  AGRADECIMIENTOS

   ¿Cómo se divulga la noticia cuando hay una fuga de información en un
   ordenador? Hay quien no dice nada por temor a que, si se cuenta a la
   gente cómo mezclar explosivos, se la estimula a fabricar bombas. En
   este libro describo explícitamente algunos de dichos problemas,
   consciente de que ya son del dominio de los individuos de sombrero
   negro.

   He procurado reconstruir este incidente tal como lo he vivido. Mis
   principales fuentes de información son mis cuadernos y diarios,
   cotejados con otros que han participado en el caso y comparados con sus
   informes. Algunos personajes aparecen bajo seudónimo, varios números de
   teléfono han sido cambiados y algunas conversaciones narradas de
   memoria, pero sin novelería.

   Por su apoyo durante mi investigación y redacción, doy las gracias a
   mis amigos, colegas y parientes. Regina Wiggen ha sido mi trampolín
   editorial; expreso también mi agradecimiento a Jochen Sperber, Jon
   Rochlis, Dean Chacón, Donald Álvarez, Laurie MacPherson, Rich Muller,
   Gene Spafford, Andy Goldstein y Guy Consolmagno.

   Remití una nota a diversas redes informáticas en la que pedía
   sugerencias para el título y recibí centenares de bufonadas del mundo
   entero. Gracias a Karen Anderson, de San Francisco, y a Nigel Robcrts,
   de Munich, por el título y el subtítulo.

   Los esforzados editores David Gernet y Scott Ferguson me han ayudado en
   todo momento. A ellos, así como a mi representante, John Brockman,
   gracias por su constante aliento y sabios consejos.

   Estoy en deuda con todos ellos; a la mayoría también les debo cajas de
   bombones.

   En todo momento he contado con el apoyo del Lawrence Berkeley
   Laboratory; el personal del Smithsonian Astrophysical Observatory,
   particularmente Joe Schwarz y Steve Murray, me ha brindado su
   amabilísimo apoyo durante la redacción de este libro. Mi profundo
   agradecimiento a mis amigos de ambos institutos, con mi esperanza de
   poder regresar ahora a la astronomía.

   Tenía diez años cuando Ernst Both, del Museo de la Ciencia de Buffalo,
   me invitó a mirar por un telescopio, con lo que para mí se abrió un
   universo de astronomía. No sé si jamás podré agradecérselo como es
   debido.

   No necesito dar las gracias a mi queridísima esposa, Martha Matthews.
   Ha participado tanto en la redacción del libro como en la propia
   historia.

   Cliff Stoll
   Electronic mail addresses:
   Internet: cliff@cfa.harvard.edu
   CompuServe: 71660,3013
   Genie: Cliff-Stoll
   AOL: cliffstoll

  Bibliografia

   Si a alguien le interesan los detalles técnicos en los que se basa esta
   obra, puede leer mi artículo «Stalking the Wily Hacker», publicado en
   el ejemplar de mayo de 1988 de Communications of the ACM. Se trata de
   un artículo sobrio y científico que subraya las técnicas utilizadas por
   el hacker para infiltrarse en los ordenadores.

   También describí cómo seguir la pista de los hackers en «¿Qué se le da
   de comer a un troyano?», publicado en Actos de la décima conferencia
   nacional de seguridad informática (septiembre de 1987). Debido a que
   cuando escribí este artículo, el hacker se infiltraba todavía
   activamente en nuestros ordenadores, trata sólo de cómo efectuar
   seguimientos en las redes, sin mencionar nuestros problemas.

   Para más detalles sobre la NSA, incluidos algunos de sus problemas de
   seguridad informática, véase The Puzzle Palace, por James Bamford.
   Bamford describe la contienda entre los codificadores y los
   decodificadores; debió de divertirse extrayendo dichos detalles de la
   agencia super secreta. El libro The codebreakers, de David Kahn, es una
   fascinante descripción de la historia de las claves, en el que se habla
   del uso de la criptografía en los ordenadores para proteger la
   información archivada en los mismos. En Deep Black, William E. Burrows
   trata principalmente de observaciones secretas desde satélites espías,
   pero también insinúa el uso de los ordenadores en el espionaje.

   Para una descripción más mundana, pero útil, de los problemas y
   técnicas de la seguridad informática, véase Defending Secrets, Sharing
   Data, que se puede obtener en la Oficina de Asesoramiento Tecnológico,
   Congreso de Estados Unidos, OTA-CIT-310. Para una descripción todavía
   más técnica, véase Cryptography and Data Security de Dorothy Denning.
   Probablemente el hacker no se habría infiltrado en nuestro sistema si
   hubiéramos leído (o empleado) Unix System Security, de Wood y Kochan.

   Los problemas de seguridad informática suelen mencionarse por primera
   vez en las conferencias de las redes Internet y Usenet. Operan ambas
   como boletines electrónicos de alcance mundial, donde suelen
   mencionarse los primeros rumores cuando aparecen problemas. Para
   enterarse de los últimos problemas de seguridad informática véanse las
   conferencias Unix-wizards, Info-vax, Security, TCP-IP y Virus-L. La
   conferencia Risks-forum presenta una discusión animada y moderada en la
   que los participantes tratan de temas sociales relacionados con la
   informática. Existen también algunas conferencias de seguridad
   privadas; el hecho de que «sólo invitados» puedan participar en las
   mismas, indica el nivel de paranoia que impera en el campo. Existen
   también boletines electrónicos anónimos y piratas en los que raramente
   aparece información útil, pero exponen la opinión de un sector de la
   población.

   Gracias

   A 3PUBnoff por colaborar en las correcciones ortográficas del libro.

  Epilogo

   Al tiempo que intentaba desesperadamente atar los últimos cabos sobre
   la persecución del hacker, progresaba también el plan de nuestra boda.
   Fue una época muy ajetreada, durante la que maldecía mi trabajo (y a
   Hess) por el trastorno que suponía en mi vida doméstica. Nuestra boda
   estaba prevista para fin de mayo, por lo que las revelaciones de abril
   fueron particularmente perturbadoras, obligando a Martha a ocuparse de
   gran parte de los preparativos.

   Sin embargo estaba firmemente decidida a que la boda fuera fiel a
   nuestra forma de ser. Imprimimos serigráficamente nuestras propias
   invitaciones, en nuestro nombre y en el de nuestras respectivas
   familias. Como era de suponer, se nos corrió un poco la tinta y en la
   mitad de las invitaciones aparecían nuestras huellas dactilares, pero
   así son las cosas hechas en casa.

   ¿Martha ataviada con un vestido blanco y un velo, y yo de esmoquin?
   Absurdo. ¿Y Laurie vestida de dama de honor? Nadie había logrado, en
   modo alguno, que Laurie se pusiera jamás un vestido. De algún modo nos
   las arreglamos. Laurie vistió pantalón blanco de algodón y una chaqueta
   sastre, Martha se confeccionó un sencillo vestido amarillo claro y yo
   cosí mi propia camisa de algodón. (Intentad confeccionar alguna vez una
   camisa. Aprenderéis a respetar a los sastres, especialmente después de
   coser los puños al revés.)

   Llovió el día de la boda y no había dónde refugiarse en el jardín de
   las rosas. El cuarteto de cuerda de Claudia desplegó un hule para
   proteger los violines del chaparrón. Mi hermana Jeannie se presentó,
   después de su última clase en la academia de guerra de la armada y
   entabló inmediatamente una discusión política con Laurie.
   Evidentemente, después de la ceremonia, desaparecimos en coche, para
   dirigirnos a una remota posada junto al océano.

   Fue maravilloso a pesar de todo. Que cada uno diga lo que quiera sobre
   el matrimonio, pero aquél fue el día más feliz de mi vida.

   Claro que podía haber seguido viviendo con Martha sin comprometerme
   nunca más allá del próximo alquiler. Había vivido de aquel modo con
   otras personas, afirmando que nos amábamos, pero siempre dispuestos a
   partir peras si se complicaban las cosas. Engalanábamos nuestra actitud
   con palabras de apertura y de libertad de las convenciones opresivas,
   pero para mí no era más que un pretexto. La verdad era que nunca me
   había atrevido a entregarme plenamente a otra persona, comprometiéndome
   a que nuestra relación funcionara ante cualquier circunstancia. Pero
   ahora había encontrado a alguien a quien amaba y en quien confiaba lo
   suficiente para reunir mi valor y apoyarla, no sólo ahora sino para
   siempre.

   Sin embargo, la felicidad doméstica no soluciona todos los problemas;
   todavía tenía que decidir lo que haría a continuación. Con Hess
   desenmascarado, podía volver a la astronomía, o por lo menos a la
   informática. No sería como perseguir un círculo internacional de
   espías, pero hay muchos campos por investigar. Lo mejor de ello es no
   saber adonde le conducirá a uno la ciencia.

   Ya no era lo mismo. Los informáticos consideraban que había perdido el
   tiempo, durante los dos últimos años, relacionándome con espías. A los
   espías no les era de gran utilidad: ¿quién necesita a un astrónomo? Y
   los astrónomos sabían que había pasado dos años alejado de la
   astronomía. ¿Qué dirección podía tomar?

   Martha había aprobado los exámenes de fin de carrera y trabajaba para
   un juez al otro lado de la bahía, en San Francisco. Le encantaba el
   trabajo, tomando notas en los juicios, investigando precedentes y
   ayudando a tomar decisiones escritas. Era como hacer un doctorado en
   leyes.

   Le salió otro empleo semejante en Boston, a partir de agosto de 1988,
   de cuyas posibilidades me habló mientras tomábamos unos batidos de
   leche y fresa.

   —Trabajaría para la audiencia de Boston. Es un cargo más académico; sin
   juicios, sólo apelaciones. Puede ser divertido.

   —¿Y las alternativas?

   —Podría volver a la facultad y acabar mi licenciatura en
   jurisprudencia. Supondría unos cuantos años de estudio.

   Siempre dispuesta a estudiar.

   ¿Abandonaría Berkeley para ir con ella a Massachusetts?

   La decisión era simple: la seguiría al fin del mundo. Si ella iba a
   Boston, yo encontraría algún trabajo en aquella zona. Por suerte, el
   centro de astrofísica del Harvard Smithsonian buscaba a un experto en
   astronomía e informática para que se ocupara de la base de datos de la
   astronomía de rayos X.

   Era tan capaz como cualquiera de manejar una base de datos y no les
   importaba el tiempo que había pasado alejado de la astronomía. Además,
   como buenos astrónomos, ya estaban acostumbrados a que la gente llegara
   tarde y durmiera bajo la mesa.

   No fue fácil abandonar Berkeley (las fresas, los vendedores ambulantes,
   el sol radiante), pero firmamos un pacto de no agresión con nuestros
   coinquilinos, que nos permitiera visitarlos en cualquier momento sin
   que nos obligaran a lavar los platos. A cambio, podrían alojarse con
   nosotros en Massachusetts siempre y cuando nos trajeran algunos kiwis
   californianos.

   Lo más difícil fue separarse de Claudia. Me había acostumbrado a la
   música de Mozart que ensayaba a altas horas de la noche (¡nada que ver
   con los conciertos de Grateful Dead en Berkeley!). Todavía no se había
   decidido por ningún compañero fijo, aunque la rondaban varios músicos
   prometedores cuando nos marchamos. ¿El último chismorreo? Hay un
   apuesto director de orquesta que está auténticamente perdido por
   ella...

   De modo que en agosto de 1988 empaquetamos un par de maletas, para
   pasar un año en Massachusetts.

   Desarraigarse de un lugar, para ir a la costa este, tenía ciertas
   ventajas. Cambió mi dirección informática..., afortunadamente, puesto
   que varios hackers habían intentado infiltrarse en la misma, desde la
   publicación de mi artículo. Un par de ellos habían llegado a amenazarme
   y era preferible no ofrecerles un blanco inmóvil. Asimismo, varias
   agencias de tres siglas dejaron de llamarme, para pedirme consejos,
   opiniones y rumores. Aquí, en Cambridge, podía concentrarme en la
   astronomía y olvidarme de la seguridad informática y de los hackers.

   A lo largo de los dos últimos años me había convertido en un experto en
   seguridad informática, pero no había aprendido nada sobre astronomía.
   Peor todavía: la física de la astronomía de rayos X me era totalmente
   desconocida; me había acostumbrado a la ciencia planetaria y los
   planetas no emanan rayos X.

   ¿Qué observan entonces los astrónomos de rayos X? El Sol, estrellas y
   quasars y galaxias en explosión.

   —¿Galaxias en explosión? —pregunté a Steve Murray, mi nuevo jefe en el
   centro de astrofísica—. Las galaxias no hacen explosión. Están
   simplemente ahí, en forma de espiral.

   —Veo que aprendiste tu astronomía en los años setenta —respondió
   Steve—. Nosotros observamos las estrellas cuando hacen explosión para
   convertirse en supernovas, las emanaciones de rayos X de las estrellas
   de neutrones, e incluso el material absorbido por los agujeros negros.
   Quédate con nosotros algún tiempo y te enseñaremos astronomía de
   verdad.

   No bromeaban. En una semana estaba instalado junto a un ordenador,
   construyendo bases de datos sobre las observaciones de rayos X. La
   informática era clásica, pero la física extraordinaria. ¡Diablos!
   Realmente existen los agujeros negros en el centro de las galaxias. He
   visto los datos.

   El Smithsonian Astrophysical Laboratory y el observatorio de Harvard
   comparten el mismo edificio. Por supuesto, todo el mundo ha oído hablar
   del observatorio de Harvard, pero ¿quién conoce el Smithsonian? ¿No es
   en Washington donde se encuentra? Sólo después de trasladarme a
   Cambridge, me di cuenta de que el Smithsonian tenía una importantísima
   sección de astronomía, el centro de astrofísica. En todo caso, poco me
   importaba, a condición de que el trabajo astronómico fuera de primera
   calidad.

   Es cierto que Cambridge, Massachusetts, está en el otro extremo del
   país, pero desde un punto de vista cultural se encuentra muy cerca de
   Berkeley. Muchos hippys de los sesenta, política izquierdista,
   librerías y cafés. Casi todas las noches hay músicos por las calles y
   se oyen guitarras y mandolinas en las estaciones de metro. Y hay
   barrios donde las casas tienen un siglo de existencia. Circular en
   bicicleta por Cambridge es muy emocionante, los coches van directamente
   contra uno. Historia, gente rara, buena astronomía, pizzas baratas...,
   todos los ingredientes necesarios para vivir a gusto.

   ¿El matrimonio? A excepción de que Martha me prohíbe acercarme al
   microondas, es maravilloso.

   El miércoles, 2 de noviembre de 1988, Martha y yo estuvimos leyendo una
   novela en voz alta y nos acostamos tarde. A eso de la medianoche, nos
   cubrimos con el edredón y nos quedamos dormidos.

   Soñaba que flotaba por los aires, sobre la hoja de un roble, cuando
   sonó el teléfono. ¡Maldita sea! En la pantalla del reloj digital se
   leía: 2.25.

   —Hola, Cliff. Soy Gene, Gene Miya, del laboratorio Ames de la NASA. No
   me disculpo por despertarte. Nuestros ordenadores son objeto de un
   ataque.

   La emoción de su voz logró despertarme.

   —Despierta y comprueba tu sistema —agregó Gene—. O, mejor todavía,
   quédate dormido y compruébalo. Pero llámame si descubres algo extraño.

   Hacía diez segundos que había colgado el teléfono, cuando sonó de
   nuevo. En esta ocasión oí sólo un pitido, en Morse.

   Me llamaba mi ordenador; reclamaba mi atención.

   ¡Diablos! No hay forma de esconderse. Me dirigí a mi viejo y fiable
   Macintosh, llamé al ordenador del observatorio y di el nombre de mi
   cuenta: Cliff, seguido de una contraseña que no figura en el
   diccionario: «robotcat».

   La conexión se hacía con mucha lentitud. Al cabo de diez minutos lo
   dejé correr. Mi ordenador no respondía. Algo iba mal.

   Aprovechando que estaba despierto, decidí averiguar lo que ocurría en
   la costa oeste. Puede que hubiera correspondencia electrónica para mí.
   Conecté, a partir de Tymnet, con el Lawrence Berkeley Laboratory; las
   llamadas telefónicas a larga distancia no eran para mí.

   El sistema Unix de Berkeley funcionaba también con lentitud, con una
   lentitud frustrante, aunque sólo otra persona lo utilizaba: Darren
   Griffiths.

   Por pantalla intercambiamos un par de notas:

   Hola, Darren--Soy Cliff. Cómo te va :-)
   Cliff, llámame inmediatamente por teléfono. Nos están atacando
   OK O-O

   0-0 significa corto y cierro. Y los símbolos :-) son el esbozo de un
   rostro sonriente; si uno lo mira de costado, comprobará que le sonríe.

   Las dos y cuarto de la madrugada en Berkeley, son menos de medianoche
   en Berkeley. Darren no estaba ni mucho menos dormido.

   —Hola, Darren. ¿Qué es eso de un ataque?

   —Algo está consumiendo nuestro sistema, con la puesta en funcionamiento
   de muchos procesos, que hacen que el sistema actúe cada vez con mayor
   lentitud.

   —¿Un hacker?

   —No. Creo que es un virus, pero no estoy seguro todavía —decía
   lentamente Darren, mientras tecleaba—. Hace diez minutos que lo
   investigo y aún no lo sé.

   —Al laboratorio Ames de la NASA les está ocurriendo lo mismo —le dije,
   recordando la llamada de Gene Miya.

   —Apuesto a que el ataque procede de Arpanet. ¡Observa las conexiones en
   dicha red!

   No podía verlas. Mientras hablaba por teléfono, mi ordenador estaba
   desconectado y, por consiguiente, a ciegas. Con una sola línea
   telefónica, podía hablar por teléfono o dejar que mi Macintosh lo
   hiciera con otro ordenador, pero no ambas cosas. Colgué y llamé a mi
   ordenador de Harvard, un PC fabricado por Sun. Lento. Algo lo estaba
   consumiendo.

   Observé los procesos en funcionamiento (con una orden ps, como me había
   enseñado el hacker). Ahí estaba el virus. Pero no se limitaba a activar
   una o dos operaciones, sino centenares de conexiones a otros
   ordenadores.

   Cada proceso intentaba comunicarse con algún otro ordenador. Las
   conexiones procedían de todos lados, algunas de los sistemas próximos a
   Harvard y otras de ordenadores lejanos de Arpanet.

   Con la misma rapidez con que anulaba un programa, otro lo reemplazaba.
   Los cancelé todos al mismo tiempo y en menos de un minuto apareció
   otro. Al cabo de tres minutos eran ya una docena. ¡Santo cielo!

   ¿Qué era lo que carcomía mi ordenador?

   Un virus biológico es una molécula que se infiltra en una célula y la
   convence para que reproduzca la molécula vírica, en lugar de las
   moléculas de ADN propias de la célula. Una vez duplicado, el virus sale
   de dicha célula para infectar otras células.

   Asimismo, un virus informático es un programa que se reproduce por sí
   solo. Al igual que su homólogo biológico, penetra en un sistema, se
   duplica a sí mismo y transmite copias de sí mismo a otros sistemas.

   Para el ordenador infiltrado, el virus son una serie de órdenes, de
   aspecto perfectamente legítimo, pero con desastrosas consecuencias. A
   menudo dichas órdenes están ocultas en programas comunes, aletargadas
   hasta que dicho programa se ejecuta. Cuando se activa el programa
   infectado, todo parece normal hasta que se ejecuta el virus. Entonces
   el ordenador es víctima de un engaño que lo obliga a copiar las
   instrucciones del virus en otros lugares

   ¿Dónde? Probablemente las instrucciones del virus se copien en otro
   programa del mismo ordenador, con lo que se dificulta enormemente su
   eliminación. O quizá en otro disco, de modo que alguien lo traslade a
   otro ordenador.

   Puede que el virus se limite a duplicarse a sí mismo en otros
   programas. Sin embargo, un virus particularmente malicioso puede
   producir efectos secundarios: «Reprodúcete cuatro veces y a
   continuación borra todos los archivos del procesador de textos.»

   Los virus informáticos se reproducen con mayor facilidad en los
   ordenadores personales debido a que sus sistemas operativos no tienen
   ninguna protección incorporada. En un PC se puede ejecutar el programa
   que uno desee y cambiar cualquier parte de la memoria. En los
   ordenadores pequeños es difícil saber si un programa ha sido modificado
   en el disco.

   En los ordenadores de mayor capacidad, como los sistemas Unix, la
   resistencia es mayor. Su sistema operativo aísla a un usuario de los
   demás y limita las modificaciones que uno puede introducir. Además, no
   se pueden cambiar los programas del sistema sin autorización, ya que
   los muros del sistema operativo aíslan esas susceptibles áreas.

   El creador de un virus debe adaptar meticulosamente el programa al
   ordenador elegido como objetivo. Un programa que funcione en un PC IBM,
   no lo hará en mi Macintosh, ni en el sistema Unix de mi laboratorio.
   Por otra parte, el programa vírico no puede ocupar mucho espacio, ya
   que sería fácilmente descubierto y eliminado.

   Un virus es un buen lugar donde ocultar bombas de relojería. No es
   difícil diseñar un virus cuyas instrucciones funcionen como sigue:

   Reprodúcete en otros cuatro programas.

   Espera hasta el 13 de febrero.

   Borra todos los archivos del sistema.

   El virus debe encontrar una forma de propagarse. Limitarse a infectar
   los programas de un ordenador determinado perjudicará únicamente a una
   sola persona. Lo que el creador de un virus malicioso se propone es
   infectar centenares de sistemas. ¿Cómo se distribuye un programa a
   centenares de ordenadores?

   La gente intercambia discos de software. Si en un disco hay un programa
   infectado, contaminará todos los sistemas en los que se utilice dicho
   programa. Puesto que el disco suele pasar de despacho en despacho,
   docenas de ordenadores pueden quedar infectados y posiblemente
   borrados.

   Los boletines electrónicos públicos también se utilizan para
   intercambiar software. Estos ordenadores telefónicos son utilizados por
   aficionados, escuelas y algunas empresas. Basta con marcar su número de
   teléfono para copiar programas del boletín al ordenador que tenemos en
   casa. Con la misma facilidad se puede realizar la operación inversa.
   Entonces el programa que hemos introducido en el boletín esperará a que
   alguien lo solicite. Y en el caso de que tenga un virus oculto en su
   interior, no se descubrirá hasta que sea demasiado tarde.

   De modo que los virus informáticos se distribuyen intercambiando
   programas. Alguien trae un programa infectado, que puede ser el de un
   divertido juego, y lo utiliza en la oficina. El virus se copia a sí
   mismo en el programa de procesamiento de textos. En otro momento,
   entregamos a algún amigo el programa de procesamiento de textos y el
   ordenador del amigo se contamina. Hay que destacar que los programas
   parecen funcionar a la perfección. Pero cuando llega el día 13 de
   febrero...

   La forma más evidente de evitar los virus consiste en no intercambiar
   programas. No aceptéis caramelos de los desconocidos ni programas que
   no sean de plena confianza. Si mantenemos el ordenador aislado de los
   demás, ningún virus podrá infectarlo.

   Esta sabiduría canónica no tiene en cuenta nuestras necesidades
   cotidianas. Si no intercambiamos programas e información, nuestros
   ordenadores no nos serán de gran utilidad. Existe una gran abundancia
   de software de dominio público, en gran parte ideal para resolver
   nuestros problemas.

   Los virus y las bombas lógicas envenenan dicha reserva colectiva. La
   gente deja de confiar en el software público y dichas fuentes acaban
   por secarse.

   Pero existe otra forma de propagación para el virus: directamente a
   partir de alguna red.

   Arpanet interconecta ochenta mil ordenadores a lo largo y ancho del
   país. A través de la misma se puede mandar correspondencia a cualquier
   usuario de dichos ordenadores, mandar o recibir archivos, o (como lo
   demostró Markus Hess) conectar interactivamente con los ordenadores de
   la red.

   ¿Podía propagarse un virus mediante Arpanet? Un programa que se copiara
   a sí mismo a partir de un ordenador, pasara a la red, a otro sistema...

   Ya lo había pensado, pero era una posibilidad que siempre había
   descartado. Los ordenadores de Arpanet tienen defensas contra los
   virus: se necesitan contraseñas para conectar con los mismos. ¿Podía un
   virus adivinarlas?

   A las tres y media de la madrugada, temblando junto al Macintosh, llamé
   desde mi casa al ordenador de mi laboratorio. Se trata de una terminal
   Sun, con la popular versión Unix de Berkeley. Había centenares de
   proyectos todavía en funcionamiento..., mi sistema estaba terriblemente
   saturado. No había ningún hacker conectado. Yo era el único usuario.

   Los mismos síntomas que en el Lawrence Berkeley Laboratory y en el Ames
   de la NASA. Olía a virus.

   Llamé a Darren Griffiths, al laboratorio de Berkeley.

   —Es un virus —afirmó—. Puedo ver cómo se reproduce. Intentas destruir
   los programas y simplemente reaparecen.

   —¿De dónde procede?

   —He identificado cinco conexiones: Stanford, la Universidad de
   Rochester, Aerospace Company, la Universidad de Berkeley y un lugar
   llamado BRL.

   —Esto es el laboratorio de investigación balística del ejército —dije,
   recordando una conversación con Mike Muuss, de dicho laboratorio—.
   ¿Cómo se introduce el virus en tu sistema?

   —No lo sé, Cliff. Las conexiones son todas de la red Arpanet, pero no
   se realizan en la forma habitual de conectar con el sistema. Parece que
   el virus se introduce a través de una brecha en el sistema de
   correspondencia.

   Alguien había construido un virus que se aprovechaba de una brecha en
   los sistemas de seguridad del Unix. La brecha estaba en el sistema de
   correspondencia y el virus se distribuía por la red. ¿Qué hacía el
   virus en cuestión? ¿Se limitaba a reproducirse o llevaba incorporada
   una bomba de relojería?

   Eran las cuatro de la madrugada. ¿Qué podía hacer? Mejor llamar a los
   controladores de Arpanet para ponerlos sobre aviso. Hay un oficial de
   guardia en el centro de operaciones que vigila día y noche la red.
   Aquella mañana, no sabía nada del virus.

   —Más vale que empieces a hacer llamadas, porque a las nueve de la
   mañana el virus estará por todas partes.

   El centro de operaciones no estaba al corriente de lo que ocurría. El
   virus sólo tenía unas horas de vida. Ahora lo veía llegar de una docena
   de lugares distintos. Virulento. Por la mañana habría contaminado
   decenas o quizá centenares de sistemas. Teníamos un problema en
   nuestras manos. Un grave problema.

   Una epidemia.

   Lo importante era comprender el virus y divulgar la noticia. Durante
   las próximas treinta y seis horas procuraría por todos los medios
   comprenderlo y derrotarlo. Sabía que no estaba solo. Al mismo tiempo,
   equipos de Berkeley, el MIT y la Universidad de Pardue le seguían la
   pista de cerca.

   Aquí me limito a describir lo que vi, pero mi contribución fue mínima,
   comparada con la de genios del Unix como Keith Bostic, Peter Yee, Gene
   Spafford, Jon Rochlis, Mark Eichin, Donn Seeley, Ed Wang y Mike Muuss,
   repartidos por todo el país. La mía sólo fue una pequeña parte de la
   reacción no organizada, pero tenaz, ante dicho desastre.

   Penetré en busca del código en mi sistema de Cambridge y descubrí
   inmediatamente dos versiones del virus. Una adaptada a los ordenadores
   Vax que utilizaran Unix y la otra para termínales Sun. Cada archivo
   tenía una extensión de unos cuarenta y cinco mil bytes. De haberse
   tratado de texto en inglés, habría ocupado unas treinta páginas. Pero
   no era inglés. Imprimí el archivo y parecía un galimatías. No tenía
   siquiera el aspecto de código máquina.

   Esto no tenía sentido: los programas de ordenador tienen el aspecto de
   código máquina. Éste no lo tenía. No llevaba ningún título informativo
   y sólo unas pocas órdenes que yo reconocía. El resto era guacamole.

   Con paciencia intenté comprender la función de aquellas pocas órdenes.
   ¿Cómo reaccionaría en el supuesto de que yo fuera una terminal Sun y
   alguien me transmitiera dichas órdenes? Con papel y lápiz, una
   calculadora doméstica y un manual de instrucciones máquina, comencé a
   desenmarañar el código del virus.

   Las primeras órdenes servían sólo para descifrar la codificación del
   resto del virus. Ésta era la razón por la que el virus tenía un aspecto
   extraño. Sus propias órdenes habían sido deliberadamente ofuscadas.

   Claro, su autor había ocultado el virus, procurando impedir que otros
   programadores comprendieran su código. Equivalía a arrojar clavos en la
   carretera para entorpecer a sus perseguidores.

   ¡Diabólico!

   Decidí llamar de nuevo a Darren. Eran las cinco de la madrugada y nos
   dedicamos a comparar notas; él había descubierto lo mismo que yo, entre
   otras cosas:

   —He desenmascarado parte del virus y veo cómo se introduce por el
   sistema de correspondencia. A continuación utiliza finger y telnet para
   llegar a otros ordenadores. Usa la fuerza bruta para descifrar
   contraseñas.

   Juntos, por teléfono, desglosamos el programa. Su único propósito era
   el de reproducirse en otros ordenadores. Buscaba las conexiones de la
   red a ordenadores cercanos, sistemas lejanos y todo lo que pudiera
   alcanzar.

   Cuando el programa vírico descubría un ordenador en la red, intentaba
   infiltrarse en el mismo utilizando algunas recónditas brechas en el
   sistema operativo Unix.

   ¿Brechas en el Unix? Por supuesto.

   Cuando se manda correspondencia electrónica de un ordenador Unix a
   otro, el programa Sendmail realiza la transferencia. Llega un mensaje
   por la red y Sendmail lo transmite a su destinatario. Es como una
   oficina electrónica de distribución de cartas.

   Sendmail tiene una brecha. Normalmente, otro ordenador manda mensajes a
   dicho programa y todo el mundo está satisfecho. Pero si hay algún
   problema, se le puede ordenar que pase al modo de eliminación de
   errores: puerta trasera del programa.

   En dicho modo, Sendmail permite utilizar las órdenes normales del Unix
   desde otro ordenador. Por ejemplo, «ejecuta el siguiente programa».

   De modo que así era cómo el virus diseminaba sus copias. Mandaba copias
   de sí mismo a otros ordenadores y les ordenaba que ejecutaran el
   programa.

   Una vez activado el programa vírico, buscaba otros ordenadores a los
   que infectar y les mandaba mensajes por correo electrónico.

   En algunos sistemas, Sendmail había sido reparado. De ser así, el virus
   exploraba todavía otro agujero: la orden finger.

   Para saber si yo he utilizado determinado sistema Unix, otra persona
   puede dar la orden finger cliff. Si he estado conectado a dicho
   ordenador, Unix responderá con mi nombre, número de teléfono y
   actividad. Es muy útil dentro de la red; con frecuencia lo utilizo,
   antes de llamar a alguien por teléfono.

   El virus se infiltraba mediante el programa que se ocupa de las
   solicitudes. Dicho programa tiene capacidad para quinientos doce
   caracteres y el virus mandaba quinientos treinta y seis. ¿Qué ocurría
   con los veinticuatro caracteres sobrantes? Se ejecutaban como órdenes
   en el Unix.

   Sobrecargando el programa, el virus disponía de una segunda forma de
   cumplir la orden «ejecuta el siguiente programa» en un ordenador ajeno.

   Si con ello no le bastaba, el virus llevaba incorporado un adivinador
   de contraseñas. Intentaba conectar con ordenadores confiados,
   utilizando unos centenares de contraseñas comunes. Si adivinaba una
   contraseña válida, se copiaba a sí mismo en dicho ordenador y empezaba
   de nuevo.

   ¡Diablos! Por cualquiera de dichos métodos podía impregnar un montón de
   ordenadores. En conjunto, el virus se convertía en un enemigo
   formidable.

   Como buen aprendiz de brujo, el programa se reproducía a sí mismo de un
   ordenador a otro. Se borraba una copia y otra ocupaba inmediatamente su
   lugar. Se tapaba un agujero y el virus se introducía por otro.

   ¿He dicho virus?

   —¿Sabes, Cliff? Un virus modifica otros programas cuando se activa.
   Esto no los cambia, se limita a reproducirse —explicó Darren—. No es
   realmente un virus, sino un gusano de la red.

   Un virus se copia a sí mismo en otros programas, modificando el propio
   programa. Un gusano se copia a sí mismo de ordenador en ordenador.
   Ambos son contagiosos y capaces de causar estragos.

   Los virus suelen infectar ordenadores personales a partir de disquetes
   y programas copiados. Los gusanos atacan las redes distribuyéndose por
   las mismas conexiones utilizadas para la correspondencia y
   comunicaciones electrónicas.

   Pero a las cinco de la madrugada, lo único que sabía era que mis
   ordenadores estaban abrumados a causa de dicho programa
   autorreproductor. Un cuco que ponía sus huevos en nidos ajenos.

   Gusano o virus, su autor lo había llenado deliberadamente de barreras
   para impedir que los demás lo comprendieran. El código estaba ofuscado
   para ocultar sus tablas internas y destruía las huellas de su
   procedencia. Simulaba mandar un mensaje a un ordenador de Berkeley,
   cuando en realidad no lo hacía, intentando así distraer la atención de
   la auténtica fuente del programa.

   A las seis de la madrugada del jueves, reflexionaba sobre los efectos
   de dicho gusano: se fraguaba un verdadero desastre y era necesario
   comunicárselo a alguien. ¿A quién?

   Ya había hablado con el centro de operaciones de la red Arpanet. No
   podían hacer gran cosa: aunque cerraran completamente la red, el gusano
   no dejaría de reproducirse, circulando por las redes locales. Mejor
   llamar al centro nacional de seguridad informática. ¿A quién conocía? A
   Bob Morris, el jefe científico.

   Sabía que Bob Morris estaba junto a su ordenador, a las seis y media de
   la madrugada del jueves. Podía verle conectado al ordenador Dockmaster
   de la NSA. Después de mandarle un mensaje electrónico, le llamé por
   teléfono.

   —Hola, Bob. Tenemos problemas. Se está extendiendo un virus por
   Arpanet, que infecta los ordenadores Unix.

   —¿Cuándo ha empezado?

   —Creo que alrededor de medianoche. Tal vez antes, no lo sé. He pasado
   toda la noche en vela intentando comprenderlo.

   —¿Cómo se propaga?

   —A partir de una brecha en el programa de correspondencia del Unix.

   —Supongo que te refieres al Sendmail. ¡Mierda, hace años que lo
   conozco!

   Puede que Bob Morris lo conociera, pero nunca me lo había dicho.

   —Quienquiera que haya creado ese virus debe estarse tronchando de risa,
   pero va a ser un día muy duro para todos nosotros.

   —¿Se te ocurre quién puede haberlo iniciado?

   —Ni idea.

   —No te preocupes. Lo estudiaré y veré lo que puedo hacer.

   Charlamos un rato antes de colgar. Bien, ya había avisado a las
   autoridades. Como jefe científico del centro nacional de seguridad
   informática, Bob disponía de unas horas para reunir la tropa y
   reflexionar sobre la naturaleza del virus. Después de contemplar un
   rato la pantalla, cubierto con mi bata de baño, caí dormido sobre el
   teclado.

   Al cabo de dos horas sonó el teléfono. Era Don Alvarez, del MIT.

   —Hola, Cliff. Está ocurriendo algo muy extraño —dijo—. Hay un centenar
   de programas funcionando en nuestro ordenador. Huele a virus.

   —¿Vosotros también?

   Comparamos notas y comprendimos rápidamente que los sistemas Unix de
   todo el país debían de estar infectados. No se podía hacer gran cosa,
   aparte de reparar los desperfectos de los sistemas.

   —Sólo hay dos formas de comprender este virus —agregó Don—. El más
   evidente consiste en desmenuzarlo. Seguir paso a paso el código y
   averiguar lo que hace.

   —Eso —le dije— ya lo he probado y no es fácil. ¿Cuál es la otra forma?

   —Tratarlo como una caja negra. Observar las señales que manda a otros
   ordenadores y calcular lo que hay en el interior de la misma.

   —Hay una tercera forma, Don.

   —¿Cuál?

   —Descubrir quién lo ha escrito.

   Repasé las noticias de la red. Peter Yee y Keith Bostic, de la
   Universidad de California, en Berkeley, estaban desenmascarando el
   virus: habían descrito las brechas del Unix e incluso explicado una
   forma de reparar el software. ¡Enhorabuena!

   Durante el transcurso del día Jon Rochlis, Stan Zanarotti, Ted Ts'o y
   Mark Eichin, del MIT, se dedicaron a desmenuzar el programa, para
   traducir los bits y bytes en ideas. El jueves por la noche, cuando
   todavía no habían transcurrido veinticuatro horas desde su aparición,
   los grupos del MIT y de Berkeley habían identificado el código y les
   faltaba poco para comprenderlo.

   Mike Muuss, del laboratorio de investigación balística, tampoco se
   quedaba atrás. En pocas horas había construido una cámara de pruebas
   para el virus y utilizaba sus instrumentos informáticos para
   examinarlo. Sus experimentos le permitieron averiguar cómo se extendía
   y qué brechas utilizaba para infectar otros ordenadores.

   Pero ¿quién lo había escrito?

   A eso de las once de la mañana, alguien del centro nacional de
   seguridad informática de la NSA me llamó por teléfono.

   —Cliff, acabamos de celebrar una reunión sobre el virus —me dijo—. Sólo
   deseo formularte una pregunta: ¿lo has escrito tú?

   Me dejó atónito. ¿Yo? ¿Escribir un virus?

   —¡Maldita sea, claro que no! He pasado la noche intentando destruirlo.

   —Un par de personas en la reunión han sugerido que tú eras el creador
   más probable. Sólo quería comprobarlo.

   Debía de estar bromeando. ¿Yo? ¿Qué podía haberles hecho pensar que yo
   lo había escrito? Después lo comprendí. Yo había mandado el mensaje a
   su ordenador. Había sido el primero en llamarlos por teléfono. ¡Menuda
   paranoia! Su llamada me obligó a reflexionar. ¿Quién había escrito el
   virus? ¿Por qué? Un virus no se escribe accidentalmente. Éste era la
   labor de varias semanas de trabajo.

   Ya avanzada la tarde del jueves, llamé de nuevo a Bob Morris.

   —¿Alguna novedad?

   —En esta ocasión voy a ser sincero contigo —dijo Bob—. Sé quién ha
   escrito el virus.

   —¿Vas a decírmelo?

   —No.

   A eso se le llama eficacia. Diez horas después de recibir mi llamada,
   el centro nacional de seguridad informática había descubierto al
   culpable.

   Pero yo no. Para mí era todavía un misterio y decidí seguir
   investigando las redes. Ojalá pudiera descubrir el primer ordenador que
   había sido infectado. ¡Imposible: había millares de ordenadores
   conectados a la red!

   John Markoff, periodista del Times de Nueva York, me llamó por
   teléfono:

   —Se rumorea que las iníciales del autor del virus son R.T.M. ¿Te dice
   algo?

   —De momento no, pero lo comprobaré.

   ¿Cómo encontrar a alguien con esas iníciales? Claro..., consultando la
   guía de la red.

   Conecté con el centro de información de la red en busca de alguien
   cuyas iníciales fueran R.T.M. Apareció un individuo: Robert T. Morris.
   Dirección: Universidad de Harvard, laboratorio Aiken.

   Aiken. Me sonaba de algo. El lugar se encuentra a tres manzanas de mi
   casa. Por qué no acercarse al mismo dando un paseo.

   Me puse el abrigo y eché a andar por la calle Kirkland y a continuación
   por Oxford Street, donde las aceras son de ladrillo. Al otro lado de la
   calle, frente al laboratorio Cyclotron de Harvard, había un vendedor
   ambulante de comida del Cercano Oriente. A treinta metros, el
   laboratorio informático Aiken, un feo edificio moderno de hormigón,
   rodeado de obras maestras victorianas.

   —Hola, estoy buscando a Robert Morris —le dije a una secretaria.

   —Nunca he oído hablar de él —respondió—. Pero consultaré el ordenador
   —agregó, mientras tecleaba en su terminal.

   Finger Morris

   Su ordenador responde:

   Nombre conexión: rtm       Nombre real: Robert T. Morris Teléfono:
   617/498-2247

   Última conexión jueves 3 de noviembre 00:25 en ttyp2 desde
   128.84.254.126

   Pues bien, la última vez que Robert Morris había utilizado el ordenador
   de Harvard, había sido veinticinco minutos después de medianoche, el
   día en que había atacado el virus. Pero no estaba aquí, en
   Massachusetts. La dirección 128.84.254.126 correspondía a la
   Universidad de Cornell. Había conectado con el sistema de Harvard,
   desde un ordenador de dicha universidad. Curioso.

   —Probablemente estudió aquí en otra época —dijo la secretaria, después
   de observar el mensaje—. Este teléfono corresponde a la habitación 111.

   Me dirigí a la habitación en cuestión, llamé a la puerta y se asomó un
   estudiante con una camiseta.

   —¿Conoces a Robert Morris? —le pregunté.

   —Sí, pero ya no está aquí —respondió con el rostro muy pálido, antes de
   cerrarme la puerta en las narices.

   Me alejé por el pasillo, reflexioné y volví a llamar a la puerta.

   —¿Has oído hablar del virus?

   —R.T.M., no puede haberlo hecho. Estoy seguro.

   Un momento. Ni siquiera le había preguntado si Morris lo había escrito
   y ese individuo lo negaba. Había una forma sencilla de poner a prueba
   su veracidad.

   —¿Cuándo utilizó Morris, por última vez, los ordenadores de Harvard?

   —El año pasado, cuando estudiaba aquí. Ahora está en Cornell y ya no
   conecta con nuestros ordenadores.

   La versión de aquel individuo no coincidía con el registro de logs de
   su ordenador. Uno de ellos mentía. Apuesto a que no era el ordenador.

   Charlamos unos cinco minutos y me contó que era un buen amigo de
   Morris, que trabajaban en el mismo despacho y que R.T.M., jamás
   escribiría un virus informático.

   —Claro, por supuesto.

   Me marché pensando que el antiguo compañero de Morris hacía todo lo
   posible para encubrirle. Morris debía de estar en contacto con él y
   estaban ambos asustados.

   Yo también lo estaría, dadas las circunstancias. La mitad del país
   estaba buscando al creador del virus.

   ¿Dónde había empezado el virus? Examiné otros ordenadores en Cambridge,
   en busca de conexiones con Cornell. En un aparato del laboratorio de
   inteligencia artificial del MIT había registrada una conexión ya
   avanzada la noche, desde el ordenador de Robert Morris en Cornell.

   Ahora todo tenía sentido. El virus había sido diseñado y construido en
   Cornell. A continuación, su creador se había servido de Arpanet para
   conectar con el MIT y soltarlo. Al cabo de un rato le había entrado
   pánico, cuando se dio cuenta de que estaba descontrolando. Conectó con
   el ordenador de Harvard, ya fuera para comprobar el progreso del virus,
   o para pedir ayuda a su amigo.

   Sin embargo, el chiste era a costa mía. No se me había ocurrido que
   Robert T. Morris era el hijo de Bob..., claro, Robert Morris, hijo de
   Bob Morris, que sólo ayer me había dicho que conocía la brecha del
   Sendmail desde hacía años. Bob Morris, el gran jefazo que me había
   acribillado a preguntas de astrofísica, antes de casi asfixiarme con el
   humo de sus cigarrillos.

   De modo que el hijo de Bob Morris había paralizado dos mil ordenadores.
   ¿Por qué? ¿Para impresionar a su padre? ¿Para celebrar la fiesta de
   Halloween? ¿Para exhibir su talento ante dos mil programadores?

   Sea cual sea su propósito, no creo que lo hiciera en complicidad con su
   padre. Se rumorea que trabajó con un par de amigos del departamento de
   informática de Harvard (un estudiante llamado Paul Graham le había
   mandado una nota electrónica, preguntando por «alguna noticia sobre el
   genial proyecto»), pero dudo de que su padre alentara a alguien para
   crear un virus.

   —Esto no es exactamente una buena recomendación para hacer carrera en
   la NSA —dijo el propio Bob Morris.

   Después de desmenuzar el código, Jon Rochlis, del MIT, afirmó que el
   virus «no estaba muy bien escrito». Era singular en cuanto a que
   atacaba ordenadores por cuatro caminos: errores en el Sendmail del
   Unix, el programa finger, adivinando contraseñas y aprovechándose de
   los canales de confianza entre ordenadores. Además, Morris había
   enmascarado el programa de varias formas, para evitar su detección.
   Pero también había cometido varios errores de programación, como el de
   fijar un ritmo erróneo de reproducción, y parecía probable que el
   gusano fuera obra de varios estudiantes o programadores.

   Lo único que se necesita es un conocimiento de los defectos del Unix y
   carecer de sentido de la responsabilidad.

   Conociendo la forma en que dicho gusano vírico infectaba los
   ordenadores, la cura era evidente: reparar el Sendmail y el programa
   finger, cambiar las contraseñas y eliminar todas las copias del virus.
   Evidente, pero no fácil.

   Divulgar la noticia no es fácil, cuando todo el mundo cierra las
   puertas de su sistema de correspondencia electrónica. Después de todo,
   así era como el gusano diseminaba sus retoños. La información se
   divulgó lentamente utilizando redes alternativas y llamadas
   telefónicas. En un par de días, el gusano de Morris estaba
   prácticamente extinguido.

   Pero ¿cómo protegerse de otros virus? Las perspectivas no son muy
   halagüeñas. Puesto que el virus simula sectores de un programa
   legítimo, es difícil detectarlo. Peor aún, cuando ha infectado el
   sistema, es un bicho difícil de comprender. El operador se ve obligado
   a descomponer el código, tarea larga y aburrida.

   Afortunadamente, los virus informáticos no son comunes. A pesar de que
   se ha puesto de moda, atribuirle los problemas del sistema a algún
   virus, en general suelen afectar a los que intercambian software y
   utilizan los boletines informáticos. Por suerte. Afortunadamente, por
   lo general, son personas bien informadas que hacen copias de seguridad
   de sus discos.

   Un virus informático está especializado: si funciona en un PC IBM, no
   lo hará en un Macintosh, ni en un ordenador Unix. Asimismo, el virus de
   Arpanet sólo podía afectar a los ordenadores que utilizaran el sistema
   Unix de Berkeley. Los ordenadores con otros sistemas operativos, como
   el Unix de ATT, el VMS o el DOS, estaban totalmente inmunizados.

   De modo que la diversidad actúa como protección contra los virus. Si
   todos los sistemas de Arpanet hubieran utilizado el Unix de Berkeley,
   el virus los habría paralizado a todos. Sin embargo, sólo afectó a unos
   dos mil ordenadores. Los virus biológicos están igualmente
   especializados: un perro no puede contagiarnos la gripe.

   Los burócratas y los ejecutivos no dejan de insistir en la conveniencia
   de estandarizar el sistema, que todas las terminales sean Sun, o todos
   los ordenadores IBM. Sin embargo, nuestro colectivo informático lo
   constituyen comunidades diversas, con aparatos de Data General junto a
   Vax de Digital, e IBM conectado a Sony. Al igual que nuestros barrios,
   las comunidades electrónicas se enriquecen gracias a la diversidad.

   Entretanto, ¿qué hacía en el campo de la astronomía?

   Nada. Había trabajado durante treinta y seis horas en la desinfección
   de ordenadores. A continuación vinieron las reuniones y los informes,
   así como un par de imitadores, fabricantes de virus, afortunadamente
   ninguno tan astuto como el original.

   Según mis últimas noticias, Robert T. Morris estaba semiescondido, no
   concedía entrevistas y le preocupaba la posibilidad de que le
   procesaran. Su padre sigue en la NSA, como jefe científico del centro
   de seguridad informática.

   ¿Cuál era el daño causado? Estudié la red y descubrí que dos mil
   ordenadores habían sido infectados en un período de quince horas. Todos
   aquellos aparatos quedaron totalmente inutilizados hasta haber sido
   desinfectados. Y para ello, en la mayor parte de los casos, se
   necesitaron dos días.

   Supongamos que alguien inutilizara dos mil automóviles, por ejemplo,
   deshinchando los neumáticos. ¿Cómo se medirían los daños causados?
   Según como se mire, no habrá habido ningún daño: los coches siguen
   intactos y lo único que hay que hacer es hinchar las ruedas.

   O podrían medirse los daños, por el hecho de no disponer del vehículo.
   Por ejemplo, ¿qué pierde un individuo determinado si su coche está
   inutilizado durante un día? ¿El coste de la grúa? ¿El de un coche de
   alquiler? ¿O de la cantidad de trabajo perdido? Es difícil de evaluar.

   Puede que uno le quede agradecido a quien le haya deshinchado los
   neumáticos y le conceda una medalla por llamar su atención a la
   seguridad del automóvil.

   En este caso, alguien paralizó dos mil ordenadores durante dos días.
   ¿Cuáles eran las pérdidas? Programadores, secretarias y ejecutivos no
   pudieron trabajar. No se recopilaron datos. Se retrasaron los
   proyectos.

   Éste fue, por lo menos, el daño causado por el autor del virus. Además
   de daños más profundos. Algún tiempo después del ataque, algunos
   astrónomos y programadores hicieron una encuesta. Algunos de los
   informáticos consideraron que el virus había sido una broma inofensiva,
   uno de los mejores chistes de la historia.

   El punto de vista de los astrónomos era otro: durante dos días, no
   habían podido trabajar. Sus secretarias y sus investigadores tampoco
   trabajaron. Las propuestas y los artículos no se escribieron. Nosotros
   pagamos por las conexiones de la red con el dinero de nuestro bolsillo
   y lo sucedido dificultó todavía más la expansión de las redes
   astronómicas.

   Para algunos programadores, aquel virus fue un ejercicio útil a fin de
   incrementar el conocimiento sobre seguridad informática. Su autor
   merecía que se le dieran las gracias. No faltaría más. Era como llegar
   a un pueblo y forzar las puertas de sus casas para que sus habitantes
   comprendieran la necesidad de comprar cerrojos más seguros.

   En otra época yo tampoco habría visto nada de nocivo en el virus. Pero
   en los dos últimos años, mi interés había cambiado, de un micro
   problema (una discrepancia de setenta y cinco centavos) a temas macro
   dimensionales: el buen funcionamiento de nuestras redes, un sentimiento
   de conducta ecuánime, las consecuencias legales de la infiltración
   informática, la seguridad de las empresas con contratos
   gubernamentales, la ética comunitaria en la informática...

   ¡Dios mío! Al oír mis propias palabras, me doy cuenta de que me he
   convertido en un adulto (¡carroza!), en una persona con participación
   en el negocio. Mi mentalidad estudiantil de antaño me permitía ver el
   mundo como un mero proyecto de investigación; algo para ser estudiado,
   extraerle datos y observar sus pautas. De pronto hay conclusiones a
   extraer, conclusiones con un contenido ético.

   Supongo que he alcanzado la mayoría de edad.

   La mejor película «B» de todos los tiempos, The Blob, acaba cuando el
   monstruo maligno es trasladado a la Antártida, inofensivo cuando está
   congelado. Entonces la palabra «fin» aparece en la pantalla, pero en el
   último momento sale un deforme interrogante. El monstruo no está
   muerto, sólo duerme.

   Eso fue lo que sentí cuando por fin desmantelé mis monitores, escribí
   la última anotación en el cuaderno y me despedí de la persecución
   nocturna de Markus Hess.

   El monstruo sigue ahí, dispuesto a resucitar. A la espera de que
   alguien se sienta lo suficientemente atraído por el dinero, el poder, o
   la simple curiosidad para robar contraseñas y deambular por las redes.
   Siempre y cuando alguien no olvide que las redes en las que le gusta
   jugar son frágiles y sólo podrán existir mientras impere la confianza
   entre la gente. Mientras a algún estudiante amante de la broma no se le
   ocurra infiltrarse en los sistemas para jugar (como yo pude haberlo
   hecho en otra época), olvidando que invade la intimidad de otros, pone
   en peligro la información que otra gente ha sudado para conseguir y
   siembra la desconfianza y la paranoia.

   Las redes no están formadas por circuitos impresos, sino por gente. En
   estos momentos, mientras escribo, mediante mi teclado puedo llegar a
   infinidad de gente: amigos, desconocidos, enemigos. Puedo hablar con un
   físico en Japón, un astrónomo en Inglaterra o un espía en Washington.
   Puede que opte por chismorrear con un amigo de Silicon Valley o algún
   catedrático de Berkeley.

   Mi terminal es la puerta de acceso a incalculables y complejos caminos
   que conducen a una inconmensurable cantidad de vecinos. Millares de
   personas tienen la suficiente confianza en los demás como para conectar
   entre ellos sus respectivos sistemas. Cientos de millares de personas
   utilizan dichos sistemas sin pensar en lo delicadas que son las redes
   que los unen.

   Como en la pequeña ciudad de una película invadida por monstruos, esa
   gente trabaja y juega sin percatarse de lo frágil y vulnerable que es
   su comunidad. Podría ser aniquilada completamente por un virus o,
   todavía peor, ser consumida por su propia desconfianza, convertirse en
   víctima de cerrojos, controles de seguridad y vigilancia; marchitarse
   por tal exceso de fronteras y burocracia que ya no apeteciera a nadie.

   Pero tal vez, si Hess ha sido excepcional, si entre todos nos
   esforzamos lo suficiente para mantener las redes seguras y libres,
   habrá acabado la pesadilla. Yo, por mi parte, puedo volver finalmente a
   la astronomía y a pasar el tiempo con mi sufrida esposa. No tengo
   vocación de poli informático. No quiero que nuestras redes necesiten
   polis.

   Suena mi teléfono. Es el Lawrence Livermore Laboratory, un lugar que he
   evitado, porque en él se diseñan bombas atómicas. Un hacker se está
   infiltrando en su ordenador. Quieren que los ayude. Me toman por un
   genio.

   FIN.

  NOTAS - EXPRESIONES EN INGLES

   ^[1] LEMM: Lee el maldito manual, del inglés RTFM, Read The Fucking
   Manual ↵

   ^[2] EUFMP: En un futuro muy próximo, del inglés RSN, Real Soon Now.
   Una medida de tiempo imprecisa empleada generalmente en el ámbito
   informático. Se utiliza con sarcasmo para indicar que el producto ha
   perdido una o varias fechas de entrega prometidas. Para evitar
   situaciones embarazosas con el anuncio y la falta de otro plazo en
   concreto, simplemente se informa de que estará listo "en un futuro muy
   próximo". ↵

   ^[3] Invitado ↵

   ^[4] ¿Quién? ↵

   ^[5] Juego de palabras que hace el autor entre la definición oficial de
   CID Criminal Investigation Department con una de su invención Chestnut
   Inspection Department ↵

   ^[6] Del inglés IOTTMCO, Intuitive Obvious To The Most Casual Observer
   ↵

   ^[7] https://www.ccc.de ↵

   ^[8] EUFMP: En un futuro muy próximo, del inglés RSN, Real Soon Now.
   Una medida de tiempo imprecisa empleada generalmente en el ámbito
   informático. Se utiliza con sarcasmo para indicar que el producto ha
   perdido una o varias fechas de entrega prometidas. Para evitar
   situaciones embarazosas con el anuncio y la falta de otro plazo en
   concreto, simplemente se informa de que estará listo "en un futuro muy
   próximo". ↵

   ^[9] ¿Quién? ↵

   ^[10] http://www.rodoval.com/heureka/seriesnum.html#expli_lookandsay:
   1, Un 1; Dos 1; Un 2 Dos 1; Un 1 Un 2 Dos 1;...↵

   ^[11] Nota: En béisbol, jugada defensiva en el que se registran dos
   outs en una sola combinación. ↵

   ^[12] Nota: Combinación de jugada double-play en el equipo de baseball
   Chicago Cubs desde 1903 hasta 1910. Esta se inmortalizó en el poema
   Baseball's Sad Lexicon que el cronista deportivo Franklin Pierce Adams
   escribió en su columna del periódico New York Evening Mail. ↵

   ^[13] En este contexto es un juego de palabras en el que se intenta
   dejar claro la gran diferencia que hay en el precio de las tarifas
   teléfonicas entre las compañías alemanas y las norteamericas. Su forma
   correcta escrita sería Bundespost. ↵

   ^[14] Juego de palabras que hace el autor con las siglas NSA, en el
   original «Never Say Anything» ↵

  1

   Yo, ¿un genio? Hasta hace una semana era astrónomo, consagrado
   felizmente al diseño de óptica telescópica. Retrospectivamente, me doy
   cuenta de que vivía en un paraíso intelectual. Tantos años sin pensar
   en el futuro, hasta el día en que acabó mi subvención.

   Por suerte para mí, mi laboratorio reciclaba a los astrónomos usados.
   En lugar de mandarme a la oficina de empleo, me trasladaron del Keck
   Observalory, en el Lawrence Berkeley Laboratory, al centro de
   informática en el sótano del mismo edificio.

   ¡Diablos! Podía fingir que sabía bastante sobre ordenadores para
   impresionar a los astrónomos y quizá aprender con suficiente rapidez
   para que mis colegas no lo descubrieran, pero... ¿un genio de la
   informática? De ningún modo; yo soy astrónomo.

   ¿Y ahora qué? Mientras contemplaba apáticamente la pantalla de mi
   terminal, pensaba todavía en órbitas planetarias y en astrofísica. Como
   recién llegado al departamento, me dieron a elegir entre una cabina con
   una ventana que daba al Golden Gate Bridge, o un despacho sin
   ventilación, con una pared llena de estanterías para libros. Decidí
   hacer caso omiso de mi claustrofobia y elegí el despacho, con la
   esperanza de que nadie se daría cuenta cuando echara un sueñecito bajo
   la mesa. A ambos lados se encontraban los despachos de dos
   especialistas de sistemas: Wayne Graves y Dave Cleveland, los veteranos
   de la empresa. Pronto llegué a conocer a mis vecinos por sus riñas.

   Wayne, que estaba interrelacionado con el resto del personal,
   consideraba vagos o incompetentes a todos los demás. Sin embargo
   conocía íntimamente el sistema, desde los discos de software hasta las
   antenas de microondas. Wayne se había formado con los ordenadores Vax,
   de Digital Equipment, y no toleraba nada inferior a los mismos; ni IBM,
   ni Unix, ni Macintoshes.

   Dave Cleveland, nuestro sereno Buda de los Unix, escuchaba
   pacientemente las interminables comparaciones de Wayne de distintos
   ordenadores.

   —Todos los científicos prefieren Vax, con sus doce modos de elaborar
   fuertes programas —afirmaba categóricamente Wayne.

   —En tal caso —replicaba Dave—, tú te ocupas de mantener contentos a los
   adictos a Vax y yo me ocuparé del resto del mundo.

   Dave nunca le dio la satisfacción de perder los estribos y las quejas
   de Wayne acabaron por convertirse en un susurro.

   ¡Fantástico! Mi primer día de trabajo entre dos personajes que
   destruían ya mis ilusiones con sus periódicas disputas.

   Por lo menos nadie podría quejarse de mi aspecto. Vestía el uniforme
   corporativo habitual de Berkeley: camisa mugrienta, vaqueros
   desteñidos, pelo largo y zapatillas baratas. De vez en cuando los
   directores usaban corbata, pero la producción decrecía cuando lo
   hacían.

   Entre Wayne, Dave y yo teníamos la misión de hacer funcionar los
   ordenadores como servicio para todo el laboratorio. Disponíamos de una
   docena de ordenadores mainframe, máquinas con una capacidad gigantesca
   para solucionar problemas de física, con un valor conjunto de unos seis
   millones de dólares. El propósito era que los científicos pudieran
   utilizarlos como sistema informático simple y poderoso, tan fiable como
   el suministro de luz eléctrica. Esto significaba que los ordenadores
   tenían que funcionar permanentemente, día y noche. Y al igual que la
   compañía eléctrica, se les cobraba cada ciclo informático que
   utilizaban.

   Entre los cuatro mil empleados del laboratorio, aproximadamente una
   cuarta parte utilizaba los ordenadores principales. Todos los días se
   hacía el balance de esas mil cuentas, cuyos saldos se conservaban en la
   memoria del ordenador. A trescientos dólares por hora de computación,
   nuestra contabilidad tenía que ser exacta, por lo que controlábamos
   cada página que se imprimía, el espacio de todos los discos y cada
   minuto de procesamiento. Un ordenador independiente compaginaba dichas
   estadísticas y mandaba cuentas mensuales a los departamentos del
   laboratorio.

   Y así fue como en mi segundo día de trabajo Dave entró en mi despacho
   mascullando algo sobre un pequeño contratiempo en el sistema de
   contabilidad del Unix. Alguien había utilizado unos segundos de
   computación sin pagar. Los libros del ordenador no acababan de cuadrar;
   en la cuenta del último mes, de 2387 dólares, había un error de 75
   centavos.

   Ahora bien, un error de millares de dólares resulta evidente y no es
   difícil de localizar. Pero los errores en la columna de los centavos
   proceden de problemas muy hondos cuya localización pone a prueba la
   pericia del genio más avispado de la informática. Dave sugirió que
   pensara en ello.

   —¡Vaya desfalco! ¿No te parece? —respondí.

   —Averígualo tú, Cliff, y asombrarás a todo el mundo —dijo Dave.

   El proyecto parecía divertido y me introduje en el programa de
   contabilidad. Descubrí que nuestro software de contabilidad consistía
   en un conglomerado de programas, escritos hacía tiempo por estudiantes
   durante sus vacaciones veraniegas. En todo caso, la mezcolanza
   funcionaba lo suficientemente bien como para no preocuparse por ella.
   Cuando examiné el revoltijo de programas, vi que estaban escritos en
   Assembler, Fortran y Cobol, los más anticuados entre los lenguajes
   informáticos. Podía perfectamente haberse tratado de griego clásico,
   latín y sánscrito.

   Como en la mayor parte de los casos de programación casera, nadie se
   había preocupado de documentar nuestro sistema de contabilidad. Sólo un
   loco investigaría aquel laberinto sin un mapa en la mano.

   No obstante sería una forma divertida de pasar la tarde, que me
   brindaría la oportunidad de explorar el sistema. Dave me mostró cómo el
   sistema grababa cada intervención en el ordenador, con el nombre y
   terminal del usuario. Grababa también la hora de cada conexión, la
   tarea ejecutada, los segundos de procesamiento y la hora de
   desconexión.

   Dave me explicó que disponíamos de dos sistemas de contabilidad
   independientes. Los programas ordinarios de Unix se limitaban a
   introducir las entradas cronológicamente en un fichero. Pero para
   satisfacer a algún burócrata, Dave había elaborado un segundo sistema
   de contabilidad, en el que se conservaban detalles más específicos del
   usuario.

   A lo largo de los años, una sucesión de aburridos estudiantes había
   escrito programas para analizar toda aquella información de
   contabilidad. Uno de dichos programas recopilaba los datos y los
   introducía en un archivo. Un segundo programa leía dicho archivo y
   calculaba el precio de la sesión. Un tercer programa compaginaba dichos
   gastos e imprimía las facturas que se mandaban a cada departamento. El
   último programa sumaba las cuentas de todos los usuarios y comparaba el
   total con el resultado del programa interno de contabilidad del
   ordenador. Dos ficheros de contabilidad, mantenidos en paralelo por
   distintos programas, debían producir el mismo resultado.

   Durante un año, aquellos programas habían funcionado sin tropiezo
   alguno, pero aquella semana no acababan de cuadrar. Lo más evidente era
   pensar en un error decimal. Probablemente todas las entradas eran
   correctas, pero, al sumarlas, el total de las diferencias de décimos de
   centavo constituía el error de setenta y cinco centavos. Me propuse
   demostrarlo analizando el funcionamiento de los programas, o
   verificándolos con distintos datos.

   En lugar de intentar comprender el código de cada programa, escribí un
   programa breve para verificar los archivos de datos. En unos minutos
   había verificado el primer programa y comprobado que recogía
   correctamente los datos de contabilidad. Ningún problema con el primer
   programa.

   Me costó un poco más descifrar el segundo programa. En una hora había
   acumulado la cantidad suficiente de códigos provisionales, para
   demostrar que realmente funcionaba. Se limitaba a sumar los intervalos
   de tiempo y a multiplicarlos por la tarifa vigente. De modo que el
   error de setenta y cinco centavos no procedía de este programa.

   Y el tercer programa funcionaba a la perfección. Verificaba la lista de
   usuarios autorizados, localizaba su cuenta en el laboratorio e imprimía
   la factura. ¿Error de aproximación? Tampoco. Todos los programas
   controlaban el dinero hasta una centésima parte de un centavo.
   ¡Curioso! ¿De dónde procedía aquel error de setenta y cinco centavos?

   Había pasado un par de horas intentando descifrar un problema
   superficial y comenzaba a obcecarme. ¡Maldita sea! Me quedaría hasta
   medianoche si era necesario.

   Después de otros tantos programas de verificación, comencé realmente a
   confiar en la mezcolanza de programas de contabilidad de fabricación
   casera. Seguían sin cuadrar los saldos, pero los programas, aunque no a
   prueba de bombas, no perdían un solo centavo. A estas alturas había
   encontrado las listas de usuarios autorizados y averiguado cómo los
   programas utilizaban las estructuras de datos, para cargar los gastos
   en las cuentas de distintos departamentos. A eso de las siete de la
   tarde, un usuario llamado Hunter me llamó la atención: no disponía de
   ninguna dirección válida donde cargar sus gastos.

   ¡Pillado! Hunter había utilizado setenta y cinco centavos de tiempo el
   mes pasado, pero nadie lo había pagado.

   He ahí la causa de nuestra diferencia de saldos. Alguien había metido
   la pata al introducir un nuevo usuario en nuestro sistema. Un problema
   superficial causado por un error superficial.

   Había llegado el momento de celebrarlo. Cuando escribía este pequeño
   primer triunfo en las páginas iniciales de mi cuaderno, mi querida
   Martha pasó por mi despacho y, ya avanzada la noche, decidimos
   celebrarlo con unos cafés con leche en el café Roma, de Berkeley.

   Un verdadero genio habría resuelto el problema en pocos minutos. Para
   mí era territorio desconocido y no me había resultado fácil abrirme
   camino en el mismo. Como consuelo, había aprendido algo del sistema de
   contabilidad y practicado un par de lenguajes obsoletos. Al día
   siguiente mandé un mensaje electrónico a Dave, señalándole el problema
   como muestra de mi pericia.

   Alrededor del mediodía Dave pasó por mi despacho con un montón de
   manuales y mencionó, de paso, que no había introducido a ningún usuario
   llamado Hunter; debe haber sido uno de los otros administradores de
   sistemas.

   —No fui yo. LEMM^1 —se limitó a responder Wayne.

   Casi todas sus frases acababan con algunas siglas, que en este caso
   significaban «lee el maldito manual».

   Pero ya los había leído. Los operadores no estaban autorizados a
   introducir a ningún nuevo usuario sin una cuenta. En otros centros
   informáticos bastaba con conectar con una cuenta privilegiada y ordenar
   al sistema que introdujera a un nuevo usuario. En nuestro caso, puesto
   que también había que organizar varias entradas de contabilidad, no
   cabía utilizar aquel atajo. Nuestro sistema era lo suficientemente
   complejo como para disponer de programas especiales que se ocupaban
   automáticamente de la administración y coordinación de sistemas.

   Me dediqué a formular preguntas y todo el mundo coincidió en que, dada
   la superioridad del sistema automático, nadie habría introducido
   manualmente a un nuevo usuario. Y el sistema automático no cometería
   aquel error.

   No lograba averiguar quién era el responsable de aquella metedura de
   pata. Nadie conocía a Hunter y no había ninguna cuenta prevista para
   él. De modo que opté por eliminar su nombre del sistema; cuando
   protestara, lo introduciríamos debidamente en el mismo.

   Al día siguiente un enigmático ordenador llamado Dockmaster nos mandó
   un mensaje electrónico. Su administrador de sistemas alegaba que,
   durante el fin de semana, alguien había intentado introducirse en su
   ordenador desde nuestro laboratorio.

   Dockmaster podía haber estado situado en cualquier lugar, pero ciertos
   indicios apuntaban a Maryland. El mensaje electrónico había pasado por
   una docena de ordenadores y cada uno había dejado su huella.

   Dave se había limitado a responder con un comedido: «Lo
   investigaremos.» Por supuesto. Lo haríamos cuando hubiéramos resuelto
   todos los demás problemas.

   Los ordenadores de nuestro laboratorio están conectados a millares de
   sistemas mediante una docena de redes. Uno cualquiera de los
   científicos del laboratorio puede entrar en nuestro ordenador y a
   continuación establecer contacto con otro ordenador lejano. Una vez
   conectado, puede introducirse en el ordenador lejano con un nombre de
   cuenta y una contraseña. En principio, lo único que protege a la red de
   ordenadores es la contraseña, ya que los nombres de las cuentas son
   fáciles de averiguar. (¿Cómo se averiguan? Basta consultar el listín
   telefónico; la mayoría de la gente utiliza su propio nombre en los
   ordenadores.)

   El mensaje electrónico de Dockmaster era una curiosidad y Dave se lo
   pasó a Wayne, a quien preguntó: «¿Quién es Dockmaster?» Wayne me lo
   transmitió a mí, con la conjetura: «Probablemente algún banco.»

   Por fin Wayne dejó el asunto en mis manos. Sospechaba que Dockmaster
   debía de ser algún astillero de la Armada. Era un caso sin importancia,
   pero merecía dedicarle unos minutos.

   El mensaje daba la fecha y hora en que alguien desde nuestro ordenador
   Unix había intentado introducirse en el ordenador de Dockmaster. Puesto
   que acababa de hurgar en los sistemas de contabilidad, repasé los
   ficheros en busca de alguna grabación correspondiente a las 08:46 del
   sábado por la mañana. De nuevo los sistemas de contabilidad no
   coincidían. El fichero de contabilidad del Unix mostraba la presencia
   de un usuario, Sventek, que se había introducido a las 08:25, había
   permanecido media hora sin hacer nada y entonces había desconectado.
   Ninguna actividad grabada durante dicho período. Nuestros programas
   caseros también registraban la actividad de Sventek, pero indicaban que
   había utilizado la red desde las 08:31 hasta las 09:01 de la mañana.

   ¡Maldita sea, otro problema de contabilidad! Las horas no coincidían.
   Una cuenta reflejaba actividad, cuando según la otra todo estaba
   tranquilo.

   Parecía haber otras cosas más urgentes y abandoné el problema. Después
   de perder una tarde intentando aclarar el error de algún operador, no
   estaba dispuesto a examinar de nuevo el sistema de contabilidad.

   Durante el almuerzo comenté a Dave que Sventek era el único conectado
   al sistema, cuando el presunto intento de penetración en Dockmaster
   había tenido lugar.

   —¿Joe Sventek? —dijo, mirándome fijamente—. Está en Cambridge.
   Cambridge, Inglaterra. ¿Por qué habrá regresado?

   Resultó que Joe Sventek había sido el gran maestro del Unix en el
   laboratorio, un genio del software que había elaborado una docena de
   importantes programas a lo largo de la última década. Hacía un año que
   se había marchado a Inglaterra, dejando tras de sí una gloriosa
   reputación entre la comunidad informática de California.

   Dave no podía creer que Joe hubiera regresado, ya que ninguno de sus
   amigos había tenido noticias suyas.

   —Debe de haber entrado en nuestro ordenador mediante alguna red —dijo.

   —¿Entonces crees que Joe es responsable de este problema? —le pregunté.

   —De ningún modo —respondió Dave—. Joe es un hacker de la vieja escuela.
   Es un programador experto, inteligente y rápido. No uno de esos
   gamberros que han mancillado el término «hacker». En todo caso, Sventek
   no intentaría introducirse en algún ordenador de Maryland. Y si lo
   hiciera, lo lograría sin dejar ninguna huella.

   Curioso: hace un año que Joe Sventek está en Inglaterra, pero aparece
   el sábado a primera hora de la mañana, intenta introducirse en un
   ordenador de Maryland, desconecta y deja una cuenta pendiente en el
   sistema de contabilidad. En el pasillo se lo comento a Wayne, que tiene
   entendido que Joe está de vacaciones en Inglaterra, oculto en algún
   lugar reservado y alejado de los ordenadores.

   —Olvida el mensaje de Dockmaster. Sventek tiene prevista una visita a
   Berkeley EUFMP^2 y nos lo aclarará.

   ¿EUFMP? En un futuro muy próximo. Ésta era la forma de Wayne de decir:
   «No sé exactamente cuándo.»

   Lo que me preocupaba no era Sventek, sino las cuentas que no cuadraban.
   ¿Por qué los dos sistemas de contabilidad reflejaban tiempos distintos?
   ¿Y por qué en un fichero se había grabado cierta actividad, sin que
   apareciera en el otro?

   Otra tarde inmerso en el sistema de contabilidad. Descubrí que la
   diferencia de cinco minutos procedía de las variaciones de los relojes
   de nuestros ordenadores a lo largo de los meses. El reloj de uno de
   nuestros ordenadores retrasaba varios segundos cada día.

   Sin embargo, todas las actividades de Sventek debían haber coincidido
   en ambos archivos. ¿Tendría esto alguna relación con el problema de
   contabilidad de la semana anterior? ¿Habría cometido algún error
   manipulando los programas? ¿O había otra explicación?

  2

   Pasé la tarde en una conferencia, impresionantemente aburrida, sobre la
   estructura de las galaxias. No sólo era eminentemente monótona la voz
   del ilustre catedrático, sino que cubrió la pizarra con un laberinto de
   ecuaciones matemáticas.

   Para no quedarme dormido me dediqué a pensar en los problemas con que
   me había tropezado. Alguien había metido la pata al abrir una nueva
   cuenta. Al cabo de una semana Sventek conecta con nuestro ordenador e
   intenta penetrar en algún ordenador de Maryland. EL archivo de
   contabilidad de dicho suceso parece confuso. Sventek está en algún
   lugar inaccesible. Algo no encaja. Da la impresión de que alguien elude
   el programa de contabilidad.

   ¿Qué sería preciso, me preguntaba, para utilizar gratis nuestros
   ordenadores? ¿Habría descubierto alguien la forma de eludir nuestro
   sistema de contabilidad?

   Los grandes ordenadores tienen dos tipos de software: los programas del
   usuario y el software de los sistemas. Los programas que uno escribe o
   introduce uno mismo son los programas del usuario, como por ejemplo mis
   rutinas astronómicas, que analizan la atmósfera de un planeta.

   Por sí solos, los programas del usuario no pueden hacer gran cosa. No
   se comunican directamente con el ordenador, sino que lo hacen mediante
   el sistema operativo. Cuando mi programa de astronomía quiere escribir
   algo, la palabra no aparece directamente en la pantalla, sino que la
   pasa al sistema operativo, que es el que da las instrucciones
   necesarias al ordenador para que la escriba.

   El sistema operativo, junto con los editores, los archivos y los
   intérpretes de lenguajes, constituyen el software de los sistemas. Uno
   no escribe dichos programas, sino que ya vienen incorporados en el
   ordenador y, una vez creados, nadie debería interferir en ellos sin
   autorización.

   El programa de contabilidad pertenece al software de los sistemas. Para
   modificarlo o eludirlo, uno debe ser administrador del sistema o haber
   adquirido una posición privilegiada en el sistema operativo.

   Pero ¿cómo se adquiere dicha posición privilegiada? La forma más
   evidente consiste en introducirse en nuestro ordenador con la
   contraseña del usuario root. No habíamos cambiado la contraseña en
   varios meses, pero nadie la habría divulgado. Y ningún desconocido
   adivinaría nuestra contraseña secreta «wyvern». ¿A quién se le
   ocurriría pensar en un dragón alado mitológico, intentando adivinar
   nuestra clave?

   Pero aunque llegaras a ser administrador del sistema, no jugarías con
   los programas de contabilidad; son demasiado enigmáticos y no están lo
   suficientemente bien documentados. Además, había comprobado que
   funcionaban.

   Nuestros programas de fabricación casera funcionaban debidamente.
   Alguien había introducido una nueva cuenta sin utilizarlos. Tal vez no
   sabía que existieran. Si alguien se hubiera introducido desde el
   exterior, no sería consciente de nuestras peculiaridades locales.
   Nuestros administradores de sistema y operadores lo sabían. Joe
   Sventek, aunque estuviera en Inglaterra, evidentemente también lo
   sabía.

   Pero ¿y si se trataba de alguien totalmente ajeno, de un hacker?

   La palabra «hacker» tiene dos significados distintos. Las personas a
   las que yo conocía que se autodenominaban hackers eran genios del
   software, capaces de salirse de situaciones difíciles gracias a su
   creativa programación. Conocían todos los recovecos del sistema
   operativo. No eran como los insípidos ingenieros de programación que
   trabajaban cuarenta horas a la semana, sino programadores creativos
   incapaces de abandonar el ordenador hasta que la máquina estuviera
   satisfecha. Un hacker se identifica con el ordenador y lo conoce como
   si de un amigo se tratara.

   —Cliff no es un gran astrónomo —solían decir de mí los demás
   astrónomos—. ¡Pero es un verdadero hacker del ordenador!

   (Evidentemente los informáticos tenían otro punto de vista: para ellos
   no era un gran programador, pero sí un magnífico astrónomo. En el mejor
   de los casos, en la universidad me habían enseñado a engañar a ambos
   bandos.)

   Sin embargo, en el lenguaje común, un hacker es alguien que irrumpe en
   ordenadores ajenos. En 1982, después de que un grupo de estudiantes
   utilizara terminales, modems y líneas telefónicas a larga distancia
   para irrumpir clandestinamente en los ordenadores de Los Álamos y del
   Columbia Medical Center, de pronto los informáticos se dieron cuenta de
   la vulnerabilidad de nuestros sistemas conectados a la red.

   ¿Cuál es el término que describe a alguien que irrumpe en los
   ordenadores? A los antiguos genios del software los enorgullece que los
   denominen hackers y los ofende que los burladores de la ley se hayan
   apropiado de dicho término. En las redes informáticas, los
   calificativos que los expertos utilizan para esos golfos de nuestra era
   electrónica son los de «crackers» o «ciberpunks». En Holanda utilizan
   el término «computervredebrcuk», que significa literalmente trastornar
   la paz del ordenador. En lo que a mí se refiere, la idea de que algún
   gamberro irrumpa en mi ordenador me hace pensar en términos como
   «asqueroso», «depravado» y «cerdo».

   Cada pocos meses oía rumores de una nueva intrusión en algún sistema,
   que solía ser el de alguna universidad y habitualmente se acusaba a
   estudiantes o adolescentes. «Brillante estudiante de secundaria irrumpe
   en centro informático de alta seguridad». Generalmente no causaba daño
   alguno y el incidente se olvidaba, atribuyéndolo a la broma de un
   hacker.

   ¿Podía una película como Juegos de guerra ocurrir en realidad? ¿Podía
   un hacker adolescente introducirse en el ordenador del Pentágono y
   empezar una guerra?

   Lo dudaba. Sin duda no era difícil manipular los ordenadores de las
   universidades, donde la seguridad era innecesaria. Después de todo, en
   las facultades raramente se cierran las puertas de los edificios. Pero
   imaginaba que los ordenadores militares eran algo completamente
   distinto; estarían tan protegidos como una base militar. Y aunque uno
   lograra introducirse en un ordenador militar, era absurdo suponer que
   pudiera desencadenar una guerra. Esas cosas no las controlaba un
   ordenador, según creía.

   Nuestros ordenadores en el Lawrence Berkeley Laboratory no eran
   particularmente seguros, pero nuestra misión era la de impedir que en
   los mismos irrumpiera personal ajeno y procurar que no se usaran
   indebidamente. No nos preocupaba el daño que alguien pudiera causar a
   nuestros ordenadores, lo que pretendíamos era satisfacer los deseos del
   Departamento de Energía, de donde procedía nuestra subvención. Si lo
   que deseaban era que pintáramos los ordenadores de color verde,
   compraríamos brochas y pintura.

   Pero para contentar a los científicos que nos visitaban, disponíamos de
   varias cuentas informáticas para invitados. Con la palabra «guest»^3
   como nombre de cuenta y «guest» como contraseña, cualquiera podía
   utilizar el sistema para resolver sus problemas, a condición de que
   sólo utilizara unos pocos dólares de tiempo informático. A cualquier
   hacker le sería muy fácil introducirse en dicha cuenta: estaba
   completamente abierta. Sin embargo no le permitiría hacer gran cosa, ya
   que sólo dispondría de un minuto. Pero desde dicha cuenta podría
   examinar el sistema, leer los archivos públicos y ver quién figuraba en
   los mismos. En nuestra opinión, aquel pequeño riesgo quedaba
   sobradamente compensado por la conveniencia.

   Cuanto más reflexionaba sobre la situación, mayores eran mis sospechas
   de que un hacker merodeara por mi sistema. ¡Maldita sea! ¿A quién le
   interesa la física subatómica? La mayoría de nuestros científicos
   estarían encantados si alguien leyera sus artículos. Aquí no hay nada
   que pueda tentar a un hacker: ningún espectacular superordenador, ni
   secretos comerciales de ámbito sexual, ni información reservada. A
   decir verdad, lo mejor de trabajar en el Lawrence Berkeley Laboratory
   es su ambiente abierto e intelectual.

   A 80 kilómetros el Lawrence Livermore Laboratory realiza trabajo
   reservado, relacionado con el desarrollo de bombas nucleares y
   proyectos de la Guerra de las Galaxias. Éste podría ser perfectamente
   el objetivo de un hacker. Pero el ordenador del Livermore no está
   conectado con el mundo exterior y, por consiguiente, no se puede entrar
   en el mismo por vía telefónica. Su información reservada está protegida
   por la fuerza bruta: el aislamiento.

   Si alguien lograba introducirse en nuestro sistema, ¿qué conseguiría?
   Podría leer cualquier archivo público. Casi todos nuestros científicos
   archivan así sus datos, para que puedan leerlos sus colaboradores.
   Parte del software de los sistemas era también público.

   Aunque la denominemos pública, no significa que dicha información deba
   estar al alcance de cualquier desconocido. Parte de la misma está
   protegida por la ley de la propiedad intelectual, al igual que nuestros
   archivos de software y programas de procesamiento de textos. Otras
   bases de datos —los domicilios de nuestros empleados y los informes
   incompletos del trabajo que realizan— tampoco son para el dominio
   público. No obstante, difícilmente pueden calificarse de material
   sensible y están muy lejos de constituir información reservada.

   No, lo que me preocupaba no era que alguien se introdujera en nuestro
   ordenador en calidad de invitado y averiguara el número de teléfono de
   algún empleado. Mi preocupación se centraba en un problema de mucha
   mayor envergadura: ¿podría un desconocido convertirse en superusuario?

   A fin de satisfacer simultáneamente a un centenar de usuarios, el
   sistema operativo del ordenador distribuye los recursos del aparato
   aproximadamente del mismo modo en que un edificio se divide en
   apartamentos. Cada apartamento funciona independientemente de los
   demás. Mientras un inquilino mira la televisión, puede que otro hable
   por teléfono y un tercero esté lavando los platos. El complejo
   suministra servicios como la electricidad, el teléfono interior y el
   agua. Los inquilinos se quejan de la lentitud de los servicios y de los
   alquileres desorbitados. Simultáneamente, en el ordenador un usuario
   puede estar resolviendo un problema matemático, mientras otro manda un
   mensaje electrónico a Toronto y un tercero escribe una carta. El
   software de los sistemas y el sistema operativo suministran los
   servicios del ordenador; todos los usuarios se quejan de la poca
   fiabilidad del software, lo enigmático de la documentación y lo
   exorbitante de los costes.

   La intimidad en el interior del edificio se regula con llaves y
   cerrojos. Ningún inquilino puede entrar en el apartamento de otro sin
   la correspondiente llave y (si las paredes son lo suficientemente
   sólidas) las actividades de uno no molestan a los demás. En el
   ordenador es el sistema operativo lo que garantiza la intimidad de cada
   usuario. Uno no puede invadir la zona de otro sin la contraseña
   apropiada y (si el sistema operativo distribuye equitativamente los
   recursos) los programas de un usuario no se mezclan con los de los
   demás.

   Pero las paredes de los edificios nunca son lo suficientemente sólidas
   y las fiestas de mis vecinos retumban en mi dormitorio. Asimismo, la
   velocidad de mi ordenador decrece cuando, en un momento dado, lo
   utilizan más de un centenar de usuarios. Por consiguiente, nuestros
   edificios necesitan superintendentes y nuestros ordenadores necesitan
   administradores de sistema o superusuarios.

   Con una contraseña, el superintendente puede entrar en cualquier piso.
   Desde una cuenta privilegiada, el administrador del sistema puede leer
   o modificar cualquier programa o dato en el ordenador. Los usuarios
   privilegiados pueden evitar las protecciones del sistema operativo y
   adquirir pleno control del ordenador. Necesitan este poder para el
   mantenimiento del software de los sistemas («¡Repara el editor!»),
   equilibrar las prestaciones del sistema operativo («¡Hoy las cosas van
   demasiado despacio!») y permitir que la gente utilice el ordenador
   («¡Vamos, dale una cuenta a Barbara!»).

   Los usuarios privilegiados aprenden a operar con sigilo. El daño que
   pueden causar es mínimo, si a lo único que su privilegio los autoriza
   es a leer archivos. Sin embargo, los permisos del superusuario le
   permiten cambiar cualquier parte del sistema; no hay protección alguna
   contra los errores de los superusuarios.

   En realidad, el superusuario es todopoderoso: controla la horizontal y
   la vertical. Cuando cambia la hora, ajusta el reloj del sistema. ¿Una
   nueva unidad de discos magnéticos? Él es el único que puede introducir
   el software necesario en el sistema. Las cuentas privilegiadas reciben
   diversos nombres en distintos sistemas operativos —«superusuario, root,
   administrador»—, pero dichas cuentas deben ser celosamente protegidas
   de los intrusos.

   ¿Qué ocurriría si un hacker externo se había convertido en usuario
   privilegiado en nuestro sistema? Una de las cosas que podría hacer
   seria crear cuentas para nuevos usuarios.

   Un hacker con privilegios de superusuario tendría el ordenador
   secuestrado. Con la llave maestra de nuestro sistema podría cerrarlo a
   su antojo y convertir el sistema en tan poco fiable como lo deseara.
   Podría leer, escribir o modificaar cualquier información en el
   ordenador. Ningún archivo de usuario estaría protegido de él, cuando
   operara desde su posición de privilegio. Los archivos del sistema
   estarían también a su disposición; podría leer la correspondencia
   electrónica antes de que llegara a su destino.

   Podría incluso modificar los ficheros de contabilidad para eliminar sus
   propias huellas.

   El profesor de estructura galáctica hablaba de ondas gravitacionales.
   De pronto desperté, desperté a lo que ocurría en nuestro ordenador.
   Esperé a que terminara la conferencia, formulé una pregunta simbólica,
   monté en mi bici y emprendí camino cuesta arriba, hacia el Lawrence
   Berkeley Laboratory.

   Un hacker superusuario. Alguien irrumpe en nuestro sistema, encuentra
   las llaves maestras, se otorga privilegios a sí mismo y se convierte en
   superusuario. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Desde dónde? Y, sobre todo, ¿por qué?

  3

   Hay menos de medio kilómetro de la Universidad de California al
   Lawrence Berkeley Laboratory, pero Cyclotron Road es una calle tan
   empinada que el desplazamiento en bicicleta dura quince minutos. Mi
   vieja máquina de diez velocidades no tenía una velocidad lo
   suficientemente corta y en los últimos metros me flaqueaban las
   rodillas. Nuestro centro de informática está situado entre tres
   aceleradores de partículas: el ciclotrón de 467 centímetros, en el que
   Ernest Lawrence purificó por primera vez un miligramo de uranio
   fisionable; el Bevatron, donde tuvo lugar el descubrimiento del
   antiprotón, y el Hilac, lugar de nacimiento de otra media docena de
   nuevos elementos.

   Hoy día dichos aceleradores se han convertido en obsoletos, con sus
   voltajes energéticos en megaelectrones sobradamente superados por los
   voltajes en gigaelectrones de los colisionadores de partículas. Ya no
   ganan ningún premio Nobel, pero los físicos y estudiantes post
   licenciados aguardan todavía seis meses para poder servirse de un
   acelerador. Después de todo, nuestros aceleradores son perfectamente
   adecuados para el estudio de partículas nucleares exóticas y la
   búsqueda de nuevas formas de la materia, con nombres tan esotéricos
   como plasmas de quark-gluon o condensaciones de pión. Y cuando los
   físicos no los utilizan, se usan para la investigación biomédica,
   incluida la terapia del cáncer.

   Durante la segunda guerra mundial, en la época del provecto Manhattan,
   el ciclotrón de Lawrence era la única forma de medir las transversales
   de las reacciones nucleares y átomos de uranio. Naturalmente, el
   laboratorio estaba sumido en el más absoluto secreto; servía de modelo
   para la construcción de plantas de bombas atómicas.

   Durante los años cincuenta, el Lawrence Berkeley Laboratory permaneció
   reservado, hasta que Edward Teller fundó el Lawrence Livermore
   Laboratory a una hora de distancia. Todo el trabajo secreto se trasladó
   al Livermore y Berkeley se destinó a la investigación científica no
   reservada.

   Quizá para aumentar la confusión, ambos laboratorios llevan el nombre
   del primer galardonado con el premio Nobel de California, en ambos se
   trabaja en física atómica y están ambos subvencionados por el
   Departamento de Energía, descendiente directo de la Atomic Energy
   Commission. Y éste es, más o menos, el fin de las similitudes.

   No necesitaba el visto bueno de los servicios de seguridad para
   trabajar en el laboratorio de Berkeley; no se realiza ninguna
   investigación secreta ni se vislumbra contrato militar alguno. El
   Livermore, por otra parte, es un centro de diseño de bombas nucleares y
   de rayos láser para la Guerra de las Galaxias. Está lejos de ser el
   lugar indicado para un melenudo ex hippy. Así como el laboratorio de
   Berkeley sobrevivía a base de paupérrimas asignaciones científicas y
   una financiación universitaria poco fiable, el Livermore crecía
   permanentemente. Desde que Teller diseñó la bomba H, la investigación
   secreta del Livermore no ha andado nunca escasa de fondos.

   Berkeley ya no recibe gigantescos contratos militares, pero el hecho de
   ser un lugar abierto tiene sus ventajas. Como puros científicos, se nos
   alienta a que investiguemos todo fenómeno curioso y siempre podemos
   publicar nuestros resultados. Puede que nuestros aceleradores sean como
   tirachinas comparados con los mastodontes de CERN, en Suiza, o
   Fermilab, en Illinois, pero siguen generando enormes cantidades de
   información y disponemos de respetables ordenadores para analizarla. En
   realidad, nos sentimos muy orgullosos de que algunos físicos, después
   de obtener sus datos en otros aceleradores, vengan al Lawrence Berkeley
   Laboratory para analizar sus resultados en nuestros ordenadores.

   En potencia numérica bruta, los ordenadores del Livermore son muy
   superiores a los nuestros. En todo momento han comprado los Cray de
   mayor capacidad, más rápidos y más caros, necesarios para dilucidar lo
   que ocurre en los primeros nanosegundos de una explosión termonuclear.

   Debido a la naturaleza secreta de su investigación, la mayor parte de
   los ordenadores del Livermore están aislados. Evidentemente, también
   disponen de algunos sistemas no reservados, destinados a la ciencia
   ordinaria. Pero en cuanto a su trabajo secreto, no está a la vista de
   cualquier mortal. Los ordenadores utilizados para dicha tarea no están
   conectados al mundo exterior.

   Es igualmente imposible introducir información en el Livermore. Alguien
   que trabaje en el diseño de detonadores de bombas nucleares y utilice
   los ordenadores reservados del Livermore, debe acudir personalmente al
   laboratorio y llevar consigo los datos en cinta magnética. No puede
   utilizar las docenas de redes existentes en todo el país, ni conectar
   desde su casa para ver cómo progresa su programa. Puesto que sus
   ordenadores acostumbran ser los primeros de la línea de producción,
   habitualmente Livermore tiene que elaborar sus propios sistemas
   operativos, construyendo una extraña ecología de software, invisible al
   mundo exterior. He ahí el coste de vivir en un mundo secreto.

   Aun sin disponer de la potencia bruta de los del Livermore, nuestros
   ordenadores tampoco se quedaban cortos. Nuestros ordenadores Vax eran
   rápidos, de fácil manejo y populares entre los físicos. No teníamos
   necesidad de inventar nuestro propio sistema operativo, ya que
   comprábamos el VMS de Digital y utilizábamos el Unix del campus. Como
   laboratorio abierto, nuestros ordenadores podían estar conectados a
   cualquier red y ayudábamos a científicos en todos los confines del
   mundo. Cuando aparecía algún problema en plena noche, me limitaba a
   llamar por teléfono al ordenador del laboratorio desde mi casa, sin
   tener que coger mi bicicleta, cuando una simple llamada podía
   solucionarlo.

   Pero heme ahí, dirigiéndome al trabajo en bicicleta, mientras me
   preguntaba si algún hacker se habría introducido en nuestro sistema.
   Puede que esto explicara algunos de mis problemas de contabilidad. Si
   algún intruso había forzado los cerrojos del sistema operativo de
   nuestro Unix y adquirido privilegios de superusuario, tendría poder
   para borrar selectivamente los datos de contabilidad. Y lo peor era que
   podría utilizar nuestras conexiones con distintas redes para atacar
   otros ordenadores.

   Apoyé la bici en una esquina y fui corriendo al laberinto de cabinas.
   Pasaba ya bastante de las cinco y la gente normal se había ido a su
   casa. ¿Cómo podía averiguar si algún hacker se había introducido en
   nuestro sistema? Una de las posibilidades era mandar un mensaje
   electrónico a la cuenta sospechosa, diciendo algo parecido a: «Hola,
   ¿eres real, Joe Sventek?» O podíamos cerrar la cuenta de Joe y ver si
   así terminaban nuestros problemas.

   Dejé de pensar en el hacker cuando llegué a mi despacho y me encontré
   con una nota: el grupo de astronomía necesitaba saber cómo se
   degradaban las imágenes telescópicas, si relajaban las especificaciones
   de los espejos. Esto significaba pasar una velada elaborando un modelo,
   todo ello dentro del ordenador. Oficialmente ya no trabajaba para
   ellos, pero la sangre es más espesa que el agua...; a medianoche tenía
   los cuadros que deseaban.

   Por la mañana hablé a Dave Cleveland de mis sospechas.

   —Apuesto galletas contra buñuelos a que se trata de un hacker —le dije,
   entusiasmado.

   —Sí, galletas sin duda —susurró Dave, acomodándose en su silla y
   cerrando los ojos.

   Su acrobacia mental era casi palpable. Dave dirigía su sistema Unix con
   un estilo relajado. Puesto que para atraer a los científicos competía
   con los sistemas VMS, nunca había reforzado los cerrojos de su sistema,
   convencido de que a los físicos los molestaría y trasladarían sus
   negocios a otro lugar. Con la confianza depositada en sus usuarios,
   dirigía un sistema abierto y, en lugar de incrementar la seguridad, se
   dedicaba a mejorar el software.

   ¿Había alguien que le traicionara?

   Marv Atchley era mi nuevo jefe. Discreto y sensible, Marv dirigía un
   holgado grupo que de algún modo se las arreglaba para mantener los
   ordenadores en funcionamiento. Roy Kerth, jefe de nuestra división, era
   harina de otro costal. Con sus cincuenta y cinco años, Roy se parecía a
   Rodney Dangerfield, profesor universitario. Practicaba la física al
   gran estilo del Lawrence Laboratory, proyectando simultáneamente
   protones y antiprotones, y observando el resultado de dichas
   colisiones.

   Roy trataba a sus estudiantes y subalternos como si fueran partículas
   subatómicas: los mantenía disciplinados, les infundía energía y a
   continuación los proyectaba contra objetos inmóviles. Para su
   investigación se precisaba mucha potencia informática, ya que su
   laboratorio generaba millones de sucesos cada vez que se ponía en
   funcionamiento el acelerador. Años de retrasos y pretextos le habían
   predispuesto contra los profesionales de la informática, de modo que
   cuando llamé a su puerta quise asegurarme de que habláramos de física
   relativista, pero no de ordenadores.

   —¿Por qué diablos habéis dejado las puertas abiertas de par en par?
   —fue la reacción de Roy ante el problema, como Dave y yo lo habíamos
   previsto.

   Pero ¿cuál debía ser nuestra reacción? El primer impulso de Dave fue el
   de clausurar la cuenta sospechosa y olvidar el asunto. Yo me inclinaba
   por mandarle una severa nota electrónica al intruso, advirtiéndole que
   si reincidía avisaríamos a sus padres. Después de todo, si había un
   intruso, debía de tratarse de algún estudiante del campus.

   Pero tampoco estábamos seguros de que alguien hubiera irrumpido en
   nuestro sistema. Desde luego explicaría algunos de nuestros problemas
   de contabilidad: alguien descubre la palabra clave del usuario root,
   conecta con nuestro ordenador, crea una nueva cuenta y manipula el
   sistema de contabilidad. Pero ¿para qué crear una nueva cuenta cuando
   ya tiene acceso a la del usuario root?

   A nuestro jefe nunca le gustaba oír malas noticias, pero nos armamos de
   valor y le pedimos que se reuniera con nosotros a la hora del almuerzo.
   No teníamos pruebas definitivas de la presencia de un hacker, sólo
   indicaciones circunstanciales, deducidas de errores superficiales de
   contabilidad. Si había un intruso, no sabíamos hasta dónde había
   llegado, ni de quién se trataba.

   —¿Por qué me hacéis perder el tiempo? —exclamó Roy Kerth—. No tenéis
   ninguna información, ni podéis demostrar nada. Volved al trabajo y
   averiguadlo. Mostradme pruebas.

   Pero ¿cómo encuentra uno a un hacker? Pensé que sería cosa fácil:
   esperaríamos a que alguien utilizara las cuentas de Sventek e
   intentaríamos localizar su procedencia.

   Pasé el jueves observando a los que conectaban con nuestro ordenador.
   Había escrito un programa que hiciera sonar la alarma en mi terminal
   cada vez que alguien conectaba con el Unix. No podía ver lo que hacía
   cada usuario, pero sí su nombre. Aproximadamente cada dos minutos
   sonaba la alarma y comprobaba quién acababa de conectar. Algunos eran
   amigos míos, astrónomos que preparaban artículos científicos o
   estudiantes post licenciados que trabajaban en su tesis. Pero la mayor
   parte de las cuentas eran de desconocidos y me pregunté cómo saber cuál
   de ellos podía ser un hacker.

   A las 12.33 del jueves por la tarde Sventek conectó. Sentí una
   explosión de adrenalina, seguida de una profunda decepción, cuando
   desconectó en menos de un minuto. ¿Dónde estaba? La única huella que
   había dejado era la identificación de su terminal: tt23.

   Sentado frente a una terminal, con los dedos sobre el teclado, alguien
   conectaba con nuestro laboratorio. Mi ordenador Unix le había asignado
   la dirección tt23.

   Algo era algo. El problema que se me planteaba ahora era el de
   averiguar qué cables físicos correspondían a la asignación lógica tt23.

   Las terminales de nuestro laboratorio y los modems de las líneas
   telefónicas reciben la asignación «tt», mientras que las conexiones por
   red se manifiestan como «nt». Deduje que el intruso estaba en nuestro
   laboratorio o llamaba por teléfono a través de un modem.

   Durante unos segundos tuve la sensación de que el intruso titubeaba. En
   teoría, es posible seguir la pista de ordenador a ser humano. Al otro
   extremo de la conexión debe haber alguien.

   Tardaría seis meses en seguir aquella pista, pero mi primer paso
   consistió en averiguar que la conexión se hacía desde el exterior de
   nuestro edificio. Sospechaba que alguien utilizaba un modem, conectado
   a la línea telefónica, aunque también cabía la posibilidad de que se
   hiciera desde el interior del laboratorio. A lo largo de los años se
   habían conectado más de quinientas terminales y la única persona que
   llevaba el control era Paul Murray. Con un poco de suerte, las
   conexiones de nuestro hardware casero estarían mejor documentadas que
   las del software de contabilidad.

   Paul es un reservado técnico de hardware que se oculta entre montones
   de cable telefónico. Le encontré tras unos cuadros electrónicos
   conectando un detector de partículas a la red de conexiones del
   laboratorio. Los cables ethernet son tuberías electrónicas que conectan
   centenares de pequeños ordenadores. Varios kilómetros de cables
   ethernet de color naranja serpenteaban por nuestro laboratorio y Paul
   los conocía centímetro a centímetro.

   Después de maldecirme por haberle sorprendido soldando un cable, se
   negó a facilitarme cualquier ayuda, antes de demostrarle que tenía una
   necesidad legítima de conocer la información que solicitaba. ¡Maldita
   sea! Los técnicos de hardware desconocen los problemas de software y
   los expertos en software no saben nada de hardware.

   Muchos años de radioaficionado me habían permitido aprender a soldar,
   por lo que Paul y yo teníamos por lo menos algo en común. Cogí su
   soldador de repuesto y, a regañadientes, acabé por ganarme su respeto,
   después de varios minutos quemándome los dedos y forzando la vista. Por
   fin decidió salir del laberinto de mangueras, para mostrarme el cuadro
   de comunicaciones del laboratorio.

   En este cuarto lleno de cables, los teléfonos, intercomunicadores,
   radios y ordenadores están interconectados por una maraña de cables,
   hilos, fibras ópticas, y paneles de conexión. El sospechoso tt23
   entraba en esta sala y un ordenador secundario lo conectaba a una de
   las mil terminales posibles. A cualquiera que llamara a nuestro
   laboratorio se le asignaba al azar una terminal del Unix. La próxima
   vez que detectara a un personaje sospechoso tendría que ir corriendo a
   la sala de conexiones y localizar la conexión mediante el ordenador de
   la centralita. Si desaparecía antes de que pudiera localizarlo, tendría
   que resignarme. Y aunque lo lograra, lo único que sabría sería cuáles
   eran los cables a través de los que se introducía en el laboratorio.
   Seguiría estando muy lejos del hacker.

   La suerte quiso, sin embargo, que la conexión del mediodía hubiera
   dejado ciertas huellas. Paul había estado recopilando datos
   estadísticos sobre la cantidad de gente que utilizaba la sala de
   conexiones. Afortunadamente había grabado los números de terminal de
   cada una de las conexiones durante el último mes. Puesto que sabía la
   hora de la conexión de Sventek en la terminal tt23, podíamos averiguar
   de dónde procedía. En la impresión de la estadística aparecía una
   conexión de un minuto de 1200 baudios a las 12,33.

   ¿1200 baudios? Esto era significativo. Los baudios miden la velocidad
   con que fluye la información por una línea determinada. Y 1200 baudios
   significaba 120 caracteres por segundo; es decir, unas cuantas páginas
   de texto por minuto.

   Los modems a través de líneas telefónicas funcionan a 1200 baudios.
   Cualquier empleado del laboratorio funcionaría a una velocidad muy
   superior, de 9600 o 19200 baudios. Sólo alguien que llamara a través de
   un modem dejaría que su información goteara a 1200 baudios. Además, el
   anonimato y la conveniencia de las líneas telefónicas suponen un gran
   atractivo para los intrusos. De modo que las piezas empezaban a
   encajar. No podía demostrar que tuviéramos un hacker en el sistema,
   pero alguien había llamado por teléfono al laboratorio y utilizado la
   cuenta de Sventek.

   Aun así, la conexión de 1200 baudios estaba muy lejos de constituir una
   prueba de que hubiera penetrado un hacker en nuestro sistema. Con una
   investigación incompleta, especialmente cuando no iba más allá de mi
   propio edificio, nunca lograría convencer a mi jefe de que algo, algo
   extraño, estaba ocurriendo. Tenía que hallar alguna prueba irrefutable
   de la existencia del hacker. Pero ¿cómo?

   Roy Kerth me había mostrado los detectores de partículas de alta
   energía conectados al Bevatron, que localizan miles de millones de
   interacciones subatómicas, el 99,99 por ciento de las cuales son
   explicables según las leyes de la física. Explorando las huellas de
   cada una de las partículas, se llega a la conclusión de que éstas se
   ajustan a la física conocida y de que no queda nada por descubrir. O,
   por el contrario, uno puede desechar todas las interacciones
   explicables y preocuparse exclusivamente de aquellas que no satisfacen
   las normas establecidas.

   Los astrónomos, primos lejanos de los físicos de alta energía, siguen
   una norma parecida. La mayor parte de las estrellas son aburridas. El
   progreso tiene lugar estudiando las inusuales —quasars, pulsars, lentes
   gravitacionales— que no encajan en los modelos a los que estamos
   acostumbrados. Las estadísticas de los cráteres de Mercurio revelan la
   frecuencia con que el planeta fue bombardeado. Sin embargo, el estudio
   de los pocos cráteres cortados por sierras y acantilados nos permite
   descubrir cómo encogió el planeta al enfriarse durante sus primeros
   miles de millones de años. De lo que se trata es de acumular nuevos
   datos y desechar lo previsible. Lo que queda supone un reto para
   nuestras teorías.

   Utilicemos ahora este punto de vista para observar a alguien que visita
   mi ordenador. En mi despacho tengo una terminal y puedo pedir otras dos
   prestadas. Supongamos que me dedico simplemente a observar el tráfico
   de entrada en nuestro ordenador central. Hay aproximadamente quinientas
   líneas de entrada al sistema. La mayor parte funciona a 9600 baudios,
   que equivale a unas ciento cincuenta palabras por segundo. En el
   supuesto de que se utilicen la mitad de las líneas en un momento dado,
   tendría que leer más de diez mil páginas por minuto. Evidente. Es
   imposible controlar este tipo de tráfico desde mi terminal.

   Pero las líneas de alta velocidad son las del personal del laboratorio
   y ya habíamos localizado una conexión sospechosa en una línea de 1200
   baudios. El número de estas últimas es inferior (no podemos permitirnos
   demasiadas líneas telefónicas) y su velocidad más lenta. Cincuenta
   líneas a 1200 baudios podrían generar cien páginas por minuto, todavía
   demasiado rápido para observarlo desde mi terminal. Puede que no fuera
   capaz de observar a cincuenta personas al mismo tiempo, pero podría
   imprimir todas sus sesiones interactivas y leer el montón de documentos
   a mí antojo. Algo impreso en papel constituiría una prueba irrefutable
   de la presencia de un intruso; si no encontrábamos nada sospechoso,
   podíamos abandonar el proyecto.

   Grabaría todo lo que ocurriera durante cada conexión de 1200 baudios.
   Esto presentaría ciertas dificultades técnicas, pero, puesto que no
   sabía por qué línea llamaba el hacker, tendría que controlar cuatro
   docenas de líneas. Más preocupante era el problema ético que suponía
   controlar nuestras comunicaciones. ¿Teníamos derecho a observar el
   tráfico que circulaba por nuestras líneas?

   Mi querida Martha estaba terminando su licenciatura de derecho.
   Mientras compartíamos una pizza hablamos de las consecuencias de que
   alguien irrumpiera clandestinamente en un ordenador. Me preocupaba el
   lío en el que podía meterme por intervenir las líneas de entrada.

   —Escúchame —dijo, mientras se quemaba el paladar con la mozzarella
   vulcanizada—. Tú no eres el gobierno y, por consiguiente, no necesitas
   ningún permiso judicial. En el peor de los casos se te podría acusar de
   invadir la intimidad de un tercero. Además, la gente que se comunica
   por teléfono con un ordenador, probablemente no puede impedir al
   propietario del sistema que vigile. De modo que no veo por qué no
   puedes hacerlo.

   Con la conciencia tranquila, empecé a construir un sistema de control.
   Teníamos cincuenta líneas de 1200 baudios y el hacker podía utilizar
   una cualquiera de ellas. Tampoco disponía de instrumentos diseñados
   para controlar el tráfico.

   Sin embargo existe una forma fácil de grabar la actividad de un hacker.
   Basta con modificar el sistema operativo del Unix, de modo que cuando
   registre alguna conexión sospechosa el sistema grabe todos sus pasos.
   Esto era tentador, puesto que para ello sólo tenía que agregar unas
   líneas de código a alguno de los demonios de Unix.

   Los demonios no son más que programas que trasladan la información del
   mundo exterior al sistema operativo: los ojos y oídos del Unix. (Los
   demonios de la antigua Grecia eran divinidades inferiores, a mitad de
   camino entre los dioses y los hombres. En este sentido, mis demonios
   están a mitad de camino entre el todopoderoso sistema operativo y el
   mundo de los discos y terminales.)

   Podía dividir en dos la salida de los demonios, como si se tratara de
   una conducción de agua, de modo que las operaciones del hacker pasaran
   simultáneamente al sistema operativo y a una impresora. Las soluciones
   de programación son simples y elegantes.

   —Si tocas los demonios —dijo Dave Cleveland—, lo haces por tu cuenta y
   riesgo. Sobre todo respeta sus necesidades cronométricas.

   —Oye, si metes la pata —me advirtió Wayne—, trastornarás con toda
   seguridad el sistema. Se convertirá en una papilla y en modo alguno
   lograrás controlar todo lo que ocurra. No me vengas llorando cuando en
   tu pantalla veas: "Panic kernel mode interrupt"

   —Si tu hacker tiene alguna experiencia con el Unix —agregó Dave—, no
   podrá evitar darse cuenta del cambio en los demonios.

   Esto me convenció. Un operador inteligente se daría cuenta de que
   habíamos modificado el sistema operativo. En el momento en que el
   hacker supiera que se le observaba, atacaría nuestras bases de datos y
   se escurriría. Nuestra intervención tenía que ser completamente
   indetectable, incluso para un omnipotente superusuario. Se precisaban
   controles silenciosos e invisibles para atrapar al hacker.

   Tal vez bastaría con magnetófonos en las líneas telefónicas, pero no
   parecía lo adecuado, demasiado engorroso. Habría que escuchar las
   cintas y no podríamos observar los pasos del hacker hasta mucho después
   de que hubiera desconectado. Además, ¿de dónde iba a sacar cincuenta
   magnetófonos?

   En realidad, el único lugar que quedaba desde donde observar el tráfico
   era entre los modems y los ordenadores. Los modems convertían el sonido
   telefónico en pulsaciones electrónicas, comprensibles para nuestros
   ordenadores y los demonios del sistemas operativo. Las líneas de dichos
   modems eran unos conductores planos de veinticinco cables que
   serpenteaban bajo la tarima de la sala de conexiones. Podía conectarse
   un ordenador personal o una impresora a cada una de dichas líneas y
   grabar todos los pasos.

   ¿Engorroso? Sin duda. ¿Funcionaría? Tal vez.

   Lo único que se necesitaba eran cincuenta teletipos, impresoras y
   ordenadores portátiles. Fue fácil conseguir los primeros, no hubo más
   que pedirlos en el mostrador de suministros. Davc, Wayne y los demás
   que formaban parte del grupo de los sistemas prestaron a regañadientes
   sus terminales portátiles. Al final de la tarde del viernes habíamos
   conectado una docena de monitores en la sala de conexiones. Los otros
   treinta o cuarenta monitores aparecerían cuando todo el mundo
   abandonara el laboratorio. Fui de despacho en despacho, apropiándome de
   los ordenadores personales de las mesas de las secretarias. El lunes se
   crearía una enorme confusión, pero era más fácil pedir disculpas que
   solicitar permiso.

   Cubierto de cuatro docenas de teletipos en desuso y terminales
   portátiles, el suelo parecía la pesadilla de un ingeniero de
   informática. Me acosté en medio de todos ellos, cuidando de los
   ordenadores e impresoras. Cada uno recogía datos de una línea distinta
   y, cuando alguien conectaba con nuestro sistema, me despertaba el
   tecleo de la impresión. Cada media hora, a alguno de los monitores se
   le acababa el papel o se quedaba sin espacio en disco y tenía que
   volver para recargarlo.

   —Bien, ¿dónde está tu hacker? —me preguntó Roy Kerth el sábado por la
   mañana, sacudiéndome para despertarme.

   Todavía en mi saco de dormir, debía de apestar como una cabra.
   Parpadeando adormecido, susurré algo sobre la necesidad de leer
   cincuenta montones de hojas.

   —Antes de empezar a examinar los impresos —refunfuñó—, devuelve esas
   impresoras. Has ido por ahí como un maniaco secuestrando aparatos,
   utilizados por gente que trabaja. Has logrado enfurecer a una docena de
   astrónomos. ¿Has hecho tú algún trabajo? No. ¿Qué crees que es eso, tu
   letrina personal?

   Medio dormido, devolví cada una de las impresoras a sus legítimos
   dueños. Las primeras cuarenta y nueve no mostraban nada de interés. De
   la quincuagésima brotaban 26 metros de papel impreso. Durante la noche
   alguien se había colado por un agujero del sistema operativo.

  4

   Durante tres horas, un hacker había merodeado por mi sistema, leyendo
   todo lo que se le antojaba. Sin que él lo supiera, mi Decwriter de 1200
   baudios había grabado su sesión, en 26 metros de papel informático a un
   espacio. Ahí estaban todas las órdenes que había dado, sus errores de
   mecanografía y cada una de las respuestas del ordenador.

   La impresora demostraba que la llamada procedía de Tymnet. No me había
   dado cuenta antes, pero algunas de nuestras líneas de 1200 baudios no
   procedían de modems telefónicos, sino de una empresa denominada Tymnet,
   que intercomunicaba ordenadores alrededor del mundo.

   En otra época el sistema Bell monopolizaba las comunicaciones. ATT era
   la única forma de conectar Nueva York con Chicago. Con el uso de
   modems, el sistema telefónico permitía la transmisión de datos, pero el
   ruido y el coste de las llamadas a larga distancia lo hacían inadecuado
   para los ordenadores. A fines de los años setenta, unas pocas empresas
   decidieron arriesgarse a ofrecer servicios especializados, como los
   teléfonos para datos. Tymnet creó una red para intercomunicar
   ordenadores en las ciudades principales.

   La idea de Tymnet era simple y elegante: la creación de un eje de
   comunicaciones digitales, permitir que cualquiera se comunicara con
   dicho eje mediante una llamada urbana y entonces mandar la información
   a cualquier ordenador de la red. Tymnet comprimía la información de
   docenas de usuarios en un número limitado de paquetes y los mandaba
   económicamente a cualquier lugar del país. El sistema estaba
   desprovisto de ruido y cada usuario podía operar tan rápido como
   quisiera. Los clientes ahorraban dinero porque podían acceder a un
   ordenador lejano mediante una llamada urbana.

   A fin de satisfacer a los científicos de todo el país, el Lawrence
   Berkeley Laboratory se suscribió a Tymnet. Cuando un investigador de
   Stonybrook, Nueva York, deseaba conectar con nuestro ordenador, llamaba
   al número de Tymnet en su ciudad. Cuando su modem estaba conectado a
   Tymnet, se limitaba a preguntar por nuestro laboratorio y operaba como
   si estuviera en Berkeley. A los físicos de lugares remotos les
   encantaba el servicio y a nosotros nos parecía muy bien que gastaran el
   dinero de su investigación en nuestros ordenadores, en lugar de hacerlo
   en sus propios aparatos.

   Teníamos un intruso que utilizaba la línea de Tymnet. Puesto que la red
   de Tymnet cubría todo el país, nuestro hacker podía estar en cualquier
   lugar.

   Sin embargo lo que me fascinaba en aquel momento no era su lugar de
   procedencia, sino lo que había hecho en tres horas. Mi intuición no me
   había traicionado: utilizaba la cuenta de Sventek para irrumpir en
   nuestro ordenador Unix.

   No se trataba de una simple irrupción: el hacker era un superusuario.

   Se había colado por un agujero de nuestro sistema, para convertirse en
   superusuario, sin siquiera conectar con la cuenta del usuario root. Su
   conducta era como la de un cuco.

   El cuco pone los huevos en los nidos de otros pájaros. Se reproduce por
   sistema parasitario: otro pájaro incuba sus huevos y cuida de sus
   pequeños. La supervivencia de los pequeños cucos depende de la
   ignorancia de otras especies.

   Nuestro misterioso visitante había puesto un programa/huevo en nuestro
   ordenador, y había dejado que éste lo incubara y le otorgara
   privilegios.

   Aquella mañana, el hacker había escrito un breve programa para
   otorgarse privilegios. Normalmente, el Unix no aceptaría un programa
   semejante, ya que nunca otorga mayores privilegios que los asignados a
   cada usuario. Pero al introducirlo desde una cuenta privilegiada, le
   convertía a él en privilegiado. Su problema consistía en disimular
   dicho programa especial —el huevo del cuco— a fin de que el sistema lo
   incubara.

   Cada cinco minutos, el sistema Unix ejecuta su propio programa
   denominado atrun. Atrun asigna a su vez otras misiones y realiza tareas
   rutinarias de limpieza. Opera en modo privilegiado, con toda la
   potencia y confianza del sistema operativo. En el caso de sustituirlo
   por un atrun falso, se ejecutaría en el plazo de cinco minutos, con
   plenos privilegios en el sistema. Ésta es la razón por la que atrun se
   encuentra en una zona protegida del sistema, a la que sólo tiene acceso
   el administrador del mismo. Nadie salvo el administrador tiene permiso
   para manipular el atrun.

   Ahí se encontraba el nido del cuco: durante cinco minutos cambiaría su
   huevo por el programa atrun del sistema.

   Para ello necesitaba encontrar la forma de introducir su programa/huevo
   en el nido protegido de los sistemas. Las barreras del sistema
   operativo están construidas especialmente para impedirlo. En
   condiciones normales, los programas de copia no pueden cruzarlas; no
   aceptan la orden: «copia mi programa en el espacio del sistema».

   Pero había un cabo suelto que nos había pasado por alto. Richard
   Stallman, programador autónomo, proclamaba a los cuatro vientos que la
   información debería ser libre. Sus programas, que regala gratuitamente,
   son de una concepción brillante, elegantes y atractivos.

   A lo largo de la última década, Stallman creó un potente programa de
   edición llamado Gnu-Emacs. Pero Gnu-Emacs es mucho más que un simple
   editor de textos. Es fácil adaptarlo a las preferencias personales de
   cada uno. Constituye los cimientos sobre los que pueden construirse
   otros programas. Incluso lleva incorporado su propio servicio de
   mensajería. Naturalmente, nuestros físicos exigían Gnu y, con la
   esperanza de vender un mayor número de ciclos informáticos, no tuvimos
   ningún inconveniente en instalarlo.

   El único problema era un bug en el software.

   Tal como había sido instalado en nuestro ordenador Unix, el editor
   Gnu-Emacs nos permite trasladar un archivo desde su propio directorio
   al de cualquier otro de un modo inusual. No comprueba quién lo recibe,
   ni siquiera si lo desea. Se limita a cambiar el título y propiedad del
   archivo en cuestión. Así se transfiere la propiedad de un archivo de
   uno a otro.

   No supone ningún problema que uno le mande un archivo a otro, siempre y
   cuando no pueda introducirlo en la zona protegida del sistema, donde
   sólo se permite la entrada al administrador del mismo. El software de
   Stallman debería haberlo tenido en cuenta.

   Pero Gnu no lo comprobaba. Permitía que cualquiera introdujera un
   archivo en los espacios protegidos del sistema. El hacker lo sabía,
   pero nosotros no.

   El hacker había utilizado Gnu para reemplazar la versión legítima del
   sistema por su propio archivo especial atrun. Al cabo de cinco minutos
   el sistema había incubado el huevo y tenía en sus manos las llaves del
   ordenador.

   Había utilizado dicha técnica para engañar al ordenador y conseguir que
   le otorgara poder. Donde el ordenador esperaba encontrar el programa
   legítimo había introducido el falso. En el momento en que el Unix
   ejecutó el atrun falsificado, se convirtió en superusuario. La
   operación dependía plenamente de su capacidad para trasladar un archivo
   donde se le antojara.

   Gnu era el agujero en nuestro sistema de seguridad. Un bug sutil en una
   sección recóndita de un programa popular. Instalado a ciegas por
   nuestros programadores de sistemas, a nadie se le había ocurrido que
   pudiera destruir por completo nuestro sistema de seguridad.

   Ahora lo comprendía. Nuestro amigo se había introducido en una cuenta
   de invitado, adquirido privilegios gracias al agujero del Gnu y a
   continuación agregado una nueva cuenta al archivo del ordenador.

   En las primeras hojas impresas que tenía ante mí se veía cómo el cuco
   preparaba el nido, ponía el huevo y esperaba a que incubara. A lo largo
   de los próximos 20 metros de papel, el joven cuco ponía a prueba sus
   alas.

   En su calidad de superusuario, nuestro sistema estaba en sus manos. Lo
   primero que hizo fue eliminar sus huellas: volvió a conectar la copia
   legítima de atrun donde correspondía. A continuación hizo un listado de
   la correspondencia electrónica de todos nuestros usuarios, noticias,
   rumores y cartas de amor. Se enteró de los cambios de equipo del mes
   pasado, las propuestas de subvención, y las nuevas contrataciones.
   Buscó cambios en los archivos de los gestores de sistema y descubrió
   que yo acababa de ocupar el cargo. Revisó mi salario y mi currículo. Y
   lo más preocupante: comprendió que yo era administrador de sistema y
   descubrió el nombre de mi cuenta.

   ¿Por qué yo? ¿Qué tenía de particular lo que hacía? En todo caso, de
   ahora en adelante, sería preferible que utilizara otro nombre.

   Cada diez minutos, el hacker utilizaba la orden «who»^4, para obtener
   un listado de todos los que estuvieran conectados con el ordenador. Al
   parecer le preocupaba que alguien fuera consciente de su presencia o le
   estuviera observando. Más adelante examinó el sistema operativo en
   busca de cambios; de haber modificado los demonios para grabar su
   sesión, como me lo proponía al principio, con toda segundad lo habría
   descubierto. Me sentía como un chiquillo jugando al escondite, cuando
   el que busca pasa a pocos centímetros del lugar donde está uno oculto.

   Durante la primera hora, escribió un programa que inspeccionaba todos
   los mensajes electrónicos en busca de cualquier mención referente a su
   actividad. Buscaba las palabras «hacker» y «seguridad».

   Un científico había iniciado un programa que recogía datos de un
   experimento durante el fin de semana. Con el título de «compaginación»,
   dicho programa se limitaba a recoger inocentemente información cada
   pocos minutos y grabarlo en un archivo. El hacker lo descubrió, pasó
   diez minutos intentando dilucidar lo que hacía y lo eliminó.

   Admirable precaución la suya, mirando cada pocos minutos por encima del
   hombro, para comprobar que nadie le observaba y destruyendo cualquier
   programa que, a su entender, pudiera controlarlo. Examinó la
   correspondencia para ver si alguien había dicho algo sobre hackers.
   Wayne tenía razón: de haberme mantenido al descubierto, habría
   detectado mi presencia. De ahora en adelante tendríamos que ser
   precavidos e invisibles.

   Cuando no miraba por encima del hombro, el hacker leía archivos.
   Después de estudiar las órdenes e instrucciones de varios científicos,
   averiguó cómo introducirse en los ordenadores del laboratorio. Cada
   noche nuestros ordenadores llaman automáticamente a otros veinte
   ordenadores, para intercambiar correspondencia y noticias de la red.
   Cuando el hacker leyó dichos números de teléfono, descubrió veinte
   nuevos objetivos.

   Del fichero de correspondencia de un ingeniero:

   ^Hola, Ed:
   Estaré de vacaciones las dos próximas semanas.
   Si necesitas cualquier información, conecta
   con mi cuenta en el ordenador Vax.
   El nombre de la cuenta es Wilson y la contraseña
   «Maryanne» (el nombre de mi esposa). ¡Diviértete!

   El hacker se divirtió, aunque Ed no lo hiciera. Conectó con el Vax a
   través de nuestra red local y no tuvo dificultad alguna en introducirse
   en la cuenta de Wilson. Éste no se enteraría de que el hacker leía sus
   archivos, ni probablemente tampoco le importaría. Estaban repletas de
   datos numéricos, carentes de significado para cualquiera que no fuese
   físico nuclear.

   Nuestro visitante estaba familiarizado con la red interna de nuestro
   laboratorio. Nuestros doce grandes ordenadores estaban conectados a un
   centenar de ordenadores del laboratorio mediante cables ethernet,
   líneas serie y chicle. Cuando los físicos deseaban trasladar
   información del ordenador del ciclotrón a nuestro gran ordenador, lo
   menos que les importaba era la elegancia. Se servían de cualquier
   terminal, cualquier línea, cualquier red. A lo largo de los años los
   técnicos habían construido una red de cables alrededor del laboratorio,
   interconectando la mayor parte de los ordenadores con cualquier cosa
   que pareciera funcionar. Esta red local se extendía a todos los
   despachos, conectando PCs, Macintoshes y terminales a los ordenadores
   centrales.

   A menudo estos ordenadores de la red interior estaban organizados para
   confiar entre ellos. Si un usuario merecía la confianza de uno, también
   solía merecer la de otro. Con esto se ahorraba un poco de tiempo:
   bastaba a los usuarios una palabra clave para usar varios ordenadores.

   El hacker se aprovechó de dicha confianza para introducirse en media
   docena de ordenadores. Como superusuario de nuestro Unix principal,
   disimuló su presencia ocultándose tras el nombre de algún otro usuario.
   Entonces llamaba a la puerta de otro aparato de la red y se le permitía
   entrar sin requisito alguno. Nuestro visitante no podía saber para qué
   se utilizaban dichos sistemas, pero deambuló por la red en busca de
   conexiones a ordenadores inexplorados.

   Hacia el final de la sesión, la cinta de la impresora se había quedado
   sin tinta. Pasando suavemente un lápiz sobre el papel, logré discernir
   a duras penas las marcas de la cabeza de impresión: antes de
   desconectar, el hacker había copiado nuestro fichero de contraseñas.

   La nota de un bajo de guitarra alejó mi atención de la pista del
   hacker. Los Grateful Dead tocaban al aire libre en el Berkeley Greek
   Theatre, a cien metros escasos del laboratorio. La policía no había
   podido evitar que la gente se instalara en la colina desde la que se
   veía el concierto y decidí unirme al millar de personas con camisetas
   psicodélicas. Agotados vendedores ambulantes, reminiscentes de los
   sesenta, deambulaban entre el público pidiendo entradas y vendiendo
   carteles, hierba y alucinógenos. El solo de la segunda batería retumbó
   desde Strawberry Canyon, agregando un curioso contrapunto apreciado
   sólo por los goliardos desparramados por el prado. La vida era bella:
   ningún hacker era tan importante como para perderse un concierto de los
   Dead.

  5

   El lunes por la mañana cumplí dos semanas en mi nuevo empleo. Era un
   aprendiz informático, rodeado de expertos con demasiadas horas de
   trabajo y sin saber con exactitud cuál era mi misión, me sentía un
   tanto inseguro. Algo divertido saldría, pero entretanto lo mejor que
   podía hacer era acabar con el proyecto del hacker.

   Al igual que cualquier físico novato del laboratorio, redacté un
   informe sobre la actividad del fin de semana. No pensaba utilizarlo
   para nada, pero me brindó la oportunidad de practicar con el procesador
   de textos en mi Macintosh. La norma fundamental del astrónomo: si no
   hay constancia por escrito, no ha ocurrido.

   Entregué los resultados al equipo con la esperanza de que nadie se
   diera cuenta de que había dormido en la sala de conexiones.

   Cuando llegó el jefe, quiso verme inmediatamente.

   Sospechaba que estaría furioso por haberme apropiado de tantas
   terminales. En el equipo de informática se nos permitía cierta libertad
   de movimiento, pero se suponía que no debíamos apropiarnos de un montón
   de aparatos del laboratorio sin pedir permiso a nadie.

   Sin embargo, Roy no mencionó nada relacionado con las terminales.
   Quería información sobre el hacker.

   —¿Cuándo apareció?

   —A partir de las cinco de la madrugada del domingo, durante tres horas.

   —¿Borró algún archivo?

   —Destruyó un programa que creyó que le controlaba.

   —¿Corremos peligro?

   —Es un superusuario. Puede eliminar completamente todos nuestros
   ficheros.

   —¿Podemos cortarle el paso?

   —Probablemente. Hemos descubierto un agujero, bastaría con un pequeño
   remiendo.

   —¿Crees que esto le detendrá?

   Intuía la línea de su pensamiento. No era cerrarle la puerta en las
   narices lo que a Roy le preocupaba. Sabía que podíamos desactivar
   fácilmente la cuenta robada de Sventck. Y ahora que lo comprendíamos,
   tampoco era difícil tapar el agujero del Gnu-Emacs; bastaba con agregar
   un par de líneas de código que verificaran el índice del objetivo.

   ¿Nos convenía más cerrar las puertas o dejarlas abiertas? Lo más
   evidente parecía cerrarlas. Sabíamos cómo había entrado aquel hacker en
   nuestro sistema y cómo expulsarlo.

   Pero ¿qué otros perjuicios podía haber causado? ¿Qué otros regalos nos
   habría dejado el misterioso visitante? ¿A cuántas otras cuentas había
   accedido? ¿En cuántos otros ordenadores se había introducido?

   Ahí estaba el problema. La impresión demostraba que el hacker era un
   competente programador, capaz de aprovecharse de bugs inauditos
   totalmente desconocidos para nosotros. ¿Qué más habría hecho?

   Un superusuario puede modificar cualquier archivo del sistema. ¿Habría
   alterado el hacker algún programa del sistema para dejar abierta alguna
   puerta trasera? ¿Habría modificado nuestro sistema para que reconociera
   alguna palabra mágica?

   ¿Habría introducido algún virus informático? En los ordenadores
   personales, los virus se reproducen al copiarse en otros programas.
   Cuando uno entrega a otro un programa infectado, el virus se traslada a
   los demás programas, esparciéndose de disco en disco.

   Si se trata de un virus benigno, será difícil de detectar y
   probablemente no cause grandes desperfectos. Pero es fácil construir
   virus malignos que se reproduzcan por sí solos y a continuación borren
   los archivos de datos. También es fácil crear un virus que permanezca
   aletargado durante varios meses y se active en algún momento futuro.

   Los virus son los seres que pueblan las pesadillas de los
   programadores.

   En su calidad de superusuario, el hacker podía infectar nuestro sistema
   de tal modo que sería casi imposible erradicar. Su virus podría
   introducirse en el software de los sistemas y ocultarse en lugares
   recónditos del ordenador. Al copiarse de programa en programa,
   frustraría nuestros esfuerzos por eliminarlo.

   A diferencia de un ordenador personal, en el que se puede reconstruir
   por completo el sistema operativo, nosotros habíamos introducido
   amplias modificaciones en el nuestro. No podíamos acudir al fabricante
   y pedirle una nueva copia del mismo. Una vez infectado, sólo
   lograríamos reconstruirlo a partir de cintas magnéticas duplicadas.
   Pero si hacía más de seis meses que había introducido el virus,
   nuestras cintas también estarían contaminadas.

   Puede que hubiera colocado una bomba lógica: un programa diseñado para
   estallar en algún momento futuro. O tal vez ese intruso se había
   limitado a husmear nuestros archivos, destruir un par de proyectos y
   alterar la contabilidad. Pero ¿cómo saber que no había hecho algo mucho
   peor? Durante una semana nuestro ordenador había estado completamente a
   su disposición. ¿Podíamos estar seguros de que no había alterado
   nuestras bases de datos?

   ¿Podíamos confiar, de ahora en adelante, en nuestros programas y en
   nuestros datos?

   No. Intentar cerrarle las puertas no serviría de nada, puesto que
   encontraría otra forma de entrar. Necesitábamos averiguar lo que había
   hecho y lo que estaba haciendo.

   Y más que nada necesitábamos saber quién había al otro lado de la
   línea.

   —Tiene que tratarse de algún estudiante del campus de Berkeley —dije a
   Roy—. Son auténticos genios del Unix y nos consideran unos zoquetes.

   —No estoy tan seguro —respondió Roy, acomodándose en su silla—. Si se
   tratara de alguien de Berkeley, ¿por qué llamaría a través de Tymnet,
   cuando le bastaría con una llamada urbana para conectar directamente
   con nuestro sistema?

   —Puede que lo de Tymnet sólo sea para confundirnos —repliqué—. Un lugar
   donde esconderse. Si llamara directamente al laboratorio, le
   localizaríamos. Sin embargo ahora tenemos que localizar Tymnet y la
   llamada telefónica.

   A pesar de mi gesticulación, no logré convencer a mi jefe. Puede que
   debido a su experiencia científica, o quizá a su cinismo, Roy prefería
   no formarse ningún prejuicio: no se tratará de un estudiante hasta que
   le hayamos descubierto. Sin duda la actividad del fin de semana
   demostraba que se trataba de un buen programador, pero podíamos estar
   observando a un informático competente de cualquier lugar del mundo.
   Para descubrir al individuo era preciso localizar las líneas
   telefónicas. El coste de pruebas irrefutables era trabajar duro.

   Ante el rastro de nuestro visitante misterioso, Roy sólo veía huellas.
   Yo veía a un intruso.

   Roy decidió no decidir.

   —Cerremos todas las conexiones de la red durante un día. Mañana por la
   mañana hablaré con el director del laboratorio y tomaremos una
   decisión.

   Podíamos retrasarlo, pero tarde o temprano tendríamos que empezar la
   tarea de localizar al hacker, o cerrarle las puertas.

   ¿Me apetecía perseguir a alguien por la ciudad? Sería distinto de la
   informática científica. No tenía nada que ver con la astronomía ni con
   la física. Y recordaba más bien al juego de policías y ladrones, o el
   del escondite.

   Sin embargo, en su lado positivo, aprendería a intervenir teléfonos y
   redes informáticas. Lo más emocionante era imaginar la expresión en el
   rostro de algún adolescente cuando irrumpiéramos en la habitación de su
   residencia estudiantil chillando:

   — ¡No te muevas! ¡Deja caer el teclado!

   El martes por la tarde me llamó Roy.

   —El director dice que esto es terrorismo electrónico. Que utilicemos
   todos los recursos necesarios para atrapar a ese cabrón. Cógete todo el
   tiempo que necesites. Tres semanas, si es necesario. ¡Atrápale!

   Si lo que deseaba era atrapar al hacker, contaba con el apoyo de la
   dirección.

  6

   Regresé a mi casa en bicicleta, pensando en diversas estratagemas para
   cazar al hacker. Sin embargo, al acercarme a mi casa, la idea que
   empezó a ocupar mi mente fue la de la cena. Era maravilloso tener a
   alguien con quien compartir el hogar.

   Ahora hacía varios años que Martha Matthews y yo vivíamos juntos, y
   hacía casi diez años que nos conocíamos. Habíamos llegado a conocernos
   tan a fondo, que me resultaba difícil recordar la época en que no la
   conocía.

   Mis viejos amigos sacudían la cabeza. Nunca me habían visto tanto
   tiempo con una misma mujer. Solía enamorarme, pasar un par de años con
   alguien, pero acabábamos por cansarnos el uno del otro y seguir cada
   uno nuestro camino. Todavía conservaba la amistad de varias ex amantes,
   pero nuestros idilios no eran nunca duraderos. Siempre había sido
   cínico y sarcástico, procurando no intimar nunca excesivamente con
   nadie.

   Pero la vida con Martha parecía diferente. A lo largo del tiempo,
   lentamente, las barreras habían ido derribándose una tras otra. Ella
   insistía en que habláramos de nuestras diferencias, exigía que le
   explicara las razones de mi genio y estados de ánimo, y que pensáramos
   en la forma de compaginar mejor. A veces era insoportable —detestaba
   charlar cuando estaba furioso—, pero solía funcionar.

   Descubrí que sentía instintos hogareños. Una tarde perfecta consistía
   en quedarme en casa, instalando un interruptor, plantando bulbos o
   soldando el marco de una cristalera. Pasamos muchas noches tranquilas,
   cosiendo, leyendo o jugando al «intellect». Comencé a sentirme...

   ¿Casado? ¿Quién, yo? No. Definitivamente, no. El matrimonio era
   embrutecedor, una trampa para la gente convencional. Casarse creaba la
   expectativa de ser siempre igual, de no cambiar nunca, de no hacer
   jamás nada nuevo. Habría peleas y uno no podría marcharse, acabaría por
   cansarse de la misma persona día y noche. Limitador, monótono,
   artificial y convencional.

   Vivir juntos era otra cosa. Ambos éramos libres. Optábamos libremente
   por compartir nuestras vidas día a día, y tanto ella como yo podíamos
   marcharnos si nuestra relación dejaba de ser satisfactoria. Así era
   mejor y Martha parecía contenta.

   Maravilloso.

   Pero me preguntaba si seguiría tan alegre en el caso de que pasara las
   próximas semanas durmiendo en el laboratorio.

   Tres semanas para capturar a un hacker. ¿Cuánto tardaría? Tal vez un
   par de días para organizar el seguimiento, unos días más para
   localizarle en las redes de comunicaciones y finalmente atraparle.
   Probablemente necesitaríamos la cooperación de la policía y para ello
   habría que agregar un par de días más. Podíamos solucionarlo en un par
   de semanas y entonces volvería a dirigir un ordenador y, tal vez, a
   practicar un poco de astronomía.

   Teníamos que confeccionar una red lo suficientemente fina para atrapar
   al hacker, pero lo bastante gruesa para que nuestros científicos
   pudieran cruzarla. Tendría que detectar al hacker en el momento en que
   conectara y llamar a los técnicos de Tymnet para localizar la llamada.

   Detectar al hacker sería fácil; sólo tenía que quedarme en mi despacho
   con un par de terminales. Una para trabajar y otra para observar el
   sistema. Cada vez que alguien conectara con nuestro ordenador, dos
   pitidos me avisarían para que investigara al nuevo usuario. En el
   momento en que apareciera algún desconocido, iría corriendo a la sala
   de conexiones para ver lo que hacía.

   En teoría, perfecto; en la práctica, imposible. Entre mil usuarios,
   conocía a unos veinte. ¿Y los novecientos ochenta restantes? Tendría
   que investigarlos a todos. De modo que cada dos minutos saldría
   corriendo por el pasillo creyendo haber cazado a alguien. Además,
   puesto que desde mi casa no oiría la señal, tendría que olvidarme de
   Martha y dormir en el despacho.

   La alfombra olía tan mal como los asientos de los autobuses urbanos, y
   cada vez que oía el pitido de la terminal, al incorporarme, me golpeaba
   la cabeza en el cajón inferior. Después de un par de noches de porrazos
   en la frente, decidí que debía de haber otro sistema más práctico.

   Si supiera los nombres de las cuentas apropiadas, sería fácil elaborar
   un programa para observar al intruso cuando apareciera. No sería
   necesario investigar a todas las personas que usaran el ordenador:
   bastaría con que sonara la alarma cuando se utilizara una de las
   cuentas apropiadas. Pero también recordaba lo que Wayne Graves me había
   advertido: era preciso permanecer invisible.

   Esto significaba no alterar el funcionamiento del ordenador principal.
   Pero podía vigilar desde otro ordenador. Acabábamos de instalar un
   nuevo ordenador, nuestro sistema Unix-8, que nadie había utilizado
   todavía y, por consiguiente, puede que no fuera seguro, pero sin duda
   no estaba contaminado. Podía conectarlo a nuestra red local, protegerlo
   contra cualquier tipo de ataque y utilizarlo para vigilar los
   ordenadores Unix-4 y Unix-5.

   Protegería mi castillo Unix-8 con un foso unidireccional. Permitiría
   que la información entrara, pero no que saliera. Dave Cleveland, muy
   emocionado ante la perspectiva de capturar a un hacker, me indicó
   sonriente cómo preparar el Unix-8 para evitar toda posibilidad de
   introducción en el mismo, permitiendo al mismo tiempo que controlara
   los demás Unix para detectar la presencia de algún intruso.

   El programa no era difícil: constaba tan sólo de unas docenas de líneas
   de código que lo protegían de los demás ordenadores del laboratorio. En
   honor a una antigua tradición, los astrónomos programamos en Fortran y
   no me sorprendió que Dave me echara una mala mirada por utilizar un
   lenguaje tan anticuado. Me retó a programar en el lenguaje C y, en
   pocos minutos, resumió el programa a veinte líneas de código muy
   condensado.

   Pusimos el programa de vigilancia de Dave en funcionamiento en el
   ordenador Unix-8. A cualquiera que se interesara por su categoría se le
   invitaba a introducir sus datos, pero no podía conectar con el mismo,
   porque el ordenador rechazaba a todo el mundo, excepto a Dave y a mí.
   El hacker no tendría por qué sospechar, ya que el ordenador no parecía
   estar conectado.

   Desde su privilegiada perspectiva, la red de mensajería preguntaba a
   los demás ordenadores Unix quién estaba conectado al sistema y, una vez
   por minuto, el programa del Unix-8 analizaba los informes en busca del
   nombre de Sventek. Cuando éste apareciera, sonaría la alarma de mi
   terminal y habría llegado el momento de entrar en acción.

   Pero no bastaría con la alarma para capturar al hacker. Sería preciso
   seguirle la pista a través de nuestro sistema hasta llegar a su
   madriguera. Y a fin de protegernos, necesitábamos saber lo que estaba
   haciendo.

   No tenía posibilidad alguna de apropiarme de nuevo de cincuenta
   impresoras, por lo que debía limitarme a observar las líneas que
   probablemente utilizaría. El sábado por la mañana se había introducido
   en el sistema mediante una de nuestras cuatro líneas de Tymnet, y éste
   parecía un lugar adecuado por dónde empezar.

   No podía comprar, robar, ni alquilar cuatro impresoras durante varias
   semanas, por lo que tuve que recurrir a la mendicidad. Un catedrático
   de física me dio una vieja Decwriter escacharrada, encantado de que
   alguien le sacara aquel trasto de diez años de antigüedad de las manos.
   Una secretaria me hizo donación de un IBM PC de repuesto a cambio de
   que le enseñara a utilizar los programas de hojas de cálculo. Entre
   pasteles, halagos y connivencia conseguí otras dos impresoras arcaicas.
   La operación estaba de nuevo en marcha y grababa la totalidad de
   nuestro tráfico con Tymnet.

   El miércoles por la tarde hacía una semana que habíamos detectado por
   primera vez al hacker. Hacía sol en Berkeley, a pesar de que apenas
   lograba ver las ventanas a través del laberinto de cubículos. El
   programa de vigilancia de Dave estaba alerta, las impresoras grababan
   todas y cada una de las pulsaciones, y yo divagaba pensando en las
   emisiones infrarrojas del conjunto estelar de Pléyades, cuando de
   pronto mi terminal emitió dos pitidos: acababa de activarse la cuenta
   de Sventek. Mi cuerpo se llenaba de adrenalina mientras corría hacia la
   sala de conexiones; la parte superior del papel indicaba que el hacker
   había conectado a las 02:26 y permanecía activo.

   Letra por letra, la impresora grababa cada una de sus pulsaciones.

   Conectado al ordenador Unix-4 con el nombre de Sventek, lo primero que
   hizo fue obtener un listado de todo el mundo que estuviera conectado al
   sistema. Por fortuna sólo apareció el grupo habitual de físicos y
   astrónomos, mientras mi programa de vigilancia permanecía perfectamente
   oculto en el ordenador Unix-8. «Mirando de nuevo por encima del
   hombro», pensé. Lo siento, sólo los astrofísicos de costumbre —le
   susurré a mi terminal.

   No obstante examinó todos los procesos que se estaban realizando. La
   orden «ps» del Unix muestra el estado de otros procesos. Por regla
   general, suelo dar la orden «ps -axu», cuyas tres ultimas letras
   ordenan al núcleo Unix que indique el estado de cada uno. Sin embargo,
   el intruso dio la orden «ps -eafg». Extraño. Nunca había visto a nadie
   utilizar el distintivo «g». No es que le sirviera de mucho: sólo
   descubrió unos cuantos programas de análisis científico, un programa
   absurdo de procesamiento de textos y... la conexión de la red al
   sistema Unix-8.

   Había tardado tres minutos en descubrir el ordenador Unix-8, vagamente
   conectado al sistema Unix-4. Pero ¿lograría entrar en el mismo? Lo
   intentó media docena de veces con la orden rlogin, llamando a la puerta
   del Unix-8 con el nombre y palabra clave de Sventek. No lo consiguió.
   Dave había dejado la puerta bien atrancada.

   Al parecer satisfecho de que nadie le observaba, ordenó un listado de
   las contraseñas del sistema. No había gran cosa para ver; todas las
   contraseñas se codifican y archivan. Una contraseña codificada parece
   un galimatías; sin solución y con una codificación extraordinariamente
   compleja, la lista de contraseñas no era más que un sueño para el
   hacker.

   No se convirtió en superusuario, pero en su lugar comprobó que el
   archivo de Gnu-Emacs no hubiera sido modificado. Esto disipó cualquier
   duda de que pudiera tratarse de otro hacker, ya que a nadie se le
   ocurriría verificar la misma brecha en nuestro sistema de seguridad. A
   las 02:37, once minutos después de haber conectado, desconectó
   inesperadamente del ordenador Unix-4. Pero no antes de que hubiéramos
   comenzado a seguirle la pista.

   ¡Tymnet! Había olvidado advertir a su centro de operaciones que
   tendrían que localizar ciertas conexiones. Ni siquiera les había
   preguntado si podían localizar llamadas dentro de su propia red. Ahora,
   al ver en la impresora cada una de las teclas que el hacker pulsaba,
   disponíamos de pocos minutos para localizarle.

   Ron Vivier es el encargado de localizar las llamadas de Tymnet en el
   interior de Estados Unidos. Mientras hablaba con él por teléfono, le
   oía pulsar las teclas de su terminal. Con la voz entrecortada, me
   preguntó por la dirección de nuestro nódulo. Por lo menos tenía esto a
   mano. En un par de minutos, Ron había localizado la conexión desde la
   entrada de la red Tymnet al laboratorio, a la oficina de Tymnet en
   Oakland, desde donde alguien había llamado por teléfono.

   Según Ron, el hacker había llamado al modem de Tymnet en Oakland, a
   sólo cinco kilómetros del laboratorio.

   Es más fácil llamar directamente a nuestro laboratorio de Berkeley que
   pasar por la oficina de Tymnet en Oakland. ¿Por qué pasar por Tymnet
   cuando podía haber llamado directamente a nuestro sistema? Llamando
   directamente se habría ahorrado las conexiones intermedias de Tymnet y
   la fiabilidad de la línea habría sido ligeramente superior. Sin
   embargo, llamando vía Tymnet, dificultaba un poco más la localización.

   El hacker había llamado al número de acceso de Tymnet en nuestra zona,
   en lugar de hacerlo directamente al laboratorio. Era como coger un
   expreso interestatal para ir a la vuelta de la esquina. Quienquiera que
   estuviese al otro extremo de la línea sabía cómo ocultarse. Ron Vivier
   dijo que lo lamentaba; lo que yo buscaba no era un número de teléfono
   de Tymnet, sino a una persona.

   En todo caso, estábamos en camino, aunque éste fuera accidentado. De
   algún modo tendríamos que localizar la llamada, pero para esto hacía
   falta una orden judicial. ¡Maldita sea!

   Cuando el hacker desconectó, levanté la mirada. Como si de un sabueso
   se tratara, Roy Kerth se había enterado de la noticia y apareció en la
   sala de conexiones. También lo hicieron Dave y Wayne.

   —Ha llamado a Tymnet en Oakland —les dije cuando colgó Ron—. Debe de
   ser de por aquí. Si viviera en Peoria, se ahorraría dinero llamando al
   modem de Tymnet en su zona.

   —Sí, puede que estés en lo cierto —dijo Roy, a quien no le atraía la
   perspectiva de perder una apuesta.

   —Lo que me intriga es su orden «ps -eafg» —agregó Dave, que no pensaba
   en localizar la llamada—. No sé por qué, pero me huele mal. Tal vez sea
   pura paranoia, pero estoy seguro de haber visto antes esa combinación.

   —¡Al cuerno con el Unix! Nos lo merecemos por tener un sistema
   operativo tan defectuoso —observó Wayne, aprovechando para pinchar a
   Dave—. En todo caso, el fichero de contraseñas no le ha servido de gran
   cosa, ¿no os parece?

   —A no ser que disponga de un superordenador. Es lo que necesitaría para
   descifrar el código. El Unix no es como el VMS, pues sus sistemas de
   codificación son los más perfectos que existen —replicó Dave.

   Roy conocía ya aquella melodía y se consideraba por encima de la guerra
   de sistemas operativos.

   —Vas a tener que localizar algunas llamadas, Cliff.

   No me gustó que me cargara el mochuelo, pero efectivamente tenía razón.

   —¿Se le ocurre por dónde empezar?

   —Deja que caminen tus dedos.

  7

   Al día siguiente de haber observado cómo se introducía el hacker en
   nuestro ordenador, el jefe se reunió por la mañana con Aletha Owens,
   abogada del laboratorio. A Aletha no le importaban los ordenadores,
   pero husmeaba problemas en el horizonte. No perdió tiempo alguno en
   llamar al FBI.

   En nuestra oficina local del FBI no se inmutaron.

   —¿Nos llamáis porque habéis perdido setenta y cinco centavos con el
   ordenador? —preguntó con incredulidad Fred Wyniken, agente especial de
   la agencia de Oakland.

   Aletha intentó hablarle de la protección de datos y del valor de
   nuestra información.

   —Escúchame —le interrumpió Wyniken—, si puedes demostrarme que habéis
   perdido más de un millón de dólares, o que alguien ha obtenido acceso a
   información reservada, abriremos una investigación. Hasta entonces, no
   os molestéis en llamarnos.

   Según cómo uno lo mirase, nuestra información no valía nada, o tenía un
   valor de miles de millones de dólares. ¿Cuánto vale la estructura de
   una enzima? ¿Qué valor tiene un superconductor de alta temperatura? El
   FBI pensaba en términos de fraudes bancarios, pero nosotros vivíamos en
   el mundo de la investigación. ¿Información reservada? Lo nuestro no era
   una base militar ni un laboratorio de armamento atómico.

   Sin embargo necesitábamos la cooperación del FBI. La próxima vez que el
   hacker sacara su periscopio a la superficie, probablemente
   localizaríamos el número de teléfono de acceso a Tymnet en Oakland. A
   partir de ahí confiaba en que un seguimiento de la línea nos conduciría
   a la persona. Pero tenía entendido que la compañía telefónica no
   realizaría dicho seguimiento sin una orden judicial y necesitábamos al
   FBI para obtener dicha autorización.

   Ante la falta de cooperación del FBI, Aletha llamó a la fiscalía de
   nuestro distrito. El fiscal de Oakland no se anduvo con monsergas.

   —¿Irrumpe alguien clandestinamente en vuestro ordenador? ¡Maldita sea!
   Pediremos una orden judicial para intervenir las líneas.

   Puede que al FBI no le preocupara, pero nuestra fiscalía se lo tomó muy
   en serio. No obstante, todavía tenían que convencer al juez. Tardarían
   por lo menos una semana en obtener la autorización necesaria.

   Poco después de las cinco, Dave pasó por mi despacho y empezó a hablar
   del problema.

   —Cliff, el hacker no es de Berkeley.

   —¿Cómo lo sabes?

   —Tú viste cómo ese individuo utilizaba la orden «ps -eafg», ¿no es
   cierto?

   —Sí, aquí lo tenemos impreso —respondí—. No es más que una orden
   corriente del Unix para hacer un listado de todos los procesos activos;
   «ps» significa imprimir en pantalla y las otras cuatro letras modifican
   el formato. En cierto sentido son como los interruptores en un aparato
   de alta fidelidad: califican el funcionamiento de la orden. Eso
   significa que el hacker deseaba ver todo lo que estaba funcionando en
   el sistema.

   —De acuerdo, conoces la mitad de la historia. Pero dime: ¿para qué
   sirven los distintivos «g» y «f»?

   Dave me dejó en suspenso, hasta que confesé mi ignorancia.

   —No lo sé.

   —Se utiliza el distintivo «g» cuando se desea que en la lista aparezcan
   tanto los procesos interesantes como los no interesantes. Con ello se
   incluyen los trabajos de poca importancia, como los de contabilidad.
   Así como cualquier proceso oculto.

   —Y nosotros sabemos qué se oculta en el programa de contabilidad.

   —Lo cual nos conduce al distintivo —sonrió Dave—, que no figura en
   ninguno de los Unix de Berkeley. Es la forma de los Unix de ATT para
   hacer un listado de los archivos de cada uno de los procesos. Nuestro
   amigo no conoce los Unix de Berkeley. Pertenece a la escuela de los
   antiguos Unix.

   El sistema de operación Unix se inventó a principios de los años
   setenta, en los laboratorios Bell de ATT, en Nueva Jersey. A fines de
   los setenta, expertos de los laboratorios Bell visitaron el campus de
   Berkeley y perfeccionaron una nueva versión mejorada del Unix. Además
   de sus balnearios, política izquierdista y el movimiento en pro de la
   libertad de expresión, Berkeley es conocido por el diseño de su Unix.

   Se formaron dos bandos entre los partidarios del Unix más reducido y
   compacto de ATT y el sistema más sofisticado de Berkeley. A pesar de
   las conferencias, los niveles y las promesas, no se llegó a ningún
   consenso y el mundo ha heredado dos sistemas Unix que compiten entre
   sí.

   Evidentemente, como toda persona sensata, nuestro laboratorio utilizaba
   el sistema Unix de Berkeley. Se decía que la gente de la costa este era
   más partidaria del Unix de ATT. Claro que ellos tampoco habían
   descubierto los balnearios.

   Por una sola letra, Dave descartó la totalidad de la población
   informática de la costa oeste. Era concebible que el hacker utilizara
   una orden anticuada, pero Dave desechó dicha posibilidad.

   —Le estamos siguiendo la pista a alguien que nunca ha utilizado el Unix
   de Berkeley. Un hereje —susurró, después de aspirar hondo.

   A Wayne le importaba un comino el Unix. Como entusiasta del VMS, era un
   apóstata. Además, estaba convencido de que el hacker no aprendería nada
   de nuestro fichero de contraseñas.

   —Estoy seguro de que nadie logrará descifrar esas contraseñas. Lo único
   que ha descubierto son nuestros nombres. ¿Por qué preocuparse?

   Yo había estado reflexionando sobre el tema. Las contraseñas son el
   núcleo de la seguridad en un gran ordenador. Los ordenadores personales
   no las necesitan; tienen un solo usuario. Quien maneje el teclado puede
   acceder a cualquier programa. Pero cuando diez o veinte personas
   utilizan el mismo sistema, el ordenador debe asegurarse de que el
   individuo que utiliza una terminal determinada no es un impostor.

   Como si se tratara de una firma electrónica, la contraseña verifica la
   autenticidad de determinada transacción. Los cajeros automáticos, las
   tarjetas de crédito telefónico e incluso ciertos contestadores
   automáticos dependen de determinadas contraseñas. Con el robo o
   falsificación de contraseñas, un hacker puede crear una fortuna
   fraudulenta, robar servicios o cubrir cheques sin fondos. Cuando el
   dinero se guardaba en las cajas fuertes, los atracadores forzaban la
   combinación de las mismas. Ahora, que la seguridad son simples bits en
   la memoria de un ordenador, el objetivo de los ladrones son las
   contraseñas.

   Cuando un ordenador tiene cincuenta o cien usuarios, lo más práctico es
   archivar la contraseña de cada individuo en un fichero. Cuando alguien
   intenta conectar, el ordenador le pregunta por su contraseña y la
   compara con la que figura en el fichero. En un ambiente amigable, no
   hay ningún problema. Pero ¿cómo evitar que alguien le eche una ojeada
   al fichero de las contraseñas? La solución estriba en proteger dicho
   fichero de modo que sólo el sistema pueda leerla.

   Aun protegiendo el fichero de contraseñas, de vez en cuando todas los
   archivos se copian en cintas de seguridad. Entonces cualquier
   programador novato puede leer dichas cintas en otro ordenador y obtener
   una lista del contenido de los ficheros de contraseñas. No basta con
   proteger el archivo.

   En 1975 Bob Morris y Fred Grampp, de los laboratorios Bell,
   desarrollaron un sistema de protección de contraseñas, incluso cuando
   el archivo no estaba en lugar seguro. En lugar de protegerlo, lo que
   hicieron fue codificarlo. Si uno elige la palabra «cradle», el
   ordenador no se limita a archivarla en el fichero de contraseñas. Lo
   que hace el Unix es codificarla, para convertirla por ejemplo en
   «pn6yywersyq». Lo que se archiva entonces es la palabra codificada, en
   lugar del texto original.

   El fichero de contraseñas de un Unix puede parecerse al siguiente:

   Aaron: fnqs24lkcvs
   Blacker: anvpqwOxcsr
   Blatz: pn6yywersyq
   Goldman: mwe783Jcy12
   Henderson: rp2d9c!49b7

   Cada nombre va seguido de una contraseña codificada. Como dijo Wayne,
   robar el fichero de contraseñas sólo sirve para obtener una lista de
   nombres.

   El programa que codifica la palabra «cradle», para convertirla en
   «pn6yywersyq», está construido sobre una puerta giratoria algorítmica;
   es decir, un proceso de fácil realización, pero difícil de invertir.
   Cuando Sally Blatz conecta su terminal, escribe el nombre de su cuenta,
   Blatz, seguido de su contraseña, «cradle». Entonces el sistema la
   codifica y la convierte en pn6yywersyq, y la compara con la que está
   archivada. Si las contraseñas codificadas no coinciden, Sally es
   expulsada del ordenador. La comparación no se hace con el propio texto,
   sino con su versión codificada. La seguridad de las contraseñas depende
   de la función de puerta giratoria.

   Las funciones de dicha puerta son trinquetes matemáticos: capaces de
   girar en un sentido, pero no en el opuesto, codificando velozmente el
   texto. Para impedir que dichos cerrojos puedan forzarse, ha de ser
   imposible invertir el algoritmo.

   Nuestras puertas giratorias se basaban en el Data Encryption Standard
   (DES), creado por IBM y la National Security Agency. Circulaban rumores
   de que los expertos electrónicos de la NSA habían debilitado el DES lo
   suficiente para que ellos pudieran descifrarlo, pero conservando la
   dureza necesaria para que resistiera los esfuerzos de los meros
   mortales. Se decía que de ese modo la NSA podía descifrar el código y
   leer mensajes sin que nadie más fuera capaz de hacerlo.

   El programa criptográfico DES de nuestro ordenador Unix era público.
   Todo el mundo podía estudiarlo. La NSA había analizado sus virtudes y
   debilidades, pero sus informes eran secretos. De vez en cuando
   circulaba el rumor de que alguien había descifrado el código, pero
   nunca se confirmaba. Hasta que la NSA publicara su análisis del DES, no
   nos quedaba más remedio que confiar en que nuestra codificación era lo
   suficientemente segura.

   Wayne y yo habíamos visto cómo el hacker irrumpía clandestinamente en
   el ordenador y se apropiaba de nuestro fichero de contraseñas. Ahora el
   hacker conocía los nombres de unos centenares de científicos. También
   podía haber consultado nuestro listín telefónico, en el que por lo
   menos se incluían las direcciones. A no ser que dispusiera de un
   superordenador Cray, no lograría invertir la función de puerta
   giratoria y nuestras contraseñas estarían a salvo.

   —Puede que ese individuo haya descubierto alguna forma brillante de
   invertir la función de puerta giratoria —dijo Wayne, todavía
   preocupado—. Seamos precavidos y cambiemos nuestras contraseñas
   importantes.

   Yo no tenía nada que objetar. Hacía más de dos años que no se cambiaba
   el sistema de contraseñas, durante los cuales algunos empleados habían
   llegado y otros habían sido despedidos. No me importó cambiar mi
   contraseña; para mayor seguridad, utilicé una contraseña distinta para
   cada ordenador. Si el hacker lograba descifrar mi contraseña para el
   ordenador Unix-4, de nada le serviría para los demás ordenadores.

   Antes de montar en la bicicleta para regresar a casa, examiné una vez
   más la impresión de la sesión del día anterior. En aquellas diez
   páginas de papel impreso había pistas relacionadas con la personalidad,
   la procedencia y las intenciones del hacker. Pero las contradicciones
   eran excesivas; por una parte le habíamos localizado en la sucursal de
   Tymnet en Oakland, California, pero por otra Dave no creía que fuera de
   Berkeley. Había copiado nuestro fichero de contraseñas, cuando la
   codificación las convertía en un galimatías indescifrable. ¿Qué estaba
   haciendo con nuestras contraseñas codificadas?

   En cierto modo, aquello era como la astronomía, en la que observamos
   pasivamente algún fenómeno y a partir de pocas pistas intentamos
   descifrarlo y averiguar su procedencia. Los astrónomos estamos
   acostumbrados a acumular pacientemente datos, generalmente muertos de
   frío detrás de un telescopio, en la cima de una montaña. Aquí los datos
   aparecían de un modo esporádico y procedencia desconocida. En lugar de
   termodinámica y óptica, necesitaba comprender la criptografía y los
   sistemas operativos. De algún modo existía una conexión física entre
   nuestro sistema y una terminal lejana. Aplicando la física común,
   debería ser posible comprender lo que ocurría.

   La física: he ahí la clave. Anotar nuestras observaciones. Aplicar los
   principios físicos. Especular, pero confiar sólo en las conclusiones
   demostradas. De la única forma en que lograría progresar sería
   planteándomelo como un problema elemental de física. Había llegado el
   momento de actualizar mi cuaderno.

  8

   A la hora precisa, el miércoles día 10 de setiembre, a las 7.51 de la
   mañana, el hacker apareció en nuestro sistema durante seis minutos.
   Tiempo suficiente para que sonara la alarma en mi terminal, pero no
   para hacer algo al respecto. Aquella noche la había pasado en casa.

   —Cinco días en el laboratorio es suficiente —me dijo Martha.

   No estaba en mi despacho para observarlo, pero la impresora había
   conservado tres páginas con las huellas del hacker. Había conectado con
   nuestro ordenador Unix-4 como Sventek. Parecía perfectamente
   comprensible, conocía la clave de Sventek y había entrado a través de
   Tymnet.

   Pero en lugar que permanecer en el Unix-4, se había limitado a
   utilizarlo como puente para pasar al Milnet. La existencia del Milnet
   no es ningún secreto; forma parte de Internet, una red informática
   conectada a otro centenar de redes. Desde nuestro ordenador Unix
   podemos llegar a Internet y de allí al Milnet.

   El Milnet forma parte del Departamento de Defensa.

   El hacker conectó con la dirección de Milnet 26.0.0.113, se introdujo
   como «Hunter», comprobó que disponía de una copia de Gnu-Emacs y
   desapareció.

   Cuando llegué al despacho a eso de las doce del mediodía, no quedaba
   ninguna pista para seguir río arriba. Sin embargo, el hacker había
   dejado una pista indeleble en el sentido de la corriente. ¿Dónde se
   encontraba aquella dirección de Milnet? El centro de información de la
   red me la decodificó: Almacén del ejército de Estados Unidos en
   Anniston, Alabama, sede del complejo de misiles Redstone del ejército,
   a 3200 kilómetros de Berkeley.

   En un par de minutos había conectado con una base del ejército mediante
   nuestro laboratorio. La impresión de sus movimientos dejaba poco lugar
   a dudas, en cuanto a que se trataba del hacker. Nadie, aparte de él,
   habría utilizado la cuenta de Sventek. ¿Y a quién se le habría ocurrido
   verificar la brecha de seguridad en el Gnu-Emacs en un ordenador de
   Alabama?

   Puesto que no había nadie para impedírmelo, llamé al servicio de
   información de Anniston. Previsiblemente, había un centro de
   informática en el almacén del ejército y por fin logré hablar con Chuck
   McNatt, experto del Unix en Anniston.

   —Hola, Chuck. Tú no me conoces, pero creo que hemos descubierto a
   alguien que merodeaba por tu ordenador.

   —¿Quién eres? ¿Cómo sé que no eres tú quien intenta introducirse
   clandestinamente?

   Después de unos minutos de desconfianza, me pidió el número de
   teléfono, colgó y me llamó. Está claro que no confiaba en los
   desconocidos. ¿O habría preferido llamarme por una línea de seguridad?

   —Malas noticias —le dije—. Creo que he visto a alguien introduciéndose
   clandestinamente en tu sistema.

   —¡Maldita sea! ¿Se trataba de ese cabrón de Hunter?

   —Eso es. ¿Cómo lo sabes?

   —No es la primera vez que asoma el culo.

   Chuck McNatt me explicó, con su fuerte acento de Alabama, que el
   arsenal de misiles Redstone del ejército tenía su inventario archivado
   en un par de ordenadores Unix y que, a fin de procesar sus pedidos con
   rapidez, los habían conectado al ordenador de Chuck en el depósito de
   Anniston. La mayor parte de su tráfico lo constituía la actualización
   de noticias y eran pocos los que conectaban desde lugares remotos.

   El sábado por la mañana, para huir del calor veraniego, Chuck había ido
   a su oficina y comprobado los usuarios en su sistema. Alguien llamado
   Hunter estaba utilizando una cantidad desmesurada de tiempo en el
   ordenador. Sorprendido por la presencia de alguien un sábado por la
   mañana, Chuck había mandado un mensaje a la pantalla de Hunter,
   diciéndole: «¡Hola! ¡Identifícate!»

   El misterioso Hunter le había contestado: «¿Quién crees que soy?»

   Chuck, que no pecaba de ingenuo, le había respondido: «¡Identifícate
   inmediatamente o te excluiré del sistema!»

   A lo que Hunter respondió: «No puedo contestarte.»

   —De modo que le eché de la máquina —dijo Chuck—. Llamamos al FBI, pero
   no les importó un comino. Entonces convencimos al CID para que
   localizara todas las llamadas a nuestras líneas telefónicas.

   —¿Qué es el CID?^5 ¿El departamento de inspección de castañas?

   —No digas bobadas —protestó Chuck—. El CID es la policía militar. La
   división de investigación criminal. Pero no están haciendo gran cosa.

   —Claro, no debéis haber perdido ninguna información reservada.

   El FBI en Montgomery, Alabama, le contó a Chuck más o menos lo mismo
   que me habían contado a mí los de Oakland. Se pondrían a investigar
   cuando desapareciera un millón de dólares. Hasta entonces no querían
   que se los molestara. Los delitos informáticos carecían de atractivo
   sexual.

   —Lo más curioso —prosiguió Chuck— es que he sorprendido a Hunter
   husmeando por mi ordenador en otras dos o tres ocasiones, pero en las
   grabadoras de las líneas telefónicas no había rastro de él.

   —Apuesto a que sé por qué. Se ha estado colando por la puerta trasera.
   Vuestra conexión con Milnet. Un hacker se ha estado introduciendo en
   nuestro sistema y ha llegado a tu ordenador esta mañana.

   Chuck echó una maldición, se había perdido los tres minutos de
   conexión. Había puesto trampas en todas sus líneas telefónicas, pero no
   se le había ocurrido vigilar sus conexiones con la red.

   —Estamos intentando averiguar quién irrumpe clandestinamente en nuestro
   sistema —le dije—. Sospechamos que se trata de un estudiante aquí en
   Berkeley y estamos decididos a localizarle. Los primeros indicios
   apuntan a Oakland o Berkeley.

   —Sé cómo te sientes. Aquí también todos sospechamos que se trata de un
   estudiante —respondió Chuck—. Pensamos en aislarnos, pero hemos
   decidido ir por él. Prefiero verle entre rejas que entre terminales.

   Por primera vez me preocupó la seguridad de aquel hacker. Si el
   ejército le atrapaba, pasaría un mal rato.

   —Oye, Chuck: estoy seguro de que esto te hará gracia. Apuesto a que ese
   individuo se ha convertido en superusuario en vuestro sistema.

   —No. Puede que haya robado una cuenta, pero no lograría en modo alguno
   convertirse en superusuario. Esto es una base militar y no una
   universidad de pacotilla.

   —He visto que se interesaba por vuestro archivo Gnu-Emacs —le dije,
   haciendo caso omiso de su indirecta referida a Berkeley.

   —¿Y qué?

   —¿Estás familiarizado con el sistema de reproducción de los cucos?
   —agregué, explicándole a continuación el funcionamiento de la brecha de
   seguridad del Gnu-Emacs.

   Chuck se llevó un buen susto.

   —¿Quieres decir que hemos tenido esa brecha desde que White Sands nos
   mandó ese archivo Gnu? —silbó Chuck—. Me pregunto desde cuándo merodea
   por nuestro sistema.

   Comprendía perfectamente la gravedad de la brecha y sus consecuencias.
   El hacker se había dedicado a obtener listados en el sistema de
   Anniston y, a juzgar por la fecha del archivo, merodeaba por sus
   ordenadores desde principios de junio. Durante cuatro meses un
   administrador de sistema clandestino había utilizado un ordenador del
   ejército en Alabama. Y no había sido una bomba lógica ni la pérdida de
   información lo que había permitido que se le descubriera, sino un mero
   accidente.

   No había daños aparentes.

   Al examinar meticulosamente las impresiones de aquella mañana, comprobé
   que el hacker había ejecutado la orden de cambio de contraseña. En el
   ordenador de Anniston había cambiado la contraseña de Hunter para
   convertirla en «Hedges». Por fin, una pista: entre miles de millones de
   posibles contraseña, había elegido Hedges. ¿Hedges Hunter? ¿Hunter
   Hedges? ¿Hedge-hunter? ¿Se autodenominaba cazador furtivo? Había
   llegado el momento de consultar la H en el listín telefónico de
   Berkeley.

   Con tres llamadas telefónicas a personas apellidadas Hunter, cuyo
   nombre empezaba también por H, nos encontramos con un Harold, una Heidi
   y una Hilda.

   —Buenos días, ¿le interesa una suscripción gratuita a la revista de
   informática Computer Reviews?

   No hubo suerte. A ninguno de ellos le interesaba la informática.

   ¿Qué tienen en común un laboratorio de física en Berkeley y un arsenal
   del ejército en Anniston, Alabama? Era difícil imaginar polos más
   opuestos, desde un punto de vista político: una base militar
   tradicional y una ciudad radicalmente hippy. Sin embargo, desde un
   punto de vista técnico, compartíamos bastantes cosas. Tanto ellos como
   nosotros utilizábamos ordenadores Unix, conectados a la red Milnet.

   Pero había algo más: en Anniston utilizaban el sistema Unix de ATT, en
   lugar del dialecto de Berkeley. Si Dave Cleveland estaba en lo cierto,
   el hacker estaba en su elemento en el sistema de Anniston. ;Se trataría
   de un sueño?

  9

   Incapaz de seguir soportando las estériles luces fluorescentes de las
   salas del laboratorio, salí para admirar la vista panorámica de la
   bahía que se extendía a mis pies. El campus de Berkeley se encontraba
   directamente debajo del laboratorio. En otro tiempo sede del movimiento
   en pro de la libertad de expresión y de protestas antibélicas, la
   universidad se caracteriza todavía por su política extremista y
   diversidad étnica. Si estuviera más cerca, probablemente oiría a los
   jóvenes republicanos provocando a los socialistas, mientras los
   miembros del club chino los observan asombrados.

   Alrededor de la universidad abundaban los cafés llenos de humareda,
   donde macilentos licenciados escribían apresuradamente sus tesis, con
   la ayuda de un buen expreso. En las heladerías cercanas, risueñas
   estudiantes de la hermandad femenina alternaban con punks, con
   chaquetas de cuero negro y pelo como un erizo. Pero lo mejor de
   Berkeley eran sus librerías.

   Desde la puerta del laboratorio, la vista alcanzaba más hacia el sur,
   hasta las agradables calles del norte de Oakland, donde vivíamos. Yo
   compartía una casa con un divertido grupo de compañeros. Al otro lado
   de la bahía, sumida en la niebla, estaba San Francisco: país de las
   maravillas.

   Hacía tres años que Martha se había trasladado aquí para estudiar
   derecho y yo la había seguido. Valía la pena cruzar el país por ella.
   Era una compañera ideal para el excursionismo y la espeleología. Nos
   conocimos cuando acababa de caerme, desde una altura de diez metros, en
   el interior de una cueva; ella realizó un descenso para acudir en mi
   ayuda, donde un esguince y el magullamiento me mantenían paralizado.
   Mis dolencias curaron gracias a su sopa de pollo, y mi afecto por
   aquella audaz muchacha que con tanto arrojo escalaba se transformó en
   amor.

   Ahora vivíamos juntos. Estudiaba derecho y en realidad le gustaba. No
   quería ser abogada, sino filósofa jurista. Disponía incluso de tiempo
   para practicar aikido, arte marcial japonés, y a menudo llegaba a casa
   con cardenales, pero sonriente. Cocinaba, cuidaba del jardín, remendaba
   edredones, practicaba la carpintería y construía vidrieras de colores.
   Con todas nuestras peculiaridades, disfrutábamos de un bienestar
   domestico repugnantemente delicioso.

   Al llegar a casa en mi bicicleta, hablé a Martha de la intrusión del
   hacker en Alabama, en un intento de deducir de quién podría tratarse.

   —De modo que existen los gamberros tecnocráticos —respondió—. ¿Hay que
   sorprenderse?

   —El hecho en sí es sorprendente. En la actualidad los técnicos tienen
   un poder increíble para controlar la información y las comunicaciones.

   —¿Y qué? Siempre ha habido alguien que controlaba la información y
   otros que intentaban robarla. Lee a Maquiavelo. Conforme cambia la
   tecnología, la perfidia adquiere nuevas expresiones.

   Martha me estaba todavía dando una lección de historia, cuando Claudia
   irrumpió en la sala, quejándose de sus alumnos de quinto. Lo normal en
   Berkeley es compartir la vivienda con una o dos personas. En nuestro
   caso se trataba de Claudia, que era una perfecta compañera. Era alegre
   y generosa, y estaba más que dispuesta a compartir con nosotros su
   vida, su música y sus inventos culinarios. Era una violinista
   profesional que lograba sobrevivir tocando en dos orquestas sinfónicas
   y en un trío de cámara, además de dar lecciones.

   Era raro que Claudia estuviera quieta o callada. En el poco tiempo
   libre que sus trabajos le dejaban, se dedicaba simultáneamente a
   cocinar, hablar por teléfono y jugar con su perro.

   Al principio la escuchaba, pero su voz no tardó en convertirse en un
   ruido de fondo semejante al parloteo de un lorito, mientras yo pensaba
   en la posible perversidad del hacker. ¿Cómo saber lo que estaría
   haciendo, mientras yo estaba en casa?

   Claudia sabía cómo obligarme a dejar de pensar en el hacker. Trajo un
   vídeo titulado Plan 9 from Outer Space, en el que extraterrestres en
   platillos volantes de hojalata arrebataban vampiros de sus tumbas.

   Miércoles, 17 de setiembre, día lluvioso en Berkeley. Martha y yo, la
   única pareja sin automóvil de California, tuvimos que enfrentarnos a la
   lluvia en bicicleta. De camino al laboratorio, pasé por la sala de
   conexiones para comprobar si el hacker nos había visitado. Tenía la
   cabeza empapada y la tinta se borraba con el agua que caía sobre el
   papel.

   Durante la noche alguien había conectado con nuestro ordenador y había
   intentado sistemáticamente introducirse en el Unix-4. Primero había
   probado la cuenta de invitados, utilizando la contraseña «guest» y a
   continuación la de visitantes, con la contraseña «visitor»; acto
   seguido lo había intentado con root, system, manager, service y sysop.
   Al cabo de un par de minutos, se había retirado.

   ¿Se trataría de otro hacker? Éste ni siquiera lo había intentado con
   alguna cuenta válida, como Sventek o Stoll. Se había limitado a probar
   con nombres evidentes y simples claves. Me pregunté con qué frecuencia
   tendrían éxito los ataques de aquel género.

   No mucha. El hacker tenía más probabilidades de que le tocara la
   lotería que de acertar una contraseña de seis letras. Puesto que el
   ordenador desconecta automáticamente la llamada, después de varios
   intentos fallidos, el atacante necesitaría toda la noche para probar
   unos pocos centenares de palabras posibles. No, un atacante no podía
   entrar en mi sistema como por arte de magia. Tendría que conocer por lo
   menos una contraseña.

   A las 12.29, la mayor parte de mi ropa estaba seca, aunque mis
   zapatillas seguían empapadas. Iba por media rosquilla empapada y blanda
   y casi había acabado de leer un artículo de astronomía, sobre la física
   de los satélites congelados de Júpiter, cuando sonó la alarma de mi
   terminal. Problemas en la sala de conexiones. Después de una rápida
   —aunque un tanto húmeda— carrera por el pasillo, llegué a tiempo de ver
   cómo con el nombre de Sventek el hacker conectaba con nuestro sistema.

   Una vez más sentí cómo me subía la adrenalina; llamé a Tymnet y me puse
   rápidamente en contacto con Ron Vivier. Ron comenzó a investigar la
   llamada, mientras yo me inclinaba sobre la Decwriter, donde se
   imprimían las órdenes del hacker.

   No perdió un solo instante. Ordenó que se imprimieran todos los
   usuarios en activo y programas en funcionamiento. A continuación
   disparó Kermit.

   Kermit, héroe del mundo de los teleñecos, es el término universalmente
   aceptado para conectar distintos ordenadores. En 1980 Frank da Cruz, de
   la Universidad de Columbia, necesitaba mandar cierta información a
   distintos ordenadores. En lugar de escribir cinco programas diferentes
   e incompatibles, creó un patrón único para intercambiar archivos entre
   cualquier sistema. Kermit se ha convertido en el esperanto de la
   informática.

   Mientras mordía despreocupadamente un bollo, vi cómo el hacker
   transmitía un breve programa, sirviéndose de Kermit, a nuestro
   ordenador Unix. Línea por línea, el fidedigno Kermit lo reconstruyó y
   no tardé en poder leer el siguiente programa:

   echo -n "BIENVENIDO AL ORDENADOR LBL UNIX-4"
   echo -n "POR FAVOR CONECTE AHORA"
   echo -n "Login:"
   read nombre_cuenta
   echo -n "INTRODUZCA SU CONTRASEÑA:"
   (stty -echo; \
   read clave; \
   stty echo; \
   echo ""; \
   echo $nombre_cuenta $clave >> /tmp/.pub)
   echo "LO SIENTO, INTÉNTELO DE NUEVO"

   ¡Huy! ¡Ahora había un programa estraño! Este programa, una vez
   instalado en nuestro ordenador, le pediría al usuario que introdujera
   su nombre y contraseña. Un usuario normal, al utilizar este programa,
   vería lo siguiente en su pantalla:

   BIENVENIDO AL ORDENADOR LBL UNIX-4
   POR FAVOR CONECTE AHORA
   Login:

   Entonces su terminal esperaría a que introdujera el nombre de su
   cuenta. Después de mecanografiar su nombre, el sistema proseguiría:

   INTRODUZCA SU CONTRASEÑA:

   Entonces, naturalmente, el usuario mecanografiaría su palabra
   contraseña. A continuación el programa archiva el nombre y la
   contraseña del pobre usuario y le responde:

   LO SIENTO, INTÉNTELO DE NUEVO.

   Acto seguido desaparece.

   La mayoría de la gente, creyendo que ha cometido un error de
   mecanografía, se limita a intentarlo de nuevo, pero para entonces su
   clave ya ha sido robada.

   Hace cuatro mil años, la ciudad de Troya cayó en manos de los griegos,
   cuando éstos lograron introducirse en la misma ocultos en el famoso
   caballo.

   Ofrecer un regalo de aspecto atractivo y robar al mismo tiempo la
   propia llave de seguridad. Agudizada por los milenios, esta técnica
   sigue surtiendo efecto, a no ser que uno sea un auténtico paranoico.

   El troyano del hacker coleccionaba contraseña. Tan desesperado estaba
   por conseguir nuestras contraseñas, que se arriesgaba a que le
   descubrieran al instalar un programa que sería probablemente detectado.

   ¿Era este programa un troyano? Quizá mejor llamarlo pájaro burlón, por
   tratarse de un programa que, siendo falso, parecía auténtico. No tenía
   tiempo de considerar la diferencia: en menos de un minuto,
   probablemente habría instalado el programa en el área de los sistemas y
   empezaría a utilizarlo. ¿Qué podía hacer? Si lo anulaba sabría que le
   estaba observando. Pero si no hacía nada, obtendría una nueva palabra
   clave, cada vez que alguien utilizara el ordenador.

   Pero los superusuarios legítimos también tenemos cierto poder. Antes de
   que el hacker tuviera oportunidad de activar su programa, cambié una
   línea del mismo, como si se tratara de un error superficial, y a
   continuación modifiqué un par de parámetros del sistema, para que
   funcionara con mayor lentitud. Esto significaba que el hacker
   necesitaría unos diez minutos para reconstruir su programa, durante los
   cuales podríamos responder a su nuevo ataque.

   —¿Qué se le da de comer a un troyano? —le chillé por el pasillo al gurú
   Dave.

   Dave llegó corriendo. Cambiamos el modo del ordenador rapidamente y
   preparamos una buena cantidad de cuentas y contraseñas falsas.

   Sin embargo, nuestro pánico era innecesario. El hacker reconstruyó su
   troyano, pero no lo instaló debidamente. Dave se dio cuenta
   inmediatamente de que lo había colocado en un directorio equivocado.
   Habría funcionado de maravilla en el Unix de ATT, pero era incapaz de
   retozar en los prados del Unix de Berkeley.

   —No voy a insistir en que ya te lo dije —sonrió Dave—, pero estamos
   contemplando a alguien que no ha estado nunca en California. Cualquier
   experto en informática de la costa oeste utilizaría el estilo de
   órdenes de Berkeley, pero tu hacker sigue usando el del Unix de ATT.

   La ortografía de sus órdenes es distinta a la del Unix de Berkeley
   —prosiguió Dave, apeándose de su caballo—, pero también lo es el estilo
   de su programación. Es como el tipo de diferencia que percibes entre un
   escritor británico y un norteamericano. Además de ciertas palabras cuya
   ortografía es distinta, se percibe la diferencia de estilo.

   —¿Y cuál es esa diferencia? —pregunté.

   —El hacker utiliza la orden «read» para obtener información del teclado
   —sonrió Dave—, mientras que cualquier programador civilizado utilizaría
   la orden «set».

   Para Dave, los programadores civilizados eran los que utilizaban el
   dialecto del Unix de Berkeley; todos los demás eran unos groseros.

   El hacker no era consciente de ello. Seguro de haber instalado su
   troyano en el prado adecuado, lo arrancó como proceso en segundo plano
   y desconectó. Antes de que lo hiciera, Ron Vivier había seguido su
   llamada por la red de Tymnet, hasta una línea telefónica de Oakland,
   California. Al no disponer todavía de la necesaria orden judicial, no
   pudimos emprender el seguimiento telefónico.

   El hacker se había retirado, dejando su troyano para que funcionara en
   segundo plano. Como Dave había pronosticado, no recogió ninguna
   contraseña, porque había sido instalado en un lugar no incluido en las
   referencias al conectar. Como era de suponer, al cabo de veinte minutos
   reapareció el hacker, buscó la lista de palabras claves y debió de
   sentirse decepcionado al comprobar que su programa había fracasado.

   —Mira, Dave: ese pobre chico necesita tu ayuda —dije.

   —De acuerdo. ¿Crees que debemos mandarle un mensaje electrónico
   diciéndole cómo escribir un programa tipo troyano que funcione?
   —respondió Dave.

   —Controla perfectamente lo básico: imita nuestra secuencia de conexión,
   pide apellido y contraseña y archiva la información robada. Lo único
   que necesita son unas cuantas lecciones sobre el Unix de Berkeley.

   —Claro, ¿qué se puede esperar? —comentó Wayne, que había llegado a
   tiempo de ver fracasar al hacker—. Existen demasiadas variedades de
   Unix. La próxima vez ofrecedles el sistema operativo VMS de Digital y
   les facilitaréis la vida a esos ineptos hackers. EIPEOMD.

   ¿EIPEOMD?^6 ¿Evidentemente intuitivo para el observador más distraído.

   Wayne tenía razón. El ataque del hacker con su troyano había fracasado
   debido a que el sistema operativo no era exactamente idéntico al que
   estaba acostumbrado. Si todo el mundo utilizara la misma versión del
   mismo sistema operativo, una sola brecha en el sistema de seguridad
   permitiría que los hackers entraran en todos los ordenadores. Sin
   embargo existen múltiples sistemas operativos: el Unix de Berkeley, el
   Unix de ATT, el VMS de DEC, el TSO de IBM, el VM, el DOS, e incluso los
   de Macintosh y Atari. Esta variedad de software significaba que un
   mismo ataque no podía tener éxito contra todos los sistemas. Al igual
   que la diversidad genética, que impide que una epidemia elimine en un
   momento dado a toda una especie, la diversidad de software es positiva.

   Dave y Wayne siguieron discutiendo al abandonar la sala de conexiones.
   Me quedé unos minutos para cargar las impresoras. A la 01:30 de la
   tarde apareció de nuevo el hacker; yo estaba todavía calibrando la
   impresora, cuando comenzó a operar.

   Esta segunda sesión era previsible. El visitante observó su archivo
   especial en busca de claves y no encontró ninguna. Hizo un listado de
   su programa del troyano y lo probó un par de veces. No funcionaba. Al
   parecer no tenía a nadie como Dave Cleveland para que le ayudara.
   Evidentemente frustrado, borró el archivo y desconectó al cabo de un
   par de minutos.

   Pero a pesar de la brevedad de su conexión, Tymnet había logrado seguir
   una vez más la llamada hasta Oakland. Ron Vivier, que se había ocupado
   del seguimiento de las conexiones de Tymnet, al parecer agradecía
   cualquier emergencia que le permitiera librarse de alguna reunión y
   acudió encantado al teléfono cuando le llamé. Si lográbamos que la
   compañía telefónica prosiguiera con el seguimiento, resolveríamos el
   caso en un par de días.

   Para Dave cabía excluir a cualquiera de la costa oeste. Chuck, en
   Anniston, sospechaba que el hacker era de Alabama. Los seguimientos de
   Tymnet apuntaban a Oakland.

   ¿Yo? Ni idea.

  10

   Los seguimientos de las líneas de Tymnet en Oakland nos condujeron
   alternativamente a los domicilios de Jack London, Ed Méese y Gertrude
   Stein. A veinte minutos en bici del campus de Berkeley se encontraba el
   teatro Paramount de Oakland, con su sublime arquitectura modernista y
   deslumbrantes murales. A pocas manzanas, en el sótano de un feo
   edificio moderno, Tymnet tiene alquilado un local con espacio para
   cincuenta modems telefónicos. Ron Vivier había seguido la llamada del
   hacker desde nuestro laboratorio hasta dicho banco de modems. Ahora le
   tocaba el turno a la compañía telefónica.

   Una manguera subterránea de cinco centímetros de diámetro cruza
   Broadway, para conectar los modems de Tymnet a un edificio sin ventanas
   ni distintivos, donde la oficina de Franklin de Pacific Bell tiene
   instalada una central de diez mil líneas telefónicas, con el prefijo
   territorial 415 y código local 430. Tymnet alquila cincuenta de dichas
   líneas.

   Desde algún lugar, el hacker había marcado el número 415-430-2900. La
   pista de nuestro misterioso visitante conducía al interruptor ESS-5 de
   Pac Bell.

   Al otro lado de la bahía de San Francisco, el despacho de Lee Cheng da
   a una mugrienta travesía de Market Street. Lee es el sabueso de Pac
   Bell; desde su despacho, o encaramado en un poste, se dedica a
   localizar líneas telefónicas.

   Lee es licenciado en criminología, especializado en la causa y
   reconstrucción de accidentes. Pero ocho años de experiencia en la
   localización de líneas le han proporcionado una visión de técnico de la
   compañía telefónica y de policía en cuanto a la sociedad. Para él las
   comunidades se dividen en áreas territoriales, centrales y líneas,
   además de barrios y comisarías.

   Con la debida antelación, Lee introduce un programa en el ordenador de
   la central telefónica. Conecta con el canal de mantenimiento de ESS del
   centro de control, pone en funcionamiento el software de verificación
   de condiciones y activa un programa trampa.

   Si la llamada se realiza desde un teléfono cercano —correspondiente a
   la misma central—, el seguimiento es completo y su tarea fácil. Con
   frecuencia las llamadas proceden de otra central y entonces Lee tiene
   que coordinar seguimientos, tal vez en otras cinco centrales
   telefónicas.

   Cuando el técnico de alguna central recibe una orden de seguimiento,
   abandona inmediatamente lo que esté haciendo; las llamadas de
   seguimiento de Lee adquieren prioridad sobre todo lo demás, a excepción
   del control de incendios. Conecta con el ordenador de control, ordena a
   su ordenador que muestre en pantalla la condición del número de
   teléfono (ocupado, colgado, descolgado) y ejecuta el programa para
   averiguar la procedencia de la llamada (índice radical, número del
   área, nombre central adyacente).

   Con suerte, el seguimiento puede durar unos pocos segundos. Sin
   embargo, algunas centrales instaladas en los años cincuenta funcionan
   todavía con conmutadores mecánicos. Cuando realizamos una llamada a
   través de dichas centrales, se oyen en el fondo unas suaves
   pulsaciones, conforme se activan las palancas de los conmutadores,
   correspondientes a los números que marcamos. Los veteranos de
   telefónica se sienten orgullosos de esas antigüedades y afirman que son
   los únicos conmutadores capaces de resistir un ataque nuclear. Pero
   dificultan la tarea de Lee; en estos casos tiene que encontrar a un
   técnico que vaya de cuadro en cuadro siguiendo la llamada.

   Los teléfonos locales sólo se pueden localizar cuando están conectados.
   Al colgar el teléfono, la conexión desaparece y deja de ser
   localizable. Por consiguiente, Lee realiza sus seguimientos contra
   reloj, para poder concluir antes de perder la conexión.

   Para las compañías telefónicas, la localización de llamadas supone una
   pérdida de tiempo. Sólo sus técnicos más expertos saben cómo seguir una
   conexión telefónica. Pero lo peor del caso es que es caro, genera
   conflictos judiciales y molesta a los usuarios.

   Lee, evidentemente, tenía otro punto de vista.

   —Ayer se trataba de narcotraficantes, hoy de un fraude y mañana vamos a
   investigar una banda de atracadores. Llamadas obscenas en luna llena.
   Últimamente nos hemos dedicado a investigar las agendas de azafatas
   privadas. Todo forma parte de la vida en la gran ciudad.

   No obstante, todavía se resiste a prestar ayuda extraoficial, por temor
   a los abogados.

   Nuestra conversación en setiembre de 1986 fue escueta:

   —Hola, necesitamos localizar una llamada.

   —¿Tenéis una orden judicial?

   —No. ¿Es imprescindible?

   —Si no hay orden, no hay localización.

   Fue así de breve. No haríamos progreso alguno hasta que Aletha Owens
   consiguiera la orden judicial.

   Pero después del ataque del día anterior, no podíamos esperar. Mi
   investigación mediante el listín telefónico era una pérdida de tiempo.
   Un troyano más competente que el anterior podría lograr que a mi jefe
   le cundiera el pánico y decidiera cerrar la investigación. En tal caso,
   mis tres semanas de plazo habrían quedado reducidas a diez días.

   Sandy Merola era la mano derecha de Roy Kerth. Cuando la mala uva de
   Roy ofendía a algún empleado, Sandy le tranquilizaba. Durante una
   inspección del campus, Sandy se percató de que en el sector público de
   la biblioteca había un conjunto de ordenadores personales IBM. Al igual
   que cualquier forofo de la informática, se acercó a probarlos y, como
   ya sospechaba, descubrió que estaban programados para marcar
   automáticamente el número de Tymnet y conectar con el servicio de
   información de Dow Jones.

   ¿Tymnet? Sandy pasó unos minutos jugando con la terminal y descubrió
   que le facilitaba los últimos valores de la bolsa, así como los rumores
   financieros de The Wall Street Journal. Pero lo más importante ocurrió
   cuando decidió desconectar del servicio de Dow Jones y la terminal le
   propuso automáticamente: «¿Usuario de Tymnet?» No perdía nada por
   probarlo y escribió: «LBL.» Y, efectivamente, Sandy conectó con los
   ordenadores de mi laboratorio.

   Puede que en aquellas terminales públicas se hallara la explicación.
   Cualquiera podía usarlas: marcaban automáticamente el número de Tymnet
   en Oakland y la biblioteca se encontraba a treinta metros escasos de
   Cory Hall, donde acostumbran reunirse los forofos del Unix de Berkeley.

   Correr, para Sandy, era como para otros practicar el catolicismo. Hizo
   una carrera hasta la cima de Cardiac Hill e informó a la policía de su
   descubrimiento. He ahí la forma de evitar el seguimiento telefónico: la
   próxima vez que apareciera el hacker, iríamos corriendo a la biblioteca
   y sorprenderíamos al cabrón. Ni siquiera necesitábamos una orden
   judicial.

   Sandy regresó de la comisaría, todavía sudando, y me sorprendió
   practicando una filigrana con el yo-yo.

   —Deja de hacer el bobo, Cliff. La policía está dispuesta a venir al
   campus y detener al que utilice esas terminales.

   Acostumbrados a las multas de aparcamiento y a las urgencias médicas,
   los policías locales saben poco sobre ordenadores y desconfían de las
   intervenciones telefónicas. Pero estaban dispuestos a detener a
   cualquiera que irrumpiera clandestinamente en un ordenador.

   —¿No deberíamos asegurarnos antes de que se trata realmente del hacker?

   Imaginé a unos policías de incógnito rodeando las terminales y metiendo
   a un bibliotecario en la mazmorra por consultar los valores
   industriales de Dow Jones.

   —Es fácil. Llámame cuando aparezca de nuevo el hacker. Yo iré con la
   policía a la biblioteca y veremos lo que hay en pantalla. Si se trata
   de información del laboratorio, lo dejaremos en manos de la policía.

   —¿Piensas vigilar furtivamente la terminal? ¿Como en «Dragnet»? ¿A
   través de un espejo unidireccional y con unos prismáticos?

   —¡Vamos, Cliff: déjate de bobadas! —dijo Sandy, antes de salir
   corriendo.

   Supongo que a los científicos se los califica según su nivel de
   seriedad. Esto me recordaba la ocasión en que rellené un formulario
   médico estudiantil y donde decía dolencias escribí: «Muerto de hambre.»
   El médico me llamó a un lado y me amonestó:

   —Hijo, aquí nos tomamos la salud en serio.

   No tardó en presentarse la oportunidad de poner a prueba la teoría de
   Sandy. Dos días después del fracaso de su troyano, apareció de nuevo el
   hacker a las 12:42. La hora del almuerzo. El mejor momento para que un
   estudiante de Berkeley dé un paseo hasta la biblioteca y utilice las
   terminales.

   Cuando sonó la alarma, llamé a Sandy. Al cabo de cinco minutos apareció
   con dos agentes de policía de incógnito, con traje, corbata y
   gabardina. Nada podía ser más conspicuo en un campus de hippies, en
   pleno verano. A uno de ellos se le veía un voluminoso revólver bajo la
   chaqueta. Era gente seria.

   Durante los próximos veinticinco minutos, el hacker no hizo gran cosa.
   Se convirtió en superusuario gracias a la brecha del Gnu-Emacs, hizo un
   listado de toda la correspondencia electrónica del día y examinó
   nuestros procesos. Ron Vivier se quedó sin almorzar, para localizar de
   nuevo la conexión de Tymnet en Oakland. Esperaba que, de un momento a
   otro, la impresora dejara de pronto de funcionar, indicando que Sandy y
   las fuerzas armadas habían atrapado a nuestro hombre. Pero no fue así:
   el hacker se lo tomó con tranquilidad y desconectó a la 01:20.

   A los pocos minutos llegó Sandy con una expresión que no ocultaba nada.

   —No ha habido suerte, ¿eh?

   —No había nadie en las terminales de la biblioteca. Ni siquiera cerca
   de las mismas. ¿Estás seguro de que el hacker había conectado?

   —Por supuesto: aquí están las copias de la impresora. Y Tymnet lo ha
   localizado una vez más en Oakland.

   Sandy estaba decepcionado. Nuestro atajo había acabado en un callejón
   sin salida; ahora el progreso dependía del seguimiento telefónico.

  11

   Aquella noche Martha debía haber estado estudiando derecho
   constitucional, pero en realidad se dedicó a remendar un edredón
   estampado. Llegué a casa desalentado: la intervención de la biblioteca
   parecía tan prometedora...

   —Olvídate del hacker. Ahora estás en casa.

   —Pero puede que en estos momentos esté en mi sistema —respondí,
   obsesionado.

   —De todos modos, no puedes hacer nada al respecto.

   Acércate, enhebra una aguja y ayúdame con esta costura.

   Si la costura servía a Martha para escapar del derecho, sin duda
   también funcionaría para mí. Después de veinte minutos de silencio,
   mientras ella estudiaba, mi costura empezó a torcerse.

   —Cuando dispongamos de la orden judicial, tendremos que esperar hasta
   que el hacker se manifieste. Y a saber si eso ocurrirá a las tres de la
   madrugada, cuando nadie le esté observando.

   —Te he dicho que olvides al hacker. Ahora estás en casa —insistió, sin
   siquiera levantar la mirada del libro.

   Efectivamente, al día siguiente el hacker no hizo acto de presencia.
   Pero sí lo hizo la orden judicial. Ahora era legal. Evidentemente, no
   se me podía confiar algo tan importante como un seguimiento telefónico;
   Roy Kerth había declarado explícitamente que sólo él debía hablar con
   la policía.

   Hicimos un par de ensayos para asegurarnos de que sabíamos a quién
   llamar y de que podíamos desenmarañar nuestra propia red. Entonces me
   aburrí y volví a escribir un programa destinado a analizar fórmulas
   ópticas para un astrónomo.

   Por la tarde Roy convocó al personal de sistemas y a los operadores,
   para hablarnos de la necesidad de mantener secreta nuestra actuación;
   no sabíamos de dónde procedía el hacker y, por consiguiente, no
   debíamos mencionar nuestro trabajo a nadie fuera del laboratorio.
   Pensando en que si el personal estaba al corriente de lo que ocurría
   tendría menos tendencia a divulgarlo, expliqué esquemáticamente lo que
   habíamos visto y hacia donde nos encaminábamos. Dave Cleveland
   intervino para explicar la brecha en el Gnu-Emacs y Wayne señaló que
   cualquier noticia sobre el hacker debía darse de viva voz, puesto que
   leía con regularidad nuestra correspondencia electrónica. La reunión se
   clausuró con imitaciones de Boris y Natasha.

   El martes a las 12:42 del mediodía se activó la cuenta de Sventek. Roy
   llamó a la policía del laboratorio, que quería ocuparse del seguimiento
   telefónico. Cuando Tymnet había puesto su red en funcionamiento, Roy
   chillaba por el auricular. Yo oía su parte de la conversación.

   —Necesitamos que localicen un número. Tenemos la correspondiente orden
   judicial. Ahora.

   Un momento de silencio, seguido de nuevos gritos:

   —¡Me importan un comino sus problemas! ¡Empiece el seguimiento ahora
   mismo!

   Otro silencio.

   —Si no empieza el seguimiento inmediatamente, tendrá que vérselas con
   el director del laboratorio —exclamó Roy, antes de colgar el teléfono.

   El jefe estaba furioso; tenía el rostro morado.

   —¡Maldita policía! ¡No han hecho nunca ningún seguimiento telefónico y
   no saben a quién llamar en la compañía telefónica!

   ¡Diablos! Por lo menos proyectaba su furor en otra dirección.

   En todo caso, tal vez lo ocurrido no tenía importancia. El hacker
   desconectó al cabo de un par de minutos, después de hacer un listado de
   los nombres de los usuarios en activo. Cuando hubieran comenzado la
   operación de localización, no habría habido ninguna conexión que
   localizar.

   Mientras el jefe se tranquilizaba, examiné las hojas impresas con su
   reciente intervención. No había gran cosa que resumir en mi cuaderno.
   El hacker se había limitado a conectar, obtener una lista de los
   usuarios y, a continuación, desconectar. Ni siquiera había examinado la
   correspondencia.

   ¡Ah! Acababa de comprender por qué había desconectado tan
   apresuradamente. El operador del sistema estaba en activo. El hacker
   debía de conocer su nombre. Había levantado el periscopio, visto al
   enemigo y desaparecido. Entonces comprobé, al examinar las impresiones
   de intervenciones anteriores, que sólo permanecía en el sistema cuando
   no había ningún operador en activo. Paranoico.

   Hablé con todos nuestros operadores para hacerles partícipes de dicho
   descubrimiento. De ahora en adelante operarían de incógnito,
   utilizarían seudónimos.

   El 16 de setiembre concluía la segunda semana desde el comienzo de la
   investigación. Intenté trabajar en problemas de óptica, pero mi mente
   volvía ineludiblemente a las sesiones del hacker. Y efectivamente, poco
   después del mediodía, sonó la alarma de mi terminal: había regresado.

   Llamé primero a Tymnet y a continuación al jefe. En esta ocasión
   intercomunicamos todos los teléfonos y yo escuchaba el seguimiento,
   mientras observaba cómo el hacker deambulaba por nuestro sistema.

   —Hola, Ron. Soy Cliff. Necesitamos otro seguimiento en nuestra línea de
   Tymnet, LBL, Tymnet modulo 128, terminal 3.

   Un minuto de manipulaciones al otro extremo de la línea.

   —Parece que se trata del modem tercero en nuestro bloque de 1200
   baudios. Esto la convertiría en la línea 2903; es decir, 415-430-2903.

   —Gracias, Ron.

   La policía lo oyó y pasó la información a Lee Cheng, en la compañía
   telefónica.

   —Esto procede del conmutador de Franklin. No se retiren.

   Estaba acostumbrado a que los funcionarios de telefónica me dijeran que
   no me retirara.

   Vi como el hacker activaba el archivo de Gnu-Emacs. Se estaba
   convirtiendo en superusuario. Permanecería por lo menos otros diez
   minutos en el sistema. Tal vez el tiempo suficiente para localizar la
   llamada. ¡Ánimo, Pac Bell!

   Al cabo de tres minutos reapareció Lee.

   —No cabe duda de que la línea sigue activa y está conectada a una de
   las líneas principales de Berkeley. Tengo a un técnico verificándolo en
   este momento.

   Transcurrieron otros dos minutos. El hacker, convertido ahora en
   superusuario, va directamente a los ficheros de correspondencia del
   usuario root.

   —El técnico de Berkeley señala que la línea está conectada a las líneas
   de larga distancia de ATT. No se retiren.

   Pero Lee no nos desconecta y oigo su conversación con la oficina de
   Berkeley. El técnico de Berkeley insiste en que se trata de una
   conexión a larga distancia. Lee le dice que vuelva a comprobarlo.
   Entretanto el hacker explora nuestro fichero de contraseñas. Creo que
   la está editando, pero no quiero perderme lo que dicen los de la
   compañia telefónica.

   —Se trata de nuestro grupo de conmutación 369 y, ¡maldita sea!, está
   conectado a 5096MCLN.

   El técnico de Berkeley parecía hablar en griego.

   —De acuerdo. Supongo que tendremos que llamar a Nueva Jersey —dijo Lee,
   aparentemente desalentado—. Cliff, ¿sigues ahí?

   —Sí. ¿Qué ocurre?

   —No tiene importancia. ¿Seguirá conectado durante mucho rato?

   Examiné las hojas impresas. El hacker había abandonado nuestro fichero
   de contraseñas y estaba borrando sus archivos temporales.

   —No lo sé. Sospecho que... ¡Vaya, ha desconectado!

   —Desconectado de Tymnet —dijo Ron Vivier, que hasta entonces había
   guardado silencio.

   —Ha desaparecido de la línea telefónica —agregó Lee.

   —Bien, señores, ¿qué hemos averiguado? —dijo entonces el oficial de
   policía.

   —Creo que la llamada procede de la costa este —respondió Lee—. Existe
   una pequeña posibilidad de que se trate de una llamada local desde
   Berkeley, pero... no, es de ATT —decía Lee, pensando en voz alta, como
   un estudiante en un examen oral—. Todas nuestras líneas Pacific Bell de
   corta distancia tienen tres dígitos que las distinguen; sólo las de
   larga distancia se identifican con cuatro dígitos. Esa línea... Un
   momento que lo verifico.

   Oí cómo Lee manipulaba su teclado.

   —Oye, Cliff —dijo Lee, al cabo de un momento—: ¿conoces a alguien en
   Virginia? ¿Tal vez en Virginia del norte?

   —No. Por allí no hay ningún acelerador de partículas. Ni siquiera
   laboratorios de física. Claro que allí vive mi hermana...

   —¿Crees que tu hermana se introduce clandestinamente en tu ordenador?

   ¡Vaya disparate! Mi hermana trabajaba como redactora técnica para la
   maldita Armada. Incluso estudiaba de noche en el Colegio Bélico de la
   Marina.

   —Si lo hace —le respondí—, yo soy el papa de San Francisco.

   —En tal caso, hemos terminado por hoy. La próxima vez haré el
   seguimiento con mayor rapidez.

   Era difícil imaginar un seguimiento más rápido. Yo había tardado cinco
   minutos en conseguir que todo el mundo acudiera al teléfono. Habían
   transcurrido otros dos minutos para que Ron Vivier localizara la
   llamada a través de Tymnet, y en siete minutos Lee Cheng había
   realizado un seguimiento a través de varias centrales telefónicas. Sin
   manifestar nuestra presencia, en un cuarto de hora habíamos seguido al
   hacker a través de un ordenador y dos redes de comunicaciones.

   He ahí un buen rompecabezas. Sandy Merola presentía que el hacker
   procedía del campus de Berkeley. Dave Cleveland estaba seguro de que
   procedía de cualquier lugar, a excepción de Berkeley. Chuck McNatt, en
   Anniston, sospechaba de algún intruso de Alabama. El seguimiento de
   Tymnet conducía a Oakland, California. Y ahora la Pacific Bell hablaba
   de Virginia. ¿O quizá Nueva Jersey?

   Con cada sesión crecía mi cuaderno. No bastaba con resumir lo que
   ocurría. Empecé a anotar las impresiones de cada una de las sesiones y
   buscar correlaciones entre las mismas. Quería conocer a mi huésped:
   comprender sus deseos, pronosticar sus movimientos, averiguar su nombre
   y descubrir su dirección.

   Mientras intentaba coordinar el seguimiento, había hecho prácticamente
   caso omiso de lo que en realidad hacía el hacker. Cuando todo hubo
   concluido, me retiré a la biblioteca con las hojas impresas de su
   última conexión.

   Para empezar era evidente que los quince minutos que había observado no
   eran más que la cola de la intervención del hacker. Había estado
   conectado con nuestro sistema durante dos horas, pero sólo me había
   percatado de su presencia durante el último cuarto de hora. ¡Maldita
   sea! De haberme dado cuenta inmediatamente, dos horas habrían bastado
   para completar el seguimiento.

   Pero lo más fustrante era la razón por la que no le había detectado.
   Estaba pendiente de que se activara la cuenta de Sventek, pero, antes
   de utilizarla, el hacker se había servido de otras tres.

   A las 11.09 de la mañana un hacker había conectado con la cuenta de un
   físico nuclear, Elissa Mark. Se trataba de una cuenta válida, a cargo
   del departamento de ciencias nucleares, pero hacía un año que su dueña
   estaba de excedencia en Fermilab. Con una simple llamada telefónica
   descubrí que Elissa no sabía que alguien utilizara su cuenta
   informática; ni siquiera sabía que todavía existía. ¿Se trataba del
   mismo hacker al que estaba persiguiendo o de otra persona?

   No tenía forma alguna de averiguar con antelación que la cuenta de Mark
   hubiera sido indebidamente apropiada, pero el examen de las hojas
   impresas disipó cualquier duda.

   La persona que utilizaba la cuenta de Mark se había convertido en
   superusuario colándose por la brecha del Gnu-Emacs. Como administrador
   de sistema, buscó entonces las cuentas que no habían sido utilizadas en
   mucho tiempo y encontró tres: Mark, Goran y Whitberg. Las dos últimas
   pertenecían a físicos que habían abandonado desde hacía mucho el
   laboratorio.

   Editó el fichero de contraseñas y resucitó las tres cuentas muertas.
   Puesto que ninguna de ellas había sido cancelada, todas sus archivos e
   información contable seguían siendo válidos. Para utilizar dichas
   cuentas, el hacker necesitaba averiguar sus contraseñas. Pero las
   contraseñas estaban protegidas por la codificación: nuestras funciones
   DES de puerta giratoria. Ningún hacker podía penetrar aquel blindaje.

   Con sus poderes usurpados de superusuario, el hacker había editado el
   fichero de contraseñas y, en lugar de intentar descifrar la contraseña
   de Goran, la había borrado. Ahora dicha cuenta carecía de palabra
   contraseña y el hacker podía conectar como Goran.

   Entonces había desconectado. ¿Qué se proponía? No podía descifrar las
   contraseñas, pero como superusuario no tenía por qué hacerlo, pues le
   bastaba con editar el fichero donde se encontraban.

   Al cabo de un minuto apareció de nuevo como «goran» y eligió una nueva
   contraseña para dicha cuenta: «benson». La próxima vez que Roger Goran
   intentara utilizar nuestro ordenador Unix, le frustraría descubrir que
   su antigua contraseña ya no funcionaba.

   Nuestro hacker había robado otra cuenta.

   He aquí la razón por la que el hacker robaba antiguas cuentas. Si
   hubiera usurpado cuentas que estaban en activo, los usuarios legítimos
   se habrían quejado de que sus antiguas contraseñas habían dejado de
   funcionar. De modo que mi adversario se apropiaba de cuentas que ya no
   se utilizaban. Robaba a los muertos.

   Ni siquiera como superusuario podía deshacer la puerta giratoria DES,
   lo que le impedía averiguar las contraseñas de los demás. Pero podía
   borrar las contraseñas con un troyano o usurpar por completo una cuenta
   cambiando la contraseñas.

   Después de robar la cuenta de Goran, se apropió de la de Whitberg. El
   hacker controlaba ahora por lo menos cuatro cuentas en dos de nuestros
   ordenadores Unix: Sventek, Whitberg, Goran y Mark. ¿Cuántas otras
   cuentas tenía en su poder? ¿En qué otros sistemas?

   Operando con el seudónimo de Whitberg, el hacker intentó conectar
   mediante Milnet con tres sistemas de las fuerzas aéreas. Después de
   esperar un minuto a que respondieran aquellos lejanos ordenadores, se
   dio por vencido y empezó a examinar archivos del personal del
   laboratorio. Se cansó después de leer algunos artículos científicos,
   varias aburridas propuestas de investigación y una descripción
   detallada de la forma de medir el diámetro nuclear de cierto isótopo de
   berilio. ¡Vaya aburrimiento! Estaba claro que irrumpir clandestinamente
   en ordenadores no era la clave del poder, la fama y la suprema
   sabiduría.

   El hecho de haberse introducido en nuestros dos sistemas Unix no había
   satisfecho a mi voraz contrincante. Había intentado cruzar el foso de
   nuestro reforzado Unix-8, pero no lo había logrado; Dave había aislado
   perfectamente la máquina. Entonces, frustrado, había obtenido una lista
   de los ordenadores remotos accesibles desde nuestro sistema.

   No era ningún secreto; sólo los nombres, números de teléfono y
   direcciones electrónicas de treinta ordenadores Berkeley.

  12

   Estaba convencido de que, con la luna llena, aumentaría el número de
   intromisiones y me dispuse a dormir bajo la mesa de mi despacho.
   Aquella noche no apareció el hacker, pero sí lo hizo Martha. Alrededor
   de las siete subió en su bicicleta, con unos termos de sopa de verduras
   y fragmentos de edredón para mantenerme ocupado. No hay atajos para
   coser a mano un edredón. Cada triángulo, rectángulo y cuadrado debe ser
   cortado a medida, planchado, colocado y cosido a los demás.
   Examinándolo de cerca, no es fácil distinguir las piezas de los
   retales. El diseño sólo se hace visible después de descartar los
   retales y embastar las piezas. Una forma muy parecida a la de
   comprender a ese hacker.

   Alrededor de las once y media di por finalizada mi guardia. Si al
   hacker le daba por aparecer a medianoche, las impresoras registrarían
   de todos modos sus pasos.

   Al día siguiente, el hacker hizo una aparición que me perdí, porque
   había preferido almorzar con Martha cerca de la universidad. Valió la
   pena; en la calle, una orquesta de jazz tocaba melodías de los años
   treinta.

   —Todo el mundo quiere a mi nena, pero mi nena no quiere a nadie más que
   a mí —cantaba el vocalista.

   —Esto es absurdo —dijo Martha en un descanso—. Si se analiza con
   lógica, el cantante debe ser su propia nena.

   —¿Ah, sí?

   A mí me parecía perfecto.

   —Fíjate, «todo el mundo» incluye a mi nena y, dado que «todo el mundo
   quiere a mi nena», mi nena se quiere a sí misma, ¿no es cierto?

   —Supongo que sí —respondí, procurando seguir su lógica.

   —Pero a continuación dice «mi nena no quiere a nadie más que a mí». Por
   consiguiente mi nena, que debe quererse a sí misma, no puede querer a
   nadie más. Por tanto mi nena debo ser yo.

   Tuvo que explicármelo dos veces para que lo comprendiera. El cantante
   no había estudiado lógica elemental, ni yo tampoco.

   Cuando regresé después del almuerzo, hacía rato que el hacker había
   desaparecido, dejando sus huellas en el papel impreso.

   En esta ocasión no se había convertido en superusuario. Con su habitual
   paranoia, había inspeccionado al personal en activo y los procesos de
   control, pero no había entrado por la brecha del sistema operativo.

   Lo que sí hizo fue ir de pesca al Milnet.

   Un ordenador aislado, que no esté comunicado con el resto del mundo, es
   inmune a todo ataque. Pero un ordenador ermitaño es de una utilidad
   limitada, no puede mantenerse al corriente de lo que ocurre a su
   alrededor. A los ordenadores se les saca un mayor rendimiento cuando se
   relacionan recíprocamente con gente, mecanismos y otros ordenadores.
   Las redes permiten que la gente comparta información, programas y
   correspondencia electrónica.

   ¿En qué consiste una red de ordenadores? ¿Qué tienen que comunicarse
   los ordenadores entre sí? La mayor parte de los ordenadores personales
   satisfacen las necesidades de sus propietarios y no necesitan hablar
   con otros sistemas. Para el procesamiento de textos, el control de
   contabilidad y juegos, en realidad basta con un solo ordenador. Pero si
   se le agrega un modem, a través del teléfono se pueden obtener las
   últimas noticias de la bolsa, valores y rumores. Conectar con otros
   ordenadores es una forma muy eficaz de mantenerse al corriente de las
   últimas novedades.

   Nuestras redes forman barrios, cada uno con su sentido de comunidad.
   Las redes de física nuclear transmiten gran cantidad de información
   sobre partículas subatómicas, proyectos de investigación, e incluso
   rumores sobre quién aspira al premio Nobel. Las redes militares no
   reservadas probablemente transmiten pedidos de zapatos, peticiones de
   fondos y rumores sobre quién ambiciona la comandancia de la base. En
   algún lugar, estoy seguro de que también existen redes secretas, en las
   que se intercambian órdenes militares y rumores confidenciales, como
   con quién se acuesta el comandante de la base.

   Estas comunidades electrónicas están limitadas por los confines de sus
   protocolos comunicativos. Las redes más simples, como los boletines de
   información pública, utilizan las formas de comunicación más sencillas.
   Cualquiera que disponga de un ordenador personal y un teléfono puede
   conectar con las mismas. En las redes más avanzadas hay que alquilar
   líneas telefónicas y utilizar ordenadores especializados, donde se
   conectan centenares o millares de ordenadores. Estas diferencias
   físicas crean fronteras entre distintas redes. Las propias redes están
   conectadas entre sí mediante ordenadores puente, que transmiten los
   mensajes reformados de una red a otra.

   Al igual que el universo de Einstein, la mayor parte de las redes son
   finitas pero ilimitadas. Sólo hay cierto número de ordenadores
   conectados a las mismas, pero uno no llega nunca al límite de la red.
   Siempre hay otro ordenador más allá. Por fin uno acabaría por completar
   el circuito y encontrarse de nuevo en el punto de partida. La mayor
   parte de las redes son tan complejas y sus interrelaciones tan
   extensas, que nadie sabe adonde conducen todas sus conexiones y todo el
   mundo ha de explorar para navegar por las mismas.

   Los ordenadores de nuestro laboratorio están conectados a una docena de
   redes. Algunas son locales, como la que conecta los ordenadores de un
   edificio con el laboratorio adjunto. Otras abarcan una comunidad más
   amplia, como la Bay Area Research Net, que enlaza una docena de
   universidades en el norte de California. Por último, las redes
   nacionales e internacionales permiten a nuestros científicos conectar
   ordenadores alrededor del mundo. Pero la red fundamental es Internet.

   A mediados de los años cincuenta, en un alarde político de obras
   públicas, el gobierno federal comenzó a construir con fondos públicos
   una red de carreteras interestatales. Con el recuerdo de la escasez de
   transporte durante la guerra, los jefes militares quisieron asegurarse
   de que existiera un sistema interestatal para la movilidad de tanques,
   armamento y transportes militares. Hoy día, pocos son los que piensan
   en las carreteras interestatales como medio de transporte militar, pero
   son tan aptas para los tanques como para los camiones.

   Con la misma lógica, el Departamento de Defensa comenzó a elaborar una
   red para interconectar los ordenadores militares. En 1969 los
   experimentos de la Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA)
   cristalizaron en Arpanet y más adelante en Internet: red electrónica
   que interconecta cien mil ordenadores alrededor del globo.

   En el mundo de la informática, Internet es por lo menos tan eficaz como
   el sistema interestatal de carreteras. En ambos casos el éxito ha
   superado toda previsión y su tráfico cotidiano excede en mucho lo
   anticipado por sus diseñadores. Ambos inspiran quejas sobre los atascos
   de tráfico, los itinerarios inadecuados, la mala planificación y el
   escaso mantenimiento. Sin embargo, incluso dichas quejas reflejan la
   inmensa popularidad de lo que, hace sólo unos pocos años, era un
   experimento incierto.

   Al principio, la red de DARPA no era más que un simple banco de
   pruebas, para demostrar la posibilidad de enlazar distintos
   ordenadores. Dado que el experimento se consideró poco fiable, las
   universidades y los laboratorios lo utilizaron, pero los militares lo
   ignoraron. Al cabo de ocho años, sólo unos centenares de ordenadores
   estaban conectados a Arpanet, pero poco a poco otros se sintieron
   atraídos por la fiabilidad y simplicidad de dicha red. Pretender hacer
   un censo de los ordenadores conectados a determinada red equivaldría a
   querer contar los pueblos y ciudades que se pueden alcanzar por la red
   interestatal de carreteras; resulta difícil enumerar los lugares a los
   que se puede llegar por rutas indirectas.

   Las crecientes dolencias de las redes se reflejan en sus cambios de
   nombre. Inicialmente, Arpanet era una estructura básica que conectaba
   entre sí algunos ordenadores de universidades, el ejército y
   suministradores de material bélico. Conforme aumentó la dependencia de
   los militares a dicha red, para la transmisión de mensajes y
   correspondencia, decidieron dividirla en una sección militar, Milnet, y
   otra de investigación, Arpanet.

   Pero no hay mucha diferencia entre la red militar y la académica, ya
   que existen puentes que permiten el flujo de información entre ambas.
   En realidad, cualquier usuario de Arpanet puede conectar con Milnet sin
   dificultad alguna. En conjunto, Arpanet, Milnet y otras cien redes
   constituyen Internet.

   Hay millares de ordenadores universitarios, comerciales y militares
   conectados mediante Internet. Al igual que los edificios de cualquier
   ciudad, cada uno tiene una dirección única, la mayor parte de las
   cuales están registradas en el Network Information Center (NIC), en
   Menlo Park, California. Cada ordenador puede tener docenas o centenares
   de personas que lo utilizan y los usuarios están también registrados en
   el NIC.

   Los ordenadores del NIC disponen de un índice de usuarios; basta con
   conectar con el NIC y preguntárselo para que nos indique dónde se
   encuentra alguien. Les resulta imposible mantener su información
   actualizada (los informáticos cambian frecuentemente de empleo), pero
   el NIC constituye, a pesar de todo, una buena guía telefónica del
   personal informático.

   Mientras estaba almorzando, el hacker se introdujo en el NIC y la
   impresora grabó la sesión, en la que buscaba la abreviación «WSMR»:

   LBL> telnet NIC.ARPA   # El hacker pregunta por el Network Information
   Center
   Trying...
   Connected to 10.0.0.51
   Escape character is '"]'
   +------------------- DDN Network Information Center
   --------------------
   |
   | For user and host information, type: WHOIS <carriage return>
   | For NIC information, type: NIC <carriage return>
   |
   +----------------------------------------------------------------------
   ----------
   @ whois wsmr   # Busca a WSMR
   White Sands Missile Range WSMR-NET-GW.ARMY.MIL 26.7.0.74
   White Sands Missile Range WSMR-TRAPS.ARMY.MIL 192.35.99.2
   White Sands Missile Range WSMR-AIMS.ARMY.MIL 128.44.8.1
   White Sands Missile Range WSMR-ARMTE-GW.ARMY.MIL 128.44.4.1
   White Sands Missile Range WSMR-NEL.ARMY.MIL 128.44.11.3

   ¿WSMR? White Sands Army Range. Le habían bastado dos órdenes y veinte
   segundos para descubrir cinco ordenadores en White Sands.

   Sunspot, en Nuevo México, es conocido entre los astrónomos como uno de
   los mejores observatorios solares. La claridad del firmamento y sus
   magníficos telescopios compensan el aislamiento de Sacramento Peale, a
   varios centenares de kilómetros al sur de Albuquerque. La única
   carretera que conduce al observatorio pasa por White Sands, donde el
   ejército prueba sus misiles teledirigidos. En una ocasión, cuando
   estudiaba la corona solar, fui a realizar observaciones en Sunspot,
   pasando por la desolación de White Sands. Los portalones cerrados y las
   garitas sirven para desalentar a los curiosos; si a uno no le
   achicharra el sol, lo harán las alambradas eléctricas.

   Había oído rumores de que el ejército diseñaba cohetes para derribar
   satélites. Aunque los astrónomos civiles sólo podemos especular, podía
   tratarse de un proyecto de la Guerra de las Galaxias. Puede que el
   hacker supiera más sobre White Sands que yo.

   Sin embargo, de lo que no cabía duda era de que deseaba obtener más
   información sobre White Sands. Pasó diez minutos intentando conectar
   con cada uno de dichos ordenadores mediante Internet.

   En la impresora se grabó lo siguiente:

 LBL> telnet WSMR-NET-GW.ARMY.MIL                  # Pide conexión a White Sands
 Trying...
 Connected to WSMR-NET-GW.ARMY.MIL
 4.2 BSD UNIX
 Welcome to White Sands Missile Range
 login: guest                                      # prueba cuenta guest
 Password: guest                                   # guest como contraseña
 Contraseña inválida, prueba otra vez              # no ha habido suerte
 login: visitor                                    # prueba otra cuenta probable
 Password: visitor
 Contraseña inválida, prueba otra vez              # tampoco ha habido suerte
 login: root                                       # prueba otra cuenta
 Password: root
 Contraseña inválida, prueba otra vez              # sigue sin suerte
 login: system                                     # cuarta tentativa
 Password: manager
 Contraseña inválida, desconectado tras 4 intentos

   En cada ordenador intentó conectar como guest, visitor, root y system.
   Vimos cómo fracasaba una y otra vez, conforme probaba distintas
   contraseñas. Puede que aquellas cuentas fueran válidas, pero que el
   hacker no lograra penetrarlas por desconocer la contraseña adecuada.

   Sonreí mientras examinaba las hojas impresas. Era evidente que el
   hacker intentaba introducirse en White Sands. Pero no bromeaban con sus
   sistemas de seguridad. Entre alambradas eléctricas y contraseñas,
   excluían tanto a los turistas como a los hackers. Alguien en White
   Sands había atrancado debidamente las puertas.

   Sin ocultar mi satisfacción, le mostré las tentativas a mi jefe, Roy
   Kerth.

   —¿Qué hacemos? —le pregunté—. Ya que no ha podido entrar en White
   Sands, ¿se lo decimos?

   —Por supuesto que se lo decimos —respondió Roy—. Si alguien intenta
   robar a mis vecinos, evidentemente que se lo cuento. Y aviso también a
   la policía.

   Le pregunté a qué jurisdicción pertenecía Internet.

   —¡Yo qué sé! —exclamó Roy—. Pero nuestra política será la de informar a
   todo aquel que sea víctima de un ataque. No me importa que el hacker no
   haya logrado penetrar en su sistema. Llámalos por teléfono y
   cuéntaselo. No se te ocurra hacerlo por vía electrónica. Y averigua qué
   policía tiene jurisdicción sobre la red.

   —Sí, señor.

   Bastó con una llamada para averiguar que el FBI no era la policía de
   Internet.

   —Dime, muchacho: ¿has perdido más de medio millón de dólares?

   —Pues, no.

   —¿Información reservada?

   —Tampoco.

   —Entonces ¡lárgate, muchacho!

   Un nuevo intento de interesar a los federales había fracasado.

   Tal vez el Network Information Center sabría a qué jurisdicción
   pertenecía su red. Llamé a Menlo Park y acabé hablando con Nancy
   Fisher. Para ella, Internet no era sólo un conjunto de cables y
   programas. Era un ser viviente, un cerebro con neuronas que se extendía
   por el mundo entero, al que daban vida diez mil usuarios por hora. La
   visión de Nancy era fatalista.

   —Es una versión en miniatura de la sociedad que nos rodea. Tarde o
   temprano algún bárbaro intentará destruirla.

   Al parecer no había ninguna policía para proteger la red. Dado que
   Milnet —ahora denominado Defense Data Network— no estaba autorizado
   para transmitir información reservada, a nadie parecía importarle
   excesivamente su seguridad.

   —Tendrías que hablar con la oficina de las fuerzas aéreas de
   investigaciones especiales —me dijo—. Son la brigada especial de la
   aviación. Se ocupan de drogas y asesinatos. Lo suyo no suelen ser los
   delitos de guante blanco, pero no perderás nada por hablar con ellos.
   Siento no poder ayudarte, pero en realidad el asunto no es de mi
   competencia.

   Después de otras tres llamadas telefónicas, me encuentro hablando
   simultáneamente con el agente especial Jim Christy, de las fuerzas
   aéreas (AFOSI), y el comandante Steve Rudd, de la Defense
   Communications Agency.

   Jim Christy me ponía nervioso: hablaba como suelen hacerlo los
   detectives.

   —Veamos si lo he comprendido. ¿Un hacker ha irrumpido en vuestro
   ordenador, a continuación ha penetrado en un ordenador del ejército en
   Alabama y ahora intenta introducirse en la base de misiles de White
   Sands?

   —Sí, eso es lo que hemos visto —respondí, sin hablarle de la brecha de
   seguridad en el Gnu-Emacs—. Todavía no hemos completado nuestras
   investigaciones; puede que proceda de California, Alabama, Virginia, o
   quizá Nueva Jersey.

   —Comprendo... No le habéis cerrado las puertas para poder atrapar a ese
   cabrón —comentó, anticipándose a mis pensamientos.

   —Si se las cerráramos, entraría en Internet por algún otro agujero.

   Steve Rudd, por otra parte, quería deshacerse inmediatamente del
   hacker.

   —No podemos permitir que esto continúe. Aunque no transmita información
   reservada, la integridad de Milnet exige que se excluya a los espías.

   ¿Espías? Agucé el oído.

   —Supongo que el FBI no ha movido ni un dedo —dijo el policía.

   Resumí nuestras cinco llamadas al FBI en una palabra.

   —El FBI no tiene obligación de investigar todos los delitos —aclaró Jim
   Christy en un tono casi conciliador—. Probablemente sólo se ocupan de
   uno de cada cinco. Los delitos informáticos no son fáciles; no como los
   secuestros o los atracos, donde hay testigos y pérdidas evidentes. No
   hay que culparlos por eludir un caso difícil, sin una solución clara.

   —Muy bien, el FBI no está dispuesto a hacer nada —insistió Jim—. ¿Y la
   AFOSI?

   —Nosotros somos investigadores de delitos informáticos de las fuerzas
   aéreas —respondió cautelosamente Jim—. Normalmente nos enteramos de que
   se ha cometido un delito cuando ya se han producido pérdidas. Ésta es
   la primera ocasión en que nos encontramos con un caso que está
   sucediendo...

   —Jim, tú eres un agente especial —interrumpió Steve—. Lo único que te
   diferencia del FBI es la jurisdicción. ¿No cae esto en tu campo?

   —Así es. Se trata de un caso curioso que cae en diversos campos —decía
   Jim, mientras yo casi le oía pensar por teléfono—. Sin duda nos
   interesa. No sé si se trata de un problema grave o de una broma, pero
   vale la pena investigarlo.

   «Escúchame, Cliff —prosiguió Jim—, toda organización tiene sus
   limitaciones. Nuestros recursos son limitados y por consiguiente nos
   vemos obligados a elegir lo que investigamos. Ésta es la razón por la
   que el FBI te ha preguntado por la cantidad de dólares perdidos; lo
   único que pretenden es rentabilizar sus esfuerzos. Claro que si se
   produce un robo de material secreto, ya es harina de otro costal. La
   seguridad nacional no se mide en dólares...

   —Pero la información no reseñada también puede afectar la seguridad
   nacional —interrumpió Steve—. El problema estriba en convencer a los
   encargados de hacer cumplir la ley.

   —Entonces ¿qué pensáis hacer? —pregunté.

   —En estos momentos no podemos hacer gran cosa. Pero si el hacker
   utiliza las redes militares, está entrando en nuestro territorio.
   Mantennos informados y agudizaremos la vigilancia.

   Con la esperanza de animar a la AFOSI, mandé a Jim una copia de mi
   cuaderno y algunas muestras de las hojas impresas.

   En una conversación posterior, Jim Christy me habló del Milnet. Lo que
   yo llamaba Milnet, para Jim era el Defense Data Network de información
   no reservada, dirigido por la Defense Communications Agency.

   —El Departamento de Defensa utiliza Milnet para todas las fuerzas
   armadas: ejército, marina, aviación e infantería de marina. De ese
   modo, cada ejército tiene el mismo acceso a la red, en la que todos
   ellos tienen ordenadores.

   —En tal caso, ¿por qué está Steve Rudd en las fuerzas aéreas?

   —A decir verdad, es una especie de cardenal; trabaja para los tres
   ejércitos. Naturalmente, cuando presintió que había un problema, llamó
   a los investigadores de las fuerzas aéreas.

   —¿Y tú te dedicas exclusivamente a delitos informáticos?

   —Y que lo digas. Vigilamos diez mil ordenadores de las fuerzas aéreas.

   —¿Entonces podrás solucionar este caso en un abrir y cerrar de ojos?

   —Tenemos que definir claramente nuestro territorio —dijo pausadamente
   Jim—. De no hacerlo, nos pisaríamos el uno al otro los dedos de los
   pies. Tú, Cliff, no tienes por qué preocuparte de tener problemas con
   la OSI, pero nuestra jurisdicción se circunscribe a la base de las
   fuerzas aéreas.

   La jurisdicción siempre correspondía a otro.

   Me di cuenta de que, por mucho que me quejara de las jurisdicciones,
   protegían mis propios derechos; nuestra constitución impide a los
   militares entrometerse en asuntos civiles. Jim me había ayudado a verlo
   con mayor claridad; algunas veces dichos derechos entorpecen la
   aplicación de la ley. Por primera vez comprendí que mis derechos
   civiles limitan realmente la actuación de la policía.

   ¡Diablos! Había olvidado la orden de mi jefe de llamar a White Sands.
   Al cabo de unos minutos, hablaba por teléfono con Chris McDonald, un
   civil que trabaja para la base de misiles.

   Le resumí el caso: Unix, Tymnet, Oakland, Milnet, Anniston, AFOSI, FBI.

   —¿Has dicho Anniston? —interrumpió Chris.

   —Sí, el hacker era superusuario en el almacén del ejército de Anniston.
   Creo que se trata de un pequeño lugar de Alabama.

   —Conozco Anniston perfectamente. Es nuestra base gemela. Después de
   probar los misiles, los mandamos a Anniston —dijo Chris—. Y sus
   ordenadores proceden también de White Sands.

   Me pregunté si se trataría de una coincidencia. Tal vez el hacker había
   leído la información de los ordenadores de Anniston y se había dado
   cuenta de que lo bueno de verdad venía de White Sands. O puede que
   probara todos los lugares donde el ejército guardaba misiles.

   O quizá tuviera una lista de los ordenadores con alguna brecha en el
   sistema de seguridad.

   —A propósito, Chris, ¿tenéis el Gnu-Emacs en vuestros ordenadores?

   Chris no lo sabía, pero procuraría averiguarlo. Sin embargo, para
   aprovecharse de aquella brecha, en primer lugar el hacker tenía que
   conectar y después de cuatro intentos, en cada uno de los cinco
   ordenadores, no lo había logrado.

   White Sands mantenía sus puertas cerradas, obligando a todos los
   usuarios de sus ordenadores a utilizar largas palabras clave, que
   cambiaban cada cuatro meses. El usuario no podía elegir su propia
   clave, sino que el ordenador le asignaba palabras imposibles de
   adivinar, como «agniform» o «nietoayx». Cada cuenta tenía su propia
   clave, que nadie habría podido acertar.

   No me gustaba el sistema de White Sands. Nunca lograba recordar las
   claves generadas por el ordenador y, por consiguiente, las escribía en
   mi cartera, o junto a mi terminal. Era preferible que la gente pudiera
   elegir su propia palabra clave. Evidentemente, algunos escogerían
   palabras fáciles de adivinar, como su propio nombre, pero por lo menos
   no se quejarían de tener que recordar palabras absurdas como «tremvonk»
   y no las escribirían en ningún lugar.

   Sin embargo, el hacker había logrado penetrar en mi sistema, mientras
   que el de White Sands le había rechazado. Puede que las palabras clave
   elegidas al azar, repulsivas y disonantes, ofrecieran mayor seguridad.
   No lo sé.

   Había seguido las órdenes de mi jefe. El FBI no se interesaba por
   nosotros, pero los sabuesos de las fuerzas aéreas se ocupaban del caso.
   Además, había informado a White Sands que alguien intentaba entrar
   clandestinamente en sus ordenadores. Satisfecho de mi labor, me reuní
   con Martha en un restaurante de pizzas vegetarianas y, mientras
   degustábamos unas crujientes espinacas al pesto, le hablé de los
   sucesos del día.

   —Bien, Natasha, primera misión cumplida.

   —¡Maravilloso, Boris, menuda victoria! Boris..., ¿cuál es la primera
   misión?

   —Hemos establecido contacto con la policía secreta de las fuerzas
   aéreas, Natasha.

   —¿En serio, Boris?

   —Y hemos ordenado la pizza secreta.

   —Pero, Boris, ¿cuándo capturaremos al espía?

   —Paciencia, Natasha. Ésta es la segunda misión.

   No nos pusimos a hablar en serio hasta que empezamos a andar hacia
   casa.

   —Esto se pone cada vez más peliagudo —dijo Martha—. Empezó como un
   juego, persiguiendo a algún bromista local, y ahora tratas con
   militares trajeados y sin sentido del humor. Cliff, no son tu tipo de
   gente.

   —Se trata de un proyecto inofensivo y posiblemente provechoso, que los
   mantendrá ocupados —me defendí malhumorado—. Después de todo, esto es
   lo que se supone que deben hacer, excluir a los malos.

   —Sí, pero ¿y tú qué, Cliff? —insistió Martha—. ¿Qué haces tratando con
   esa gente? Comprendo que hables con ellos, ¿pero hasta qué punto te
   estás involucrando?

   —Cada paso me parece perfectamente correcto desde mi punto de vista
   —respondí—. Soy un administrador de sistemas que intenta proteger su
   ordenador. Si alguien penetra clandestinamente en el mismo, tengo que
   expulsarlo. Hacer caso omiso de ese cabrón equivaldría a permitirle que
   trastorne otros sistemas. Efectivamente, estoy cooperando con la
   policía de las fuerzas aéreas, pero esto no significa que esté de
   acuerdo con todo lo que representan los militares.

   —Sí, pero tienes que decidir cómo quieres vivir tu vida —dijo Martha—.
   ¿Quieres dedicarte a ser policía?

   —¿Policía? Claro que no, soy astrónomo. Pero nos encontramos ante algo
   que amenaza con destruir nuestro trabajo.

   —Eso no lo sabemos —replicó Martha—. Puede que, desde un punto de vista
   político, ese hacker esté más cerca de nosotros que esos agentes
   secretos. ¿No se te ha ocurrido que podrías estar persiguiendo a
   alguien de tu propio bando? Tal vez pretenda desenmascarar los
   problemas de la proliferación militar. Una especie de desobediencia
   civil electrónica.

   Mi propia opinión política no había evolucionado mucho desde fines de
   los años sesenta..., una especie de mescolanza confusa de nuevo
   izquierdismo. Nunca me había preocupado particularmente la política y
   me consideraba un no ideólogo inofensivo, que procuraba eludir
   compromisos políticos desagradables. Me resistía al dogmatismo de la
   izquierda radical, pero indudablemente tampoco era conservador. No
   sentía deseo alguno de confraternizar con los federales. Y sin embargo
   ahí estaba, codeándome con la policía militar.

   —La única forma de averiguar quién se encuentra al otro extremo de la
   línea, consiste en seguir las conexiones —respondí—. Puede que éstas no
   sean nuestras organizaciones predilectas, pero las acciones concretas
   en las que cooperamos no son nocivas. No es como si me dedicara a
   transportar armas para la contra.

   —Anda con mucho cuidado.

  13

   Mis tres semanas habían casi terminado. Si no capturaba al hacker en
   las próximas veinticuatro horas, el laboratorio daría por finalizada mi
   búsqueda. Instalado en la sala de conexiones, daba un salto cada vez
   que se abría una línea.

   —Entra en mi salón —le dijo la araña a la mosca.

   Y, efectivamente, a las 02:30 de la tarde, la impresora pasó una página
   y el hacker conectó con el ordenador. A pesar de que en esta ocasión
   utilizaba una cuenta robada, la de Goran, estaba seguro de que se
   trataba del hacker; verificó inmediatamente quién utilizaba el
   ordenador. Al darse cuenta de que no había ningún operador presente,
   buscó la brecha en el Gnu-Emacs y comenzó a realizar una serie de
   delicadas piruetas, para convertirse en superusuario.

   Yo no le observaba. Un minuto después de que conectara, llamé a Ron
   Vivier de Tymnet y a Lee Cheng de la telefónica.

   —Está conectado a tu terminal catorce y entra a Tymnet por Oakland
   —susurraba Ron, mientras yo tomaba notas—. Corresponde a nuestra
   terminal 322, que es, déjame ver... —decía, al tiempo que le oía
   teclear—. Sí, eso es, el 2902. 430 2902. Éste es el número que tenéis
   que localizar.

   —De acuerdo, lo estoy localizando —intervino Lee Cheng, a quien también
   oí teclear, en esta ocasión con pitidos agregados—. No cabe duda de que
   la línea está abierta. Y procede de ATT. ATT en Virginia. No te
   retires, llamo a Nueva Jersey.

   Escuché mientras Lee hablaba con un empleado de ATT llamado Edsel (¿o
   quizá Ed Sell?) en Whippany, Nueva Jersey. Al parecer todas las líneas
   de larga distancia de ATT se localizan a través de Nueva Jersey. Sin
   comprender su jerga, escribí lo que oí: «Ruta 5096, es decir,
   5096MCLN.»

   —Voy a llamar a McLean —dijo otro técnico.

   —Efectivamente —dijo entonces el técnico de Nueva Jersey—. 5096 acaba
   en la región 703.

   De pronto había seis personas en la línea. Las llamadas colectivas de
   telefónica eran claras y potentes. La última en agregarse a la
   conferencia era una mujer que hablaba con cierto acento.

   —Estáis todos conectados con McLean y aquí en C y P es casi hora de
   comer...

   —Seguimiento de emergencia en código de ruta 5096MCLN —interrumpió la
   voz entrecortada de Lee—, tu línea terminal 427.

   —Copio 5096MCLN línea 427. Seguimiento en marcha.

   Después de un minuto de silencio, apareció de nuevo la voz de la mujer:

   —Aquí lo tenemos, muchachos. ¡Vaya, parece que procede del territorio
   415!

   —¡Magnífico! Felicidades desde la bahía de San Francisco —dijo Lee.

   —Grupo de larga distancia 5096MCLN, vía 427 concluye en 448 —decía la
   mujer, sin hablar con nadie en particular—. Nuestro ESS4 en 448. ¿Es un
   PBX? No —prosiguió, respondiendo a su propia pregunta—, es circular.
   Marco veinticuatro. Estoy casi al borde de la manga. Aquí lo tenemos.
   Quinientos cable par, grupo tres número doce... Esto es diez..., diez
   sesenta. ¿Quieres que lo confirme con una pequeña interrupción?

   —Ha completado el seguimiento —dijo Lee, interpretando su jerga—. Para
   asegurarse de que ha localizado el número correcto, quiere desconectar
   un segundo la línea. Si lo hace, será como si hubieran colgado. ¿Te
   parece bien?

   El hacker estaba ocupado leyendo la correspondencia electrónica y
   dudaba de que le importara perderse algunas letras.

   —Por supuesto. Di le que lo haga, mientras yo compruebo lo que ocurre
   aquí.

   —¡Listos! —exclamó Lee, después de hablar unos momentos con ella.

   Explicó que cada línea telefónica tiene una serie de fusibles en la
   central que protegen el equipo de los rayos y de los imbéciles que
   conectan el teléfono a la red eléctrica. El técnico de la central puede
   ir a la sala de conexiones y desconectar el fusible de una línea
   determinada, produciendo el mismo efecto que si colgaran el teléfono.
   La comprobación no era necesaria, pero confirmaría que habían realizado
   correctamente el seguimiento.

   —Desconecto el fusible... —dijo al cabo de un momento el técnico de la
   central— ahora.

   Efectivamente, el hacker quedó desconectado, cuando estaba a medio
   transmitir una orden. Habían localizado la línea correcta.

   —Es sin duda 1060. Eso es todo, muchachos —dijo la voz de la mujer—.
   Voy a mezclar algunos papeles y mandarlos al piso de arriba.

   Lee les dio las gracias a todos y oí cómo daba por terminada la
   conferencia.

   —El seguimiento ha concluido y el técnico redacta el informe
   correspondiente. Cuando tenga la información, se la pasaré a la
   policía.

   No lo entendía. ¿Por qué no se limitaba a decirme quién era el dueño
   del teléfono en cuestión?

   Lee me explicó que la compañía telefónica trataba sólo con la policía y
   no con individuos. Además, no conocía los resultados de la
   localización. El técnico encargado de la última etapa redactaría los
   informes pertinentes (¡ah!, «mezclar papeles») y los entregaría a las
   autoridades competentes.

   —¿No puedes saltarte la burocracia y decirme quién es el hacker?
   —protesté.

   No. En primer lugar. Lee no disponía de dicha información. Quien la
   tenía era el técnico de Virginia y hasta que la compañía telefónica de
   Virginia se la comunicara, Lee sabía tan poco como yo.

   Además, señaló también el problema de que la orden judicial sólo era
   válida para California. Un tribunal californiano no podía obligar a la
   compañía telefónica de Virginia a entregar información. Necesitábamos
   una orden judicial de Virginia o un mandato federal.

   —El FBI nos ha mandado cinco veces a freír espárragos —protesté—.
   Además, es probable que ese individuo no quebrante ninguna ley en
   Virginia. ¿No podrías limitarte a darme el número de teléfono, así,
   entre amigos?

   Lee no le conocía. Llamaría a Virginia e intentaría convencerlos para
   que nos lo dieran, pero no albergaba muchas esperanzas. ¡Maldita sea!
   Al otro extremo de aquella línea había alguien que irrumpía
   clandestinamente en ordenadores militares y nosotros no podíamos
   obtener su número de teléfono, diez segundos después de haber sido
   localizado.

   El seguimiento había concluido, aunque no de un modo plenamente
   satisfactorio. ¿Cómo obtener una orden judicial en Virginia? Mi jefe,
   Roy Kerth, se había ausentado para un par de semanas y decidí llamar
   directamente a la abogada del laboratorio. Me sorprendió la seriedad
   con que Aletha se tomó el problema. Se pondría de nuevo en contacto con
   el FBI y vería lo que podía hacer en Virginia. Le advertí que, como
   peón del sistema, no tenía siquiera derecho a hablar con ella, ni mucho
   menos a solicitar sus servicios jurídicos.

   —No seas bobo —me respondió—. Esto es mucho más divertido que
   preocuparse de la ley de la propiedad intelectual.

   La policía del laboratorio quería saberlo todo acerca del seguimiento
   telefónico. Les dije que se prepararan para tomar al asalto el estado
   de Virginia. A pesar de mi cinismo, simpatizaron sorprendentemente con
   mi problema referente a la orden judicial de Virginia y se ofrecieron
   para utilizar sus contactos personales, a fin de obtener la información
   por algún otro canal. Dudaba de que funcionara, pero ¿por qué no dejar
   que lo intentaran?

  14

   La compañía telefónica me ocultaba el número de teléfono del hacker,
   pero las copias de mi impresora mostraban todos y cada uno de sus
   movimientos. Mientras yo hablaba con los técnicos de Tymnet y de
   telefónica, el hacker había estado merodeando por mi ordenador. No
   satisfecho con examinar la correspondencia del usuario root, había
   leído también la de varios físicos nucleares.

   Después de quince minutos leyendo correspondencia, había regresado a la
   cuenta robada de Goran, utilizando su nueva contraseña: Benson. Puso en
   funcionamiento un programa que buscaba las contraseñas en los archivos
   de nuestros usuarios; mientras éste se ejecutaba, llamó al centro de
   información de la red Milnet. Una vez más, sabía lo que estaba
   buscando:

   LBL>telnet Nic.arpa
   Trying...
   Connected to 10.0.0.51
   +--------------------- DDN Network Information Center
   ----------------------|
   | For TAG news, type:                       TACNEWS <carriage return>
   | For user and host Information, type: WHOIS <carriage return>
   | For NIC Information, type:               NIC <carriage return>
   +----------------------------------------------------------------------
   -------------|
   SRI-NIC, TOPS-20 Monitor 6.1(734)-4
   @ Whois cia
   Central Intelligence Agency (CIA)
      Office of Data Processing
      Washington, DC 20S05
      These are 4 know members:
   Fischoff, J. (JF27) FISHOFF@A.ISI.EDU (703) 351-3305
   Gresham, D. L (DLG33) GRESHAM@A.ISI.EDU (703) 351-2957
   Manning, Edward J. (EM44) MANNDFG@BBN.ARPA (703) 281-6161
   Ziegler, Mary (MZ9) MARY@NNS.ARPA (703) 351-8249

   Había preguntado por el camino de entrada en la CIA. Pero en lugar de
   su ordenador, había descubierto a cuatro personas que trabajaban para
   la organización.

   Imaginaba a esos espías de la CIA practicando sus juegos de capa y
   espada, mientras alguien se les colaba por la puerta trasera.

   Entonces me pregunté a mí mismo si debería decírselo.

   No. ¿Para qué perder el tiempo contándoselo? ¿Qué me importa que un
   espía merodee por el patio trasero de la CIA? Habían concluido las tres
   semanas que me habían concedido para perseguir al hacker; momento de
   echar el cerrojo y concentrarme en los verdaderos problemas de física y
   astronomía. El problema había dejado de ser de mi competencia.

   Sin embargo no me parecía justo. El hacker merodeaba por ordenadores
   militares sin que nadie se diera cuenta. La CIA no lo sabía. Al FBI no
   le importaba. ¿Quién se ocuparía del caso cuando nosotros lo
   abandonáramos?

   Cogí el teléfono para llamar a las personas que figuraban en la lista
   de la CIA, pero volví a colgarlo. ¿Qué hacía un hippy de pelo largo
   llamando a la bofia? ¿Qué diría Martha?

   En todo caso, ¿de parte de quién estaba yo? Desde luego no de la CIA.
   Pero, por otra parte, tampoco me entusiasmaba que alguien irrumpiera
   clandestinamente en nuestro sistema. O por lo menos eso creía.

   ¡Vaya por Dios! Ese cretino intentaba colarse en otro ordenador, y si
   yo no los avisaba, nadie lo haría. Yo no era responsable de los actos
   de la CIA, sólo lo era de mi propia conducta.

   Antes de cambiar de opinión, marqué el número de teléfono del primer
   individuo de la CIA. Nadie contestó. El segundo estaba de vacaciones;
   eso dijo su contestador automático. El tercero...

   —Extensión 6161 —dijo una voz administrativa.

   —Mmm, hola —tartamudeé—. Deseo hablar con Ed Manning.

   -¿Sí?

   No sabía por dónde empezar. ¿Cómo se presenta uno a un espía?

   —Usted no me conoce, pero soy administrador de sistemas y hemos estado
   siguiéndole la pista a un hacker.

   —Comprendo.

   —El caso es que ha estado buscando la forma de introducirse en los
   ordenadores de la CIA, pero en su lugar ha encontrado su nombre y
   número de teléfono. No sé lo que eso significa, pero alguien le está
   buscando. O puede que lo que busquen sea la CIA y su nombre haya
   aparecido accidentalmente —dije con la voz entrecortada, aterrorizado
   de mi interlocutor.

   —¿Quién es usted?

   Se lo dije muy asustado, temiendo que mandara a un grupo de individuos
   de gabardina para ajustarme las cuentas. Le describí el laboratorio,
   asegurándome de que comprendiera que la República Democrática de
   Berkeley no tenía oficialmente relaciones diplomáticas con su
   organización.

   —¿Puedo mandar a alguien mañana? No, espere, mañana es sábado. ¿Qué le
   parece el lunes por la tarde?

   ¡Maldita sea, los verdugos entraban en acción! Intenté retractarme.

   —Es probable que no merezca la pena. Ese individuo no ha descubierto
   nada, aparte de cuatro nombres. No se preocupe, no creo que logre
   entrar en su ordenador.

   —Conozco la razón por la que mi nombre figura en la lista —respondió el
   señor Manning, que no estaba convencido—. El año pasado trabajé en unos
   ordenadores del laboratorio de investigación balística. Pero el caso
   nos interesa profesionalmente hablando y le agradecería nos brindara la
   oportunidad de averiguar un poco más sobre el tema. Cabe la posibilidad
   de que el problema sea grave.

   ¿Con quién estaba hablando? ¿No eran ésos los individuos que se
   entrometían en la política centroamericana y suministraban armas de
   contrabando a los asesinos derechistas? Sin embargo, el individuo con
   el que acababa de hablar no parecía un delincuente. Se expresaba como
   una persona normal, preocupada por un problema.

   ¿Y por qué no lanzarlos en persecución de alguien tan entrometido y
   destructivo, como siempre había creído que lo eran ellos? Perseguir a
   un auténtico delincuente brindaría a la CIA la oportunidad de hacer
   algo inofensivo, quizá incluso provechoso; evitaría que se metieran en
   líos mayores.

   De nada servía discutir. Debían saberlo y no se me ocurría ninguna
   buena razón para ocultárselo. Además, no perjudicaría a nadie por el
   hecho de hablar con la CIA; no era como mandar armas a algún dictador
   militar. Después de todo, ¿no era ése su deber legítimo, el de
   protegernos de los malvados? Si no les contaba lo que estaba
   ocurriendo, ¿quién lo haría?

   No pude evitar comparar la reacción inmediata de la CIA con las
   respuestas del FBI. Media docena de llamadas y siempre la misma
   contestación:

   —¡Lárgate, muchacho!

   Accedí a reunirme con sus agentes, a condición de que no usaran
   gabardina.

   —Ahora sí que he metido la pata —dije para mí—. No sólo hablo con los
   de la CIA, sino que los invito a Berkeley. ¿Cómo se lo cuento a mis
   amigos radicales?

  15

   Windmill Quarry está justo al otro lado del río Niágara desde Buffalo,
   Nueva York, donde yo me crié. Sólo hay que hacer 16 kilómetros en
   bicicleta, cruzando a Canadá por el Puente de la Paz y, siguiendo un
   camino con abundantes curvas, hasta el mejor lugar para nadar de la
   región. Si uno sortea acertadamente los baches y habla con cortesía a
   los aduaneros estadounidenses y canadienses, llega sin problemas.

   Acababa de terminar el curso en el instituto, cuando un día de junio de
   1968 fui en mi bici a Windmill Quarry, para pasar la tarde del sábado
   nadando. Otros dos amigos y yo quedamos agotados, intentando nadar
   hasta una balsa situada en medio del agua. Alrededor de las seis nos
   hartamos, montamos en nuestras bicicletas y emprendimos el camino de
   regreso a Buffalo.

   A 5 kilómetros del Puente de la Paz, pedaleábamos por el costado
   pedregoso de un camino vecinal, cuando una camioneta nos obligó a salir
   de la carretera. Alguien desde su interior nos insultó y arrojó una
   lata de cerveza medio vacía, dándole en la cabeza a la chica que
   pedaleaba. No se lastimó, pero los tres estábamos furiosos.

   Íbamos en bicicleta. No teníamos ninguna esperanza de alcanzar a esos
   hijos de su madre. Y aunque lo lográramos, ¿qué podíamos hacer? Además,
   nos faltaban todavía 5 kilómetros para llegar a la frontera. Estábamos
   indefensos, no podíamos contraatacar.

   Pero logré verles la matrícula. Era del estado de Nueva York. Claro...,
   ellos también regresaban a Buffalo. Entonces se me ocurrió una idea.

   Me detuve en la primera cabina telefónica, donde afortunadamente había
   un listín, y llamé a los aduaneros estadounidenses.

   —Una camioneta Chevy color verde se dirige al Puente de la Paz —les
   dije—. No puedo asegurárselo, pero creo que llevan drogas.

   El agente me dio las gracias y colgué el teléfono.

   Los tres seguimos apaciblemente nuestro camino. Después de cruzar el
   puente, miré al lado de la carretera y el corazón me dio un vuelco. Ahí
   estaba efectivamente la camioneta verde, con el capó levantado, los
   asientos fuera del vehículo y sin dos de sus ruedas. Los aduaneros la
   estaban examinando a fondo, en busca de drogas.

   Bueno, había recuperado mi sentido de la dignidad.

   Hace años no pedí a aquel imbécil que nos arrojara una lata de cerveza,
   ni ahora había invitado al hacker a que invadiera mi ordenador. No era
   mi intención la de perseguirle por distintas redes; prefería dedicarme
   a la astronomía.

   Pero ahora que había elaborado una estrategia, sólo podía seguirle la
   pista con cautela y tenacidad. Así como informando a las pocas
   autoridades que parecían interesarse. Por ejemplo, la CIA.

   Roy estaba de vacaciones y, por consiguiente, no sólo no podía
   ordenarme que abandonara la investigación, ahora que mis tres semanas
   habían concluido, sino que tampoco podía impedir la visita de los
   agentes de la CIA. Su sustituto, Dennis Hall, sería quien daría la
   bienvenida a los fantasmas.

   Dennis es un maestro del Zen, tranquilo e introspectivo, cuyo trabajo
   consiste en conectar pequeños ordenadores a superordenadores Cray. Para
   él las redes son conductos por los que circula poder informático, de
   los laboratorios a los despachos. La función de los pequeños
   ordenadores es la de hablar con la gente y los grandes ordenadores se
   reservan para procesar cifras. Si el ordenador del despacho es
   demasiado lento, hay que trasladar el trabajo más duro a un ordenador
   mayor.

   En cierto sentido, Dennis es enemigo de los centros informáticos.
   Quiere que la gente utilice ordenadores sin el engorro de la
   programación. Mientras existan magos y gurús del software, Dennis no
   estará satisfecho con la distribución del poder informático.

   El suyo es un mundo de cables, fibra óptica y vínculos vía satélite.
   Otros profesionales miden la capacidad en megabytes de memoria y
   megaflops de velocidad: millones de puntos flotantes por segundo. Para
   Dennis, la capacidad viene determinada por el número de ordenadores en
   la red; la velocidad se mide en megabytes por segundo: rapidez de
   comunicación de los ordenadores entre ellos. El sistema no es el
   ordenador, sino la red.

   Para Dennis el asunto del hacker era un problema de ética social.

   —Siempre habrá algunos cretinos metiendo las narices en nuestra
   información. Me preocupa que los hackers envenenen la confianza sobre
   la que se han construido nuestras redes. Después de muchos años
   intentando conectar un montón de ordenadores entre sí, un puñado de
   imbéciles pueden echarlo todo a rodar.

   —Las redes no son más que cables y conexiones —respondí, convencido de
   que la confianza no tenía nada que ver con el tema.

   —¿Y una carretera interestatal no es más que hormigón, asfalto y
   puentes? —replicó Dennis—. Tú sólo ves la parte física y basta del
   aparato, los cables y comunicaciones. La verdadera labor no consiste en
   instalar cables, sino en ponerse de acuerdo para conectar ordenadores
   aislados entre sí. Convenir quién sufragará los gastos de mantenimiento
   y mejoras. Se trata de forjar alianzas entre grupos que desconfían el
   uno del otro.

   —¿Como los militares y las universidades? —dije, pensando en Internet.

   —Sí, entre otros. Los convenios son extraoficiales y las redes están
   saturadas —respondió Dennis—. Además, nuestro software es frágil; si
   construyeran las casas como nosotros los programas, el primer pájaro
   carpintero aniquilaría la civilización.

   Diez minutos antes de la llegada prevista de los agentes de la CIA,
   Dennis y yo hablamos de lo que debíamos decirles. No tenía ni idea de
   lo que querían, a excepción de las copias de la actividad del último
   viernes. Ya me lo imaginaba: un agente secreto parecido a James Bond, o
   un asesino a sueldo especializado en aniquilaciones. Evidentemente,
   tras ellos estaría el gran jefe, manipulando las cuerdas de las
   marionetas. Todos usarían gafas de sol y gabardina.

   —Cliff, diles lo que sabemos, pero sin especulaciones —ordenó Dennis—.
   Limítate a los hechos.

   —Eso está muy bien, pero supongamos que se traen a un verdugo dispuesto
   a eliminarme, porque he descubierto que son ellos quienes espían a los
   militares.

   —Habla en serio —me dijo, como lo hacía todo el mundo—. Y,
   excepcionalmente, sé educado. Ya tienen bastantes problemas, sin un
   loco melenudo de Berkeley. Y no se te ocurra hacerles ninguna
   demostración con tu yo-yo.

   —De acuerdo, papá. Seré buen chico. Te lo prometo.

   —No te preocupes por ellos. Son como cualquiera de los que nos rodean,
   sólo que un poco más paranoicos.

   —Y ligeramente más republicanos —agregué.

   De acuerdo, no llevaban gabardina. Ni siquiera gafas de sol. Pero sí
   unos insípidos trajes y corbatas. Debí haberles aconsejado que
   vistieran como los indígenas, con unos viejos vaqueros y camisa de
   franela.

   Wayne vio a cuatro individuos que se acercaban a la puerta principal y
   mandó un mensaje a mi terminal: «Todos a sus puestos de combate. Se
   acerca equipo de representantes por el portal de estribor. Trajes color
   gris carbón. Retirada a toda máquina, para eludir al equipo de ventas
   de IBM.»

   Si lo hubiera sabido...

   Los cuatro se presentaron. Un cincuentón dijo que era el conductor y no
   dio su nombre; se limitó a permanecer sentado y en silencio durante
   todo el rato. Supuse que el segundo espía, Greg Fennel, era un experto
   en informática, porque no parecía sentirse cómodo en su traje.

   El tercer agente parecía un luchador. Teejay no mencionó su apellido;
   ¿o fue su nombre lo que calló? Si entre ellos había un verdugo, era sin
   duda Teejay. El cuarto debía de ser el mandamás. Todos guardaban
   silencio cuando él hablaba. En conjunto, tenían más aspecto de
   burócratas que de espías.

   Permanecieron los cuatro sentados en silencio, mientras Dennis les
   describía a grandes rasgos lo que habíamos observado. Ninguna pregunta.
   Yo me acerqué a la pizarra y les dibujé el diagrama que se reproduce en
   la página siguiente.

   diagrama

   A Greg Fennel no le bastó con mi dibujo.

   —Demuéstranos la conexión de la compañía telefónica a Tymnet.

   Le describí el seguimiento telefónico y las conferencias con Ron
   Vivier.

   Central telefónica, Virginia

   ATT líneas larga distancia

   Central telefónica Pacific Bell

   Entrada modem

   Oakland

   415/430-2907

   Red digital Tymnet.

   Arsenal del Ejército de Estados Unidos Anniston, Alabama.

   Centro Información Red Arpanet.

   —Teniendo en cuenta que no borra nada, ¿cómo lo detectaste?

   —Una discrepancia en el sistema contable. Nuestras cuentas no cuadraban
   cuando...

   —¿De modo que se ha convertido en superusuario en vuestro Unix?
   —interrumpió Greg, que parecía ser un experto en sistemas—. Malas
   noticias, ¿no te parece?

   —Se trata de un bug en el Gnu-Emacs de edición —le dije, pensando que
   no valía la pena ocultar los detalles—. Su servicio de correspondencia
   funciona con privilegio de root.

   Los aspectos técnicos eran fáciles. Charlamos un rato sobre el Unix y
   el mandamás comenzó a jugar con su lapicero.

   —¿Puedes describirnos a ese individuo? ¿Qué edad tiene? ¿Cuál es su
   nivel profesional?

   —El caso es que sólo hace tres semanas que le observamos y es difícil
   saberlo —respondí; la pregunta no era fácil—. Está acostumbrado al Unix
   de ATT y, por consiguiente, no es de la zona de Berkeley. Puede que se
   trate de un estudiante de bachillerato. Es bastante paranoico, no deja
   de mirar por encima del hombro, pero paciente y no muy creativo.

   —¿Habla inglés?

   —Bien, en una ocasión le mandó un mensaje electrónico a nuestro
   director, en el que decía «Hola». Después de lo cual, nunca volvió a
   utilizar aquella cuenta.

   —¿Graba sus sesiones? —preguntó Teejay, que hasta entonces había
   guardado silencio.

   —No lo puedo afirmar con absoluta seguridad, pero creo que toma notas
   en un cuaderno. O por lo menos tiene muy buena memoria.

   —¿Qué tipo de palabras ha buscado? —preguntó el mandamás, después de
   asentir.

   —Busca palabras como contraseña, nuclear, SDI y Norad. Y ha elegido
   algunas contraseñas muy curiosas: Iblhack, hedges, jaeger, hunter y
   benson. Los nombres de las cuentas robadas, Coran, Sventek, Whitberg y
   Mark, no nos dicen mucho sobre él, puesto que son gente del
   laboratorio.

   De pronto a Teejay pareció encendérsele una lucecita y le pasó una nota
   a Greg. Éste se la pasó al mandamás y éste asintió.

   —Cuéntame lo que hizo en Anniston.

   —Mis copias muestran poca cosa relacionada con su intervención en
   Anniston —respondí—. Merodeó por su sistema durante varios meses, puede
   que todo un año. Ahora, como sabe que le han detectado, sólo conecta
   momentáneamente.

   El mandamas comenzaba a impacientarse ligeramente, lo que indicaba que
   la reunión estaba a punto de terminar.

   —¿Qué máquinas ha atacado? —preguntó finalmente Greg.

   —La nuestra, por supuesto, y la de la base militar de Anniston. Ha
   intentado introducirse en la base de misiles de White Sands y en alguna
   base naval de Maryland. Creo que se llama Dockmaster.

   —¡Mierda! —exclamaron simultáneamente Greg y Teejay.

   El mandamás les dirigió una intrigante mirada.

   —¿Cómo sabes que atacó Dockmaster? —preguntó Greg.

   —Al mismo tiempo en que alteró nuestra contabilidad, recibimos un
   mensaje de Dockmaster diciéndonos que alguien había intentado entrar en
   su ordenador —respondí, sin comprender a qué venía tanto revuelo.

   —¿Lo logró?

   —No lo creo. Pero, bueno, ¿qué es ese Dockmaster? ¿No son unos
   astilleros navales?

   Se hablaron entre sí en voz baja y el mandamás asintió.

   —Dockmaster no es una base naval —explicó Greg—. Es un centro de la
   Agencia Nacional de Seguridad.

   ¿Un hacker metiendo las narices en la NSA? Curioso. Ese individuo
   pretendía husmear en la CIA, la NSA, las bases de misiles del ejército
   y el cuartel general de las fuerzas aéreas norteamericanas.

   Sabía poco acerca de la NSA. Son sabuesos electrónicos que se dedican a
   escuchar las transmisiones de radio extranjeras. Colocan satélites en
   órbita para escuchar las llamadas telefónicas soviéticas. Había oído
   rumores (a los que no daba crédito) de que grababan todas las llamadas
   telefónicas y telegramas con el extranjero.

   —La mayor parte del trabajo de la NSA consiste en recopilar y analizar
   transmisiones procedentes del extranjero —explicó Greg, desde su punto
   de vista—. Pero también tienen una sección destinada a proteger la
   información perteneciente a Estados Unidos.

   —Claro —respondí—; por ejemplo, elaborando códigos que, en vuestra
   opinión, los rojos no puedan descifrar.

   Dennis me miró fijamente y en sus labios leí:

   —Esos modales.

   —Así es —dijo Greg—. Ese sector se ocupa de la seguridad informática.
   Son ellos quienes utilizan el ordenador Dockmaster.

   —Me recuerda a Jano, el dios de las dos caras —comenté—. Por una parte
   intentan descifrar la información extranjera y por la otra elaborar
   códigos indescifrables. Tirando siempre en direcciones opuestas.

   —Es un poco como nuestra propia agencia —dijo Greg, mirando con
   nerviosismo a su alrededor—. Se nos conoce por los trabajos sucios,
   pero somos fundamentalmente una organización de noticias. La mayor
   parte de nuestro trabajo consiste simplemente en recoger y analizar
   información. Pero intenta explicárselo a los universitarios —agregó,
   levantando la mirada al cielo.

   Greg había sufrido lo suyo reclutando personal en las universidades.
   Sin saber por qué, aquel espía me parecía razonable. No era arrogante,
   sino sensible y atento. Si teníamos que husmear en oscuros rincones, me
   sentiría más a gusto con él al mando.

   —En tal caso, ¿cómo se explica que pueda llegar a los ordenadores de la
   NSA desde mi ordenador, que evidentemente no es seguro ni secreto?

   Si yo podía llegar hasta ellos, ellos podían llegar hasta mí.

   —Dockmaster es el único ordenador de la NSA no reservado —aclaró Greg—.
   Pertenece a su grupo de seguridad informática, que en realidad es
   público.

   —No podemos hacer gran cosa sobre este asunto —comenzó a decir
   lentamente el mandamás—. Creo que no hay pruebas de espionaje
   extranjero. Un agente de servicio no le manda notas a su adversario.

   —Entonces —pregunté—, ¿quién debería ocuparse del caso?

   —El FBI. Lo siento, pero esto no es de nuestra competencia. En lo único
   que nos afecta es en la divulgación de cuatro nombres que, a decir
   verdad, eran ya del dominio público.

   Cuando ya se iban, mostré a Greg y a Teejay nuestros ordenadores Vax.

   —Éste es el problema más grave de intromisión informática que he
   conocido —dijo Greg, rodeado de hileras de unidades de disco—. A pesar
   de lo que ha dicho el jefe, ¿te importaría mantenerme informado?

   —Por supuesto —respondí, decidido a confiar en él—. ¿Quieres una copia
   de mi cuaderno?

   —Sí. Mándamelo todo. Aunque la agencia no pueda hacer nada, debemos ser
   conscientes de este tipo de amenaza.

   —¿Por qué? ¿Los fantasmas utilizáis también ordenadores?

   —Hemos perdido la cuenta —dijo, mientras él y Teejay soltaban una
   carcajada—. Nuestro edificio está flotando sobre ordenadores.

   —¿Para qué puede utilizar la CIA los ordenadores? ¿Podéis derrocar a un
   gobierno extranjero con software?

   Dennis no estaba presente para recordarme que conservara los buenos
   modales.

   —Deja de imaginarnos como bandoleros y piensa en nosotros como
   recopiladores de información. La información no tiene ningún valor
   hasta que ha sido compaginada, analizada y resumida. Sólo esto ya
   significa mucho procesamiento de textos.

   —Apuesto a que lo resolvéis con ordenadores personales.

   —No. No para hacerlo como es debido. Procuramos evitar una repetición
   de Pearl Harbor, y esto significa facilitar información a la persona
   adecuada con gran rapidez. Para ello se necesitan redes y ordenadores.
   Para analizar y pronosticar la conducta de gobiernos extranjeros,
   utilizamos modelos informáticos. Una vez más, necesitamos grandes
   ordenadores. En la actualidad, desde los pronósticos financieros hasta
   el procesamiento de imagen, todo exige mucho poder informático.

   Nunca se me había ocurrido que la CIA necesitara ordenadores realmente
   grandes.

   —¿Cómo mantenéis seguros vuestros sistemas?

   —Aislamiento absoluto. No hay ningún cable que los conecte al exterior.

   —¿Puede cualquier agente de la CIA leer los archivos de los demás?

   —De ningún modo —respondió Greg, soltando una carcajada, mientras
   Teejay permanecía perfectamente serio—. En nuestro mundo operamos todos
   en compartimientos estancos. De modo que si alguien resulta que no es,
   digamos, totalmente de fiar, el daño que puede causar es limitado.

   —Pero ¿cómo impedís que uno lea los archivos de los demás?

   —Utilizamos sistemas operativos fiables. Ordenadores con gruesos muros
   entre archivos individuales. Para leer el archivo de otro es preciso
   obtener permiso con antelación. Teejay podría contarte algunas
   anécdotas horripilantes.

   Teejay miró a Greg de reojo.

   —Cuéntaselo, Teejay —observó Greg—. La información ya es pública.

   —Hace un par de años —dijo Teejay—, cierta empresa construyó una sala
   de conexiones centralizadas, a fin de conectar unos cuantos millares de
   terminales a algunos de nuestros ordenadores.

   —Comprendo. Algo parecido a la sala de conexiones de mi laboratorio.

   —Multiplica tu central por cincuenta y eso te dará una ligera idea
   —prosiguió Teejay—. Todos los empleados de dicha empresa tuvieron que
   someterse a las mismas pruebas de seguridad que nuestros propios
   funcionarios.

   —Bien, el caso es que una de nuestras secretarias fue a pasar un mes de
   vacaciones. Cuando regresó y conectó con el ordenador, se dio cuenta de
   que alguien había utilizado su cuenta la semana anterior. Cada vez que
   alguien conecta con nuestros ordenadores, aparece la fecha de su
   conexión anterior.

   —Nos pusimos a investigar. El cabrón que había conectado las terminales
   las había pinchado en nuestra sala de ordenadores. Se había apoderado
   de contraseñas y texto, y entonces curioseaba en nuestros discos de
   claves.

   —¿Le liquidasteis? —pregunté, consciente de lo fácil que era vigilar el
   tráfico desde la sala de conexiones de mi laboratorio e imaginando una
   misión nocturna con un arma silenciosa.

   —No bromees —replicó Teejay, al tiempo que me dirigía una extraña
   mirada—. En nuestro mundo «confiamos en Dios, a todos los demás los
   sometemos a pruebas poligráficas».

   —Le tuvimos conectado a un detector de mentiras toda una semana
   —concluyó Greg— y el FBI le llevó ante los tribunales. Pasará mucho
   tiempo a la sombra.

   —No parece que la CIA esté dispuesta a hacer gran cosa por mí, ¿no es
   cierto? —le dije a Teejay, cuando ya salíamos del laboratorio.

   —Si mi jefe no cree que sea grave, no es mucho lo que podemos hacer. Ed
   Manning tiene autoridad para hacer que ocurra algo.

   —¿Cómo? Creí que Ed Manning era programador.

   —En absoluto. Es director de tecnología de la información. Llamándole a
   él, tocaste un punto sensible.

   ¿Un director que sabía cómo circular por las redes informáticas? Se
   trataba, sin duda, de una organización inusual. No era sorprendente que
   hubieran mandado a cuatro individuos. Había alguien que mandaba más que
   el mandamás en el cuartel general.

   —De modo que cuando informéis de que aquí no ocurre gran cosa,
   ¿abandonaréis el caso?

   —La verdad es que no podemos hacer gran cosa —respondió Greg—. Es
   competencia del FBI.

   —¿Y no podéis instigarlos un poco para que investiguen?

   —Lo intentaré, pero no albergo muchas esperanzas. Al FBI le gusta
   perseguir atracadores y secuestradores. En cuanto a los delitos
   informáticos, digamos que tienen otras preocupaciones.

   —Tengo la impresión de oírte decir: «deja de husmear y cierra el pico».

   —No exactamente. Tú eres testigo de un amplio ataque contra nuestras
   redes informáticas. Alguien intenta llegar al propio núcleo de nuestros
   sistemas de información. Hace años que estamos a la expectativa, ante
   la posibilidad de pequeños ataques, pero nunca había oído nada de tanto
   alcance. La complejidad de las conexiones, la búsqueda obsesiva de
   objetivos sensibles... Todo indica que se trata de un adversario
   decidido a introducirse en nuestros ordenadores. Si le cierras las
   puertas, descubrirá otra forma de penetrar.

   —Entonces lo que me estás diciendo es que siga investigando, aunque el
   FBI no nos haga ningún caso.

   —No puedo obligar a mis jefes a que cambien de opinión —dijo Greg,
   mirando a Teejay—. Pero estás haciendo una importante labor de,
   llamémosle, investigación. El FBI acabará por interesarse. Hasta
   entonces, no lo abandones.

   Estaba atónito. Esos individuos comprendían la gravedad de la
   situación, pero no podían hacer nada. ¿O era sólo lo que me contaban?

   Palabras de aliento de la CIA.

  16

   Habría sido un buen espectáculo para los fantasmas si el hacker hubiera
   aparecido mientras estaban de visita. Pero no hizo acto de presencia
   hasta el día siguiente, a las 09:10 de la mañana. Una vez más empezamos
   a seguir la llamada a través de Tymnet y de la compañía telefónica, y
   por segunda vez tropezamos con un muro infranqueable en algún lugar de
   Virginia. Si nuestra orden judicial de California fuera válida para
   Virginia...

   Aquel día al hacker no le faltaba confianza, ni siquiera arrogancia.
   Efectuó sus manipulaciones habituales: verificar quién está utilizando
   el sistema, introducirse por la brecha de nuestro sistema operativo y
   hacer un listado de la correspondencia electrónica. Antes cometía algún
   que otro error, cuando probaba nuevas órdenes. Hoy actuaba con pericia
   y decisión. Ninguna equivocación. Como si hiciera una exhibición.

   Conectó directamente con el arsenal del ejército en Anniston e imprimió
   un pequeño archivo sobre la fiabilidad en combate de los misiles del
   ejército. A continuación intentó conectar con el laboratorio de
   investigación balística del ejército en Aberdeen, Maryland. En un
   segundo Milnet le había conectado, pero las contraseñas de dicho
   laboratorio le impidieron introducirse en su ordenador.

   Me hizo perder el resto de la mañana, mientras examinaba el archivo de
   nuestros científicos, en busca de contraseñas. Entre la documentación
   de un físico encontró un antiguo archivo que describía la forma de
   introducirse en un superordenador Cray del Lawrence Livermore
   Laboratory.

   Para evitar que alguien adivinara las contraseña de su superordenador,
   Livermore utilizaba también contraseñas generadas al azar por el propio
   ordenador, como agnitfom o ngagk. Evidentemente, nadie es capaz de
   recordar semejantes palabras. ¿Consecuencia? Hay quien las archiva en
   ficheros informáticos. ¿De qué sirve un complejo cerrojo si se escribe
   la combinación en la pared?

   Dave Cleveland, nuestro gurú del Unix, observaba al hacker.

   —Por lo menos no podrá introducirse en los ordenadores secretos de
   Livermore —dijo.

   —¿Por qué no?

   —Su sistema secreto no tiene contacto alguno con la red. Está aislado.

   —En tal caso, ¿a qué conduce la contraseña?

   —En Livermore hay unos cuantos ordenadores que no son secretos,
   destinados a la investigación de la energía de fusión.

   —Esto me suena a fabricación de bombas.

   A mí cualquier tipo de fusión me hacía pensar en bombas.

   —Intentan construir reactores de fusión para generar electricidad
   barata. Ya sabes: reacciones de fusión dentro de campos magnéticos en
   forma de buñuelo.

   —Por supuesto. Jugaba con uno cuando era niño.

   —Lo suponía. El caso es que, al no tratarse de investigación bélica, el
   ordenador en cuestión es accesible mediante las redes informáticas.

   —Habrá que avisar a Livermore para que cancelen esa cuenta.

   —Espera un momento. Desde aquí no se puede conectar con el ordenador de
   energía de fusión magnética. Ese hacker amigo tuyo quedará sin aliento
   intentándolo.

   —Esto no va a gustar al guarda, Yogi...

   —Confía en mí.

   El hacker siguió husmeando durante algunos minutos y desconectó. Ni
   siquiera intentó conectar con Livermore.

   —Ya ves en qué ha quedado tu teoría —dijo Dave, encogiéndose de
   hombros.

   Con la esperanza de que se utilizaran como prueba pericial, Dave y yo
   firmamos las copias de la impresora. Dejamos las impresoras en la sala
   de conexiones y regresé a mi despacho. Todavía no había transcurrido
   una hora cuando sonó la alarma en mi terminal; el hacker había
   regresado.

   Sin embargo, ninguna de las impresoras registraba su actividad.
   Verifiqué los sistemas Unix y vi que había conectado con el nombre de
   Sventek. Pero no había entrado por las terminales de Tymnet.

   Examiné rápidamente los modems: dos científicos editando programas, un
   funcionario redactando el texto de un contrato y un estudiante que
   escribía una carta de amor. Ni rastro del hacker.

   Regresé a mi despacho para observar a los usuarios del Unix.
   Efectivamente, ahí estaba Svenlek. Pero ¿cómo había entrado?

   La terminal a la que estaba conectado no era una línea común de 1200
   baudios y por ello no se registraba su presencia en la sala de
   conexiones. No, procedía de nuestra propia red. Nuestros cables. La
   manguera verde que interconectaba un centenar de terminales y
   ordenadores personales por todo el laboratorio.

   Fui corriendo al despacho de Wayne y le dije:

   —¡Observa: el hacker está en nuestra red local!

   —Tranquilízate, Cliff. Déjame ver. Efectivamente, ahí está Sventek, en
   el Unix-4. ¿Qué piensas hacer?

   —Es el hacker. Y está en nuestra red interior.

   —No tiene nada de asombroso. Hay una docena de modos distintos de
   introducirse en la misma —dijo Wayne, dirigiéndose a otra de las cinco
   terminales que tenía en su despacho— Conectaré mi querido analizador de
   la red y veremos quién hace qué.

   Mientras Wayne introducía los parámetros, yo pensaba en las
   consecuencias de que el hacker se encontrara en nuestra red local. Se
   trataba de una línea que pasaba por todos y cada uno de los despachos.
   Era un mal augurio: significaba que podía atacar incluso los
   ordenadores personales conectados a la red.

   Pero tal vez tenía también su lado bueno. Puede que el hacker viviera
   aquí, en Berkeley, y trabajara en el laboratorio. De ser así, ya casi
   le teníamos cercado. Wayne seguiría la red, hasta escasos metros de la
   fuente.

   —Aquí está tu conexión. Procede de... del ordenador que controla la red
   de energía de fusión magnética.

   —¿Me estás diciendo que el hacker entra en nuestro laboratorio mediante
   la red de energía de fusión magnética?

   —Así es. Viene del Lawrence Livermore Laboratory. La red de energía de
   fusión magnética.

   — ¡Oye, Dave! —chillé por el pasillo—. ¿A que no adivinas quién está de
   visita en Livermore?

   —No sabía que eso fuera posible —exclamó Dave, levantando las cejas—.
   Tu hacker ha descubierto un camino para llegar al sistema Unix, que yo
   no sabía que existiera.

   Wayne lanzó a Dave su habitual perorata contra el Unix. Yo los dejé
   discutiendo y fui a llamar por teléfono a Livermore.

   Tuve que realizar tres llamadas para encontrar a la directora del
   sistema de la red de energía de fusión magnética.

   —Hola, tú no me conoces, pero tenéis un hacker en vuestro sistema.

   —¿Ah, sí? ¿Y tú quién eres?

   —Trabajo en el LBL. Hay alguien merodeando por mi ordenador y procede
   de la red de energía de fusión magnética. Parece que ha conectado desde
   Livermore.

   —¡Maldita sea! Voy a comprobar los usuarios... Hay sólo una línea
   activa entre Livermore y Berkeley. Cuenta número 1674..., pertenece a
   alguien llamado Cromwell.

   —Es él —le dije—. El hacker ha descubierto la contraseña hace un par de
   horas. La ha encontrado en un fichero archivado aquí en Berkeley.

   —Voy a anular esa cuenta. Cromwell podrá utilizar nuestro sistema
   cuando aprenda a guardar el secreto de las contraseñas.

   Para ella se trataba de un problema de usuarios ignorantes y no de
   sistemas irracionales que obligaban a la gente a recordar palabras tan
   absurdas como agnitfom.

   —¿Puedes localizar la conexión? —pregunte con la esperanza de que
   mantuviera la línea abierta el tiempo necesario para averiguar su
   procedencia.

   —No. No estamos autorizados a efectuar seguimientos. Tendrás que hablar
   antes con la dirección.

   —Pero cuando alguien tome una decisión, el hacker ya se habrá marchado.

   —Nosotros dirigimos una instalación de alta seguridad —respondió—. Si
   alguien descubre la presencia de un hacker en Livermore, rodarán
   cabezas.

   —A no ser que localices la procedencia del hacker, nunca podrás estar
   segura de que te has librado de él.

   —Mi misión consiste en dirigir un ordenador y no en capturar
   delincuentes. Déjame al margen de tu quimérica persecución.

   Decidió cortar todas las entradas y anular la cuenta robada. El hacker
   desapareció del ordenador de Livermore y del nuestro.

   Tal vez hizo lo más indicado. Aunque hubiera iniciado un seguimiento,
   yo no habría podido comprobar lo que estaba haciendo el hacker.
   Detectaba, sin duda, su presencia en mi ordenador, pero la red de
   energía de fusión magnética estaba conectada directamente al mismo, sin
   pasar por la sala de conexiones. Mis impresoras no captaban la
   actividad del hacker.

   Deprimido, decidí ir a almorzar. En la cafetería del LBL vi a Luis
   Álvarez sentado frente a mí. Inventor, físico y ganador del premio
   Nobel, Luis era un personaje del renacimiento en pleno siglo 20. Exigía
   resultados en lugar de perder tiempo con la burocracia. Incluso desde
   su estratosfera, Álvarez se dignaba hablar con individuos tan
   insignificantes como yo:

   —¿Cómo va la astronomía? ¿Sigues en la construcción de aquel
   telescopio?

   —No, ahora trabajo en el centro de informática. Lo que tendría que
   hacer es escribir programas, pero he estado dedicando todo mi tiempo a
   la persecución de un hacker.

   —¿Ha habido suerte?

   —Juega al escondite por las redes. Al principio creí que procedía de
   Berkeley, después de Oakland, a continuación de Alabama y ahora de
   Virginia. Últimamente le hemos localizado en Livermore.

   —¿Habéis llamado al FBI?

   —Seis veces. Tienen cosas más importantes que hacer. Lo más frustrante
   es la falta absoluta de apoyo.

   A continuación le conté lo ocurrido aquella mañana en Livermore.

   —Claro, tiene que preocuparse de su trabajo.

   —Pero, ¡maldita sea!, estoy intentando ayudarlos. No les importa que
   estén robando a su vecino.

   —Deja de actuar como un cruzado, Cliff. ¿Por qué no lo enfocas como un
   proyecto de investigación? A nadie más le interesa; ni a Livermore, ni
   al FBI. ¡Diablos! En un par de semanas probablemente ni siquiera le
   interese a la dirección de nuestro laboratorio.

   —Me han concedido tres semanas, que ya se han cumplido.

   —A eso me refería. Cuando uno investiga de verdad, nunca sabe lo que
   costará, cuánto tiempo necesitará, ni qué descubrirá. Lo único que sabe
   es que se encuentra ante un territorio inexplorado y con la posibilidad
   de descubrir lo que el mismo encierra.

   —Para ti es fácil hablar así, pero yo tengo tres directores a quienes
   contentar, programas que escribir y sistemas para dirigir.

   —¿Y qué? Estás siguiendo una pista fascinante. Eres un explorador.
   Piensa en quién pueda haber tras lodo eso. Tal vez un espía
   internacional.

   —Es más probable que se trate de un estudiante de instituto que combate
   su aburrimiento.

   —En tal caso, olvida al causante de los problemas —dijo Luis—. No
   actúes como un policía, sino como un científico. Investiga las
   conexiones, las técnicas, los agujeros. Aplica los principios de la
   física. Busca nuevos métodos para resolver los problemas. Recopila
   estadísticas, publica tus resultados y confía sólo en lo que puedas
   demostrar. Pero no excluyas soluciones improbables, mantén una actitud
   abierta.

   —¿Y qué hago cuando me encuentro con un muro infranqueable?

   —¿Como la directora del sistema de Livermore? —preguntó Luis.

   —O la negación de la compañía telefónica a facilitarme los resultados
   de su seguimiento, o la del FBI a concederme una orden judicial, o el
   hecho de que nuestro propio laboratorio me ordene abandonar la
   investigación en un par de días.

   —Los callejones sin salida son ilusorios. ¿Desde cuándo has permitido
   que un letrero de «prohibida la entrada» te impida hacer lo que te
   propones? Sortea el muro. Si no puedes sortearlo, escálalo, o construye
   un túnel. Pero no te rindas.

   —¿Y quién me pagará a fin de mes?

   —Permisos; una bobada. Financiación; olvídalo. Nadie paga para que se
   investigue; lo único que interesa son los resultados —dijo Luis—.
   Evidentemente, podrías escribir un proyecto detallado para la
   persecución de ese hacker. En cincuenta páginas describirías lo que ya
   sabes, a lo que aspiras y la cantidad de dinero que será necesaria.
   Incluyes los nombres de tres intelectuales reconocidos que te
   respalden, los beneficios con relación al coste y los artículos que
   hayas publicado anteriormente. Ah, y no olvides la justificación
   teórica.

   —O puedes limitarte a seguir a ese cabrón. Correr más rápido que él. A
   mayor velocidad que el director del laboratorio. Actuando tú mismo, sin
   esperar a nadie. Procura contentar a tu jefe, pero no permitas que te
   ate de pies y manos. No te conviertas en una diana inmóvil.

   He aquí la razón por la que Luis había ganado un premio Nobel. No era
   tanto lo que hacía, sino cómo lo hacía. Se interesaba por todo. A
   partir de un puñado de rocas ligeramente enriquecidas con iridio había
   deducido que la tierra debía haber sido bombardeada por meteoritos (una
   de las fuentes del iridio), hacía unos sesenta y cinco millones de
   años. A pesar del escepticismo de los paleontólogos, reconoció que
   dichos meteoritos habían causado la desaparición de los dinosaurios.

   Luis Álvarez nunca llegó a ver los fragmentos subatómicos que le
   permitieron ganar el premio Nobel. Se había limitado a fotografiar sus
   huellas en cámaras de ebullición. Analizadas las mismas, su longitud le
   había permitido calcular la duración de la vida de dichas partículas, y
   de su curvatura había deducido su carga y su masa.

   Mi investigación estaba muy lejos de la suya, pero ¿qué tenía que
   perder? Puede que sus técnicas funcionaran para mí. Pero ¿cómo se
   investiga científicamente a un hacker?

   A las 6.19 de aquella misma tarde apareció de nuevo el hacker. En esta
   ocasión, lo hizo a través de Tymnet. No me molesté en seguir la
   llamada: parecía absurdo llamar a todo el mundo a la hora de la cena,
   para que a fin de cuentas no me dieran el número de teléfono.

   En su lugar observé cómo el hacker conectaba deliberadamente con el
   ordenador MX, un PDP-10 de los laboratorios de inteligencia artificial
   del MIT, en Cambridge, Massachusetts. Conectó con el nombre de usuario
   Litwin y pasó casi una hora aprendiendo a utilizar aquel ordenador. No
   parecía acostumbrado al sistema del MIT y apelaba con frecuencia a la
   ayuda automática. En una hora había aprendido poco más que a hacer
   listados de archivos.

   Tal vez debido a lo arcano de la investigación en inteligencia
   artificial, no encontró gran cosa. No cabe duda de que aquel anticuado
   sistema operativo no merecía mucha protección; cualquier usuario podía
   leer los archivos de todos los demás. Sin embargo, el hacker no se
   había dado cuenta de ello. La mera imposibilidad de comprender el
   sistema protegía su información.

   Me preocupaba el uso que el hacker pudiera hacer de nuestras conexiones
   a la red durante el fin de semana. En lugar de acampar en la sala de
   ordenadores, decidí desconectar todas las redes. A fin de cubrir mis
   huellas, dejé un mensaje electrónico para todos los usuarios que
   intentaran conectar: «Debido a obras, todas las redes están
   desconectadas hasta el lunes.» Esto aislaría sin duda al hacker del
   Milnet. El número de quejas me indicaría la cantidad de gente que
   dependía de aquella red.

   Resultaron ser pocas, pero las suficientes para crearme problemas.

   —Cliff, estamos recibiendo muchas quejas porque la red no funciona
   —dijo Roy Kerth a primera hora—. Un par de docenas de personas
   protestan por no haber recibido la correspondencia electrónica. ¿Te
   importaría investigarlo?

   —Por supuesto —respondí, comprendiendo que se había creído lo del
   mensaje—. Voy a ver si la pongo en funcionamiento inmediatamente.

   Tardé cinco minutos en reconectarlo todo y mi jefe creyó que era un
   mago. Yo mantuve la boca cerrada.

   Pero cuando la red estaba desconectada, el hacker había hecho acto de
   presencia. La única constancia era la copia impresa del monitor, pero
   bastaba. Había aparecido a las 5.15 de la madrugada y había intentado
   conectar con un ordenador del Milnet en Omaha, Nebraska. Al cabo de dos
   minutos había desaparecido. Gracias al directorio de la red descubrí
   que a quien había intentado contactar era un suministrador de material
   de defensa, SRI Inc.

   Llamé a Ken Crepea en SRI y no había detectado nada inusual.

   —Pero le llamaré si descubro algo extraño —me dijo.

   Al cabo de dos horas recibí una llamada de Ken.

   —Cliff, no te lo vas a creer, pero he verificado la contabilidad y
   alguien ha irrumpido en mi ordenador.

   —¿Cómo lo sabes? —pregunté, convencido de que estaba en lo cierto.

   —Aparecen conexiones durante el fin de semana desde distintos lugares,
   en cuentas que deberían estar inactivas.

   —¿Desde dónde?

   —Desde Anniston en Alabama y desde Livermore, California. Alguien ha
   utilizado nuestra vieja cuenta SAC. Solía ser la del mando aéreo
   estratégico, aquí en Omaha.

   —¿Tienes alguna idea de cómo ha logrado invadirla?

   —El caso es que no estaba protegida por ninguna contraseña —respondió
   Ken—. Bastaba con la palabra SAC. Me temo que metimos la pata, ¿verdad?

   —¿Qué ha hecho?

   —Por la contabilidad no puedo saberlo. Sólo me consta el tiempo de
   conexión.

   Me dijo las horas y las anoté en mi cuaderno. Para proteger su sistema,
   Ken cambiaría todas las contraseñas de todas las cuentas y exigiría a
   todos los usuarios que se presentaran en persona para recibir su nueva
   contraseña.

   El hacker podía entrar en el Milnet por lo menos mediante otros dos
   ordenadores, el de Anniston y el de Livermore. Y probablemente el del
   MIT.

   El MIT. Había olvidado avisarlos. Llamé a Karen Solhn del departamento
   de informática y le hablé de la intrusión del viernes por la noche.

   —No te preocupes —me dijo—, no hay gran cosa en ese ordenador y en un
   par de semanas dejaremos de utilizarlo.

   —Me alegro. ¿Puedes decirme a quién pertenece la cuenta de Litwin?

   Quería saber de dónde había sacado el hacker aquella información.

   —Es un físico de plasma de la Universidad de Wisconsin —respondió—.
   Utiliza los grandes ordenadores de Livermore y transmite los resultados
   a nuestro sistema.

   Debió de dejar sus contraseñas para el MIT en el ordenador de
   Livermore.

   Ese hacker seguía sigilosamente a los científicos de un ordenador a
   otro, recogiendo las migas que abandonaban. Lo que no sabía era que
   alguien recogía también las suyas.

  17

   El hacker sabía cómo moverse por el Milnet. Ahora me daba cuenta de lo
   inútil que sería cerrarle las puertas de nuestros ordenadores. Se
   limitaría a utilizar otra entrada. Tal vez lograra impedirle el acceso
   a nuestro sistema, pero seguiría introduciéndose mediante otros
   sistemas.

   Nadie le detectaba. Sin impedimento alguno había penetrado
   sigilosamente en Livermore, SRI, Anniston y el MIT.

   Nadie le perseguía. El FBI ciertamente no lo hacía. La CIA y la oficina
   de investigaciones especiales de las fuerzas aéreas no podían, o no
   querían, hacer nada.

   Bien, casi nadie. Yo le perseguía, pero no se me ocurría cómo
   capturarle. Los seguimientos telefónicos no cuadraban. Además, dado que
   utilizaba distintas redes, ¿cómo saber de dónde procedía? Hoy podía
   entrar por mi laboratorio e introducirse en un ordenador de
   Massachusetts, pero puede que mañana se introdujera en la red por
   Peoria para acabar en Padunk. Yo sólo podía seguirle los pasos cuando
   pasaba por mi sistema.

   Había llegado el momento de elegir entre abandonar la búsqueda para
   volver a la astronomía y a la programación, o de hacer que mi sistema
   le resultara tan apetecible que prefiriera utilizar Berkeley como punto
   de partida.

   Lo más sensato parecía abandonarlo. Mis tres semanas habían concluido y
   se oían rumores de «la búsqueda de Cliff del santo Grial». Mientras la
   búsqueda diera la impresión de ser fructuosa, el laboratorio parecía
   dispuesto a tolerarme, pero tenía que demostrar cierto progreso.
   Durante la última semana, el único progreso era el que había realizado
   el hacker.

   —Investiga —me había dicho Luis Álvarez.

   De acuerdo: me dedicaría a observar a ese individuo y lo denominaría
   ciencia. Quedaba por ver lo que descubriría acerca de las redes, de la
   seguridad informática y tal vez del propio hacker.

   Abrí de nuevo las puertas y, efectivamente, el hacker entró y comenzó a
   merodear por el sistema. Encontró un archivo interesante en la que se
   describían técnicas para el diseño de circuitos integrados. Observé su
   lanzamiento de Kermit, programa para la transferencia universal de
   ficheros, a fin de transmitir nuestro archivo a su ordenador.

   El programa Kermit no se limita a copiar un archivo de un ordenador a
   otro, sino que la verifica constantemente, para asegurarse de que no ha
   habido ninguna equivocación en la transmisión. Por consiguiente, cuando
   vi que activaba nuestro programa Kermit, supe que iniciaba el mismo
   programa en su ordenador. No sabía dónde se encontraba el hacker, pero
   estaba seguro de que utilizaba un ordenador y no una simple terminal.
   Esto, a su vez, significaba que podía conservar todas sus sesiones en
   papel o en disco, sin necesidad de tomar notas en ningún cuaderno.

   Kermit copia ficheros de un sistema a otro. Ambos ordenadores deben
   cooperar; uno manda el archivo y el otro la recibe. Kermit debe estar
   funcionando en ambos ordenadores: uno habla y otro escucha.

   Para asegurarse de que no se cometen errores, el Kermit que transmite
   hace una pausa después de cada línea, dándole la oportunidad al
   receptor de confirmar que la ha recibido debidamente y que puede pasar
   a la próxima. Cuando el primer Kermit recibe la confirmación, prosigue
   con la transmisión. Si aparece algún problema, el Kermit transmisor
   repite la operación hasta recibir la debida confirmación. Es algo muy
   semejante a una conversación telefónica, en la que el que escucha
   repite «comprendo» después de cada frase.

   Mi equipo de control estaba instalado entre el Kermit de mi sistema y
   el del hacker. Para hablar con propiedad, no exactamente en el centro.
   Mi impresora grababa su diálogo, pero desde el extremo de Berkeley de
   una larga conexión. Vi cómo el ordenador del hacker se apoderaba de
   nuestra información y respondía con agradecimientos.

   De pronto se me ocurrió. Era como estar sentado junto a alguien que
   daba gritos en un desfiladero. El eco le permite a uno calcular la
   distancia recorrida por el sonido. Para saber lo lejos que está la
   pared del desfiladero, no hay más que multiplicar el tiempo que tarda
   en llegar el eco por la mitad de la velocidad del sonido. Simple
   física.

   Llamé inmediatamente a nuestros técnicos electrónicos. Lloyd Bellknap
   sabía exactamente cómo cronometrar los ecos.

   —Lo único que necesitas es un osciloscopio. Y tal vez un contador.

   En pocos minutos se las arregló para encontrar un antiguo osciloscopio
   medieval, construido cuando estaban de moda los tubos de rayos
   catódicos.

   Pero con eso nos bastaba para ver las pulsaciones en cuestión.
   Observando la gráfica, cronometramos los ecos. Tres segundos. Tres
   segundos y medio. Tres segundos y cuarto.

   ¿Tres segundos para recorrer el camino de ida y vuelta? Si la señal se
   desplaza a la velocidad de la luz (que no es una mala suposición), eso
   significaría que el hacker se encontraba a una distancia de 449000
   kilómetros.

   —Según las normas elementales de la física —anuncié a Lloyd con la
   consiguiente ostentación—, he llegado a la conclusión de que el hacker
   debe vivir en la Luna.

   —Te daré tres razones por las que te equivocas —respondió Lloyd, buen
   conocedor de las técnicas de comunicación.

   —Ya conozco una de ellas —le dije—. Puede que las señales del hacker
   lleguen vía satélite. Las microondas tardan un cuarto de segundo en
   desplazarse de la Tierra al satélite y de regreso a la Tierra.

   Los satélites de comunicaciones están situados, en una órbita
   ecuatorial, a 37000 kilómetros de la Tierra.

   —Ésta es, efectivamente, una de las razones —respondió Lloyd—. Pero
   necesitarías doce conexiones vía satélite para justificar los tres
   segundos de retraso. ¿Cuál es la verdadera razón del desfase?

   —Puede que el ordenador del hacker sea muy lento.

   —No puede ser tan lento. Aunque cabe la posibilidad de que el hacker
   haya programado su Kermit para que reaccione lentamente. Ésta sería la
   segunda razón.

   —¡Ah! Ya sé cuál es la tercera. El hacker utiliza redes que transmiten
   la información agrupada en paquetes. Dichos paquetes están sometidos a
   constantes cambios de rumbo, descomposiciones y reagrupaciones. Cada
   vez que pasan por un nódulo se retrasan un poco.

   —Exactamente. A no ser que puedas contar el número de nodos, no podrás
   calcular a qué distancia se encuentra. En otras palabras, «has
   perdido».

   Lloyd bostezó y volvió a la terminal que estaba reparando.

   Sin embargo existía una forma de averiguar la distancia a la que se
   encontraba el hacker. Después de que éste desconectara, llamé a un
   amigo de Los Ángeles y le pedí que conectara con mi ordenador, a través
   de ATT y Tymnet. Puso Kermit en funcionamiento y cronometré los ecos,
   que resultaron ser muy breves, tal vez una décima de segundo.

   A continuación hice la misma prueba con otro amigo de Houston, Texas.
   Sus ecos eran de unas quince décimas de segundo. Acto seguido
   experimenté con Baltimore, Nueva York y Chicago, y los ecos en cada
   caso eran inferiores a un segundo.

   De Nueva York a Berkeley hay unos 3200 kilómetros y el desfase era
   aproximadamente de un segundo. Por consiguiente, un desfase de tres
   segundos equivaldría a unos 9600 kilómetros, 1000 kilómetros más o
   menos.

   Muy extraño. La ruta del hacker debía de ser más tortuosa de lo que
   imaginaba.

   —Supongamos que el hacker viva en California —le dije a Dave Cleveland,
   al aportarle mis nuevas pruebas— y llame a la costa este, para acabar
   conectando con Berkeley. Esto explicaría el prolongado desfase.

   —El hacker no es de California —respondió mi gurú—. Ya te lo he dicho,
   no conoce el Unix de Berkeley.

   —Entonces debe de utilizar un ordenador muy lento.

   —Es improbable, dada su habilidad con el Unix.

   —¿Puede haber retrasado deliberadamente los parámetros de su Kermit?

   —Nadie lo haría; sólo serviría para perder tiempo en la transferencia
   de ficheros.

   Reflexioné sobre el significado de mis mediciones. Las muestras de mis
   amigos me indicaban el retraso provocado por Tymnet y ATT. Menos de un
   segundo. Quedaban dos segundos sin justificación.

   Tal vez mi método era erróneo. Puede que el hacker utilizara un
   ordenador lento. O quizá procedía de otra red, más allá de las líneas
   telefónicas de ATT. Alguna red que yo desconocía.

   Cada nueva prueba apuntaba en una dirección distinta. Tymnet había
   señalado Oakland. La compañía telefónica hablaba de Virginia. Pero sus
   ecos indicaban que se encontraba 6000 kilómetros más allá de Virginia.

  18

   A fines de setiembre el hacker aparecía a días alternos. A menudo se
   limitaba a levantar el periscopio, echar una ojeada y retirarse al cabo
   de unos minutos. Nunca el tiempo necesario para localizar la llamada,
   ni para preocuparse excesivamente.

   Estaba nervioso y me sentía ligeramente culpable. A menudo me perdía la
   cena en casa, para quedarme un rato a vigilar al hacker.

   La única forma de poder seguir controlándole consistía en fingir que me
   ocupaba de mi trabajo. Realizaba algunos trabajos gráficos para
   satisfacer a los astrónomos y a los físicos, y a continuación jugaba
   con las conexiones de la red para satisfacer mi propia curiosidad. En
   realidad debía prestarle atención a parte del software de nuestra red,
   pero generalmente me limitaba a jugar para aprender su funcionamiento.
   Llamaba a otros centros informáticos, ostensiblemente para resolver
   problemas de la red. Pero cuando hablaba con ellos, sacaba
   cautelosamente a relucir el tema de los hackers, para averiguar a quién
   afectaba dicho problema.

   Dan Kolkowitz, de la Universidad de Stamford, era consciente de la
   presencia de hackers en su ordenador. Estaba a una hora en coche de
   Berkeley, pero en bicicleta era un día de viaje. Por consiguiente,
   decidimos comparar notas por teléfono y nos preguntamos si sería el
   mismo roedor quien mordisqueaba nuestros sistemas respectivos.

   Desde que había comenzado a observar mis monitores, de vez en cuando
   veía a alguien que intentaba introducirse en mi ordenador. Cada dos o
   tres días alguien llamaba por teléfono al sistema e intentaba conectar
   con las palabras system o guest. Puesto que nunca lo lograban, no me
   molesté en seguirles la pista. El caso de Dan era mucho peor.

   —Se diría que todos los jovenzuelos de Silicon Valley intentan irrumpir
   clandestinamente en Stamford —se quejaba Dan—. Descubren las
   contraseñas de cuentas estudiantiles legitimas, y abusan del tiempo de
   computación y conexión. Es algo muy molesto, pero no nos queda más
   alternativa que soportarlo, mientras Stamford opere en un sistema
   relativamente abierto.

   —¿No has pensado en apretar las tuercas?

   —Todo el mundo protestaría si reforzáramos la seguridad —respondió
   Dan—. La gente desea compartir información y por ello permiten que todo
   el mundo en su ordenador pueda leer la mayor parte de los archivos. Se
   quejan cuando los obligamos a cambiar sus contraseñas. Sin embargo
   exigen que su información sea privada.

   A la gente le preocupaba más cerrar el coche que proteger su
   información.

   Un hacker en particular molestaba a Dan.

   —Por si no le bastaba con encontrar un agujero para introducirse en el
   sistema Unix de Stamford, tuvo la osadía de llamarme por teléfono.
   Habló conmigo durante dos horas, al tiempo que manipulaba los archivos
   de mis sistemas.

   —¿Lograste localizarle?

   —Lo intenté. Mientras estaba al teléfono, llamé a la policía de
   Stamford y a la compañía telefónica. Pero en dos horas no llegaron a
   encontrarle.

   Pensé en Lee Ghong, de la Pacific Bell. Le habían bastado diez minutos
   para realizar un seguimiento de un extremo a otro del país. Y Tymnet
   verificaba su red en menos de un minuto.

   —El individuo que se introduce en mi sistema no causa ningún daño —le
   dije, comparando nuestros respectivos hackers—. Se limita a
   inspeccionar archivos y utilizar las conexiones de mi red.

   —Exactamente lo mismo que yo he observado. He cambiado mi sistema
   operativo para poder ver lo que está haciendo.

   Mis monitores eran PCs IBM, sin modificaciones en el software, pero el
   principio era el mismo.

   —¿Le has visto robar archivos de contraseñas y aplicaciones del
   sistema?

   —Sí. Utiliza el seudónimo «Pfloyd»... Apuesto a que es un seguidor de
   Pink Floyd. Sólo actúa de madrugada.

   En esto no coincidían. Yo veía a mi hacker frecuentemente al mediodía.
   Al reflexionar, comprendí que los que irrumpían en Stamford eran otros.
   El hacker de Berkeley parecía preferir el nombre de «Hunter», a pesar
   de que le conocía por varios otros nombres de cuentas que había robado.

   Al cabo de tres días, el 3 de octubre, los titulares del San Francisco
   Examiner proclamaban: «Sabuesos de la informática al acecho de un sagaz
   hacker.» Un periodista llamado John Markoff había husmeado la historia
   en Stamford. En el mismo artículo, el periódico mencionaba que aquel
   hacker se había introducido también en los ordenadores del LBL. ¿Sería
   cierto?

   La history describía las trampas de Dan y su incapacidad para atrapar
   al hacker Pfloyd de Stamford. Pero el periodista confundió el seudónimo
   y en el artículo decía: «Un astuto hacker que utiliza el nombre de Pink
   Floyd.»

   Enojado por la divulgación de la historia, me disponía a echar los
   cerrojos, cuando Bruce Bauer, del departamento de policía del
   laboratorio, llamó para preguntarme si había visto el periódico.

   —Sí. ¡Vaya desastre! Ahora el hacker no volverá a asomar las narices.

   —No estés tan seguro —dijo Bruce—. Puede que ésta sea la oportunidad
   que estábamos esperando.

   —Nunca volverá a aparecer, ahora que es consciente de que sabemos que
   hay un hacker en nuestro sistema.

   —Tal vez. Pero querrá averiguar si le habéis cerrado las puertas de
   vuestro ordenador. Además, probablemente confía en ser capaz de sortear
   al personal de Stamford y de pasar por aquí sin que nosotros le
   detectemos.

   —Sí, pero seguimos estando muy lejos de localizarle.

   —Ésta es precisamente la razón de mi llamada. Tardaremos todavía un par
   de semanas en conseguir una orden judicial, pero me gustaría que
   dejaras las puertas abiertas hasta entonces.

   Después de colgar, me pregunté por su inesperado interés. ¿Lo habría
   motivado el artículo del periódico? ¿O tal vez el FBI había decidido
   finalmente tomar cartas en el asunto?

   Al día siguiente, sin duda gracias a Bruce Bauer, Roy Kerth me dijo que
   siguiera vigilando al hacker, aunque también me indicó inequívocamente
   que mis obligaciones habituales debían tener preferencia.

   Esto sólo me incumbía a mí. Cada vez que aparecía el hacker, pasaba una
   buena hora dilucidando lo que hacía y relacionándolo con sus demás
   sesiones. Y a continuación varias horas llamando por teléfono, para
   divulgar las malas noticias. Acto seguido anotaba lo ocurrido en mi
   cuaderno. Cuando terminaba, había transcurrido prácticamente toda una
   jornada. Seguir a nuestro huésped se estaba convirtiendo en un trabajo
   permanente.

   En mi caso, la intuición de Bruce Bauer fue correcta. El hacker volvió
   una semana después de que apareciera el artículo. Domingo, 12 de
   octubre, a la 1.41, intentaba resolver un problema de astronomía, algo
   relacionado con polinomios ortogonales, cuando sonó la alarma de mi
   terminal.

   Fui corriendo por el pasillo y descubrí que el hacker había conectado
   mediante la antigua cuenta de Sventek.

   Utilizó mi ordenador durante doce minutos, para conectar a Milnet. De
   ahí se dirigió a la base militar de Anniston, donde conectó sin
   dificultad alguna como Hunt. Se limitó a verificar sus archivos y
   desconectó.

   El lunes recibí una llamada de Chuck McNatt, de Anniston.

   —He examinado las cuentas del fin de semana y me he encontrado de nuevo
   con el hacker —dijo.

   —Efectivamente, entró unos minutos en tu sistema. Sólo el tiempo
   necesario para ver si alguien le observaba.

   Las copias de mi impresora reflejaban la historia completa.

   —Creo que lo mejor será que le cierre las puertas —dijo Chuck—. Aquí el
   riesgo es excesivo y no parece que progresemos en nuestra operación de
   captura.

   —¿No puedes permanecer abierto un poco más?

   —Ha transcurrido ya un mes y me preocupa que borre mis archivos
   —respondió Chuck, consciente del peligro.

   —Bien, de acuerdo. Pero asegúrate de que le cierras realmente las
   puertas.

   —Por supuesto. Cambiaré todas las claves y comprobaré todos los
   agujeros en el sistema operativo.

   No podía quejarme. Otros no tenían la paciencia de permanecer abiertos.
   ¿O era estupidez?

   Al cabo de diez días apareció de nuevo el hacker. Llegué a la sala de
   conexiones en el momento en que intentaba conectar con Anniston:

   LBL> telnet ANAD.ARPA
   Connecting to 26.1.2.22
   Bienvenido a Anniston Army Depot
   login: Hunt
   password: Jaeger
   Contraseña incorrecta. Inténtelo de nuevo
   login: Bin
   password: jabber
   Bienvenido a Anniston Army Depot
   ¡Atención a los intrusos!
   Desconfien de usuarios desconocidos
   Exijan a los extraños que se identifiquen

   Chuck había cancelado la cuenta de Hunt, pero no había cambiado la
   contraseña de la cuenta de sistema, Bin.

   El mensaje de bienvenida advertía al hacker que alguien había detectado
   su presencia. Comprobó rápidamente sus archivos Gnu-Emacs y descubrió
   que habían sido borradas. Merodeó por el sistema de Anniston y encontró
   un archivo abierto el 3 de julio; un archivo que le otorgó privilegios
   de superusuario. Estaba oculto en el directorio público /usr/lib, área
   en la que cualquier usuario podía escribir. Lo había denominado «.d»,
   igual que los que ocultaba en nuestro sistema del LBL.

   Pero en lugar de ejecutar el programa, desconectó del sistema de
   Anniston y a continuación del LBL.

   Chuck no se había percatado de la existencia de aquel archivo especial.
   Por teléfono me contó que había cambiado todas y cada una de las
   contraseñas de los usuarios, que sumaban 200 en total. Pero no había
   cambiado ninguna de las contraseña del sistema, como Bin, puesto que
   suponía que él era el único que las conocía. También creía haber
   eliminado por completo todos los archivos peligrosos, pero había
   olvidado unos cuantos.

   El archivo «.d» de Anniston era un punto importante de referencia. El
   hacker había puesto aquel huevo el 3 de julio y al cabo de tres meses
   recordaba exactamente dónde lo había ocultado.

   No tuvo que adivinar ni buscar para hallar el archivo «.d», sino que
   acudió directamente a él.

   Después de tres meses soy incapaz de recordar dónde he archivado un
   fichero determinado, por lo menos sin la ayuda de mi cuaderno.

   El hacker en cuestión debía de registrar lo que hacía.

   Eché un vistazo a mi cuaderno. Alguien en algún lugar conservaba una
   copia idéntica del mismo.

   Un jovenzuelo que se dedique a hacer travesuras los fines de semana no
   conserva notas detalladas. Un bromista universitario no esperaría
   pacientemente tres meses antes de comprobar el efecto de su jugarreta.
   No, lo que observábamos era un ataque metódico y deliberado por parte
   de alguien que sabía exactamente lo que hacía.

  19

   Aunque hay que pasar despacio junto a la garita del guarda, se pueden
   alcanzar los cincuenta kilómetros por hora pedaleando colina abajo
   desde el LBL. El martes por la noche no tenía ninguna prisa, pero
   pedaleé de todos modos; es emocionante la sensación del viento.
   Kilómetro y medio de bajada, seguido de una cita en la bolera de
   Berkeley.

   La antigua bolera era ahora un gigantesco mercado de frutas y verduras,
   donde se encontraban los kiwis y las guayabas más baratos. Olía todo el
   año a mangos, incluso en la sección del pescado. Junto a una pirámide
   de sandías vi a Martha golpeando unas calabazas, en busca del relleno
   para la tarta de la fiesta de Halloween.

   —Hola, Boris. El microfilm secreto está oculto entre las calabazas.

   Desde mi primer contacto con la CIA, para Martha me había convertido en
   un espía.

   Nos decidimos por una docena de calabacines para esculpir y una buena
   calabaza fresca para la tarta. Después de colocarlas en nuestras
   mochilas, regresamos a casa en bicicleta.

   A tres manzanas del mercado de fruta, en la esquina de Fulton y Ward,
   hay cuatro señales de «stop». Alguien había pintado una de ellas, en la
   que ahora se leía «alto a la CIA» y otra «alto a la NSA».

   Martha sonrió. Yo me puse nervioso y fingí ajustarme la mochila. No
   necesitaba que alguien me recordara de nuevo la política de Berkeley.

   En casa, Martha me pasó los calabacines y los guardé en una caja.

   —Lo que necesitamos es una bandera —dijo, mientras me arrojaba el
   último calabacín, bajo y ladeado—. Algún tipo de insignia que simbolice
   la caza de hackers —agregó agachándose y sacando del armario un pendón
   del tamaño de una camisa, con una serpiente enroscada alrededor de un
   ordenador, en el que se leía: «No me pisoteéis»—. Me sobraba un poco de
   tela de mi disfraz y he confeccionado esto.

   Durante las últimas semanas antes de la fiesta de Halloween, cosíamos
   desesperadamente para confeccionar nuestros disfraces. El mío era un
   atuendo de cardenal, con mitra, cetro y cáliz incluidos. Martha,
   evidentemente, guardaba el suyo escondido; todas las precauciones son
   pocas cuando se comparte la máquina de coser con el compañero de
   habitación.

   Al día siguiente icé mi bandera de cazador de hackers sobre los cuatro
   monitores que controlaban las líneas de entrada de Tymnet. Había
   comprado un marcador telefónico automático muy barato de Radio Shack y
   lo conecté a un analizador lógico caro pero obsoleto. Entre ambos
   esperaban pacientemente a que el hacker tecleara su contraseña y
   marcaban silenciosamente mi número de teléfono.

   Como era de suponer, la bandera se cayó y se enredó en la impresora,
   precisamente cuando apareció el hacker. Extraje rápidamente las trizas
   de papel y ropa, en el momento justo de ver cómo el hacker cambiaba sus
   contraseñas.

   Al parecer no le gustaban las antiguas: hedges, jaeger, hunter y
   benson, y las cambió todas ellas por una sola: lblhack.

   Por lo menos coincidíamos en lo que estaba haciendo.

   Eligió la misma contraseña para cuatro cuentas distintas. De haberse
   tratado de cuatro personas, cada una habría tenido su propia cuenta y
   contraseña distinta de las demás. Pero ahora, en una sola sesión, las
   cuatro cuentas habían cambiado.

   Debía de estar persiguiendo a una sola persona. Alguien con la
   tenacidad necesaria para volver una y otra vez a mi ordenador. Con
   bastante paciencia para ocultar un archivo envenenado en la base
   militar de Anniston y volver al mismo al cabo de tres meses. Y singular
   en su elección de objetivos militares.

   Elegía sus propias contraseña. «lblhack» era evidente. Había consultado
   el listín telefónico de Berkeley en busca de Jaeger y Benson; tal vez
   debería consultar el de Stanford. Me detuve en la biblioteca. Maggie
   Morley, nuestra directora de documentación, de cuarenta y cinco años,
   es una excelente jugadora de «intellect». De su puerta cuelga una lista
   con todas las palabras de tres letras autorizadas en dicho juego. Para
   poder entrar hay que preguntarle por una de ellas.

   —Así las mantengo frescas en mi memoria —afirma.

   —Hez —exclamé.

   —Pasa.

   —Necesito un listín telefónico de Stanford —le dije—. Estoy buscando a
   todos los Jaeger o Benson de Silicon Valley.

   —Necesitas los listines de Palo Alto y de San José —respondió Maggie
   sin necesidad de consultar los archivos del catálogo—. Lo siento, pero
   no los tenemos. Tardaremos más o menos una semana en conseguirlos.

   Poco importaba una semana, al ritmo que avanzaba.

   —Jaeger es una palabra que me ha sido muy útil —sonrió Maggie—. Vale
   dieciséis puntos, pero en una ocasión me permitió ganar el juego,
   cuando la «j» coincidió con un cuadro de triple puntuación. Se
   convirtió en setenta y cinco puntos.

   —El caso es que a mí me interesa porque es la contraseña que utiliza el
   hacker. A propósito, no sabía que los nombres propios fueran legales en
   el juego.

   —Jaeger no es un nombre propio. Bueno, puede que lo sea. Tenemos por
   ejemplo el caso del famoso ornitólogo Ellsworth Jaeger, pero en
   realidad es cierto tipo de pájaro. Es una palabra alemana que significa
   lo mismo que «hunter», es decir, cazador.

   —¿Cómo? ¿Has dicho «Hunter»?

   —Efectivamente. Los jaegers son pájaros cazadores que molestan a otros
   pájaros cuando tienen el pico lleno. Atosigan a las aves más débiles
   hasta obligarlas a soltar su presa.

   —¡Por lodos los santos! Has contestado a mi pregunta. Ya no necesito el
   listín telefónico.

   —¿Puedo ayudarte en algo más?

   —¿Sabrías explicarme la relación entre las palabras hedges, jaeger,
   hunter y benson?

   —Jaeger y Hunter son evidentes para todo aquel que sepa inglés y
   alemán. Ambas significan cazador. Y todos los fumadores conocen los
   cigarrillos Benson & Hedges.

   ¡Santo cielo! Mi hacker fumaba Benson & Hedges. Maggie había ganado con
   triple puntuación.

  20

   Lo tenía lodo listo por la mañana del día de Halloween. Había acabado
   de confeccionar mi atuendo de cardenal, mitra incluida. La fiesta sería
   fantástica: pasta con una docena de lunáticos, seguida de la
   extraordinaria tarta de calabaza que preparaba Martha y de una
   excursión al distrito de Castro en San Francisco.

   Pero antes tenía que escabullirme de mis jefes en el laboratorio. Los
   físicos comenzaban a confabularse contra el centro de informática,
   negándose a pagar nuestros salarios, bajo pretexto de que un centro
   informático centralizado resultaba excesivamente caro. Los científicos
   calculaban que podían adquirir sus propios ordenadores de tamaño
   reducido y ahorrarse los gastos del personal de programación.

   Sandy Merola intentaba convencerlos de lo contrario.

   —Podéis utilizar cien pollos o un caballo para tirar de un arado. El
   sistema informático centralizado es caro porque ofrece resultados, en
   lugar de maquinas.

   Para aplacar sus ánimos, Sandy me ordenó que escribiera unos cuantos
   programas gráficos.

   —Tú eres científico. Si no logras contentarlos, escucha por lo menos
   sus problemas.

   De modo que pasé la mañana en la última fila de una conferencia de
   física. Cierto catedrático peroraba sobre algo relacionado con la
   función quark del protón; algo acerca de que cada protón tiene tres
   quarks. Puesto que no tenía bastante sueño para quedarme dormido, fingí
   que tomaba notas mientras pensaba en el hacker.

   Al regreso de la conferencia, Sandy me preguntó si había aprendido
   algo.

   —Desde luego —respondí, consultando mis notas—. La función distributiva
   de los quarks no se cuantifica sobre el protón. ¿Satisfecho?

   —Habla en serio, Cliff. ¿Qué dicen los físicos acerca de los
   ordenadores?

   —Poca cosa. Saben que nos necesitan, pero no quieren pagar.

   —Igual que las fuerzas aéreas —sonrió Sandy—. Acabo de hablar por
   teléfono con alguien llamado Jim Christy, de su oficina de
   investigaciones especiales.

   —¿No es ése el poli de los fantasmas militares?

   —Habla en serio, te lo ruego. Es un detective que trabaja para las
   fuerzas aéreas.

   —De acuerdo, es un excelente norteamericano. ¿Qué quería?

   —Dice lo mismo que nuestros físicos. No pueden prestarnos su apoyo,
   pero no quieren que abandonemos el caso.

   —¿Ha dicho si ha logrado averiguar algo de la telefónica de Virginia?

   —Nada. Se ha hartado de llamar, pero no están dispuestos a cooperar sin
   una orden judicial de Virginia. Ha consultado el código penal de
   Virginia y el hacker no comete ningún delito en aquel estado.

   —¿Irrumpir clandestinamente en nuestro ordenador no es un delito?

   No podía creerlo.

   —Irrumpir en un ordenador en California no es un delito en Virginia.

   —¿Y no pueden las fuerzas aéreas presionar al FBI para conseguir una
   orden judicial?

   —No. Pero quieren que sigamos observando, por lo menos hasta que las
   fuerzas aéreas decidan que no merece la pena continuar.

   —¿Han soltado algo de pasta?

   La financiación de mi tiempo procedía de las becas de astrónomos y
   físicos, a quienes no satisfacía enormemente ver cómo gastaba su dinero
   persiguiendo a un fantasma.

   —Ni un céntimo. Sólo una solicitud extraoficial. Cuando le he
   mencionado lo de la financiación, Jim me ha salido con la historia de
   las competencias —respondió Sandy, todavía no dispuesto a rendirse—.
   Han transcurrido dos meses desde que empezamos y nadie nos presta
   atención. Antes de abandonar el caso, sigamos abiertos una última
   semana.

   A las cinco de la tarde estaba listo para la fiesta de Halloween. Antes
   de marcharme comprobé los disquetes de los monitores. De pronto se puso
   en funcionamiento la impresora. Ahí estaba el hacker. Consulté el
   reloj: las 17:43:11.

   No. Ahora no. Tengo que ir a una fiesta. Por si era poco, a una fiesta
   de disfraces. ¿No podría elegir mejor momento?

   El hacker conectó a la antigua cuenta de Sventek y comprobó quién había
   en el sistema. Dave Cleveland lo estaba utilizando con el seudónimo de
   Sam Rubarb, pero el hacker no podía saberlo.

   Examinó nuestros archivos de contabilidad y reunió en un solo lugar
   todas las del mes pasado. A continuación inspeccionó el largo archivo,
   en busca de las palabras «Pink Floyd».

   Muy interesante. No buscó la palabra «Pfloyd», que era el seudónimo del
   hacker de Stanford, sino el que habían publicado los periódicos.

   Mi hacker no era el mismo que el de Stanford. De haberlo sido, no
   habría tenido que buscar «Pink Floyd», habría sabido cuándo había
   intervenido.

   En realidad, mi hacker ni siquiera había tenido contacto con el de
   Stanford. Si se conocieran, o por lo menos hubieran mantenido
   correspondencia entre sí, mi hacker habría sabido que lo que debía
   buscar era «Pfloyd» y no «Pink Floyd».

   Debía de haber leído el periódico. Pero había transcurrido casi un mes
   desde la publicación de aquel artículo. Dave Cleveland tenía razón, el
   hacker no era de la costa oeste.

   A las seis de la tarde el hacker dejó de inspeccionar nuestros archivos
   de contabilidad y aprovechó nuestro ordenador para conectar con Milnet.
   De allí fue directamente a la base militar de Anniston, en Alabama.

   —¿Por qué agujero se colaría en esta ocasión? —me pregunté.

   LBL> telnet Anad.arpa
   Bienvenido al Centro Informático de Anniston
   login: Hunter
   password: Jaeger
   Conexión incorrecta, inténtelo de nuevo
   login: Bin
   password: Jabber
   Conexión incorrecta, inténtelo de nuevo
   login: Bin
   password: Anadhack
   Conexión incorrecta, tres intentos, conexión finalizada.

   Por fin Chuck McNatt le había cerrado las puertas. Cambiando todas las
   contraseñas, había impermeabilizado el sistema. Puede que todavía
   quedara alguna brecha, pero aquel hacker no podía aprovecharla.

   Sin embargo no se dio por vencido. Se introdujo en el grupo de diseño
   de edificios.

   Algunos científicos del Lawrence Berkeley Laboratory se ocupan del
   diseño de casas eficientes desde el punto de vista energético. La
   mayoría de los demás físicos los desprecian: «física aplicada, qué
   asco». Los protones y los quarks son cosa elegante; ahorrar diez
   dólares mensuales en calefacción no lo es.

   El grupo de diseño investiga nuevos tipos de cristal que permita el
   paso de la luz pero impida la salida de los rayos infrarrojos. Elabora
   nuevos aislantes para frenar la perdida de calor a través de las
   paredes. Y han comenzado a analizar la eficacia térmica de sótanos y
   chimeneas.

   El hacker se enteró porque leyó todos sus archivos. Página tras página
   de datos sobre la emisión térmica. Notas sobre la absorción de la
   pintura en la gama ultravioleta. Y una última nota que decía: «Pueden
   pasar al ordenador Elxsi la próxima semana.»

   No tuvo que mirársela dos veces. Interrumpió su listado y ordenó a mi
   Unix que le conectara al sistema Elxsi.

   Nunca había oído hablar de dicho ordenador, pero sí mi Unix. En menos
   de diez segundos le había conectado y Elxsi le pedía el nombre de
   cuenta y la contraseña. Observé cómo intentaba introducirse:

   LBL> telnet Elxsi
   Elxsi en LBL
   login: root
   password: root
   contraseña incorrecta, inténtelo de nuevo
   login: guest
   password: guest
   contraseña incorrecta, inténtelo de nuevo
   login: uucp
   password: uucp
   BIENVENIDO AL ORDENADOR ELXSI EN LBL

   Había entrado en la cuenta del UUCP sin ninguna clave que la
   protegiera, completamente abierta.

   UUCP es la cuenta para copiar de Unix a Unix. Cuando un ordenador Unix
   quiere copiar un archivo de otro, conecta con la cuenta UUCP y la
   obtiene. Debiera ser imposible que una persona conectara con dicha
   cuenta especial. El usuario root debería impedir todo acceso a la misma
   por parte de los usuarios.

   Lo peor del caso era que en este Elxsi, la cuenta UUCP gozaba de
   privilegios especiales. El hacker tardó sólo un minuto en darse cuenta
   de que había tropezado con una cuenta privilegiada.

   No perdió ni un segundo. Editó el fichero de contraseñas y agregó una
   nueva cuenta, con privilegios de administrador de sistema. La denominó
   Mark. «Esperemos que no abuse», pensé.

   Pero no sabía mucho sobre dicho ordenador. Pasó una hora examinando
   archivos y enterándose del diseño de edificios eficientes desde el
   punto de vista energético, pero sin aprender nada acerca del propio
   ordenador.

   De modo que optó por escribir un programa para cronometrar el ordenador
   Elxsi. Un breve programa C que mide su velocidad e informa sobre la
   longitud de sus palabras.

   Tuvo que intentarlo tres veces para que le funcionara el programa, pero
   por fin lo consiguió. Descubrió que las palabras del Elxsi eran de
   treinta y dos bits y midió su capacidad en unos diez millones de
   instrucciones por segundo.

   Los ordenadores de ocho y dieciséis bits son como tortugas; los
   sistemas de treinta y dos bits son ya palabras mayores. Treinta y dos
   bits significa un gran ordenador, y diez millones de instrucciones por
   segundo significa rapidez. Había entrado en un superminiordenador. Uno
   de los más rápidos de Berkeley y de los peor dirigidos.

   Mientras observaba sus pasos por el Elxsi, hablaba con Tymnet. Al
   tiempo que el hacker intentaba comprender el nuevo ordenador, Ron
   Vivier buscaba la aguja que indicara su procedencia.

   —Nada de nuevo —anunció Ron, consciente de que eso significaba un nuevo
   seguimiento por parte de la compañía telefónica—. Entra de nuevo por
   Oakland.

   —No vale la pena llamar a la compañía telefónica. Lo único que me dirán
   es que obtenga una orden judicial para Virginia.

   Colgué decepcionado. Una conexión tan prolongada como ésta era perfecta
   para localizarle. No podía excluirle del sistema cuando utilizaba
   ordenadores de los que ni siquiera había oído hablar. Cuando por fin
   desconectó a las siete y media, había adquirido virtualmente una visión
   global de los ordenadores principales del laboratorio. Tal vez no
   podría introducirse en todos ellos, pero sabía dónde estaban.

   Las siete y media. ¡Maldita sea, había olvidado la fiesta! Fui
   corriendo a por mi bicicleta, para regresar a mi casa. Lo que ese
   hacker hacía no era destrozar mi ordenador, sino trastornarme la vida.
   Para Martha, llegar tarde a la fiesta de Halloween era un crimen
   imperdonable.

   No sólo llegué tarde, sino sin disfraz. Entré sigilosamente y con
   complejo de culpabilidad por la puerta de la cocina. ¡Qué escena! La
   princesa Diana, con su elegante traje, vistoso sombrero y guantes
   blancos, extraía con estremecimiento un puñado de semillas de un
   calabacín. Alicia y el sombrerero loco se servían la última porción de
   lasaña. Charlot mojaba manzanas en almíbar. En medio de aquel
   torbellino de actividad había un pequeño pero temible guerrero samurái,
   enteramente vestido para entrar en batalla, que vociferaba órdenes:

   —Llegas tarde. ¿Dónde está tu disfraz?

   En el fondo del armario encontré mi sotana morada. Encima del camisón
   de Martha, con una sábana sobre los hombros y una alta mitra de papel y
   lentejuelas, me convirtieron de pronto en... cardenal Cliff primero. Di
   una vuelta para bendecir a los invitados. Laurie, la amiga de Martha
   que circulaba habitualmente con el cabello muy corto, vaqueros y botas,
   vestía un traje de tarde de falda corta y un largo collar de perlas.

   —¡Ánimo, eminencia, vayamos a bendecir el Castro!

   Nos amontonamos en el coche del sombrerero loco (Laurie cogió su moto)
   y cruzamos el puente de Babilonia. La fiesta de Halloween es la
   predilecta de San Francisco. Se corta el tráfico a cinco manzanas de la
   calle Castro, por donde pasean millares de vistosos disfraces,
   admirándose entre sí y a los travestís con sus atuendos de lentejuelas,
   imitando a Ethel Merman desde las salidas de incendios que dan a la
   calle.

   Este año había disfraces increíbles: una persona disfrazada de bolsa de
   la compra gigantesca, con enormes verduras y latas de papel; numerosos
   seres galácticos; y varios samuráis rivales, con los que Martha luchó
   con su espada de plástico. Los dráculas de rostro cetrino circulaban
   entre brujas, canguros y mariposas. Cerca de la parada del tranvía, una
   colección de vampiros armonizaba con un encurtido de tres patas.

   Yo dispensaba bendiciones a troche y moche, ángeles y demonios, gorilas
   y leopardos. Caballeros medievales se arrodillaban ante mí y numerosas
   monjas (algunas con bigote) acudían a saludarme. Tres robustos y
   alegres individuos, con faldita rosada y zapatillas de ballet del
   cuarenta y cinco, me hicieron una graciosa reverencia para recibir mi
   bendición.

   A pesar de las crisis en las fábricas, del retraso del pago de los
   alquileres, las drogas y el SIDA, San Francisco celebraba la vida.

   El lunes llegué tarde al trabajo, esperando encontrarme con un mensaje
   del director del Elxsi, pero no fue así. Me dirigí al grupo de diseño
   de edificios y hablé con el físico encargado del ordenador Elxsi.

   —¿Has notado algo extraño en tu Elxsi?

   —No. Hace sólo un mes que lo tenemos. ¿Algún problema?

   —¿Quién ha organizado vuestras cuentas?

   —Yo lo hice. Me identifiqué como usuario root y agregue los usuarios.

   —¿Lleváis un sistema de contabilidad?

   —No. No sabía que fuera posible.

   —Alguien ha irrumpido clandestinamente en tu ordenador mediante la
   cuenta UUCP. Se ha convertido en administrador de sistema y ha agregado
   una nueva cuenta.

   —¡Maldita sea! ¿Qué es la cuenta UUCP?

   He aquí el problema. Se trataba de un físico a quien le aburrían los
   ordenadores y que no sabía cómo dirigir su sistema. Probablemente
   tampoco le importaba.

   De todos modos el problema no era él, sino el Elxsi. Vendían
   ordenadores con los sistemas de seguridad inutilizados. Después de
   comprar el aparato, debía preocuparse uno mismo de protegerlo. Era
   preciso leer una docena de manuales para encontrar el párrafo en el que
   se explicaba cómo modificar los privilegios otorgados a la cuenta UUCP,
   en el supuesto de que uno conozca la existencia de dicha cuenta.

   Evidentemente.

   Lo mismo debía ocurrir en todas partes. El hacker no triunfaba gracias
   a su sofisticación, sino hurgando en los lugares más obvios y
   procurando introducirse por las puertas que no estaban cerradas. La
   persistencia y no la genialidad era la clave de su éxito.

   En todo caso, no volvería a introducirse en nuestro Elxsi. Conociendo a
   mi adversario, no era difícil cerrarle las puertas y dejarle
   confundido. Construí una puerta giratoria de acceso a nuestro Elxsi:
   cuando el hacker usara las cuentas falsas de aquella máquina, yo
   recibiría una llamada y el ordenador fingiría estar demasiado ocupado
   para aceptar otro usuario. En lugar de ordenarle que abandonara el
   sistema, el Elxsi reduciría su velocidad hasta quedar casi parado
   cuando el hacker hiciera acto de presencia. De ese modo el hacker no se
   daría cuenta de que le vigilábamos y, sin embargo, Elxsi estaría
   protegido.

   No obstante navegábamos todavía por las tinieblas. Sin órdenes
   judiciales, los seguimientos telefónicos no servían para nada. Por
   supuesto que leíamos palabra por palabra lo que escribía en nuestro
   ordenador, pero ¿cuánto nos perdíamos? Puede que utilizara otra docena
   de ordenadores para introducirse en Milnet.

   De algo no cabía duda: ahora estaba plenamente comprometido con la
   captura de aquel hacker. La única manera de atraparle sería la de no
   dejar de vigilar ni un solo minuto. Debía estar listo a todas horas, ya
   fuera mediodía o medianoche.

   Éste era precisamente el problema. Claro que podía haber dormido bajo
   la mesa de mi despacho y confiar en que mi terminal me despertara, pero
   a costa de la tranquilidad doméstica. A Martha no le hacía ninguna
   gracia que acampara en la oficina.

   Si mi ordenador me llamara cuando apareciera el hacker, dispondría del
   resto del tiempo a mi antojo. Igual que un médico de guardia.

   ¿Cómo no se me había ocurrido? Un localizador de bolsillo. Disponía de
   una serie de ordenadores personales que observaban, a la espera de que
   apareciera el hacker. Bastaría con programarlos para que llamaran a mi
   localizador de bolsillo. Tendría que alquilar el localizador, pero
   valdría la pena gastar veinte dólares mensuales.

   En una noche escribí los programas; nada especial. De ahora en
   adelante, estuviera donde estuviese, en pocos segundos sabría que había
   aparecido el hacker. Me convertiría en una extensión de mi ordenador.

   Ahora iba en serio; él contra mí.

  21

   El Lawrence Berkeley Laboratory depende económicamente del Departamento
   de Energía, sucesor de la Comisión de Energía Atómica. Tal vez las
   bombas atómicas y las centrales nucleares se estén perdiendo en las
   tinieblas de la historia, o puede que la división del átomo ya no
   cuente con el atractivo de antaño. Pero por la razón que sea, el
   Departamento de Energía ya no es aquel equipo entusiasta que inició las
   centrales nucleares hace un par de décadas. Según rumores que había
   oído a lo largo de los años, dicha organización se había ido
   sedimentando al igual que el Mississippi.

   Puede que el Departamento de Energía no fuera la más ágil entre las
   numerosas agencias gubernamentales, pero pagaba nuestras cuentas.
   Durante más de un mes habíamos mantenido nuestro problema en secreto
   por temor a que el hacker descubriera que le acechábamos. Ahora que las
   pistas indicaban que estaba lejos de Berkeley, parecía justo
   comunicárselo a la agencia de donde procedían nuestros fondos.

   El 12 de noviembre llamé al Departamento de Defensa para intentar
   averiguar con quién debía hablar sobre la invasión clandestina del
   ordenador. Tuve que realizar media docena de llamadas para descubrir
   que no había nadie realmente dispuesto a escuchar. Por fin logré hablar
   con el director de seguridad informática del Departamento de Defensa
   para ordenadores no reservados.

   Rick Carr escuchó pacientemente lo que le conté sobre el hacker, sólo
   interrumpiendo de vez en cuando con preguntas como:

   —¿Sigue activo en vuestro sistema?

   —Sí. Y nos vamos acercando a él cada vez que aparece.

   —Bien —dijo, sin particular entusiasmo—, comunicádnoslo cuando le
   capturéis.

   —¿Os mando una copia de mi cuaderno? —pregunté.

   —No. Guárdalo hasta que hayáis concluido.

   Le hablé de las órdenes judiciales que necesitábamos y del poco interés
   del FBI.

   —¿Podríais convencer vosotros al FBI para que abra una investigación?

   —No. Me gustaría que lo hicieran, pero no nos hacen ningún caso
   —respondió Rick—. Me encantaría ayudarte, pero el asunto simplemente no
   es de mi competencia.

   De nuevo las competencias. Le di las gracias y estaba a punto de
   colgar, cuando Rick agregó:

   —Sin embargo puede que te interese llamar al NCSC, Centro Nacional de
   Seguridad Informática.

   —¿Quiénes son? —pregunté, pensando que se trataba de un grupo al que
   debería conocer.

   —El NCSC es una prolongación de la Agencia Nacional de Seguridad. Se
   supone que son responsables de crear normas para la seguridad
   informática.

   El hecho de que recalcara «se supone» indicaba que no lo hacían.

   —¿Desde cuándo hablan los de la NSA con el público?

   Siempre había creído que la NSA era la más secreta de las agencias
   gubernamentales.

   —El departamento de seguridad informática es el único sector de la NSA
   que no es secreto —respondió Rick—. Y debido a ello, el resto de la NSA
   los trata como leprosos. Los agentes secretos ni siquiera se dignan
   hablar con ellos.

   —Y por pertenecer a la NSA, el público tampoco confía en ellos
   —comenté, consciente de lo que insinuaba.

   —Exacto. Les tocan las de perder por ambos lados. Pero deberías
   hablarles de tu hacker. Seguro que les interesará y tal vez puedan
   tocar los resortes burocráticos apropiados.

   Próxima llamada: al Centro Nacional de Seguridad Informática. Zeke
   Hanson era el oficial de guardia. Tenía una voz alegre y parecía
   fascinarle la idea de observar silenciosamente a un hacker. Me preguntó
   por todos los detalles técnicos de nuestros monitores y alarmas.

   —Eres un operador de interceptación —me informó Zeke.

   —¿Qué es eso?

   Jamás había oído nada parecido.

   Zeke tartamudeó un poco, claramente arrepentido de su última frase.
   Deduje por mi cuenta lo que quería decir. La NSA debía de tener
   millares de personas en el mundo entero vigilando teletipos. ¿Con qué
   operadores de interceptación?

   Zeke me preguntó sobre mi ordenador.

   —Un par de Vax que operan los Unix. Innumerables redes —le expliqué,
   hablándole durante los veinte minutos siguientes de las brechas que el
   hacker había aprovechado: el Gnu-Emacs, las claves, los troyanos.

   Lo que me intrigaba era su procedencia.

   Pero cuando le pregunté si había algún modo de conseguir una orden
   judicial, se cerró en banda.

   —Tendré que consultárselo a mis colegas.

   ¿Qué esperaba? Idealmente, que después de llamar a un espía electrónico
   por teléfono y explicarle que necesitaba una orden judicial, éste
   persuadiera al FBI para que entrara en acción. Pero ¿cómo reaccionaría
   yo si alguien llamara a mi observatorio para hablarnos de un invasor de
   algún planeta desconocido?

   De lodos modos creí que valía la pena explicar nuestro problema.

   —El caso es que estamos por abandonar la investigación. Si nadie nos
   ayuda, daremos por finalizada nuestra observación. Ya estoy harto de
   actuar como operador de interceptación voluntario.

   —Cliff, me encantaría ocuparme del caso, pero nuestras ordenanzas nos
   lo impiden —respondió imperturbable—. A la NSA no le está permitido
   intervenir líneas nacionales, aunque nos lo pidan. Son delitos que se
   pagan con la cárcel.

   Se lo tomaba muy en serio. El NCSC o la NSA, fuera cual fuese el
   organismo para el que trabajaba, no se haría cargo de la vigilancia de
   mi hacker. Me aconsejarían cómo proteger mis ordenadores y me servirían
   de enlace con el FBI, pero no se responsabilizarían de mi vigilancia.

   En cuanto a lo de la orden judicial, Zeke lo consultaría, pero sin
   muchas esperanzas.

   —Si tú no has logrado despertar el interés del FBI, dudo que lo
   consigamos nosotros. Nuestra misión es la de asegurar la protección de
   ordenadores y no la de capturar delincuentes.

   Otro problema de competencias.

   Colgué, desalentado. A los cinco minutos caminaba por el pasillo
   preguntándome qué hacía hablando con la NSA.

   Puede que Martha tuviera razón. Estaba convencida de que andaba por un
   plano inclinado resbaladizo que conducía a aguas cada vez más
   profundas. Había empezado por llamar al FBI, a continuación a la CIA y
   ahora a la NSA.

   Pero no eran los polis los que me preocupaban, sino su inactividad. Sin
   duda estaban todos dispuestos a escuchar mis problemas, pero no a mover
   un solo dedo.

   Frustrante. Todas las agencias parecían tener buenas razones para no
   hacer nada. Paseaba asqueado por los pasillos.

   Los pasillos del Lawrence Berkeley Laboratory parecen la pesadilla de
   un fontanero. No tienen un segundo techo que oculte los tubos, cables y
   conducciones. Al levantar la cabeza reconocí los tubos de vapor y la
   manguera naranja de los cables informáticos. El vapor circulaba a una
   presión de unas siete atmósferas y los cables informáticos a unos diez
   millones de bits por segundo.

   Mis redes eran tan esenciales para el laboratorio como el vapor, el
   agua o la electricidad.

   ¿He dicho «mis redes»? A decir verdad, las redes eran tan mías como los
   tubos de vapor del fontanero. Pero alguien tenía que tratarlas como si
   le pertenecieran y reparar las averías.

   Algo extraño me estaba ocurriendo. Me senté en el suelo del pasillo,
   ensimismado, sin dejar de mirar fijamente a las tuberías. Por primera
   vez en mi vida, algo importante dependía enteramente de mí. Mi actitud
   en el trabajo había sido siempre la misma que cuando era astrónomo:
   escribía propuestas, observaba a través del telescopio, publicaba
   artículos y me mantenía cínicamente al margen de las luchas y victorias
   a mi alrededor. No me importaba en qué pudiera culminar mi
   investigación.

   Ahora nadie me decía lo que debía hacer y, sin embargo, podía elegir.
   ¿Debía abandonar discretamente el caso o disponerme a luchar contra
   viento y marea?

   Al contemplar los cables y tuberías comprendí que no podía seguir
   jugando entre bastidores como un niño travieso e irrespetuoso. Era una
   persona seria y concienzuda. La comunidad de la red dependía de mí, aun
   sin saberlo. ¿Me estaba convirtiendo (¡Dios me libre!) en una persona
   responsable?

  22

   Aquella noche Martha estaba en la Boalt Hall Law Library estudiando
   protocolo penal y me detuve a visitarla, con unos bollos y crema de
   queso, combustible predilecto de los estudiantes de derecho. Nos
   acariciamos y besuqueamos entre libros, realizando de vez en cuando un
   esfuerzo de concentración de cara a las oposiciones. ¡Bendita sea la
   biblioteca Boalt, donde el derecho nunca duerme!

   En un cuarto trasero me mostró el ordenador Lexis de la facultad de
   derecho.

   —¿Te apetece divertirte con este juguete mientras yo estudio? —me
   preguntó.

   Sin esperar mi respuesta, conectó la terminal del Lexis y me mostró un
   letrero con instrucciones para consultar el sistema de búsqueda de
   documentación. A continuación se sumergió de nuevo en sus libros,
   dejándome en compañía de un ordenador desconocido.

   Las instrucciones no podían ser más claras. Sólo había que pulsar un
   par de teclas, escribir el nombre de la cuenta, una palabra clave y
   empezar a examinar sumarios judiciales, en busca de cualquier cosa que
   pareciera interesante. Junto a las instrucciones había cinco nombres de
   cuentas, con sus respectivas claves, escritos a mano, por lo que no
   tuve más que elegir un par de ellos para conectar con el sistema. A
   nadie se le había ocurrido proteger sus claves. Me pregunté cuántos ex
   estudiantes se aprovecharían todavía del servicio gratuito de la
   biblioteca.

   Después de autenticarme en el ordenador de la facultad de derecho,
   empecé a buscar bajo las palabras clave teléfono y seguimiento. Tardé
   un rato en descifrar la jerga jurídica, pero acabé por encontrar la
   legislación concerniente a la intervención telefónica. Resultó que no
   se necesitaba ninguna orden judicial para intervenir las llamadas a un
   teléfono determinado, siempre y cuando así lo deseara el titular de
   dicho teléfono.

   Tenía sentido. Uno no tenía por qué necesitar una orden judicial para
   saber quién le llamaba. En realidad, algunas empresas venden ahora
   teléfonos en los que aparece el número del que llama, en el teléfono
   del receptor de la llamada cuando éste suena.

   Pero si legalmente no necesitábamos ninguna orden judicial, ¿por que
   insistían tanto en ello las compañías telefónicas? El lunes por la
   mañana, con una copia del decreto 3121 del punto 18 del código estatal
   de California, llamé a Lee Cheng a la compañía telefónica.

   —¿Por qué nos obligáis a conseguir órdenes judiciales, cuando la ley no
   lo exige?

   —En parte para protegernos de acciones judiciales y en parte para
   ahorrarnos búsquedas infructuosas —respondió Lee.

   —Pero si la orden judicial no es imprescindible, ¿por qué retiene la
   información la telefónica de Virginia?

   —No lo sé. Pero siguen en sus trece. He pasado media hora hablando con
   ellos y no hay forma de convencerlos.

   Si no estaban dispuestos a facilitar el número a otra compañía
   telefónica, no parecía muy probable que nos lo dieran al laboratorio.
   Parecía que, a fin de cuentas, el seguimiento telefónico era un
   callejón sin salida.

   —El FBI no está dispuesto a darnos ni los buenos días; por tanto olvida
   lo de la orden judicial —me dijo Aletha Owens por teléfono.

   Otro tanto ocurrió con la policía de nuestro laboratorio. Hicieron una
   serie de llamadas, pero todas en vano. Otro callejón sin salida.

   Mientras almorzábamos en la cafetería, conté las aventuras de la última
   semana a dos astrónomos amigos míos: Jerry Nelson y Terry Mast.

   —¿Quieres decir que han averiguado el número y se niegan a
   comunicártelo? —preguntó Jerry con incredulidad.

   —Así es, en efecto. Sin entrada no hay cine.

   Entre bocadillos, les mostré mi cuaderno. Hacía un par de semanas,
   mientras la telefonista localizaba la llamada, había copiado toda su
   jerga en mi cuaderno. Ahora Jerry empezó a interpretarla como si leyera
   la palma de la mano.

   —Fíjate en esto, Cliff —dijo Jerry—: la telefonista dijo 703. El
   prefijo 703 corresponde a Virginia. Y en cuanto a C y P..., apuesto a
   que se trata de Chesapeake y Potomac. Eso es. Es la compañía telefónica
   del norte y oeste de Virginia.

   —Los números que has copiado son los que dijo la telefonista —agregó
   Terry Mast, que es un experimentalista—. ¿Por qué no llamas a todas las
   permutaciones de dichos números con el prefijo 703 y averiguas si por
   ahí hay algún ordenador?

   —Sí, tendría que funcionar —dijo Jerry Nelson mientras consultaba mis
   notas—. La telefonista dijo 1060, 427 y 448. Intenta llamar al
   703/427-1060. O tal vez al 448-1060. Sólo hay un puñado de
   combinaciones.

   Valía la pena intentarlo, pero lo haría con un poco más de astucia.

   —En su factura hay un par de llamadas que no recuerdo haber efectuado
   —les dije a los de la oficina comercial de mi compañía telefónica—.
   ¿Podrían recordarme a quién he llamado?

   —Dígame los números y lo comprobaré —respondió la operadora con suma
   amabilidad.

   Le di los seis números posibles, todos con el prefijo 703, y al cabo de
   tres minutos me devolvió la llamada.

   —Siento mucho comunicárselo, pero cinco de dichos números son
   inexistentes o están averiados. No comprendo cómo pueden haberlos
   incluido en su factura.

   ¡De los seis, cinco eran números inoperativos! Con uno me bastaba.

   —Comprendo. ¿Quién es el titular del sexto número?

   —Se trata de Mitre Incorporated, que se escribe M-I-T-R-E, y su número
   es el 703/448-1060. ¿Desea que inicie la operación de reembolso por las
   otras cinco llamadas?

   —Ahora tengo prisa. Lo haré en otro momento.

   Llamé nervioso a aquel teléfono, dispuesto a colgar cuando oyera alguna
   voz. Lo que respondió fue un modem de ordenador, con su característico
   pitido de alta frecuencia. ¡Magnífico!

   Mitre. Conocía la existencia de un suministrador de material defensivo
   llamado Mitre, en Massachusetts, pero no en Virginia. Había visto sus
   anuncios en las revistas de electrónica; siempre buscaban programadores
   de nacionalidad norteamericana. Hurgando en la biblioteca descubrí que,
   efectivamente, Mitre tenía una sucursal en Virginia. McLean, Virginia.

   Curioso. ¿De qué me sonaba el nombre de aquella ciudad? Consulté el
   atlas de la biblioteca y lo averigüé.

   El cuartel general de la CIA está en McLean.

  23

   No lo podía creer. El hacker parecía proceder de Mitre, en McLean,
   Virginia, a cuatro kilómetros del cuartel general de la CIA. Había
   llegado el momento de llamar a mi jefe. —Escucha, Dennis: las llamadas
   proceden de Mitre, un suministrador de material de defensa, a cuatro
   pasos del cuartel general de la CIA. ¿Qué crees que dirá Teejay a esto?

   —¿Cómo sabes que se trata de Mitre?

   —Cuando localizaban la llamada, tomé nota de todos los números y
   prefijos que le oí pronunciar a la operadora. He llamado a todas las
   combinaciones y he acabado en el modem del ordenador de Mitre.

   —Pero no lo sabes con absoluta certeza —dijo Dennis, que vio
   inmediatamente el punto flaco de mi hipótesis—. Si lo divulgamos y no
   estamos en lo cierto, nos meteremos en un buen lío.

   —Pero ¿cuántas crees que son las probabilidades de llamar a un número
   al azar y encontrarse con un ordenador?

   —No me importa. Hasta que tengas pruebas, no hagas nada al respecto. No
   llames a Mitre, ni se lo digas a nuestros amigos de la bofia.

   De nuevo al punto de partida. Creo conocer el número del hacker, pero
   ¿cómo demostrarlo?

   ¡Ah! Esperaría a que el hacker llamara de nuevo y comprobaría si aquel
   teléfono estaba ocupado. De ser así, se trataría probablemente del
   número correcto.

   Había otra forma de obtener el número de teléfono. Menos sofisticada,
   pero más fiable.

   En la universidad había aprendido a sobrevivir sin dinero, energía, ni
   siquiera espacio donde trabajar. Los estudiantes post licenciados
   ocupan el lugar más bajo de la jerarquía académica y tienen que
   estrujar las piedras para obtener algún recurso. Cuando uno ocupa el
   último lugar en la lista de usuarios de un telescopio, tiene que
   esperar pacientemente en la cima de una montaña, hasta que quede un
   poco de espacio entre otros observadores, para realizar sus propias
   observaciones. Y cuando necesita algún aparato electrónico en el
   laboratorio, lo coge prestado por la noche y lo devuelve por la mañana,
   antes de que alguien se entere. No aprendí mucho sobre física
   planetaria, pero la astucia se convirtió para mí en algo natural.

   A pesar de lo cual no lograba obtener una orden judicial federal. De lo
   único que disponía era de las herramientas habituales de los
   astrónomos. Pero era cuanto necesitaba para obtener la información
   deseada.

   Llamé a las oficinas comerciales de Chesapeake y Potomac, y pregunté
   por el departamento de seguridad. Después de hablar con varias personas
   distintas, reconocí la voz de la telefonista que había localizado la
   llamada la semana anterior.

   Después de varios minutos de amigable charla, mencionó que a su hijo de
   once años le fascinaba la astronomía y creí que había llegado mi
   oportunidad.

   —¿Cree que le gustarían unas cartas astrales y unas ilustraciones de
   los planetas?

   —¡Seguro! Especialmente de esa cosa con unos anillos. Ya sabe: Saturno.

   Uno de los pocos recursos que tenía en abundancia: ilustraciones de
   planetas y galaxias. Hablamos un poco de su hijo y volvimos al tema que
   me preocupaba.

   —Por cierto, creo que el hacker procede de Mitre, en McLean, 448-1060.
   ¿Coincide con su localización?

   —Se supone que no debo revelar esa información, pero puesto que ya
   conoce el número...

   De algo tenía que haberme servido mi estancia en la universidad.

   Metí una docena de carteles en un tubo de embalaje. Hoy, en algún lugar
   de Virginia, la pared de cierto muchacho está cubierta de fotografías
   planetarias y galácticas.

   McLean, Virginia... Sabía más sobre Marte que sobre McLean y decidí
   llamar a mi hermana, Jeannie, que vivía cerca de allí. Por lo menos
   tenía el mismo prefijo.

   Jeannie sí que había oído hablar de Mitre. Era más que una simple
   empresa que obtuviera contratos secretos del Pentágono; estaba también
   relacionada con la CIA y con la NSA. Entre millares de otros proyectos,
   Mitre comprobaba ordenadores desde el punto de vista de la seguridad.
   Cuando alguien necesitaba un ordenador inexpugnable, Mitre se ocupaba
   de garantizar su seguridad.

   Extraño. El hacker procedía de una empresa cuya función consistía en
   garantizar que los ordenadores eran inexpugnables. ¿Se trataba quizá de
   uno de sus peritos divirtiéndose a ratos perdidos? ¿O tendría Mitre
   algún contrato secreto para explorar la seguridad de las redes
   militares?

   Había llegado el momento de llamarlos por teléfono. Tuve que realizar
   cinco llamadas para cruzar su tupido velo de secretarias, pero por fin
   logré hablar con un individuo llamado Bill Chandler.

   Tardé quince minutos en convencerle de que existía realmente un
   problema.

   —Es simplemente imposible —decía—. Nuestro sistema está perfectamente
   protegido y nadie puede entrar sin autorización en el mismo.

   Le describí mis seguimientos, sin mencionar lo de las órdenes
   judiciales.

   —La verdad es que no sé si tenemos algún hacker que opere a partir de
   nuestros ordenadores, pero, de ser así, seguro que no procede del
   exterior.

   Tardé otros diez minutos en convencerle de que era un problema suyo. Y
   otros cinco en decidir lo que había que hacer.

   Le propuse a Chandler una solución muy simple, por lo menos para mí.

   —La próxima vez que el hacker conecte con Berkeley, limítate a
   verificar la línea telefónica de Mitre. Averigua quién la utiliza.

   Bill Chandler accedió. Reuniría a un grupo de técnicos y observarían
   discretamente la línea correspondiente al número 448-1060. Cuando yo le
   llamara, verificaría la red interna y descubriría al culpable.

   —Dudo que lleguemos a descubrir algo —dijo—. Nuestro sistema es
   auténticamente inexpugnable desde el exterior y todos nuestros
   empleados han superado los debidos controles de seguridad.

   Allá él. A mí no me importaba que prefiriera ocultar la cabeza bajo el
   ala. Tal vez uno de los empleados de Mitre deambulaba por las redes
   militares sólo para divertirse. Pero ¿no podía también tratarse de algo
   organizado?

   Y de ser así, ¿por cuenta de quién? ¿Podía alguna agencia secreta haber
   alquilado los servicios de Mitre? En cuyo caso se trataría de alguien a
   la vuelta de la esquina. Alguien situado a menos de cuatro kilómetros.
   Había llegado el momento de llamar a la CIA.

   —La verdad es que no sé cómo preguntártelo y probablemente tú tampoco
   sepas la respuesta —dije al cabo de diez minutos, hablando con Teejay
   por teléfono—. Pero ¿qué probabilidades hay de que el hacker sea
   alguien de la CIA?

   —¿En qué lugar de Virginia has localizado al hacker? —se limitó a
   preguntarme.

   —No puedo decírtelo. Esta línea no es segura.

   —Déjate de bromas.

   No veía ninguna razón para no contárselo. En el peor de los casos no
   haría nada, pero con un poco de suerte presionaría a Mitre para que
   cooperaran. De modo que le hablé de mi llamada a Jim Christy; pareció
   sorprenderle, pero estaba satisfecho.

   —Me pondré en contacto con el FBI de Virginia —dijo Jim—. Puede que
   ahora logremos que nuestra gente se movilice.

   —Entonces debe saber algo que yo no sé. La agencia de Oakland no está
   dispuesta a mover un dedo, a no ser que haya un millón de dólares por
   medio.

   Jim me explicó que las agencias del FBI son bastante autónomas. Algo
   que interese muchísimo a un agente puede no importarle a otro.

   —Es cuestión de suerte. A veces uno llega en el momento justo de subir
   al ascensor...

   —... y a veces se cae uno en el pozo.

   Le deseé suerte, le rogué que me mantuviera informado y me concentré de
   nuevo en mi cuaderno. Parecía que los rumores eran ciertos. Ninguna
   agencia policial confiaba en las demás. La única forma de resolver el
   problema consistía en mencionárselo a todo el mundo que pudiera ayudar.
   Tarde o temprano alguien haría algo.

   Ninguno de nosotros, en aquellos momentos, habría adivinado nada
   semejante a la verdad. Nadie —ni la CIA, ni el FBI, ni la NSA, ni
   ciertamente yo— sabía dónde nos dirigiría aquel tortuoso camino.

  24

   Al día siguiente por la mañana, en el despacho me encontré con un par
   de viejos recados. Mi jefe quería que llamara a nuestros benefactores,
   el Departamento de Energía, para comunicarles que «todo marchaba viento
   en popa». Y Dan Kolkowitz había llamado desde Stanford.

   —Te habría mandado una nota por vía electrónica —dijo Dan—, pero me
   preocupaba que alguien más la leyera.

   Ambos habíamos descubierto que los hackers repasaban la correspondencia
   electrónica y la solución más simple consistía en utilizar el teléfono.

   Entre mordiscos de un bocadillo de manteca de anacardo conté a Dan mi
   seguimiento hasta Mitre, sin mención alguna a la CIA. Era innecesario
   desencadenar rumores sobre la cooperación de alguien de Berkeley con
   los poderes fácticos.

   —Muy extraño —dijo Dan, asimilando perfectamente la información—. Yo te
   llamaba para comunicarte que acabamos de localizar a nuestro hacker en
   Virginia. McLean.

   Se me pegó la lengua al paladar, tal vez a causa del anacardo, y tardé
   un momento en responder.

   —Pero tu hacker no es el mismo que yo persigo.

   —Bien, puede que se trate de un grupo de hackers que utilizan los
   mismos métodos para atacar diferentes ordenadores. En todo caso,
   conozco el nombre del hacker que irrumpe clandestinamente en Stanford.

   —¿Cómo lo has averiguado?

   —Muy simple. Hemos hecho lo mismo que tú: imprimir todo lo que escribe.
   Entonces una noche el hacker conectó con nuestro Unix, con el propósito
   de resolver sus deberes de matemáticas. Se trataba de un simple
   problema de cálculo, que consistía en determinar el área de una
   superficie delimitada por una curva, contando los cuadrados. Pero el
   hacker introdujo el problema íntegro en nuestro ordenador, incluido su
   nombre y el de su profesor.

   —¡Caramba! ¿Quién es?

   —No estoy seguro. Sé que se llama Knute Sears y que está en cuarto de
   matemáticas, con un profesor llamado Maher. Pero no tengo ni idea de
   dónde está. He consultado los listines telefónicos de Stanford y no le
   encuentro.

   Tanto Dan como yo comprendimos que aquel hacker debía de ser un
   estudiante de bachillerato: determinar un área delimitada por una curva
   corresponde a la introducción al cálculo.

   —¿Cómo se las arregla uno para encontrar a un estudiante de
   bachillerato llamado Sears? —preguntó Dan—. ¿ Has oído hablar alguna
   vez de un catálogo de estudiantes de secundaria?

   —No, pero puede que exista un registro de profesores de matemáticas de
   bachillerato.

   Todo el mundo parecía figurar en algún registro.

   Después de comparar nuestros cuadernos, llegamos una vez más a la
   conclusión de que perseguíamos a dos hackers distintos. Puede que Knute
   Sears conociera al hacker que irrumpía clandestinamente en mi sistema,
   pero sin duda no eran la misma persona.

   Después de colgar el teléfono, monté en mi bicicleta y fui pendiente
   abajo. Estaba seguro de que en la biblioteca de la universidad habría
   un registro de profesores de bachillerato. No hubo suerte. Encontrar a
   un individuo no es fácil cuando se conoce su nombre pero no su
   domicilio.

   Como último recurso, podía llamar a mi hermana Jeannie a Virginia. La
   vida para ella era un poco alocada. ¿Qué impresión debía producirle,
   desde su punto de vista, sentirse absorbida por un creciente torbellino
   de delirio informático?

   Lo único que necesitaba, para empezar, era un poco de trabajo
   telefónico. Le agradecería que llamara a las escuelas secundarias de la
   zona de McLean e intentara localizar al misterioso profesor de
   matemáticas: señor Maher. Comparado con lo poco que hacían los del FBI,
   cualquier ayuda de la costa este, por pequeña que fuera, sería de
   agradecer. Además, Jeannie tenía experiencia con el Departamento de
   Defensa. Bien, a decir verdad, cualquiera tenía más experiencia que yo
   con los militares. Confiaba en la discreción de mi hermana. Aunque sólo
   se limitara a escuchar, me sería de gran ayuda.

   Llamé a Jeannie a la oficina y comencé a darle las debidas
   explicaciones, pero en el momento en que mencioné las palabras «hacker»
   y «Milnet», dijo inmediatamente:

   —De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?

   Resultó que el centro de investigación y desarrollo de la armada para
   el que trabajaba había advertido a sus empleados sobre el riesgo de
   infiltraciones en los ordenadores. Jeannie me ofreció su ayuda con una
   pequeña condición.

   —Sería encantador por tu parte si lograras que alguien me escribiera
   una pequeña nota de agradecimiento. Por ejemplo la OSI, el FBI, o quien
   sea.

   Cuando hablé con la OSI, les transmití la petición de Jeannie y me
   aseguraron que era cosa hecha.

   —Somos expertos en recomendaciones —dijeron.

   (Ni soñarlo. A pesar de abundantes promesas por parte de comandantes,
   coroneles y generales a lo largo del año siguiente, mi hermana nunca
   llegó a recibir ninguna recomendación oficial. Finalmente llegamos a la
   conclusión de que no es posible que alguien en un sector determinado de
   la burocracia federal expresara de forma oficial su agradecimiento a
   una persona de otro sector.)

   En todo caso, Jeannie decidió empezar a investigar en la hora del
   almuerzo y, antes de transcurrida una hora, llamó para darme cierta
   información.

   —El instituto más próximo a Mitre es el de McLean —dijo—, y ahí es por
   donde he empezado. He dicho que deseaba hablar con un profesor de
   matemáticas llamado señor Maher. Han repetido el nombre, me han dicho
   que esperara un momento y me han puesto con alguien. Entonces he
   colgado.

   ¿Era posible que mi hermana, con una sola llamada, hubiera averiguado
   más que el FBI? Dadas las circunstancias, quizá debía pedirle que
   siguiera investigando.

   —¿Por qué no te acercas a ese instituto y averiguas si tienen
   ordenadores? La mayor parte de los institutos suelen tenerlos. Al mismo
   tiempo, mira si encuentras a Knute Sears en el anuario. Pero hazlo con
   mucha cautela. Por lo que sé de él, ese individuo es muy escurridizo.
   No le asustes.

   —De acuerdo. Mañana me tomaré un largo descanso a la hora del almuerzo.

   Al día siguiente, mientras yo pedaleaba por las verdes colinas de
   Berkeley, mi hermana circulaba por el cinturón de Washington DC, con
   sensaciones alternativas de emoción y ridiculez.

   Se da el caso de que en la zona de McLean viven innumerables
   parlamentarios, administradores del estado y militares de alto rango.
   Según Jeannie, tiene el aspecto de una «apoteosis del acaudalado
   segundo anillo suburbial», aunque no estoy muy seguro de lo que eso
   significa.

   Y en aquel maravilloso día de otoño virginiano, su escuela parecía el
   crisol de todos los mitos relacionados con la gloriosa escuela
   secundaria norteamericana. En aquel momento habían acabado las clases.
   Por la puerta salían estudiantes elegantemente vestidos. El
   aparcamiento estaba lleno de Mercedes, BMWs y alguno que otro Volvo. El
   vehículo del que Jeannie tan orgullosa se sentía, un Chevy Citation
   destartalado del ochenta y uno, quedó relegado a un extremo del
   aparcamiento, por la vergüenza que le inspiraba.

   Jeannie me contó que, al igual que su coche, se sintió incómoda, para
   no decir absurda, husmeando en la escuela de una zona residencial.

   Ahora bien, mi hermana tiene mejores razones que la mayoría para
   detestar los institutos. En sus años más mozos y vulnerables, fue
   profesora de inglés. Ahora los adolescentes, especialmente si no son
   suyos, le producen escalofríos. Según ella, los auténticamente ricos
   son los peores.

   Haciéndose pasar por una madre preocupada, Jeannie llegó al despacho
   del instituto y pasó media hora hojeando los anuarios de natación,
   latín y asociación de debates, en busca de alguna referencia al
   apócrifo Knute Sears. No encontró nada.

   Después de agotar todos sus recursos y convencerse de que no había
   ningún Knute en McLean, comenzó a examinar los buzones de los
   profesores y, efectivamente, en uno de ellos vio una etiqueta que decía
   «señor Maher».

   Inesperadamente apareció una secretaria y le preguntó qué deseaba.

   —A decir verdad, no estoy segura, querida... —respondió mi hermana con
   unos manierismos que recordaban a Gracie Alien—. ¡Válgame Dios! ¡Casi
   me muerden!

   Una sonrisa condescendiente se dibujó en el rostro de la secretaria,
   mientras Jeannie cogía uno de los folletos que había sobre el
   mostrador, donde resultó que se explicaba cómo matricularse para los
   cursos nocturnos. Ocultando parcialmente una embarazosa sonrisa con una
   mano, mi hermana la saludó con la otra y salió de la escuela,
   llevándose el folleto.

   Después de realizar su misión secreta, Jeannie me llamó aquella misma
   tarde. El supuesto Knute Sears de Stanford seguiría siendo un mito. No
   había estado nunca matriculado en el instituto de McLean. Y el señor
   Maher no era profesor de matemáticas, sino que daba clases de historia.

   Otro callejón sin salida. Todavía ahora, cuando hablo con mi hermana,
   me siento profundamente avergonzado de haberla embarcado en una
   búsqueda infructuosa.

   Llamé a Dan a Stanford para comunicarle las malas noticias. No le
   sorprendieron.

   —Hará falta una larga investigación. Hemos decidido olvidarnos del FBI.
   El servicio secreto tiene una brigada de delitos informáticos que está
   muy interesada en investigar el caso.

   ¿El servicio secreto ayudando a Stanford? ¿No eran los que perseguían a
   los falsificadores y protegían al presidente?

   —Así es —dijo Dan—, pero también investigan los delitos informáticos.
   La Tesorería intenta proteger a los bancos contra fraudes informáticos
   y el servicio secreto depende de la Tesorería.

   Dan había encontrado la forma de superar la reticencia del FBI.

   —No saben mucho sobre ordenadores —agregó—, pero tienen agallas.
   Nosotros aportaremos la pericia técnica y ellos la fuerza judicial.

   ¿Agallas?

   Pero para mí era demasiado tarde. Nuestra agencia local del FBI seguía
   sin interesarse por el caso, pero la de Alexandria, en Virginia, le
   prestaba atención. Alguien —Mitre, las fuerzas aéreas o la CIA— los
   había presionado y recibí una llamada del agente especial Mike Gibbons.

   En un par de minutos me di cuenta de que, por fin, hablaba con un
   agente del FBI que conocía los ordenadores. Había escrito programas
   Unix, utilizado modems y no le asustaban las bases de datos ni los
   procesadores de textos. Su última afición consistía en jugar a
   «dragones y mazmorras» con su ordenador Atari. J. Edgar Hoover debía de
   revolverse en su tumba.

   Aun mejor, a Mike no le importaba comunicarse conmigo por vía
   electrónica, pero, había la posibilidad de que alguien interceptara
   nuestra correspondencia, decidimos utilizar un código.

   A juzgar por su voz, adiviné que Mike tenía menos de treinta años, pero
   conocía al dedillo la jurisdicción informática.

   —Ha habido por lo menos una infracción del código federal 1030.
   Probablemente otra relacionada con la invasión de la intimidad. Cuando
   le encontremos, se enfrentará a una condena de cinco años, o cincuenta
   mil dólares.

   Me encantó que Mike dijera «cuando» en lugar de «si».

   —Cuando el hacker aparezca de nuevo en Berkeley —le dije, para
   explicarle mi acuerdo con Mitre—, Bill Chandler comprobará la red
   interna de Mitre. Entonces le encontraremos.

   Mike no estaba tan seguro, pero por lo menos no se opuso a mi plan. Lo
   único ausente era el propio hacker, que no se había manifestado desde
   el día de Halloween: dos semanas en blanco. Todas las mañanas
   inspeccionaba las impresoras. No me separaba en ningún momento de mi
   localizador a distancia, a la espera de que el hacker penetrara en
   nuestra trampa invisible. Pero ni un solo pitido.

   Por fin, el 18 de noviembre, mi hacker volvió a su cuenta de Sventek.
   Conectó a las 8.11 de la mañana y permaneció media hora en el sistema.
   Llamé inmediatamente a Mitre, en McLean. Bill Chandler no estaba en la
   oficina y un engreído subalterno me dijo que sólo Bill estaba
   autorizado para inspeccionar la red interna de Mitre. Me habló de
   «rigurosas normas» y «redes de seguridad garantizada». Le colgué el
   teléfono. Con el hacker activo en el sistema, no estaba dispuesto a
   perder el tiempo hablando con un altanero burócrata. ¿Dónde estaban los
   técnicos, los que realmente sabían cómo funcionaba el sistema de Mitre?

   Acabábamos de perder otra oportunidad de capturar al hacker.

   Apareció de nuevo por la tarde y entonces logré comunicarme con Bill
   Chandler, que fue inmediatamente a comprobar los modems de salida.
   Efectivamente, alguien había llamado a través de sus modems y parecía
   una llamada a larga distancia. Pero ¿de dónde procedía la conexión?

   —Nuestra red interna en Mitre es compleja —explicó Bill— y nada fácil
   de seguir. No hay un cable individual para cada ordenador, sino
   multitud de señales que circulan por un mismo cable y que sólo se
   pueden localizar decodificando la dirección de cada paquete en nuestra
   red.

   En otras palabras, Mitre no podía localizar las llamadas.

   ¡Maldita sea! Alguien llamaba desde Mitre, pero no podían averiguar de
   dónde procedía el hacker. Todavía no sabíamos si se trataba de algún
   empleado de Mitre o de alguien ajeno a la empresa.

   Estaba furioso cuando observé la copia impresa de lo que el hacker
   estaba haciendo. Nada nuevo. Intentó una vez más infiltrarse en la base
   militar de Anniston, pero fue rechazado. Pasó el resto del tiempo
   escudriñando mi ordenador de Berkeley, en busca de palabras como «bomba
   atómica» y «SDI».

   Bill prometió llamar a sus mejores técnicos para que se ocuparan del
   problema. Al cabo de unos días, cuando apareció de nuevo el hacker, oí
   las mismas palabras. No cabía duda de que la llamada procedía del
   sistema informático de Mitre, pero no podían localizarla. Estaban
   perplejos. ¿Quién realizaba las llamadas? ¿Y dónde se ocultaba?

   El sábado, Martha me obligó a ir de excursión a Calistoga, donde los
   géiseres y fuentes termales atraen a las mariposas, a los geólogos y a
   los sibaritas. Para estos últimos hay baños de barro, que según se dice
   son el colmo de la decadencia en el norte de California. Por veinte
   dólares podemos embadurnarnos en un fango de ceniza volcánica, turba y
   agua mineral.

   —Así no pensarás en el trabajo —dijo Martha—. Te has tomado muy a pecho
   lo de ese hacker. Te sentará bien un descanso.

   Encenagarse en una bañera desmesuradamente grande no parecía la fórmula
   del rejuvenecimiento, pero estoy dispuesto a probarlo todo, aunque sólo
   sea una vez.

   Mientras me revolcaba en aquel pantano particular, acudió a mi mente la
   idea de Mitre. Mi hacker utilizaba las líneas telefónicas procedentes
   de Mitre para cruzar el país. Stanford había localizado a un hacker en
   McLean, que probablemente pasaba por Mitre. Puede que Mitre sirviera de
   punto de enlace para los hackers, una especie de central telefónica
   para efectuar sus llamadas. Eso significaría que los hackers no eran
   funcionarios de Mitre, sino personas ajenas a la empresa.

   ¿Cómo era posible? Para ello Mitre tenía que cometer tres errores. En
   primer lugar debían permitir que cualquiera conectara libremente con su
   red local. A continuación tenían que permitir que un desconocido
   penetrara en su ordenador. Y por fin debían facilitar el uso
   incontrolado de líneas telefónicas de salida de larga distancia.

   Cumplían con la tercera condición: los modems conectados a su red
   interna permitían hacer llamadas a cualquier punto del país. Nosotros
   habíamos localizado la fuente de nuestros problemas en dichas líneas.

   Pero ¿cómo podía alguien conectar con Mitre? No era de suponer que
   bastara con marcar un número de teléfono para introducirse en su red.
   Bill Chandler había afirmado que el suyo era un establecimiento de alta
   seguridad, repleto de secretos militares y cosas por el estilo.

   ¿Qué otra forma habría de introducirse en Mitre? ¿Tal vez a través de
   alguna red informática? ¿Sería posible que el hacker llegara por
   Tymnet? Si Mitre pagaba su suscripción a Tymnet y no utilizaba claves
   para proteger dicho servicio, se les podía llamar gratuitamente desde
   cualquier lugar. Una vez conectado, es posible que la red interna de
   Mitre le permitiera a uno dar media vuelta y llamar al exterior. De ese
   modo uno podría llamar a cualquier lugar por cuenta de Mitre.

   Sería fácil poner a prueba mi hipótesis: no tenía más que convertirme
   en hacker. Desde mi casa, intentaría conectar con Mitre, con el
   propósito de infiltrarme donde no debía.

   El barro olía a azufre y musgo de pantano, y su sensación era la de un
   cálido fango primigenio. Me gustó el baño de barro y la sauna que tomé
   a continuación, pero estaba impaciente por volver a casa. Tenía una
   pista. O por lo menos una corazonada.

  25

   Mi diario: 23 de noviembre de 1986. Domingo.

   Diez y media de la mañana. El número de acceso a Tymnet en Oakland es
   el 415/430-2900. Llamo desde mi casa mediante mi Macintosh. 1200
   baudios, sin paridad. Tymnet pide nombre de usuario. Escribo MITRE.
   Respuesta: Bienvenido a Mitre Bedford.

   10:40. Mitre dispone de una red interna que ofrece índice de opciones,
   catorce en total, al parecer de sus distintos ordenadores. Los pruebo
   uno por uno.

   10:52. Una de las opciones, MWCC, conduce a otra lista con doce
   posibilidades. Una de ellas es MARCAR. Pruebo:

   MARCAR 415 486 2984, sin resultado.

   MARCAR 1 415 480 2984, sin resultado.

   MARCAR 9 1 415 486 2984, conectado con el ordenador de Berkeley.

   Conclusión: alguien desde el exterior puede conectar con Mitre mediante
   Tymnet. No precisa clave alguna. Entonces, a partir de Mitre, puede
   efectuar una llamada local o a larga distancia.

   MWCC significa «Mitre Washington Computing Center»; Bedford significa
   «Bedford Massachusetts». Había entrado en Mitre, en Bedford, y emergido
   a 800 kilómetros en McLean.

   11:03. Desconecto del ordenador de Berkeley, pero permanezco en Mitre.
   Pido conexión con el sistema AEROVAX.

   Pregunto por el nombre del usuario. Escribo «invitado». Lo acepta y
   establece la conexión, sin palabra clave alguna. Exploro el ordenador
   de Aerovax.

   Aerovax tiene programas para algún tipo de seguridad de vuelo en
   aeropuertos, algunos de ellos destinados a determinar el ángulo
   tolerable de aterrizaje en descensos a alta y a baja velocidad.
   Presumiblemente financiados por contratos gubernamentales.

   Aerovax conecta con muchos otros ordenadores de la red Mitre protegidos
   por palabras claves. «Invitado» no es aceptable como nombre de usuario
   en dichos ordenadores. (Ni siquiera estoy seguro de que pertenezcan a
   Mitre.)

   Un momento: algo no funciona como es debido. El software de control de
   la red no parece normal; su mensaje de bienvenida aparece con excesiva
   rapidez, pero tarda demasiado en completar la conexión. Me pregunto qué
   habrá en dicho programa...

   ¡Ajá! Ha sido modificado. Alguien ha instalado un troyano en el
   software de la red de Aerovax. Copia las contraseñas en un fichero
   secreto para su uso posterior.

   Conclusión: alguien ha modificado el software de Mitre para robar con
   éxito sus contraseñas.

   11:35. Desconecto de Mitre y actualizo mi cuaderno.

   Al leer hoy mi cuaderno recuerdo una hora de investigación en la red
   interna de Mitre. Me sentí inmediatamente furtivo y emocionado.
   Esperaba que en cualquier momento apareciera un mensaje en mi pantalla
   que dijera: «Te hemos atrapado. Sal con las manos en alto.»

   Era evidente que Mitre había dejado una enorme brecha en su sistema.
   Cualquiera podía llamar por teléfono, ordenar a Tymnet que le conectara
   con Mitre y pasar una tarde entera manipulando los ordenadores de
   Mitre. La mayor parte de sus sistemas estaban protegidos por
   contraseñas, pero por lo menos uno de ellos estaba completamente
   abierto.

   —El nuestro es un sistema de alta seguridad, en el que nadie puede
   infiltrarse —recordaba que me habían dicho.

   ¡Vaya seguridad! La cuenta de «invitados» en su Aerovax le permitía a
   cualquiera introducirse en el sistema. Pero el troyano era mortífero.
   Alguien había alterado el programa de la red para copiar contraseñas en
   un archivo especial. Cada vez que un usuario legítimo utilizaba el
   ordenador de Aerovax, se le robaba la contraseña. Esto le facilitaba al
   hacker contraseñas para introducirse en otros ordenadores de Mitre.
   Después de penetrar su coraza, el hacker podía circular a sus anchas.

   ¿Hasta qué punto estaba contaminado el sistema de Mitre? Cuando hice un
   listado de su índice, comprobé que el troyano estaba fechado el 17 de
   junio. Desde hacía seis meses alguien había introducido una trampa
   silenciosa en sus ordenadores.

   No podía demostrar que se tratara del mismo hacker que yo perseguía,
   pero los experimentos de aquella mañana habían demostrado que
   cualquiera podía introducirse en el sistema de Mitre y llamar a mi
   ordenador de Berkeley. Por consiguiente, el hacker no estaba
   necesariamente en Mitre, pues podía encontrarse en cualquier lugar.

   Con toda probabilidad, Mitre servía de estación de enlace, de puente
   que conducía a otros ordenadores.

   La conexión de McLean estaba ahora clara. Alguien llamaba a Mitre, daba
   media vuelta y llamaba a otros lugares. De ese modo, Mitre pagaba ambas
   llamadas: la de entrada por Tymnet y la de salida por telefónica a
   larga distancia. Por si era poco, Mitre servía de escondite, de caverna
   ilocalizable.

   Mitre, suministrador de material defensivo de alta seguridad, donde,
   por lo que había oído, no le permitían a uno cruzar el umbral sin
   identificarse, con sus alambradas y guardias armados. Sin embargo
   bastaba con un ordenador doméstico y un teléfono para deambular por sus
   bases de datos.

   El lunes por la mañana llamé a Bill Chandler a Mitre para comunicarle
   la noticia. No esperaba que me creyera, y por ello no me sorprendió que
   insistiera en que su empresa «estaba debidamente protegida y era
   sensible a cualquier problema de seguridad».

   No era la primera vez que lo oía.

   —Si tanto os preocupa la seguridad, ¿por qué no inspeccionáis la
   contabilidad de vuestros ordenadores?

   —Lo hacemos. Llevamos libros detallados del uso de cada ordenador
   —respondió Bill—. Pero su objeto es la contabilidad, no la detección de
   hackers.

   Me pregunté qué harían ellos con un error de 75 centavos.

   —¿Has oído hablar de un sistema llamado Aerovax?

   —Por supuesto, ¿qué le ocurre?

   —Simple curiosidad. ¿Contiene información reservada?

   —No, que yo sepa. Está destinado a un sistema de control de
   aeropuertos. ¿Por qué?

   —Ya te lo he dicho, simple curiosidad. Pero te aconsejo que lo
   inspecciones —respondí, sin poder confesarle que el día anterior había
   deambulado por su sistema y descubierto el troyano—. ¿Conoces algún
   método que le permita a un hacker introducirse en tu sistema?

   —Espero que sea imposible.

   —Te aconsejo que verifiques las terminales públicas de acceso al
   sistema. Y cuando lo hagas intenta introducirte en los ordenadores de
   Mitre a partir de Tymnet. Cualquiera puede conectar con tu sistema
   desde cualquier lugar.

   Esta última noticia hizo que se diera cuenta de que tenía problemas
   graves en su sistema. El sistema de Mitre no era inadecuado. Sólo semi
   apto.

   Bill no sabía cómo reaccionar, pero no dejaría que su sistema
   permaneciera abierto. No podía reprochárselo. Sus ordenadores estaban
   desnudos.

   Sobre todo, me rogó que no se lo contara a nadie.

   Estaba perfectamente dispuesto a guardar silencio, con una condición.
   Durante varios meses, los ordenadores de Mitre habían realizado
   llamadas telefónicas por todo el país utilizando líneas de ATT de larga
   distancia. En algún lugar debían estar los recibos de aquellas
   llamadas.

   En Berkeley compartíamos la casa entre cinco. Cada fin de mes, cuando
   llegaba el recibo del teléfono, nos reuníamos para cenar y cada uno de
   nosotros, con el rostro imperturbable, negaba haber efectuado
   cualquiera de aquellas llamadas. Sin embargo, de algún modo acababa por
   aclararse todo y se pagaba la cuenta.

   Si nosotros éramos capaces de descifrar un recibo telefónico, también
   debía serlo Mitre.

   —¿Quién paga las cuentas telefónicas de vuestro ordenador? —pregunté a
   Bill Chandler.

   —No estoy seguro —respondió—. Probablemente el servicio de contabilidad
   central. Yo nunca las veo.

   He aquí la razón por la que el hacker se había salido con la suya
   durante tanto tiempo. Los que pagaban las cuentas telefónicas nunca
   hablaban con los directores de los ordenadores. Extraño. ¿O era típico?
   Los modems del ordenador generan una cuenta de llamadas a larga
   distancia. La compañía telefónica manda la cuenta a Mitre y algún
   desconocido contable firma el cheque. Nadie se preocupa de cerrar el
   círculo. Nadie pregunta por la legitimidad de docenas de llamadas a
   Berkeley.

   Bill quería que guardara silencio acerca de dichos problemas. Yo estaba
   dispuesto a hacerlo, pero mi discreción tenía un precio.

   —Dime, Bill: ¿podrías mandarme una copia de las cuentas telefónicas de
   tu ordenador?

   —¿Para qué?

   —Será interesante comprobar en qué otros lugares se ha infiltrado ese
   hacker.

   Al cabo de dos semanas llegó un grueso sobre lleno de facturas
   telefónicas de Chesapeake y Potomac.

   En mi casa, mis compañeros y yo discutíamos sobre una cuenta de veinte
   dólares, pero nunca las había visto de millares de dólares. Cada mes.
   Mitre pagaba centenares de llamadas de larga distancia, a todos los
   confines de Norteamérica.

   Pero no se trataba de personas que hablaran entre sí. Aquellos recibos
   mostraban que los ordenadores de Mitre habían llamado a centenares de
   ordenadores. (Para estar seguro de ello llamé a varios personalmente y
   oí el inconfundible pitido de los modems.)

   He aquí cierta información útil. Puede que a Mitre no le interesara
   analizarla, pero unida a la de mi cuaderno, tal vez me permitiría
   comprender el alcance de la infiltración del hacker. Lo único que debía
   hacer era separar de algún modo las llamadas del hacker, de las
   normales.

   Muchas de ellas eran evidentemente del hacker. En la lista había
   numerosas llamadas a Anniston, Alabama. Y estaban también las llamadas
   a Tymnet, en Oakland, que tanto me habían costado localizar.

   Sin embargo, algunas de las llamadas tenían que ser legítimas. Después
   de todo, los empleados de Mitre debían llamar a otros ordenadores para
   transferir datos o copiar los últimos programas de la costa oeste.
   ¿Cómo separar las llamadas del hacker?

   En casa, cuando recibíamos la cuenta del teléfono, Martha preparaba la
   cena, Claudia se ocupaba de la ensalada y yo cocinaba los pastelitos. A
   continuación, repletos de briznas de chocolate, dividíamos entre todos
   el valor de la cuenta.

   Sentados a la mesa, no nos resultaba difícil a mis coinquilinos y a mí
   deducir quién había realizado determinadas llamadas a larga distancia.
   Si yo había realizado una llamada a Buffalo de 09:30 a 09:35 y otra a
   Baltimore de 09:35 a 09:45, era probable que también hubiera efectuado
   la llamada a Nueva York de las 09:46 a las 09:52.

   Al examinar las cuentas del teléfono de Mitre, estaba claro para mí que
   sólo el hacker habría llamado a la base militar de Anniston, en
   Alabama. Era, por consiguiente, muy probable que la llamada realizada
   un minuto después de la de Anniston perteneciera también al hacker. Al
   igual que la que había terminado un momento antes de la de Anniston.

   En física, esto se denomina análisis correlativo. Si durante el día se
   observa una erupción solar y por la noche una brillante aurora, es muy
   probable que exista una correlación entre ambas. Uno observa las cosas
   que ocurren próximas en el tiempo e intenta descubrir las
   probabilidades de que estén de algún modo relacionadas.

   El análisis correlativo de la física es puro sentido común.

   Pues bien, tenía ante mí seis meses de cuentas telefónicas; fechas,
   horas, números de teléfono y ciudades. Probablemente unas cinco mil en
   total. Demasiadas para analizarlas manualmente, pero perfectas para el
   ordenador; existen abundantes programas para la búsqueda de
   correlaciones. Lo único que debía hacer era copiarlas en mi Macintosh y
   activar algunos programas.

   ¿Ha escrito alguien alguna vez cinco mil números de teléfono? Es tan
   aburrido como parece. Además tuve que hacerlo por duplicado, para
   asegurarme de que no había cometido ningún error. La operación duró dos
   días.

   Dos días para introducir los datos y una hora para analizarlos. Ordené
   a mi programa que supusiera todas las llamadas a la base militar de
   Anniston realizadas por el hacker y localizara todas las efectuadas
   inmediatamente antes o después de dichas llamadas. Tardó un minuto y me
   mostró que el hacker había llamado muchas veces a Tymnet, en Oakland.
   El programa respondía de un modo razonable.

   Pasé la tarde trabajando con el programa para matizar sus técnicas
   estadísticas y observar el efecto de distintos algoritmos en los
   resultados, determinando así la probabilidad de que cada llamada
   hubiera sido efectuada por el hacker. ¡Maravilloso: exactamente lo que
   necesitábamos para resolver nuestras disputas domésticas!

   No me di cuenta hasta la noche de lo que el programa me estaba
   realmente diciendo: el hacker no sólo se había infiltrado en mi
   ordenador, sino en otra media docena, o tal vez una docena de
   ordenadores.

   Desde Mitre, el hacker había realizado conexiones a larga distancia con
   Norfolk, Oak Ridge, Omaha, San Diego, Pasadena, Livermore y Atlanta.

   Igualmente interesante fue descubrir que había efectuado centenares de
   llamadas de un minuto de duración, a lo largo y ancho del país, a bases
   de las fuerzas aéreas, bases navales, fabricantes de aviones y empresas
   que fabricaban material defensivo. ¿Qué se puede averiguar en una
   llamada de un minuto a un campo de pruebas del ejército?

   Durante seis meses aquel hacker se había infiltrado en las fuerzas
   aéreas y ordenadores a lo largo y ancho del país sin que nadie se diera
   cuenta. Estaba ahí solo, silencioso, anónimo, persistente y, al
   parecer, consiguiendo lo que quería. Pero ¿por qué? ¿Qué era lo que se
   proponía? ¿Qué había ya descubierto? ¿Y qué hacía con la información
   obtenida?

  26

   Las cuentas telefónicas de Mitre mostraban llamadas a todo el país, en
   su mayor parte de uno o dos minutos de duración. Pero ninguna voz
   humana había hablado por dichas líneas: se trataba de ordenadores
   comunicándose entre sí. No obstante, la voz de mi jefe era
   singularmente humana. A fines de noviembre, Roy Kerth pasó por mi
   despacho y me encontró durmiendo bajo la mesa.

   —¿Que has estado haciendo durante el último mes?

   Difícilmente podía responderle que me había dedicado a analizar las
   cuentas telefónicas de un suministrador de material de defensa de la
   costa este. Hablarle de mi persecución sólo serviría para refrescar su
   memoria sobre el límite de tres semanas. Entonces me acordé de pronto
   de la nueva terminal gráfica que teníamos en el departamento, un
   espectacular juguete que mostraba imágenes tridimensionales de
   artefactos mecánicos. Lo había manipulado durante una hora, tiempo
   suficiente para darme cuenta de lo difícil que era su manejo, pero me
   sirvió de pretexto para quitarme al jefe de encima.

   —Estoy ayudando a unos astrónomos a diseñar su telescopio con la nueva
   terminal gráfica.

   Era una absoluta mentira, puesto que como mucho habíamos hablado cinco
   minutos del tema. Pero me salió el tiro por la culata.

   —Muy bien —sonrió maliciosamente Roy—. La próxima semana muéstranos
   unas buenas imágenes.

   Al no aparecer nunca antes del mediodía, había logrado perderme la
   mitad de las reuniones departamentales. Si no les mostraba algo
   tangible la próxima semana, sin duda me recortarían las alas.

   No me quedaba más remedio que olvidar de momento al hacker,
   precisamente cuando la pista empezaba a calentarse.

   Disponía de una semana para aprender a programar esa bestia, averiguar
   lo que los astrónomos deseaban y proyectar algo en pantalla. No sabía
   absolutamente nada sobre el diseño informatizado. Además utilizaba un
   lenguaje del siglo 21, que pretendía ser «un lenguaje orientado al
   objeto con antecedentes gráficos». A saber lo que eso significaba.

   De modo que me acerque al equipo de diseño del telescopio, donde Jerry
   Nelson y Terry Mast discutían sobre cómo se doblaría el tubo del
   telescopio debido a la gravedad. Al observar las estrellas hacia
   arriba, la gravedad no doblaría el tubo, pero cuando apuntara cerca del
   horizonte, sufriría un ligero doblamiento. Suficiente para alterar la
   delicada alineación óptica. Deseaban cuantificarlo y, a ser posible,
   que les mostrara dicho efecto en el ordenador.

   Parecía divertido; por lo menos más ameno que intentar descifrar el
   significado de «antecedentes gráficos». Charlamos un rato y Jerry
   mencionó que el profesor Erik Antonsson había escrito un programa
   destinado a mostrar el telescopio en una terminal gráfica. Semejante a
   lo que, supuestamente, yo debía programar.

   —¿Me estás diciendo que alguien ha escrito ya un programa destinado a
   resolver vuestro problema y mostrar la imagen en pantalla? —pregunté.

   —Efectivamente —respondió el astrónomo—. Pero está en Caltech,
   Pasadena. Y no nos es de mucha utilidad a más de seiscientos kilómetros
   de distancia. Necesitamos los resultados ahora.

   Lo único que tenía que hacer era transferir el programa de Caltech a
   Berkeley y ajustarlo a mi ordenador Vax. No era necesario aprender a
   programar aquella bestia.

   Llamé al profesor Antonsson a Caltech y me dijo que no tenía ningún
   inconveniente en que utilizáramos su programa, pero ¿cómo mandarlo? Por
   correo tardaría una semana. Sería mucho más rápido por vía electrónica.
   Cuando se necesita un programa, lo último que hay que hacer es mandar
   la cinta por correo, pues basta con transferirlo por la red. En veinte
   minutos, el programa se había desplazado por los cables e instalado en
   mi ordenador.

   El profesor Antonsson había hecho un trabajo excelente de programación
   del problema. A las nueve de aquella misma noche había adaptado el
   programa a mi sistema, con los datos del nuevo telescopio.

   Sorprendentemente, todo funcionó, aunque no al primer intento. A las
   dos de la madrugada logré que dibujara una imagen policromada del
   telescopio de Keck, con soportes, cojinetes y espejos incluidos.
   Permitía ver dónde se doblaba el tubo, dónde se acumulaba la tensión y
   las secciones que era preciso reforzar. Una vez más triunfaba la
   tecnología.

   Una noche de trabajo intenso y problema resuelto. Ahora podía
   concentrarme de nuevo en el hacker.

   Pero no daba señales de vida. Alarmas conectadas, monitores activados,
   pero desde hacía dos semanas el hacker brillaba por su ausencia. De
   regreso a mi casa me pregunté si él tendría también algún proyecto
   urgente que le impidiera visitar mi ordenador. ¿O habría descubierto
   una nueva forma de introducirse en Milnet, eludiendo por completo mis
   trampas?

   Como de costumbre, al día siguiente pasé la mañana en cama. (No era
   necesario levantarse temprano, cuando nos acercábamos al fin de semana
   de Acción de Gracias.) A las once y media escalé la colina en bicicleta
   y me incorporé sigilosamente al trabajo, dispuesto a exhibir el
   programa que tan poco trabajo me había costado. Pero ya en mi despacho,
   comencé a preguntarme de nuevo por qué el hacker no hacía acto de
   presencia. Decidí llamar a Mitre para averiguar lo que habían hecho.

   La voz de Bill Chandler llegaba carraspeante a través de la conexión a
   larga distancia. Me confirmó que, hacía una semana, había desconectado
   los modems de salida. Ahora el hacker no podía utilizar como trampolín
   la red local de Mitre.

   La fiesta había terminado. No sabíamos de dónde procedía, ni jamás lo
   averiguaríamos. Ahora que Mitre había cerrado su agujero, el hacker
   tendría que encontrar otro camino para llegar a mi sistema.

   Era improbable. Si alguien me hubiera cerrado la puerta en las narices,
   sospecharía que estaban a punto de localizarme. Además, sabía que aquel
   hacker era un paranoico. Estaba seguro de que desaparecería.

   De modo que había instalado todas mis trampas en vano. El hacker había
   desaparecido y jamás averiguaría de quién se trataba. Tres meses de
   investigación, sólo con una difuminada incógnita como resultado.

   No es que tuviera de qué quejarme. Al no tener que dedicar mi tiempo al
   hacker, podría ocuparme de un montón de trabajo importante que estaba
   pendiente. Por ejemplo, el diseño de un telescopio, la dirección de un
   ordenador y la elaboración de programas científicos. Puede que incluso
   acabara por hacer algo útil.

   Pero echaría de menos la emoción. Mis carreras por el pasillo para
   observar la impresora. Las concentraciones que se organizaban alrededor
   de la pantalla mientras intentábamos localizar las conexiones de mi
   ordenador con algún lugar lejano.

   Y echaría de menos la satisfacción de construir herramientas para
   perseguir al hacker. Ahora mis programas eran casi instantáneos. A los
   pocos segundos de que el hacker tocara mi ordenador, sonaba el pitido
   de mi localizador de bolsillo. Además no sólo me anunciaba la presencia
   del hacker; lo había programado en Morse para que me comunicara su
   objetivo, el nombre de la cuenta que utilizaba (generalmente Sventek) y
   la línea por la que había entrado. Alertas y monitorización harían el
   sistema más seguro.

   En algún lugar, un desconocido había estado a punto de ser atrapado.
   Tal vez me habría bastado con un último seguimiento.

   Un solo seguimiento adicional.

   El hacker había desaparecido, pero me quedaban unos cuantos cabos
   sueltos. En las cuentas de conferencias telefónicas de Mitre figuraban
   docenas de llamadas a un número de Norfolk, en Virginia. Después de
   pasar un rato al teléfono (táctica común de post licenciado: no dejar
   de insistir), acabé por descubrir que el hacker había estado llamando
   al centro automático regional de datos de la armada.

   Puesto que nadie me lo impedía, llamé a dicho centro de datos y acabé
   hablando con su director de sistema: Ray Lynch. Éste parecía un
   individuo competente y decidido que se tomaba muy en serio su trabajo.
   En su sistema tenía buzones electrónicos: apartados para la
   correspondencia electrónica.

   Ray me informó que el 23 de julio, entre las 03:44 y las 06:26 de la
   tarde, alguien se había infiltrado en su ordenador Vax, utilizando la
   cuenta de los ingenieros de mantenimiento. Una vez introducido en el
   sistema, el hacker había creado una cuenta con el nombre de Hunter.

   Otra vez el mismo nombre. Debía tratarse sin duda del mismo individuo.

   Normalmente, el incidente le habría pasado a Ray inadvertido; con
   trescientos oficiales de la armada que utilizaban sus ordenadores,
   nunca se habría percatado de que alguien había agregado ilegalmente una
   nueva cuenta.

   Sin embargo, al día siguiente recibió una llamada del Jet Propulsión
   Laboratory en Pasadena, California, desde donde se dirigen los
   vehículos interplanetarios. Un atento operador del laboratorio había
   detectado a un nuevo director de sistema, en su ordenador destinado al
   control de correspondencia. Este nuevo usuario había entrado a través
   de Milnet, procedente de Virginia.

   JPL llamó a Ray Lynch para preguntarle por qué sus ingenieros de
   mantenimiento habían estado jugando con su ordenador. Ray no se molestó
   en formular preguntas; cerró su ordenador y cambió todas las
   contraseñas. Al día siguiente registró de nuevo a todos sus usuarios.

   De modo que mi hacker se había infiltrado en el JPL y en un ordenador
   de la armada. Meses antes de que le detectara en Berkeley, deambulaba
   ya por Milnet.

   Aquellos objetivos eran nuevos para mí. ¿Facilitaban alguna pista del
   lugar donde se encontraba el hacker? El caso es que si uno vive en
   California, no hay razón alguna para que pase por Virginia para llegar
   a un ordenador de Pasadena. Y si vive en Virginia, ¿por qué pasar por
   Mitre para marcar otro número de Virginia?

   Supongamos que el hacker utilizara Mitre para realizar todas sus
   llamadas, a excepción de las locales. Esto significaría que todos los
   estados que figuraran en las cuentas telefónicas de Mitre no serían su
   domicilio. Por este procedimiento se eliminaban Virginia, California,
   Alabama, Texas, Nebraska y otra docena dé estados; pero no conducía a
   nada, ni parecía muy convincente.

   Llamé a algunos de los lugares que figuraban en las cuentas telefónicas
   de Mitre. El hacker se había infiltrado en una universidad de Atlanta,
   Georgia. El usuario root no lo había detectado, pero tampoco era
   probable que lo hiciera.

   —Nuestro sistema es bastante abierto —me dijo—. Muchos estudiantes
   conocen la contraseña del sistema. La operativa de nuestro ordenador se
   basa en la confianza.

   Ésta era una forma de dirigir un ordenador, dejando todas las puertas
   abiertas. Me recordaba a uno de mis profesores de física que nunca
   cerraba la puerta de su despacho y cualquiera podía entrar en el mismo.
   Claro que tampoco le habría servido de gran cosa, puesto que guardaba
   todas sus notas en chino.

   Hablando con Ray descubrí una nueva faceta del hacker. Hasta entonces
   había visto cómo se aprovechaba de los sistemas Unix, pero el de Ray
   era un ordenador Vax con un sistema operativo VMS. Puede que el hacker
   no conociera la variante de Berkeley del Unix, pero indudablemente
   sabía cómo infiltrarse en los sistemas Vax/VMS.

   Desde 1978 la Digital Equipment Corporation fabricaba ordenadores Vax,
   los primeros de 32 bits. No alcanzaban a satisfacer la enorme demanda;
   en 1985 habían vendido más de cincuenta mil unidades, a doscientos mil
   dólares cada una. En su mayor parte utilizaban el sistema operativo
   VMS, que era fácil y versátil, aunque algunos espíritus de
   contradicción habían preferido la potencia del Unix.

   Tanto el Unix como el VMS dividen los recursos del ordenador, para
   proporcionarle a cada usuario un área independiente. Existe también un
   espacio reservado al sistema y un espacio común, que puede ser
   compartido por todos.

   Cuando se desembala y conecta por primera vez la máquina, de algún modo
   hay que poder crear espacios para los usuarios. Si la máquina llega ya
   protegida con contraseña, no se va a poder conectar por primera vez.

   La respuesta de Digital Equipment Company consistió en dotar a cada uno
   de sus ordenadores Vax/VMS de tres cuentas, con sus contraseñas
   respectivas. Son las siguientes: cuenta SYSTEM, contraseña «MANAGER»;
   cuenta FIELD, contraseña «SERVICE», y cuenta USER, contraseña «USER».

   Las instrucciones dicen que se ponga el sistema en funcionamiento, se
   creen nuevas cuentas para los usuarios y a continuación se cambien las
   contraseñas mencionadas. Poner un ordenador en funcionamiento es algo
   delicado y el caso es que algunos administradores nunca han cambiado
   dichas contraseñas, a pesar de la insistencia de Digital para que lo
   hicieran. En consecuencia, hoy todavía es posible conectar como SYSTEM,
   con la clave «MANAGER».

   Dicha cuenta goza de todos los privilegios. Desde la misma se puede
   leer cualquier archivo, ejecutar todos los programas y cambiar
   cualquier dato. Parece una locura dejarla desprotegida.

   O bien el hacker estaba al corriente de dichas claves o conocía algún
   defecto muy sutil en el sistema operativo VMS. En cualquier caso, de lo
   que no cabía duda era de su pericia en ambos sistemas operativos: el
   Unix y el VMS.

   La destreza informática de algunos estudiantes de bachillerato es
   impresionante. Pero es muy difícil que un estudiante tenga al mismo
   tiempo mucha pericia y versatilidad; es decir, experiencia en distintos
   ordenadores. Para ello se necesita tiempo. Generalmente, años. No cabe
   duda de que la mayoría del personal de sistemas del Unix sería capaz de
   explotar la brecha en el Gnu-Emacs, cuando conociera su punto flaco. Y
   la mayoría de los administradores de sistema del VMS estaba al
   corriente del defecto, no tan secreto, de las contraseñas. Pero se
   necesitaban un par de años para adquirir pericia en un sistema
   determinado y los conocimientos eran difícilmente aplicables a otros
   sistemas.

   Mi hacker tenía un par de años de experiencia con el Unix y un par de
   años con el VMS. Era probable que en algún momento hubiera sido
   administrador de sistemas.

   No era estudiante de bachillerato.

   Pero tampoco un verdadero genio. No conocía el Unix de Berkeley.

   Estaba persiguiendo a alguien de veintitantos años que fumaba Benson
   and Hedges y se infiltraba en ordenadores militares en busca de
   información secreta.

   Pero ¿todavía le perseguía? No, a decir verdad ya no lo hacía. Nunca
   volvería a verle.

   —Sólo llamo para ver qué se sabe de nuestro muchacho —me dijo Teejay
   por teléfono aquella misma tarde.

   —En realidad, nada. Creo que sé qué edad tiene, pero poca cosa más.

   Comencé a contarle lo del centro de datos de la armada y las claves
   defectuosas, cuando el agente de la CIA me interrumpió:

   —¿Tienes copias de esas sesiones?

   —No. Mis pruebas son las cuentas telefónicas de Mitre. Pero si no son
   bastante convincentes, hay también otras pruebas. Creó una cuenta con
   el nombre de Hunter. Igual que en Anniston.

   —¿Lo has escrito todo en tu cuaderno de bitácora?

   —Por supuesto. Aquí queda registrado todo lo que ocurre.

   —¿Puedes mandarme una copia?

   —Bueno..., es más bien privado...— Teejay no me mandaría copias de sus
   informes.

   —¡Vamos, no bromees! Si nuestro propósito es el de avivar la hoguera
   bajo la entidad «F», debo estar al corriente de lo que ocurre.

   ¿La entidad «F»? Escudriñé mi memoria. ¿Transformación Fourier?
   ¿Fósiles? ¿Funicular?

   —¿Qué es la entidad «F»? —pregunté, ligeramente avergonzado.

   —La entidad en Washington, por supuesto —respondió Teejay, algo
   enojado—. Los muchachos de J. Edgar. El Bureau.

   ¿Por qué no decir simplemente FBI?

   —Comprendo. Quieres mi cuaderno para convencer a la entidad «F» de que
   haga algo.

   ¡Entidad: vaya terminología fantasmagórica!

   —Exacto. Limítate a mandármelo.

   —¿Cuál es tu dirección?

   —Basta con que escribas Teejay, código postal 20505. Llegará a mis
   manos.

   Eso era tener categoría. Nada de apellido, calle, ciudad, ni estado. Me
   pregunté si alguna vez recibiría correspondencia publicitaria.

   Después de sacarme a la CIA de encima, pensé que lo mejor sería volver
   a mi auténtico trabajo. Jugué un rato con el programa gráfico del
   profesor Antonsson y descubrí que era sorprendentemente simple de
   comprender. Todas esas palabrejas de programación orientada al objeto,
   significaban simplemente que, en lugar de escribir programas utilizando
   variables y estructuras de datos, se le hablaba al ordenador de cosas
   concretas. Para describir un robot, se detallaban sus pies, piernas,
   articulaciones, torso y cabeza. No era necesario hablar de incógnitas.
   Y lo de «antecedentes gráficos» sólo significaba que cuando el robot
   movía la pierna, los pies y los dedos se movían automáticamente. No era
   necesario escribir un programa aparte para el movimiento de cada
   objeto.

   Muy nítido. Después de un día o dos de trabajar con el programa de
   Caltech, su simplicidad y elegancia eran indiscutibles. Lo que al
   principio parecía un difícil reto, resultó ser pan comido. De modo que
   me dediqué a embellecer su presentación, agregando títulos y colores.
   Si lo que mi jefe quería era un espectáculo, le ofrecería uno digno del
   mejor circo.

  27

   El día de Acción de Gracias sería algo colosal. Con su mochila y
   bicicleta, Martha había traído a casa veinte kilos de comestibles. Se
   limitó a hacer algún comentario sarcástico sobre compañeros de cama a
   quienes se les pegaban las sábanas, y me puso a trabajar guardando
   cosas y limpiando la casa.

   —Guarda las verduras, cariño —me dijo—. Voy al supermercado.

   ¿Cómo era posible que todavía faltara comida? Al comprobar mi asombro,
   me explicó que aquello sólo eran frutas y verduras, y que todavía tenía
   que comprar el ganso, la harina, la mantequilla, la nata y los huevos.
   Sería, sin duda, colosal.

   Lo puse todo en su sitio y volví a meterme en la cama. Cuando desperté
   de nuevo, el olor a galletas y a ganso impregnaba la casa. Esperábamos
   a los compañeros universitarios de Martha que no podían ir a su casa (o
   preferían la cocina de Martha a la de su madre): un par de profesores
   de derecho, unos cuantos guerreros hambrientos de su club de aikido y
   su divertida amiga Laurie. Por fin mi conciencia reaccionó al ajetreo
   de Martha y aceleré el aspirador de doscientos cincuenta caballos.

   Mientras limpiaba la sala, nuestra coinquilina Claudia regresó de un
   ensayo de violín.

   —No hagas eso —exclamó—, es mi trabajo.

   ¡Asombroso! ¡Una compañera a quien le gustaban las tareas domésticas!
   Su único defecto era tocar música de Mozart a altas horas de la
   madrugada.

   El día de Acción de Gracias pasó como un idilio, con amigos que
   entraban y salían, ayudaban en la cocina, charlaban y se ponían
   cómodos. La comilona duró todo el día, empezando con ostras frescas de
   la lonja de San Francisco, para pasar relajadamente a la maravillosa
   sopa de setas que Martha había preparado y a continuación al ganso.
   Entonces quedamos todos paralizados, como ballenas varadas en la playa,
   hasta reunir la fuerza necesaria para dar un corto paseo. Mientras
   tomábamos una infusión acompañada de tarta, el derecho se convirtió en
   tema de conversación, y Vicky, la amiga de Martha, defendía la
   legislación ambiental, ante la acción afirmativa que proponían un par
   de profesores.

   Por último, demasiado hartos y satisfechos para mantener una
   conversación inteligente, nos acomodamos frente a la chimenea a tostar
   castañas. Vicky y Claudia tocaron a dúo al piano. Laurie cantó una
   balada y yo me dediqué a pensar en planetas y galaxias. Las
   preocupaciones sobre redes informáticas y espías parecían irreales en
   aquel ambiente cálido de amigos, comida y música. Un día de Acción de
   Gracias auténticamente hogareño en Berkeley.

   En el laboratorio me olvidé del hacker. Hacía casi un mes que había
   desaparecido. ¿Por qué? No tenía ni idea.

   Los astrónomos trasteaban con las nuevas representaciones gráficas la
   forma de reforzar su telescopio. Por ahora había descubierto el modo de
   animar el gráfico, lo que les permitía ampliar la zona que les
   interesara y hacerla girar en la pantalla. ¡Programación orientada al
   objeto!. Había aprendido un nuevo término. Poco les importaba a los
   astrónomos, pero tuve que dar una conferencia para el personal de
   informática.

   El miércoles estaba preparado para asombrar a mis colegas. Me había
   aprendido toda la jerga de memoria y preparado las imágenes para no
   meter la pata en el último momento.

   A las tres aparecieron una docena de ases de la informática. Las
   imágenes funcionaron de maravilla y el programa de Caltech operó sin
   dificultad alguna. El personal informático está acostumbrado a
   aburridas charlas sobre bases de datos y programación estructural, de
   modo que la exhibición tridimensional a todo color los dejó a todos
   asombrados.

   A los veinticinco minutos de espectáculo, respondía a una pregunta
   sobre el lenguaje de programación («orientado al objeto, lo que eso
   signifique...»), cuando sonó la alarma de mi localizador de bolsillo.

   Tres pitidos. La letra «S» en Morse. Inicial de Sventek. El hacker
   acababa de conectar con la cuenta Sventek de nuestro sistema.

   ¡Maldita sea! Un mes de silencio y a ese cabrón se le ocurría
   manifestarse ahora.

   Pero no podía abandonar el espectáculo ni reconocer que todavía
   perseguía al hacker; hacía mucho tiempo que habían transcurrido las
   tres semanas que me habían concedido. Sin embargo debía acudir a la
   sala de control y ver lo que estaba haciendo.

   Dejé, evidentemente, de mostrar atractivas imágenes y comencé a
   describir un aspecto recóndito de astronomía galáctica. Sólo tuvieron
   que transcurrir cinco minutos para que los asistentes comenzaran a
   hacer muecas y bostezar. Mi jefe consultó el reloj y dio por terminada
   la sesión. He aquí otra utilidad de la astronomía avanzada.

   Me escabullí entre la gente del pasillo y me dirigí a la sala de
   conexiones. El hacker no estaba en activo en ninguno de mis monitores.

   Sin embargo había dejado sus huellas. En la impresora quedaba
   constancia de su presencia durante dos minutos. Tiempo suficiente para
   inspeccionar nuestro sistema. Después de comprobar que el director no
   estaba presente, había verificado la brecha del Gnu-Emacs, que seguía
   intacta, y había hecho un listado de las cuatro cuentas robadas, en las
   que tampoco se había introducido cambio alguno. A continuación, como
   por arte de magia, había desaparecido.

   Ahora ya no había forma de localizarle. Pero el monitor que había
   detectado su presencia estaba conectado a la línea de Tymnet.

   Es decir, que llegaba por el mismo camino. ¿Habría llegado por Mitre,
   ATT, Pacific Bell y Tymnet?

   Era el momento de llamar a Mitre.

   —No puede haber utilizado nuestros modems —respondió Bill Chandler—.
   Están todos desconectados.

   ¿En serio? Sería fácil comprobarlo. Llamé a Mitre a través de Tymnet y
   todavía logré entrar en su red, pero Bill había cerrado efectivamente
   los modems. El hacker podía introducirse en sus ordenadores, pero no
   tenía salida. Eso significaba que había seguido otra red.

   No sabía si alegrarme o sentirme decepcionado. La sanguijuela había
   regresado con privilegios de superusuario. Pero tal vez en esta ocasión
   acorralaría a ese cabrón. Si persistía en volver al corral, sin duda le
   localizaría.

   Reprimí mi instinto de venganza hacia mi invisible contrincante. La
   respuesta radicaba en la investigación. No se trataba simplemente de
   averiguar su identidad. De haber recibido una postal que dijera «Joe
   Blatz es quien irrumpe clandestinamente en tu ordenador», no me habría
   producido satisfacción alguna.

   El problema consistía en construir las herramientas que me permitieran
   averiguar de quién se trataba. ¿Qué ocurriría si localizaba la conexión
   de cabo a rabo y resultaba tratarse de una pista falsa? Por lo menos
   ampliaría mi conocimiento del fenómeno. No toda investigación produce
   exactamente los resultados que esperamos.

   Mis herramientas estaban bien afiladas. Las alarmas se disparaban
   cuando entraba en una de sus cuentas robadas. En el caso de que
   fallaran, un programa de seguridad, oculto en mi ordenador Unix-8, le
   detectaría en menos de un minuto. Cuando el hacker pisaba el hilo
   camuflado, mi localizador me lo comunicaba inmediatamente.

   Podía ocultarse, pero no violar las leyes de la física. Toda conexión
   tenía que empezar en algún lugar. Cada vez que conectaba, se exponía a
   que le localizaran. Lo único que debía hacer era mantenerme atento.

   Había vuelto el zorro. Y este sabueso estaba listo para el acecho.

  28

   Después de un mes de ausencia, el hacker estaba de nuevo en mi sistema.
   El hecho no le producía satisfacción alguna a Martha, que empezaba a
   ver un rival mecánico en mi localizador de bolsillo.

   —¿Cuándo vas a librarte de esas cadenas electrónicas?

   —En un par de semanas. Estoy seguro de que todo habrá terminado el día
   de año nuevo.

   Incluso después de tres meses de persecución, todavía creía que me
   acercaba al fin.

   Estaba convencido de que le atraparía; ahora que el hacker ya no podía
   ocultarse tras la red de Mitre, el próximo seguimiento nos permitiría
   aproximarnos un poco más. Él no lo sabía, pero se estaba quedando sin
   espacio. En pocas semanas caería en mis manos.

   El viernes, 5 de diciembre, el hacker hizo acto de presencia a la 01:21
   de la tarde. Levantó su periscopio, comprobó que no estuviera presente
   el administrador del sistema y a continuación hizo un lisiado de
   nuestro archivo de contraseñas.

   Ésta era la segunda ocasión en la que me robaba el archivo de claves.
   ¿Para qué? No hay forma de descifrar dichas claves codificadas, que tal
   como aparecen son una mescolanza de dígitos y letras. Y nuestro
   programa de codificación es una puerta giratoria unidireccional; su
   codificación matemática es precisa, repetible e irreversible.

   ¿Sabía algo que yo desconocía? ¿Tenía el hacker una fórmula
   descifradora mágica? Era improbable. Si uno hace girar la manivela de
   una máquina de fabricar salchichas a la inversa, no se reconstituyen
   los cerdos.

   Cuatro meses más adelante descubriría lo que estaba haciendo, pero por
   ahora me concentraba plenamente en localizarle.

   Al cabo de nueve minutos desapareció. El tiempo suficiente para
   localizar la llamada en Tymnet, pero el especialista de la red, Ron
   Vivier, todavía no había regresado de su almuerzo. Por consiguiente,
   Tymnet no pudo localizar la llamada. Otra ocasión perdida.

   —Estaba en una fiesta de la oficina —me dijo Ron al cabo de una hora,
   cuando devolvió mi llamada—. Creía que habías abandonado la persecución
   de ese individuo.

   —Le seguimos hasta Mitre y le cerraron el agujero que utilizaba
   —respondí, para explicarle su ausencia durante el último mes—. Pero
   ahora ha regresado.

   —¿Por qué no le cierras tú también tu orificio?

   —Supongo que debería hacerlo, pero hemos dedicado tres meses a este
   proyecto. No podemos estar muy lejos de la solución definitiva.

   Ron había participado en todos los seguimientos. Había invertido mucho
   tiempo de un modo totalmente voluntario. Tymnet no cobraba para
   localizar hackers.

   —A propósito, Cliff, ¿por qué no me llamas nunca por la noche?

   Ron me había dado el teléfono de su casa, pero sólo le llamaba al
   despacho.

   —Supongo que se debe a que el hacker no suele aparecer por la noche. Me
   pregunto por qué.

   Esto me hizo reflexionar. En mi cuaderno figuraban las horas a las que
   se había manifestado el hacker. ¿Cuándo solía hacerlo habitualmente?

   Recordaba, apariciones a las seis y siete de la mañana, pero nunca a
   medianoche. ¿No era medianoche la hora típica de los hackers?

   Hasta el 6 de diciembre el hacker había conectado con nuestro sistema
   ciento treinta y cinco veces. Las suficientes para un análisis
   estadístico de sus costumbres laborales. Al cabo de un par de horas
   había introducido todas las fechas y horas en un programa. Ahora sólo
   había que calcular los promedios.

   Bien, en realidad no se trataba de simples promedios. ¿Cuál sería la
   media de las seis de la mañana y las seis de la tarde? ¿Mediodía o
   medianoche? Pero esto es pan comido para los expertos en estadística.
   Dave Cleveland me indicó el programa que debía utilizar y pasé el resto
   del día obteniendo toda clase de promedios.

   Predominantemente, el hacker aparecía a las doce del mediodía, hora del
   Pacífico. Teniendo en cuenta el cambio de horario en verano, la media
   podían ser las doce y media o incluso la una de la tarde, pero
   evidentemente no se trataba de un pájaro nocturno. Aunque de vez en
   cuando aparecía por la mañana y ocasionalmente de noche (todavía le
   guardaba rencor por haberme estropeado la fiesta de Halloween), por
   regla general solía trabajar a primera hora de la tarde. La duración
   media de sus conexiones era de veinte minutos. Muchas de sus conexiones
   eran de dos o tres minutos y unas pocas de varias horas.

   ¿Qué significaba todo eso? Supongamos que viviera en California. Eso
   significaría que operaba durante el día. Si residía en la costa este,
   con sus correspondientes tres horas de diferencia horaria, trabajaba
   habitualmente entre las tres y las cuatro de la tarde.

   Esto no tenía sentido. Normalmente trabajaría de noche, para aprovechar
   las tarifas nocturnas más baratas a larga distancia, las horas de menor
   congestión en las redes y disminuir la probabilidad de ser detectado.
   No obstante operaba abiertamente en pleno día. ¿Por qué?

   ¿Confianza? Quizá. Después de asegurarse de que no había ningún técnico
   presente en el sistema, circulaba por mi ordenador sin titubeo alguno.
   ¿Arrogancia? Posiblemente. No tenía reparo alguno en leer la
   correspondencia de los demás y apropiarse de su información. Pero esto
   no explicaba por qué aparecía al mediodía.

   Tal vez creía que era más fácil pasar inadvertido, cuando docenas de
   personas utilizaban el ordenador. Aunque muchos programas funcionaban
   de noche, en general se trataba de trabajos introducidos durante el día
   y aplazados para la noche. Por la noche sólo trabajaban un par de
   pájaros nocturnos.

   Cualesquiera que fueran sus razones, sus peculiares costumbres me
   facilitaban ligeramente la vida. Menos interrupciones cuando estaba en
   la cama con Martha. Menor necesidad de llamar a la policía durante la
   noche. Y mayores probabilidades de que estuviera presente cuando se
   manifestara.

   Mientras picábamos cebolla en la cocina, hablé a Martha de mis
   deducciones.

   —Persigo a un hacker que evita la oscuridad.

   —No tiene sentido —respondió, impasible—. Si se tratara de un
   aficionado, operaría en horas de descanso.

   —¿Me estás diciendo que se trata de un profesional que actúa en horas
   de oficina?

   Imaginé a alguien que firmaba por la mañana, pasaba ocho horas
   infiltrándose en ordenadores ajenos y regresaba a su casa.

   —No —respondió Martha—. Incluso los ladrones profesionales trabajan a
   horas inusuales. Lo que me gustaría saber es si su horario varía los
   fines de semana.

   No supe responderle. Tendría que volver al laboratorio, separar los
   fines de semana y hacer una media aparte.

   —Pero supongamos que, en realidad, el hacker sólo aparece alrededor del
   mediodía —prosiguió Martha—. Puede que sea medianoche donde reside.

   ¿Dónde es de noche cuando en California es mediodía? Incluso a los
   astrónomos los confunde el cambio horario, pero sabía que cuanto más al
   este, más tarde. Estamos a ocho horas de Greenwich; por consiguiente,
   la hora del almuerzo en Berkeley corresponde a la hora de acostarse en
   Europa. ¿Estaría el hacker en Europa?

   Era improbable, pero valía la pena tenerlo en cuenta. Hacía un par de
   meses, había medido la distancia cronometrando los ecos, cuando el
   hacker utilizaba el Kermit. El resultado obtenido no tenía mucho
   sentido; el hacker parecía encontrarse a unos diez mil kilómetros de
   distancia.

   Ahora era lógico. Estábamos a ocho mil kilómetros de Londres. El mundo
   es un pañuelo.

   Pero ¿cómo llega desde Europa a nuestras redes? Las llamadas
   transatlánticas cuestan una fortuna. ¿Y por qué pasar por Mitre?

   Debía seguir recordándome a mí mismo que aquello no eran más que leves
   indicaciones. Nada definitivo. Sin embargo, aquella noche me resultó
   difícil conciliar el sueño. Volvería al laboratorio y leería de nuevo
   mi cuaderno con una nueva hipótesis: el hacker podía proceder del
   extranjero.

  29

   El sábado por la mañana desperté acurrucado en los brazos de Martha.
   Después de juguetear un rato, preparé una hornada de mis casi estelares
   barquillos, famosos de un extremo a otro de la galaxia Andrómeda.

   A pesar de lo temprano que era, no pude resistir la tentación de ir al
   laboratorio. Fui en mi bicicleta por calles laterales para ver qué
   ofrecían los vendedores ambulantes. Vi a uno que vendía el contenido de
   su casa, bien conservado desde los años sesenta: carteles musicales,
   vaqueros acampanados e incluso una chaqueta estilo Nehru. Por dos
   dólares compré un anillo decodificador secreto del capitán Medianoche,
   que llevaba todavía una propaganda de Ovaltine.

   En el laboratorio empecé a analizar las horas de conexión del hacker,
   separando las sesiones de los fines de semana. Tardé un rato, pero
   acabé demostrando que, si bien en días laborales aparecía entre las
   doce del mediodía y las tres de la tarde, los fines de semana hacía
   acto de presencia a partir de las seis de la mañana.

   Supongamos que ese lagarto viviera en Europa. Podría operar a cualquier
   hora durante los fines de semana, pero sólo lo haría de noche en días
   laborales. El horario de conexiones coincidía, pero la coincidencia
   está lejos de constituir una prueba. La misma información podía
   ajustarse a otra docena de teorías.

   Hasta ahora no había aprovechado otra fuente de información. Usenet es
   una red nacional de un millar de ordenadores conectados entre ellos por
   vía telefónica. Se trata de un boletín de anuncios electrónicos, una
   especie de periódico publicitario informático de amplia cobertura. Todo
   el mundo puede anunciar lo que desee; cada hora aparecen docenas de
   nuevos mensajes, clasificados en categorías como incorrecciones Unix,
   programas Macintosh y debates de ciencia ficción. No manda nadie en la
   red; cualquier ordenador Unix puede conectar a Usenet y transmitir
   mensajes a los demás. Anarquía en acción.

   Los técnicos de sistemas suelen transmitir muchos mensajes, por lo que
   es frecuente ver notas como la siguiente:

   «Tenemos un ordenador Foobar modelo 37 y deseamos conectarle una unidad
   magnética Yoyodyne. ¿Alguien puede ayudarnos?» A menudo alguien
   responde y soluciona el problema en pocos minutos. Pero en otras
   ocasiones es como clamar en un desierto electrónico.

   Evidentemente, no podía insertar un anuncio que dijera: «Se han
   infiltrado hackers en mi ordenador. ¿Tiene alguien alguna idea de su
   procedencia?» Teniendo en cuenta que la mayoría de los técnicos de
   sistemas suelen leer dichos anuncios, era probable que el hacker lo
   descubriera inmediatamente.

   Pero lo que sí podía hacer era buscar información. Empecé por solicitar
   la palabra «Hack», a fin de ver todos los mensajes en los que la misma
   apareciera.

   Acababa de cometer un error. El término «hacker» es ambiguo. Para los
   informáticos es un halago con el que se califica a los programadores
   creativos, pero para el público se refiere a la escoria que se infiltra
   clandestinamente en ordenadores ajenos. En respuesta a mi llamada
   aparecieron muchos de los primeros y pocos de los segundos.

   Pero había algunas notas de cierta utilidad. Un individuo de Toronto
   decía que su ordenador había sido atacado por un grupo desde Alemania,
   que se denominaba a sí mismo Club Informático del Caos^7, cuyos
   miembros parecían ser gamberros tecnocráticos. Otra nota hacía
   referencia a unos hackers en Finlandia, que intentaban sacar dinero a
   una corporación a base de mantener sus ordenadores secuestrados. En un
   tercer anuncio se mencionaba a un hacker de Londres que dirigía una
   estafa de tarjetas de crédito, vendiendo información sobre las mismas
   por teléfono.

   Ninguno de ellos parecía describir la actividad de mi hacker, ni me
   sirvió de consuelo descubrir que otros padecían semejantes plagas.

   Subí a la terraza del edificio para contemplar la bahía. A mis pies se
   encontraban Berkeley y Oakland. Al otro lado de la bahía, San Francisco
   y el puente de Golden Gate. Cabía perfectamente la posibilidad de que
   alguien, a pocas manzanas, me estuviera gastando una compleja broma.
   Jugaba con mi anillo decodificador secreto, cuando sonó la alarma de mi
   localizador. Tres pitidos. Sventek estaba nuevamente en mi Unix.

   Bajé corriendo hasta la sala de conexiones y llegué en el momento en
   que el hacker estaba conectando. Llamé inmediatamente a Ron Vivier a
   Tymnet. No contestaba nadie. Por supuesto, ¡vaya despiste!, era sábado.
   Entonces llamé a su casa y contestó una mujer.

   —Tengo que hablar inmediatamente con Ron. Es preciso que localice una
   llamada en este mismo momento —dije jadeando, después de descender
   cinco pisos.

   —Está en el jardín lavando la furgoneta —respondió turbada—. Ahora le
   llamo.

   Al cabo de unos siglos apareció Ron. En el fondo se oían los gritos de
   un par de chiquillos.

   —Tengo uno en activo para ti —le dije con la voz entrecortada—.
   Localiza la línea de mi terminal catorce.

   —De acuerdo. Un minuto. Menos mal que tengo dos líneas telefónicas.

   No había pensado que no tenía una central a su disposición. Debía estar
   marcando el número de su ordenador.

   Transcurrieron otros dos eones antes de que Ron volviera al teléfono.

   —Oye, Cliff: ¿estás seguro de que se trata del mismo individuo?

   —Sí, es él —respondí, todavía jadeando, mientras observaba cómo el
   hacker buscaba la palabra SDI.

   —Entra por una línea de la que jamás he oído hablar. He localizado su
   dirección en la red, de modo que no importa que cuelgue. Pero procede
   de algún lugar extraño.

   —¿Dónde?

   —No lo sé. Es el nodo 3513 de Tymnet, que es algo peculiar. Voy a
   consultarlo en la guía —dijo, mientras al fondo se oía el tecleo de su
   ordenador—. Ahí está. Es el nodo que conecta con el nodo DNIC 3106 de
   ITT. Procede de ITT IRC.

   —¿Ah, sí? ¿Y eso qué significa?

   Era como si me hablara en chino.

   —¡Caramba, lo siento! —exclamó Ron—. Olvidé que no estaba hablando con
   un colega de Tymnet. Tu hacker proviene del exterior de Tymnet. Entra
   en el sistema a través de una línea de comunicaciones que pertenece a
   la compañía International Telephone and Telegraph.

   —¿Y bien?

   —Tymnet utiliza IRC para transmitir información de un país a otro. En
   otra época, convenios internacionales nos obligaban a utilizar IRC,
   pero ahora elegimos el transporte más barato en el mercado. IRC son los
   intermediarios que unen distintos países.

   —¿Me estás diciendo que el hacker procede del extranjero?

   —Sin duda alguna. ITT se sirve de un enlace del Westar...

   Ron hablaba deprisa y utilizaba abundantes siglas, por lo que decidí
   interrumpirle:

   —Dime, ¿qué significa todo eso?

   —Ya sabes —respondió—, el Westar-3.

   No lo sabía, pero aprendía escuchándole.

   —El satélite de comunicaciones sobre el Atlántico —prosiguió—.
   Transmite de diez a veinte mil llamadas telefónicas simultáneamente.

   —¿De modo que mi hacker procede de Europa?

   —Sin lugar a dudas.

   —¿De dónde?

   —Eso no lo sé, ni es probable que lo averigüe. Pero espera un momento y
   veré lo que puedo hacer —dijo antes de hacer una pausa, durante la cual
   se le oía teclear—. ITT identifica la línea como DSEA 744031. Éste es
   su número y puede que conecte con España, Francia, Alemania o Gran
   Bretaña.

   —¿Cuál de ellos?

   —Lo siento, no lo sé. Tendrás que llamar a ITT. Dentro de tres días nos
   mandarán el recibo detallado y entonces podré averiguarlo. De momento
   no puedo decirte más de lo que ya sabes.

   Desde una altura de 37000 kilómetros sobre Brasil, el satélite Westar-3
   observa al mismo tiempo Europa y América. Su misión es la de
   retransmitir microondas de un continente a otro, con cada señal en su
   canal correspondiente. La gigantesca multinacional ITT alquila varios
   millares de canales en dicho satélite.

   Ron volvió a lavar su vehículo y yo me acerqué a la impresora. Mi
   hacker no había perdido un instante de los veinte minutos
   transcurridos. Todas sus órdenes estaban impresas y en la pantalla de
   mi ordenador. Si decidía causar algún estropicio en nuestro sistema, me
   bastaría con extender la mano tras la mesa para desconectarle.

   Pero el ordenador de mi laboratorio no le interesaba. En primer lugar
   se aseguró de que nadie le observaba, verificando quién estaba
   conectado al sistema e inspeccionando sus trabajos. Menos mal que mis
   monitores estaban ocultos.

   Entonces pasó directamente a nuestras conexiones con la red y conectó
   con el centro de información de la misma. En esta ocasión buscó
   palabras claves como CIA, ICBM, ICBMCOM, NORAD y WSMR. Después de
   elegir los nombres de unos cuantos ordenadores, intentó conectar
   sistemáticamente con cada uno de ellos utilizando nombres como «guest»
   y «visitor». No llegó muy lejos. Cinco sistemas le expulsaron por
   utilizar claves incorrectas.

   Al igual que el mes anterior, cuando pasó un buen rato intentando
   infiltrarse en la base de misiles White Sands del ejército. Una y otra
   vez se esforzó por introducirse en sus ordenadores. No tuvo ningún
   problema en descubrir los nombres de los empleados; sólo tuvo que
   consultar la guía. Pero fue incapaz de adivinar sus palabras claves.

   Milnet está conectado a millares de ordenadores, pero lo que a él le
   interesaba era introducirse en White Sands. ¿Por qué molestarse?

   ¿Por qué a ese individuo sólo le interesaba el material militar? El
   mundo informático es muy amplio, pero sus únicos objetivos eran bases
   militares. Algo grave estaba ocurriendo, que tardaría todavía mucho
   tiempo en descubrir.

   Después de media hora de intentar conectar con White Sands, se dio por
   vencido e intentó introducirse en nuestro ordenador Elxsi. El día de
   Halloween se había infiltrado en el mismo e introducido una nueva
   cuenta.

   Con la colaboración del físico que lo dirigía, yo había instalado una
   trampa en dicho ordenador. Elxsi daba la impresión de seguir
   completamente abierto, pero, en el momento en que el hacker entraba en
   contacto con el mismo, comenzaba a funcionar más despacio. Cuanto más
   insistía el hacker, menor era la velocidad del aparato.

   Nuestro freno electrónico funcionaba de maravilla. El hacker intentó
   introducirse en el Elxsi y la velocidad del aparato empezó a ser cada
   vez más lenta. No llegaba a detenerse y le permitía realizar cierto
   progreso, pero a un ritmo lamentable. Los fabricantes se habrían
   sentido profundamente avergonzados: su aparato era uno de los
   miniordenadores más ágiles del mercado.

   Tardó diez minutos en darse por vencido. Pero volvió inmediatamente a
   nuestros Unix y de nuevo a Milnet. En esta ocasión pasó una hora
   intentando infiltrarse en cuarenta y dos ordenadores militares,
   literalmente alrededor del mundo.

   La simple orden telnet lo permitía conectar con un sistema militar, y
   pasaba un minuto probando nombres y claves falsos. Si no lograba
   conectar en cuatro intentos, iba por el próximo ordenador.

   Sabía cómo intentarlo. Cuando el Unix le invitaba a conectar, probaba
   varias cuentas falsas como «guest», «root», «who» y «visitor». Los
   sistemas operativos Vax/VMS piden el nombre del usuario y en los mismos
   probaba los nombres de «system», «field», «service» y «user». Lo había
   hecho antes y estoy seguro de que los hackers seguirán haciéndolo.

   Si Milnet era una carretera que unía entre sí a millares de
   ordenadores, el hacker era un ladrón que iba pacientemente de puerta en
   puerta. Giraba la manecilla de la puerta principal para comprobar si
   estaba abierta y, de no ser así, probaba la puerta trasera. Tal vez
   también intentaba forzar alguna ventana.

   En la mayor parte de los casos se encontraba con puertas y ventanas
   cerradas. Después de un minuto de forcejeo, iba por la próxima. Nada
   sofisticado. No forzaba cerrojos ni construía túneles; simplemente se
   aprovechaba de quienes dejaban la puerta abierta.

   Uno tras otro fue probando ordenadores militares: Army Ballistics
   Research Laboratory, US Naval Academy, Naval Research Laboratory, Air
   Forcé Information Services Group y lugares con extrañas siglas, como
   WWMCCS y Cincusnaveur. (¿Cincus? ¿O sería Circus? Nunca he llegado a
   averiguarlo.)

   Hoy no era un día de suerte para él. Ninguna de sus tentativas fue
   fructuosa. Cuarenta y dos intentos, cuarenta y dos fracasos.

   Era evidente que seguiría conectado durante mucho rato. Cogí una
   chocolatina marca Vía Láctea que llevaba en el bolsillo —¿qué mejor
   para un astrónomo?— y me puse cómodo para seguir observando al hacker
   en la pantalla verde de mi monitor. Imaginaba el otro extremo de
   aquella larga conexión y, al hacker frente a su monitor, contemplando
   los mismos caracteres verdes que yo veía en mi pantalla. Puede que
   también comiendo chocolate o fumando Benson & Hedges.

   A pesar de que era sábado, decidí llamar a la oficina de
   investigaciones especiales de las fuerzas aéreas. Me habían dicho que
   los llamara si se animaban las cosas y ahora estaban al rojo vivo. Pero
   nadie contestó. En todo caso, no habrían podido hacer gran cosa. Tenía
   que averiguar quién se encontraba al otro extremo del canal de satélite
   de ITT.

   Sólo dos personas sabían dónde me encontraba, Ron Vivier y Martha. Ron
   estaba lavando su vehículo. De modo que cuando sonó el teléfono,
   contesté:

   —¡Hola, cariño!

   —Perdone, probablemente me he equivocado de número —dijo al cabo de un
   momento una voz con un profundo acento británico—. Estoy buscando a
   Cliff Stoll.

   ¿Me habían descubierto unos espías ingleses? ¿O sería el hacker que me
   llamaba desde Londres? ¡Vaya malabarismo mental!

   No resultó ser nada tan sutil. Ron Vivier había llamado al departamento
   internacional de Tymnet, donde sus expertos en comunicaciones
   transatlánticas se habían hecho cargo del caso. Uno de los
   especialistas internacionales de Tymnet, Steve White, comenzó a
   ocuparse de la localización.

   Steve trabaja en Vienna, Virginia, y su misión consiste en asegurarse
   de que los clientes de Tymnet puedan comunicarse con cualquier lugar
   del mundo. Se había criado en Dorset, Inglaterra, y había aprendido a
   programar por correspondencia; escribía un programa en la escuela, lo
   mandaba a un centro de informática y al cabo de una semana recibía las
   copias impresas. Según Steve, esto le obliga a uno a escribir buenos
   programas desde el primer momento, ya que cada error supone una pérdida
   de tiempo de una semana.

   Steve había estudiado zoología en la Universidad de Londres y le había
   producido la misma impresión que la astronomía: fascinante pero
   empobrecedora. De modo que se trasladó a Norteamérica y empezó a
   trabajar en su segunda especialidad: comunicaciones digitales. Ahora se
   dedica a resolver problemas en los sistemas internacionales de
   comunicaciones.

   Hay muchas formas de conectar ordenadores entre ellos: teléfonos, fibra
   óptica, satélites y microondas. En mi laboratorio, no me importaba cómo
   se transmitiera la información, siempre y cuando un científico de
   Podunk pudiera llegar a mi ordenador de Berkeley. El trabajo de Steve
   consistía en asegurarse de que la información introducida en un extremo
   de Tymnet llegara al lugar previsto.

   Toda empresa de comunicaciones tiene a alguien como Steve White, o por
   lo menos las mejores. Para él la red era una sutil malla de conexiones,
   de hilos invisibles que aparecen y desaparecen cada pocos segundos.
   Cada uno de estos tres mil nodos tiene que poder comunicarse
   instantáneamente con todos los demás.

   Era posible construir una red con un cable para cada ordenador y
   conectados todos a una gran central. Con un millar de terminales en
   nuestro laboratorio, así era exactamente como lo hacíamos, con un
   sinfín de cables en nuestra sala de conexiones. Las compañías
   telefónicas locales también seguían operando del mismo modo, reuniendo
   todos los cables de un barrio determinado en un solo edificio, donde
   interruptores mecánicos realizaban las conexiones.

   Con millares de ordenadores distribuidos por todo el país, Tymnet no
   podía utilizar un sistema de conexiones centralizado. El uso de
   interruptores mecánicos era inimaginable; demasiado lentos y poco
   fiables. En su lugar, Tymnet creaba auténticos circuitos entre
   ordenadores. A lo largo y ancho de todo el país, los ordenadores de
   conexión de Tymnet, denominados nodos, se comunicaban entre ellos por
   cables alquilados.

   Cuando otro ordenador manda un mensaje al mío, Tymnet lo trata como si
   fuera correspondencia; comprime la información en un sobre y la manda a
   uno de sus nodos. Entonces los ordenadores de Tymnet sellan el sobre
   con la dirección del destinatario, así como la del remitente. Como una
   oficina de correos que funcionara a la velocidad de la luz, programas
   especializados separan cada uno de los sobres y los mandan al nodo más
   próximo de su destino. Cuando llega por fin a mi ordenador, Tymnet
   borra la dirección, abre el sobre y entrega la información.

   No hay ninguna central gigantesca entre un ordenador y otro. Cada nodo
   de la red sabe en que dirección mandar los paquetes de datos, con un
   ordenador central que les indica la ruta más directa. Para cruzar el
   país pueden intervenir una docena de nodos.

   Cuando un ordenador determinado está silencioso, la red se mantiene a
   la espera, mientras manda otros paquetes, pero cada uno de los nodos de
   Tymnet recuerda la dirección del primer ordenador. Cada nodo dispone de
   un millar de apartados y está siempre seleccionando sobres.

   No hay ningún hilo para seguir, sino una secuencia de direcciones entre
   un ordenador y otro. Ron y Steve, los técnicos de Tymnet, eran capaces
   de seguir las conexiones del hacker a base de desentrañar dicha trama.
   El extremo de la misma tenía su origen en una estación terrestre de
   ITT. Más allá, ¿quién sabía?

  30

   Después de varios meses de búsqueda descubrimos que el hacker procedía
   de Europa. Seguía todavía en mi ordenador intentando infiltrarse en los
   laboratorios de investigación de la armada, cuando llamó Steve White.

   —La conexión de Tymnet empieza en ITT —dijo Steve.

   —Lo sé. Ron Vivier ya me lo había dicho. Pero, según él, puede proceder
   de cuatro países distintos.

   —¿Puedes localizar las líneas de ITT?

   —Por supuesto. Las empresas internacionales de transmisión de datos
   autorizan a Tymnet para que localice las líneas en caso de
   dificultades. Voy a conectar con la central de ITT y veremos quién
   llama.

   Steve hacía que pareciera muy sencillo. El hacker seguía en pantalla y
   esperaba que no colgara antes de que Steve le localizara.

   —La dirección telefónica de tu hacker es DNIC raya 2624 raya 542104214
   —agregó al cabo de un momento con un acento británico que parecía casi
   teatral.

   Estaba ya acostumbrado a no comprender su jerga, pero por principio lo
   escribía todo en mi cuaderno. Afortunadamente, Steve me tradujo la
   información.

   —Verás: en lo que concierne a Tymnet, el hacker procede del satélite de
   ITT. Pero en los ordenadores de ITT logro ver más allá del satélite y
   localizar la llamada desde su origen.

   Steve tenía visión de rayos X. Los satélites no se interponían en el
   camino de su mirada.

   —El DNIC —siguió diciendo— es el código de identificación de la red de
   datos. Es como un número de teléfono: el prefijo indica el lugar de
   origen de la llamada.

   —Entonces ¿de dónde procede el hacker?

   —Alemania,

   —¿Oriental u occidental?

   —Occidental. De la red alemana Datex.

   Steve vivía en un universo de redes.

   —¿Qué es eso?

   —Datex es el equivalente alemán de Tymnet. Es su red nacional para
   conectar ordenadores entre ellos —aclaró Steve—. Tendremos que llamar
   al Bundespost para obtener mayor información. Verás —prosiguió,
   mientras yo le escuchaba, sin acordarme de que el hacker merodeaba por
   mi ordenador—: el DNIC identifica plenamente al ordenador que realiza
   la llamada. Las cuatro primeras cifras revelan que pertenece a la red
   alemana Datex. El Bundespost puede buscar el número en su catálogo y
   comunicarnos exactamente dónde está situado.

   —¿Quién es el Bundespost? —pregunté, pensando en que sonaba vagamente
   alemán.

   —Es el servicio nacional de correos en Alemania. El monopolio de
   comunicaciones del gobierno.

   —¿Por qué se ocupa correos de las redes? —reflexioné en voz alta,
   pensando que en mi país correos se ocupa de las cartas y no de la
   información electrónica.

   —En muchos países el servicio telefónico pertenece a correos. Un
   crecimiento histórico desorbitado de normas gubernamentales. Es
   probable que Alemania sea uno de los países más centralizados. Uno no
   puede tener contestador automático sin permiso del gobierno.

   —¿Significa eso que el hacker procede de un ordenador del gobierno?

   —No. Lo más probable es que se trate de un ordenador privado, aunque la
   red de comunicaciones pertenezca al Bundespost. Y éste será nuestro
   próximo paso. Llamaremos al Bundespost por la mañana.

   Me encantó que hablara en plural, en lugar de dejarlo en mis manos.

   Steve y yo pasamos una hora charlando. Era mucho más interesante
   escuchar sus descripciones de la red que observar al hacker en busca de
   palabras como SDL. Steve no era un técnico, sino un artesano; mejor
   dicho, un artista que se expresa a través de un tapiz invisible de
   hilos electrónicos. Escuchándole, la red era un organismo que vivía y
   crecía, que sentía los problemas y reaccionaba según las
   circunstancias. Para él, la elegancia de la red radicaba en su
   sencillez.

   —Cada nódulo se limita a pasar la información al siguiente. Por cada
   tecla que pulsa tu huésped, un carácter pasa de Datex a ITT a Tymnet y
   a tu sistema. Y durante sus pausas, nuestra red no pierde el tiempo
   esperándole.

   Con millares de conversaciones circulando por su sistema y millones de
   bits de información, no se perdía un solo diálogo ni se escapaba ningún
   byte. La red controlaba todas las conexiones sin perder nada por las
   rendijas.

   No obstante, Steve no parecía muy optimista en cuanto a la localización
   definitiva.

   —Sabemos dónde conecta al sistema. Pero existen un par de
   posibilidades. Puede que el hacker utilice un ordenador en Alemania,
   sencillamente conectado a la red alemana Datex. De ser así, le hemos
   atrapado con las manos en la masa. Conocemos su dirección, la dirección
   señala al ordenador y el ordenador a él.

   —Parece improbable —dije, pensando en el seguimiento por Mitre.

   —Es improbable. Lo más plausible es que el hacker entre en la red Datex
   mediante un modem telefónico.

   Al igual que Tymnet, Datex permite que cualquiera entre en su sistema
   por teléfono y conecte con los ordenadores de la red. Perfecto para los
   hombres de negocios y para los científicos; así como para los hackers.

   —El mayor problema es la legislación alemana —dijo Steve—. Que yo sepa,
   no reconoce la infiltración informática como delito.

   —Estás bromeando, por supuesto.

   —No. Muchos países tienen una legislación anticuada. En Canadá, a un
   hacker que se había infiltrado en un ordenador, en lugar de condenarle
   por acceso no autorizado al sistema, le acusaron de robar electricidad.
   El único cargo contra él consistía en haber utilizado un microvatio de
   energía al conectar con el ordenador.

   —Pero infiltrarse en un ordenador es un delito en Estados Unidos.

   —Sí. Pero ¿crees que eso bastará para conseguir la extradición del
   hacker? —preguntó Steve—. Fíjate en la ayuda que te ha prestado el FBI.
   No te hagas ilusiones, Cliff.

   El pesimismo de Steve era contagioso. Sin embargo, su localización me
   infundía confianza; aunque no pudiéramos capturar al hacker, nuestro
   círculo se cerraba a su alrededor.

   El hacker, por su parte, ignoraba nuestro acecho. Desconectó por fin a
   las 05:22, después de dos horas probando puertas e inspeccionando
   archivos. Todo había quedado registrado en mi impresora, pero el
   verdadero descubrimiento era lo que Steve White había averiguado.

   Alemania. Fui corriendo a la biblioteca, en busca de un atlas. Alemania
   nos llevaba nueve horas de ventaja. El hacker solía aparecer entre las
   doce y la una del mediodía, lo que para él significaban las nueve o
   diez de la noche. Probablemente aprovechaba las tarifas telefónicas
   baratas.

   Mientras examinaba el atlas, recordé que Maggie Morley había reconocido
   la contraseña del hacker «jaeger», que en alemán significaba cazador.
   Tenía la respuesta ante mis narices, pero no había sabido verla.

   Esto explicaba el desfase temporal de los ecos cuando el hacker
   utilizaba Kermit para la transferencia de archivos.

   Según mis cálculos, debía encontrarse a unos 9500 kilómetros, aunque
   nunca confié excesivamente en dicha cifra. Debí hacerlo. Alemania
   estaba a 8350 kilómetros de Berkeley.

   No sólo estaba ciego, sino sordo.

   Me había dedicado a recopilar datos, pero no a interpretarlos.

   Sentado solo en la biblioteca, me sentí de pronto profundamente
   avergonzado por haber embarcado a mi hermana en una búsqueda
   infructuosa, en pos de un estudiante de bachillerato en Virginia, y a
   los detectives de Berkeley, circulando con pistolas por el campus.

   Había metido la pata. Durante varios meses buscaba al hacker por todos
   los confines de Norteamérica. Dave Cleveland no se cansaba de
   repetírmelo:

   —El hacker no es de la costa oeste.

   Tenía razón. Estaba a más de 8000 kilómetros de la misma.

   Algunos detalles eran todavía confusos, pero comprendía cómo operaba.
   Desde algún lugar de Europa, el hacker llamaba a la red alemana Datex.
   Preguntaba por Tymnet y el Bundespost realizaba la conexión a través de
   la empresa internacional de comunicaciones correspondiente. Al llegar a
   Estados Unidos, conectaba con mi laboratorio y se dedicaba a explorar
   la red Milnet.

   Mitre debía de ser su escala en el viaje. Comprendía cómo efectuaba la
   conexión. Se introducía en el sistema alemán Datex, preguntaba por
   Tymnet y conectaba con Mitre. Eso le permitía explorar sus ordenadores
   a su antojo. Cuando se cansaba de leer sus informes, desde allí podía
   marcar cualquier número de teléfono de Norteamérica por cuenta de
   Mitre.

   Pero ¿quién pagaba sus conexiones transatlánticas? Según Steve, sus
   sesiones costaban de cincuenta a cien dólares por hora. Cuando
   regresaba a la sala de ordenadores, me di cuenta de que perseguía a un
   hacker acaudalado. O a un ladrón inteligente.

   Ahora comprendía que Mitre hubiera pagado un millar de llamadas
   telefónicas de un minuto de duración. Después de conectar con Mitre, el
   hacker daba órdenes al sistema para que llamara a otro ordenador.
   Entonces intentaba introducirse en el mismo con nombres y contraseñas
   falsos. Generalmente no lo lograba y efectuaba otra llamada.

   Se había dedicado a inspeccionar ordenadores por cuenta de Mitre.

   Pero había dejado huellas en las cuentas telefónicas de Mitre.

   La pista conducía a Alemania, pero no terminaba necesariamente allí.
   Era concebible que alguien desde Berkeley llamara a Berlín, conectara
   con la red Datex, pasara a Tymnet y de nuevo a Berkeley. Puede que el
   camino comenzara en Mongolia. O en Moscú. Imposible saberlo. De
   momento, mi hipótesis sería Alemania.

   Además, lo que buscaba eran secretos militares. ¿Estaría persiguiendo a
   un espía? ¿A un verdadero espía que trabajaba para ellos? Pero ¿quiénes
   son ellos?... No tenía ni idea para quién trabajan los espías.

   Hacía tres meses desde que había detectado ciertas pequeñas
   discrepancias en mis archivos de contabilidad. Habíamos observado en
   silencio cómo el causante de las mismas pasaba sigilosamente por
   nuestro ordenador a las redes y ordenadores militares.

   Por lo menos sabía lo que ese ratón se proponía. Y de dónde procedía.
   Pero estaba equivocado.

   No se trataba de un ratón sino de una rata.

  31

   El sábado me dediqué a poner mi cuaderno al día. Ahora podía atar
   algunos cabos sueltos. Era inútil que desde Anniston buscaran a un
   hacker en Alabama, estaban a 8000 kilómetros de su objetivo. El hacker
   de Stanford era, con toda seguridad, otro individuo... El mío habría
   tenido deberes en alemán, no en inglés. Y de nada habría servido buscar
   por Berkeley a alguien llamado Hedges.

   Probablemente aquél no era su nombre, ni ciertamente su continente.

   El montón de copias de la impresora tenía un par de palmos de grosor.
   Las había clasificado y fechado cuidadosamente, pero nunca las había
   repasado todas de una sola vez. En su mayor parle eran aburridos
   listados de archivos y palabras claves que probaba una sola vez.

   ¿Es fácil infiltrarse en ordenadores?

   Elemental, querido Watson. Elemental, pero soberanamente aburrido.

   No regresé a casa hasta las dos de la madrugada. Martha esperaba
   levantada, remendando un edredón.

   —¿Por ahí de parranda?

   —Efectivamente —respondí—. He pasado el día con un misterioso
   extranjero.

   —De modo que el hacker es europeo después de todo —dijo, adivinando lo
   que había estado haciendo.

   —Podría residir en cualquier lugar del mundo, pero apuesto a que vive
   en Alemania.

   Me apetecía quedarme en cama con Martha el domingo por la mañana, pero,
   ¡maldita sea!, a las 10:44 sonó la persistente y disonante alarma de mi
   localizador, seguida de un mensaje en Morse. El hacker había hecho
   nuevamente acto de presencia y estaba en mi ordenador Unix-5.

   Fui inmediatamente al comedor y llamé a Steve White a su casa. Mientras
   el teléfono llamaba, encendí mi Macintosh. A la quinta llamada, Steve
   contestó.

   —El hacker ha entrado de nuevo en acción, Steve —le dije.

   —De acuerdo, Cliff. Empiezo a localizarle y te llamo.

   Colgué y me dirigí inmediatamente a mi Macintosh, que, gracias a un
   modem y a un programa estelar llamado Red Ryder, funcionaba como
   terminal remota. Red llamó «auto-mágicamente» al ordenador de mi
   laboratorio, conectó con el Vax y me mostró lo que estaba ocurriendo.
   Ahí estaba mi hacker, deambulando por Milnet.

   Conectado de aquel modo, parecía un usuario normal, por lo que el
   hacker se percataría de mi presencia, si se molestaba en comprobarlo.
   De modo que desconecté rápidamente. Diez segundos bastaban para ver lo
   que mi huésped hacía.

   Steve llamó al cabo de un par de minutos. Hoy la línea no procedía de
   la empresa internacional de comunicaciones ITT, sino de RCA.

   —RCA no usa el satélite Westar —dijo Steve—. Utiliza el Comsat.

   Ayer era el Westar y hoy el Comsat. Un hacker muy escurridizo, que
   cambiaba de satélite de un día para otro.

   Pero estaba en un error y Steve me lo aclaro.

   —Tu hacker no tiene voz ni voto en el asunto —me explicó Steve—. Para
   ofrecer un mayor número de servicios utilizamos diversas rutas
   internacionales.

   En cada llamada, el tráfico de Tymnet sigue una rula distinta para
   cruzar el Atlántico. El usuario nunca llega a darse cuenta de ello,
   pero el tráfico se distribuye entre cuatro o cinco satélites y cables.

   —¡Ah, como el tráfico pesado interestatal antes de la desnormalización!

   —No me lo recuerdes —exclamó Steve, enojado—. No puedes imaginar la
   cantidad de leyes que regulan las comunicaciones internacionales.

   —Entonces ¿de dónde procede hoy el hacker?

   —Alemania. La misma dirección. El mismo lugar.

   No había mucho más que hacer. No podía vigilar al hacker desde mi casa
   y Steve había concluido su localización. Me quedé temblando junto a mi
   Macintosh. ¿Qué hacer ahora?

   Al laboratorio. Y rápido. Escribí una nota a Martha («la pelota está en
   juego»), me puse unos vaqueros y monté en mi bici.

   No fui lo suficientemente rápido. El hacker había desaparecido cinco
   minutos antes de mi llegada. Debí haberme quedado en cama.

   Repasé las copias del domingo por la mañana —noche del domingo para el—
   y vi que practicaba sus viejos trucos. Uno tras otro, había intentado
   infiltrarse en ordenadores militares, probando claves evidentes. ¡Vaya
   hastío! Más o menos tan interesante como intentar adivinar la
   combinación de cajas fuertes.

   Puesto que había aparecido por la mañana, pensé que valía la pena
   esperar para ver si regresaba. Según mis estadísticas, volvería dentro
   de una o dos horas.

   Efectivamente, a la 1.16 de la tarde hizo de nuevo acto de presencia.
   Sonó la alarma de mi localizador y fui corriendo a la sala de
   conexiones. Ahí estaba, conectando con la cuenta robada de Sventek.

   Como de costumbre, comprobó quién estaba utilizando el ordenador. De
   haber estado conectado desde mi casa, se habría percatado de mi
   presencia, pero, desde mi posición privilegiada en la central, era
   indetectable. El hacker no podía perforar mi velo electrónico.

   Con la seguridad de que nadie le observaba, se dirigió inmediatamente a
   nuestra terminal de salida a Milnet. Dio unas cuantas órdenes para
   consultar la guía de Milnet, en busca de algún lugar con las siglas
   «COC». ¿COC? Jamás había visto aquella palabra. ¿Se habría equivocado?

   No debí habérmelo preguntado. El ordenador de información de la red
   buscó durante unos instantes y le ofreció media docena de Command
   Operations Centers militares. Siguió buscando palabras como «Cheyenne»,
   «icbm», «combat», «kh11», «Pentagon» y «Colorado».

   Viéndole cómo consultaba la guía de Milnet, parecía que repasara las
   páginas amarillas. ¿A qué números llamaría?

   A todos. Cada palabra le facilitó las direcciones de varios
   ordenadores, y cuando llegó a treinta cerró su conexión con la guía de
   Milnet. A continuación intentó una vez más infiltrarse metódicamente en
   cada uno de dichos sistemas: el centro de los servicios de información
   de las fuerzas aéreas en Arlington, Virginia, el laboratorio de
   investigación balística del ejército, una base de instrucción de las
   fuerzas aéreas en Colorado Springs, el centro de control del Pacífico
   de la armada en Hawái y otra treintena de lugares.

   Pero, una vez más, no tuvo suerte. El azar había querido que eligiera
   lugares sin claves evidentes. Debió de ser una noche frustrante para
   él.

   Por fin intentó introducirse en su antigua madriguera, la base militar
   de Anniston. Cinco veces. No hubo suerte.

   Entonces abandonó Milnet y volvió a deambular por mi Unix. Vi cómo el
   cuco ponía su huevo; manipuló una vez más los archivos de mi ordenador
   para convertirse en superusuario. El mismo truco de siempre: utilizó el
   programa de correspondencia Gnu-Emacs para sustituir el archivo atrun
   del sistema por su falso programa. Al cabo de cinco minutos y como por
   arte de magia, se había convertido en administrador del sistema.

   Ahora tenía que vigilarle atentamente. Con sus ilícitos privilegios
   podía destruir mi sistema, ya fuera accidental o deliberadamente. Y
   para ello bastaría con una sola orden, como «rm *» borrar todos los
   archivos.

   Sin embargo, de momento su conducta era moderada. Se limitó a imprimir
   los números de teléfono de distintos ordenadores y a continuación
   desconectó.

   Menos mal. Se apoderó de una lista de teléfonos con los que nuestro
   ordenador conecta a menudo.

   Pero Mitre había desconectado sus salidas a la red telefónica y,
   probablemente, a estas alturas el hacker ya lo había descubierto. No
   obstante seguía recopilando números de teléfono. Por consiguiente,
   debía tener otra forma de llamar. Mitre no era su único vínculo con el
   servicio telefónico.

   A los quince minutos apareció de nuevo en mi sistema. Dondequiera que
   hubiera estado, no había tenido éxito con ninguna de sus llamadas,
   debido probablemente a su desconocimiento de las contraseñas.

   A su regreso activó el programa Kermit. Iba a copiar un archivo de mi
   ordenador al suyo. ¿Se trataría una vez más del fichero de contraseñas?
   No, en esta ocasión le interesaba el software de mi red. Intentaba
   apoderarse del código fuente de dos programas: «telnet» y «rlogin».

   Cuando algún científico del laboratorio conecta a partir de Milnet,
   utiliza telnet o rlogin. Ambos permiten conectar a larga distancia con
   un ordenador ajeno, transmitiendo las órdenes del usuario a dicho
   ordenador. Tanto un programa como otro constituían un lugar ideal para
   implantar un troyano.

   Cambiando un par de líneas de código en nuestro telnet, podía construir
   un capturador de contraseñas. Cuando uno de nuestros científicos
   conectara con un sistema remoto, su insidioso programa archivaría su
   clave en un archivo secreto sin perturbar en lo más mínimo su conexión.
   Pero la próxima vez que el hacker visitara mi ordenador de Berkeley,
   tendría una lista de claves a su disposición.

   Línea por línea, vi cómo Kermit le transmitía el programa al hacker. No
   era necesario cronometrarlo, ahora sabía que la causa del desfase eran
   los satélites y el largo recorrido hasta Alemania.

   Observándolo me enojé. No, me puse furioso. Estaba robando mi software.
   Y, por si era poco, se trataba de un software delicado. Si lo quería,
   tendría que robárselo a otro.

   Pero tampoco podía limitarme a interrumpir Kermit; se habría dado
   cuenta inmediatamente. En especial ahora que me estaba acercando, no
   quería arriesgarme a meter la pata.

   Tenía que actuar con rapidez. ¿Cómo detener al ladrón sin manifestar mi
   presencia?

   Acerqué mi llavero a los cables que conectaban la línea del hacker y
   crucé momentáneamente los polos. Esto introdujo bastante ruido para
   confundir al ordenador, pero no el suficiente como para cortar la
   conexión. A él le daría la impresión de que algunos caracteres se
   habían confundido; palabras mal escritas y texto ilegible: equivalente
   informático de la interferencia radiofónica.

   El hacker lo atribuiría a interferencias de la red. Puede que volviera
   a intentarlo, pero acabaría dándose por vencido. Cuando las conexiones
   son malas, es inútil hablar a larga distancia.

   Funcionó como un sueño. Cruzaba ligeramente los cables con mis llaves,
   él veía la interferencia y su ordenador solicitaba una repetición de la
   última línea. Procuraba dejar pasar un poco de información, pero con
   tanta lentitud que habría necesitado toda la noche para copiar el
   archivo entero.

   El hacker desconectó y lo intentó de nuevo, pero no hubo manera. No
   lograba cruzar la niebla que yo generaba, ni sabía de dónde procedía la
   interferencia.

   Acabó por abandonar su intento de robo y se limitó a husmear. Descubrió
   el camino al ordenador Opal de Berkeley, pero no lo exploró.

   Esto sí que era curioso. El ordenador Opal de Berkeley alberga
   auténtica investigación informática. No hay que hurgar mucho para
   encontrar algunos de los mejores programas de comunicaciones, de
   estudio y juegos. Pero al parecer los intereses de aquel hacker no eran
   los mismos que los de la mayoría de los estudiantes. Sin embargo,
   cuando husmeaba algo militar, se volvía loco.

   Eran las 05:51 de la tarde cuando, por fin, dio la jornada por
   concluida. No puedo afirmar que cada una de sus frustraciones me
   produjera satisfacción. Sus reacciones me parecían más bien
   previsibles. Mi trabajo conducía lentamente a una resolución.

   Steve White pasó el día localizando conexiones. Al igual que por la
   mañana, la llamada procedía de Alemania.

   —¿Cabe la posibilidad de que proceda de otro país europeo? —pregunté,
   conociendo la respuesta de antemano.

   —El hacker puede ser de cualquier lugar —respondió Steve—. Mi
   comprobación sólo demuestra una conexión de Berkeley a Alemania.

   —¿Alguna idea de dónde en Alemania?

   —Imposible saberlo sin consultar la guía —dijo Steve, cuya curiosidad
   era tan grande como la mía—. Cada red tiene su propio sistema de
   conexiones. El Bundespost nos lo dirá mañana.

   —¿Llamarás por la mañana? —pregunté, pensando en si hablaría alemán.

   —No, es más fácil mandar un mensaje electrónico —respondió Steve—. Ya
   he mandado uno explicando el incidente de ayer; el de hoy lo confirmará
   y agregará algunos detalles. No te preocupes, se ocuparán
   inmediatamente del caso.

   Steve no podía quedarse en el despacho el domingo por la tarde, pues
   tenía que preparar la cena para su compañera Lynn, lo que me hizo
   pensar en Martha. No había llamado a mi casa.

   Martha no estaba contenta. Le había dejado un recado a Claudia diciendo
   que regresaría tarde. De no haber sido por el hacker habríamos ido de
   excursión al bosque. ¡Maldita sea!

  32

   Anoche hubo mucha tensión en casa. Martha apenas dijo palabra. Al pasar
   el día vigilando al hacker, estropeé la tarde del domingo. El progreso
   con el hacker suponía un gran sacrificio en mi vida familiar.

   ¿A quién debía comunicarle mis últimos descubrimientos? Indudablemente,
   a mi jefe. Habíamos hecho una apuesta en cuanto a la procedencia del
   hacker y yo había perdido. Le debía una caja de bombones.

   ¿Al FBI? El caso es que no había mostrado mucho interés, pero ahora
   excedía la competencia de la policía local. ¿Por qué no brindarles otra
   oportunidad de ignorarnos?

   ¿A la oficina de investigaciones especiales de las fuerzas aéreas? Me
   habían rogado que los mantuviera informados. Con los ataques a
   ordenadores militares, debería contárselo a alguien del departamento de
   defensa, aunque me resultara políticamente incómodo.

   Si hablar con los militares me resultaba difícil, llamar a la CIA era
   un auténtico suplicio. El mes anterior había reconocido que merecían
   saber que alguien intentaba infiltrarse en sus ordenadores. Había
   cumplido con mi deber. Ahora, ¿debía comunicarles que se trataba de un
   extranjero?

   Pero una vez más parecía la gente indicada a quien llamar. Yo podía
   entender los nodos, las redes, pero el espionaje..., bueno, no era algo
   que se aprendiera en la universidad.

   Estaba seguro de que mis amigos de la izquierda floreciente de Berkeley
   me acusarían de haber sido reclutado por el Estado. Pero no me
   consideraba un sirviente de la clase dominante, a no ser que los
   lacayos del imperialismo comieran papilla de harina integral pasada
   para desayunar. Discutía conmigo mismo mientras pedaleaba entre el
   tráfico, pero en lo más hondo de mis entrañas sabía lo que debía hacer:
   había que informar a la CIA y era yo quien debía hacerlo.

   Había supuesto un esfuerzo constante mover la burocracia. Tal vez
   llamaría la atención de alguien, dando a conocer la nueva noticia a
   todas las agencias de tres siglas.

   Empezaría por llamar al FBI. Su oficina de Oakland no se había
   interesado por el tema, pero quizá Mike Gibbons, en Alexandria,
   Virginia, lo haría. Resultó que Mike estaba de vacaciones y le dejé un
   mensaje, pensando en que lo recibiría dentro de un par de semanas.

   —Dígale simplemente que Cliff ha llamado y que mi amigo tiene una
   dirección en Alemania.

   No cabe gran cosa en las hojas amarillas, utilizadas para dejar notas a
   los ausentes.

   Mi segunda llamada fue a la OSI de las fuerzas aéreas, la poli militar.
   Aparecieron dos voces en la línea, la de una mujer y otra más grave de
   un hombre.

   La mujer, Ann Funk, era agente especial de la brigada de delitos
   familiares.

   —Esposas y niños maltratados —explicó en tono circunspecto—. Las
   fuerzas aéreas tienen los mismos lamentables problemas que el resto del
   mundo.

   Nada que ver con la alta tecnología, pero incluso por teléfono, su
   presencia inspiraba respeto y simpatía. Ahora trabajaba en la brigada
   de delitos informáticos de la OSI.

   El mes anterior había hablado con Jim Christy y hoy me formuló la misma
   pregunta que yo había hecho a Steve:

   —¿Alemania oriental u occidental?

   —Occidental —respondí—. Tendremos más información dentro de un par de
   días.

   —¿Dónde se ha infiltrado? —preguntó Ann.

   —En ningún lugar, mientras yo le observaba. No por falta de intentarlo
   —contesté, mencionando algunos de los lugares en los que había
   procurado infiltrarse.

   —Tendremos que volver a llamarte —dijo Jim—. Disponemos de una oficina
   en Europa que tal vez pueda trabajar en el caso.

   Había advertido debidamente a las fuerzas aéreas y ahora quedaba por
   ver cómo reaccionarían.

   Era el momento de llamar a la CIA. Respondieron del despacho de Teejay,
   pero él no estaba. ¡Gracias a Dios! Asunto resuelto. Me sentía como un
   estudiante a quien se ha encargado un trabajo que debe leer ante toda
   la clase, cuando descubre que el maestro está enfermo.

   Sin embargo, habiendo decidido contárselo a los fantasmas, llamé al
   colega de Teejay, Greg Fennel. Éste estaba en su despacho.

   —Escúchame: tengo una reunión dentro de tres minutos. Procura ser
   breve.

   Un día ajetreado en la CIA.

   —Someramente, hemos localizado al hacker en Alemania. ¡Hasta otra!

   —¿Cómo? ¡Espera! ¿Cómo lo has hecho? ¿Estás seguro de que se trata del
   mismo individuo?

   —Ahora tienes una reunión. Podemos hablar mañana.

   —Olvida la reunión. Cuéntame exactamente lo ocurrido sin
   embellecimientos ni interpretaciones.

   Es fácil cuando se anota todo en un cuaderno. Le leí el resumen de la
   actividad del fin de semana. Al cabo de una hora Greg seguía formulando
   preguntas y había olvidado la reunión. Lo que más le había interesado
   era la procedencia del hacker.

   —Fascinante —reflexionó el espía en voz alta—. Alguien desde Alemania
   occidental se infiltra en nuestras redes. O por lo menos utiliza
   Alemania occidental como puente.

   Comprendía que habíamos identificado un eslabón de la cadena, pero que
   en realidad el hacker podía proceder de cualquier parte.

   —¿Cabe la posibilidad de que entréis en acción? —le pregunté.

   —Esto no soy yo quien debe decidirlo. Se lo comunicaré a mis
   superiores, pero, a decir verdad, no sé lo que ocurrirá.

   ¿Qué esperaba? La CIA no podía hacer gran cosa para resolver el
   problema, pues no eran más que recopiladores de información. Deseaba
   que se responsabilizaran de todo aquel lío, pero parecía improbable que
   lo hicieran. El hacker no se había infiltrado en sus aparatos, sino en
   los nuestros.

   El Lawrence Berkeley Laboratory estaba harto de perder tiempo en
   aquella búsqueda. Yo ocultaba mi trabajo de persecución, pero todo el
   mundo podía ver que no me ocupaba debidamente de nuestro sistema. El
   software científico emperoraba poco a poco, mientras yo me dedicaba a
   escribir programas destinados a analizar la actividad del hacker.

   Por temor a mi mordaz jefe, refresqué mis conocimientos de mecánica
   cuántica antes de hablar con Roy Kerth. Tal vez si hablábamos un rato
   de física, haría la vista gorda en cuanto a mi trabajo relacionado con
   el hacker. Después de todo, parecía satisfecho de mi programa gráfico,
   aunque en mi opinión era relativamente superficial.

   Pero no hubo forma de aplacar la ira de Roy. Estaba furioso por el
   tiempo que había dedicado a la persecución del hacker. No contribuía al
   departamento con nada demostrable, nada cuantificable.

   Sin embargo no me ordenó que lo abandonara. A decir verdad parecía más
   interesado que nunca en capturar a ese cabrón.

   Pasé varias horas consultando anuncios en la red Usenet, en busca de
   noticias relacionadas con los hackers y encontré una de Canadá. Puesto
   que no confiaba en la correspondencia electrónica, llamé al autor del
   anuncio por teléfono. Bob Orr, científico de la Universidad de Toronto,
   me contó una triste historia.

   —Estamos conectados a numerosas redes y no es fácil convencer a
   nuestros patrocinadores para que paguen las suscripciones. Unos hackers
   desde Alemania han invadido nuestro sistema y se han dedicado a
   modificar programas y alterar nuestro sistema operativo.

   —¿Cómo se han infiltrado? —pregunté, sospechando que conocía ya la
   respuesta.

   —Colaboramos con el laboratorio suizo de CERN y esos gamberros se han
   paseado a sus anchas por sus ordenadores. Es probable que allí
   encontraran algunas contraseñas de nuestro sistema y conectaron
   directamente.

   —¿Han ocasionado algún daño?

   —¡Daño! ¿No oyes lo que te estoy diciendo? —estalló Bob—. Nuestras
   redes son delicadas; la gente que conecta con nosotros lo hace con la
   esperanza de hallar apoyo mutuo. Cuando alguien irrumpe
   clandestinamente en un ordenador, destruye dicha confianza. Además de
   hacerme perder muchos días y de obligarnos a desmantelar nuestras
   conexiones, esos hackers menosprecian la confianza que nos permite
   trabajar juntos como científicos.

   —Pero ¿han borrado algún archivo? —insistí—. ¿Han modificado algún
   programa?

   —Lo que hicieron fue modificar el sistema para introducir una clave que
   les abriera una puerta trasera. Pero si lo que buscas son titulares
   como «hackers destrozan sistema», éste no es nuestro caso. Estas
   filtraciones son mucho más capciosas. Se trata de programadores
   técnicamente experimentados, pero sin ética alguna, que no muestran
   ningún respeto por el trabajo ni la intimidad de los demás. No se
   dedican a destrozar uno o dos programas, sino a destruir la cooperación
   en la que se basan nuestras redes.

   He aquí un individuo que se tomaba muy en serio la informática. No
   aprendí gran cosa sobre los hackers alemanes, pero por lo menos hablé
   con alguien que los describía en los mismos términos que yo. Bob
   comprendía que el daño no se medía en dólares robados, sino en pérdida
   de confianza. El no veía esto como una diversión o un juego, sino de un
   grave ataque contra una sociedad abierta.

   En otra época habría discutido con Bob arguyendo que no era más que una
   diversión juvenil. Tal vez habría sentido simpatía y respeto por
   alguien que lograba infiltrarse en tantos ordenadores. Pero ahora ya
   no.

   Bob también mencionó que un club alemán del caos se dedicaba a atacar
   el ordenador estadounidense de Fermilab. Los llamé a Illinois y hablé
   con el administrador de su sistema.

   —Efectivamente —respondió—. Unos hackers alemanes nos han estado
   creando quebraderos de cabeza. Se autodenominan Club Informático del
   Caos (CCC).

   —¿Se dedican a espiar? —pregunté.

   —No bromees. Nuestro trabajo no tiene nada de secreto.

   ¡Quién sabe! ¿Eran gamberros o espías?

   —¿Puedes identificarlos?

   —Uno utiliza el seudónimo de Hagbard. Otro, Pengo. No conozco sus
   nombres verdaderos.

   —¿Has protegido el sistema desde que los detectaste?

   —Un poco. Intentamos realizar una labor científica y no queremos cerrar
   las puertas al mundo exterior. Pero con esos gamberros es difícil
   mantener un centro informático abierto. ¡Ojalá eligieran a otro, como
   por ejemplo los militares! O la NSA.

   Si lo supiera...

   —¿Supongo que la policía no habrá sido de gran ayuda?

   —No mucha. Escuchan, pero no hacen prácticamente nada.

   Llamé a Stanford y pregunté a uno de sus administradores de sistemas,
   Dan Kolkowitz, si tenía alguna noticia de Alemania.

   —Ahora que lo mencionas, alguien se infiltró hace algunos meses,
   controlé lo que hacía y lo imprimí. Parece alemán.

   Dan me leyó el listado por teléfono. Cierto hacker con el seudónimo de
   Hagbard les mandaba un archivo de claves a unos hackers llamados Zombie
   y Pengo.

   Ahí estaban otra vez Hagbard y Pengo. Escribí sus nombres en mi
   cuaderno.

   No obstante parecía que mis colegas tenían razón. Esos individuos eran
   simples gamberros con el propósito de importunar. Dirigían sus ataques
   contra universidades e instituciones científicas; objetivos fáciles. No
   parecían interesarles los objetivos militares, ni daban la impresión de
   saber navegar por Milnet.

   Descubrí otra diferencia entre mi hacker y los gamberros del CCC. Mi
   hacker se encontraba cómodo en el sistema Unix; no en la versión de
   Berkeley, pero sí en el Unix en general. Los vándalos que Bob y Dan me
   habían descrito sólo parecían atacar los sistemas VMS de Dec.

   De ahora en adelante procuraría mantenerme al corriente de las noticias
   relacionadas con el CCC, aunque no podía suponer que todos los hackers
   alemanes trabajaran en equipo.

   Algo positivo ocurría. Uno por uno, establecía contacto con otros que
   perdían horas de sueño y tomaban tranquilizantes a causa de los mismos
   problemas que me obsesionaban a mí. Era reconfortante saber que yo no
   era el único.

   Había llegado el momento de alejar al hacker de mi mente y concentrarme
   de nuevo en la astronomía, pero ésa no era la voluntad del destino:
   Mike Gibbons, del FBI, me llamó por teléfono.

   —Creí que estabas de vacaciones —le dije.

   —Así es. Estoy en casa de mis padres, en Denver.

   —Entonces ¿cómo te ha llegado el mensaje?

   Me preguntaba si la CIA le habría llamado.

   —Muy simple —respondió Mike—. Estamos de guardia cada dos horas. Mi
   oficina puede localizarme día y noche. A veces trastorna mis relaciones
   matrimoniales.

   Le comprendía perfectamente. Mi propio localizador era una mazmorra.

   —¿Te han hablado de la conexión alemana?

   —¿Por qué no me cuentas lo ocurrido durante el fin de semana? (Limítese
   a los hechos, señora.)

   Una vez más, leí la información de mi cuaderno. Cuando llegué a los
   números de DNIC, Mike me interrumpió:

   —¿Puedes mandarme una copia de tu cuaderno?

   —Por supuesto. Imprimiré una copia y te la mandaré.

   Es fácil cuando se guardan las notas en un ordenador.

   —Veré si podemos abrir un caso. No te lo prometo, pero parece
   interesante.

   A estas alturas ya me había dado cuenta de que nadie prometía nada.

   Imprimí una copia de mi cuaderno y se la mandé por correo urgente.
   Cuando regresé, sonaba el teléfono. Era Teejay.

   —He oído la noticia —dijo mi contacto de la CIA—. ¿Estás seguro de que
   tu amigo vive al otro lado del charco?

   —Así es, si te refieres al Atlántico. Casi seguro que está en Alemania
   y me sorprendería muchísimo que procediera de Estados Unidos.

   Puede que las abreviaciones de Teejay confundieran a algún fisgón, pero
   a mí me dejaban totalmente desconcertado.

   —¿Conoces su ubicación exacta?

   —Lo único que sé es la dirección electrónica de un ordenador. Se trata
   de un número de DNIC, lo que eso signifique.

   —¿Quién se ocupa de decodificarlo?

   —Espero que el Bundespost nos facilite la información. Posiblemente
   mañana.

   —¿Has llamado a la... entidad del norte?

   ¿Entidad del norte? ¿Qué era eso?

   —¿Te refieres a la entidad «F»?

   —No, a la entidad del norte. Ya sabes: la residencia del señor Meade.

   Meade. Fort Meade. Debía referirse a la National Security Agency.

   —No, pero he llamado a la entidad «F».

   —Bien. ¿Mueven los glúteos o siguen sentados?

   —No lo sé. Tal vez abran una investigación, pero no me lo han
   asegurado.

   —Nunca lo hacen. Me pondré en contacto con ellos para ver si activamos
   un poco las cosas. Entretanto por qué no te pones en contacto con la
   entidad norteña y procura que te decodifiquen esa dirección.

   Evidentemente. La NSA debía de tener listas de todos los números de
   teléfono y direcciones electrónicas del mundo entero. Llamé al centro
   nacional de seguridad informática y hablé con Zeke Hanson.

   —¡Hola, Zeke! ¿Recuerdas que me dijiste que la NSA no podía ayudarme si
   el hacker procedía de Norteamérica?

   —Efectivamente.

   —Pues bien, procede de Europa.

   —¿Quieres decir que has estado persiguiendo a un extranjero por Milnet?

   —Así es.

   —Te llamo inmediatamente.

   Ya me había acostumbrado a que me obligaran a colgar y me devolvieran
   la llamada. Puede que los polis utilicen líneas telefónicas de
   seguridad o que supongan que los llamo desde una cabina.

   Por quinta vez describí cómo había pasado el fin de semana. Zeke
   escuchaba con mucha atención, evidentemente tomando notas.

   —¿Crees que el hacker está cumpliendo una misión?

   —No puedo afirmarlo. Pero sospecho que archiva la información.

   —¿Por qué no me mandas una lista de las claves que ha estado buscando?

   —Encantado, pero hoy estoy algo ocupado. Intento averiguar la dirección
   electrónica que corresponde a ese número de DNIC alemán. Estaría
   perfectamente dispuesto a intercambiar información.

   —¿Quieres decir que me mandarás las copias del tráfico, a cambio de esa
   dirección?

   —Exacto. En mi opinión es un buen trato.

   Si me limitaba a preguntarle la dirección por las buenas, estaba seguro
   de que se negaría.

   No funcionó. Zeke se mantuvo en sus trece.

   —Absolutamente imposible. Ni siquiera puedo confirmarte que dispongamos
   de esa información.

   ¡Mala suerte! Tendría que decodificar la dirección de otro modo.

   También era muy frustrante. Las agencias secretas no dejaban de
   preguntarme detalles, pero nadie me contaba nada.

   Tanta actividad me dejó agotado, pero repleto de esperanza. Esta
   localización en Alemania abría diversas puertas. Los fantasmas ya no
   podían calificar el caso de insignificante trastorno nacional. Puede
   que fuera insignificante, si bien con toda seguridad no era nacional.

  33

   Había derribado un nido de avispas. Durante los próximos días no dejaba
   de sonar el teléfono. Los fantasmas llamaban persistentemente
   preguntando por detalles técnicos: ¿Cómo se conecta desde Europa a los
   ordenadores militares? ¿Podía demostrar que el hacker procedía de
   Alemania? ¿Dónde se enteraba de las contraseñas? ¿Cómo se había
   convertido en superusuario?

   Sin embargo, a la OSI de las fuerzas aéreas, lo que le preocupaba era
   cómo proteger Milnet. ¿Había logrado el hacker infiltrarse en tal o
   cual lugar o red? ¿A qué tipo de ordenadores atacaba? ¿Se le
   controlaría cerrándole las puertas del Lawrence Berkeley Laboratory?

   Por fin llamó Steve White. Había recibido un conciso mensaje del
   director de la red alemana Datex: «La dirección corresponde a un
   ordenador de Bremen. Estamos investigando. »

   Nuestro círculo se cerraba lentamente.

   Fui una vez más a la biblioteca a consultar el atlas. Bremen era una
   ciudad portuaria del norte de Alemania, famosa por sus pinturas
   medievales y por su ayuntamiento. Durante unos instantes me trasladé
   mentalmente al otro lado del Atlántico... Aquellos lugares pertenecían
   a los libros de historia.

   Después de hablar con Steve recibí una llamada de Mike Muuss, del
   Ballistics Research Laboratory. El ejército tenía un laboratorio de
   investigación y desarrollo en Aberdeen, Maryland, que era uno de los
   últimos laboratorios gubernamentales, que no subcontrataba la
   investigación a empresas privadas. Mike era el mandamás de sus
   ordenadores.

   Mike Muuss es famoso en la comunidad Unix como pionero de las redes y
   como creador de programas elegantes, en sustitución de otros torpes.
   Según él, los buenos programas no se escriben ni construyen; crecen. Es
   un atleta bigotudo de metro noventa, increíblemente tenaz, intenso y
   obsesivo. Mike había trabajado lo suyo con antiguas versiones del Unix,
   allá por los años setenta. Cuando Mike habla, los demás expertos le
   escuchan.

   —El domingo detectamos a Joe Sventek husmeando por nuestro sistema
   —dijo Mike Muuss—. Creí que estaba en Inglaterra.

   ¿Se conocen todos los magos entre ellos? ¿Será telepatía?

   —Así es —respondí—. A quien detectasteis es a un hacker que se hacía
   pasar por Joe.

   —Aléjale de la red. Dale una patada en el culo.

   —No creo que cerrarle las puertas de mi ordenador baste para detenerle
   —expliqué, como lo había ya hecho tantas veces.

   —Comprendo. Se ha introducido en muchos ordenadores, ¿no es cierto?
   —comprendió Mike.

   Pasamos aproximadamente una hora charlando, durante la cual procuré
   ocultar mi ignorancia. Mike suponía que yo conocía Eniac, el primer
   gran ordenador del mundo.

   —Sí, lo teníamos aquí, en el Ballistic Research Laboratory. En mil
   novecientos cuarenta y ocho. Diez años antes de que yo naciera.

   Eniac podía haber sido el primer ordenador del mundo en su género, pero
   desde luego no el último. En la actualidad el ejército utiliza un par
   de superordenadores Cray, los más rápidos del mundo.

   —Si quieres saber cómo será el ejército en el dos mil diez —dijo Mike,
   sin excesiva modestia—, no tienes más que mirar hoy en mis ordenadores.
   Está todo aquí.

   Exactamente lo que el hacker andaba buscando.

   Poco después llamó Chris McDonald, de White Sands. Había detectado
   también a alguien hurgando en sus cerraduras y quería saber lo que nos
   proponíamos hacer al respecto.

   —Nada —le respondí—. Nada hasta capturar a ese cabrón.

   Considerar siquiera las posibilidades de descubrir el domicilio del
   hacker, era una bravuconada por mi parte.

   El hacker había intentado intruducirse sin permiso en ochenta
   ordenadores y dos administradores de sistemas le habían detectado.

   Supongamos que alguien se paseara por una ciudad intentando forzar las
   puertas de las casas. ¿Cuántos intentos tendría que realizar antes de
   que alguien llamara a la policía? ¿Cinco casas? ¿Diez?

   Pues bien, gracias al hacker yo conocía la respuesta. En las redes
   informáticas, podemos llamar a cuarenta puertas antes de que alguien se
   dé cuenta de ello. Con tan escasa protección, nuestros ordenadores son
   víctimas propiciatorias. Casi nadie vigila a los intrusos.

   Mi propio laboratorio era tan ciego como los demás. El hacker se había
   infiltrado en el ordenador, convertido en administrador de sistemas y
   utilizado mi Unix a sus anchas, antes de ser detectado. E incluso
   entonces sólo le habíamos descubierto accidentalmente.

   Parecía improbable que los profesionales de la informática detectaran a
   los hackers en sus sistemas. Tal vez podrían hacerlo, pero nadie los
   buscaba. De modo que resultaba útil seguir analizando las cuentas
   telefónicas de Mitre. Era evidente que el hacker había llamado a la TRW
   de Redondo Beach y había pasado horas conectado a su ordenador.

   La TRW es una empresa de material defensivo que tiene contratos con las
   fuerzas aéreas y con la NASA.

   Cuando llamé a Howard Siegal, de las instalaciones de procesamiento de
   señales de la TRW, nunca había oído nada al respecto.

   —Es imposible que haya un hacker en nuestro sistema. Nuestras
   instalaciones están bien protegidas.

   Por definición, lo estaban. No era la primera vez que lo oía.

   —Sólo para satisfacer mi curiosidad, ¿te importaría verificar la
   contabilidad de los dos últimos meses?

   Accedió, aunque no esperaba volver a oír hablar de él. Sin embargo, al
   día siguiente por la mañana llamó para comunicarme las malas noticias.

   —Tenías razón —dijo Howard—. Alguien se ha infiltrado en nuestro
   sistema, pero no estoy autorizado a hablar del tema. Vamos a cerrar
   todos los accesos a nuestro ordenador.

   Se negó a revelar las pruebas que le habían hecho cambiar de opinión y
   también a decirme si el hacker se había convertido en superusuario.

   Mencioné la TRW a mis amigos del observatorio Keck.

   —¡Diablos! —exclamó Terry Mast, levantando las cejas—. Es la empresa
   constructora del KH-11.

   Un momento: no era la primera vez que oía lo del KH-11. El sábado había
   visto cómo el hacker buscaba aquellas siglas.

   —Dime, Terry: ¿qué es el KH-11 ?

   —Un satélite de espionaje. Un satélite secreto. KH son las iniciales de
   Key Hole. Es el undécimo de la serie, ahora ya desfasado.

   —Supongo que superado por el KH-12.

   —Efectivamente. Con un presupuesto totalmente desbordado, como de
   costumbre. Ambos proyectos son estrictamente secretos.

   El secreto multiplicaba automáticamente los costes de cualquier
   proyecto.

   Al cabo de unos días recibí una llamada de Steve White, de Tymnet. El
   Bundespost alemán había llegado a la conclusión de que el hacker
   procedía de la Universidad de Bremen. La dirección correspondía a un
   ordenador Vax, no a una línea telefónica, pero la universidad no sabía
   nada de ningún hacker. Al parecer dudaban de que hubiera podido
   introducirse en su ordenador. No me sorprendía: lo había oído ya muchas
   veces. Veremos lo que opinan en un par de días, pensé.

   Un ordenador Vax en una universidad. Lo más probable en una universidad
   es un estudiante. Me pregunté si mi intuición visceral me habría
   traicionado: ¿sería posible que a quien perseguía no fuera más que un
   forofo bromista?

   Al hablar con la CIA y la NSA, había tenido la precaución de señalar
   dicha posibilidad. Por si no bastaba con que yo perdiera el tiempo en
   dicha búsqueda, no quería que los fantasmas se prepararan para entrar
   en batalla y se encontraran con un adolescente armado con un
   tirachinas.

   Pero los polis me formulaban preguntas especulativas.

   —¿Podrías caracterizar la experiencia informática de ese individuo?
   —preguntó Zeke, de la NSA.

   Eso era fácil de evaluar. Bastaba con observar lo que había hecho y
   calificar su aptitud.

   —¿Qué edad tiene? ¿Es profesional o aficionado?

   Sólo podía avanzar una opinión. El hacker nunca había revelado su edad,
   peso, ni ocupación.

   Todos los que me llamaban querían noticias sobre el hacker, aunque no
   tuvieran ningún interés en resolver el caso. En mi cuaderno de bitácora
   estaba toda la información, pero llevaba ya más de cincuenta páginas
   escritas. A fin de librarme de las incesantes llamadas, escribí una
   nota describiendo lo que sabía sobre el hacker. Al reunir mis
   observaciones, quizá lograría esbozar sus características.

   Algunas de sus preguntas tenían una respuesta inequívoca: los objetivos
   del hacker eran los militares y las empresas que fabricaban material
   defensivo; adivinaba y robaba contraseñas; trabajaba habitualmente de
   noche, hora alemana.

   Otras respuestas se desprendían de la observación indirecta: parecía
   tener menos de treinta años, a juzgar por su experiencia con los
   sistemas Unix y VMS; probablemente había terminado sus estudios
   universitarios, puesto que trabajaba incluso durante las vacaciones; y
   sólo un fumador elegiría Benson & Hedges como contraseña.

   Estaba persiguiendo sólo a uno o dos individuos a lo sumo. Esto se
   deducía de que en mi sistema tenía cuatro cuentas robadas y, sin
   embargo, había elegido la misma contraseña para todas ellas. De haber
   sido más de dos los implicados, habrían elegido distintas contraseñas.

   Al describirle, tuve la impresión de que era un individuo metódico y
   diligente. Hacía más de seis meses que estaba en activo y, a juzgar por
   algunos datos de Mitre, tal vez casi un año. No le importaba dedicar un
   par de horas del domingo por la noche a intentar adivinar las
   contraseñas de ordenadores militares: un trabajo pesado y aburrido.

   La NSA no dejaba de cuestionar mis conclusiones.

   —Si es tan metódico —preguntó Zeke—, ¿cómo sabes que lo que persigues
   no es simplemente un programa?

   Esto me dejó desconcertado. Zeke me hizo dudar sobre algo que no se me
   había ocurrido.

   ¿Podía demostrar que estaba persiguiendo a una persona verdadera?

   En otra época suponía que los hackers informáticos eran verdaderos
   genios, que buscaban formas creativas de construir nuevos programas.
   Éste era un individuo paciente y metódico que probaba repetidamente los
   mismos trucos. Una conducta propia de un programa informático.

   Supongamos que alguien hubiera programado un ordenador para que
   intentara conectar metódicamente con otro centenar de ordenadores. Lo
   único que necesitaría sería un ordenador doméstico con un modem; la
   programación sería bastante simple. Podría adivinar contraseñas (como
   «visitor» y «guest») con la misma facilidad de un ser humano. Y podría
   funcionar toda la noche sin la ayuda de nadie.

   Momentáneamente me sentí presa del pánico. ¿Podía demostrar que aquél
   no fuera el caso?

   Por supuesto. Mi hacker cometía errores. Equivocaciones mecanográficas
   ocasionales.

   —No cabe duda de que hay un ser humano al teclado —aseguré a Zeke—, que
   no es un perfecto mecanógrafo.

   —¿Tienes la seguridad de que el hacker está en el mismo país que el
   ordenador?

   Era indudable que Zeke dominaba la situación. Sus preguntas me
   obligaban a reflexionar. Estaba observando a alguien y presentía que se
   encontraba en Alemania. Pero no había ninguna razón que le impidiera
   estar en Australia, conectado a un ordenador alemán.

   La alarma de mi localizador interrumpió mi respuesta. El hacker había
   regresado.

   —¡Debo dejarte, Zeke!

   Fui corriendo por el pasillo hasta la sala de conexiones. Allí estaba,
   empezando a conectar. Llamé inmediatamente a Tymnet, pero cuando
   localicé a Steve White, el hacker ya había desconectado. Tiempo total
   de conexión: treinta segundos.

   ¡Maldita sea! A lo largo de toda la semana, las conexiones del hacker
   habían sido de un minuto o dos a lo sumo. En cada ocasión sonaba la
   alarma de mi localizador y me subía la adrenalina. Pero era imposible
   localizar conexiones tan breves. Diez minutos, seguro; cinco, tal vez;
   pero uno no bastaba.

   Afortunadamente, a Steve no le importaban mis azarosas llamadas y en
   cada ocasión me aclaraba algún nuevo aspecto del sistema de conexiones
   de Tymnet. Pero hoy Steve mencionó que el Bundespost había hablado con
   la Universidad de Bremen.

   Después de una meticulosa inspección, los técnicos informáticos de
   aquella universidad habían descubierto a un usuario privilegiado.

   —Un experto ha creado una cuenta para sí mismo y le ha otorgado
   privilegios de root. Su última aparición tuvo lugar el seis de
   diciembre y ha borrado todas las huellas del sistema de logs.

   Sonaba familiar. A decir verdad, cuanto más lo leía, más revelador me
   parecía. Deduje que el sistema operativo de Bremen era Unix, en lugar
   de VMS; en los ordenadores Unix se habla de acceso «root», mientras que
   en los VMS se llaman privilegios de «system». El mismo concepto, con
   jerga diferente.

   Entretanto, el Bundespost había identificado la cuenta utilizada por el
   hacker para sus conexiones transatlánticas y había instalado una trampa
   en la misma. La próxima vez que alguien la utilizara, localizarían la
   llamada.

   El técnico del Bundespost creía que la cuenta podía ser robada. Pero en
   lugar de preguntar al propietario si había autorizado a alguien para
   que realizara llamadas a Norteamérica, la vigilarían discretamente para
   ver lo que ocurría.

   Los alemanes no permanecían impasibles. La universidad vigilaría la
   cuenta sospechosa, mientras el Bundespost observaba la actividad de la
   red. Cada vez era mayor el número de ratoneras bajo observación.

   Antes de transcurrida una hora, Steve recibió otro mensaje de Alemania:
   la Universidad de Bremen cerraría sus ordenadores durante tres semanas:
   las vacaciones de Navidad.

   Puede que esto fuera una buena noticia. Si el hacker no aparecía
   durante las vacaciones, significaría que probablemente era de Bremen.
   Pero si proseguía a pesar del descanso, tendría que elegir otra
   ruta..., que tal vez nos conduciría directamente a él.

   El hacker estaba a escasos minutos de Berkeley. Ahora nosotros
   estábamos a un par de semanas de él.

  34

   Diciembre era la época de imprimir postales navideñas y nos reunimos
   todos los coinquilinos para nuestra expresión gráfica anual.

   Martha dibujó los diseños y Claudia y yo cortamos las placas de
   serigrafía. A fin de no ofender a ningún fanático, optamos por postales
   astronómicas: ¡feliz solsticio de invierno!

   —Nuestra forma de hacer postales es igual que la tuya de perseguir
   hackers —dijo Martha.

   —¿Cómo?

   —Improvisada —comentó—. No como lo harían los profesionales, pero no
   obstante satisfactoria.

   Me pregunté cómo lo haría un verdadero profesional para atrapar a aquel
   hacker. Pero, por otra parte, ¿quiénes eran los profesionales? ¿Había
   alguien especializado en perseguir a la gente que se infiltra
   clandestinamente en los ordenadores? Yo no los había encontrado. Había
   llamado a todas las agencias imaginables, pero nadie se había hecho
   cargo del caso. Ni siquiera me habían aconsejado.

   No obstante, el FBI, la CIA, la OSI y la NSA estaban todos fascinados.
   Un extranjero se dedicaba a sustraer información de las bases de datos
   estadounidenses. El caso estaba perfectamente documentado no sólo por
   mi cuaderno, sino por una enorme cantidad de copias impresas,
   seguimientos telefónicos y direcciones informáticas. Mi estación de
   vigilancia funcionaba permanentemente; las perspectivas de capturar al
   culpable parecían buenas.

   Pero nadie aportaba un céntimo para ayudarme. Mi sueldo procedía de las
   subvenciones de físicos y astrónomos, y la dirección del laboratorio me
   presionaba para que me concentrara en los sistemas, en lugar del
   contraespionaje. A 13000 kilómetros de distancia un hacker merodeaba
   por nuestras redes. A 5000 kilómetros en dirección este, ciertos
   agentes secretos analizaban mis últimos informes. Pero en el segundo
   piso de mi edilicio, mis jefes querían darlo todo por finalizado.

   —Cliff, hemos decidido abandonar el caso —dijo Roy Kerth—. Sé que te
   falta poco para descubrir al hacker, pero el presupuesto ya no da más
   de sí.

   —¿Sólo dos semanas más, hasta el día de Año Nuevo?

   —No. Clausúralo mañana. Por la tarde, cambia todas las contraseñas.

   En otras palabras, cierra la puerta y echa el cerrojo.

   ¡Maldita sea! Tres, casi cuatro meses de trabajo desperdiciado. Y
   precisamente cuando las perspectivas parecían halagüeñas.

   Menuda frustración. El hacker podía ocultarse, pero no deshacerse de
   mí. Los únicos que podían obligarme a abandonar la persecución eran mis
   propios jefes. Precisamente cuando nos acercábamos a aquel cabrón.

   También era deprimente. Al hacker no le resultaría difícil volver a las
   andadas. Seguiría deambulando por las redes e infiltrándose donde
   pudiera. A nadie le importaba.

   Empecé a organizar la retirada de las contraseñas de todos los
   usuarios. No era difícil: sólo había que reconstruir el archivo de
   contraseñas. Pero ¿cómo se comunican las nuevas a mil doscientos
   científicos? ¿Se los reúne a todos en una misma sala? ¿Se llama a cada
   uno de ellos por teléfono? ¿Se les manda una nota por correo?

   Seguía perplejo, cuando llamó Mike Gibbons del FBI.

   —Sólo llamo para comprobar hasta dónde ha llegado la localización.

   —Bremen —le respondí—. Una universidad de aquella localidad.

   —¿Entonces se trata de un estudiante?

   —No necesariamente. Pero nunca lo sabremos.

   —¿Por qué no?

   —LBL cierra sus puertas. Mañana.

   —No puedes hacer eso —exclamó el agente del FBI—. Vamos a abrir una
   investigación.

   —Mi jefe cree que sí puede.

   —Dile que ya nos hemos puesto en contacto con gente en Europa. Por lo
   que más quieras, no lo abandones ahora.

   —No estás hablando con la persona indicada, Mike.

   —De acuerdo. ¿Cuál es el número de teléfono de tu jefe?

   No estaba dispuesto a someterme al furor de Roy Kerth, solicitando otra
   prórroga. Si el FBI deseaba realmente que siguiéramos abiertos, que
   hablaran ellos con el jefe.

   Además, a mí nadie me prestaba ayuda. Lo único que esas ostentosas
   agencias de tres siglas hacían permanentemente era pedirme información.
   Todos querían copias de mi agenda y de las sesiones. Cada vez que
   concluíamos un seguimiento, cuatro o cinco personas exigían saber
   adonde había conducido.

   Ésta era la verdad del trato con la burocracia: todos querían estar al
   corriente de nuestros descubrimientos, pero nadie se hacía responsable.
   Nadie se ofrecía voluntario para servir de enlace, de centro de
   recopilación y distribución de información. El proyecto había empezado
   conmigo en el centro del mismo y al parecer así continuaría.

   Por otra parte, el hecho de que nadie me dijera lo que debía hacer, me
   permitía arriesgarme, por ejemplo permaneciendo abierto a un hacker que
   podía borrar, en un par de segundos, todo el contenido de mi ordenador.
   Podía actuar como un auténtico hombre orquesta, igual que en la
   universidad; cuando algo vale la pena, se hace para uno mismo y no para
   satisfacer a algún mecenas.

   Si por lo menos pudiera sacarme de encima a Kerth y a sus secuaces...

   El FBI se ocupó de ello. Mike Gibbons habló con Roy Kerth. No estoy
   seguro de lo que le dijo, pero al cabo de media hora Roy me autorizó a
   permanecer abierto un par de semanas.

   —Por fin nos toman en serio —dijo Roy.

   —¿Lo suficiente como para aportar fondos?

   —¿Bromeas?

   Rescatados en el último momento, permaneceríamos abiertos, aunque sólo
   fuera gracias a un acuerdo extraoficial. Disponía de otro par de
   semanas para capturar al hacker.

   Quizá no necesitaría mucho más. El viernes 19 de diciembre, a la 1:38,
   apareció de nuevo el hacker. Pasó un par de horas deambulando por
   Milnet.

   Un agradable viernes por la tarde, intentando adivinar las contraseñas
   del Strategic Air Command, el European Milnet Gateway, el departamento
   de geografía del ejército en West Point y otros setenta ordenadores
   militares.

   Llegué junto a mis monitores en pocos segundos y llamé a Steve White en
   Tymnet. Estaba por marcharse a su casa cuando sonó el teléfono.

   —El hacker está en nuestro ordenador. Terminal lógica de Tymnet número
   catorce.

   —De acuerdo —respondió Steve, mientras al fondo se oía ya el familiar
   tecleo—. ¡Ya lo tengo! —agregó al cabo de veinte segundos.

   En menos de un minuto, Steve había localizado la conexión desde
   California hasta Alemania.

   —¿Cómo lo has logrado?

   —Ahora que sé lo que buscas, he automatizado mi programa de
   localización —respondió con una carcajada—. Basta con que se lo ordene
   para que eche a volar.

   —¿Qué lugar señala?

   —La llamada procede de la dirección 2624 DNIC 4511 guión 049136.

   —¿Y eso qué significa?

   —Tendremos que preguntárselo al Bundespost, pero puedo anticiparte algo
   referente a la dirección. Los primeros dígitos, 2624, significan
   Alemania.

   —Eso ya lo sabemos.

   —Los cuatro dígitos siguientes, 4511, empiezan por cuatro. Esto quiere
   decir que el hacker llama desde una terminal pública.

   —No lo comprendo. ¿Qué diferencia hay entre ésta y su última llamada?

   —En la llamada anterior le localizamos en un ordenador de la
   Universidad de Bremen. En aquella ocasión, los dígitos eran 5421. El
   cinco significa que la llamada procede de un ordenador.

   Claro: la dirección estaba codificada, igual que los teléfonos públicos
   norteamericanos, cuya cuarta cifra siempre parece un nueve.

   —¿De modo que la conexión no procede de la Universidad de Bremen?
   —pregunté.

   —Puedes estar seguro de ello. Pero también sabemos algo más. Nos consta
   que el hacker llega por una terminal telefónica. Llama desde un
   teléfono local.

   —¿Conoces su número?

   —No, pero el Bundespost puede averiguar a qué número ha llamado.

   El descubrimiento de Steve nos permitió avanzar un nuevo paso. El
   hacker no podía ocultarse tras la Universidad de Bremen.

   —¿Cuándo conoceremos la ubicación de esta dirección electrónica?

   —Creo que no tardaremos. He pedido a Wolfgang que lo averigüe.

   —¿Quién es ése?

   —Wolfgang Hoffman. El administrador de la red Datex en Alemania.

   —¿Estás hablando con él por teléfono?

   —Claro que no —respondió Steve—. Nos mandamos mutuamente mensajes
   electrónicos.

   Debía haberlo imaginado.

   —¿Y no ha decodificado la dirección de hoy?

   —Así es. Hasta que el Bundespost la decodifique, no podemos hacer gran
   cosa... Un momento, aquí aparece algo..., es un mensaje desde Alemania.

   Al parecer Steve tenía una línea directa con Europa e intercambiaba
   mensajes de país en país, como yo lo hacía de un despacho a otro.

   —Wolfgang dice que el hacker procede de una terminal telefónica —agregó
   Steve, traduciendo la nota—. Ha llamado por teléfono.

   —Eso ya lo sabíamos.

   —Sí, pero no ha llamado desde Bremen. Hoy lo ha hecho desde Hannover.

   —¿Entonces dónde está? ¿En Bremen o en Hannover?

   —Wolfgang no lo sabe. Por lo que sabemos, podría llamar desde París.

   De nuevo a la biblioteca. En el atlas comprobé que la ciudad de
   Hannover estaba a unos 130 kilómetros al sur de Bremen. Parecía una
   gran ciudad, de unos quinientos mil habitantes. La información propia
   de una guía turística.

   ¿Sería un estudiante de Bremen que llamaba a Hannover? Parecía
   improbable. Incluso con la universidad cerrada, habría podido llamar
   perfectamente a las terminales de Datex en Bremen. Un estudiante de
   Bremen no haría una llamada de larga distancia a Hannover.

   Claro que, cuando cierra la universidad, los estudiantes se van a su
   casa.

   ¿Estaría siguiendo a un universitario, en casa de vacaciones?

   Pero no tenía la sensación de que fuera estudiante. Los universitarios
   no se concentran en un mismo tema a lo largo de seis meses. Lo que
   buscan en los ordenadores son juegos y programas de estudios, no
   contraseñas militares. Además, si se tratara de un estudiante, ¿no
   dejaría algún tipo de firma o broma, alguna indicación de que nos
   estaba tomando el pelo?

   Y si no era estudiante, ¿por qué llamaba desde dos lugares distintos en
   Alemania? Puede que conociera algún método para llamar a larga
   distancia a Hannover; tal vez un ordenador desprotegido o una tarjeta
   de crédito robada. Ayer estaba en Bremen. Hoy en Hannover. ¿Dónde se
   escondería mañana?

   Lo único que podía hacer era seguir observándole discretamente.

   Había esperado cuatro meses. Podía esperar un poco más.

  35

   —Necesitas una orden judicial alemana —dijo Steve White, que me llamaba
   desde Tymnet.

   Acababa de recibir un mensaje de Wolfgang Hoffman, del Bundespost
   alemán. Wolfgang estaba muy interesado en perseguir al hacker, pero
   necesitaba apoyo jurídico para intervenir las líneas.

   —¿Cómo consigo una orden judicial en Alemania? —pregunté a Steve.

   —No lo sé, pero el Bundespost dice que mañana lo consultarán al
   tribunal de Hannover.

   Esto era una buena noticia. En algún lugar de Alemania, Wolfgang
   Hoffman había puesto las ruedas en movimiento. Con un poco de suerte
   obtendrían las debidas órdenes judiciales, efectuarían un par de
   seguimientos y detendrían al roedor.

   —Cuando el hacker dé señales de vida —dijo Steve White, con menor
   entusiasmo—, los alemanes tendrán que efectuar un seguimiento en las
   redes de Datex, averiguar el número al que llama el hacker y entonces
   localizar la línea telefónica en cuestión.

   Suspiré sólo de pensar en mis seguimientos en Berkeley y en Virginia. A
   no ser que Wolfgang y su equipo fueran pacientes, competentes e
   inteligentes, el hacker se les escabulliría.

   Demasiados imponderables. El hacker podía ser de otro país. Cabía la
   posibilidad de que llamara desde otra ciudad, oculto tras la amplia red
   telefónica. Tal vez el juez no concedería las necesarias órdenes
   judiciales. O también era posible que el hacker se oliera lo que estaba
   ocurriendo y comprendiera que alguien le seguía la pista.

   Wolfgang mandó otro mensaje: «Hasta que aparezcan las órdenes
   judiciales grabaremos el nombre de identificación del usuario de
   Datex.»

   —Cuando utilizamos Tymnet o Datex —aclaró Steve—, alguien paga por el
   servicio. Para utilizar la red, hay que dar el número y la clave de la
   cuenta del usuario. Los alemanes averiguarán quién paga las llamadas
   del hacker. Cuando les comuniquemos que el hacker está en activo, no
   sólo inspeccionarán la red sino que averiguarán el nombre del que paga
   la llamada.

   Lo comprendí perfectamente. Si el hacker había robado una cuenta y un
   nombre ajenos, se le acusaría de robo y no sería difícil obtener una
   orden judicial. Por otra parte, si pagaba sus propias llamadas, sería
   fácil obtener su nombre y la orden judicial sería innecesaria. Puede
   que ni siquiera tuvieran que intervenir su teléfono.

   No cabía duda de que ese Wolfgang era un tipo listo. Buscaba atajos
   para ahorrarse seguimientos telefónicos y, al mismo tiempo, recopilaba
   pruebas contra el hacker.

   El sábado día 20 de diciembre Steve llamó a mi casa. Martha me echó una
   mala mirada, porque se me enfriaba la comida.

   Steve acababa de recibir otro mensaje de Alemania. El Bundespost se
   había puesto en contacto con el fiscal de Bremen, herr Staatsanwalt von
   Bock. (Aquél sí que era un nombre aristocrático, pensé.)

   El mensaje de Alemania decía así: «El fiscal alemán del estado necesita
   ponerse en contacto con oficiales judiciales estadounidenses de alto
   rango para poder tramitar las órdenes judiciales necesarias. El
   Bundespost no podrá actuar hasta recibir una notificación oficial de un
   departamento criminal estadounidense de alto nivel.»

   ¿Qué es un departamento criminal estadounidense de alto nivel? ¿La
   mafia? Sea lo que sea, tenía que empezar a movilizar gente.

   Llamé a mi jefe, Roy Kerth, que se limitó a observar de mala gana que
   los alemanes habían tardado seis meses en descubrir el problema.

   —Si fueran medianamente competentes —agregó—, a estas alturas el hacker
   estaría en la cárcel.

   Para atrapar a ese reptil era preciso unir nuestros esfuerzos. La ira
   de mi jefe no fomentaba la armonía, ¿cómo podía favorecer la
   cooperación internacional? Puede que lo mejor fuera hablar con nuestra
   asesora jurídica.

   Aletha Owens sabía lo que había que hacer.

   —Llamaré a Alemania y hablaré directamente con ellos —dijo—.
   Probablemente querrán hablar con alguien del FBI, pero pondré la pelota
   en juego.

   —Sprechen Sie Deutsch?

   —Hace veinte años que no lo práctico —respondió Aletha—, pero repasaré
   mis viejas cintas de la Berlitz.

   El domingo por la mañana recibí una llamada de Aletha.

   —Resulta que no hablo tan mal el alemán. Tengo algunos problemas con el
   futuro, pero salgo adelante. No está mal.

   —Sí, pero ¿que has averiguado?

   —Pues un montón de cosas sobre los verbos reflexivos y...

   —¿Algo sobre el hacker?

   —¡Ah, eso! ¡Pues, sí! —respondió Aletha, adoptando un tono cómicamente
   retórico—. El fiscal alemán del estado es un caballero sumamente
   amable, que cree tanto en la protección de la libertad como de la
   propiedad. Por consiguiente, necesita una solicitud oficial para abrir
   una investigación.

   —¿De quién debe proceder esa solicitud?

   —Del FBI. Tenemos que pedir a los del FBI que se pongan en contacto con
   sus homólogos alemanes. O, mejor dicho, tú debes hacerlo, puesto que yo
   me marcho la semana próxima.

   Yo era quien debía ocuparse de que el FBI llamara a los alemanes para
   que abrieran una investigación. ¡Magnífico, otra oportunidad de que me
   mandaran a freír espárragos! Dejé un mensaje para Mike Gibbons, en la
   oficina del FBI de Alexandria, en Virginia.

   Asombrosamente, Mike me llamo al cabo de diez minutos desde Colorado.

   —¡Hola, Cliff! Confío en que se trate de algo importante.

   —Lamento molestarte, pero el fiscal alemán necesita hablar con alguien
   del FBI. Hemos localizado la fuente de nuestros problemas en Hannover.

   —No puedo hacer nada esta noche —respondió Mike—. Además, no tengo
   ningún documento aquí conmigo.

   En teoría, el representante del FBI en Alemania se pondría en contacto
   con su homólogo alemán y, a partir de aquí, empezarían a progresar las
   cosas. Mike dijo que el individuo en cuestión, el agregado jurídico
   estadounidense, vivía en Bonn y se ocupaba de las comunicaciones entre
   ambos países. En cierto sentido representaba al FBI en Alemania.

   A lo largo de los próximos meses oiría hablar con frecuencia del
   agregado jurídico estadounidense. Nunca llegué a conocer su nombre,
   pero le eché un montón de maldiciones.

   —El caso encaja perfectamente en el decreto de fraude informático —dijo
   Mike al día siguiente, después de consultar el código penal—. Es pan
   comido.

   —Ten en cuenta que ese individuo nunca ha pisado suelo norteamericano
   —comenté—. ¿Cómo puedes acusar a alguien en otro país?

   —Lo más probable es que no le deporten, si es eso a lo que te refieres.
   Pero podemos presentar cargos y conseguir que le manden a una cárcel
   alemana, especialmente si sus leyes son semejantes a las nuestras.

   —¿Qué probabilidades hay de que el FBI abandone el caso?

   —Ninguna, si de mí depende —afirmó Mike—. Tendremos que trabajar con
   abogados del Departamento de Justicia, pero eso no supone ningún
   problema.

   No estaba todavía convencido. Para mí el caso era evidente, pero
   demasiado complejo para describírselo a un abogado criminalista.

   —¿Puedo hacer algo que te sirva de ayuda?

   —Ahora que lo mencionas, ¿podrías escribir una biografía resumida del
   hacker? Ya comprendes a lo que me refiero: esbozar sus características
   y describir al individuo que buscamos. Por ejemplo, sus horarios
   habituales de trabajo, aspectos en los que es experto y cualquier
   idiosincrasia. Sin especulaciones, pero procurando identificarle.

   He aquí un proyecto útil, gracias al cual dejaría a Mike tranquilo
   durante unos días. Examiné mis notas y esbocé un perfil de mi hacker.

   El proyecto debía haberme servido para no meterme en líos unos cuantos
   días, pero los problemas llegaron de otro frente.

   Alguien de la NSA había hablado de mi investigación en el Departamento
   de Energía, a quienes molestó no haberlo sabido antes y de un modo más
   directo.

   —El DOE se dispone a penalizarnos por no haberles hablado del incidente
   —me dijo Roy Kerth en el pasillo.

   —Pero se lo dijimos —protesté— hace más de dos meses.

   —Demuéstralo.

   —Por supuesto. Está escrito en mi cuaderno de bitácora.

   Puesto que Roy quiso comprobarlo personalmente, nos acercamos a mi
   Macintosh y saqué el cuaderno. Efectivamente, según mi agenda, el 12 de
   noviembre había informado al DOE. Había escrito un resumen de la
   conversación, en el que había incluso un número de teléfono. Las quejas
   del DOE eran infundadas, pues podíamos demostrar que se lo habíamos
   comunicado.

   Salvado gracias a mis notas.

   Es igual que observar a través del telescopio: si no se deja constancia
   de ello, es como si no hubiera ocurrido. Es evidente que se necesitan
   potentes telescopios y ordenadores, pero si las observaciones no se
   registran en un cuaderno no sirven de gran cosa.

   El 30 de diciembre mi localizador me despertó a las cinco de la
   madrugada y llamé instintivamente a Steve a su casa. No se alegró de
   oír mi voz.

   —El hacker ha entrado en acción.

   —Me has despertado en medio de un sueño. ¿Estás seguro de que es él?

   Su acento británico no ocultaba su enojo.

   —No estoy seguro, pero lo averiguaré en un minuto.

   —De acuerdo. Comenzaré la operación de seguimiento.

   Steve tenía mucha paciencia conmigo. Desde mi casa llamé a mi ordenador
   Unix. ¡Maldita sea, no había ningún hacker! Los electricistas habían
   hecho sonar mi alarma al desconectar un ordenador cercano.

   Avergonzado, volví a llamar a Steve.

   —Oye, Cliff: no encuentro a nadie conectado a tu ordenador —me dijo,
   todavía medio dormido.

   —Lo sé. Ha sido una falsa alarma. Lo siento.

   —No te preocupes. Otra vez será, ¿de acuerdo?

   He aquí un tipo maravilloso. Si alguien a quien jamás había visto, me
   sacara de la cama para perseguir a un fantasma en un ordenador...

   Afortunadamente, Steve era el único que había oído mi falsa alarma.
   ¿Qué habría ocurrido con mi credibilidad si hubiera avisado a los
   alemanes o al FBI? De ahora en adelante verificaría dos veces todas las
   llamadas.

  36

   El día de Nochevieja nos sorprendió, a mí y a un grupo de amigos, junto
   a la chimenea, saboreando un batido de huevo y cerveza, y oyendo las
   explosiones de los cohetes que lanzaban en la calle los imbéciles del
   barrio.

   —Debemos darnos prisa —dijo Martha— si no queremos perdernos la
   verbena.

   En San Francisco se celebraba una verbena en toda la ciudad, para dar
   la bienvenida a 1987, estimular el orgullo cívico de sus habitantes y
   como alternativa a los múltiples accidentes que solían causar los
   conductores borrachos. Había música, baile, teatro y comedia en una
   docena de lugares dispersos por la ciudad, con un servicio de tranvías
   de un lugar a otro.

   Nos amontonamos siete personas en un Volvo desvencijado y avanzamos
   penosamente hacia el centro de San Francisco, en un estruendoso colapso
   de tráfico. En lugar de tocar la bocina, los ocupantes de los
   automóviles tocaban trompetas y sirenas festivas por las ventanillas de
   sus vehículos. Por fin llegamos a la ciudad llena de luces, abandonamos
   el coche y nos dirigimos a un espectáculo flamenco.

   Llegamos al distrito de la Misión, sector latino de la ciudad, y nos
   encontramos con una iglesia católica llena de público impaciente.

   —Nos vemos obligados a retrasar el espectáculo porque ninguna de las
   luces funciona —dijo la tímida voz de un rostro que emergió entre las
   cortinas.

   Entre las protestas del público, Martha se puso en pie y me empujó
   hacia el escenario. Yo tenía todavía mi permiso de electricista y ella
   había colaborado muchas veces en la parte técnica de producciones de
   aficionados. Detrás del escenario, los «baílaores» de flamenco con sus
   vistosos atuendos fumaban y paseaban como tigres enjaulados, pataleando
   el suelo y mirándonos con desconfianza. Martha comenzó a desenredar un
   montón de cables entre bastidores, mientras yo localizaba el fusible
   fundido. Un rápido cambio de fusibles y, ¡abracadabra!, se iluminó el
   escenario.

   Los artistas nos aplaudieron y vitorearon, y, en el momento en que
   Martha acabó de enrollar cuidadosamente el último cable y ajustar el
   cuadro de mandos, el presentador nos obligó a salir al escenario para
   darnos las gracias. Cuando logramos alejarnos de las candilejas,
   disfrutamos del espectáculo flamenco; aquellos personajes nerviosos y
   ceñudos que habíamos visto entre bastidores se convirtieron en
   elegantes y ágiles bailarines.

   Cuando salimos subimos a un autobús conducido por una viejecita que,
   tanto por su aspecto como por su lenguaje, recordaba a Annie del
   remolcador. Después de maniobrar con soltura el vehículo por las
   abarrotadas calles, nos depositó frente a la sede feminista, en la
   calle Dieciocho, donde las damas de la orden Wallflower bailaban y
   narraban historias feministas y de protesta social.

   Una de las danzas era sobre WuShu, legendario mono chino que derrotó a
   los avariciosos caudillos y devolvió la tierra a los campesinos. Desde
   mi palco reflexioné acerca del acierto político de los monos. ¿Era yo
   un peón de los caudillos? ¿O un mono sabio que estaba de parte del
   pueblo? No estaba seguro y opté por no pensar en el hacker para
   disfrutar del espectáculo.

   Por fin acabamos bailando al ritmo de una orquesta de blues, cuya
   vocalista, Maxine Howard, es una cantante sensacional y la mujer de
   mayor atractivo sexual en la historia de la humanidad. Empezó a elegir
   gente entre el público para bailar con ella en el escenario, y entre
   todos vencimos las protestas de Martha para que subiera a las tablas.
   En pocos minutos, tanto ella como las demás víctimas vencieron el
   nerviosismo y pasaron a formar un conjunto bastante sincronizado,
   gesticulando al estilo de las Supremes. Nunca se me ha dado muy bien el
   baile, pero a eso de las dos de la madrugada me encontré dando brincos
   con Martha y levantándola por los aires...

   Saturados finalmente de cultura y emoción, fuimos a acostarnos a casa
   de un amigo en el distrito de la Misión. Al cabo de lo que parecían
   pocos minutos, después de colocar la cabeza sobre la almohada —aunque,
   en realidad, eran las nueve de la mañana siguiente—, me despertó la
   alarma de mi localizador.

   ¿Cómo? ¿El hacker trabajando en el día de Año Nuevo? Podía haber dejado
   que descansara.

   No podía hacer gran cosa. Estuviera o no presente el hacker, no estaba
   dispuesto a llamar a Steve White por la mañana del día de Año Nuevo.
   Además era dudoso que el Bundespost alemán pudiera hacer gran cosa en
   un día festivo. Y por si fuese, estaba a 16 kilómetros del laboratorio.

   Me sentía apresado, mientras el hacker circulaba a sus anchas. Si se
   proponía irritarme, lo había logrado al entrar en acción, cuando yo no
   podía hacer nada al respecto.

   Puesto que lo único que podía hacer era preocuparme, procuré dormir. En
   los brazos de Martha no era difícil descansar.

   —¡Vamos, cariño! —susurró—. Dale vacaciones al hacker.

   Hundí mi cabeza en la almohada. Con hacker o sin él, celebraríamos el
   Año Nuevo. Alrededor de las doce, después de pasar el resto de la
   mañana durmiendo, regresamos a casa. Claudia, que había pasado la noche
   vieja en la fiesta de unos millonarios, nos recibió con una sonata de
   violín. Martha le preguntó cómo le había ido el trabajo.

   —¡Debías haber visto los canapés! —respondió Claudia— Los contemplamos
   durante varias horas, antes de que alguien se diera cuenta de nuestra
   triste mirada y nos invitaran. Había un salmón entero ahumado y caviar
   y fresas cubiertas de chocolate y...

   —Me refería a la música —interrumpió Martha.

   —¡Ah! Interpretamos esa sonata tan popular de Mozart que hace patatín,
   patatan. Y a continuación nos pidieron cosas tan ramplonas como My Wild
   Irish Rose. Creí que me darían náuseas, pero después de todo eran
   ciento veinticinco dólares por dos horas de trabajo, estaba cerca de la
   casa de mi madre donde dejé el perro y fui de compras a Santa Rosa...

   Martha mencionó algo acerca del almuerzo. Estábamos todos en la cocina
   amasando harina para hacer barquillos y preparando una ensalada de
   fruta, cuando sonó de nuevo la alarma de mi localizador.

   ¡Maldita sea, otra vez el hacker! Martha echó una exclamación, pero
   casi no la oí; fui corriendo junto a mi Macintosh y llamé al
   laboratorio.

   Allí estaba efectivamente el hacker, utilizando la cuenta de Sventek.
   Parecía que estaba usando Milnet, pero no podía estar seguro de ello
   hasta que llegara al laboratorio. Entretanto llamé a Steve White, a
   Tymnet.

   No hubo tiempo de hacer nada: el hacker desapareció en menos de un
   minuto. Estaba practicando juegos de Año Nuevo.

   Lo único que podía hacer era examinar sus huellas. Comí apresuradamente
   los barquillos y me fui en mi bici al laboratorio, donde los
   jueguecillos del hacker habían quedado registrados en mis impresoras.

   Escribí algunas notas, junto a sus órdenes:

   4.2 BSD UNIX (Ibl-ux4)
   login: Sventek              # El hacker inicia sessión como Sventek
   Password: Lblhack           # y da su contraseña actual
   Última conexión: Lunes, 29 de diciembre a las 13:31:43 en ttyi7
   4.2 BSD UNIX #20: Viernes, 22 de agosto 20:08:16 PDT 1986
   Z

   % telnet                    # Se dirige a Milnet y se conecta
   telnet> open Optimis        # a la base de datos Militar Optimis
   ******OPTIMIS******
   Para ayuda al usuario llamar al 698-5772, (AV)228
   Usuario: ANONYMOUS          # Inicia sesión como anónimo
   Password: GUEST             # y utiliza una contraseña evidente

   Bienvenido a la base de datos Militar OPTIMIS
   Si utiliza estas bases de datos y le permiten ahorrar
   tiempo en algún proyecto o dinero al gobierno, o ambos,
   le rogamos mande un correo con los detalles al
   Comandante General LeClalr, comandante en jefe, OPTIMIS
   BIENVENIDO A
   OPTIMIS
   LA BASE DE DATOS FUE ACTUALIZADA POR
   ULTIMA VEZ EL 861024 A LAS 102724
   Y CONTIENE 3316 DOCUMENTOS
   Esta base de datos es un extracto de AR 25-400-2, Modern Army
   Record-keeping System (MARKS) para ayudarle a identificar la
   información para clasificación.

   Por favor introduzca una palabra o 'EXIT'

   / sdi                       # Buscando dato SDI
   La palabra "sdi" no fue     # Pero no hay ninguno
   encontrada.
   Por favor introduzca una palabra o 'EXIT'

   / stealth                   # ¿Algo sobre el bombardero Stealth?
   La palabra "stealth" no fue # No ha habido suerte
   encontrada.
   Por favor introduzca una palabra o 'EXIT'

   / sac                       # ¿Mando aéreo estratégico?
   La palabara "sac" no fue    # Nada
   encontrada.

   ¡Diablos! El hacker se había introducido en una base de datos del
   ejército en busca de proyectos secretos de las fuerzas aéreas. Hasta un
   astrónomo se habría dado cuenta de que era absurdo. Pero no tardó en
   reaccionar:

   Por favor introduzca palabra o "EXIT"
   / nuclear
   Gracias
   Hay 29 documento(s) con la palabra "nuclear"
   ARTICULO
   ======== MARCA
   ===== TITULO
   ======
   1 20-1f IG inspecciones (Cuartel general. Departamento del Ejército)
   2 50a Asuntos nucleares, químicos y biológicos de seguridad nacional
   3 50b Control de armas nucleares, químicas y biológicas
   4 50d Fórmulas estratégicas nucleares y químicas
   5 50e Asuntos político-militares nucleares y químicos
   6 50f Requisitos nucleares y químicos
   7 50g Capacidad nuclear y química
   8 50h Desarrollos estructurales del escenario de fuerzas nucleares
   9 50i Fórmulas presupuestarias guerra nuclear y química
   10 50j Progeso e informes estadísticos nucleares y químicos
   11 50k Programa defensivo nuclear, químico y biológico del ejército
   12 50m Análisis de costes nocleares y químicos
   13 50n Información científica y técnica de la defensa nuclear, química
   y biológica
   14 50p Comandancia nuclear de comunicaciones y control
   15 50q Desmilitarizaciones química y nucleares
   16 50r Planificación química y nuclear
   17 50-5a Controles de accidentes/incidencias nucleares
   18 50-5b Distribución mano de obra nuclear
   19 50-5c Archivos seguridad nuclear
   20 50-5d Restauraciones emplazamientos nucleares
   21 50-5-la Archivos de mejores de emplazamientos nucleares
   22 50-116a Archivos protección nuclear
   23 55-385FRTd Controles nacionales de transportes
   24 200-1c Archivos de control de materiales peligrosos
   25 385-11k Casos de incidentes radioactivos
   26 385-11m Permisos para materiales radioactivos
   27 385-400 Casos de incidentes radioactivos
   28 700-65a Archivos logísticos nucleares internacionales
   29 1125-2-300a Datos de la planta

   Jamás había visto nada parecido. Siempre había creído que un escenario
   era el lugar donde se representaban obras de teatro y no un campo para
   el despliegue de fuerzas nucleares. El hacker no estaba jugando.

   No satisfecho con los títulos de dichos documentos, imprimió los
   veintinueve, página tras página de jerga militar:

   TITULO: Asuntos de seguridad nacional nuclear, química y biológica.
   DESCRIPCIÓN Documentos relacionados con la policía nacional, extranjera
   y militar, para el uso de energía atómica, la utilización de armas
   nucleares y químicas y la defensa biológica, con relación a la
   seguridad nacional y al control de crisis de ámbito nacional. Se
   incluyen estudios, actuación y directrices relativos al presidente, el
   Consejo de Seguridad Nacional, el secretario presidencial de Seguridad
   Nacional y grupos y juntas interdepartamentales relacionados con
   asuntos de seguridad nacional en lo que concierne a la guerra nuclear y
   química y a la defensa biológica.

   En este punto se atascó la impresora. La vieja Decwriter había prestado
   un buen servicio a lo largo de diez años y ahora necesitaba un buen
   ajuste, con un martillo de demolición. ¡Maldita sea, precisamente donde
   el hacker copiaba los planes del ejército para el despliegue de armas
   nucleares en Europa central había sólo una mancha de tinta!

   Dado mi escaso conocimiento sobre escenarios centroeuropeos, decidí
   llamar a Greg Fennel a la CIA. Asombrosamente, contestó en persona el
   día de Año Nuevo.

   —¡Hola, Greg! ¿Qué te trae por aquí el día de Año Nuevo?

   —Ya sabes, el mundo nunca duerme.

   —Dime: ¿qué sabes sobre escenarios en Europa central? —pregunté,
   bromeando.

   —Un poco. ¿Qué ocurre?

   —Poca cosa. El hacker acaba de infiltrarse en un ordenador del ejército
   en el Pentágono.

   —¿Qué tiene eso que ver con escenarios

   —No lo sé —respondí—, pero parecía particularmente interesado por el
   desarrollo estructural de fuerzas nucleares en los escenarios
   centroeuropeos.

   —¡Serás bobo! Esto son los planes tácticos del ejército. ¡Dios mío!,
   ¿cómo lo ha logrado?

   —Con sus técnicas habituales. Ha adivinado la clave de acceso a la base
   de datos militar Optimis, en el Pentágono. Parece una bibliografía de
   documentos militares.

   —¿Qué más ha conseguido?

   —No lo sé. Se me ha atascado la impresora. Pero buscaba palabras como
   «SDI», «Stealth» y «SAC».

   —Material de novela cómica.

   No sabía si Greg hablaba en serio o bromeaba, y probablemente él
   tampoco estaba seguro de si yo lo hacía.

   Pensándolo bien, ¿cómo sabían los polis que no les estaba tomando el
   pelo? Cabía perfectamente la posibilidad de que me lo hubiera inventado
   lodo. Greg no tenía ninguna razón para confiar en mí; no había pasado
   ningún control de seguridad, no tenía ninguna placa, ni siquiera
   gabardina. A no ser que me vigilaran sigilosamente, mi credibilidad no
   había sido demostrada.

   Tenía una sola defensa contra las tinieblas de la desconfianza: los
   hechos.

   Sin embargo, aunque me creyeran, probablemente no harían nada al
   respecto.

   —Comprenderás que no podemos mandar a Teejay al extranjero, a que
   fuerce la puerta de alguien y se meta en su casa.

   —Pero ¿no podríais, cómo te lo diría, mandar a alguien a husmear, para
   que averigüe quién es responsable de todo esto?

   Una vez más imaginaba a espías con gabardina.

   —No es así como hacemos las cosas —rió Greg—. Créeme: estamos
   trabajando en ello. Y esta última noticia servirá para avivar el fuego.

   ¡Vaya con la CIA! Era incapaz de decidir si les interesaba o no el
   caso.

   El 2 de enero llamé a la oficina del FBI en Alexandria e intenté dejar
   un recado para Mike Gibbons.

   —El agente Gibbons ya no trabaja en este caso —respondió escuetamente
   el oficial de guardia—. Le sugiero que se ponga en contacto con la
   oficina de Oakland.

   ¡Maravilloso! Al único agente del FBI capaz de distinguir entre una red
   informática y otra de pescar lo habían retirado del caso sin
   explicación alguna.

   Y precisamente cuando necesitábamos al FBI. Wolfgang estaba todavía a
   la espera de una orden del agregado jurídico estadounidense en Bonn.
   Después de una semana de espera, todavía no se había materializado.
   Había llegado el momento de llamar a otra puerta.

   Sin duda a la National Security Agency le interesaría conocer la
   infiltración en un ordenador del Pentágono. Zeke Hanson contestó mi
   llamada desde Fort Meade.

   —¿Ha ido la información directamente a Europa? —preguntó Zeke.

   —Sí, aunque no sé exactamente adonde —respondí—. Parece que a Alemania.

   —¿Sabes por qué empresa internacional de comunicaciones ha pasado?

   —Lo siento, no lo sé. Pero puedo consultarlo en mis archivos, si es tan
   importante.

   ¿Por qué querría saber la NSA, por qué compañía había pasado la
   información?

   Claro. Se rumoreaba que la NSA grababa todas las conversaciones
   transatlánticas. Puede que hubieran grabado aquella sesión.

   Pero eso era imposible. ¿Cuánta información cruza el Atlántico a
   diario? Supongamos que se utilicen diez satélites y media docena de
   cables submarinos, y que cada uno de ellos transmita diez mil llamadas
   telefónicas. La NSA necesitaría varios centenares de millares de
   magnetófonos funcionando permanentemente. Y esto sólo para controlar el
   tráfico telefónico, sin contar con los mensajes informáticos ni la
   televisión. Encontrar aquella sesión en particular sería casi
   imposible, incluso con la ayuda de superordenadores. Pero había una
   forma fácil de averiguarlo: ver si la NSA obtenía la información
   perdida.

   —Las sesiones del día de Año Nuevo se vieron interrumpidas por un
   atasco en la impresora —le dije a Zeke—, de modo que me he perdido una
   hora de actividad por parte del hacker. ¿Crees que podríais
   recuperarla?

   —¿Es importante? —preguntó cautelosamente Zeke.

   —Bueno, puesto que no la he visto, no estoy seguro de ello. La sesión
   empezó a las 8.47 del día de Año Nuevo. ¿Por qué no averiguas si
   alguien en Fort Meade puede encontrar el resto de la sesión?

   —Improbable, en el mejor de los casos.

   Los de la NSA estaban siempre dispuestos a escuchar, pero se cerraban
   como una ostra cuando les formulaban preguntas. No obstante, si hacían
   sus deberes, tendrían que llamarme para comprobar si sus resultados
   coincidían con los míos. Esperaba que alguien solicitara ver mis
   copias, pero nadie lo hizo.

   Entonces recordé que, hacía un par de semanas, le había pedido a Zeke
   Hanson que averiguara una dirección electrónica; cuando descubrimos que
   la línea procedía de Europa, le había dado a él la dirección. Me
   preguntaba qué habría hecho con la misma.

   —¿Llegaste a averiguar la procedencia de aquella dirección DNIC? —le
   pregunté.

   —Lo siento, Cliff, esa información es confidencial —respondió Zeke en
   un tono que recordaba esas bolas mágicas que contestan «respuesta
   confusa, pregunte más tarde».

   Afortunadamente, Tymnet había averiguado ya la dirección; Steve White
   sólo había necesitado un par de horas para hacerlo.

   Tal vez la NSA tenía montones de expertos electrónicos y genios
   informáticos que escuchaban las comunicaciones del mundo. Quién sabe.
   Yo les había planteado un par de problemas bastante sencillos:
   averiguar una dirección y reproducir cierto tráfico. Tal vez los habían
   resuelto sin decirme palabra. Aunque sospecho que, tras su manto de
   misterio, no hacen nada.

   Quedaba otro grupo por notificar, la OSI de las fuerzas aéreas. Los
   polis de las fuerzas aéreas no podían hacer gran cosa respecto al
   hacker, pero por lo menos podían calcular qué ordenador permanecía
   abierto.

   —¿De modo que en esta ocasión ha sido el sistema Optimis del ejército?
   —dijo en tono grave Jim Christy—. Haré unas cuantas llamadas y rodarán
   cabezas.

   Supuse que bromeaba.

   Así pues, 1987 tuvo un comienzo amargo. El hacker seguía deambulando a
   sus anchas por nuestros ordenadores. El único agente competente del FBI
   había sido retirado del caso. Los espías no decían palabra y a la NSA
   parecía faltarle inspiración. Si no progresábamos pronto, yo también
   estaba dispuesto a darme por vencido.

  37

   A eso de las doce del mediodía del domingo 4 de enero, Martha y yo
   estábamos cosiendo un edredón cuando sonó la alarma de mi localizador.
   Me dirigí a toda prisa al ordenador, comprobé que el hacker estaba
   presente y llamé a Steve White. En menos de un minuto empezó a
   localizar la llamada.

   En lugar de esperar a que Steve realizara su operación y puesto que el
   hacker estaba en mi ordenador, fui en mi bici al laboratorio para
   observar desde allí lo que ocurría. Tardé veinte minutos en escalar la
   colina, pero el hacker se lo tomaba con calma y seguía tecleando cuando
   llegué a la centralita.

   Junto a la impresora se había acumulado ya un montón de hojas impresas
   de dos centímetros de grosor. La primera línea mostraba que se ocultaba
   tras el nombre de Sventek. Después de comprobar que ninguno de los
   técnicos de nuestros sistemas estuviera presente, se dirigió de nuevo a
   la base de datos Optimis del Pentágono. Pero en esta ocasión no hubo
   suerte. «Hoy no se le autoriza a conectar», fue la respuesta del
   ordenador del ejército.

   ¡Por todos los santos, Jim Christy debía de haber tocado los resortes
   adecuados!

   Repasando las hojas impresas, comprobé que el hacker había ido de pesca
   por Milnet. Uno por uno había intentado —en vano— conectar con quince
   ordenadores de las fuerzas aéreas en lugares como Eglin, Kirtland y la
   base aérea de Bolling. Llamaba a cada uno de dichos ordenadores, hacía
   girar un par de veces la manecilla y se dirigía al próximo sistema.

   Hasta que llegó a los Sistemas de Comandancia de las Fuerzas Aéreas,
   División Espacial.

   En primer lugar probó con la cuenta «system» y la contraseña «manager».
   No hubo suerte.

   A continuación lo intentó con «guest», contraseña «guest», pero no
   surtió efecto.

   Acto seguido utilizó «field», con la contraseña «service»

   login: field

   password: service

   BIENVENIDO AL SISTEMA DE COMANDANCIA DE LAS FUERZAS AÉREAS - DIVISIÓN
   ESPACIAL

   VAX/VMS 4.4

   ANUNCIO IMPORTANTE.

   Para cualquier problema del sistema informático diríjanse a los
   sistemas de información de la sección de servicio al usuario, sitos en
   el edificio 130, despacho 2359 Teléfono 643-2177/AV 833-2177

   Última conexión interactiva: jueves, 11 de diciembre de 1986, 19.11

   Última conexión no interactiva: martes, 2 de diciembre de 1986, 17.30

   AVISO: Su contraseña ha caducado; actualícela inmediatamente con ¡SET
   PASSWORD!

   $ show process/privilege

   4-ENERO-1987 13:16:37.56    NTY1:   Usuario: FIELD

   Privilegios sobre procesos:
   BYPASS   puede eludir todas las protecciones del sistema
   CMKRNL   puede cambiar a modo núcleo
   ACNT     puede suprimir mensajes control
   WORLD    puede afectar otros procesos
   OPER     privilegio operador
   VOLPRO   puede superar protección volumen
   GRPPRV   acceso a grupo vía protección sistema
   READALL  puede seguir todo como el propietario
   WRITEALL puede escribir todo como el propietario
   SECURITY puede realizar funciones seguridad

   ¡Abracadabra! Se le habían abierto las puertas de par en par. Había
   conectado como técnico del sistema y no como un simple usuario. Se
   trataba de una cuenta totalmente privilegiada.

   El hacker no podía creer su suerte. Después de docenas de intentos
   había triunfado, convirtiéndose en administrador del sistema.

   Su primera orden fue para averiguar los privilegios adquiridos. El
   ordenador de las fuerzas aéreas respondió automáticamente: privilegio
   de sistema, además de una serie de derechos, incluidos los de leer,
   escribir o borrar cualquier archivo del sistema.

   Estaba incluso autorizado a inspeccionar la seguridad del ordenador de
   las fuerzas aéreas.

   Le imaginaba, desde su terminal en Alemania, contemplando con
   incredulidad su pantalla. No sólo podía moverse a sus anchas por el
   ordenador de la comandancia espacial, sino que lo controlaba.

   En cierto lugar del sur de California denominado El Segundo, un gran
   ordenador VAX había sido invadido por un hacker, desde el otro extremo
   del mundo.

   Sus próximos pasos eran previsibles; después de averiguar sus
   privilegios, canceló el control de sus operaciones. De ese modo no
   dejaría huellas, o por lo menos eso suponía. ¿Cómo podía imaginar que
   yo le observaba desde Berkeley?

   Con la confianza de no haber sido detectado, inspeccionó los
   ordenadores cercanos. En un instante descubrió cuatro en la red de las
   fuerzas aéreas y un camino para conectar con otros. Desde su posición
   privilegiada, ninguno de ellos le permanecía oculto y, en el supuesto
   de que fuera incapaz de adivinar sus contraseñas, podría robarlas con
   la instalación de troyano.

   El ordenador en el que se había infiltrado no era un portátil de
   oficina. En el sistema encontró millares de archivos y centenares de
   usuarios. ¿Centenares de usuarios? Efectivamente, el hacker hizo un
   listado de todos ellos.

   Pero la avaricia se interpuso en su camino. Pidió al ordenador de las
   fuerzas aéreas una lista de títulos de todos sus archivos y el aparato
   se puso a imprimir alegremente nombres como «Planes diseño láser» e
   «Informe lanzamiento transbordador». Pero no sabía cómo cerrar el grifo
   y, a lo largo de dos horas, vertió una cascada de información en su
   terminal.

   Por fin, a las dos y media, colgó, suponiendo que podría conectar de
   nuevo con el ordenador de las fuerzas aéreas. Pero no lo logró. El
   ordenador le comunicó:

   Su contraseña ha caducado. Le ruego se ponga en contacto con el
   "administrador del sistema".

   Al examinar las hojas anteriores, vi dónde había metido la pata. La
   contraseña «service» había caducado y el ordenador se lo había
   advertido en el momento de infiltrarse. Era probable que, en aquel
   sistema, las contraseña caducaran automáticamente, transcurrido un
   número determinado de meses.

   Para que el aparato siguiera aceptándole tenía que haber repuesto
   inmediatamente su contraseña, pero hizo caso omiso de la petición y
   ahora el sistema le negaba la entrada.

   A millares de kilómetros, sentía su frustración. Intentaba
   desesperadamente volver a introducirse en aquel ordenador, pero se lo
   impedía el estúpido error que él mismo había cometido.

   Se había encontrado las llaves de un Buick y las había encerrado dentro
   del propio vehículo.

   El error del hacker resolvió el problema de lo que les contaría a la
   División Espacial de las fuerzas aéreas. Siendo domingo, no había a
   quien llamar. Y puesto que el hacker se había cerrado él mismo la
   puerta en las narices, ya no suponía peligro alguno para el ordenador
   de las fuerzas aéreas. Me limitaría a comunicárselo a la policía
   militar y dejaría que se ocuparan ellos del asunto.

   Mientras el hacker hurgaba en el ordenador de las fuerzas aéreas, Steve
   White localizó las líneas de Tymnet.

   —Llega a través de RCA —dijo Steve—. TAT-6.

   —¿Ah, sí? ¿Y qué significa eso en mi idioma?

   —Nada, en realidad. RCA es uno de los transportes internacionales de
   información y hoy el hacker llega por el cable transatlántico número
   seis.

   Steve navegaba por las comunicaciones internacionales como un taxista
   por el centro de la ciudad.

   —¿Por qué no llega por satélite?

   —Probablemente porque es domingo y el tráfico por cable es menos denso.

   —¿Quieres decir que el público prefiere los cables a los satélites?

   —Por supuesto. Cada vez que se conecta vía satélite, hay un cuarto de
   segundo de demora. El retraso en los mensajes es inferior por cable
   submarino.

   —¿A quién puede importarle?

   —Sobre todo a los que hablan por teléfono —respondió Steve—. Estos
   retrasos provocan conversaciones entrecortadas. Ya sabes: ambos hablan
   o se callan al mismo tiempo.

   —Pero si las compañías telefónicas prefieren los cables, ¿a quién le
   interesan los satélites?

   —Especialmente a las cadenas de televisión. Las señales de TV no se
   pueden condensar en los cables submarinos y, por consiguiente,
   aprovechan los satélites. Pero todo cambiará gracias a la fibra óptica.

   Había oído hablar de fibras ópticas, de la transmisión de señales por
   fibras de cristal, en lugar de cables de cobre, pero ¿quién instalaría
   fibra óptica bajo el océano?

   —Todo el mundo lo desea —explicó Steve—. Hay un número limitado de
   canales de satélite disponibles; sólo hay espacio para cierta cantidad
   de satélites sobre el ecuador. Además, los canales de satélites no son
   privados; cualquiera puede escuchar. Puede que los satélites sean
   ideales para la televisión, pero los cables son mucho más indicados
   para la transmisión de datos.

   Mis conversaciones con Steve White, que inicialmente trataban siempre
   de la localización del hacker, derivaban inevitablemente a otros temas.
   Una pequeña charla con Steve se convertía habitualmente en una clase de
   teoría de la comunicación.

   —A propósito —prosiguió—, he hablado con Wolfgang Hoffman, del
   Bundespost. Tu huésped llama hoy desde Karlsruhe, la Universidad de
   Karlsruhe.

   —¿Dónde está eso?

   —No lo sé, pero imagino que en el valle del Ruhr, creo que a lo largo
   del Rin.

   El hacker hurgaba todavía en el ordenador de las fuerzas aéreas, pero,
   cuando desconectó, salí corriendo en dirección a la biblioteca.
   Efectivamente, allí estaba Karlsruhe, a quinientos kilómetros al sur de
   Hannover.

   Tendido sobre el lecho del océano Atlántico, el cable TAT-6 une Europa
   con América. El extremo occidental de la conexión se efectuaba a través
   de Tymnet, el Lawrence Berkeley Laboratory, Milnet y acababa en la
   División Espacial de los Sistemas de Comandancia de las Fuerzas Aéreas.

   Desde algún lugar de Alemania, el hacker manipulaba el extremo oriental
   de la conexión, inconsciente de que le estábamos cercando.

   Tres lugares distintos en Alemania. Mi hacker no dejaba de moverse. O
   tal vez estaba siempre en el mismo lugar y hacía de prestidigitador con
   el sistema telefónico. Puede que, en realidad, se tratara de un
   estudiante que iba de universidad en universidad haciendo exhibiciones
   para sus amigos. Por otra parte, ¿podía tener la certeza de que se
   trataba de un solo hacker o eran varios a los que observaba?

   Sólo se resolvería completando la localización. No bastaba con
   localizar un país o una ciudad, sino que era preciso llegar al
   individuo. Pero ¿cómo realizar un seguimiento telefónico a 10000
   kilómetros de distancia?

   ¡La orden judicial! ¿Había entregado el FBI la documentación
   correspondiente a las autoridades alemanas? O para el caso, ¿se había
   molestado en abrir una investigación? Había llegado el momento de
   llamar a Mike Gibbons, del FBI.

   —Me he enterado de que te han retirado del caso informático —le dije a
   Mike—. ¿Puedo hacer algo?

   —No te preocupes —respondió Mike—. Déjalo en mis manos. Actúa con
   discreción y nosotros seguiremos avanzando.

   —Pero ¿habéis abierto o no una investigación?

   —No me lo preguntes, porque no puedo responderte. Ten paciencia y lo
   resolveremos.

   Mike sólo me contestaba con evasivas. Tal vez lograría sonsacarle algo
   si le hablaba del ordenador de las fuerzas aéreas.

   —A propósito, ayer el hacker se infiltró en un ordenador de las fuerzas
   aéreas.

   —¿Dónde?

   —En algún lugar del sur de California —respondí, sin revelarle que se
   trataba del 2400 East El Segundo Boulevard, junto al aeropuerto de Los
   Ángeles.

   Puesto que él no me contaba lo que ocurría, decidí reservarme también
   parte de la información.

   —¿Quién lo utiliza?

   —Alguien de las fuerzas aéreas. Parece un lugar propio de Buck Rogers.
   No lo sé.

   —Lo mejor que puedes hacer es llamar a la OSI, de las fuerzas aéreas.
   Ellos sabrán lo que hay que hacer.

   —¿No está dispuesto el FBI a investigar?

   —Ya te lo he dicho. Estamos investigando. La investigación progresa.
   Pero no puedo hablarte de ello.

   No hubo forma de sonsacar nada al FBI. Sin embargo los polis de las
   fuerzas aéreas fueron un poco más explícitos. Jim Christy, de la OSI,
   fue conciso:

   —¿Sistema de Comandancia? ¡Ese hijo de puta!

   —Efectivamente. Logró entrar como administrador del sistema.

   —Administrador del sistema en el Sistema de Comandancia. Divertido.
   ¿Obtuvo algo confidencial?

   —No, que yo sepa. No consiguió gran cosa, sólo los títulos de algunos
   millares de archivos.

   —¡Maldita sea! Se lo he advertido. Dos veces.

   No estaba seguro de que debiera oír lo que decía.

   —Puede que te interese saber que no logrará infiltrarse de nuevo en
   dicho sistema. Se cerró él mismo la puerta en las narices —le dije,
   antes de contarle lo de la contraseña caducada.

   —Esto resuelve lo del Sistema de Comandancia —explicó Jim—. Pero
   ¿cuántos ordenadores habrá tan abiertos como ése? Si la División
   Espacial mete la pata de ese modo, incluso después de habérselo
   advertido, ¿qué podemos hacer para que se enteren?

   —¿Estaban sobre aviso?

   —Sin rodeo alguno. Desde hace seis meses venimos diciendo a los
   administradores de sistemas que cambien todas sus contraseñas. ¿Creías
   que no habíamos hecho ningún caso de lo que nos contabas?

   ¡Santo Cielo! En realidad me habían oído y divulgaban el mensaje. Era
   la primera vez que alguien llegaba a insinuar que yo había creado algún
   impacto.

   Pues bien, la OSI de las fuerzas aéreas en Washington había mandado la
   orden a su agente en la base aérea de Vandenberg para que a su vez la
   transmitiera a los responsables en la División Espacial. Se asegurarían
   de que la brecha no permaneciera abierta.

   Al cabo de dos días, Dave Cleveland y yo estábamos frente a su terminal
   examinando unos programas defectuosos, cuando sonó la alarma de mi
   localizador. Sin decir palabra, Dave conectó la terminal con el Unix en
   el momento en que Sventek establecía su conexión. Nos miramos,
   asentimos y salí corriendo hacia la centralita para contemplar el
   espectáculo en directo.

   El hacker no perdió tiempo en mis ordenadores, sino que pasó
   inmediatamente a Milnet para dirigirse a la División Espacial de las
   fuerzas aéreas. Vi cómo intentaba conectar con las palabras «field» y
   «service», convencido de que sería expulsado una vez más del sistema.

   ¡Pero no fue así! El ordenador le dio la bienvenida. Alguien en la base
   aérea había renovado dicha cuenta con la misma contraseña de antes. El
   técnico de servicio debía de haberse percatado de que la cuenta había
   caducado y había pedido al usuario root que renovara la misma
   contraseña.

   ¡Una estupidez! Habían abierto el cerrojo y dejado las llaves en el
   contacto.

   El hacker no perdió un instante. Fue directamente al programa de
   autorización y agregó una nueva cuenta. Bien, en realidad no fue una
   nueva cuenta sino una antigua que no se utilizaba y la modificó. Cierto
   oficial de las fuerzas aéreas, el coronel Abrens, tenía una cuenta que
   no se había utilizado desde hacía un año.

   El hacker la modificó ligeramente, para otorgarle privilegios de
   sistema, y cambió la contraseña por «AFHACK».

   ¡AFHACK! ¡Menuda arrogancia la suya! Se mofaba de las fuerzas aéreas de
   Estados Unidos en sus propias narices.

   De ahora en adelante ya no necesitaría la cuenta del usuario «field».
   Disfrazado de oficial de las fuerzas aéreas, dispondría de acceso
   ilimitado al ordenador de la División Espacial.

   Palabras mayores. Ese individuo no se andaba por las ramas. Los
   funcionarios de la OSI se habían ido ya a su casa. ¿Qué podía hacer? Si
   dejaba al hacker conectado, se apropiaría de información confidencial
   de las fuerzas aéreas. Pero interrumpir su conexión sólo serviría para
   que eligiera otra ruta, sin pasar por los monitores de mi laboratorio.

   Tendríamos que cortarle la conexión con la Comandancia Espacial.

   Pero antes era preciso localizarle. Llamé a Steve White y la operación
   se puso en marcha. En menos de cinco minutos localizó la conexión en
   Hannover y llamó al Bundespost.

   —Cliff —dijo al cabo de unos minutos de silencio—, ¿crees que la
   conexión será prolongada?

   —No estoy seguro, pero creo que sí.

   —De acuerdo —respondió Steve, que hablaba simultáneamente por otra
   línea, de la que de vez en cuando oía algún grito.

   —Wolfgang esta localizando la llamada en Hannover —dijo al cabo de un
   minuto—. Es una llamada local. Intentarán llegar hasta el usuario.

   ¡He aquí una buena noticia! El hecho de que la llamada fuera local
   significaba que el hacker estaba en algún lugar de Hannover.

   A no ser que hubiera un ordenador en Hannover que hiciera el trabajo
   sucio para él.

   —¡Por lo que más quieras —decía Steve, traduciendo las instrucciones de
   Wolfgang—, no desconectes al hacker! Procura mantener la línea abierta.

   Pero se estaba apropiando de archivos de la base aérea. Era como
   permitir que le vaciaran a uno el piso mientras observaba a los
   ladrones. ¿Debía echarle del sistema o dejar que continuara? No sabía
   qué hacer.

   Lo mejor sería hablar con alguna autoridad. ¿Y si llamaba a Mike
   Gibbons del FBI? No estaba en su despacho.

   Claro, el Centro Nacional de Seguridad Informática podía ser el lugar
   idóneo. Zeke Hanson sabría lo que había que hacer.

   No hubo suerte. Zeke tampoco estaba en su despacho y la voz al otro
   extremo de la línea me explicó:

   —Me gustaría ayudarte, pero nuestro trabajo consiste en diseñar
   ordenadores inexpugnables. No intervenimos en aspectos operativos.

   No era la primera vez que lo oía.

   Pues bien, no quedaba nadie a quien contárselo, a excepción de las
   fuerzas aéreas. Consulté el centro de información de Milnet y busqué su
   número de teléfono. Como era de suponer, lo habían cambiado, e incluso
   el prefijo era otro. Cuando logré hablar con la persona adecuada, el
   hacker había penetrado a fondo en su ordenador.

   —¡Hola, estoy buscando al "administrador del sistema" del ordenador Vax
   de la Comandancia Espacial!

   —Soy el sargento Thomas, "administrador del sistema".

   —No sé cómo decírselo, pero tiene un hacker en su ordenador —dije,
   pensando que no me creería y querría saber quién era yo.

   —Oiga, ¿quién es usted?

   Incluso por teléfono presentí que me miraba con desconfianza.

   —Soy un astrónomo del Lawrence Berkeley Laboratory —respondí, intuyendo
   que cometía un error, puesto que nadie me creería.

   —¿Cómo sabe que hay un hacker?

   —Le estoy observando en su ordenador, a través de Milnet.

   —¿Espera que le crea?

   —Limítese a comprobar su sistema. Haga un listado de sus usuarios.

   —De acuerdo —respondió, mientras le oía teclear—. No hay nada inusual.
   Tenemos cincuenta y siete usuarios en activo y el sistema se comporta
   con normalidad.

   —¿No ve a nadie nuevo? —pregunté.

   —Déjeme ver... No, todo parece normal.

   No sabía si decírselo o seguir dando rodeos.

   —¿Conoce a alguien llamado Abrens?

   —Por supuesto, el coronel Abrens. Está conectado en este momento. Oiga,
   ¿dónde quiere ir a parar?

   —¿Está seguro de que Abrens es legítimo?

   —Por supuesto, es un coronel. Uno no se mete con los oficiales.

   Puesto que no llegábamos a ningún sitio con mis preguntas tendenciosas,
   decidí contárselo:

   —Pues bien, un hacker ha robado la cuenta de Abrens. Está conectado en
   este momento y está robando archivos.

   —¿Cómo lo sabe?

   —Lo he observado. Tengo copias impresas —respondí—. Se ha infiltrado
   por la cuenta «service» y ha cambiado la contraseña de Abrens. Ahora
   goza de privilegios en el sistema.

   —Eso es imposible. Ayer mismo renové la contraseña de la cuenta de
   servicio. Había caducado.

   —Sí, lo sé. La contraseña es «service». La misma del año pasado. Eso es
   algo que los hackers saben.

   —¡Maldita sea, espere un momento! —exclamó, mientras le oía que llamaba
   a alguien—. ¿Qué propone que hagamos? —preguntó al cabo de un par de
   minutos de silencio—. Puedo cerrar inmediatamente el ordenador.

   —No, espere un poco —le indiqué—. Estamos localizando la llamada en
   estos momentos y ya casi tenemos al hacker a nuestro alcance.

   No le mentía. Steve White acababa de pedirme, de parte de Wolfgang
   Hoffman, que mantuviéramos la línea abierta todo el tiempo que nos
   fuera posible. No quería que el sargento Thomas cortara la comunicación
   antes de completar la localización,

   —De acuerdo, pero llamaremos al comandante general. Él tiene la última
   palabra.

   ¿Quién podía reprochárselo? De pronto reciben una llamada de un
   desconocido desde Berkeley y les comunica que alguien ha irrumpido en
   su sistema.

   Entre llamadas, examiné las copias de todas y cada una de las órdenes
   del hacker. Hoy no se había molestado en hacer un listado completo de
   los nombres de los archivos. Por el contrario, fue directamente a unos
   determinados; conocía de antemano los nombres que le interesaban y no
   tenía necesidad de consultar el índice.

   ¡Ah! Esto era una pista importante. Hacía tres días que el hacker había
   hecho un listado de millares de títulos y hoy fue directamente a los
   que le interesaban. Había debido de imprimir la sesión completa. De no
   ser así, habría olvidado los títulos de los archivos.

   De modo que el hacker imprimía todo lo que obtenía. Ya sabía que
   guardaba una agenda detallada, puesto que de otro modo habría olvidado
   algunas de las semillas plantadas meses antes. Recordaba que en mi
   reunión con los agentes de la CIA, Teejay había preguntado si el hacker
   conservaba copias de sus sesiones. Ahora lo sabía.

   Al otro extremo de la línea, en algún lugar de Alemania, había un espía
   metódico y pertinaz. Por cada copia que salía de mi impresora aparecía
   otra idéntica en su madriguera.

   ¿Qué archivos había elegido? No se había interesado por ninguno de los
   programas, ni por las directrices de la dirección del sistema. Por el
   contrario, había ido directamente a los planes operativos: documentos
   descriptivos de cargamentos de las fuerzas aéreas para el transbordador
   espacial, resultados de las pruebas de sistemas de detección de
   satélites, propuestas de investigación de SDI, la descripción de un
   sistema fotográfico manipulado por un astronauta...

   Ninguna de dicha información estaba clasificada como «confidencial». No
   era secreta, altamente secreta, ni siquiera confidencial. O, por lo
   menos, ninguno de los archivos lo decía.

   Ahora bien, a ningún ordenador militar conectado a Milnet se le permite
   archivar información confidencial. Hay otra red informática,
   completamente independiente, por donde circula la información
   confidencial. De modo que, en cierto sentido, la División Espacial de
   los Sistemas de Comandancia no tenía nada que perder: su ordenador no
   era confidencial.

   Pero hay un problema más grave. Los documentos públicos,
   individualmente, no contienen información confidencial. Sin embargo,
   cuando se reúnen numerosos documentos, pueden revelar secretos. El
   pedido de una remesa de titanio, por parte de un fabricante de aviones,
   no es secreto. Como tampoco lo es el hecho de que están construyendo un
   nuevo bombardero. Pero ambos datos juntos sugieren que el nuevo
   bombardero de Boeing se fabrica con titanio y que, por consiguiente,
   debe volar a velocidades supersónicas (ya que el aluminio común no
   resiste las altas temperaturas).

   En otra época, para recopilar información de distintas fuentes, había
   que pasar semanas en una biblioteca. Hoy día, gracias a los ordenadores
   y a las redes informáticas, es posible compaginar datos en escasos
   minutos. No hay más que ver cómo la manipulación de las cuentas de las
   conferencias telefónicas de Mitre me permitieron descubrir los lugares
   en los que se había introducido el hacker. Analizando información
   pública con la ayuda de ordenadores, es posible descubrir secretos sin
   llegar a ver ninguna base de datos confidencial.

   En 1985 al vicealmirante John Poindexter le preocupó precisamente dicho
   problema e intentó crear una nueva categoría en la clasificación de
   información, denominada «delicada pero no confidencial». Dicha
   información habría estado en un nivel inmediatamente inferior al de las
   categorías habituales de «alto secreto», «secreto» y «confidencial»,
   pero se habría negado acceso a la misma por parte de ciertos
   extranjeros.

   Poindexter cometió la torpeza de intentar aplicar dicha norma a la
   investigación académica; evidentemente, las universidades se negaron y
   la idea cayó en el olvido. Ahora, frente a mi monitor, viendo cómo el
   hacker deambulaba por el sistema de la Comandancia Espacial, comprendí
   lo que se proponía. Puede que los proyectos SDI de las fuerzas aéreas
   no estuvieran catalogados como alto secreto, pero eran indudablemente
   delicados.

   ¿Cómo? ¿Yo de acuerdo con el vicealmirante Poindexter? ¿El individuo
   que mandaba armas a los iraníes? ¿Cómo podía yo tener algo en común con
   el jefe de Olie North? No obstante, en la pantalla que tenía delante se
   proyectaba exactamente lo que había descrito: información delicada
   aunque no confidencial.

   —Lo siento, Cliff, pero la localización en Alemania ha quedado
   interrumpida —observó entonces Steve, de Tymnet, por teléfono.

   —¿No pueden localizar la llamada? —pregunté sin estar seguro de quiénes
   eran los responsables de hacerlo.

   —Bueno, de lo que no hay duda es de que el hacker llama desde Hannover
   —respondió Steve—. Pero las centrales telefónicas de Hannover utilizan
   conmutadores mecánicos, ruidosos y complicados, y la única forma de
   localizar las conexiones es con la presencia de un técnico en las
   mismas. No se puede efectuar el seguimiento por ordenador.

   —¿Me estás diciendo que tiene que haber alguien en la central para
   localizar la llamada? —dije, comenzando a comprender.

   —Así es. Y puesto que en Hannover son las diez de la noche,
   evidentemente no hay nadie.

   —¿Cuánto tardaría alguien en acudir a la central?

   —Unas tres horas.

   Para localizar la llamada era preciso que un técnico del Bundespost
   acudiera personalmente a la central e inspeccionara los cables y
   conmutadores. Puede que incluso tuviera que escalar algún poste. Malas
   noticias.

   Entretanto el hacker seguía merodeando por el ordenador de las fuerzas
   aéreas. El sargento Thomas, que seguía al aparato, probablemente había
   llamado a un montón de oficiales.

   —Lo siento, pero por hoy ya hemos agotado todas las posibilidades de
   localización —indiqué por la línea de la base aérea.

   —Comprendo. Expulsaremos inmediatamente al hacker.

   —Un momento. Procuren que no se dé cuenta de que le echan del sistema.
   Hay que evitar que sospeche que le estamos vigilando.

   —De acuerdo. Ya tenemos un plan —respondió el sargento Thomas—.
   Transmitiremos un comunicado a todos los que estén conectados al
   sistema, para informarles de que el ordenador no está funcionando
   debidamente y es preciso revisarlo.

   Perfecto. El hacker creería que cerraban el ordenador para repararlo.

   Esperé un minuto y en medio de una página de propuestas SDI, el
   siguiente mensaje apareció en la pantalla del hacker:

   Se cierra el sistema por razones de mantenimiento. Se reanudará el
   servicio dentro de dos horas.

   El hacker lo vio inmediatamente. Desconectó y desapareció en el vacío.

  38

   Después de infiltrarse en otra base militar, el hacker no parecía
   dispuesto a rendirse. Se introdujo de nuevo en nuestro laboratorio,
   desde donde intentó repetidamente volver al sistema de comandancia de
   las fuerzas aéreas. Pero no lo logró con ninguno de sus trucos. No
   consiguió infiltrarse de nuevo en sus ordenadores.

   Fueron muy astutos en la forma de cerrarle las puertas. En lugar de
   dejarle un mensaje que dijera «prohibida la entrada a los hackers»,
   modificaron la cuenta robada de modo que casi funcionara. Cuando el
   hacker se introdujo en la cuenta de Abrens, el ordenador pareció
   aceptarle, pero a continuación transmitió un mensaje de error, como si
   el hacker hubiera insertado dicha cuenta incorrectamente.

   Me pregunté si sería consciente de que le tenía en la palma de la mano.
   Cada vez que lograba infiltrarse en un nuevo ordenador, era detectado y
   expulsado.

   Desde su punto de vista, todo el mundo le detectaba, a excepción de
   nosotros. En realidad, casi nadie le detectaba.

   A excepción de nosotros.

   No podía saber que estaba cercado. Mis alarmas, monitores y trampas
   electrónicas eran invisibles para él. Las operaciones de localización
   de Tymnet, por satélite y bajo el océano, eran totalmente silenciosas.
   Y ahora el Bundespost le seguía la pista.

   El último mensaje de Wolfgang decía que había tomado medidas para que
   todas las noches hubiera un técnico de guardia en la central telefónica
   de Hannover hasta medianoche. Esto suponía un gasto importante y, por
   consiguiente, tenía que coordinar la operación con nosotros. Y lo más
   importante era que los alemanes todavía no habían recibido noticias del
   FBI.

   Había llegado el momento de llamar de nuevo a Mike Gibbons,

   —Los alemanes no han recibido noticia alguna del FBI —le dije—. ¿Sabes
   a qué se debe?

   —Bueno... tenemos ciertos problemas internos —respondió Mike—, no son
   de tu incumbencia.

   Lo eran, pero de nada servía formularle preguntas. Mike no soltaba
   prenda.

   —¿Qué puedo decirles al Bundespost? —pregunté—. Esperan con impaciencia
   algún tipo de comunicación oficial.

   —Diles que el agregado jurídico del FBI en Bonn se ocupa de todo. Los
   documentos llegarán en su momento.

   —Eso fue lo que me dijiste hace dos semanas.

   —Y eso es lo que te digo ahora.

   Asunto concluido.

   Le transmití el mensaje a Steve a Tymnet, quien a su vez se lo
   transmitió a Wolfgang. Puede que los burócratas no fueran capaces de
   comunicarse entre ellos, pero los técnicos sí que lo éramos.

   Nuestra denuncia al FBI debía ser procesada en su oficina, transmitida
   al agregado jurídico norteamericano en Bonn y a continuación entregada
   al Bundeskriminalamt, equivalente alemán del FBI. Es probable que el
   BKA inspire tanta confianza en la verdad y la justicia en Alemania como
   el FBI en Norteamérica.

   Pero alguien entorpecía el proceso más allá de Mike Gibbons. Lo único
   que podía hacer era seguir molestando a Mike y no interrumpir el
   contacto con Tymnet ni con el Bundespost. Tarde o temprano, el FBI se
   pondría en contacto con el BKA y aparecerían las órdenes judiciales.

   Entretanto mis amigos astrónomos necesitaban ayuda. Pase el día entero
   intentando comprender la óptica del telescopio del observatorio de
   Keck. Jerry Nelson necesitaba mis programas para pronosticar las
   prestaciones del telescopio, y mi progreso había sido nulo desde que
   empecé a perseguir al hacker.

   Los demás programadores de sistemas trabajaban también conmigo en el
   caso. El arisco de Wayne Graves me presionaba para que escribiera
   ciertos programas para las unidades de discos. («A la porra con el
   hacker, concéntrate de una vez por todas en el software.») Y Dave
   Cleveland me recordaba amablemente que necesitaba conectar diez
   ordenadores portátiles a la red del laboratorio.

   Les aseguraba a todos ellos que el hacker desaparecería EUFMP^8.
   Comentario generalizado entre todos los informáticos.

   De camino al grupo de astronomía, me asomé momentáneamente a la
   centralita sólo para verificar mis monitores, y descubrí que había un
   intruso en el ordenador Bevatron, que manipulaba el archivo de claves.

   Curioso. El Bevatron es uno de los aceleradores de partículas del
   laboratorio donde trabajan todos sus programadores. Sólo un
   administrador del sistema podía manipular el archivo de contraseñas y
   me quedé un rato observándolo. Alguien agregaba varias cuentas nuevas.

   Había una forma de averiguar si lo que ocurría era legítimo, que
   consistía en llamar al personal de Bevatron.

   —Yo soy el usuario root —respondió Chuck McParland—. No hay nadie más
   autorizado.

   —En tal caso, tienes un problema. Alguien juega a ser Dios en tu
   ordenador.

   Chuck tecleó algunas órdenes antes de volver al teléfono.

   —¡Hijo de puta! —exclamó.

   El acelerador de partículas Bevatron utilizaba imanes del tamaño de una
   casa para disparar fragmentos de átomo contra estrechos objetivos. En
   los años sesenta, su munición eran los protones. En la actualidad,
   alimentado por un segundo acelerador, propulsaba pesados iones a una
   velocidad próxima a la de la luz.

   Después de bombardear unas finas placas metálicas con dichas partículas
   atómicas, los físicos analizan los escombros, en busca de fragmentos
   que podrían ser los componentes fundamentales del universo. Los físicos
   esperaban meses para utilizar los haces y, aún más importante, también
   esperaban los pacientes cancerosos.

   El Bevatron puede acelerar iones de helio a una velocidad próxima a la
   de la luz, a la que adquieren una energía de unos ciento sesenta
   electrón/voltios. Después de desplazarse unos centímetros a dicha
   velocidad, descargan casi la totalidad de su energía.

   Si se coloca un tumor canceroso a la distancia precisa del acelerador,
   la mayor parte de la energía de sus partículas penetra en dicho tumor.
   Las células cancerosas absorben su energía y el tumor se destruye sin
   afectar el resto del cuerpo del paciente. Al contrario de los rayos X,
   que lo irradian todo a su paso, las partículas del Bevatron depositan
   la mayor parte de su energía en un lugar determinado. Esto es
   particularmente idóneo para tumores cerebrales, con frecuencia
   inoperables.

   Los ordenadores de Chuck calculaban la «distancia precisa», además de
   controlar el acelerador, para que se usara la cantidad correcta de
   energía.

   Cualquier error en lo uno o en lo otro suponía destruir las células
   equivocadas.

   Cada pocos segundos, el haz descarga una ráfaga de iones. Moviendo los
   imanes en el momento preciso, los ordenadores de Chuck dirigen dicha
   ráfaga al objetivo experimental del físico o al tumor canceroso.
   Cualquier error de programación puede ser grave en ambos casos.

   Lo que hacía el hacker no era sólo manipular un ordenador, sino jugar
   con vidas ajenas.

   ¿Era consciente de ello? Lo dudo. ¿Cómo podía saberlo? Para él el
   ordenador del Bevatron no era más que otro objetivo, otro sistema que
   explotar. En sus programas no hay ninguna advertencia que diga:
   «Peligro, ordenador médico. No tocar.»

   Además, no se limitaba a la búsqueda inocente de información. Después
   de descubrir la forma de convertirse en administrador del sistema, se
   dedicaba a manipular el propio sistema operativo.

   Nuestros sistemas operativos son frágiles creaciones que controlan la
   conducta del ordenador, la reacción de sus programas. Los
   administradores de sistemas ajustan meticulosamente sus sistemas
   operativos, procurando extraer las máximas prestaciones del ordenador.
   Si el programa es demasiado lento, porque compite con otras
   operaciones, se arregla modificando el programador del sistema
   operativo. O puede que no tenga suficiente capacidad para doce
   programas simultáneos, en cuyo caso se modifica la forma de
   distribución de memoria del sistema operativo. Pero si uno se equivoca,
   el ordenador no funciona.

   A ese hacker no le importaba destruir un sistema operativo ajeno. Lo
   único que quería era introducir una brecha en el sistema de seguridad
   para infiltrarse cuando lo deseara. ¿Sabía que podía matar a alguien?

   Chuck protegió su sistema cambiando todas las palabras claves. Otra
   puerta cerrada en las narices del hacker.

   Pero también otra preocupación: había estado persiguiendo a alguien
   alrededor del mundo y, sin embargo, no podía impedir que irrumpiera en
   cualquier ordenador que se le antojara. Lo único que podía hacer era
   observarlo y avisar a las víctimas de sus ataques.

   Siempre me quedaba el recurso de cerrarle las puertas de mi ordenador y
   desentenderme del tema. Mi preocupación inicial parecía injustificada;
   ahora sabía que se limitaba a aprovecharse de las brechas en los
   sistemas de seguridad y no había indicación alguna de que hubiera
   introducido ninguna bomba de relojería, ni ningún virus en mi
   ordenador.

   Lo único que conseguiría expulsándole de mi aparato sería cerrar la
   ventana a través de la que le observaba. Con toda seguridad continuaría
   atacando otros ordenadores a partir de distintas redes. No me quedaba
   más alternativa que permitir que ese cabrón circulara a sus anchas
   hasta que lograra atraparle.

   Pero ¿cómo se lo hacemos comprender al FBI? El jueves, 8 de enero, el
   agente del FBI de mi localidad, Fred Wyniken, vino a verme.

   —Sólo he venido como representante de la oficina de Alexandria,
   Virginia —dijo Fred.

   —No lo comprendo. ¿Por qué no se ocupa del caso la oficina de Oakland?

   —Las oficinas regionales del FBI son bastante autónomas —respondió
   Fred—. Lo que a una pueda parecerle importante, otra puede
   perfectamente ignorar.

   No era difícil deducir a qué categoría pertenecía mi caso, en su
   opinión.

   A continuación Fred me explicó que no sabía qué probabilidades había de
   que se procesara al culpable, porque él no se ocupaba del asunto.

   —Pero creo que son bastante escasas. No ha habido pérdidas materiales
   ni se ha robado ninguna información claramente confidencial. Además,
   ese hacker no está en Estados Unidos.

   —¿Es ésa la razón por la que la oficina local no se ocupa del caso?

   —Recuerda, Cliff, que el FBI sólo se ocupa de casos que el Departamento
   de Justicia pueda procesar. Si no está en juego ninguna información
   confidencial, no hay razón para comprometer los recursos necesarios
   para resolver el caso.

   —Pero si no entráis en acción, ese hacker seguirá pellizcando nuestros
   ordenadores hasta llegar prácticamente a controlarlos.

   —Escúchame: cada mes recibimos media docena de llamadas pidiendo ayuda
   porque alguien se ha infiltrado en algún ordenador. En el noventa y
   cinco por ciento de los casos no hay constancia de ello, ninguna
   prueba, ni datos de contabilidad.

   —¡Eh, un momento! Yo tengo un montón de pruebas y documentos. ¡Diablos,
   en mis copias constan todas y cada una de las teclas que ese cabrón ha
   pulsado!

   —A eso voy ahora. Algunos casos, y el tuyo es uno de ellos, están bien
   documentados. Pero con esto no basta. El daño causado ha de justificar
   nuestros esfuerzos. ¿Cuánto habéis perdido? ¿Setenta y cinco centavos?

   Otra vez con el mismo rollo. Nuestras pérdidas materiales eran
   efectivamente diminutas. Sin embargo yo intuía un problema de mucha
   mayor magnitud, tal vez de importancia nacional, aunque mi agente del
   FBI sólo viera un error de calderilla. No era sorprendente que no
   mostrara interés alguno por el caso, ni estuviera dispuesto a prestar
   ninguna ayuda.

   ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que alguien se diera cuenta? ¿Quizá
   hasta que se infiltrara en un ordenador militar confidencial? ¿O dañara
   algún experimento médico de alta tecnología? ¿O algún paciente
   resultara herido?

   En todo caso, le entregué copias de las sesiones de las dos últimas
   semanas (después de firmar el reverso de cada una de ellas, para
   cumplir con las normas de las «pruebas judiciales») y un disquete de
   las cuentas telefónicas de Mitre, que mandaría a Mike Gibbons, a la
   oficina de Alexandria. Puede que a Mike le resultaran útiles para
   convencer al FBI de que hablara con el BKA alemán.

   ¡Desalentador! Los técnicos de telefónica en Alemania no habían
   recibido todavía las órdenes judiciales, el FBI seguía sin responder y
   mi jefe me mandó una sucinta nota en la que me preguntaba cuándo
   escribiría cierto programa para conectar una nueva impresora.

   Martha tampoco estaba contenta. El hacker no sólo se infiltraba en los
   ordenadores; a través de la alarma de mi localizador, invadía también
   nuestro hogar.

   —¿Y el FBI o la CIA no hacen nada, ahora que hay extranjeros y espías
   involucrados? —preguntó Martha—. ¿No son los defensores de la verdad,
   la justicia y el estilo de vida norteamericano?

   —Es el problema de jurisdicción de siempre. Según la CIA, el FBI
   debería ocuparse del caso. Pero el FBI no quiere saber nada del asunto.

   —¿Y el departamento ese de las fuerzas aéreas, se llame como se llame,
   tampoco hace nada?

   —El mismo pretexto. El inicio del problema está en Alemania y alguien
   tiene que llamar a los alemanes para resolverlo. Lo único que pueden
   hacer los investigadores especiales de las fuerzas aéreas es apelar al
   FBI.

   —En tal caso, ¿por qué no lo mandas todo a freír espárragos? —sugirió
   Martha—. Construye unas buenas defensas alrededor de tu ordenador y
   deja que el hacker deambule por los suyos. Nadie te ha nombrado
   custodio oficial de los ordenadores norteamericanos.

   —Porque no quiero quedarme sin conocer el desenlace. Quién hay tras
   todo esto. Qué es lo que se proponen. Investigar —respondí, pensando
   todavía en las palabras de Luis Álvarez, después de varios meses.

   —Entonces piensa en cómo resolver el problema sin la ayuda del FBI. Si
   no están dispuestos a solicitar a los alemanes que localicen la
   llamada, busca otro medio de hacerlo.

   —¿Cómo? No puedo llamar al Bundespost alemán y decirles: «¡Localicen
   esta llamada!»

   —¿Por qué no?

   —En primer lugar, no sabría a quién llamar, y en segundo lugar, estoy
   seguro de que no me creerían.

   —En tal caso, busca otra forma de capturar al hacker.

   —Claro, puedo pedirle que me dé su dirección.

   —No te rías, puede que funcione.

  39

   El FBI arroja la toalla.

   Éste fue el mensaje que recibí de Ann Funk, de la oficina de
   investigaciones especiales de las fuerzas aéreas. Había hablado con
   ella el día anterior y me había dicho que su brigada estaba a la espera
   de que el FBI entrara en acción. Y ahora éstas eran sus buenas
   noticias.

   Intenté localizar a Ann, pero ya había abandonado la base. Poco podía
   hacer, aparte de llamar al FBI.

   —El agente Gibbons no está aquí en este momento —respondió, en tono
   oficial, una voz carraspeante desde la oficina del FBI en Alexandria,
   claramente no dispuesta a perder tiempo—, pero tengo un mensaje para
   usted. Su caso está cerrado y debe abandonarlo.

   —¿Cómo? ¿Quién lo ordena?

   —Lo siento, pero éste es el mensaje completo. El agente Gibbons estará
   de regreso la semana próxima.

   —¿Es eso todo lo que ha dicho Mike? —insistí, pensando en que, después
   de hablar docenas de veces conmigo, por lo menos podía habérmelo dicho
   personalmente.

   —Ya se lo he dicho. Éste es el mensaje completo.

   ¡Fantástico! Después de cinco meses de dar la lata al FBI, de localizar
   llamadas por todo el mundo y demostrar que el hacker se infiltraba en
   ordenadores militares, cuando más necesitaba la ayuda del FBI...,
   abandonan el caso.

   —Acabo de enterarme de que el FBI decidió que no había suficientes
   bases para proseguir con sus investigaciones —dijo Ann Funk, cuando me
   llamó al cabo de una hora.

   —¿Hacen alguna diferencia las infiltraciones en la Comandancia Espacial
   de las Fuerzas Aéreas? —le pregunté.

   —Estás hablando de los Sistemas de Comandancia de la División Espacial,
   Cliff. Procura aclararte o nos confundirás a todos.

   A mi parecer, sonaba mejor Comandancia Espacial. ¿A quién podía
   interesarle la comandancia de sistemas?

   —De acuerdo. Pero ¿al FBI no le importa?

   —Según el FBI —suspiró Ann—, en realidad no hay pruebas de que se trate
   de espionaje.

   —¿Ha dicho eso Mike Gibbons?

   —Lo dudo. Me lo ha dicho el oficial de guardia, según el cual Mike ha
   sido retirado del caso y no está autorizado a hablar de ello.

   —Entonces ¿quién lo ha decidido?

   Mike era el único agente del FBI, de los que habían hablado conmigo,
   entendido en informática.

   —Probablemente algún ejecutivo medio de la organización —respondió
   Ann—. Les resulta más fácil atrapar secuestradores que piratas
   informáticos.

   —¿Y tú qué opinas? —le pregunté—. ¿Crees que debemos abandonarle o
   intentar atrapar a ese cabrón?

   —El FBI dice que cierres los accesos al hacker.

   —No es eso lo que te pregunto.

   —... y que cambies todas las contraseñas...

   —Sé lo que dice el FBI. Pero ¿qué dicen las fuerzas aéreas?

   —Pues no lo sé. Lo discutiremos y te llamaré más tarde.

   —A no ser que alguien nos diga que continuemos, cerraremos nuestras
   puertas y el hacker podrá jugar con vuestros ordenadores a su antojo.
   Hace cinco meses que perseguimos a ese espía y ninguna agencia
   gubernamental ha contribuido con un solo centavo.

   Colgué enojado.

   Al cabo de unos minutos recibí una llamada de mi agente local del FBI.
   Fred Wyniken no dejó lugar a dudas en cuanto a su decisión. En tono
   oficial me comunicó que el FBI consideraba que no habría forma de
   conseguir la extradición del hacker, basándose en el robo de
   información no confidencial.

   —Cliff, si puedes demostrar que hay material confidencial en juego, o
   que ha causado algún daño significativo a los sistemas, el FBI
   intervendrá. Entretanto no haremos absolutamente nada.

   —¿Qué es para ti un daño significativo? Si alguien registra los cajones
   de mi escritorio y copia los planos de un nuevo circuito integrado, ¿se
   considera un perjuicio? ¿A quién acudo en tal caso?

   Fred se negó a responderme.

   —Si insistes en seguir con el caso, el FBI podrá prestarte ayuda
   amparándose en la política de cooperación nacional. Tu laboratorio
   debería ponerse en contacto con el fiscal del distrito de Berkeley y
   abrir una investigación. Si el fiscal está dispuesto a solicitar la
   extradición del hacker, el FBI efectuará las gestiones necesarias.

   —¿Cómo? ¿Después de cinco meses me mandáis de nuevo al fiscal del
   distrito?

   No podía creerlo.

   —Si decides seguir mi consejo, el FBI actuará como enlace entre la
   policía local y las autoridades alemanas. La investigación correría a
   cargo de la policía local y el proceso tendría lugar en Berkeley.

   —Fred, me cuesta dar crédito a tus palabras. Ese individuo se ha
   infiltrado en treinta ordenadores dispersos por todo el país, ¿y ahora
   me dices que se trata de un problema local de Berkeley?

   —Lo que te estoy diciendo —prosiguió el justiciero— es que el FBI ha
   decidido abandonar el caso. Si deseas seguir adelante, será mejor que
   lo hagas mediante tu policía local.

   No había transcurrido todavía una hora cuando recibí una llamada de
   Steve White, de Tymnet. El Bundespost alemán acababa de transmitirle el
   siguiente mensaje electrónico:

   «Las autoridades norteamericanas deben ponerse en contacto urgentemente
   con el fiscal alemán, o de lo contrario el Bundespost dejará de
   cooperar. No podemos proseguir sin ninguna notificación oficial. No
   intervendremos líneas telefónicas sin las órdenes judiciales
   correspondientes. Asegúrense de que el FBI se ponga inmediatamente en
   contacto con el BKA alemán.»

   ¡Maldita sea! Después de preparar la cooperación entre ambas agencias
   durante varios meses, el FBI se retira precisamente cuando se le
   necesita.

   No tenía mucho donde elegir. Podíamos cerrar el caso y echar a rodar
   cinco meses de investigación o seguir adelante y exponernos a la
   censura del FBI.

   Cerrar nuestros ordenadores equivalía a permitir que el hacker
   deambulara libremente por nuestras redes sin que nadie le observara.
   Permanecer abiertos tampoco nos conduciría al hacker, ya que el
   Bundespost no localizaría la llamada sin la autorización del FBI. En
   ambos casos ganaba el hacker.

   Era el momento de hablar con mi jefe.

   —Nunca había confiado en el FBI —dijo Roy Kerth, después de aceptar la
   noticia sin reserva alguna—. Prácticamente les hemos resuelto el caso y
   todavía se niegan a investigar.

   —Entonces ¿qué hacemos?

   —Nosotros no trabajamos para el FBI. No pueden decirnos lo que debemos
   hacer. Permaneceremos abiertos hasta que el Departamento de Energía nos
   ordene lo contrario.

   —¿Crees que debo llamarlos?

   —Déjalo en mis manos. Hemos trabajado mucho en el caso y conviene que
   lo sepan —dijo Roy—. Desde luego permaneceremos abiertos —agregó
   categóricamente, despues de susurrar algunas cosas incomprensibles que
   no parecían halagos del FBI.

   Pero controlar el hacker desde Berkeley no equivalía a localizarle en
   Alemania. Necesitábamos al FBI, aunque ellos no nos necesitaran a
   nosotros.

   ¿Qué diría la CIA?

   —¡Hola, soy Cliff! Nuestros amigos de la entidad «F» han perdido
   interés.

   —¿Con quién has hablado? —preguntó Teejay.

   —Con el representante local de la entidad y con un oficial de la costa
   este.

   Iba aprendiendo el lenguaje de los fantasmas.

   —De acuerdo. Déjalo en mis manos y no hagas nada hasta que me ponga en
   contacto contigo.

   Al cabo de dos horas recibí una llamada de Teejay.

   —Han ordenado cerrar las puertas. Tu contacto, Mike, ha sido retirado
   del caso. Su entidad ha vuelto a perseguir carteristas.

   —¿Y ahora qué hacemos?

   —Ten paciencia —respondió el ogro—. No podemos involucrarnos: el FCI
   pertenece a la entidad de Mike. Pero es posible que alguien los
   presione. Tú limítate a esperar.

   ¿El FCI? ¿Sería el inspector federal de carpinteros? ¿O la federación
   de iguanas carnívoras?

   —Oye, Teejay: ¿qué es eso del FCI?

   —Silencio. No hagas preguntas. Las ruedas giran en lugares que tú
   desconoces.

   Llamé a Maggie Morley, nuestra erudita bibliotecaria, que tardó tres
   minutos en averiguar el significado de aquellas siglas.

   —FCI son las iniciales del servicio de contraespionaje extranjero
   —dijo—. ¿Has conocido a algún espía últimamente?

   De modo que el contraespionaje no era competencia de la CIA, el FBI no
   quería perder el tiempo con nuestro caso y el Bundespost alemán
   requería una notificación oficial de Estados Unidos. ¡Diantre!

   Cabía la posibilidad de que otra agencia nos ayudara. Zeke Hanson, de
   la National Security Agency, se había interesado por el caso, siguiendo
   paso a paso nuestro progreso, y sabía cuánto necesitábamos el apoyo del
   FBI. ¿Podría ayudarnos?

   —Me encantaría hacerlo, Cliff, pero no podemos. La NSA más que hablar,
   escucha.

   —Pero ¿no está para esto el centro nacional de seguridad informática?
   ¿Para resolver problemas de seguridad informática?

   —Ya conoces la respuesta: categóricamente no. Lo que nosotros
   procuramos es garantizar la seguridad de los ordenadores, no capturar
   hackers.

   —¿No podrías, por lo menos, llamar al FBI e intentar estimularlos?

   —Haré cuanto pueda, pero no confíes demasiado.

   En el mejor de los casos, el centro de seguridad informática de la NSA
   procuraba crear ciertos niveles y fomentar la seguridad informática,
   pero no tenía intención de convertirse en centro de coordinación de
   problemas como el mío, ni podía en modo alguno conseguir una orden
   judicial. La NSA no tenía contacto con el FBI.

   Al cabo de un par de días recibí una llamada de Teejay.

   —Hemos hecho una jugada digna del mejor escenario —dijo el agente de la
   CIA—. La entidad de Mike ha entrado de nuevo en juego. Avísame si
   vuelven a causarte algún problema.

   —¿Qué has hecho?

   —Poca cosa. Me he limitado a hablar con un par de amigos.

   ¿Qué clase de amigos tendría ese individuo? ¿Con quién habría que
   hablar para invertir en un par de días la política del FBI?

   No transcurrió mucho tiempo antes de que me llamara Mike Gibbons, del
   FBI, y me explicara que, según la legislación alemana, infiltrarse en
   un ordenador no era muy grave. Siempre y cuando no se destruyera el
   sistema, el mero hecho de infiltrarse no era mucho peor que aparcar en
   doble fila.

   Eso, para mí, no tenía sentido. Si la ley alemana era tan benigna, ¿por
   qué el Bundespost se había tomado el caso tan en serio?

   Mike comprendía mi preocupación y por lo menos accedió a seguir
   trabajando en el caso.

   —Pero creo que debes saber que el año pasado se descubrió a un hacker
   alemán en un ordenador de Colorado y no se le pudo procesar.

   ¿Entraría en acción el agregado jurídico del FBI?

   —Me estoy ocupando de ello —dijo Mike—. Di a tus amigos del Bundespost
   que pronto tendrán noticias nuestras.

   Aquella noche tuvimos otra oportunidad de localizar al hacker. Cuando
   Martha y yo hacíamos cola en la tienda de comestibles, sonó la alarma
   de mi localizador. Abandoné el ejemplar del National Enquirer
   («Visitantes extraterrestres procedentes de Marte») que tenía en las
   manos y me dirigí a la cabina telefónica más próxima para llamar a
   Steve White.

   —Nuestro amigo al teléfono —le dije.

   —De acuerdo. Llamaré a Alemania.

   Conversación breve y localización veloz. A pesar de que el hacker sólo
   estuvo cinco minutos al teléfono, Steve localizó la conexión a DNIC
   2624-4511-049136, una línea de acceso público en Hannover, Alemania.

   Más adelante Steve me contó los detalles. Wolfgang Hoffman, a quien
   despertó a las tres de la madrugada, comenzó a localizar la llamada
   desde Francfort. Sin embargo, el técnico de guardia de la central de
   Hannover se había ido ya a su casa. Próximo, pero sin premio.

   Wolfgang tenía una pregunta para nosotros. La Universidad de Bremen
   estaba dispuesta a cooperar en la captura de ese individuo, ¿pero quién
   pagaría los gastos? El hacker gastaba centenares de dólares diarios a
   cuenta de la universidad. ¿Estaríamos nosotros dispuestos a pagar
   dichos gastos?

   ¡Imposible! En mi laboratorio, que habían reducido incluso el
   presupuesto para grapas, no accederían de ningún modo a financiar la
   operación. No obstante dije que lo consultaría.

   Steve señaló que alguien tendría que pagar, ya que de lo contrario el
   Bundespost le cerraría los accesos al hacker. Ahora que los alemanes
   sabían cómo se aprovechaba de la red Datex, querían bloquearle las
   puertas.

   Llegaron todavía más noticias de Alemania. Hacía un par de noches que
   el hacker había conectado con Berkeley durante un par de minutos,
   tiempo suficiente para localizar la llamada hasta la Universidad de
   Bremen. Bremen, a su vez, había averiguado que procedía de Hannover.
   Parecía que el hacker no sólo se infiltraba en nuestro laboratorio de
   Berkeley, sino que deambulaba también a sus anchas por las redes
   europeas.

   —Habiendo tenido la oportunidad de hacerlo, ¿por qué no han localizado
   los alemanes la llamada en Hannover?

   Steve me explicó los problemas del sistema telefónico de Hannover.

   —Los teléfonos norteamericanos están informatizados y eso facilita la
   localización de llamadas. Pero para hacer lo mismo en Hannover, es
   imprescindible la presencia de un técnico en la central.

   —¿De modo que no podremos localizar al hacker a no ser que llame
   durante el día, o a primera hora de la noche?

   —No sólo eso. Tardarán una hora o dos a partir del momento en que
   empiecen a inspeccionar las líneas.

   —¿Una hora o dos? ¿Estás bromeando? En diez segundos tú localizas las
   líneas de Tymnet desde California, vía satélite, hasta Europa. ¿Por qué
   no pueden hacer ellos lo mismo?

   —Lo harían si pudieran. La central telefónica que utiliza el hacker no
   está informatizada y el técnico necesita tiempo para localizar la
   llamada.

   Últimamente el hacker había hecho breves apariciones de unos cinco
   minutos. Suficiente para despertarme, pero no para localizarle. ¿Cómo
   podría retenerle durante un par de horas?

   El Bundespost no podía tener técnicos de guardia permanente. A decir
   verdad, sólo podría mantener unos días más el servicio de vigilancia.
   Disponíamos de una semana para finalizar la localización. Después del
   próximo sábado retirarían a los técnicos.

   No podía obligar al hacker a que conectara a horas oportunas, ni
   controlar la duración de sus conexiones. Iba y venía a su antojo.

  40

   —¡Despierta, holgazán! —me dijo Martha a la hora inhumanamente temprana
   de las nueve de la mañana de un sábado—. Hoy tenemos que preparar la
   tierra para plantar los tomates.

   —Estamos en enero —protesté—. Todo está aletargado. Los osos están
   aletargados. Yo estoy aletargado —agregué cubriéndome la cabeza con las
   sábanas, sólo para que ella las retirara de un tirón.

   —Ven al jardín —insistió, agarrándome fuertemente de la muñeca.

   A primera vista parecía que yo tenía razón; todas las plantas estaban
   secas y macilentas.

   —Mira —dijo Martha, agachándose junto a un rosal, para mostrarme unos
   brotes rosáceos.

   Entonces me mostró el ciruelo y, al contemplarlo detenidamente, vi un
   sinfín de diminutas hojas verdes que emergían de sus ramas desnudas.
   Pobres plantas californianas sin un invierno para descansar.

   Martha me entregó una pala y comenzamos el ciclo anual: arar la tierra,
   agregar fertilizante y plantar las diminutas tomateras en sus
   correspondientes surcos. Cada año plantábamos meticulosamente distintas
   variedades, con diferentes períodos de maduración, a lo largo de varias
   semanas, para disponer regularmente de tomates durante todo el verano.
   Y cada año, todos y cada uno de los tomates maduraban el 15 de agosto.

   Era un trabajo lento y pesado por la cantidad de arcilla que contenía
   el suelo y por la humedad de las lluvias invernales. Pero por fin
   acabamos de remover la tierra, mugrientos y sudados, y tomamos una
   ducha antes del almuerzo.

   En la ducha me sentí como nuevo. Martha me frotó la espalda, mientras
   el agua caliente me acariciaba el cuerpo. Tal vez la vida natural y
   rústica no estaba tan mal después de todo.

   Martha me estaba lavando la cabeza cuando el molesto pitido de mi
   localizador, sepultado en un montón de ropa, destruyó la paz reinante.

   —No tendrás la osadía... —comenzó a gruñir Martha en son de protesta.

   Demasiado tarde. Salté de la ducha, fui corriendo a la sala, encendí mi
   Macintosh y llamé al ordenador del laboratorio. Sventek.

   Al cabo de un instante hablaba por teléfono con Steve White, que estaba
   en su casa.

   —Está aquí, Steve.

   —De acuerdo. Localizaré la línea y llamaré a Francfort.

   Al cabo de un momento Steve volvió al teléfono:

   —Ha desaparecido. Estaba aquí hace un momento, pero ya ha desconectado.
   De nada serviría llamar ahora a Alemania.

   ¡Maldita sea! No podía sentirme más frustrado; de pie en un charco en
   nuestro comedor, completamente desnudo, mojado y tiritando, con
   burbujas de champú sobre el teclado de mi ordenador.

   Claudia estaba ensayando una pieza de Beethoven; pero, perpleja por la
   aparición en la sala de su coinquilino completamente desnudo, dejó el
   violín y se dedicó a contemplarme. Entonces se echó a reír y tocó una
   música burlesca. Intenté responder con una pirueta y una sonrisa, pero
   estaba demasiado obsesionado con el hacker para lograrlo.

   Regresé tímidamente al baño. Martha me echó una mala mirada, pero
   entonces se tranquilizó y me invitó a refugiarme de nuevo bajo el agua
   caliente.

   —Lo siento, cariño —me disculpé—. Hay que aprovechar cualquier
   oportunidad para localizarle, pero no ha mantenido la línea abierta el
   tiempo necesario.

   —¡Fantástico! —exclamó Martha—. El tiempo suficiente para obligarte a
   salir de la ducha, pero no para averiguar dónde se encuentra. Tal vez
   sabe que le observas y procura frustrarte deliberadamente. De algún
   modo sabe por telepatía cuándo estás en la ducha, o en cama,

   —Lo siento, cariño —dije, con absoluta sinceridad.

   —Amor mío, tenemos que encontrar una solución. No podemos permitir que
   ese individuo siga trastornando nuestra vida. Y todos esos fantasmas
   trajeados con los que te relacionas, ¿qué han hecho para ayudarte?
   Nada. Tendrémos que hacernos cargo nosotros mismos.

   Tenía razón. Había pasado horas al teléfono con el FBI, la CIA, la NSA,
   la OSI y el DOE; sin incluir a otros como el BKA, que también estaban
   al corriente del problema, pero nadie tomaba la iniciativa.

   —Sin embargo ¿qué podemos hacer sin la ayuda del gobierno? —pregunté—.
   Necesitamos órdenes judiciales y cosas por el estilo. Se requiere un
   permiso oficial para intervenir teléfonos.

   —Sí, pero no necesitamos el permiso de nadie para introducir material
   en nuestro ordenador.

   —¿Y bien?

   Bajo el chorro de agua caliente, Martha volvió la cabeza y me miró de
   soslayo.

   —Boris, cariño, tengo un plan... —dijo Martha, mientras me esculpía una
   barbilla y un bigote con espuma en el rostro.

   —¿Sí, Natasha?

   —Ha llegado el momento de poner el plan secreto 35B en acción.

   —¡Genial, Natasha! ¡Funcionará a la perfección! A propósito,
   querida..., ¿qué es el plan secreto 35B?

   —La operación ducha.

   —¿Ah, sí?

   —Bien, verás: el espía de Hannover busca información secreta, ¿no es
   cierto? —dijo Martha—. Pues le ofrecemos lo que desea, secretos
   militares especiales para espías, montones y montones de secretos.

   —Dime, querida Natasha: esos secretos ¿de dónde los sacamos? Nosotros
   no conocemos ningún secreto militar.

   —¡Los inventamos, Boris!

   ¡Caracoles! A Martha se le había ocurrido la solución perfecta a
   nuestro problema: ofrecer a ese individuo lo que andaba buscando. Crear
   una serie de archivos de información ficticia, adornados con documentos
   secretos falsos. Dejarlos descuidadamente en mi ordenador. El hacker se
   tropezaría con ellas y pasaría un par de horas lamiendo el plato,
   copiando toda la información.

   Muy elegante.

   ¿Cuánta información haría falta? Mientras le enjuagaba el pelo a
   Martha, eché el cálculo. Queríamos que conectara durante un par de
   horas y sabíamos que lo hacía por una línea de 1200 baudios, que
   correspondía a unos ciento veinte caracteres por segundo. En dos horas
   podía leer aproximadamente ciento cincuenta mil palabras.

   —¡Oh, Natasha, mi encantadora agente del contraespionaje! Sólo hay un
   pequeño problema: ¿de dónde sacamos quinientas páginas de secretos
   imaginarios?

   —Muy sencillo, querido: ¡los inventamos! En cuanto a la información
   general, utilizamos la ya existente.

   Cuando se acabó el agua caliente, salimos de la ducha.

   —No podemos inventar tanta información de un día para otro —siguió
   diciendo Martha—. Pero podemos crearla sobre la marcha, conservando
   siempre la ventaja sobre el hacker. Podemos utilizar documentos
   administrativos comunes, modificarlos ligeramente y darles títulos
   aparentemente secretos. Los documentos secretos auténticos,
   probablemente están llenos de aburrida jerga burocrática...

   —No tenemos más que coger un montón de esos inescrutables documentos
   del Departamento de Energía, que abarrotan los cajones de mi
   escritorio, y modificarlos para que parezcan secretos de Estado.

   —Tendremos que modificarlos con sutileza, conservando su estilo
   burocrático —prosiguió Martha—. Si utilizamos titulares como «documento
   ultra secretó de apetitoso contenido», el hacker sospechará
   inmediatamente. Deben ser lo suficientemente reservados para mantener
   su interés, sin que sea evidente que se trata de una trampa.

   Reflexioné sobre lo que Martha me había dicho y comprendí que habíamos
   de poner manos a la obra.

   —Ya lo tengo —dije—. Nos inventamos a una secretaria que trabaja para
   un grupo de gente involucrada en un proyecto secreto y dejamos que el
   hacker descubra casualmente sus archivos: montones de borradores,
   documentos repetitivos y comunicados internos.

   Claudia nos recibió en la sala, después de secar el charco de agua que
   yo había causado. Escuchó nuestro plan y agregó un nuevo giro:

   —Podrías incluir una circular en el ordenador por la cual invitas al
   hacker a escribir y pides más información. Si se traga el anzuelo,
   puede que mande su dirección.

   —¡Claro! —exclamó Martha—. ¡Por supuesto! ¡Una carta prometiendo mayor
   información!

   Nos sentamos los tres a la mesa de la cocina, con una malévola sonrisa,
   mientras comíamos tortillas y elaborábamos nuestro plan. Claudia
   explicó cómo concebía dicha circular.

   —Creo que debe parecerse al premio de una máquina tragaperras.
   Escríbanos y le mandaremos... un anillo de codificador secreto.

   —No seamos ingenuos —dije—. No será tan estúpido como para mandarnos su
   dirección.

   Al darme cuenta de que acababa de arrojar un cubo de agua fría sobre
   mis camaradas conspiradores, agregue que valía la pena intentarlo, pero
   que lo principal era ofrecerle algo que tardara un par de horas en
   roer. Entonces se me ocurrió otro problema:

   —No sabemos lo suficiente sobre material militar para confeccionar
   documentos verosímiles.

   —No tienen por qué ser verosímiles —sonrió diabólicamente Martha—. Los
   documentos militares auténticos tampoco lo son. Están llenos de jerga
   arcana y frases indescifrables. Cosas como «el procedimiento para
   complementar el proceso de complementación prioritaria se describe a
   continuación en la sección dos, cláusula tercera, del plan del
   procedimiento de complementación». ¿No es cierto, Boris?

   Martha y yo subimos al laboratorio en nuestras respectivas bicis, y
   conectamos con el ordenador del LBL, donde recopilamos un montón de
   auténticos documentos y circulares gubernamentales, repletos de
   términos burocráticos mucho más altisonantes que los que habríamos
   podido inventar, modificándolos ligeramente para que parecieran
   «confidenciales».

   Nuestros documentos describirían un nuevo proyecto de la Guerra de las
   Galaxias. Cuando alguien ajeno al laboratorio los leyera, creería que
   el Lawrence Berkeley Laboratory había conseguido un enorme contrato
   gubernamental para dirigir una nueva red informática, la red de la
   Iniciativa de Defensa Estratégica: SDI Network.

   Esa red imaginaria conectaría entre sí docenas de ordenadores
   confidenciales y llegaría a bases militares en el mundo entero. En
   nuestros archivos aparecían tenientes y coroneles, científicos e
   ingenieros. De vez en cuando se insinuaban reuniones e informes
   confidenciales.

   E inventamos a Barbara Sherwin, una amable y ajetreada secretaria, que
   se esforzaba por descifrar su nuevo procesador de textos y controlar el
   sinfín de documentos, generados por el departamento que acabábamos de
   inventar: «Strategic Defense Initiative Network.» El nombre de nuestra
   ficticia secretaria se inspiraba en el de una astrónoma, Barbara
   Schaefer, y utilizamos su auténtica dirección. Pedí a la astrónoma que
   vigilara si llegaba algo dirigido a Barbara Sherwin.

   Nuestra falsa documentación incluía solicitudes de presupuestos
   (cincuenta millones de dólares para comunicaciones), pedidos y
   descripciones técnicas de la red. En su mayor parte, eran copias de
   documentos archivados en el ordenador, con cambios de dirección y
   alguna que otra palabra.

   Para confeccionar una lista de participantes utilicé el archivo de
   suscriptores de la revista del laboratorio, cambiando «señor» por
   «teniente», «señora» por «capitán», «doctor» por «coronel» y «profesor»
   por «general». Y en cuanto a las direcciones, me limité a introducir
   algún que otro «Base aérea» y «Pentágono». Al cabo de media hora, mi
   improvisada lista parecía un verdadero archivo de altos cargos
   militares.

   Sin embargo, algunos documentos eran también pura invención, como
   ciertas cartas entre directores y administrativos, un compendio
   descriptivo de las prestaciones técnicas de la red, y una circular
   invitando al destinatario a obtener más información sobre la red SDI,
   que podía solicitar por escrito al departamento de elaboración del
   proyecto.

   —Titulemos la cuenta «Strategic Information Network Group» —dije—. Las
   siglas, STING, son fantásticas.

   —No, puede que se lo huela —objetó Martha—. Utilicemos SDINET. Parece
   más oficial y estoy segura de que le llamará la atención.

   Colocamos todos los archivos en una cuenta titulada SDINET y me aseguré
   de ser el único que conocía la clave. A continuación modifiqué todos
   los archivos para que sólo fueran accesibles al dueño de la cuenta; es
   decir, yo.

   Los grandes ordenadores permiten que se crear archivos que todo el
   mundo pueda leer; es decir, abiertos a todo aquel que conecte con el
   sistema. Es lo mismo que dejar un fichero abierto para que cualquiera
   lea su contenido. un archivo con los resultados del campeonato de
   baloncesto de la empresa se clasificaría probablemente como legible
   para todo el mundo.

   Con una sola orden, se puede convertir un archivo en sólo accesible a
   ciertas personas, por ejemplo colaboradores. Los últimos informes de
   ventas, o ciertos nuevos diseños, necesitan ser compartidos por varias
   personas, pero no es deseable que estén al alcance de cualquiera.

   O, por otra parte, un archivo informático puede ser totalmente privado.
   Nadie, a excepción de su dueño, puede leerlo. Es como cerrar con llave
   el cajón del escritorio. O sea, casi, ya que el usuario root puede
   eludir todas las protecciones y leer cualquier archivo.

   Al limitar el acceso a nuestros archivos SDI a su propietario, me
   aseguraba de que nadie las encontrara. Puesto que, además de su
   propietario, yo era el usuario root, nadie más las vería.

   A excepción, quizá, del hacker haciéndose pasar por administrador del
   sistema. Tardaría un par de minutos en incubar su huevo de cuco, pero
   entonces podría leer todos los archivos del sistema, incluidos los
   ficticios que nosotros habíamos introducido.

   Si se acercaba a las mismas, yo lo sabría inmediatamente. Mis monitores
   grababan todos sus movimientos. De todos modos, para mayor seguridad,
   instalé una alarma conectada a los archivos SDI. Si alguien los miraba,
   o simplemente le ordenaba al ordenador que lo hiciera, yo lo
   descubriría en aquel mismo instante.

   El anzuelo estaba puesto. Si el hacker lo mordía, tardaría dos horas en
   tragárselo. Tiempo suficiente para que los alemanes le localizaran.

   Ahora le tocaba mover al hacker.

  41

   Otra vez había metido la pata. La operación ducha estaba efectivamente
   lista y puede que incluso funcionara, pero había olvidado un detalle
   importante.

   No le había pedido permiso a nadie.

   Normalmente, esto no supondría ningún problema, ya que de todos modos a
   nadie solía importarle lo que yo hacía. Pero mientras pedaleaba por la
   cuesta del laboratorio, me di cuenta de que todas las organizaciones
   con las que había estado en contacto querrían estar al corriente de
   nuestros archivos SDI ficticios. Por supuesto, cada agencia tendría una
   opinión distinta, pero los molestaría que actuara sin comunicárselo.

   Sin embargo ¿qué ocurriría si les pedía permiso? No quería pensar en
   ello. Quien más me preocupaba era mi jefe. Si contaba con el apoyo de
   Roy, las agencias de tres siglas no podrían meterse conmigo.

   El 7 de enero fui directamente a su despacho y, durante un rato,
   hablamos de electrodinámica relativa, que en gran parte para mí
   significaba observar al viejo profesor en la pizarra.
   Independientemente de la opinión que le merezcan a uno los ariscos
   catedráticos universitarios, no hay mejor forma de aprender que
   escuchar a alguien que ha estudiado a fondo el tema.

   —Jefe, estoy intentando librarme de ese hacker.

   —¿Te está presionando otra vez la CIA?

   Confío en que se tratara de una broma.

   —No, pero los alemanes sólo controlarán las líneas telefónicas una
   semana más. Después del próximo fin de semana, nosotros también podemos
   darnos por vencidos.

   —Me alegro. Ha durado ya demasiado.

   —El caso es que se me ha ocurrido introducir datos ficticios en nuestro
   ordenador como cepo para capturar al hacker.

   —Parece una buena idea. Aunque, evidentemente, no funcionará.

   —¿Por qué no?

   —Porque el hacker es demasiado paranoico. Pero inténtalo de todos
   modos, será un buen ejercicio.

   ¡Magnífico! La aprobación de mi jefe me inmunizaba ante el resto del
   mundo. No obstante debía comunicar también nuestros planes a los
   individuos de las agencias de tres siglas. A dicho fin escribí una
   breve propuesta, redactada como un proyecto científico:

   Propuesta para determinar la dirección del hacker.

   Problema:

   Un persistente hacker ha invadido los ordenadores del LBL. Puesto que
   conecta desde Europa, se precisa una hora para localizar las líneas
   telefónicas. Nuestro objetivo es el de descubrir su localización
   exacta.

   Observaciones:

   1. Es persistente;

   2. Manipula confiadamente nuestros ordenadores, inconsciente de que le
   observamos;

   3. Busca palabras como «sdi», «stealth» y «nuclear»;

   4. Es un programador competente y tiene experiencia en la infiltración
   de redes.

   Solución sugerida:

   Ofrecerle información ficticia para mantenerle conectado durante más de
   una hora. Completar la localización telefónica en dicho período.

   Mi propuesta continuaba con la historia, metodología, detalles del
   proyecto y notas a pie de página sobre las probabilidades de llegar a
   capturar al hacker. Tan engorroso como supe.

   Mandé el documento a las agencias habituales de tres siglas —el FBI, la
   CIA, la NSA y el DOE— con una nota en la que decía que, si nadie tenía
   objeción alguna, complementaría el plan la semana próxima.

   Al cabo de unos días los llamé sucesivamente por teléfono. Mike
   Gibbons, del FBI, comprendió lo que me proponía, pero no quiso
   comprometer su agencia en un sentido ni en otro.

   —¿Qué dice la CIA al respecto?

   En la CIA, Teejay había leído también mi propuesta, pero su actitud fue
   igualmente ambigua:

   —¿Qué opinan los de la entidad «F»?

   —Mike me ha sugerido que te llame.

   —Muy oportuno. ¿Has llamado a la entidad del norte?

   ¿La entidad del norte? ¿Había algo más al norte de la CIA?

   —Oye, Teejay: ¿qué es la entidad del norte?

   —Lo sabes perfectamente, el gran Fort M.

   Claro, Fort Meade, en Maryland, la NSA.

   Efectivamente, había llamado a Fort Meade y Zeke Hanson, del centro
   nacional de seguridad informática de la NSA, había leído también mi
   propuesta. Parecía que le gustaba, pero no quería tener nada que ver
   con el asunto.

   —No puedo decirte en modo alguno que sigas adelante —dijo Zeke—.
   Personalmente me encantaría ver lo que ocurre. Pero si te metes en
   algún lío, no cuentes para nada con nosotros.

   —No busco a nadie que se responsabilice, sólo me pregunto si es una
   mala idea.

   Es curioso, pero eso era exactamente lo que me proponía. Antes de
   empezar a experimentar conviene oír la opinión de los expertos.

   —A mí me parece bien. Pero deberías consultárselo al FBI.

   Así se cerraba el círculo: todo el mundo señalaba a otro.

   Llamé también al Departamento de Energía, a la OSI de las fuerzas
   aéreas y al individuo de la Defense Intelligence Agency. Evidentemente
   nadie quiso responsabilizarse, pero tampoco se opusieron a la idea. Era
   cuanto necesitaba.

   El miércoles era demasiado tarde para que alguien objetara. Estaba
   comprometido con la idea de Martha y dispuesto a prestarle todo mi
   apoyo.

   Aquella misma tarde el hacker hizo acto de presencia.

   Me habían invitado a almorzar en el Café Pastoral de Berkeley con
   Dianne Johnson, representante del Departamento de Energía, y Dave
   Stevens, genio matemático de su centro de informática, con los que
   hablaba de nuestros planes y del progreso realizado, mientras
   compartíamos unos excelentes fettucini.

   A las 12:53, cuando saboreaba un buen cappuccino, sonó la alarma de mi
   localizador. El código me indicó que el hacker había conectado como
   Sventek con nuestro Unix-4. Sin decir palabra me dirigí apresuradamente
   al teléfono público y llamé, a Steve White a Tymnet —dos dólares y
   cuarto el paso—, que comenzó inmediatamente a localizar la llamada. La
   conexión del hacker duró sólo tres minutos, apenas suficiente para
   saber quién había conectado. Regresé a la mesa antes de que se enfriara
   el café.

   El incidente me estropeó el resto de la velada. ¿Por qué su conexión
   había durado sólo tres minutos? ¿Presentía que se le tendía una trampa?
   Sólo lo sabría cuando viera las copias de la sesión en el laboratorio.

   Mis monitores habían registrado su conexión como Sventek, su listado de
   todos los nombres de quienes utilizaban el sistema en aquellos momentos
   y, a continuación, su desconexión. ¡Maldita sea! No había husmeado lo
   suficiente para descubrir nuestros archivos ficticios.

   Puede que nuestro cepo estuviera demasiado oculto. Puesto que el
   técnico alemán sólo vigilaría las líneas otro par de días, convenía
   hacerlo más evidente.

   De ahora en adelante permanecería conectado a mi ordenador. Me haría
   pasar por la encantadora Barbara Sherwin utilizando la cuenta SDINET.
   La próxima vez que el hacker levantara su periscopio vería SDINET en
   operación, intentando editar algún archivo. Si esto no le llamaba la
   atención, nada lo lograría.

   Naturalmente, al día siguiente, jueves, no hizo acto de presencia.
   Tampoco se le vio el pelo el viernes por la mañana. Estaba a punto de
   darme por vencido cuando, a las 05:14 de la tarde del 16 de enero, sonó
   la alarma de mi localizador. Ahí estaba el hacker.

   Yo, por mi parte, estaba trabajando en la cuenta SDINET, manipulando un
   programa de procesamiento de textos. Su primera orden, «who»^9, le
   facilitó una lista de diez personas, con mi seudónimo en séptimo lugar:

   who

   Astro

   Cárter

   Fermi

   Meyers

   Microprobe

   Oppy5

   Sdinet

   Sventek

   Tumchek

   Tompkins

   Aquí está el anzuelo. ¡Ánimo, muchacho!

   Ibl> grep sdinet /etc/passwd busca al usuario "SDINET"
                                en nuestro archivo de claves
   Sd1n8t:sx4sd34xs2:usuario sdinet, archivos en /u4/sdinet,propietario
   proyecto red sdi

   ¡Magnífico! ¡Acababa de tragarse el anzuelo! ¡Buscaba información sobre
   el usuario de SDINET! Sabía lo que haría a continuación: consultaría el
   directorio de SDINET.

   Ibl> cd /u4/sdinet se dirige al directorio de SDINET
   lbl> ls e intenta conseguir los nombres de sus archivos
   Infracción protección archivo
   -- no es usted propietario ¡pero no lo logra!

   Evidentemente no tiene acceso a la información de SDINET porque he
   aislado sus archivos de todos los demás usuarios. Pero el hacker sabe
   cómo forzar la cerradura. Basta con depositar un pequeño huevo,
   utilizando el programa Gnu-Emacs, para convertirse en superusuario.

   Ningún archivo está fuera del alcance del usuario root, y mi huésped
   sabe exactamente cómo usurpar dichos privilegios. ¿Agarraría la bola
   del interior de la botella, como en el experimento del simio?

   Ahí va. Ahora comprueba que no se haya modificado el programa
   Gnu-Emacs, de transferencia de correspondencia. Crea su propio programa
   atrun falso. Como en los viejos tiempos. En un par de minutos se habrá
   convertido en administrador del sistema.

   Sólo que en esta ocasión estoy hablando por teléfono con Steve White.

   —Steve, llama a Alemania. El hacker está en activo y será una sesión
   larga.

   —Muy bien, Cliff. Te devuelvo la llamada en diez minutos.

   Ahora era cosa de los alemanes. ¿Serían capaces de extraer la ciruela
   de la tarta? Veamos: eran las cinco y cuarto de la tarde en Berkeley y,
   por consiguiente, las dos y cuarto de la madrugada en Alemania. ¿O era
   la una y cuarto? En todo caso, claramente no eran horas de oficina.
   ¡Ojalá los técnicos de Hannover estuvieran hoy de servicio por la
   noche!

   Entretanto el hacker no pierde tiempo. En cinco minutos había elaborado
   un programa especial para convertirse en superusuario. Manipula la cola
   del Gnu-Emacs para introducir su programa en la zona reservada del
   sistema. De un momento a otro el Unix descubrirá dicho programa, y...
   ahí va, se ha convertido en superusuario.

   Entonces acude directamente a los archivos prohibidos de SDINET. (Yo
   permanezco pegado a mi monitor, pensando: «¡Adelante, muchacho, verás
   lo que te espera!») Naturalmente, lo primero que pide es una lista de
   títulos:

   ldl> ls

   Conexiones

   Circular

   Finanzas

   Correspondencia-Direcciones

   Pentágono-Solicitud

   Compras-Pedidos

   Circular a Gordon

   Rhodes-Cartas

   SDI-ordenadores

   SDI-Red-Propuesta

   Usuarios-Lista

   Red mundial

   Visitantes-información

   Muchos de dichos nombres no correspondían a simples archivos, sino a
   directorios completos con sus correspondientes ficheros.

   ¿Cuál consultaría en primer lugar? Muy sencillo: todos.

   Durante los próximos cuarenta y cinco minutos repasó archivo por
   archivo, leyendo toda la basura que Martha y yo habíamos elaborado;
   material engorroso y aburrido, con algún toque ocasional de información
   técnica. Por ejemplo:

   Querido comandante Rhodes:

   Agradecemos sus observaciones relacionadas con el acceso a SDINET. Como
   usted sabe, se precisa un identificador de usuario de la red (NUI) para
   acceder tanto el SDINET confidencial como al no confidencial. A pesar
   de que dichos NUIs se distribuyen desde diversas localidades, es
   importante que los usuarios que utilicen ambas secciones conserven el
   mismo NUI.

   Por ello, su comandancia debe ponerse directamente en contacto con los
   responsables de la red. En nuestro laboratorio de Berkeley podemos
   modificar fácilmente su NUI, pero consideramos preferible que se lo
   solicite debidamente.

   Atentamente,

   Barbara Sherwin

   En esta carta se suelta una pista, que es la de poder llegar a SDINET
   desde el Lawrence Berkeley Laboratory. Apostaría cualquier cosa a que
   el hacker pasaría una hora o dos en busca del camino que conduce al
   mítico SDINET.

   ¿Le parecería convincente la información que le había preparado? La
   única forma de saberlo consistía en observar su conducta; un incrédulo
   no iría en busca del santo Grial.

   Los archivos le convirtieron en creyente. Interrumpió el listado para
   buscar la conexión a la red SDI; desde mi monitor observé cómo
   investigaba pacientemente todas nuestras conexiones con el mundo
   exterior. Aunque al no conocer a fondo nuestro sistema, su búsqueda no
   pudo ser exhaustiva, pasó diez minutos en busca de alguna línea
   titulada «SDI».

   Anzuelo, sedal y plomada.

   A continuación volvió de nuevo a los ficticios archivos SDINET e
   imprimió la titulada «circular»;

   SDI Network Project
   Lawrence Berkeley Lab
   Mail Stop 50-351
   1 Cyclotron Road
   Berkeley, CA 94720

   nombre nombre
   dirección dirección
   ciudad ciudad, estado estado, código código

   Muy señor nuestro:

   Agradecemos su interés por SDINET y nos complace atender su solicitud
   de información sobre la red. Los siguientes documentos están a su
   disposición en esta oficina y agradeceremos nos indique cuáles desea
   que le remitamos:

   #37.6 SDINET Descripción Global
   19 páginas, revisado setiembre de 1986
   #41.7 Iniciativa de Defensa Estratégica y las Redes Informáticas planes
   y complementación (actas)
   287 páginas, revisado setiembre de 1986
   #45.2 Iniciativa de Defensa Estratégica y las Redes Informáticas planes
   y complementación (actas)
   300 páginas, junio de 1986
   #47.3 SDINET Requisitos Conexión
   65 páginas, revisado abril de 1986
   #48.8 Cómo conectar con SDINET
   25 páginas, julio de 1986
   #49.1 X25 y X75 conexiones a SDINET
   (incluye nodos para Japón, Europa y Hawái)
   8 páginas, diciembre de 1986
   #55.2 SDINET planes operacionales para 1986 a 1988
   47 páginas, noviembre de 1986
   #62.7 SDINET, lista de miembros no confidencial
   (incluidas las principales conexiones a Milnet)
   24 páginas, noviembre de 1986
   #65.3 SDINET, lista de miembros confidencial
   9 páginas, noviembre de 1986
   #69.1 Avances en SDINET y Sdi Disnet
   28 páginas, octubre de 1986
   NUI Formulario de solicitud
   Esta oficina puede facilitarle dicho formulario, pero deberá devolverlo
   al Centro de Control de la Red

   Existen también otros documentos. Solicítelo si desea que le incluyamos
   en nuestra lista y le mantendremos informado.

   Debido a la extensión de los documentos, nos vemos obligados a utilizar
   el servicio de correos.

   Dirija su solicitud a la señora Barbara Sherwin, a la dirección del
   encabezamiento.

   La próxima revisión de SDINET de alto nivel está prevista para el 20
   febrero de 1987. Por consiguiente, el plazo para la recepción de
   solicitudes en nuestra oficina se cerrará el 11 febrero de 1987. Toda
   solicitud recibida después de dicha fecha podrá demorarse.

   Atentamente,
   Sra. Barbara Sherwin
   Secretaría administrativa
   Proyecto SDINET

   Me preguntaba cómo reaccionaría ante dicha carta. ¿Nos mandaría su
   dirección?

   Poco importaba. Steve White llamó desde Tymnet.

   —He localizado tu conexión en la Universidad de Bremen.

   —Como de costumbre, ¿no es cierto?

   —Así es. Supongo que han comenzado de nuevo las clases —dijo Steve—. En
   todo caso, el Bundespost ha localizado la línea de Datex desde Bremen a
   Hannover.

   —Bien. Parece que el hacker está en Hannover.

   —Eso es lo que dice el Bundespost. Han seguido la línea hasta unas
   terminales de entrada situadas cerca del centro de Hannover.

   —Sigue, te escucho.

   —Ahora viene lo difícil. Alguien ha llamado por teléfono a la central
   de Datex, en Hannover. No cabe duda de que procede de la misma ciudad,
   no se trata de una llamada a larga distancia.

   —¿Conoce el Bundespost el número de teléfono?

   —Casi. En la última media hora, el técnico ha investigado la línea y
   sabe que está entre cincuenta números posibles.

   —¿Qué les impide averiguar el número exacto?

   —Wolfgang no me lo ha especificado. Parece que han reducido las
   posibilidades a un grupo de teléfonos locales y que, en la próxima
   ocasión, descubrirán el número exacto. Por la forma de hablar de
   Wolfgang, parecen impacientes por resolver el caso.

   ¿De modo que uno entre cincuenta? El Bundespost estaba casi en la meta.
   La próxima vez le descubrirían.

   Viernes, 16 de enero de 1987. El cuco puso su huevo en el nido
   equivocado.

  42

   El seguimiento llegó casi hasta el hacker. Si aparecía una vez más, le
   descubriríamos.

   Pero el límite era el día siguiente por la noche, sábado, cuando los
   técnicos alemanes retirarían el servicio de vigilancia. ¿Haría acto de
   presencia antes de entonces?

   —Martha, sé que te disgusta, pero debo quedarme a dormir una vez más en
   el laboratorio. Sin embargo puede que esto ya sea el fin de la
   persecución.

   —Ésta es la enésima vez que dices lo mismo.

   Probablemente lo era. La persecución había sido una sucesión constante
   de «ya casi lo tengo», seguido de «está en otro lugar». Pero en esta
   ocasión, la sensación era distinta. A juzgar por sus mensajes, los
   alemanes parecían seguros de sí mismos; seguían la pista correcta.

   El hacker no había leído todavía todos nuestros archivos ficticios. En
   los cuarenta y cinco minutos de conexión con nuestro sistema había
   impreso aproximadamente la tercera parte de la información. ¿Por qué no
   examinaba el resto, conociendo su existencia?

   Esto hacía suponer que no tardaría en volver. De modo que, una vez más,
   me acurruqué bajo mi escritorio y me quedé dormido, al son lejano de
   las unidades de discos informáticos.

   Por primera vez desperté sin que el molesto pitido de mi localizador
   sonara en mi oído. Abrí los ojos bajo mi escritorio, solo en aquella
   oficina desierta, en la tranquilidad de un sábado por la mañana. Por lo
   menos lo había intentado. Era lamentable que el hacker no hubiera hecho
   acto de presencia.

   Puesto que estaba solo, empecé a jugar con un programa de astronomía,
   intentando comprender como los errores en el pulimento de espejos
   afectan las imágenes del telescopio. Había logrado, más o menos, que el
   programa funcionara, cuando, a las 8.08 de la mañana, sonó la alarma de
   mi localizador.

   Eché una carrera por el pasillo para ver la pantalla del monitor. Allí
   estaba el hacker conectando al ordenador Unix-5, con uno de sus
   antiguos nombres: Mark. No había tiempo para observar lo que hacía: era
   preciso divulgar rápidamente la noticia. Tenía que llamar a Tymnet,
   para que se pusieran en contacto con el Bundespost.

   —Hola, Steve.

   —Ha reaparecido el hacker, ¿no es cierto?

   Steve debió de percibirlo en el tono de mi voz.

   —Efectivamente. ¿Puedes empezar a localizarle?

   —Ahí va —se limitó a responder—. Hoy la llamada procede de Bremen
   —agregó, cuando todavía no había transcurrido un minuto.

   —Igual que ayer —comenté.

   —Voy a hablar con Wolfgang, del Bundespost.

   Steve colgó y yo observé al hacker en la pantalla. Cada minuto que
   pasaba en nuestro sistema estábamos más cerca de desenmascararle.

   Allí estaba, leyendo meticulosamente nuestros archivos ficticios. Con
   cada documento que leía, crecía mi satisfacción, convencido de que caía
   por partida doble en nuestra trampa: por una parte, la información era
   evidentemente falsa y, por otra, con cada una de sus arrogantes
   zancadas por nuestro ordenador, se dirigía ineludiblemente a nuestras
   manos.

   A las 08:40 abandonó el ordenador. Steve White llamó al cabo de unos
   segundos.

   —Los alemanes le han localizado de nuevo a través de la Universidad de
   Bremen —dijo— y de allí a Hannover.

   —¿Han averiguado su número de teléfono?

   —Wolfgang dice que tiene todos los dígitos, a excepción de los dos
   últimos.

   ¿Todos menos los dos últimos dígitos? Esto no tenía sentido;
   significaba que se encontraba entre cien números posibles.

   —Pero esto es peor que ayer, cuando dijeron que lo habían reducido a un
   grupo de cincuenta teléfonos.

   —Me limito a transmitirte lo que me dicen.

   Preocupante. Pero, por lo menos, localizaban las líneas.

   A las 10.17 apareció de nuevo. Para entonces Martha había venido al
   laboratorio en bicicleta y estábamos ambos enfrascados en la confección
   de nuevos archivos SDI para su consumo. Fuimos corriendo a los
   monitores para observarle, a la espera de que descubriera nuestras
   últimas aportaciones.

   Pero en esta ocasión no se interesó por los archivos SDI.

   En su lugar pasó directamente a Milnet, para intentar infiltrarse en
   ordenadores militares. En uno tras otro intentaba vencer sus
   protecciones, adivinando la contraseña.

   Se concentró en los ordenadores de las fuerzas aéreas y del ejército,
   llamando sólo de vez en cuando a las puertas de alguno de la armada.
   Probaba lugares de los que nunca había oído hablar, como el laboratorio
   bélico de las fuerzas aéreas, el cuartel general Descom, el CC OIS de
   las fuerzas aéreas, o el CCA-amc. Cincuenta intentos fallidos.

   A continuación llegó por Milnet a un ordenador llamado Buckner, en el
   que entró inmediatamente, sin tener que usar siquiera contraseña alguna
   en la cuenta «guest».

   Martha y yo intercambiamos una mirada antes de concentrarnos de nuevo
   en la pantalla. Acababa de infiltrarse en el centro de comunicaciones
   del ejército, en la sala 121, del edificio 23, de Fort Buckner. Así
   constaba en el mensaje de bienvenida del ordenador. Pero ¿dónde estaba
   Fort Buckner?

   Lo único evidente era que su calendario estaba equivocado. Decía que
   hoy era domingo, pero yo sabía que era sábado. Martha quedó al cargo de
   los monitores, mientras yo corría a la biblioteca para coger el ya
   familiar atlas.

   Repasando el índice, encontré Fort Buckner.

   —Martha, no te lo vas a creer, pero el hacker se ha infiltrado en un
   ordenador instalado en Japón. Aquí está Fort Buckner —dije, señalando
   una isla del Pacífico—. Está en Okinawa.

   ¡Vaya conexión! Desde Hannover, en Alemania, el hacker había conectado
   con la Universidad de Bremen, mediante el cable transatlántico hasta
   Tymnet, entonces con mi ordenador de Berkeley y finalmente, pasando por
   Milnet, había llegado a Okinawa. ¡Diablos!

   En el supuesto de que alguien le detectara en Okinawa, tendría que
   desenmarañar un espantoso laberinto.

   No satisfecho con la complejidad de la conexión, lo que quería era
   introducirse en la base de datos de Fort Buckner. Durante media hora
   exploró el sistema, pero lo halló sorprendentemente yermo; algunas
   cartas desparramadas y una lista de setenta y cinco usuarios. Fort
   Buckner debía de ser un lugar muy confiado, ya que nadie utilizaba
   contraseñas en sus cuentas.

   No encontró gran cosa en dicho sistema, a excepción de algunos mensajes
   electrónicos referentes a suministros que debían llegar de Hawái. A un
   coleccionista de siglas le encantaría el ordenador de Fort Buckner,
   pero cualquiera en su sano juicio se aburriría soberanamente.

   —Si tanto le interesa la jerga militarista —comentó Martha—, ¿por qué
   no ingresa en el ejército?

   El caso es que el hacker no se aburría. Hizo un listado de todos los
   archivos que encontró, excluyendo sólo programas y utilidades. Por fin
   se cansó poco después de las once y desconectó.

   Mientras daba la vuelta al mundo por la red de conexiones, el
   Bundespost alemán le había localizado.

   Llamó el teléfono. Sólo podía tratarse de Steve White.

   —Hola, Cliff —dijo Steve—. La localización ha terminado.

   —¿Han descubierto los alemanes al individuo?

   —Saben su número de teléfono.

   —Bien, ¿de quién se trata? —pregunté.

   —No pueden revelarlo en este momento, pero debes comunicárselo al FBI.

   —Dime sólo si se trata de un ordenador o de una persona.

   —De una persona con un ordenador en su casa. O mejor dicho, en su
   despacho.

   Martha oyó la conversación y se puso a silbar esa canción del Mago de
   Oz: "Ding, dong, ha muerto la bruja..."

   Por fin se le había localizado. Ahora le detendría la policía, nosotros
   presentaríamos cargos contra él y acabaría en la celda de una cárcel. O
   eso creía yo.

   Pero lo más importante era que mi investigación había concluido.

   —¿A qué se debe que mis cuentas no cuadren por setenta y cinco
   centavos? —me había preguntado hacía cinco meses.

   Aquella pregunta me había conducido de un extremo al otro del país,
   bajo el océano, a través de fabricantes de material de defensa y
   universidades, hasta Hannover, Alemania.

   Martha y yo nos fuimos a casa en bicicleta, parando sólo para comprar
   medio litro de nata. Cogimos las últimas fresas de nuestro jardín y
   festejamos la ocasión con batidos de leche caseros. ¡Qué duda cabe de
   que los mejores son siempre los que prepara uno mismo! Se mezcla un
   poco de helado con un par de plátanos, una taza de leche, un par de
   huevos, dos cucharadas de vainilla y un puñado de fresas frescas del
   jardín. Espesar con suficiente malta. Eso sí que es un batido de leche.

   Claudia, Martha y yo estuvimos un rato bailando en el patio; nuestros
   planes habían funcionado a la perfección.

   —En un par de días le detendrá la policía y sabremos lo que se proponía
   —les dije—. Ahora que alguien sabe de quién se trata, pronto estará
   resuelto.

   —Saldrá tu nombre en los periódicos —exclamó maravillada Claudia—.
   ¿Todavía nos dirigirás la palabra?

   —Desde luego, incluso seguiré lavando platos.

   Martha y yo pasamos el resto del día en el parque de Golden Gate, de
   San Francisco, montando en el tiovivo y patinando.

   Después de tantos meses se había resuelto el problema. Habíamos
   capturado al cuco con una red.

  43

   Contemplaba con melancolía las persianas rotas y grasientas; una
   colilla colgaba de sus húmedos labios. El verde resplandor enfermizo de
   la pantalla iluminaba su agobiado y cansado rostro. Silencioso, tenaz,
   invadía el ordenador.

   A 10.000 kilómetros ella le abría sus anhelantes brazos. Sentía su
   aliento en la mejilla, mientras sus delicados dedos le acariciaban el
   cabello largo y castaño. Su camisón se abrió seductoramente, mientras
   él acariciaba las ondulaciones de su cuerpo a través de la fina seda.

   —Amor mío, no me abandones... —susurró ella.

   De pronto se rompió el embeleso de la noche; otra vez aquel sonido.
   Paralizado, contempló el tormento de la noche. Una luz roja suplicaba
   al otro extremo de la negra estancia. La alarma de su localizador
   entonaba su fascinante canto.

   A las seis y media de la madrugada del domingo Martha y yo estábamos
   soñando, cuando el hacker penetró en mi trampa electrónica. ¡Maldita
   sea! Y con lo maravilloso que era el sueño.

   Salí de debajo de los edredones y llamé a Steve White. Se lo comunicó
   al Bundespost y, a los cinco minutos, la localización había concluido.
   De nuevo Hannover, el mismo personaje.

   Desde mi casa no podía observarle, se habría percatado de mi presencia.
   Pero si ayer había acabado de leer todos nuestros archivos ficticios
   SDI, ¿qué podía querer ahora?

   Hasta que llegué en mi bicicleta al laboratorio no me enteré de sus
   objetivos. Las copias mostraban que había conectado con mi ordenador de
   Berkeley, a continuación había pasado a Milnet y entonces intentó
   conectar con un sistema en la base de las fuerzas aéreas en Eglin.

   Probó palabras como «guest», «system», «director» y «field»..., todos
   sus viejos trucos. Pero el ordenador de Eglin, que no se andaba con
   menudeces, le expulsó al cuarto intento. Entonces volvió al ordenador
   de control europeo de Milnet y lo intentó de nuevo, pero en vano.

   Al cabo de sesenta ordenadores, no había podido infiltrarse todavía en
   ningún sistema militar. Pero no dejaba de intentarlo.

   A la 01:39 de la tarde logró conectar con el centro de sistemas de
   vigilancia costera de la armada, en la ciudad de Panamá, Florida.
   Consiguió introducirse con el nombre de cuenta «ingres», acompañado de
   la contraseña «ingres».

   El software de base de datos ingres nos permite inspeccionar millares
   de archivos, en busca del dato que necesitemos. Se le pueden formular
   preguntas como «¿Cuáles son los quasars que emiten rayos X?» o «¿De
   cuántos misiles Tomahawk dispone la flota atlántica?». El software de
   bases de datos es muy potente y el sistema ingres se halla entre los
   mejores.

   Pero sale de fábrica con una contraseña que permite entrar por la
   puerta trasera. En el momento de su instalación, está dotado de una
   cuenta creada de antemano, con una contraseña fácil de adivinar. Mi
   hacker la conocía, pero no el centro de sistemas de vigilancia costera
   de la armada.

   Una vez conectado, comprobó meticulosamente que nadie le observara.
   Hizo un listado de los archivos de estructuras y buscó enlaces con
   redes adyacentes. A continuación imprimió la totalidad del archivo de
   contraseñas codificadas.

   Allí va otra vez. Ésta era la tercera o cuarta ocasión en que le veía
   copiar la totalidad de un archivo de contraseñas.

   Era muy extraño: las contraseñas están protegidas por un sistema de
   codificación gracias al cual es imposible descubrir la contraseña
   original. No obstante ¿qué otra utilidad podía tener para él el archivo
   de contraseñas?

   Después de una hora en el ordenador de la armada, se cansó y regresó a
   Milnet, para llamar de puerta en puerta. Eso también acabó por
   fastidiarle; después de encontrarse un centenar de veces con el mensaje
   «conexión inválida, contraseña no autorizada», incluso él se hartó.
   Entonces volvió a imprimir algunos archivos de SDINET, que eran
   prácticamente los mismos que ya había visto en los últimos dos días.
   Aproximadamente a las dos y media de la tarde, dio su sesión por
   concluida. Había pasado ocho horas merodeando por redes militares.

   Tiempo más que suficiente para localizar la llamada y para enterarme de
   que el Bundespost alemán se había mantenido en contacto inmediato con
   el fiscal general de Bremen, en Alemania. Se habían puesto en contacto
   con las autoridades de Hannover y estaban al habla con el BKA alemán.
   Parecía que alguien estaba a punto de cerrar el círculo y detener al
   hacker.

   ¿A quién debía llamar respecto a la infiltración en el ordenador de la
   armada?

   La semana anterior la OSI de las fuerzas aéreas me había advertido que
   no llamara directamente a los técnicos.

   —Es incompatible con las ordenanzas militares —dijo Jim Christy.

   —Comprendo, pero ¿existe algún centro donde denunciar estos problemas?
   —pregunté.

   —No, a decir verdad no lo hay —respondió Jim—. Puedes contárselo al
   centro nacional de seguridad informática, pero en realidad son como una
   trampa unidireccional. Sin duda te escucharán, pero no divulgan los
   problemas. De modo que si se trata de un ordenador militar, llámanos a
   nosotros —agregó—. Haremos llegar el mensaje a los responsables por los
   canales apropiados.

   El lunes por la mañana apareció de nuevo el hacker. Hora de llamar a
   unas cuantas puertas. Uno por uno examinó los ordenadores de Milnet,
   desde el centro de desarrollo aéreo Rome de Nueva York, hasta el centro
   naval de guerra electrónica. Probó quince lugares antes de lograr
   introducirse en el ordenador de la base aérea de Ramstein. En esta
   ocasión descubrió que la cuenta «bbncc» no estaba protegida; no
   precisaba contraseña alguna.

   El ordenador de Ramstein parecía un sistema de correspondencia
   electrónica para oficiales, y el hacker comenzó a hacer un listado
   completo de la misma. De pronto me di cuenta de que aquél no era el
   tipo de material que debiera ver.

   ¿Qué debía hacer? No podía permitirle que se apoderara de aquella
   información, pero tampoco quería excederme. Desconectarle no serviría
   de gran cosa, más que para obligarle a encontrar otro camino. Tampoco
   podía llamar a la base aérea porque no tenía ni idea de dónde se
   encontraba Ramstein. Podía llamar a la OSI de las fuerzas aéreas, pero
   debía actuar ahora, no en cinco minutos, antes de que se apoderara del
   resto de la información.

   Cogí el teléfono para llamar a Jim Christy. Evidentemente, no recordaba
   su número de teléfono. En mi bolsillo estaba el llavero. Claro, el
   viejo truco de las llaves. Bastaría con introducir un poco de ruido en
   su conexión.

   Acerqué las llaves al conector, cortocircuitando la línea del hacker,
   sólo lo suficiente para que pareciera ruido. El hacker pensaría que se
   trataba de electricidad estática en la línea. Cada vez que solicitaba
   correspondencia electrónica de Ramstein, creaba interferencia en la
   línea, de modo que el ordenador confundiera la orden.

   Después de unos cuantos intentos, abandonó la base de Ramstein y
   regresó a Milnet, para seguir llamando a otras puertas.

   Por fin logré hablar con Jim Christy, en la OSI de las fuerzas aéreas.

   —El hacker se ha infiltrado en cierto lugar llamado Base de la Fuerza
   Aérea en Ramstein. Esté donde esté, conviene que les digas que cambien
   todas sus contraseñas.

   —Ramstein está en Alemania.

   —¿Cómo? —pregunté, convencido de que la ocupación de Europa había
   concluido en los años cincuenta—. ¿Qué hace una base de las fuerzas
   aéreas estadounidenses en Alemania?

   —Protegiéndote a ti. Pero no entremos en eso. Los avisaré
   inmediatamente. Vuelve a vigilar al hacker.

   Me había perdido diez minutos de su actividad. Lenta y meticulosamente,
   intentaba introducirse en docenas de sistemas militares.

   Las direcciones de Milnet parecían estar en orden alfabético y ahora
   iba ya por las últimas letras, sobre todo "r" y "s». ¡Claro! Trabajaba
   con un índice alfabético. De algún modo había conseguido una guía de
   Milnet y tachaba uno por uno los lugares que probaba.

   Estaba a medio camino de la «s» cuando intentó introducirse en un
   ordenador denominado Seckenheim y conectó inmediatamente como «guest»,
   sin necesidad de contraseña. Comenzaba a sentirme avergonzado.

   Pero, aun habiendo logrado introducirse en el ordenador, no permaneció
   mucho tiempo en el mismo. Después de repasar durante unos minutos los
   archivos del sistema, volvió a desconectar. A saber por qué.

   No obstante creí oportuno llamar a las fuerzas aéreas.

   —¡Hola! El hacker acaba de infiltrarse en un lugar llamado Seckenheim.
   Está en Milnet y, por consiguiente, debe tratarse de un ordenador
   militar, aunque yo nunca he oído hablar de él.

   —¡Vaya serpiente! —gruñó Jim.

   —¿Cómo?

   —¡Maldita sea! Seckenheim es la comandancia material del ejército en
   Europa. Está cerca de Heidelberg. Otra vez Alemania.

   —¡Caramba, lo siento!

   —Voy a ocuparme de ello inmediatamente.

   El éxito del hacker era un problema para los polis militares. Me
   preguntaba cuántas bases tendría Estados Unidos en el extranjero. La
   tecnología estaba a mi alcance. Eran la geografía y la burocracia lo
   que me confundían.

   Después de haberse infiltrado en tres ordenadores en un solo día, el
   hacker no estaba todavía satisfecho. Seguía investigando Milnet,
   mientras yo le observaba desde la centralita. Una por una vi cómo
   probaba distintas contraseñas. A las 11:37 logró introducirse en un
   ordenador Vax llamado Stewart. Conectó sin dificultad alguna como
   «field» con la contraseña «service». No era la primera vez que lo veía.
   Otro ordenador Vax-VMS que no había modificado las contraseñas
   originales.

   El hacker entró como una flecha. La cuenta en la que había ingresado
   gozaba de privilegios, de los que se aprovechó sin perder tiempo
   alguno. Lo primero que hizo fue desactivar el sistema de logs, a fin de
   no dejar huellas. A continuación fue directamente a utilidades
   autorizadas, el software del sistema que se ocupa de las contraseñas, y
   eligió un usuario, Rita, que no había utilizado el sistema en los
   últimos meses. Modificó la cuenta de Rita para otorgarle plenos
   privilegios en el sistema, y cambió la contraseña existente por
   «Ulfmerbold».

   ¿Dónde había oído aquella palabra? Ulfmerbold. Parecía alemana.
   Pensaría en ello más adelante, pero ahora debía vigilar al hacker.

   Por fin, poco después del mediodía, desconectó de Berkeley. Había sido
   una jornada provechosa.

   El ordenador Stewart resultó que pertenecía a Fort Stewart, una base
   militar de Georgia. Llamé a Mike Gibbons, del FBI, y él se ocupó de
   comunicárselo.

   —Mike, ¿has oído alguna vez la palabra Ulfmerbold?

   —No, pero parece alemana.

   —No tiene importancia. A propósito, los alemanes han concluido la
   localización. El Bundespost conoce al autor de las llamadas.

   —¿Te han dicho de quién se trata?

   —No. Nadie me dice nada. Lo sabes perfectamente.

   —¡Qué duda cabe de que así es como operamos! —rió Mike—. Pero le diré
   al legado que se ocupe inmediatamente del caso.

   —¿Legado?

   —El agregado jurídico, ya sabes, ese individuo en Bonn que se ocupa de
   nuestros asuntos.

   —¿Cuánto tardarán en detener al pájaro?

   Sólo quería saber quién y por qué: las últimas piezas del rompecabezas.

   —No lo sé. Pero cuando ocurra, te lo comunicaré. No creo que se tarde
   mucho.

   Por casualidad, a las tres de la tarde, llamó Teejay desde la CIA.

   —¿Alguna novedad?

   —Hemos concluido la localización durante el fin de semana.

   —¿Dónde está?

   —En Hannover.

   —Mmmm. ¿Sabes cómo se llama?

   —No, todavía no.

   —¿Lo sabe la entidad «F»?

   —No lo creo. Pero llámalos y averígualo. A mí nadie me dice nada.

   Dudaba de que el FBI se lo comunicara a la CIA, pero no quería verme
   estrujado entre ambas organizaciones. Ya me resultaba bastante extraño
   hablar con ellos por separado.

   —¿Alguna pista en cuanto a su identidad?

   —No sabría decirte. ¿Has oído alguna vez la palabra Ulfmerbold?

   —Mmmm. ¿De dónde la has sacado?

   —El hacker la ha utilizado como contraseña al infiltrarse esta mañana
   en un ordenador; en Fort Stewart, Georgia.

   —No para un instante, ¿eh? —comentó Teejay con cierto temblor en la voz
   que traicionaba su aparente desinterés.

   —Así es. También se ha introducido en otro par de lugares.

   —¿Dónde?

   —Nada especial —respondí—. Sólo un par de bases militares en Alemania y
   un lugar llamado Fort Buckner.

   — ¡Hijo de puta!

   —¿Los conoces?

   —Por supuesto. Antes trabajaba en Fort Buckner, cuando estaba en el
   ejército. Mi esposa y yo vivíamos en la base.

   ¿Un agente de la CIA con esposa? Nunca se me había ocurrido. En las
   novelas de espías no se menciona jamás a las esposas o a los hijos.

   El hacker había elegido una extraña contraseña: Ulfmerbold. Nada en mi
   diccionario. Tampoco aparecía en el Cassell's alemán/inglés. Ni rastro
   en el escrupuloso atlas. Sin embargo había oído aquella palabra en
   algún lugar.

   Tanto a Martha como al resto de mis amigos les resultaba también
   desconocida. Ni siquiera mi hermana, la que se había jugado la vida
   husmeando en un instituto de McLean, en Virginia, la conocía.

   Transcurrieron tres días antes de que mi jefe, Roy Kerth, lo
   descubriera. Ulf Merbold era el astronauta alemán que había realizado
   observaciones astronómicas desde el transbordador espacial.

   Otra pista que señalaba a Alemania, innecesaria ahora que las pruebas
   eran abrumadoras. Pero ¿por qué elegir el nombre de un astronauta?
   ¿Pura admiración? ¿O algún motivo más siniestro?

   ¿Explicaría esto la razón de su persistente infiltración en los
   ordenadores? ¿Habría estado persiguiendo a alguien obsesionado con él
   programa espacial estadounidense? ¿Alguien que soñaba con ser
   astronauta y recopilaba información sobre el programa espacial?

   No. Aquel hacker se interesaba por los ordenadores militares y no por
   los de la NASA. Quería información sobre SDI y no astronomía. No se
   busca información sobre el transbordador espacial en Okinawa. No es la
   biografía de un astronauta con lo que uno se encuentra al consultar los
   planes del ejército para la guerra nuclear en Europa central.

  44

   El martes por la mañana me encontré con un montón de mensajes
   procedentes de Tymnet.

   —Puesto que la Universidad de Bremen no está dispuesta a pagar más
   llamadas internacionales, tendrán que correr por tu cuenta —dijo Steve
   White, traduciendo un mensaje del Deutsche Bundespost, aunque sabía
   perfectamente que no nos lo podíamos permitir.

   —Steve, a mi jefe, que le duele pagarme el sueldo, no se le ocurriría
   ni en sueños pagar las conexiones del hacker.

   —¿Cuánto tiempo le dedicas al caso?

   —Unas diez horas diarias.

   No bromeaba. Incluso una conexión de cinco minutos por parte del hacker
   se convertía en una mañana de llamadas telefónicas. Todo el mundo
   quería saber lo ocurrido, aunque nadie ofreciera ayuda.

   —En tal caso, tengo buenas noticias para ti —dijo Steve—. Wolfgang me
   informa de que mañana habrá una reunión en Hannover. Algo relacionado
   con la coordinación de las actividades jurídicas, técnicas y
   policiales.

   —¿Qué hace que esto sean buenas noticias?

   —El hecho de que cuentan con detener al culpable este fin de semana.

   Por fin.

   —Pero hay un par de problemas. Los alemanes todavía no han tenido
   noticias del FBI, de modo que piensan archivar temporalmente el caso.
   Wolfgang dice que se lo comuniques al FBI.

   —Así lo haré.

   Mi próxima llamada al FBI mostró el otro lado de la moneda. El agente
   especial Mike Gibbons me explicó la situación.

   Había mandado varios telegramas al representante del FBI en Bonn,
   diciéndole que se pusiera en contacto con la policía alemana. Al mismo
   tiempo le había mandado una carpeta llena de información por vía aérea.
   Pero en algún lugar los mensajes quedaban bloqueados: Wolfgang seguía
   sin tener noticia alguna de las órdenes judiciales del FBI.

   —Debes comprenderlo, sólo podemos comunicarnos a través de nuestro
   agregado judicial —dijo Mike—. Pero sacudiré la jaula y procuraré que
   despierten en Bonn.

   Hay que reconocer que el agente del FBI no se andaba con monsergas.
   Nunca supe gran cosa sobre el agregado jurídico. ¿Trabaja para el FBI o
   para el departamento de Estado? ¿Se trata de un funcionario que trabaja
   a horas o de un equipo permanente? ¿Cuál es en realidad su función?
   ¿Con quién hablan en el gobierno alemán? ¿Qué hay que hacer para que
   despierten?

   La CIA no me dejaba tranquilo. Teejay insistía en conocer todos los
   detalles del último fin de semana. Pero los aspectos más emocionantes,
   como el nombre del individuo, sus motivos y sus patrocinadores, seguían
   siendo un misterio. Lo único que sabía era que se le había localizado.

   —Dime, Teejay: en el supuesto de que lograra averiguar alguno de esos
   detalles, ¿estarías dispuesto a intercambiarlo por alguno de tus
   chismes?

   —Habla claro —dijo el espía.

   —Me refiero a que si llegaras a descubrir quién está tras todo eso, ¿me
   lo contarías?

   Lo que realmente deseaba saber era si mandaría a algún espía a que
   averiguara lo que ese payaso se proponía.

   —Lo siento, Cliff. Nuestra misión es escuchar, no hablar.

   No se puede acusar a la CIA de prodigar la información.

   Sin embargo, aquel mismo día llegaron mas noticias vía Tymnet. Después
   de localizar el número de teléfono del hacker, compararon su nombre con
   el de las cuentas de Datex.

   ¡Hay que reconocer que su trabajo era meticuloso!

   Al parecer, el hacker utilizaba tres identificadores distintos, cuando
   manipulaba la red de Datex. El primero correspondía al propio hacker:
   mismo nombre, misma dirección. El segundo correspondía a otra persona.
   Y el tercero..., a una empresa; una pequeña empresa de Hannover,
   especializada en ordenadores.

   ¿Se trataba de identificadores robados? Es tan fácil robar un
   identificador de usuario de la red como el número de una tarjeta de
   crédito; sólo hay que observar a alguien cuando realiza una llamada.
   Puede que el hacker hubiera robado varios números de cuentas de Datex.
   Si las víctimas trabajaban para grandes empresas multinacionales, tal
   vez nunca llegarían a darse cuenta.

   ¿O trabajaba en colaboración con alguien?

   Yo estaba prácticamente convencido de que actuaba solo. Si un par de
   individuos trabajaran juntos, tendrían que cambiar constantemente sus
   contraseñas. Además, la personalidad del hacker era siempre la misma:
   paciente, metódica y de una diligencia casi mecánica. Otra persona no
   tendría exactamente el mismo estilo al merodear por Milnet.

   Algunos de sus objetivos no estaban dormidos. Al día siguiente de que
   intentara forzar sus puertas, dos de ellos me llamaron. Grant Kerr, de
   la base aérea de Hill, en Utah, telefoneó. Estaba enojado por el hecho
   de que uno de mis usuarios, Sventek, hubiera intentado infiltrarse en
   su ordenador durante el fin de semana. Y lo mismo ocurrió con Chris
   McDonald, de la base de misiles de White Sands.

   ¡Magnífico! Algunas de nuestras bases militares mantenían los ojos
   abiertos. De cada cuarenta, treinta y nueve dormían. Pero hay un puñado
   de técnicos que analiza meticulosamente los logs del sistemas.

   Durante los próximos días el hacker no me dejó descansar. No dejaba de
   inspeccionar nuestros archivos SDINET, por lo que cada dos o tres horas
   me veía obligado a agregar alguno más. Quería que los archivos
   reflejaran una oficina activa; trabajo acumulado y una simpática y
   atareada secretaria, no muy versada en el funcionamiento de su
   ordenador. Al poco tiempo, perdía una hora diaria generando información
   ficticia con el único propósito de alimentar al hacker.

   Zeke Hanson, del centro nacional de seguridad informática, me ayudaba
   en la elaboración de archivos falsos. Yo desconocía por completo los
   rangos militares y él me orientaba en este sentido.

   —Los militares son como cualquier otra jerarquía. En la parte superior
   están los oficiales de alto rango, los generales. A continuación vienen
   los coroneles, excepto en la marina, donde son capitanes. Después los
   tenientes coroneles, los comandantes y los capitanes...

   Es más fácil en la universidad. Basta con tratar a todo el mundo de
   corbata de «profesor» y a todo barbudo de «decano». En caso de duda,
   basta con llamarle «doctor».

   Pues bien, cada dos días el hacker conectaba con mi sistema y leía los
   archivos SDINET. Si tenía alguna duda con respecto a la validez de los
   mismos, nunca lo demostró. En realidad, pronto empezó a intentar
   conectar con ordenadores militares, utilizando el nombre de cuenta
   SDINET.

   ¿Por qué no? Algunos de nuestros archivos ficticios hablaban de
   conexiones con ordenadores de la red Milnet. Me aseguraba de que
   estuvieran siempre repletas de jerga y palabrotas técnicas.

   Sin embargo, el hecho de seguir ofreciéndole forraje no conducía a su
   detención. Cada vez que aparecía, volvíamos a localizarle, pero yo
   estaba siempre a la espera de una llamada en la que me comunicaran que
   estaba en manos de la policía.

   Ahora que los alemanes habían identificado a un sospechoso, Mike
   Gibbons se reunió con el fiscal de Virginia. El punto de vista del FBI
   era confuso; si se trataba de un ciudadano alemán, la extradición era
   improbable, a no ser que se le pudiera acusar de espionaje.

   Al cabo de una semana el hacker había regresado para otras cinco
   sesiones, cada una de una hora como mínimo de duración. Comprobó los
   ordenadores del ejército y de la armada para asegurarse de que todavía
   tenía acceso a los mismos. Me preguntaba por qué no habrían cerrado sus
   puertas todavía. También había merodeado por el ordenador de nuestro
   laboratorio, verificando una vez más los archivos SDINET.

   Tal vez le preocupaba que hubiéramos descubierto el robo de la cuenta
   de Sventek, porque encontró otra cuenta que no se utilizaba en nuestro
   laboratorio, cambió la contraseña y comenzó a utilizarla para sus
   incursiones.

   Con tanto técnico informático en mi departamento, me preocupaba que
   alguien insertara alguna nota en un boletín electrónico o divulgara
   inadvertidamente la historia en una conversación. El hacker seguía
   buscando en nuestro sistema palabras como «seguridad» y «hacker», de
   modo que descubriría inmediatamente la noticia y el pájaro levantaría
   el vuelo.

   Los alemanes habían prometido actuar el fin de semana. El hacker dio lo
   que esperaba fueran los últimos coletazos el jueves, 22 de enero,
   cuando se infiltró en un ordenador de Bolt, Beranak y Neumann, en
   Cambridge, Massachusetts. Dicho ordenador, llamado Butterflyvax, estaba
   tan desprotegido como los demás: bastaba con conectar como «guest», sin
   contraseña.

   Había oído hablar de BBN; eran los constructores de Milnet. En
   realidad, la mayor parte de la red Milnet estaría pronto controlada por
   sus ordenadores Butterfly. El hacker había encontrado un ordenador
   particularmente sensible; si instalaba en el mismo un troyano adecuado,
   tal vez podría apropiarse de todas las contraseñas que pasaran por
   Milnet, ya que aquí era donde BBN elaboraba el software de la red.

   Las contraseñas robadas en el Lawrence Berkeley Laboratory sólo
   permiten acceder a ordenadores cercanos. El lugar ideal para colocar
   una trampa es aquel donde se elaboran los programas. Colocado un código
   malicioso en el software original, éste se reproducirá junto con los
   programas válidos y se distribuirá por todo el país. Al cabo de un año,
   el traicionero código habrá contagiado centenares de ordenadores.

   El hacker lo sabía, pero probablemente no era consciente de haberse
   tropezado con un sistema de tal envergadura. Inspeccionó el sistema y
   descubrió una escandalosa brecha en el sistema de seguridad: la cuenta
   del usuario root no precisaba contraseña alguna. Cualquiera podía
   conectar como administrador del sistema sin ninguna dificultad.

   Parecía inevitable que alguien descubriera una brecha tan flagrante y
   no perdió tiempo en explorarla. Después de convertirse en administrador
   del sistema, creó una nueva cuenta privilegiada. Aunque se descubriera
   el defecto original, dispondría ahora de un acceso oculto al ordenador
   de BBN.

   Creó una cuenta con el nombre de «Langman» y la contraseña «Bbnhack».
   La contraseña era comprensible, pero ¿por qué Langman? ¿Sería su
   verdadero nombre? El Bundespost alemán no me lo revelaba, pero quizá lo
   había hecho directamente el propio hacker. ¿Qué significa el nombre
   Langman?

   Ahora no tenía tiempo de pensar en ello. El hacker encontró una carta
   en el ordenador de BBN que decía: «Hola, Dick. Puedes utilizar mi
   cuenta en la Universidad de Rochester. Conecta como Thomas, con la
   contraseña "trytedj"...»

   Tardó menos de quince segundos en introducirse en el ordenador de
   Rochester y pasó una hora leyendo información sobre el diseño de
   circuitos integrados. Al parecer, un estudiante poslicenciado de
   Rochester diseñaba circuitos submicrónicos utilizando una avanzada
   técnica controlada por ordenador. El hacker comenzó a apoderarse de
   toda la información, programas inclusive.

   Decidí no permitírselo: aquello era espionaje industrial. Cada vez que
   empezaba a copiar algún archivo interesante, tocaba los cables con mis
   llaves. El hacker podía mirar, pero no tocar. Por fin, a las cinco y
   media, se dio por vencido.

   Entretanto no dejaba de pensar en la palabra «Langman». ¿Sería el
   nombre de alguien?

   Había una forma de averiguarlo consultando la guía telefónica. Maggie
   Morley, nuestra bibliotecaria, al no poder encontrar un listín de
   Hannover, pidió que le mandaran uno. Al cabo de una semana, con el
   correspondiente aplomo, Maggie me hizo entrega del ejemplar número
   diecisiete del Deutschen Bundespost Telefonbuch, correspondiente a
   Ortsnetz y Hannover, con un sello en el lomo que decía «Funk-Taxi,
   3811».

   La visión geográfica que mi atlas ofrecía de Hannover era estéril,
   mientras que las guías turísticas hablaban de una ciudad histórica y
   monumental, acurrucada junto al río Leine. Pero la guía telefónica
   reflejaba la auténtica ciudad, con sus ópticas, tiendas de retales,
   varias docenas de talleres mecánicos e incluso una perfumería. Y la
   gente... Pasé una hora observando aquellas páginas blancas, mientras
   imaginaba un mundo completamente distinto. Aparecían los nombres Lang,
   Langhart, Langheim y Langheinecke, pero ningún Langman. ¡Maldita sea!

   Steve White me transmitió un mensaje de los alemanes que realizaban
   concienzudamente su trabajo. Al parecer, cuando el hacker llamaba por
   teléfono, la policía alemana grababa el número al que llamaba. De ese
   modo habían deducido quién estaba involucrado, simplemente recopilando
   las llamadas telefónicas centradas en el hacker.

   ¿Preparaban las autoridades alemanas una redada simultánea? Tymnet
   mandó un mensaje escalofriante: «No se trata de un hacker benigno. Es
   bastante grave. Se amplía el alcance de la investigación. Son ahora
   treinta personas las que trabajan en el caso. En lugar de irrumpir en
   las casas de un par de personas, los cerrajeros están fabricando llaves
   de los pisos de los hackers y las detenciones se efectuarán cuando
   éstos no puedan destruir las pruebas. Los mencionados hackers están
   vinculados a los tenebrosos negocios de cierta empresa privada.»

   ¿Un hacker no benigno? ¿Treinta personas trabajando en el caso?
   ¿Negocios tenebrosos de cierta empresa privada? ¡Santo cielo!

  45

   Si uno incordia persistentemente a una organización, ésta acaba por
   celebrar una reunión. Después de todas mis llamadas al FBI, la NSA, la
   CIA y el DOE, fue el departamento de investigaciones especiales de las
   fuerzas aéreas el primero en ceder. El 4 de febrero invitaron a todo el
   mundo a la base aérea de Bolling con la esperanza de resolver el
   problema.

   El mundo residencial de Washington se mide por su emplazamiento,
   respecto al cinturón de circunvalación. La base aérea de Bolling está
   situada alrededor de las cinco; es decir, más o menos al sur del
   sudeste. Incluso con unas direcciones tan explícitas, me perdí por
   completo; circular en bicicleta por las callejuelas de Berkeley es muy
   distinto a conducir un coche por la autopista de Washington.

   A las once y media tres funcionarios del departamento de energía se
   reunieron conmigo en un restaurante próximo a la base aérea. Entre
   bocados de tortellíni, hablamos de la política de seguridad informática
   del DOE. A ellos les preocupan los secretos relacionados con bombas
   atómicas, pero también son dolorosamente conscientes de que la
   seguridad entorpece las operaciones. Los ordenadores de alta seguridad
   son de difícil acceso y desagradables de utilizar. Los sistemas
   abiertos y amenos suelen ser inseguros.

   A continuación nos dirigimos a Bolling. Era la primera vez que pisaba
   una base militar. Las películas son verídicas: los soldados saludan a
   los oficiales y el pobre centinela del portalón se pasa el día
   saludando a todos los coches que pasan junto a él. Como era de suponer,
   a mí nadie me saludó; con mi pelo largo, vaqueros y una chaqueta
   andrajosa, un marciano habría pasado más inadvertido.

   Unas veinte personas hicieron acto de presencia en representación de
   todas las agencias de tres siglas. Por fin pude relacionar las voces
   del teléfono con rostros humanos. Mike Gibbons tenía realmente el
   aspecto de un agente del FBI; debía de tener unos treinta años, traje
   impecable, bigote y probablemente practicaba la alterofilia en sus
   horas libres. Charlamos un buen rato de microordenadores; conocía el
   sistema operativo Atari como la palma de la mano. Jim Christy, el
   investigador de delitos informáticos de las fuerzas aéreas, era alto,
   delgado e inspiraba confianza. Y también estaba Teejay, sentado en un
   rincón de la sala, silencioso como de costumbre.

   El sonriente y corpulento Zeke Hanson, de la NSA, me saludó con una
   palmada en la espalda. Navegaba con tanta pericia por los ordenadores
   como por la administración. De vez en cuando me susurraba alguna
   interpretación, como:

   —Ese personaje es importante para tu caso —o—, ésa no es más que un
   portavoz de su partido.

   Me sentía incómodo entre tantos trajes, pero con el apoyo de Zeke me
   puse en pie y dirigí la palabra a la concurrencia.

   Charlé un rato de las conexiones de la red y de los puntos débiles, y a
   continuación los demás discutieron la política nacional sobre seguridad
   informática. Al parecer era inexistente.

   Durante toda la reunión había siempre alguien que preguntaba:

   —¿Quién manda?

   Yo miraba al grupo del FBI y veía que Mike Gibbons, encargado del caso,
   se hundía en su silla. George Lañe, sentado junto a él, respondía en
   nombre del FBI:

   —Puesto que no nos concederán la extradición de ese individuo, el FBI
   no está dispuesto a dedicar muchos recursos al caso. Hemos hecho ya
   todo lo que podemos.

   —Os hemos estado suplicando que llaméis a los alemanes —replicaron los
   representantes del DOE—. Los alemanes os suplican que os pongáis en
   contacto con ellos. Pero en Bonn todavía no han visto la orden
   judicial.

   Hemos tenido algunos problemas con el despacho de nuestra oficina
   juridica, pero esto no es lo que nos concierne en este momento
   —respondió Lañe—. Lo fundamental es que el hacker no ha causado ningún
   daño.

   Russ Mundy, gallardo coronel de la Defense Communication Agency, fue
   incapaz de contenerse:

   —¡Ningún daño!... Ese individuo se infiltra en un par de docenas de
   ordenadores militares, ¿y eso no es ningún daño? Está robando tiempo
   informático y conexiones de la red. Para no mencionar los programas, la
   información y las contraseñas. ¿Cuánto tenemos que esperar? ¿Hasta que
   se meta en algo realmente grave?

   —Pero no está en juego ninguna información confidencial —dijo el agente
   del FBI—. Y en cuanto al dinero, ¿qué se ha perdido? ¿Los setenta y
   cinco centavos de Berkeley?

   —Tenemos una gran confianza en nuestras redes para comunicarnos —dijo
   entonces el coronel, planteando otro enfoque—. No sólo los militares,
   sino los ingenieros, los estudiantes, las secretarias y, ¡diablos!,
   incluso los astrónomos —agregó, moviendo una mano en mi dirección—. Ese
   cabrón menosprecia la confianza que mantiene a nuestra comunidad unida.

   Para el FBI, el hacker no era más que una pequeña molestia; tal vez un
   jovenzuelo que hacía travesuras al salir del colegio. Los militares lo
   consideraban como un grave ataque contra sus líneas de comunicación.

   El Departamento de Justicia apoyaba al FBI.

   —¿Para qué molestarse cuando sabemos que Alemania no concederá la
   extradición de un ciudadano alemán? Además, el FBI recibe un centenar
   de denuncias parecidas todos los años y sólo logramos procesar a uno o
   dos.

   Siguió diciendo que con mi cuaderno y las copias, ambos aceptables como
   pruebas, bastaba para condenar al culpable. Además, según el código
   penal estadounidense, no era preciso atrapar al hacker in fraganti; es
   decir, conectado a un ordenador extranjero.

   —De modo que lo más sensato es cerrarle las puertas. No es necesario
   seguir reforzando el caso y disponemos ya de bastantes pruebas para
   procesarle.

   Por fin, la OSI de las fuerzas aéreas pidió la orientación de cada
   grupo. El FBI y el Departamento de Justicia querían que cerráramos el
   caso e impidiéramos la entrada del hacker en el ordenador de Berkeley.
   Tanto Teejay, de la CIA, como Zeke, del centro nacional de seguridad
   informática de la NSA, consideraban que de nada servía permanecer
   abiertos.

   —Debemos solidarizarnos con los muchachos de las trincheras y capturar
   a ese individuo —dijo León Breault, del Departamento de Energía,
   poniéndose en pie—. Si el FBI no está dispuesto a hacerlo, lo haremos
   nosotros —agregó, mirando fijamente al abogado del Departamento de
   Justicia.

   Las víctimas del hacker querían que continuara la vigilancia. Cerrar
   nuestra base de observación sólo serviría para que el hacker siguiera
   deambulando por otras rutas sin que nadie le observara.

   Pero ¿a quién debíamos apelar, en busca de ayuda? El FBI no quería
   saber nada del caso y los grupos militares no tenían autoridad para
   extender órdenes judiciales.

   ¿Cuál era el lugar adecuado donde denunciar los problemas? Aquel hacker
   había puesto de relieve varios nuevos problemas de seguridad
   informática. ¿A quién había que transmitirlos?

   Al centro nacional de seguridad informática, evidentemente. Sin
   embargo, Zeke nos dijo lo contrario:

   —Nosotros creamos niveles de seguridad informática y nos mantenemos
   alejados de problemas operativos. No obstante estamos dispuestos a
   recoger informes de campo.

   —Sí; pero ¿me advertiréis también de los problemas de los demás?
   —pregunté—. ¿Me mandaréis un informe sobre las brechas de seguridad en
   mi ordenador? ¿Me llamaréis por teléfono si alguien intenta infiltrarse
   en mi ordenador?

   —No. Somos un centro de recopilación de información.

   Justo lo que cabía esperar de una organización que formaba parte de la
   NSA, el gigantesco aspirador que absorbe información, pero nunca suelta
   prenda.

   Supongamos que descubro un problema de seguridad informática
   ampliamente difundido. Quizá lo mejor que puedo hacer es mantener la
   boca cerrada con la esperanza de que nadie más lo descubra. ¡Absurdo!

   O quizá deba divulgarlo a los cuatro vientos. Insertar un anuncio en el
   boletín electrónico que diga: «Atención, podéis infiltraros en
   cualquier ordenador Unix, simplemente...» Así, por lo menos, lograría
   despertar a las personas que administran los sistemas. Puede que
   incluso los incitara a actuar.

   ¿O debería crear un virus que se aproveche de la brecha en cuestión?

   Si existiera un centro fiable, podría denunciarlo en el mismo. Por su
   parte, sus técnicos podrían estudiar la forma de resolverlo y
   asegurarse de que se reparaban los sistemas. El centro nacional de
   seguridad informática parecía el lugar más lógico. Después de todo, su
   especialidad son los problemas de seguridad informática.

   Pero no querían saber nada del asunto. El centro estaba demasiado
   ocupado diseñando ordenadores de alta seguridad. A lo largo de los
   últimos años habían publicado una serie de documentos indescifrables,
   describiendo lo que entendían por ordenador de alta seguridad. Por
   último, para demostrar que un ordenador era seguro, habían contratado a
   un par de programadores cuya misión era la de intentar infiltrarse en
   el sistema. No era una prueba que inspirara mucha confianza. ¿Cuántas
   brechas pasaban por alto a dichos programadores?

   La reunión de la base aérea de Bolling concluyó con el FBI y el
   Departamento de Justicia totalmente opuestos a que se siguiera
   observando al hacker. La CIA y la NSA no dijeron gran cosa, mientras
   que los militares y el Departamento de Energía querían que siguiéramos
   controlando. Puesto que nuestros fondos procedían del DOE,
   permaneceríamos abiertos, mientras existiera la posibilidad de una
   detención.

   Aprovechando que me encontraba en Washington, Zeke Hanson me invitó a
   pronunciar una conferencia en el centro nacional de seguridad
   informática. A pesar de que está a la vuelta de la esquina de Fort
   Meade, cuartel general de la NSA, me las arreglé para perderme. Cuando
   por fin lo encontré, al abrigo de los gases del aeropuerto de
   Baltimore, un centinela inspeccionó mi mochila en busca de disquetes,
   magnetófonos y proyectores.

   —¿Qué puedo robar en un proyector?

   —Me limito a cumplir órdenes —refunfuñó el centinela—. Si crea
   problemas, no pasará.

   De acuerdo, iba armado.

   Para entrar en la sala de conferencias hay que pasar por una puerta con
   un cerrojo de combinación. Veinte personas me dieron la bienvenida y
   dejaron una silla libre, hacia el frente de la sala. Cuando hacía diez
   minutos que hablaba, entró en la sala un individuo delgado y barbudo
   que se sentó frente a mí e interrumpió mi descripción de los
   seguimientos de Tymnet.

   —¿Cuál es la proporción de desfase adiabático en Júpiter? —preguntó.

   ¿Cómo? Estoy hablando de redes transatlánticas, ¿y ese individuo me
   pregunta acerca de la atmósfera de Júpiter? No importa, puedo
   satisfacer su curiosidad.

   —Unos dos grados por kilómetro, por lo menos hasta alcanzar el nivel de
   los doscientos milibares.

   Por pura casualidad, se había interesado por un tema del que había
   tratado en mi tesis.

   Seguí con mi conferencia y, cada diez minutos, el barbudo se levantaba,
   abandonaba la sala y regresaba al cabo de un momento. Formulaba
   preguntas sobre el núcleo de la Luna, la historia de los cráteres de
   Marte y la resonancia orbital entre las lunas de Júpiter. Extraño. A
   los demás no parecía importarles, por lo que adorné mi conferencia
   sobre el hacker, con respuestas técnicas al interrogatorio astronómico
   de aquel individuo.

   Aproximadamente a las cinco menos cuarto había acabado la charla y
   salía de la sala (con un vigilante que nunca se alejaba), cuando el
   barbudo me llamó aparte y le dijo al guarda:

   —Está bien, está conmigo.

   Y dirigiéndose a mí me preguntó:

   —¿Qué piensas hacer esta noche?

   —Voy a cenar con un astrónomo, amigo mío.

   —Llámale. Dile que llegarás un par de horas tarde.

   —¿Por qué? ¿Quién es usted?

   —Te lo diré más adelante. Ahora llama a tu amigo.

   De modo que anulé la cena del viernes con mi amigo y me condujeron al
   Volvo azul oscuro de aquel individuo. ¿Qué estaba ocurriendo? Ni
   siquiera conocía su nombre y estaba viajando en su coche. Debía de
   tratarse de algún tipo de secuestro.

   —Me llamo Bob Morris y soy el jefe científico del centro de seguridad
   informática —dijo cuando circulábamos por la autopista—. Ahora vamos a
   Fort Meade, donde conocerás a Harry Daniels. Es el subdirector de la
   NSA. Cuéntale tu historia.

   —Pero...

   —Limítate a contarle lo ocurrido. Estaba en una reunión del Congreso en
   Washington y le he llamado para que te conociera. En estos momentos se
   dirige hacía aquí.

   —Pero...

   —Escúchame —interrumpió, sin dejarme decir palabra—, me parece bien lo
   de la atmósfera de Júpiter, aunque me parece que todas las atmósferas
   son adiabáticas mientras exista convección, pero tenemos un problema
   muy grave en nuestras manos —prosiguió Bob, fumando incesantemente con
   las ventanillas cerradas, de modo que cada vez me resultaba más difícil
   respirar—. Es preciso llamar la atención de la gente que pueda hacer
   algo al respecto.

   —Éste era el propósito de la reunión de ayer en Bolling.

   —Limítate a contar tu historia.

   Si la seguridad del centro era rigurosa, en el cuartel general de la
   NSA tardaron diez minutos en permitirme la entrada. Bob no tuvo ningún
   problema.

   —Esta placa me permite entrar en cualquier lugar —comentó—, siempre y
   cuando vaya acompañada de un documento secreto.

   Marcó una clave e insertó la placa en una ranura, mientras el centinela
   examinaba mis diapositivas. Cuando llegamos al despacho del director,
   Harry Daniels acababa de llegar.

   —Espero que sea importante —dijo, mirando fijamente a Bob.

   Era delgado, con un metro noventa aproximadamente de altura, se
   agachaba al pasar por alguna puerta y su aspecto era impresionante.

   —Lo es. De no ser así, no te habría llamado —respondió Bob—. Cliff,
   cuéntaselo.

   Puesto que no había espacio en la mesa, cubierta de aparatos
   criptográficos, abrí el diagrama de las conexiones del hacker en el
   suelo.

   Harry Daniels siguió meticulosamente el esquema.

   —¿Utiliza el sistema Datex-P alemán para llegar a los archivos
   internacionales?

   ¡Santo cielo! ¿Cómo se las arregla alguien tan importante para conocer
   las redes con tanto detalle? Me dejó impresionado. Describí las
   infiltraciones del hacker, pero entre uno y otro no me permitían
   pronunciar dos frases seguidas sin interrumpir con alguna pregunta.

   —Aquí tienes tu escopeta de humo, Harry —asintió Bob Morris.

   El jefazo de la NSA también asintió.

   Charlaron entre sí unos minutos, mientras yo jugaba con un aparato de
   codificación japonés, de la segunda guerra mundial. ¡Ojalá hubiera
   traído mi anillo decodificador secreto del capitán medianoche para
   mostrárselo!

   —Cliff, esto es importante —dijo Harry Daniels—. No estoy seguro de que
   podamos ayudarte, pero tú puedes ayudarnos a nosotros. Nos está
   resultando muy difícil convencer a ciertas entidades de que la
   seguridad informática es un problema. Nos gustaría que hablaras con la
   junta nacional de seguridad de telecomunicaciones. Ellos elaboran la
   política nacional y nos gustaría que conocieran el caso.

   —¿No pueden comunicárselo ustedes?

   —Hace años que se lo decimos —respondió Harry Daniels—. Pero éste es el
   primer caso documentado.

   —Ha dicho «documentado» —prosiguió Bob Morris—. Pero ten en cuenta que
   la única diferencia entre tu caso y otros es el hecho de que hayas
   escrito un diario.

   —¿De modo que no es la primera vez que ocurre?

   —No habría llamado a Harry a Washington de no haber creído que era
   grave.

   —Hace diez años que trabajo en los sistemas de seguridad del Unix, en
   los laboratorios Bell, de Nueva Jersey —dijo Bob Morris cuando
   regresábamos de Fort Meade.

   Ahora caía. Aquél debía de ser el Morris que había inventado el sistema
   de codificación de la contraseña en Unix. Había leído artículos suyos
   sobre la seguridad informática. Claro, Bob Morris, el violinista. Su
   excentricidad era legendaria; había oído decir que, después de comer el
   postre, se había tumbado en el suelo para que el gato pudiera lamer la
   nata montada de su barba.

   —La reunión del próximo mes tiene como objetivo la elaboración de
   política —siguió diciendo Bob—. Si algún día vamos a dejar de
   limitarnos a escribir documentos sobre niveles, hay que demostrarles el
   peligro a esa gente. Cualquier sistema puede ser inseguro: basta con
   que se dirija de un modo estúpido.

   Por fin alguien de la NSA, para quien la seguridad informática no se
   limitaba al diseño de ordenadores.

   —Estoy completamente de acuerdo —dije—. Algunos problemas se deben a
   auténticos fallos de diseño, como la brecha del Gnu-Emacs, pero la
   mayor parte obedece a una administración deficiente. El personal que
   dirige nuestros ordenadores no sabe cómo protegerlos.

   —Hay que ver esto a la inversa —dijo Bob—. Puede que unos ordenadores
   bien protegidos mantengan alejados a los chicos malos, pero si resultan
   tan dificiles de operar como para que nadie los utilice, no habremos
   hecho ningún progreso.

   Proteger un ordenador era como incrementar la seguridad de un bloque de
   pisos. Pero tratándose de una red de ordenadores, en la que se
   compartían archivos e intercambiaba correspondencia, era como proteger
   una pequeña ciudad. Bob, como jefe científico del centro de seguridad
   informática, dirigía el proyecto.

   Cuando llegamos a nuestro destino, casi me había acostumbrado a viajar
   en un vehículo lleno de humo. Nos pusimos a discutir sobre las
   interacciones de las órbitas planetarias, tema en el que debería ser
   capaz de defender mi punto de vista, pero aquel individuo era un gran
   conocedor de la mecánica celeste. ¡Diablos! Había estado alejado
   demasiado tiempo de la astronomía si no era capaz de capear aquellas
   preguntas.

  46

   Fue emocionante hablar con Bob Morris, pero estaba muy contento de
   haber regresado a casa, junto a Martha. Cogí el autobús del aeropuerto
   y crucé atolondrado College Avenue, aportando una nueva contribución a
   la anarquía. Mi coinquilina, Claudia, ensayaba el violín cuando entré
   en casa.

   —¿Dónde has estado? ¡Apuesto a que alternando con fulanas! —sonrió
   maliciosamente Claudia, para darme la bienvenida.

   —No. Me he reunido con espías morenos y apuestos, de gabardina, en
   callejones oscuros.

   —¿Has traído uno para mí?

   Claudia andaba permanentemente a la busca de un buen ejemplar
   masculino.

   No tuve tiempo de elaborar una respuesta inteligente porque Martha me
   abrazó por la espalda y me levantó del suelo.

   —Te he echado de menos —dijo, dejándome en el suelo, mientras me daba
   un beso.

   Es divertido, aunque algo desconcertante, vivir con una mujer capaz de
   derrotarme en un combate de lucha libre.

   Me preocupaba que estuviera enojada conmigo por haberla dejado de nuevo
   sola, pero se limitó a encogerse de hombros.

   —Tienes suerte, todavía no hemos cenado. Ven a la cocina y échame una
   mano.

   Martha preparaba su famoso curry, que empieza con un coco fresco. Había
   ido al patio posterior para romper el coco con un martillo, cuando oí
   que Laurie llegaba en su moto.

   Laurie era la mejor amiga de Martha, con quien había compartido la
   habitación en la universidad. A pesar de su truculento aspecto —cabello
   casi rapado, chaqueta de cuero, botas y camiseta negra—, era una dócil
   muchacha campestre de Nuevo México. El vínculo entre ella y Martha era
   tan especial, que me sentía ligeramente celoso. Pero supongo que aprobé
   el examen, porque nos trataba a ambos como miembros de la familia.

   —Hola, Cliffer —me dijo, manoseándome el cabello.

   Observó el apetitoso coco y adivinó lo que íbamos a comer. Entró en la
   casa, abrazó a Martha, le guiñó el ojo a Claudia y levantó al gato del
   suelo.

   —Deja a ese gandul y ven a cortar cebollas —ordenó Martha, déspota de
   la cocina.

   Por fin apareció la comida en la mesa: una fuente de arroz al curry,
   acompañado de verduras, fruta seca, pasas, fruta fresca y chutney. Si
   crece, Martha lo prepara al curry.

   —A propósito —preguntó Laurie—, ¿dónde has estado estos dos últimos
   días?

   —Me llamaron a Washington —respondí—. Los Reagan, ya sabes, me
   invitaron a cenar.

   No quise decirle que había estado con un montón de espías y detectives.
   Laurie odiaba al gobierno y no deseaba contrariarla.

   —Dime, ¿qué vestía Nancy? —sonrió afectadamente Laurie mientras se
   servía el tercer plato de curry—. ¿Y qué noticias hay sobre el hacker
   al que persigues?

   —Todavía no le hemos atrapado. Puede que nunca lo logremos.

   —¿Sigues pensando que se trata de un estudiante de Berkeley?

   No había hablado con ella del tema desde hacía un par de meses.

   —No estoy seguro. Que yo sepa, podría estar incluso en el extranjero
   —respondí, nervioso, sorprendiéndome a mí mismo por mi aversión a
   hablarle a una amiga íntima de mis actividades.

   No me sentía exactamente avergonzado, pero...

   —¿Por qué pierdes tanto tiempo intentando cazar a un forofo de la
   informática que sólo juega con los ordenadores?

   —¿Sólo juega? Ha logrado infiltrarse en treinta ordenadores militares.

   ¡Diablos! Acababa de meter la pata. Inmediatamente quise morderme la
   lengua.

   —¿Y qué? Eso parece una buena razón para no perseguirle —dijo Laurie—.
   A saber si se trata de un pacifista, del partido verde alemán. Tal vez
   intenta averiguar los siniestros planes del ejército para exponerlos a
   la luz pública.

   Yo también me lo había planteado, hacía algunos meses, y había llegado
   a preocuparme. Pero ahora estaba seguro de que éstos no eran sus
   motivos. Había realizado el experimento evidente: catalogar sus
   intereses. En enero había elaborado cebos de gustos diversos. Junto a
   los archivos ficticios de SDINET, había introducido otros archivos
   igualmente ficticios sobre la política local de Berkeley, que simulaban
   informes financieros, nóminas, juegos e información técnica sobre la
   ciencia informática.

   Si fuera un pacifista, probablemente examinaría dichos archivos
   políticos. Un ladrón cuya intención fuera la de robar dinero del
   laboratorio se interesaría por los informes financieros. Y supongo que
   a un estudiante, o a un forofo de la informática, le atraerían los
   juegos o los archivos académicos. Pero no le interesaba nada de eso.

   A excepción de los archivos SDI.

   Este experimento, así como muchos otros detalles sutiles de su forma de
   operar, me convenció de que no era un idealista. Aquel hacker era un
   espía.

   Pero, en realidad, no podía demostrarlo, e incluso después de
   explicárselo a Laurie, no estaba convencida.

   Ella seguía creyendo que alguien que luchara contra los militares era
   uno de «nosotros» y, a su parecer, estaba persiguiendo a alguien de
   «nuestro propio» bando.

   ¿Cómo hacerle comprender que, después de tanto tiempo mezclado en aquel
   asunto, había dejado de ver fronteras políticas claramente definidas?
   Todos nosotros, yo, mi laboratorio, el FBI, la CIA, la NSA, los grupos
   militares e incluso la propia Laurie teníamos intereses comunes. Todos
   queríamos seguridad e intimidad.

   Decidí planteárselo de otro modo:

   —Escúchame: no se trata de política, sino de simple honradez. Ese
   individuo ha violado mi intimidad y la de los demás usuarios. Si
   alguien fuerza la puerta de tu casa y se apodera de tus pertenencias,
   ¿vas a preguntarte si se trata de un compañero socialista?

   Tampoco funcionó.

   —Un sistema informático no es una casa particular —respondió Laurie—.
   Mucha gente lo utiliza con distintos fines. El hecho de que ese
   individuo no disponga de un permiso oficial para usarlo, no significa
   necesariamente que no tenga una razón legítima para hacerlo.

   —¡Maldita sea! Es exactamente lo mismo que una casa. Tú no quieres que
   nadie meta las narices en tu agenda ni, qué duda cabe, que manipule tu
   información privada. Infiltrarse en dichos sistemas equivale a forzar
   la puerta sin autorización. Es inaceptable, independientemente del
   propósito. Y tengo derecho a pedir la ayuda de esas agencias
   gubernamentales para deshacerme de ese cabrón. ¡Para eso están!

   Había ido levantando la voz y veía que la mirada de Martha se paseaba
   preocupada de mi rostro enojado al de Laurie. Comprendí que mi actitud
   parecía la de un católico fanático, fusil en mano, vociferando sobre la
   ley y el orden. O todavía peor: ¿estaba tan cegado por mi patriotismo
   que creía que cualquiera que se interesara por secretos militares era
   un traidor o un espía comunista?

   Me sentía confuso y atrapado. Además, tenía la injusta impresión de que
   era culpa de Laurie, por ser tan simplista y estar tan convencida de su
   propia integridad. Ella no había tenido que ocuparse del hacker, ni se
   había visto obligada a llamar a la CIA y descubrir que sus agentes eran
   seres humanos. Para ella eran los malos de la película, que se
   dedicaban a matar campesinos en Centroamérica. Y puede que algunos de
   ellos lo fueran. Pero ¿era, por consiguiente, necesariamente malo
   trabajar con ellos?

   No pude seguir hablando. Me levanté de la mesa, apartando con malos
   modales el plato de curry a medio comer, y me fui al garaje para lijar
   unas estanterías que estábamos construyendo y extasiarme a solas en mi
   morriña.

   Al cabo de una hora, más o menos, empecé a sentirme excesivamente solo.
   Pensaba en la chimenea, en el postre de tarta y en los geniales masajes
   de Laurie. Pero habiéndome criado en una familia numerosa, donde
   abundaban las discusiones, me había convertido en un experto mundial
   del aislamiento y me quedé en el frío garaje, lijando furiosamente.

   De pronto vi a Laurie que se había acercado sigilosamente a la puerta.

   —Cliff —dijo con ternura—, no pretendía ser tan dura contigo. Martha
   está llorando en la cocina. Vamos, entra en casa.

   Pensé en el dolor que, con tanta facilidad, mi mal genio le provocaba a
   Martha y, puesto que no deseaba estropear el resto de la velada, entré
   en casa. Nos abrazamos. Martha se secó las lágrimas y a continuación
   sirvió el postre. Durante el resto de la velada hablamos alegremente de
   otros temas.

   Pero los temas que Laurie había suscitado volvieron a atormentarme
   durante la noche. Despierto en la cama, pensaba sobre el efecto que
   todo aquello ejercía en mí y en el tipo de persona en que me estaba
   convirtiendo como consecuencia de la persecución.

   Los palos me caían, evidentemente, de todos lados. Los agentes no
   confiaban en mí; no había pasado ningún control de seguridad ni
   trabajaba para ninguna empresa que fabricara material de defensa. Nadie
   me había encargado el trabajo que realizaba ni contaba con presupuesto
   alguno. Y por si faltaba poco, ¿cómo contar a mis amigos de Berkeley
   que acababa de regresar de la CIA?

   Puesto que no disponíamos de presupuesto ni de autoridad, las agencias
   de tres siglas no consideraban que hubiera razón alguna para prestarnos
   su atención. Yo no era más que una molestia para ellos. Me sentía como
   si estuviera de nuevo en la universidad.

   Una semana después de la reunión recibí una llamada de Mike Gibbons,
   del FBI.

   —Vamos a cerrar nuestra investigación —dijo—. No hay razón alguna para
   que mantengas tu sistema abierto.

   —Dime, Mike: ¿esto son palabras tuyas o de tus jefes?

   —Es la política oficial del FBI —respondió, claramente enojado.

   —¿Ha llegado el agregado jurídico a hablar con los alemanes?

   —Sí, pero hay cierta confusión. La policía federal alemana, el BKA, no
   es la que realiza las escuchas telefónicas y, por consiguiente, se
   recibe muy poca información en el despacho de nuestro legado. Lo mejor
   que puedes hacer es echar la persiana.

   —¿Qué efecto tendrá esto en los demás lugares que el hacker elija como
   objetivos?

   —Deja que se ocupen ellos del problema. En todo caso, a la mayoría no
   los preocupa.

   Mike tenía razón. A los responsables de algunos lugares en los que se
   había infiltrado no les importaba en realidad. Uno de ellos, por
   ejemplo, era la base de datos Optimis, del Pentágono. Mike les había
   comunicado que un extranjero utilizaba su ordenador y no se habían
   alterado en absoluto. Hoy día, que yo sepa, cualquiera puede informarse
   sobre los planes del ejército para la guerra nuclear y biológica,
   simplemente conectando con su ordenador como «anonymous», con la clave
   «guest».

   Pero a pesar de que el FBI quería que abandonáramos el caso, contábamos
   todavía con el apoyo del Departamento de Energía. A medio camino entre
   unos y otros, la CIA y la NSA no se pronunciaban.

   Tampoco ofrecían ayuda. Con toda la información que les habíamos
   facilitado, la NSA no había soltado un centavo. Y por muy divertido que
   pueda parecer codearse con agentes secretos, no favorecía mi
   astronomía, ni mucho menos mi reputación.

   Durante varias semanas, en febrero el hacker desapareció. No sonó
   ninguna de mis alarmas y sus cuentas permanecieron aletargadas. ¿Nos
   habría descubierto? ¿Le habría prevenido alguien de su inminente
   detención? ¿O se infiltraba por otros ordenadores?

   Sea cual sea la razón de su desaparición, hizo que la necesidad de
   tomar una decisión fuera menos urgente. A lo largo de tres semanas no
   ocurrió absolutamente nada, por lo que era indiferente que
   permaneciéramos abiertos.

   Sin el agobio de media docena de agencias gubernamentales, llegué
   incluso a escribir algunos programas durante aquel período.

   Un buen día, en una inspección rutinaria de las copias de mis
   monitores, descubrí que alguien utilizaba el ordenador Petvax del
   Lawrence Berkeley Laboratory. Parecía que llegaba al Petvax desde un
   ordenador llamado Cithex, de Caltech.

   Ya me habían prevenido acerca del Cithex; Dan Kolkowitz, de Stanford,
   había detectado hackers alemanes que utilizaban dicho sistema para
   infiltrarse en sus ordenadores. De modo que examiné más detenidamente
   el tráfico de Petvax a Cithex.

   Efectivamente. Allí estaba. Alguien había conectado con el aparato de
   Caltech a partir de Petvax e intentaba infiltrarse en un lugar llamado
   Tinker, en Oklahoma.

   ¿Tinker? Consulté la guía de Milnet. Base aérea de Tinker.

   Poco después tuvo lugar una conexión con la base de datos Optimis del
   Pentágono. A continuación probó el instituto Letterman del ejército y
   el ordenador Comptroller, también del ejército, en Fort Harrison.

   ¡Maldita sea! Si no se trataba del mismo hacker, era sin duda alguien
   que se comportaba como él. Ésta debía ser la explicación de sus tres
   semanas de silencio: utilizaba otros ordenadores para introducirse en
   Milnet.

   Era evidente que cerrar las brechas de seguridad en nuestro laboratorio
   no impediría su acceso a las redes informáticas. La única forma de
   eliminar aquella plaga consistía en eliminar la fuente.

   ¡Entre tantos ordenadores, había elegido el Petvax! Lo lógico habría
   sido, con un nombre parecido, que cualquier desconocido lo hubiera
   tomado por un juguete.

   Pero está muy lejos de serlo. Pet son las iníciales de Positrón
   Emission Tomography, que es una técnica médica de diagnóstico, cuyo
   objeto es el de localizar las zonas del cerebro humano donde se consume
   oxígeno. Después de inyectarle un isótopo activado al paciente, los
   científicos del LBL crean imágenes del interior del cerebro. Lo único
   que se necesita es un acelerador de partículas para crear isótopos
   radiactivos, un detector de partículas hipersensible y un potente
   ordenador.

   Dicho ordenador es el Petvax. En sus archivos hay historiales de
   pacientes, programas analíticos, información médica y diagramas
   cerebrales.

   Aquel hacker se dedicaba a jugar con instrumentos médicos. Estropear
   aquel ordenador suponía lastimar a alguien: provocar un diagnóstico
   erróneo o recomendar una inyección peligrosa...

   Los doctores y pacientes que lo utilizaban necesitaban que funcionara a
   la perfección. Se trataba de un delicado aparato médico y no de un
   juguete para un gamberro cibernético. ¡Vaya con lo de pobre forofo de
   la informática!

   ¿Era el mismo hacker? A los dos minutos de desconectar del Petvax
   penetró en mi Unix con el nombre de Sventek. Sólo él conocía esa clave.

   Protegimos el Petvax cambiando las claves e instalando alarmas.
   ¿Cuántos otros ordenadores invadía aquel hacker?

   El 27 de febrero Tymnet nos remitió cierta correspondencia electrónica
   de Wolfgang Hoffman, del Bundespost. Al parecer, la policía alemana
   sólo podía detener a los hackers cuando estaban conectados a la red.
   Disponíamos de abundantes pruebas para procesarlos; pero sin una
   identificación positiva, los cargos no serían admisibles ante el
   tribunal. Había que atraparlos con las manos en la masa.

   Entretanto, uno de los expertos informáticos del LBL describió el
   incidente a un programador del Lawrence Livermore Laboratory. Este, a
   su vez, mandó un mensaje electrónico a varias docenas de personas,
   diciendo que me invitaría a pronunciar una conferencia sobre «Cómo
   capturamos a los hackers alemanes». ¡Vaya estupidez!

   A los diez minutos de mandar dicha nota recibí tres llamadas
   telefónicas.

   —Tenía entendido que querías guardar el secreto. ¿A qué viene esta
   publicidad? —dijeron los tres comunicantes.

   Lo que me faltaba. ¿Cómo deshacer ahora aquel enredo? Si el hacker veía
   la nota, todo habría acabado.

   John Erlichman observó que cuando se estruja el tubo de dentífrico es
   difícil meter la pasta de nuevo en el tubo. Llamé a Livermore y en
   cinco minutos los convencí de que retiraran el mensaje de todos sus
   sistemas. Pero ¿cómo evitar que se repitiera algo parecido en el
   futuro?

   Para empezar, podía mantener a mis colegas mejor informados. De ahora
   en adelante decidí contarles cada semana lo ocurrido hasta entonces y
   explicarles la necesidad de guardar el secreto. Funcionó de maravilla:
   si uno les cuenta la verdad, respetan la necesidad del secreto.

   El hacker hizo algunas apariciones ocasionales durante el mes de marzo.
   Con suficiente frecuencia para transtornar mi vida, pero nunca lo
   bastante duraderas para que los alemanes pudieran atraparle.

   El jueves, 12 de marzo, estaba nublado en Berkeley. Pero, puesto que
   por la mañana no llovía, fui al trabajo en mi bici sin impermeable. A
   las 12.19 el hacker visitó su vieja madriguera durante un par de
   minutos. Hizo un listado de algunos de mis archivos SDINET y averiguó
   que Barbara Sherwin había comprado últimamente un nuevo coche y que
   SDINET se ampliaba al extranjero. Vio los nombres de treinta nuevos
   documentos, pero no los leyó. ¿Por qué no?

   Steve White estaba de paso en la ciudad, para visitar a Ron Vivier de
   la oficina de Tymnet, en Silicon Valley. Martha y yo habíamos quedado
   en reunimos con él en un restaurante tailandés, por lo que tenía que
   estar en casa a las seis.

   Empezó a llover a las cuatro y comprendí que me mojaría si regresaba a
   casa en bicicleta. En todo caso, no tenía dónde elegir y eché a
   pedalear como un loco; la lluvia convirtió los frenos de mi bici en
   pieles de plátano. El impermeable no me habría protegido de la cortina
   de agua que me arrojó un viejo DeSoto. El tráfico me mojaba
   lateralmente y los neumáticos de mi propia bici por debajo.

   Cuando llegué finalmente a casa, estaba empapado. Tenía bastante ropa
   seca para ponerme, pero un solo par de zapatos: las mugrientas
   zapatillas que llevaba puestas. Además, estaban impregnadas de agua y
   no disponía de tiempo para secarlas. Miré a mi alrededor y vi el nuevo
   horno de microondas de Claudia. Quizá...

   Metí las zapatillas en el horno y pulsé algunos botones. En la
   ventanilla se leía «120». Me pregunté si se trataría de 120 segundos,
   120 vatios, 120 grados o 120 años luz. ¡A saber!

   No importaba. Me limitaría a observar las zapatillas a través de la
   portezuela y asegurarme de que no ocurriera ningún desastre. Durante
   los primeros segundos, ningún problema. Pero entonces sonó el teléfono.

   Fui corriendo al comedor para contestar. Era Martha.

   —Estaré en casa dentro de media hora, cariño —dijo—. No olvides que hoy
   cenamos con Steve White.

   —Ahora mismo me estaba preparando. A propósito, Martha: ¿cómo conecto
   el microondas?

   —No tienes necesidad de hacerlo. Hoy cenamos fuera, ¿no lo recuerdas?

   —Supón que pretendo secar mis zapatillas —le dije—. ¿En qué posición
   debo colocar el microondas?

   —No bromees.

   —Hablo en serio. Mis zapatillas están mojadas.

   —No te atrevas a meterlas en el microondas.

   —Bueno, hipotéticamente hablando: ¿cuánto tiempo debería darles
   teóricamente en el microondas?

   —Ni se te ocurra. Cuando llegue a casa, te mostraré cómo hay que
   secarlas...

   —El caso es, amor mío, que... —intenté interrumpirla.

   —No. No toques el microondas —insistió—. Ten paciencia. Hasta pronto.

   En el momento de colgar el teléfono oí cuatro pitidos procedentes de la
   cocina.

   De la parte posterior del nuevo horno de microondas Panasonic de
   Claudia emergía furiosamente una espesa humareda negra, parecida a la
   que se ve por televisión cuando se incendia una refinería. Y apestaba
   como un neumático cuando se quema.

   Abrí la puerta del microondas y de su interior salió otra nube de humo.
   Metí la mano e intenté retirar las zapatillas, que conservaban su
   forma, pero con la textura de queso fundido. Las arrojé, junto con la
   bandeja de cristal, por la ventana de la cocina. La bandeja se hizo mil
   pedazos en el suelo y las zapatillas siguieron cociéndose junto al
   ciruelo.

   Ahora sí que me había metido en un buen lío. Martha llegaría a casa
   dentro de media hora y la cocina olía como Akron, durante el festival
   de quema de neumáticos. Había que limpiar aquella porquería.

   Cogí las toallas de papel y me puse a limpiar el microondas. Había
   hollín por todas partes, y no precisamente el tipo de hollín que se
   lava con facilidad. Frotar la suciedad sólo serbia para dispersar la
   mugre.

   ¿Cómo hacer desaparecer, en media hora, la delicada fragancia a goma
   quemada? Abrí de par en par puertas y ventanas con la esperanza de que
   el viento se llevara la pestilencia. Pero el hedor permanecía y ahora
   la lluvia penetraba por las ventanas.

   Cuando se hace una porquería, hay que encubrirla. Recordé un artículo
   sobre temas domésticos en el que se recomendaba hervir una pequeña
   cantidad de vainilla para disimular los malos olores. La situación no
   podía empeorar. Vertí sesenta gramos de vainilla en un cazo y encendí
   el fogón.

   Efectivamente, en un par de minutos la vainilla surtió su efecto. La
   cocina ya no olía a viejos neumáticos negros incendiados; ahora olía a
   nuevos neumáticos blancos incendiados.

   Entretanto me dedicaba a limpiar el techo y las paredes. Pero olvidé la
   vainilla. Se evaporó el agua, se quemó el cazo y metí la pata por
   segunda vez. Por tercera, si se cuenta el suelo empapado.

   Quince minutos. ¿Qué hacer? Pacificación. Prepararía unas galletas.
   Cogí de la nevera la pasta sobrante del día anterior y coloqué
   montoncitos en una fuente para el horno. Ajusté la temperatura a 190
   grados, ideal para bastoncitos de chocolate.

   Un tercio de las galletas cayeron de la fuente y se pegaron al fondo
   del horno, donde quedaron calcinadas.

   Entra Martha en casa, huele, ve la franja negra del techo y exclama:

   —¡No!

   —Lo siento.

   —Te lo advertí.

   —He dicho que lo siento.

   —Pero te dije que...

   Suena el timbre de la puerta. Entra Steve White y, con aplomo
   británico, dice:

   —¡Caramba, amigo! ¿Vivís cerca de una fábrica de neumáticos?

  47

   Durante marzo y abril, las apariciones del hacker fueron muy discretas.
   Se asomaba de vez en cuando, sólo el tiempo suficiente para mantener
   sus cuentas activas. Pero no parecía interesarse por otros ordenadores
   y hacía prácticamente caso omiso de mis nuevos archivos SDINET. ¿Qué le
   ocurriría a ese individuo? Si le hubieran detenido, no aparecería. Y si
   estaba ocupado en otros proyectos, ¿por qué se asomaba de vez en
   cuando, durante un minuto escaso, para volver a desaparecer?

   El 14 de abril estaba trabajando en el sistema Unix, cuando me di
   cuenta de que Marv Atchley estaba conectado al sistema.

   Curioso. Marv estaba en el piso superior charlando con unos
   programadores. Me acerqué a su cubículo para ver su terminal. No estaba
   siquiera conectada.

   ¿Quién utilizaba la cuenta de Marv? Fui corriendo a la centralita y
   comprobé que había alguien conectado mediante una de las terminales de
   Tymnet. Aquel alguien penetraba en el sistema con el nombre de Marv
   Atchley.

   Llamé a Tymnet y Steve localizó rápidamente la llamada.

   —Procede de Hannover, Alemania. ¿Estás seguro de que no es el hacker?

   —No lo sé. Ahora volveré a llamarte.

   Subí cuatro pisos corriendo y me asomé a la sala de conferencias.
   Efectivamente, allí estaba Marv Atchley, en medio de una animada charla
   con veinticinco programadores.

   Cuando volví a la centralita, el supuesto Marv había desaparecido. Pero
   pude comprobar que había entrado en el sistema sin truco alguno, ya que
   de otro modo habría activado mis alarmas. Sea quien sea, debía de
   conocer la contraseña de Marv.

   Después de la charla, mostré a Marv la copia de la sesión.

   —No sé de quién puede tratarse. Te aseguro que nunca he revelado a
   nadie mi contraseña.

   —¿Cuánto hace que no la cambias?

   —Unas semanas.

   —¿Y cuál es?

   —Messiah. Voy a cambiarla inmediatamente.

   ¿Cómo diablos había obtenido aquel hacker la contraseña de Marv? Me
   habría dado cuenta si hubiera instalado un troyano. ¿Podía haber
   adivinado una palabra como «Messiah»?

   Claro, había una forma de hacerlo.

   Nuestras contraseñas están archivadas en forma codificada. Por mucho
   que se busque en el ordenador, nunca se encontrará la palabra
   «Messiah». Pero sí su forma codificada como «p3kqznqiewe». Nuestro
   archivo de contraseñas codificadas era un verdadero galimatías. Y no
   hay forma de reconstruir el aguacate a partir del guacamole.

   Pero se pueden adivinar las contraseñas. Supongamos que el hacker
   quisiera conectar como Marv y lo intentara con la contraseña
   «Aardvark». Mi sistema le respondería «no aceptable». Entonces el
   hacker, como persona tenaz, probaría la contraseña «Aaron». De nuevo en
   vano.

   Una por una podría ir probando todas las palabras del diccionario,
   hasta llegar por fin a la palabra «Messiah», cuando se le abrirían las
   puertas de par en par.

   Cada intento dura un par de segundos. Se le gastarían los dedos en el
   teclado, antes de llegar al fin del diccionario. Esta forma de
   averiguar contraseñas por fuerza bruta sólo funcionaría en un ordenador
   completamente descuidado por parte de la dirección del mismo.

   Pero yo había visto que aquel hacker copiaba nuestro archivo de
   contraseñas. ¿Cómo utilizaría una lista de contraseñas codificadas?

   El sistema de contraseñas Unix utiliza un programa de codificación
   público. Cualquiera puede tener acceso al mismo, pues se publica en los
   boletines. Con cien mil ordenadores Unix en el mundo no se podría
   mantener el programa secreto.

   El programa de codificación Unix es exclusivamente unidireccional:
   convierte palabras inglesas en un galimatías. No se puede invertir el
   proceso para traducir el galimatías al inglés.

   Sin embargo, con dicho programa de codificación, se puede codificar la
   totalidad del diccionario. Una vez elaborada la lista de palabras
   inglesas codificadas, no hay más que comparar mi archivo de contraseñas
   con la misma. Así debía de ser como el hacker las descubría.

   En su ordenador de Hannover debía de utilizar el programa de
   codificación Unix, introducir la totalidad del diccionario y codificar
   todos sus términos. Por ejemplo, la forma codificada de «Aardvark» es
   «vi4zkcvlsfz», se compara con «p3kqznqiewe» y, puesto que no es la
   misma, se pasa a la próxima palabra del diccionario. La forma
   codificada de «Aaron» es «zzole9cklg8», sigue sin ser la misma y, por
   consiguiente, se prosigue.

   Por fin su programa descubriría que la forma codificada de «Messiah»
   era «p3kqznqiewe».

   Cuando el programa diera en el blanco, imprimiría la respuesta.

   Mi hacker descubría las contraseñas con la ayuda de un diccionario.
   Podía descubrir cualquier contraseña siempre que correspondiera a una
   palabra inglesa.

   Esto era grave. Significaba que cada vez que le había visto copiar un
   archivo de contraseñas, era capaz de descubrir la contraseña legítima
   de cada usuario. ¡Malas noticias! Consulté mi cuaderno. Había copiado
   el archivo de contraseñas de nuestro Unix, del sistema de Anniston y de
   los sistemas de comandancia de la armada. Me preguntaba si habría
   regresado a dichos ordenadores.

   ¡Diablos! Había demostrado que descifraba contraseñas en su ordenador.
   Hay unas cien mil palabras en el diccionario inglés y habían
   transcurrido aproximadamente tres semanas desde que copió mi archivo de
   contraseñas. En el supuesto de que su descifrador operara
   permanentemente durante tres semanas, ¿habría podido averiguar la
   contraseña de Marv?

   En cualquier ordenador Vax se tarda aproximadamente un segundo en
   codificar una palabra. Por consiguiente, cien mil palabras tardarían
   más o menos un día. En un PC IBM, tal vez un mes. Un superordenador
   Cray puede que lo resolviera en una hora.

   Pero Marv opinaba que aquel individuo había tardado menos de tres
   semanas, lo que significaba que no utilizaba un pequeño ordenador
   doméstico. Debía de utilizar su programa descifrador en un Vax o en un
   Sun. Pero no debía dar excesivo crédito a mi conclusión. Era posible
   que el hacker hubiera resuelto el problema con mayor rapidez y esperado
   unos días antes de utilizar la contraseña de Marv.

   No obstante me felicité a mí mismo. Por el hecho de darme cuenta de que
   descifraba contraseñas, sabía el tipo de ordenador que utilizaba.
   Trabajo de detective por control remoto.

   Esto explicaba por qué copiaba siempre los archivos de contraseñas; las
   descifraba en Alemania.

   Una sola contraseña descubierta suponía ya un peligro. Ahora, si
   anulaba la cuenta de Sventek, entraría por cualquier otra cuenta. Menos
   mal que no le había cerrado la puerta. Mis contraseñas, que yo creía a
   prueba de balas, habían resultado estar repletas de orificios.

   La decodificación de contraseñas era algo nuevo para mí, pero supuse
   que no para los expertos. ¿Cuál sería su opinión al respecto? Decidí
   llamar a Bob Morris, el jefazo de la NSA que había inventado el sistema
   de codificación Unix.

   —Creo que el hacker descifra mis contraseñas —le dije a Bob.

   —¿Cómo? —exclamó, claramente interesado—. ¿Utiliza un diccionario o ha
   llegado a invertir el algoritmo de codificación de datos?

   —Creo que utiliza un diccionario.

   —¡Vaya gracia! Yo tengo tres programas para la decodificación de
   contraseñas. Uno de ellos pre informatiza las contraseñas y, por tanto,
   funciona unas doscientas veces más rápido. ¿Quieres que te mande una
   copia?

   ¡Diablos, me ofrecía una copia de un programa decodificador de
   contraseñas!

   —Pues..., creo que no —respondí—. Pero si alguna vez necesito descifrar
   alguna contraseña, te llamaré. A propósito, ¿desde cuándo se sabe cómo
   descifrar contraseñas?

   —¿Por fuerza bruta? Quizá cinco o diez años. Es un juego de niños.

   ¿Descifrar contraseñas un juego de niños? ¿Con qué tipo de individuo
   estaba hablando?

   —Intentar adivinar no sirve de nada cuando se eligen unas buenas
   contraseñas —prosiguió Bob—. Lo que verdaderamente nos preocupa son los
   programas de codificación. Si alguien descubre la forma de invertir
   dicho software, tendremos graves problemas.

   Ahora comprendí a lo que se refería. El programa que traduce «Messiah»
   a «p3kqznqiewe» es unidireccional. Le basta un segundo para codificar
   la palabra. Pero si alguien descubría la forma de hacer funcionar la
   máquina a la inversa, es decir, de modo que convirtiera «p3kqznqiewe»
   en «Messiah», podría averiguar cualquier contraseña, sin necesidad de
   adivinar.

   Bien, por lo menos se lo había comunicado a la NSA. Tal vez hacía años
   que conocían aquellas técnicas, pero ahora sabían oficialmente que
   alguien las utilizaba. ¿Divulgarían la noticia? Pensándolo bien, si
   hacía años que lo sabían, ¿por qué no lo habían divulgado antes?

   Los diseñadores de sistemas deberían de conocer este problema, a fin de
   construir sistemas operativos más sólidos. Los técnicos informáticos
   también tendrían que saberlo. Y habría que advertir a toda persona que
   utiliza una contraseña. Hay una norma muy sencilla, la de no utilizar
   contraseñas que aparezcan en el diccionario. ¿Por qué no me lo había
   dicho nunca nadie?

   Al centro nacional de seguridad informática no parecían interesarle los
   problemas del mundo real de millares de ordenadores Unix en
   funcionamiento. Yo quería conocer los puntos débiles de mi sistema
   Unix. ¿Cuáles eran los problemas conocidos? Anteriormente, había
   descubierto ya un defecto en el Gnu-Emacs, una brecha ampliamente
   difundida en el sistema de seguridad, que había denunciado al centro
   nacional de seguridad informática. Pero ellos no se lo habían
   comunicado a nadie. Ahora acababa de descubrir que las contraseñas que
   aparecen en el diccionario no son seguras.

   ¿Cuántas otras brechas del sistema de seguridad alberga mi ordenador?

   Puede que el centro nacional de seguridad informática lo sepa, pero no
   lo divulga.

   El lema de la NSA, «Nunca digas nada»^14, parecía ser cierto. Sin
   embargo, al guardar silencio sobre estos problemas de seguridad
   informática, nos perjudican a todos. Había podido comprobar que los
   hackers habían descubierto y explotaban dichos defectos desde hacía
   mucho tiempo. ¿Por qué no se lo contaba nadie a los buenos?

   —No es de nuestra competencia —respondió Bob—. Nosotros recopilamos
   esta información a fin de diseñar mejores ordenadores en el futuro.

   De algún modo y en algún lugar algo fallaba. Los tipos de sombrero
   negro conocían la combinación de nuestras cajas fuertes. Pero los de
   sombrero blanco guardaban silencio.

   En todo caso, debía olvidarme por ahora de la NSA. ¿Qué más podía
   hacer? Hurgar en las demás agencias.

   A fines de abril el Bundespost todavía no había recibido los documentos
   necesarios de Estados Unidos. Sus escuchas telefónicas se apoyaban en
   una denuncia oficial de la Universidad de Bremen.

   Pero, a pesar de que el Bundespost había realizado varios seguimientos
   completos, no estaban dispuestos a revelarme los nombres, ni los
   números de teléfono, de los sospechosos. La legislación alemana se lo
   impedía. Me resultaba familiar. De pronto me pregunté si mi hermana
   Jeannie estaría dispuesta a husmear un poco por Hannover. Hasta ahora
   había demostrado ser la investigadora más fiable.

   Llamé a Mike Gibbons.

   —Hemos dejado de considerar este asunto como un caso criminal —dijo.

   —¿Por qué abandonarlo cuando los alemanes han localizado la línea y
   conocen los nombres de los sospechosos?

   —No he dicho que lo hubiéramos abandonado, sino que el FBI no lo trata
   como caso criminal.

   ¿Y eso qué significaba? Como de costumbre, Mike se cerró como una ostra
   cuando comencé a formularle preguntas.

   ¿Habían realizado los de las fuerzas aéreas algún progreso? Divulgaban
   discretamente la noticia de que había reptiles que se arrastraban por
   Milnet, intentando introducirse en ordenadores militares. Uno tras
   otro, los sistemas aumentaban la seguridad.

   Pero las fuerzas aéreas dependían del FBI para capturar al hacker. A
   Ann Funk y Jim Christy les habría gustado ayudar, pero no podían.

   —Dime cualquier cosa, a excepción de «no es de mi competencia» —le dije
   a Ann.

   —De acuerdo —respondió—. No está en mis manos.

  48

   No me gustaba alejarme de Berkeley, en parte porque echaba de menos a
   mi compañera, pero también porque dejaba al hacker sin que nadie le
   vigilara.

   Iba a dar una conferencia en el NTISSIC, organización gubernamental
   cuyas siglas no han sido nunca decodificadas. Según Bob Morris, su
   función era la de elaborar una política de seguridad para la
   información y las telecomunicaciones, lo que permitía adivinar algunas
   de sus iniciales.

   —Para aprovechar tu visita a esta zona —dijo Teejay—, ¿qué te parecería
   pasarte por nuestro cuartel general en Langley?

   ¿Yo? ¿Visitando la CIA? Estaba ya metido hasta la coronilla,
   reuniéndome con los espías en su propio terreno. Imaginaba a centenares
   de espías de gabardina al acecho por los pasillos.

   Entonces la NSA me invitó también a visitar Fort Meade, pero de un modo
   mucho menos informal.

   —Nos gustaría que prepararas una conferencia para el departamento X-1
   —me dijo Zeke Hanson por teléfono—. Te mandarán las preguntas con
   antelación.

   ¿El departamento X-1 de la National Security Agency? Esto sí que era ya
   de capa y espada. Como de costumbre, no logré que me ampliaran la
   información... Zeke se negó a revelarme lo que X-1 significaba.

   Cuando llegué a la NSA, Bob Morris me recibió en su despacho. Las tres
   pizarras estaban cubiertas de grafía rusa, que según me explicó
   representaban rimas de acertijos, y algunas ecuaciones matemáticas.
   ¿Dónde sino en la NSA?

   Escribí una breve nota en chino y Bob contraatacó con un sencillo
   problema numérico: UDTCCSS.

   —¿Cuál es la próxima letra, Cliff?

   Era un viejo problema.

   —La próxima letra es la «O» —respondí.

   Uno, dos, fres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho.

   Jugamos un rato con acertijos y palíndromos, hasta que Bob escribió la
   siguiente serie: 1, 11, 21, 1211, 111221^10.

   —Completa esta serie, Cliff.

   La observé durante cinco minutos y me di por vencido. Estoy seguro de
   que debe de ser fácil, pero hasta el día de hoy no lo he resuelto.

   Me producía una extraña sensación. Había venido con la intención de
   sacudir a la NSA y ahí estaba con Bob Morris, su gran maestro, jugando
   a números. Era indudablemente divertido, pero desconcertante.

   Entonces fuimos a Washington, al Departamento de Justicia. Durante el
   viaje hablamos de la seguridad informática y le señalé que ellos no
   podían estar seguros de que no hubiera inventado toda la historia.

   —La NSA no puede comprobar la veracidad de mi relato.

   —No es necesario. Somos una cámara de espejos: cada sección verifica a
   otra.

   —¿Se espían entre ellos?

   —No, no, no. Verificamos permanentemente nuestros resultados. Por
   ejemplo, cuando resolvemos un problema matemático por medios teóricos,
   comprobamos el resultado en un ordenador. Entonces puede que otra
   sección intente resolver el mismo problema, con otra técnica diferente.
   Todo es cuestión de abstracción.

   —¿Le importará a alguien que no use corbata?

   Me había puesto unos vaqueros limpios, pensando que habría gente
   importante, pero todavía no tenía traje ni corbata.

   —No te preocupes —respondió Bob—. A tu nivel de abstracción, no tiene
   la menor importancia.

   No se me permitió estar presente en la reunión, puesto que era
   altamente secreta y sólo me autorizaron a entrar en la sala cuando
   llegó el momento de mi intervención. En una pequeña estancia, iluminada
   sólo por la luz del proyector, había unas treinta personas, en su
   mayoría de uniforme; generales y almirantes, como en las películas.

   Durante media hora describí cómo el hacker se infiltraba en ordenadores
   militares y navegaba por nuestras redes. Un general me interrumpía
   constantemente con preguntas, desde el fondo de la sala. Lo que le
   interesaba no eran cosas sencillas como: «¿Cuándo descubrimos al
   hacker?», sino más bien: «¿Cómo podía demostrar que la correspondencia
   electrónica no había sido falsificada?», y: «¿Por qué no había resuelto
   el FBI el caso?»

   Las preguntas duraron otra media hora, hasta que por fin decidieron
   dejar de torturarme. Mientras comíamos unos bocadillos de queso, Bob
   Morris me habló de lo ocurrido.

   —Nunca había visto tanto «laton» bajo el mismo techo —dijo—. El
   personaje que formulaba las preguntas más interesantes era uno de los
   de menor graduación en la sala, sólo general de brigada.

   Mi desconocimiento del mundo militar era tan supino como el de la
   mayoría.

   —Supongo que estoy impresionado, pero no sé exactamente por qué
   —respondí.

   —Debes estarlo —agregó Bob—. Todos los reunidos eran oficiales de cinco
   estrellas. El general John Paul Hyde forma parte del estado mayor de
   los tres ejércitos. Y el individuo de la primera fila es uno de los
   jefazos del FBI. Es muy interesante que te haya oído.

   Yo no estaba tan seguro. Imaginaba lo incómodo que podía sentirse un
   pez gordo del FBI cuando era consciente de que su agencia debía estar
   haciendo algo en lugar de ocultar la realidad. No debía de caerle bien
   que un melenudo de Berkeley le complicara la vida; lo que quería era
   nuestro apoyo y cooperación.

   De pronto me puse nervioso. Repasé mentalmente lo ocurrido. ¿Había
   metido la pata? Es extraño sentirse nervioso, después de haber hecho
   algo. Cuanto más reflexionaba, más impresionado me sentía por los
   militares. Se habían concentrado en los puntos débiles de mi charla,
   con una comprensión perfecta tanto de los detalles como de la
   importancia de lo que decía.

   Había recorrido un largo camino. Un año antes habría considerado a
   aquellos oficiales como marionetas belicistas de los capitalistas de
   Wall Street. Esto era, después de todo, lo que había aprendido en la
   universidad. Ahora las cosas ya no me parecían tan claras. Tenía la
   impresión de estar entre gente inteligente con un grave problema entre
   manos.

   Por la mañana del día siguiente tenía que pronunciar una conferencia en
   el departamento X-1 de la NSA. Tal como estaba previsto, habían
   preparado una lista de preguntas y deseaban que me concentrara en los
   temas siguientes:

   1) ¿Cómo ha sido detectado el intruso?

   2) ¿Cuáles son las medidas de control existentes?

   3) ¿Cómo se controla a alguien con plenos privilegios en el sistema?

   4) Facilitar detalles técnicos sobre la forma de penetrar en los
   ordenadores.

   5) ¿Cómo se obtuvieron las contraseñas para los Cray de Livermore?

   6) ¿Cómo se consiguieron, los privilegios de superusuario?

   7) ¿Tomó el intruso medidas para impedir ser detectado?

   Leí los enunciados y casi me atraganté. Comprendía perfectamente lo que
   me preguntaban, pero había algo que no cuadraba.

   ¿Sería que las respuestas a sus preguntas podrían utilizarse para
   infiltrarse en los sistemas? No, no era eso lo que me inquietaba:
   hacían referencia, esencialmente, a temas defensivos.

   Cuando los leí por tercera vez, intuí que manifestaban un supuesto
   subyacente que me resultaba ofensivo. Me rasqué la cabeza, intentando
   descubrir lo que me molestaba.

   Por fin comprendí lo fastidioso de aquellas preguntas.

   No se trataba de su contenido, sino de su neutralidad intrínseca.
   Hacían referencia a un adversario impersonal, un «intruso»
   esterilizado. Lo planteaban como un problema técnico, sin emociones,
   que debía ser resuelto por medios puramente mecánicos.

   Mientras uno considere a alguien que le está robando como un simple
   «intruso», su progreso será nulo. Si la NSA mantenía su enfoque
   impersonal y desvinculado, nunca llegaría a comprender que no se
   trataba sólo de una intrusión en un ordenador, sino de un ataque contra
   la comunidad.

   Como científico, comprendía la importancia de mantenerse desvinculado
   de un experimento. Sin embargo, por otra parte, no había resuelto el
   problema hasta sentirme vinculado, hasta preocuparme por los pacientes
   cancerosos a los que aquel individuo podía perjudicar, hasta
   enfurecerme por la amenaza directa de aquel hacker contra todos
   nosotros.

   Redacté otra versión de las preguntas y esbocé un nuevo esquema:

   1) ¿Cómo logra ese gamberro infiltrarse en los ordenadores?

   2) ¿Cuáles son los sistemas en los que se cuela?

   3) ¿Cómo se ha convertido ese cabrón en superusuario?

   4) ¿Cómo ha conseguido esa rata las contraseñas del Cray de Livermore?

   5) ¿Procura ese asqueroso que no le detecten?

   6) ¿Puede controlarse a un bribón que se ha convertido en administrador
   de sistema?

   7) ¿Cómo localizar la madriguera de ese gilipollas?

   Ahora, estas preguntas, puedo responderlas.

   Los agentes de la NSA hablaban en una jerga moralmente neutra, con la
   que yo me sentía profundamente ultrajado. Ultrajado por perder el
   tiempo persiguiendo a un gamberro, en lugar de dedicarme a la
   astrofísica. Ultrajado por el hecho de que aquel espía se apoderaba de
   información delicada con toda impunidad. Ultrajado porque a mi gobierno
   no parecía importarle un comino.

   Pero ¿cómo logra un astrónomo melenudo y sin corbata, o sin
   autorización para poseer información secreta, estimular a un puñado de
   tecnócratas? (Debe de haber alguna norma que diga: «Sin corbata ni
   zapatos, no hay autorización.») Hice cuanto estuvo en mi mano, pero
   lamentablemente al personal de la NSA le interesaba más la tecnología
   que cualquier consideración ética.

   A continuación me mostraron algunos de sus sistemas informáticos. Fue
   un poco desconcertante. En el techo de todas las salas que visitamos
   había una luz roja intermitente.

   —Advierte a todos los presentes que no deben decir nada confidencial en
   tu presencia —me comunicaron.

   —¿Cuál es el significado de la sección X-1? —le pregunté a mi guía.

   —Es bastante aburrido —respondió—. La NSA tiene veinticuatro
   divisiones, cada una con su correspondiente letra. La «X» designa el
   grupo de seguridad de software. Ponemos a prueba la seguridad de los
   ordenadores. X-1 son los matemáticos, que comprueban los programas
   desde un punto de vista teórico, buscando defectos de diseño. El
   personal de X-2 se coloca frente al teclado e intenta destruir el
   programa cuando ya ha sido elaborado.

   Me pregunté sí habrían detectado el problema del Gnu-Emacs.

   Aproveché para preguntarles a diversos funcionarios de la NSA si habría
   alguna forma de que nos ayudaran en nuestro trabajo. Individualmente, a
   todos les pareció lamentable que la totalidad de nuestros fondos
   procediera del presupuesto de los físicos. Sin embargo, colectivamente,
   no ofrecieron ayuda alguna.

   —Sería más fácil si vuestra organización tuviera un contrato de defensa
   —dijo uno de los agentes—. La NSA desconfía de los intelectuales.
   Parece haber una especie de recelo mutuo.

   Hasta entonces, la única ayuda externa había sido de ochenta y cinco
   dólares, como tarifa honoraria por pronunciar una conferencia en la
   asociación de bibliotecarios técnicos de la bahía de San Francisco.

   La visita de la NSA duró hasta mucho después de la hora del almuerzo,
   de modo que salí tarde de Fort Meade y me perdí por completo, de camino
   a la central de la CIA en Langley, Virginia. A eso de las dos de la
   tarde acabé por encontrar el lugar no señalizado y me detuve junto al
   portalón con una hora de retraso.

   El vigilante me examinó como si acabara de aterrizar de Marte.

   —¿A quién busca?

   —A Teejay.

   —¿Apellido?

   —Stoll.

   Consultó una carpeta, me entregó un formulario para que lo rellenara y
   colocó un pase azul sobre el salpicadero de mi coche alquilado.

   Un pase de VIP para el aparcamiento de la CIA. En Berkeley eso valdría
   unos cinco dólares, puede que diez.

   ¿Yo? ¿Un VIP? ¿En la CIA? Surrealista. Esquivé a unas cuantas personas
   que corrían y otras que iban en bicicleta de camino al aparcamiento. Un
   guardia armado me aseguró que no tenía necesidad de cerrar el coche con
   llave. A lo lejos se oía el zumbido de las langostas del decimoséptimo
   año y el graznido de un pato silvestre. ¿Qué harían los patos en el
   umbral de la CIA?

   Teejay no me había aclarado lo técnica que debía ser la charla y había
   optado por meter varios esquemas en un cochambroso sobre, de camino al
   edificio de la CIA.

   —Llegas tarde —chilló Teejay, desde el fondo del vestíbulo.

   ¿Qué podía decirle? ¿Que siempre me perdía en las autopistas?

   En el centro del vestíbulo hay un escudo de la CIA de metro y medio de
   diámetro: una águila de piedra artificial, tras un blasón oficial.
   Imaginaba que nadie la pisaría, como los estudiantes de Rebelde sin
   causa, pero no era así. Todo el mundo camina por encima del animal sin
   mostrarle ningún respeto.

   En la pared hay un mármol con una inscripción que dice: «La verdad os
   hará libres». (Me pregunté qué hacía allí la consigna del Caltech,
   antes de darme cuenta de que era una cita de la Biblia.) En la pared
   opuesta había grabadas cuatro docenas de estrellas; sólo pude imaginar
   las cuarenta y ocho vidas que representan.

   Después de un registro rutinario de mis pertenencias, recibí una placa
   roja fluorescente con una «V». La etiqueta de visitante era
   innecesaria; yo era el único sin corbata. No había ninguna gabardina a
   la vista.

   El ambiente era el de una apacible universidad, con gente que paseaba
   por el vestíbulo practicando idiomas extranjeros y discutiendo las
   noticias de los periódicos. De vez en cuando pasaba una pareja, cogidos
   del brazo.

   Todo era muy diferente de los dibujos de Boris y Natasha.

   Bueno, no era exactamente como una universidad. Cuando Teejay me
   acompañó a su despacho del primer piso, me di cuenta de que cada puerta
   era de un color distinto, pero sin dibujos ni carteles políticos. Sin
   embargo, algunas tenían cerrojos de combinación, casi como las cajas
   fuertes de los bancos. Incluso las cajas de fusibles llevaban candado.

   —Puesto que has llegado tarde, hemos aplazado la reunión —dijo Teejay.

   —Tengo que seleccionar mis notas —comenté—. ¿Cómo quieres que sea de
   técnica la conferencia?

   —No te preocupes por eso —respondió Teejay, al tiempo que me echaba una
   mala mirada—. No vas a necesitarlas.

   Intuí que iba a tener problemas. Y en esta ocasión no había forma de
   escapar. Sentado junto a la mesa de Teejay, descubrí una colección
   fantástica de sellos de goma. Auténticos sellos de «ALTO SECRETO»,
   junto a otros como «CONFIDENCIAL», «PRIVADO», «INTELIGENCIA
   COMPARTIMENTAL», «DESTRUIR DESPUÉS DE LEER» y «NOFORN». Supuse que el
   último significaba «no fornicar», pero Teejay me lo aclaró: «No
   ciudadanos extranjeros.» Sellé una hoja de papel con todos ellos y la
   guardé con mis notas.

   Greg Fennel, el otro agente que había venido a verme a Berkeley, me
   acompañó a visitar la sala de informática de la CIA. Parecía un
   estadio. En Berkeley estaba acostumbrado a una docena de ordenadores,
   en una gran sala. Aquí había centenares de ordenadores mainframe,
   colocados muy juntos en una enorme caverna. Greg me recordó que,
   después de Fort Meade, aquélla era la instalación informática mayor del
   mundo.

   Todos los ordenadores eran IBM.

   Entre los entusiastas del Unix, las grandes instalaciones IBM son
   reminiscentes de los años sesenta, cuando estaban en boga los grandes
   centros informáticos. Desde la aparición de las terminales de
   sobremesa, las redes y los ordenadores personales, esos descomunales
   sistemas centralizados parecen anticuados.

   —¿A qué viene todo este equipo IBM? —pregunté a Greg—. Son verdaderos
   dinosaurios —agregué, insinuando mi predilección por Unix.

   —Vamos cambiando —respondió Greg—. Tenemos un grupo muy entusiasta
   dedicado a la inteligencia artificial, investigadores muy activos en el
   campo de la robótica y nuestro laboratorio de procesamiento de imagen
   funciona de maravilla.

   Recordaba el orgullo con que había mostrado a Teejay y a Greg el
   sistema informático de mi laboratorio. Ahora me sentía profundamente
   avergonzado; los cinco Vax, que constituían la base de nuestro trabajo
   científico, parecían diminutos al compararlos con aquello.

   Pero nuestros propósitos eran distintos. La CIA necesita un sistema
   gigantesco de base de datos; tiene que organizar y asociar muchísimos
   datos diversos. Lo que nosotros necesitamos son instrumentos ágiles,
   ordenadores con una capacidad rápida de cálculo. Siempre es tentador
   medir la velocidad de un ordenador, o la capacidad de sus discos, y
   llegar a la conclusión de que «éste es mejor».

   La cuestión no es «cuál es el ordenador más rápido», ni siquiera «cuál
   es mejor». Lo que uno debería preguntarse es «¿cuál es el más
   adecuado?» o «¿cuál hará lo que yo necesito?».

   Después de visitar la división informática de la CIA, Teejay y Greg me
   condujeron al séptimo piso. Los números de cada piso estaban en
   distintos idiomas; reconocí el quinto, en chino, y el sexto, en ruso.

   Me condujeron a una antesala con una alfombra persa, cuadros
   impresionistas en las paredes y un busto de George Washington en una
   esquina: una verdadera mezcolanza. Me senté en un sofá, junto a Greg y
   a Teejay. Frente a nosotros había otros dos individuos, cada uno con su
   correspondiente placa, con los que charlamos un poco; uno de ellos
   hablaba perfectamente el chino y el otro había sido veterinario antes
   de alistarse a la CIA. Me pregunté qué tipo de conferencia esperaban
   que les ofreciera.

   Las puertas del despacho se abrieron de par en par y un individuo alto,
   de cabello canoso, nos invitó a entrar.

   —Hola, soy Hank Mahoney. Pasen.

   De modo que ésa era la reunión. Resultó que el séptimo piso era la
   guarida de los jefazos de la CIA. Hank Mahoney era el director en
   funciones; sonriendo junto a él se encontraba Bill Donneley, el
   subdirector y otros dos individuos.

   —¿Es decir que ustedes han oído hablar de este caso?

   —Lo hemos seguido día a día. Evidentemente, puede que este caso, por sí
   solo, no parezca gran cosa. Pero representa un grave problema para el
   futuro. Agradecemos sus esfuerzos para mantenernos informados.

   Dicho esto, me hicieron entrega de un certificado de agradecimiento,
   envuelto como si se tratara de un diploma.

   No supe qué decir, pero, medio tartamudeando, les di las gracias y miré
   a Teejay, que no podía contener la risa.

   —Hemos querido sorprenderte —dijo más adelante.

   ¿Sorprenderme? ¡Caracoles! Esperaba entrar en una sala llena de
   programadores y pronunciar una conferencia sobre seguridad en los
   sistemas. Examiné el certificado: estaba firmado por William Webster,
   director de la CIA.

   Al salir, como era de suponer, los guardias registraron mi bolsa de
   papeles. Entre mis notas encontraron el papel sellado «ALTO SECRETO».

   ¡Alerta roja: un visitante atrapado saliendo de la CIA con un documento
   sellado «ALTO SECRETO»! Evidentemente, el resto de la página estaba en
   blanco. Después de cinco minutos de explicaciones y dos llamadas
   telefónicas, me dejaron salir. Pero no sin antes incautar mi muestra
   sellada y advertirme que «Aquí nos tomamos la seguridad en serio».

   Regresé a Berkeley sentado junto a Greg Fennel, que se desplazaba al
   oeste en viaje de negocios secretos. Resultó que era astrónomo de
   formación y había dirigido un observatorio. Hablamos un poco del
   telescopio espacial, ese instrumento de alta precisión, de un billón de
   dólares, que estaba a punto de ser lanzado.

   —Con un telescopio de 238,76 centímetros en el espacio podremos ver los
   planetas con un detalle fenomenal —comenté.

   —Imagina sus posibilidades si se enfocara hacia la Tierra —dijo Greg.

   —¿Para qué molestarse? Lo interesante es observar el firmamento.
   Además, es físicamente imposible enfocar el telescopio espacial a la
   Tierra: sus sensores arderían si alguien lo intentara.

   —Supón que alguien construyera un telescopio semejante y lo enfocara a
   la Tierra. ¿Qué podrías ver?

   Hice algunos cálculos mentales: un telescopio de 238,76 centímetros, a
   unos cuatrocientos ochenta kilómetros de altitud. La longitud de onda
   de la luz es de unos cuatrocientos nanómetros...

   —Se llegarían a ver con facilidad detalles de medio metro. Su límite
   serían unos tres centímetros. Casi lo suficiente para distinguir
   rostros.

   Greg sonrió, sin decir nada. Tardé un rato, pero acabé por
   comprenderlo: el telescopio espacial astronómico no era el único gran
   telescopio en órbita. Greg se refería probablemente a algún satélite
   espía, casi con toda seguridad al secreto KH-11.

   Regresé a mi casa con la duda de si debía contar a Martha lo ocurrido.
   No me sentía distinto de antes: seguía prefiriendo la astronomía a la
   persecución de un hacker, pero me preocupaba lo que Martha pudiera
   pensar de la gente con la que había fraternizado.

   —¿Te lo has pasado bien? —preguntó a mi llegada.

   —Sí, en cierto modo —respondí—. Pero no creo que quieras saber a quién
   he conocido.

   —No importa. Has pasado el día incómodo en un avión. Deja que te frote
   la espalda.

   Hogar, dulce hogar.

  49

   Me consumía todavía la frustración, cuando pensaba en los ocho meses
   que llevaba imbuido en ese escabroso proyecto. Mi jefe no me permitía
   olvidar que no hacía nada útil.

   Entonces, el miércoles 22 de abril, Mike Gibbons me llamó desde el
   cuartel general del FBI para comunicarme que habían decidido que
   debíamos seguir vigilando al hacker. Al parecer la policía alemana
   quería echarle el guante y la única forma de conseguirlo consistía en
   comunicárselo a los alemanes en el momento en que sonaran las alarmas.

   Entretanto el FBI había solicitado oficialmente su cooperación y la
   intervención rápida de teléfonos. Estaban en contacto con el
   administrador de justicia en Alemania mediante el Departamento de
   Estado norteamericano.

   ¡Magnífico! ¿A qué se debía aquel cambio repentino? ¿Habría tomado el
   NTISSIC una decisión? ¿Habían acabado por ceder ante mi tenaz
   insistencia? ¿O habían sido los alemanes quienes se habían puesto
   finalmente en contacto con el FBI?

   A pesar de que el FBI no se había interesado hasta ahora por el caso,
   nunca había desmantelado mi base de control. Incluso cuando me
   ausentaba un par de días, los monitores seguían vigilando. Las copias
   de la semana anterior mostraban que había penetrado en el sistema,
   entre las 9.03 y las 9.04 de la mañana del sábado, 19 de abril. Aquel
   mismo día apareció de nuevo durante un par de minutos. Después de
   varios días de ausencia asomó la cabeza, comprobó que los archivos
   SDINET seguían en su lugar y volvió a desaparecer.

   A lo largo del último mes había preparado nuevos cebos para el hacker.
   Los vio, o por lo menos echó una ojeada a los títulos de los archivos,
   pero no se molestó en leerlos. ¿Le preocuparía que le vigilaran? ¿Lo
   sabía?

   Pero si creía que le vigilábamos era absurdo que se arriesgara a asomar
   la cabeza. ¿Quizá no podía permitirse el coste de conexiones
   prolongadas? No, porque el Bundespost nos había dicho que llamaba por
   cuenta de una pequeña empresa de Hannover.

   Durante la primavera seguí elaborando nuevos cebos. Para un
   desconocido, los archivos ficticios de SDINET eran producto de una
   oficina en funcionamiento. Mi mítica Barbara Sherwin elaboraba cartas y
   circulares, pedidos y órdenes de transporte. De vez en cuando
   introducía algunos artículos técnicos que explicaban cómo
   interconectaba la red SDI numerosos ordenadores confidenciales. Un par
   de notas sugerían que se podían utilizar los ordenadores del LBL para
   conectar con dicha red.

   Todos los días dedicaba una hora a barajar los archivos SDINET.
   Confiaba en atraer así la atención del hacker e impedir que se
   infiltrara en sistemas militares. Al mismo tiempo, eso nos brindaría la
   oportunidad de localizarle.

   El lunes, 27 de abril, había llegado tarde en mi bicicleta y empecé a
   escribir un programa que permitiera comunicar nuestro sistema Unix con
   los ordenadores Macintosh que el personal tenía en sus mesas de
   trabajo. Si lograba conectarlos, cualquiera de nuestros científicos
   podría utilizar la impresora Macintosh. Un proyecto divertido.

   A las once y media me las había arreglado para fastidiar dos programas
   —lo que funcionaba hace una hora, ahora había dejado de hacerlo— cuando
   Barbara Schaeffer me llamó desde el quinto piso.

   —Oye, Cliff: acaba de llegar una carta para Barbara Sherwin.

   —No bromees —exclamé, invirtiendo excepcionalmente los términos.

   —En serio. Sube y la abriremos.

   Había hablado a Barbara de nuestro proyecto SDINET ficticio y de que
   había utilizado su apartado de correos como dirección del mismo. Pero,
   a decir verdad, no esperaba que el hacker llegara a mandar algo por
   correo.

   ¡Santo cielo! ¿Había tenido el hacker la cortesía de mandarnos una
   carta?

   Subí los cinco pisos corriendo, pues el ascensor era demasiado lento.

   Barbara y yo examinamos la carta, dirigida a la señora Barbara Sherwin,
   proyecto SDINET, apartado de correos 50-351, LBL, Berkeley, California.
   El sobre estaba sellado en Pittsburgh, Pennsylvania.

   El corazón me latía con fuerza después de subir corriendo por la
   escalera, pero al ver el sobre sentí el flujo de la adrenalina.

   Lo abrimos cuidadosamente y sacamos la carta:

   Triam International, Inc.
   6512 Ventura Drive
   Pittsburgh, PA 15236
   21 de abril de 1987

   SDI Network Project
   1 Cyclotrov Road
   LBL, AP 50-351
   Berkley, California 94720
   A LA ATENCION: Sra. Barbara Sherwin secretaria administrativa

   ASUNTO: Proyecto Red SDI

   Querida señora Sherwin:

   Me interesan los siguientes documentos. Por favor mande una lista de
   precios e información actualizada sobre el Proyecto Red SDI. Gracias
   por su cooperación.

   Muy atentamente, Laszlo 1. Balogh

   #37.6 Red SDI, descripción global,
   19 páginas, diciembre de 1986
   #41.7 Red SDI, requisitos funcionales,
   227 páginas, revisado setiembre de 1985
   #45.2 Iniciaciones de defensa estratégica,
   planificación red informática y
   complementación notas conferencia,
   300 páginas, junio de 1986
   #47.3 Red SDI, requisitos conexión,
   65 páginas, revisado abril de 1986
   #48.8 Cómo conectar con la Red SDI,
   25 páginas, julio de 1986
   #49.1 Conexiones X.25 y X.75 con la Red SDI
   (incluidos Japón, Europa y Hawái),
   8 páginas, diciembre de 1986
   #55.2 Red SDI, plan de dirección entre 1986 y 1988,
   47 páginas, lista de miembros de noviembre
   (incluidas conexiones principales,
   24 páginas, noviembre de 1986)
   #65.3 Lista, 9 páginas, noviembre de 1986

   ¡Ah, cabrón!... ¡Alguien se había tragado el anzuelo y pedía más
   información! Lo habría comprendido perfectamente si la carta procediera
   de Hannover, pero ¿de Pittsburgh? ¿Qué estaba ocurriendo?

   Rogué a Barbara Schaeffer que no se lo comentara a nadie y llamé a Mike
   Gibbons, a la oficina del FBI en Alexandria.

   —Hola, Mike, ¿recuerdas las zanahorias que colgué en enero como cebo?

   —¿Te refieres a esos archivos SDI que te inventaste?

   —Efectivamente —respondí—. Pues bien, mi encantadora e inexistente
   secretaria acaba de recibir una carta.

   —No bromees.

   —Alguien en Pittsburgh quiere información sobre SDI.

   —¿Y tienes la carta en tu poder?

   —La tengo delante.

   —De acuerdo —dijo Mike—. Escucha atentamente. No la toques,
   especialmente por los bordes. Busca un sobre de plástico transparente e
   insértala cuidadosamente en el mismo. A continuación mándamela por
   correo urgente. Sobre todo, no la toques. Ponte guantes si es
   necesario.

   —El caso es que la auténtica Barbara Schaeffer ya la ha tocado.

   —Entonces puede que tengamos que obtener sus huellas dactilares. Por
   cierto, antes de meterla en el sobre, pon tus iníciales en el centro
   del reverso.

   Parecían las aventuras de Dick Tracy, pero obedecí sus órdenes. La
   traté como si fuera un negativo astronómico, pero no sin antes
   fotocopiarla. Sospechaba que Mike olvidaría devolverme el original.

   Después de buscar durante una hora (¿ha intentado alguien encontrar un
   sobre de plástico transparente?) y de mandar la carta al FBI, fui en
   busca de mi cuaderno.

   La información de la carta reproducía con exactitud uno de mis archivos
   ficticios. El archivo en cuestión, titulado circular, había sido leído
   una sola vez. El viernes, 16 de enero, el hacker la había examinado.

   Podía demostrar que nadie más la había visto. Aquel archivo estaba
   protegido de tal modo que sólo el usuario root podía leerla. O alguien
   que se hubiera convertido clandestinamente en administrador del
   sistema.

   Tal vez otra persona había descubierto la forma de leerla. No. Cuando,
   por cualquier razón, el ordenador tocaba aquel archivo, sonaba mi
   alarma y se imprimía una copia. Sólo una persona había disparado la
   alarma: el hacker.

   Comparé la carta de Laszlo Balogh de Pittsburgh con la que yo había
   elaborado el 16 de enero. Pedía casi todo lo que se ofrecía como cebo.

   Era idéntica.

   Sólo que había eliminado cuidadosamente la palabra «confidencial» al
   interesarse por el documento #65.3.

   Había varios errores que saltaban a la vista: la palabra es Cyclotron y
   no Cyclotrov, así como Berkeley en lugar de Berkley. Me pregunté si el
   autor de la carta no sería de habla inglesa; ¿quién diría
   «complementación notas conferencia»?

   Extraño. ¿Quién habría tras todo aquello?

   ¡Claro, ya sé lo que ocurre! El hacker vive en Pittsburgh,
   Pennsylvania. Llama por teléfono a Hannover, conecta con la red
   telefónica alemana e invade mi ordenador. ¡Vaya forma de ocultarse!

   No. Esto no tenía sentido. ¿Por qué no llamar directamente de
   Pittsburgh a Berkeley?

   Volví a leer mi diario del 18 de enero. Aquel día se había localizado
   la llamada hasta la casa del hacker en Hannover. Eso lo confirmaba. La
   conexión electrónica procedía de la casa de alguien en Hannover, no en
   Pittsburgh.

   La información se había trasladado desde mi ordenador de Berkeley,
   mediante Tymnet, hasta Hannover, en Alemania. Tres meses más tarde
   llega una carta de Pittsburgh.

   Me rasqué la cabeza y examiné de nuevo la carta, en busca de un número
   de teléfono. No había ninguno. ¿Puede que Laszlo apareciera en la guía
   telefónica de Pittsburgh? Tampoco. No hubo mejor suerte con Triam.

   Pero ese nombre... Llamé a mi hermana Jeannie.

   —Hola, hermana, ¿qué clase de nombre es Balogh?

   Mi hermana suele saber este tipo de cosas.

   —Parece del centro o sur de Europa. Hungría o Bulgaria. ¿Sabes el
   nombre de pila?

   —Laszlo.

   —Sin duda húngaro. En una ocasión tuve un novio cuyo padre...

   —¿Podría ser alemán? —la interrumpí.

   —A mí no me lo parece.

   Le hablé de la carta y de los errores ortográficos.

   —La sustitución de «tron» por «trov» parece propia del húngaro
   —respondió—. Apostaría por Hungría.

   —¿Has oído alguna vez el nombre de «Langman»?

   —No, nunca lo he oído. Pero en alemán significa hombre largo, si te
   sirve de consuelo.

   —En una ocasión, el hacker creó una cuenta para TG Langman.

   —Yo diría que se trata de un seudónimo —respondió Jeannie—. ¿Y qué
   seguridad tienes de que Laszlo sea un personaje real? Puede ser también
   un mote.

   Los hackers los utilizan para ocultarse. En los últimos siete meses me
   había encontrado con Pengo, Hagbard, Frimp, Zombie... Pero ¿TG Langman
   y Laszlo Balogh? Quizá...

   Un hacker de Hannover, Alemania, descubre un secreto de Berkeley,
   California. Al cabo de tres meses un húngaro que vive en Pittsburgh nos
   escribe una carta. ¡Fascinante!

   Tres meses... Esto me hizo reflexionar un rato. Supongamos que dos
   amigos se comunican entre ellos. Las noticias tardarían un par de días
   en llegar de uno a otro. Tal vez una o dos semanas, pero nunca tres
   meses.

   De modo que ese Laszlo de Pittsburgh, probablemente no era un amigo
   íntimo del hacker de Hannover.

   Ahora supongamos que la información pase por una tercera persona.
   ¿Cuánta gente habría involucrada? Si dos o tres personas se reúnen para
   decidir antes de actuar, necesitarán una o dos semanas. Pero si son de
   cinco a diez las que deben reunirse y decidir, antes de actuar, puede
   que tarden uno o dos meses.

   Sin embargo estaba bastante seguro de que era una sola persona la que
   operaba el ordenador. No podía haber otra persona con una actitud tan
   tediosamente metódica y persistente. El Bundespost alemán decía que
   perseguía a dos individuos y a «una empresa de actividades dudosas».
   ¿Qué era lo que ocurría?

   Sea lo que sea, excedía mi capacidad de comprensión. No nos enseñaban
   aquel tipo de cosas en la universidad. Recordaba la cuestión de
   competencias de la CIA. Llamé a Teejay, que agregó dos frases a mi
   descripción:

   —Espera un momento. Te llamaré por otra línea.

   Sin duda de seguridad.

   Este último incidente le cogió claramente desprevenido. Tuve que
   explicárselo dos veces y también quiso que le mandara una copia de la
   carta por correo urgente. Las noticias circulan con rapidez en ciertos
   círculos. Al cabo de media hora me llamó Greg Fennel, de la CIA, para
   preguntar si era posible que Laszlo hubiera conectado con mi ordenador.

   —No, la única persona que ha visto el archivo ha sido el hacker de
   Hannover —respondí después de hablarle de mis alarmas y detectores.

   —Una evidencia irrefutable —dijo Greg al cabo de un segundo de
   silencio.

   Eso me recordó el comentario de aquel individuo de la NSA. Era el
   momento de llamar a Bob Morris. Le hablé de la carta y se mostró
   moderadamente interesado.

   —¿Quieres que te mande una copia por correo urgente?

   —No es necesario. Mándala por correo de primera clase.

   Parecía más interesado por mis técnicas de detección que por el
   contenido de la carta. En cierto modo no me sorprendía: había llegado a
   la conclusión de que ocurría algo grave.

   La OSI de las fuerzas aéreas mandó a un investigador para examinar la
   carta. El agente, Steve Shumaker, tuvo el sentido común de venir
   vestido con un mono de tirantes y una camiseta para no alarmar a los
   indígenas. Me pidió una copia de la carta y de las conexiones con el
   sistema de comandancia de la división espacial de las fuerzas aéreas.
   Se proponían hacer una autopsia de las infiltraciones del hacker.

   —No tengo ningún inconveniente en darte una copia de la carta —dije a
   Shumaker—, pero no puedo entregarte las copias del ordenador. El FBI me
   ha dicho que debo guardarlas bajo llave, por si hay que presentarlas
   como pruebas.

   —¿Puedes fotocopiarlas?

   ¡Maldita sea! ¿Fotocopiar quinientas páginas de texto informático?

   Pues bien, pasamos una hora frente a la fotocopiadora colocando esas
   malditas hojas en la máquina. Pregunté al detective de la OSI lo que
   pensaba de la carta de Pittsburgh.

   —Hemos advertido a todo el mundo que algo parecido probablemente
   ocurriría. Puede que ahora despierten a la realidad.

   —¿Qué habéis hecho hasta ahora?

   —Visitamos los centros y procuramos que sean más conscientes de su
   seguridad —respondió—. Hemos formado un equipo que pone a prueba la
   seguridad de sus ordenadores, intentando infiltrarse en los sistemas de
   las fuerzas aéreas. Lo que hemos descubierto no es nada alentador.

   —¿Me estás diciendo que sois los únicos en poner a prueba la seguridad
   informática de las fuerzas aéreas? —pregunté—. Debéis tener millares de
   ordenadores.

   —A decir verdad, hay otro grupo en San Antonio, la comandancia de
   seguridad electrónica de las fuerzas aéreas, que busca brechas
   electrónicas en los sistemas de seguridad —respondió Shumaker—. Se
   interesan particularmente por la seguridad de las comunicaciones, ya
   sabes, protegiendo el secreto de las transmisiones radiofónicas. No te
   quepa duda de que son muy astutos.

   Gibbons, del FBI, era también muy astuto. Por fin, ahora que estaba
   plenamente comprometido, quería estar al corriente de todo lo que
   ocurría. Cada vez que aparecía el hacker, Mike quería saberlo
   inmediatamente. Me llamaba varias veces al día para pedir información
   de mi cuaderno, notas, disquetes y copias de la impresora.
   Descripciones de los monitores. Es decir, todo. Ésa era la forma de
   progresar.

   No lograba borrar aquella carta de mi mente. Buscaba alguna explicación
   inocente, una casualidad que la justificara.

   Por fin me di por vencido y reconocí mi victoria. No se explicaba de
   ningún otro modo; la carta debía significar que mi plan había tenido
   éxito. Bien, no era mi plan, sino el de Claudia. Mi inocente y
   encantadora coinquilina, incapaz de diferenciar un ordenador de una
   tostadora de pan, había atrapado a aquel astuto hacker.

   Cuando regresaba a mi casa en bicicleta, de pronto me separé de mi ruta
   habitual, para visitar la heladería Double-Rainbow y el vídeo-club. A
   continuación corrí a mi casa, agitando en el aire una copia de la carta
   de Laszlo. Emocionadas por la noticia, Martha y Claudia empezaron a
   soltar sonoras carcajadas y a hablar con el acento de Boris y Natasha.
   ¡El plan secreto 35B ha tenido éxito!

   Nos instalamos en la habitación de Claudia, con palomitas de maíz y
   helados, y nos dedicamos a vitorear los monstruos de Godzilla contra el
   monstruo Zero.

  50

   —¡No digas nada a nadie!

   Era Mike Gibbons al teléfono, tratando de impedir que divulgara la
   noticia a la CIA.

   —Lo siento, Mike, pero ya se lo he dicho a ese individuo llamado
   Teejay.

   Me pregunté si Mike le conocería.

   —En tal caso, me ocuparé de ello. La carta que nos has mandado es muy
   rara. La hemos sometido a unas cuantas pruebas en el laboratorio.

   —¿Qué habéis descubierto? —pregunté, aprovechando que Mike estaba más
   comunicativo que de costumbre, para probar suerte.

   —No puedo decírtelo, pero no tratamos este caso a la ligera. Ciertos
   aspectos del mismo son, bueno, raros —dijo Mike, utilizando ese
   adjetivo por segunda vez, lo que indicaba que algo se fraguaba—. A
   propósito, ¿puedes mandarme media docena de hojas en blanco con el
   cabezal impreso de vuestro laboratorio?

   ¿El FBI quiere hojas en blanco del laboratorio? Parece que se disponen
   a contestar la carta de Laszlo.

   ¿Qué le diría «yo» a ese individuo? Por ejemplo:

   Querido señor Balogh:

   Ha sido usted seleccionado como primer ganador del gran sorteo de
   SDINET...

   El hacker se dedicó a jugar al escondite durante los próximos días.
   Conectaba unos tres minutos, examinaba el fichero de contraseñas y
   desaparecía. Mi cebo era más apetitoso cada día que transcurría. Sin
   embargo no lo mordía.

   El lunes por la mañana, 18 de mayo, penetró en nuestro sistema a las
   6.45. Cuando me despertó aquel persistente pitido, extendí la mano y
   golpeé el despertador. Me había confundido de aparato. Prosiguieron los
   pitidos. Tres. La «s» de Sventek. Era el hacker en el ordenador Unix-4.

   Me dirigí como un robot a mi Macintosh, lo conecté y llamé a Steve
   White a Tymnet.

   —Steve, alguien acaba de pisar la trampa —dije, todavía adormecido—.
   Aún no lo he comprobado, pero ¿puedes empezar a localizar la llamada?

   —Inmediatamente. Lo sabremos en diez segundos —respondió—. Aquí está.
   Llega por el satélite Westar. Procedencia de la llamada: 2624 DNIC
   5421-0421. Esto es Bremen. Voy a llamar al Bundespost.

   Copié el número; mi ordenador personal ya había arrancado. Steve había
   completado la localización de una línea internacional en menos de un
   minuto. Mediante mi ordenadorcito doméstico llamé al laboratorio y
   examiné el ordenador Unix-4. Llegué a tiempo de ver cómo Sventek se
   marchaba.

   Su conexión había durado cuatro minutos. Tiempo suficiente para ser
   detectado y localizado. Y también suficiente para estropearme la
   mañana. Puesto que no podía volver a dormir, me fui al laboratorio en
   bicicleta. Por el este me acompañaba Venus, el lucero del alba.

   En cuatro minutos el hacker había hurgado en una nueva parte de mi
   sistema operativo. Había buscado un programa llamado X-preserve en
   nuestro ordenador Unix.

   Claro, ya sabía lo que estaba haciendo. Buscaba la brecha X-preserve en
   el editor-VI. Dave Cleveland y yo la habíamos reparado hacía casi un
   año. Sin embargo, el hacker sólo intentaba aprovecharse ahora de la
   misma.

   Editor-VI es el programa que organiza la información en pantalla en el
   Unix. Cuando Bill Joy lo escribió, allá por 1980, el público lo
   consideró como el invento más práctico del mercado; le permitía a uno
   observar, mientras movía las palabras en pantalla. Si se deseaba
   eliminar una palabra, en medio de algún párrafo, no había más que mover
   el punto intermitente hasta la misma y listo.

   Editor-VI ha sido el predecesor de centenares de sistemas procesadores
   de textos. En la actualidad, los que trabajan con Unix lo consideran un
   tanto engorroso, ya que no es tan versátil como el Gnu-Emacs, ni tan
   ameno como los editores modernos. A pesar de lo cual, el editor-VI
   aparece en todos los sistemas Unix.

   ¿Qué ocurre si uno está escribiendo un largo artículo y de repente el
   ordenador se encuentra con un problema? Supongamos, por ejemplo, que
   haya un corte de fluido eléctrico, o que algún imbécil desenchufe el
   ordenador. En tal situación, se solía perder todo lo escrito.

   El editor-VI utiliza X-preserve para recuperar lo realizado. Cuando
   resucita el ordenador, X-preserve recompone el texto escrito. A
   continuación pregunta dónde archivar el archivo recuperado y la mayoría
   de los usuarios optan por su propio directorio personal.

   Pero X-preserve no comprueba el lugar donde se guarda el archivo, y si
   se le ordena que lo deposite en el directorio del sistema, así lo hace.

   Y eso era lo que el hacker andaba buscando. Había creado un archivo que
   decía: «Otórguense privilegios de sistema a Sventek». A continuación
   había activado el editor-VI y lo había interrumpido deliberadamente,
   con la introducción de un carácter inadecuado. El editor-VI, al
   detectar un problema, había archivado el fichero en forma fragmentada.

   ¿El próximo paso del hacker? Ordenar al X-preserve que archivara el
   fichero en cuestión en el directorio del sistema. En un par de minutos,
   Unix lo incubaría y se convertiría en administrador del sistema.

   Pero su huevo de cuco se cayó del nido. Habíamos reparado el programa
   X-preserve, de modo que ahora comprueba la identidad del usuario y no
   permite trasladar ningún archivo al área de los sistemas.

   ¡Pobre chico! Debía de estar muy decepcionado. Una forma muy astuta de
   infiltrarse en un ordenador, pero que aquí, en Berkeley, no funciona.

   Claro que había dejado otras puertas abiertas. Podía utilizar el
   Gnu-Emacs para implantar su programa/huevo en el nido del sistema.
   Además había dejado otras dos brechas en nuestro sistema, a la espera
   de que las descubriera. Sólo para poner a prueba su pericia. Por ahora,
   su nivel de acierto era uno de tres.

   Todo esto ocurrió en tres minutos. Introdujo su programa a la
   perfección sin un solo error mecanográfico. Parecía tener bastante
   práctica, como si ya tuviera experiendica infiltrándose en ordenadores.

   ¿Cuántos administradores de sistemas seguirían sin reparar todavía el
   X-preserve? ¿Cuántas otras brechas habría a la espera de ser
   descubiertas? ¿A quién habría que poner sobre aviso, en cuanto a ese
   problema? ¿Cómo comunicárselo a los «buenos» sin darlo a conocer a los
   «malos»?

   Demasiado tarde para preocuparse por ello; los «malos» ya lo sabían.

   A pesar de que la conexión en Berkeley sólo había durado escasos
   minutos, según el informe de la Universidad de Bremen, había estado
   conectado durante cuarenta y cinco minutos. El Bundespost, a su vez,
   había efectuado un seguimiento completo de la llamada, hasta la casa
   del mismo individuo de Hannover.

   Resultó que la Universidad de Bremen imprimía también el tráfico del
   hacker. Ahora éramos dos los que le vigilábamos. Podía correr, pero no
   esconderse.

   Durante los dos últimos meses se había limitado a mordisquear los
   archivos de SDINET. Había visto los títulos y se había dado cuenta de
   que todos los días aparecían nuevas cartas y circulares, pero no las
   leía inmediatamente. Comencé a dudar de que todavía le interesara
   nuestra literatura creativa.

   El miércoles, 20 de mayo, se disiparon mis dudas. Conectó a las cinco
   de la madrugada y copió todos los archivos SDINET. Había una carta en
   la que se le solicitaban más fondos al Pentágono; otra en la que se
   hablaba de un «radar sobre el horizonte», frase que había descubierto
   en una revista electrónica, y todavía otra en la que se describían las
   pruebas realizadas con un nuevo superordenador, con sus
   correspondientes procesadores paralelos. Procuré disimular mi
   ignorancia sobre dichos temas, llenando las cartas de jerga técnica.

   No cabe duda de que se lo tragó. Una tras otra. Para obligarle a que
   solicitara cada artículo por su nombre, en lugar de limitarse a ordenar
   «imprímanse todos los archivos», introduje algunas trabas, archivos
   demasiado extensos para mecanografiar y unos cuantos archivos breves,
   difícilmente comprensibles: guacamole informático. Ante la
   imposibilidad de copiar estos últimos archivos, se vio obligado a
   comprobar cada archivo de antemano, de modo que su operación era más
   lenta y le obligaba a permanecer más tiempo en el sistema y facilitaba
   su localización.

   ¿Nueve meses? Hacía casi un año que vigilaba a aquel gamberro. Y, a
   juzgar por las cuentas telefónicas de Mitre, hacía más de un año que
   merodeaba por nuestros sistemas. ¡Vaya persistencia la suya!

   Volví a preguntarme por su motivación. Qué duda cabe de que cualquiera
   puede divertirse un par de noches. Puede que incluso un par de semanas.
   Pero ¿un año? ¿Noche tras noche, probando pacientemente las manecillas
   de los ordenadores? En mi caso, tendrían que pagarme.

   ¿Pagar? ¿Pagaría alguien al hacker?

   Para sus próximas apariciones había agregado poca información sobre
   SDINET. Mi imaginaria secretaria, Barbara Sherwin, había escrito una
   nota en su procesador, solicitando una semana de vacaciones. El hacker
   la había leído y, por consiguiente, comprendido la razón de la escasa
   información.

   Dadas las circunstancias, en lugar de examinar los archivos del LBL,
   penetró en Milnet y, una vez más, se dedicó a probar pacientemente
   distintas claves. En uno de mis informes ficticios de SDINET se hablaba
   de un proyecto especial en la base de misiles de White Sands y,
   previsiblemente, pasó quince minutos intentando forzar su puerta. Los
   ordenadores de White Sands detectaron una docena de intentos de
   infiltración, pero ninguno tuvo éxito.

   Todavía no había transcurrido una hora, cuando recibí una llamada de
   Chris McDonald, experto en seguridad informática de White Sands.

   —Alguien está disparando las alarmas en mi ordenador WSMR05.

   —Lo sé. Se trata del mismo hacker.

   —El caso es que prueba cuentas inexistentes, como SDINET. De ese modo
   no entrará jamás —dijo Chris, muy seguro de sí mismo—. Además, este
   aparato necesita dos palabras claves y las cambiamos la semana pasada.

   En White Sands no se andaban con menudencias.

   El hacker perdió el tiempo intentando infiltrarse en otros treinta
   ordenadores, entre los que figuraban el Instituto Superior Coreano de
   Ciencia y Tecnología, el centro de seguridad del ejército en Fort
   Rucker, la comandancia aérea estratégica y la agencia de defensa
   nuclear, en la base de Kirtland de las fuerzas aéreas. Aunque seguía
   utilizando nombres como «guest» y «system», usaba también «SDINET».
   Era, sin duda, un creyente.

   Las visitas del hacker a mi sistema se habían convertido en gran parte
   rutinarias. Todavía corría a la centralita cuando sonaba mi alarma,
   pero creo que me había acostumbrado a aquel ratón en su jaula.

   Después de ocho meses podía esperar un poco más. En la segunda quincena
   de junio, un día se detuvo en mi ordenador de las 3.38 a las 4.13 de la
   tarde. Realizamos un seguimiento completo, de nuevo hasta Hannover, y
   me mantuve en todo momento en contacto con el FBI.

   Inmediatamente después de conectar con mi ordenador de Berkeley,
   penetró en Milnet e intentó introducirse en algunos ordenadores como la
   Unisys Corporation de Paoli, Pennsylvania, y en sistemas con nombres
   como «Omega», «Bigburd» y «Rosencrantz» (esperaba que de un momento a
   otro apareciera Guildenstern, pero no fue así). A continuación probó el
   sistema Unisys Burdvax.

   Entró al primer intento. Nombre de cuenta «ingres», clave «ingres». No
   estaba mal... Recordaba la base de datos del Ingres. Pero ¿por qué se
   limitaba a probar los ordenadores Unisys? Puede que alguien se lo
   hubiera ordenado.

   Tal vez Laszlo Balogh, de Pittsburgh, trabajaba en Paoli. El atlas lo
   desmintió. Paoli es un suburbio de Filadelfia, a centenares de
   kilómetros de Pittsburgh.

   Como usuario del Ingres, los privilegios del hacker eran sólo
   limitados, pero aprovechó lo que pudo. Lo más provechoso para él
   consistió en poder leer el fichero de contraseñas del Unisys, que
   trasladó por completo a su ordenador. A continuación hizo un listado de
   diversos archivos, que no deberían estar al alcance de todo el mundo:
   la lista completa de todos los números de teléfono archivados en el
   ordenador y el archivo de direcciones informáticas del Unisys.

   Sabía con antelación lo que haría con el fichero de contraseñas; la
   descifraría con la ayuda del diccionario. Eso le permitiría conectar
   con una cuenta más privilegiada y adquirir más poder.

   Los demás archivos eran igualmente preocupantes: facilitaban al hacker
   los números de teléfono de otros ordenadores y un mapa de la red local
   del Unisys. Ahora sabía cómo conectar desde el Burdvax con otros
   ordenadores sin necesidad de explorar.

   Pero, mientras le observaba, desconectó. ¿Estaría asustado? No, sólo
   paciente. Iba a verificar otros ordenadores. El primero fue el de Fort
   Buckner, en Okinawa, donde su contraseña seguía siendo válida. A pesar
   de nuestras advertencias, no la habían cambiado.

   A continuación probó los sistemas de comandancia costeros de la armada
   en Panamá City, Florida. Pero no logró conectar con su antigua cuenta
   Ingres; habían cambiado la clave.

   No se inmutó en absoluto. Retrocedió y conectó como usuario, con el
   nombre de «ovca» y contraseña «baseball». Funcionó de maravilla.

   Otra prueba de que descifraba las contraseñas. Hacía dos meses, el
   hacker había conectado con dicho ordenador naval como «ingres» y
   copiado su archivo de contraseñas codificadas. Ahora, incluso después
   de que anularan la cuenta de Ingres, todavía podía conectar utilizando
   otra cuenta. Esos bobos se habían limitado a cambiar una sola
   contraseña. Y las demás contraseñas eran palabras comunes del
   diccionario. ¡Maldita sea!

   El hacker aprovechó para verificar sus antiguas madrigueras: la base
   aérea de Ramstein, Fort Stewart, la Universidad de Rochester y, por
   último, antes de abandonar la red, el centro de datos Optimis del
   Pentágono.

   Hoy se había infiltrado en un nuevo ordenador, en Unisys. ¿De qué me
   sonaba aquel nombre? Claro, era una empresa de material defensivo que
   fabricaba ordenadores para los militares. Además, no cualquier tipo de
   ordenadores, sino ordenadores de alta seguridad, a prueba de
   infiltraciones.

   Por supuesto.

   Un momento. ¿Qué otras empresas de material defensivo había atacado?
   Cogí papel y lápiz para hacer una lista:

   Unisys: fabricantes de ordenadores de alta seguridad.

   TRW: fabricantes de ordenadores para el ejército y el espacio.

   SRI: diseñadores de sistemas informáticos de seguridad, contratados por
   los militares.

   Mitre: diseñadores de ordenadores de alta seguridad para los militares.
   Son los que comprueban los ordenadores de alta seguridad de la NSA.

   BBN: constructores de Milnet.

   ¿Qué había de extraño en todo aquello? Ésa era la gente que diseñaba,
   construía y verificaba los sistemas de seguridad. Y, sin embargo, el
   hacker deambulaba a sus anchas por sus ordenadores.

   Además, no se trataba de empresas con pequeños presupuestos. Son
   compañías que cobran decenas de millones de dólares del gobierno, para
   elaborar software de alta seguridad. Qué duda cabía: en casa de herrero
   cuchillo de palo.

   Había observado cómo ese individuo se infiltraba en ordenadores
   militares, empresas de material defensivo, universidades y
   laboratorios. Pero no en los bancos. Claro: sus redes no son tan
   públicas como Arpanet. Pero apuesto a que si se infiltrara en sus
   redes, tendría tanto éxito como en las militares.

   No es ingenio ni magia lo que se precisa para infiltrarse en los
   ordenadores, sólo paciencia. Aquel hacker sustituía su falta de
   originalidad con abundante persistencia. Algunas de las brechas de las
   que se había aprovechado, como por ejemplo la del Gnu-Emacs, eran
   nuevas para mí. Pero en general solía aprovecharse de los descuidos de
   los técnicos, como el hecho de proteger ciertas cuentas con contraseñas
   evidentes, mandar contraseñas por correo electrónico, o no auditar
   debidamente sus ordenadores.

   Pensándolo bien, ¿no sería una locura seguir todavía con las puertas
   abiertas? Habían transcurrido casi diez meses y el hacker estaba
   todavía en libertad. A pesar de haberse infiltrado en más de treinta
   ordenadores, de la carta de Laszlo desde Pittsburgh y de todos los
   seguimientos telefónicos, el hacker circulaba todavía por las calles.
   ¿Cuánto se prolongaría todo aquello?

  51

   Era junio, verano en el paraíso. Iba a mi casa en bicicleta,
   disfrutando del paisaje: estudiantes de Berkeley jugando con frisbees,
   con tablas de windsurf y algún que otro coche descapotado para
   disfrutar del delicioso aire. Nuestro jardín estaba lleno de rosas,
   caléndulas y tomates. Las fresas prosperaban, con la promesa de nuevos
   batidos.

   Sin embargo, en el interior de la casa, Martha estaba prisionera,
   estudiando para la reválida de derecho. Esta última epopeya parecía
   todavía más dura que los tres años en la facultad. En verano, cuando
   todos los demás pueden salir y divertirse, tenemos que asistir a
   importunas clases de revisión y llenarse la cabeza de normas y
   decretos, contando los días, (3), que faltan para el examen: un
   suplicio inspirado en la inquisición española.

   Martha leía pacientemente sus libros, dibujaba complejos esquemas de
   cada tema con lápices de colores y se reunía con otros sufridores para
   poner a prueba sus conocimientos. Se lo planteaba con filosofía;
   trabajaba exactamente diez horas diarias y cerraba los libros. El
   Aikido fue su salvación; se libraba de sus frustraciones arrojando a
   sus contrincantes por los aires.

   Raramente hablaba del horror inminente del propio examen, aunque lo
   tenía siempre presente. El hecho de verla en esa situación me recordaba
   mi época en la universidad.

   En astronomía, empezamos por disfrutar de tres o cuatro años de clases
   confusas, conjuntos de problemas imposibles y el desprecio del
   profesorado. Superada esta prueba, se nos premia con un examen de ocho
   horas de duración, con preguntas como: «¿Cómo se determina la edad de
   los meteoritos, con el uso de los elementos samado y neodimio?» A los
   sobrevivientes se les ofrece el gran honor y placer de someterse a un
   examen oral ante un tribunal de eruditos catedráticos.

   Guardo un vivo recuerdo de dicha experiencia. Al otro lado de la mesa,
   cinco catedráticos. Yo procuraba actuar con naturalidad y disimular mi
   miedo, mientras el sudor me descendía por el rostro. Pero me mantenía a
   flote; lograba divagar superficialmente, dando la impresión de que
   sabía algo. Creía que me quedaban ya unas pocas preguntas para que me
   dejaran en libertad. Entonces uno de los miembros del tribunal, sentado
   a un extremo de la mesa con una perversa sonrisa, comenzó a afilar su
   lapicero con un cortaplumas.

   —Sólo quiero formularte una pregunta, Cliff —dijo sin dejar de esculpir
   su lápiz—. ¿Por qué es el cielo azul?

   Mi mente estaba absoluta y profundamente en blanco. No tenía ni idea.
   Miré por la ventana al cielo, con el asombro primitivo e incomprensivo
   del hombre neandertalense ante el fuego. Me obligué a responder
   algo..., cualquier cosa.

   —La dispersión de la luz —dije—. Sí, la dispersión de la luz solar.

   —¿Puedes ser más explícito?

   Pues bien, las palabras llegaron de algún lugar, de algún instinto
   profundo de autoconservación. Hablé sobre el espectro de la luz solar,
   la parte superior de la atmósfera y el efecto de la luz en las
   moléculas del aire.

   —¿Puedes ser más explícito?

   Describí los momentos bipolares de las moléculas del aire, la dualidad
   ondas/partículas de la luz, escribí algunas ecuaciones en la pizarra
   y...

   —¿Puedes ser más explícito?

   Al cabo de una hora estaba empapado en sudor. Aquella simple pregunta,
   propia de niños de cinco años, me había obligado a relacionar entre sí
   la teoría oscilatoria, la electricidad y el magnetismo, la
   termodinámica e incluso la mecánica cuántica. A pesar de la miserable
   tortura a la que estaba sometido, sentí admiración por aquel individuo.

   Y ahora, domingo por la mañana, veo cómo Martha elabora serenamente un
   esquema, con la mesa del comedor cubierta de libros. Estoy seguro de
   que aprobará, pero también sé lo asustada que está y cómo los exámenes
   hacen que nos sintamos absolutamente estúpidos e indefensos. No puedo
   hacer más fácil su calvario, pero por lo menos puedo preparar el
   desayuno. Me dirijo sigilosamente a la cocina y vierto unos huevos en
   la sartén...

   A las 9:32 el maldito hacker dispara mi alarma. Suenan los pitidos en
   mi localizador. Llamo a Steve White. Él llama a Alemania. Al igual que
   la vieja double-play^11: Tinker to Evers to Chance^12.

   A Steve le bastó un minuto para averiguar que el hacker procedía de la
   dirección 2624 DNIC 4511 0199-36. Directamente desde Hannover. (O lo
   directo que pueden ser las conexiones vía satélite.)

   El Bundespost estaba en ascuas. Tardaron escasos minutos en comenzar a
   localizar la llamada. ¡Magnífico! Entretanto, después de poner la
   pelota en juego, me vestí y fui al laboratorio en bicicleta. Aquel día
   no pude entretenerme en los puestos de segunda mano.

   Llegué con el tiempo sobrado. Mi huésped examinaba todavía mis archivos
   ficticios SDINET, copiándolos cuidadosamente en su ordenador. Uno de
   ellos describía cómo se utilizaría la iniciativa de defensa estratégica
   para localizar satélites en el espacio. Otro parecía afirmar que se
   podía conectar directamente desde mi laboratorio con varios ordenadores
   de las fuerzas aéreas.

   El hacker quiso probarlo, pero no lograba descubrir dónde habíamos
   instalado el software de la red. Por consiguiente, decidió explorar
   nuestro ordenador de pies a cabeza, en busca de cualquier programa con
   las letras «SDI». Encontró varios, pero ninguno parecía cumplir el
   propósito deseado.

   A continuación exploró la correspondencia de Dave Cleveland. Dave había
   tomado ya las debidas precauciones, escribiendo una carta sobre la
   forma en que había ocultado los puertos de acceso a SDINET. En la misma
   había una frase que decía: «He escondido el puerto de la red SDI y dudo
   que mucha gente lo descubra.»

   Esto bastó para que el hacker dedicara una hora a buscar en vano.
   Examinó meticulosamente nuestro sistema, convencido de que buscaba un
   programa oculto, que se convertiría en su acceso noroccidental, a
   ordenadores militares dispersos por todo el mundo.

   Me acomodé en mi silla, mientras contemplaba sonriente la pantalla. No
   cabía duda de que le habíamos embaucado. Para él suponía un reto
   descubrir la conexión a la red SDI y estaba convencido de que así
   llegaría a esos ordenadores confidenciales.

   Pero mi sistema parecía insípido, porque lo era. Claro que había
   desparramado algunas insinuaciones referentes a gente que utilizaba la
   red SDI. Un físico había cooperado, mandando una queja al administrador
   del sistema, en la que protestaba de que la red SDI no funcionara el
   martes por la noche. Otro escribió un programa muy mundano, lleno de
   subrutinas con nombres como conexión-SDI y Copy-SDI.

   Aunque tardó varias horas, el hacker acabó por localizarlos y debió de
   resultarle incomprensible que otros utilizaran la red con tanta
   facilidad. Intentó conectar con ordenadores denominados Sdi y
   Sdinetwork. Exploró una y mil veces nuestro sistema, pero siempre en
   vano.

   Por fin se cansó y dejó que me fuera a mi casa. Como era de suponer,
   Martha no estaba contenta. Después de toda la mañana estudiando, estaba
   hambrienta y gruñona. El par de huevos me contempló desde la sartén,
   crudos, tal como los había dejado.

   Para el almuerzo preparé tortillas francesas, cacao caliente y
   macedonia de fruta. Retiró de mala gana los libros de la mesa y nos
   dispusimos a disfrutar de unos escasos momentos de tranquilidad, en la
   sala soleada y silenciosa. Cuanto más ajetreada la vida, mayor es el
   placer de dichos momentos, con comida, amigos y el crucigrama del
   Times.

   El lunes por la mañana Teresa Brecken, directora del sistema Petvax,
   nos comunicó que alguien había atacado su ordenador. No logró penetrar,
   pero hurgó repetidamente en busca de puntos flacos. Sus intentos
   dispararon la alarma y Teresa me llamó por teléfono.

   Había llegado al puerto de su ordenador por la red de física de alta
   energía. Esto no significaba gran cosa: debe de haber unos dos mil
   ordenadores conectados a dicha red. Además, Hepnet conecta con SPAN, la
   red de aplicaciones físicas del espacio dirigida por la NASA. En total,
   hay más de diez mil ordenadores en dichas redes.

   ¿Era posible que el hacker me hubiera estado tomando el pelo en todo
   momento? ¿Habría estado entrando y saliendo a su antojo por alguna red
   de la NASA, mientras yo vigilaba la ratonera de Tymnet?

   Los monitores de Teresa indicaban que el hacker procedía del ordenador
   6133, del centro nacional de datos Severe Storms, del centro Goddard de
   vuelos espaciales de la NASA. Lo único que podía hacer era llamarlos
   por teléfono.

   No me sirvió de mucho. Les preocupaban los hackers en su ordenador y
   habían descubierto un par de problemas, pero eso era prácticamente
   todo. Después de insistir, acabaron por comunicarme que aquella
   conexión en particular procedía del centro Marshall de vuelos
   espaciales de la NASA en Huntsville, Alabama. Más allá, ¿quién sabe? En
   Marshall no conservaban este tipo de información.

   ¿El mismo individuo? Parecía dudoso. Los ordenadores de la NASA no son
   secretos; en la NASA se realiza investigación espacial civil, que no
   tiene nada que ver con SDI. No obstante valía la pena recordar el
   incidente y lo registré en mi cuaderno.

   Llamé de nuevo a Mike Gibbons, intentando averiguar cuánto tendría que
   esperar antes de que el FBI y sus colegas alemanes empezaran a actuar.

   —El día menos pensado —respondió Mike—. Disponemos de las debidas
   órdenes judiciales y estamos a la espera del momento oportuno.

   —Trata de ser un poco más concreto, Mike. ¿Estás hablando de horas,
   días, semanas o meses?

   —Más que días y menos que semanas.

   Me preguntaba si el FBI estaría facilitando información falsa mediante
   Laszlo Balogh.

   —¿Contestasteis a la carta de Pittsburgh? —pregunté.

   —¿Qué te parece eso de que los Yankees hayan ganado otro partido?

   Como de costumbre, Mike no soltaba prenda.

   Ahora, casi todos los días, el hacker conectaba unos minutos. A veces
   aprovechaba para apoderarse de cualquier archivo nuevo en SDINET. En
   otras ocasiones intentaba infiltrarse en ordenadores militares. Un día
   pasó media hora intentando adivinar la contraseña de nuestro ordenador
   Elxsi; en uno de mis archivos ficticios se sugería que Elxsi era un
   controlador central de SDINET.

   Yo lograba elaborar documentos militares falsos con tanta rapidez como
   él se apoderaba de los mismos. Consciente de que transfería mis obras
   de arte a cierto agente de Pittsburgh, agregué una pizca de información
   verdadera: el Pentágono se proponía lanzar un satélite secreto en el
   transbordador espacial Atlantis. Esto era del dominio público para
   cualquiera que leyera los periódicos. Pero supuse que, dado su interés
   por la información secreta, estos pequeños fragmentos de verdad
   confirmarían que había encontrado un buen filón.

   El domingo, 21 de junio de 1987, a las 12.37 del mediodía, conectó con
   nuestro ordenador Unix, con el nombre de Sventek. Durante los primeros
   cinco minutos examinó el sistema e imprimió algunos archivos de
   correspondencia. Esta intrusión parecía como cualquiera de las
   anteriores.

   Pero era diferente en un sentido importante.

   Sería su última sesión.

  52

   —Hola, Cliff. Soy Steve.

   Dejé mi galleta de chocolate sobre la mesa.

   —Acabo de recibir un mensaje de Wolfgang Hoffman, del Bundespost
   alemán. Dice que de lunes a miércoles de la semana próxima habrá
   permanentemente un policía junto a la casa del hacker. Le vigilarán en
   todo momento y entrarán a detenerle en el momento que conecte con
   Berkeley.

   —¿Cómo sabrá el policía cuándo debe intervenir?

   —Tú darás la señal, Cliff.

   La próxima vez que el hacker tocara mi sistema, llamaría al FBI y a
   Tymnet. Ellos localizarían la llamada, avisarían al BKA alemán y la
   policía entraría en el piso.

   Por fin, después de diez meses...

   ¿Aparecería de nuevo? ¿Qué ocurriría si no lo hacía? ¿Le detendrían a
   pesar de todo o abandonarían el caso? Con mi suerte, probablemente lo
   abandonarían.

   Pasé el fin de semana en casa con Martha y me presenté en el
   laboratorio el domingo por la noche. Con un poco de suerte, el hacker
   conectaría con la cuenta de Sventek, yo llamaría al FBI y, mientras
   copiaba uno de mis archivos ficticios, la policía irrumpiría en su
   piso. Le imaginaba intentando ocultar desesperadamente el ordenador,
   mientras los guardias derribaban la puerta.

   Con este sueño me acurruqué bajo el escritorio, envuelto en un edredón
   que Martha y yo habíamos confeccionado el invierno pasado. En caso de
   que fallara mi localizador, dos ordenadores personales se ocupaban de
   la vigilancia, ambos conectados a un timbre. Después de diez meses, no
   estaba dispuesto a perderme el gran momento.

   Por la tarde del lunes, 22 de junio, Wolfgang Hoffman telegrafió el
   siguiente mensaje: «Prevista detención inminente. Comunicádnoslo
   inmediatamente si aparece el hacker.»

   De acuerdo, estoy esperando. Cada pocos minutos voy a la centralita y
   todo está tranquilo. Un par de físicos están utilizando Tymnet para
   analizar ciertos superconductores de alta temperatura. Pero no hay otro
   tráfico. Mis alarmas y detectores en posición, pero ni rastro del
   intruso.

   Una nueva noche bajo la mesa.

   Martes por la mañana, 23 de junio, llama Mike Gibbons del FBI.

   —Puedes echar la persiana, Cliff.

   —¿Qué ha ocurrido?

   —Esta mañana, a las diez, se ha dado la orden de detención.

   —Pero yo no he visto a nadie en mi sistema.

   —No importa.

   —¿Alguien detenido?

   —No puedo hablar de eso.

   —¿Dónde estás, Mike?

   —En Pittsburgh.

   Algo ocurría, pero Mike no estaba dispuesto a decirme de qué se
   trataba. Esperaría un poco antes de cerrarle las puertas al hacker.

   Al cabo de unas horas, Wolfgang Hoffman mandó un mensaje: «Se han
   practicado registros en una casa particular y en una empresa, pero no
   había nadie en aquellos momentos. Se ha incautado material impreso,
   discos y cintas, que serán analizados durante los próximos días. No
   cabe esperar más infiltraciones.»

   ¿Qué significaba esto? Supongo que la policía había registrado su casa.
   ¿Por qué no habían esperado nuestra señal? ¿Debía celebrarlo?

   Sea lo que sea lo ocurrido, por lo menos ahora podíamos cerrar
   debidamente las puertas. Cambié nuestras contraseñas de Tymnet y reparé
   la brecha del Gnu-Emacs. Pero ¿qué hacer con las contraseñas de todos
   nuestros usuarios?

   La única forma de garantizar la limpieza del sistema consistía en
   cambiar inmediatamente todas las claves y, a continuación, verificar
   uno por uno a todos los usuarios. Empresa fácil cuando son pocos los
   que utilizan el sistema, pero imposible con nuestros mil doscientos
   científicos.

   Sin embargo, si no cambiábamos todas y cada una de las claves, no
   podíamos estar seguros de que otro hacker no hubiera robado alguna
   cuenta. Con una basta para infiltrarse. Por fin decidimos anular todas
   las claves y pedirles a cada uno de nuestros usuarios que eligieran
   otra que no apareciera en el diccionario.

   Instalé trampas en todas las cuentas robadas por el hacker. Si alguien
   intentaba conectar como Sventek, el sistema le rechazaría, pero
   registraría toda la información relacionada con el origen de la
   llamada. A ver quién era el guapo que se atrevía.

   Martha y yo no pudimos celebrarlo debidamente, puesto que sus estudios
   la tenían realmente encadenada, pero nos tomamos un día de vacaciones
   para ir a la costa del norte. Paseamos por los acantilados, cubiertos
   de flores silvestres, y contemplamos las olas que se estrellaban contra
   las rocas, treinta metros por debajo de nuestros pies. Descendimos a
   una cala aislada, nuestra propia playa particular, y durante algunas
   horas todas mis preocupaciones se alejaron de mi mente, como si no
   existieran.

   Al cabo de unos días se recibieron noticias de Alemania. Al parecer, la
   policía de Hannover había irrumpido simultáneamente en el local de una
   empresa llamada Focus Computer, de Hannover, y en la casa de uno de sus
   empleados. En la empresa informática se habían incautado de un total de
   ochenta discos y el doble de dicha cantidad en la casa. Tanto el
   director de Focus Computer como el inquilino de la casa habían sido
   detenidos, pero no habían hablado. Sin embargo, el director había
   insinuado que sospechaban que los vigilaban.

   Habían mandado las pruebas a un lugar llamado Wiesbaden para ser
   «analizadas por expertos». ¡Maldita sea! Podía haberlas analizado yo
   perfectamente: bastaba con buscar la palabra «SDINET». Como inventor
   del término, sabría inmediatamente si las copias eran auténticas.

   ¿Cómo se llamaba el hacker? ¿Cuál era su propósito? ¿Qué relación tenía
   con Pittsburgh? ¿Dónde estaba ahora? Había llegado el momento de hablar
   con Mike, del FBI.

   —Ahora que todo ha terminado, ¿puedes darme el nombre de ese individuo?
   —le pregunté.

   —No es cierto que todo haya terminado, y la respuesta es no, no puedo
   darte su nombre —contestó Mike, más enojado que de costumbre ante mis
   preguntas.

   —¿Obtendré más información sobre ese individuo si hablo con los
   alemanes?

   Sabía cómo se llamaba el fiscal, aunque no conociera el nombre del
   hacker.

   —No te pongas en contacto con los alemanes. Es un asunto muy delicado y
   probablemente meterás la pata.

   —¿No puedes siquiera decirme si el hacker está en la cárcel? ¿O si se
   pasea libremente por Hannover?

   —No estoy autorizado a hablar de ello.

   —En tal caso, ¿cuándo me enteraré de lo ocurrido?

   —Te lo comunicaré a su debido tiempo. Entretanto guarda todas las
   copias bajo llave.

   ¿Guardar las copias bajo llave? Miré a mi alrededor. Entre manuales
   informáticos y libros de astronomía, en las estanterías de mi despacho
   había tres cajas que contenían las copias del hacker. La puerta de mi
   despacho no tenía siquiera cerrojo y el edificio permanecía abierto día
   y noche. ¡Ah! El desván, donde se guardaban los productos de limpieza,
   se cerraba con llave. Podía colocar las cajas en una estantería junto
   al techo, encima del lavadero.

   Antes de que se retirara del teléfono, pregunté a Mike cuándo podía
   esperar más noticias sobre el caso.

   —Dentro de unas semanas. Se abrirá un sumario contra el hacker y se le
   procesará —respondió Mike—. Entretanto guarda silencio. No divulgues la
   noticia y mantente alejado de los periodistas.

   —¿Por qué?

   —Cualquier publicidad podría librarle de los cargos que se le imputan.
   El caso es ya bastante complejo sin que intervenga la prensa.

   —Pero el caso es pan comido —protesté—. El fiscal norteamericano dice
   que sobran pruebas para condenarle.

   —Mira, tú no sabes todo lo que está ocurriendo —dijo Mike—. Hazme caso,
   mantén la boca cerrada.

   El FBI estaba justificadamente satisfecho de su trabajo. A pesar del
   titubeo inicial, Mike había persistido con la investigación. La
   organización no le permitía que me revelara los detalles del caso, pero
   no podía hacer nada al respecto. Sin embargo, lo que no podía impedir
   era que yo investigara por mi cuenta.

   Hace diez meses, Luis Álvarez y Jerry Nelson me habían aconsejado
   tratar al haeker como un problema de investigación. Pues bien, por lo
   menos la investigación había concluido. Claro que quedaban algunos
   detalles por resolver, pero el grueso del trabajo estaba hecho. Sin
   embargo, el FBI no me permitía publicar lo que había descubierto.

   Cuando se realiza un experimento se toman notas, se reflexiona y, acto
   seguido, se publican los resultados. Si no se publica, nadie tiene la
   oportunidad de aprender de dicha experiencia. El objeto es precisamente
   el de evitar que otros repitan lo realizado.

   De todos modos había llegado el momento de realizar un cambio. Pasé el
   resto del verano elaborando curiosas imágenes informatizadas de
   telescopios y dando clases en el centro de informática. Gracias a la
   persecución del alemán había aprendido la forma de conectar ordenadores
   entre ellos.

   Tarde o temprano, el FBI me permitiría publicar los resultados. Y
   cuando llegara el momento, estaría listo para hacerlo. A principios de
   setiembre empecé a escribir un sobrio artículo científico sobre el
   hacker. Me limité a condensar las ciento veinticinco páginas de mi
   cuaderno de bitacora, en un tedioso escrito, destinado a alguna
   recóndita publicación informática.

   Sin embargo no me resultaba fácil abandonar por completo el proyecto
   del hacker. Durante un año, aquella persecución había dominado mi vida.
   En el cumplimiento de mi misión había escrito docenas de programas,
   sacrificado el calor de mi compañera, alternado con el FBI, la NSA, la
   OSI y la CIA, destruido mis zapatillas, estropeado impresoras y viajado
   varias veces de costa a costa. Ahora que mi vida ya no estaba dominada
   por un misterioso enemigo extranjero, me preguntaba cómo pasar el
   tiempo.

   Entretanto, a 10.000 kilómetros de distancia, alguien deseaba no haber
   oído hablar nunca de Berkeley.

  53

   Un mes antes de la captura del hacker de Hannover, Darren Griffith se
   unió a nuestro grupo, procedente del sur de California. Las aficiones
   de Darren eran en este orden: la música «punk», las redes Unix, la
   tipografía láser y los amigos con el pelo escarpado. Además de los
   cafés y los conciertos, lo que le atraía de Berkeley eran los
   centenares de ordenadores Unix conectados entre ellos, formando un
   complejo laberinto que deseaba explorar.

   En la oficina, el jefe dejaba que trabajara a su propio aire y en los
   proyectos que le interesaran. Después de las cinco, cuando la gente
   normal se iba a su casa, conectaba la música en su despacho y escribía
   programas al son de U2. Cuanto más fuerte era la música, mejor el
   código.

   Le hablé de las infiltraciones del año anterior y pensé que le
   encantaría saber lo de la brecha del Gnu-Emacs, pero se limitó a
   encogerse de hombros.

   —Claro, cualquiera puede darse cuenta de cómo aprovecharse de ella
   —dijo—. Pero, de todos modos, sólo se encuentra en unos centenares de
   sistemas. Si quieres ver una brecha sabrosa en los sistemas de
   seguridad, comprueba el VMS. Hay un orificio por el que pasaría un
   camión.

   —¿Cómo?

   —Sí. Está en todos los ordenadores Vax de la Digital Equipment
   Corporation, que utilizan la versión 4,5 del sistema operativo VMS.

   —¿Cuál es el problema?

   —Cualquiera que conecte con dichos ordenadores puede convertirse en
   administrador del sistema —explicó—, simplemente introduciendo un breve
   programa. No hay forma de impedirlo.

   —¿Y la DEC no hace nada al respecto? —pregunté, sin haber oído hablar
   nunca de aquel problema—. Después de todo, ellos son quienes venden los
   ordenadores.

   —Desde luego, mandan equipos de reparación. Pero lo hacen con mucha
   discreción. No quieren que cunda el pánico entre sus clientes.

   —Parece razonable.

   —Por supuesto, pero nadie instala dichos equipos. ¿Qué harías tú si de
   pronto recibes una cinta por correo con unas instrucciones que digan:
   «Le rogamos instale este programa en su sistema, ya que de lo contrario
   podría aparecer algún problema.»? Lo más probable es que lo ignores,
   porque tienes mejores cosas que hacer.

   —¿De modo que todos esos sistemas están expuestos a ser atacados?

   —Así es.

   —Espera un momento. Este sistema operativo ha sido certificado por la
   NSA. Lo han comprobado y certificado su seguridad.

   —Por supuesto. Pasaron un año comprobándolo. Y un mes después de su
   comprobación, la DEC lo modificó ligeramente. Sólo un pequeño cambio en
   el programa de contraseñas.

   El programa de verificación del centro nacional de seguridad
   informática tenía también una brecha en el sistema de seguridad.

   —Y ahora hay cincuenta mil ordenadores inseguros.

   No podía creerlo. Si mi hacker lo hubiera sabido, se habría puesto las
   botas. Menos mal que le habíamos capturado.

   Dada la importancia del problema, decidí llamar a Bob Morris al centro
   nacional de seguridad informática. Nunca había oído hablar de ello,
   pero prometió investigarlo. Advertidas las autoridades, había cumplido
   con mi obligación.

   A finales de julio Darren captó un mensaje en la red. Roy Omond,
   administrador de sistemas en Heidelberg, Alemania, había detectado a un
   grupo denominado «Chaos Computer Club» (CCC) en su ordenador Vax.
   Utilizaban la brecha que Darren había descrito. El mensaje de Omond
   explicaba cómo se habían infiltrado esos gamberros, instalando troyanos
   para apoderarse de las contraseñas y borrando sus propias huellas.

   ¿El Chaos Computer Club? Había oído rumores de su existencia ya en
   1985, cuando un grupo de hackers alemanes se dedicaban a «explorar»
   conjuntamente las redes informáticas. Según ellos, el monopolio del
   Estado no servía más que para crear problemas y lo llamaban el
   «Bundespest»^13. No tardaron en organizarse en forma de equipo para
   lanzar ataques sistemáticos contra ordenadores en Alemania, Suiza,
   Francia y, finalmente, Estados Unidos. Con seudónimos como Pengo,
   Zombie y Frimp, que ya había oído antes, se habían convertido en
   gamberros cibernéticos que se enorgullecían de la cantidad de
   ordenadores en los que lograban infiltrarse.

   Sonaba familiar.

   A fines de verano, el problema había crecido. El grupo del Caos se
   había infiltrado en un centenar de ordenadores alrededor del mundo
   utilizando la red NASA SPAN. ¡Claro, el ordenador Petvax! Aquel
   incidente del mes de junio, cuando había localizado la conexión en la
   red de la NASA. Apostaría cualquier cosa a que la línea serpenteaba
   hasta Alemania. ¡Diablos!

   Pronto empecé a darme cuenta de lo que ocurría. El CCC se había
   infiltrado en los ordenadores del laboratorio físico del CERN, en
   Suiza, causando innumerables quebraderos de cabeza, donde se decía que
   habían robado contraseñas, destruido programas y estropeado sistemas
   experimentales.

   Sólo para divertirse.

   En el laboratorio suizo, miembros del CCC se habían apropiado de
   contraseñas para introducirse en ordenadores de laboratorios físicos
   norteamericanos, como Fermilab en Illinois, Caltech y Stanford. De allí
   sólo tuvieron que dar un pequeño salto a la red de la NASA y a sus
   propios ordenadores.

   Cada vez que se introducían en un ordenador, utilizaban dicho bug para
   convertirse en administrador del sistema. Entonces modificaban el
   sistema operativo, para que les permitiera entrar con una contraseña
   especial, conocida sólo por ellos. A partir de aquel momento, cuando
   algún miembro del CCC utilizaba la palabra mágica en un Vax
   contaminado, lograba entrar en el mismo, aunque la brecha original
   hubiera sido reparada.

   ¡Diablos! Aquello iba en serio. Centenares de ordenadores corrían
   peligro. Podían destruir fácilmente el software de cada uno de dichos
   sistemas. Pero ¿qué se podía hacer? La NASA no es responsable de todos
   los ordenadores conectados a su red. La mitad pertenecen a
   universidades, donde se realizan experimentos científicos. Es probable
   que la NASA ni siquiera tenga una lista de todos los ordenadores
   conectados a dicha red.

   La red de la NASA, al igual que Milnet, es un sistema de comunicaciones
   que conecta ordenadores entre ellos, a lo largo y ancho del país. Es
   natural que un ladrón utilice la carretera, sin que se pueda acusar de
   ello al constructor de la misma. La NASA sólo es responsable del
   mantenimiento de la red. La seguridad de cada ordenador está en manos
   del personal que lo dirige.

   El CCC creaba quebraderos de cabeza para los informáticos, dejando con
   un palmo de narices a centenares de técnicos y millares de científicos.
   El propietario de un ordenador Vax se veía obligado a reconstruir el
   software a partir de cero. Esto es el trabajo de toda una tarde,
   multiplicado por un millar de emplazamientos. ¿O eran cincuenta mil?

   Por fin el CCC comunicó triunfalmente sus infiltraciones a la prensa,
   describiéndose a sí mismos como programadores geniales. Busqué
   cualquier mención a mi laboratorio, a Milnet o a Hannover. Nada. Era
   como si nunca hubieran oído hablar de mi hacker. Sin embargo, menuda
   coincidencia! Un par de meses después de que yo atrapara a un hacker
   alemán que se infiltraba en las redes informáticas, se divulga la
   noticia de un club alemán que afirma haberse infiltrado en las redes de
   la NASA.

   ¿Podrían haber sido ellos los que habían penetrado clandestinamente en
   mi ordenador? Ló reflexioné un poco. La pandilla del caos parecía
   trabajar con el sistema operativo VMS y no sabía gran cosa sobre Unix.
   Mi hacker conocía sin duda el VMS, pero se sentía más cómodo en el
   Unix. Además, no dudaba un instante en aprovecharse de cualquier bug en
   el sistema. Hannover está cerca de Hamburgo, sede de dicho club. Menos
   de ciento cincuenta kilómetros.

   Pero mi hacker había sido detenido el 29 de junio y el CCC se
   infiltraba en ordenadores durante el mes de agosto.

   Si el hacker de Hannover estaba en contacto con el CCC, su detención
   habría conmocionado toda la organización. Se habrían evaporado al saber
   que uno de sus miembros había sido detenido.

   Otra peculiaridad..., la NASA no tiene secretos. Claro, puede que los
   cargamentos militares para el transbordador espacial sean
   confidenciales, pero casi todo lo demás de la NASA es público.
   Incluidos los diseños de los cohetes. Uno puede comprar libremente los
   planos del transbordador espacial. No es lugar para un espía.

   No, mi hacker no estaba en el CCC. Es probable que estuviera vagamente
   relacionado con ellos..., tal vez interviniera en su boletín
   electrónico. Pero no conocían sus actividades.

   Los miembros del CCC justifican sus actos con una peculiar visión
   ética. Están convencidos de que es perfectamente correcto husmear en
   las bases de datos de los demás, siempre y cuando no se destruya la
   información. En otras palabras, consideran que su curiosidad técnica
   debe estar por encima de mi intimidad personal. Se creen con derecho a
   examinar cualquier ordenador en el que logren introducirse.

   ¿La información en bases de datos? Carecen de prejuicios, si logran
   deducir cómo obtenerla. ¿Supongamos que se trata de una lista de
   pacientes del SIDA? ¿O de las declaraciones de impuestos? ¿O de mi
   historial financiero?

   Fue maravilloso hablar del tema con Darren, con su conocimiento de las
   redes y extraordinaria habilidad para detectar brechas de seguridad.
   Pero cuando hablábamos de ellos, parecía considerarlo remoto y
   divertido, como si el problema del hacker fuera un juego puramente
   intelectual. Intuía que me miraba con cierto desprecio por verme
   vinculado en el asunto y dispuesto a capturar al hacker.

   Por fin, una tarde, después de escuchar atentamente mis quejas sobre el
   hacker y mis pronósticos pesimistas acerca de los problemas que nos
   deparaba el futuro, Darren se quedó mirándome fijamente.

   —Cliff —dijo—, eres un viejo carroza. ¿Por qué te preocupa tanto que
   alguien juegue con tu sistema? Podías haber sido tú mismo, en tu lejana
   juventud. ¿Dónde está tu apreciación de la anarquía creativa?

   Intenté defenderme, como lo había intentado con Laude hacía algunos
   meses. Nunca me había propuesto convertirme en un policía informático.
   Había empezado con un simple enigma: ¿por qué había un error de setenta
   y cinco centavos en la contabilidad? Una cosa llevó a otra y acabé
   persiguiendo a nuestro amigo.

   Además, no disparaba a ciegas, intentando derribar a ese individuo,
   simplemente porque estaba ahí. Había descubierto la naturaleza de
   nuestras redes. Para mí, antes eran un complejo conjunto técnico de
   cables y circuitos. Pero son mucho más que eso, son una frágil
   comunidad de gente, vinculada entre sí por la confianza y la
   cooperación. Si la confianza desaparece, la comunidad se desintegrará
   para siempre.

   Darren y otros programadores sienten a veces respeto por los hackers
   porque ponen a prueba la solidez de los sistemas, revelando sus brechas
   y puntos flacos. Respetaba este punto de vista, sólo una mente honrada
   y rigurosa puede sentir gratitud por alguien que exponga sus errores,
   pero ya no podía compartirlo. Para mí, el hacker no era un maestro del
   ajedrez, que nos estuviera dando valiosas lecciones al aprovecharse de
   los puntos débiles de nuestras defensas, sino un gamberro desconfiado y
   paranoico.

   En algún pueblo, donde nadie cerrara las puertas, ¿halagaríamos al
   primer ladrón, por demostrar a los pueblerinos que era una locura dejar
   abiertas las puertas de sus casas? Si ocurriera, nunca podrían volver a
   dejar las puertas abiertas.

   Es posible que ante la presencia de los hackers, las redes acaben por
   verse obligadas a instalar barreras y controles. Entonces, a los
   usuarios legítimos les resultará más difícil comunicarse libremente y
   compartir información entre sí. Puede que para usar las redes tengamos
   que identificarnos y declarar nuestro propósito, que deje de ser
   posible conectar simplemente para charlar un rato, deambular un poco y
   ver quién circula por la red.

   Hay amplia tolerancia para la «anarquía auténticamente creativa» en las
   redes actuales; nadie manda en las mismas, nadie crea ordenanzas, son
   el simple resultado de un esfuerzo de cooperación y evolucionan
   libremente al antojo de los usuarios. El abuso por parte de los hackers
   de dichas facilidades puede significar el fin de ese sistema libre y
   compartido del funcionamiento de las redes.

   Por fin podía responder a Darren. El hecho de alternar con funcionarios
   trajeados y de jugar a poli informático emanaba de mi apreciación por
   la anarquía creativa. Para conservar el espíritu juguetón de las redes
   es preciso salvaguardar nuestra sensación de confianza y, para ello, es
   necesario tomárselo en serio cuando alguien traiciona dicha confianza.

   Sin embargo, aunque por fin tenía la sensación de saber por qué lo
   había hecho, seguía sin saber qué era lo que había hecho. ¿Cómo se
   llamaba ese individuo de Hannover? ¿Quién había tras todo aquello?
   Nadie me lo decía.

   Conforme avanzaba el verano, todo parecía indicar que el caso se
   desintegraba. Mike Gibbons no me llamaba, ni solía responder a mis
   llamadas. Era como si nada hubiera ocurrido.

   Comprendía los aspectos técnicos del caso: las brechas informáticas y
   el emplazamiento del hacker. ¿No era eso todo lo que deseaba? Sin
   embargo algo fallaba. No me sentía satisfecho.

   Sabía el qué y el cómo, pero deseaba saber quién y por qué.

  54

   ¿Quién había tras todo aquello? Sólo había una forma de averiguarlo.
   Investigar.

   Lo único que el FBI estaba dispuesto a decirme era: «Mantén la boca
   cerrada y no hagas preguntas.» No me servía de gran cosa.

   Tal vez si me inmiscuía perturbaría algún juicio que pudiera
   celebrarse. Pero si había juicio, necesitarían con toda seguridad mi
   cooperación. Después de todo, las pruebas fundamentales estaban en mi
   posesión: unas dos mil copias impresas, guardadas cuidadosamente en
   cajas y encerradas en el desván de la limpieza.

   Aunque no me permitieran formular preguntas, no podían impedir que
   practicara la ciencia. La publicación de los resultados es una parte
   tan importante del proyecto como la investigación del fenómeno. En mi
   caso, probablemente más importante. Cuando comenzaron a divulgarse los
   rumores sobre el hacker, me llamaban los militares en busca de más
   información. ¿Qué podía decirles?

   A fines de agosto se cumplió exactamente un año desde que detectamos
   por primera vez a aquel hacker en nuestros ordenadores y dos meses
   desde que finalmente le atrapamos en Hannover. El FBI todavía me decía
   que guardara silencio.

   Claro que el FBI no podía impedirme legalmente que publicara los
   resultados ni que siguiera investigando.

   —Eres libre de escribir lo que desees —insistía Martha—. Esto es
   precisamente lo que nos garantiza la Primera Enmienda.

   Sin duda estaba en lo cierto. Había estado estudiando a fondo la ley
   constitucional para su reválida de derecho. Sólo otras tres semanas y
   todo habría terminado. Para alejar el examen de su mente empezamos a
   coser un edredón. Sólo unos minutos de vez en cuando, pero el diseño no
   dejaba de crecer y, aunque no era consciente de ello, algo maravilloso
   crecía con el mismo.

   Nos dividimos el trabajo como de costumbre. Ella confeccionaba los
   retales, yo los cosía y ambos compartiríamos el edredón. Apenas
   habíamos empezado a cortar las piezas, cuando llegó Laurie para
   almorzar con nosotros.

   Martha le mostró el diseño y le explicó que el edredón lo llamaría
   «estrella del jardín». La despampanante estrella central sería de un
   amarillo brillante y naranja, como las peonías de nuestro jardín. A su
   alrededor habría un círculo de tulipanes y a continuación un borde
   llamado «bola de nieve», como los matorrales de bolas de nieve del
   jardín, que eran los primeros en florecer en primavera. Laurie sugirió
   otro borde, llamado «gansos voladores», en representación de los
   pájaros que nos visitaban.

   Cuando escuchaba a Laurie y a Martha, hablando de diseños con nombres
   antiguos y románticos, sentía un calorcillo en mi interior. Aquí estaba
   mi hogar, mi amor. El edredón que estábamos confeccionando nos duraría
   toda la vida; en realidad su vida sería más larga que la nuestra y
   serviría para mantener calientes a nuestros nietos...

   Me estaba dejando llevar. Después de todo, Martha y yo no estábamos
   casados ni nada por el estilo; nos limitábamos a compartir nuestras
   vidas mientras fuera positivo para ambos, con la libertad de seguir
   cada uno nuestro camino, si dejaba de funcionar. Sí, asi era mejor, más
   abierto y civilizado. Nada de esa anticuada fórmula de «hasta que la
   muerte nos separe».

   Claro, por supuesto.

   Las palabras de Laurie me dejaron atónito: interpretaban mis
   pensamientos más recónditos.

   —Éste tendría que ser el edredón de vuestra boda.

   Martha y yo la miramos fijamente.

   —Claro, todo el mundo sabe que ya estáis casados. Sois amigos íntimos y
   amantes desde hace casi ocho años. ¿Por qué no hacerlo oficial y
   celebrarlo?

   Estaba completamente desconcertado. Lo que Laurie acababa de decir era
   tan cierto y evidente, que debía estar ciego para no haberlo visto.
   Había quedado atascado con la idea de que debíamos seguir día a día,
   juntos «por ahora», mientras todo marchara a pedir de boca. Pero, a
   decir verdad, ¿abandonaría a Martha si las cosas se pusieran difíciles?
   ¿La abandonaría si me sintiera más atraído hacia otra chica? ¿Era ése
   el tipo de persona que deseaba ser y la forma en que quería vivir el
   resto de mi vida?

   En aquel momento comprendí lo que debía hacer y cómo deseaba vivir.
   Miré a Martha, con su rostro sereno y tranquilo, concentrado en los
   pintorescos retales de calicó. Había lágrimas en mis ojos y era incapaz
   de hablar. Miré a Laurie en busca de ayuda, pero cuando me vio la cara
   desapareció a la cocina para preparar un té, dejándonos a Martha y a mí
   solos.

   —Amor mío.

   Levantó la cabeza y me miró fijamente.

   —¿Cuándo quieres que nos casemos?

   —¿Qué te parece la próxima primavera, después de las lluvias, cuando
   crecen las rosas?

   Y así fue. Sin mirar atrás, sin lamentos, sin pensar en que pudiera
   aparecer alguien más idóneo. Martha y yo para el resto de nuestras
   vidas. Laurie sirvió el té y permanecimos juntos sin decir gran cosa,
   pero muy felices.

   En octubre empecé a pensar de nuevo en el hacker. Darren y yo
   discutíamos sobre si publicar o no un artículo.

   —Si no dices nada —argüía Darren—, aparecerá otro hacker y destruirá
   algún sistema.

   —Pero si lo publico, una docena de hackers aprenderán cómo hacerlo.

   Éste es el dilema de hablar de problemas de seguridad. Si uno describe
   cómo fabricar una bomba casera, el próximo chico que se encuentre con
   un poco de carbón y salitre podrá convertirse en terrorista. Sin
   embargo, si se oculta la información, la gente no será consciente del
   peligro.

   En enero se cumplieron seis meses desde la redada en casa del hacker y
   un año y medio desde su detección. No obstante, todavía no conocía su
   nombre. Había llegado el momento de publicar los resultados.

   De modo que decidí mandar mi artículo a Communications of the
   Association of Computer Machinery. Aunque no se encuentra en los
   quioscos, Communications llega a manos de la mayoría de los
   profesionales de la informática y es una auténtica publicación
   científica, en la que se informan todos los artículos. Esto significaba
   que otros tres científicos de la informática estudiarían mi artículo y
   escribirían comentarios anónimos sobre si merecía ser publicado.

   Se programó su publicación para el ejemplar del mes de mayo. La
   Association for Computer Machinery y el Lawrence Berkeley Laboratory
   decidieron anunciarlo conjuntamente el 1 de mayo.

   Mayo fue un mes disparatado. Martha y yo íbamos a casarnos a fin de
   mes. Habíamos reservado el Berkeley Rose Garden, cosido nuestros trajes
   para la boda e invitado a nuestros amigos y parientes. Incluso sin la
   publicidad del hacker, no sería un mes tranquilo.

   Pues bien, lo teníamos todo más o menos listo, cuando la revista
   alemana Quick se nos anticipó. El 14 de abril publicaron un artículo
   sobre un hacker alemán que se había infiltrado en tres docenas de
   ordenadores militares. A pesar de que el periodista había logrado
   entrevistarse con el hacker, la mayor parte de la información procedía
   de mi cuaderno.

   ¡Mi cuaderno! ¿Cómo se las había arreglado la revista Quick, a mitad de
   camino entre Life y el National Enquirer, para obtener el cuaderno de
   mi laboratorio? Guardaba el cuaderno en mi ordenador; vivía en
   disquetes, no en papel. ¿Se habría infiltrado alguien en mi ordenador y
   lo habría leído?

   ¡Imposible! El cuaderno estaba en mi Macintosh, que no había conectado
   nunca con ninguna red y todas las noches ocultaba el disco en mi
   escritorio.

   Volví a leer la traducción del artículo y me di cuenta de que alguien
   había divulgado una copia de mi cuaderno, de enero del año pasado.
   Antes de organizar la operación SDINET. ¿Le había dado a alguien una
   copia de aquel cuaderno?

   Sí, lo había hecho. El 10 de enero había mandado el cuaderno a Mike
   Gibbons, del FBI, quien a su vez debía de habérselo remitido al
   agregado jurídico en Bonn. A saber dónde había aterrizado a
   continuación...

   De algún modo había llegado a manos de la revista Quick, que publicó su
   artículo dos semanas antes de la fecha prevista para la publicación del
   mío. ¡Maldita sea!

   Un año de silencio. Un año de cooperación secreta con las autoridades,
   para acabar siendo traicionado a un periódico sensacionalista alemán.
   ¡Vaya ignominia!

   Incluso con una copia de mi cuaderno, la información de Quick estaba
   lejos de ser exacta. ¡Maldita sea! Lo único que cabía hacer era revelar
   la verdad.

   Sea cual sea nuestra actuación, llegábamos tarde. John Markoff,
   actualmente del Times de Nueva York, se había enterado de la historia y
   formulaba preguntas. ¡Maldita sea! La única solución era celebrar una
   conferencia de prensa en el laboratorio, conmigo en el centro del
   escenario. ¡Maldita sea!

   Aquella noche, a las once, estaba nervioso y enfermo de preocupación.
   ¿Yo? ¿En una conferencia de prensa? La llamada de la NSA no contribuyó
   a serenarme.

   Sally Knox, administrativa del centro de seguridad informática de la
   NSA, estaba en la ciudad y había oído hablar de la conferencia de
   prensa, prevista para el día siguiente.

   —No se te ocurra mencionarnos —chilló en mi oído—. Ya tenemos bastante
   mala prensa sin que lo hagas.

   Miré a Martha, que había oído la voz de aquella mujer por teléfono y
   levantó la mirada al cielo. Procuré tranquilizar a la espía.

   —Escúchame, Sally: la NSA no ha hecho nada malo. No pienso sugerir que
   os reduzcan el presupuesto.

   —Eso no importa. En el momento en que la prensa oiga nuestro nombre,
   habrá problemas. Distorsionan todo lo relacionado con nosotros. No nos
   tratarán con imparcialidad.

   Miré a Martha. Me hacía señas para que colgara el teléfono.

   —De acuerdo, Sally —dije—. Te aseguro que ni siquiera mencionaré
   vuestra agencia. Si alguien pregunta, me limitaré a decir: «Sin
   comentario.»

   —No. No hagas eso. Entonces esos cerdos se dedicarán a husmear y
   descubrirán más información. Diles que no hemos tenido que ver nada con
   el asunto.

   —Mira, Sally: no pienso mentir. Además, ¿no es cierto que el centro
   nacional de seguridad informática es una agencia pública y no
   confidencial?

   —Así es. Pero ésa no es razón para permitir que la prensa meta las
   narices en nuestros asuntos.

   —En tal caso, ¿por qué no mandáis a alguien a la conferencia de prensa?

   —Ninguno de nuestros funcionarios está autorizado a hablar con la
   prensa.

   Con una actitud semejante, no es sorprendente que su agencia tenga mala
   prensa.

   Martha me escribió una nota: «Pregúntale si ha oído hablar de la
   Primera Enmienda.» Pero no me dio oportunidad a abrir la boca. Sally
   hablaba de que los atosigaba el Congreso, los atosigaba la prensa y los
   atosigaba yo.

   Habló durante veinte minutos intentando convencerme de que no
   mencionara la NSA ni el centro nacional de seguridad informática.

   A las once y media estaba harto y agotado, dispuesto a hacer cualquier
   cosa para dejar el teléfono.

   —Oye, Sally: ¿cuándo vas a dejar de contarme lo que no puedo decir?

   —No te hablo de lo que debes decir. Sólo quiero que no menciones el
   centro de seguridad informática.

   Colgué el teléfono.

   —¿Son todos iguales? —preguntó Martha, mirándome después de revolverse
   en la cama.

   Para mí, acostumbrado a reuniones científicas y coloquios técnicos, la
   conferencia de prensa de la mañana siguiente era un parque zoológico.
   Había oído hablar muchas veces de conferencias de prensa, pero nunca
   había asistido a ninguna. En ésta yo era el objetivo.

   Fue una locura. Junto con mi jefe, Roy Kerth, hablé durante media hora,
   respondiendo a las preguntas de los periodistas. Las de los
   corresponsales de televisión eran fáciles («¿Cómo se siente ahora que
   todo ha terminado?»), pero las de los periódicos eran duras y
   complicadas:

   —¿Cuál debería ser la política nacional sobre seguridad informática?

   —¿Estaba justificada la restricción del almirante Pointdexter en cuanto
   al material delicado aunque no confidencial?

   Nadie preguntó sobre la NSA. No se hizo mención alguna al centro
   nacional de seguridad informática. Sally había hablado media hora en
   vano.

   Al principio la prensa no me inspiraba excesiva confianza; temía que,
   sea lo que sea, distorsionaría el asunto. Pero ahora se trataba de una
   historia técnica que abarcaba dos continentes y un año de trabajo.
   ¿Cómo tratarían la noticia los medios de información norteamericanos?

   Lo hicieron con sorprendente exactitud. Mi artículo técnico era más
   detallado (la brecha del Gnu-Emacs, la forma del hacker de descifrar
   contraseñas), pero me asombró la precisión con que los periódicos
   transmitieron la historia. Todo lo importante estaba allí: los
   ordenadores militares, la persecución e incluso la «operación ducha».

   Además, aquellos periodistas sabían hacer su trabajo. Llamaron por
   teléfono a Alemania y se las arreglaron para averiguar lo que yo no
   había logrado descubrir: el nombre del hacker. Le llamaron por
   teléfono.

  55

   —Hola, ¿es usted Markus Hess, de Hannover?

   —Sí.

   —Le habla Richard Covey. Soy periodista, aquí en California. ¿Puedo
   hablar con usted?

   —No tengo nada que decir.

   —Sobre este asunto del hacker, ¿podría decirme si trabajaba solo o en
   colaboración con alguien?

   —No puedo responderle. El caso está todavía pendiente en los tribunales
   alemanes.

   —¿Qué se proponía?

   —Lo hacía sólo para divertirme.

   —¿Es usted estudiante?

   —Pues..., sí. No puedo hablar por teléfono, las lineas no me inspiran
   confianza. Pueden estar intervenidas.

   —¿Tiene abogado?

   —Sí.

   —¿Cómo se llama?

   No responde.

   —¿Conoce a Laszlo Balogh, de Pittsburgh?

   —No. Nunca he oído hablar de él, sólo he visto su nombre en los
   periódicos.

   —¿Cómo cree que llegó la información ficticia a manos de Balogh?

   —No puedo responderle.

   —¿Trabajaba usted con alguien?

   —No puedo decírselo. No me siento cómodo hablando por teléfono. No
   estoy seguro de que las líneas estén limpias.

   —¿Es usted un espía?

   —Pensar esto es totalmente absurdo. Sólo me impulsaba la curiosidad.

   —¿Tiene alguna idea de cómo llegó la información a Pittsburgh?

   —No, ni idea. No se la mostré a nadie. Para mí es peligroso seguir
   hablando, porque no estoy seguro de que las lincas telefónicas no estén
   intervenidas.

   —¿Cobraba por su trabajo?

   —Debo marcharme. No puedo seguir hablando.

   Colgó.

   Markus Hess. Después de tanto tiempo, resulta que el nombre de mi cuco
   es Markus Hess.

   Pues bien, habla inglés, aunque sin contracciones, y es tan paranoico
   por teléfono como en el ordenador; siempre mirando por encima del
   hombro. La prensa alemana dice que Hess mide metro ochenta, tiene
   veinticinco años, es corpulento y entre sus amigos se le conoce como un
   buen programador de Unix, aunque no genial. Y es un fumador empedernido
   de Benson & Hedges.

   Consulte una vez más la guía telefónica de Hannover. Efectivamente, ahí
   está su nombre, pero ¿quién es? ¿Qué es lo que se propone? Nunca lo
   averiguaré desde Berkeley.

   ¿Tal vez debería llamar a alguien en Alemania? ¿A quién conozco? Un par
   de estudiantes en el Instituto Max Planck, algunos astrónomos de
   Darmstadt y un compañero de universidad en Hamburgo.

   A fines de verano, un amigo de un amigo me mandó una carta: «Necesito
   dónde alojarme durante una visita a San Francisco. ¿Puedo acostarme en
   el suelo de tu casa?» Parecía tratarse de un estudiante, procedente del
   extranjero.

   Martha, Claudia y yo no dirigíamos exactamente un albergue juvenil,
   pero nuestras puertas estaban siempre abiertas a los amigos. Michael
   Sperber pasó un par de noches en casa y nos divirtió con las anécdotas
   de sus viajes por Norteamérica. De igual interés para mí, fue el hecho
   de que su padre, Jochen Sperber, fuera periodista en el norte de
   Alemania y pudiera ponerse en contacto con hackers en la región de
   Hannover.

   Había dado en el blanco. Por pura casualidad, había encontrado a
   alguien curioso, tenaz y capaz de indagar en Alemania. A lo largo de
   los próximos cinco meses, Jochen Sperber descubrió suficiente
   información para reconstruir lo ocurrido al otro extremo.

   ¿Qué había ocurrido? He aquí mi versión, basada en entrevistas,
   informes de la policía, artículos de la prensa y mensajes de
   programadores alemanes.

   Había estado persiguiendo una sombra. Ahora podía esbozar un retrato.

   A principios de los años ochenta, el Bundespost alemán amplió el
   servicio telefónico para incluir redes de datos. Su servicio Datex tuvo
   un principio lento, pero en 1985 los negocios y las universidades
   comenzaron a afiliarse al mismo. Era una forma conveniente, aunque no
   barata, de conectar ordenadores entre sí por toda Alemania.

   Como en cualquier otro lugar, los estudiantes comenzaron a aprovecharse
   de dicho servicio. Al principio, descubriendo fallos en la protección
   del sistema y, más adelante, hallando formas de conectar con el
   extranjero a partir de la red. El Bundespost dedicaba todos sus
   esfuerzos al lanzamiento de Datex, e hizo caso omiso de dichos hackers.

   Una docena de hackers fundaron el Chaos Computer Club, cuyos miembros
   se especializaban en la creación de virus, infiltrarse en ordenadores y
   actuar como contracultura informática. Entre ellos había gamberros
   cibernéticos, algunos con mucha pericia informática y otros
   prácticamente novatos. Mediante boletines electrónicos y redes
   telefónicas intercambiaban anónimamente los números de teléfono de
   ordenadores infiltrados, así como contraseñas y tarjetas de crédito
   robadas.

   Markus Hess conocía el CCC, sin haber sido nunca un miembro destacado
   del mismo. Por el contrario, guardaba sus distancias como hacker
   autónomo. Durante el día trabajaba en una pequeña empresa de software
   en el centro de Hannover.

   —El caso es que Hess conocía a Hagbard —decía Jochen Sperber por una
   línea telefónica llena de interferencias—, quien a su vez mantenía
   contacto con otros hackers alemanes, como Pengo y Bresinsky. Hagbard es
   un seudónimo, evidentemente. Su verdadero nombre es...

   Hagbard. Había oído antes aquel nombre. Después de colgar el teléfono,
   lo busqué en mi cuaderno. Ahí estaba; se había infiltrado en Fermilab y
   Stanford. Pero lo había visto en algún otro lugar. Examiné bases de
   datos en la universidad y se lo pregunté a mis amigos. Nada. Durante
   los próximos tres días se lo pregunté a todo el mundo con quien me
   tropecé, con la esperanza de que a alguien le sonara de algo.

   —Por supuesto. Hagbard es el héroe de la colección «Illuminati» —dijo,
   por fin, la dependienta de una librería de Berkeley.

   Se trata de una serie de novelas de ciencia ficción, sobre una
   conspiración internacional que controla el mundo. Los illuminati lo
   controlan y destruyen todo. Hagbard dirige un pequeño grupo de
   anarquistas contra aquel antiquísimo culto secreto.

   De modo que el compatriota de Hess utilizaba el apodo de Hagbard; debía
   estar convencido de que realmente existía una conspiración. Y
   probablemente creía que yo era uno de los illuminati secretos,
   dispuesto a reprimir a los «buenos».

   Puede que tuviera razón. Algunos de mis amigos radicales estarían de
   acuerdo con él. Pero, sin duda, no conocía ningún secreto.

   De modo que Hagbard trabajaba en íntima colaboración con Markus Hess.
   Ambos alternaban en los mismos bares de Hannover y pasaban veladas
   junto al ordenador de Hess.

   ¿Quién era Hagbard? Según la revista alemana Der Spiegel, Hagbard, cuyo
   verdadero nombre era Karl Koch, era un programador de veintitrés años
   que necesitaba dinero para financiar su fuerte adicción a la cocaína,
   por no mencionar las cuentas telefónicas mensuales de sus aventuras
   informáticas en el extranjero.

   Durante 1986 algunos hackers de Berlín y de Hannover discutieron (entre
   copas y drogas) la forma de obtener algún dinero.

   Pengo, cuyo verdadero nombre era Hans Huebner, era un experto
   programador de dieciocho años, cuyo único interés, según él, era el
   reto técnico. Aburrido con los ordenadores a los que tenía acceso
   legítimo, comenzó a infiltrarse en otros sistemas, mediante las redes
   internacionales. En un mensaje que apareció en un boletín electrónico,
   Pengo decía que formaba parte de «un círculo de personas que intentaban
   hacer negocios con un servicio secreto oriental».

   ¿Por qué? Puesto que el software de los sistemas a los que tenía acceso
   legítimo «habían dejado de divertirme, me entretuve con la escasa
   seguridad de los sistemas a mi alcance, a partir de las redes
   [internacionales]». La informática se había convertido en una adicción
   para Pengo.

   Pero ¿por qué vender la información a agentes del bloque soviético?
   Según Der Spiegel, necesitaba el dinero para invertirlo en su empresa
   de informática. De modo que Pengo se unió a un par de individuos de
   Berlín occidental. Uno de ellos, Dirk Bresinski, trabajaba como
   programador y perito para la empresa alemana de informática Siemens.
   Otro, Peter Cari, también de Berlín, era un ex crupier que «siempre
   tenía cocaína en abundancia».

   Los cinco trabajaban en colaboración, buscando nuevas formas de
   infiltrarse en los ordenadores, explorando las redes militares y
   agudizando su pericia en la infiltración de sistemas. Pengo estaba
   especializado en el sistema operativo Vax VMS de Digital y hablaba
   frecuentemente con Hagbard.

   Pengo no tenía ningún escrúpulo en cuanto a la venta de información a
   agentes del bloque soviético. Se consideraba a sí mismo éticamente
   neutral; no pretendía favorecer a los rusos, sino tan sólo divertirse
   en las redes.

   Y, de paso, ganar algún dinero.

   Hess también se limitaba a jugar con las redes, en busca de formas de
   conectar alrededor del mundo. Había abandonado la Universidad de Hagen
   sin acabar su licenciatura en matemáticas y física. (¿Física? ¡De
   haberlo sabido...!)

   Al parecer, inicialmente Hess sólo jugaba con las redes, en busca de
   conexiones internacionales. Como en el caso de cualquier radio
   aficionado, al principio era una simple diversión, procurando llegar lo
   más lejos posible. Primero logró conectar con Karlsruhe y, más
   adelante, llegó hasta Bremen por la red Datex.

   Pronto descubrió que muchos administradores de sistemas habían dejado
   la puerta trasera abierta. Esto solía ocurrir en los ordenadores de las
   universidades, pero Markus Hess comenzó a reflexionar: ¿cuántos
   ordenadores habría con las puertas abiertas? ¿Cuántas formas
   alternativas de infiltrarse en los ordenadores?

   A principios de 1986 Hagbard y Pengo se infiltraban sistemáticamente en
   ordenadores norteamericanos, sobre todo en laboratorios de física de
   alta energía, pero también en algunas bases de la NASA. Hagbard se lo
   contó a Hess.

   Ahí estaba el reto. Hess comenzó a explorar más allá de Alemania. Pero
   ya no se interesaba por las universidades y los laboratorios de física,
   buscaba algo realmente emocionante. Hess y Hagbard eligieron a los
   militares como objetivo.

   Los dirigentes del CCC habían hecho una advertencia a sus miembros: «No
   os infiltréis nunca en un ordenador militar. El personal del servicio
   de seguridad del otro lado jugará con vosotros casi como al ajedrez.
   Recordad que practican ese juego desde hace siglos». Markus Hess no
   prestaba atención.

   Hess logró introducirse en un ordenador desprotegido que pertenecía a
   la subsidiaria alemana de una empresa norteamericana de material
   defensivo: Mitre. Desde el interior de dicho sistema pudo descubrir las
   instrucciones detalladas para conectar con los ordenadores de Mitre en
   Bedford, Massachusetts y McLean, Virginia.

   ¿Por qué no? El sistema estaba perfectamente abierto y le permitía
   llamar a cualquier lugar de Norteamérica.

   En verano de 1986 Hess y Hagbard operaban por separado, pero comparaban
   notas frecuentemente. Colaboraban metódicamente para llamar a todas las
   puertas a lo largo de las avenidas de las redes militares.

   Entretanto Hess trabajaba en Hannover programando ordenadores Vax y
   dirigiendo varios sistemas. Su superior estaba al corriente de las
   actividades nocturnas de Hess, que contaban con su beneplácito; al
   parecer eran perfectamente compatibles con los planes generales del
   negocio de la empresa. (Todavía me pregunto en qué consistirían.)

   Hess no tardó en ampliar su base en Mitre. Exploró el interior del
   sistema y extendió sus tentáculos a otros ordenadores norteamericanos.
   Recopiló números de teléfono y direcciones informáticas, y atacó
   sistemáticamente dichos ordenadores. El 20 de agosto llegó al Lawrence
   Berkeley Laboratory.

   Incluso entonces, Hess sólo se divertía. Se había dado cuenta de que
   tenía acceso a secretos tanto industriales como nacionales, pero
   mantenía la boca cerrada. Entonces, más o menos a finales de
   septiembre, entre la humareda de una cervecería de Hannover, habló a
   Hagbard de sus más recientes aventuras.

   No se puede ganar ningún dinero infiltrándose en colegios y
   universidades. ¿A quién puede interesarle la información de un
   laboratorio de física, más que a un puñado de estudiantes?

   Pero las bases militares y los fabricantes de material defensivo, ya
   son otra cosa. Hagbard olía el dinero. Y también sabía con quién
   ponerse en contacto: Pengo, en Berlín occidental.

   Gracias a sus contactos con hackers por todo el país, Pengo sabía cómo
   utilizar la información de Hess. Con la copias de Hess bajo el brazo,
   uno de los hackers de Berlín cruzó al sector oriental, para reunirse
   con agentes del KGB soviético.

   Llegaron a un acuerdo: alrededor de 30000 marcos (16513 €) por las
   copias y las contraseñas.

   Pero el KGB no compraba sólo las copias. Al parecer, Hess y compañía
   habían vendido también la técnica: cómo infiltrarse en los ordenadores
   Vax, qué redes hay que utilizar para cruzar el Atlántico y los detalles
   operativos de Milnet.

   Todavía más importante para el KGB era obtener información científica
   sobre la tecnología occidental, como el diseño de circuitos integrados,
   la fabricación asistida por ordenador y, muy en especial, programas
   operativos sujetos a control de exportación estadounidense. Les
   ofrecieron un cuarto de millón de marcos alemanes por el sistema
   operativo VMS de Digital Equipment...

   Según parece, Peter Cari y Dirk Bresinski se reunieron una docena de
   veces con agentes del KGB, a quienes suministraron muchos de sus
   pedidos: el código fuente del sistema operativo Unix, diseños de
   circuitos integrados de alta velocidad de arseniuro gálico y programas
   informáticos para el diseño de circuitos informáticos de memoria.

   El código fuente del Unix, por sí solo, no vale ciento treinta mil
   dólares. ¿Los diseños de circuitos? Quizá. Pero un programa sofisticado
   de diseño informático..., bien, puede que al KGB le saliera a cuenta.

   Hagbard no se contentaba con los marcos alemanes. Exigió cocaína. Y el
   KGB estaba dispuesto a suministrarla.

   Hagbard le pasó parte del dinero (pero no de la cocaína) a Hess, a
   cambio de copias impresas, contraseñas e información de la red. El
   dinero de Hagbard sirvió para pagar las cuentas telefónicas, que a
   veces ascendían a mil dólares mensuales, ya que conectaba con
   ordenadores de un extremo al otro del planeta.

   Hess lo grababa todo. Conservó notas detalladas en un cuaderno y todas
   las sesiones en disquetes. De ese modo, después de desconectar de un
   ordenador militar, podía imprimir las partes interesantes, para
   pasárselas a Hagbard y al KGB.

   En la lista de pedidos del KGB figuraba información sobre SDI. Cuando
   Hess lo supo, se dedicó a buscarla y la «operación ducha» de Martha le
   facilitó abundante forraje.

   Pero ¿podía el KGB confiar en aquellas copias? ¿Cómo podían estar
   seguros de que Hagbard no se lo inventaba para financiar su adicción a
   la coca?

   El KGB decidió investigar el círculo de hackers alemanes. La mítica
   Barbara Sherwin era la forma perfecta de comprobar la validez de esta
   nueva forma de espionaje. Después de todo, había invitado a la gente a
   que escribiera para solicitar más información.

   Pero los servicios secretos no actúan directamente. Usan
   intermediarios. El KGB se puso en contacto con otra agencia, el
   servicio de inteligencia húngaro o búlgaro. Éstos, a su vez, al parecer
   tenían una relación profesional con un contacto de Pittsburgh: Laszlo
   Balogh.

   La embajada búlgara en Norteamérica, con toda probabilidad tenía un
   acuerdo permanente con Laszlo, al estilo de «le pagaremos la suma de
   cien dólares por mandar la siguiente carta...».

   A Laszlo Balogh poco le importaba. Según Roger Stuart de la revista
   Pittsburgh Post-Gazette, Laszlo se definía como refugiado húngaro,
   delineante, empleado de una corporación financiera, propietario de una
   empresa de transportes, tratante de diamantes, viajero internacional,
   guardaespaldas de princesas kuwaitianas, asesino a sueldo de la CIA y
   confidente del FBI.

   El artículo decía que «a pesar de asegurar que tenía numerosos
   contactos con gobiernos extranjeros y de conducir lujosos coches de
   importación, en una ocasión declaró que había tenido dificultades en
   grabar una conversación secreta para el FBI, porque la grabadora le
   resbalaba bajo el traje deportivo».

   Al parecer, Balogh dirigía una empresa ahora inexistente, desde que se
   utilizó un cheque falso de un banco inexistente para conseguir un
   contrato de transporte de basura. En otras ocasiones había formado
   parte de una operación encaminada a robar 38.000 dólares en diamantes y
   vender aparatos informáticos a los soviéticos. Incluso afirmaba que, en
   una ocasión, había estado bajo arresto en la embajada soviética.

   Mientras el dinero fuera verde, a Laszlo no le importaba su
   procedencia. No sabía nada de SDINET, no conocía a nadie en Hannover y
   declaró que ni siquiera tenía ordenador.

   Examiné la carta de Laszlo y comprobé que no había sido escrita en una
   máquina, sino en un ordenador. Si Laszlo Balogh no tenía ordenador,
   ¿quién había escrito la carta? ¿Tal vez la embajada búlgara?

   ¿Tenía el FBI bastantes pruebas para procesar a Laszlo Balogh? No
   quisieron decírmelo. Pero a mi entender, Laszlo estaba metido en un
   buen lío; el FBI le vigilaba y quien tirara de sus cuerdas no estaba
   satisfecho.

   Sin embargo, la policía de Alemania occidental tenía un montón de
   pruebas contra Markus Hess. Copias impresas, seguimientos telefónicos y
   mi cuaderno. Cuando registraron su casa, el 29 de junio de 1987,
   incautaron un centenar de disquetes, un ordenador y documentos en los
   que se describía la red Milnet norteamericana. No había mucho lugar a
   dudas.

   Pero cuando la policía efectuó el registro, no había nadie en casa. A
   pesar de que yo esperaba pacientemente a que apareciera en mi
   ordenador, la policía alemana intervino cuando no estaba conectado.

   Después de su primer juicio, Hess presentó recurso de apelación. Su
   abogado argüía que, puesto que no estaba conectado cuando se efectuó el
   registro de su casa, cabía la posibilidad de que no se hubiera
   infiltrado en ningún ordenador. Esto, junto a un problema relacionado
   con la orden de registro, bastó para desbaratar el caso de robo
   informático contra Hess. Sin embargo, la policía federal alemana siguió
   investigando.

   El 2 de marzo de 1989 las autoridades alemanas acusaron a cinco
   personas de espionaje: Pengo, Hagbard, Peter Cari, Dirk Bresinski y
   Markus Hess.

   Peter Cari se reunía periódicamente con agentes del KGB en Berlín
   oriental para venderles cualquier información que los demás hubieran
   obtenido. Cuando el BKA alemán lo descubrió, estaba a punto de huir a
   España. Ahora está en la cárcel, pendiente de juicio, junto con Dirk
   Bresinski, a quien detuvieron por haber desertado del ejército alemán.

   Pengo ha empezado a tener remordimientos por los años que ha pasado
   trabajando para el KGB. Dice que confía en «haber actuado correctamente
   al ofrecer a la policía alemana información detallada sobre mi
   participación».

   Pero mientras sigan existiendo cargos criminales, no dirá nada más.

   Por otra parte, la publicidad no ha favorecido la carrera profesional
   de Pengo. Sus socios se han alejado discretamente y varios de sus
   proyectos informáticos han sido anulados. Aparte de sus pérdidas
   comerciales, no parece creer que haya nada de malo en lo que hizo.

   En la actualidad Markus Hess pasea libremente por las calles de
   Hannover, bajo fianza a la espera del juicio por espionaje. Fumando
   Benson and Hedges. Y mirando por encima del hombro.

   Hagbard, que trabajó con Hess durante un año, intentó abandonar su
   adicción a la cocaína a fines de 1988. Pero no antes de gastar los
   beneficios obtenidos del KGB; estaba sin trabajo y cargado de deudas.
   En la primavera de 1989 consiguió un trabajo en las oficinas de un
   partido político en Hannover. Gracias a su cooperación con la policía,
   él y Pengo han logrado que no se les procese por espionaje.

   Hagbard fue visto con vida por última vez el 23 de mayo de 1989. La
   policía encontró sus huesos calcinados, junto a una lata fundida de
   gasolina, en un solitario bosque de las afueras de Hannover. Cerca de
   allí había un coche prestado, con las llaves todavía en el contacto.

   No se encontró ninguna nota del difunto.

  56

   Cuando emprendí esta persecución, me veía a mí mismo inmerso en tareas
   mundanas. Hacía lo que me encargaban: evitaba la autoridad y procuraba
   mantenerme al margen de los asuntos importantes. Era apático y ajeno a
   la esfera política. Por supuesto, me sentía vagamente identificado con
   el movimiento izquierdista de los años sesenta. Pero nunca había
   pensado demasiado en la interacción de mi trabajo con la sociedad...
   Quizá elegí la astronomía por su poca relación con los problemas
   terráqueos.

   Ahora, después de haber descendido por este agujero, propio de Alicia
   en el país de las maravillas, encuentro a la derecha y a la izquierda
   unidas en su mutua dependencia de los ordenadores. Para la derecha, la
   seguridad informática es necesaria a fin de proteger los secretos
   nacionales; a mis amigos izquierdistas los preocupa la invasión de su
   intimidad, cuando alguien se infiltra en los bancos de datos. Los
   centristas reconocen que los ordenadores inseguros cuestan dinero
   cuando algún desconocido se aprovecha de sus datos.

   El ordenador se ha convertido en un común denominador que no conoce
   fronteras intelectuales, políticas, ni administrativas; el Sherwin
   Williams de la necesidad, que cubre el mundo entero, abarcando todos
   los puntos de vista.

   Habiendo comprendido esto, me he convertido en un defensor acérrimo,
   casi encarnizado, de la seguridad informática. Me preocupa la
   protección de nuestros vulnerables bancos de datos. Me pregunto qué
   ocurre en las redes financieras, por las que circulan millones de
   dólares por minuto. Me preocupa que las autoridades federales no
   protejan debidamente dichas redes y me entristece que proliferen los
   saqueos.

   He tenido que soportar mucha bazofia para llegar a interesarme. Me
   encantaría que la nuestra fuera una edad de oro en la que una conducta
   ética fuera lo habitual, donde los informáticos expertos respetaran la
   intimidad de los demás y en la que no necesitáramos cerrojos en los
   ordenadores.

   Me entristece descubrir a informáticos de gran talento que se dedican a
   infiltrarse en ordenadores ajenos. En lugar de buscar nuevas formas de
   ayudarse entre ellos, los gamberros elaboran virus y bombas lógicas.
   ¿Resultado? El público atribuye todo fallo del software a algún virus,
   los programas de dominio público son poco usados y las redes se
   convierten en un generador de paranoia.

   El temor a la inseguridad entorpece realmente el libre flujo de la
   información. El progreso científico y social sólo tiene lugar en
   situaciones abiertas. La paranoia que dejan los hackers tras de sí,
   sólo asfixia nuestro trabajo..., obligando a la administración a
   desconectar nuestros vínculos con las comunidades de la red.

   Sí, podemos construir ordenadores y redes de seguridad. Sistemas
   difícilmente infiltrables desde el exterior. Pero generalmente su
   utilización es difícil y desagradable, además de cara y lenta. Las
   comunicaciones informáticas son ya demasiado caras; agregarles
   codificaciones criptográficas y complejos sistemas de identificación,
   sólo empeoraría la situación.

   Por otra parte, nuestras redes parecen haberse convertido en objetivos
   (y canales) del espionaje internacional. Lo que me hace pensar en ¿qué
   haría si fuera agente del servicio de inteligencia? Para recoger
   información secreta puede que formara a un agente para que hablara un
   idioma extranjero, lo mandara a un país lejano, le suministrara dinero
   para sobornos y me preocupara por si lo capturaban, o le ofrecían
   información falsa.

   O podría contratar a un informático poco honrado. Este tipo de espía no
   tiene por qué salir nunca de su propio país. No se corre el riesgo de
   un incidente internacional comprometido. Y, además, sale barato: basta
   con unos pocos ordenadores pequeños y algunas conexiones a la red. De
   ese modo la información es fresca, procede directamente del sistema de
   procesamiento.

   Hoy sólo existe un país que no está conectado por teléfono al resto del
   mundo: Albania. ¿Qué significa esto para el futuro del espionaje?

   ¡Diablos! ¿En qué estoy pensando? No soy un espía, soy sólo un
   astrónomo, alejado desde hace demasiado tiempo de la ciencia.

   Cuando apagué los monitores y retiré los cables, me di cuenta de que,
   durante un año, había estado atrapado en un laberinto. Creí que tendía
   trampas, cuando en realidad yo fui siempre el atrapado. Mientras el
   hacker investigaba los ordenadores militares, yo exploraba distintas
   comunidades, en las redes y en el gobierno. Este viaje condujo al
   hacker a treinta o cuarenta ordenadores, y a mí, a una docena de
   organizaciones.

   Mi propósito había cambiado. Creí que perseguía a un hacker. Imaginaba
   que mi trabajo no tenía nada que ver con mi casa o mi país...; después
   de lodo, me limitaba a cumplir con mi obligación profesional.

   Ahora, con los ordenadores seguros y las brechas reparadas, me fui a mi
   casa en bicicleta, cogí unas fresas y preparé unos batidos de leche
   para Martha y para Claudia.

   Los cucos pondrán sus huevos en otros nidos. Yo regreso a la
   astronomía.

  La última duda

   No podía regresar a la astronomía tan fácilmente. Un año después del
   traslado a Cambridge, mi jefe aún se daba cuenta de que pasaba bastante
   tiempo con la seguridad informática. "Y no el suficiente con la
   astronomía..." añadió.

   Parece que los piratas informáticos me estaban buscando. Llamadas
   telefónicas anónimas, cartas amenazadoras, correos electrónicos
   desagradables. Gente de diversas agencias de tres letras continuan
   llamando. Mientras tanto, varias personas dando cuenta en los
   tribunales.

   El año pasado ha sido difícil. Martha tenía una pasantía en la Corte
   Suprema en Washington: Sin embargo, nuestros trabajos parece que van en
   distintas direcciónes, por lo que hemos estado viviendo separados. Ella
   pasa los días entre libros de leyes, y yo detrás de un teclado en
   Cambridge.

   Hay mucho por hacer en el Observatorio de Astrofísica del
   Harvard-Smithsonian. Aburrida astronomía diaria: hacer bases de datos
   de los satélites de alta energía de astrofísica y conectar una estación
   de trabajo Sun con un telescopio de rayos X.

   Sí, mirar al cielo a través de un telescopio es impactante, pero el
   desafío es analizar lo que hay allí. Supone comparar el cielo de rayos
   X con observaciones tomadas por el telescopio de radio. Un montón de
   estrellas emiten ondas de radio. Pero esos objetos que se muestran en
   ambas longitudes de onda pueden ser galaxias en colision.

   Para buscarlas, necesitamos comparar media docena de bases de datos.
   Para mí, eso significa programar un equipo Unix. Una vez más, soy medio
   astrónomo, medio programador.

   Diciembre de 1989 carta desde la Corte Alemana Oberlandesgericht en
   Celle: "Se le solicita respetuosamente a comparecer en el juicio de M.
   Hess, Brysinski D. y P. Carl."

   Cargo: Espionaje.

   Celle es una antigua ciudad a media hora de Hanover... Casas de 1550,
   calles empedradas, un castillo de 200 años de edad, y el palacio de
   justicia del Distrito Federal.

   El juicio no fue como se vé en la vieja serie de Perry Mason. Fueron
   tres días de testimonio, todos con doble traducción. Un tribunal de
   cinco jueces hicieron preguntas. Los abogados de la defensa hicieron
   preguntas. Los acusados hicieron preguntas. El fiscal se mantuvo en
   silencio.

   ¿Cómo me sentí? Nervioso, pero seguro en mi investigación. Mi cuaderno
   de bitácora marcó la diferencia. Fue como presentar algunas
   observaciones en una habitación llena de astrónomos. Ellos pueden estar
   en desacuerdo con la interpretación, pero no pueden discutir con lo que
   viste.

   Sin embargo, esto no era ciencia. Miré por la habitación y vi a tres
   chicos preocupados tratando desesperadamente de no ingresar en prisión.
   En el pasillo oí a Peter Carl, el ex croupier, contando lo bien que se
   sintió al ayudar a la KGB porque alguien tiene que equilibrar las cosas
   con la CIA. Explicó que llevaba un arma que había "encontrado en la
   calle".

   También estaba Markus Hess: cara redonda, con un poco de sobrepeso y
   quedándose calvo. Fumando Benson y Hedges en el pasillo, admitió que
   había irrumpido en nuestros ordenadores. También en algunos sistemas
   militares. Y, sí, que había vendido cierto software de la KGB.

   Finalmente, aquí estaba mi adversario, pero yo no sabía qué decir.
   Antes de encontrarme con él le había estado vigilando durante un año.
   Yo ya le conocía y le había clasificado como sabandija.

   Pero mi opinión se suavizó un poco con el cara a cara. De cerca, bueno,
   aquí estaba un tipo que sabía que la había jodido y que hacía todo lo
   posible para escapar. A lo largo del juicio, Hess supo la razón por la
   que se le estaba incriminando, y trató de desprestigiar mi testimonio:
   ¿Por qué faltaban algunas de las sesiones en mis documentos? ¿Cómo
   podía probar que nadie más había visto esos archivos SDINET falsos?
   ¿Podrían otros hackers haber sido responsables del robo de estos datos?

   Estas sesiones perdidas estaban justificadas por atascos de papel y
   falta de espacio en disco. Sí, yo podría decir la diferencia entre el
   hacker usando las cuentas Hunter / Jaeger / Sventek y otros que
   simplemente estaban jugando. Además, mis alarmas me alertaban cada vez
   que alguien tocaba estos archivos confidenciales.

   El juicio fue duro, pero después me encontré con algunos programadores
   no exactamente hackers de Hannover. Me enseñaron el viejo apartamento
   de Hess en la calle Glockenstrasse, al otro lado de la calle del teatro
   de la comunidad. Dos años antes, los hackers habían celebrado reuniones
   periódicas para comparar notas, intercambiar contraseñas, y planear
   futuros ataques. Ahora, sin embargo, se mantenían alejados de los
   sistemas de los demás: la muerte de Hagbard y la detención de Hess les
   había impactado.

   El 15 de febrero 1990, Hess, Brysinski, y Carl fueron declarados
   culpables de espionaje y sentenciados a penas de uno a 2 años. Puestos
   en libertad condicional, ahora están libres en Alemania. Markus Hess
   ahora programa el software de red de una empresa en Hannover.

   De vuelta a este lado del océano, Robert T. Morris fue a juicio en
   enero de 1990 por crear el famoso gusano de internet que colapsó miles
   de ordenadores. El fiscal federal señaló que Morris había creado su
   programa específicamente para entrar en los ordenadores. ¿Hubo un error
   de programación? Bueno, sí. No se suponía que su gusano infectara miles
   de ordenadores durante la noche. Más bien, se suponía que iba a ocurrir
   durante un período de semanas, meses, incluso años. Si su código
   habiese trabajado correctamente, el virus Morris aun podría infectar
   equipos hoy en día.

   El jurado de Siracusa encontró a Morris culpable de un delito. La
   primera condena por escribir un virus informático. EL 4 de mayo, el
   juez le condenó a tres años de libertad condicional, 400 horas de
   servicio comunitario y una multa de 10000 dólares.

   ¿Una sentencia justa? Yo diría que sí. Una pena de prisión no haría
   mucho, excepto satisfacer un deseo de venganza. El servicio comunitario
   es sin duda apropiado, teniendo en cuenta que su programa gusano fue un
   ataque a una frágil comunidad.

   El agente especial Mike Gibbons está ahora en el cuartel general del
   FBI en Washington. Puedes ver que el sistema funciona: un competente
   agente especial del FBI está en la directiva.

   ¿Martha? Trabajando en la Corte Suprema de Justicia y la practicando
   aikido cada día... consiguió su cinturón negro hace unos meses. De
   verdad que la extraño.

   Sin Martha, no era muy divertido hacer galletas de chocolate. En lugar
   de cultivar un huerto, me pasaba las tardes del domingo en el trabajo.
   Así que a las 1:30 pm, del 11 de marzo, fui en bicicleta al
   Observatorio Smithsonian, eché un vistazo a mi estación de trabajo Sun,
   y noté algo extraño. Mis archivos de correo electrónico habían sido
   leídos a las 12:57. Pero a esa hora yo estaba dormido.

   Alguien había estado “trasteando” con mis archivos. Leeyendo mi correo
   electrónico. Cambiando contraseñas.

   Alguien ha entrado y se ha convertido en super-usuario. Dejó un mensaje
   para mí, para probar que era el pistolero más rápido del oeste: "Ahora
   el cuco te ha puesto en evidencia".

   Por favor, otra vez no.

   Para estar seguros, mi director de laboratorio ordenó que nuestro
   sistema fuera aislado de la red. En las siguientes dos semanas,
   recorrimos nuestro sistema operativo, encontrando Troyanos y
   contraseñas de puertas traseras que el hacker había dejado. ¡Hurra!

   Se metió en un ordenador no protegido del departamento de astronomía
   usado por una pareja de astrónomos de infrarrojos. Ellos no se
   preocupan por la seguridad... Sólo lo necesitaban para conectarse a la
   red. Debido a que yo intercambiaba programas con ellos, habíamos
   configurado nuestros sistemas para que funcionaran como uno solo, no se
   necesitaba contraseña para conectarse desde su equipo al mío.

   Este hacker adivinó una contraseña de su sistema Unix. A partir de ahí
   se convirtió en super-usuario incuvando un huevo en el área del
   sistema, y entonces se introdujo en mi ordenador.

   Un par de días más tarde, el hijo de puta me llamó. Dijo que se llamaba
   Dave. De Australia. —Entré para demostrar que su seguridad no es muy
   buena. —Pero yo no quiero proteger mi equipo—, le contesté. —Confío en
   otros astrónomos.

   Dave tenía otras razones para entrar, también. —Crees que los hackers
   son los malos. Esto prueba lo contrario.

   —¿Eh? ¿Entras en mi ordenador para demostrar que los piratas
   informáticos son buenos?

   —Sí", respondió Dave. —Le estamos ayudando a encontrar sus fallos de
   seguridad.

   Si le dices a unos chicos que se están comportando como niños, te
   ajustarán las cuentas actuando como niños.

   Lo último que supe, el Servicio Secreto, el FBI y la policía
   australiana había rastreado a tres hackers australianos. Acusándoles de
   robo de servicio telefónico y de intrusión en ordenadores, están en
   libertad bajo fianza. Uno de ellos se llama Dave.

   Hey, el Telescopio Espacial Hubble está en órbita. Y el Observatorio
   Keck en Hawai está casi terminado... otro magnífico telescopio para el
   cual me gustaría escribir software. Podría haber estado ayudando pero
   he estado persiguiendo y siendo perseguido por hackers. ¿Me pregunto si
   hay lugar allí para un astrónomo que de vez en cuando confunden con un
   genio de los ordenadores?

   Narrada en forma de novela, «El huevo del cuco» cuenta la historia de
   Clifford Stoll, un astrónomo e informático que, comprobando sus
   sistemas, descubre una diferencia de 75 centavos en la contabilidad.
   Este pequeño detalle le lleva a darse cuenta de que los ordenadores de
   su red están siendo atacados por hackers desde el extranjero, y con
   ello comienza su particular carrera de persecución hasta dar con ellos.
   Escrito de forma entretenida y amena, describe la forma en que los
   hackers se introducen en los ordenadores y la forma en que pueden ser
   detectados. Interesante como documento histórico, es uno de los
   clásicos sobre el mundo del hacking y el cracking.

   ePUB: eBooks con estilo

   Clifford Stoll

                               El huevo del cuco

   ePUB v1.1

   ePUBmry 09.11.2011

   más libros en epubgratis.es
