Francisco. Pero antes ten'ia que escabullirme de mis jefes en el laboratorio. Los f'isicos comenzaban a confabularse contra el centro de inform'atica, neg'andose a pagar nuestros salarios, bajo pretexto de que un centro inform'atico centralizado resultaba excesivamente caro. Los cient'ificos calculaban que pod'ian adquirir sus propios ordenadores de tama~no reducido y ahorrarse los gastos del personal de programaci'on. Sandy Merola intentaba convencerlos de lo contrario. -Pod'eis utilizar cien pollos o un caballo para tirar de un arado. El sistema inform'atico centralizado es caro porque ofrece resultados, en lugar de maquinas. Para aplacar sus 'animos, Sandy me orden'o que escribiera unos cuantos programas gr'aficos. -T'u eres cient'ifico. Si no logras contentarlos, escucha por lo menos sus problemas. De modo que pas'e la ma~nana en la 'ultima fila de una conferencia de f'isica. Cierto catedr'atico peroraba sobre algo relacionado con la funci'on quark del prot'on; algo acerca de que cada prot'on tiene tres quarks. Puesto que no ten'ia bastante sue~no para quedarme dormido, fing'i que tomaba notas mientras pensaba en el hacker. Al regreso de la conferencia, Sandy me pregunt'o si hab'ia aprendido algo. -Desde luego -respond'i, consultando mis notas-. La funci'on distributiva de los quarks no se cuantifica sobre el prot'on. ?Satisfecho? -Habla en serio, Cliff. ?Qu'e dicen los f'isicos acerca de los ordenadores? -Poca cosa. Saben que nos necesitan, pero no quieren pagar. -Igual que las fuerzas a'ereas -sonri'o Sandy-. Acabo de hablar por tel'efono con alguien llamado Jim Christy, de su oficina de investigaciones especiales. -?No es 'ese el poli de los fantasmas militares? -Habla en serio, te lo ruego. Es un detective que trabaja para las fuerzas a'ereas. -De acuerdo, es un excelente norteamericano. ?Qu'e quer'ia? -Dice lo mismo que nuestros f'isicos. No pueden prestarnos su apoyo, pero no quieren que abandonemos el caso. -?Ha dicho si ha logrado averiguar algo de la telef'onica de Virginia? -Nada. Se ha hartado de llamar, pero no est'an dispuestos a cooperar sin una orden judicial de Virginia. Ha consultado el c'odigo penal de Virginia y el hacker no comete ning'un delito en aquel estado. -?Irrumpir clandestinamente en nuestro ordenador no es un delito? No pod'ia creerlo. -Irrumpir en un ordenador en California no es un delito en Virginia. -?Y no pueden las fuerzas a'ereas presionar al FBI para conseguir una orden judicial? -No. Pero quieren que sigamos observando, por lo menos hasta que las fuerzas a'ereas decidan que no merece la pena continuar. -?Han soltado algo de pasta? La financiaci'on de mi tiempo proced'ia de las becas de astr'onomos y f'isicos, a quienes no satisfac'ia enormemente ver c'omo gastaba su dinero persiguiendo a un fantasma. -Ni un c'entimo. S'olo una solicitud extraoficial. Cuando le he mencionado lo de la financiaci'on, Jim me ha salido con la historia de las competencias -respondi'o Sandy, todav'ia no dispuesto a rendirse-. Han transcurrido dos meses desde que empezamos y nadie nos presta atenci'on. Antes de abandonar el caso, sigamos abiertos una 'ultima semana. A las cinco de la tarde estaba listo para la fiesta de Halloween. Antes de marcharme comprob'e los disquetes de los monitores. De pronto se puso en funcionamiento la impresora. Ah'i estaba el hacker. Consult'e el reloj: las 17:43:11. No. Ahora no. Tengo que ir a una fiesta. Por si era poco, a una fiesta de disfraces. ?No podr'ia elegir mejor momento? El hacker conect'o a la antigua cuenta de Sventek y comprob'o qui'en hab'ia en el sistema. Dave Cleveland lo estaba utilizando con el seud'onimo de Sam Rubarb, pero el hacker no pod'ia saberlo. Examin'o nuestros archivos de contabilidad y reuni'o en un solo lugar todas las del mes pasado. A continuaci'on inspeccion'o el largo archivo, en busca de las palabras <>. Muy interesante. No busc'o la palabra <>, que era el seud'onimo del hacker de Stanford, sino el que hab'ian publicado los peri'odicos. Mi hacker no era el mismo que el de Stanford. De haberlo sido, no habr'ia tenido que buscar <>, habr'ia sabido cu'ando hab'ia intervenido. En realidad, mi hacker ni siquiera hab'ia tenido contacto con el de Stanford. Si se conocieran, o por lo menos hubieran mantenido correspondencia entre s'i, mi hacker habr'ia sabido que lo que deb'ia buscar era <> y no <>. Deb'ia de haber le'ido el peri'odico. Pero hab'ia transcurrido casi un mes desde la publicaci'on de aquel art'iculo. Dave Cleveland ten'ia raz'on, el hacker no era de la costa oeste. A las seis de la tarde el hacker dej'o de inspeccionar nuestros archivos de contabilidad y aprovech'o nuestro ordenador para conectar con Milnet. De all'i fue directamente a la base militar de Anniston, en Alabama. -?Por qu'e agujero se colar'ia en esta ocasi'on? -me pregunt'e. LBL> telnet Anad.arpa Bienvenido al Centro Inform'atico de Anniston login: Hunter password: Jaeger Conexi'on incorrecta, int'entelo de nuevo login: Bin password: Jabber Conexi'on incorrecta, int'entelo de nuevo login: Bin password: Anadhack Conexi'on incorrecta, tres intentos, conexi'on finalizada. Por fin Chuck McNatt le hab'ia cerrado las puertas. Cambiando todas las contrase~nas, hab'ia impermeabilizado el sistema. Puede que todav'ia quedara alguna brecha, pero aquel hacker no pod'ia aprovecharla. Sin embargo no se dio por vencido. Se introdujo en el grupo de dise~no de edificios. Algunos cient'ificos del Lawrence Berkeley Laboratory se ocupan del dise~no de casas eficientes desde el punto de vista energ'etico. La mayor'ia de los dem'as f'isicos los desprecian: <>. Los protones y los quarks son cosa elegante; ahorrar diez d'olares mensuales en calefacci'on no lo es. El grupo de dise~no investiga nuevos tipos de cristal que permita el paso de la luz pero impida la salida de los rayos infrarrojos. Elabora nuevos aislantes para frenar la perdida de calor a trav'es de las paredes. Y han comenzado a analizar la eficacia t'ermica de s'otanos y chimeneas. El hacker se enter'o porque ley'o todos sus archivos. P'agina tras p'agina de datos sobre la emisi'on t'ermica. Notas sobre la absorci'on de la pintura en la gama ultravioleta. Y una 'ultima nota que dec'ia: <> No tuvo que mir'arsela dos veces. Interrumpi'o su listado y orden'o a mi Unix que le conectara al sistema Elxsi. Nunca hab'ia o'ido hablar de dicho ordenador, pero s'i mi Unix. En menos de diez segundos le hab'ia conectado y Elxsi le ped'ia el nombre de cuenta y la contrase~na. Observ'e c'omo intentaba introducirse: LBL> telnet Elxsi Elxsi en LBL login: root password: root contrase~na incorrecta, int'entelo de nuevo login: guest password: guest contrase~na incorrecta, int'entelo de nuevo login: uucp password: uucp BIENVENIDO AL ORDENADOR ELXSI EN LBL Hab'ia entrado en la cuenta del UUCP sin ninguna clave que la protegiera, completamente abierta. UUCP es la cuenta para copiar de Unix a Unix. Cuando un ordenador Unix quiere copiar un archivo de otro, conecta con la cuenta UUCP y la obtiene. Debiera ser imposible que una persona conectara con dicha cuenta especial. El usuario root deber'ia impedir todo acceso a la misma por parte de los usuarios. Lo peor del caso era que en este Elxsi, la cuenta UUCP gozaba de privilegios especiales. El hacker tard'o s'olo un minuto en darse cuenta de que hab'ia tropezado con una cuenta privilegiada. No perdi'o ni un segundo. Edit'o el fichero de contrase~nas y agreg'o una nueva cuenta, con privilegios de administrador de sistema. La denomin'o Mark. <>, pens'e. Pero no sab'ia mucho sobre dicho ordenador. Pas'o una hora examinando archivos y enter'andose del dise~no de edificios eficientes desde el punto de vista energ'etico, pero sin aprender nada acerca del propio ordenador. De modo que opt'o por escribir un programa para cronometrar el ordenador Elxsi. Un breve programa C que mide su velocidad e informa sobre la longitud de sus palabras. Tuvo que intentarlo tres veces para que le funcionara el programa, pero por fin lo consigui'o. Descubri'o que las palabras del Elxsi eran de treinta y dos bits y midi'o su capacidad en unos diez millones de instrucciones por segundo. Los ordenadores de ocho y diecis'eis bits son como tortugas; los sistemas de treinta y dos bits son ya palabras mayores. Treinta y dos bits significa un gran ordenador, y diez millones de instrucciones por segundo significa rapidez. Hab'ia entrado en un superminiordenador. Uno de los m'as r'apidos de Berkeley y de los peor dirigidos. Mientras observaba sus pasos por el Elxsi, hablaba con Tymnet. Al tiempo que el hacker intentaba comprender el nuevo ordenador, Ron Vivier buscaba la aguja que indicara su procedencia. -Nada de nuevo -anunci'o Ron, consciente de que eso significaba un nuevo seguimiento por parte de la compa~n'ia telef'onica-. Entra de nuevo por Oakland. -No vale la pena llamar a la compa~n'ia telef'onica. Lo 'unico que me dir'an es que obtenga una orden judicial para Virginia. Colgu'e decepcionado. Una conexi'on tan prolongada como 'esta era perfecta para localizarle. No pod'ia excluirle del sistema cuando utilizaba ordenadores de los que ni siquiera hab'ia o'ido hablar. Cuando por fin desconect'o a las siete y media, hab'ia adquirido virtualmente una visi'on global de los ordenadores principales del laboratorio. Tal vez no podr'ia introducirse en todos ellos, pero sab'ia d'onde estaban. Las siete y media. !Maldita sea, hab'ia olvidado la fiesta! Fui corriendo a por mi bicicleta, para regresar a mi casa. Lo que ese hacker hac'ia no era destrozar mi ordenador, sino trastornarme la vida. Para Martha, llegar tarde a la fiesta de Halloween era un crimen imperdonable. No s'olo llegu'e tarde, sino sin disfraz. Entr'e sigilosamente y con complejo de culpabilidad por la puerta de la cocina. !Qu'e escena! La princesa Diana, con su elegante traje, vistoso sombrero y guantes blancos, extra'ia con estremecimiento un pu~nado de semillas de un calabac'in. Alicia y el sombrerero loco se serv'ian la 'ultima porci'on de lasa~na. Charlot mojaba manzanas en alm'ibar. En medio de aquel torbellino de actividad hab'ia un peque~no pero temible guerrero samur'ai, enteramente vestido para entrar en batalla, que vociferaba 'ordenes: -Llegas tarde. ?D'onde est'a tu disfraz? En el fondo del armario encontr'e mi sotana morada. Encima del camis'on de Martha, con una s'abana sobre los hombros y una alta mitra de papel y lentejuelas, me convirtieron de pronto en... cardenal Cliff primero. Di una vuelta para bendecir a los invitados. Laurie, la amiga de Martha que circulaba habitualmente con el cabello muy corto, vaqueros y botas, vest'ia un traje de tarde de falda corta y un largo collar de perlas. -!'Animo, eminencia, vayamos a bendecir el Castro! Nos amontonamos en el coche del sombrerero loco (Laurie cogi'o su moto) y cruzamos el puente de Babilonia. La fiesta de Halloween es la predilecta de San Francisco. Se corta el tr'afico a cinco manzanas de la calle Castro, por donde pasean millares de vistosos disfraces, admir'andose entre s'i y a los travest'is con sus atuendos de lentejuelas, imitando a Ethel Merman desde las salidas de incendios que dan a la calle. Este a~no hab'ia disfraces incre'ibles: una persona disfrazada de bolsa de la compra gigantesca, con enormes verduras y latas de papel; numerosos seres gal'acticos; y varios samur'ais rivales, con los que Martha luch'o con su espada de pl'astico. Los dr'aculas de rostro cetrino circulaban entre brujas, canguros y mariposas. Cerca de la parada del tranv'ia, una colecci'on de vampiros armonizaba con un encurtido de tres patas. Yo dispensaba bendiciones a troche y moche, 'angeles y demonios, gorilas y leopardos. Caballeros medievales se arrodillaban ante m'i y numerosas monjas (algunas con bigote) acud'ian a saludarme. Tres robustos y alegres individuos, con faldita rosada y zapatillas de ballet del cuarenta y cinco, me hicieron una graciosa reverencia para recibir mi bendici'on. A pesar de las crisis en las f'abricas, del retraso del pago de los alquileres, las drogas y el SIDA, San Francisco celebraba la vida. El lunes llegu'e tarde al trabajo, esperando encontrarme con un mensaje del director del Elxsi, pero no fue as'i. Me dirig'i al grupo de dise~no de edificios y habl'e con el f'isico encargado del ordenador Elxsi. -?Has notado algo extra~no en tu Elxsi? -No. Hace s'olo un mes que lo tenemos. ?Alg'un problema? -?Qui'en ha organizado vuestras cuentas? -Yo lo hice. Me identifiqu'e como usuario root y agregue los usuarios. -?Llev'ais un sistema de contabilidad? -No. No sab'ia que fuera posible. -Alguien ha irrumpido clandestinamente en tu ordenador mediante la cuenta UUCP. Se ha convertido en administrador de sistema y ha agregado una nueva cuenta. -!Maldita sea! ?Qu'e es la cuenta UUCP? He aqu'i el problema. Se trataba de un f'isico a quien le aburr'ian los ordenadores y que no sab'ia c'omo dirigir su sistema. Probablemente tampoco le importaba. De todos modos el problema no era 'el, sino el Elxsi. Vend'ian ordenadores con los sistemas de seguridad inutilizados. Despu'es de comprar el aparato, deb'ia preocuparse uno mismo de protegerlo. Era preciso leer una docena de manuales para encontrar el p'arrafo en el que se explicaba c'omo modificar los privilegios otorgados a la cuenta UUCP, en el supuesto de que uno conozca la existencia de dicha cuenta. Evidentemente. Lo mismo deb'ia ocurrir en todas partes. El hacker no triunfaba gracias a su sofisticaci'on, sino hurgando en los lugares m'as obvios y procurando introducirse por las puertas que no estaban cerradas. La persistencia y no la genialidad era la clave de su 'exito. En todo caso, no volver'ia a introducirse en nuestro Elxsi. Conociendo a mi adversario, no era dif'icil cerrarle las puertas y dejarle confundido. Constru'i una puerta giratoria de acceso a nuestro Elxsi: cuando el hacker usara las cuentas falsas de aquella m'aquina, yo recibir'ia una llamada y el ordenador fingir'ia estar demasiado ocupado para aceptar otro usuario. En lugar de ordenarle que abandonara el sistema, el Elxsi reducir'ia su velocidad hasta quedar casi parado cuando el hacker hiciera acto de presencia. De ese modo el hacker no se dar'ia cuenta de que le vigil'abamos y, sin embargo, Elxsi estar'ia protegido. No obstante naveg'abamos todav'ia por las tinieblas. Sin 'ordenes judiciales, los seguimientos telef'onicos no serv'ian para nada. Por supuesto que le'iamos palabra por palabra lo que escrib'ia en nuestro ordenador, pero ?cu'anto nos perd'iamos? Puede que utilizara otra docena de ordenadores para introducirse en Milnet. De algo no cab'ia duda: ahora estaba plenamente comprometido con la captura de aquel hacker. La 'unica manera de atraparle ser'ia la de no dejar de vigilar ni un solo minuto. Deb'ia estar listo a todas horas, ya fuera mediod'ia o medianoche. 'Este era precisamente el problema. Claro que pod'ia haber dormido bajo la mesa de mi despacho y confiar en que mi terminal me despertara, pero a costa de la tranquilidad dom'estica. A Martha no le hac'ia ninguna gracia que acampara en la oficina. Si mi ordenador me llamara cuando apareciera el hacker, dispondr'ia del resto del tiempo a mi antojo. Igual que un m'edico de guardia. ?C'omo no se me hab'ia ocurrido? Un localizador de bolsillo. Dispon'ia de una serie de ordenadores personales que observaban, a la espera de que apareciera el hacker. Bastar'ia con programarlos para que llamaran a mi localizador de bolsillo. Tendr'ia que alquilar el localizador, pero valdr'ia la pena gastar veinte d'olares mensuales. En una noche escrib'i los programas; nada especial. De ahora en adelante, estuviera donde estuviese, en pocos segundos sabr'ia que hab'ia aparecido el hacker. Me convertir'ia en una extensi'on de mi ordenador. Ahora iba en serio; 'el contra m'i. 21 El Lawrence Berkeley Laboratory depende econ'omicamente del Departamento de Energ'ia, sucesor de la Comisi'on de Energ'ia At'omica. Tal vez las bombas at'omicas y las centrales nucleares se est'en perdiendo en las tinieblas de la historia, o puede que la divisi'on del 'atomo ya no cuente con el atractivo de anta~no. Pero por la raz'on que sea, el Departamento de Energ'ia ya no es aquel equipo entusiasta que inici'o las centrales nucleares hace un par de d'ecadas. Seg'un rumores que hab'ia o'ido a lo largo de los a~nos, dicha organizaci'on se hab'ia ido sedimentando al igual que el Mississippi. Puede que el Departamento de Energ'ia no fuera la m'as 'agil entre las numerosas agencias gubernamentales, pero pagaba nuestras cuentas. Durante m'as de un mes hab'iamos mantenido nuestro problema en secreto por temor a que el hacker descubriera que le acech'abamos. Ahora que las pistas indicaban que estaba lejos de Berkeley, parec'ia justo comunic'arselo a la agencia de donde proced'ian nuestros fondos. El 12 de noviembre llam'e al Departamento de Defensa para intentar averiguar con qui'en deb'ia hablar sobre la invasi'on clandestina del ordenador. Tuve que realizar media docena de llamadas para descubrir que no hab'ia nadie realmente dispuesto a escuchar. Por fin logr'e hablar con el director de seguridad inform'atica del Departamento de Defensa para ordenadores no reservados. Rick Carr escuch'o pacientemente lo que le cont'e sobre el hacker, s'olo interrumpiendo de vez en cuando con preguntas como: -?Sigue activo en vuestro sistema? -S'i. Y nos vamos acercando a 'el cada vez que aparece. -Bien -dijo, sin particular entusiasmo-, comunic'adnoslo cuando le captur'eis. -?Os mando una copia de mi cuaderno? -pregunt'e. -No. Gu'ardalo hasta que hay'ais concluido. Le habl'e de las 'ordenes judiciales que necesit'abamos y del poco inter'es del FBI. -?Podr'iais convencer vosotros al FBI para que abra una investigaci'on? -No. Me gustar'ia que lo hicieran, pero no nos hacen ning'un caso -respondi'o Rick-. Me encantar'ia ayudarte, pero el asunto simplemente no es de mi competencia. De nuevo las competencias. Le di las gracias y estaba a punto de colgar, cuando Rick agreg'o: -Sin embargo puede que te interese llamar al NCSC, Centro Nacional de Seguridad Inform'atica. -?Qui'enes son? -pregunt'e, pensando que se trataba de un grupo al que deber'ia conocer. -El NCSC es una prolongaci'on de la Agencia Nacional de Seguridad. Se supone que son responsables de crear normas para la seguridad inform'atica. El hecho de que recalcara <> indicaba que no lo hac'ian. -?Desde cu'ando hablan los de la NSA con el p'ublico? Siempre hab'ia cre'ido que la NSA era la m'as secreta de las agencias gubernamentales. -El departamento de seguridad inform'atica es el 'unico sector de la NSA que no es secreto -respondi'o Rick-. Y debido a ello, el resto de la NSA los trata como leprosos. Los agentes secretos ni siquiera se dignan hablar con ellos. -Y por pertenecer a la NSA, el p'ublico tampoco conf'ia en ellos -coment'e, consciente de lo que insinuaba. -Exacto. Les tocan las de perder por ambos lados. Pero deber'ias hablarles de tu hacker. Seguro que les interesar'a y tal vez puedan tocar los resortes burocr'aticos apropiados. Pr'oxima llamada: al Centro Nacional de Seguridad Inform'atica. Zeke Hanson era el oficial de guardia. Ten'ia una voz alegre y parec'ia fascinarle la idea de observar silenciosamente a un hacker. Me pregunt'o por todos los detalles t'ecnicos de nuestros monitores y alarmas. -Eres un operador de interceptaci'on -me inform'o Zeke. -?Qu'e es eso? Jam'as hab'ia o'ido nada parecido. Zeke tartamude'o un poco, claramente arrepentido de su 'ultima frase. Deduje por mi cuenta lo que quer'ia decir. La NSA deb'ia de tener millares de personas en el mundo entero vigilando teletipos. ?Con qu'e operadores de interceptaci'on? Zeke me pregunt'o sobre mi ordenador. -Un par de Vax que operan los Unix. Innumerables redes -le expliqu'e, habl'andole durante los veinte minutos siguientes de las brechas que el hacker hab'ia aprovechado: el Gnu-Emacs, las claves, los troyanos. Lo que me intrigaba era su procedencia. Pero cuando le pregunt'e si hab'ia alg'un modo de conseguir una orden judicial, se cerr'o en banda. -Tendr'e que consult'arselo a mis colegas. ?Qu'e esperaba? Idealmente, que despu'es de llamar a un esp'ia electr'onico por tel'efono y explicarle que necesitaba una orden judicial, 'este persuadiera al FBI para que entrara en acci'on. Pero ?c'omo reaccionar'ia yo si alguien llamara a mi observatorio para hablarnos de un invasor de alg'un planeta desconocido? De lodos modos cre'i que val'ia la pena explicar nuestro problema. -El caso es que estamos por abandonar la investigaci'on. Si nadie nos ayuda, daremos por finalizada nuestra observaci'on. Ya estoy harto de actuar como operador de interceptaci'on voluntario. -Cliff, me encantar'ia ocuparme del caso, pero nuestras ordenanzas nos lo impiden -respondi'o imperturbable-. A la NSA no le est'a permitido intervenir l'ineas nacionales, aunque nos lo pidan. Son delitos que se pagan con la c'arcel. Se lo tomaba muy en serio. El NCSC o la NSA, fuera cual fuese el organismo para el que trabajaba, no se har'ia cargo de la vigilancia de mi hacker. Me aconsejar'ian c'omo proteger mis ordenadores y me servir'ian de enlace con el FBI, pero no se responsabilizar'ian de mi vigilancia. En cuanto a lo de la orden judicial, Zeke lo consultar'ia, pero sin muchas esperanzas. -Si t'u no has logrado despertar el inter'es del FBI, dudo que lo consigamos nosotros. Nuestra misi'on es la de asegurar la protecci'on de ordenadores y no la de capturar delincuentes. Otro problema de competencias. Colgu'e, desalentado. A los cinco minutos caminaba por el pasillo pregunt'andome qu'e hac'ia hablando con la NSA. Puede que Martha tuviera raz'on. Estaba convencida de que andaba por un plano inclinado resbaladizo que conduc'ia a aguas cada vez m'as profundas. Hab'ia empezado por llamar al FBI, a continuaci'on a la CIA y ahora a la NSA. Pero no eran los polis los que me preocupaban, sino su inactividad. Sin duda estaban todos dispuestos a escuchar mis problemas, pero no a mover un solo dedo. Frustrante. Todas las agencias parec'ian tener buenas razones para no hacer nada. Paseaba asqueado por los pasillos. Los pasillos del Lawrence Berkeley Laboratory parecen la pesadilla de un fontanero. No tienen un segundo techo que oculte los tubos, cables y conducciones. Al levantar la cabeza reconoc'i los tubos de vapor y la manguera naranja de los cables inform'aticos. El vapor circulaba a una presi'on de unas siete atm'osferas y los cables inform'aticos a unos diez millones de bits por segundo. Mis redes eran tan esenciales para el laboratorio como el vapor, el agua o la electricidad. ?He dicho <>? A decir verdad, las redes eran tan m'ias como los tubos de vapor del fontanero. Pero alguien ten'ia que tratarlas como si le pertenecieran y reparar las aver'ias. Algo extra~no me estaba ocurriendo. Me sent'e en el suelo del pasillo, ensimismado, sin dejar de mirar fijamente a las tuber'ias. Por primera vez en mi vida, algo importante depend'ia enteramente de m'i. Mi actitud en el trabajo hab'ia sido siempre la misma que cuando era astr'onomo: escrib'ia propuestas, observaba a trav'es del telescopio, publicaba art'iculos y me manten'ia c'inicamente al margen de las luchas y victorias a mi alrededor. No me importaba en qu'e pudiera culminar mi investigaci'on. Ahora nadie me dec'ia lo que deb'ia hacer y, sin embargo, pod'ia elegir. ?Deb'ia abandonar discretamente el caso o disponerme a luchar contra viento y marea? Al contemplar los cables y tuber'ias comprend'i que no pod'ia seguir jugando entre bastidores como un ni~no travieso e irrespetuoso. Era una persona seria y concienzuda. La comunidad de la red depend'ia de m'i, aun sin saberlo. ?Me estaba convirtiendo (!Dios me libre!) en una persona responsable? 22 Aquella noche Martha estaba en la Boalt Hall Law Library estudiando protocolo penal y me detuve a visitarla, con unos bollos y crema de queso, combustible predilecto de los estudiantes de derecho. Nos acariciamos y besuqueamos entre libros, realizando de vez en cuando un esfuerzo de concentraci'on de cara a las oposiciones. !Bendita sea la biblioteca Boalt, donde el derecho nunca duerme! En un cuarto trasero me mostr'o el ordenador Lexis de la facultad de derecho. -?Te apetece divertirte con este juguete mientras yo estudio? -me pregunt'o. Sin esperar mi respuesta, conect'o la terminal del Lexis y me mostr'o un letrero con instrucciones para consultar el sistema de b'usqueda de documentaci'on. A continuaci'on se sumergi'o de nuevo en sus libros, dej'andome en compa~n'ia de un ordenador desconocido. Las instrucciones no pod'ian ser m'as claras. S'olo hab'ia que pulsar un par de teclas, escribir el nombre de la cuenta, una palabra clave y empezar a examinar sumarios judiciales, en busca de cualquier cosa que pareciera interesante. Junto a las instrucciones hab'ia cinco nombres de cuentas, con sus respectivas claves, escritos a mano, por lo que no tuve m'as que elegir un par de ellos para conectar con el sistema. A nadie se le hab'ia ocurrido proteger sus claves. Me pregunt'e cu'antos ex estudiantes se aprovechar'ian todav'ia del servicio gratuito de la biblioteca. Despu'es de autenticarme en el ordenador de la facultad de derecho, empec'e a buscar bajo las palabras clave tel'efono y seguimiento. Tard'e un rato en descifrar la jerga jur'idica, pero acab'e por encontrar la legislaci'on concerniente a la intervenci'on telef'onica. Result'o que no se necesitaba ninguna orden judicial para intervenir las llamadas a un tel'efono determinado, siempre y cuando as'i lo deseara el titular de dicho tel'efono. Ten'ia sentido. Uno no ten'ia por qu'e necesitar una orden judicial para saber qui'en le llamaba. En realidad, algunas empresas venden ahora tel'efonos en los que aparece el n'umero del que llama, en el tel'efono del receptor de la llamada cuando 'este suena. Pero si legalmente no necesit'abamos ninguna orden judicial, ?por que insist'ian tanto en ello las compa~n'ias telef'onicas? El lunes por la ma~nana, con una copia del decreto 3121 del punto 18 del c'odigo estatal de California, llam'e a Lee Cheng a la compa~n'ia telef'onica. -?Por qu'e nos oblig'ais a conseguir 'ordenes judiciales, cuando la ley no lo exige? -En parte para protegernos de acciones judiciales y en parte para ahorrarnos b'usquedas infructuosas -respondi'o Lee. -Pero si la orden judicial no es imprescindible, ?por qu'e retiene la informaci'on la telef'onica de Virginia? -No lo s'e. Pero siguen en sus trece. He pasado media hora hablando con ellos y no hay forma de convencerlos. Si no estaban dispuestos a facilitar el n'umero a otra compa~n'ia telef'onica, no parec'ia muy probable que nos lo dieran al laboratorio. Parec'ia que, a fin de cuentas, el seguimiento telef'onico era un callej'on sin salida. -El FBI no est'a dispuesto a darnos ni los buenos d'ias; por tanto olvida lo de la orden judicial -me dijo Aletha Owens por tel'efono. Otro tanto ocurri'o con la polic'ia de nuestro laboratorio. Hicieron una serie de llamadas, pero todas en vano. Otro callej'on sin salida. Mientras almorz'abamos en la cafeter'ia, cont'e las aventuras de la 'ultima semana a dos astr'onomos amigos m'ios: Jerry Nelson y Terry Mast. -?Quieres decir que han averiguado el n'umero y se niegan a comunic'artelo? -pregunt'o Jerry con incredulidad. -As'i es, en efecto. Sin entrada no hay cine. Entre bocadillos, les mostr'e mi cuaderno. Hac'ia un par de semanas, mientras la telefonista localizaba la llamada, hab'ia copiado toda su jerga en mi cuaderno. Ahora Jerry empez'o a interpretarla como si leyera la palma de la mano. -F'ijate en esto, Cliff -dijo Jerry-: la telefonista dijo 703. El prefijo 703 corresponde a Virginia. Y en cuanto a C y P..., apuesto a que se trata de Chesapeake y Potomac. Eso es. Es la compa~n'ia telef'onica del norte y oeste de Virginia. -Los n'umeros que has copiado son los que dijo la telefonista -agreg'o Terry Mast, que es un experimentalista-. ?Por qu'e no llamas a todas las permutaciones de dichos n'umeros con el prefijo 703 y averiguas si por ah'i hay alg'un ordenador? -S'i, tendr'ia que funcionar -dijo Jerry Nelson mientras consultaba mis notas-. La telefonista dijo 1060, 427 y 448. Intenta llamar al 703/427-1060. O tal vez al 448-1060. S'olo hay un pu~nado de combinaciones. Val'ia la pena intentarlo, pero lo har'ia con un poco m'as de astucia. -En su factura hay un par de llamadas que no recuerdo haber efectuado -les dije a los de la oficina comercial de mi compa~n'ia telef'onica-. ?Podr'ian recordarme a qui'en he llamado? -D'igame los n'umeros y lo comprobar'e -respondi'o la operadora con suma amabilidad. Le di los seis n'umeros posibles, todos con el prefijo 703, y al cabo de tres minutos me devolvi'o la llamada. -Siento mucho comunic'arselo, pero cinco de dichos n'umeros son inexistentes o est'an averiados. No comprendo c'omo pueden haberlos incluido en su factura. !De los seis, cinco eran n'umeros inoperativos! Con uno me bastaba. -Comprendo. ?Qui'en es el titular del sexto n'umero? -Se trata de Mitre Incorporated, que se escribe M-I-T-R-E, y su n'umero es el 703/448-1060. ?Desea que inicie la operaci'on de reembolso por las otras cinco llamadas? -Ahora tengo prisa. Lo har'e en otro momento. Llam'e nervioso a aquel tel'efono, dispuesto a colgar cuando oyera alguna voz. Lo que respondi'o fue un modem de ordenador, con su caracter'istico pitido de alta frecuencia. !Magn'ifico! Mitre. Conoc'ia la existencia de un suministrador de material defensivo llamado Mitre, en Massachusetts, pero no en Virginia. Hab'ia visto sus anuncios en las revistas de electr'onica; siempre buscaban programadores de nacionalidad norteamericana. Hurgando en la biblioteca descubr'i que, efectivamente, Mitre ten'ia una sucursal en Virginia. McLean, Virginia. Curioso. ?De qu'e me sonaba el nombre de aquella ciudad? Consult'e el atlas de la biblioteca y lo averig"u'e. El cuartel general de la CIA est'a en McLean. 23 No lo pod'ia creer. El hacker parec'ia proceder de Mitre, en McLean, Virginia, a cuatro kil'ometros del cuartel general de la CIA. Hab'ia llegado el momento de llamar a mi jefe. -Escucha, Dennis: las llamadas proceden de Mitre, un suministrador de material de defensa, a cuatro pasos del cuartel general de la CIA. ?Qu'e crees que dir'a Teejay a esto? -?C'omo sabes que se trata de Mitre? -Cuando localizaban la llamada, tom'e nota de todos los n'umeros y prefijos que le o'i pronunciar a la operadora. He llamado a todas las combinaciones y he acabado en el modem del ordenador de Mitre. -Pero no lo sabes con absoluta certeza -dijo Dennis, que vio inmediatamente el punto flaco de mi hip'otesis-. Si lo divulgamos y no estamos en lo cierto, nos meteremos en un buen l'io. -Pero ?cu'antas crees que son las probabilidades de llamar a un n'umero al azar y encontrarse con un ordenador? -No me importa. Hasta que tengas pruebas, no hagas nada al respecto. No llames a Mitre, ni se lo digas a nuestros amigos de la bofia. De nuevo al punto de partida. Creo conocer el n'umero del hacker, pero ?c'omo demostrarlo? !Ah! Esperar'ia a que el hacker llamara de nuevo y comprobar'ia si aquel tel'efono estaba ocupado. De ser as'i, se tratar'ia probablemente del n'umero correcto. Hab'ia otra forma de obtener el n'umero de tel'efono. Menos sofisticada, pero m'as fiable. En la universidad hab'ia aprendido a sobrevivir sin dinero, energ'ia, ni siquiera espacio donde trabajar. Los estudiantes post licenciados ocupan el lugar m'as bajo de la jerarqu'ia acad'emica y tienen que estrujar las piedras para obtener alg'un recurso. Cuando uno ocupa el 'ultimo lugar en la lista de usuarios de un telescopio, tiene que esperar pacientemente en la cima de una monta~na, hasta que quede un poco de espacio entre otros observadores, para realizar sus propias observaciones. Y cuando necesita alg'un aparato electr'onico en el laboratorio, lo coge prestado por la noche y lo devuelve por la ma~nana, antes de que alguien se entere. No aprend'i mucho sobre f'isica planetaria, pero la astucia se convirti'o para m'i en algo natural. A pesar de lo cual no lograba obtener una orden judicial federal. De lo 'unico que dispon'ia era de las herramientas habituales de los astr'onomos. Pero era cuanto necesitaba para obtener la informaci'on deseada. Llam'e a las oficinas comerciales de Chesapeake y Potomac, y pregunt'e por el departamento de seguridad. Despu'es de hablar con varias personas distintas, reconoc'i la voz de la telefonista que hab'ia localizado la llamada la semana anterior. Despu'es de varios minutos de amigable charla, mencion'o que a su hijo de once a~nos le fascinaba la astronom'ia y cre'i que hab'ia llegado mi oportunidad. -?Cree que le gustar'ian unas cartas astrales y unas ilustraciones de los planetas? -!Seguro! Especialmente de esa cosa con unos anillos. Ya sabe: Saturno. Uno de los pocos recursos que ten'ia en abundancia: ilustraciones de planetas y galaxias. Hablamos un poco de su hijo y volvimos al tema que me preocupaba. -Por cierto, creo que el hacker procede de Mitre, en McLean, 448-1060. ?Coincide con su localizaci'on? -Se supone que no debo revelar esa informaci'on, pero puesto que ya conoce el n'umero... De algo ten'ia que haberme servido mi estancia en la universidad. Met'i una docena de carteles en un tubo de embalaje. Hoy, en alg'un lugar de Virginia, la pared de cierto muchacho est'a cubierta de fotograf'ias planetarias y gal'acticas. McLean, Virginia... Sab'ia m'as sobre Marte que sobre McLean y decid'i llamar a mi hermana, Jeannie, que viv'ia cerca de all'i. Por lo menos ten'ia el mismo prefijo. Jeannie s'i que hab'ia o'ido hablar de Mitre. Era m'as que una simple empresa que obtuviera contratos secretos del Pent'agono; estaba tambi'en relacionada con la CIA y con la NSA. Entre millares de otros proyectos, Mitre comprobaba ordenadores desde el punto de vista de la seguridad. Cuando alguien necesitaba un ordenador inexpugnable, Mitre se ocupaba de garantizar su seguridad. Extra~no. El hacker proced'ia de una empresa cuya funci'on consist'ia en garantizar que los ordenadores eran inexpugnables. ?Se trataba quiz'a de uno de sus peritos divirti'endose a ratos perdidos? ?O tendr'ia Mitre alg'un contrato secreto para explorar la seguridad de las redes militares? Hab'ia llegado el momento de llamarlos por tel'efono. Tuve que realizar cinco llamadas para cruzar su tupido velo de secretarias, pero por fin logr'e hablar con un individuo llamado Bill Chandler. Tard'e quince minutos en convencerle de que exist'ia realmente un problema. -Es simplemente imposible -dec'ia-. Nuestro sistema est'a perfectamente protegido y nadie puede entrar sin autorizaci'on en el mismo. Le describ'i mis seguimientos, sin mencionar lo de las 'ordenes judiciales. -La verdad es que no s'e si tenemos alg'un hacker que opere a partir de nuestros ordenadores, pero, de ser as'i, seguro que no procede del exterior. Tard'e otros diez minutos en convencerle de que era un problema suyo. Y otros cinco en decidir lo que hab'ia que hacer. Le propuse a Chandler una soluci'on muy simple, por lo menos para m'i. -La pr'oxima vez que el hacker conecte con Berkeley, lim'itate a verificar la l'inea telef'onica de Mitre. Averigua qui'en la utiliza. Bill Chandler accedi'o. Reunir'ia a un grupo de t'ecnicos y observar'ian discretamente la l'inea correspondiente al n'umero 448-1060. Cuando yo le llamara, verificar'ia la red interna y descubrir'ia al culpable. -Dudo que lleguemos a descubrir algo -dijo-. Nuestro sistema es aut'enticamente inexpugnable desde el exterior y todos nuestros empleados han superado los debidos controles de seguridad. All'a 'el. A m'i no me importaba que prefiriera ocultar la cabeza bajo el ala. Tal vez uno de los empleados de Mitre deambulaba por las redes militares s'olo para divertirse. Pero ?no pod'ia tambi'en tratarse de algo organizado? Y de ser as'i, ?por cuenta de qui'en? ?Pod'ia alguna agencia secreta haber alquilado los servicios de Mitre? En cuyo caso se tratar'ia de alguien a la vuelta de la esquina. Alguien situado a menos de cuatro kil'ometros. Hab'ia llegado el momento de llamar a la CIA. -La verdad es que no s'e c'omo pregunt'artelo y probablemente t'u tampoco sepas la respuesta -dije al cabo de diez minutos, hablando con Teejay por tel'efono-. Pero ?qu'e probabilidades hay de que el hacker sea alguien de la CIA? -?En qu'e lugar de Virginia has localizado al hacker? -se limit'o a preguntarme. -No puedo dec'irtelo. Esta l'inea no es segura. -D'ejate de bromas. No ve'ia ninguna raz'on para no cont'arselo. En el peor de los casos no har'ia nada, pero con un poco de suerte presionar'ia a Mitre para que cooperaran. De modo que le habl'e de mi llamada a Jim Christy; pareci'o sorprenderle, pero estaba satisfecho. -Me pondr'e en contacto con el FBI de Virginia -dijo Jim-. Puede que ahora logremos que nuestra gente se movilice. -Entonces debe saber algo que yo no s'e. La agencia de Oakland no est'a dispuesta a mover un dedo, a no ser que haya un mill'on de d'olares por medio. Jim me explic'o que las agencias del FBI son bastante aut'onomas. Algo que interese much'isimo a un agente puede no importarle a otro. -Es cuesti'on de suerte. A veces uno llega en el momento justo de subir al ascensor... -... y a veces se cae uno en el pozo. Le dese'e suerte, le rogu'e que me mantuviera informado y me concentr'e de nuevo en mi cuaderno. Parec'ia que los rumores eran ciertos. Ninguna agencia policial confiaba en las dem'as. La 'unica forma de resolver el problema consist'ia en mencion'arselo a todo el mundo que pudiera ayudar. Tarde o temprano alguien har'ia algo. Ninguno de nosotros, en aquellos momentos, habr'ia adivinado nada semejante a la verdad. Nadie -ni la CIA, ni el FBI, ni la NSA, ni ciertamente yo- sab'ia d'onde nos dirigir'ia aquel tortuoso camino. 24 Al d'ia siguiente por la ma~nana, en el despacho me encontr'e con un par de viejos recados. Mi jefe quer'ia que llamara a nuestros benefactores, el Departamento de Energ'ia, para comunicarles que <>. Y Dan Kolkowitz hab'ia llamado desde Stanford. -Te habr'ia mandado una nota por v'ia electr'onica -dijo Dan-, pero me preocupaba que alguien m'as la leyera. Ambos hab'iamos descubierto que los hackers repasaban la correspondencia electr'onica y la soluci'on m'as simple consist'ia en utilizar el tel'efono. Entre mordiscos de un bocadillo de manteca de anacardo cont'e a Dan mi seguimiento hasta Mitre, sin menci'on alguna a la CIA. Era innecesario desencadenar rumores sobre la cooperaci'on de alguien de Berkeley con los poderes f'acticos. -Muy extra~no -dijo Dan, asimilando perfectamente la informaci'on-. Yo te llamaba para comunicarte que acabamos de localizar a nuestro hacker en Virginia. McLean. Se me peg'o la lengua al paladar, tal vez a causa del anacardo, y tard'e un momento en responder. -Pero tu hacker no es el mismo que yo persigo. -Bien, puede que se trate de un grupo de hackers que utilizan los mismos m'etodos para atacar diferentes ordenadores. En todo caso, conozco el nombre del hacker que irrumpe clandestinamente en Stanford. -?C'omo lo has averiguado? -Muy simple. Hemos hecho lo mismo que t'u: imprimir todo lo que escribe. Entonces una noche el hacker conect'o con nuestro Unix, con el prop'osito de resolver sus deberes de matem'aticas. Se trataba de un simple problema de c'alculo, que consist'ia en determinar el 'area de una superficie delimitada por una curva, contando los cuadrados. Pero el hacker introdujo el problema 'integro en nuestro ordenador, incluido su nombre y el de su profesor. -!Caramba! ?Qui'en es? -No estoy seguro. S'e que se llama Knute Sears y que est'a en cuarto de matem'aticas, con un profesor llamado Maher. Pero no tengo ni idea de d'onde est'a. He consultado los listines telef'onicos de Stanford y no le encuentro. Tanto Dan como yo comprendimos que aquel hacker deb'ia de ser un estudiante de bachillerato: determinar un 'area delimitada por una curva corresponde a la introducci'on al c'alculo. -?C'omo se las arregla uno para encontrar a un estudiante de bachillerato llamado Sears? -pregunt'o Dan-. ? Has o'ido hablar alguna vez de un cat'alogo de estudiantes de secundaria? -No, pero puede que exista un registro de profesores de matem'aticas de bachillerato. Todo el mundo parec'ia figurar en alg'un registro. Despu'es de comparar nuestros cuadernos, llegamos una vez m'as a la conclusi'on de que persegu'iamos a dos hackers distintos. Puede que Knute Sears conociera al hacker que irrump'ia clandestinamente en mi sistema, pero sin duda no eran la misma persona. Despu'es de colgar el tel'efono, mont'e en mi bicicleta y fui pendiente abajo. Estaba seguro de que en la biblioteca de la universidad habr'ia un registro de profesores de bachillerato. No hubo suerte. Encontrar a un individuo no es f'acil cuando se conoce su nombre pero no su domicilio. Como 'ultimo recurso, pod'ia llamar a mi hermana Jeannie a Virginia. La vida para ella era un poco alocada. ?Qu'e impresi'on deb'ia producirle, desde su punto de vista, sentirse absorbida por un creciente torbellino de delirio inform'atico? Lo 'unico que necesitaba, para empezar, era un poco de trabajo telef'onico. Le agradecer'ia que llamara a las escuelas secundarias de la zona de McLean e intentara localizar al misterioso profesor de matem'aticas: se~nor Maher. Comparado con lo poco que hac'ian los del FBI, cualquier ayuda de la costa este, por peque~na que fuera, ser'ia de agradecer. Adem'as, Jeannie ten'ia experiencia con el Departamento de Defensa. Bien, a decir verdad, cualquiera ten'ia m'as experiencia que yo con los militares. Confiaba en la discreci'on de mi hermana. Aunque s'olo se limitara a escuchar, me ser'ia de gran ayuda. Llam'e a Jeannie a la oficina y comenc'e a darle las debidas explicaciones, pero en el momento en que mencion'e las palabras <> y <>, dijo inmediatamente: -De acuerdo. ?Qu'e quieres que haga? Result'o que el centro de investigaci'on y desarrollo de la armada para el que trabajaba hab'ia advertido a sus empleados sobre el riesgo de infiltraciones en los ordenadores. Jeannie me ofreci'o su ayuda con una peque~na condici'on. -Ser'ia encantador por tu parte si lograras que alguien me escribiera una peque~na nota de agradecimiento. Por ejemplo la OSI, el FBI, o quien sea. Cuando habl'e con la OSI, les transmit'i la petici'on de Jeannie y me aseguraron que era cosa hecha. -Somos expertos en recomendaciones -dijeron. (Ni so~narlo. A pesar de abundantes promesas por parte de comandantes, coroneles y generales a lo largo del a~no siguiente, mi hermana nunca lleg'o a recibir ninguna recomendaci'on oficial. Finalmente llegamos a la conclusi'on de que no es posible que alguien en un sector determinado de la burocracia federal expresara de forma oficial su agradecimiento a una persona de otro sector.) En todo caso, Jeannie decidi'o empezar a investigar en la hora del almuerzo y, antes de transcurrida una hora, llam'o para darme cierta informaci'on. -El instituto m'as pr'oximo a Mitre es el de McLean -dijo-, y ah'i es por donde he empezado. He dicho que deseaba hablar con un profesor de matem'aticas llamado se~nor Maher. Han repetido el nombre, me han dicho que esperara un momento y me han puesto con alguien. Entonces he colgado. ?Era posible que mi hermana, con una sola llamada, hubiera averiguado m'as que el FBI? Dadas las circunstancias, quiz'a deb'ia pedirle que siguiera investigando. -?Por qu'e no te acercas a ese instituto y averiguas si tienen ordenadores? La mayor parte de los institutos suelen tenerlos. Al mismo tiempo, mira si encuentras a Knute Sears en el anuario. Pero hazlo con mucha cautela. Por lo que s'e de 'el, ese individuo es muy escurridizo. No le asustes. -De acuerdo. Ma~nana me tomar'e un largo descanso a la hora del almuerzo. Al d'ia siguiente, mientras yo pedaleaba por las verdes colinas de Berkeley, mi hermana circulaba por el cintur'on de Washington DC, con sensaciones alternativas de emoci'on y ridiculez. Se da el caso de que en la zona de McLean viven innumerables parlamentarios, administradores del estado y militares de alto rango. Seg'un Jeannie, tiene el aspecto de una <>, aunque no estoy muy seguro de lo que eso significa. Y en aquel maravilloso d'ia de oto~no virginiano, su escuela parec'ia el crisol de todos los mitos relacionados con la gloriosa escuela secundaria norteamericana. En aquel momento hab'ian acabado las clases. Por la puerta sal'ian estudiantes elegantemente vestidos. El aparcamiento estaba lleno de Mercedes, BMWs y alguno que otro Volvo. El veh'iculo del que Jeannie tan orgullosa se sent'ia, un Chevy Citation destartalado del ochenta y uno, qued'o relegado a un extremo del aparcamiento, por la verg"uenza que le inspiraba. Jeannie me cont'o que, al igual que su coche, se sinti'o inc'omoda, para no decir absurda, husmeando en la escuela de una zona residencial. Ahora bien, mi hermana tiene mejores razones que la mayor'ia para detestar los institutos. En sus a~nos m'as mozos y vulnerables, fue profesora de ingl'es. Ahora los adolescentes, especialmente si no son suyos, le producen escalofr'ios. Seg'un ella, los aut'enticamente ricos son los peores. Haci'endose pasar por una madre preocupada, Jeannie lleg'o al despacho del instituto y pas'o media hora hojeando los anuarios de nataci'on, lat'in y asociaci'on de debates, en busca de alguna referencia al ap'ocrifo Knute Sears. No encontr'o nada. Despu'es de agotar todos sus recursos y convencerse de que no hab'ia ning'un Knute en McLean, comenz'o a examinar los buzones de los profesores y, efectivamente, en uno de ellos vio una etiqueta que dec'ia <>. Inesperadamente apareci'o una secretaria y le pregunt'o qu'e deseaba. -A decir verdad, no estoy segura, querida... -respondi'o mi hermana con unos manierismos que recordaban a Gracie Alien-. !V'algame Dios! !Casi me muerden! Una sonrisa condescendiente se dibuj'o en el rostro de la secretaria, mientras Jeannie cog'ia uno de los folletos que hab'ia sobre el mostrador, donde result'o que se explicaba c'omo matricularse para los cursos nocturnos. Ocultando parcialmente una embarazosa sonrisa con una mano, mi hermana la salud'o con la otra y sali'o de la escuela, llev'andose el folleto. Despu'es de realizar su misi'on secreta, Jeannie me llam'o aquella misma tarde. El supuesto Knute Sears de Stanford seguir'ia siendo un mito. No hab'ia estado nunca matriculado en el instituto de McLean. Y el se~nor Maher no era profesor de matem'aticas, sino que daba clases de historia. Otro callej'on sin salida. Todav'ia ahora, cuando hablo con mi hermana, me siento profundamente avergonzado de haberla embarcado en una b'usqueda infructuosa. Llam'e a Dan a Stanford para comunicarle las malas noticias. No le sorprendieron. -Har'a falta una larga investigaci'on. Hemos decidido olvidarnos del FBI. El servicio secreto tiene una brigada de delitos inform'aticos que est'a muy interesada en investigar el caso. ?El servicio secreto ayudando a Stanford? ?No eran los que persegu'ian a los falsificadores y proteg'ian al presidente? -As'i es -dijo Dan-, pero tambi'en investigan los delitos inform'aticos. La Tesorer'ia intenta proteger a los bancos contra fraudes inform'aticos y el servicio secreto depende de la Tesorer'ia. Dan hab'ia encontrado la forma de superar la reticencia del FBI. -No saben mucho sobre ordenadores -agreg'o-, pero tienen agallas. Nosotros aportaremos la pericia t'ecnica y ellos la fuerza judicial. ?Agallas? Pero para m'i era demasiado tarde. Nuestra agencia local del FBI segu'ia sin interesarse por el caso, pero la de Alexandria, en Virginia, le prestaba atenci'on. Alguien -Mitre, las fuerzas a'ereas o la CIA- los hab'ia presionado y recib'i una llamada del agente especial Mike Gibbons. En un par de minutos me di cuenta de que, por fin, hablaba con un agente del FBI que conoc'ia los ordenadores. Hab'ia escrito programas Unix, utilizado modems y no le asustaban las bases de datos ni los procesadores de textos. Su 'ultima afici'on consist'ia en jugar a <> con su ordenador Atari. J. Edgar Hoover deb'ia de revolverse en su tumba. Aun mejor, a Mike no le importaba comunicarse conmigo por v'ia electr'onica, pero, hab'ia la posibilidad de que alguien interceptara nuestra correspondencia, decidimos utilizar un c'odigo. A juzgar por su voz, adivin'e que Mike ten'ia menos de treinta a~nos, pero conoc'ia al dedillo la jurisdicci'on inform'atica. -Ha habido por lo menos una infracci'on del c'odigo federal 1030. Probablemente otra relacionada con la invasi'on de la intimidad. Cuando le encontremos, se enfrentar'a a una condena de cinco a~nos, o cincuenta mil d'olares. Me encant'o que Mike dijera <> en lugar de <>. -Cuando el hacker aparezca de nuevo en Berkeley -le dije, para explicarle mi acuerdo con Mitre-, Bill Chandler comprobar'a la red interna de Mitre. Entonces le encontraremos. Mike no estaba tan seguro, pero por lo menos no se opuso a mi plan. Lo 'unico ausente era el propio hacker, que no se hab'ia manifestado desde el d'ia de Halloween: dos semanas en blanco. Todas las ma~nanas inspeccionaba las impresoras. No me separaba en ning'un momento de mi localizador a distancia, a la espera de que el hacker penetrara en nuestra trampa invisible. Pero ni un solo pitido. Por fin, el 18 de noviembre, mi hacker volvi'o a su cuenta de Sventek. Conect'o a las 8.11 de la ma~nana y permaneci'o media hora en el sistema. Llam'e inmediatamente a Mitre, en McLean. Bill Chandler no estaba en la oficina y un engre'ido subalterno me dijo que s'olo Bill estaba autorizado para inspeccionar la red interna de Mitre. Me habl'o de <> y <>. Le colgu'e el tel'efono. Con el hacker activo en el sistema, no estaba dispuesto a perder el tiempo hablando con un altanero bur'ocrata. ?D'onde estaban los t'ecnicos, los que realmente sab'ian c'omo funcionaba el sistema de Mitre? Acab'abamos de perder otra oportunidad de capturar al hacker. Apareci'o de nuevo por la tarde y entonces logr'e comunicarme con Bill Chandler, que fue inmediatamente a comprobar los modems de salida. Efectivamente, alguien hab'ia llamado a trav'es de sus modems y parec'ia una llamada a larga distancia. Pero ?de d'onde proced'ia la conexi'on? -Nuestra red interna en Mitre es compleja -explic'o Bill- y nada f'acil de seguir. No hay un cable individual para cada ordenador, sino multitud de se~nales que circulan por un mismo cable y que s'olo se pueden localizar decodificando la direcci'on de cada paquete en nuestra red. En otras palabras, Mitre no pod'ia localizar las llamadas. !Maldita sea! Alguien llamaba desde Mitre, pero no pod'ian averiguar de d'onde proced'ia el hacker. Todav'ia no sab'iamos si se trataba de alg'un empleado de Mitre o de alguien ajeno a la empresa. Estaba furioso cuando observ'e la copia impresa de lo que el hacker estaba haciendo. Nada nuevo. Intent'o una vez m'as infiltrarse en la base militar de Anniston, pero fue rechazado. Pas'o el resto del tiempo escudri~nando mi ordenador de Berkeley, en busca de palabras como <> y <>. Bill prometi'o llamar a sus mejores t'ecnicos para que se ocuparan del problema. Al cabo de unos d'ias, cuando apareci'o de nuevo el hacker, o'i las mismas palabras. No cab'ia duda de que la llamada proced'ia del sistema inform'atico de Mitre, pero no pod'ian localizarla. Estaban perplejos. ?Qui'en realizaba las llamadas? ?Y d'onde se ocultaba? El s'abado, Martha me oblig'o a ir de excursi'on a Calistoga, donde los g'eiseres y fuentes termales atraen a las mariposas, a los ge'ologos y a los sibaritas. Para estos 'ultimos hay ba~nos de barro, que seg'un se dice son el colmo de la decadencia en el norte de California. Por veinte d'olares podemos embadurnarnos en un fango de ceniza volc'anica, turba y agua mineral. -As'i no pensar'as en el trabajo -dijo Martha-. Te has tomado muy a pecho lo de ese hacker. Te sentar'a bien un descanso. Encenagarse en una ba~nera desmesuradamente grande no parec'ia la f'ormula del rejuvenecimiento, pero estoy dispuesto a probarlo todo, aunque s'olo sea una vez. Mientras me revolcaba en aquel pantano particular, acudi'o a mi mente la idea de Mitre. Mi hacker utilizaba las l'ineas telef'onicas procedentes de Mitre para cruzar el pa'is. Stanford hab'ia localizado a un hacker en McLean, que probablemente pasaba por Mitre. Puede que Mitre sirviera de punto de enlace para los hackers, una especie de central telef'onica para efectuar sus llamadas. Eso significar'ia que los hackers no eran funcionarios de Mitre, sino personas ajenas a la empresa. ?C'omo era posible? Para ello Mitre ten'ia que cometer tres errores. En primer lugar deb'ian permitir que cualquiera conectara libremente con su red local. A continuaci'on ten'ian que permitir que un desconocido penetrara en su ordenador. Y por fin deb'ian facilitar el uso incontrolado de l'ineas telef'onicas de salida de larga distancia. Cumpl'ian con la tercera condici'on: los modems conectados a su red interna permit'ian hacer llamadas a cualquier punto del pa'is. Nosotros hab'iamos localizado la fuente de nuestros problemas en dichas l'ineas. Pero ?c'omo pod'ia alguien conectar con Mitre? No era de suponer que bastara con marcar un n'umero de tel'efono para introducirse en su red. Bill Chandler hab'ia afirmado que el suyo era un establecimiento de alta seguridad, repleto de secretos militares y cosas por el estilo. ?Qu'e otra forma habr'ia de introducirse en Mitre? ?Tal vez a trav'es de alguna red inform'atica? ?Ser'ia posible que el hacker llegara por Tymnet? Si Mitre pagaba su suscripci'on a Tymnet y no utilizaba claves para proteger dicho servicio, se les pod'ia llamar gratuitamente desde cualquier lugar. Una vez conectado, es posible que la red interna de Mitre le permitiera a uno dar media vuelta y llamar al exterior. De ese modo uno podr'ia llamar a cualquier lugar por cuenta de Mitre. Ser'ia f'acil poner a prueba mi hip'otesis: no ten'ia m'as que convertirme en hacker. Desde mi casa, intentar'ia conectar con Mitre, con el prop'osito de infiltrarme donde no deb'ia. El barro ol'ia a azufre y musgo de pantano, y su sensaci'on era la de un c'alido fango primigenio. Me gust'o el ba~no de barro y la sauna que tom'e a continuaci'on, pero estaba impaciente por volver a casa. Ten'ia una pista. O por lo menos una corazonada. 25 Mi diario: 23 de noviembre de 1986. Domingo. Diez y media de la ma~nana. El n'umero de acceso a Tymnet en Oakland es el 415/430-2900. Llamo desde mi casa mediante mi Macintosh. 1200 baudios, sin paridad. Tymnet pide nombre de usuario. Escribo MITRE. Respuesta: Bienvenido a Mitre Bedford. 10:40. Mitre dispone de una red interna que ofrece 'indice de opciones, catorce en total, al parecer de sus distintos ordenadores. Los pruebo uno por uno. 10:52. Una de las opciones, MWCC, conduce a otra lista con doce posibilidades. Una de ellas es MARCAR. Pruebo: MARCAR 415 486 2984, sin resultado. MARCAR 1 415 480 2984, sin resultado. MARCAR 9 1 415 486 2984, conectado con el ordenador de Berkeley. Conclusi'on: alguien desde el exterior puede conectar con Mitre mediante Tymnet. No precisa clave alguna. Entonces, a partir de Mitre, puede efectuar una llamada local o a larga distancia. MWCC significa <>; Bedford significa <>. Hab'ia entrado en Mitre, en Bedford, y emergido a 800 kil'ometros en McLean. 11:03. Desconecto del ordenador de Berkeley, pero permanezco en Mitre. Pido conexi'on con el sistema AEROVAX. Pregunto por el nombre del usuario. Escribo <>. Lo acepta y establece la conexi'on, sin palabra clave alguna. Exploro el ordenador de Aerovax. Aerovax tiene programas para alg'un tipo de seguridad de vuelo en aeropuertos, algunos de ellos destinados a determinar el 'angulo tolerable de aterrizaje en descensos a alta y a baja velocidad. Presumiblemente financiados por contratos gubernamentales. Aerovax conecta con muchos otros ordenadores de la red Mitre protegidos por palabras claves. <> no es aceptable como nombre de usuario en dichos ordenadores. (Ni siquiera estoy seguro de que pertenezcan a Mitre.) Un momento: algo no funciona como es debido. El software de control de la red no parece normal; su mensaje de bienvenida aparece con excesiva rapidez, pero tarda demasiado en completar la conexi'on. Me pregunto qu'e habr'a en dicho programa... !Aj'a! Ha sido modificado. Alguien ha instalado un troyano en el software de la red de Aerovax. Copia las contrase~nas en un fichero secreto para su uso posterior. Conclusi'on: alguien ha modificado el software de Mitre para robar con 'exito sus contrase~nas. 11:35. Desconecto de Mitre y actualizo mi cuaderno. Al leer hoy mi cuaderno recuerdo una hora de investigaci'on en la red interna de Mitre. Me sent'i inmediatamente furtivo y emocionado. Esperaba que en cualquier momento apareciera un mensaje en mi pantalla que dijera: <> Era evidente que Mitre hab'ia dejado una enorme brecha en su sistema. Cualquiera pod'ia llamar por tel'efono, ordenar a Tymnet que le conectara con Mitre y pasar una tarde entera manipulando los ordenadores de Mitre. La mayor parte de sus sistemas estaban protegidos por contrase~nas, pero por lo menos uno de ellos estaba completamente abierto. -El nuestro es un sistema de alta seguridad, en el que nadie puede infiltrarse -recordaba que me hab'ian dicho. !Vaya seguridad! La cuenta de <> en su Aerovax le permit'ia a cualquiera introducirse en el sistema. Pero el troyano era mort'ifero. Alguien hab'ia alterado el programa de la red para copiar contrase~nas en un archivo especial. Cada vez que un usuario leg'itimo utilizaba el ordenador de Aerovax, se le robaba la contrase~na. Esto le facilitaba al hacker contrase~nas para introducirse en otros ordenadores de Mitre. Despu'es de penetrar su coraza, el hacker pod'ia circular a sus anchas. ?Hasta qu'e punto estaba contaminado el sistema de Mitre? Cuando hice un listado de su 'indice, comprob'e que el troyano estaba fechado el 17 de junio. Desde hac'ia seis meses alguien hab'ia introducido una trampa silenciosa en sus ordenadores. No pod'ia demostrar que se tratara del mismo hacker que yo persegu'ia, pero los experimentos de aquella ma~nana hab'ian demostrado que cualquiera pod'ia introducirse en el sistema de Mitre y llamar a mi ordenador de Berkeley. Por consiguiente, el hacker no estaba necesariamente en Mitre, pues pod'ia encontrarse en cualquier lugar. Con toda probabilidad, Mitre serv'ia de estaci'on de enlace, de puente que conduc'ia a otros ordenadores. La conexi'on de McLean estaba ahora clara. Alguien llamaba a Mitre, daba media vuelta y llamaba a otros lugares. De ese modo, Mitre pagaba ambas llamadas: la de entrada por Tymnet y la de salida por telef'onica a larga distancia. Por si era poco, Mitre serv'ia de escondite, de caverna ilocalizable. Mitre, suministrador de material defensivo de alta seguridad, donde, por lo que hab'ia o'ido, no le permit'ian a uno cruzar el umbral sin identificarse, con sus alambradas y guardias armados. Sin embargo bastaba con un ordenador dom'estico y un tel'efono para deambular por sus bases de datos. El lunes por la ma~nana llam'e a Bill Chandler a Mitre para comunicarle la noticia. No esperaba que me creyera, y por ello no me sorprendi'o que insistiera en que su empresa <>. No era la primera vez que lo o'ia. -Si tanto os preocupa la seguridad, ?por qu'e no inspeccion'ais la contabilidad de vuestros ordenadores? -Lo hacemos. Llevamos libros detallados del uso de cada ordenador -respondi'o Bill-. Pero su objeto es la contabilidad, no la detecci'on de hackers. Me pregunt'e qu'e har'ian ellos con un error de 75 centavos. -?Has o'ido hablar de un sistema llamado Aerovax? -Por supuesto, ?qu'e le ocurre? -Simple curiosidad. ?Contiene informaci'on reservada? -No, que yo sepa. Est'a destinado a un sistema de control de aeropuertos. ?Por qu'e? -Ya te lo he dicho, simple curiosidad. Pero te aconsejo que lo inspecciones -respond'i, sin poder confesarle que el d'ia anterior hab'ia deambulado por su sistema y descubierto el troyano-. ?Conoces alg'un m'etodo que le permita a un hacker introducirse en tu sistema? -Espero que sea imposible. -Te aconsejo que verifiques las terminales p'ublicas de acceso al sistema. Y cuando lo hagas intenta introducirte en los ordenadores de Mitre a partir de Tymnet. Cualquiera puede conectar con tu sistema desde cualquier lugar. Esta 'ultima noticia hizo que se diera cuenta de que ten'ia problemas graves en su sistema. El sistema de Mitre no era inadecuado. S'olo semi apto. Bill no sab'ia c'omo reaccionar, pero no dejar'ia que su sistema permaneciera abierto. No pod'ia reproch'arselo. Sus ordenadores estaban desnudos. Sobre todo, me rog'o que no se lo contara a nadie. Estaba perfectamente dispuesto a guardar silencio, con una condici'on. Durante varios meses, los ordenadores de Mitre hab'ian realizado llamadas telef'onicas por todo el pa'is utilizando l'ineas de ATT de larga distancia. En alg'un lugar deb'ian estar los recibos de aquellas llamadas. En Berkeley compart'iamos la casa entre cinco. Cada fin de mes, cuando llegaba el recibo del tel'efono, nos reun'iamos para cenar y cada uno de nosotros, con el rostro imperturbable, negaba haber efectuado cualquiera de aquellas llamadas. Sin embargo, de alg'un modo acababa por aclararse todo y se pagaba la cuenta. Si nosotros 'eramos capaces de descifrar un recibo telef'onico, tambi'en deb'ia serlo Mitre. -?Qui'en paga las cuentas telef'onicas de vuestro ordenador? -pregunt'e a Bill Chandler. -No estoy seguro -respondi'o-. Probablemente el servicio de contabilidad central. Yo nunca las veo. He aqu'i la raz'on por la que el hacker se hab'ia salido con la suya durante tanto tiempo. Los que pagaban las cuentas telef'onicas nunca hablaban con los directores de los ordenadores. Extra~no. ?O era t'ipico? Los modems del ordenador generan una cuenta de llamadas a larga distancia. La compa~n'ia telef'onica manda la cuenta a Mitre y alg'un desconocido contable firma el cheque. Nadie se preocupa de cerrar el c'irculo. Nadie pregunta por la legitimidad de docenas de llamadas a Berkeley. Bill quer'ia que guardara silencio acerca de dichos problemas. Yo estaba dispuesto a hacerlo, pero mi discreci'on ten'ia un precio. -Dime, Bill: ?podr'ias mandarme una copia de las cuentas telef'onicas de tu ordenador? -?Para qu'e? -Ser'a interesante comprobar en qu'e otros lugares se ha infiltrado ese hacker. Al cabo de dos semanas lleg'o un grueso sobre lleno de facturas telef'onicas de Chesapeake y Potomac. En mi casa, mis compa~neros y yo discut'iamos sobre una cuenta de veinte d'olares, pero nunca las hab'ia visto de millares de d'olares. Cada mes. Mitre pagaba centenares de llamadas de larga distancia, a todos los confines de Norteam'erica. Pero no se trataba de personas que hablaran entre s'i. Aquellos recibos mostraban que los ordenadores de Mitre hab'ian llamado a centenares de ordenadores. (Para estar seguro de ello llam'e a varios personalmente y o'i el inconfundible pitido de los modems.) He aqu'i cierta informaci'on 'util. Puede que a Mitre no le interesara analizarla, pero unida a la de mi cuaderno, tal vez me permitir'ia comprender el alcance de la infiltraci'on del hacker. Lo 'unico que deb'ia hacer era separar de alg'un modo las llamadas del hacker, de las normales. Muchas de ellas eran evidentemente del hacker. En la lista hab'ia numerosas llamadas a Anniston, Alabama. Y estaban tambi'en las llamadas a Tymnet, en Oakland, que tanto me hab'ian costado localizar. Sin embargo, algunas de las llamadas ten'ian que ser leg'itimas. Despu'es de todo, los empleados de Mitre deb'ian llamar a otros ordenadores para transferir datos o copiar los 'ultimos programas de la costa oeste. ?C'omo separar las llamadas del hacker? En casa, cuando recib'iamos la cuenta del tel'efono, Martha preparaba la cena, Claudia se ocupaba de la ensalada y yo cocinaba los pastelitos. A continuaci'on, repletos de briznas de chocolate, divid'iamos entre todos el valor de la cuenta. Sentados a la mesa, no nos resultaba dif'icil a mis coinquilinos y a m'i deducir qui'en hab'ia realizado determinadas llamadas a larga distancia. Si yo hab'ia realizado una llamada a Buffalo de 09:30 a 09:35 y otra a Baltimore de 09:35 a 09:45, era probable que tambi'en hubiera efectuado la llamada a Nueva York de las 09:46 a las 09:52. Al examinar las cuentas del tel'efono de Mitre, estaba claro para m'i que s'olo el hacker habr'ia llamado a la base militar de Anniston, en Alabama. Era, por consiguiente, muy probable que la llamada realizada un minuto despu'es de la de Anniston perteneciera tambi'en al hacker. Al igual que la que hab'ia terminado un momento antes de la de Anniston. En f'isica, esto se denomina an'alisis correlativo. Si durante el d'ia se observa una erupci'on solar y por la noche una brillante aurora, es muy probable que exista una correlaci'on entre ambas. Uno observa las cosas que ocurren pr'oximas en el tiempo e intenta descubrir las probabilidades de que est'en de alg'un modo relacionadas. El an'alisis correlativo de la f'isica es puro sentido com'un. Pues bien, ten'ia ante m'i seis meses de cuentas telef'onicas; fechas, horas, n'umeros de tel'efono y ciudades. Probablemente unas cinco mil en total. Demasiadas para analizarlas manualmente, pero perfectas para el ordenador; existen abundantes programas para la b'usqueda de correlaciones. Lo 'unico que deb'ia hacer era copiarlas en mi Macintosh y activar algunos programas. ?Ha escrito alguien alguna vez cinco mil n'umeros de tel'efono? Es tan aburrido como parece. Adem'as tuve que hacerlo por duplicado, para asegurarme de que no hab'ia cometido ning'un error. La operaci'on dur'o dos d'ias. Dos d'ias para introducir los datos y una hora para analizarlos. Orden'e a mi programa que supusiera todas las llamadas a la base militar de Anniston realizadas por el hacker y localizara todas las efectuadas inmediatamente antes o despu'es de dichas llamadas. Tard'o un minuto y me mostr'o que el hacker hab'ia llamado muchas veces a Tymnet, en Oakland. El programa respond'ia de un modo razonable. Pas'e la tarde trabajando con el programa para matizar sus t'ecnicas estad'isticas y observar el efecto de distintos algoritmos en los resultados, determinando as'i la probabilidad de que cada llamada hubiera sido efectuada por el hacker. !Maravilloso: exactamente lo que necesit'abamos para resolver nuestras disputas dom'esticas! No me di cuenta hasta la noche de lo que el programa me estaba realmente diciendo: el hacker no s'olo se hab'ia infiltrado en mi ordenador, sino en otra media docena, o tal vez una docena de ordenadores. Desde Mitre, el hacker hab'ia realizado conexiones a larga distancia con Norfolk, Oak Ridge, Omaha, San Diego, Pasadena, Livermore y Atlanta. Igualmente interesante fue descubrir que hab'ia efectuado centenares de llamadas de un minuto de duraci'on, a lo largo y ancho del pa'is, a bases de las fuerzas a'ereas, bases navales, fabricantes de aviones y empresas que fabricaban material defensivo. ?Qu'e se puede averiguar en una llamada de un minuto a un campo de pruebas del ej'ercito? Durante seis meses aquel hacker se hab'ia infiltrado en las fuerzas a'ereas y ordenadores a lo largo y ancho del pa'is sin que nadie se diera cuenta. Estaba ah'i solo, silencioso, an'onimo, persistente y, al parecer, consiguiendo lo que quer'ia. Pero ?por qu'e? ?Qu'e era lo que se propon'ia? ?Qu'e hab'ia ya descubierto? ?Y qu'e hac'ia con la informaci'on obtenida? 26 Las cuentas telef'onicas de Mitre mostraban llamadas a todo el pa'is, en su mayor parte de uno o dos minutos de duraci'on. Pero ninguna voz humana hab'ia hablado por dichas l'ineas: se trataba de ordenadores comunic'andose entre s'i. No obstante, la voz de mi jefe era singularmente humana. A fines de noviembre, Roy Kerth pas'o por mi despacho y me encontr'o durmiendo bajo la mesa. -?Que has estado haciendo durante el 'ultimo mes? Dif'icilmente pod'ia responderle que me hab'ia dedicado a analizar las cuentas telef'onicas de un suministrador de material de defensa de la costa este. Hablarle de mi persecuci'on s'olo servir'ia para refrescar su memoria sobre el l'imite de tres semanas. Entonces me acord'e de pronto de la nueva terminal gr'afica que ten'iamos en el departamento, un espectacular juguete que mostraba im'agenes tridimensionales de artefactos mec'anicos. Lo hab'ia manipulado durante una hora, tiempo suficiente para darme cuenta de lo dif'icil que era su manejo, pero me sirvi'o de pretexto para quitarme al jefe de encima. -Estoy ayudando a unos astr'onomos a dise~nar su telescopio con la nueva terminal gr'afica. Era una absoluta mentira, puesto que como mucho hab'iamos hablado cinco minutos del tema. Pero me sali'o el tiro por la culata. -Muy bien -sonri'o maliciosamente Roy-. La pr'oxima semana mu'estranos unas buenas im'agenes. Al no aparecer nunca antes del mediod'ia, hab'ia logrado perderme la mitad de las reuniones departamentales. Si no les mostraba algo tangible la pr'oxima semana, sin duda me recortar'ian las alas. No me quedaba m'as remedio que olvidar de momento al hacker, precisamente cuando la pista empezaba a calentarse. Dispon'ia de una semana para aprender a programar esa bestia, averiguar lo que los astr'onomos deseaban y proyectar algo en pantalla. No sab'ia absolutamente nada sobre el dise~no informatizado. Adem'as utilizaba un lenguaje del siglo 21, que pretend'ia ser <>. A saber lo que eso significaba. De modo que me acerque al equipo de dise~no del telescopio, donde Jerry Nelson y Terry Mast discut'ian sobre c'omo se doblar'ia el tubo del telescopio debido a la gravedad. Al observar las estrellas hacia arriba, la gravedad no doblar'ia el tubo, pero cuando apuntara cerca del horizonte, sufrir'ia un ligero doblamiento. Suficiente para alterar la delicada alineaci'on 'optica. Deseaban cuantificarlo y, a ser posible, que les mostrara dicho efecto en el ordenador. Parec'ia divertido; por lo menos m'as ameno que intentar descifrar el significado de <>. Charlamos un rato y Jerry mencion'o que el profesor Erik Antonsson hab'ia escrito un programa destinado a mostrar el telescopio en una terminal gr'afica. Semejante a lo que, supuestamente, yo deb'ia programar. -?Me est'as diciendo que alguien ha escrito ya un programa destinado a resolver vuestro problema y mostrar la imagen en pantalla? -pregunt'e. -Efectivamente -respondi'o el astr'onomo-. Pero est'a en Caltech, Pasadena. Y no nos es de mucha utilidad a m'as de seiscientos kil'ometros de distancia. Necesitamos los resultados ahora. Lo 'unico que ten'ia que hacer era transferir el programa de Caltech a Berkeley y ajustarlo a mi ordenador Vax. No era necesario aprender a programar aquella bestia. Llam'e al profesor Antonsson a Caltech y me dijo que no ten'ia ning'un inconveniente en que utiliz'aramos su programa, pero ?c'omo mandarlo? Por correo tardar'ia una semana. Ser'ia mucho m'as r'apido por v'ia electr'onica. Cuando se necesita un programa, lo 'ultimo que hay que hacer es mandar la cinta por correo, pues basta con transferirlo por la red. En veinte minutos, el programa se hab'ia desplazado por los cables e instalado en mi ordenador. El profesor Antonsson hab'ia hecho un trabajo excelente de programaci'on del problema. A las nueve de aquella misma noche hab'ia adaptado el programa a mi sistema, con los datos del nuevo telescopio. Sorprendentemente, todo funcion'o, aunque no al primer intento. A las dos de la madrugada logr'e que dibujara una imagen policromada del telescopio de Keck, con soportes, cojinetes y espejos incluidos. Permit'ia ver d'onde se doblaba el tubo, d'onde se acumulaba la tensi'on y las secciones que era preciso reforzar. Una vez m'as triunfaba la tecnolog'ia. Una noche de trabajo intenso y problema resuelto. Ahora pod'ia concentrarme de nuevo en el hacker. Pero no daba se~nales de vida. Alarmas conectadas, monitores activados, pero desde hac'ia dos semanas el hacker brillaba por su ausencia. De regreso a mi casa me pregunt'e si 'el tendr'ia tambi'en alg'un proyecto urgente que le impidiera visitar mi ordenador. ?O habr'ia descubierto una nueva forma de introducirse en Milnet, eludiendo por completo mis trampas? Como de costumbre, al d'ia siguiente pas'e la ma~nana en cama. (No era necesario levantarse temprano, cuando nos acerc'abamos al fin de semana de Acci'on de Gracias.) A las once y media escal'e la colina en bicicleta y me incorpor'e sigilosamente al trabajo, dispuesto a exhibir el programa que tan poco trabajo me hab'ia costado. Pero ya en mi despacho, comenc'e a preguntarme de nuevo por qu'e el hacker no hac'ia acto de presencia. Decid'i llamar a Mitre para averiguar lo que hab'ian hecho. La voz de Bill Chandler llegaba carraspeante a trav'es de la conexi'on a larga distancia. Me confirm'o que, hac'ia una semana, hab'ia desconectado los modems de salida. Ahora el hacker no pod'ia utilizar como trampol'in la red local de Mitre. La fiesta hab'ia terminado. No sab'iamos de d'onde proced'ia, ni jam'as lo averiguar'iamos. Ahora que Mitre hab'ia cerrado su agujero, el hacker tendr'ia que encontrar otro camino para llegar a mi sistema. Era improbable. Si alguien me hubiera cerrado la puerta en las narices, sospechar'ia que estaban a punto de localizarme. Adem'as, sab'ia que aquel hacker era un paranoico. Estaba seguro de que desaparecer'ia. De modo que hab'ia instalado todas mis trampas en vano. El hacker hab'ia desaparecido y jam'as averiguar'ia de qui'en se trataba. Tres meses de investigaci'on, s'olo con una difuminada inc'ognita como resultado. No es que tuviera de qu'e quejarme. Al no tener que dedicar mi tiempo al hacker, podr'ia ocuparme de un mont'on de trabajo importante que estaba pendiente. Por ejemplo, el dise~no de un telescopio, la direcci'on de un ordenador y la elaboraci'on de programas cient'ificos. Puede que incluso acabara por hacer algo 'util. Pero echar'ia de menos la emoci'on. Mis carreras por el pasillo para observar la impresora. Las concentraciones que se organizaban alrededor de la pantalla mientras intent'abamos localizar las conexiones de mi ordenador con alg'un lugar lejano. Y echar'ia de menos la satisfacci'on de construir herramientas para perseguir al hacker. Ahora mis programas eran casi instant'aneos. A los pocos segundos de que el hacker tocara mi ordenador, sonaba el pitido de mi localizador de bolsillo. Adem'as no s'olo me anunciaba la presencia del hacker; lo hab'ia programado en Morse para que me comunicara su objetivo, el nombre de la cuenta que utilizaba (generalmente Sventek) y la l'inea por la que hab'ia entrado. Alertas y monitorizaci'on har'ian el sistema m'as seguro. En alg'un lugar, un desconocido hab'ia estado a punto de ser atrapado. Tal vez me habr'ia bastado con un 'ultimo seguimiento. Un solo seguimiento adicional. El hacker hab'ia desaparecido, pero me quedaban unos cuantos cabos sueltos. En las cuentas de conferencias telef'onicas de Mitre figuraban docenas de llamadas a un n'umero de Norfolk, en Virginia. Despu'es de pasar un rato al tel'efono (t'actica com'un de post licenciado: no dejar de insistir), acab'e por descubrir que el hacker hab'ia estado llamando al centro autom'atico regional de datos de la armada. Puesto que nadie me lo imped'ia, llam'e a dicho centro de datos y acab'e hablando con su director de sistema: Ray Lynch. 'Este parec'ia un individuo competente y decidido que se tomaba muy en serio su trabajo. En su sistema ten'ia buzones electr'onicos: apartados para la correspondencia electr'onica. Ray me inform'o que el 23 de julio, entre las 03:44 y las 06:26 de la tarde, alguien se hab'ia infiltrado en su ordenador Vax, utilizando la cuenta de los ingenieros de mantenimiento. Una vez introducido en el sistema, el hacker hab'ia creado una cuenta con el nombre de Hunter. Otra vez el mismo nombre. Deb'ia tratarse sin duda del mismo individuo. Normalmente, el incidente le habr'ia pasado a Ray inadvertido; con trescientos oficiales de la armada que utilizaban sus ordenadores, nunca se habr'ia percatado de que alguien hab'ia agregado ilegalmente una nueva cuenta. Sin embargo, al d'ia siguiente recibi'o una llamada del Jet Propulsi'on Laboratory en Pasadena, California, desde donde se dirigen los veh'iculos interplanetarios. Un atento operador del laboratorio hab'ia detectado a un nuevo director de sistema, en su ordenador destinado al control de correspondencia. Este nuevo usuario hab'ia entrado a trav'es de Milnet, procedente de Virginia. JPL llam'o a Ray Lynch para preguntarle por qu'e sus ingenieros de mantenimiento hab'ian estado jugando con su ordenador. Ray no se molest'o en formular preguntas; cerr'o su ordenador y cambi'o todas las contrase~nas. Al d'ia siguiente registr'o de nuevo a todos sus usuarios. De modo que mi hacker se hab'ia infiltrado en el JPL y en un ordenador de la armada. Meses antes de que le detectara en Berkeley, deambulaba ya por Milnet. Aquellos objetivos eran nuevos para m'i. ?Facilitaban alguna pista del lugar donde se encontraba el hacker? El caso es que si uno vive en California, no hay raz'on alguna para que pase por Virginia para llegar a un ordenador de Pasadena. Y si vive en Virginia, ?por qu'e pasar por Mitre para marcar otro n'umero de Virginia? Supongamos que el hacker utilizara Mitre para realizar todas sus llamadas, a excepci'on de las locales. Esto significar'ia que todos los estados que figuraran en las cuentas telef'onicas de Mitre no ser'ian su domicilio. Por este procedimiento se eliminaban Virginia, California, Alabama, Texas, Nebraska y otra docena d'e estados; pero no conduc'ia a nada, ni parec'ia muy convincente. Llam'e a algunos de los lugares que figuraban en las cuentas telef'onicas de Mitre. El hacker se hab'ia infiltrado en una universidad de Atlanta, Georgia. El usuario root no lo hab'ia detectado, pero tampoco era probable que lo hiciera. -Nuestro sistema es bastante abierto -me dijo-. Muchos estudiantes conocen la contrase~na del sistema. La operativa de nuestro ordenador se basa en la confianza. 'Esta era una forma de dirigir un ordenador, dejando todas las puertas abiertas. Me recordaba a uno de mis profesores de f'isica que nunca cerraba la puerta de su despacho y cualquiera pod'ia entrar en el mismo. Claro que tampoco le habr'ia servido de gran cosa, puesto que guardaba todas sus notas en chino. Hablando con Ray descubr'i una nueva faceta del hacker. Hasta entonces hab'ia visto c'omo se aprovechaba de los sistemas Unix, pero el de Ray era un ordenador Vax con un sistema operativo VMS. Puede que el hacker no conociera la variante de Berkeley del Unix, pero indudablemente sab'ia c'omo infiltrarse en los sistemas Vax/VMS. Desde 1978 la Digital Equipment Corporation fabricaba ordenadores Vax, los primeros de 32 bits. No alcanzaban a satisfacer la enorme demanda; en 1985 hab'ian vendido m'as de cincuenta mil unidades, a doscientos mil d'olares cada una. En su mayor parte utilizaban el sistema operativo VMS, que era f'acil y vers'atil, aunque algunos esp'iritus de contradicci'on hab'ian preferido la potencia del Unix. Tanto el Unix como el VMS dividen los recursos del ordenador, para proporcionarle a cada usuario un 'area independiente. Existe tambi'en un espacio reservado al sistema y un espacio com'un, que puede ser compartido por todos. Cuando se desembala y conecta por primera vez la m'aquina, de alg'un modo hay que poder crear espacios para los usuarios. Si la m'aquina llega ya protegida con contrase~na, no se va a poder conectar por primera vez. La respuesta de Digital Equipment Company consisti'o en dotar a cada uno de sus ordenadores Vax/VMS de tres cuentas, con sus contrase~nas respectivas. Son las siguientes: cuenta SYSTEM, contrase~na <>; cuenta FIELD, contrase~na <>, y cuenta USER, contrase~na <>. Las instrucciones dicen que se ponga el sistema en funcionamiento, se creen nuevas cuentas para los usuarios y a continuaci'on se cambien las contrase~nas mencionadas. Poner un ordenador en funcionamiento es algo delicado y el caso es que algunos administradores nunca han cambiado dichas contrase~nas, a pesar de la insistencia de Digital para que lo hicieran. En consecuencia, hoy todav'ia es posible conectar como SYSTEM, con la clave <>. Dicha cuenta goza de todos los privilegios. Desde la misma se puede leer cualquier archivo, ejecutar todos los programas y cambiar cualquier dato. Parece una locura dejarla desprotegida. O bien el hacker estaba al corriente de dichas claves o conoc'ia alg'un defecto muy sutil en el sistema operativo VMS. En cualquier caso, de lo que no cab'ia duda era de su pericia en ambos sistemas operativos: el Unix y el VMS. La destreza inform'atica de algunos estudiantes de bachillerato es impresionante. Pero es muy dif'icil que un estudiante tenga al mismo tiempo mucha pericia y versatilidad; es decir, experiencia en distintos ordenadores. Para ello se necesita tiempo. Generalmente, a~nos. No cabe duda de que la mayor'ia del personal de sistemas del Unix ser'ia capaz de explotar la brecha en el Gnu-Emacs, cuando conociera su punto flaco. Y la mayor'ia de los administradores de sistema del VMS estaba al corriente del defecto, no tan secreto, de las contrase~nas. Pero se necesitaban un par de a~nos para adquirir pericia en un sistema determinado y los conocimientos eran dif'icilmente aplicables a otros sistemas. Mi hacker ten'ia un par de a~nos de experiencia con el Unix y un par de a~nos con el VMS. Era probable que en alg'un momento hubiera sido administrador de sistemas. No era estudiante de bachillerato. Pero tampoco un verdadero genio. No conoc'ia el Unix de Berkeley. Estaba persiguiendo a alguien de veintitantos a~nos que fumaba Benson and Hedges y se infiltraba en ordenadores militares en busca de informaci'on secreta. Pero ?todav'ia le persegu'ia? No, a decir verdad ya no lo hac'ia. Nunca volver'ia a verle. -S'olo llamo para ver qu'e se sabe de nuestro muchacho -me dijo Teejay por tel'efono aquella misma tarde. -En realidad, nada. Creo que s'e qu'e edad tiene, pero poca cosa m'as. Comenc'e a contarle lo del centro de datos de la armada y las claves defectuosas, cuando el agente de la CIA me interrumpi'o: -?Tienes copias de esas sesiones? -No. Mis pruebas son las cuentas telef'onicas de Mitre. Pero si no son bastante convincentes, hay tambi'en otras pruebas. Cre'o una cuenta con el nombre de Hunter. Igual que en Anniston. -?Lo has escrito todo en tu cuaderno de bit'acora? -Por supuesto. Aqu'i queda registrado todo lo que ocurre. -?Puedes mandarme una copia? -Bueno..., es m'as bien privado...- Teejay no me mandar'ia copias de sus informes. -!Vamos, no bromees! Si nuestro prop'osito es el de avivar la hoguera bajo la entidad <>, debo estar al corriente de lo que ocurre. ?La entidad <>? Escudri~n'e mi memoria. ?Transformaci'on Fourier? ?F'osiles? ?Funicular? -?Qu'e es la entidad <>? -pregunt'e, ligeramente avergonzado. -La entidad en Washington, por supuesto -respondi'o Teejay, algo enojado-. Los muchachos de J. Edgar. El Bureau. ?Por qu'e no decir simplemente FBI? -Comprendo. Quieres mi cuaderno para convencer a la entidad <> de que haga algo. !Entidad: vaya terminolog'ia fantasmag'orica! -Exacto. Lim'itate a mand'armelo. -?Cu'al es tu direcci'on? -Basta con que escribas Teejay, c'odigo postal 20505. Llegar'a a mis manos. Eso era tener categor'ia. Nada de apellido, calle, ciudad, ni estado. Me pregunt'e si alguna vez recibir'ia correspondencia publicitaria. Despu'es de sacarme a la CIA de encima, pens'e que lo mejor ser'ia volver a mi aut'entico trabajo. Jugu'e un rato con el programa gr'afico del profesor Antonsson y descubr'i que era sorprendentemente simple de comprender. Todas esas palabrejas de programaci'on orientada al objeto, significaban simplemente que, en lugar de escribir programas utilizando variables y estructuras de datos, se le hablaba al ordenador de cosas concretas. Para describir un robot, se detallaban sus pies, piernas, articulaciones, torso y cabeza. No era necesario hablar de inc'ognitas. Y lo de <> s'olo significaba que cuando el robot mov'ia la pierna, los pies y los dedos se mov'ian autom'aticamente. No era necesario escribir un programa aparte para el movimiento de cada objeto. Muy n'itido. Despu'es de un d'ia o dos de trabajar con el programa de Caltech, su simplicidad y elegancia eran indiscutibles. Lo que al principio parec'ia un dif'icil reto, result'o ser pan comido. De modo que me dediqu'e a embellecer su presentaci'on, agregando t'itulos y colores. Si lo que mi jefe quer'ia era un espect'aculo, le ofrecer'ia uno digno del mejor circo. 27 El d'ia de Acci'on de Gracias ser'ia algo colosal. Con su mochila y bicicleta, Martha hab'ia tra'ido a casa veinte kilos de comestibles. Se limit'o a hacer alg'un comentario sarc'astico sobre compa~neros de cama a quienes se les pegaban las s'abanas, y me puso a trabajar guardando cosas y limpiando la casa. -Guarda las verduras, cari~no -me dijo-. Voy al supermercado. ?C'omo era posible que todav'ia faltara comida? Al comprobar mi asombro, me explic'o que aquello s'olo eran frutas y verduras, y que todav'ia ten'ia que comprar el ganso, la harina, la mantequilla, la nata y los huevos. Ser'ia, sin duda, colosal. Lo puse todo en su sitio y volv'i a meterme en la cama. Cuando despert'e de nuevo, el olor a galletas y a ganso impregnaba la casa. Esper'abamos a los compa~neros universitarios de Martha que no pod'ian ir a su casa (o prefer'ian la cocina de Martha a la de su madre): un par de profesores de derecho, unos cuantos guerreros hambrientos de su club de aikido y su divertida amiga Laurie. Por fin mi conciencia reaccion'o al ajetreo de Martha y aceler'e el aspirador de doscientos cincuenta caballos. Mientras limpiaba la sala, nuestra coinquilina Claudia regres'o de un ensayo de viol'in. -No hagas eso -exclam'o-, es mi trabajo. !Asombroso! !Una compa~nera a quien le gustaban las tareas dom'esticas! Su 'unico defecto era tocar m'usica de Mozart a altas horas de la madrugada. El d'ia de Acci'on de Gracias pas'o como un idilio, con amigos que entraban y sal'ian, ayudaban en la cocina, charlaban y se pon'ian c'omodos. La comilona dur'o todo el d'ia, empezando con ostras frescas de la lonja de San Francisco, para pasar relajadamente a la maravillosa sopa de setas que Martha hab'ia preparado y a continuaci'on al ganso. Entonces quedamos todos paralizados, como ballenas varadas en la playa, hasta reunir la fuerza necesaria para dar un corto paseo. Mientras tom'abamos una infusi'on acompa~nada de tarta, el derecho se convirti'o en tema de conversaci'on, y Vicky, la amiga de Martha, defend'ia la legislaci'on ambiental, ante la acci'on afirmativa que propon'ian un par de profesores. Por 'ultimo, demasiado hartos y satisfechos para mantener una conversaci'on inteligente, nos acomodamos frente a la chimenea a tostar casta~nas. Vicky y Claudia tocaron a d'uo al piano. Laurie cant'o una balada y yo me dediqu'e a pensar en planetas y galaxias. Las preocupaciones sobre redes inform'aticas y esp'ias parec'ian irreales en aquel ambiente c'alido de amigos, comida y m'usica. Un d'ia de Acci'on de Gracias aut'enticamente hogare~no en Berkeley. En el laboratorio me olvid'e del hacker. Hac'ia casi un mes que hab'ia desaparecido. ?Por qu'e? No ten'ia ni idea. Los astr'onomos trasteaban con las nuevas representaciones gr'aficas la forma de reforzar su telescopio. Por ahora hab'ia descubierto el modo de animar el gr'afico, lo que les permit'ia ampliar la zona que les interesara y hacerla girar en la pantalla. !Programaci'on orientada al objeto!. Hab'ia aprendido un nuevo t'ermino. Poco les importaba a los astr'onomos, pero tuve que dar una conferencia para el personal de inform'atica. El mi'ercoles estaba preparado para asombrar a mis colegas. Me hab'ia aprendido toda la jerga de memoria y preparado las im'agenes para no meter la pata en el 'ultimo momento. A las tres aparecieron una docena de ases de la inform'atica. Las im'agenes funcionaron de maravilla y el programa de Caltech oper'o sin dificultad alguna. El personal inform'atico est'a acostumbrado a aburridas charlas sobre bases de datos y programaci'on estructural, de modo que la exhibici'on tridimensional a todo color los dej'o a todos asombrados. A los veinticinco minutos de espect'aculo, respond'ia a una pregunta sobre el lenguaje de programaci'on (<>), cuando son'o la alarma de mi localizador de bolsillo. Tres pitidos. La letra <> en Morse. Inicial de Sventek. El hacker acababa de conectar con la cuenta Sventek de nuestro sistema. !Maldita sea! Un mes de silencio y a ese cabr'on se le ocurr'ia manifestarse ahora. Pero no pod'ia abandonar el espect'aculo ni reconocer que todav'ia persegu'ia al hacker; hac'ia mucho tiempo que hab'ian transcurrido las tres semanas que me hab'ian concedido. Sin embargo deb'ia acudir a la sala de control y ver lo que estaba haciendo. Dej'e, evidentemente, de mostrar atractivas im'agenes y comenc'e a describir un aspecto rec'ondito de astronom'ia gal'actica. S'olo tuvieron que transcurrir cinco minutos para que los asistentes comenzaran a hacer muecas y bostezar. Mi jefe consult'o el reloj y dio por terminada la sesi'on. He aqu'i otra utilidad de la astronom'ia avanzada. Me escabull'i entre la gente del pasillo y me dirig'i a la sala de conexiones. El hacker no estaba en activo en ninguno de mis monitores. Sin embargo hab'ia dejado sus huellas. En la impresora quedaba constancia de su presencia durante dos minutos. Tiempo suficiente para inspeccionar nuestro sistema. Despu'es de comprobar que el director no estaba presente, hab'ia verificado la brecha del Gnu-Emacs, que segu'ia intacta, y hab'ia hecho un listado de las cuatro cuentas robadas, en las que tampoco se hab'ia introducido cambio alguno. A continuaci'on, como por arte de magia, hab'ia desaparecido. Ahora ya no hab'ia forma de localizarle. Pero el monitor que hab'ia detectado su presencia estaba conectado a la l'inea de Tymnet. Es decir, que llegaba por el mismo camino. ?Habr'ia llegado por Mitre, ATT, Pacific Bell y Tymnet? Era el momento de llamar a Mitre. -No puede haber utilizado nuestros modems -respondi'o Bill Chandler-. Est'an todos desconectados. ?En serio? Ser'ia f'acil comprobarlo. Llam'e a Mitre a trav'es de Tymnet y todav'ia logr'e entrar en su red, pero Bill hab'ia cerrado efectivamente los modems. El hacker pod'ia introducirse en sus ordenadores, pero no ten'ia salida. Eso significaba que hab'ia seguido otra red. No sab'ia si alegrarme o sentirme decepcionado. La sanguijuela hab'ia regresado con privilegios de superusuario. Pero tal vez en esta ocasi'on acorralar'ia a ese cabr'on. Si persist'ia en volver al corral, sin duda le localizar'ia. Reprim'i mi instinto de venganza hacia mi invisible contrincante. La respuesta radicaba en la investigaci'on. No se trataba simplemente de averiguar su identidad. De haber recibido una postal que dijera <>, no me habr'ia producido satisfacci'on alguna. El problema consist'ia en construir las herramientas que me permitieran averiguar de qui'en se trataba. ?Qu'e ocurrir'ia si localizaba la conexi'on de cabo a rabo y resultaba tratarse de una pista falsa? Por lo menos ampliar'ia mi conocimiento del fen'omeno. No toda investigaci'on produce exactamente los resultados que esperamos. Mis herramientas estaban bien afiladas. Las alarmas se disparaban cuando entraba en una de sus cuentas robadas. En el caso de que fallaran, un programa de seguridad, oculto en mi ordenador Unix-8, le detectar'ia en menos de un minuto. Cuando el hacker pisaba el hilo camuflado, mi localizador me lo comunicaba inmediatamente. Pod'ia ocultarse, pero no violar las leyes de la f'isica. Toda conexi'on ten'ia que empezar en alg'un lugar. Cada vez que conectaba, se expon'ia a que le localizaran. Lo 'unico que deb'ia hacer era mantenerme atento. Hab'ia vuelto el zorro. Y este sabueso estaba listo para el acecho. 28 Despu'es de un mes de ausencia, el hacker estaba de nuevo en mi sistema. El hecho no le produc'ia satisfacci'on alguna a Martha, que empezaba a ver un rival mec'anico en mi localizador de bolsillo. -?Cu'ando vas a librarte de esas cadenas electr'onicas? -En un par de semanas. Estoy seguro de que todo habr'a terminado el d'ia de a~no nuevo. Incluso despu'es de tres meses de persecuci'on, todav'ia cre'ia que me acercaba al fin. Estaba convencido de que le atrapar'ia; ahora que el hacker ya no pod'ia ocultarse tras la red de Mitre, el pr'oximo seguimiento nos permitir'ia aproximarnos un poco m'as. 'El no lo sab'ia, pero se estaba quedando sin espacio. En pocas semanas caer'ia en mis manos. El viernes, 5 de diciembre, el hacker hizo acto de presencia a la 01:21 de la tarde. Levant'o su periscopio, comprob'o que no estuviera presente el administrador del sistema y a continuaci'on hizo un lisiado de nuestro archivo de contrase~nas. 'Esta era la segunda ocasi'on en la que me robaba el archivo de claves. ?Para qu'e? No hay forma de descifrar dichas claves codificadas, que tal como aparecen son una mescolanza de d'igitos y letras. Y nuestro programa de codificaci'on es una puerta giratoria unidireccional; su codificaci'on matem'atica es precisa, repetible e irreversible. ?Sab'ia algo que yo desconoc'ia? ?Ten'ia el hacker una f'ormula descifradora m'agica? Era improbable. Si uno hace girar la manivela de una m'aquina de fabricar salchichas a la inversa, no se reconstituyen los cerdos. Cuatro meses m'as adelante descubrir'ia lo que estaba haciendo, pero por ahora me concentraba plenamente en localizarle. Al cabo de nueve minutos desapareci'o. El tiempo suficiente para localizar la llamada en Tymnet, pero el especialista de la red, Ron Vivier, todav'ia no hab'ia regresado de su almuerzo. Por consiguiente, Tymnet no pudo localizar la llamada. Otra ocasi'on perdida. -Estaba en una fiesta de la oficina -me dijo Ron al cabo de una hora, cuando devolvi'o mi llamada-. Cre'ia que hab'ias abandonado la persecuci'on de ese individuo. -Le seguimos hasta Mitre y le cerraron el agujero que utilizaba -respond'i, para explicarle su ausencia durante el 'ultimo mes-. Pero ahora ha regresado. -?Por qu'e no le cierras t'u tambi'en tu orificio? -Supongo que deber'ia hacerlo, pero hemos dedicado tres meses a este proyecto. No podemos estar muy lejos de la soluci'on definitiva. Ron hab'ia participado en todos los seguimientos. Hab'ia invertido mucho tiempo de un modo totalmente voluntario. Tymnet no cobraba para localizar hackers. -A prop'osito, Cliff, ?por qu'e no me llamas nunca por la noche? Ron me hab'ia dado el tel'efono de su casa, pero s'olo le llamaba al despacho. -Supongo que se debe a que el hacker no suele aparecer por la noche. Me pregunto por qu'e. Esto me hizo reflexionar. En mi cuaderno figuraban las horas a las que se hab'ia manifestado el hacker. ?Cu'ando sol'ia hacerlo habitualmente? Recordaba, apariciones a las seis y siete de la ma~nana, pero nunca a medianoche. ?No era medianoche la hora t'ipica de los hackers? Hasta el 6 de diciembre el hacker hab'ia conectado con nuestro sistema ciento treinta y cinco veces. Las suficientes para un an'alisis estad'istico de sus costumbres laborales. Al cabo de un par de horas hab'ia introducido todas las fechas y horas en un programa. Ahora s'olo hab'ia que calcular los promedios. Bien, en realidad no se trataba de simples promedios. ?Cu'al ser'ia la media de las seis de la ma~nana y las seis de la tarde? ?Mediod'ia o medianoche? Pero esto es pan comido para los expertos en estad'istica. Dave Cleveland me indic'o el programa que deb'ia utilizar y pas'e el resto del d'ia obteniendo toda clase de promedios. Predominantemente, el hacker aparec'ia a las doce del mediod'ia, hora del Pac'ifico. Teniendo en cuenta el cambio de horario en verano, la media pod'ian ser las doce y media o incluso la una de la tarde, pero evidentemente no se trataba de un p'ajaro nocturno. Aunque de vez en cuando aparec'ia por la ma~nana y ocasionalmente de noche (todav'ia le guardaba rencor por haberme estropeado la fiesta de Halloween), por regla general sol'ia trabajar a primera hora de la tarde. La duraci'on media de sus conexiones era de veinte minutos. Muchas de sus conexiones eran de dos o tres minutos y unas pocas de varias horas. ?Qu'e significaba todo eso? Supongamos que viviera en California. Eso significar'ia que operaba durante el d'ia. Si resid'ia en la costa este, con sus correspondientes tres horas de diferencia horaria, trabajaba habitualmente entre las tres y las cuatro de la tarde. Esto no ten'ia sentido. Normalmente trabajar'ia de noche, para aprovechar las tarifas nocturnas m'as baratas a larga distancia, las horas de menor congesti'on en las redes y disminuir la probabilidad de ser detectado. No obstante operaba abiertamente en pleno d'ia. ?Por qu'e? ?Confianza? Quiz'a. Despu'es de asegurarse de que no hab'ia ning'un t'ecnico presente en el sistema, circulaba por mi ordenador sin titubeo alguno. ?Arrogancia? Posiblemente. No ten'ia reparo alguno en leer la correspondencia de los dem'as y apropiarse de su informaci'on. Pero esto no explicaba por qu'e aparec'ia al mediod'ia. Tal vez cre'ia que era m'as f'acil pasar inadvertido, cuando docenas de personas utilizaban el ordenador. Aunque muchos programas funcionaban de noche, en general se trataba de trabajos introducidos durante el d'ia y aplazados para la noche. Por la noche s'olo trabajaban un par de p'ajaros nocturnos. Cualesquiera que fueran sus razones, sus peculiares costumbres me facilitaban ligeramente la vida. Menos interrupciones cuando estaba en la cama con Martha. Menor necesidad de llamar a la polic'ia durante la noche. Y mayores probabilidades de que estuviera presente cuando se manifestara. Mientras pic'abamos cebolla en la cocina, habl'e a Martha de mis deducciones. -Persigo a un hacker que evita la oscuridad. -No tiene sentido -respondi'o, impasible-. Si se tratara de un aficionado, operar'ia en horas de descanso. -?Me est'as diciendo que se trata de un profesional que act'ua en horas de oficina? Imagin'e a alguien que firmaba por la ma~nana, pasaba ocho horas infiltr'andose en ordenadores ajenos y regresaba a su casa. -No -respondi'o Martha-. Incluso los ladrones profesionales trabajan a horas inusuales. Lo que me gustar'ia saber es si su horario var'ia los fines de semana. No supe responderle. Tendr'ia que volver al laboratorio, separar los fines de semana y hacer una media aparte. -Pero supongamos que, en realidad, el hacker s'olo aparece alrededor del mediod'ia -prosigui'o Martha-. Puede que sea medianoche donde reside. ?D'onde es de noche cuando en California es mediod'ia? Incluso a los astr'onomos los confunde el cambio horario, pero sab'ia que cuanto m'as al este, m'as tarde. Estamos a ocho horas de Greenwich; por consiguiente, la hora del almuerzo en Berkeley corresponde a la hora de acostarse en Europa. ?Estar'ia el hacker en Europa? Era improbable, pero val'ia la pena tenerlo en cuenta. Hac'ia un par de meses, hab'ia medido la distancia cronometrando los ecos, cuando el hacker utilizaba el Kermit. El resultado obtenido no ten'ia mucho sentido; el hacker parec'ia encontrarse a unos diez mil kil'ometros de distancia. Ahora era l'ogico. Est'abamos a ocho mil kil'ometros de Londres. El mundo es un pa~nuelo. Pero ?c'omo llega desde Europa a nuestras redes? Las llamadas transatl'anticas cuestan una fortuna. ?Y por qu'e pasar por Mitre? Deb'ia seguir record'andome a m'i mismo que aquello no eran m'as que leves indicaciones. Nada definitivo. Sin embargo, aquella noche me result'o dif'icil conciliar el sue~no. Volver'ia al laboratorio y leer'ia de nuevo mi cuaderno con una nueva hip'otesis: el hacker pod'ia proceder del extranjero. 29 El s'abado por la ma~nana despert'e acurrucado en los brazos de Martha. Despu'es de juguetear un rato, prepar'e una hornada de mis casi estelares barquillos, famosos de un extremo a otro de la galaxia Andr'omeda. A pesar de lo temprano que era, no pude resistir la tentaci'on de ir al laboratorio. Fui en mi bicicleta por calles laterales para ver qu'e ofrec'ian los vendedores ambulantes. Vi a uno que vend'ia el contenido de su casa, bien conservado desde los a~nos sesenta: carteles musicales, vaqueros acampanados e incluso una chaqueta estilo Nehru. Por dos d'olares compr'e un anillo decodificador secreto del capit'an Medianoche, que llevaba todav'ia una propaganda de Ovaltine. En el laboratorio empec'e a analizar las horas de conexi'on del hacker, separando las sesiones de los fines de semana. Tard'e un rato, pero acab'e demostrando que, si bien en d'ias laborales aparec'ia entre las doce del mediod'ia y las tres de la tarde, los fines de semana hac'ia acto de presencia a partir de las seis de la ma~nana. Supongamos que ese lagarto viviera en Europa. Podr'ia operar a cualquier hora durante los fines de semana, pero s'olo lo har'ia de noche en d'ias laborales. El horario de conexiones coincid'ia, pero la coincidencia est'a lejos de constituir una prueba. La misma informaci'on pod'ia ajustarse a otra docena de teor'ias. Hasta ahora no hab'ia aprovechado otra fuente de informaci'on. Usenet es una red nacional de un millar de ordenadores conectados entre ellos por v'ia telef'onica. Se trata de un bolet'in de anuncios electr'onicos, una especie de peri'odico publicitario inform'atico de amplia cobertura. Todo el mundo puede anunciar lo que desee; cada hora aparecen docenas de nuevos mensajes, clasificados en categor'ias como incorrecciones Unix, programas Macintosh y debates de ciencia ficci'on. No manda nadie en la red; cualquier ordenador Unix puede conectar a Usenet y transmitir mensajes a los dem'as. Anarqu'ia en acci'on. Los t'ecnicos de sistemas suelen transmitir muchos mensajes, por lo que es frecuente ver notas como la siguiente: <> A menudo alguien responde y soluciona el problema en pocos minutos. Pero en otras ocasiones es como clamar en un desierto electr'onico. Evidentemente, no pod'ia insertar un anuncio que dijera: <> Teniendo en cuenta que la mayor'ia de los t'ecnicos de sistemas suelen leer dichos anuncios, era probable que el hacker lo descubriera inmediatamente. Pero lo que s'i pod'ia hacer era buscar informaci'on. Empec'e por solicitar la palabra <>, a fin de ver todos los mensajes en los que la misma apareciera. Acababa de cometer un error. El t'ermino <> es ambiguo. Para los inform'aticos es un halago con el que se califica a los programadores creativos, pero para el p'ublico se refiere a la escoria que se infiltra clandestinamente en ordenadores ajenos. En respuesta a mi llamada aparecieron muchos de los primeros y pocos de los segundos. Pero hab'ia algunas notas de cierta utilidad. Un individuo de Toronto dec'ia que su ordenador hab'ia sido atacado por un grupo desde Alemania, que se denominaba a s'i mismo Club Inform'atico del Caos^7, cuyos miembros parec'ian ser gamberros tecnocr'aticos. Otra nota hac'ia referencia a unos hackers en Finlandia, que intentaban sacar dinero a una corporaci'on a base de mantener sus ordenadores secuestrados. En un tercer anuncio se mencionaba a un hacker de Londres que dirig'ia una estafa de tarjetas de cr'edito, vendiendo informaci'on sobre las mismas por tel'efono. Ninguno de ellos parec'ia describir la actividad de mi hacker, ni me sirvi'o de consuelo descubrir que otros padec'ian semejantes plagas. Sub'i a la terraza del edificio para contemplar la bah'ia. A mis pies se encontraban Berkeley y Oakland. Al otro lado de la bah'ia, San Francisco y el puente de Golden Gate. Cab'ia perfectamente la posibilidad de que alguien, a pocas manzanas, me estuviera gastando una compleja broma. Jugaba con mi anillo decodificador secreto, cuando son'o la alarma de mi localizador. Tres pitidos. Sventek estaba nuevamente en mi Unix. Baj'e corriendo hasta la sala de conexiones y llegu'e en el momento en que el hacker estaba conectando. Llam'e inmediatamente a Ron Vivier a Tymnet. No contestaba nadie. Por supuesto, !vaya despiste!, era s'abado. Entonces llam'e a su casa y contest'o una mujer. -Tengo que hablar inmediatamente con Ron. Es preciso que localice una llamada en este mismo momento -dije jadeando, despu'es de descender cinco pisos. -Est'a en el jard'in lavando la furgoneta -respondi'o turbada-. Ahora le llamo. Al cabo de unos siglos apareci'o Ron. En el fondo se o'ian los gritos de un par de chiquillos. -Tengo uno en activo para ti -le dije con la voz entrecortada-. Localiza la l'inea de mi terminal catorce. -De acuerdo. Un minuto. Menos mal que tengo dos l'ineas telef'onicas. No hab'ia pensado que no ten'ia una central a su disposici'on. Deb'ia estar marcando el n'umero de su ordenador. Transcurrieron otros dos eones antes de que Ron volviera al tel'efono. -Oye, Cliff: ?est'as seguro de que se trata del mismo individuo? -S'i, es 'el -respond'i, todav'ia jadeando, mientras observaba c'omo el hacker buscaba la palabra SDI. -Entra por una l'inea de la que jam'as he o'ido hablar. He localizado su direcci'on en la red, de modo que no importa que cuelgue. Pero procede de alg'un lugar extra~no. -?D'onde? -No lo s'e. Es el nodo 3513 de Tymnet, que es algo peculiar. Voy a consultarlo en la gu'ia -dijo, mientras al fondo se o'ia el tecleo de su ordenador-. Ah'i est'a. Es el nodo que conecta con el nodo DNIC 3106 de ITT. Procede de ITT IRC. -?Ah, s'i? ?Y eso qu'e significa? Era como si me hablara en chino. -!Caramba, lo siento! -exclam'o Ron-. Olvid'e que no estaba hablando con un colega de Tymnet. Tu hacker proviene del exterior de Tymnet. Entra en el sistema a trav'es de una l'inea de comunicaciones que pertenece a la compa~n'ia International Telephone and Telegraph. -?Y bien? -Tymnet utiliza IRC para transmitir informaci'on de un pa'is a otro. En otra 'epoca, convenios internacionales nos obligaban a utilizar IRC, pero ahora elegimos el transporte m'as barato en el mercado. IRC son los intermediarios que unen distintos pa'ises. -?Me est'as diciendo que el hacker procede del extranjero? -Sin duda alguna. ITT se sirve de un enlace del Westar... Ron hablaba deprisa y utilizaba abundantes siglas, por lo que decid'i interrumpirle: -Dime, ?qu'e significa todo eso? -Ya sabes -respondi'o-, el Westar-3. No lo sab'ia, pero aprend'ia escuch'andole. -El sat'elite de comunicaciones sobre el Atl'antico -prosigui'o-. Transmite de diez a veinte mil llamadas telef'onicas simult'aneamente. -?De modo que mi hacker procede de Europa? -Sin lugar a dudas. -?De d'onde? -Eso no lo s'e, ni es probable que lo averig"ue. Pero espera un momento y ver'e lo que puedo hacer -dijo antes de hacer una pausa, durante la cual se le o'ia teclear-. ITT identifica la l'inea como DSEA 744031. 'Este es su n'umero y puede que conecte con Espa~na, Francia, Alemania o Gran Breta~na. -?Cu'al de ellos? -Lo siento, no lo s'e. Tendr'as que llamar a ITT. Dentro de tres d'ias nos mandar'an el recibo detallado y entonces podr'e averiguarlo. De momento no puedo decirte m'as de lo que ya sabes. Desde una altura de 37000 kil'ometros sobre Brasil, el sat'elite Westar-3 observa al mismo tiempo Europa y Am'erica. Su misi'on es la de retransmitir microondas de un continente a otro, con cada se~nal en su canal correspondiente. La gigantesca multinacional ITT alquila varios millares de canales en dicho sat'elite. Ron volvi'o a lavar su veh'iculo y yo me acerqu'e a la impresora. Mi hacker no hab'ia perdido un instante de los veinte minutos transcurridos. Todas sus 'ordenes estaban impresas y en la pantalla de mi ordenador. Si decid'ia causar alg'un estropicio en nuestro sistema, me bastar'ia con extender la mano tras la mesa para desconectarle. Pero el ordenador de mi laboratorio no le interesaba. En primer lugar se asegur'o de que nadie le observaba, verificando qui'en estaba conectado al sistema e inspeccionando sus trabajos. Menos mal que mis monitores estaban ocultos. Entonces pas'o directamente a nuestras conexiones con la red y conect'o con el centro de informaci'on de la misma. En esta ocasi'on busc'o palabras claves como CIA, ICBM, ICBMCOM, NORAD y WSMR. Despu'es de elegir los nombres de unos cuantos ordenadores, intent'o conectar sistem'aticamente con cada uno de ellos utilizando nombres como <> y <>. No lleg'o muy lejos. Cinco sistemas le expulsaron por utilizar claves incorrectas. Al igual que el mes anterior, cuando pas'o un buen rato intentando infiltrarse en la base de misiles White Sands del ej'ercito. Una y otra vez se esforz'o por introducirse en sus ordenadores. No tuvo ning'un problema en descubrir los nombres de los empleados; s'olo tuvo que consultar la gu'ia. Pero fue incapaz de adivinar sus palabras claves. Milnet est'a conectado a millares de ordenadores, pero lo que a 'el le interesaba era introducirse en White Sands. ?Por qu'e molestarse? ?Por qu'e a ese individuo s'olo le interesaba el material militar? El mundo inform'atico es muy amplio, pero sus 'unicos objetivos eran bases militares. Algo grave estaba ocurriendo, que tardar'ia todav'ia mucho tiempo en descubrir. Despu'es de media hora de intentar conectar con White Sands, se dio por vencido e intent'o introducirse en nuestro ordenador Elxsi. El d'ia de Halloween se hab'ia infiltrado en el mismo e introducido una nueva cuenta. Con la colaboraci'on del f'isico que lo dirig'ia, yo hab'ia instalado una trampa en dicho ordenador. Elxsi daba la impresi'on de seguir completamente abierto, pero, en el momento en que el hacker entraba en contacto con el mismo, comenzaba a funcionar m'as despacio. Cuanto m'as insist'ia el hacker, menor era la velocidad del aparato. Nuestro freno electr'onico funcionaba de maravilla. El hacker intent'o introducirse en el Elxsi y la velocidad del aparato empez'o a ser cada vez m'as lenta. No llegaba a detenerse y le permit'ia realizar cierto progreso, pero a un ritmo lamentable. Los fabricantes se habr'ian sentido profundamente avergonzados: su aparato era uno de los miniordenadores m'as 'agiles del mercado. Tard'o diez minutos en darse por vencido. Pero volvi'o inmediatamente a nuestros Unix y de nuevo a Milnet. En esta ocasi'on pas'o una hora intentando infiltrarse en cuarenta y dos ordenadores militares, literalmente alrededor del mundo. La simple orden telnet lo permit'ia conectar con un sistema militar, y pasaba un minuto probando nombres y claves falsos. Si no lograba conectar en cuatro intentos, iba por el pr'oximo ordenador. Sab'ia c'omo intentarlo. Cuando el Unix le invitaba a conectar, probaba varias cuentas falsas como <>, <>, <> y <>. Los sistemas operativos Vax/VMS piden el nombre del usuario y en los mismos probaba los nombres de <>, <>, <> y <>. Lo hab'ia hecho antes y estoy seguro de que los hackers seguir'an haci'endolo. Si Milnet era una carretera que un'ia entre s'i a millares de ordenadores, el hacker era un ladr'on que iba pacientemente de puerta en puerta. Giraba la manecilla de la puerta principal para comprobar si estaba abierta y, de no ser as'i, probaba la puerta trasera. Tal vez tambi'en intentaba forzar alguna ventana. En la mayor parte de los casos se encontraba con puertas y ventanas cerradas. Despu'es de un minuto de forcejeo, iba por la pr'oxima. Nada sofisticado. No forzaba cerrojos ni constru'ia t'uneles; simplemente se aprovechaba de quienes dejaban la puerta abierta. Uno tras otro fue probando ordenadores militares: Army Ballistics Research Laboratory, US Naval Academy, Naval Research Laboratory, Air Forc'e Information Services Group y lugares con extra~nas siglas, como WWMCCS y Cincusnaveur. (?Cincus? ?O ser'ia Circus? Nunca he llegado a averiguarlo.) Hoy no era un d'ia de suerte para 'el. Ninguna de sus tentativas fue fructuosa. Cuarenta y dos intentos, cuarenta y dos fracasos. Era evidente que seguir'ia conectado durante mucho rato. Cog'i una chocolatina marca V'ia L'actea que llevaba en el bolsillo -?qu'e mejor para un astr'onomo?- y me puse c'omodo para seguir observando al hacker en la pantalla verde de mi monitor. Imaginaba el otro extremo de aquella larga conexi'on y, al hacker frente a su monitor, contemplando los mismos caracteres verdes que yo ve'ia en mi pantalla. Puede que tambi'en comiendo chocolate o fumando Benson & Hedges. A pesar de que era s'abado, decid'i llamar a la oficina de investigaciones especiales de las fuerzas a'ereas. Me hab'ian dicho que los llamara si se animaban las cosas y ahora estaban al rojo vivo. Pero nadie contest'o. En todo caso, no habr'ian podido hacer gran cosa. Ten'ia que averiguar qui'en se encontraba al otro extremo del canal de sat'elite de ITT. S'olo dos personas sab'ian d'onde me encontraba, Ron Vivier y Martha. Ron estaba lavando su veh'iculo. De modo que cuando son'o el tel'efono, contest'e: -!Hola, cari~no! -Perdone, probablemente me he equivocado de n'umero -dijo al cabo de un momento una voz con un profundo acento brit'anico-. Estoy buscando a Cliff Stoll. ?Me hab'ian descubierto unos esp'ias ingleses? ?O ser'ia el hacker que me llamaba desde Londres? !Vaya malabarismo mental! No result'o ser nada tan sutil. Ron Vivier hab'ia llamado al departamento internacional de Tymnet, donde sus expertos en comunicaciones transatl'anticas se hab'ian hecho cargo del caso. Uno de los especialistas internacionales de Tymnet, Steve White, comenz'o a ocuparse de la localizaci'on. Steve trabaja en Vienna, Virginia, y su misi'on consiste en asegurarse de que los clientes de Tymnet puedan comunicarse con cualquier lugar del mundo. Se hab'ia criado en Dorset, Inglaterra, y hab'ia aprendido a programar por correspondencia; escrib'ia un programa en la escuela, lo mandaba a un centro de inform'atica y al cabo de una semana recib'ia las copias impresas. Seg'un Steve, esto le obliga a uno a escribir buenos programas desde el primer momento, ya que cada error supone una p'erdida de tiempo de una semana. Steve hab'ia estudiado zoolog'ia en la Universidad de Londres y le hab'ia producido la misma impresi'on que la astronom'ia: fascinante pero empobrecedora. De modo que se traslad'o a Norteam'erica y empez'o a trabajar en su segunda especialidad: comunicaciones digitales. Ahora se dedica a resolver problemas en los sistemas internacionales de comunicaciones. Hay muchas formas de conectar ordenadores entre ellos: tel'efonos, fibra 'optica, sat'elites y microondas. En mi laboratorio, no me importaba c'omo se transmitiera la informaci'on, siempre y cuando un cient'ifico de Podunk pudiera llegar a mi ordenador de Berkeley. El trabajo de Steve consist'ia en asegurarse de que la informaci'on introducida en un extremo de Tymnet llegara al lugar previsto. Toda empresa de comunicaciones tiene a alguien como Steve White, o por lo menos las mejores. Para 'el la red era una sutil malla de conexiones, de hilos invisibles que aparecen y desaparecen cada pocos segundos. Cada uno de estos tres mil nodos tiene que poder comunicarse instant'aneamente con todos los dem'as. Era posible construir una red con un cable para cada ordenador y conectados todos a una gran central. Con un millar de terminales en nuestro laboratorio, as'i era exactamente como lo hac'iamos, con un sinf'in de cables en nuestra sala de conexiones. Las compa~n'ias telef'onicas locales tambi'en segu'ian operando del mismo modo, reuniendo todos los cables de un barrio determinado en un solo edificio, donde interruptores mec'anicos realizaban las conexiones. Con millares de ordenadores distribuidos por todo el pa'is, Tymnet no pod'ia utilizar un sistema de conexiones centralizado. El uso de interruptores mec'anicos era inimaginable; demasiado lentos y poco fiables. En su lugar, Tymnet creaba aut'enticos circuitos entre ordenadores. A lo largo y ancho de todo el pa'is, los ordenadores de conexi'on de Tymnet, denominados nodos, se comunicaban entre ellos por cables alquilados. Cuando otro ordenador manda un mensaje al m'io, Tymnet lo trata como si fuera correspondencia; comprime la informaci'on en un sobre y la manda a uno de sus nodos. Entonces los ordenadores de Tymnet sellan el sobre con la direcci'on del destinatario, as'i como la del remitente. Como una oficina de correos que funcionara a la velocidad de la luz, programas especializados separan cada uno de los sobres y los mandan al nodo m'as pr'oximo de su destino. Cuando llega por fin a mi ordenador, Tymnet borra la direcci'on, abre el sobre y entrega la informaci'on. No hay ninguna central gigantesca entre un ordenador y otro. Cada nodo de la red sabe en que direcci'on mandar los paquetes de datos, con un ordenador central que les indica la ruta m'as directa. Para cruzar el pa'is pueden intervenir una docena de nodos. Cuando un ordenador determinado est'a silencioso, la red se mantiene a la espera, mientras manda otros paquetes, pero cada uno de los nodos de Tymnet recuerda la direcci'on del primer ordenador. Cada nodo dispone de un millar de apartados y est'a siempre seleccionando sobres. No hay ning'un hilo para seguir, sino una secuencia de direcciones entre un ordenador y otro. Ron y Steve, los t'ecnicos de Tymnet, eran capaces de seguir las conexiones del hacker a base de desentra~nar dicha trama. El extremo de la misma ten'ia su origen en una estaci'on terrestre de ITT. M'as all'a, ?qui'en sab'ia? 30 Despu'es de varios meses de b'usqueda descubrimos que el hacker proced'ia de Europa. Segu'ia todav'ia en mi ordenador intentando infiltrarse en los laboratorios de investigaci'on de la armada, cuando llam'o Steve White. -La conexi'on de Tymnet empieza en ITT -dijo Steve. -Lo s'e. Ron Vivier ya me lo hab'ia dicho. Pero, seg'un 'el, puede proceder de cuatro pa'ises distintos. -?Puedes localizar las l'ineas de ITT? -Por supuesto. Las empresas internacionales de transmisi'on de datos autorizan a Tymnet para que localice las l'ineas en caso de dificultades. Voy a conectar con la central de ITT y veremos qui'en llama. Steve hac'ia que pareciera muy sencillo. El hacker segu'ia en pantalla y esperaba que no colgara antes de que Steve le localizara. -La direcci'on telef'onica de tu hacker es DNIC raya 2624 raya 542104214 -agreg'o al cabo de un momento con un acento brit'anico que parec'ia casi teatral. Estaba ya acostumbrado a no comprender su jerga, pero por principio lo escrib'ia todo en mi cuaderno. Afortunadamente, Steve me tradujo la informaci'on. -Ver'as: en lo que concierne a Tymnet, el hacker procede del sat'elite de ITT. Pero en los ordenadores de ITT logro ver m'as all'a del sat'elite y localizar la llamada desde su origen. Steve ten'ia visi'on de rayos X. Los sat'elites no se interpon'ian en el camino de su mirada. -El DNIC -sigui'o diciendo- es el c'odigo de identificaci'on de la red de datos. Es como un n'umero de tel'efono: el prefijo indica el lugar de origen de la llamada. -Entonces ?de d'onde procede el hacker? -Alemania, -?Oriental u occidental? -Occidental. De la red alemana Datex. Steve viv'ia en un universo de redes. -?Qu'e es eso? -Datex es el equivalente alem'an de Tymnet. Es su red nacional para conectar ordenadores entre ellos -aclar'o Steve-. Tendremos que llamar al Bundespost para obtener mayor informaci'on. Ver'as -prosigui'o, mientras yo le escuchaba, sin acordarme de que el hacker merodeaba por mi ordenador-: el DNIC identifica plenamente al ordenador que realiza la llamada. Las cuatro primeras cifras revelan que pertenece a la red alemana Datex. El Bundespost puede buscar el n'umero en su cat'alogo y comunicarnos exactamente d'onde est'a situado. -?Qui'en es el Bundespost? -pregunt'e, pensando en que sonaba vagamente alem'an. -Es el servicio nacional de correos en Alemania. El monopolio de comunicaciones del gobierno. -?Por qu'e se ocupa correos de las redes? -reflexion'e en voz alta, pensando que en mi pa'is correos se ocupa de las cartas y no de la informaci'on electr'onica. -En muchos pa'ises el servicio telef'onico pertenece a correos. Un crecimiento hist'orico desorbitado de normas gubernamentales. Es probable que Alemania sea uno de los pa'ises m'as centralizados. Uno no puede tener contestador autom'atico sin permiso del gobierno. -?Significa eso que el hacker procede de un ordenador del gobierno? -No. Lo m'as probable es que se trate de un ordenador privado, aunque la red de comunicaciones pertenezca al Bundespost. Y 'este ser'a nuestro pr'oximo paso. Llamaremos al Bundespost por la ma~nana. Me encant'o que hablara en plural, en lugar de dejarlo en mis manos. Steve y yo pasamos una hora charlando. Era mucho m'as interesante escuchar sus descripciones de la red que observar al hacker en busca de palabras como SDL. Steve no era un t'ecnico, sino un artesano; mejor dicho, un artista que se expresa a trav'es de un tapiz invisible de hilos electr'onicos. Escuch'andole, la red era un organismo que viv'ia y crec'ia, que sent'ia los problemas y reaccionaba seg'un las circunstancias. Para 'el, la elegancia de la red radicaba en su sencillez. -Cada n'odulo se limita a pasar la informaci'on al siguiente. Por cada tecla que pulsa tu hu'esped, un car'acter pasa de Datex a ITT a Tymnet y a tu sistema. Y durante sus pausas, nuestra red no pierde el tiempo esper'andole. Con millares de conversaciones circulando por su sistema y millones de bits de informaci'on, no se perd'ia un solo di'alogo ni se escapaba ning'un byte. La red controlaba todas las conexiones sin perder nada por las rendijas. No obstante, Steve no parec'ia muy optimista en cuanto a la localizaci'on definitiva. -Sabemos d'onde conecta al sistema. Pero existen un par de posibilidades. Puede que el hacker utilice un ordenador en Alemania, sencillamente conectado a la red alemana Datex. De ser as'i, le hemos atrapado con las manos en la masa. Conocemos su direcci'on, la direcci'on se~nala al ordenador y el ordenador a 'el. -Parece improbable -dije, pensando en el seguimiento por Mitre. -Es improbable. Lo m'as plausible es que el hacker entre en la red Datex mediante un modem telef'onico. Al igual que Tymnet, Datex permite que cualquiera entre en su sistema por tel'efono y conecte con los ordenadores de la red. Perfecto para los hombres de negocios y para los cient'ificos; as'i como para los hackers. -El mayor problema es la legislaci'on alemana -dijo Steve-. Que yo sepa, no reconoce la infiltraci'on inform'atica como delito. -Est'as bromeando, por supuesto. -No. Muchos pa'ises tienen una legislaci'on anticuada. En Canad'a, a un hacker que se hab'ia infiltrado en un ordenador, en lugar de condenarle por acceso no autorizado al sistema, le acusaron de robar electricidad. El 'unico cargo contra 'el consist'ia en haber utilizado un microvatio de energ'ia al conectar con el ordenador. -Pero infiltrarse en un ordenador es un delito en Estados Unidos. -S'i. Pero ?crees que eso bastar'a para conseguir la extradici'on del hacker? -pregunt'o Steve-. F'ijate en la ayuda que te ha prestado el FBI. No te hagas ilusiones, Cliff. El pesimismo de Steve era contagioso. Sin embargo, su localizaci'on me infund'ia confianza; aunque no pudi'eramos capturar al hacker, nuestro c'irculo se cerraba a su alrededor. El hacker, por su parte, ignoraba nuestro acecho. Desconect'o por fin a las 05:22, despu'es de dos horas probando puertas e inspeccionando archivos. Todo hab'ia quedado registrado en mi impresora, pero el verdadero descubrimiento era lo que Steve White hab'ia averiguado. Alemania. Fui corriendo a la biblioteca, en busca de un atlas. Alemania nos llevaba nueve horas de ventaja. El hacker sol'ia aparecer entre las doce y la una del mediod'ia, lo que para 'el significaban las nueve o diez de la noche. Probablemente aprovechaba las tarifas telef'onicas baratas. Mientras examinaba el atlas, record'e que Maggie Morley hab'ia reconocido la contrase~na del hacker <>, que en alem'an significaba cazador. Ten'ia la respuesta ante mis narices, pero no hab'ia sabido verla. Esto explicaba el desfase temporal de los ecos cuando el hacker utilizaba Kermit para la transferencia de archivos. Seg'un mis c'alculos, deb'ia encontrarse a unos 9500 kil'ometros, aunque nunca confi'e excesivamente en dicha cifra. Deb'i hacerlo. Alemania estaba a 8350 kil'ometros de Berkeley. No s'olo estaba ciego, sino sordo. Me hab'ia dedicado a recopilar datos, pero no a interpretarlos. Sentado solo en la biblioteca, me sent'i de pronto profundamente avergonzado por haber embarcado a mi hermana en una b'usqueda infructuosa, en pos de un estudiante de bachillerato en Virginia, y a los detectives de Berkeley, circulando con pistolas por el campus. Hab'ia metido la pata. Durante varios meses buscaba al hacker por todos los confines de Norteam'erica. Dave Cleveland no se cansaba de repet'irmelo: -El hacker no es de la costa oeste. Ten'ia raz'on. Estaba a m'as de 8000 kil'ometros de la misma. Algunos detalles eran todav'ia confusos, pero comprend'ia c'omo operaba. Desde alg'un lugar de Europa, el hacker llamaba a la red alemana Datex. Preguntaba por Tymnet y el Bundespost realizaba la conexi'on a trav'es de la empresa internacional de comunicaciones correspondiente. Al llegar a Estados Unidos, conectaba con mi laboratorio y se dedicaba a explorar la red Milnet. Mitre deb'ia de ser su escala en el viaje. Comprend'ia c'omo efectuaba la conexi'on. Se introduc'ia en el sistema alem'an Datex, preguntaba por Tymnet y conectaba con Mitre. Eso le permit'ia explorar sus ordenadores a su antojo. Cuando se cansaba de leer sus informes, desde all'i pod'ia marcar cualquier n'umero de tel'efono de Norteam'erica por cuenta de Mitre. Pero ?qui'en pagaba sus conexiones transatl'anticas? Seg'un Steve, sus sesiones costaban de cincuenta a cien d'olares por hora. Cuando regresaba a la sala de ordenadores, me di cuenta de que persegu'ia a un hacker acaudalado. O a un ladr'on inteligente. Ahora comprend'ia que Mitre hubiera pagado un millar de llamadas telef'onicas de un minuto de duraci'on. Despu'es de conectar con Mitre, el hacker daba 'ordenes al sistema para que llamara a otro ordenador. Entonces intentaba introducirse en el mismo con nombres y contrase~nas falsos. Generalmente no lo lograba y efectuaba otra llamada. Se hab'ia dedicado a inspeccionar ordenadores por cuenta de Mitre. Pero hab'ia dejado huellas en las cuentas telef'onicas de Mitre. La pista conduc'ia a Alemania, pero no terminaba necesariamente all'i. Era concebible que alguien desde Berkeley llamara a Berl'in, conectara con la red Datex, pasara a Tymnet y de nuevo a Berkeley. Puede que el camino comenzara en Mongolia. O en Mosc'u. Imposible saberlo. De momento, mi hip'otesis ser'ia Alemania. Adem'as, lo que buscaba eran secretos militares. ?Estar'ia persiguiendo a un esp'ia? ?A un verdadero esp'ia que trabajaba para ellos? Pero ?qui'enes son ellos?... No ten'ia ni idea para qui'en trabajan los esp'ias. Hac'ia tres meses desde que hab'ia detectado ciertas peque~nas discrepancias en mis archivos de contabilidad. Hab'iamos observado en silencio c'omo el causante de las mismas pasaba sigilosamente por nuestro ordenador a las redes y ordenadores militares. Por lo menos sab'ia lo que ese rat'on se propon'ia. Y de d'onde proced'ia. Pero estaba equivocado. No se trataba de un rat'on sino de una rata. 31 El s'abado me dediqu'e a poner mi cuaderno al d'ia. Ahora pod'ia atar algunos cabos sueltos. Era in'util que desde Anniston buscaran a un hacker en Alabama, estaban a 8000 kil'ometros de su objetivo. El hacker de Stanford era, con toda seguridad, otro individuo... El m'io habr'ia tenido deberes en alem'an, no en ingl'es. Y de nada habr'ia servido buscar por Berkeley a alguien llamado Hedges. Probablemente aqu'el no era su nombre, ni ciertamente su continente. El mont'on de copias de la impresora ten'ia un par de palmos de grosor. Las hab'ia clasificado y fechado cuidadosamente, pero nunca las hab'ia repasado todas de una sola vez. En su mayor parle eran aburridos listados de archivos y palabras claves que probaba una sola vez. ?Es f'acil infiltrarse en ordenadores? Elemental, querido Watson. Elemental, pero soberanamente aburrido. No regres'e a casa hasta las dos de la madrugada. Martha esperaba levantada, remendando un edred'on. -?Por ah'i de parranda? -Efectivamente -respond'i-. He pasado el d'ia con un misterioso extranjero. -De modo que el hacker es europeo despu'es de todo -dijo, adivinando lo que hab'ia estado haciendo. -Podr'ia residir en cualquier lugar del mundo, pero apuesto a que vive en Alemania. Me apetec'ia quedarme en cama con Martha el domingo por la ma~nana, pero, !maldita sea!, a las 10:44 son'o la persistente y disonante alarma de mi localizador, seguida de un mensaje en Morse. El hacker hab'ia hecho nuevamente acto de presencia y estaba en mi ordenador Unix-5. Fui inmediatamente al comedor y llam'e a Steve White a su casa. Mientras el tel'efono llamaba, encend'i mi Macintosh. A la quinta llamada, Steve contest'o. -El hacker ha entrado de nuevo en acci'on, Steve -le dije. -De acuerdo, Cliff. Empiezo a localizarle y te llamo. Colgu'e y me dirig'i inmediatamente a mi Macintosh, que, gracias a un modem y a un programa estelar llamado Red Ryder, funcionaba como terminal remota. Red llam'o <> al ordenador de mi laboratorio, conect'o con el Vax y me mostr'o lo que estaba ocurriendo. Ah'i estaba mi hacker, deambulando por Milnet. Conectado de aquel modo, parec'ia un usuario normal, por lo que el hacker se percatar'ia de mi presencia, si se molestaba en comprobarlo. De modo que desconect'e r'apidamente. Diez segundos bastaban para ver lo que mi hu'esped hac'ia. Steve llam'o al cabo de un par de minutos. Hoy la l'inea no proced'ia de la empresa internacional de comunicaciones ITT, sino de RCA. -RCA no usa el sat'elite Westar -dijo Steve-. Utiliza el Comsat. Ayer era el Westar y hoy el Comsat. Un hacker muy escurridizo, que cambiaba de sat'elite de un d'ia para otro. Pero estaba en un error y Steve me lo aclaro. -Tu hacker no tiene voz ni voto en el asunto -me explic'o Steve-. Para ofrecer un mayor n'umero de servicios utilizamos diversas rutas internacionales. En cada llamada, el tr'afico de Tymnet sigue una rula distinta para cruzar el Atl'antico. El usuario nunca llega a darse cuenta de ello, pero el tr'afico se distribuye entre cuatro o cinco sat'elites y cables. -!Ah, como el tr'afico pesado interestatal antes de la desnormalizaci'on! -No me lo recuerdes -exclam'o Steve, enojado-. No puedes imaginar la cantidad de leyes que regulan las comunicaciones internacionales. -Entonces ?de d'onde procede hoy el hacker? -Alemania. La misma direcci'on. El mismo lugar. No hab'ia mucho m'as que hacer. No pod'ia vigilar al hacker desde mi casa y Steve hab'ia concluido su localizaci'on. Me qued'e temblando junto a mi Macintosh. ?Qu'e hacer ahora? Al laboratorio. Y r'apido. Escrib'i una nota a Martha (<>), me puse unos vaqueros y mont'e en mi bici. No fui lo suficientemente r'apido. El hacker hab'ia desaparecido cinco minutos antes de mi llegada. Deb'i haberme quedado en cama. Repas'e las copias del domingo por la ma~nana -noche del domingo para el- y vi que practicaba sus viejos trucos. Uno tras otro, hab'ia intentado infiltrarse en ordenadores militares, probando claves evidentes. !Vaya hast'io! M'as o menos tan interesante como intentar adivinar la combinaci'on de cajas fuertes. Puesto que hab'ia aparecido por la ma~nana, pens'e que val'ia la pena esperar para ver si regresaba. Seg'un mis estad'isticas, volver'ia dentro de una o dos horas. Efectivamente, a la 1.16 de la tarde hizo de nuevo acto de presencia. Son'o la alarma de mi localizador y fui corriendo a la sala de conexiones. Ah'i estaba, conectando con la cuenta robada de Sventek. Como de costumbre, comprob'o qui'en estaba utilizando el ordenador. De haber estado conectado desde mi casa, se habr'ia percatado de mi presencia, pero, desde mi posici'on privilegiada en la central, era indetectable. El hacker no pod'ia perforar mi velo electr'onico. Con la seguridad de que nadie le observaba, se dirigi'o inmediatamente a nuestra terminal de salida a Milnet. Dio unas cuantas 'ordenes para consultar la gu'ia de Milnet, en busca de alg'un lugar con las siglas <>. ?COC? Jam'as hab'ia visto aquella palabra. ?Se habr'ia equivocado? No deb'i hab'ermelo preguntado. El ordenador de informaci'on de la red busc'o durante unos instantes y le ofreci'o media docena de Command Operations Centers militares. Sigui'o buscando palabras como <>, <>, <>, <>, <> y <>. Vi'endole c'omo consultaba la gu'ia de Milnet, parec'ia que repasara las p'aginas amarillas. ?A qu'e n'umeros llamar'ia? A todos. Cada palabra le facilit'o las direcciones de varios ordenadores, y cuando lleg'o a treinta cerr'o su conexi'on con la gu'ia de Milnet. A continuaci'on intent'o una vez m'as infiltrarse met'odicamente en cada uno de dichos sistemas: el centro de los servicios de informaci'on de las fuerzas a'ereas en Arlington, Virginia, el laboratorio de investigaci'on bal'istica del ej'ercito, una base de instrucci'on de las fuerzas a'ereas en Colorado Springs, el centro de control del Pac'ifico de la armada en Haw'ai y otra treintena de lugares. Pero, una vez m'as, no tuvo suerte. El azar hab'ia querido que eligiera lugares sin claves evidentes. Debi'o de ser una noche frustrante para 'el. Por fin intent'o introducirse en su antigua madriguera, la base militar de Anniston. Cinco veces. No hubo suerte. Entonces abandon'o Milnet y volvi'o a deambular por mi Unix. Vi c'omo el cuco pon'ia su huevo; manipul'o una vez m'as los archivos de mi ordenador para convertirse en superusuario. El mismo truco de siempre: utiliz'o el programa de correspondencia Gnu-Emacs para sustituir el archivo atrun del sistema por su falso programa. Al cabo de cinco minutos y como por arte de magia, se hab'ia convertido en administrador del sistema. Ahora ten'ia que vigilarle atentamente. Con sus il'icitos privilegios pod'ia destruir mi sistema, ya fuera accidental o deliberadamente. Y para ello bastar'ia con una sola orden, como <> borrar todos los archivos. Sin embargo, de momento su conducta era moderada. Se limit'o a imprimir los n'umeros de tel'efono de distintos ordenadores y a continuaci'on desconect'o. Menos mal. Se apoder'o de una lista de tel'efonos con los que nuestro ordenador conecta a menudo. Pero Mitre hab'ia desconectado sus salidas a la red telef'onica y, probablemente, a estas alturas el hacker ya lo hab'ia descubierto. No obstante segu'ia recopilando n'umeros de tel'efono. Por consiguiente, deb'ia tener otra forma de llamar. Mitre no era su 'unico v'inculo con el servicio telef'onico. A los quince minutos apareci'o de nuevo en mi sistema. Dondequiera que hubiera estado, no hab'ia tenido 'exito con ninguna de sus llamadas, debido probablemente a su desconocimiento de las contrase~nas. A su regreso activ'o el programa Kermit. Iba a copiar un archivo de mi ordenador al suyo. ?Se tratar'ia una vez m'as del fichero de contrase~nas? No, en esta ocasi'on le interesaba el software de mi red. Intentaba apoderarse del c'odigo fuente de dos programas: <> y <>. Cuando alg'un cient'ifico del laboratorio conecta a partir de Milnet, utiliza telnet o rlogin. Ambos permiten conectar a larga distancia con un ordenador ajeno, transmitiendo las 'ordenes del usuario a dicho ordenador. Tanto un programa como otro constitu'ian un lugar ideal para implantar un troyano. Cambiando un par de l'ineas de c'odigo en nuestro telnet, pod'ia construir un capturador de contrase~nas. Cuando uno de nuestros cient'ificos conectara con un sistema remoto, su insidioso programa archivar'ia su clave en un archivo secreto sin perturbar en lo m'as m'inimo su conexi'on. Pero la pr'oxima vez que el hacker visitara mi ordenador de Berkeley, tendr'ia una lista de claves a su disposici'on. L'inea por l'inea, vi c'omo Kermit le transmit'ia el programa al hacker. No era necesario cronometrarlo, ahora sab'ia que la causa del desfase eran los sat'elites y el largo recorrido hasta Alemania. Observ'andolo me enoj'e. No, me puse furioso. Estaba robando mi software. Y, por si era poco, se trataba de un software delicado. Si lo quer'ia, tendr'ia que rob'arselo a otro. Pero tampoco pod'ia limitarme a interrumpir Kermit; se habr'ia dado cuenta inmediatamente. En especial ahora que me estaba acercando, no quer'ia arriesgarme a meter la pata. Ten'ia que actuar con rapidez. ?C'omo detener al ladr'on sin manifestar mi presencia? Acerqu'e mi llavero a los cables que conectaban la l'inea del hacker y cruc'e moment'aneamente los polos. Esto introdujo bastante ruido para confundir al ordenador, pero no el suficiente como para cortar la conexi'on. A 'el le dar'ia la impresi'on de que algunos caracteres se hab'ian confundido; palabras mal escritas y texto ilegible: equivalente inform'atico de la interferencia radiof'onica. El hacker lo atribuir'ia a interferencias de la red. Puede que volviera a intentarlo, pero acabar'ia d'andose por vencido. Cuando las conexiones son malas, es in'util hablar a larga distancia. Funcion'o como un sue~no. Cruzaba ligeramente los cables con mis llaves, 'el ve'ia la interferencia y su ordenador solicitaba una repetici'on de la 'ultima l'inea. Procuraba dejar pasar un poco de informaci'on, pero con tanta lentitud que habr'ia necesitado toda la noche para copiar el archivo entero. El hacker desconect'o y lo intent'o de nuevo, pero no hubo manera. No lograba cruzar la niebla que yo generaba, ni sab'ia de d'onde proced'ia la interferencia. Acab'o por abandonar su intento de robo y se limit'o a husmear. Descubri'o el camino al ordenador Opal de Berkeley, pero no lo explor'o. Esto s'i que era curioso. El ordenador Opal de Berkeley alberga aut'entica investigaci'on inform'atica. No hay que hurgar mucho para encontrar algunos de los mejores programas de comunicaciones, de estudio y juegos. Pero al parecer los intereses de aquel hacker no eran los mismos que los de la mayor'ia de los estudiantes. Sin embargo, cuando husmeaba algo militar, se volv'ia loco. Eran las 05:51 de la tarde cuando, por fin, dio la jornada por concluida. No puedo afirmar que cada una de sus frustraciones me produjera satisfacci'on. Sus reacciones me parec'ian m'as bien previsibles. Mi trabajo conduc'ia lentamente a una resoluci'on. Steve White pas'o el d'ia localizando conexiones. Al igual que por la ma~nana, la llamada proced'ia de Alemania. -?Cabe la posibilidad de que proceda de otro pa'is europeo? -pregunt'e, conociendo la respuesta de antemano. -El hacker puede ser de cualquier lugar -respondi'o Steve-. Mi comprobaci'on s'olo demuestra una conexi'on de Berkeley a Alemania. -?Alguna idea de d'onde en Alemania? -Imposible saberlo sin consultar la gu'ia -dijo Steve, cuya curiosidad era tan grande como la m'ia-. Cada red tiene su propio sistema de conexiones. El Bundespost nos lo dir'a ma~nana. -?Llamar'as por la ma~nana? -pregunt'e, pensando en si hablar'ia alem'an. -No, es m'as f'acil mandar un mensaje electr'onico -respondi'o Steve-. Ya he mandado uno explicando el incidente de ayer; el de hoy lo confirmar'a y agregar'a algunos detalles. No te preocupes, se ocupar'an inmediatamente del caso. Steve no pod'ia quedarse en el despacho el domingo por la tarde, pues ten'ia que preparar la cena para su compa~nera Lynn, lo que me hizo pensar en Martha. No hab'ia llamado a mi casa. Martha no estaba contenta. Le hab'ia dejado un recado a Claudia diciendo que regresar'ia tarde. De no haber sido por el hacker habr'iamos ido de excursi'on al bosque. !Maldita sea! 32 Anoche hubo mucha tensi'on en casa. Martha apenas dijo palabra. Al pasar el d'ia vigilando al hacker, estrope'e la tarde del domingo. El progreso con el hacker supon'ia un gran sacrificio en mi vida familiar. ?A qui'en deb'ia comunicarle mis 'ultimos descubrimientos? Indudablemente, a mi jefe. Hab'iamos hecho una apuesta en cuanto a la procedencia del hacker y yo hab'ia perdido. Le deb'ia una caja de bombones. ?Al FBI? El caso es que no hab'ia mostrado mucho inter'es, pero ahora exced'ia la competencia de la polic'ia local. ?Por qu'e no brindarles otra oportunidad de ignorarnos? ?A la oficina de investigaciones especiales de las fuerzas a'ereas? Me hab'ian rogado que los mantuviera informados. Con los ataques a ordenadores militares, deber'ia cont'arselo a alguien del departamento de defensa, aunque me resultara pol'iticamente inc'omodo. Si hablar con los militares me resultaba dif'icil, llamar a la CIA era un aut'entico suplicio. El mes anterior hab'ia reconocido que merec'ian saber que alguien intentaba infiltrarse en sus ordenadores. Hab'ia cumplido con mi deber. Ahora, ?deb'ia comunicarles que se trataba de un extranjero? Pero una vez m'as parec'ia la gente indicada a quien llamar. Yo pod'ia entender los nodos, las redes, pero el espionaje..., bueno, no era algo que se aprendiera en la universidad. Estaba seguro de que mis amigos de la izquierda floreciente de Berkeley me acusar'ian de haber sido reclutado por el Estado. Pero no me consideraba un sirviente de la clase dominante, a no ser que los lacayos del imperialismo comieran papilla de harina integral pasada para desayunar. Discut'ia conmigo mismo mientras pedaleaba entre el tr'afico, pero en lo m'as hondo de mis entra~nas sab'ia lo que deb'ia hacer: hab'ia que informar a la CIA y era yo quien deb'ia hacerlo. Hab'ia supuesto un esfuerzo constante mover la burocracia. Tal vez llamar'ia la atenci'on de alguien, dando a conocer la nueva noticia a todas las agencias de tres siglas. Empezar'ia por llamar al FBI. Su oficina de Oakland no se hab'ia interesado por el tema, pero quiz'a Mike Gibbons, en Alexandria, Virginia, lo har'ia. Result'o que Mike estaba de vacaciones y le dej'e un mensaje, pensando en que lo recibir'ia dentro de un par de semanas. -D'igale simplemente que Cliff ha llamado y que mi amigo tiene una direcci'on en Alemania. No cabe gran cosa en las hojas amarillas, utilizadas para dejar notas a los ausentes. Mi segunda llamada fue a la OSI de las fuerzas a'ereas, la poli militar. Aparecieron dos voces en la l'inea, la de una mujer y otra m'as grave de un hombre. La mujer, Ann Funk, era agente especial de la brigada de delitos familiares. -Esposas y ni~nos maltratados -explic'o en tono circunspecto-. Las fuerzas a'ereas tienen los mismos lamentables problemas que el resto del mundo. Nada que ver con la alta tecnolog'ia, pero incluso por tel'efono, su presencia inspiraba respeto y simpat'ia. Ahora trabajaba en la brigada de delitos inform'aticos de la OSI. El mes anterior hab'ia hablado con Jim Christy y hoy me formul'o la misma pregunta que yo hab'ia hecho a Steve: -?Alemania oriental u occidental? -Occidental -respond'i-. Tendremos m'as informaci'on dentro de un par de d'ias. -?D'onde se ha infiltrado? -pregunt'o Ann. -En ning'un lugar, mientras yo le observaba. No por falta de intentarlo -contest'e, mencionando algunos de los lugares en los que hab'ia procurado infiltrarse. -Tendremos que volver a llamarte -dijo Jim-. Disponemos de una oficina en Europa que tal vez pueda trabajar en el caso. Hab'ia advertido debidamente a las fuerzas a'ereas y ahora quedaba por ver c'omo reaccionar'ian. Era el momento de llamar a la CIA. Respondieron del despacho de Teejay, pero 'el no estaba. !Gracias a Dios! Asunto resuelto. Me sent'ia como un estudiante a quien se ha encargado un trabajo que debe leer ante toda la clase, cuando descubre que el maestro est'a enfermo. Sin embargo, habiendo decidido cont'arselo a los fantasmas, llam'e al colega de Teejay, Greg Fennel. 'Este estaba en su despacho. -Esc'uchame: tengo una reuni'on dentro de tres minutos. Procura ser breve. Un d'ia ajetreado en la CIA. -Someramente, hemos localizado al hacker en Alemania. !Hasta otra! -?C'omo? !Espera! ?C'omo lo has hecho? ?Est'as seguro de que se trata del mismo individuo? -Ahora tienes una reuni'on. Podemos hablar ma~nana. -Olvida la reuni'on. Cu'entame exactamente lo ocurrido sin embellecimientos ni interpretaciones. Es f'acil cuando se anota todo en un cuaderno. Le le'i el resumen de la actividad del fin de semana. Al cabo de una hora Greg segu'ia formulando preguntas y hab'ia olvidado la reuni'on. Lo que m'as le hab'ia interesado era la procedencia del hacker. -Fascinante -reflexion'o el esp'ia en voz alta-. Alguien desde Alemania occidental se infiltra en nuestras redes. O por lo menos utiliza Alemania occidental como puente. Comprend'ia que hab'iamos identificado un eslab'on de la cadena, pero que en realidad el hacker pod'ia proceder de cualquier parte. -?Cabe la posibilidad de que entr'eis en acci'on? -le pregunt'e. -Esto no soy yo quien debe decidirlo. Se lo comunicar'e a mis superiores, pero, a decir verdad, no s'e lo que ocurrir'a. ?Qu'e esperaba? La CIA no pod'ia hacer gran cosa para resolver el problema, pues no eran m'as que recopiladores de informaci'on. Deseaba que se responsabilizaran de todo aquel l'io, pero parec'ia improbable que lo hicieran. El hacker no se hab'ia infiltrado en sus aparatos, sino en los nuestros. El Lawrence Berkeley Laboratory estaba harto de perder tiempo en aquella b'usqueda. Yo ocultaba mi trabajo de persecuci'on, pero todo el mundo pod'ia ver que no me ocupaba debidamente de nuestro sistema. El software cient'ifico emperoraba poco a poco, mientras yo me dedicaba a escribir programas destinados a analizar la actividad del hacker. Por temor a mi mordaz jefe, refresqu'e mis conocimientos de mec'anica cu'antica antes de hablar con Roy Kerth. Tal vez si habl'abamos un rato de f'isica, har'ia la vista gorda en cuanto a mi trabajo relacionado con el hacker. Despu'es de todo, parec'ia satisfecho de mi programa gr'afico, aunque en mi opini'on era relativamente superficial. Pero no hubo forma de aplacar la ira de Roy. Estaba furioso por el tiempo que hab'ia dedicado a la persecuci'on del hacker. No contribu'ia al departamento con nada demostrable, nada cuantificable. Sin embargo no me orden'o que lo abandonara. A decir verdad parec'ia m'as interesado que nunca en capturar a ese cabr'on. Pas'e varias horas consultando anuncios en la red Usenet, en busca de noticias relacionadas con los hackers y encontr'e una de Canad'a. Puesto que no confiaba en la correspondencia electr'onica, llam'e al autor del anuncio por tel'efono. Bob Orr, cient'ifico de la Universidad de Toronto, me cont'o una triste historia. -Estamos conectados a numerosas redes y no es f'acil convencer a nuestros patrocinadores para que paguen las suscripciones. Unos hackers desde Alemania han invadido nuestro sistema y se han dedicado a modificar programas y alterar nuestro sistema operativo. -?C'omo se han infiltrado? -pregunt'e, sospechando que conoc'ia ya la respuesta. -Colaboramos con el laboratorio suizo de CERN y esos gamberros se han paseado a sus anchas por sus ordenadores. Es probable que all'i encontraran algunas contrase~nas de nuestro sistema y conectaron directamente. -?Han ocasionado alg'un da~no? -!Da~no! ?No oyes lo que te estoy diciendo? -estall'o Bob-. Nuestras redes son delicadas; la gente que conecta con nosotros lo hace con la esperanza de hallar apoyo mutuo. Cuando alguien irrumpe clandestinamente en un ordenador, destruye dicha confianza. Adem'as de hacerme perder muchos d'ias y de obligarnos a desmantelar nuestras conexiones, esos hackers menosprecian la confianza que nos permite trabajar juntos como cient'ificos. -Pero ?han borrado alg'un archivo? -insist'i-. ?Han modificado alg'un programa? -Lo que hicieron fue modificar el sistema para introducir una clave que les abriera una puerta trasera. Pero si lo que buscas son titulares como <>, 'este no es nuestro caso. Estas filtraciones son mucho m'as capciosas. Se trata de programadores t'ecnicamente experimentados, pero sin 'etica alguna, que no muestran ning'un respeto por el trabajo ni la intimidad de los dem'as. No se dedican a destrozar uno o dos programas, sino a destruir la cooperaci'on en la que se basan nuestras redes. He aqu'i un individuo que se tomaba muy en serio la inform'atica. No aprend'i gran cosa sobre los hackers alemanes, pero por lo menos habl'e con alguien que los describ'ia en los mismos t'erminos que yo. Bob comprend'ia que el da~no no se med'ia en d'olares robados, sino en p'erdida de confianza. El no ve'ia esto como una diversi'on o un juego, sino de un grave ataque contra una sociedad abierta. En otra 'epoca habr'ia discutido con Bob arguyendo que no era m'as que una diversi'on juvenil. Tal vez habr'ia sentido simpat'ia y respeto por alguien que lograba infiltrarse en tantos ordenadores. Pero ahora ya no. Bob tambi'en mencion'o que un club alem'an del caos se dedicaba a atacar el ordenador estadounidense de Fermilab. Los llam'e a Illinois y habl'e con el administrador de su sistema. -Efectivamente -respondi'o-. Unos hackers alemanes nos han estado creando quebraderos de cabeza. Se autodenominan Club Inform'atico del Caos (CCC). -?Se dedican a espiar? -pregunt'e. -No bromees. Nuestro trabajo no tiene nada de secreto. !Qui'en sabe! ?Eran gamberros o esp'ias? -?Puedes identificarlos? -Uno utiliza el seud'onimo de Hagbard. Otro, Pengo. No conozco sus nombres verdaderos. -?Has protegido el sistema desde que los detectaste? -Un poco. Intentamos realizar una labor cient'ifica y no queremos cerrar las puertas al mundo exterior. Pero con esos gamberros es dif'icil mantener un centro inform'atico abierto. !Ojal'a eligieran a otro, como por ejemplo los militares! O la NSA. Si lo supiera... -?Supongo que la polic'ia no habr'a sido de gran ayuda? -No mucha. Escuchan, pero no hacen pr'acticamente nada. Llam'e a Stanford y pregunt'e a uno de sus administradores de sistemas, Dan Kolkowitz, si ten'ia alguna noticia de Alemania. -Ahora que lo mencionas, alguien se infiltr'o hace algunos meses, control'e lo que hac'ia y lo imprim'i. Parece alem'an. Dan me ley'o el listado por tel'efono. Cierto hacker con el seud'onimo de Hagbard les mandaba un archivo de claves a unos hackers llamados Zombie y Pengo. Ah'i estaban otra vez Hagbard y Pengo. Escrib'i sus nombres en mi cuaderno. No obstante parec'ia que mis colegas ten'ian raz'on. Esos individuos eran simples gamberros con el prop'osito de importunar. Dirig'ian sus ataques contra universidades e instituciones cient'ificas; objetivos f'aciles. No parec'ian interesarles los objetivos militares, ni daban la impresi'on de saber navegar por Milnet. Descubr'i otra diferencia entre mi hacker y los gamberros del CCC. Mi hacker se encontraba c'omodo en el sistema Unix; no en la versi'on de Berkeley, pero s'i en el Unix en general. Los v'andalos que Bob y Dan me hab'ian descrito s'olo parec'ian atacar los sistemas VMS de Dec. De ahora en adelante procurar'ia mantenerme al corriente de las noticias relacionadas con el CCC, aunque no pod'ia suponer que todos los hackers alemanes trabajaran en equipo. Algo positivo ocurr'ia. Uno por uno, establec'ia contacto con otros que perd'ian horas de sue~no y tomaban tranquilizantes a causa de los mismos problemas que me obsesionaban a m'i. Era reconfortante saber que yo no era el 'unico. Hab'ia llegado el momento de alejar al hacker de mi mente y concentrarme de nuevo en la astronom'ia, pero 'esa no era la voluntad del destino: Mike Gibbons, del FBI, me llam'o por tel'efono. -Cre'i que estabas de vacaciones -le dije. -As'i es. Estoy en casa de mis padres, en Denver. -Entonces ?c'omo te ha llegado el mensaje? Me preguntaba si la CIA le habr'ia llamado. -Muy simple -respondi'o Mike-. Estamos de guardia cada dos horas. Mi oficina puede localizarme d'ia y noche. A veces trastorna mis relaciones matrimoniales. Le comprend'ia perfectamente. Mi propio localizador era una mazmorra. -?Te han hablado de la conexi'on alemana? -?Por qu'e no me cuentas lo ocurrido durante el fin de semana? (Lim'itese a los hechos, se~nora.) Una vez m'as, le'i la informaci'on de mi cuaderno. Cuando llegu'e a los n'umeros de DNIC, Mike me interrumpi'o: -?Puedes mandarme una copia de tu cuaderno? -Por supuesto. Imprimir'e una copia y te la mandar'e. Es f'acil cuando se guardan las notas en un ordenador. -Ver'e si podemos abrir un caso. No te lo prometo, pero parece interesante. A estas alturas ya me hab'ia dado cuenta de que nadie promet'ia nada. Imprim'i una copia de mi cuaderno y se la mand'e por correo urgente. Cuando regres'e, sonaba el tel'efono. Era Teejay. -He o'ido la noticia -dijo mi contacto de la CIA-. ?Est'as seguro de que tu amigo vive al otro lado del charco? -As'i es, si te refieres al Atl'antico. Casi seguro que est'a en Alemania y me sorprender'ia much'isimo que procediera de Estados Unidos. Puede que las abreviaciones de Teejay confundieran a alg'un fisg'on, pero a m'i me dejaban totalmente desconcertado. -?Conoces su ubicaci'on exacta? -Lo 'unico que s'e es la direcci'on electr'onica de un ordenador. Se trata de un n'umero de DNIC, lo que eso signifique. -?Qui'en se ocupa de decodificarlo? -Espero que el Bundespost nos facilite la informaci'on. Posiblemente ma~nana. -?Has llamado a la... entidad del norte? ?Entidad del norte? ?Qu'e era eso? -?Te refieres a la entidad <>? -No, a la entidad del norte. Ya sabes: la residencia del se~nor Meade. Meade. Fort Meade. Deb'ia referirse a la National Security Agency. -No, pero he llamado a la entidad <>. -Bien. ?Mueven los gl'uteos o siguen sentados? -No lo s'e. Tal vez abran una investigaci'on, pero no me lo han asegurado. -Nunca lo hacen. Me pondr'e en contacto con ellos para ver si activamos un poco las cosas. Entretanto por qu'e no te pones en contacto con la entidad norte~na y procura que te decodifiquen esa direcci'on. Evidentemente. La NSA deb'ia de tener listas de todos los n'umeros de tel'efono y direcciones electr'onicas del mundo entero. Llam'e al centro nacional de seguridad inform'atica y habl'e con Zeke Hanson. -!Hola, Zeke! ?Recuerdas que me dijiste que la NSA no pod'ia ayudarme si el hacker proced'ia de Norteam'erica? -Efectivamente. -Pues bien, procede de Europa. -?Quieres decir que has estado persiguiendo a un extranjero por Milnet? -As'i es. -Te llamo inmediatamente. Ya me hab'ia acostumbrado a que me obligaran a colgar y me devolvieran la llamada. Puede que los polis utilicen l'ineas telef'onicas de seguridad o que supongan que los llamo desde una cabina. Por quinta vez describ'i c'omo hab'ia pasado el fin de semana. Zeke escuchaba con mucha atenci'on, evidentemente tomando notas. -?Crees que el hacker est'a cumpliendo una misi'on? -No puedo afirmarlo. Pero sospecho que archiva la informaci'on. -?Por qu'e no me mandas una lista de las claves que ha estado buscando? -Encantado, pero hoy estoy algo ocupado. Intento averiguar la direcci'on electr'onica que corresponde a ese n'umero de DNIC alem'an. Estar'ia perfectamente dispuesto a intercambiar informaci'on. -?Quieres decir que me mandar'as las copias del tr'afico, a cambio de esa direcci'on? -Exacto. En mi opini'on es un buen trato. Si me limitaba a preguntarle la direcci'on por las buenas, estaba seguro de que se negar'ia. No funcion'o. Zeke se mantuvo en sus trece. -Absolutamente imposible. Ni siquiera puedo confirmarte que dispongamos de esa informaci'on. !Mala suerte! Tendr'ia que decodificar la direcci'on de otro modo. Tambi'en era muy frustrante. Las agencias secretas no dejaban de preguntarme detalles, pero nadie me contaba nada. Tanta actividad me dej'o agotado, pero repleto de esperanza. Esta localizaci'on en Alemania abr'ia diversas puertas. Los fantasmas ya no pod'ian calificar el caso de insignificante trastorno nacional. Puede que fuera insignificante, si bien con toda seguridad no era nacional. 33 Hab'ia derribado un nido de avispas. Durante los pr'oximos d'ias no dejaba de sonar el tel'efono. Los fantasmas llamaban persistentemente preguntando por detalles t'ecnicos: ?C'omo se conecta desde Europa a los ordenadores militares? ?Pod'ia demostrar que el hacker proced'ia de Alemania? ?D'onde se enteraba de las contrase~nas? ?C'omo se hab'ia convertido en superusuario? Sin embargo, a la OSI de las fuerzas a'ereas, lo que le preocupaba era c'omo proteger Milnet. ?Hab'ia logrado el hacker infiltrarse en tal o cual lugar o red? ?A qu'e tipo de ordenadores atacaba? ?Se le controlar'ia cerr'andole las puertas del Lawrence Berkeley Laboratory? Por fin llam'o Steve White. Hab'ia recibido un conciso mensaje del director de la red alemana Datex: <> Nuestro c'irculo se cerraba lentamente. Fui una vez m'as a la biblioteca a consultar el atlas. Bremen era una ciudad portuaria del norte de Alemania, famosa por sus pinturas medievales y por su ayuntamiento. Durante unos instantes me traslad'e mentalmente al otro lado del Atl'antico... Aquellos lugares pertenec'ian a los libros de historia. Despu'es de hablar con Steve recib'i una llamada de Mike Muuss, del Ballistics Research Laboratory. El ej'ercito ten'ia un laboratorio de investigaci'on y desarrollo en Aberdeen, Maryland, que era uno de los 'ultimos laboratorios gubernamentales, que no subcontrataba la investigaci'on a empresas privadas. Mike era el mandam'as de sus ordenadores. Mike Muuss es famoso en la comunidad Unix como pionero de las redes y como creador de programas elegantes, en sustituci'on de otros torpes. Seg'un 'el, los buenos programas no se escriben ni construyen; crecen. Es un atleta bigotudo de metro noventa, incre'iblemente tenaz, intenso y obsesivo. Mike hab'ia trabajado lo suyo con antiguas versiones del Unix, all'a por los a~nos setenta. Cuando Mike habla, los dem'as expertos le escuchan. -El domingo detectamos a Joe Sventek husmeando por nuestro sistema -dijo Mike Muuss-. Cre'i que estaba en Inglaterra. ?Se conocen todos los magos entre ellos? ?Ser'a telepat'ia? -As'i es -respond'i-. A quien detectasteis es a un hacker que se hac'ia pasar por Joe. -Al'ejale de la red. Dale una patada en el culo. -No creo que cerrarle las puertas de mi ordenador baste para detenerle -expliqu'e, como lo hab'ia ya hecho tantas veces. -Comprendo. Se ha introducido en muchos ordenadores, ?no es cierto? -comprendi'o Mike. Pasamos aproximadamente una hora charlando, durante la cual procur'e ocultar mi ignorancia. Mike supon'ia que yo conoc'ia Eniac, el primer gran ordenador del mundo. -S'i, lo ten'iamos aqu'i, en el Ballistic Research Laboratory. En mil novecientos cuarenta y ocho. Diez a~nos antes de que yo naciera. Eniac pod'ia haber sido el primer ordenador del mundo en su g'enero, pero desde luego no el 'ultimo. En la actualidad el ej'ercito utiliza un par de superordenadores Cray, los m'as r'apidos del mundo. -Si quieres saber c'omo ser'a el ej'ercito en el dos mil diez -dijo Mike, sin excesiva modestia-, no tienes m'as que mirar hoy en mis ordenadores. Est'a todo aqu'i. Exactamente lo que el hacker andaba buscando. Poco despu'es llam'o Chris McDonald, de White Sands. Hab'ia detectado tambi'en a alguien hurgando en sus cerraduras y quer'ia saber lo que nos propon'iamos hacer al respecto. -Nada -le respond'i-. Nada hasta capturar a ese cabr'on. Considerar siquiera las posibilidades de descubrir el domicilio del hacker, era una bravuconada por mi parte. El hacker hab'ia intentado intruducirse sin permiso en ochenta ordenadores y dos administradores de sistemas le hab'ian detectado. Supongamos que alguien se paseara por una ciudad intentando forzar las puertas de las casas. ?Cu'antos intentos tendr'ia que realizar antes de que alguien llamara a la polic'ia? ?Cinco casas? ?Diez? Pues bien, gracias al hacker yo conoc'ia la respuesta. En las redes inform'aticas, podemos llamar a cuarenta puertas antes de que alguien se d'e cuenta de ello. Con tan escasa protecci'on, nuestros ordenadores son v'ictimas propiciatorias. Casi nadie vigila a los intrusos. Mi propio laboratorio era tan ciego como los dem'as. El hacker se hab'ia infiltrado en el ordenador, convertido en administrador de sistemas y utilizado mi Unix a sus anchas, antes de ser detectado. E incluso entonces s'olo le hab'iamos descubierto accidentalmente. Parec'ia improbable que los profesionales de la inform'atica detectaran a los hackers en sus sistemas. Tal vez podr'ian hacerlo, pero nadie los buscaba. De modo que resultaba 'util seguir analizando las cuentas telef'onicas de Mitre. Era evidente que el hacker hab'ia llamado a la TRW de Redondo Beach y hab'ia pasado horas conectado a su ordenador. La TRW es una empresa de material defensivo que tiene contratos con las fuerzas a'ereas y con la NASA. Cuando llam'e a Howard Siegal, de las instalaciones de procesamiento de se~nales de la TRW, nunca hab'ia o'ido nada al respecto. -Es imposible que haya un hacker en nuestro sistema. Nuestras instalaciones est'an bien protegidas. Por definici'on, lo estaban. No era la primera vez que lo o'ia. -S'olo para satisfacer mi curiosidad, ?te importar'ia verificar la contabilidad de los dos 'ultimos meses? Accedi'o, aunque no esperaba volver a o'ir hablar de 'el. Sin embargo, al d'ia siguiente por la ma~nana llam'o para comunicarme las malas noticias. -Ten'ias raz'on -dijo Howard-. Alguien se ha infiltrado en nuestro sistema, pero no estoy autorizado a hablar del tema. Vamos a cerrar todos los accesos a nuestro ordenador. Se neg'o a revelar las pruebas que le hab'ian hecho cambiar de opini'on y tambi'en a decirme si el hacker se hab'ia convertido en superusuario. Mencion'e la TRW a mis amigos del observatorio Keck. -!Diablos! -exclam'o Terry Mast, levantando las cejas-. Es la empresa constructora del KH-11. Un momento: no era la primera vez que o'ia lo del KH-11. El s'abado hab'ia visto c'omo el hacker buscaba aquellas siglas. -Dime, Terry: ?qu'e es el KH-11 ? -Un sat'elite de espionaje. Un sat'elite secreto. KH son las iniciales de Key Hole. Es el und'ecimo de la serie, ahora ya desfasado. -Supongo que superado por el KH-12. -Efectivamente. Con un presupuesto totalmente desbordado, como de costumbre. Ambos proyectos son estrictamente secretos. El secreto multiplicaba autom'aticamente los costes de cualquier proyecto. Al cabo de unos d'ias recib'i una llamada de Steve White, de Tymnet. El Bundespost alem'an hab'ia llegado a la conclusi'on de que el hacker proced'ia de la Universidad de Bremen. La direcci'on correspond'ia a un ordenador Vax, no a una l'inea telef'onica, pero la universidad no sab'ia nada de ning'un hacker. Al parecer dudaban de que hubiera podido introducirse en su ordenador. No me sorprend'ia: lo hab'ia o'ido ya muchas veces. Veremos lo que opinan en un par de d'ias, pens'e. Un ordenador Vax en una universidad. Lo m'as probable en una universidad es un estudiante. Me pregunt'e si mi intuici'on visceral me habr'ia traicionado: ?ser'ia posible que a quien persegu'ia no fuera m'as que un forofo bromista? Al hablar con la CIA y la NSA, hab'ia tenido la precauci'on de se~nalar dicha posibilidad. Por si no bastaba con que yo perdiera el tiempo en dicha b'usqueda, no quer'ia que los fantasmas se prepararan para entrar en batalla y se encontraran con un adolescente armado con un tirachinas. Pero los polis me formulaban preguntas especulativas. -?Podr'ias caracterizar la experiencia inform'atica de ese individuo? -pregunt'o Zeke, de la NSA. Eso era f'acil de evaluar. Bastaba con observar lo que hab'ia hecho y calificar su aptitud. -?Qu'e edad tiene? ?Es profesional o aficionado? S'olo pod'ia avanzar una opini'on. El hacker nunca hab'ia revelado su edad, peso, ni ocupaci'on. Todos los que me llamaban quer'ian noticias sobre el hacker, aunque no tuvieran ning'un inter'es en resolver el caso. En mi cuaderno de bit'acora estaba toda la informaci'on, pero llevaba ya m'as de cincuenta p'aginas escritas. A fin de librarme de las incesantes llamadas, escrib'i una nota describiendo lo que sab'ia sobre el hacker. Al reunir mis observaciones, quiz'a lograr'ia esbozar sus caracter'isticas. Algunas de sus preguntas ten'ian una respuesta inequ'ivoca: los objetivos del hacker eran los militares y las empresas que fabricaban material defensivo; adivinaba y robaba contrase~nas; trabajaba habitualmente de noche, hora alemana. Otras respuestas se desprend'ian de la observaci'on indirecta: parec'ia tener menos de treinta a~nos, a juzgar por su experiencia con los sistemas Unix y VMS; probablemente hab'ia terminado sus estudios universitarios, puesto que trabajaba incluso durante las vacaciones; y s'olo un fumador elegir'ia Benson & Hedges como contrase~na. Estaba persiguiendo s'olo a uno o dos individuos a lo sumo. Esto se deduc'ia de que en mi sistema ten'ia cuatro cuentas robadas y, sin embargo, hab'ia elegido la misma contrase~na para todas ellas. De haber sido m'as de dos los implicados, habr'ian elegido distintas contrase~nas. Al describirle, tuve la impresi'on de que era un individuo met'odico y diligente. Hac'ia m'as de seis meses que estaba en activo y, a juzgar por algunos datos de Mitre, tal vez casi un a~no. No le importaba dedicar un par de horas del domingo por la noche a intentar adivinar las contrase~nas de ordenadores militares: un trabajo pesado y aburrido. La NSA no dejaba de cuestionar mis conclusiones. -Si es tan met'odico -pregunt'o Zeke-, ?c'omo sabes que lo que persigues no es simplemente un programa? Esto me dej'o desconcertado. Zeke me hizo dudar sobre algo que no se me hab'ia ocurrido. ?Pod'ia demostrar que estaba persiguiendo a una persona verdadera? En otra 'epoca supon'ia que los hackers inform'aticos eran verdaderos genios, que buscaban formas creativas de construir nuevos programas. 'Este era un individuo paciente y met'odico que probaba repetidamente los mismos trucos. Una conducta propia de un programa inform'atico. Supongamos que alguien hubiera programado un ordenador para que intentara conectar met'odicamente con otro centenar de ordenadores. Lo 'unico que necesitar'ia ser'ia un ordenador dom'estico con un modem; la programaci'on ser'ia bastante simple. Podr'ia adivinar contrase~nas (como <> y <>) con la misma facilidad de un ser humano. Y podr'ia funcionar toda la noche sin la ayuda de nadie. Moment'aneamente me sent'i presa del p'anico. ?Pod'ia demostrar que aqu'el no fuera el caso? Por supuesto. Mi hacker comet'ia errores. Equivocaciones mecanogr'aficas ocasionales. -No cabe duda de que hay un ser humano al teclado -asegur'e a Zeke-, que no es un perfecto mecan'ografo. -?Tienes la seguridad de que el hacker est'a en el mismo pa'is que el ordenador? Era indudable que Zeke dominaba la situaci'on. Sus preguntas me obligaban a reflexionar. Estaba observando a alguien y present'ia que se encontraba en Alemania. Pero no hab'ia ninguna raz'on que le impidiera estar en Australia, conectado a un ordenador alem'an. La alarma de mi localizador interrumpi'o mi respuesta. El hacker hab'ia regresado. -!Debo dejarte, Zeke! Fui corriendo por el pasillo hasta la sala de conexiones. All'i estaba, empezando a conectar. Llam'e inmediatamente a Tymnet, pero cuando localic'e a Steve White, el hacker ya hab'ia desconectado. Tiempo total de conexi'on: treinta segundos. !Maldita sea! A lo largo de toda la semana, las conexiones del hacker hab'ian sido de un minuto o dos a lo sumo. En cada ocasi'on sonaba la alarma de mi localizador y me sub'ia la adrenalina. Pero era imposible localizar conexiones tan breves. Diez minutos, seguro; cinco, tal vez; pero uno no bastaba. Afortunadamente, a Steve no le importaban mis azarosas llamadas y en cada ocasi'on me aclaraba alg'un nuevo aspecto del sistema de conexiones de Tymnet. Pero hoy Steve mencion'o que el Bundespost hab'ia hablado con la Universidad de Bremen. Despu'es de una meticulosa inspecci'on, los t'ecnicos inform'aticos de aquella universidad hab'ian descubierto a un usuario privilegiado. -Un experto ha creado una cuenta para s'i mismo y le ha otorgado privilegios de root. Su 'ultima aparici'on tuvo lugar el seis de diciembre y ha borrado todas las huellas del sistema de logs. Sonaba familiar. A decir verdad, cuanto m'as lo le'ia, m'as revelador me parec'ia. Deduje que el sistema operativo de Bremen era Unix, en lugar de VMS; en los ordenadores Unix se habla de acceso <>, mientras que en los VMS se llaman privilegios de <>. El mismo concepto, con jerga diferente. Entretanto, el Bundespost hab'ia identificado la cuenta utilizada por el hacker para sus conexiones transatl'anticas y hab'ia instalado una trampa en la misma. La pr'oxima vez que alguien la utilizara, localizar'ian la llamada. El t'ecnico del Bundespost cre'ia que la cuenta pod'ia ser robada. Pero en lugar de preguntar al propietario si hab'ia autorizado a alguien para que realizara llamadas a Norteam'erica, la vigilar'ian discretamente para ver lo que ocurr'ia. Los alemanes no permanec'ian impasibles. La universidad vigilar'ia la cuenta sospechosa, mientras el Bundespost observaba la actividad de la red. Cada vez era mayor el n'umero de ratoneras bajo observaci'on. Antes de transcurrida una hora, Steve recibi'o otro mensaje de Alemania: la Universidad de Bremen cerrar'ia sus ordenadores durante tres semanas: las vacaciones de Navidad. Puede que esto fuera una buena noticia. Si el hacker no aparec'ia durante las vacaciones, significar'ia que probablemente era de Bremen. Pero si prosegu'ia a pesar del descanso, tendr'ia que elegir otra ruta..., que tal vez nos conducir'ia directamente a 'el. El hacker estaba a escasos minutos de Berkeley. Ahora nosotros est'abamos a un par de semanas de 'el. 34 Diciembre era la 'epoca de imprimir postales navide~nas y nos reunimos todos los coinquilinos para nuestra expresi'on gr'afica anual. Martha dibuj'o los dise~nos y Claudia y yo cortamos las placas de serigraf'ia. A fin de no ofender a ning'un fan'atico, optamos por postales astron'omicas: !feliz solsticio de invierno! -Nuestra forma de hacer postales es igual que la tuya de perseguir hackers -dijo Martha. -?C'omo? -Improvisada -coment'o-. No como lo har'ian los profesionales, pero no obstante satisfactoria. Me pregunt'e c'omo lo har'ia un verdadero profesional para atrapar a aquel hacker. Pero, por otra parte, ?qui'enes eran los profesionales? ?Hab'ia alguien especializado en perseguir a la gente que se infiltra clandestinamente en los ordenadores? Yo no los hab'ia encontrado. Hab'ia llamado a todas las agencias imaginables, pero nadie se hab'ia hecho cargo del caso. Ni siquiera me hab'ian aconsejado. No obstante, el FBI, la CIA, la OSI y la NSA estaban todos fascinados. Un extranjero se dedicaba a sustraer informaci'on de las bases de datos estadounidenses. El caso estaba perfectamente documentado no s'olo por mi cuaderno, sino por una enorme cantidad de copias impresas, seguimientos telef'onicos y direcciones inform'aticas. Mi estaci'on de vigilancia funcionaba permanentemente; las perspectivas de capturar al culpable parec'ian buenas. Pero nadie aportaba un c'entimo para ayudarme. Mi sueldo proced'ia de las subvenciones de f'isicos y astr'onomos, y la direcci'on del laboratorio me presionaba para que me concentrara en los sistemas, en lugar del contraespionaje. A 13000 kil'ometros de distancia un hacker merodeaba por nuestras redes. A 5000 kil'ometros en direcci'on este, ciertos agentes secretos analizaban mis 'ultimos informes. Pero en el segundo piso de mi edilicio, mis jefes quer'ian darlo todo por finalizado. -Cliff, hemos decidido abandonar el caso -dijo Roy Kerth-. S'e que te falta poco para descubrir al hacker, pero el presupuesto ya no da m'as de s'i. -?S'olo dos semanas m'as, hasta el d'ia de A~no Nuevo? -No. Claus'uralo ma~nana. Por la tarde, cambia todas las contrase~nas. En otras palabras, cierra la puerta y echa el cerrojo. !Maldita sea! Tres, casi cuatro meses de trabajo desperdiciado. Y precisamente cuando las perspectivas parec'ian halag"ue~nas. Menuda frustraci'on. El hacker pod'ia ocultarse, pero no deshacerse de m'i. Los 'unicos que pod'ian obligarme a abandonar la persecuci'on eran mis propios jefes. Precisamente cuando nos acerc'abamos a aquel cabr'on. Tambi'en era deprimente. Al hacker no le resultar'ia dif'icil volver a las andadas. Seguir'ia deambulando por las redes e infiltr'andose donde pudiera. A nadie le importaba. Empec'e a organizar la retirada de las contrase~nas de todos los usuarios. No era dif'icil: s'olo hab'ia que reconstruir el archivo de contrase~nas. Pero ?c'omo se comunican las nuevas a mil doscientos cient'ificos? ?Se los re'une a todos en una misma sala? ?Se llama a cada uno de ellos por tel'efono? ?Se les manda una nota por correo? Segu'ia perplejo, cuando llam'o Mike Gibbons del FBI. -S'olo llamo para comprobar hasta d'onde ha llegado la localizaci'on. -Bremen -le respond'i-. Una universidad de aquella localidad. -?Entonces se trata de un estudiante? -No necesariamente. Pero nunca lo sabremos. -?Por qu'e no? -LBL cierra sus puertas. Ma~nana. -No puedes hacer eso -exclam'o el agente del FBI-. Vamos a abrir una investigaci'on. -Mi jefe cree que s'i puede. -Dile que ya nos hemos puesto en contacto con gente en Europa. Por lo que m'as quieras, no lo abandones ahora. -No est'as hablando con la persona indicada, Mike. -De acuerdo. ?Cu'al es el n'umero de tel'efono de tu jefe? No estaba dispuesto a someterme al furor de Roy Kerth, solicitando otra pr'orroga. Si el FBI deseaba realmente que sigui'eramos abiertos, que hablaran ellos con el jefe. Adem'as, a m'i nadie me prestaba ayuda. Lo 'unico que esas ostentosas agencias de tres siglas hac'ian permanentemente era pedirme informaci'on. Todos quer'ian copias de mi agenda y de las sesiones. Cada vez que conclu'iamos un seguimiento, cuatro o cinco personas exig'ian saber adonde hab'ia conducido. 'Esta era la verdad del trato con la burocracia: todos quer'ian estar al corriente de nuestros descubrimientos, pero nadie se hac'ia responsable. Nadie se ofrec'ia voluntario para servir de enlace, de centro de recopilaci'on y distribuci'on de informaci'on. El proyecto hab'ia empezado conmigo en el centro del mismo y al parecer as'i continuar'ia. Por otra parte, el hecho de que nadie me dijera lo que deb'ia hacer, me permit'ia arriesgarme, por ejemplo permaneciendo abierto a un hacker que pod'ia borrar, en un par de segundos, todo el contenido de mi ordenador. Pod'ia actuar como un aut'entico hombre orquesta, igual que en la universidad; cuando algo vale la pena, se hace para uno mismo y no para satisfacer a alg'un mecenas. Si por lo menos pudiera sacarme de encima a Kerth y a sus secuaces... El FBI se ocup'o de ello. Mike Gibbons habl'o con Roy Kerth. No estoy seguro de lo que le dijo, pero al cabo de media hora Roy me autoriz'o a permanecer abierto un par de semanas. -Por fin nos toman en serio -dijo Roy. -?Lo suficiente como para aportar fondos? -?Bromeas? Rescatados en el 'ultimo momento, permanecer'iamos abiertos, aunque s'olo fuera gracias a un acuerdo extraoficial. Dispon'ia de otro par de semanas para capturar al hacker. Quiz'a no necesitar'ia mucho m'as. El viernes 19 de diciembre, a la 1:38, apareci'o de nuevo el hacker. Pas'o un par de horas deambulando por Milnet. Un agradable viernes por la tarde, intentando adivinar las contrase~nas del Strategic Air Command, el European Milnet Gateway, el departamento de geograf'ia del ej'ercito en West Point y otros setenta ordenadores militares. Llegu'e junto a mis monitores en pocos segundos y llam'e a Steve White en Tymnet. Estaba por marcharse a su casa cuando son'o el tel'efono. -El hacker est'a en nuestro ordenador. Terminal l'ogica de Tymnet n'umero catorce. -De acuerdo -respondi'o Steve, mientras al fondo se o'ia ya el familiar tecleo-. !Ya lo tengo! -agreg'o al cabo de veinte segundos. En menos de un minuto, Steve hab'ia localizado la conexi'on desde California hasta Alemania. -?C'omo lo has logrado? -Ahora que s'e lo que buscas, he automatizado mi programa de localizaci'on -respondi'o con una carcajada-. Basta con que se lo ordene para que eche a volar. -?Qu'e lugar se~nala? -La llamada procede de la direcci'on 2624 DNIC 4511 gui'on 049136. -?Y eso qu'e significa? -Tendremos que pregunt'arselo al Bundespost, pero puedo anticiparte algo referente a la direcci'on. Los primeros d'igitos, 2624, significan Alemania. -Eso ya lo sabemos. -Los cuatro d'igitos siguientes, 4511, empiezan por cuatro. Esto quiere decir que el hacker llama desde una terminal p'ublica. -No lo comprendo. ?Qu'e diferencia hay entre 'esta y su 'ultima llamada? -En la llamada anterior le localizamos en un ordenador de la Universidad de Bremen. En aquella ocasi'on, los d'igitos eran 5421. El cinco significa que la llamada procede de un ordenador. Claro: la direcci'on estaba codificada, igual que los tel'efonos p'ublicos norteamericanos, cuya cuarta cifra siempre parece un nueve. -?De modo que la conexi'on no procede de la Universidad de Bremen? -pregunt'e. -Puedes estar seguro de ello. Pero tambi'en sabemos algo m'as. Nos consta que el hacker llega por una terminal telef'onica. Llama desde un tel'efono local. -?Conoces su n'umero? -No, pero el Bundespost puede averiguar a qu'e n'umero ha llamado. El descubrimiento de Steve nos permiti'o avanzar un nuevo paso. El hacker no pod'ia ocultarse tras la Universidad de Bremen. -?Cu'ando conoceremos la ubicaci'on de esta direcci'on electr'onica? -Creo que no tardaremos. He pedido a Wolfgang que lo averig"ue. -?Qui'en es 'ese? -Wolfgang Hoffman. El administrador de la red Datex en Alemania. -?Est'as hablando con 'el por tel'efono? -Claro que no -respondi'o Steve-. Nos mandamos mutuamente mensajes electr'onicos. Deb'ia haberlo imaginado. -?Y no ha decodificado la direcci'on de hoy? -As'i es. Hasta que el Bundespost la decodifique, no podemos hacer gran cosa... Un momento, aqu'i aparece algo..., es un mensaje desde Alemania. Al parecer Steve ten'ia una l'inea directa con Europa e intercambiaba mensajes de pa'is en pa'is, como yo lo hac'ia de un despacho a otro. -Wolfgang dice que el hacker procede de una terminal telef'onica -agreg'o Steve, traduciendo la nota-. Ha llamado por tel'efono. -Eso ya lo sab'iamos. -S'i, pero no ha llamado desde Bremen. Hoy lo ha hecho desde Hannover. -?Entonces d'onde est'a? ?En Bremen o en Hannover? -Wolfgang no lo sabe. Por lo que sabemos, podr'ia llamar desde Par'is. De nuevo a la biblioteca. En el atlas comprob'e que la ciudad de Hannover estaba a unos 130 kil'ometros al sur de Bremen. Parec'ia una gran ciudad, de unos quinientos mil habitantes. La informaci'on propia de una gu'ia tur'istica. ?Ser'ia un estudiante de Bremen que llamaba a Hannover? Parec'ia improbable. Incluso con la universidad cerrada, habr'ia podido llamar perfectamente a las terminales de Datex en Bremen. Un estudiante de Bremen no har'ia una llamada de larga distancia a Hannover. Claro que, cuando cierra la universidad, los estudiantes se van a su casa. ?Estar'ia siguiendo a un universitario, en casa de vacaciones? Pero no ten'ia la sensaci'on de que fuera estudiante. Los universitarios no se concentran en un mismo tema a lo largo de seis meses. Lo que buscan en los ordenadores son juegos y programas de estudios, no contrase~nas militares. Adem'as, si se tratara de un estudiante, ?no dejar'ia alg'un tipo de firma o broma, alguna indicaci'on de que nos estaba tomando el pelo? Y si no era estudiante, ?por qu'e llamaba desde dos lugares distintos en Alemania? Puede que conociera alg'un m'etodo para llamar a larga distancia a Hannover; tal vez un ordenador desprotegido o una tarjeta de cr'edito robada. Ayer estaba en Bremen. Hoy en Hannover. ?D'onde se esconder'ia ma~nana? Lo 'unico que pod'ia hacer era seguir observ'andole discretamente. Hab'ia esperado cuatro meses. Pod'ia esperar un poco m'as. 35 -Necesitas una orden judicial alemana -dijo Steve White, que me llamaba desde Tymnet. Acababa de recibir un mensaje de Wolfgang Hoffman, del Bundespost alem'an. Wolfgang estaba muy interesado en perseguir al hacker, pero necesitaba apoyo jur'idico para intervenir las l'ineas. -?C'omo consigo una orden judicial en Alemania? -pregunt'e a Steve. -No lo s'e, pero el Bundespost dice que ma~nana lo consultar'an al tribunal de Hannover. Esto era una buena noticia. En alg'un lugar de Alemania, Wolfgang Hoffman hab'ia puesto las ruedas en movimiento. Con un poco de suerte obtendr'ian las debidas 'ordenes judiciales, efectuar'ian un par de seguimientos y detendr'ian al roedor. -Cuando el hacker d'e se~nales de vida -dijo Steve White, con menor entusiasmo-, los alemanes tendr'an que efectuar un seguimiento en las redes de Datex, averiguar el n'umero al que llama el hacker y entonces localizar la l'inea telef'onica en cuesti'on. Suspir'e s'olo de pensar en mis seguimientos en Berkeley y en Virginia. A no ser que Wolfgang y su equipo fueran pacientes, competentes e inteligentes, el hacker se les escabullir'ia. Demasiados imponderables. El hacker pod'ia ser de otro pa'is. Cab'ia la posibilidad de que llamara desde otra ciudad, oculto tras la amplia red telef'onica. Tal vez el juez no conceder'ia las necesarias 'ordenes judiciales. O tambi'en era posible que el hacker se oliera lo que estaba ocurriendo y comprendiera que alguien le segu'ia la pista. Wolfgang mand'o otro mensaje: <> -Cuando utilizamos Tymnet o Datex -aclar'o Steve-, alguien paga por el servicio. Para utilizar la red, hay que dar el n'umero y la clave de la cuenta del usuario. Los alemanes averiguar'an qui'en paga las llamadas del hacker. Cuando les comuniquemos que el hacker est'a en activo, no s'olo inspeccionar'an la red sino que averiguar'an el nombre del que paga la llamada. Lo comprend'i perfectamente. Si el hacker hab'ia robado una cuenta y un nombre ajenos, se le acusar'ia de robo y no ser'ia dif'icil obtener una orden judicial. Por otra parte, si pagaba sus propias llamadas, ser'ia f'acil obtener su nombre y la orden judicial ser'ia innecesaria. Puede que ni siquiera tuvieran que intervenir su tel'efono. No cab'ia duda de que ese Wolfgang era un tipo listo. Buscaba atajos para ahorrarse seguimientos telef'onicos y, al mismo tiempo, recopilaba pruebas contra el hacker. El s'abado d'ia 20 de diciembre Steve llam'o a mi casa. Martha me ech'o una mala mirada, porque se me enfriaba la comida. Steve acababa de recibir otro mensaje de Alemania. El Bundespost se hab'ia puesto en contacto con el fiscal de Bremen, herr Staatsanwalt von Bock. (Aqu'el s'i que era un nombre aristocr'atico, pens'e.) El mensaje de Alemania dec'ia as'i: <> ?Qu'e es un departamento criminal estadounidense de alto nivel? ?La mafia? Sea lo que sea, ten'ia que empezar a movilizar gente. Llam'e a mi jefe, Roy Kerth, que se limit'o a observar de mala gana que los alemanes hab'ian tardado seis meses en descubrir el problema. -Si fueran medianamente competentes -agreg'o-, a estas alturas el hacker estar'ia en la c'arcel. Para atrapar a ese reptil era preciso unir nuestros esfuerzos. La ira de mi jefe no fomentaba la armon'ia, ?c'omo pod'ia favorecer la cooperaci'on internacional? Puede que lo mejor fuera hablar con nuestra asesora jur'idica. Aletha Owens sab'ia lo que hab'ia que hacer. -Llamar'e a Alemania y hablar'e directamente con ellos -dijo-. Probablemente querr'an hablar con alguien del FBI, pero pondr'e la pelota en juego. -Sprechen Sie Deutsch? -Hace veinte a~nos que no lo pr'actico -respondi'o Aletha-, pero repasar'e mis viejas cintas de la Berlitz. El domingo por la ma~nana recib'i una llamada de Aletha. -Resulta que no hablo tan mal el alem'an. Tengo algunos problemas con el futuro, pero salgo adelante. No est'a mal. -S'i, pero ?que has averiguado? -Pues un mont'on de cosas sobre los verbos reflexivos y... -?Algo sobre el hacker? -!Ah, eso! !Pues, s'i! -respondi'o Aletha, adoptando un tono c'omicamente ret'orico-. El fiscal alem'an del estado es un caballero sumamente amable, que cree tanto en la protecci'on de la libertad como de la propiedad. Por consiguiente, necesita una solicitud oficial para abrir una investigaci'on. -?De qui'en debe proceder esa solicitud? -Del FBI. Tenemos que pedir a los del FBI que se pongan en contacto con sus hom'ologos alemanes. O, mejor dicho, t'u debes hacerlo, puesto que yo me marcho la semana pr'oxima. Yo era quien deb'ia ocuparse de que el FBI llamara a los alemanes para que abrieran una investigaci'on. !Magn'ifico, otra oportunidad de que me mandaran a fre'ir esp'arragos! Dej'e un mensaje para Mike Gibbons, en la oficina del FBI de Alexandria, en Virginia. Asombrosamente, Mike me llamo al cabo de diez minutos desde Colorado. -!Hola, Cliff! Conf'io en que se trate de algo importante. -Lamento molestarte, pero el fiscal alem'an necesita hablar con alguien del FBI. Hemos localizado la fuente de nuestros problemas en Hannover. -No puedo hacer nada esta noche -respondi'o Mike-. Adem'as, no tengo ning'un documento aqu'i conmigo. En teor'ia, el representante del FBI en Alemania se pondr'ia en contacto con su hom'ologo alem'an y, a partir de aqu'i, empezar'ian a progresar las cosas. Mike dijo que el individuo en cuesti'on, el agregado jur'idico estadounidense, viv'ia en Bonn y se ocupaba de las comunicaciones entre ambos pa'ises. En cierto sentido representaba al FBI en Alemania. A lo largo de los pr'oximos meses oir'ia hablar con frecuencia del agregado jur'idico estadounidense. Nunca llegu'e a conocer su nombre, pero le ech'e un mont'on de maldiciones. -El caso encaja perfectamente en el decreto de fraude inform'atico -dijo Mike al d'ia siguiente, despu'es de consultar el c'odigo penal-. Es pan comido. -Ten en cuenta que ese individuo nunca ha pisado suelo norteamericano -coment'e-. ?C'omo puedes acusar a alguien en otro pa'is? -Lo m'as probable es que no le deporten, si es eso a lo que te refieres. Pero podemos presentar cargos y conseguir que le manden a una c'arcel alemana, especialmente si sus leyes son semejantes a las nuestras. -?Qu'e probabilidades hay de que el FBI abandone el caso? -Ninguna, si de m'i depende -afirm'o Mike-. Tendremos que trabajar con abogados del Departamento de Justicia, pero eso no supone ning'un problema. No estaba todav'ia convencido. Para m'i el caso era evidente, pero demasiado complejo para describ'irselo a un abogado criminalista. -?Puedo hacer algo que te sirva de ayuda? -Ahora que lo mencionas, ?podr'ias escribir una biograf'ia resumida del hacker? Ya comprendes a lo que me refiero: esbozar sus caracter'isticas y describir al individuo que buscamos. Por ejemplo, sus horarios habituales de trabajo, aspectos en los que es experto y cualquier idiosincrasia. Sin especulaciones, pero procurando identificarle. He aqu'i un proyecto 'util, gracias al cual dejar'ia a Mike tranquilo durante unos d'ias. Examin'e mis notas y esboc'e un perfil de mi hacker. El proyecto deb'ia haberme servido para no meterme en l'ios unos cuantos d'ias, pero los problemas llegaron de otro frente. Alguien de la NSA hab'ia hablado de mi investigaci'on en el Departamento de Energ'ia, a quienes molest'o no haberlo sabido antes y de un modo m'as directo. -El DOE se dispone a penalizarnos por no haberles hablado del incidente -me dijo Roy Kerth en el pasillo. -Pero se lo dijimos -protest'e- hace m'as de dos meses. -Demu'estralo. -Por supuesto. Est'a escrito en mi cuaderno de bit'acora. Puesto que Roy quiso comprobarlo personalmente, nos acercamos a mi Macintosh y saqu'e el cuaderno. Efectivamente, seg'un mi agenda, el 12 de noviembre hab'ia informado al DOE. Hab'ia escrito un resumen de la conversaci'on, en el que hab'ia incluso un n'umero de tel'efono. Las quejas del DOE eran infundadas, pues pod'iamos demostrar que se lo hab'iamos comunicado. Salvado gracias a mis notas. Es igual que observar a trav'es del telescopio: si no se deja constancia de ello, es como si no hubiera ocurrido. Es evidente que se necesitan potentes telescopios y ordenadores, pero si las observaciones no se registran en un cuaderno no sirven de gran cosa. El 30 de diciembre mi localizador me despert'o a las cinco de la madrugada y llam'e instintivamente a Steve a su casa. No se alegr'o de o'ir mi voz. -El hacker ha entrado en acci'on. -Me has despertado en medio de un sue~no. ?Est'as seguro de que es 'el? Su acento brit'anico no ocultaba su enojo. -No estoy seguro, pero lo averiguar'e en un minuto. -De acuerdo. Comenzar'e la operaci'on de seguimiento. Steve ten'ia mucha paciencia conmigo. Desde mi casa llam'e a mi ordenador Unix. !Maldita sea, no hab'ia ning'un hacker! Los electricistas hab'ian hecho sonar mi alarma al desconectar un ordenador cercano. Avergonzado, volv'i a llamar a Steve. -Oye, Cliff: no encuentro a nadie conectado a tu ordenador -me dijo, todav'ia medio dormido. -Lo s'e. Ha sido una falsa alarma. Lo siento. -No te preocupes. Otra vez ser'a, ?de acuerdo? He aqu'i un tipo maravilloso. Si alguien a quien jam'as hab'ia visto, me sacara de la cama para perseguir a un fantasma en un ordenador... Afortunadamente, Steve era el 'unico que hab'ia o'ido mi falsa alarma. ?Qu'e habr'ia ocurrido con mi credibilidad si hubiera avisado a los alemanes o al FBI? De ahora en adelante verificar'ia dos veces todas las llamadas. 36 El d'ia de Nochevieja nos sorprendi'o, a m'i y a un grupo de amigos, junto a la chimenea, saboreando un batido de huevo y cerveza, y oyendo las explosiones de los cohetes que lanzaban en la calle los imb'eciles del barrio. -Debemos darnos prisa -dijo Martha- si no queremos perdernos la verbena. En San Francisco se celebraba una verbena en toda la ciudad, para dar la bienvenida a 1987, estimular el orgullo c'ivico de sus habitantes y como alternativa a los m'ultiples accidentes que sol'ian causar los conductores borrachos. Hab'ia m'usica, baile, teatro y comedia en una docena de lugares dispersos por la ciudad, con un servicio de tranv'ias de un lugar a otro. Nos amontonamos siete personas en un Volvo desvencijado y avanzamos penosamente hacia el centro de San Francisco, en un estruendoso colapso de tr'afico. En lugar de tocar la bocina, los ocupantes de los autom'oviles tocaban trompetas y sirenas festivas por las ventanillas de sus veh'iculos. Por fin llegamos a la ciudad llena de luces, abandonamos el coche y nos dirigimos a un espect'aculo flamenco. Llegamos al distrito de la Misi'on, sector latino de la ciudad, y nos encontramos con una iglesia cat'olica llena de p'ublico impaciente. -Nos vemos obligados a retrasar el espect'aculo porque ninguna de las luces funciona -dijo la t'imida voz de un rostro que emergi'o entre las cortinas. Entre las protestas del p'ublico, Martha se puso en pie y me empuj'o hacia el escenario. Yo ten'ia todav'ia mi permiso de electricista y ella hab'ia colaborado muchas veces en la parte t'ecnica de producciones de aficionados. Detr'as del escenario, los <> de flamenco con sus vistosos atuendos fumaban y paseaban como tigres enjaulados, pataleando el suelo y mir'andonos con desconfianza. Martha comenz'o a desenredar un mont'on de cables entre bastidores, mientras yo localizaba el fusible fundido. Un r'apido cambio de fusibles y, !abracadabra!, se ilumin'o el escenario. Los artistas nos aplaudieron y vitorearon, y, en el momento en que Martha acab'o de enrollar cuidadosamente el 'ultimo cable y ajustar el cuadro de mandos, el presentador nos oblig'o a salir al escenario para darnos las gracias. Cuando logramos alejarnos de las candilejas, disfrutamos del espect'aculo flamenco; aquellos personajes nerviosos y ce~nudos que hab'iamos visto entre bastidores se convirtieron en elegantes y 'agiles bailarines. Cuando salimos subimos a un autob'us conducido por una viejecita que, tanto por su aspecto como por su lenguaje, recordaba a Annie del remolcador. Despu'es de maniobrar con soltura el veh'iculo por las abarrotadas calles, nos deposit'o frente a la sede feminista, en la calle Dieciocho, donde las damas de la orden Wallflower bailaban y narraban historias feministas y de protesta social. Una de las danzas era sobre WuShu, legendario mono chino que derrot'o a los avariciosos caudillos y devolvi'o la tierra a los campesinos. Desde mi palco reflexion'e acerca del acierto pol'itico de los monos. ?Era yo un pe'on de los caudillos? ?O un mono sabio que estaba de parte del pueblo? No estaba seguro y opt'e por no pensar en el hacker para disfrutar del espect'aculo. Por fin acabamos bailando al ritmo de una orquesta de blues, cuya vocalista, Maxine Howard, es una cantante sensacional y la mujer de mayor atractivo sexual en la historia de la humanidad. Empez'o a elegir gente entre el p'ublico para bailar con ella en el escenario, y entre todos vencimos las protestas de Martha para que subiera a las tablas. En pocos minutos, tanto ella como las dem'as v'ictimas vencieron el nerviosismo y pasaron a formar un conjunto bastante sincronizado, gesticulando al estilo de las Supremes. Nunca se me ha dado muy bien el baile, pero a eso de las dos de la madrugada me encontr'e dando brincos con Martha y levant'andola por los aires... Saturados finalmente de cultura y emoci'on, fuimos a acostarnos a casa de un amigo en el distrito de la Misi'on. Al cabo de lo que parec'ian pocos minutos, despu'es de colocar la cabeza sobre la almohada -aunque, en realidad, eran las nueve de la ma~nana siguiente-, me despert'o la alarma de mi localizador. ?C'omo? ?El hacker trabajando en el d'ia de A~no Nuevo? Pod'ia haber dejado que descansara. No pod'ia hacer gran cosa. Estuviera o no presente el hacker, no estaba dispuesto a llamar a Steve White por la ma~nana del d'ia de A~no Nuevo. Adem'as era dudoso que el Bundespost alem'an pudiera hacer gran cosa en un d'ia festivo. Y por si fuese, estaba a 16 kil'ometros del laboratorio. Me sent'ia apresado, mientras el hacker circulaba a sus anchas. Si se propon'ia irritarme, lo hab'ia logrado al entrar en acci'on, cuando yo no pod'ia hacer nada al respecto. Puesto que lo 'unico que pod'ia hacer era preocuparme, procur'e dormir. En los brazos de Martha no era dif'icil descansar. -!Vamos, cari~no! -susurr'o-. Dale vacaciones al hacker. Hund'i mi cabeza en la almohada. Con hacker o sin 'el, celebrar'iamos el A~no Nuevo. Alrededor de las doce, despu'es de pasar el resto de la ma~nana durmiendo, regresamos a casa. Claudia, que hab'ia pasado la noche vieja en la fiesta de unos millonarios, nos recibi'o con una sonata de viol'in. Martha le pregunt'o c'omo le hab'ia ido el trabajo. -!Deb'ias haber visto los canap'es! -respondi'o Claudia- Los contemplamos durante varias horas, antes de que alguien se diera cuenta de nuestra triste mirada y nos invitaran. Hab'ia un salm'on entero ahumado y caviar y fresas cubiertas de chocolate y... -Me refer'ia a la m'usica -interrumpi'o Martha. -!Ah! Interpretamos esa sonata tan popular de Mozart que hace patat'in, patatan. Y a continuaci'on nos pidieron cosas tan ramplonas como My Wild Irish Rose. Cre'i que me dar'ian n'auseas, pero despu'es de todo eran ciento veinticinco d'olares por dos horas de trabajo, estaba cerca de la casa de mi madre donde dej'e el perro y fui de compras a Santa Rosa... Martha mencion'o algo acerca del almuerzo. Est'abamos todos en la cocina amasando harina para hacer barquillos y preparando una ensalada de fruta, cuando son'o de nuevo la alarma de mi localizador. !Maldita sea, otra vez el hacker! Martha ech'o una exclamaci'on, pero casi no la o'i; fui corriendo junto a mi Macintosh y llam'e al laboratorio. All'i estaba efectivamente el hacker, utilizando la cuenta de Sventek. Parec'ia que estaba usando Milnet, pero no pod'ia estar seguro de ello hasta que llegara al laboratorio. Entretanto llam'e a Steve White, a Tymnet. No hubo tiempo de hacer nada: el hacker desapareci'o en menos de un minuto. Estaba practicando juegos de A~no Nuevo. Lo 'unico que pod'ia hacer era examinar sus huellas. Com'i apresuradamente los barquillos y me fui en mi bici al laboratorio, donde los jueguecillos del hacker hab'ian quedado registrados en mis impresoras. Escrib'i algunas notas, junto a sus 'ordenes: 4.2 BSD UNIX (Ibl-ux4) login: Sventek # El hacker inicia sessi'on como Sventek Password: Lblhack # y da su contrase~na actual 'Ultima conexi'on: Lunes, 29 de diciembre a las 13:31:43 en ttyi7 4.2 BSD UNIX #20: Viernes, 22 de agosto 20:08:16 PDT 1986 Z % telnet # Se dirige a Milnet y se conecta telnet> open Optimis # a la base de datos Militar Optimis ******OPTIMIS****** Para ayuda al usuario llamar al 698-5772, (AV)228 Usuario: ANONYMOUS # Inicia sesi'on como an'onimo Password: GUEST # y utiliza una contrase~na evidente Bienvenido a la base de datos Militar OPTIMIS Si utiliza estas bases de datos y le permiten ahorrar tiempo en alg'un proyecto o dinero al gobierno, o ambos, le rogamos mande un correo con los detalles al Comandante General LeClalr, comandante en jefe, OPTIMIS BIENVENIDO A OPTIMIS LA BASE DE DATOS FUE ACTUALIZADA POR ULTIMA VEZ EL 861024 A LAS 102724 Y CONTIENE 3316 DOCUMENTOS Esta base de datos es un extracto de AR 25-400-2, Modern Army Record-keeping System (MARKS) para ayudarle a identificar la informaci'on para clasificaci'on. Por favor introduzca una palabra o 'EXIT' / sdi # Buscando dato SDI La palabra "sdi" no fue # Pero no hay ninguno encontrada. Por favor introduzca una palabra o 'EXIT' / stealth # ?Algo sobre el bombardero Stealth? La palabra "stealth" no fue # No ha habido suerte encontrada. Por favor introduzca una palabra o 'EXIT' / sac # ?Mando a'ereo estrat'egico? La palabara "sac" no fue # Nada encontrada. !Diablos! El hacker se hab'ia introducido en una base de datos del ej'ercito en busca de proyectos secretos de las fuerzas a'ereas. Hasta un astr'onomo se habr'ia dado cuenta de que era absurdo. Pero no tard'o en reaccionar: Por favor introduzca palabra o "EXIT" / nuclear Gracias Hay 29 documento(s) con la palabra "nuclear" ARTICULO ======== MARCA ===== TITULO ====== 1 20-1f IG inspecciones (Cuartel general. Departamento del Ej'ercito) 2 50a Asuntos nucleares, qu'imicos y biol'ogicos de seguridad nacional 3 50b Control de armas nucleares, qu'imicas y biol'ogicas 4 50d F'ormulas estrat'egicas nucleares y qu'imicas 5 50e Asuntos pol'itico-militares nucleares y qu'imicos 6 50f Requisitos nucleares y qu'imicos 7 50g Capacidad nuclear y qu'imica 8 50h Desarrollos estructurales del escenario de fuerzas nucleares 9 50i F'ormulas presupuestarias guerra nuclear y qu'imica 10 50j Progeso e informes estad'isticos nucleares y qu'imicos 11 50k Programa defensivo nuclear, qu'imico y biol'ogico del ej'ercito 12 50m An'alisis de costes nocleares y qu'imicos 13 50n Informaci'on cient'ifica y t'ecnica de la defensa nuclear, qu'imica y biol'ogica 14 50p Comandancia nuclear de comunicaciones y control 15 50q Desmilitarizaciones qu'imica y nucleares 16 50r Planificaci'on qu'imica y nuclear 17 50-5a Controles de accidentes/incidencias nucleares 18 50-5b Distribuci'on mano de obra nuclear 19 50-5c Archivos seguridad nuclear 20 50-5d Restauraciones emplazamientos nucleares 21 50-5-la Archivos de mejores de emplazamientos nucleares 22 50-116a Archivos protecci'on nuclear 23 55-385FRTd Controles nacionales de transportes 24 200-1c Archivos de control de materiales peligrosos 25 385-11k Casos de incidentes radioactivos 26 385-11m Permisos para materiales radioactivos 27 385-400 Casos de incidentes radioactivos 28 700-65a Archivos log'isticos nucleares internacionales 29 1125-2-300a Datos de la planta Jam'as hab'ia visto nada parecido. Siempre hab'ia cre'ido que un escenario era el lugar donde se representaban obras de teatro y no un campo para el despliegue de fuerzas nucleares. El hacker no estaba jugando. No satisfecho con los t'itulos de dichos documentos, imprimi'o los veintinueve, p'agina tras p'agina de jerga militar: TITULO: Asuntos de seguridad nacional nuclear, qu'imica y biol'ogica. DESCRIPCI'ON Documentos relacionados con la polic'ia nacional, extranjera y militar, para el uso de energ'ia at'omica, la utilizaci'on de armas nucleares y qu'imicas y la defensa biol'ogica, con relaci'on a la seguridad nacional y al control de crisis de 'ambito nacional. Se incluyen estudios, actuaci'on y directrices relativos al presidente, el Consejo de Seguridad Nacional, el secretario presidencial de Seguridad Nacional y grupos y juntas interdepartamentales relacionados con asuntos de seguridad nacional en lo que concierne a la guerra nuclear y qu'imica y a la defensa biol'ogica. En este punto se atasc'o la impresora. La vieja Decwriter hab'ia prestado un buen servicio a lo largo de diez a~nos y ahora necesitaba un buen ajuste, con un martillo de demolici'on. !Maldita sea, precisamente donde el hacker copiaba los planes del ej'ercito para el despliegue de armas nucleares en Europa central hab'ia s'olo una mancha de tinta! Dado mi escaso conocimiento sobre escenarios centroeuropeos, decid'i llamar a Greg Fennel a la CIA. Asombrosamente, contest'o en persona el d'ia de A~no Nuevo. -!Hola, Greg! ?Qu'e te trae por aqu'i el d'ia de A~no Nuevo? -Ya sabes, el mundo nunca duerme. -Dime: ?qu'e sabes sobre escenarios en Europa central? -pregunt'e, bromeando. -Un poco. ?Qu'e ocurre? -Poca cosa. El hacker acaba de infiltrarse en un ordenador del ej'ercito en el Pent'agono. -?Qu'e tiene eso que ver con escenarios -No lo s'e -respond'i-, pero parec'ia particularmente interesado por el desarrollo estructural de fuerzas nucleares en los escenarios centroeuropeos. -!Ser'as bobo! Esto son los planes t'acticos del ej'ercito. !Dios m'io!, ?c'omo lo ha logrado? -Con sus t'ecnicas habituales. Ha adivinado la clave de acceso a la base de datos militar Optimis, en el Pent'agono. Parece una bibliograf'ia de documentos militares. -?Qu'e m'as ha conseguido? -No lo s'e. Se me ha atascado la impresora. Pero buscaba palabras como <>, <> y <>. -Material de novela c'omica. No sab'ia si Greg hablaba en serio o bromeaba, y probablemente 'el tampoco estaba seguro de si yo lo hac'ia. Pens'andolo bien, ?c'omo sab'ian los polis que no les estaba tomando el pelo? Cab'ia perfectamente la posibilidad de que me lo hubiera inventado lodo. Greg no ten'ia ninguna raz'on para confiar en m'i; no hab'ia pasado ning'un control de seguridad, no ten'ia ninguna placa, ni siquiera gabardina. A no ser que me vigilaran sigilosamente, mi credibilidad no hab'ia sido demostrada. Ten'ia una sola defensa contra las tinieblas de la desconfianza: los hechos. Sin embargo, aunque me creyeran, probablemente no har'ian nada al respecto. -Comprender'as que no podemos mandar a Teejay al extranjero, a que fuerce la puerta de alguien y se meta en su casa. -Pero ?no podr'iais, c'omo te lo dir'ia, mandar a alguien a husmear, para que averig"ue qui'en es responsable de todo esto? Una vez m'as imaginaba a esp'ias con gabardina. -No es as'i como hacemos las cosas -ri'o Greg-. Cr'eeme: estamos trabajando en ello. Y esta 'ultima noticia servir'a para avivar el fuego. !Vaya con la CIA! Era incapaz de decidir si les interesaba o no el caso. El 2 de enero llam'e a la oficina del FBI en Alexandria e intent'e dejar un recado para Mike Gibbons. -El agente Gibbons ya no trabaja en este caso -respondi'o escuetamente el oficial de guardia-. Le sugiero que se ponga en contacto con la oficina de Oakland. !Maravilloso! Al 'unico agente del FBI capaz de distinguir entre una red inform'atica y otra de pescar lo hab'ian retirado del caso sin explicaci'on alguna. Y precisamente cuando necesit'abamos al FBI. Wolfgang estaba todav'ia a la espera de una orden del agregado jur'idico estadounidense en Bonn. Despu'es de una semana de espera, todav'ia no se hab'ia materializado. Hab'ia llegado el momento de llamar a otra puerta. Sin duda a la National Security Agency le interesar'ia conocer la infiltraci'on en un ordenador del Pent'agono. Zeke Hanson contest'o mi llamada desde Fort Meade. -?Ha ido la informaci'on directamente a Europa? -pregunt'o Zeke. -S'i, aunque no s'e exactamente adonde -respond'i-. Parece que a Alemania. -?Sabes por qu'e empresa internacional de comunicaciones ha pasado? -Lo siento, no lo s'e. Pero puedo consultarlo en mis archivos, si es tan importante. ?Por qu'e querr'ia saber la NSA, por qu'e compa~n'ia hab'ia pasado la informaci'on? Claro. Se rumoreaba que la NSA grababa todas las conversaciones transatl'anticas. Puede que hubieran grabado aquella sesi'on. Pero eso era imposible. ?Cu'anta informaci'on cruza el Atl'antico a diario? Supongamos que se utilicen diez sat'elites y media docena de cables submarinos, y que cada uno de ellos transmita diez mil llamadas telef'onicas. La NSA necesitar'ia varios centenares de millares de magnet'ofonos funcionando permanentemente. Y esto s'olo para controlar el tr'afico telef'onico, sin contar con los mensajes inform'aticos ni la televisi'on. Encontrar aquella sesi'on en particular ser'ia casi imposible, incluso con la ayuda de superordenadores. Pero hab'ia una forma f'acil de averiguarlo: ver si la NSA obten'ia la informaci'on perdida. -Las sesiones del d'ia de A~no Nuevo se vieron interrumpidas por un atasco en la impresora -le dije a Zeke-, de modo que me he perdido una hora de actividad por parte del hacker. ?Crees que podr'iais recuperarla? -?Es importante? -pregunt'o cautelosamente Zeke. -Bueno, puesto que no la he visto, no estoy seguro de ello. La sesi'on empez'o a las 8.47 del d'ia de A~no Nuevo. ?Por qu'e no averiguas si alguien en Fort Meade puede encontrar el resto de la sesi'on? -Improbable, en el mejor de los casos. Los de la NSA estaban siempre dispuestos a escuchar, pero se cerraban como una ostra cuando les formulaban preguntas. No obstante, si hac'ian sus deberes, tendr'ian que llamarme para comprobar si sus resultados coincid'ian con los m'ios. Esperaba que alguien solicitara ver mis copias, pero nadie lo hizo. Entonces record'e que, hac'ia un par de semanas, le hab'ia pedido a Zeke Hanson que averiguara una direcci'on electr'onica; cuando descubrimos que la l'inea proced'ia de Europa, le hab'ia dado a 'el la direcci'on. Me preguntaba qu'e habr'ia hecho con la misma. -?Llegaste a averiguar la procedencia de aquella direcci'on DNIC? -le pregunt'e. -Lo siento, Cliff, esa informaci'on es confidencial -respondi'o Zeke en un tono que recordaba esas bolas m'agicas que contestan <>. Afortunadamente, Tymnet hab'ia averiguado ya la direcci'on; Steve White s'olo hab'ia necesitado un par de horas para hacerlo. Tal vez la NSA ten'ia montones de expertos electr'onicos y genios inform'aticos que escuchaban las comunicaciones del mundo. Qui'en sabe. Yo les hab'ia planteado un par de problemas bastante sencillos: averiguar una direcci'on y reproducir cierto tr'afico. Tal vez los hab'ian resuelto sin decirme palabra. Aunque sospecho que, tras su manto de misterio, no hacen nada. Quedaba otro grupo por notificar, la OSI de las fuerzas a'ereas. Los polis de las fuerzas a'ereas no pod'ian hacer gran cosa respecto al hacker, pero por lo menos pod'ian calcular qu'e ordenador permanec'ia abierto. -?De modo que en esta ocasi'on ha sido el sistema Optimis del ej'ercito? -dijo en tono grave Jim Christy-. Har'e unas cuantas llamadas y rodar'an cabezas. Supuse que bromeaba. As'i pues, 1987 tuvo un comienzo amargo. El hacker segu'ia deambulando a sus anchas por nuestros ordenadores. El 'unico agente competente del FBI hab'ia sido retirado del caso. Los esp'ias no dec'ian palabra y a la NSA parec'ia faltarle inspiraci'on. Si no progres'abamos pronto, yo tambi'en estaba dispuesto a darme por vencido. 37 A eso de las doce del mediod'ia del domingo 4 de enero, Martha y yo est'abamos cosiendo un edred'on cuando son'o la alarma de mi localizador. Me dirig'i a toda prisa al ordenador, comprob'e que el hacker estaba presente y llam'e a Steve White. En menos de un minuto empez'o a localizar la llamada. En lugar de esperar a que Steve realizara su operaci'on y puesto que el hacker estaba en mi ordenador, fui en mi bici al laboratorio para observar desde all'i lo que ocurr'ia. Tard'e veinte minutos en escalar la colina, pero el hacker se lo tomaba con calma y segu'ia tecleando cuando llegu'e a la centralita. Junto a la impresora se hab'ia acumulado ya un mont'on de hojas impresas de dos cent'imetros de grosor. La primera l'inea mostraba que se ocultaba tras el nombre de Sventek. Despu'es de comprobar que ninguno de los t'ecnicos de nuestros sistemas estuviera presente, se dirigi'o de nuevo a la base de datos Optimis del Pent'agono. Pero en esta ocasi'on no hubo suerte. <>, fue la respuesta del ordenador del ej'ercito. !Por todos los santos, Jim Christy deb'ia de haber tocado los resortes adecuados! Repasando las hojas impresas, comprob'e que el hacker hab'ia ido de pesca por Milnet. Uno por uno hab'ia intentado -en vano- conectar con quince ordenadores de las fuerzas a'ereas en lugares como Eglin, Kirtland y la base a'erea de Bolling. Llamaba a cada uno de dichos ordenadores, hac'ia girar un par de veces la manecilla y se dirig'ia al pr'oximo sistema. Hasta que lleg'o a los Sistemas de Comandancia de las Fuerzas A'ereas, Divisi'on Espacial. En primer lugar prob'o con la cuenta <> y la contrase~na <>. No hubo suerte. A continuaci'on lo intent'o con <>, contrase~na <>, pero no surti'o efecto. Acto seguido utiliz'o <>, con la contrase~na <> login: field password: service BIENVENIDO AL SISTEMA DE COMANDANCIA DE LAS FUERZAS A'EREAS - DIVISI'ON ESPACIAL VAX/VMS 4.4 ANUNCIO IMPORTANTE. Para cualquier problema del sistema inform'atico dir'ijanse a los sistemas de informaci'on de la secci'on de servicio al usuario, sitos en el edificio 130, despacho 2359 Tel'efono 643-2177/AV 833-2177 'Ultima conexi'on interactiva: jueves, 11 de diciembre de 1986, 19.11 'Ultima conexi'on no interactiva: martes, 2 de diciembre de 1986, 17.30 AVISO: Su contrase~na ha caducado; actual'icela inmediatamente con !SET PASSWORD! $ show process/privilege 4-ENERO-1987 13:16:37.56 NTY1: Usuario: FIELD Privilegios sobre procesos: BYPASS puede eludir todas las protecciones del sistema CMKRNL puede cambiar a modo n'ucleo ACNT puede suprimir mensajes control WORLD puede afectar otros procesos OPER privilegio operador VOLPRO puede superar protecci'on volumen GRPPRV acceso a grupo v'ia protecci'on sistema READALL puede seguir todo como el propietario WRITEALL puede escribir todo como el propietario SECURITY puede realizar funciones seguridad !Abracadabra! Se le hab'ian abierto las puertas de par en par. Hab'ia conectado como t'ecnico del sistema y no como un simple usuario. Se trataba de una cuenta totalmente privilegiada. El hacker no pod'ia creer su suerte. Despu'es de docenas de intentos hab'ia triunfado, convirti'endose en administrador del sistema. Su primera orden fue para averiguar los privilegios adquiridos. El ordenador de las fuerzas a'ereas respondi'o autom'aticamente: privilegio de sistema, adem'as de una serie de derechos, incluidos los de leer, escribir o borrar cualquier archivo del sistema. Estaba incluso autorizado a inspeccionar la seguridad del ordenador de las fuerzas a'ereas. Le imaginaba, desde su terminal en Alemania, contemplando con incredulidad su pantalla. No s'olo pod'ia moverse a sus anchas por el ordenador de la comandancia espacial, sino que lo controlaba. En cierto lugar del sur de California denominado El Segundo, un gran ordenador VAX hab'ia sido invadido por un hacker, desde el otro extremo del mundo. Sus pr'oximos pasos eran previsibles; despu'es de averiguar sus privilegios, cancel'o el control de sus operaciones. De ese modo no dejar'ia huellas, o por lo menos eso supon'ia. ?C'omo pod'ia imaginar que yo le observaba desde Berkeley? Con la confianza de no haber sido detectado, inspeccion'o los ordenadores cercanos. En un instante descubri'o cuatro en la red de las fuerzas a'ereas y un camino para conectar con otros. Desde su posici'on privilegiada, ninguno de ellos le permanec'ia oculto y, en el supuesto de que fuera incapaz de adivinar sus contrase~nas, podr'ia robarlas con la instalaci'on de troyano. El ordenador en el que se hab'ia infiltrado no era un port'atil de oficina. En el sistema encontr'o millares de archivos y centenares de usuarios. ?Centenares de usuarios? Efectivamente, el hacker hizo un listado de todos ellos. Pero la avaricia se interpuso en su camino. Pidi'o al ordenador de las fuerzas a'ereas una lista de t'itulos de todos sus archivos y el aparato se puso a imprimir alegremente nombres como <> e <>. Pero no sab'ia c'omo cerrar el grifo y, a lo largo de dos horas, verti'o una cascada de informaci'on en su terminal. Por fin, a las dos y media, colg'o, suponiendo que podr'ia conectar de nuevo con el ordenador de las fuerzas a'ereas. Pero no lo logr'o. El ordenador le comunic'o: Su contrase~na ha caducado. Le ruego se ponga en contacto con el "administrador del sistema". Al examinar las hojas anteriores, vi d'onde hab'ia metido la pata. La contrase~na <> hab'ia caducado y el ordenador se lo hab'ia advertido en el momento de infiltrarse. Era probable que, en aquel sistema, las contrase~na caducaran autom'aticamente, transcurrido un n'umero determinado de meses. Para que el aparato siguiera acept'andole ten'ia que haber repuesto inmediatamente su contrase~na, pero hizo caso omiso de la petici'on y ahora el sistema le negaba la entrada. A millares de kil'ometros, sent'ia su frustraci'on. Intentaba desesperadamente volver a introducirse en aquel ordenador, pero se lo imped'ia el est'upido error que 'el mismo hab'ia cometido. Se hab'ia encontrado las llaves de un Buick y las hab'ia encerrado dentro del propio veh'iculo. El error del hacker resolvi'o el problema de lo que les contar'ia a la Divisi'on Espacial de las fuerzas a'ereas. Siendo domingo, no hab'ia a quien llamar. Y puesto que el hacker se hab'ia cerrado 'el mismo la puerta en las narices, ya no supon'ia peligro alguno para el ordenador de las fuerzas a'ereas. Me limitar'ia a comunic'arselo a la polic'ia militar y dejar'ia que se ocuparan ellos del asunto. Mientras el hacker hurgaba en el ordenador de las fuerzas a'ereas, Steve White localiz'o las l'ineas de Tymnet. -Llega a trav'es de RCA -dijo Steve-. TAT-6. -?Ah, s'i? ?Y qu'e significa eso en mi idioma? -Nada, en realidad. RCA es uno de los transportes internacionales de informaci'on y hoy el hacker llega por el cable transatl'antico n'umero seis. Steve navegaba por las comunicaciones internacionales como un taxista por el centro de la ciudad. -?Por qu'e no llega por sat'elite? -Probablemente porque es domingo y el tr'afico por cable es menos denso. -?Quieres decir que el p'ublico prefiere los cables a los sat'elites? -Por supuesto. Cada vez que se conecta v'ia sat'elite, hay un cuarto de segundo de demora. El retraso en los mensajes es inferior por cable submarino. -?A qui'en puede importarle? -Sobre todo a los que hablan por tel'efono -respondi'o Steve-. Estos retrasos provocan conversaciones entrecortadas. Ya sabes: ambos hablan o se callan al mismo tiempo. -Pero si las compa~n'ias telef'onicas prefieren los cables, ?a qui'en le interesan los sat'elites? -Especialmente a las cadenas de televisi'on. Las se~nales de TV no se pueden condensar en los cables submarinos y, por consiguiente, aprovechan los sat'elites. Pero todo cambiar'a gracias a la fibra 'optica. Hab'ia o'ido hablar de fibras 'opticas, de la transmisi'on de se~nales por fibras de cristal, en lugar de cables de cobre, pero ?qui'en instalar'ia fibra 'optica bajo el oc'eano? -Todo el mundo lo desea -explic'o Steve-. Hay un n'umero limitado de canales de sat'elite disponibles; s'olo hay espacio para cierta cantidad de sat'elites sobre el ecuador. Adem'as, los canales de sat'elites no son privados; cualquiera puede escuchar. Puede que los sat'elites sean ideales para la televisi'on, pero los cables son mucho m'as indicados para la transmisi'on de datos. Mis conversaciones con Steve White, que inicialmente trataban siempre de la localizaci'on del hacker, derivaban inevitablemente a otros temas. Una peque~na charla con Steve se convert'ia habitualmente en una clase de teor'ia de la comunicaci'on. -A prop'osito -prosigui'o-, he hablado con Wolfgang Hoffman, del Bundespost. Tu hu'esped llama hoy desde Karlsruhe, la Universidad de Karlsruhe. -?D'onde est'a eso? -No lo s'e, pero imagino que en el valle del Ruhr, creo que a lo largo del Rin. El hacker hurgaba todav'ia en el ordenador de las fuerzas a'ereas, pero, cuando desconect'o, sal'i corriendo en direcci'on a la biblioteca. Efectivamente, all'i estaba Karlsruhe, a quinientos kil'ometros al sur de Hannover. Tendido sobre el lecho del oc'eano Atl'antico, el cable TAT-6 une Europa con Am'erica. El extremo occidental de la conexi'on se efectuaba a trav'es de Tymnet, el Lawrence Berkeley Laboratory, Milnet y acababa en la Divisi'on Espacial de los Sistemas de Comandancia de las Fuerzas A'ereas. Desde alg'un lugar de Alemania, el hacker manipulaba el extremo oriental de la conexi'on, inconsciente de que le est'abamos cercando. Tres lugares distintos en Alemania. Mi hacker no dejaba de moverse. O tal vez estaba siempre en el mismo lugar y hac'ia de prestidigitador con el sistema telef'onico. Puede que, en realidad, se tratara de un estudiante que iba de universidad en universidad haciendo exhibiciones para sus amigos. Por otra parte, ?pod'ia tener la certeza de que se trataba de un solo hacker o eran varios a los que observaba? S'olo se resolver'ia completando la localizaci'on. No bastaba con localizar un pa'is o una ciudad, sino que era preciso llegar al individuo. Pero ?c'omo realizar un seguimiento telef'onico a 10000 kil'ometros de distancia? !La orden judicial! ?Hab'ia entregado el FBI la documentaci'on correspondiente a las autoridades alemanas? O para el caso, ?se hab'ia molestado en abrir una investigaci'on? Hab'ia llegado el momento de llamar a Mike Gibbons, del FBI. -Me he enterado de que te han retirado del caso inform'atico -le dije a Mike-. ?Puedo hacer algo? -No te preocupes -respondi'o Mike-. D'ejalo en mis manos. Act'ua con discreci'on y nosotros seguiremos avanzando. -Pero ?hab'eis abierto o no una investigaci'on? -No me lo preguntes, porque no puedo responderte. Ten paciencia y lo resolveremos. Mike s'olo me contestaba con evasivas. Tal vez lograr'ia sonsacarle algo si le hablaba del ordenador de las fuerzas a'ereas. -A prop'osito, ayer el hacker se infiltr'o en un ordenador de las fuerzas a'ereas. -?D'onde? -En alg'un lugar del sur de California -respond'i, sin revelarle que se trataba del 2400 East El Segundo Boulevard, junto al aeropuerto de Los 'Angeles. Puesto que 'el no me contaba lo que ocurr'ia, decid'i reservarme tambi'en parte de la informaci'on. -?Qui'en lo utiliza? -Alguien de las fuerzas a'ereas. Parece un lugar propio de Buck Rogers. No lo s'e. -Lo mejor que puedes hacer es llamar a la OSI, de las fuerzas a'ereas. Ellos sabr'an lo que hay que hacer. -?No est'a dispuesto el FBI a investigar? -Ya te lo he dicho. Estamos investigando. La investigaci'on progresa. Pero no puedo hablarte de ello. No hubo forma de sonsacar nada al FBI. Sin embargo los polis de las fuerzas a'ereas fueron un poco m'as expl'icitos. Jim Christy, de la OSI, fue conciso: -?Sistema de Comandancia? !Ese hijo de puta! -Efectivamente. Logr'o entrar como administrador del sistema. -Administrador del sistema en el Sistema de Comandancia. Divertido. ?Obtuvo algo confidencial? -No, que yo sepa. No consigui'o gran cosa, s'olo los t'itulos de algunos millares de archivos. -!Maldita sea! Se lo he advertido. Dos veces. No estaba seguro de que debiera o'ir lo que dec'ia. -Puede que te interese saber que no lograr'a infiltrarse de nuevo en dicho sistema. Se cerr'o 'el mismo la puerta en las narices -le dije, antes de contarle lo de la contrase~na caducada. -Esto resuelve lo del Sistema de Comandancia -explic'o Jim-. Pero ?cu'antos ordenadores habr'a tan abiertos como 'ese? Si la Divisi'on Espacial mete la pata de ese modo, incluso despu'es de hab'erselo advertido, ?qu'e podemos hacer para que se enteren? -?Estaban sobre aviso? -Sin rodeo alguno. Desde hace seis meses venimos diciendo a los administradores de sistemas que cambien todas sus contrase~nas. ?Cre'ias que no hab'iamos hecho ning'un caso de lo que nos contabas? !Santo Cielo! En realidad me hab'ian o'ido y divulgaban el mensaje. Era la primera vez que alguien llegaba a insinuar que yo hab'ia creado alg'un impacto. Pues bien, la OSI de las fuerzas a'ereas en Washington hab'ia mandado la orden a su agente en la base a'erea de Vandenberg para que a su vez la transmitiera a los responsables en la Divisi'on Espacial. Se asegurar'ian de que la brecha no permaneciera abierta. Al cabo de dos d'ias, Dave Cleveland y yo est'abamos frente a su terminal examinando unos programas defectuosos, cuando son'o la alarma de mi localizador. Sin decir palabra, Dave conect'o la terminal con el Unix en el momento en que Sventek establec'ia su conexi'on. Nos miramos, asentimos y sal'i corriendo hacia la centralita para contemplar el espect'aculo en directo. El hacker no perdi'o tiempo en mis ordenadores, sino que pas'o inmediatamente a Milnet para dirigirse a la Divisi'on Espacial de las fuerzas a'ereas. Vi c'omo intentaba conectar con las palabras <> y <>, convencido de que ser'ia expulsado una vez m'as del sistema. !Pero no fue as'i! El ordenador le dio la bienvenida. Alguien en la base a'erea hab'ia renovado dicha cuenta con la misma contrase~na de antes. El t'ecnico de servicio deb'ia de haberse percatado de que la cuenta hab'ia caducado y hab'ia pedido al usuario root que renovara la misma contrase~na. !Una estupidez! Hab'ian abierto el cerrojo y dejado las llaves en el contacto. El hacker no perdi'o un instante. Fue directamente al programa de autorizaci'on y agreg'o una nueva cuenta. Bien, en realidad no fue una nueva cuenta sino una antigua que no se utilizaba y la modific'o. Cierto oficial de las fuerzas a'ereas, el coronel Abrens, ten'ia una cuenta que no se hab'ia utilizado desde hac'ia un a~no. El hacker la modific'o ligeramente, para otorgarle privilegios de sistema, y cambi'o la contrase~na por <>. !AFHACK! !Menuda arrogancia la suya! Se mofaba de las fuerzas a'ereas de Estados Unidos en sus propias narices. De ahora en adelante ya no necesitar'ia la cuenta del usuario <>. Disfrazado de oficial de las fuerzas a'ereas, dispondr'ia de acceso ilimitado al ordenador de la Divisi'on Espacial. Palabras mayores. Ese individuo no se andaba por las ramas. Los funcionarios de la OSI se hab'ian ido ya a su casa. ?Qu'e pod'ia hacer? Si dejaba al hacker conectado, se apropiar'ia de informaci'on confidencial de las fuerzas a'ereas. Pero interrumpir su conexi'on s'olo servir'ia para que eligiera otra ruta, sin pasar por los monitores de mi laboratorio. Tendr'iamos que cortarle la conexi'on con la Comandancia Espacial. Pero antes era preciso localizarle. Llam'e a Steve White y la operaci'on se puso en marcha. En menos de cinco minutos localiz'o la conexi'on en Hannover y llam'o al Bundespost. -Cliff -dijo al cabo de unos minutos de silencio-, ?crees que la conexi'on ser'a prolongada? -No estoy seguro, pero creo que s'i. -De acuerdo -respondi'o Steve, que hablaba simult'aneamente por otra l'inea, de la que de vez en cuando o'ia alg'un grito. -Wolfgang esta localizando la llamada en Hannover -dijo al cabo de un minuto-. Es una llamada local. Intentar'an llegar hasta el usuario. !He aqu'i una buena noticia! El hecho de que la llamada fuera local significaba que el hacker estaba en alg'un lugar de Hannover. A no ser que hubiera un ordenador en Hannover que hiciera el trabajo sucio para 'el. -!Por lo que m'as quieras -dec'ia Steve, traduciendo las instrucciones de Wolfgang-, no desconectes al hacker! Procura mantener la l'inea abierta. Pero se estaba apropiando de archivos de la base a'erea. Era como permitir que le vaciaran a uno el piso mientras observaba a los ladrones. ?Deb'ia echarle del sistema o dejar que continuara? No sab'ia qu'e hacer. Lo mejor ser'ia hablar con alguna autoridad. ?Y si llamaba a Mike Gibbons del FBI? No estaba en su despacho. Claro, el Centro Nacional de Seguridad Inform'atica pod'ia ser el lugar id'oneo. Zeke Hanson sabr'ia lo que hab'ia que hacer. No hubo suerte. Zeke tampoco estaba en su despacho y la voz al otro extremo de la l'inea me explic'o: -Me gustar'ia ayudarte, pero nuestro trabajo consiste en dise~nar ordenadores inexpugnables. No intervenimos en aspectos operativos. No era la primera vez que lo o'ia. Pues bien, no quedaba nadie a quien cont'arselo, a excepci'on de las fuerzas a'ereas. Consult'e el centro de informaci'on de Milnet y busqu'e su n'umero de tel'efono. Como era de suponer, lo hab'ian cambiado, e incluso el prefijo era otro. Cuando logr'e hablar con la persona adecuada, el hacker hab'ia penetrado a fondo en su ordenador. -!Hola, estoy buscando al "administrador del sistema" del ordenador Vax de la Comandancia Espacial! -Soy el sargento Thomas, "administrador del sistema". -No s'e c'omo dec'irselo, pero tiene un hacker en su ordenador -dije, pensando que no me creer'ia y querr'ia saber qui'en era yo. -Oiga, ?qui'en es usted? Incluso por tel'efono present'i que me miraba con desconfianza. -Soy un astr'onomo del Lawrence Berkeley Laboratory -respond'i, intuyendo que comet'ia un error, puesto que nadie me creer'ia. -?C'omo sabe que hay un hacker? -Le estoy observando en su ordenador, a trav'es de Milnet. -?Espera que le crea? -Lim'itese a comprobar su sistema. Haga un listado de sus usuarios. -De acuerdo -respondi'o, mientras le o'ia teclear-. No hay nada inusual. Tenemos cincuenta y siete usuarios en activo y el sistema se comporta con normalidad. -?No ve a nadie nuevo? -pregunt'e. -D'ejeme ver... No, todo parece normal. No sab'ia si dec'irselo o seguir dando rodeos. -?Conoce a alguien llamado Abrens? -Por supuesto, el coronel Abrens. Est'a conectado en este momento. Oiga, ?d'onde quiere ir a parar? -?Est'a seguro de que Abrens es leg'itimo? -Por supuesto, es un coronel. Uno no se mete con los oficiales. Puesto que no lleg'abamos a ning'un sitio con mis preguntas tendenciosas, decid'i cont'arselo: -Pues bien, un hacker ha robado la cuenta de Abrens. Est'a conectado en este momento y est'a robando archivos. -?C'omo lo sabe? -Lo he observado. Tengo copias impresas -respond'i-. Se ha infiltrado por la cuenta <> y ha cambiado la contrase~na de Abrens. Ahora goza de privilegios en el sistema. -Eso es imposible. Ayer mismo renov'e la contrase~na de la cuenta de servicio. Hab'ia caducado. -S'i, lo s'e. La contrase~na es <>. La misma del a~no pasado. Eso es algo que los hackers saben. -!Maldita sea, espere un momento! -exclam'o, mientras le o'ia que llamaba a alguien-. ?Qu'e propone que hagamos? -pregunt'o al cabo de un par de minutos de silencio-. Puedo cerrar inmediatamente el ordenador. -No, espere un poco -le indiqu'e-. Estamos localizando la llamada en estos momentos y ya casi tenemos al hacker a nuestro alcance. No le ment'ia. Steve White acababa de pedirme, de parte de Wolfgang Hoffman, que mantuvi'eramos la l'inea abierta todo el tiempo que nos fuera posible. No quer'ia que el sargento Thomas cortara la comunicaci'on antes de completar la localizaci'on, -De acuerdo, pero llamaremos al comandante general. 'El tiene la 'ultima palabra. ?Qui'en pod'ia reproch'arselo? De pronto reciben una llamada de un desconocido desde Berkeley y les comunica que alguien ha irrumpido en su sistema. Entre llamadas, examin'e las copias de todas y cada una de las 'ordenes del hacker. Hoy no se hab'ia molestado en hacer un listado completo de los nombres de los archivos. Por el contrario, fue directamente a unos determinados; conoc'ia de antemano los nombres que le interesaban y no ten'ia necesidad de consultar el 'indice. !Ah! Esto era una pista importante. Hac'ia tres d'ias que el hacker hab'ia hecho un listado de millares de t'itulos y hoy fue directamente a los que le interesaban. Hab'ia debido de imprimir la sesi'on completa. De no ser as'i, habr'ia olvidado los t'itulos de los archivos. De modo que el hacker imprim'ia todo lo que obten'ia. Ya sab'ia que guardaba una agenda detallada, puesto que de otro modo habr'ia olvidado algunas de las semillas plantadas meses antes. Recordaba que en mi reuni'on con los agentes de la CIA, Teejay hab'ia preguntado si el hacker conservaba copias de sus sesiones. Ahora lo sab'ia. Al otro extremo de la l'inea, en alg'un lugar de Alemania, hab'ia un esp'ia met'odico y pertinaz. Por cada copia que sal'ia de mi impresora aparec'ia otra id'entica en su madriguera. ?Qu'e archivos hab'ia elegido? No se hab'ia interesado por ninguno de los programas, ni por las directrices de la direcci'on del sistema. Por el contrario, hab'ia ido directamente a los planes operativos: documentos descriptivos de cargamentos de las fuerzas a'ereas para el transbordador espacial, resultados de las pruebas de sistemas de detecci'on de sat'elites, propuestas de investigaci'on de SDI, la descripci'on de un sistema fotogr'afico manipulado por un astronauta... Ninguna de dicha informaci'on estaba clasificada como <>. No era secreta, altamente secreta, ni siquiera confidencial. O, por lo menos, ninguno de los archivos lo dec'ia. Ahora bien, a ning'un ordenador militar conectado a Milnet se le permite archivar informaci'on confidencial. Hay otra red inform'atica, completamente independiente, por donde circula la informaci'on confidencial. De modo que, en cierto sentido, la Divisi'on Espacial de los Sistemas de Comandancia no ten'ia nada que perder: su ordenador no era confidencial. Pero hay un problema m'as grave. Los documentos p'ublicos, individualmente, no contienen informaci'on confidencial. Sin embargo, cuando se re'unen numerosos documentos, pueden revelar secretos. El pedido de una remesa de titanio, por parte de un fabricante de aviones, no es secreto. Como tampoco lo es el hecho de que est'an construyendo un nuevo bombardero. Pero ambos datos juntos sugieren que el nuevo bombardero de Boeing se fabrica con titanio y que, por consiguiente, debe volar a velocidades supers'onicas (ya que el aluminio com'un no resiste las altas temperaturas). En otra 'epoca, para recopilar informaci'on de distintas fuentes, hab'ia que pasar semanas en una biblioteca. Hoy d'ia, gracias a los ordenadores y a las redes inform'aticas, es posible compaginar datos en escasos minutos. No hay m'as que ver c'omo la manipulaci'on de las cuentas de las conferencias telef'onicas de Mitre me permitieron descubrir los lugares en los que se hab'ia introducido el hacker. Analizando informaci'on p'ublica con la ayuda de ordenadores, es posible descubrir secretos sin llegar a ver ninguna base de datos confidencial. En 1985 al vicealmirante John Poindexter le preocup'o precisamente dicho problema e intent'o crear una nueva categor'ia en la clasificaci'on de informaci'on, denominada <>. Dicha informaci'on habr'ia estado en un nivel inmediatamente inferior al de las categor'ias habituales de <>, <> y <>, pero se habr'ia negado acceso a la misma por parte de ciertos extranjeros. Poindexter cometi'o la torpeza de intentar aplicar dicha norma a la investigaci'on acad'emica; evidentemente, las universidades se negaron y la idea cay'o en el olvido. Ahora, frente a mi monitor, viendo c'omo el hacker deambulaba por el sistema de la Comandancia Espacial, comprend'i lo que se propon'ia. Puede que los proyectos SDI de las fuerzas a'ereas no estuvieran catalogados como alto secreto, pero eran indudablemente delicados. ?C'omo? ?Yo de acuerdo con el vicealmirante Poindexter? ?El individuo que mandaba armas a los iran'ies? ?C'omo pod'ia yo tener algo en com'un con el jefe de Olie North? No obstante, en la pantalla que ten'ia delante se proyectaba exactamente lo que hab'ia descrito: informaci'on delicada aunque no confidencial. -Lo siento, Cliff, pero la localizaci'on en Alemania ha quedado interrumpida -observ'o entonces Steve, de Tymnet, por tel'efono. -?No pueden localizar la llamada? -pregunt'e sin estar seguro de qui'enes eran los responsables de hacerlo. -Bueno, de lo que no hay duda es de que el hacker llama desde Hannover -respondi'o Steve-. Pero las centrales telef'onicas de Hannover utilizan conmutadores mec'anicos, ruidosos y complicados, y la 'unica forma de localizar las conexiones es con la presencia de un t'ecnico en las mismas. No se puede efectuar el seguimiento por ordenador. -?Me est'as diciendo que tiene que haber alguien en la central para localizar la llamada? -dije, comenzando a comprender. -As'i es. Y puesto que en Hannover son las diez de la noche, evidentemente no hay nadie. -?Cu'anto tardar'ia alguien en acudir a la central? -Unas tres horas. Para localizar la llamada era preciso que un t'ecnico del Bundespost acudiera personalmente a la central e inspeccionara los cables y conmutadores. Puede que incluso tuviera que escalar alg'un poste. Malas noticias. Entretanto el hacker segu'ia merodeando por el ordenador de las fuerzas a'ereas. El sargento Thomas, que segu'ia al aparato, probablemente hab'ia llamado a un mont'on de oficiales. -Lo siento, pero por hoy ya hemos agotado todas las posibilidades de localizaci'on -indiqu'e por la l'inea de la base a'erea. -Comprendo. Expulsaremos inmediatamente al hacker. -Un momento. Procuren que no se d'e cuenta de que le echan del sistema. Hay que evitar que sospeche que le estamos vigilando. -De acuerdo. Ya tenemos un plan -respondi'o el sargento Thomas-. Transmitiremos un comunicado a todos los que est'en conectados al sistema, para informarles de que el ordenador no est'a funcionando debidamente y es preciso revisarlo. Perfecto. El hacker creer'ia que cerraban el ordenador para repararlo. Esper'e un minuto y en medio de una p'agina de propuestas SDI, el siguiente mensaje apareci'o en la pantalla del hacker: Se cierra el sistema por razones de mantenimiento. Se reanudar'a el servicio dentro de dos horas. El hacker lo vio inmediatamente. Desconect'o y desapareci'o en el vac'io. 38 Despu'es de infiltrarse en otra base militar, el hacker no parec'ia dispuesto a rendirse. Se introdujo de nuevo en nuestro laboratorio, desde donde intent'o repetidamente volver al sistema de comandancia de las fuerzas a'ereas. Pero no lo logr'o con ninguno de sus trucos. No consigui'o infiltrarse de nuevo en sus ordenadores. Fueron muy astutos en la forma de cerrarle las puertas. En lugar de dejarle un mensaje que dijera <>, modificaron la cuenta robada de modo que casi funcionara. Cuando el hacker se introdujo en la cuenta de Abrens, el ordenador pareci'o aceptarle, pero a continuaci'on transmiti'o un mensaje de error, como si el hacker hubiera insertado dicha cuenta incorrectamente. Me pregunt'e si ser'ia consciente de que le ten'ia en la palma de la mano. Cada vez que lograba infiltrarse en un nuevo ordenador, era detectado y expulsado. Desde su punto de vista, todo el mundo le detectaba, a excepci'on de nosotros. En realidad, casi nadie le detectaba. A excepci'on de nosotros. No pod'ia saber que estaba cercado. Mis alarmas, monitores y trampas electr'onicas eran invisibles para 'el. Las operaciones de localizaci'on de Tymnet, por sat'elite y bajo el oc'eano, eran totalmente silenciosas. Y ahora el Bundespost le segu'ia la pista. El 'ultimo mensaje de Wolfgang dec'ia que hab'ia tomado medidas para que todas las noches hubiera un t'ecnico de guardia en la central telef'onica de Hannover hasta medianoche. Esto supon'ia un gasto importante y, por consiguiente, ten'ia que coordinar la operaci'on con nosotros. Y lo m'as importante era que los alemanes todav'ia no hab'ian recibido noticias del FBI. Hab'ia llegado el momento de llamar de nuevo a Mike Gibbons, -Los alemanes no han recibido noticia alguna del FBI -le dije-. ?Sabes a qu'e se debe? -Bueno... tenemos ciertos problemas internos -respondi'o Mike-, no son de tu incumbencia. Lo eran, pero de nada serv'ia formularle preguntas. Mike no soltaba prenda. -?Qu'e puedo decirles al Bundespost? -pregunt'e-. Esperan con impaciencia alg'un tipo de comunicaci'on oficial. -Diles que el agregado jur'idico del FBI en Bonn se ocupa de todo. Los documentos llegar'an en su momento. -Eso fue lo que me dijiste hace dos semanas. -Y eso es lo que te digo ahora. Asunto concluido. Le transmit'i el mensaje a Steve a Tymnet, quien a su vez se lo transmiti'o a Wolfgang. Puede que los bur'ocratas no fueran capaces de comunicarse entre ellos, pero los t'ecnicos s'i que lo 'eramos. Nuestra denuncia al FBI deb'ia ser procesada en su oficina, transmitida al agregado jur'idico norteamericano en Bonn y a continuaci'on entregada al Bundeskriminalamt, equivalente alem'an del FBI. Es probable que el BKA inspire tanta confianza en la verdad y la justicia en Alemania como el FBI en Norteam'erica. Pero alguien entorpec'ia el proceso m'as all'a de Mike Gibbons. Lo 'unico que pod'ia hacer era seguir molestando a Mike y no interrumpir el contacto con Tymnet ni con el Bundespost. Tarde o temprano, el FBI se pondr'ia en contacto con el BKA y aparecer'ian las 'ordenes judiciales. Entretanto mis amigos astr'onomos necesitaban ayuda. Pase el d'ia entero intentando comprender la 'optica del telescopio del observatorio de Keck. Jerry Nelson necesitaba mis programas para pronosticar las prestaciones del telescopio, y mi progreso hab'ia sido nulo desde que empec'e a perseguir al hacker. Los dem'as programadores de sistemas trabajaban tambi'en conmigo en el caso. El arisco de Wayne Graves me presionaba para que escribiera ciertos programas para las unidades de discos. (<>) Y Dave Cleveland me recordaba amablemente que necesitaba conectar diez ordenadores port'atiles a la red del laboratorio. Les aseguraba a todos ellos que el hacker desaparecer'ia EUFMP^8. Comentario generalizado entre todos los inform'aticos. De camino al grupo de astronom'ia, me asom'e moment'aneamente a la centralita s'olo para verificar mis monitores, y descubr'i que hab'ia un intruso en el ordenador Bevatron, que manipulaba el archivo de claves. Curioso. El Bevatron es uno de los aceleradores de part'iculas del laboratorio donde trabajan todos sus programadores. S'olo un administrador del sistema pod'ia manipular el archivo de contrase~nas y me qued'e un rato observ'andolo. Alguien agregaba varias cuentas nuevas. Hab'ia una forma de averiguar si lo que ocurr'ia era leg'itimo, que consist'ia en llamar al personal de Bevatron. -Yo soy el usuario root -respondi'o Chuck McParland-. No hay nadie m'as autorizado. -En tal caso, tienes un problema. Alguien juega a ser Dios en tu ordenador. Chuck tecle'o algunas 'ordenes antes de volver al tel'efono. -!Hijo de puta! -exclam'o. El acelerador de part'iculas Bevatron utilizaba imanes del tama~no de una casa para disparar fragmentos de 'atomo contra estrechos objetivos. En los a~nos sesenta, su munici'on eran los protones. En la actualidad, alimentado por un segundo acelerador, propulsaba pesados iones a una velocidad pr'oxima a la de la luz. Despu'es de bombardear unas finas placas met'alicas con dichas part'iculas at'omicas, los f'isicos analizan los escombros, en busca de fragmentos que podr'ian ser los componentes fundamentales del universo. Los f'isicos esperaban meses para utilizar los haces y, a'un m'as importante, tambi'en esperaban los pacientes cancerosos. El Bevatron puede acelerar iones de helio a una velocidad pr'oxima a la de la luz, a la que adquieren una energ'ia de unos ciento sesenta electr'on/voltios. Despu'es de desplazarse unos cent'imetros a dicha velocidad, descargan casi la totalidad de su energ'ia. Si se coloca un tumor canceroso a la distancia precisa del acelerador, la mayor parte de la energ'ia de sus part'iculas penetra en dicho tumor. Las c'elulas cancerosas absorben su energ'ia y el tumor se destruye sin afectar el resto del cuerpo del paciente. Al contrario de los rayos X, que lo irradian todo a su paso, las part'iculas del Bevatron depositan la mayor parte de su energ'ia en un lugar determinado. Esto es particularmente id'oneo para tumores cerebrales, con frecuencia inoperables. Los ordenadores de Chuck calculaban la <>, adem'as de controlar el acelerador, para que se usara la cantidad correcta de energ'ia. Cualquier error en lo uno o en lo otro supon'ia destruir las c'elulas equivocadas. Cada pocos segundos, el haz descarga una r'afaga de iones. Moviendo los imanes en el momento preciso, los ordenadores de Chuck dirigen dicha r'afaga al objetivo experimental del f'isico o al tumor canceroso. Cualquier error de programaci'on puede ser grave en ambos casos. Lo que hac'ia el hacker no era s'olo manipular un ordenador, sino jugar con vidas ajenas. ?Era consciente de ello? Lo dudo. ?C'omo pod'ia saberlo? Para 'el el ordenador del Bevatron no era m'as que otro objetivo, otro sistema que explotar. En sus programas no hay ninguna advertencia que diga: <> Adem'as, no se limitaba a la b'usqueda inocente de informaci'on. Despu'es de descubrir la forma de convertirse en administrador del sistema, se dedicaba a manipular el propio sistema operativo. Nuestros sistemas operativos son fr'agiles creaciones que controlan la conducta del ordenador, la reacci'on de sus programas. Los administradores de sistemas ajustan meticulosamente sus sistemas operativos, procurando extraer las m'aximas prestaciones del ordenador. Si el programa es demasiado lento, porque compite con otras operaciones, se arregla modificando el programador del sistema operativo. O puede que no tenga suficiente capacidad para doce programas simult'aneos, en cuyo caso se modifica la forma de distribuci'on de memoria del sistema operativo. Pero si uno se equivoca, el ordenador no funciona. A ese hacker no le importaba destruir un sistema operativo ajeno. Lo 'unico que quer'ia era introducir una brecha en el sistema de seguridad para infiltrarse cuando lo deseara. ?Sab'ia que pod'ia matar a alguien? Chuck protegi'o su sistema cambiando todas las palabras claves. Otra puerta cerrada en las narices del hacker. Pero tambi'en otra preocupaci'on: hab'ia estado persiguiendo a alguien alrededor del mundo y, sin embargo, no pod'ia impedir que irrumpiera en cualquier ordenador que se le antojara. Lo 'unico que pod'ia hacer era observarlo y avisar a las v'ictimas de sus ataques. Siempre me quedaba el recurso de cerrarle las puertas de mi ordenador y desentenderme del tema. Mi preocupaci'on inicial parec'ia injustificada; ahora sab'ia que se limitaba a aprovecharse de las brechas en los sistemas de seguridad y no hab'ia indicaci'on alguna de que hubiera introducido ninguna bomba de relojer'ia, ni ning'un virus en mi ordenador. Lo 'unico que conseguir'ia expuls'andole de mi aparato ser'ia cerrar la ventana a trav'es de la que le observaba. Con toda seguridad continuar'ia atacando otros ordenadores a partir de distintas redes. No me quedaba m'as alternativa que permitir que ese cabr'on circulara a sus anchas hasta que lograra atraparle. Pero ?c'omo se lo hacemos comprender al FBI? El jueves, 8 de enero, el agente del FBI de mi localidad, Fred Wyniken, vino a verme. -S'olo he venido como representante de la oficina de Alexandria, Virginia -dijo Fred. -No lo comprendo. ?Por qu'e no se ocupa del caso la oficina de Oakland? -Las oficinas regionales del FBI son bastante aut'onomas -respondi'o Fred-. Lo que a una pueda parecerle importante, otra puede perfectamente ignorar. No era dif'icil deducir a qu'e categor'ia pertenec'ia mi caso, en su opini'on. A continuaci'on Fred me explic'o que no sab'ia qu'e probabilidades hab'ia de que se procesara al culpable, porque 'el no se ocupaba del asunto. -Pero creo que son bastante escasas. No ha habido p'erdidas materiales ni se ha robado ninguna informaci'on claramente confidencial. Adem'as, ese hacker no est'a en Estados Unidos. -?Es 'esa la raz'on por la que la oficina local no se ocupa del caso? -Recuerda, Cliff, que el FBI s'olo se ocupa de casos que el Departamento de Justicia pueda procesar. Si no est'a en juego ninguna informaci'on confidencial, no hay raz'on para comprometer los recursos necesarios para resolver el caso. -Pero si no entr'ais en acci'on, ese hacker seguir'a pellizcando nuestros ordenadores hasta llegar pr'acticamente a controlarlos. -Esc'uchame: cada mes recibimos media docena de llamadas pidiendo ayuda porque alguien se ha infiltrado en alg'un ordenador. En el noventa y cinco por ciento de los casos no hay constancia de ello, ninguna prueba, ni datos de contabilidad. -!Eh, un momento! Yo tengo un mont'on de pruebas y documentos. !Diablos, en mis copias constan todas y cada una de las teclas que ese cabr'on ha pulsado! -A eso voy ahora. Algunos casos, y el tuyo es uno de ellos, est'an bien documentados. Pero con esto no basta. El da~no causado ha de justificar nuestros esfuerzos. ?Cu'anto hab'eis perdido? ?Setenta y cinco centavos? Otra vez con el mismo rollo. Nuestras p'erdidas materiales eran efectivamente diminutas. Sin embargo yo intu'ia un problema de mucha mayor magnitud, tal vez de importancia nacional, aunque mi agente del FBI s'olo viera un error de calderilla. No era sorprendente que no mostrara inter'es alguno por el caso, ni estuviera dispuesto a prestar ninguna ayuda. ?Cu'anto tiempo pasar'ia antes de que alguien se diera cuenta? ?Quiz'a hasta que se infiltrara en un ordenador militar confidencial? ?O da~nara alg'un experimento m'edico de alta tecnolog'ia? ?O alg'un paciente resultara herido? En todo caso, le entregu'e copias de las sesiones de las dos 'ultimas semanas (despu'es de firmar el reverso de cada una de ellas, para cumplir con las normas de las <>) y un disquete de las cuentas telef'onicas de Mitre, que mandar'ia a Mike Gibbons, a la oficina de Alexandria. Puede que a Mike le resultaran 'utiles para convencer al FBI de que hablara con el BKA alem'an. !Desalentador! Los t'ecnicos de telef'onica en Alemania no hab'ian recibido todav'ia las 'ordenes judiciales, el FBI segu'ia sin responder y mi jefe me mand'o una sucinta nota en la que me preguntaba cu'ando escribir'ia cierto programa para conectar una nueva impresora. Martha tampoco estaba contenta. El hacker no s'olo se infiltraba en los ordenadores; a trav'es de la alarma de mi localizador, invad'ia tambi'en nuestro hogar. -?Y el FBI o la CIA no hacen nada, ahora que hay extranjeros y esp'ias involucrados? -pregunt'o Martha-. ?No son los defensores de la verdad, la justicia y el estilo de vida norteamericano? -Es el problema de jurisdicci'on de siempre. Seg'un la CIA, el FBI deber'ia ocuparse del caso. Pero el FBI no quiere saber nada del asunto. -?Y el departamento ese de las fuerzas a'ereas, se llame como se llame, tampoco hace nada? -El mismo pretexto. El inicio del problema est'a en Alemania y alguien tiene que llamar a los alemanes para resolverlo. Lo 'unico que pueden hacer los investigadores especiales de las fuerzas a'ereas es apelar al FBI. -En tal caso, ?por qu'e no lo mandas todo a fre'ir esp'arragos? -sugiri'o Martha-. Construye unas buenas defensas alrededor de tu ordenador y deja que el hacker deambule por los suyos. Nadie te ha nombrado custodio oficial de los ordenadores norteamericanos. -Porque no quiero quedarme sin conocer el desenlace. Qui'en hay tras todo esto. Qu'e es lo que se proponen. Investigar -respond'i, pensando todav'ia en las palabras de Luis 'Alvarez, despu'es de varios meses. -Entonces piensa en c'omo resolver el problema sin la ayuda del FBI. Si no est'an dispuestos a solicitar a los alemanes que localicen la llamada, busca otro medio de hacerlo. -?C'omo? No puedo llamar al Bundespost alem'an y decirles: <> -?Por qu'e no? -En primer lugar, no sabr'ia a qui'en llamar, y en segundo lugar, estoy seguro de que no me creer'ian. -En tal caso, busca otra forma de capturar al hacker. -Claro, puedo pedirle que me d'e su direcci'on. -No te r'ias, puede que funcione. 39 El FBI arroja la toalla. 'Este fue el mensaje que recib'i de Ann Funk, de la oficina de investigaciones especiales de las fuerzas a'ereas. Hab'ia hablado con ella el d'ia anterior y me hab'ia dicho que su brigada estaba a la espera de que el FBI entrara en acci'on. Y ahora 'estas eran sus buenas noticias. Intent'e localizar a Ann, pero ya hab'ia abandonado la base. Poco pod'ia hacer, aparte de llamar al FBI. -El agente Gibbons no est'a aqu'i en este momento -respondi'o, en tono oficial, una voz carraspeante desde la oficina del FBI en Alexandria, claramente no dispuesta a perder tiempo-, pero tengo un mensaje para usted. Su caso est'a cerrado y debe abandonarlo. -?C'omo? ?Qui'en lo ordena? -Lo siento, pero 'este es el mensaje completo. El agente Gibbons estar'a de regreso la semana pr'oxima. -?Es eso todo lo que ha dicho Mike? -insist'i, pensando en que, despu'es de hablar docenas de veces conmigo, por lo menos pod'ia hab'ermelo dicho personalmente. -Ya se lo he dicho. 'Este es el mensaje completo. !Fant'astico! Despu'es de cinco meses de dar la lata al FBI, de localizar llamadas por todo el mundo y demostrar que el hacker se infiltraba en ordenadores militares, cuando m'as necesitaba la ayuda del FBI..., abandonan el caso. -Acabo de enterarme de que el FBI decidi'o que no hab'ia suficientes bases para proseguir con sus investigaciones -dijo Ann Funk, cuando me llam'o al cabo de una hora. -?Hacen alguna diferencia las infiltraciones en la Comandancia Espacial de las Fuerzas A'ereas? -le pregunt'e. -Est'as hablando de los Sistemas de Comandancia de la Divisi'on Espacial, Cliff. Procura aclararte o nos confundir'as a todos. A mi parecer, sonaba mejor Comandancia Espacial. ?A qui'en pod'ia interesarle la comandancia de sistemas? -De acuerdo. Pero ?al FBI no le importa? -Seg'un el FBI -suspir'o Ann-, en realidad no hay pruebas de que se trate de espionaje. -?Ha dicho eso Mike Gibbons? -Lo dudo. Me lo ha dicho el oficial de guardia, seg'un el cual Mike ha sido retirado del caso y no est'a autorizado a hablar de ello. -Entonces ?qui'en lo ha decidido? Mike era el 'unico agente del FBI, de los que hab'ian hablado conmigo, entendido en inform'atica. -Probablemente alg'un ejecutivo medio de la organizaci'on -respondi'o Ann-. Les resulta m'as f'acil atrapar secuestradores que piratas inform'aticos. -?Y t'u qu'e opinas? -le pregunt'e-. ?Crees que debemos abandonarle o intentar atrapar a ese cabr'on? -El FBI dice que cierres los accesos al hacker. -No es eso lo que te pregunto. -... y que cambies todas las contrase~nas... -S'e lo que dice el FBI. Pero ?qu'e dicen las fuerzas a'ereas? -Pues no lo s'e. Lo discutiremos y te llamar'e m'as tarde. -A no ser que alguien nos diga que continuemos, cerraremos nuestras puertas y el hacker podr'a jugar con vuestros ordenadores a su antojo. Hace cinco meses que perseguimos a ese esp'ia y ninguna agencia gubernamental ha contribuido con un solo centavo. Colgu'e enojado. Al cabo de unos minutos recib'i una llamada de mi agente local del FBI. Fred Wyniken no dej'o lugar a dudas en cuanto a su decisi'on. En tono oficial me comunic'o que el FBI consideraba que no habr'ia forma de conseguir la extradici'on del hacker, bas'andose en el robo de informaci'on no confidencial. -Cliff, si puedes demostrar que hay material confidencial en juego, o que ha causado alg'un da~no significativo a los sistemas, el FBI intervendr'a. Entretanto no haremos absolutamente nada. -?Qu'e es para ti un da~no significativo? Si alguien registra los cajones de mi escritorio y copia los planos de un nuevo circuito integrado, ?se considera un perjuicio? ?A qui'en acudo en tal caso? Fred se neg'o a responderme. -Si insistes en seguir con el caso, el FBI podr'a prestarte ayuda ampar'andose en la pol'itica de cooperaci'on nacional. Tu laboratorio deber'ia ponerse en contacto con el fiscal del distrito de Berkeley y abrir una investigaci'on. Si el fiscal est'a dispuesto a solicitar la extradici'on del hacker, el FBI efectuar'a las gestiones necesarias. -?C'omo? ?Despu'es de cinco meses me mand'ais de nuevo al fiscal del distrito? No pod'ia creerlo. -Si decides seguir mi consejo, el FBI actuar'a como enlace entre la polic'ia local y las autoridades alemanas. La investigaci'on correr'ia a cargo de la polic'ia local y el proceso tendr'ia lugar en Berkeley. -Fred, me cuesta dar cr'edito a tus palabras. Ese individuo se ha infiltrado en treinta ordenadores dispersos por todo el pa'is, ?y ahora me dices que se trata de un problema local de Berkeley? -Lo que te estoy diciendo -prosigui'o el justiciero- es que el FBI ha decidido abandonar el caso. Si deseas seguir adelante, ser'a mejor que lo hagas mediante tu polic'ia local. No hab'ia transcurrido todav'ia una hora cuando recib'i una llamada de Steve White, de Tymnet. El Bundespost alem'an acababa de transmitirle el siguiente mensaje electr'onico: <> !Maldita sea! Despu'es de preparar la cooperaci'on entre ambas agencias durante varios meses, el FBI se retira precisamente cuando se le necesita. No ten'ia mucho donde elegir. Pod'iamos cerrar el caso y echar a rodar cinco meses de investigaci'on o seguir adelante y exponernos a la censura del FBI. Cerrar nuestros ordenadores equival'ia a permitir que el hacker deambulara libremente por nuestras redes sin que nadie le observara. Permanecer abiertos tampoco nos conducir'ia al hacker, ya que el Bundespost no localizar'ia la llamada sin la autorizaci'on del FBI. En ambos casos ganaba el hacker. Era el momento de hablar con mi jefe. -Nunca hab'ia confiado en el FBI -dijo Roy Kerth, despu'es de aceptar la noticia sin reserva alguna-. Pr'acticamente les hemos resuelto el caso y todav'ia se niegan a investigar. -Entonces ?qu'e hacemos? -Nosotros no trabajamos para el FBI. No pueden decirnos lo que debemos hacer. Permaneceremos abiertos hasta que el Departamento de Energ'ia nos ordene lo contrario. -?Crees que debo llamarlos? -D'ejalo en mis manos. Hemos trabajado mucho en el caso y conviene que lo sepan -dijo Roy-. Desde luego permaneceremos abiertos -agreg'o categ'oricamente, despues de susurrar algunas cosas incomprensibles que no parec'ian halagos del FBI. Pero controlar el hacker desde Berkeley no equival'ia a localizarle en Alemania. Necesit'abamos al FBI, aunque ellos no nos necesitaran a nosotros. ?Qu'e dir'ia la CIA? -!Hola, soy Cliff! Nuestros amigos de la entidad <> han perdido inter'es. -?Con qui'en has hablado? -pregunt'o Teejay. -Con el representante local de la entidad y con un oficial de la costa este. Iba aprendiendo el lenguaje de los fantasmas. -De acuerdo. D'ejalo en mis manos y no hagas nada hasta que me ponga en contacto contigo. Al cabo de dos horas recib'i una llamada de Teejay. -Han ordenado cerrar las puertas. Tu contacto, Mike, ha sido retirado del caso. Su entidad ha vuelto a perseguir carteristas. -?Y ahora qu'e hacemos? -Ten paciencia -respondi'o el ogro-. No podemos involucrarnos: el FCI pertenece a la entidad de Mike. Pero es posible que alguien los presione. T'u lim'itate a esperar. ?El FCI? ?Ser'ia el inspector federal de carpinteros? ?O la federaci'on de iguanas carn'ivoras? -Oye, Teejay: ?qu'e es eso del FCI? -Silencio. No hagas preguntas. Las ruedas giran en lugares que t'u desconoces. Llam'e a Maggie Morley, nuestra erudita bibliotecaria, que tard'o tres minutos en averiguar el significado de aquellas siglas. -FCI son las iniciales del servicio de contraespionaje extranjero -dijo-. ?Has conocido a alg'un esp'ia 'ultimamente? De modo que el contraespionaje no era competencia de la CIA, el FBI no quer'ia perder el tiempo con nuestro caso y el Bundespost alem'an requer'ia una notificaci'on oficial de Estados Unidos. !Diantre! Cab'ia la posibilidad de que otra agencia nos ayudara. Zeke Hanson, de la National Security Agency, se hab'ia interesado por el caso, siguiendo paso a paso nuestro progreso, y sab'ia cu'anto necesit'abamos el apoyo del FBI. ?Podr'ia ayudarnos? -Me encantar'ia hacerlo, Cliff, pero no podemos. La NSA m'as que hablar, escucha. -Pero ?no est'a para esto el centro nacional de seguridad inform'atica? ?Para resolver problemas de seguridad inform'atica? -Ya conoces la respuesta: categ'oricamente no. Lo que nosotros procuramos es garantizar la seguridad de los ordenadores, no capturar hackers. -?No podr'ias, por lo menos, llamar al FBI e intentar estimularlos? -Har'e cuanto pueda, pero no conf'ies demasiado. En el mejor de los casos, el centro de seguridad inform'atica de la NSA procuraba crear ciertos niveles y fomentar la seguridad inform'atica, pero no ten'ia intenci'on de convertirse en centro de coordinaci'on de problemas como el m'io, ni pod'ia en modo alguno conseguir una orden judicial. La NSA no ten'ia contacto con el FBI. Al cabo de un par de d'ias recib'i una llamada de Teejay. -Hemos hecho una jugada digna del mejor escenario -dijo el agente de la CIA-. La entidad de Mike ha entrado de nuevo en juego. Av'isame si vuelven a causarte alg'un problema. -?Qu'e has hecho? -Poca cosa. Me he limitado a hablar con un par de amigos. ?Qu'e clase de amigos tendr'ia ese individuo? ?Con qui'en habr'ia que hablar para invertir en un par de d'ias la pol'itica del FBI? No transcurri'o mucho tiempo antes de que me llamara Mike Gibbons, del FBI, y me explicara que, seg'un la legislaci'on alemana, infiltrarse en un ordenador no era muy grave. Siempre y cuando no se destruyera el sistema, el mero hecho de infiltrarse no era mucho peor que aparcar en doble fila. Eso, para m'i, no ten'ia sentido. Si la ley alemana era tan benigna, ?por qu'e el Bundespost se hab'ia tomado el caso tan en serio? Mike comprend'ia mi preocupaci'on y por lo menos accedi'o a seguir trabajando en el caso. -Pero creo que debes saber que el a~no pasado se descubri'o a un hacker alem'an en un ordenador de Colorado y no se le pudo procesar. ?Entrar'ia en acci'on el agregado jur'idico del FBI? -Me estoy ocupando de ello -dijo Mike-. Di a tus amigos del Bundespost que pronto tendr'an noticias nuestras. Aquella noche tuvimos otra oportunidad de localizar al hacker. Cuando Martha y yo hac'iamos cola en la tienda de comestibles, son'o la alarma de mi localizador. Abandon'e el ejemplar del National Enquirer (<>) que ten'ia en las manos y me dirig'i a la cabina telef'onica m'as pr'oxima para llamar a Steve White. -Nuestro amigo al tel'efono -le dije. -De acuerdo. Llamar'e a Alemania. Conversaci'on breve y localizaci'on veloz. A pesar de que el hacker s'olo estuvo cinco minutos al tel'efono, Steve localiz'o la conexi'on a DNIC 2624-4511-049136, una l'inea de acceso p'ublico en Hannover, Alemania. M'as adelante Steve me cont'o los detalles. Wolfgang Hoffman, a quien despert'o a las tres de la madrugada, comenz'o a localizar la llamada desde Francfort. Sin embargo, el t'ecnico de guardia de la central de Hannover se hab'ia ido ya a su casa. Pr'oximo, pero sin premio. Wolfgang ten'ia una pregunta para nosotros. La Universidad de Bremen estaba dispuesta a cooperar en la captura de ese individuo, ?pero qui'en pagar'ia los gastos? El hacker gastaba centenares de d'olares diarios a cuenta de la universidad. ?Estar'iamos nosotros dispuestos a pagar dichos gastos? !Imposible! En mi laboratorio, que hab'ian reducido incluso el presupuesto para grapas, no acceder'ian de ning'un modo a financiar la operaci'on. No obstante dije que lo consultar'ia. Steve se~nal'o que alguien tendr'ia que pagar, ya que de lo contrario el Bundespost le cerrar'ia los accesos al hacker. Ahora que los alemanes sab'ian c'omo se aprovechaba de la red Datex, quer'ian bloquearle las puertas. Llegaron todav'ia m'as noticias de Alemania. Hac'ia un par de noches que el hacker hab'ia conectado con Berkeley durante un par de minutos, tiempo suficiente para localizar la llamada hasta la Universidad de Bremen. Bremen, a su vez, hab'ia averiguado que proced'ia de Hannover. Parec'ia que el hacker no s'olo se infiltraba en nuestro laboratorio de Berkeley, sino que deambulaba tambi'en a sus anchas por las redes europeas. -Habiendo tenido la oportunidad de hacerlo, ?por qu'e no han localizado los alemanes la llamada en Hannover? Steve me explic'o los problemas del sistema telef'onico de Hannover. -Los tel'efonos norteamericanos est'an informatizados y eso facilita la localizaci'on de llamadas. Pero para hacer lo mismo en Hannover, es imprescindible la presencia de un t'ecnico en la central. -?De modo que no podremos localizar al hacker a no ser que llame durante el d'ia, o a primera hora de la noche? -No s'olo eso. Tardar'an una hora o dos a partir del momento en que empiecen a inspeccionar las l'ineas. -?Una hora o dos? ?Est'as bromeando? En diez segundos t'u localizas las l'ineas de Tymnet desde California, v'ia sat'elite, hasta Europa. ?Por qu'e no pueden hacer ellos lo mismo? -Lo har'ian si pudieran. La central telef'onica que utiliza el hacker no est'a informatizada y el t'ecnico necesita tiempo para localizar la llamada. 'Ultimamente el hacker hab'ia hecho breves apariciones de unos cinco minutos. Suficiente para despertarme, pero no para localizarle. ?C'omo podr'ia retenerle durante un par de horas? El Bundespost no pod'ia tener t'ecnicos de guardia permanente. A decir verdad, s'olo podr'ia mantener unos d'ias m'as el servicio de vigilancia. Dispon'iamos de una semana para finalizar la localizaci'on. Despu'es del pr'oximo s'abado retirar'ian a los t'ecnicos. No pod'ia obligar al hacker a que conectara a horas oportunas, ni controlar la duraci'on de sus conexiones. Iba y ven'ia a su antojo. 40 -!Despierta, holgaz'an! -me dijo Martha a la hora inhumanamente temprana de las nueve de la ma~nana de un s'abado-. Hoy tenemos que preparar la tierra para plantar los tomates. -Estamos en enero -protest'e-. Todo est'a aletargado. Los osos est'an aletargados. Yo estoy aletargado -agregu'e cubri'endome la cabeza con las s'abanas, s'olo para que ella las retirara de un tir'on. -Ven al jard'in -insisti'o, agarr'andome fuertemente de la mu~neca. A primera vista parec'ia que yo ten'ia raz'on; todas las plantas estaban secas y macilentas. -Mira -dijo Martha, agach'andose junto a un rosal, para mostrarme unos brotes ros'aceos. Entonces me mostr'o el ciruelo y, al contemplarlo detenidamente, vi un sinf'in de diminutas hojas verdes que emerg'ian de sus ramas desnudas. Pobres plantas californianas sin un invierno para descansar. Martha me entreg'o una pala y comenzamos el ciclo anual: arar la tierra, agregar fertilizante y plantar las diminutas tomateras en sus correspondientes surcos. Cada a~no plant'abamos meticulosamente distintas variedades, con diferentes per'iodos de maduraci'on, a lo largo de varias semanas, para disponer regularmente de tomates durante todo el verano. Y cada a~no, todos y cada uno de los tomates maduraban el 15 de agosto. Era un trabajo lento y pesado por la cantidad de arcilla que conten'ia el suelo y por la humedad de las lluvias invernales. Pero por fin acabamos de remover la tierra, mugrientos y sudados, y tomamos una ducha antes del almuerzo. En la ducha me sent'i como nuevo. Martha me frot'o la espalda, mientras el agua caliente me acariciaba el cuerpo. Tal vez la vida natural y r'ustica no estaba tan mal despu'es de todo. Martha me estaba lavando la cabeza cuando el molesto pitido de mi localizador, sepultado en un mont'on de ropa, destruy'o la paz reinante. -No tendr'as la osad'ia... -comenz'o a gru~nir Martha en son de protesta. Demasiado tarde. Salt'e de la ducha, fui corriendo a la sala, encend'i mi Macintosh y llam'e al ordenador del laboratorio. Sventek. Al cabo de un instante hablaba por tel'efono con Steve White, que estaba en su casa. -Est'a aqu'i, Steve. -De acuerdo. Localizar'e la l'inea y llamar'e a Francfort. Al cabo de un momento Steve volvi'o al tel'efono: -Ha desaparecido. Estaba aqu'i hace un momento, pero ya ha desconectado. De nada servir'ia llamar ahora a Alemania. !Maldita sea! No pod'ia sentirme m'as frustrado; de pie en un charco en nuestro comedor, completamente desnudo, mojado y tiritando, con burbujas de champ'u sobre el teclado de mi ordenador. Claudia estaba ensayando una pieza de Beethoven; pero, perpleja por la aparici'on en la sala de su coinquilino completamente desnudo, dej'o el viol'in y se dedic'o a contemplarme. Entonces se ech'o a re'ir y toc'o una m'usica burlesca. Intent'e responder con una pirueta y una sonrisa, pero estaba demasiado obsesionado con el hacker para lograrlo. Regres'e t'imidamente al ba~no. Martha me ech'o una mala mirada, pero entonces se tranquiliz'o y me invit'o a refugiarme de nuevo bajo el agua caliente. -Lo siento, cari~no -me disculp'e-. Hay que aprovechar cualquier oportunidad para localizarle, pero no ha mantenido la l'inea abierta el tiempo necesario. -!Fant'astico! -exclam'o Martha-. El tiempo suficiente para obligarte a salir de la ducha, pero no para averiguar d'onde se encuentra. Tal vez sabe que le observas y procura frustrarte deliberadamente. De alg'un modo sabe por telepat'ia cu'ando est'as en la ducha, o en cama, -Lo siento, cari~no -dije, con absoluta sinceridad. -Amor m'io, tenemos que encontrar una soluci'on. No podemos permitir que ese individuo siga trastornando nuestra vida. Y todos esos fantasmas trajeados con los que te relacionas, ?qu'e han hecho para ayudarte? Nada. Tendr'emos que hacernos cargo nosotros mismos. Ten'ia raz'on. Hab'ia pasado horas al tel'efono con el FBI, la CIA, la NSA, la OSI y el DOE; sin incluir a otros como el BKA, que tambi'en estaban al corriente del problema, pero nadie tomaba la iniciativa. -Sin embargo ?qu'e podemos hacer sin la ayuda del gobierno? -pregunt'e-. Necesitamos 'ordenes judiciales y cosas por el estilo. Se requiere un permiso oficial para intervenir tel'efonos. -S'i, pero no necesitamos el permiso de nadie para introducir material en nuestro ordenador. -?Y bien? Bajo el chorro de agua caliente, Martha volvi'o la cabeza y me mir'o de soslayo. -Boris, cari~no, tengo un plan... -dijo Martha, mientras me esculp'ia una barbilla y un bigote con espuma en el rostro. -?S'i, Natasha? -Ha llegado el momento de poner el plan secreto 35B en acci'on. -!Genial, Natasha! !Funcionar'a a la perfecci'on! A prop'osito, querida..., ?qu'e es el plan secreto 35B? -La operaci'on ducha. -?Ah, s'i? -Bien, ver'as: el esp'ia de Hannover busca informaci'on secreta, ?no es cierto? -dijo Martha-. Pues le ofrecemos lo que desea, secretos militares especiales para esp'ias, montones y montones de secretos. -Dime, querida Natasha: esos secretos ?de d'onde los sacamos? Nosotros no conocemos ning'un secreto militar. -!Los inventamos, Boris! !Caracoles! A Martha se le hab'ia ocurrido la soluci'on perfecta a nuestro problema: ofrecer a ese individuo lo que andaba buscando. Crear una serie de archivos de informaci'on ficticia, adornados con documentos secretos falsos. Dejarlos descuidadamente en mi ordenador. El hacker se tropezar'ia con ellas y pasar'ia un par de horas lamiendo el plato, copiando toda la informaci'on. Muy elegante. ?Cu'anta informaci'on har'ia falta? Mientras le enjuagaba el pelo a Martha, ech'e el c'alculo. Quer'iamos que conectara durante un par de horas y sab'iamos que lo hac'ia por una l'inea de 1200 baudios, que correspond'ia a unos ciento veinte caracteres por segundo. En dos horas pod'ia leer aproximadamente ciento cincuenta mil palabras. -!Oh, Natasha, mi encantadora agente del contraespionaje! S'olo hay un peque~no problema: ?de d'onde sacamos quinientas p'aginas de secretos imaginarios? -Muy sencillo, querido: !los inventamos! En cuanto a la informaci'on general, utilizamos la ya existente. Cuando se acab'o el agua caliente, salimos de la ducha. -No podemos inventar tanta informaci'on de un d'ia para otro -sigui'o diciendo Martha-. Pero podemos crearla sobre la marcha, conservando siempre la ventaja sobre el hacker. Podemos utilizar documentos administrativos comunes, modificarlos ligeramente y darles t'itulos aparentemente secretos. Los documentos secretos aut'enticos, probablemente est'an llenos de aburrida jerga burocr'atica... -No tenemos m'as que coger un mont'on de esos inescrutables documentos del Departamento de Energ'ia, que abarrotan los cajones de mi escritorio, y modificarlos para que parezcan secretos de Estado. -Tendremos que modificarlos con sutileza, conservando su estilo burocr'atico -prosigui'o Martha-. Si utilizamos titulares como <>, el hacker sospechar'a inmediatamente. Deben ser lo suficientemente reservados para mantener su inter'es, sin que sea evidente que se trata de una trampa. Reflexion'e sobre lo que Martha me hab'ia dicho y comprend'i que hab'iamos de poner manos a la obra. -Ya lo tengo -dije-. Nos inventamos a una secretaria que trabaja para un grupo de gente involucrada en un proyecto secreto y dejamos que el hacker descubra casualmente sus archivos: montones de borradores, documentos repetitivos y comunicados internos. Claudia nos recibi'o en la sala, despu'es de secar el charco de agua que yo hab'ia causado. Escuch'o nuestro plan y agreg'o un nuevo giro: -Podr'ias incluir una circular en el ordenador por la cual invitas al hacker a escribir y pides m'as informaci'on. Si se traga el anzuelo, puede que mande su direcci'on. -!Claro! -exclam'o Martha-. !Por supuesto! !Una carta prometiendo mayor informaci'on! Nos sentamos los tres a la mesa de la cocina, con una mal'evola sonrisa, mientras com'iamos tortillas y elabor'abamos nuestro plan. Claudia explic'o c'omo conceb'ia dicha circular. -Creo que debe parecerse al premio de una m'aquina tragaperras. Escr'ibanos y le mandaremos... un anillo de codificador secreto. -No seamos ingenuos -dije-. No ser'a tan est'upido como para mandarnos su direcci'on. Al darme cuenta de que acababa de arrojar un cubo de agua fr'ia sobre mis camaradas conspiradores, agregue que val'ia la pena intentarlo, pero que lo principal era ofrecerle algo que tardara un par de horas en roer. Entonces se me ocurri'o otro problema: -No sabemos lo suficiente sobre material militar para confeccionar documentos veros'imiles. -No tienen por qu'e ser veros'imiles -sonri'o diab'olicamente Martha-. Los documentos militares aut'enticos tampoco lo son. Est'an llenos de jerga arcana y frases indescifrables. Cosas como <>. ?No es cierto, Boris? Martha y yo subimos al laboratorio en nuestras respectivas bicis, y conectamos con el ordenador del LBL, donde recopilamos un mont'on de aut'enticos documentos y circulares gubernamentales, repletos de t'erminos burocr'aticos mucho m'as altisonantes que los que habr'iamos podido inventar, modific'andolos ligeramente para que parecieran <>. Nuestros documentos describir'ian un nuevo proyecto de la Guerra de las Galaxias. Cuando alguien ajeno al laboratorio los leyera, creer'ia que el Lawrence Berkeley Laboratory hab'ia conseguido un enorme contrato gubernamental para dirigir una nueva red inform'atica, la red de la Iniciativa de Defensa Estrat'egica: SDI Network. Esa red imaginaria conectar'ia entre s'i docenas de ordenadores confidenciales y llegar'ia a bases militares en el mundo entero. En nuestros archivos aparec'ian tenientes y coroneles, cient'ificos e ingenieros. De vez en cuando se insinuaban reuniones e informes confidenciales. E inventamos a Barbara Sherwin, una amable y ajetreada secretaria, que se esforzaba por descifrar su nuevo procesador de textos y controlar el sinf'in de documentos, generados por el departamento que acab'abamos de inventar: <> El nombre de nuestra ficticia secretaria se inspiraba en el de una astr'onoma, Barbara Schaefer, y utilizamos su aut'entica direcci'on. Ped'i a la astr'onoma que vigilara si llegaba algo dirigido a Barbara Sherwin. Nuestra falsa documentaci'on inclu'ia solicitudes de presupuestos (cincuenta millones de d'olares para comunicaciones), pedidos y descripciones t'ecnicas de la red. En su mayor parte, eran copias de documentos archivados en el ordenador, con cambios de direcci'on y alguna que otra palabra. Para confeccionar una lista de participantes utilic'e el archivo de suscriptores de la revista del laboratorio, cambiando <> por <>, <> por <>, <> por <> y <> por <>. Y en cuanto a las direcciones, me limit'e a introducir alg'un que otro <> y <>. Al cabo de media hora, mi improvisada lista parec'ia un verdadero archivo de altos cargos militares. Sin embargo, algunos documentos eran tambi'en pura invenci'on, como ciertas cartas entre directores y administrativos, un compendio descriptivo de las prestaciones t'ecnicas de la red, y una circular invitando al destinatario a obtener m'as informaci'on sobre la red SDI, que pod'ia solicitar por escrito al departamento de elaboraci'on del proyecto. -Titulemos la cuenta <> -dije-. Las siglas, STING, son fant'asticas. -No, puede que se lo huela -objet'o Martha-. Utilicemos SDINET. Parece m'as oficial y estoy segura de que le llamar'a la atenci'on. Colocamos todos los archivos en una cuenta titulada SDINET y me asegur'e de ser el 'unico que conoc'ia la clave. A continuaci'on modifiqu'e todos los archivos para que s'olo fueran accesibles al due~no de la cuenta; es decir, yo. Los grandes ordenadores permiten que se crear archivos que todo el mundo pueda leer; es decir, abiertos a todo aquel que conecte con el sistema. Es lo mismo que dejar un fichero abierto para que cualquiera lea su contenido. un archivo con los resultados del campeonato de baloncesto de la empresa se clasificar'ia probablemente como legible para todo el mundo. Con una sola orden, se puede convertir un archivo en s'olo accesible a ciertas personas, por ejemplo colaboradores. Los 'ultimos informes de ventas, o ciertos nuevos dise~nos, necesitan ser compartidos por varias personas, pero no es deseable que est'en al alcance de cualquiera. O, por otra parte, un archivo inform'atico puede ser totalmente privado. Nadie, a excepci'on de su due~no, puede leerlo. Es como cerrar con llave el caj'on del escritorio. O sea, casi, ya que el usuario root puede eludir todas las protecciones y leer cualquier archivo. Al limitar el acceso a nuestros archivos SDI a su propietario, me aseguraba de que nadie las encontrara. Puesto que, adem'as de su propietario, yo era el usuario root, nadie m'as las ver'ia. A excepci'on, quiz'a, del hacker haci'endose pasar por administrador del sistema. Tardar'ia un par de minutos en incubar su huevo de cuco, pero entonces podr'ia leer todos los archivos del sistema, incluidos los ficticios que nosotros hab'iamos introducido. Si se acercaba a las mismas, yo lo sabr'ia inmediatamente. Mis monitores grababan todos sus movimientos. De todos modos, para mayor seguridad, instal'e una alarma conectada a los archivos SDI. Si alguien los miraba, o simplemente le ordenaba al ordenador que lo hiciera, yo lo descubrir'ia en aquel mismo instante. El anzuelo estaba puesto. Si el hacker lo mord'ia, tardar'ia dos horas en trag'arselo. Tiempo suficiente para que los alemanes le localizaran. Ahora le tocaba mover al hacker. 41 Otra vez hab'ia metido la pata. La operaci'on ducha estaba efectivamente lista y puede que incluso funcionara, pero hab'ia olvidado un detalle importante. No le hab'ia pedido permiso a nadie. Normalmente, esto no supondr'ia ning'un problema, ya que de todos modos a nadie sol'ia importarle lo que yo hac'ia. Pero mientras pedaleaba por la cuesta del laboratorio, me di cuenta de que todas las organizaciones con las que hab'ia estado en contacto querr'ian estar al corriente de nuestros archivos SDI ficticios. Por supuesto, cada agencia tendr'ia una opini'on distinta, pero los molestar'ia que actuara sin comunic'arselo. Sin embargo ?qu'e ocurrir'ia si les ped'ia permiso? No quer'ia pensar en ello. Quien m'as me preocupaba era mi jefe. Si contaba con el apoyo de Roy, las agencias de tres siglas no podr'ian meterse conmigo. El 7 de enero fui directamente a su despacho y, durante un rato, hablamos de electrodin'amica relativa, que en gran parte para m'i significaba observar al viejo profesor en la pizarra. Independientemente de la opini'on que le merezcan a uno los ariscos catedr'aticos universitarios, no hay mejor forma de aprender que escuchar a alguien que ha estudiado a fondo el tema. -Jefe, estoy intentando librarme de ese hacker. -?Te est'a presionando otra vez la CIA? Conf'io en que se tratara de una broma. -No, pero los alemanes s'olo controlar'an las l'ineas telef'onicas una semana m'as. Despu'es del pr'oximo fin de semana, nosotros tambi'en podemos darnos por vencidos. -Me alegro. Ha durado ya demasiado. -El caso es que se me ha ocurrido introducir datos ficticios en nuestro ordenador como cepo para capturar al hacker. -Parece una buena idea. Aunque, evidentemente, no funcionar'a. -?Por qu'e no? -Porque el hacker es demasiado paranoico. Pero int'entalo de todos modos, ser'a un buen ejercicio. !Magn'ifico! La aprobaci'on de mi jefe me inmunizaba ante el resto del mundo. No obstante deb'ia comunicar tambi'en nuestros planes a los individuos de las agencias de tres siglas. A dicho fin escrib'i una breve propuesta, redactada como un proyecto cient'ifico: Propuesta para determinar la direcci'on del hacker. Problema: Un persistente hacker ha invadido los ordenadores del LBL. Puesto que conecta desde Europa, se precisa una hora para localizar las l'ineas telef'onicas. Nuestro objetivo es el de descubrir su localizaci'on exacta. Observaciones: 1. Es persistente; 2. Manipula confiadamente nuestros ordenadores, inconsciente de que le observamos; 3. Busca palabras como <>, <> y <>; 4. Es un programador competente y tiene experiencia en la infiltraci'on de redes. Soluci'on sugerida: Ofrecerle informaci'on ficticia para mantenerle conectado durante m'as de una hora. Completar la localizaci'on telef'onica en dicho per'iodo. Mi propuesta continuaba con la historia, metodolog'ia, detalles del proyecto y notas a pie de p'agina sobre las probabilidades de llegar a capturar al hacker. Tan engorroso como supe. Mand'e el documento a las agencias habituales de tres siglas -el FBI, la CIA, la NSA y el DOE- con una nota en la que dec'ia que, si nadie ten'ia objeci'on alguna, complementar'ia el plan la semana pr'oxima. Al cabo de unos d'ias los llam'e sucesivamente por tel'efono. Mike Gibbons, del FBI, comprendi'o lo que me propon'ia, pero no quiso comprometer su agencia en un sentido ni en otro. -?Qu'e dice la CIA al respecto? En la CIA, Teejay hab'ia le'ido tambi'en mi propuesta, pero su actitud fue igualmente ambigua: -?Qu'e opinan los de la entidad <>? -Mike me ha sugerido que te llame. -Muy oportuno. ?Has llamado a la entidad del norte? ?La entidad del norte? ?Hab'ia algo m'as al norte de la CIA? -Oye, Teejay: ?qu'e es la entidad del norte? -Lo sabes perfectamente, el gran Fort M. Claro, Fort Meade, en Maryland, la NSA. Efectivamente, hab'ia llamado a Fort Meade y Zeke Hanson, del centro nacional de seguridad inform'atica de la NSA, hab'ia le'ido tambi'en mi propuesta. Parec'ia que le gustaba, pero no quer'ia tener nada que ver con el asunto. -No puedo decirte en modo alguno que sigas adelante -dijo Zeke-. Personalmente me encantar'ia ver lo que ocurre. Pero si te metes en alg'un l'io, no cuentes para nada con nosotros. -No busco a nadie que se responsabilice, s'olo me pregunto si es una mala idea. Es curioso, pero eso era exactamente lo que me propon'ia. Antes de empezar a experimentar conviene o'ir la opini'on de los expertos. -A m'i me parece bien. Pero deber'ias consult'arselo al FBI. As'i se cerraba el c'irculo: todo el mundo se~nalaba a otro. Llam'e tambi'en al Departamento de Energ'ia, a la OSI de las fuerzas a'ereas y al individuo de la Defense Intelligence Agency. Evidentemente nadie quiso responsabilizarse, pero tampoco se opusieron a la idea. Era cuanto necesitaba. El mi'ercoles era demasiado tarde para que alguien objetara. Estaba comprometido con la idea de Martha y dispuesto a prestarle todo mi apoyo. Aquella misma tarde el hacker hizo acto de presencia. Me hab'ian invitado a almorzar en el Caf'e Pastoral de Berkeley con Dianne Johnson, representante del Departamento de Energ'ia, y Dave Stevens, genio matem'atico de su centro de inform'atica, con los que hablaba de nuestros planes y del progreso realizado, mientras compart'iamos unos excelentes fettucini. A las 12:53, cuando saboreaba un buen cappuccino, son'o la alarma de mi localizador. El c'odigo me indic'o que el hacker hab'ia conectado como Sventek con nuestro Unix-4. Sin decir palabra me dirig'i apresuradamente al tel'efono p'ublico y llam'e, a Steve White a Tymnet -dos d'olares y cuarto el paso-, que comenz'o inmediatamente a localizar la llamada. La conexi'on del hacker dur'o s'olo tres minutos, apenas suficiente para saber qui'en hab'ia conectado. Regres'e a la mesa antes de que se enfriara el caf'e. El incidente me estrope'o el resto de la velada. ?Por qu'e su conexi'on hab'ia durado s'olo tres minutos? ?Present'ia que se le tend'ia una trampa? S'olo lo sabr'ia cuando viera las copias de la sesi'on en el laboratorio. Mis monitores hab'ian registrado su conexi'on como Sventek, su listado de todos los nombres de quienes utilizaban el sistema en aquellos momentos y, a continuaci'on, su desconexi'on. !Maldita sea! No hab'ia husmeado lo suficiente para descubrir nuestros archivos ficticios. Puede que nuestro cepo estuviera demasiado oculto. Puesto que el t'ecnico alem'an s'olo vigilar'ia las l'ineas otro par de d'ias, conven'ia hacerlo m'as evidente. De ahora en adelante permanecer'ia conectado a mi ordenador. Me har'ia pasar por la encantadora Barbara Sherwin utilizando la cuenta SDINET. La pr'oxima vez que el hacker levantara su periscopio ver'ia SDINET en operaci'on, intentando editar alg'un archivo. Si esto no le llamaba la atenci'on, nada lo lograr'ia. Naturalmente, al d'ia siguiente, jueves, no hizo acto de presencia. Tampoco se le vio el pelo el viernes por la ma~nana. Estaba a punto de darme por vencido cuando, a las 05:14 de la tarde del 16 de enero, son'o la alarma de mi localizador. Ah'i estaba el hacker. Yo, por mi parte, estaba trabajando en la cuenta SDINET, manipulando un programa de procesamiento de textos. Su primera orden, <>^9, le facilit'o una lista de diez personas, con mi seud'onimo en s'eptimo lugar: who Astro C'arter Fermi Meyers Microprobe Oppy5 Sdinet Sventek Tumchek Tompkins Aqu'i est'a el anzuelo. !'Animo, muchacho! Ibl> grep sdinet /etc/passwd busca al usuario "SDINET" en nuestro archivo de claves Sd1n8t:sx4sd34xs2:usuario sdinet, archivos en /u4/sdinet,propietario proyecto red sdi !Magn'ifico! !Acababa de tragarse el anzuelo! !Buscaba informaci'on sobre el usuario de SDINET! Sab'ia lo que har'ia a continuaci'on: consultar'ia el directorio de SDINET. Ibl> cd /u4/sdinet se dirige al directorio de SDINET lbl> ls e intenta conseguir los nombres de sus archivos Infracci'on protecci'on archivo -- no es usted propietario !pero no lo logra! Evidentemente no tiene acceso a la informaci'on de SDINET porque he aislado sus archivos de todos los dem'as usuarios. Pero el hacker sabe c'omo forzar la cerradura. Basta con depositar un peque~no huevo, utilizando el programa Gnu-Emacs, para convertirse en superusuario. Ning'un archivo est'a fuera del alcance del usuario root, y mi hu'esped sabe exactamente c'omo usurpar dichos privilegios. ?Agarrar'ia la bola del interior de la botella, como en el experimento del simio? Ah'i va. Ahora comprueba que no se haya modificado el programa Gnu-Emacs, de transferencia de correspondencia. Crea su propio programa atrun falso. Como en los viejos tiempos. En un par de minutos se habr'a convertido en administrador del sistema. S'olo que en esta ocasi'on estoy hablando por tel'efono con Steve White. -Steve, llama a Alemania. El hacker est'a en activo y ser'a una sesi'on larga. -Muy bien, Cliff. Te devuelvo la llamada en diez minutos. Ahora era cosa de los alemanes. ?Ser'ian capaces de extraer la ciruela de la tarta? Veamos: eran las cinco y cuarto de la tarde en Berkeley y, por consiguiente, las dos y cuarto de la madrugada en Alemania. ?O era la una y cuarto? En todo caso, claramente no eran horas de oficina. !Ojal'a los t'ecnicos de Hannover estuvieran hoy de servicio por la noche! Entretanto el hacker no pierde tiempo. En cinco minutos hab'ia elaborado un programa especial para convertirse en superusuario. Manipula la cola del Gnu-Emacs para introducir su programa en la zona reservada del sistema. De un momento a otro el Unix descubrir'a dicho programa, y... ah'i va, se ha convertido en superusuario. Entonces acude directamente a los archivos prohibidos de SDINET. (Yo permanezco pegado a mi monitor, pensando: <>) Naturalmente, lo primero que pide es una lista de t'itulos: ldl> ls Conexiones Circular Finanzas Correspondencia-Direcciones Pent'agono-Solicitud Compras-Pedidos Circular a Gordon Rhodes-Cartas SDI-ordenadores SDI-Red-Propuesta Usuarios-Lista Red mundial Visitantes-informaci'on Muchos de dichos nombres no correspond'ian a simples archivos, sino a directorios completos con sus correspondientes ficheros. ?Cu'al consultar'ia en primer lugar? Muy sencillo: todos. Durante los pr'oximos cuarenta y cinco minutos repas'o archivo por archivo, leyendo toda la basura que Martha y yo hab'iamos elaborado; material engorroso y aburrido, con alg'un toque ocasional de informaci'on t'ecnica. Por ejemplo: Querido comandante Rhodes: Agradecemos sus observaciones relacionadas con el acceso a SDINET. Como usted sabe, se precisa un identificador de usuario de la red (NUI) para acceder tanto el SDINET confidencial como al no confidencial. A pesar de que dichos NUIs se distribuyen desde diversas localidades, es importante que los usuarios que utilicen ambas secciones conserven el mismo NUI. Por ello, su comandancia debe ponerse directamente en contacto con los responsables de la red. En nuestro laboratorio de Berkeley podemos modificar f'acilmente su NUI, pero consideramos preferible que se lo solicite debidamente. Atentamente, Barbara Sherwin En esta carta se suelta una pista, que es la de poder llegar a SDINET desde el Lawrence Berkeley Laboratory. Apostar'ia cualquier cosa a que el hacker pasar'ia una hora o dos en busca del camino que conduce al m'itico SDINET. ?Le parecer'ia convincente la informaci'on que le hab'ia preparado? La 'unica forma de saberlo consist'ia en observar su conducta; un incr'edulo no ir'ia en busca del santo Grial. Los archivos le convirtieron en creyente. Interrumpi'o el listado para buscar la conexi'on a la red SDI; desde mi monitor observ'e c'omo investigaba pacientemente todas nuestras conexiones con el mundo exterior. Aunque al no conocer a fondo nuestro sistema, su b'usqueda no pudo ser exhaustiva, pas'o diez minutos en busca de alguna l'inea titulada <>. Anzuelo, sedal y plomada. A continuaci'on volvi'o de nuevo a los ficticios archivos SDINET e imprimi'o la titulada <>; SDI Network Project Lawrence Berkeley Lab Mail Stop 50-351 1 Cyclotron Road Berkeley, CA 94720 nombre nombre direcci'on direcci'on ciudad ciudad, estado estado, c'odigo c'odigo Muy se~nor nuestro: Agradecemos su inter'es por SDINET y nos complace atender su solicitud de informaci'on sobre la red. Los siguientes documentos est'an a su disposici'on en esta oficina y agradeceremos nos indique cu'ales desea que le remitamos: #37.6 SDINET Descripci'on Global 19 p'aginas, revisado setiembre de 1986 #41.7 Iniciativa de Defensa Estrat'egica y las Redes Inform'aticas planes y complementaci'on (actas) 287 p'aginas, revisado setiembre de 1986 #45.2 Iniciativa de Defensa Estrat'egica y las Redes Inform'aticas planes y complementaci'on (actas) 300 p'aginas, junio de 1986 #47.3 SDINET Requisitos Conexi'on 65 p'aginas, revisado abril de 1986 #48.8 C'omo conectar con SDINET 25 p'aginas, julio de 1986 #49.1 X25 y X75 conexiones a SDINET (incluye nodos para Jap'on, Europa y Haw'ai) 8 p'aginas, diciembre de 1986 #55.2 SDINET planes operacionales para 1986 a 1988 47 p'aginas, noviembre de 1986 #62.7 SDINET, lista de miembros no confidencial (incluidas las principales conexiones a Milnet) 24 p'aginas, noviembre de 1986 #65.3 SDINET, lista de miembros confidencial 9 p'aginas, noviembre de 1986 #69.1 Avances en SDINET y Sdi Disnet 28 p'aginas, octubre de 1986 NUI Formulario de solicitud Esta oficina puede facilitarle dicho formulario, pero deber'a devolverlo al Centro de Control de la Red Existen tambi'en otros documentos. Solic'itelo si desea que le incluyamos en nuestra lista y le mantendremos informado. Debido a la extensi'on de los documentos, nos vemos obligados a utilizar el servicio de correos. Dirija su solicitud a la se~nora Barbara Sherwin, a la direcci'on del encabezamiento. La pr'oxima revisi'on de SDINET de alto nivel est'a prevista para el 20 febrero de 1987. Por consiguiente, el plazo para la recepci'on de solicitudes en nuestra oficina se cerrar'a el 11 febrero de 1987. Toda solicitud recibida despu'es de dicha fecha podr'a demorarse. Atentamente, Sra. Barbara Sherwin Secretar'ia administrativa Proyecto SDINET Me preguntaba c'omo reaccionar'ia ante dicha carta. ?Nos mandar'ia su direcci'on? Poco importaba. Steve White llam'o desde Tymnet. -He localizado tu conexi'on en la Universidad de Bremen. -Como de costumbre, ?no es cierto? -As'i es. Supongo que han comenzado de nuevo las clases -dijo Steve-. En todo caso, el Bundespost ha localizado la l'inea de Datex desde Bremen a Hannover. -Bien. Parece que el hacker est'a en Hannover. -Eso es lo que dice el Bundespost. Han seguido la l'inea hasta unas terminales de entrada situadas cerca del centro de Hannover. -Sigue, te escucho. -Ahora viene lo dif'icil. Alguien ha llamado por tel'efono a la central de Datex, en Hannover. No cabe duda de que procede de la misma ciudad, no se trata de una llamada a larga distancia. -?Conoce el Bundespost el n'umero de tel'efono? -Casi. En la 'ultima media hora, el t'ecnico ha investigado la l'inea y sabe que est'a entre cincuenta n'umeros posibles. -?Qu'e les impide averiguar el n'umero exacto? -Wolfgang no me lo ha especificado. Parece que han reducido las posibilidades a un grupo de tel'efonos locales y que, en la pr'oxima ocasi'on, descubrir'an el n'umero exacto. Por la forma de hablar de Wolfgang, parecen impacientes por resolver el caso. ?De modo que uno entre cincuenta? El Bundespost estaba casi en la meta. La pr'oxima vez le descubrir'ian. Viernes, 16 de enero de 1987. El cuco puso su huevo en el nido equivocado. 42 El seguimiento lleg'o casi hasta el hacker. Si aparec'ia una vez m'as, le descubrir'iamos. Pero el l'imite era el d'ia siguiente por la noche, s'abado, cuando los t'ecnicos alemanes retirar'ian el servicio de vigilancia. ?Har'ia acto de presencia antes de entonces? -Martha, s'e que te disgusta, pero debo quedarme a dormir una vez m'as en el laboratorio. Sin embargo puede que esto ya sea el fin de la persecuci'on. -'Esta es la en'esima vez que dices lo mismo. Probablemente lo era. La persecuci'on hab'ia sido una sucesi'on constante de <>, seguido de <>. Pero en esta ocasi'on, la sensaci'on era distinta. A juzgar por sus mensajes, los alemanes parec'ian seguros de s'i mismos; segu'ian la pista correcta. El hacker no hab'ia le'ido todav'ia todos nuestros archivos ficticios. En los cuarenta y cinco minutos de conexi'on con nuestro sistema hab'ia impreso aproximadamente la tercera parte de la informaci'on. ?Por qu'e no examinaba el resto, conociendo su existencia? Esto hac'ia suponer que no tardar'ia en volver. De modo que, una vez m'as, me acurruqu'e bajo mi escritorio y me qued'e dormido, al son lejano de las unidades de discos inform'aticos. Por primera vez despert'e sin que el molesto pitido de mi localizador sonara en mi o'ido. Abr'i los ojos bajo mi escritorio, solo en aquella oficina desierta, en la tranquilidad de un s'abado por la ma~nana. Por lo menos lo hab'ia intentado. Era lamentable que el hacker no hubiera hecho acto de presencia. Puesto que estaba solo, empec'e a jugar con un programa de astronom'ia, intentando comprender como los errores en el pulimento de espejos afectan las im'agenes del telescopio. Hab'ia logrado, m'as o menos, que el programa funcionara, cuando, a las 8.08 de la ma~nana, son'o la alarma de mi localizador. Ech'e una carrera por el pasillo para ver la pantalla del monitor. All'i estaba el hacker conectando al ordenador Unix-5, con uno de sus antiguos nombres: Mark. No hab'ia tiempo para observar lo que hac'ia: era preciso divulgar r'apidamente la noticia. Ten'ia que llamar a Tymnet, para que se pusieran en contacto con el Bundespost. -Hola, Steve. -Ha reaparecido el hacker, ?no es cierto? Steve debi'o de percibirlo en el tono de mi voz. -Efectivamente. ?Puedes empezar a localizarle? -Ah'i va -se limit'o a responder-. Hoy la llamada procede de Bremen -agreg'o, cuando todav'ia no hab'ia transcurrido un minuto. -Igual que ayer -coment'e. -Voy a hablar con Wolfgang, del Bundespost. Steve colg'o y yo observ'e al hacker en la pantalla. Cada minuto que pasaba en nuestro sistema est'abamos m'as cerca de desenmascararle. All'i estaba, leyendo meticulosamente nuestros archivos ficticios. Con cada documento que le'ia, crec'ia mi satisfacci'on, convencido de que ca'ia por partida doble en nuestra trampa: por una parte, la informaci'on era evidentemente falsa y, por otra, con cada una de sus arrogantes zancadas por nuestro ordenador, se dirig'ia ineludiblemente a nuestras manos. A las 08:40 abandon'o el ordenador. Steve White llam'o al cabo de unos segundos. -Los alemanes le han localizado de nuevo a trav'es de la Universidad de Bremen -dijo- y de all'i a Hannover. -?Han averiguado su n'umero de tel'efono? -Wolfgang dice que tiene todos los d'igitos, a excepci'on de los dos 'ultimos. ?Todos menos los dos 'ultimos d'igitos? Esto no ten'ia sentido; significaba que se encontraba entre cien n'umeros posibles. -Pero esto es peor que ayer, cuando dijeron que lo hab'ian reducido a un grupo de cincuenta tel'efonos. -Me limito a transmitirte lo que me dicen. Preocupante. Pero, por lo menos, localizaban las l'ineas. A las 10.17 apareci'o de nuevo. Para entonces Martha hab'ia venido al laboratorio en bicicleta y est'abamos ambos enfrascados en la confecci'on de nuevos archivos SDI para su consumo. Fuimos corriendo a los monitores para observarle, a la espera de que descubriera nuestras 'ultimas aportaciones. Pero en esta ocasi'on no se interes'o por los archivos SDI. En su lugar pas'o directamente a Milnet, para intentar infiltrarse en ordenadores militares. En uno tras otro intentaba vencer sus protecciones, adivinando la contrase~na. Se concentr'o en los ordenadores de las fuerzas a'ereas y del ej'ercito, llamando s'olo de vez en cuando a las puertas de alguno de la armada. Probaba lugares de los que nunca hab'ia o'ido hablar, como el laboratorio b'elico de las fuerzas a'ereas, el cuartel general Descom, el CC OIS de las fuerzas a'ereas, o el CCA-amc. Cincuenta intentos fallidos. A continuaci'on lleg'o por Milnet a un ordenador llamado Buckner, en el que entr'o inmediatamente, sin tener que usar siquiera contrase~na alguna en la cuenta <>. Martha y yo intercambiamos una mirada antes de concentrarnos de nuevo en la pantalla. Acababa de infiltrarse en el centro de comunicaciones del ej'ercito, en la sala 121, del edificio 23, de Fort Buckner. As'i constaba en el mensaje de bienvenida del ordenador. Pero ?d'onde estaba Fort Buckner? Lo 'unico evidente era que su calendario estaba equivocado. Dec'ia que hoy era domingo, pero yo sab'ia que era s'abado. Martha qued'o al cargo de los monitores, mientras yo corr'ia a la biblioteca para coger el ya familiar atlas. Repasando el 'indice, encontr'e Fort Buckner. -Martha, no te lo vas a creer, pero el hacker se ha infiltrado en un ordenador instalado en Jap'on. Aqu'i est'a Fort Buckner -dije, se~nalando una isla del Pac'ifico-. Est'a en Okinawa. !Vaya conexi'on! Desde Hannover, en Alemania, el hacker hab'ia conectado con la Universidad de Bremen, mediante el cable transatl'antico hasta Tymnet, entonces con mi ordenador de Berkeley y finalmente, pasando por Milnet, hab'ia llegado a Okinawa. !Diablos! En el supuesto de que alguien le detectara en Okinawa, tendr'ia que desenmara~nar un espantoso laberinto. No satisfecho con la complejidad de la conexi'on, lo que quer'ia era introducirse en la base de datos de Fort Buckner. Durante media hora explor'o el sistema, pero lo hall'o sorprendentemente yermo; algunas cartas desparramadas y una lista de setenta y cinco usuarios. Fort Buckner deb'ia de ser un lugar muy confiado, ya que nadie utilizaba contrase~nas en sus cuentas. No encontr'o gran cosa en dicho sistema, a excepci'on de algunos mensajes electr'onicos referentes a suministros que deb'ian llegar de Haw'ai. A un coleccionista de siglas le encantar'ia el ordenador de Fort Buckner, pero cualquiera en su sano juicio se aburrir'ia soberanamente. -Si tanto le interesa la jerga militarista -coment'o Martha-, ?por qu'e no ingresa en el ej'ercito? El caso es que el hacker no se aburr'ia. Hizo un listado de todos los archivos que encontr'o, excluyendo s'olo programas y utilidades. Por fin se cans'o poco despu'es de las once y desconect'o. Mientras daba la vuelta al mundo por la red de conexiones, el Bundespost alem'an le hab'ia localizado. Llam'o el tel'efono. S'olo pod'ia tratarse de Steve White. -Hola, Cliff -dijo Steve-. La localizaci'on ha terminado. -?Han descubierto los alemanes al individuo? -Saben su n'umero de tel'efono. -Bien, ?de qui'en se trata? -pregunt'e. -No pueden revelarlo en este momento, pero debes comunic'arselo al FBI. -Dime s'olo si se trata de un ordenador o de una persona. -De una persona con un ordenador en su casa. O mejor dicho, en su despacho. Martha oy'o la conversaci'on y se puso a silbar esa canci'on del Mago de Oz: "Ding, dong, ha muerto la bruja..." Por fin se le hab'ia localizado. Ahora le detendr'ia la polic'ia, nosotros presentar'iamos cargos contra 'el y acabar'ia en la celda de una c'arcel. O eso cre'ia yo. Pero lo m'as importante era que mi investigaci'on hab'ia concluido. -?A qu'e se debe que mis cuentas no cuadren por setenta y cinco centavos? -me hab'ia preguntado hac'ia cinco meses. Aquella pregunta me hab'ia conducido de un extremo al otro del pa'is, bajo el oc'eano, a trav'es de fabricantes de material de defensa y universidades, hasta Hannover, Alemania. Martha y yo nos fuimos a casa en bicicleta, parando s'olo para comprar medio litro de nata. Cogimos las 'ultimas fresas de nuestro jard'in y festejamos la ocasi'on con batidos de leche caseros. !Qu'e duda cabe de que los mejores son siempre los que prepara uno mismo! Se mezcla un poco de helado con un par de pl'atanos, una taza de leche, un par de huevos, dos cucharadas de vainilla y un pu~nado de fresas frescas del jard'in. Espesar con suficiente malta. Eso s'i que es un batido de leche. Claudia, Martha y yo estuvimos un rato bailando en el patio; nuestros planes hab'ian funcionado a la perfecci'on. -En un par de d'ias le detendr'a la polic'ia y sabremos lo que se propon'ia -les dije-. Ahora que alguien sabe de qui'en se trata, pronto estar'a resuelto. -Saldr'a tu nombre en los peri'odicos -exclam'o maravillada Claudia-. ?Todav'ia nos dirigir'as la palabra? -Desde luego, incluso seguir'e lavando platos. Martha y yo pasamos el resto del d'ia en el parque de Golden Gate, de San Francisco, montando en el tiovivo y patinando. Despu'es de tantos meses se hab'ia resuelto el problema. Hab'iamos capturado al cuco con una red. 43 Contemplaba con melancol'ia las persianas rotas y grasientas; una colilla colgaba de sus h'umedos labios. El verde resplandor enfermizo de la pantalla iluminaba su agobiado y cansado rostro. Silencioso, tenaz, invad'ia el ordenador. A 10.000 kil'ometros ella le abr'ia sus anhelantes brazos. Sent'ia su aliento en la mejilla, mientras sus delicados dedos le acariciaban el cabello largo y casta~no. Su camis'on se abri'o seductoramente, mientras 'el acariciaba las ondulaciones de su cuerpo a trav'es de la fina seda. -Amor m'io, no me abandones... -susurr'o ella. De pronto se rompi'o el embeleso de la noche; otra vez aquel sonido. Paralizado, contempl'o el tormento de la noche. Una luz roja suplicaba al otro extremo de la negra estancia. La alarma de su localizador entonaba su fascinante canto. A las seis y media de la madrugada del domingo Martha y yo est'abamos so~nando, cuando el hacker penetr'o en mi trampa electr'onica. !Maldita sea! Y con lo maravilloso que era el sue~no. Sal'i de debajo de los edredones y llam'e a Steve White. Se lo comunic'o al Bundespost y, a los cinco minutos, la localizaci'on hab'ia concluido. De nuevo Hannover, el mismo personaje. Desde mi casa no pod'ia observarle, se habr'ia percatado de mi presencia. Pero si ayer hab'ia acabado de leer todos nuestros archivos ficticios SDI, ?qu'e pod'ia querer ahora? Hasta que llegu'e en mi bicicleta al laboratorio no me enter'e de sus objetivos. Las copias mostraban que hab'ia conectado con mi ordenador de Berkeley, a continuaci'on hab'ia pasado a Milnet y entonces intent'o conectar con un sistema en la base de las fuerzas a'ereas en Eglin. Prob'o palabras como <>, <>, <> y <>..., todos sus viejos trucos. Pero el ordenador de Eglin, que no se andaba con menudeces, le expuls'o al cuarto intento. Entonces volvi'o al ordenador de control europeo de Milnet y lo intent'o de nuevo, pero en vano. Al cabo de sesenta ordenadores, no hab'ia podido infiltrarse todav'ia en ning'un sistema militar. Pero no dejaba de intentarlo. A la 01:39 de la tarde logr'o conectar con el centro de sistemas de vigilancia costera de la armada, en la ciudad de Panam'a, Florida. Consigui'o introducirse con el nombre de cuenta <>, acompa~nado de la contrase~na <>. El software de base de datos ingres nos permite inspeccionar millares de archivos, en busca del dato que necesitemos. Se le pueden formular preguntas como <> o <>. El software de bases de datos es muy potente y el sistema ingres se halla entre los mejores. Pero sale de f'abrica con una contrase~na que permite entrar por la puerta trasera. En el momento de su instalaci'on, est'a dotado de una cuenta creada de antemano, con una contrase~na f'acil de adivinar. Mi hacker la conoc'ia, pero no el centro de sistemas de vigilancia costera de la armada. Una vez conectado, comprob'o meticulosamente que nadie le observara. Hizo un listado de los archivos de estructuras y busc'o enlaces con redes adyacentes. A continuaci'on imprimi'o la totalidad del archivo de contrase~nas codificadas. All'i va otra vez. 'Esta era la tercera o cuarta ocasi'on en que le ve'ia copiar la totalidad de un archivo de contrase~nas. Era muy extra~no: las contrase~nas est'an protegidas por un sistema de codificaci'on gracias al cual es imposible descubrir la contrase~na original. No obstante ?qu'e otra utilidad pod'ia tener para 'el el archivo de contrase~nas? Despu'es de una hora en el ordenador de la armada, se cans'o y regres'o a Milnet, para llamar de puerta en puerta. Eso tambi'en acab'o por fastidiarle; despu'es de encontrarse un centenar de veces con el mensaje <>, incluso 'el se hart'o. Entonces volvi'o a imprimir algunos archivos de SDINET, que eran pr'acticamente los mismos que ya hab'ia visto en los 'ultimos dos d'ias. Aproximadamente a las dos y media de la tarde, dio su sesi'on por concluida. Hab'ia pasado ocho horas merodeando por redes militares. Tiempo m'as que suficiente para localizar la llamada y para enterarme de que el Bundespost alem'an se hab'ia mantenido en contacto inmediato con el fiscal general de Bremen, en Alemania. Se hab'ian puesto en contacto con las autoridades de Hannover y estaban al habla con el BKA alem'an. Parec'ia que alguien estaba a punto de cerrar el c'irculo y detener al hacker. ?A qui'en deb'ia llamar respecto a la infiltraci'on en el ordenador de la armada? La semana anterior la OSI de las fuerzas a'ereas me hab'ia advertido que no llamara directamente a los t'ecnicos. -Es incompatible con las ordenanzas militares -dijo Jim Christy. -Comprendo, pero ?existe alg'un centro donde denunciar estos problemas? -pregunt'e. -No, a decir verdad no lo hay -respondi'o Jim-. Puedes cont'arselo al centro nacional de seguridad inform'atica, pero en realidad son como una trampa unidireccional. Sin duda te escuchar'an, pero no divulgan los problemas. De modo que si se trata de un ordenador militar, ll'amanos a nosotros -agreg'o-. Haremos llegar el mensaje a los responsables por los canales apropiados. El lunes por la ma~nana apareci'o de nuevo el hacker. Hora de llamar a unas cuantas puertas. Uno por uno examin'o los ordenadores de Milnet, desde el centro de desarrollo a'ereo Rome de Nueva York, hasta el centro naval de guerra electr'onica. Prob'o quince lugares antes de lograr introducirse en el ordenador de la base a'erea de Ramstein. En esta ocasi'on descubri'o que la cuenta <> no estaba protegida; no precisaba contrase~na alguna. El ordenador de Ramstein parec'ia un sistema de correspondencia electr'onica para oficiales, y el hacker comenz'o a hacer un listado completo de la misma. De pronto me di cuenta de que aqu'el no era el tipo de material que debiera ver. ?Qu'e deb'ia hacer? No pod'ia permitirle que se apoderara de aquella informaci'on, pero tampoco quer'ia excederme. Desconectarle no servir'ia de gran cosa, m'as que para obligarle a encontrar otro camino. Tampoco pod'ia llamar a la base a'erea porque no ten'ia ni idea de d'onde se encontraba Ramstein. Pod'ia llamar a la OSI de las fuerzas a'ereas, pero deb'ia actuar ahora, no en cinco minutos, antes de que se apoderara del resto de la informaci'on. Cog'i el tel'efono para llamar a Jim Christy. Evidentemente, no recordaba su n'umero de tel'efono. En mi bolsillo estaba el llavero. Claro, el viejo truco de las llaves. Bastar'ia con introducir un poco de ruido en su conexi'on. Acerqu'e las llaves al conector, cortocircuitando la l'inea del hacker, s'olo lo suficiente para que pareciera ruido. El hacker pensar'ia que se trataba de electricidad est'atica en la l'inea. Cada vez que solicitaba correspondencia electr'onica de Ramstein, creaba interferencia en la l'inea, de modo que el ordenador confundiera la orden. Despu'es de unos cuantos intentos, abandon'o la base de Ramstein y regres'o a Milnet, para seguir llamando a otras puertas. Por fin logr'e hablar con Jim Christy, en la OSI de las fuerzas a'ereas. -El hacker se ha infiltrado en cierto lugar llamado Base de la Fuerza A'erea en Ramstein. Est'e donde est'e, conviene que les digas que cambien todas sus contrase~nas. -Ramstein est'a en Alemania. -?C'omo? -pregunt'e, convencido de que la ocupaci'on de Europa hab'ia concluido en los a~nos cincuenta-. ?Qu'e hace una base de las fuerzas a'ereas estadounidenses en Alemania? -Protegi'endote a ti. Pero no entremos en eso. Los avisar'e inmediatamente. Vuelve a vigilar al hacker. Me hab'ia perdido diez minutos de su actividad. Lenta y meticulosamente, intentaba introducirse en docenas de sistemas militares. Las direcciones de Milnet parec'ian estar en orden alfab'etico y ahora iba ya por las 'ultimas letras, sobre todo "r" y "s>>. !Claro! Trabajaba con un 'indice alfab'etico. De alg'un modo hab'ia conseguido una gu'ia de Milnet y tachaba uno por uno los lugares que probaba. Estaba a medio camino de la <> cuando intent'o introducirse en un ordenador denominado Seckenheim y conect'o inmediatamente como <>, sin necesidad de contrase~na. Comenzaba a sentirme avergonzado. Pero, aun habiendo logrado introducirse en el ordenador, no permaneci'o mucho tiempo en el mismo. Despu'es de repasar durante unos minutos los archivos del sistema, volvi'o a desconectar. A saber por qu'e. No obstante cre'i oportuno llamar a las fuerzas a'ereas. -!Hola! El hacker acaba de infiltrarse en un lugar llamado Seckenheim. Est'a en Milnet y, por consiguiente, debe tratarse de un ordenador militar, aunque yo nunca he o'ido hablar de 'el. -!Vaya serpiente! -gru~n'o Jim. -?C'omo? -!Maldita sea! Seckenheim es la comandancia material del ej'ercito en Europa. Est'a cerca de Heidelberg. Otra vez Alemania. -!Caramba, lo siento! -Voy a ocuparme de ello inmediatamente. El 'exito del hacker era un problema para los polis militares. Me preguntaba cu'antas bases tendr'ia Estados Unidos en el extranjero. La tecnolog'ia estaba a mi alcance. Eran la geograf'ia y la burocracia lo que me confund'ian. Despu'es de haberse infiltrado en tres ordenadores en un solo d'ia, el hacker no estaba todav'ia satisfecho. Segu'ia investigando Milnet, mientras yo le observaba desde la centralita. Una por una vi c'omo probaba distintas contrase~nas. A las 11:37 logr'o introducirse en un ordenador Vax llamado Stewart. Conect'o sin dificultad alguna como <> con la contrase~na <>. No era la primera vez que lo ve'ia. Otro ordenador Vax-VMS que no hab'ia modificado las contrase~nas originales. El hacker entr'o como una flecha. La cuenta en la que hab'ia ingresado gozaba de privilegios, de los que se aprovech'o sin perder tiempo alguno. Lo primero que hizo fue desactivar el sistema de logs, a fin de no dejar huellas. A continuaci'on fue directamente a utilidades autorizadas, el software del sistema que se ocupa de las contrase~nas, y eligi'o un usuario, Rita, que no hab'ia utilizado el sistema en los 'ultimos meses. Modific'o la cuenta de Rita para otorgarle plenos privilegios en el sistema, y cambi'o la contrase~na existente por <>. ?D'onde hab'ia o'ido aquella palabra? Ulfmerbold. Parec'ia alemana. Pensar'ia en ello m'as adelante, pero ahora deb'ia vigilar al hacker. Por fin, poco despu'es del mediod'ia, desconect'o de Berkeley. Hab'ia sido una jornada provechosa. El ordenador Stewart result'o que pertenec'ia a Fort Stewart, una base militar de Georgia. Llam'e a Mike Gibbons, del FBI, y 'el se ocup'o de comunic'arselo. -Mike, ?has o'ido alguna vez la palabra Ulfmerbold? -No, pero parece alemana. -No tiene importancia. A prop'osito, los alemanes han concluido la localizaci'on. El Bundespost conoce al autor de las llamadas. -?Te han dicho de qui'en se trata? -No. Nadie me dice nada. Lo sabes perfectamente. -!Qu'e duda cabe de que as'i es como operamos! -ri'o Mike-. Pero le dir'e al legado que se ocupe inmediatamente del caso. -?Legado? -El agregado jur'idico, ya sabes, ese individuo en Bonn que se ocupa de nuestros asuntos. -?Cu'anto tardar'an en detener al p'ajaro? S'olo quer'ia saber qui'en y por qu'e: las 'ultimas piezas del rompecabezas. -No lo s'e. Pero cuando ocurra, te lo comunicar'e. No creo que se tarde mucho. Por casualidad, a las tres de la tarde, llam'o Teejay desde la CIA. -?Alguna novedad? -Hemos concluido la localizaci'on durante el fin de semana. -?D'onde est'a? -En Hannover. -Mmmm. ?Sabes c'omo se llama? -No, todav'ia no. -?Lo sabe la entidad <>? -No lo creo. Pero ll'amalos y aver'igualo. A m'i nadie me dice nada. Dudaba de que el FBI se lo comunicara a la CIA, pero no quer'ia verme estrujado entre ambas organizaciones. Ya me resultaba bastante extra~no hablar con ellos por separado. -?Alguna pista en cuanto a su identidad? -No sabr'ia decirte. ?Has o'ido alguna vez la palabra Ulfmerbold? -Mmmm. ?De d'onde la has sacado? -El hacker la ha utilizado como contrase~na al infiltrarse esta ma~nana en un ordenador; en Fort Stewart, Georgia. -No para un instante, ?eh? -coment'o Teejay con cierto temblor en la voz que traicionaba su aparente desinter'es. -As'i es. Tambi'en se ha introducido en otro par de lugares. -?D'onde? -Nada especial -respond'i-. S'olo un par de bases militares en Alemania y un lugar llamado Fort Buckner. - !Hijo de puta! -?Los conoces? -Por supuesto. Antes trabajaba en Fort Buckner, cuando estaba en el ej'ercito. Mi esposa y yo viv'iamos en la base. ?Un agente de la CIA con esposa? Nunca se me hab'ia ocurrido. En las novelas de esp'ias no se menciona jam'as a las esposas o a los hijos. El hacker hab'ia elegido una extra~na contrase~na: Ulfmerbold. Nada en mi diccionario. Tampoco aparec'ia en el Cassell's alem'an/ingl'es. Ni rastro en el escrupuloso atlas. Sin embargo hab'ia o'ido aquella palabra en alg'un lugar. Tanto a Martha como al resto de mis amigos les resultaba tambi'en desconocida. Ni siquiera mi hermana, la que se hab'ia jugado la vida husmeando en un instituto de McLean, en Virginia, la conoc'ia. Transcurrieron tres d'ias antes de que mi jefe, Roy Kerth, lo descubriera. Ulf Merbold era el astronauta alem'an que hab'ia realizado observaciones astron'omicas desde el transbordador espacial. Otra pista que se~nalaba a Alemania, innecesaria ahora que las pruebas eran abrumadoras. Pero ?por qu'e elegir el nombre de un astronauta? ?Pura admiraci'on? ?O alg'un motivo m'as siniestro? ?Explicar'ia esto la raz'on de su persistente infiltraci'on en los ordenadores? ?Habr'ia estado persiguiendo a alguien obsesionado con 'el programa espacial estadounidense? ?Alguien que so~naba con ser astronauta y recopilaba informaci'on sobre el programa espacial? No. Aquel hacker se interesaba por los ordenadores militares y no por los de la NASA. Quer'ia informaci'on sobre SDI y no astronom'ia. No se busca informaci'on sobre el transbordador espacial en Okinawa. No es la biograf'ia de un astronauta con lo que uno se encuentra al consultar los planes del ej'ercito para la guerra nuclear en Europa central. 44 El martes por la ma~nana me encontr'e con un mont'on de mensajes procedentes de Tymnet. -Puesto que la Universidad de Bremen no est'a dispuesta a pagar m'as llamadas internacionales, tendr'an que correr por tu cuenta -dijo Steve White, traduciendo un mensaje del Deutsche Bundespost, aunque sab'ia perfectamente que no nos lo pod'iamos permitir. -Steve, a mi jefe, que le duele pagarme el sueldo, no se le ocurrir'ia ni en sue~nos pagar las conexiones del hacker. -?Cu'anto tiempo le dedicas al caso? -Unas diez horas diarias. No bromeaba. Incluso una conexi'on de cinco minutos por parte del hacker se convert'ia en una ma~nana de llamadas telef'onicas. Todo el mundo quer'ia saber lo ocurrido, aunque nadie ofreciera ayuda. -En tal caso, tengo buenas noticias para ti -dijo Steve-. Wolfgang me informa de que ma~nana habr'a una reuni'on en Hannover. Algo relacionado con la coordinaci'on de las actividades jur'idicas, t'ecnicas y policiales. -?Qu'e hace que esto sean buenas noticias? -El hecho de que cuentan con detener al culpable este fin de semana. Por fin. -Pero hay un par de problemas. Los alemanes todav'ia no han tenido noticias del FBI, de modo que piensan archivar temporalmente el caso. Wolfgang dice que se lo comuniques al FBI. -As'i lo har'e. Mi pr'oxima llamada al FBI mostr'o el otro lado de la moneda. El agente especial Mike Gibbons me explic'o la situaci'on. Hab'ia mandado varios telegramas al representante del FBI en Bonn, dici'endole que se pusiera en contacto con la polic'ia alemana. Al mismo tiempo le hab'ia mandado una carpeta llena de informaci'on por v'ia a'erea. Pero en alg'un lugar los mensajes quedaban bloqueados: Wolfgang segu'ia sin tener noticia alguna de las 'ordenes judiciales del FBI. -Debes comprenderlo, s'olo podemos comunicarnos a trav'es de nuestro agregado judicial -dijo Mike-. Pero sacudir'e la jaula y procurar'e que despierten en Bonn. Hay que reconocer que el agente del FBI no se andaba con monsergas. Nunca supe gran cosa sobre el agregado jur'idico. ?Trabaja para el FBI o para el departamento de Estado? ?Se trata de un funcionario que trabaja a horas o de un equipo permanente? ?Cu'al es en realidad su funci'on? ?Con qui'en hablan en el gobierno alem'an? ?Qu'e hay que hacer para que despierten? La CIA no me dejaba tranquilo. Teejay insist'ia en conocer todos los detalles del 'ultimo fin de semana. Pero los aspectos m'as emocionantes, como el nombre del individuo, sus motivos y sus patrocinadores, segu'ian siendo un misterio. Lo 'unico que sab'ia era que se le hab'ia localizado. -Dime, Teejay: en el supuesto de que lograra averiguar alguno de esos detalles, ?estar'ias dispuesto a intercambiarlo por alguno de tus chismes? -Habla claro -dijo el esp'ia. -Me refiero a que si llegaras a descubrir qui'en est'a tras todo eso, ?me lo contar'ias? Lo que realmente deseaba saber era si mandar'ia a alg'un esp'ia a que averiguara lo que ese payaso se propon'ia. -Lo siento, Cliff. Nuestra misi'on es escuchar, no hablar. No se puede acusar a la CIA de prodigar la informaci'on. Sin embargo, aquel mismo d'ia llegaron mas noticias v'ia Tymnet. Despu'es de localizar el n'umero de tel'efono del hacker, compararon su nombre con el de las cuentas de Datex. !Hay que reconocer que su trabajo era meticuloso! Al parecer, el hacker utilizaba tres identificadores distintos, cuando manipulaba la red de Datex. El primero correspond'ia al propio hacker: mismo nombre, misma direcci'on. El segundo correspond'ia a otra persona. Y el tercero..., a una empresa; una peque~na empresa de Hannover, especializada en ordenadores. ?Se trataba de identificadores robados? Es tan f'acil robar un identificador de usuario de la red como el n'umero de una tarjeta de cr'edito; s'olo hay que observar a alguien cuando realiza una llamada. Puede que el hacker hubiera robado varios n'umeros de cuentas de Datex. Si las v'ictimas trabajaban para grandes empresas multinacionales, tal vez nunca llegar'ian a darse cuenta. ?O trabajaba en colaboraci'on con alguien? Yo estaba pr'acticamente convencido de que actuaba solo. Si un par de individuos trabajaran juntos, tendr'ian que cambiar constantemente sus contrase~nas. Adem'as, la personalidad del hacker era siempre la misma: paciente, met'odica y de una diligencia casi mec'anica. Otra persona no tendr'ia exactamente el mismo estilo al merodear por Milnet. Algunos de sus objetivos no estaban dormidos. Al d'ia siguiente de que intentara forzar sus puertas, dos de ellos me llamaron. Grant Kerr, de la base a'erea de Hill, en Utah, telefone'o. Estaba enojado por el hecho de que uno de mis usuarios, Sventek, hubiera intentado infiltrarse en su ordenador durante el fin de semana. Y lo mismo ocurri'o con Chris McDonald, de la base de misiles de White Sands. !Magn'ifico! Algunas de nuestras bases militares manten'ian los ojos abiertos. De cada cuarenta, treinta y nueve dorm'ian. Pero hay un pu~nado de t'ecnicos que analiza meticulosamente los logs del sistemas. Durante los pr'oximos d'ias el hacker no me dej'o descansar. No dejaba de inspeccionar nuestros archivos SDINET, por lo que cada dos o tres horas me ve'ia obligado a agregar alguno m'as. Quer'ia que los archivos reflejaran una oficina activa; trabajo acumulado y una simp'atica y atareada secretaria, no muy versada en el funcionamiento de su ordenador. Al poco tiempo, perd'ia una hora diaria generando informaci'on ficticia con el 'unico prop'osito de alimentar al hacker. Zeke Hanson, del centro nacional de seguridad inform'atica, me ayudaba en la elaboraci'on de archivos falsos. Yo desconoc'ia por completo los rangos militares y 'el me orientaba en este sentido. -Los militares son como cualquier otra jerarqu'ia. En la parte superior est'an los oficiales de alto rango, los generales. A continuaci'on vienen los coroneles, excepto en la marina, donde son capitanes. Despu'es los tenientes coroneles, los comandantes y los capitanes... Es m'as f'acil en la universidad. Basta con tratar a todo el mundo de corbata de <> y a todo barbudo de <>. En caso de duda, basta con llamarle <>. Pues bien, cada dos d'ias el hacker conectaba con mi sistema y le'ia los archivos SDINET. Si ten'ia alguna duda con respecto a la validez de los mismos, nunca lo demostr'o. En realidad, pronto empez'o a intentar conectar con ordenadores militares, utilizando el nombre de cuenta SDINET. ?Por qu'e no? Algunos de nuestros archivos ficticios hablaban de conexiones con ordenadores de la red Milnet. Me aseguraba de que estuvieran siempre repletas de jerga y palabrotas t'ecnicas. Sin embargo, el hecho de seguir ofreci'endole forraje no conduc'ia a su detenci'on. Cada vez que aparec'ia, volv'iamos a localizarle, pero yo estaba siempre a la espera de una llamada en la que me comunicaran que estaba en manos de la polic'ia. Ahora que los alemanes hab'ian identificado a un sospechoso, Mike Gibbons se reuni'o con el fiscal de Virginia. El punto de vista del FBI era confuso; si se trataba de un ciudadano alem'an, la extradici'on era improbable, a no ser que se le pudiera acusar de espionaje. Al cabo de una semana el hacker hab'ia regresado para otras cinco sesiones, cada una de una hora como m'inimo de duraci'on. Comprob'o los ordenadores del ej'ercito y de la armada para asegurarse de que todav'ia ten'ia acceso a los mismos. Me preguntaba por qu'e no habr'ian cerrado sus puertas todav'ia. Tambi'en hab'ia merodeado por el ordenador de nuestro laboratorio, verificando una vez m'as los archivos SDINET. Tal vez le preocupaba que hubi'eramos descubierto el robo de la cuenta de Sventek, porque encontr'o otra cuenta que no se utilizaba en nuestro laboratorio, cambi'o la contrase~na y comenz'o a utilizarla para sus incursiones. Con tanto t'ecnico inform'atico en mi departamento, me preocupaba que alguien insertara alguna nota en un bolet'in electr'onico o divulgara inadvertidamente la historia en una conversaci'on. El hacker segu'ia buscando en nuestro sistema palabras como <> y <>, de modo que descubrir'ia inmediatamente la noticia y el p'ajaro levantar'ia el vuelo. Los alemanes hab'ian prometido actuar el fin de semana. El hacker dio lo que esperaba fueran los 'ultimos coletazos el jueves, 22 de enero, cuando se infiltr'o en un ordenador de Bolt, Beranak y Neumann, en Cambridge, Massachusetts. Dicho ordenador, llamado Butterflyvax, estaba tan desprotegido como los dem'as: bastaba con conectar como <>, sin contrase~na. Hab'ia o'ido hablar de BBN; eran los constructores de Milnet. En realidad, la mayor parte de la red Milnet estar'ia pronto controlada por sus ordenadores Butterfly. El hacker hab'ia encontrado un ordenador particularmente sensible; si instalaba en el mismo un troyano adecuado, tal vez podr'ia apropiarse de todas las contrase~nas que pasaran por Milnet, ya que aqu'i era donde BBN elaboraba el software de la red. Las contrase~nas robadas en el Lawrence Berkeley Laboratory s'olo permiten acceder a ordenadores cercanos. El lugar ideal para colocar una trampa es aquel donde se elaboran los programas. Colocado un c'odigo malicioso en el software original, 'este se reproducir'a junto con los programas v'alidos y se distribuir'a por todo el pa'is. Al cabo de un a~no, el traicionero c'odigo habr'a contagiado centenares de ordenadores. El hacker lo sab'ia, pero probablemente no era consciente de haberse tropezado con un sistema de tal envergadura. Inspeccion'o el sistema y descubri'o una escandalosa brecha en el sistema de seguridad: la cuenta del usuario root no precisaba contrase~na alguna. Cualquiera pod'ia conectar como administrador del sistema sin ninguna dificultad. Parec'ia inevitable que alguien descubriera una brecha tan flagrante y no perdi'o tiempo en explorarla. Despu'es de convertirse en administrador del sistema, cre'o una nueva cuenta privilegiada. Aunque se descubriera el defecto original, dispondr'ia ahora de un acceso oculto al ordenador de BBN. Cre'o una cuenta con el nombre de <> y la contrase~na <>. La contrase~na era comprensible, pero ?por qu'e Langman? ?Ser'ia su verdadero nombre? El Bundespost alem'an no me lo revelaba, pero quiz'a lo hab'ia hecho directamente el propio hacker. ?Qu'e significa el nombre Langman? Ahora no ten'ia tiempo de pensar en ello. El hacker encontr'o una carta en el ordenador de BBN que dec'ia: <> Tard'o menos de quince segundos en introducirse en el ordenador de Rochester y pas'o una hora leyendo informaci'on sobre el dise~no de circuitos integrados. Al parecer, un estudiante poslicenciado de Rochester dise~naba circuitos submicr'onicos utilizando una avanzada t'ecnica controlada por ordenador. El hacker comenz'o a apoderarse de toda la informaci'on, programas inclusive. Decid'i no permit'irselo: aquello era espionaje industrial. Cada vez que empezaba a copiar alg'un archivo interesante, tocaba los cables con mis llaves. El hacker pod'ia mirar, pero no tocar. Por fin, a las cinco y media, se dio por vencido. Entretanto no dejaba de pensar en la palabra <>. ?Ser'ia el nombre de alguien? Hab'ia una forma de averiguarlo consultando la gu'ia telef'onica. Maggie Morley, nuestra bibliotecaria, al no poder encontrar un list'in de Hannover, pidi'o que le mandaran uno. Al cabo de una semana, con el correspondiente aplomo, Maggie me hizo entrega del ejemplar n'umero diecisiete del Deutschen Bundespost Telefonbuch, correspondiente a Ortsnetz y Hannover, con un sello en el lomo que dec'ia <>. La visi'on geogr'afica que mi atlas ofrec'ia de Hannover era est'eril, mientras que las gu'ias tur'isticas hablaban de una ciudad hist'orica y monumental, acurrucada junto al r'io Leine. Pero la gu'ia telef'onica reflejaba la aut'entica ciudad, con sus 'opticas, tiendas de retales, varias docenas de talleres mec'anicos e incluso una perfumer'ia. Y la gente... Pas'e una hora observando aquellas p'aginas blancas, mientras imaginaba un mundo completamente distinto. Aparec'ian los nombres Lang, Langhart, Langheim y Langheinecke, pero ning'un Langman. !Maldita sea! Steve White me transmiti'o un mensaje de los alemanes que realizaban concienzudamente su trabajo. Al parecer, cuando el hacker llamaba por tel'efono, la polic'ia alemana grababa el n'umero al que llamaba. De ese modo hab'ian deducido qui'en estaba involucrado, simplemente recopilando las llamadas telef'onicas centradas en el hacker. ?Preparaban las autoridades alemanas una redada simult'anea? Tymnet mand'o un mensaje escalofriante: <> ?Un hacker no benigno? ?Treinta personas trabajando en el caso? ?Negocios tenebrosos de cierta empresa privada? !Santo cielo! 45 Si uno incordia persistentemente a una organizaci'on, 'esta acaba por celebrar una reuni'on. Despu'es de todas mis llamadas al FBI, la NSA, la CIA y el DOE, fue el departamento de investigaciones especiales de las fuerzas a'ereas el primero en ceder. El 4 de febrero invitaron a todo el mundo a la base a'erea de Bolling con la esperanza de resolver el problema. El mundo residencial de Washington se mide por su emplazamiento, respecto al cintur'on de circunvalaci'on. La base a'erea de Bolling est'a situada alrededor de las cinco; es decir, m'as o menos al sur del sudeste. Incluso con unas direcciones tan expl'icitas, me perd'i por completo; circular en bicicleta por las callejuelas de Berkeley es muy distinto a conducir un coche por la autopista de Washington. A las once y media tres funcionarios del departamento de energ'ia se reunieron conmigo en un restaurante pr'oximo a la base a'erea. Entre bocados de tortell'ini, hablamos de la pol'itica de seguridad inform'atica del DOE. A ellos les preocupan los secretos relacionados con bombas at'omicas, pero tambi'en son dolorosamente conscientes de que la seguridad entorpece las operaciones. Los ordenadores de alta seguridad son de dif'icil acceso y desagradables de utilizar. Los sistemas abiertos y amenos suelen ser inseguros. A continuaci'on nos dirigimos a Bolling. Era la primera vez que pisaba una base militar. Las pel'iculas son ver'idicas: los soldados saludan a los oficiales y el pobre centinela del portal'on se pasa el d'ia saludando a todos los coches que pasan junto a 'el. Como era de suponer, a m'i nadie me salud'o; con mi pelo largo, vaqueros y una chaqueta andrajosa, un marciano habr'ia pasado m'as inadvertido. Unas veinte personas hicieron acto de presencia en representaci'on de todas las agencias de tres siglas. Por fin pude relacionar las voces del tel'efono con rostros humanos. Mike Gibbons ten'ia realmente el aspecto de un agente del FBI; deb'ia de tener unos treinta a~nos, traje impecable, bigote y probablemente practicaba la alterofilia en sus horas libres. Charlamos un buen rato de microordenadores; conoc'ia el sistema operativo Atari como la palma de la mano. Jim Christy, el investigador de delitos inform'aticos de las fuerzas a'ereas, era alto, delgado e inspiraba confianza. Y tambi'en estaba Teejay, sentado en un rinc'on de la sala, silencioso como de costumbre. El sonriente y corpulento Zeke Hanson, de la NSA, me salud'o con una palmada en la espalda. Navegaba con tanta pericia por los ordenadores como por la administraci'on. De vez en cuando me susurraba alguna interpretaci'on, como: -Ese personaje es importante para tu caso -o-, 'esa no es m'as que un portavoz de su partido. Me sent'ia inc'omodo entre tantos trajes, pero con el apoyo de Zeke me puse en pie y dirig'i la palabra a la concurrencia. Charl'e un rato de las conexiones de la red y de los puntos d'ebiles, y a continuaci'on los dem'as discutieron la pol'itica nacional sobre seguridad inform'atica. Al parecer era inexistente. Durante toda la reuni'on hab'ia siempre alguien que preguntaba: -?Qui'en manda? Yo miraba al grupo del FBI y ve'ia que Mike Gibbons, encargado del caso, se hund'ia en su silla. George La~ne, sentado junto a 'el, respond'ia en nombre del FBI: -Puesto que no nos conceder'an la extradici'on de ese individuo, el FBI no est'a dispuesto a dedicar muchos recursos al caso. Hemos hecho ya todo lo que podemos. -Os hemos estado suplicando que llam'eis a los alemanes -replicaron los representantes del DOE-. Los alemanes os suplican que os pong'ais en contacto con ellos. Pero en Bonn todav'ia no han visto la orden judicial. Hemos tenido algunos problemas con el despacho de nuestra oficina juridica, pero esto no es lo que nos concierne en este momento -respondi'o La~ne-. Lo fundamental es que el hacker no ha causado ning'un da~no. Russ Mundy, gallardo coronel de la Defense Communication Agency, fue incapaz de contenerse: -!Ning'un da~no!... Ese individuo se infiltra en un par de docenas de ordenadores militares, ?y eso no es ning'un da~no? Est'a robando tiempo inform'atico y conexiones de la red. Para no mencionar los programas, la informaci'on y las contrase~nas. ?Cu'anto tenemos que esperar? ?Hasta que se meta en algo realmente grave? -Pero no est'a en juego ninguna informaci'on confidencial -dijo el agente del FBI-. Y en cuanto al dinero, ?qu'e se ha perdido? ?Los setenta y cinco centavos de Berkeley? -Tenemos una gran confianza en nuestras redes para comunicarnos -dijo entonces el coronel, planteando otro enfoque-. No s'olo los militares, sino los ingenieros, los estudiantes, las secretarias y, !diablos!, incluso los astr'onomos -agreg'o, moviendo una mano en mi direcci'on-. Ese cabr'on menosprecia la confianza que mantiene a nuestra comunidad unida. Para el FBI, el hacker no era m'as que una peque~na molestia; tal vez un jovenzuelo que hac'ia travesuras al salir del colegio. Los militares lo consideraban como un grave ataque contra sus l'ineas de comunicaci'on. El Departamento de Justicia apoyaba al FBI. -?Para qu'e molestarse cuando sabemos que Alemania no conceder'a la extradici'on de un ciudadano alem'an? Adem'as, el FBI recibe un centenar de denuncias parecidas todos los a~nos y s'olo logramos procesar a uno o dos. Sigui'o diciendo que con mi cuaderno y las copias, ambos aceptables como pruebas, bastaba para condenar al culpable. Adem'as, seg'un el c'odigo penal estadounidense, no era preciso atrapar al hacker in fraganti; es decir, conectado a un ordenador extranjero. -De modo que lo m'as sensato es cerrarle las puertas. No es necesario seguir reforzando el caso y disponemos ya de bastantes pruebas para procesarle. Por fin, la OSI de las fuerzas a'ereas pidi'o la orientaci'on de cada grupo. El FBI y el Departamento de Justicia quer'ian que cerr'aramos el caso e impidi'eramos la entrada del hacker en el ordenador de Berkeley. Tanto Teejay, de la CIA, como Zeke, del centro nacional de seguridad inform'atica de la NSA, consideraban que de nada serv'ia permanecer abiertos. -Debemos solidarizarnos con los muchachos de las trincheras y capturar a ese individuo -dijo Le'on Breault, del Departamento de Energ'ia, poni'endose en pie-. Si el FBI no est'a dispuesto a hacerlo, lo haremos nosotros -agreg'o, mirando fijamente al abogado del Departamento de Justicia. Las v'ictimas del hacker quer'ian que continuara la vigilancia. Cerrar nuestra base de observaci'on s'olo servir'ia para que el hacker siguiera deambulando por otras rutas sin que nadie le observara. Pero ?a qui'en deb'iamos apelar, en busca de ayuda? El FBI no quer'ia saber nada del caso y los grupos militares no ten'ian autoridad para extender 'ordenes judiciales. ?Cu'al era el lugar adecuado donde denunciar los problemas? Aquel hacker hab'ia puesto de relieve varios nuevos problemas de seguridad inform'atica. ?A qui'en hab'ia que transmitirlos? Al centro nacional de seguridad inform'atica, evidentemente. Sin embargo, Zeke nos dijo lo contrario: -Nosotros creamos niveles de seguridad inform'atica y nos mantenemos alejados de problemas operativos. No obstante estamos dispuestos a recoger informes de campo. -S'i; pero ?me advertir'eis tambi'en de los problemas de los dem'as? -pregunt'e-. ?Me mandar'eis un informe sobre las brechas de seguridad en mi ordenador? ?Me llamar'eis por tel'efono si alguien intenta infiltrarse en mi ordenador? -No. Somos un centro de recopilaci'on de informaci'on. Justo lo que cab'ia esperar de una organizaci'on que formaba parte de la NSA, el gigantesco aspirador que absorbe informaci'on, pero nunca suelta prenda. Supongamos que descubro un problema de seguridad inform'atica ampliamente difundido. Quiz'a lo mejor que puedo hacer es mantener la boca cerrada con la esperanza de que nadie m'as lo descubra. !Absurdo! O quiz'a deba divulgarlo a los cuatro vientos. Insertar un anuncio en el bolet'in electr'onico que diga: <> As'i, por lo menos, lograr'ia despertar a las personas que administran los sistemas. Puede que incluso los incitara a actuar. ?O deber'ia crear un virus que se aproveche de la brecha en cuesti'on? Si existiera un centro fiable, podr'ia denunciarlo en el mismo. Por su parte, sus t'ecnicos podr'ian estudiar la forma de resolverlo y asegurarse de que se reparaban los sistemas. El centro nacional de seguridad inform'atica parec'ia el lugar m'as l'ogico. Despu'es de todo, su especialidad son los problemas de seguridad inform'atica. Pero no quer'ian saber nada del asunto. El centro estaba demasiado ocupado dise~nando ordenadores de alta seguridad. A lo largo de los 'ultimos a~nos hab'ian publicado una serie de documentos indescifrables, describiendo lo que entend'ian por ordenador de alta seguridad. Por 'ultimo, para demostrar que un ordenador era seguro, hab'ian contratado a un par de programadores cuya misi'on era la de intentar infiltrarse en el sistema. No era una prueba que inspirara mucha confianza. ?Cu'antas brechas pasaban por alto a dichos programadores? La reuni'on de la base a'erea de Bolling concluy'o con el FBI y el Departamento de Justicia totalmente opuestos a que se siguiera observando al hacker. La CIA y la NSA no dijeron gran cosa, mientras que los militares y el Departamento de Energ'ia quer'ian que sigui'eramos controlando. Puesto que nuestros fondos proced'ian del DOE, permanecer'iamos abiertos, mientras existiera la posibilidad de una detenci'on. Aprovechando que me encontraba en Washington, Zeke Hanson me invit'o a pronunciar una conferencia en el centro nacional de seguridad inform'atica. A pesar de que est'a a la vuelta de la esquina de Fort Meade, cuartel general de la NSA, me las arregl'e para perderme. Cuando por fin lo encontr'e, al abrigo de los gases del aeropuerto de Baltimore, un centinela inspeccion'o mi mochila en busca de disquetes, magnet'ofonos y proyectores. -?Qu'e puedo robar en un proyector? -Me limito a cumplir 'ordenes -refunfu~n'o el centinela-. Si crea problemas, no pasar'a. De acuerdo, iba armado. Para entrar en la sala de conferencias hay que pasar por una puerta con un cerrojo de combinaci'on. Veinte personas me dieron la bienvenida y dejaron una silla libre, hacia el frente de la sala. Cuando hac'ia diez minutos que hablaba, entr'o en la sala un individuo delgado y barbudo que se sent'o frente a m'i e interrumpi'o mi descripci'on de los seguimientos de Tymnet. -?Cu'al es la proporci'on de desfase adiab'atico en J'upiter? -pregunt'o. ?C'omo? Estoy hablando de redes transatl'anticas, ?y ese individuo me pregunta acerca de la atm'osfera de J'upiter? No importa, puedo satisfacer su curiosidad. -Unos dos grados por kil'ometro, por lo menos hasta alcanzar el nivel de los doscientos milibares. Por pura casualidad, se hab'ia interesado por un tema del que hab'ia tratado en mi tesis. Segu'i con mi conferencia y, cada diez minutos, el barbudo se levantaba, abandonaba la sala y regresaba al cabo de un momento. Formulaba preguntas sobre el n'ucleo de la Luna, la historia de los cr'ateres de Marte y la resonancia orbital entre las lunas de J'upiter. Extra~no. A los dem'as no parec'ia importarles, por lo que adorn'e mi conferencia sobre el hacker, con respuestas t'ecnicas al interrogatorio astron'omico de aquel individuo. Aproximadamente a las cinco menos cuarto hab'ia acabado la charla y sal'ia de la sala (con un vigilante que nunca se alejaba), cuando el barbudo me llam'o aparte y le dijo al guarda: -Est'a bien, est'a conmigo. Y dirigi'endose a m'i me pregunt'o: -?Qu'e piensas hacer esta noche? -Voy a cenar con un astr'onomo, amigo m'io. -Ll'amale. Dile que llegar'as un par de horas tarde. -?Por qu'e? ?Qui'en es usted? -Te lo dir'e m'as adelante. Ahora llama a tu amigo. De modo que anul'e la cena del viernes con mi amigo y me condujeron al Volvo azul oscuro de aquel individuo. ?Qu'e estaba ocurriendo? Ni siquiera conoc'ia su nombre y estaba viajando en su coche. Deb'ia de tratarse de alg'un tipo de secuestro. -Me llamo Bob Morris y soy el jefe cient'ifico del centro de seguridad inform'atica -dijo cuando circul'abamos por la autopista-. Ahora vamos a Fort Meade, donde conocer'as a Harry Daniels. Es el subdirector de la NSA. Cu'entale tu historia. -Pero... -Lim'itate a contarle lo ocurrido. Estaba en una reuni'on del Congreso en Washington y le he llamado para que te conociera. En estos momentos se dirige hac'ia aqu'i. -Pero... -Esc'uchame -interrumpi'o, sin dejarme decir palabra-, me parece bien lo de la atm'osfera de J'upiter, aunque me parece que todas las atm'osferas son adiab'aticas mientras exista convecci'on, pero tenemos un problema muy grave en nuestras manos -prosigui'o Bob, fumando incesantemente con las ventanillas cerradas, de modo que cada vez me resultaba m'as dif'icil respirar-. Es preciso llamar la atenci'on de la gente que pueda hacer algo al respecto. -'Este era el prop'osito de la reuni'on de ayer en Bolling. -Lim'itate a contar tu historia. Si la seguridad del centro era rigurosa, en el cuartel general de la NSA tardaron diez minutos en permitirme la entrada. Bob no tuvo ning'un problema. -Esta placa me permite entrar en cualquier lugar -coment'o-, siempre y cuando vaya acompa~nada de un documento secreto. Marc'o una clave e insert'o la placa en una ranura, mientras el centinela examinaba mis diapositivas. Cuando llegamos al despacho del director, Harry Daniels acababa de llegar. -Espero que sea importante -dijo, mirando fijamente a Bob. Era delgado, con un metro noventa aproximadamente de altura, se agachaba al pasar por alguna puerta y su aspecto era impresionante. -Lo es. De no ser as'i, no te habr'ia llamado -respondi'o Bob-. Cliff, cu'entaselo. Puesto que no hab'ia espacio en la mesa, cubierta de aparatos criptogr'aficos, abr'i el diagrama de las conexiones del hacker en el suelo. Harry Daniels sigui'o meticulosamente el esquema. -?Utiliza el sistema Datex-P alem'an para llegar a los archivos internacionales? !Santo cielo! ?C'omo se las arregla alguien tan importante para conocer las redes con tanto detalle? Me dej'o impresionado. Describ'i las infiltraciones del hacker, pero entre uno y otro no me permit'ian pronunciar dos frases seguidas sin interrumpir con alguna pregunta. -Aqu'i tienes tu escopeta de humo, Harry -asinti'o Bob Morris. El jefazo de la NSA tambi'en asinti'o. Charlaron entre s'i unos minutos, mientras yo jugaba con un aparato de codificaci'on japon'es, de la segunda guerra mundial. !Ojal'a hubiera tra'ido mi anillo decodificador secreto del capit'an medianoche para mostr'arselo! -Cliff, esto es importante -dijo Harry Daniels-. No estoy seguro de que podamos ayudarte, pero t'u puedes ayudarnos a nosotros. Nos est'a resultando muy dif'icil convencer a ciertas entidades de que la seguridad inform'atica es un problema. Nos gustar'ia que hablaras con la junta nacional de seguridad de telecomunicaciones. Ellos elaboran la pol'itica nacional y nos gustar'ia que conocieran el caso. -?No pueden comunic'arselo ustedes? -Hace a~nos que se lo decimos -respondi'o Harry Daniels-. Pero 'este es el primer caso documentado. -Ha dicho <> -prosigui'o Bob Morris-. Pero ten en cuenta que la 'unica diferencia entre tu caso y otros es el hecho de que hayas escrito un diario. -?De modo que no es la primera vez que ocurre? -No habr'ia llamado a Harry a Washington de no haber cre'ido que era grave. -Hace diez a~nos que trabajo en los sistemas de seguridad del Unix, en los laboratorios Bell, de Nueva Jersey -dijo Bob Morris cuando regres'abamos de Fort Meade. Ahora ca'ia. Aqu'el deb'ia de ser el Morris que hab'ia inventado el sistema de codificaci'on de la contrase~na en Unix. Hab'ia le'ido art'iculos suyos sobre la seguridad inform'atica. Claro, Bob Morris, el violinista. Su excentricidad era legendaria; hab'ia o'ido decir que, despu'es de comer el postre, se hab'ia tumbado en el suelo para que el gato pudiera lamer la nata montada de su barba. -La reuni'on del pr'oximo mes tiene como objetivo la elaboraci'on de pol'itica -sigui'o diciendo Bob-. Si alg'un d'ia vamos a dejar de limitarnos a escribir documentos sobre niveles, hay que demostrarles el peligro a esa gente. Cualquier sistema puede ser inseguro: basta con que se dirija de un modo est'upido. Por fin alguien de la NSA, para quien la seguridad inform'atica no se limitaba al dise~no de ordenadores. -Estoy completamente de acuerdo -dije-. Algunos problemas se deben a aut'enticos fallos de dise~no, como la brecha del Gnu-Emacs, pero la mayor parte obedece a una administraci'on deficiente. El personal que dirige nuestros ordenadores no sabe c'omo protegerlos. -Hay que ver esto a la inversa -dijo Bob-. Puede que unos ordenadores bien protegidos mantengan alejados a los chicos malos, pero si resultan tan dificiles de operar como para que nadie los utilice, no habremos hecho ning'un progreso. Proteger un ordenador era como incrementar la seguridad de un bloque de pisos. Pero trat'andose de una red de ordenadores, en la que se compart'ian archivos e intercambiaba correspondencia, era como proteger una peque~na ciudad. Bob, como jefe cient'ifico del centro de seguridad inform'atica, dirig'ia el proyecto. Cuando llegamos a nuestro destino, casi me hab'ia acostumbrado a viajar en un veh'iculo lleno de humo. Nos pusimos a discutir sobre las interacciones de las 'orbitas planetarias, tema en el que deber'ia ser capaz de defender mi punto de vista, pero aquel individuo era un gran conocedor de la mec'anica celeste. !Diablos! Hab'ia estado alejado demasiado tiempo de la astronom'ia si no era capaz de capear aquellas preguntas. 46 Fue emocionante hablar con Bob Morris, pero estaba muy contento de haber regresado a casa, junto a Martha. Cog'i el autob'us del aeropuerto y cruc'e atolondrado College Avenue, aportando una nueva contribuci'on a la anarqu'ia. Mi coinquilina, Claudia, ensayaba el viol'in cuando entr'e en casa. -?D'onde has estado? !Apuesto a que alternando con fulanas! -sonri'o maliciosamente Claudia, para darme la bienvenida. -No. Me he reunido con esp'ias morenos y apuestos, de gabardina, en callejones oscuros. -?Has tra'ido uno para m'i? Claudia andaba permanentemente a la busca de un buen ejemplar masculino. No tuve tiempo de elaborar una respuesta inteligente porque Martha me abraz'o por la espalda y me levant'o del suelo. -Te he echado de menos -dijo, dej'andome en el suelo, mientras me daba un beso. Es divertido, aunque algo desconcertante, vivir con una mujer capaz de derrotarme en un combate de lucha libre. Me preocupaba que estuviera enojada conmigo por haberla dejado de nuevo sola, pero se limit'o a encogerse de hombros. -Tienes suerte, todav'ia no hemos cenado. Ven a la cocina y 'echame una mano. Martha preparaba su famoso curry, que empieza con un coco fresco. Hab'ia ido al patio posterior para romper el coco con un martillo, cuando o'i que Laurie llegaba en su moto. Laurie era la mejor amiga de Martha, con quien hab'ia compartido la habitaci'on en la universidad. A pesar de su truculento aspecto -cabello casi rapado, chaqueta de cuero, botas y camiseta negra-, era una d'ocil muchacha campestre de Nuevo M'exico. El v'inculo entre ella y Martha era tan especial, que me sent'ia ligeramente celoso. Pero supongo que aprob'e el examen, porque nos trataba a ambos como miembros de la familia. -Hola, Cliffer -me dijo, manose'andome el cabello. Observ'o el apetitoso coco y adivin'o lo que 'ibamos a comer. Entr'o en la casa, abraz'o a Martha, le gui~n'o el ojo a Claudia y levant'o al gato del suelo. -Deja a ese gandul y ven a cortar cebollas -orden'o Martha, d'espota de la cocina. Por fin apareci'o la comida en la mesa: una fuente de arroz al curry, acompa~nado de verduras, fruta seca, pasas, fruta fresca y chutney. Si crece, Martha lo prepara al curry. -A prop'osito -pregunt'o Laurie-, ?d'onde has estado estos dos 'ultimos d'ias? -Me llamaron a Washington -respond'i-. Los Reagan, ya sabes, me invitaron a cenar. No quise decirle que hab'ia estado con un mont'on de esp'ias y detectives. Laurie odiaba al gobierno y no deseaba contrariarla. -Dime, ?qu'e vest'ia Nancy? -sonri'o afectadamente Laurie mientras se serv'ia el tercer plato de curry-. ?Y qu'e noticias hay sobre el hacker al que persigues? -Todav'ia no le hemos atrapado. Puede que nunca lo logremos. -?Sigues pensando que se trata de un estudiante de Berkeley? No hab'ia hablado con ella del tema desde hac'ia un par de meses. -No estoy seguro. Que yo sepa, podr'ia estar incluso en el extranjero -respond'i, nervioso, sorprendi'endome a m'i mismo por mi aversi'on a hablarle a una amiga 'intima de mis actividades. No me sent'ia exactamente avergonzado, pero... -?Por qu'e pierdes tanto tiempo intentando cazar a un forofo de la inform'atica que s'olo juega con los ordenadores? -?S'olo juega? Ha logrado infiltrarse en treinta ordenadores militares. !Diablos! Acababa de meter la pata. Inmediatamente quise morderme la lengua. -?Y qu'e? Eso parece una buena raz'on para no perseguirle -dijo Laurie-. A saber si se trata de un pacifista, del partido verde alem'an. Tal vez intenta averiguar los siniestros planes del ej'ercito para exponerlos a la luz p'ublica. Yo tambi'en me lo hab'ia planteado, hac'ia algunos meses, y hab'ia llegado a preocuparme. Pero ahora estaba seguro de que 'estos no eran sus motivos. Hab'ia realizado el experimento evidente: catalogar sus intereses. En enero hab'ia elaborado cebos de gustos diversos. Junto a los archivos ficticios de SDINET, hab'ia introducido otros archivos igualmente ficticios sobre la pol'itica local de Berkeley, que simulaban informes financieros, n'ominas, juegos e informaci'on t'ecnica sobre la ciencia inform'atica. Si fuera un pacifista, probablemente examinar'ia dichos archivos pol'iticos. Un ladr'on cuya intenci'on fuera la de robar dinero del laboratorio se interesar'ia por los informes financieros. Y supongo que a un estudiante, o a un forofo de la inform'atica, le atraer'ian los juegos o los archivos acad'emicos. Pero no le interesaba nada de eso. A excepci'on de los archivos SDI. Este experimento, as'i como muchos otros detalles sutiles de su forma de operar, me convenci'o de que no era un idealista. Aquel hacker era un esp'ia. Pero, en realidad, no pod'ia demostrarlo, e incluso despu'es de explic'arselo a Laurie, no estaba convencida. Ella segu'ia creyendo que alguien que luchara contra los militares era uno de <> y, a su parecer, estaba persiguiendo a alguien de <> bando. ?C'omo hacerle comprender que, despu'es de tanto tiempo mezclado en aquel asunto, hab'ia dejado de ver fronteras pol'iticas claramente definidas? Todos nosotros, yo, mi laboratorio, el FBI, la CIA, la NSA, los grupos militares e incluso la propia Laurie ten'iamos intereses comunes. Todos quer'iamos seguridad e intimidad. Decid'i plante'arselo de otro modo: -Esc'uchame: no se trata de pol'itica, sino de simple honradez. Ese individuo ha violado mi intimidad y la de los dem'as usuarios. Si alguien fuerza la puerta de tu casa y se apodera de tus pertenencias, ?vas a preguntarte si se trata de un compa~nero socialista? Tampoco funcion'o. -Un sistema inform'atico no es una casa particular -respondi'o Laurie-. Mucha gente lo utiliza con distintos fines. El hecho de que ese individuo no disponga de un permiso oficial para usarlo, no significa necesariamente que no tenga una raz'on leg'itima para hacerlo. -!Maldita sea! Es exactamente lo mismo que una casa. T'u no quieres que nadie meta las narices en tu agenda ni, qu'e duda cabe, que manipule tu informaci'on privada. Infiltrarse en dichos sistemas equivale a forzar la puerta sin autorizaci'on. Es inaceptable, independientemente del prop'osito. Y tengo derecho a pedir la ayuda de esas agencias gubernamentales para deshacerme de ese cabr'on. !Para eso est'an! Hab'ia ido levantando la voz y ve'ia que la mirada de Martha se paseaba preocupada de mi rostro enojado al de Laurie. Comprend'i que mi actitud parec'ia la de un cat'olico fan'atico, fusil en mano, vociferando sobre la ley y el orden. O todav'ia peor: ?estaba tan cegado por mi patriotismo que cre'ia que cualquiera que se interesara por secretos militares era un traidor o un esp'ia comunista? Me sent'ia confuso y atrapado. Adem'as, ten'ia la injusta impresi'on de que era culpa de Laurie, por ser tan simplista y estar tan convencida de su propia integridad. Ella no hab'ia tenido que ocuparse del hacker, ni se hab'ia visto obligada a llamar a la CIA y descubrir que sus agentes eran seres humanos. Para ella eran los malos de la pel'icula, que se dedicaban a matar campesinos en Centroam'erica. Y puede que algunos de ellos lo fueran. Pero ?era, por consiguiente, necesariamente malo trabajar con ellos? No pude seguir hablando. Me levant'e de la mesa, apartando con malos modales el plato de curry a medio comer, y me fui al garaje para lijar unas estanter'ias que est'abamos construyendo y extasiarme a solas en mi morri~na. Al cabo de una hora, m'as o menos, empec'e a sentirme excesivamente solo. Pensaba en la chimenea, en el postre de tarta y en los geniales masajes de Laurie. Pero habi'endome criado en una familia numerosa, donde abundaban las discusiones, me hab'ia convertido en un experto mundial del aislamiento y me qued'e en el fr'io garaje, lijando furiosamente. De pronto vi a Laurie que se hab'ia acercado sigilosamente a la puerta. -Cliff -dijo con ternura-, no pretend'ia ser tan dura contigo. Martha est'a llorando en la cocina. Vamos, entra en casa. Pens'e en el dolor que, con tanta facilidad, mi mal genio le provocaba a Martha y, puesto que no deseaba estropear el resto de la velada, entr'e en casa. Nos abrazamos. Martha se sec'o las l'agrimas y a continuaci'on sirvi'o el postre. Durante el resto de la velada hablamos alegremente de otros temas. Pero los temas que Laurie hab'ia suscitado volvieron a atormentarme durante la noche. Despierto en la cama, pensaba sobre el efecto que todo aquello ejerc'ia en m'i y en el tipo de persona en que me estaba convirtiendo como consecuencia de la persecuci'on. Los palos me ca'ian, evidentemente, de todos lados. Los agentes no confiaban en m'i; no hab'ia pasado ning'un control de seguridad ni trabajaba para ninguna empresa que fabricara material de defensa. Nadie me hab'ia encargado el trabajo que realizaba ni contaba con presupuesto alguno. Y por si faltaba poco, ?c'omo contar a mis amigos de Berkeley que acababa de regresar de la CIA? Puesto que no dispon'iamos de presupuesto ni de autoridad, las agencias de tres siglas no consideraban que hubiera raz'on alguna para prestarnos su atenci'on. Yo no era m'as que una molestia para ellos. Me sent'ia como si estuviera de nuevo en la universidad. Una semana despu'es de la reuni'on recib'i una llamada de Mike Gibbons, del FBI. -Vamos a cerrar nuestra investigaci'on -dijo-. No hay raz'on alguna para que mantengas tu sistema abierto. -Dime, Mike: ?esto son palabras tuyas o de tus jefes? -Es la pol'itica oficial del FBI -respondi'o, claramente enojado. -?Ha llegado el agregado jur'idico a hablar con los alemanes? -S'i, pero hay cierta confusi'on. La polic'ia federal alemana, el BKA, no es la que realiza las escuchas telef'onicas y, por consiguiente, se recibe muy poca informaci'on en el despacho de nuestro legado. Lo mejor que puedes hacer es echar la persiana. -?Qu'e efecto tendr'a esto en los dem'as lugares que el hacker elija como objetivos? -Deja que se ocupen ellos del problema. En todo caso, a la mayor'ia no los preocupa. Mike ten'ia raz'on. A los responsables de algunos lugares en los que se hab'ia infiltrado no les importaba en realidad. Uno de ellos, por ejemplo, era la base de datos Optimis, del Pent'agono. Mike les hab'ia comunicado que un extranjero utilizaba su ordenador y no se hab'ian alterado en absoluto. Hoy d'ia, que yo sepa, cualquiera puede informarse sobre los planes del ej'ercito para la guerra nuclear y biol'ogica, simplemente conectando con su ordenador como <>, con la clave <>. Pero a pesar de que el FBI quer'ia que abandon'aramos el caso, cont'abamos todav'ia con el apoyo del Departamento de Energ'ia. A medio camino entre unos y otros, la CIA y la NSA no se pronunciaban. Tampoco ofrec'ian ayuda. Con toda la informaci'on que les hab'iamos facilitado, la NSA no hab'ia soltado un centavo. Y por muy divertido que pueda parecer codearse con agentes secretos, no favorec'ia mi astronom'ia, ni mucho menos mi reputaci'on. Durante varias semanas, en febrero el hacker desapareci'o. No son'o ninguna de mis alarmas y sus cuentas permanecieron aletargadas. ?Nos habr'ia descubierto? ?Le habr'ia prevenido alguien de su inminente detenci'on? ?O se infiltraba por otros ordenadores? Sea cual sea la raz'on de su desaparici'on, hizo que la necesidad de tomar una decisi'on fuera menos urgente. A lo largo de tres semanas no ocurri'o absolutamente nada, por lo que era indiferente que permaneci'eramos abiertos. Sin el agobio de media docena de agencias gubernamentales, llegu'e incluso a escribir algunos programas durante aquel per'iodo. Un buen d'ia, en una inspecci'on rutinaria de las copias de mis monitores, descubr'i que alguien utilizaba el ordenador Petvax del Lawrence Berkeley Laboratory. Parec'ia que llegaba al Petvax desde un ordenador llamado Cithex, de Caltech. Ya me hab'ian prevenido acerca del Cithex; Dan Kolkowitz, de Stanford, hab'ia detectado hackers alemanes que utilizaban dicho sistema para infiltrarse en sus ordenadores. De modo que examin'e m'as detenidamente el tr'afico de Petvax a Cithex. Efectivamente. All'i estaba. Alguien hab'ia conectado con el aparato de Caltech a partir de Petvax e intentaba infiltrarse en un lugar llamado Tinker, en Oklahoma. ?Tinker? Consult'e la gu'ia de Milnet. Base a'erea de Tinker. Poco despu'es tuvo lugar una conexi'on con la base de datos Optimis del Pent'agono. A continuaci'on prob'o el instituto Letterman del ej'ercito y el ordenador Comptroller, tambi'en del ej'ercito, en Fort Harrison. !Maldita sea! Si no se trataba del mismo hacker, era sin duda alguien que se comportaba como 'el. 'Esta deb'ia ser la explicaci'on de sus tres semanas de silencio: utilizaba otros ordenadores para introducirse en Milnet. Era evidente que cerrar las brechas de seguridad en nuestro laboratorio no impedir'ia su acceso a las redes inform'aticas. La 'unica forma de eliminar aquella plaga consist'ia en eliminar la fuente. !Entre tantos ordenadores, hab'ia elegido el Petvax! Lo l'ogico habr'ia sido, con un nombre parecido, que cualquier desconocido lo hubiera tomado por un juguete. Pero est'a muy lejos de serlo. Pet son las in'iciales de Positr'on Emission Tomography, que es una t'ecnica m'edica de diagn'ostico, cuyo objeto es el de localizar las zonas del cerebro humano donde se consume ox'igeno. Despu'es de inyectarle un is'otopo activado al paciente, los cient'ificos del LBL crean im'agenes del interior del cerebro. Lo 'unico que se necesita es un acelerador de part'iculas para crear is'otopos radiactivos, un detector de part'iculas hipersensible y un potente ordenador. Dicho ordenador es el Petvax. En sus archivos hay historiales de pacientes, programas anal'iticos, informaci'on m'edica y diagramas cerebrales. Aquel hacker se dedicaba a jugar con instrumentos m'edicos. Estropear aquel ordenador supon'ia lastimar a alguien: provocar un diagn'ostico err'oneo o recomendar una inyecci'on peligrosa... Los doctores y pacientes que lo utilizaban necesitaban que funcionara a la perfecci'on. Se trataba de un delicado aparato m'edico y no de un juguete para un gamberro cibern'etico. !Vaya con lo de pobre forofo de la inform'atica! ?Era el mismo hacker? A los dos minutos de desconectar del Petvax penetr'o en mi Unix con el nombre de Sventek. S'olo 'el conoc'ia esa clave. Protegimos el Petvax cambiando las claves e instalando alarmas. ?Cu'antos otros ordenadores invad'ia aquel hacker? El 27 de febrero Tymnet nos remiti'o cierta correspondencia electr'onica de Wolfgang Hoffman, del Bundespost. Al parecer, la polic'ia alemana s'olo pod'ia detener a los hackers cuando estaban conectados a la red. Dispon'iamos de abundantes pruebas para procesarlos; pero sin una identificaci'on positiva, los cargos no ser'ian admisibles ante el tribunal. Hab'ia que atraparlos con las manos en la masa. Entretanto, uno de los expertos inform'aticos del LBL describi'o el incidente a un programador del Lawrence Livermore Laboratory. Este, a su vez, mand'o un mensaje electr'onico a varias docenas de personas, diciendo que me invitar'ia a pronunciar una conferencia sobre <>. !Vaya estupidez! A los diez minutos de mandar dicha nota recib'i tres llamadas telef'onicas. -Ten'ia entendido que quer'ias guardar el secreto. ?A qu'e viene esta publicidad? -dijeron los tres comunicantes. Lo que me faltaba. ?C'omo deshacer ahora aquel enredo? Si el hacker ve'ia la nota, todo habr'ia acabado. John Erlichman observ'o que cuando se estruja el tubo de dent'ifrico es dif'icil meter la pasta de nuevo en el tubo. Llam'e a Livermore y en cinco minutos los convenc'i de que retiraran el mensaje de todos sus sistemas. Pero ?c'omo evitar que se repitiera algo parecido en el futuro? Para empezar, pod'ia mantener a mis colegas mejor informados. De ahora en adelante decid'i contarles cada semana lo ocurrido hasta entonces y explicarles la necesidad de guardar el secreto. Funcion'o de maravilla: si uno les cuenta la verdad, respetan la necesidad del secreto. El hacker hizo algunas apariciones ocasionales durante el mes de marzo. Con suficiente frecuencia para transtornar mi vida, pero nunca lo bastante duraderas para que los alemanes pudieran atraparle. El jueves, 12 de marzo, estaba nublado en Berkeley. Pero, puesto que por la ma~nana no llov'ia, fui al trabajo en mi bici sin impermeable. A las 12.19 el hacker visit'o su vieja madriguera durante un par de minutos. Hizo un listado de algunos de mis archivos SDINET y averigu'o que Barbara Sherwin hab'ia comprado 'ultimamente un nuevo coche y que SDINET se ampliaba al extranjero. Vio los nombres de treinta nuevos documentos, pero no los ley'o. ?Por qu'e no? Steve White estaba de paso en la ciudad, para visitar a Ron Vivier de la oficina de Tymnet, en Silicon Valley. Martha y yo hab'iamos quedado en reunimos con 'el en un restaurante tailand'es, por lo que ten'ia que estar en casa a las seis. Empez'o a llover a las cuatro y comprend'i que me mojar'ia si regresaba a casa en bicicleta. En todo caso, no ten'ia d'onde elegir y ech'e a pedalear como un loco; la lluvia convirti'o los frenos de mi bici en pieles de pl'atano. El impermeable no me habr'ia protegido de la cortina de agua que me arroj'o un viejo DeSoto. El tr'afico me mojaba lateralmente y los neum'aticos de mi propia bici por debajo. Cuando llegu'e finalmente a casa, estaba empapado. Ten'ia bastante ropa seca para ponerme, pero un solo par de zapatos: las mugrientas zapatillas que llevaba puestas. Adem'as, estaban impregnadas de agua y no dispon'ia de tiempo para secarlas. Mir'e a mi alrededor y vi el nuevo horno de microondas de Claudia. Quiz'a... Met'i las zapatillas en el horno y puls'e algunos botones. En la ventanilla se le'ia <<120>>. Me pregunt'e si se tratar'ia de 120 segundos, 120 vatios, 120 grados o 120 a~nos luz. !A saber! No importaba. Me limitar'ia a observar las zapatillas a trav'es de la portezuela y asegurarme de que no ocurriera ning'un desastre. Durante los primeros segundos, ning'un problema. Pero entonces son'o el tel'efono. Fui corriendo al comedor para contestar. Era Martha. -Estar'e en casa dentro de media hora, cari~no -dijo-. No olvides que hoy cenamos con Steve White. -Ahora mismo me estaba preparando. A prop'osito, Martha: ?c'omo conecto el microondas? -No tienes necesidad de hacerlo. Hoy cenamos fuera, ?no lo recuerdas? -Sup'on que pretendo secar mis zapatillas -le dije-. ?En qu'e posici'on debo colocar el microondas? -No bromees. -Hablo en serio. Mis zapatillas est'an mojadas. -No te atrevas a meterlas en el microondas. -Bueno, hipot'eticamente hablando: ?cu'anto tiempo deber'ia darles te'oricamente en el microondas? -Ni se te ocurra. Cuando llegue a casa, te mostrar'e c'omo hay que secarlas... -El caso es, amor m'io, que... -intent'e interrumpirla. -No. No toques el microondas -insisti'o-. Ten paciencia. Hasta pronto. En el momento de colgar el tel'efono o'i cuatro pitidos procedentes de la cocina. De la parte posterior del nuevo horno de microondas Panasonic de Claudia emerg'ia furiosamente una espesa humareda negra, parecida a la que se ve por televisi'on cuando se incendia una refiner'ia. Y apestaba como un neum'atico cuando se quema. Abr'i la puerta del microondas y de su interior sali'o otra nube de humo. Met'i la mano e intent'e retirar las zapatillas, que conservaban su forma, pero con la textura de queso fundido. Las arroj'e, junto con la bandeja de cristal, por la ventana de la cocina. La bandeja se hizo mil pedazos en el suelo y las zapatillas siguieron coci'endose junto al ciruelo. Ahora s'i que me hab'ia metido en un buen l'io. Martha llegar'ia a casa dentro de media hora y la cocina ol'ia como Akron, durante el festival de quema de neum'aticos. Hab'ia que limpiar aquella porquer'ia. Cog'i las toallas de papel y me puse a limpiar el microondas. Hab'ia holl'in por todas partes, y no precisamente el tipo de holl'in que se lava con facilidad. Frotar la suciedad s'olo serbia para dispersar la mugre. ?C'omo hacer desaparecer, en media hora, la delicada fragancia a goma quemada? Abr'i de par en par puertas y ventanas con la esperanza de que el viento se llevara la pestilencia. Pero el hedor permanec'ia y ahora la lluvia penetraba por las ventanas. Cuando se hace una porquer'ia, hay que encubrirla. Record'e un art'iculo sobre temas dom'esticos en el que se recomendaba hervir una peque~na cantidad de vainilla para disimular los malos olores. La situaci'on no pod'ia empeorar. Vert'i sesenta gramos de vainilla en un cazo y encend'i el fog'on. Efectivamente, en un par de minutos la vainilla surti'o su efecto. La cocina ya no ol'ia a viejos neum'aticos negros incendiados; ahora ol'ia a nuevos neum'aticos blancos incendiados. Entretanto me dedicaba a limpiar el techo y las paredes. Pero olvid'e la vainilla. Se evapor'o el agua, se quem'o el cazo y met'i la pata por segunda vez. Por tercera, si se cuenta el suelo empapado. Quince minutos. ?Qu'e hacer? Pacificaci'on. Preparar'ia unas galletas. Cog'i de la nevera la pasta sobrante del d'ia anterior y coloqu'e montoncitos en una fuente para el horno. Ajust'e la temperatura a 190 grados, ideal para bastoncitos de chocolate. Un tercio de las galletas cayeron de la fuente y se pegaron al fondo del horno, donde quedaron calcinadas. Entra Martha en casa, huele, ve la franja negra del techo y exclama: -!No! -Lo siento. -Te lo advert'i. -He dicho que lo siento. -Pero te dije que... Suena el timbre de la puerta. Entra Steve White y, con aplomo brit'anico, dice: -!Caramba, amigo! ?Viv'is cerca de una f'abrica de neum'aticos? 47 Durante marzo y abril, las apariciones del hacker fueron muy discretas. Se asomaba de vez en cuando, s'olo el tiempo suficiente para mantener sus cuentas activas. Pero no parec'ia interesarse por otros ordenadores y hac'ia pr'acticamente caso omiso de mis nuevos archivos SDINET. ?Qu'e le ocurrir'ia a ese individuo? Si le hubieran detenido, no aparecer'ia. Y si estaba ocupado en otros proyectos, ?por qu'e se asomaba de vez en cuando, durante un minuto escaso, para volver a desaparecer? El 14 de abril estaba trabajando en el sistema Unix, cuando me di cuenta de que Marv Atchley estaba conectado al sistema. Curioso. Marv estaba en el piso superior charlando con unos programadores. Me acerqu'e a su cub'iculo para ver su terminal. No estaba siquiera conectada. ?Qui'en utilizaba la cuenta de Marv? Fui corriendo a la centralita y comprob'e que hab'ia alguien conectado mediante una de las terminales de Tymnet. Aquel alguien penetraba en el sistema con el nombre de Marv Atchley. Llam'e a Tymnet y Steve localiz'o r'apidamente la llamada. -Procede de Hannover, Alemania. ?Est'as seguro de que no es el hacker? -No lo s'e. Ahora volver'e a llamarte. Sub'i cuatro pisos corriendo y me asom'e a la sala de conferencias. Efectivamente, all'i estaba Marv Atchley, en medio de una animada charla con veinticinco programadores. Cuando volv'i a la centralita, el supuesto Marv hab'ia desaparecido. Pero pude comprobar que hab'ia entrado en el sistema sin truco alguno, ya que de otro modo habr'ia activado mis alarmas. Sea quien sea, deb'ia de conocer la contrase~na de Marv. Despu'es de la charla, mostr'e a Marv la copia de la sesi'on. -No s'e de qui'en puede tratarse. Te aseguro que nunca he revelado a nadie mi contrase~na. -?Cu'anto hace que no la cambias? -Unas semanas. -?Y cu'al es? -Messiah. Voy a cambiarla inmediatamente. ?C'omo diablos hab'ia obtenido aquel hacker la contrase~na de Marv? Me habr'ia dado cuenta si hubiera instalado un troyano. ?Pod'ia haber adivinado una palabra como <>? Claro, hab'ia una forma de hacerlo. Nuestras contrase~nas est'an archivadas en forma codificada. Por mucho que se busque en el ordenador, nunca se encontrar'a la palabra <>. Pero s'i su forma codificada como <>. Nuestro archivo de contrase~nas codificadas era un verdadero galimat'ias. Y no hay forma de reconstruir el aguacate a partir del guacamole. Pero se pueden adivinar las contrase~nas. Supongamos que el hacker quisiera conectar como Marv y lo intentara con la contrase~na <>. Mi sistema le responder'ia <>. Entonces el hacker, como persona tenaz, probar'ia la contrase~na <>. De nuevo en vano. Una por una podr'ia ir probando todas las palabras del diccionario, hasta llegar por fin a la palabra <>, cuando se le abrir'ian las puertas de par en par. Cada intento dura un par de segundos. Se le gastar'ian los dedos en el teclado, antes de llegar al fin del diccionario. Esta forma de averiguar contrase~nas por fuerza bruta s'olo funcionar'ia en un ordenador completamente descuidado por parte de la direcci'on del mismo. Pero yo hab'ia visto que aquel hacker copiaba nuestro archivo de contrase~nas. ?C'omo utilizar'ia una lista de contrase~nas codificadas? El sistema de contrase~nas Unix utiliza un programa de codificaci'on p'ublico. Cualquiera puede tener acceso al mismo, pues se publica en los boletines. Con cien mil ordenadores Unix en el mundo no se podr'ia mantener el programa secreto. El programa de codificaci'on Unix es exclusivamente unidireccional: convierte palabras inglesas en un galimat'ias. No se puede invertir el proceso para traducir el galimat'ias al ingl'es. Sin embargo, con dicho programa de codificaci'on, se puede codificar la totalidad del diccionario. Una vez elaborada la lista de palabras inglesas codificadas, no hay m'as que comparar mi archivo de contrase~nas con la misma. As'i deb'ia de ser como el hacker las descubr'ia. En su ordenador de Hannover deb'ia de utilizar el programa de codificaci'on Unix, introducir la totalidad del diccionario y codificar todos sus t'erminos. Por ejemplo, la forma codificada de <> es <>, se compara con <> y, puesto que no es la misma, se pasa a la pr'oxima palabra del diccionario. La forma codificada de <> es <>, sigue sin ser la misma y, por consiguiente, se prosigue. Por fin su programa descubrir'ia que la forma codificada de <> era <>. Cuando el programa diera en el blanco, imprimir'ia la respuesta. Mi hacker descubr'ia las contrase~nas con la ayuda de un diccionario. Pod'ia descubrir cualquier contrase~na siempre que correspondiera a una palabra inglesa. Esto era grave. Significaba que cada vez que le hab'ia visto copiar un archivo de contrase~nas, era capaz de descubrir la contrase~na leg'itima de cada usuario. !Malas noticias! Consult'e mi cuaderno. Hab'ia copiado el archivo de contrase~nas de nuestro Unix, del sistema de Anniston y de los sistemas de comandancia de la armada. Me preguntaba si habr'ia regresado a dichos ordenadores. !Diablos! Hab'ia demostrado que descifraba contrase~nas en su ordenador. Hay unas cien mil palabras en el diccionario ingl'es y hab'ian transcurrido aproximadamente tres semanas desde que copi'o mi archivo de contrase~nas. En el supuesto de que su descifrador operara permanentemente durante tres semanas, ?habr'ia podido averiguar la contrase~na de Marv? En cualquier ordenador Vax se tarda aproximadamente un segundo en codificar una palabra. Por consiguiente, cien mil palabras tardar'ian m'as o menos un d'ia. En un PC IBM, tal vez un mes. Un superordenador Cray puede que lo resolviera en una hora. Pero Marv opinaba que aquel individuo hab'ia tardado menos de tres semanas, lo que significaba que no utilizaba un peque~no ordenador dom'estico. Deb'ia de utilizar su programa descifrador en un Vax o en un Sun. Pero no deb'ia dar excesivo cr'edito a mi conclusi'on. Era posible que el hacker hubiera resuelto el problema con mayor rapidez y esperado unos d'ias antes de utilizar la contrase~na de Marv. No obstante me felicit'e a m'i mismo. Por el hecho de darme cuenta de que descifraba contrase~nas, sab'ia el tipo de ordenador que utilizaba. Trabajo de detective por control remoto. Esto explicaba por qu'e copiaba siempre los archivos de contrase~nas; las descifraba en Alemania. Una sola contrase~na descubierta supon'ia ya un peligro. Ahora, si anulaba la cuenta de Sventek, entrar'ia por cualquier otra cuenta. Menos mal que no le hab'ia cerrado la puerta. Mis contrase~nas, que yo cre'ia a prueba de balas, hab'ian resultado estar repletas de orificios. La decodificaci'on de contrase~nas era algo nuevo para m'i, pero supuse que no para los expertos. ?Cu'al ser'ia su opini'on al respecto? Decid'i llamar a Bob Morris, el jefazo de la NSA que hab'ia inventado el sistema de codificaci'on Unix. -Creo que el hacker descifra mis contrase~nas -le dije a Bob. -?C'omo? -exclam'o, claramente interesado-. ?Utiliza un diccionario o ha llegado a invertir el algoritmo de codificaci'on de datos? -Creo que utiliza un diccionario. -!Vaya gracia! Yo tengo tres programas para la decodificaci'on de contrase~nas. Uno de ellos pre informatiza las contrase~nas y, por tanto, funciona unas doscientas veces m'as r'apido. ?Quieres que te mande una copia? !Diablos, me ofrec'ia una copia de un programa decodificador de contrase~nas! -Pues..., creo que no -respond'i-. Pero si alguna vez necesito descifrar alguna contrase~na, te llamar'e. A prop'osito, ?desde cu'ando se sabe c'omo descifrar contrase~nas? -?Por fuerza bruta? Quiz'a cinco o diez a~nos. Es un juego de ni~nos. ?Descifrar contrase~nas un juego de ni~nos? ?Con qu'e tipo de individuo estaba hablando? -Intentar adivinar no sirve de nada cuando se eligen unas buenas contrase~nas -prosigui'o Bob-. Lo que verdaderamente nos preocupa son los programas de codificaci'on. Si alguien descubre la forma de invertir dicho software, tendremos graves problemas. Ahora comprend'i a lo que se refer'ia. El programa que traduce <> a <> es unidireccional. Le basta un segundo para codificar la palabra. Pero si alguien descubr'ia la forma de hacer funcionar la m'aquina a la inversa, es decir, de modo que convirtiera <> en <>, podr'ia averiguar cualquier contrase~na, sin necesidad de adivinar. Bien, por lo menos se lo hab'ia comunicado a la NSA. Tal vez hac'ia a~nos que conoc'ian aquellas t'ecnicas, pero ahora sab'ian oficialmente que alguien las utilizaba. ?Divulgar'ian la noticia? Pens'andolo bien, si hac'ia a~nos que lo sab'ian, ?por qu'e no lo hab'ian divulgado antes? Los dise~nadores de sistemas deber'ian de conocer este problema, a fin de construir sistemas operativos m'as s'olidos. Los t'ecnicos inform'aticos tambi'en tendr'ian que saberlo. Y habr'ia que advertir a toda persona que utiliza una contrase~na. Hay una norma muy sencilla, la de no utilizar contrase~nas que aparezcan en el diccionario. ?Por qu'e no me lo hab'ia dicho nunca nadie? Al centro nacional de seguridad inform'atica no parec'ian interesarle los problemas del mundo real de millares de ordenadores Unix en funcionamiento. Yo quer'ia conocer los puntos d'ebiles de mi sistema Unix. ?Cu'ales eran los problemas conocidos? Anteriormente, hab'ia descubierto ya un defecto en el Gnu-Emacs, una brecha ampliamente difundida en el sistema de seguridad, que hab'ia denunciado al centro nacional de seguridad inform'atica. Pero ellos no se lo hab'ian comunicado a nadie. Ahora acababa de descubrir que las contrase~nas que aparecen en el diccionario no son seguras. ?Cu'antas otras brechas del sistema de seguridad alberga mi ordenador? Puede que el centro nacional de seguridad inform'atica lo sepa, pero no lo divulga. El lema de la NSA, <>^14, parec'ia ser cierto. Sin embargo, al guardar silencio sobre estos problemas de seguridad inform'atica, nos perjudican a todos. Hab'ia podido comprobar que los hackers hab'ian descubierto y explotaban dichos defectos desde hac'ia mucho tiempo. ?Por qu'e no se lo contaba nadie a los buenos? -No es de nuestra competencia -respondi'o Bob-. Nosotros recopilamos esta informaci'on a fin de dise~nar mejores ordenadores en el futuro. De alg'un modo y en alg'un lugar algo fallaba. Los tipos de sombrero negro conoc'ian la combinaci'on de nuestras cajas fuertes. Pero los de sombrero blanco guardaban silencio. En todo caso, deb'ia olvidarme por ahora de la NSA. ?Qu'e m'as pod'ia hacer? Hurgar en las dem'as agencias. A fines de abril el Bundespost todav'ia no hab'ia recibido los documentos necesarios de Estados Unidos. Sus escuchas telef'onicas se apoyaban en una denuncia oficial de la Universidad de Bremen. Pero, a pesar de que el Bundespost hab'ia realizado varios seguimientos completos, no estaban dispuestos a revelarme los nombres, ni los n'umeros de tel'efono, de los sospechosos. La legislaci'on alemana se lo imped'ia. Me resultaba familiar. De pronto me pregunt'e si mi hermana Jeannie estar'ia dispuesta a husmear un poco por Hannover. Hasta ahora hab'ia demostrado ser la investigadora m'as fiable. Llam'e a Mike Gibbons. -Hemos dejado de considerar este asunto como un caso criminal -dijo. -?Por qu'e abandonarlo cuando los alemanes han localizado la l'inea y conocen los nombres de los sospechosos? -No he dicho que lo hubi'eramos abandonado, sino que el FBI no lo trata como caso criminal. ?Y eso qu'e significaba? Como de costumbre, Mike se cerr'o como una ostra cuando comenc'e a formularle preguntas. ?Hab'ian realizado los de las fuerzas a'ereas alg'un progreso? Divulgaban discretamente la noticia de que hab'ia reptiles que se arrastraban por Milnet, intentando introducirse en ordenadores militares. Uno tras otro, los sistemas aumentaban la seguridad. Pero las fuerzas a'ereas depend'ian del FBI para capturar al hacker. A Ann Funk y Jim Christy les habr'ia gustado ayudar, pero no pod'ian. -Dime cualquier cosa, a excepci'on de <> -le dije a Ann. -De acuerdo -respondi'o-. No est'a en mis manos. 48 No me gustaba alejarme de Berkeley, en parte porque echaba de menos a mi compa~nera, pero tambi'en porque dejaba al hacker sin que nadie le vigilara. Iba a dar una conferencia en el NTISSIC, organizaci'on gubernamental cuyas siglas no han sido nunca decodificadas. Seg'un Bob Morris, su funci'on era la de elaborar una pol'itica de seguridad para la informaci'on y las telecomunicaciones, lo que permit'ia adivinar algunas de sus iniciales. -Para aprovechar tu visita a esta zona -dijo Teejay-, ?qu'e te parecer'ia pasarte por nuestro cuartel general en Langley? ?Yo? ?Visitando la CIA? Estaba ya metido hasta la coronilla, reuni'endome con los esp'ias en su propio terreno. Imaginaba a centenares de esp'ias de gabardina al acecho por los pasillos. Entonces la NSA me invit'o tambi'en a visitar Fort Meade, pero de un modo mucho menos informal. -Nos gustar'ia que prepararas una conferencia para el departamento X-1 -me dijo Zeke Hanson por tel'efono-. Te mandar'an las preguntas con antelaci'on. ?El departamento X-1 de la National Security Agency? Esto s'i que era ya de capa y espada. Como de costumbre, no logr'e que me ampliaran la informaci'on... Zeke se neg'o a revelarme lo que X-1 significaba. Cuando llegu'e a la NSA, Bob Morris me recibi'o en su despacho. Las tres pizarras estaban cubiertas de graf'ia rusa, que seg'un me explic'o representaban rimas de acertijos, y algunas ecuaciones matem'aticas. ?D'onde sino en la NSA? Escrib'i una breve nota en chino y Bob contraatac'o con un sencillo problema num'erico: UDTCCSS. -?Cu'al es la pr'oxima letra, Cliff? Era un viejo problema. -La pr'oxima letra es la <> -respond'i. Uno, dos, fres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Jugamos un rato con acertijos y pal'indromos, hasta que Bob escribi'o la siguiente serie: 1, 11, 21, 1211, 111221^10. -Completa esta serie, Cliff. La observ'e durante cinco minutos y me di por vencido. Estoy seguro de que debe de ser f'acil, pero hasta el d'ia de hoy no lo he resuelto. Me produc'ia una extra~na sensaci'on. Hab'ia venido con la intenci'on de sacudir a la NSA y ah'i estaba con Bob Morris, su gran maestro, jugando a n'umeros. Era indudablemente divertido, pero desconcertante. Entonces fuimos a Washington, al Departamento de Justicia. Durante el viaje hablamos de la seguridad inform'atica y le se~nal'e que ellos no pod'ian estar seguros de que no hubiera inventado toda la historia. -La NSA no puede comprobar la veracidad de mi relato. -No es necesario. Somos una c'amara de espejos: cada secci'on verifica a otra. -?Se esp'ian entre ellos? -No, no, no. Verificamos permanentemente nuestros resultados. Por ejemplo, cuando resolvemos un problema matem'atico por medios te'oricos, comprobamos el resultado en un ordenador. Entonces puede que otra secci'on intente resolver el mismo problema, con otra t'ecnica diferente. Todo es cuesti'on de abstracci'on. -?Le importar'a a alguien que no use corbata? Me hab'ia puesto unos vaqueros limpios, pensando que habr'ia gente importante, pero todav'ia no ten'ia traje ni corbata. -No te preocupes -respondi'o Bob-. A tu nivel de abstracci'on, no tiene la menor importancia. No se me permiti'o estar presente en la reuni'on, puesto que era altamente secreta y s'olo me autorizaron a entrar en la sala cuando lleg'o el momento de mi intervenci'on. En una peque~na estancia, iluminada s'olo por la luz del proyector, hab'ia unas treinta personas, en su mayor'ia de uniforme; generales y almirantes, como en las pel'iculas. Durante media hora describ'i c'omo el hacker se infiltraba en ordenadores militares y navegaba por nuestras redes. Un general me interrump'ia constantemente con preguntas, desde el fondo de la sala. Lo que le interesaba no eran cosas sencillas como: <>, sino m'as bien: <>, y: <> Las preguntas duraron otra media hora, hasta que por fin decidieron dejar de torturarme. Mientras com'iamos unos bocadillos de queso, Bob Morris me habl'o de lo ocurrido. -Nunca hab'ia visto tanto <> bajo el mismo techo -dijo-. El personaje que formulaba las preguntas m'as interesantes era uno de los de menor graduaci'on en la sala, s'olo general de brigada. Mi desconocimiento del mundo militar era tan supino como el de la mayor'ia. -Supongo que estoy impresionado, pero no s'e exactamente por qu'e -respond'i. -Debes estarlo -agreg'o Bob-. Todos los reunidos eran oficiales de cinco estrellas. El general John Paul Hyde forma parte del estado mayor de los tres ej'ercitos. Y el individuo de la primera fila es uno de los jefazos del FBI. Es muy interesante que te haya o'ido. Yo no estaba tan seguro. Imaginaba lo inc'omodo que pod'ia sentirse un pez gordo del FBI cuando era consciente de que su agencia deb'ia estar haciendo algo en lugar de ocultar la realidad. No deb'ia de caerle bien que un melenudo de Berkeley le complicara la vida; lo que quer'ia era nuestro apoyo y cooperaci'on. De pronto me puse nervioso. Repas'e mentalmente lo ocurrido. ?Hab'ia metido la pata? Es extra~no sentirse nervioso, despu'es de haber hecho algo. Cuanto m'as reflexionaba, m'as impresionado me sent'ia por los militares. Se hab'ian concentrado en los puntos d'ebiles de mi charla, con una comprensi'on perfecta tanto de los detalles como de la importancia de lo que dec'ia. Hab'ia recorrido un largo camino. Un a~no antes habr'ia considerado a aquellos oficiales como marionetas belicistas de los capitalistas de Wall Street. Esto era, despu'es de todo, lo que hab'ia aprendido en la universidad. Ahora las cosas ya no me parec'ian tan claras. Ten'ia la impresi'on de estar entre gente inteligente con un grave problema entre manos. Por la ma~nana del d'ia siguiente ten'ia que pronunciar una conferencia en el departamento X-1 de la NSA. Tal como estaba previsto, hab'ian preparado una lista de preguntas y deseaban que me concentrara en los temas siguientes: 1) ?C'omo ha sido detectado el intruso? 2) ?Cu'ales son las medidas de control existentes? 3) ?C'omo se controla a alguien con plenos privilegios en el sistema? 4) Facilitar detalles t'ecnicos sobre la forma de penetrar en los ordenadores. 5) ?C'omo se obtuvieron las contrase~nas para los Cray de Livermore? 6) ?C'omo se consiguieron, los privilegios de superusuario? 7) ?Tom'o el intruso medidas para impedir ser detectado? Le'i los enunciados y casi me atragant'e. Comprend'ia perfectamente lo que me preguntaban, pero hab'ia algo que no cuadraba. ?Ser'ia que las respuestas a sus preguntas podr'ian utilizarse para infiltrarse en los sistemas? No, no era eso lo que me inquietaba: hac'ian referencia, esencialmente, a temas defensivos. Cuando los le'i por tercera vez, intu'i que manifestaban un supuesto subyacente que me resultaba ofensivo. Me rasqu'e la cabeza, intentando descubrir lo que me molestaba. Por fin comprend'i lo fastidioso de aquellas preguntas. No se trataba de su contenido, sino de su neutralidad intr'inseca. Hac'ian referencia a un adversario impersonal, un <> esterilizado. Lo planteaban como un problema t'ecnico, sin emociones, que deb'ia ser resuelto por medios puramente mec'anicos. Mientras uno considere a alguien que le est'a robando como un simple <>, su progreso ser'a nulo. Si la NSA manten'ia su enfoque impersonal y desvinculado, nunca llegar'ia a comprender que no se trataba s'olo de una intrusi'on en un ordenador, sino de un ataque contra la comunidad. Como cient'ifico, comprend'ia la importancia de mantenerse desvinculado de un experimento. Sin embargo, por otra parte, no hab'ia resuelto el problema hasta sentirme vinculado, hasta preocuparme por los pacientes cancerosos a los que aquel individuo pod'ia perjudicar, hasta enfurecerme por la amenaza directa de aquel hacker contra todos nosotros. Redact'e otra versi'on de las preguntas y esboc'e un nuevo esquema: 1) ?C'omo logra ese gamberro infiltrarse en los ordenadores? 2) ?Cu'ales son los sistemas en los que se cuela? 3) ?C'omo se ha convertido ese cabr'on en superusuario? 4) ?C'omo ha conseguido esa rata las contrase~nas del Cray de Livermore? 5) ?Procura ese asqueroso que no le detecten? 6) ?Puede controlarse a un brib'on que se ha convertido en administrador de sistema? 7) ?C'omo localizar la madriguera de ese gilipollas? Ahora, estas preguntas, puedo responderlas. Los agentes de la NSA hablaban en una jerga moralmente neutra, con la que yo me sent'ia profundamente ultrajado. Ultrajado por perder el tiempo persiguiendo a un gamberro, en lugar de dedicarme a la astrof'isica. Ultrajado por el hecho de que aquel esp'ia se apoderaba de informaci'on delicada con toda impunidad. Ultrajado porque a mi gobierno no parec'ia importarle un comino. Pero ?c'omo logra un astr'onomo melenudo y sin corbata, o sin autorizaci'on para poseer informaci'on secreta, estimular a un pu~nado de tecn'ocratas? (Debe de haber alguna norma que diga: <>) Hice cuanto estuvo en mi mano, pero lamentablemente al personal de la NSA le interesaba m'as la tecnolog'ia que cualquier consideraci'on 'etica. A continuaci'on me mostraron algunos de sus sistemas inform'aticos. Fue un poco desconcertante. En el techo de todas las salas que visitamos hab'ia una luz roja intermitente. -Advierte a todos los presentes que no deben decir nada confidencial en tu presencia -me comunicaron. -?Cu'al es el significado de la secci'on X-1? -le pregunt'e a mi gu'ia. -Es bastante aburrido -respondi'o-. La NSA tiene veinticuatro divisiones, cada una con su correspondiente letra. La <> designa el grupo de seguridad de software. Ponemos a prueba la seguridad de los ordenadores. X-1 son los matem'aticos, que comprueban los programas desde un punto de vista te'orico, buscando defectos de dise~no. El personal de X-2 se coloca frente al teclado e intenta destruir el programa cuando ya ha sido elaborado. Me pregunt'e s'i habr'ian detectado el problema del Gnu-Emacs. Aprovech'e para preguntarles a diversos funcionarios de la NSA si habr'ia alguna forma de que nos ayudaran en nuestro trabajo. Individualmente, a todos les pareci'o lamentable que la totalidad de nuestros fondos procediera del presupuesto de los f'isicos. Sin embargo, colectivamente, no ofrecieron ayuda alguna. -Ser'ia m'as f'acil si vuestra organizaci'on tuviera un contrato de defensa -dijo uno de los agentes-. La NSA desconf'ia de los intelectuales. Parece haber una especie de recelo mutuo. Hasta entonces, la 'unica ayuda externa hab'ia sido de ochenta y cinco d'olares, como tarifa honoraria por pronunciar una conferencia en la asociaci'on de bibliotecarios t'ecnicos de la bah'ia de San Francisco. La visita de la NSA dur'o hasta mucho despu'es de la hora del almuerzo, de modo que sal'i tarde de Fort Meade y me perd'i por completo, de camino a la central de la CIA en Langley, Virginia. A eso de las dos de la tarde acab'e por encontrar el lugar no se~nalizado y me detuve junto al portal'on con una hora de retraso. El vigilante me examin'o como si acabara de aterrizar de Marte. -?A qui'en busca? -A Teejay. -?Apellido? -Stoll. Consult'o una carpeta, me entreg'o un formulario para que lo rellenara y coloc'o un pase azul sobre el salpicadero de mi coche alquilado. Un pase de VIP para el aparcamiento de la CIA. En Berkeley eso valdr'ia unos cinco d'olares, puede que diez. ?Yo? ?Un VIP? ?En la CIA? Surrealista. Esquiv'e a unas cuantas personas que corr'ian y otras que iban en bicicleta de camino al aparcamiento. Un guardia armado me asegur'o que no ten'ia necesidad de cerrar el coche con llave. A lo lejos se o'ia el zumbido de las langostas del decimos'eptimo a~no y el graznido de un pato silvestre. ?Qu'e har'ian los patos en el umbral de la CIA? Teejay no me hab'ia aclarado lo t'ecnica que deb'ia ser la charla y hab'ia optado por meter varios esquemas en un cochambroso sobre, de camino al edificio de la CIA. -Llegas tarde -chill'o Teejay, desde el fondo del vest'ibulo. ?Qu'e pod'ia decirle? ?Que siempre me perd'ia en las autopistas? En el centro del vest'ibulo hay un escudo de la CIA de metro y medio de di'ametro: una 'aguila de piedra artificial, tras un blas'on oficial. Imaginaba que nadie la pisar'ia, como los estudiantes de Rebelde sin causa, pero no era as'i. Todo el mundo camina por encima del animal sin mostrarle ning'un respeto. En la pared hay un m'armol con una inscripci'on que dice: <>. (Me pregunt'e qu'e hac'ia all'i la consigna del Caltech, antes de darme cuenta de que era una cita de la Biblia.) En la pared opuesta hab'ia grabadas cuatro docenas de estrellas; s'olo pude imaginar las cuarenta y ocho vidas que representan. Despu'es de un registro rutinario de mis pertenencias, recib'i una placa roja fluorescente con una <>. La etiqueta de visitante era innecesaria; yo era el 'unico sin corbata. No hab'ia ninguna gabardina a la vista. El ambiente era el de una apacible universidad, con gente que paseaba por el vest'ibulo practicando idiomas extranjeros y discutiendo las noticias de los peri'odicos. De vez en cuando pasaba una pareja, cogidos del brazo. Todo era muy diferente de los dibujos de Boris y Natasha. Bueno, no era exactamente como una universidad. Cuando Teejay me acompa~n'o a su despacho del primer piso, me di cuenta de que cada puerta era de un color distinto, pero sin dibujos ni carteles pol'iticos. Sin embargo, algunas ten'ian cerrojos de combinaci'on, casi como las cajas fuertes de los bancos. Incluso las cajas de fusibles llevaban candado. -Puesto que has llegado tarde, hemos aplazado la reuni'on -dijo Teejay. -Tengo que seleccionar mis notas -coment'e-. ?C'omo quieres que sea de t'ecnica la conferencia? -No te preocupes por eso -respondi'o Teejay, al tiempo que me echaba una mala mirada-. No vas a necesitarlas. Intu'i que iba a tener problemas. Y en esta ocasi'on no hab'ia forma de escapar. Sentado junto a la mesa de Teejay, descubr'i una colecci'on fant'astica de sellos de goma. Aut'enticos sellos de <>, junto a otros como <>, <>, <>, <> y <>. Supuse que el 'ultimo significaba <>, pero Teejay me lo aclar'o: <> Sell'e una hoja de papel con todos ellos y la guard'e con mis notas. Greg Fennel, el otro agente que hab'ia venido a verme a Berkeley, me acompa~n'o a visitar la sala de inform'atica de la CIA. Parec'ia un estadio. En Berkeley estaba acostumbrado a una docena de ordenadores, en una gran sala. Aqu'i hab'ia centenares de ordenadores mainframe, colocados muy juntos en una enorme caverna. Greg me record'o que, despu'es de Fort Meade, aqu'ella era la instalaci'on inform'atica mayor del mundo. Todos los ordenadores eran IBM. Entre los entusiastas del Unix, las grandes instalaciones IBM son reminiscentes de los a~nos sesenta, cuando estaban en boga los grandes centros inform'aticos. Desde la aparici'on de las terminales de sobremesa, las redes y los ordenadores personales, esos descomunales sistemas centralizados parecen anticuados. -?A qu'e viene todo este equipo IBM? -pregunt'e a Greg-. Son verdaderos dinosaurios -agregu'e, insinuando mi predilecci'on por Unix. -Vamos cambiando -respondi'o Greg-. Tenemos un grupo muy entusiasta dedicado a la inteligencia artificial, investigadores muy activos en el campo de la rob'otica y nuestro laboratorio de procesamiento de imagen funciona de maravilla. Recordaba el orgullo con que hab'ia mostrado a Teejay y a Greg el sistema inform'atico de mi laboratorio. Ahora me sent'ia profundamente avergonzado; los cinco Vax, que constitu'ian la base de nuestro trabajo cient'ifico, parec'ian diminutos al compararlos con aquello. Pero nuestros prop'ositos eran distintos. La CIA necesita un sistema gigantesco de base de datos; tiene que organizar y asociar much'isimos datos diversos. Lo que nosotros necesitamos son instrumentos 'agiles, ordenadores con una capacidad r'apida de c'alculo. Siempre es tentador medir la velocidad de un ordenador, o la capacidad de sus discos, y llegar a la conclusi'on de que <<'este es mejor>>. La cuesti'on no es <>, ni siquiera <>. Lo que uno deber'ia preguntarse es <> o <>. Despu'es de visitar la divisi'on inform'atica de la CIA, Teejay y Greg me condujeron al s'eptimo piso. Los n'umeros de cada piso estaban en distintos idiomas; reconoc'i el quinto, en chino, y el sexto, en ruso. Me condujeron a una antesala con una alfombra persa, cuadros impresionistas en las paredes y un busto de George Washington en una esquina: una verdadera mezcolanza. Me sent'e en un sof'a, junto a Greg y a Teejay. Frente a nosotros hab'ia otros dos individuos, cada uno con su correspondiente placa, con los que charlamos un poco; uno de ellos hablaba perfectamente el chino y el otro hab'ia sido veterinario antes de alistarse a la CIA. Me pregunt'e qu'e tipo de conferencia esperaban que les ofreciera. Las puertas del despacho se abrieron de par en par y un individuo alto, de cabello canoso, nos invit'o a entrar. -Hola, soy Hank Mahoney. Pasen. De modo que 'esa era la reuni'on. Result'o que el s'eptimo piso era la guarida de los jefazos de la CIA. Hank Mahoney era el director en funciones; sonriendo junto a 'el se encontraba Bill Donneley, el subdirector y otros dos individuos. -?Es decir que ustedes han o'ido hablar de este caso? -Lo hemos seguido d'ia a d'ia. Evidentemente, puede que este caso, por s'i solo, no parezca gran cosa. Pero representa un grave problema para el futuro. Agradecemos sus esfuerzos para mantenernos informados. Dicho esto, me hicieron entrega de un certificado de agradecimiento, envuelto como si se tratara de un diploma. No supe qu'e decir, pero, medio tartamudeando, les di las gracias y mir'e a Teejay, que no pod'ia contener la risa. -Hemos querido sorprenderte -dijo m'as adelante. ?Sorprenderme? !Caracoles! Esperaba entrar en una sala llena de programadores y pronunciar una conferencia sobre seguridad en los sistemas. Examin'e el certificado: estaba firmado por William Webster, director de la CIA. Al salir, como era de suponer, los guardias registraron mi bolsa de papeles. Entre mis notas encontraron el papel sellado <>. !Alerta roja: un visitante atrapado saliendo de la CIA con un documento sellado <>! Evidentemente, el resto de la p'agina estaba en blanco. Despu'es de cinco minutos de explicaciones y dos llamadas telef'onicas, me dejaron salir. Pero no sin antes incautar mi muestra sellada y advertirme que <>. Regres'e a Berkeley sentado junto a Greg Fennel, que se desplazaba al oeste en viaje de negocios secretos. Result'o que era astr'onomo de formaci'on y hab'ia dirigido un observatorio. Hablamos un poco del telescopio espacial, ese instrumento de alta precisi'on, de un bill'on de d'olares, que estaba a punto de ser lanzado. -Con un telescopio de 238,76 cent'imetros en el espacio podremos ver los planetas con un detalle fenomenal -coment'e. -Imagina sus posibilidades si se enfocara hacia la Tierra -dijo Greg. -?Para qu'e molestarse? Lo interesante es observar el firmamento. Adem'as, es f'isicamente imposible enfocar el telescopio espacial a la Tierra: sus sensores arder'ian si alguien lo intentara. -Sup'on que alguien construyera un telescopio semejante y lo enfocara a la Tierra. ?Qu'e podr'ias ver? Hice algunos c'alculos mentales: un telescopio de 238,76 cent'imetros, a unos cuatrocientos ochenta kil'ometros de altitud. La longitud de onda de la luz es de unos cuatrocientos nan'ometros... -Se llegar'ian a ver con facilidad detalles de medio metro. Su l'imite ser'ian unos tres cent'imetros. Casi lo suficiente para distinguir rostros. Greg sonri'o, sin decir nada. Tard'e un rato, pero acab'e por comprenderlo: el telescopio espacial astron'omico no era el 'unico gran telescopio en 'orbita. Greg se refer'ia probablemente a alg'un sat'elite esp'ia, casi con toda seguridad al secreto KH-11. Regres'e a mi casa con la duda de si deb'ia contar a Martha lo ocurrido. No me sent'ia distinto de antes: segu'ia prefiriendo la astronom'ia a la persecuci'on de un hacker, pero me preocupaba lo que Martha pudiera pensar de la gente con la que hab'ia fraternizado. -?Te lo has pasado bien? -pregunt'o a mi llegada. -S'i, en cierto modo -respond'i-. Pero no creo que quieras saber a qui'en he conocido. -No importa. Has pasado el d'ia inc'omodo en un avi'on. Deja que te frote la espalda. Hogar, dulce hogar. 49 Me consum'ia todav'ia la frustraci'on, cuando pensaba en los ocho meses que llevaba imbuido en ese escabroso proyecto. Mi jefe no me permit'ia olvidar que no hac'ia nada 'util. Entonces, el mi'ercoles 22 de abril, Mike Gibbons me llam'o desde el cuartel general del FBI para comunicarme que hab'ian decidido que deb'iamos seguir vigilando al hacker. Al parecer la polic'ia alemana quer'ia echarle el guante y la 'unica forma de conseguirlo consist'ia en comunic'arselo a los alemanes en el momento en que sonaran las alarmas. Entretanto el FBI hab'ia solicitado oficialmente su cooperaci'on y la intervenci'on r'apida de tel'efonos. Estaban en contacto con el administrador de justicia en Alemania mediante el Departamento de Estado norteamericano. !Magn'ifico! ?A qu'e se deb'ia aquel cambio repentino? ?Habr'ia tomado el NTISSIC una decisi'on? ?Hab'ian acabado por ceder ante mi tenaz insistencia? ?O hab'ian sido los alemanes quienes se hab'ian puesto finalmente en contacto con el FBI? A pesar de que el FBI no se hab'ia interesado hasta ahora por el caso, nunca hab'ia desmantelado mi base de control. Incluso cuando me ausentaba un par de d'ias, los monitores segu'ian vigilando. Las copias de la semana anterior mostraban que hab'ia penetrado en el sistema, entre las 9.03 y las 9.04 de la ma~nana del s'abado, 19 de abril. Aquel mismo d'ia apareci'o de nuevo durante un par de minutos. Despu'es de varios d'ias de ausencia asom'o la cabeza, comprob'o que los archivos SDINET segu'ian en su lugar y volvi'o a desaparecer. A lo largo del 'ultimo mes hab'ia preparado nuevos cebos para el hacker. Los vio, o por lo menos ech'o una ojeada a los t'itulos de los archivos, pero no se molest'o en leerlos. ?Le preocupar'ia que le vigilaran? ?Lo sab'ia? Pero si cre'ia que le vigil'abamos era absurdo que se arriesgara a asomar la cabeza. ?Quiz'a no pod'ia permitirse el coste de conexiones prolongadas? No, porque el Bundespost nos hab'ia dicho que llamaba por cuenta de una peque~na empresa de Hannover. Durante la primavera segu'i elaborando nuevos cebos. Para un desconocido, los archivos ficticios de SDINET eran producto de una oficina en funcionamiento. Mi m'itica Barbara Sherwin elaboraba cartas y circulares, pedidos y 'ordenes de transporte. De vez en cuando introduc'ia algunos art'iculos t'ecnicos que explicaban c'omo interconectaba la red SDI numerosos ordenadores confidenciales. Un par de notas suger'ian que se pod'ian utilizar los ordenadores del LBL para conectar con dicha red. Todos los d'ias dedicaba una hora a barajar los archivos SDINET. Confiaba en atraer as'i la atenci'on del hacker e impedir que se infiltrara en sistemas militares. Al mismo tiempo, eso nos brindar'ia la oportunidad de localizarle. El lunes, 27 de abril, hab'ia llegado tarde en mi bicicleta y empec'e a escribir un programa que permitiera comunicar nuestro sistema Unix con los ordenadores Macintosh que el personal ten'ia en sus mesas de trabajo. Si lograba conectarlos, cualquiera de nuestros cient'ificos podr'ia utilizar la impresora Macintosh. Un proyecto divertido. A las once y media me las hab'ia arreglado para fastidiar dos programas -lo que funcionaba hace una hora, ahora hab'ia dejado de hacerlo- cuando Barbara Schaeffer me llam'o desde el quinto piso. -Oye, Cliff: acaba de llegar una carta para Barbara Sherwin. -No bromees -exclam'e, invirtiendo excepcionalmente los t'erminos. -En serio. Sube y la abriremos. Hab'ia hablado a Barbara de nuestro proyecto SDINET ficticio y de que hab'ia utilizado su apartado de correos como direcci'on del mismo. Pero, a decir verdad, no esperaba que el hacker llegara a mandar algo por correo. !Santo cielo! ?Hab'ia tenido el hacker la cortes'ia de mandarnos una carta? Sub'i los cinco pisos corriendo, pues el ascensor era demasiado lento. Barbara y yo examinamos la carta, dirigida a la se~nora Barbara Sherwin, proyecto SDINET, apartado de correos 50-351, LBL, Berkeley, California. El sobre estaba sellado en Pittsburgh, Pennsylvania. El coraz'on me lat'ia con fuerza despu'es de subir corriendo por la escalera, pero al ver el sobre sent'i el flujo de la adrenalina. Lo abrimos cuidadosamente y sacamos la carta: Triam International, Inc. 6512 Ventura Drive Pittsburgh, PA 15236 21 de abril de 1987 SDI Network Project 1 Cyclotrov Road LBL, AP 50-351 Berkley, California 94720 A LA ATENCION: Sra. Barbara Sherwin secretaria administrativa ASUNTO: Proyecto Red SDI Querida se~nora Sherwin: Me interesan los siguientes documentos. Por favor mande una lista de precios e informaci'on actualizada sobre el Proyecto Red SDI. Gracias por su cooperaci'on. Muy atentamente, Laszlo 1. Balogh #37.6 Red SDI, descripci'on global, 19 p'aginas, diciembre de 1986 #41.7 Red SDI, requisitos funcionales, 227 p'aginas, revisado setiembre de 1985 #45.2 Iniciaciones de defensa estrat'egica, planificaci'on red inform'atica y complementaci'on notas conferencia, 300 p'aginas, junio de 1986 #47.3 Red SDI, requisitos conexi'on, 65 p'aginas, revisado abril de 1986 #48.8 C'omo conectar con la Red SDI, 25 p'aginas, julio de 1986 #49.1 Conexiones X.25 y X.75 con la Red SDI (incluidos Jap'on, Europa y Haw'ai), 8 p'aginas, diciembre de 1986 #55.2 Red SDI, plan de direcci'on entre 1986 y 1988, 47 p'aginas, lista de miembros de noviembre (incluidas conexiones principales, 24 p'aginas, noviembre de 1986) #65.3 Lista, 9 p'aginas, noviembre de 1986 !Ah, cabr'on!... !Alguien se hab'ia tragado el anzuelo y ped'ia m'as informaci'on! Lo habr'ia comprendido perfectamente si la carta procediera de Hannover, pero ?de Pittsburgh? ?Qu'e estaba ocurriendo? Rogu'e a Barbara Schaeffer que no se lo comentara a nadie y llam'e a Mike Gibbons, a la oficina del FBI en Alexandria. -Hola, Mike, ?recuerdas las zanahorias que colgu'e en enero como cebo? -?Te refieres a esos archivos SDI que te inventaste? -Efectivamente -respond'i-. Pues bien, mi encantadora e inexistente secretaria acaba de recibir una carta. -No bromees. -Alguien en Pittsburgh quiere informaci'on sobre SDI. -?Y tienes la carta en tu poder? -La tengo delante. -De acuerdo -dijo Mike-. Escucha atentamente. No la toques, especialmente por los bordes. Busca un sobre de pl'astico transparente e ins'ertala cuidadosamente en el mismo. A continuaci'on m'andamela por correo urgente. Sobre todo, no la toques. Ponte guantes si es necesario. -El caso es que la aut'entica Barbara Schaeffer ya la ha tocado. -Entonces puede que tengamos que obtener sus huellas dactilares. Por cierto, antes de meterla en el sobre, pon tus in'iciales en el centro del reverso. Parec'ian las aventuras de Dick Tracy, pero obedec'i sus 'ordenes. La trat'e como si fuera un negativo astron'omico, pero no sin antes fotocopiarla. Sospechaba que Mike olvidar'ia devolverme el original. Despu'es de buscar durante una hora (?ha intentado alguien encontrar un sobre de pl'astico transparente?) y de mandar la carta al FBI, fui en busca de mi cuaderno. La informaci'on de la carta reproduc'ia con exactitud uno de mis archivos ficticios. El archivo en cuesti'on, titulado circular, hab'ia sido le'ido una sola vez. El viernes, 16 de enero, el hacker la hab'ia examinado. Pod'ia demostrar que nadie m'as la hab'ia visto. Aquel archivo estaba protegido de tal modo que s'olo el usuario root pod'ia leerla. O alguien que se hubiera convertido clandestinamente en administrador del sistema. Tal vez otra persona hab'ia descubierto la forma de leerla. No. Cuando, por cualquier raz'on, el ordenador tocaba aquel archivo, sonaba mi alarma y se imprim'ia una copia. S'olo una persona hab'ia disparado la alarma: el hacker. Compar'e la carta de Laszlo Balogh de Pittsburgh con la que yo hab'ia elaborado el 16 de enero. Ped'ia casi todo lo que se ofrec'ia como cebo. Era id'entica. S'olo que hab'ia eliminado cuidadosamente la palabra <> al interesarse por el documento #65.3. Hab'ia varios errores que saltaban a la vista: la palabra es Cyclotron y no Cyclotrov, as'i como Berkeley en lugar de Berkley. Me pregunt'e si el autor de la carta no ser'ia de habla inglesa; ?qui'en dir'ia <>? Extra~no. ?Qui'en habr'ia tras todo aquello? !Claro, ya s'e lo que ocurre! El hacker vive en Pittsburgh, Pennsylvania. Llama por tel'efono a Hannover, conecta con la red telef'onica alemana e invade mi ordenador. !Vaya forma de ocultarse! No. Esto no ten'ia sentido. ?Por qu'e no llamar directamente de Pittsburgh a Berkeley? Volv'i a leer mi diario del 18 de enero. Aquel d'ia se hab'ia localizado la llamada hasta la casa del hacker en Hannover. Eso lo confirmaba. La conexi'on electr'onica proced'ia de la casa de alguien en Hannover, no en Pittsburgh. La informaci'on se hab'ia trasladado desde mi ordenador de Berkeley, mediante Tymnet, hasta Hannover, en Alemania. Tres meses m'as tarde llega una carta de Pittsburgh. Me rasqu'e la cabeza y examin'e de nuevo la carta, en busca de un n'umero de tel'efono. No hab'ia ninguno. ?Puede que Laszlo apareciera en la gu'ia telef'onica de Pittsburgh? Tampoco. No hubo mejor suerte con Triam. Pero ese nombre... Llam'e a mi hermana Jeannie. -Hola, hermana, ?qu'e clase de nombre es Balogh? Mi hermana suele saber este tipo de cosas. -Parece del centro o sur de Europa. Hungr'ia o Bulgaria. ?Sabes el nombre de pila? -Laszlo. -Sin duda h'ungaro. En una ocasi'on tuve un novio cuyo padre... -?Podr'ia ser alem'an? -la interrump'i. -A m'i no me lo parece. Le habl'e de la carta y de los errores ortogr'aficos. -La sustituci'on de <> por <> parece propia del h'ungaro -respondi'o-. Apostar'ia por Hungr'ia. -?Has o'ido alguna vez el nombre de <>? -No, nunca lo he o'ido. Pero en alem'an significa hombre largo, si te sirve de consuelo. -En una ocasi'on, el hacker cre'o una cuenta para TG Langman. -Yo dir'ia que se trata de un seud'onimo -respondi'o Jeannie-. ?Y qu'e seguridad tienes de que Laszlo sea un personaje real? Puede ser tambi'en un mote. Los hackers los utilizan para ocultarse. En los 'ultimos siete meses me hab'ia encontrado con Pengo, Hagbard, Frimp, Zombie... Pero ?TG Langman y Laszlo Balogh? Quiz'a... Un hacker de Hannover, Alemania, descubre un secreto de Berkeley, California. Al cabo de tres meses un h'ungaro que vive en Pittsburgh nos escribe una carta. !Fascinante! Tres meses... Esto me hizo reflexionar un rato. Supongamos que dos amigos se comunican entre ellos. Las noticias tardar'ian un par de d'ias en llegar de uno a otro. Tal vez una o dos semanas, pero nunca tres meses. De modo que ese Laszlo de Pittsburgh, probablemente no era un amigo 'intimo del hacker de Hannover. Ahora supongamos que la informaci'on pase por una tercera persona. ?Cu'anta gente habr'ia involucrada? Si dos o tres personas se re'unen para decidir antes de actuar, necesitar'an una o dos semanas. Pero si son de cinco a diez las que deben reunirse y decidir, antes de actuar, puede que tarden uno o dos meses. Sin embargo estaba bastante seguro de que era una sola persona la que operaba el ordenador. No pod'ia haber otra persona con una actitud tan tediosamente met'odica y persistente. El Bundespost alem'an dec'ia que persegu'ia a dos individuos y a <>. ?Qu'e era lo que ocurr'ia? Sea lo que sea, exced'ia mi capacidad de comprensi'on. No nos ense~naban aquel tipo de cosas en la universidad. Recordaba la cuesti'on de competencias de la CIA. Llam'e a Teejay, que agreg'o dos frases a mi descripci'on: -Espera un momento. Te llamar'e por otra l'inea. Sin duda de seguridad. Este 'ultimo incidente le cogi'o claramente desprevenido. Tuve que explic'arselo dos veces y tambi'en quiso que le mandara una copia de la carta por correo urgente. Las noticias circulan con rapidez en ciertos c'irculos. Al cabo de media hora me llam'o Greg Fennel, de la CIA, para preguntar si era posible que Laszlo hubiera conectado con mi ordenador. -No, la 'unica persona que ha visto el archivo ha sido el hacker de Hannover -respond'i despu'es de hablarle de mis alarmas y detectores. -Una evidencia irrefutable -dijo Greg al cabo de un segundo de silencio. Eso me record'o el comentario de aquel individuo de la NSA. Era el momento de llamar a Bob Morris. Le habl'e de la carta y se mostr'o moderadamente interesado. -?Quieres que te mande una copia por correo urgente? -No es necesario. M'andala por correo de primera clase. Parec'ia m'as interesado por mis t'ecnicas de detecci'on que por el contenido de la carta. En cierto modo no me sorprend'ia: hab'ia llegado a la conclusi'on de que ocurr'ia algo grave. La OSI de las fuerzas a'ereas mand'o a un investigador para examinar la carta. El agente, Steve Shumaker, tuvo el sentido com'un de venir vestido con un mono de tirantes y una camiseta para no alarmar a los ind'igenas. Me pidi'o una copia de la carta y de las conexiones con el sistema de comandancia de la divisi'on espacial de las fuerzas a'ereas. Se propon'ian hacer una autopsia de las infiltraciones del hacker. -No tengo ning'un inconveniente en darte una copia de la carta -dije a Shumaker-, pero no puedo entregarte las copias del ordenador. El FBI me ha dicho que debo guardarlas bajo llave, por si hay que presentarlas como pruebas. -?Puedes fotocopiarlas? !Maldita sea! ?Fotocopiar quinientas p'aginas de texto inform'atico? Pues bien, pasamos una hora frente a la fotocopiadora colocando esas malditas hojas en la m'aquina. Pregunt'e al detective de la OSI lo que pensaba de la carta de Pittsburgh. -Hemos advertido a todo el mundo que algo parecido probablemente ocurrir'ia. Puede que ahora despierten a la realidad. -?Qu'e hab'eis hecho hasta ahora? -Visitamos los centros y procuramos que sean m'as conscientes de su seguridad -respondi'o-. Hemos formado un equipo que pone a prueba la seguridad de sus ordenadores, intentando infiltrarse en los sistemas de las fuerzas a'ereas. Lo que hemos descubierto no es nada alentador. -?Me est'as diciendo que sois los 'unicos en poner a prueba la seguridad inform'atica de las fuerzas a'ereas? -pregunt'e-. Deb'eis tener millares de ordenadores. -A decir verdad, hay otro grupo en San Antonio, la comandancia de seguridad electr'onica de las fuerzas a'ereas, que busca brechas electr'onicas en los sistemas de seguridad -respondi'o Shumaker-. Se interesan particularmente por la seguridad de las comunicaciones, ya sabes, protegiendo el secreto de las transmisiones radiof'onicas. No te quepa duda de que son muy astutos. Gibbons, del FBI, era tambi'en muy astuto. Por fin, ahora que estaba plenamente comprometido, quer'ia estar al corriente de todo lo que ocurr'ia. Cada vez que aparec'ia el hacker, Mike quer'ia saberlo inmediatamente. Me llamaba varias veces al d'ia para pedir informaci'on de mi cuaderno, notas, disquetes y copias de la impresora. Descripciones de los monitores. Es decir, todo. 'Esa era la forma de progresar. No lograba borrar aquella carta de mi mente. Buscaba alguna explicaci'on inocente, una casualidad que la justificara. Por fin me di por vencido y reconoc'i mi victoria. No se explicaba de ning'un otro modo; la carta deb'ia significar que mi plan hab'ia tenido 'exito. Bien, no era mi plan, sino el de Claudia. Mi inocente y encantadora coinquilina, incapaz de diferenciar un ordenador de una tostadora de pan, hab'ia atrapado a aquel astuto hacker. Cuando regresaba a mi casa en bicicleta, de pronto me separ'e de mi ruta habitual, para visitar la helader'ia Double-Rainbow y el v'ideo-club. A continuaci'on corr'i a mi casa, agitando en el aire una copia de la carta de Laszlo. Emocionadas por la noticia, Martha y Claudia empezaron a soltar sonoras carcajadas y a hablar con el acento de Boris y Natasha. !El plan secreto 35B ha tenido 'exito! Nos instalamos en la habitaci'on de Claudia, con palomitas de ma'iz y helados, y nos dedicamos a vitorear los monstruos de Godzilla contra el monstruo Zero. 50 -!No digas nada a nadie! Era Mike Gibbons al tel'efono, tratando de impedir que divulgara la noticia a la CIA. -Lo siento, Mike, pero ya se lo he dicho a ese individuo llamado Teejay. Me pregunt'e si Mike le conocer'ia. -En tal caso, me ocupar'e de ello. La carta que nos has mandado es muy rara. La hemos sometido a unas cuantas pruebas en el laboratorio. -?Qu'e hab'eis descubierto? -pregunt'e, aprovechando que Mike estaba m'as comunicativo que de costumbre, para probar suerte. -No puedo dec'irtelo, pero no tratamos este caso a la ligera. Ciertos aspectos del mismo son, bueno, raros -dijo Mike, utilizando ese adjetivo por segunda vez, lo que indicaba que algo se fraguaba-. A prop'osito, ?puedes mandarme media docena de hojas en blanco con el cabezal impreso de vuestro laboratorio? ?El FBI quiere hojas en blanco del laboratorio? Parece que se disponen a contestar la carta de Laszlo. ?Qu'e le dir'ia <> a ese individuo? Por ejemplo: Querido se~nor Balogh: Ha sido usted seleccionado como primer ganador del gran sorteo de SDINET... El hacker se dedic'o a jugar al escondite durante los pr'oximos d'ias. Conectaba unos tres minutos, examinaba el fichero de contrase~nas y desaparec'ia. Mi cebo era m'as apetitoso cada d'ia que transcurr'ia. Sin embargo no lo mord'ia. El lunes por la ma~nana, 18 de mayo, penetr'o en nuestro sistema a las 6.45. Cuando me despert'o aquel persistente pitido, extend'i la mano y golpe'e el despertador. Me hab'ia confundido de aparato. Prosiguieron los pitidos. Tres. La <> de Sventek. Era el hacker en el ordenador Unix-4. Me dirig'i como un robot a mi Macintosh, lo conect'e y llam'e a Steve White a Tymnet. -Steve, alguien acaba de pisar la trampa -dije, todav'ia adormecido-. A'un no lo he comprobado, pero ?puedes empezar a localizar la llamada? -Inmediatamente. Lo sabremos en diez segundos -respondi'o-. Aqu'i est'a. Llega por el sat'elite Westar. Procedencia de la llamada: 2624 DNIC 5421-0421. Esto es Bremen. Voy a llamar al Bundespost. Copi'e el n'umero; mi ordenador personal ya hab'ia arrancado. Steve hab'ia completado la localizaci'on de una l'inea internacional en menos de un minuto. Mediante mi ordenadorcito dom'estico llam'e al laboratorio y examin'e el ordenador Unix-4. Llegu'e a tiempo de ver c'omo Sventek se marchaba. Su conexi'on hab'ia durado cuatro minutos. Tiempo suficiente para ser detectado y localizado. Y tambi'en suficiente para estropearme la ma~nana. Puesto que no pod'ia volver a dormir, me fui al laboratorio en bicicleta. Por el este me acompa~naba Venus, el lucero del alba. En cuatro minutos el hacker hab'ia hurgado en una nueva parte de mi sistema operativo. Hab'ia buscado un programa llamado X-preserve en nuestro ordenador Unix. Claro, ya sab'ia lo que estaba haciendo. Buscaba la brecha X-preserve en el editor-VI. Dave Cleveland y yo la hab'iamos reparado hac'ia casi un a~no. Sin embargo, el hacker s'olo intentaba aprovecharse ahora de la misma. Editor-VI es el programa que organiza la informaci'on en pantalla en el Unix. Cuando Bill Joy lo escribi'o, all'a por 1980, el p'ublico lo consider'o como el invento m'as pr'actico del mercado; le permit'ia a uno observar, mientras mov'ia las palabras en pantalla. Si se deseaba eliminar una palabra, en medio de alg'un p'arrafo, no hab'ia m'as que mover el punto intermitente hasta la misma y listo. Editor-VI ha sido el predecesor de centenares de sistemas procesadores de textos. En la actualidad, los que trabajan con Unix lo consideran un tanto engorroso, ya que no es tan vers'atil como el Gnu-Emacs, ni tan ameno como los editores modernos. A pesar de lo cual, el editor-VI aparece en todos los sistemas Unix. ?Qu'e ocurre si uno est'a escribiendo un largo art'iculo y de repente el ordenador se encuentra con un problema? Supongamos, por ejemplo, que haya un corte de fluido el'ectrico, o que alg'un imb'ecil desenchufe el ordenador. En tal situaci'on, se sol'ia perder todo lo escrito. El editor-VI utiliza X-preserve para recuperar lo realizado. Cuando resucita el ordenador, X-preserve recompone el texto escrito. A continuaci'on pregunta d'onde archivar el archivo recuperado y la mayor'ia de los usuarios optan por su propio directorio personal. Pero X-preserve no comprueba el lugar donde se guarda el archivo, y si se le ordena que lo deposite en el directorio del sistema, as'i lo hace. Y eso era lo que el hacker andaba buscando. Hab'ia creado un archivo que dec'ia: <>. A continuaci'on hab'ia activado el editor-VI y lo hab'ia interrumpido deliberadamente, con la introducci'on de un car'acter inadecuado. El editor-VI, al detectar un problema, hab'ia archivado el fichero en forma fragmentada. ?El pr'oximo paso del hacker? Ordenar al X-preserve que archivara el fichero en cuesti'on en el directorio del sistema. En un par de minutos, Unix lo incubar'ia y se convertir'ia en administrador del sistema. Pero su huevo de cuco se cay'o del nido. Hab'iamos reparado el programa X-preserve, de modo que ahora comprueba la identidad del usuario y no permite trasladar ning'un archivo al 'area de los sistemas. !Pobre chico! Deb'ia de estar muy decepcionado. Una forma muy astuta de infiltrarse en un ordenador, pero que aqu'i, en Berkeley, no funciona. Claro que hab'ia dejado otras puertas abiertas. Pod'ia utilizar el Gnu-Emacs para implantar su programa/huevo en el nido del sistema. Adem'as hab'ia dejado otras dos brechas en nuestro sistema, a la espera de que las descubriera. S'olo para poner a prueba su pericia. Por ahora, su nivel de acierto era uno de tres. Todo esto ocurri'o en tres minutos. Introdujo su programa a la perfecci'on sin un solo error mecanogr'afico. Parec'ia tener bastante pr'actica, como si ya tuviera experiendica infiltr'andose en ordenadores. ?Cu'antos administradores de sistemas seguir'ian sin reparar todav'ia el X-preserve? ?Cu'antas otras brechas habr'ia a la espera de ser descubiertas? ?A qui'en habr'ia que poner sobre aviso, en cuanto a ese problema? ?C'omo comunic'arselo a los <> sin darlo a conocer a los <>? Demasiado tarde para preocuparse por ello; los <> ya lo sab'ian. A pesar de que la conexi'on en Berkeley s'olo hab'ia durado escasos minutos, seg'un el informe de la Universidad de Bremen, hab'ia estado conectado durante cuarenta y cinco minutos. El Bundespost, a su vez, hab'ia efectuado un seguimiento completo de la llamada, hasta la casa del mismo individuo de Hannover. Result'o que la Universidad de Bremen imprim'ia tambi'en el tr'afico del hacker. Ahora 'eramos dos los que le vigil'abamos. Pod'ia correr, pero no esconderse. Durante los dos 'ultimos meses se hab'ia limitado a mordisquear los archivos de SDINET. Hab'ia visto los t'itulos y se hab'ia dado cuenta de que todos los d'ias aparec'ian nuevas cartas y circulares, pero no las le'ia inmediatamente. Comenc'e a dudar de que todav'ia le interesara nuestra literatura creativa. El mi'ercoles, 20 de mayo, se disiparon mis dudas. Conect'o a las cinco de la madrugada y copi'o todos los archivos SDINET. Hab'ia una carta en la que se le solicitaban m'as fondos al Pent'agono; otra en la que se hablaba de un <>, frase que hab'ia descubierto en una revista electr'onica, y todav'ia otra en la que se describ'ian las pruebas realizadas con un nuevo superordenador, con sus correspondientes procesadores paralelos. Procur'e disimular mi ignorancia sobre dichos temas, llenando las cartas de jerga t'ecnica. No cabe duda de que se lo trag'o. Una tras otra. Para obligarle a que solicitara cada art'iculo por su nombre, en lugar de limitarse a ordenar <>, introduje algunas trabas, archivos demasiado extensos para mecanografiar y unos cuantos archivos breves, dif'icilmente comprensibles: guacamole inform'atico. Ante la imposibilidad de copiar estos 'ultimos archivos, se vio obligado a comprobar cada archivo de antemano, de modo que su operaci'on era m'as lenta y le obligaba a permanecer m'as tiempo en el sistema y facilitaba su localizaci'on. ?Nueve meses? Hac'ia casi un a~no que vigilaba a aquel gamberro. Y, a juzgar por las cuentas telef'onicas de Mitre, hac'ia m'as de un a~no que merodeaba por nuestros sistemas. !Vaya persistencia la suya! Volv'i a preguntarme por su motivaci'on. Qu'e duda cabe de que cualquiera puede divertirse un par de noches. Puede que incluso un par de semanas. Pero ?un a~no? ?Noche tras noche, probando pacientemente las manecillas de los ordenadores? En mi caso, tendr'ian que pagarme. ?Pagar? ?Pagar'ia alguien al hacker? Para sus pr'oximas apariciones hab'ia agregado poca informaci'on sobre SDINET. Mi imaginaria secretaria, Barbara Sherwin, hab'ia escrito una nota en su procesador, solicitando una semana de vacaciones. El hacker la hab'ia le'ido y, por consiguiente, comprendido la raz'on de la escasa informaci'on. Dadas las circunstancias, en lugar de examinar los archivos del LBL, penetr'o en Milnet y, una vez m'as, se dedic'o a probar pacientemente distintas claves. En uno de mis informes ficticios de SDINET se hablaba de un proyecto especial en la base de misiles de White Sands y, previsiblemente, pas'o quince minutos intentando forzar su puerta. Los ordenadores de White Sands detectaron una docena de intentos de infiltraci'on, pero ninguno tuvo 'exito. Todav'ia no hab'ia transcurrido una hora, cuando recib'i una llamada de Chris McDonald, experto en seguridad inform'atica de White Sands. -Alguien est'a disparando las alarmas en mi ordenador WSMR05. -Lo s'e. Se trata del mismo hacker. -El caso es que prueba cuentas inexistentes, como SDINET. De ese modo no entrar'a jam'as -dijo Chris, muy seguro de s'i mismo-. Adem'as, este aparato necesita dos palabras claves y las cambiamos la semana pasada. En White Sands no se andaban con menudencias. El hacker perdi'o el tiempo intentando infiltrarse en otros treinta ordenadores, entre los que figuraban el Instituto Superior Coreano de Ciencia y Tecnolog'ia, el centro de seguridad del ej'ercito en Fort Rucker, la comandancia a'erea estrat'egica y la agencia de defensa nuclear, en la base de Kirtland de las fuerzas a'ereas. Aunque segu'ia utilizando nombres como <> y <>, usaba tambi'en <>. Era, sin duda, un creyente. Las visitas del hacker a mi sistema se hab'ian convertido en gran parte rutinarias. Todav'ia corr'ia a la centralita cuando sonaba mi alarma, pero creo que me hab'ia acostumbrado a aquel rat'on en su jaula. Despu'es de ocho meses pod'ia esperar un poco m'as. En la segunda quincena de junio, un d'ia se detuvo en mi ordenador de las 3.38 a las 4.13 de la tarde. Realizamos un seguimiento completo, de nuevo hasta Hannover, y me mantuve en todo momento en contacto con el FBI. Inmediatamente despu'es de conectar con mi ordenador de Berkeley, penetr'o en Milnet e intent'o introducirse en algunos ordenadores como la Unisys Corporation de Paoli, Pennsylvania, y en sistemas con nombres como <>, <> y <> (esperaba que de un momento a otro apareciera Guildenstern, pero no fue as'i). A continuaci'on prob'o el sistema Unisys Burdvax. Entr'o al primer intento. Nombre de cuenta <>, clave <>. No estaba mal... Recordaba la base de datos del Ingres. Pero ?por qu'e se limitaba a probar los ordenadores Unisys? Puede que alguien se lo hubiera ordenado. Tal vez Laszlo Balogh, de Pittsburgh, trabajaba en Paoli. El atlas lo desminti'o. Paoli es un suburbio de Filadelfia, a centenares de kil'ometros de Pittsburgh. Como usuario del Ingres, los privilegios del hacker eran s'olo limitados, pero aprovech'o lo que pudo. Lo m'as provechoso para 'el consisti'o en poder leer el fichero de contrase~nas del Unisys, que traslad'o por completo a su ordenador. A continuaci'on hizo un listado de diversos archivos, que no deber'ian estar al alcance de todo el mundo: la lista completa de todos los n'umeros de tel'efono archivados en el ordenador y el archivo de direcciones inform'aticas del Unisys. Sab'ia con antelaci'on lo que har'ia con el fichero de contrase~nas; la descifrar'ia con la ayuda del diccionario. Eso le permitir'ia conectar con una cuenta m'as privilegiada y adquirir m'as poder. Los dem'as archivos eran igualmente preocupantes: facilitaban al hacker los n'umeros de tel'efono de otros ordenadores y un mapa de la red local del Unisys. Ahora sab'ia c'omo conectar desde el Burdvax con otros ordenadores sin necesidad de explorar. Pero, mientras le observaba, desconect'o. ?Estar'ia asustado? No, s'olo paciente. Iba a verificar otros ordenadores. El primero fue el de Fort Buckner, en Okinawa, donde su contrase~na segu'ia siendo v'alida. A pesar de nuestras advertencias, no la hab'ian cambiado. A continuaci'on prob'o los sistemas de comandancia costeros de la armada en Panam'a City, Florida. Pero no logr'o conectar con su antigua cuenta Ingres; hab'ian cambiado la clave. No se inmut'o en absoluto. Retrocedi'o y conect'o como usuario, con el nombre de <> y contrase~na <>. Funcion'o de maravilla. Otra prueba de que descifraba las contrase~nas. Hac'ia dos meses, el hacker hab'ia conectado con dicho ordenador naval como <> y copiado su archivo de contrase~nas codificadas. Ahora, incluso despu'es de que anularan la cuenta de Ingres, todav'ia pod'ia conectar utilizando otra cuenta. Esos bobos se hab'ian limitado a cambiar una sola contrase~na. Y las dem'as contrase~nas eran palabras comunes del diccionario. !Maldita sea! El hacker aprovech'o para verificar sus antiguas madrigueras: la base a'erea de Ramstein, Fort Stewart, la Universidad de Rochester y, por 'ultimo, antes de abandonar la red, el centro de datos Optimis del Pent'agono. Hoy se hab'ia infiltrado en un nuevo ordenador, en Unisys. ?De qu'e me sonaba aquel nombre? Claro, era una empresa de material defensivo que fabricaba ordenadores para los militares. Adem'as, no cualquier tipo de ordenadores, sino ordenadores de alta seguridad, a prueba de infiltraciones. Por supuesto. Un momento. ?Qu'e otras empresas de material defensivo hab'ia atacado? Cog'i papel y l'apiz para hacer una lista: Unisys: fabricantes de ordenadores de alta seguridad. TRW: fabricantes de ordenadores para el ej'ercito y el espacio. SRI: dise~nadores de sistemas inform'aticos de seguridad, contratados por los militares. Mitre: dise~nadores de ordenadores de alta seguridad para los militares. Son los que comprueban los ordenadores de alta seguridad de la NSA. BBN: constructores de Milnet. ?Qu'e hab'ia de extra~no en todo aquello? 'Esa era la gente que dise~naba, constru'ia y verificaba los sistemas de seguridad. Y, sin embargo, el hacker deambulaba a sus anchas por sus ordenadores. Adem'as, no se trataba de empresas con peque~nos presupuestos. Son compa~n'ias que cobran decenas de millones de d'olares del gobierno, para elaborar software de alta seguridad. Qu'e duda cab'ia: en casa de herrero cuchillo de palo. Hab'ia observado c'omo ese individuo se infiltraba en ordenadores militares, empresas de material defensivo, universidades y laboratorios. Pero no en los bancos. Claro: sus redes no son tan p'ublicas como Arpanet. Pero apuesto a que si se infiltrara en sus redes, tendr'ia tanto 'exito como en las militares. No es ingenio ni magia lo que se precisa para infiltrarse en los ordenadores, s'olo paciencia. Aquel hacker sustitu'ia su falta de originalidad con abundante persistencia. Algunas de las brechas de las que se hab'ia aprovechado, como por ejemplo la del Gnu-Emacs, eran nuevas para m'i. Pero en general sol'ia aprovecharse de los descuidos de los t'ecnicos, como el hecho de proteger ciertas cuentas con contrase~nas evidentes, mandar contrase~nas por correo electr'onico, o no auditar debidamente sus ordenadores. Pens'andolo bien, ?no ser'ia una locura seguir todav'ia con las puertas abiertas? Hab'ian transcurrido casi diez meses y el hacker estaba todav'ia en libertad. A pesar de haberse infiltrado en m'as de treinta ordenadores, de la carta de Laszlo desde Pittsburgh y de todos los seguimientos telef'onicos, el hacker circulaba todav'ia por las calles. ?Cu'anto se prolongar'ia todo aquello? 51 Era junio, verano en el para'iso. Iba a mi casa en bicicleta, disfrutando del paisaje: estudiantes de Berkeley jugando con frisbees, con tablas de windsurf y alg'un que otro coche descapotado para disfrutar del delicioso aire. Nuestro jard'in estaba lleno de rosas, cal'endulas y tomates. Las fresas prosperaban, con la promesa de nuevos batidos. Sin embargo, en el interior de la casa, Martha estaba prisionera, estudiando para la rev'alida de derecho. Esta 'ultima epopeya parec'ia todav'ia m'as dura que los tres a~nos en la facultad. En verano, cuando todos los dem'as pueden salir y divertirse, tenemos que asistir a importunas clases de revisi'on y llenarse la cabeza de normas y decretos, contando los d'ias, (3), que faltan para el examen: un suplicio inspirado en la inquisici'on espa~nola. Martha le'ia pacientemente sus libros, dibujaba complejos esquemas de cada tema con l'apices de colores y se reun'ia con otros sufridores para poner a prueba sus conocimientos. Se lo planteaba con filosof'ia; trabajaba exactamente diez horas diarias y cerraba los libros. El Aikido fue su salvaci'on; se libraba de sus frustraciones arrojando a sus contrincantes por los aires. Raramente hablaba del horror inminente del propio examen, aunque lo ten'ia siempre presente. El hecho de verla en esa situaci'on me recordaba mi 'epoca en la universidad. En astronom'ia, empezamos por disfrutar de tres o cuatro a~nos de clases confusas, conjuntos de problemas imposibles y el desprecio del profesorado. Superada esta prueba, se nos premia con un examen de ocho horas de duraci'on, con preguntas como: <> A los sobrevivientes se les ofrece el gran honor y placer de someterse a un examen oral ante un tribunal de eruditos catedr'aticos. Guardo un vivo recuerdo de dicha experiencia. Al otro lado de la mesa, cinco catedr'aticos. Yo procuraba actuar con naturalidad y disimular mi miedo, mientras el sudor me descend'ia por el rostro. Pero me manten'ia a flote; lograba divagar superficialmente, dando la impresi'on de que sab'ia algo. Cre'ia que me quedaban ya unas pocas preguntas para que me dejaran en libertad. Entonces uno de los miembros del tribunal, sentado a un extremo de la mesa con una perversa sonrisa, comenz'o a afilar su lapicero con un cortaplumas. -S'olo quiero formularte una pregunta, Cliff -dijo sin dejar de esculpir su l'apiz-. ?Por qu'e es el cielo azul? Mi mente estaba absoluta y profundamente en blanco. No ten'ia ni idea. Mir'e por la ventana al cielo, con el asombro primitivo e incomprensivo del hombre neandertalense ante el fuego. Me obligu'e a responder algo..., cualquier cosa. -La dispersi'on de la luz -dije-. S'i, la dispersi'on de la luz solar. -?Puedes ser m'as expl'icito? Pues bien, las palabras llegaron de alg'un lugar, de alg'un instinto profundo de autoconservaci'on. Habl'e sobre el espectro de la luz solar, la parte superior de la atm'osfera y el efecto de la luz en las mol'eculas del aire. -?Puedes ser m'as expl'icito? Describ'i los momentos bipolares de las mol'eculas del aire, la dualidad ondas/part'iculas de la luz, escrib'i algunas ecuaciones en la pizarra y... -?Puedes ser m'as expl'icito? Al cabo de una hora estaba empapado en sudor. Aquella simple pregunta, propia de ni~nos de cinco a~nos, me hab'ia obligado a relacionar entre s'i la teor'ia oscilatoria, la electricidad y el magnetismo, la termodin'amica e incluso la mec'anica cu'antica. A pesar de la miserable tortura a la que estaba sometido, sent'i admiraci'on por aquel individuo. Y ahora, domingo por la ma~nana, veo c'omo Martha elabora serenamente un esquema, con la mesa del comedor cubierta de libros. Estoy seguro de que aprobar'a, pero tambi'en s'e lo asustada que est'a y c'omo los ex'amenes hacen que nos sintamos absolutamente est'upidos e indefensos. No puedo hacer m'as f'acil su calvario, pero por lo menos puedo preparar el desayuno. Me dirijo sigilosamente a la cocina y vierto unos huevos en la sart'en... A las 9:32 el maldito hacker dispara mi alarma. Suenan los pitidos en mi localizador. Llamo a Steve White. 'El llama a Alemania. Al igual que la vieja double-play^11: Tinker to Evers to Chance^12. A Steve le bast'o un minuto para averiguar que el hacker proced'ia de la direcci'on 2624 DNIC 4511 0199-36. Directamente desde Hannover. (O lo directo que pueden ser las conexiones v'ia sat'elite.) El Bundespost estaba en ascuas. Tardaron escasos minutos en comenzar a localizar la llamada. !Magn'ifico! Entretanto, despu'es de poner la pelota en juego, me vest'i y fui al laboratorio en bicicleta. Aquel d'ia no pude entretenerme en los puestos de segunda mano. Llegu'e con el tiempo sobrado. Mi hu'esped examinaba todav'ia mis archivos ficticios SDINET, copi'andolos cuidadosamente en su ordenador. Uno de ellos describ'ia c'omo se utilizar'ia la iniciativa de defensa estrat'egica para localizar sat'elites en el espacio. Otro parec'ia afirmar que se pod'ia conectar directamente desde mi laboratorio con varios ordenadores de las fuerzas a'ereas. El hacker quiso probarlo, pero no lograba descubrir d'onde hab'iamos instalado el software de la red. Por consiguiente, decidi'o explorar nuestro ordenador de pies a cabeza, en busca de cualquier programa con las letras <>. Encontr'o varios, pero ninguno parec'ia cumplir el prop'osito deseado. A continuaci'on explor'o la correspondencia de Dave Cleveland. Dave hab'ia tomado ya las debidas precauciones, escribiendo una carta sobre la forma en que hab'ia ocultado los puertos de acceso a SDINET. En la misma hab'ia una frase que dec'ia: <> Esto bast'o para que el hacker dedicara una hora a buscar en vano. Examin'o meticulosamente nuestro sistema, convencido de que buscaba un programa oculto, que se convertir'ia en su acceso noroccidental, a ordenadores militares dispersos por todo el mundo. Me acomod'e en mi silla, mientras contemplaba sonriente la pantalla. No cab'ia duda de que le hab'iamos embaucado. Para 'el supon'ia un reto descubrir la conexi'on a la red SDI y estaba convencido de que as'i llegar'ia a esos ordenadores confidenciales. Pero mi sistema parec'ia ins'ipido, porque lo era. Claro que hab'ia desparramado algunas insinuaciones referentes a gente que utilizaba la red SDI. Un f'isico hab'ia cooperado, mandando una queja al administrador del sistema, en la que protestaba de que la red SDI no funcionara el martes por la noche. Otro escribi'o un programa muy mundano, lleno de subrutinas con nombres como conexi'on-SDI y Copy-SDI. Aunque tard'o varias horas, el hacker acab'o por localizarlos y debi'o de resultarle incomprensible que otros utilizaran la red con tanta facilidad. Intent'o conectar con ordenadores denominados Sdi y Sdinetwork. Explor'o una y mil veces nuestro sistema, pero siempre en vano. Por fin se cans'o y dej'o que me fuera a mi casa. Como era de suponer, Martha no estaba contenta. Despu'es de toda la ma~nana estudiando, estaba hambrienta y gru~nona. El par de huevos me contempl'o desde la sart'en, crudos, tal como los hab'ia dejado. Para el almuerzo prepar'e tortillas francesas, cacao caliente y macedonia de fruta. Retir'o de mala gana los libros de la mesa y nos dispusimos a disfrutar de unos escasos momentos de tranquilidad, en la sala soleada y silenciosa. Cuanto m'as ajetreada la vida, mayor es el placer de dichos momentos, con comida, amigos y el crucigrama del Times. El lunes por la ma~nana Teresa Brecken, directora del sistema Petvax, nos comunic'o que alguien hab'ia atacado su ordenador. No logr'o penetrar, pero hurg'o repetidamente en busca de puntos flacos. Sus intentos dispararon la alarma y Teresa me llam'o por tel'efono. Hab'ia llegado al puerto de su ordenador por la red de f'isica de alta energ'ia. Esto no significaba gran cosa: debe de haber unos dos mil ordenadores conectados a dicha red. Adem'as, Hepnet conecta con SPAN, la red de aplicaciones f'isicas del espacio dirigida por la NASA. En total, hay m'as de diez mil ordenadores en dichas redes. ?Era posible que el hacker me hubiera estado tomando el pelo en todo momento? ?Habr'ia estado entrando y saliendo a su antojo por alguna red de la NASA, mientras yo vigilaba la ratonera de Tymnet? Los monitores de Teresa indicaban que el hacker proced'ia del ordenador 6133, del centro nacional de datos Severe Storms, del centro Goddard de vuelos espaciales de la NASA. Lo 'unico que pod'ia hacer era llamarlos por tel'efono. No me sirvi'o de mucho. Les preocupaban los hackers en su ordenador y hab'ian descubierto un par de problemas, pero eso era pr'acticamente todo. Despu'es de insistir, acabaron por comunicarme que aquella conexi'on en particular proced'ia del centro Marshall de vuelos espaciales de la NASA en Huntsville, Alabama. M'as all'a, ?qui'en sabe? En Marshall no conservaban este tipo de informaci'on. ?El mismo individuo? Parec'ia dudoso. Los ordenadores de la NASA no son secretos; en la NASA se realiza investigaci'on espacial civil, que no tiene nada que ver con SDI. No obstante val'ia la pena recordar el incidente y lo registr'e en mi cuaderno. Llam'e de nuevo a Mike Gibbons, intentando averiguar cu'anto tendr'ia que esperar antes de que el FBI y sus colegas alemanes empezaran a actuar. -El d'ia menos pensado -respondi'o Mike-. Disponemos de las debidas 'ordenes judiciales y estamos a la espera del momento oportuno. -Trata de ser un poco m'as concreto, Mike. ?Est'as hablando de horas, d'ias, semanas o meses? -M'as que d'ias y menos que semanas. Me preguntaba si el FBI estar'ia facilitando informaci'on falsa mediante Laszlo Balogh. -?Contestasteis a la carta de Pittsburgh? -pregunt'e. -?Qu'e te parece eso de que los Yankees hayan ganado otro partido? Como de costumbre, Mike no soltaba prenda. Ahora, casi todos los d'ias, el hacker conectaba unos minutos. A veces aprovechaba para apoderarse de cualquier archivo nuevo en SDINET. En otras ocasiones intentaba infiltrarse en ordenadores militares. Un d'ia pas'o media hora intentando adivinar la contrase~na de nuestro ordenador Elxsi; en uno de mis archivos ficticios se suger'ia que Elxsi era un controlador central de SDINET. Yo lograba elaborar documentos militares falsos con tanta rapidez como 'el se apoderaba de los mismos. Consciente de que transfer'ia mis obras de arte a cierto agente de Pittsburgh, agregu'e una pizca de informaci'on verdadera: el Pent'agono se propon'ia lanzar un sat'elite secreto en el transbordador espacial Atlantis. Esto era del dominio p'ublico para cualquiera que leyera los peri'odicos. Pero supuse que, dado su inter'es por la informaci'on secreta, estos peque~nos fragmentos de verdad confirmar'ian que hab'ia encontrado un buen fil'on. El domingo, 21 de junio de 1987, a las 12.37 del mediod'ia, conect'o con nuestro ordenador Unix, con el nombre de Sventek. Durante los primeros cinco minutos examin'o el sistema e imprimi'o algunos archivos de correspondencia. Esta intrusi'on parec'ia como cualquiera de las anteriores. Pero era diferente en un sentido importante. Ser'ia su 'ultima sesi'on. 52 -Hola, Cliff. Soy Steve. Dej'e mi galleta de chocolate sobre la mesa. -Acabo de recibir un mensaje de Wolfgang Hoffman, del Bundespost alem'an. Dice que de lunes a mi'ercoles de la semana pr'oxima habr'a permanentemente un polic'ia junto a la casa del hacker. Le vigilar'an en todo momento y entrar'an a detenerle en el momento que conecte con Berkeley. -?C'omo sabr'a el polic'ia cu'ando debe intervenir? -T'u dar'as la se~nal, Cliff. La pr'oxima vez que el hacker tocara mi sistema, llamar'ia al FBI y a Tymnet. Ellos localizar'ian la llamada, avisar'ian al BKA alem'an y la polic'ia entrar'ia en el piso. Por fin, despu'es de diez meses... ?Aparecer'ia de nuevo? ?Qu'e ocurrir'ia si no lo hac'ia? ?Le detendr'ian a pesar de todo o abandonar'ian el caso? Con mi suerte, probablemente lo abandonar'ian. Pas'e el fin de semana en casa con Martha y me present'e en el laboratorio el domingo por la noche. Con un poco de suerte, el hacker conectar'ia con la cuenta de Sventek, yo llamar'ia al FBI y, mientras copiaba uno de mis archivos ficticios, la polic'ia irrumpir'ia en su piso. Le imaginaba intentando ocultar desesperadamente el ordenador, mientras los guardias derribaban la puerta. Con este sue~no me acurruqu'e bajo el escritorio, envuelto en un edred'on que Martha y yo hab'iamos confeccionado el invierno pasado. En caso de que fallara mi localizador, dos ordenadores personales se ocupaban de la vigilancia, ambos conectados a un timbre. Despu'es de diez meses, no estaba dispuesto a perderme el gran momento. Por la tarde del lunes, 22 de junio, Wolfgang Hoffman telegrafi'o el siguiente mensaje: <> De acuerdo, estoy esperando. Cada pocos minutos voy a la centralita y todo est'a tranquilo. Un par de f'isicos est'an utilizando Tymnet para analizar ciertos superconductores de alta temperatura. Pero no hay otro tr'afico. Mis alarmas y detectores en posici'on, pero ni rastro del intruso. Una nueva noche bajo la mesa. Martes por la ma~nana, 23 de junio, llama Mike Gibbons del FBI. -Puedes echar la persiana, Cliff. -?Qu'e ha ocurrido? -Esta ma~nana, a las diez, se ha dado la orden de detenci'on. -Pero yo no he visto a nadie en mi sistema. -No importa. -?Alguien detenido? -No puedo hablar de eso. -?D'onde est'as, Mike? -En Pittsburgh. Algo ocurr'ia, pero Mike no estaba dispuesto a decirme de qu'e se trataba. Esperar'ia un poco antes de cerrarle las puertas al hacker. Al cabo de unas horas, Wolfgang Hoffman mand'o un mensaje: <> ?Qu'e significaba esto? Supongo que la polic'ia hab'ia registrado su casa. ?Por qu'e no hab'ian esperado nuestra se~nal? ?Deb'ia celebrarlo? Sea lo que sea lo ocurrido, por lo menos ahora pod'iamos cerrar debidamente las puertas. Cambi'e nuestras contrase~nas de Tymnet y repar'e la brecha del Gnu-Emacs. Pero ?qu'e hacer con las contrase~nas de todos nuestros usuarios? La 'unica forma de garantizar la limpieza del sistema consist'ia en cambiar inmediatamente todas las claves y, a continuaci'on, verificar uno por uno a todos los usuarios. Empresa f'acil cuando son pocos los que utilizan el sistema, pero imposible con nuestros mil doscientos cient'ificos. Sin embargo, si no cambi'abamos todas y cada una de las claves, no pod'iamos estar seguros de que otro hacker no hubiera robado alguna cuenta. Con una basta para infiltrarse. Por fin decidimos anular todas las claves y pedirles a cada uno de nuestros usuarios que eligieran otra que no apareciera en el diccionario. Instal'e trampas en todas las cuentas robadas por el hacker. Si alguien intentaba conectar como Sventek, el sistema le rechazar'ia, pero registrar'ia toda la informaci'on relacionada con el origen de la llamada. A ver qui'en era el guapo que se atrev'ia. Martha y yo no pudimos celebrarlo debidamente, puesto que sus estudios la ten'ian realmente encadenada, pero nos tomamos un d'ia de vacaciones para ir a la costa del norte. Paseamos por los acantilados, cubiertos de flores silvestres, y contemplamos las olas que se estrellaban contra las rocas, treinta metros por debajo de nuestros pies. Descendimos a una cala aislada, nuestra propia playa particular, y durante algunas horas todas mis preocupaciones se alejaron de mi mente, como si no existieran. Al cabo de unos d'ias se recibieron noticias de Alemania. Al parecer, la polic'ia de Hannover hab'ia irrumpido simult'aneamente en el local de una empresa llamada Focus Computer, de Hannover, y en la casa de uno de sus empleados. En la empresa inform'atica se hab'ian incautado de un total de ochenta discos y el doble de dicha cantidad en la casa. Tanto el director de Focus Computer como el inquilino de la casa hab'ian sido detenidos, pero no hab'ian hablado. Sin embargo, el director hab'ia insinuado que sospechaban que los vigilaban. Hab'ian mandado las pruebas a un lugar llamado Wiesbaden para ser <>. !Maldita sea! Pod'ia haberlas analizado yo perfectamente: bastaba con buscar la palabra <>. Como inventor del t'ermino, sabr'ia inmediatamente si las copias eran aut'enticas. ?C'omo se llamaba el hacker? ?Cu'al era su prop'osito? ?Qu'e relaci'on ten'ia con Pittsburgh? ?D'onde estaba ahora? Hab'ia llegado el momento de hablar con Mike, del FBI. -Ahora que todo ha terminado, ?puedes darme el nombre de ese individuo? -le pregunt'e. -No es cierto que todo haya terminado, y la respuesta es no, no puedo darte su nombre -contest'o Mike, m'as enojado que de costumbre ante mis preguntas. -?Obtendr'e m'as informaci'on sobre ese individuo si hablo con los alemanes? Sab'ia c'omo se llamaba el fiscal, aunque no conociera el nombre del hacker. -No te pongas en contacto con los alemanes. Es un asunto muy delicado y probablemente meter'as la pata. -?No puedes siquiera decirme si el hacker est'a en la c'arcel? ?O si se pasea libremente por Hannover? -No estoy autorizado a hablar de ello. -En tal caso, ?cu'ando me enterar'e de lo ocurrido? -Te lo comunicar'e a su debido tiempo. Entretanto guarda todas las copias bajo llave. ?Guardar las copias bajo llave? Mir'e a mi alrededor. Entre manuales inform'aticos y libros de astronom'ia, en las estanter'ias de mi despacho hab'ia tres cajas que conten'ian las copias del hacker. La puerta de mi despacho no ten'ia siquiera cerrojo y el edificio permanec'ia abierto d'ia y noche. !Ah! El desv'an, donde se guardaban los productos de limpieza, se cerraba con llave. Pod'ia colocar las cajas en una estanter'ia junto al techo, encima del lavadero. Antes de que se retirara del tel'efono, pregunt'e a Mike cu'ando pod'ia esperar m'as noticias sobre el caso. -Dentro de unas semanas. Se abrir'a un sumario contra el hacker y se le procesar'a -respondi'o Mike-. Entretanto guarda silencio. No divulgues la noticia y mantente alejado de los periodistas. -?Por qu'e? -Cualquier publicidad podr'ia librarle de los cargos que se le imputan. El caso es ya bastante complejo sin que intervenga la prensa. -Pero el caso es pan comido -protest'e-. El fiscal norteamericano dice que sobran pruebas para condenarle. -Mira, t'u no sabes todo lo que est'a ocurriendo -dijo Mike-. Hazme caso, mant'en la boca cerrada. El FBI estaba justificadamente satisfecho de su trabajo. A pesar del titubeo inicial, Mike hab'ia persistido con la investigaci'on. La organizaci'on no le permit'ia que me revelara los detalles del caso, pero no pod'ia hacer nada al respecto. Sin embargo, lo que no pod'ia impedir era que yo investigara por mi cuenta. Hace diez meses, Luis 'Alvarez y Jerry Nelson me hab'ian aconsejado tratar al haeker como un problema de investigaci'on. Pues bien, por lo menos la investigaci'on hab'ia concluido. Claro que quedaban algunos detalles por resolver, pero el grueso del trabajo estaba hecho. Sin embargo, el FBI no me permit'ia publicar lo que hab'ia descubierto. Cuando se realiza un experimento se toman notas, se reflexiona y, acto seguido, se publican los resultados. Si no se publica, nadie tiene la oportunidad de aprender de dicha experiencia. El objeto es precisamente el de evitar que otros repitan lo realizado. De todos modos hab'ia llegado el momento de realizar un cambio. Pas'e el resto del verano elaborando curiosas im'agenes informatizadas de telescopios y dando clases en el centro de inform'atica. Gracias a la persecuci'on del alem'an hab'ia aprendido la forma de conectar ordenadores entre ellos. Tarde o temprano, el FBI me permitir'ia publicar los resultados. Y cuando llegara el momento, estar'ia listo para hacerlo. A principios de setiembre empec'e a escribir un sobrio art'iculo cient'ifico sobre el hacker. Me limit'e a condensar las ciento veinticinco p'aginas de mi cuaderno de bitacora, en un tedioso escrito, destinado a alguna rec'ondita publicaci'on inform'atica. Sin embargo no me resultaba f'acil abandonar por completo el proyecto del hacker. Durante un a~no, aquella persecuci'on hab'ia dominado mi vida. En el cumplimiento de mi misi'on hab'ia escrito docenas de programas, sacrificado el calor de mi compa~nera, alternado con el FBI, la NSA, la OSI y la CIA, destruido mis zapatillas, estropeado impresoras y viajado varias veces de costa a costa. Ahora que mi vida ya no estaba dominada por un misterioso enemigo extranjero, me preguntaba c'omo pasar el tiempo. Entretanto, a 10.000 kil'ometros de distancia, alguien deseaba no haber o'ido hablar nunca de Berkeley. 53 Un mes antes de la captura del hacker de Hannover, Darren Griffith se uni'o a nuestro grupo, procedente del sur de California. Las aficiones de Darren eran en este orden: la m'usica <>, las redes Unix, la tipograf'ia l'aser y los amigos con el pelo escarpado. Adem'as de los caf'es y los conciertos, lo que le atra'ia de Berkeley eran los centenares de ordenadores Unix conectados entre ellos, formando un complejo laberinto que deseaba explorar. En la oficina, el jefe dejaba que trabajara a su propio aire y en los proyectos que le interesaran. Despu'es de las cinco, cuando la gente normal se iba a su casa, conectaba la m'usica en su despacho y escrib'ia programas al son de U2. Cuanto m'as fuerte era la m'usica, mejor el c'odigo. Le habl'e de las infiltraciones del a~no anterior y pens'e que le encantar'ia saber lo de la brecha del Gnu-Emacs, pero se limit'o a encogerse de hombros. -Claro, cualquiera puede darse cuenta de c'omo aprovecharse de ella -dijo-. Pero, de todos modos, s'olo se encuentra en unos centenares de sistemas. Si quieres ver una brecha sabrosa en los sistemas de seguridad, comprueba el VMS. Hay un orificio por el que pasar'ia un cami'on. -?C'omo? -S'i. Est'a en todos los ordenadores Vax de la Digital Equipment Corporation, que utilizan la versi'on 4,5 del sistema operativo VMS. -?Cu'al es el problema? -Cualquiera que conecte con dichos ordenadores puede convertirse en administrador del sistema -explic'o-, simplemente introduciendo un breve programa. No hay forma de impedirlo. -?Y la DEC no hace nada al respecto? -pregunt'e, sin haber o'ido hablar nunca de aquel problema-. Despu'es de todo, ellos son quienes venden los ordenadores. -Desde luego, mandan equipos de reparaci'on. Pero lo hacen con mucha discreci'on. No quieren que cunda el p'anico entre sus clientes. -Parece razonable. -Por supuesto, pero nadie instala dichos equipos. ?Qu'e har'ias t'u si de pronto recibes una cinta por correo con unas instrucciones que digan: <>? Lo m'as probable es que lo ignores, porque tienes mejores cosas que hacer. -?De modo que todos esos sistemas est'an expuestos a ser atacados? -As'i es. -Espera un momento. Este sistema operativo ha sido certificado por la NSA. Lo han comprobado y certificado su seguridad. -Por supuesto. Pasaron un a~no comprob'andolo. Y un mes despu'es de su comprobaci'on, la DEC lo modific'o ligeramente. S'olo un peque~no cambio en el programa de contrase~nas. El programa de verificaci'on del centro nacional de seguridad inform'atica ten'ia tambi'en una brecha en el sistema de seguridad. -Y ahora hay cincuenta mil ordenadores inseguros. No pod'ia creerlo. Si mi hacker lo hubiera sabido, se habr'ia puesto las botas. Menos mal que le hab'iamos capturado. Dada la importancia del problema, decid'i llamar a Bob Morris al centro nacional de seguridad inform'atica. Nunca hab'ia o'ido hablar de ello, pero prometi'o investigarlo. Advertidas las autoridades, hab'ia cumplido con mi obligaci'on. A finales de julio Darren capt'o un mensaje en la red. Roy Omond, administrador de sistemas en Heidelberg, Alemania, hab'ia detectado a un grupo denominado <> (CCC) en su ordenador Vax. Utilizaban la brecha que Darren hab'ia descrito. El mensaje de Omond explicaba c'omo se hab'ian infiltrado esos gamberros, instalando troyanos para apoderarse de las contrase~nas y borrando sus propias huellas. ?El Chaos Computer Club? Hab'ia o'ido rumores de su existencia ya en 1985, cuando un grupo de hackers alemanes se dedicaban a <> conjuntamente las redes inform'aticas. Seg'un ellos, el monopolio del Estado no serv'ia m'as que para crear problemas y lo llamaban el <>^13. No tardaron en organizarse en forma de equipo para lanzar ataques sistem'aticos contra ordenadores en Alemania, Suiza, Francia y, finalmente, Estados Unidos. Con seud'onimos como Pengo, Zombie y Frimp, que ya hab'ia o'ido antes, se hab'ian convertido en gamberros cibern'eticos que se enorgullec'ian de la cantidad de ordenadores en los que lograban infiltrarse. Sonaba familiar. A fines de verano, el problema hab'ia crecido. El grupo del Caos se hab'ia infiltrado en un centenar de ordenadores alrededor del mundo utilizando la red NASA SPAN. !Claro, el ordenador Petvax! Aquel incidente del mes de junio, cuando hab'ia localizado la conexi'on en la red de la NASA. Apostar'ia cualquier cosa a que la l'inea serpenteaba hasta Alemania. !Diablos! Pronto empec'e a darme cuenta de lo que ocurr'ia. El CCC se hab'ia infiltrado en los ordenadores del laboratorio f'isico del CERN, en Suiza, causando innumerables quebraderos de cabeza, donde se dec'ia que hab'ian robado contrase~nas, destruido programas y estropeado sistemas experimentales. S'olo para divertirse. En el laboratorio suizo, miembros del CCC se hab'ian apropiado de contrase~nas para introducirse en ordenadores de laboratorios f'isicos norteamericanos, como Fermilab en Illinois, Caltech y Stanford. De all'i s'olo tuvieron que dar un peque~no salto a la red de la NASA y a sus propios ordenadores. Cada vez que se introduc'ian en un ordenador, utilizaban dicho bug para convertirse en administrador del sistema. Entonces modificaban el sistema operativo, para que les permitiera entrar con una contrase~na especial, conocida s'olo por ellos. A partir de aquel momento, cuando alg'un miembro del CCC utilizaba la palabra m'agica en un Vax contaminado, lograba entrar en el mismo, aunque la brecha original hubiera sido reparada. !Diablos! Aquello iba en serio. Centenares de ordenadores corr'ian peligro. Pod'ian destruir f'acilmente el software de cada uno de dichos sistemas. Pero ?qu'e se pod'ia hacer? La NASA no es responsable de todos los ordenadores conectados a su red. La mitad pertenecen a universidades, donde se realizan experimentos cient'ificos. Es probable que la NASA ni siquiera tenga una lista de todos los ordenadores conectados a dicha red. La red de la NASA, al igual que Milnet, es un sistema de comunicaciones que conecta ordenadores entre ellos, a lo largo y ancho del pa'is. Es natural que un ladr'on utilice la carretera, sin que se pueda acusar de ello al constructor de la misma. La NASA s'olo es responsable del mantenimiento de la red. La seguridad de cada ordenador est'a en manos del personal que lo dirige. El CCC creaba quebraderos de cabeza para los inform'aticos, dejando con un palmo de narices a centenares de t'ecnicos y millares de cient'ificos. El propietario de un ordenador Vax se ve'ia obligado a reconstruir el software a partir de cero. Esto es el trabajo de toda una tarde, multiplicado por un millar de emplazamientos. ?O eran cincuenta mil? Por fin el CCC comunic'o triunfalmente sus infiltraciones a la prensa, describi'endose a s'i mismos como programadores geniales. Busqu'e cualquier menci'on a mi laboratorio, a Milnet o a Hannover. Nada. Era como si nunca hubieran o'ido hablar de mi hacker. Sin embargo, menuda coincidencia! Un par de meses despu'es de que yo atrapara a un hacker alem'an que se infiltraba en las redes inform'aticas, se divulga la noticia de un club alem'an que afirma haberse infiltrado en las redes de la NASA. ?Podr'ian haber sido ellos los que hab'ian penetrado clandestinamente en mi ordenador? L'o reflexion'e un poco. La pandilla del caos parec'ia trabajar con el sistema operativo VMS y no sab'ia gran cosa sobre Unix. Mi hacker conoc'ia sin duda el VMS, pero se sent'ia m'as c'omodo en el Unix. Adem'as, no dudaba un instante en aprovecharse de cualquier bug en el sistema. Hannover est'a cerca de Hamburgo, sede de dicho club. Menos de ciento cincuenta kil'ometros. Pero mi hacker hab'ia sido detenido el 29 de junio y el CCC se infiltraba en ordenadores durante el mes de agosto. Si el hacker de Hannover estaba en contacto con el CCC, su detenci'on habr'ia conmocionado toda la organizaci'on. Se habr'ian evaporado al saber que uno de sus miembros hab'ia sido detenido. Otra peculiaridad..., la NASA no tiene secretos. Claro, puede que los cargamentos militares para el transbordador espacial sean confidenciales, pero casi todo lo dem'as de la NASA es p'ublico. Incluidos los dise~nos de los cohetes. Uno puede comprar libremente los planos del transbordador espacial. No es lugar para un esp'ia. No, mi hacker no estaba en el CCC. Es probable que estuviera vagamente relacionado con ellos..., tal vez interviniera en su bolet'in electr'onico. Pero no conoc'ian sus actividades. Los miembros del CCC justifican sus actos con una peculiar visi'on 'etica. Est'an convencidos de que es perfectamente correcto husmear en las bases de datos de los dem'as, siempre y cuando no se destruya la informaci'on. En otras palabras, consideran que su curiosidad t'ecnica debe estar por encima de mi intimidad personal. Se creen con derecho a examinar cualquier ordenador en el que logren introducirse. ?La informaci'on en bases de datos? Carecen de prejuicios, si logran deducir c'omo obtenerla. ?Supongamos que se trata de una lista de pacientes del SIDA? ?O de las declaraciones de impuestos? ?O de mi historial financiero? Fue maravilloso hablar del tema con Darren, con su conocimiento de las redes y extraordinaria habilidad para detectar brechas de seguridad. Pero cuando habl'abamos de ellos, parec'ia considerarlo remoto y divertido, como si el problema del hacker fuera un juego puramente intelectual. Intu'ia que me miraba con cierto desprecio por verme vinculado en el asunto y dispuesto a capturar al hacker. Por fin, una tarde, despu'es de escuchar atentamente mis quejas sobre el hacker y mis pron'osticos pesimistas acerca de los problemas que nos deparaba el futuro, Darren se qued'o mir'andome fijamente. -Cliff -dijo-, eres un viejo carroza. ?Por qu'e te preocupa tanto que alguien juegue con tu sistema? Pod'ias haber sido t'u mismo, en tu lejana juventud. ?D'onde est'a tu apreciaci'on de la anarqu'ia creativa? Intent'e defenderme, como lo hab'ia intentado con Laude hac'ia algunos meses. Nunca me hab'ia propuesto convertirme en un polic'ia inform'atico. Hab'ia empezado con un simple enigma: ?por qu'e hab'ia un error de setenta y cinco centavos en la contabilidad? Una cosa llev'o a otra y acab'e persiguiendo a nuestro amigo. Adem'as, no disparaba a ciegas, intentando derribar a ese individuo, simplemente porque estaba ah'i. Hab'ia descubierto la naturaleza de nuestras redes. Para m'i, antes eran un complejo conjunto t'ecnico de cables y circuitos. Pero son mucho m'as que eso, son una fr'agil comunidad de gente, vinculada entre s'i por la confianza y la cooperaci'on. Si la confianza desaparece, la comunidad se desintegrar'a para siempre. Darren y otros programadores sienten a veces respeto por los hackers porque ponen a prueba la solidez de los sistemas, revelando sus brechas y puntos flacos. Respetaba este punto de vista, s'olo una mente honrada y rigurosa puede sentir gratitud por alguien que exponga sus errores, pero ya no pod'ia compartirlo. Para m'i, el hacker no era un maestro del ajedrez, que nos estuviera dando valiosas lecciones al aprovecharse de los puntos d'ebiles de nuestras defensas, sino un gamberro desconfiado y paranoico. En alg'un pueblo, donde nadie cerrara las puertas, ?halagar'iamos al primer ladr'on, por demostrar a los pueblerinos que era una locura dejar abiertas las puertas de sus casas? Si ocurriera, nunca podr'ian volver a dejar las puertas abiertas. Es posible que ante la presencia de los hackers, las redes acaben por verse obligadas a instalar barreras y controles. Entonces, a los usuarios leg'itimos les resultar'a m'as dif'icil comunicarse libremente y compartir informaci'on entre s'i. Puede que para usar las redes tengamos que identificarnos y declarar nuestro prop'osito, que deje de ser posible conectar simplemente para charlar un rato, deambular un poco y ver qui'en circula por la red. Hay amplia tolerancia para la <> en las redes actuales; nadie manda en las mismas, nadie crea ordenanzas, son el simple resultado de un esfuerzo de cooperaci'on y evolucionan libremente al antojo de los usuarios. El abuso por parte de los hackers de dichas facilidades puede significar el fin de ese sistema libre y compartido del funcionamiento de las redes. Por fin pod'ia responder a Darren. El hecho de alternar con funcionarios trajeados y de jugar a poli inform'atico emanaba de mi apreciaci'on por la anarqu'ia creativa. Para conservar el esp'iritu juguet'on de las redes es preciso salvaguardar nuestra sensaci'on de confianza y, para ello, es necesario tom'arselo en serio cuando alguien traiciona dicha confianza. Sin embargo, aunque por fin ten'ia la sensaci'on de saber por qu'e lo hab'ia hecho, segu'ia sin saber qu'e era lo que hab'ia hecho. ?C'omo se llamaba ese individuo de Hannover? ?Qui'en hab'ia tras todo aquello? Nadie me lo dec'ia. Conforme avanzaba el verano, todo parec'ia indicar que el caso se desintegraba. Mike Gibbons no me llamaba, ni sol'ia responder a mis llamadas. Era como si nada hubiera ocurrido. Comprend'ia los aspectos t'ecnicos del caso: las brechas inform'aticas y el emplazamiento del hacker. ?No era eso todo lo que deseaba? Sin embargo algo fallaba. No me sent'ia satisfecho. Sab'ia el qu'e y el c'omo, pero deseaba saber qui'en y por qu'e. 54 ?Qui'en hab'ia tras todo aquello? S'olo hab'ia una forma de averiguarlo. Investigar. Lo 'unico que el FBI estaba dispuesto a decirme era: <> No me serv'ia de gran cosa. Tal vez si me inmiscu'ia perturbar'ia alg'un juicio que pudiera celebrarse. Pero si hab'ia juicio, necesitar'ian con toda seguridad mi cooperaci'on. Despu'es de todo, las pruebas fundamentales estaban en mi posesi'on: unas dos mil copias impresas, guardadas cuidadosamente en cajas y encerradas en el desv'an de la limpieza. Aunque no me permitieran formular preguntas, no pod'ian impedir que practicara la ciencia. La publicaci'on de los resultados es una parte tan importante del proyecto como la investigaci'on del fen'omeno. En mi caso, probablemente m'as importante. Cuando comenzaron a divulgarse los rumores sobre el hacker, me llamaban los militares en busca de m'as informaci'on. ?Qu'e pod'ia decirles? A fines de agosto se cumpli'o exactamente un a~no desde que detectamos por primera vez a aquel hacker en nuestros ordenadores y dos meses desde que finalmente le atrapamos en Hannover. El FBI todav'ia me dec'ia que guardara silencio. Claro que el FBI no pod'ia impedirme legalmente que publicara los resultados ni que siguiera investigando. -Eres libre de escribir lo que desees -insist'ia Martha-. Esto es precisamente lo que nos garantiza la Primera Enmienda. Sin duda estaba en lo cierto. Hab'ia estado estudiando a fondo la ley constitucional para su rev'alida de derecho. S'olo otras tres semanas y todo habr'ia terminado. Para alejar el examen de su mente empezamos a coser un edred'on. S'olo unos minutos de vez en cuando, pero el dise~no no dejaba de crecer y, aunque no era consciente de ello, algo maravilloso crec'ia con el mismo. Nos dividimos el trabajo como de costumbre. Ella confeccionaba los retales, yo los cos'ia y ambos compartir'iamos el edred'on. Apenas hab'iamos empezado a cortar las piezas, cuando lleg'o Laurie para almorzar con nosotros. Martha le mostr'o el dise~no y le explic'o que el edred'on lo llamar'ia <>. La despampanante estrella central ser'ia de un amarillo brillante y naranja, como las peon'ias de nuestro jard'in. A su alrededor habr'ia un c'irculo de tulipanes y a continuaci'on un borde llamado <>, como los matorrales de bolas de nieve del jard'in, que eran los primeros en florecer en primavera. Laurie sugiri'o otro borde, llamado <>, en representaci'on de los p'ajaros que nos visitaban. Cuando escuchaba a Laurie y a Martha, hablando de dise~nos con nombres antiguos y rom'anticos, sent'ia un calorcillo en mi interior. Aqu'i estaba mi hogar, mi amor. El edred'on que est'abamos confeccionando nos durar'ia toda la vida; en realidad su vida ser'ia m'as larga que la nuestra y servir'ia para mantener calientes a nuestros nietos... Me estaba dejando llevar. Despu'es de todo, Martha y yo no est'abamos casados ni nada por el estilo; nos limit'abamos a compartir nuestras vidas mientras fuera positivo para ambos, con la libertad de seguir cada uno nuestro camino, si dejaba de funcionar. S'i, asi era mejor, m'as abierto y civilizado. Nada de esa anticuada f'ormula de <>. Claro, por supuesto. Las palabras de Laurie me dejaron at'onito: interpretaban mis pensamientos m'as rec'onditos. -'Este tendr'ia que ser el edred'on de vuestra boda. Martha y yo la miramos fijamente. -Claro, todo el mundo sabe que ya est'ais casados. Sois amigos 'intimos y amantes desde hace casi ocho a~nos. ?Por qu'e no hacerlo oficial y celebrarlo? Estaba completamente desconcertado. Lo que Laurie acababa de decir era tan cierto y evidente, que deb'ia estar ciego para no haberlo visto. Hab'ia quedado atascado con la idea de que deb'iamos seguir d'ia a d'ia, juntos <>, mientras todo marchara a pedir de boca. Pero, a decir verdad, ?abandonar'ia a Martha si las cosas se pusieran dif'iciles? ?La abandonar'ia si me sintiera m'as atra'ido hacia otra chica? ?Era 'ese el tipo de persona que deseaba ser y la forma en que quer'ia vivir el resto de mi vida? En aquel momento comprend'i lo que deb'ia hacer y c'omo deseaba vivir. Mir'e a Martha, con su rostro sereno y tranquilo, concentrado en los pintorescos retales de calic'o. Hab'ia l'agrimas en mis ojos y era incapaz de hablar. Mir'e a Laurie en busca de ayuda, pero cuando me vio la cara desapareci'o a la cocina para preparar un t'e, dej'andonos a Martha y a m'i solos. -Amor m'io. Levant'o la cabeza y me mir'o fijamente. -?Cu'ando quieres que nos casemos? -?Qu'e te parece la pr'oxima primavera, despu'es de las lluvias, cuando crecen las rosas? Y as'i fue. Sin mirar atr'as, sin lamentos, sin pensar en que pudiera aparecer alguien m'as id'oneo. Martha y yo para el resto de nuestras vidas. Laurie sirvi'o el t'e y permanecimos juntos sin decir gran cosa, pero muy felices. En octubre empec'e a pensar de nuevo en el hacker. Darren y yo discut'iamos sobre si publicar o no un art'iculo. -Si no dices nada -arg"u'ia Darren-, aparecer'a otro hacker y destruir'a alg'un sistema. -Pero si lo publico, una docena de hackers aprender'an c'omo hacerlo. 'Este es el dilema de hablar de problemas de seguridad. Si uno describe c'omo fabricar una bomba casera, el pr'oximo chico que se encuentre con un poco de carb'on y salitre podr'a convertirse en terrorista. Sin embargo, si se oculta la informaci'on, la gente no ser'a consciente del peligro. En enero se cumplieron seis meses desde la redada en casa del hacker y un a~no y medio desde su detecci'on. No obstante, todav'ia no conoc'ia su nombre. Hab'ia llegado el momento de publicar los resultados. De modo que decid'i mandar mi art'iculo a Communications of the Association of Computer Machinery. Aunque no se encuentra en los quioscos, Communications llega a manos de la mayor'ia de los profesionales de la inform'atica y es una aut'entica publicaci'on cient'ifica, en la que se informan todos los art'iculos. Esto significaba que otros tres cient'ificos de la inform'atica estudiar'ian mi art'iculo y escribir'ian comentarios an'onimos sobre si merec'ia ser publicado. Se program'o su publicaci'on para el ejemplar del mes de mayo. La Association for Computer Machinery y el Lawrence Berkeley Laboratory decidieron anunciarlo conjuntamente el 1 de mayo. Mayo fue un mes disparatado. Martha y yo 'ibamos a casarnos a fin de mes. Hab'iamos reservado el Berkeley Rose Garden, cosido nuestros trajes para la boda e invitado a nuestros amigos y parientes. Incluso sin la publicidad del hacker, no ser'ia un mes tranquilo. Pues bien, lo ten'iamos todo m'as o menos listo, cuando la revista alemana Quick se nos anticip'o. El 14 de abril publicaron un art'iculo sobre un hacker alem'an que se hab'ia infiltrado en tres docenas de ordenadores militares. A pesar de que el periodista hab'ia logrado entrevistarse con el hacker, la mayor parte de la informaci'on proced'ia de mi cuaderno. !Mi cuaderno! ?C'omo se las hab'ia arreglado la revista Quick, a mitad de camino entre Life y el National Enquirer, para obtener el cuaderno de mi laboratorio? Guardaba el cuaderno en mi ordenador; viv'ia en disquetes, no en papel. ?Se habr'ia infiltrado alguien en mi ordenador y lo habr'ia le'ido? !Imposible! El cuaderno estaba en mi Macintosh, que no hab'ia conectado nunca con ninguna red y todas las noches ocultaba el disco en mi escritorio. Volv'i a leer la traducci'on del art'iculo y me di cuenta de que alguien hab'ia divulgado una copia de mi cuaderno, de enero del a~no pasado. Antes de organizar la operaci'on SDINET. ?Le hab'ia dado a alguien una copia de aquel cuaderno? S'i, lo hab'ia hecho. El 10 de enero hab'ia mandado el cuaderno a Mike Gibbons, del FBI, quien a su vez deb'ia de hab'erselo remitido al agregado jur'idico en Bonn. A saber d'onde hab'ia aterrizado a continuaci'on... De alg'un modo hab'ia llegado a manos de la revista Quick, que public'o su art'iculo dos semanas antes de la fecha prevista para la publicaci'on del m'io. !Maldita sea! Un a~no de silencio. Un a~no de cooperaci'on secreta con las autoridades, para acabar siendo traicionado a un peri'odico sensacionalista alem'an. !Vaya ignominia! Incluso con una copia de mi cuaderno, la informaci'on de Quick estaba lejos de ser exacta. !Maldita sea! Lo 'unico que cab'ia hacer era revelar la verdad. Sea cual sea nuestra actuaci'on, lleg'abamos tarde. John Markoff, actualmente del Times de Nueva York, se hab'ia enterado de la historia y formulaba preguntas. !Maldita sea! La 'unica soluci'on era celebrar una conferencia de prensa en el laboratorio, conmigo en el centro del escenario. !Maldita sea! Aquella noche, a las once, estaba nervioso y enfermo de preocupaci'on. ?Yo? ?En una conferencia de prensa? La llamada de la NSA no contribuy'o a serenarme. Sally Knox, administrativa del centro de seguridad inform'atica de la NSA, estaba en la ciudad y hab'ia o'ido hablar de la conferencia de prensa, prevista para el d'ia siguiente. -No se te ocurra mencionarnos -chill'o en mi o'ido-. Ya tenemos bastante mala prensa sin que lo hagas. Mir'e a Martha, que hab'ia o'ido la voz de aquella mujer por tel'efono y levant'o la mirada al cielo. Procur'e tranquilizar a la esp'ia. -Esc'uchame, Sally: la NSA no ha hecho nada malo. No pienso sugerir que os reduzcan el presupuesto. -Eso no importa. En el momento en que la prensa oiga nuestro nombre, habr'a problemas. Distorsionan todo lo relacionado con nosotros. No nos tratar'an con imparcialidad. Mir'e a Martha. Me hac'ia se~nas para que colgara el tel'efono. -De acuerdo, Sally -dije-. Te aseguro que ni siquiera mencionar'e vuestra agencia. Si alguien pregunta, me limitar'e a decir: <> -No. No hagas eso. Entonces esos cerdos se dedicar'an a husmear y descubrir'an m'as informaci'on. Diles que no hemos tenido que ver nada con el asunto. -Mira, Sally: no pienso mentir. Adem'as, ?no es cierto que el centro nacional de seguridad inform'atica es una agencia p'ublica y no confidencial? -As'i es. Pero 'esa no es raz'on para permitir que la prensa meta las narices en nuestros asuntos. -En tal caso, ?por qu'e no mand'ais a alguien a la conferencia de prensa? -Ninguno de nuestros funcionarios est'a autorizado a hablar con la prensa. Con una actitud semejante, no es sorprendente que su agencia tenga mala prensa. Martha me escribi'o una nota: <> Pero no me dio oportunidad a abrir la boca. Sally hablaba de que los atosigaba el Congreso, los atosigaba la prensa y los atosigaba yo. Habl'o durante veinte minutos intentando convencerme de que no mencionara la NSA ni el centro nacional de seguridad inform'atica. A las once y media estaba harto y agotado, dispuesto a hacer cualquier cosa para dejar el tel'efono. -Oye, Sally: ?cu'ando vas a dejar de contarme lo que no puedo decir? -No te hablo de lo que debes decir. S'olo quiero que no menciones el centro de seguridad inform'atica. Colgu'e el tel'efono. -?Son todos iguales? -pregunt'o Martha, mir'andome despu'es de revolverse en la cama. Para m'i, acostumbrado a reuniones cient'ificas y coloquios t'ecnicos, la conferencia de prensa de la ma~nana siguiente era un parque zool'ogico. Hab'ia o'ido hablar muchas veces de conferencias de prensa, pero nunca hab'ia asistido a ninguna. En 'esta yo era el objetivo. Fue una locura. Junto con mi jefe, Roy Kerth, habl'e durante media hora, respondiendo a las preguntas de los periodistas. Las de los corresponsales de televisi'on eran f'aciles (<>), pero las de los peri'odicos eran duras y complicadas: -?Cu'al deber'ia ser la pol'itica nacional sobre seguridad inform'atica? -?Estaba justificada la restricci'on del almirante Pointdexter en cuanto al material delicado aunque no confidencial? Nadie pregunt'o sobre la NSA. No se hizo menci'on alguna al centro nacional de seguridad inform'atica. Sally hab'ia hablado media hora en vano. Al principio la prensa no me inspiraba excesiva confianza; tem'ia que, sea lo que sea, distorsionar'ia el asunto. Pero ahora se trataba de una historia t'ecnica que abarcaba dos continentes y un a~no de trabajo. ?C'omo tratar'ian la noticia los medios de informaci'on norteamericanos? Lo hicieron con sorprendente exactitud. Mi art'iculo t'ecnico era m'as detallado (la brecha del Gnu-Emacs, la forma del hacker de descifrar contrase~nas), pero me asombr'o la precisi'on con que los peri'odicos transmitieron la historia. Todo lo importante estaba all'i: los ordenadores militares, la persecuci'on e incluso la <>. Adem'as, aquellos periodistas sab'ian hacer su trabajo. Llamaron por tel'efono a Alemania y se las arreglaron para averiguar lo que yo no hab'ia logrado descubrir: el nombre del hacker. Le llamaron por tel'efono. 55 -Hola, ?es usted Markus Hess, de Hannover? -S'i. -Le habla Richard Covey. Soy periodista, aqu'i en California. ?Puedo hablar con usted? -No tengo nada que decir. -Sobre este asunto del hacker, ?podr'ia decirme si trabajaba solo o en colaboraci'on con alguien? -No puedo responderle. El caso est'a todav'ia pendiente en los tribunales alemanes. -?Qu'e se propon'ia? -Lo hac'ia s'olo para divertirme. -?Es usted estudiante? -Pues..., s'i. No puedo hablar por tel'efono, las lineas no me inspiran confianza. Pueden estar intervenidas. -?Tiene abogado? -S'i. -?C'omo se llama? No responde. -?Conoce a Laszlo Balogh, de Pittsburgh? -No. Nunca he o'ido hablar de 'el, s'olo he visto su nombre en los peri'odicos. -?C'omo cree que lleg'o la informaci'on ficticia a manos de Balogh? -No puedo responderle. -?Trabajaba usted con alguien? -No puedo dec'irselo. No me siento c'omodo hablando por tel'efono. No estoy seguro de que las l'ineas est'en limpias. -?Es usted un esp'ia? -Pensar esto es totalmente absurdo. S'olo me impulsaba la curiosidad. -?Tiene alguna idea de c'omo lleg'o la informaci'on a Pittsburgh? -No, ni idea. No se la mostr'e a nadie. Para m'i es peligroso seguir hablando, porque no estoy seguro de que las lincas telef'onicas no est'en intervenidas. -?Cobraba por su trabajo? -Debo marcharme. No puedo seguir hablando. Colg'o. Markus Hess. Despu'es de tanto tiempo, resulta que el nombre de mi cuco es Markus Hess. Pues bien, habla ingl'es, aunque sin contracciones, y es tan paranoico por tel'efono como en el ordenador; siempre mirando por encima del hombro. La prensa alemana dice que Hess mide metro ochenta, tiene veinticinco a~nos, es corpulento y entre sus amigos se le conoce como un buen programador de Unix, aunque no genial. Y es un fumador empedernido de Benson & Hedges. Consulte una vez m'as la gu'ia telef'onica de Hannover. Efectivamente, ah'i est'a su nombre, pero ?qui'en es? ?Qu'e es lo que se propone? Nunca lo averiguar'e desde Berkeley. ?Tal vez deber'ia llamar a alguien en Alemania? ?A qui'en conozco? Un par de estudiantes en el Instituto Max Planck, algunos astr'onomos de Darmstadt y un compa~nero de universidad en Hamburgo. A fines de verano, un amigo de un amigo me mand'o una carta: <> Parec'ia tratarse de un estudiante, procedente del extranjero. Martha, Claudia y yo no dirig'iamos exactamente un albergue juvenil, pero nuestras puertas estaban siempre abiertas a los amigos. Michael Sperber pas'o un par de noches en casa y nos divirti'o con las an'ecdotas de sus viajes por Norteam'erica. De igual inter'es para m'i, fue el hecho de que su padre, Jochen Sperber, fuera periodista en el norte de Alemania y pudiera ponerse en contacto con hackers en la regi'on de Hannover. Hab'ia dado en el blanco. Por pura casualidad, hab'ia encontrado a alguien curioso, tenaz y capaz de indagar en Alemania. A lo largo de los pr'oximos cinco meses, Jochen Sperber descubri'o suficiente informaci'on para reconstruir lo ocurrido al otro extremo. ?Qu'e hab'ia ocurrido? He aqu'i mi versi'on, basada en entrevistas, informes de la polic'ia, art'iculos de la prensa y mensajes de programadores alemanes. Hab'ia estado persiguiendo una sombra. Ahora pod'ia esbozar un retrato. A principios de los a~nos ochenta, el Bundespost alem'an ampli'o el servicio telef'onico para incluir redes de datos. Su servicio Datex tuvo un principio lento, pero en 1985 los negocios y las universidades comenzaron a afiliarse al mismo. Era una forma conveniente, aunque no barata, de conectar ordenadores entre s'i por toda Alemania. Como en cualquier otro lugar, los estudiantes comenzaron a aprovecharse de dicho servicio. Al principio, descubriendo fallos en la protecci'on del sistema y, m'as adelante, hallando formas de conectar con el extranjero a partir de la red. El Bundespost dedicaba todos sus esfuerzos al lanzamiento de Datex, e hizo caso omiso de dichos hackers. Una docena de hackers fundaron el Chaos Computer Club, cuyos miembros se especializaban en la creaci'on de virus, infiltrarse en ordenadores y actuar como contracultura inform'atica. Entre ellos hab'ia gamberros cibern'eticos, algunos con mucha pericia inform'atica y otros pr'acticamente novatos. Mediante boletines electr'onicos y redes telef'onicas intercambiaban an'onimamente los n'umeros de tel'efono de ordenadores infiltrados, as'i como contrase~nas y tarjetas de cr'edito robadas. Markus Hess conoc'ia el CCC, sin haber sido nunca un miembro destacado del mismo. Por el contrario, guardaba sus distancias como hacker aut'onomo. Durante el d'ia trabajaba en una peque~na empresa de software en el centro de Hannover. -El caso es que Hess conoc'ia a Hagbard -dec'ia Jochen Sperber por una l'inea telef'onica llena de interferencias-, quien a su vez manten'ia contacto con otros hackers alemanes, como Pengo y Bresinsky. Hagbard es un seud'onimo, evidentemente. Su verdadero nombre es... Hagbard. Hab'ia o'ido antes aquel nombre. Despu'es de colgar el tel'efono, lo busqu'e en mi cuaderno. Ah'i estaba; se hab'ia infiltrado en Fermilab y Stanford. Pero lo hab'ia visto en alg'un otro lugar. Examin'e bases de datos en la universidad y se lo pregunt'e a mis amigos. Nada. Durante los pr'oximos tres d'ias se lo pregunt'e a todo el mundo con quien me tropec'e, con la esperanza de que a alguien le sonara de algo. -Por supuesto. Hagbard es el h'eroe de la colecci'on <> -dijo, por fin, la dependienta de una librer'ia de Berkeley. Se trata de una serie de novelas de ciencia ficci'on, sobre una conspiraci'on internacional que controla el mundo. Los illuminati lo controlan y destruyen todo. Hagbard dirige un peque~no grupo de anarquistas contra aquel antiqu'isimo culto secreto. De modo que el compatriota de Hess utilizaba el apodo de Hagbard; deb'ia estar convencido de que realmente exist'ia una conspiraci'on. Y probablemente cre'ia que yo era uno de los illuminati secretos, dispuesto a reprimir a los <>. Puede que tuviera raz'on. Algunos de mis amigos radicales estar'ian de acuerdo con 'el. Pero, sin duda, no conoc'ia ning'un secreto. De modo que Hagbard trabajaba en 'intima colaboraci'on con Markus Hess. Ambos alternaban en los mismos bares de Hannover y pasaban veladas junto al ordenador de Hess. ?Qui'en era Hagbard? Seg'un la revista alemana Der Spiegel, Hagbard, cuyo verdadero nombre era Karl Koch, era un programador de veintitr'es a~nos que necesitaba dinero para financiar su fuerte adicci'on a la coca'ina, por no mencionar las cuentas telef'onicas mensuales de sus aventuras inform'aticas en el extranjero. Durante 1986 algunos hackers de Berl'in y de Hannover discutieron (entre copas y drogas) la forma de obtener alg'un dinero. Pengo, cuyo verdadero nombre era Hans Huebner, era un experto programador de dieciocho a~nos, cuyo 'unico inter'es, seg'un 'el, era el reto t'ecnico. Aburrido con los ordenadores a los que ten'ia acceso leg'itimo, comenz'o a infiltrarse en otros sistemas, mediante las redes internacionales. En un mensaje que apareci'o en un bolet'in electr'onico, Pengo dec'ia que formaba parte de <>. ?Por qu'e? Puesto que el software de los sistemas a los que ten'ia acceso leg'itimo <>. La inform'atica se hab'ia convertido en una adicci'on para Pengo. Pero ?por qu'e vender la informaci'on a agentes del bloque sovi'etico? Seg'un Der Spiegel, necesitaba el dinero para invertirlo en su empresa de inform'atica. De modo que Pengo se uni'o a un par de individuos de Berl'in occidental. Uno de ellos, Dirk Bresinski, trabajaba como programador y perito para la empresa alemana de inform'atica Siemens. Otro, Peter Cari, tambi'en de Berl'in, era un ex crupier que <>. Los cinco trabajaban en colaboraci'on, buscando nuevas formas de infiltrarse en los ordenadores, explorando las redes militares y agudizando su pericia en la infiltraci'on de sistemas. Pengo estaba especializado en el sistema operativo Vax VMS de Digital y hablaba frecuentemente con Hagbard. Pengo no ten'ia ning'un escr'upulo en cuanto a la venta de informaci'on a agentes del bloque sovi'etico. Se consideraba a s'i mismo 'eticamente neutral; no pretend'ia favorecer a los rusos, sino tan s'olo divertirse en las redes. Y, de paso, ganar alg'un dinero. Hess tambi'en se limitaba a jugar con las redes, en busca de formas de conectar alrededor del mundo. Hab'ia abandonado la Universidad de Hagen sin acabar su licenciatura en matem'aticas y f'isica. (?F'isica? !De haberlo sabido...!) Al parecer, inicialmente Hess s'olo jugaba con las redes, en busca de conexiones internacionales. Como en el caso de cualquier radio aficionado, al principio era una simple diversi'on, procurando llegar lo m'as lejos posible. Primero logr'o conectar con Karlsruhe y, m'as adelante, lleg'o hasta Bremen por la red Datex. Pronto descubri'o que muchos administradores de sistemas hab'ian dejado la puerta trasera abierta. Esto sol'ia ocurrir en los ordenadores de las universidades, pero Markus Hess comenz'o a reflexionar: ?cu'antos ordenadores habr'ia con las puertas abiertas? ?Cu'antas formas alternativas de infiltrarse en los ordenadores? A principios de 1986 Hagbard y Pengo se infiltraban sistem'aticamente en ordenadores norteamericanos, sobre todo en laboratorios de f'isica de alta energ'ia, pero tambi'en en algunas bases de la NASA. Hagbard se lo cont'o a Hess. Ah'i estaba el reto. Hess comenz'o a explorar m'as all'a de Alemania. Pero ya no se interesaba por las universidades y los laboratorios de f'isica, buscaba algo realmente emocionante. Hess y Hagbard eligieron a los militares como objetivo. Los dirigentes del CCC hab'ian hecho una advertencia a sus miembros: <>. Markus Hess no prestaba atenci'on. Hess logr'o introducirse en un ordenador desprotegido que pertenec'ia a la subsidiaria alemana de una empresa norteamericana de material defensivo: Mitre. Desde el interior de dicho sistema pudo descubrir las instrucciones detalladas para conectar con los ordenadores de Mitre en Bedford, Massachusetts y McLean, Virginia. ?Por qu'e no? El sistema estaba perfectamente abierto y le permit'ia llamar a cualquier lugar de Norteam'erica. En verano de 1986 Hess y Hagbard operaban por separado, pero comparaban notas frecuentemente. Colaboraban met'odicamente para llamar a todas las puertas a lo largo de las avenidas de las redes militares. Entretanto Hess trabajaba en Hannover programando ordenadores Vax y dirigiendo varios sistemas. Su superior estaba al corriente de las actividades nocturnas de Hess, que contaban con su benepl'acito; al parecer eran perfectamente compatibles con los planes generales del negocio de la empresa. (Todav'ia me pregunto en qu'e consistir'ian.) Hess no tard'o en ampliar su base en Mitre. Explor'o el interior del sistema y extendi'o sus tent'aculos a otros ordenadores norteamericanos. Recopil'o n'umeros de tel'efono y direcciones inform'aticas, y atac'o sistem'aticamente dichos ordenadores. El 20 de agosto lleg'o al Lawrence Berkeley Laboratory. Incluso entonces, Hess s'olo se divert'ia. Se hab'ia dado cuenta de que ten'ia acceso a secretos tanto industriales como nacionales, pero manten'ia la boca cerrada. Entonces, m'as o menos a finales de septiembre, entre la humareda de una cervecer'ia de Hannover, habl'o a Hagbard de sus m'as recientes aventuras. No se puede ganar ning'un dinero infiltr'andose en colegios y universidades. ?A qui'en puede interesarle la informaci'on de un laboratorio de f'isica, m'as que a un pu~nado de estudiantes? Pero las bases militares y los fabricantes de material defensivo, ya son otra cosa. Hagbard ol'ia el dinero. Y tambi'en sab'ia con qui'en ponerse en contacto: Pengo, en Berl'in occidental. Gracias a sus contactos con hackers por todo el pa'is, Pengo sab'ia c'omo utilizar la informaci'on de Hess. Con la copias de Hess bajo el brazo, uno de los hackers de Berl'in cruz'o al sector oriental, para reunirse con agentes del KGB sovi'etico. Llegaron a un acuerdo: alrededor de 30000 marcos (16513 EUR) por las copias y las contrase~nas. Pero el KGB no compraba s'olo las copias. Al parecer, Hess y compa~n'ia hab'ian vendido tambi'en la t'ecnica: c'omo infiltrarse en los ordenadores Vax, qu'e redes hay que utilizar para cruzar el Atl'antico y los detalles operativos de Milnet. Todav'ia m'as importante para el KGB era obtener informaci'on cient'ifica sobre la tecnolog'ia occidental, como el dise~no de circuitos integrados, la fabricaci'on asistida por ordenador y, muy en especial, programas operativos sujetos a control de exportaci'on estadounidense. Les ofrecieron un cuarto de mill'on de marcos alemanes por el sistema operativo VMS de Digital Equipment... Seg'un parece, Peter Cari y Dirk Bresinski se reunieron una docena de veces con agentes del KGB, a quienes suministraron muchos de sus pedidos: el c'odigo fuente del sistema operativo Unix, dise~nos de circuitos integrados de alta velocidad de arseniuro g'alico y programas inform'aticos para el dise~no de circuitos inform'aticos de memoria. El c'odigo fuente del Unix, por s'i solo, no vale ciento treinta mil d'olares. ?Los dise~nos de circuitos? Quiz'a. Pero un programa sofisticado de dise~no inform'atico..., bien, puede que al KGB le saliera a cuenta. Hagbard no se contentaba con los marcos alemanes. Exigi'o coca'ina. Y el KGB estaba dispuesto a suministrarla. Hagbard le pas'o parte del dinero (pero no de la coca'ina) a Hess, a cambio de copias impresas, contrase~nas e informaci'on de la red. El dinero de Hagbard sirvi'o para pagar las cuentas telef'onicas, que a veces ascend'ian a mil d'olares mensuales, ya que conectaba con ordenadores de un extremo al otro del planeta. Hess lo grababa todo. Conserv'o notas detalladas en un cuaderno y todas las sesiones en disquetes. De ese modo, despu'es de desconectar de un ordenador militar, pod'ia imprimir las partes interesantes, para pas'arselas a Hagbard y al KGB. En la lista de pedidos del KGB figuraba informaci'on sobre SDI. Cuando Hess lo supo, se dedic'o a buscarla y la <> de Martha le facilit'o abundante forraje. Pero ?pod'ia el KGB confiar en aquellas copias? ?C'omo pod'ian estar seguros de que Hagbard no se lo inventaba para financiar su adicci'on a la coca? El KGB decidi'o investigar el c'irculo de hackers alemanes. La m'itica Barbara Sherwin era la forma perfecta de comprobar la validez de esta nueva forma de espionaje. Despu'es de todo, hab'ia invitado a la gente a que escribiera para solicitar m'as informaci'on. Pero los servicios secretos no act'uan directamente. Usan intermediarios. El KGB se puso en contacto con otra agencia, el servicio de inteligencia h'ungaro o b'ulgaro. 'Estos, a su vez, al parecer ten'ian una relaci'on profesional con un contacto de Pittsburgh: Laszlo Balogh. La embajada b'ulgara en Norteam'erica, con toda probabilidad ten'ia un acuerdo permanente con Laszlo, al estilo de <>. A Laszlo Balogh poco le importaba. Seg'un Roger Stuart de la revista Pittsburgh Post-Gazette, Laszlo se defin'ia como refugiado h'ungaro, delineante, empleado de una corporaci'on financiera, propietario de una empresa de transportes, tratante de diamantes, viajero internacional, guardaespaldas de princesas kuwaitianas, asesino a sueldo de la CIA y confidente del FBI. El art'iculo dec'ia que <>. Al parecer, Balogh dirig'ia una empresa ahora inexistente, desde que se utiliz'o un cheque falso de un banco inexistente para conseguir un contrato de transporte de basura. En otras ocasiones hab'ia formado parte de una operaci'on encaminada a robar 38.000 d'olares en diamantes y vender aparatos inform'aticos a los sovi'eticos. Incluso afirmaba que, en una ocasi'on, hab'ia estado bajo arresto en la embajada sovi'etica. Mientras el dinero fuera verde, a Laszlo no le importaba su procedencia. No sab'ia nada de SDINET, no conoc'ia a nadie en Hannover y declar'o que ni siquiera ten'ia ordenador. Examin'e la carta de Laszlo y comprob'e que no hab'ia sido escrita en una m'aquina, sino en un ordenador. Si Laszlo Balogh no ten'ia ordenador, ?qui'en hab'ia escrito la carta? ?Tal vez la embajada b'ulgara? ?Ten'ia el FBI bastantes pruebas para procesar a Laszlo Balogh? No quisieron dec'irmelo. Pero a mi entender, Laszlo estaba metido en un buen l'io; el FBI le vigilaba y quien tirara de sus cuerdas no estaba satisfecho. Sin embargo, la polic'ia de Alemania occidental ten'ia un mont'on de pruebas contra Markus Hess. Copias impresas, seguimientos telef'onicos y mi cuaderno. Cuando registraron su casa, el 29 de junio de 1987, incautaron un centenar de disquetes, un ordenador y documentos en los que se describ'ia la red Milnet norteamericana. No hab'ia mucho lugar a dudas. Pero cuando la polic'ia efectu'o el registro, no hab'ia nadie en casa. A pesar de que yo esperaba pacientemente a que apareciera en mi ordenador, la polic'ia alemana intervino cuando no estaba conectado. Despu'es de su primer juicio, Hess present'o recurso de apelaci'on. Su abogado arg"u'ia que, puesto que no estaba conectado cuando se efectu'o el registro de su casa, cab'ia la posibilidad de que no se hubiera infiltrado en ning'un ordenador. Esto, junto a un problema relacionado con la orden de registro, bast'o para desbaratar el caso de robo inform'atico contra Hess. Sin embargo, la polic'ia federal alemana sigui'o investigando. El 2 de marzo de 1989 las autoridades alemanas acusaron a cinco personas de espionaje: Pengo, Hagbard, Peter Cari, Dirk Bresinski y Markus Hess. Peter Cari se reun'ia peri'odicamente con agentes del KGB en Berl'in oriental para venderles cualquier informaci'on que los dem'as hubieran obtenido. Cuando el BKA alem'an lo descubri'o, estaba a punto de huir a Espa~na. Ahora est'a en la c'arcel, pendiente de juicio, junto con Dirk Bresinski, a quien detuvieron por haber desertado del ej'ercito alem'an. Pengo ha empezado a tener remordimientos por los a~nos que ha pasado trabajando para el KGB. Dice que conf'ia en <>. Pero mientras sigan existiendo cargos criminales, no dir'a nada m'as. Por otra parte, la publicidad no ha favorecido la carrera profesional de Pengo. Sus socios se han alejado discretamente y varios de sus proyectos inform'aticos han sido anulados. Aparte de sus p'erdidas comerciales, no parece creer que haya nada de malo en lo que hizo. En la actualidad Markus Hess pasea libremente por las calles de Hannover, bajo fianza a la espera del juicio por espionaje. Fumando Benson and Hedges. Y mirando por encima del hombro. Hagbard, que trabaj'o con Hess durante un a~no, intent'o abandonar su adicci'on a la coca'ina a fines de 1988. Pero no antes de gastar los beneficios obtenidos del KGB; estaba sin trabajo y cargado de deudas. En la primavera de 1989 consigui'o un trabajo en las oficinas de un partido pol'itico en Hannover. Gracias a su cooperaci'on con la polic'ia, 'el y Pengo han logrado que no se les procese por espionaje. Hagbard fue visto con vida por 'ultima vez el 23 de mayo de 1989. La polic'ia encontr'o sus huesos calcinados, junto a una lata fundida de gasolina, en un solitario bosque de las afueras de Hannover. Cerca de all'i hab'ia un coche prestado, con las llaves todav'ia en el contacto. No se encontr'o ninguna nota del difunto. 56 Cuando emprend'i esta persecuci'on, me ve'ia a m'i mismo inmerso en tareas mundanas. Hac'ia lo que me encargaban: evitaba la autoridad y procuraba mantenerme al margen de los asuntos importantes. Era ap'atico y ajeno a la esfera pol'itica. Por supuesto, me sent'ia vagamente identificado con el movimiento izquierdista de los a~nos sesenta. Pero nunca hab'ia pensado demasiado en la interacci'on de mi trabajo con la sociedad... Quiz'a eleg'i la astronom'ia por su poca relaci'on con los problemas terr'aqueos. Ahora, despu'es de haber descendido por este agujero, propio de Alicia en el pa'is de las maravillas, encuentro a la derecha y a la izquierda unidas en su mutua dependencia de los ordenadores. Para la derecha, la seguridad inform'atica es necesaria a fin de proteger los secretos nacionales; a mis amigos izquierdistas los preocupa la invasi'on de su intimidad, cuando alguien se infiltra en los bancos de datos. Los centristas reconocen que los ordenadores inseguros cuestan dinero cuando alg'un desconocido se aprovecha de sus datos. El ordenador se ha convertido en un com'un denominador que no conoce fronteras intelectuales, pol'iticas, ni administrativas; el Sherwin Williams de la necesidad, que cubre el mundo entero, abarcando todos los puntos de vista. Habiendo comprendido esto, me he convertido en un defensor ac'errimo, casi encarnizado, de la seguridad inform'atica. Me preocupa la protecci'on de nuestros vulnerables bancos de datos. Me pregunto qu'e ocurre en las redes financieras, por las que circulan millones de d'olares por minuto. Me preocupa que las autoridades federales no protejan debidamente dichas redes y me entristece que proliferen los saqueos. He tenido que soportar mucha bazofia para llegar a interesarme. Me encantar'ia que la nuestra fuera una edad de oro en la que una conducta 'etica fuera lo habitual, donde los inform'aticos expertos respetaran la intimidad de los dem'as y en la que no necesit'aramos cerrojos en los ordenadores. Me entristece descubrir a inform'aticos de gran talento que se dedican a infiltrarse en ordenadores ajenos. En lugar de buscar nuevas formas de ayudarse entre ellos, los gamberros elaboran virus y bombas l'ogicas. ?Resultado? El p'ublico atribuye todo fallo del software a alg'un virus, los programas de dominio p'ublico son poco usados y las redes se convierten en un generador de paranoia. El temor a la inseguridad entorpece realmente el libre flujo de la informaci'on. El progreso cient'ifico y social s'olo tiene lugar en situaciones abiertas. La paranoia que dejan los hackers tras de s'i, s'olo asfixia nuestro trabajo..., obligando a la administraci'on a desconectar nuestros v'inculos con las comunidades de la red. S'i, podemos construir ordenadores y redes de seguridad. Sistemas dif'icilmente infiltrables desde el exterior. Pero generalmente su utilizaci'on es dif'icil y desagradable, adem'as de cara y lenta. Las comunicaciones inform'aticas son ya demasiado caras; agregarles codificaciones criptogr'aficas y complejos sistemas de identificaci'on, s'olo empeorar'ia la situaci'on. Por otra parte, nuestras redes parecen haberse convertido en objetivos (y canales) del espionaje internacional. Lo que me hace pensar en ?qu'e har'ia si fuera agente del servicio de inteligencia? Para recoger informaci'on secreta puede que formara a un agente para que hablara un idioma extranjero, lo mandara a un pa'is lejano, le suministrara dinero para sobornos y me preocupara por si lo capturaban, o le ofrec'ian informaci'on falsa. O podr'ia contratar a un inform'atico poco honrado. Este tipo de esp'ia no tiene por qu'e salir nunca de su propio pa'is. No se corre el riesgo de un incidente internacional comprometido. Y, adem'as, sale barato: basta con unos pocos ordenadores peque~nos y algunas conexiones a la red. De ese modo la informaci'on es fresca, procede directamente del sistema de procesamiento. Hoy s'olo existe un pa'is que no est'a conectado por tel'efono al resto del mundo: Albania. ?Qu'e significa esto para el futuro del espionaje? !Diablos! ?En qu'e estoy pensando? No soy un esp'ia, soy s'olo un astr'onomo, alejado desde hace demasiado tiempo de la ciencia. Cuando apagu'e los monitores y retir'e los cables, me di cuenta de que, durante un a~no, hab'ia estado atrapado en un laberinto. Cre'i que tend'ia trampas, cuando en realidad yo fui siempre el atrapado. Mientras el hacker investigaba los ordenadores militares, yo exploraba distintas comunidades, en las redes y en el gobierno. Este viaje condujo al hacker a treinta o cuarenta ordenadores, y a m'i, a una docena de organizaciones. Mi prop'osito hab'ia cambiado. Cre'i que persegu'ia a un hacker. Imaginaba que mi trabajo no ten'ia nada que ver con mi casa o mi pa'is...; despu'es de lodo, me limitaba a cumplir con mi obligaci'on profesional. Ahora, con los ordenadores seguros y las brechas reparadas, me fui a mi casa en bicicleta, cog'i unas fresas y prepar'e unos batidos de leche para Martha y para Claudia. Los cucos pondr'an sus huevos en otros nidos. Yo regreso a la astronom'ia. La 'ultima duda No pod'ia regresar a la astronom'ia tan f'acilmente. Un a~no despu'es del traslado a Cambridge, mi jefe a'un se daba cuenta de que pasaba bastante tiempo con la seguridad inform'atica. "Y no el suficiente con la astronom'ia..." a~nadi'o. Parece que los piratas inform'aticos me estaban buscando. Llamadas telef'onicas an'onimas, cartas amenazadoras, correos electr'onicos desagradables. Gente de diversas agencias de tres letras continuan llamando. Mientras tanto, varias personas dando cuenta en los tribunales. El a~no pasado ha sido dif'icil. Martha ten'ia una pasant'ia en la Corte Suprema en Washington: Sin embargo, nuestros trabajos parece que van en distintas direcci'ones, por lo que hemos estado viviendo separados. Ella pasa los d'ias entre libros de leyes, y yo detr'as de un teclado en Cambridge. Hay mucho por hacer en el Observatorio de Astrof'isica del Harvard-Smithsonian. Aburrida astronom'ia diaria: hacer bases de datos de los sat'elites de alta energ'ia de astrof'isica y conectar una estaci'on de trabajo Sun con un telescopio de rayos X. S'i, mirar al cielo a trav'es de un telescopio es impactante, pero el desaf'io es analizar lo que hay all'i. Supone comparar el cielo de rayos X con observaciones tomadas por el telescopio de radio. Un mont'on de estrellas emiten ondas de radio. Pero esos objetos que se muestran en ambas longitudes de onda pueden ser galaxias en colision. Para buscarlas, necesitamos comparar media docena de bases de datos. Para m'i, eso significa programar un equipo Unix. Una vez m'as, soy medio astr'onomo, medio programador. Diciembre de 1989 carta desde la Corte Alemana Oberlandesgericht en Celle: "Se le solicita respetuosamente a comparecer en el juicio de M. Hess, Brysinski D. y P. Carl." Cargo: Espionaje. Celle es una antigua ciudad a media hora de Hanover... Casas de 1550, calles empedradas, un castillo de 200 a~nos de edad, y el palacio de justicia del Distrito Federal. El juicio no fue como se v'e en la vieja serie de Perry Mason. Fueron tres d'ias de testimonio, todos con doble traducci'on. Un tribunal de cinco jueces hicieron preguntas. Los abogados de la defensa hicieron preguntas. Los acusados hicieron preguntas. El fiscal se mantuvo en silencio. ?C'omo me sent'i? Nervioso, pero seguro en mi investigaci'on. Mi cuaderno de bit'acora marc'o la diferencia. Fue como presentar algunas observaciones en una habitaci'on llena de astr'onomos. Ellos pueden estar en desacuerdo con la interpretaci'on, pero no pueden discutir con lo que viste. Sin embargo, esto no era ciencia. Mir'e por la habitaci'on y vi a tres chicos preocupados tratando desesperadamente de no ingresar en prisi'on. En el pasillo o'i a Peter Carl, el ex croupier, contando lo bien que se sinti'o al ayudar a la KGB porque alguien tiene que equilibrar las cosas con la CIA. Explic'o que llevaba un arma que hab'ia "encontrado en la calle". Tambi'en estaba Markus Hess: cara redonda, con un poco de sobrepeso y qued'andose calvo. Fumando Benson y Hedges en el pasillo, admiti'o que hab'ia irrumpido en nuestros ordenadores. Tambi'en en algunos sistemas militares. Y, s'i, que hab'ia vendido cierto software de la KGB. Finalmente, aqu'i estaba mi adversario, pero yo no sab'ia qu'e decir. Antes de encontrarme con 'el le hab'ia estado vigilando durante un a~no. Yo ya le conoc'ia y le hab'ia clasificado como sabandija. Pero mi opini'on se suaviz'o un poco con el cara a cara. De cerca, bueno, aqu'i estaba un tipo que sab'ia que la hab'ia jodido y que hac'ia todo lo posible para escapar. A lo largo del juicio, Hess supo la raz'on por la que se le estaba incriminando, y trat'o de desprestigiar mi testimonio: ?Por qu'e faltaban algunas de las sesiones en mis documentos? ?C'omo pod'ia probar que nadie m'as hab'ia visto esos archivos SDINET falsos? ?Podr'ian otros hackers haber sido responsables del robo de estos datos? Estas sesiones perdidas estaban justificadas por atascos de papel y falta de espacio en disco. S'i, yo podr'ia decir la diferencia entre el hacker usando las cuentas Hunter / Jaeger / Sventek y otros que simplemente estaban jugando. Adem'as, mis alarmas me alertaban cada vez que alguien tocaba estos archivos confidenciales. El juicio fue duro, pero despu'es me encontr'e con algunos programadores no exactamente hackers de Hannover. Me ense~naron el viejo apartamento de Hess en la calle Glockenstrasse, al otro lado de la calle del teatro de la comunidad. Dos a~nos antes, los hackers hab'ian celebrado reuniones peri'odicas para comparar notas, intercambiar contrase~nas, y planear futuros ataques. Ahora, sin embargo, se manten'ian alejados de los sistemas de los dem'as: la muerte de Hagbard y la detenci'on de Hess les hab'ia impactado. El 15 de febrero 1990, Hess, Brysinski, y Carl fueron declarados culpables de espionaje y sentenciados a penas de uno a 2 a~nos. Puestos en libertad condicional, ahora est'an libres en Alemania. Markus Hess ahora programa el software de red de una empresa en Hannover. De vuelta a este lado del oc'eano, Robert T. Morris fue a juicio en enero de 1990 por crear el famoso gusano de internet que colaps'o miles de ordenadores. El fiscal federal se~nal'o que Morris hab'ia creado su programa espec'ificamente para entrar en los ordenadores. ?Hubo un error de programaci'on? Bueno, s'i. No se supon'ia que su gusano infectara miles de ordenadores durante la noche. M'as bien, se supon'ia que iba a ocurrir durante un per'iodo de semanas, meses, incluso a~nos. Si su c'odigo habiese trabajado correctamente, el virus Morris aun podr'ia infectar equipos hoy en d'ia. El jurado de Siracusa encontr'o a Morris culpable de un delito. La primera condena por escribir un virus inform'atico. EL 4 de mayo, el juez le conden'o a tres a~nos de libertad condicional, 400 horas de servicio comunitario y una multa de 10000 d'olares. ?Una sentencia justa? Yo dir'ia que s'i. Una pena de prisi'on no har'ia mucho, excepto satisfacer un deseo de venganza. El servicio comunitario es sin duda apropiado, teniendo en cuenta que su programa gusano fue un ataque a una fr'agil comunidad. El agente especial Mike Gibbons est'a ahora en el cuartel general del FBI en Washington. Puedes ver que el sistema funciona: un competente agente especial del FBI est'a en la directiva. ?Martha? Trabajando en la Corte Suprema de Justicia y la practicando aikido cada d'ia... consigui'o su cintur'on negro hace unos meses. De verdad que la extra~no. Sin Martha, no era muy divertido hacer galletas de chocolate. En lugar de cultivar un huerto, me pasaba las tardes del domingo en el trabajo. As'i que a las 1:30 pm, del 11 de marzo, fui en bicicleta al Observatorio Smithsonian, ech'e un vistazo a mi estaci'on de trabajo Sun, y not'e algo extra~no. Mis archivos de correo electr'onico hab'ian sido le'idos a las 12:57. Pero a esa hora yo estaba dormido. Alguien hab'ia estado "trasteando" con mis archivos. Leeyendo mi correo electr'onico. Cambiando contrase~nas. Alguien ha entrado y se ha convertido en super-usuario. Dej'o un mensaje para m'i, para probar que era el pistolero m'as r'apido del oeste: "Ahora el cuco te ha puesto en evidencia". Por favor, otra vez no. Para estar seguros, mi director de laboratorio orden'o que nuestro sistema fuera aislado de la red. En las siguientes dos semanas, recorrimos nuestro sistema operativo, encontrando Troyanos y contrase~nas de puertas traseras que el hacker hab'ia dejado. !Hurra! Se meti'o en un ordenador no protegido del departamento de astronom'ia usado por una pareja de astr'onomos de infrarrojos. Ellos no se preocupan por la seguridad... S'olo lo necesitaban para conectarse a la red. Debido a que yo intercambiaba programas con ellos, hab'iamos configurado nuestros sistemas para que funcionaran como uno solo, no se necesitaba contrase~na para conectarse desde su equipo al m'io. Este hacker adivin'o una contrase~na de su sistema Unix. A partir de ah'i se convirti'o en super-usuario incuvando un huevo en el 'area del sistema, y entonces se introdujo en mi ordenador. Un par de d'ias m'as tarde, el hijo de puta me llam'o. Dijo que se llamaba Dave. De Australia. -Entr'e para demostrar que su seguridad no es muy buena. -Pero yo no quiero proteger mi equipo-, le contest'e. -Conf'io en otros astr'onomos. Dave ten'ia otras razones para entrar, tambi'en. -Crees que los hackers son los malos. Esto prueba lo contrario. -?Eh? ?Entras en mi ordenador para demostrar que los piratas inform'aticos son buenos? -S'i", respondi'o Dave. -Le estamos ayudando a encontrar sus fallos de seguridad. Si le dices a unos chicos que se est'an comportando como ni~nos, te ajustar'an las cuentas actuando como ni~nos. Lo 'ultimo que supe, el Servicio Secreto, el FBI y la polic'ia australiana hab'ia rastreado a tres hackers australianos. Acus'andoles de robo de servicio telef'onico y de intrusi'on en ordenadores, est'an en libertad bajo fianza. Uno de ellos se llama Dave. Hey, el Telescopio Espacial Hubble est'a en 'orbita. Y el Observatorio Keck en Hawai est'a casi terminado... otro magn'ifico telescopio para el cual me gustar'ia escribir software. Podr'ia haber estado ayudando pero he estado persiguiendo y siendo perseguido por hackers. ?Me pregunto si hay lugar all'i para un astr'onomo que de vez en cuando confunden con un genio de los ordenadores? Narrada en forma de novela, <> cuenta la historia de Clifford Stoll, un astr'onomo e inform'atico que, comprobando sus sistemas, descubre una diferencia de 75 centavos en la contabilidad. Este peque~no detalle le lleva a darse cuenta de que los ordenadores de su red est'an siendo atacados por hackers desde el extranjero, y con ello comienza su particular carrera de persecuci'on hasta dar con ellos. Escrito de forma entretenida y amena, describe la forma en que los hackers se introducen en los ordenadores y la forma en que pueden ser detectados. Interesante como documento hist'orico, es uno de los cl'asicos sobre el mundo del hacking y el cracking. ePUB: eBooks con estilo Clifford Stoll El huevo del cuco ePUB v1.1 ePUBmry 09.11.2011 m'as libros en epubgratis.es